2018 / Sep / 07

Mi pensamiento regresó a Gerault. Intenté analizar lo ocurrido, cómo había podido permitir que jugase conmigo y evidentemente Tatiana debía estar en el ajo aunque no tenía porqué no creerme que ella fuese una víctima, a pesar de que su cara de rata me decía lo contrario. Debía descubrir lo que escondían los dos. No podía permanecer todo el tiempo dejando pasar lo sucedido. Quería saber la verdad, intentar ver de qué forma podía regresar a su vida sin que ninguno de los dos se percatase que sabía más de lo que debía saber o Douglas les había dicho que sabía.

No había contestado a ningún mensaje ni llamada de Gerault desde que “había desaparecido de la faz de la Tierra”, puede que fuese un buen momento para retomar las comunicaciones ahora que William no estaba, que estaba pendiente de sus propios asuntos familiares.

Cogí el teléfono y marqué el número de Gerault. Esperé un tono pensando que estaba confundiéndome, que no debía seguir jugando con fuego. En el segundo tono escuché cómo alguien descolgaba, pero a diferencia de lo que creía, el tercer tono me sacó de mi equivocación, Matt no me había cogido el teléfono, aún.

— ¿Kyra? ¿Eres tú? ¿No estoy soñando?

¿Cursilerías? ¿En serio? Gerault, que nos conocemos.

— Sí, Matt, soy yo. Perdona por haber estado desaparecida este tiempo, necesitaba… vacaciones, básicamente, pero pronto voy a volver a reincorporarme al trabajo por si quieres que retomemos las sesiones.

Intenté que mi tono de voz sonase lo menos hiriente posible, incluso, si podía, con ese tono extremadamente dulce e inocente que tanto parecía fascinarle. ¿Actuaba bien? Yo creía que se me veían las verdaderas intenciones a la legua, pero parecía haberle engañado porque su tono fue mucho más jovial.

— Me encantaría volver a tener sesiones contigo. Tengo tanto que contarte…

Bien. No debía sospechar nada y si lo sospechaba disimulaba tan bien que no había nadie en el planeta Tierra que pudiese distinguir qué era real y qué no cuando te lo decía con ese tono que parecía dar vida a todo lo que había a su alrededor.

De él hubiese pensado de todo como respuesta, pero desde luego lo que jamás se me hubiese pasado por la cabeza hubiese sido ese gesto amable, ese tono de felicidad. Demonios, él era un hombre frío, distante, que no tenía sentimientos ni cuando se golpeaba el dedo meñique del pie con alguna esquina de un mueble que por alguna razón desconocida no habíamos calculado que tuviese su pata justo en ese sitio por mucho que llevase años sin moverse de la misma posición.

Resoplé. Sentía que no valía demasiado la pena pensar en más allá. Si analizaba el más mínimo detalle, si me comportaba de maneras diferentes a las que él estaba acostumbrado, sería cuando los problemas vendrían, cuando sospecharía. Tenía que fingir que no había visto el segundo vídeo aún o que si lo había visto no sospechaba de Gerault, así que tenía que hablar con Verdoux porque en el caso de que nos vigilasen debíamos estar separados el uno del otro, nadie podía saber que habíamos tenido una mínima tregua aunque fuesen a terminar como todas las oportunidades que nos habíamos dado en algún momento de nuestra tormentosa relación.

— ¿Te parece bien si volvemos a vernos el próximo viernes? De esa forma sigue siendo parte de nuestra rutina.

— Creo que es lo acertado, a no ser que entres antes al trabajo, si entras algún día antes al trabajo quiero tener la primera cita contigo.

Rodé los ojos. Tanta insistencia me olía a cuerno quemado, pero tomaría mis propias medidas de seguridad. Cogería las riendas e iríamos por el sendero que yo quisiese ir. Debía hacer de profesional, mantenerme en esa posición de superioridad al menos en esa toma de decisiones minúsculas intentando que él creyese que podían venirle bien para su propia recuperación y aceptación de no ser siempre el dueño de todas las situaciones ni saber qué iba a pasar en todo momento. Quizá si le desestabilizaba un poco lograba que metiese la pata.

— No, Matt. No vuelvo al trabajo hasta el mismo viernes, así que sería imposible que te diese cita antes.

— Comprendo. Entonces a primera hora, iré a recogerte…

— No, Matt. En esta ocasión será como la primera vez, en mi despacho, cada uno en un asiento. Es conveniente que empecemos a establecer algunas normas básicamente porque fuera de ellas es fácil que uno termine cediendo, sin poder colocar ninguna clase de límite. Soy tu psicóloga, por lo que no regresaré a tu casa. No quiero que te contraríes, pero debo ser yo quien marque los tiempos en esta ocasión.

De primeras recibí el silencio como respuesta. Tras unos segundos, entreabrí los labios, pero él terminó contestando.

— Está bien. Tienes toda la razón. Eres la psicóloga y tienes que dictar las normas. Me guste o no, las acataré.

Demasiado complaciente. ¿Dónde estaban las rabietas de niño pequeño? Quizá estuviese maquinando algún plan para que volviese a ceder a lo que él desease hacer. No obstante, no tenía que ser demasiado agresivo porque todo aquello podía provocar algo mucho peor para él que para mí. Yo estaba condenada, pero si algo de todo lo que tenía entre mis manos salía a la luz, él terminaría teniendo que vender todas y cada una de sus pertenencias.

Tras una breve despedida, colgué. Me sentí aliviada pudiendo haber conseguido algo, intentando ponerme en la delantera, teniendo el control durante media milésima. El subidón era maravilloso, pero sabía que la sensación de control sería efímera, demasiado. Él daría la vuelta a la tortilla y tenía que estar preparada para devolverle el revés.

Aquello era el intrincado juego de “Las crónicas de Douglas” y todos éramos piezas que debíamos librar obstáculos para llegar al gran jefe final, a la fiesta que llevaba tiempo programada y en la que nos veríamos las caras, en la que debíamos derrotar a quien se suponía que debía salir vencedor por ser más fuerte y tener todas las de ganar. Era el pequeño David luchando contra Goliat.

2018 / Sep / 06

No salí de la casa, no me hacía falta. No tenía que comprobar absolutamente nada. Hasta el mapa del Pokémon Go me había indicado el escaso espacio que tenía para pasear y en lugar donde estaba, en mitad del océano, solamente a un viaje en lancha motora de distancia.

William parecía saber de buena tinta que nadie sabía que estaba allí. Yo no las tenía todas conmigo, pero seguramente podría vivir menos paranoica si aceptaba que era así, que él tenía la razón y estaba libre del acoso de nadie hasta que me encontrasen.

Cogí el otro teléfono y busqué el número de Heinrich. Hamann aún tenía que darme algunas explicaciones sobre lo que estaba ocurriendo y quizá, si le contaba lo que había averiguado de ese lunático podíamos evitar que muriese alguien más que yo en la fiesta a la que terminaríamos acudiendo todos en comunión.

Lo marqué en el teléfono del que no tenía él el número. Esperé los tonos necesarios hasta que su voz grave me respondió al otro lado de la línea.

— ¿Diga?

Por el desconcierto era el tono que usábamos todos al preguntar cuando no se sabía quién diablos nos estaba llamando.

— Heinrich, soy yo, Kyra.

— Un momento.

Escuché unos sonidos extraños que no supe identificar. Después un suspiro de alivio y un silencio antes de volver a dirigirse a mí.

— ¿Dónde estás, Kyra? ¿Estás bien? ¿Te tiene atrapada…?

— No, Heinrich. Estoy bien, tranquilo, pero necesito tu ayuda. Hay mucho que no te he contado, muchos datos que me he callado para mí misma y creo que es conveniente que sepas lo que está pasando por si podemos evitar alguna muerte.

— ¿Cómo que alguna muerte?

— No me interrumpas. Escucha todo lo que tengo que decirte, todo lo que sé. Será una conversación larga, así que espero que tengas tiempo suficiente.

— Está bien, pequeña. Veamos qué tienes que decirme.

La conversación fue prácticamente un monólogo de mi parte. Él, de vez en cuando, realizaba algunas preguntas para que le resolviese las dudas que le quedaban, pero la mayor parte del tiempo estaba callado, escuchando, con la respiración calma, respirando profundamente a ratos de forma que demostraba algo que no entendía porque no podía ver su expresión y que quizá no comprendería porque no le conocía tanto como hubiese pensado en algún otro instante de mi vida.

— ¿Qué te parece?

— Saltándonos la invasión de la privacidad que has cometido teniendo todos esos datos personales aunque no hayas sido tú la cabecilla dispuesta a averiguar todos los trapos sucios. Primero, tenías que haber hablado con la policía nada más hubieses visto el primer vídeo. No podía ponerse en contacto contigo y era bastante más que conveniente que informases de todo el poderío que tenía dentro de la cárcel. Quizá hubiésemos podido evitar que ahora estuviese en paradero desconocido y que llevase acabo ese plan maquiavélico que le has permitido poder organizar del todo. De todos modos no nos sirve de mucho pensar en lo que podíamos haber hecho o debíamos haber hecho. Busquemos soluciones, eso es lo primordial —respiró profundamente antes de resoplar igual que si estuviese abrumado por tanta información—. ¿Puedes mandarme todo lo que tienes en ese pen drive? Una copia. Sería necesario que supiese a qué nos estamos enfrentando exactamente además de tener las pruebas que deberíamos usar en un juicio de acoso y a saber de cuántos cargos más, incluyendo, por supuesto, el de asesinato dado que tendríamos pruebas más que suficientes de sus delitos, al menos según lo que me has comentado.

— ¿Entonces qué puedo hacer?

— De momento céntrate en mandarme una copia de todos los archivos incluyendo los vídeos. ¿Tienen firma las cartas o algo que pueda identificar que efectivamente son de él?

Negué sin saber qué decirle. No me había percatado si había algún tipo de marca que pudiese indicar que él había sido quien los había escrito, pero sí existían los vídeos en los que se veía claramente que era su rostro, que estaba en algún lugar dentro de la cárcel grabándolos y explicando con sus propias palabras sus planes.

— Dame tu correo.

Esperé a que todas las copias de los archivos se cargasen en distintos correos electrónicos para poder mandarle todo lo que estaba en ese pendrive. No se quejaba, no me negaba la posibilidad de copiarlos, así que agradecí a quien estuviese ahí arriba que no le hubiese dado la posibilidad de que se le iluminase la bombilla para blindar los documentos dentro del pendrive sin posibilidad alguna de copia. Todos los planes tenían siempre su punto débil.

— Ya te lo mandé.

— Dame un segundo para que pueda mirarlo —escuché ruido y supe que tenía que estar trasteando con el ordenador—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras a pesar de todo?

— ¿Cómo quieres que me encuentre? Acabo de descubrir que lo que pensaba que era un sueño no había sido así, que me han usado a placer y que finalmente, han grabado un momento íntimo de mi vida que pueden terminar poniendo en internet demostrando que no tengo palabra alguna como profesional porque me estaba acostando con un paciente a pesar de estar drogada hasta las cejas. Tengo a un asesino en serie dispuesto a matarme el día de mi cumpleaños, debí descubrir miles de cosas que no me importaban ni lo más mínimo de vidas que para mí estaban mejor completamente ocultas hasta que quisiesen contármelo si se daba la situación y, bueno, por supuesto no podemos negar el hecho de que tengo un amigo enfadado conmigo, dos locos dispuestos a desequilibrarme hasta el último minuto y una pareja que ni es pareja ni es nada. Ahora mismo, ni tan siquiera sé cómo debo sentirme, solamente tengo deseos de gritar, de buscarles y ser yo quien les arranque el corazón con mi mano como hacían en la película de Indiana Jones y después pisotearlo para que no tuviese oportunidad alguna de recuperarlo y resucitar —tomé una inmensa bocanada de aire para volver a llenar mis pulmones de oxígeno y dejé escapar una lágrima que murió en la comisura de derecha de mis labios.

— Kyra… ¿dónde estás?

— En una isla a un paseo en barca de cualquiera que quiera cortarme el cuello si se aburre de esperar.

— Pequeña… no dejaremos que mueras. Por favor, confía en mí.

Sequé de malas formas mi lágrima y miré al techo.

— Créeme, si te he contado todo esto es porque confío en ti y necesito saber que nadie más saldrá herido.

— Kyra, te juro que no saldrás con los pies por delante de esa fiesta. No lo permitiré.

Y por alguna razón desconocida confié también en ese juramento. Tanto Verdoux como Hamann harían algo para evitar mi muerte y era lo suficientemente fuertes como para terminar quitándole el arma que quisiese usar, ¿no? Al menos, pensar así me calmaba mínimamente.

— Gracias —fue lo último que susurré antes de que ambos colgásemos porque él tenía mucho trabajo que hacer.

2018 / Sep / 06

El móvil sonó en ese momento. William se levantó sin pronunciar palabra y fue hasta él. Era el suyo. Observó la pantalla y cogió la llamada sin dirigirme una sola mirada. Aproveché aquello para buscar algo de lógica en todo lo que estaba sucediendo en ese mismo momento.

Había dejado de lado el conflicto entre Gerault, Tatiana y yo. No tenía que haberlo apartado. Quizá si hubiese descubierto la verdad mucho antes todo hubiese tenido más sentido, ¿no? Fuese como fuese me resultaba el mundo cada vez más retorcido, oscuro y deshonroso. No se podía vivir, no te dejaban hacerlo, te ahogaban una y otra vez sumergiéndote en el pozo del que te había costado una barbaridad salir, o al menos, ascender lo suficiente para que tus pulmones volviesen a tener aire en ellos.

Tenía que analizar bien la situación. Debía recordar. Cogí los expedientes de ambos y busqué el momento en donde estaban situadas las fechas. Gerault la tenía al principio, Tatiana la tenía en el instante en que había conocido a Gerault. Lo escrito en el expediente de Tatiana no era ni la versión de uno, ni la versión de la otra; era una tercera versión que no me ayudaba ni lo más mínimo y podía haber varias versiones más que me confundiesen considerablemente.

Gerault había tomado una identidad diferente a la suya, no sabía cuál era la verdadera historia, que le había llevado a ese momento, esa situación, ese instante en que nos habíamos conocido ni porqué había decidido ser esa clase de persona. Era sorprendente que no supiese nada claro de su vida, absolutamente nada. Tatiana, en cambio, era una mujer que había conocido en mi niñez, había visto lo malvada que podía llegar a ser, pero me negaba a creer que pudiese ser tan horrible. Quería pensar que había algo bueno en todo el mundo y el mundo estaba empeñado en recordarme que había personas que no tenían salvación.

Apunté las versiones que tenía delante de mí. La que me había entregado Douglas era falsa, obviamente, pero no podía fiarme de ninguna de las otras versiones. Di pequeños golpes con el bolígrafo en mi cabeza y levanté la mirada de los papeles cuando Verdoux volvió a aparecer en la sala. Su expresión no daba lugar a dudas: había recibido malas noticias.

— ¿Qué ocurre?

— Es mi madre. Tengo que ir a verla. Le contaré cuando regrese. Por favor, por lo que más quiera, no salga de aquí. Nadie sabe dónde está y es mejor que siga siendo así por el momento.

Cogió tan solo su cartera y se fue de la casa como alma que lleva el diablo. El asunto no pintaba nada bien. ¿Qué podía haberle pasado a su madre? Además, ¿de qué madre estábamos hablando: la biológica o Catherine? Temía que no volviese a aparecer y como Catherine me caía bien quizá hice lo que no debía. Cogí mi móvil y llamé a sus padres para saber si estaban bien, si le había pasado algo a alguno y pregunté por la familia.

Catherine estaba a salvo. Había sido su madre biológica y dado que estaba en rehabilitación podía ser que se había vuelto a escapar como cuando la conocí, que había vuelto a recaer o algo mucho peor que esperaba que no se diese. Debía pensar con positividad. Ella se había escapado en varias ocasiones, ¿por qué no podía ser esa la mala noticia? La volverían a encontrar, la ingresarían y listo. Aun así eso hizo que me preguntase algo, ¿no estaba su madre ingresada en Londres? ¿No se había llevado allí a su progenitora? ¿La volvió a cambiar de lugar cuando él desapareció de la isla? Puede que estuviese en la boca del lobo. Quizá estaba en Inglaterra o en Irlanda, aceptando un destino incierto allí encerrada. ¿Y si ponía al señor Google Maps para que me indicase mi ubicación? ¿Tan malo sería? Podía hacerlo desde el número que nadie sabía que era mío.

Me levanté de la silla que a ese paso iba a dejarme el trasero cuadrado, me estiré un poco en busca de calmar el dolor tensional e incesante de mi cuello y caminé descalza hasta la habitación donde había dejado ambos teléfonos. El rosa llevaba bastante más tiempo sin decir nada, sin demostrar si estaba encendido o no. En su lugar, tuve que dar varias veces a la tecla que encendía la pantalla. Puse la larguísima contraseña que se me había ocurrido utilizar y que me retrasaba en lo que fuese a hacer en el aparato varios minutos porque si no la ponía excesivamente lento había algún número o letra que me bailaba provocando que me saliese el consabido cartelito de “contraseña incorrecta”.

Busqué mi ubicación en el señor Maps que tanto sabía y cuando la descubrí casi me dio un soponcio. ¿En serio estaba allí? ¿Me había escondido en un lugar donde fácilmente podía encontrarme? Una isla no muy lejos de la isla central. No había salida de ninguna forma que no fuese en bote y puede que ese fuese el lugar donde se había estado ocultando todo el tiempo desde que había dejado Londres y a mí allí tirada. No debía tener miedo si salía porque no había mucho más terreno que el que se podía cubrir en una buena caminata alrededor de su perímetro. William estaba jugando a ser más inteligente que el resto del mundo. ¿Dónde decían que era más seguro estar? Justo en el sitio donde se había hecho un atentado poco después de que lo hubiesen llevado a cabo. Pero Douglas no pensaba como todos los demás, Douglas no era un hombre sencillo. Él seguramente me había localizado en un abrir y cerrar de ojos si tenían Verdoux vigilado. Estaba jugando al gato y al ratón cuando éste último se había encerrado voluntariamente en la trampa. Solamente estaba esperando el momento adecuado para poner el queso, el cebo y atrapar al ratón antes de zampárselo de un bocado.

Verdoux, ¿qué diablos habías hecho? Si quería huir, si quería librarme de él, no tenía que acercarme hasta que mi aroma me terminase delatando.

2018 / Sep / 06

Cerré el ordenador. Apoyé mi frente contra aquel que había sido mi amigo durante mucho tiempo y ahora parecía estarse volviendo mi enemigo. Las nuevas tecnologías solamente me daban quebraderos de cabeza.

Durante un tiempo había podido refugiarme en el amplio universo de internet, pero el odio se había ido volviendo cada vez más intenso con el paso de los años y tratar mal a alguien era gratuito. Me habían juzgado de malas maneras por no conocerme en realidad a pesar de todos los avisos que les había dado sobre mi forma de ser y ahora, estaba intentando vivir mi vida y todo volvían a ser problemas. Nada más que problemas.

Llevé mi mano a mi cuello. Tenía el lado izquierdo tan tenso que me dolía una barbaridad. No sabía cómo hacerme en automasaje, pero me hubiese venido de perlas en ese momento.

Las manos cálidas de William decidieron ayudarme en mi labor. Intentar disminuir la tensión de cada poro de mi piel, seguramente era una tarea digna de un quiropráctico o un fisioterapeuta que me pusiese permanentemente en su agenda de masajes.

Apretó donde dolía e intentó quitarme los nudos, pero una parte de mí creía que viviría permanentemente en esas situaciones gracias a mi amigo el ordenador, quien me provocaba realizar unas posturas de todo menos adecuadas para hombros, espalda y cuello. Dolía. Aún no me habían dado un masaje que no me hiciese ver las estrellas y siempre me acordaba de esas personas que parecían disfrutar cuando lo único que yo podía hacer en sus mismas circunstancias era quejarme. ¡Claro que se salía mejor del masaje! Después de la paliza que daban en los puntos que más dolían, uno terminaba como nuevo hasta que se daba cuenta que el dolor persistía. En la vida había logrado quitarme una tensión de ese estilo. Vivía desde hacía mucho tiempo con contracturas permanentes que se relajaban lo suficiente como para dejarme realizar los movimientos que a cualquier otro le parecían tan normales. Debía plantearme seriamente el yoga y esas cosas, pero el deporte, de la clase que fuese, me atraía lo mismo que los polos de la misma carga. Cuanto más lejos, mejor.

— ¿Qué ocurre?

— No sé qué hacer. Me está superando todo este tema de Douglas. Ya sé lo que quiere, sé lo que busca. Quiere el colofón final, destrozar mi vida antes de acabar con ella.

— No debió leer todo eso…

— ¿Crees que se podría evitar de alguna manera? El día de mi cumpleaños sea como sea, logrará que esté ahí, delante de todos, vestida como él quiera que me vista y después de haber hechos trizas cada uno de los recuerdos que tenéis conmigo o cada buen pensamiento sobre mi persona, me quitará la vida.

— Dije que no lo permitiría. Si sigue aquí no le encontrará. Yo me encargo de los gastos, me encargo de todo lo que necesite, pero no vaya. No deje que gane, que consiga lo que quiere.

La voz de William sonaba tan rota. Casi parecía estar conteniendo sin ningún tipo de éxito el enfado que se pudiese estar fraguando en su interior. Sus dedos siguieron masajeándome, pero no podía negar lo evidente. Si no estaba en mi hogar, si seguía en la cabaña, él me encontraría, me daría esa invitación y me arrastraría de los pelos si hacía falta hasta que estuviese en su gran espectáculo. Los límites no existían con él. No había privacidad, no había ningún tipo de impunidad siempre que él te hubiese puesto la marca roja. A partir de ese momento tenías la espada de Damocles sobre ti, en cualquier instante podía caer y la incertidumbre de cuándo terminaría perforándonos o dividiéndonos en dos era casi tan cruel como el castigo propio. Era un sinvivir.

Me hizo tanto daño que me quejé. Había soltado un gruñido porque no había aceptado sin rechistar lo que él me había dicho que hiciese. ¡Claro que no podía decirle que no iría! Iba a estar en esa fiesta. Tenía que hacerlo si no deseaba que ese lunático subiese a internet videos míos demasiado íntimos como para que se hubiesen grabado, de hecho, ni tan siquiera se me ocurría modo alguno de que hubiesen terminado en sus manos. ¿Qué vídeos podía tener?

Dudaba que fuese sobre mi encuentro amoroso con Derek. El pendrive había llegado más o menos en el mismo momento y el vídeo ya estaba dentro. Quedaban mis encuentros amorosos con Gustav o con el mismo Verdoux. No creía que Gustav me hubiese traicionado así, pero ¿podía estar viviendo con mi propio enemigo? ¿Podía Verdoux haber…? ¡Un momento! Esta olvidando algo importante. Había dormido en casa de Gerault, de alguien que me había mentido hasta en su nombre de pila, alguien que me había engañado y que estaba relacionado con la víbora de Tatiana.

¿Podía ser entonces verdad? Si era así, él estaba detrás de todo eso. Gerault me había grabado manteniendo relaciones con él que no había podido evitar porque había estado drogada, no existía otra posibilidad. No había sido sexo, había sido una violación porque había sido en contra de mis verdaderos deseos.

Me puse pálida. El color me desapareció de los pies a la cabeza. William se percató y me tomó en sus brazos llevándome hasta el sofá.

— ¿Está bien? ¿Qué le ocurre? ¿Se ha tomado más medicación de la que le correspondía?

Su última pregunta me hizo fruncir el ceño. La mala leche no escapaba tan fácilmente de mí como sí parecía dominar el miedo todos los músculos de mi ser. No parecía que en mi interior esos dos sentimientos fuesen completamente incompatibles. Me quedé mirando a la nada. Buscando no soltarle una bordería.

— Acabo de darme cuenta de algo, William.

— ¿De qué? —su ansiedad era notoria en su rostro y su voz.

— Sé quién es quién ha estado ayudando a Douglas todo este tiempo. Me ha tenido vigilada, ha tenido información de primera mano.

— ¿Quién es?

Su ceño estaba fruncido. No quería avivar su enfado, pero deseaba saber qué pensaba él de todo eso. Por eso no dudé en decir su nombre en voz alta:

— Matt Gerault.

2018 / Sep / 06

El día había comenzado de aquella forma tan poco usual. Habíamos dejado las rencillas a un lado y me permitía ser algo más cariñosa con él. Sentía que gran parte era mi culpa, parecía tener una obsesión por discutir y por muy perfecta que pudiese verme, seguía siendo prácticamente ingobernable e inestable. Quería achacarlo a mi estado de crisis extraordinario, pero dudaba que hubiese sido mucho mejor si no hubiese tenido el fantasma de Douglas rondando a mi alrededor todo el tiempo.

El día fue más tranquilo de lo que esperaba. Le dejé escribir mientras yo leía aquellas cartas aunque William me hubiese dicho que debía desconectar. ¿Cómo podía hacerlo? ¿Cómo podía dejar todo como estaba sin buscar la clave, sin saber a lo que iba a enfrentarme? De todos modos, me daba la sensación de que por mucho que supiese de su mente, que comprendiese sus emociones, no sería tan sencillo sacar esa respuesta. ¿Serviría de algo seguir torturándome? Douglas ya estaba fuera, perdido en el mundo, sin posibilidad alguna de ser descubierto. Tenía dinero hasta debajo de las piedras así que dudo que fuese a ser tan estúpido de mover el dinero que tenían controlado en sus cuentas en el banco.

Intenté pasar a las últimas cartas o a otro tipo de archivos que no fuesen pdf o word. Al final del todo había un vídeo. Tenía escrito, ¿la clave? ¿Me iba a dar él mismo el quiz de la cuestión en un vídeo? ¿Para qué servía todo lo demás? Había husmeado en partes de la vida de las personas que más quería por el placer de transformarme en un ser como él. Quizá, era él mismo quien se estuviese transformando en uno de los personajes que más me habían maravillado dentro de los cómics. ¿Quería ser el cerebro del Jóker? ¿Quería atraerme hasta su mundo demencial?

Cliqué en el vídeo. Me puse los auriculares mientras empezaba a reproducirse. Él estaba desenfocado, pero se sabía que era él. Poco a poco la cámara dejó que se le viese tan nítidamente como se merecía. Si no fuese tan malvado resultaría atractivo, puede incluso que me llegase a conquistar como lo había hecho Verdoux, pero cuando le veía tenía que concentrarme demasiado en la búsqueda de algo positivo en su forma de ser, en su semblante o en su físico, porque a menudo, es el interior lo que afea un rostro bonito y atrayente.

— Kyra… —suspiró acompañado de una gran sonrisa—. ¿Debería sorprenderme de que hayas conseguido llegar a ver este vídeo? De ser así no lo estaría grabando en este momento, jamás hubiese dado una sola moneda sabiendo que nunca lograrías descubrir qué tengo entre manos. Sé que lo más fácil hubiese sido dejarse que pasase lo que tuviese que pasar, pero tú no, tú eres diferente. Me… me vuelves loco, Mijáilova. La forma en que tus labios se entreabren cuando no te das cuenta, la manera en que solamente una mente como la tuya podría soportar tanta presión porque en el fondo deseas conocerme, tu manera de gemir… Bueno, debo ser sincero, Kyra. Tengo en mi poder unos videos que seguramente no te alegren ni lo más mínimo que los tenga, pero es la única manera de saber que estarás ahí cuando lo tenga planeado.

Si estaba hablando de videos que no me iban a gustar nada, es que me habían grabado de alguna forma manteniendo relaciones, seguro. La sola idea me provocaba náuseas. ¿No tenía límite? En absoluto. ¿Por qué me había hecho esa pregunta? Él había matado por el placer de matar, por lograr su éxtasis, su venganza, claro que no se paraba ante nada.

— Sé que no quieres que nadie vea estos vídeos, por eso, los mantendré en secreto siempre y cuando aceptes la invitación que te llegará una semana antes a tu hogar. Quiero que me prometas que irás, de la manera más espectacular que encuentres, que el mundo entero sepa quién eres tú y que se les caiga la baba viéndote. Yo estaré allí. Me gustaría decir que me reconocerás, pero lo dudo mucho. No seré el único invitado, para nada. Hay muchas cosas que destapar —suspiró de nuevo antes de inclinarse hacia la cámara mirando de esa forma seductora que seguramente conseguiría derretir las entrañas de todas las mujeres provocando su deseo; conmigo no funcionaba—. Nos veremos pronto. Ya estoy deseando que llegue el día.

Volví a ver el vídeo intentando distinguir todas las palabras, sin pensar en nada más que estar concentrada en el pequeño discurso dicho por sus labios. Tenía mejor aspecto que en el primer vídeo, casi parecía haber recobrado su esencia de Don Juán de manual.

Los datos clave eran: invitados, invitación y una semana antes. Si había acertado era en la fecha de mi cumpleaños y sería una semana antes cuando llegaría esa invitación. ¿Me habría organizado una fiesta? ¿Por qué motivo si no lograría que todas las personas fuesen al evento? Seguramente fingiría pasarse por mí en las invitaciones, hacer que todos creyesen que yo era así de lanzada celebrando un evento tan importante en mi vida cuando lo máximo que había hecho, organizado por mí, había sido ir a comer a alguna parte. Había ido a fiestas, pero no había preparado ninguna y en los cumpleaños siempre había sido mi madre la que había hecho las tortillas, los piscolabis y todas esas cosas para los miembros de mi familia que acudían a llenarse el estómago con la excusa de pasar un tiempo con el homenajeado. Sabía que los cumpleaños eran populares solamente por la comida. La mayoría no me dirigía nada más que “Feliz cumpleaños” al principio y me lanzaban un adiós casi sin sentimiento cuando estaban agotados de meterse comida al estómago. Otro adiós era lo que escapaba de mis labios sin la más mínima emoción salvo el alivio por volver a estar sola.

La fiesta sería el culmen de su plan. Me mataría el día de mi cumpleaños delante de todos mis seres queridos antes de destrozar todas sus vidas y la mía propia, estaba convencida. Después, si la policía le cogía sería un milagro que pagase por lo que había hecho a todas las personas que apreciaba.

2018 / Sep / 06

Su boca domaba la mía. Me estremecí por completo por la forma en la que sus dedos rozaban mi piel. ¿Se podía calmar el mal humor, el orgullo herido y la desconfianza con sesiones de sexo apasionado? ¿No podía callarles la boca, de forma mucho más satisfactoria, de manera que pudiese entenderlo esa parte de mi cabeza que no quería comprender ese idioma en que él me estuviese hablando. ¿Ese era el idioma del amor que usaban algunas personas? ¿Todo era por hechos y nada por palabras? ¿Era por algunos hechos que no proporcionaban los frutos que se esperaban?

Fuese como fuese, mi cuerpo ya estaba entregándose al suyo con el deseo que tenía todo mi ser acumulado durante mucho tiempo. Mis brazos se aferraron alrededor de su cuerpo y tomó la parte trasera de mis muslos para elevarme en el aire y besarme igual que si quisiese merendarse mis labios. Tuve que separarme unos milímetros para respirar oxígeno que pudiese calmar el ardor de mis pulmones mientras que me llevaba hasta la habitación donde no habíamos yacido aún, aquella donde estaban la mayor parte de sus cosas, aquella donde se encerraba cuando no quería hablar conmigo.

Me dejó sobre el mullido colchón. Sentí cómo se hundía bajo mi pecho y él me contempló como si no me hubiese visto jamás desnuda. Sus dedos jugaban con el elástico de mis medias, rozaba mi piel con suavidad, se deleitaba con cada curva de mi ser y me hacía sentir sensual durante unas milésimas de segundo. Él estaba completamente hechizado por mí y yo lo estaba por él.

Aún estaba vestido, tenía el control en sus manos, la situación podía volverse peligrosa porque su rostro demostraba algo de ira que me provocaba cierto miedo. Me estremecí de los pies a la cabeza y finalmente, recibí la visión que tanto esperaba. Se fue deshaciendo de toda la ropa, poco a poco, fijando sus ojos en los míos, en ninguna otra parte de mi anatomía.

— ¿Por qué luchas contra esto? ¿Por qué buscas romper lo que sentimos? ¿Por qué juegas a hacerme perder el control, a matar cada sentimiento y recuerdo bonito?

Se terminó de desnudar. No podía responder a sus palabras porque no sabía si quería respuestas. ¿Estábamos jugando al amo y la sumisa? ¿Me había dado permiso para responder? Estaba perdida. No había jugado antes a nada parecido, no sabía de qué iba. Él me veía perdida, pero no respondía a las preguntas que yo no pronunciaba en voz alta y le molestaba que no contestase las que él sí me había hecho.

Entreabrí mis labios para responder y me calló dándome la vuelta de manera brusca y golpeando mi trasero con una fuerza endemoniadamente dolorosa. ¿Cómo podía excitarle a la gente recibir un golpe? No obstante, había algo que sí estaba provocando mi propio placer, que despertase un fuego en mi ser. Él estaba demostrando sus emociones, en ese momento, su respiración jadeante por un solo azote, el gruñido de placer que soltaba al ver mi carne sonrosarse. Picaba, pero me recompensaba con una caricia en el cachete maltratado.

— ¿Por qué buscas alejarte? ¿Por qué siempre que consigo que regreses a mí desapareces aún tengas que cortarte las alas para salir volando? ¿Por qué?

Volvía a estar en las mismas mientras el tono de su voz iba siendo más y más grave. Sus manos se separaron de mi cuerpo y terminé notando un nuevo azote en la misma nalga. Solté un quejido. Cuando la zona estaba suavemente dolorida el azote tenía mayor notoriedad en mi piel. Volvía a picar y volvía a acariciarme el glúteo en un intento por calmar el mínimo dolor que me estaba provocando.

Me dio la vuelta de la misma manera, negándose a un mínimo de romanticismo y abriendo mis piernas observó con deleite y con la respiración acelerada, mi propia excitación. Su erección rozó mis labios vaginales, jugando con mi libido que se incrementaba tan rápidamente como mi piel sentía cualquier tipo de roce con la suya.

Se puso sobre mí, besó mis labios y acepté la nueva invasión de su boca con gusto. Mis dedos se aferraron a su espalda y esperé que no se separase ni un milímetro, que todo fuese de forma convencional, sin nada fuera de lo común.

Jadeó mi nombre cuando nos separamos y mi cuerpo sintió la manera casi brusca de sus labios para terminar dejando mordidas, suaves, sin marca salvo cuando llegó a mi monte de Venus el cuál no cesó de besar hasta conseguir su objetivo dejando un chupetón de sus labios en esa zona. Sabía que aquella marca tenía un motivo, una razón, era un reclamo de que le pertenecía.

Regresó a mi boca y se hundió dentro de mi ser sin ningún tipo de clemencia. Arqueé mi espalda, le entregué todo el control de mi cuerpo. Profanó, mordió, estiró y me ayudó a descubrir zonas erógenas de mi propia anatomía. Me puso sobre él, cabalgué con necesidad siendo guiada por sus manos expertas. Nuestras bocas no se separaban ni un segundo salvo para conseguir aliento y continuando en aquel ir y venir de emociones prohibidas.

Él era mi dueño. Él había sido el hombre que me había descubierto ese mundo y no quería pensar en que pudiese existir nadie más para ninguno de nosotros. No obstante, no podía engañarme, lo había, no podíamos mantener una relación estable, éramos agua y aceite que solamente disfrutaban el éxtasis cuando uno de los dos agachaba la cabeza y aceptaba los deseos del otro.

Llegué al orgasmo. Me dejé caer sobre su pecho notando como él mismo se vaciaba en mi interior. Acarició mi cabello con una dulzura que no supe que fuese capaz de mostrar si no estaba enferma. Cerré mis ojos, contuve mis ganas de ser yo quien preguntaba ahora los porqués, hasta que sus labios besaron mi sien cuando nuestras respiraciones estuvieron más calmadas.

— ¿Es mi agente lo que le tiene así?

Asentí en silencio, dándole la razón y admitiendo que había sido un ataque de celos o una nueva esquirla en una herida que jamás se había cerrado.

— Ojalá, algún día, confíe lo suficiente en mí como para no pensar que he yacido en otros brazos.

Y en mi fuero interno supe que no daba ni un centavo porque ese día fuese a llegar en algún momento de mi vida.

2018 / Sep / 06

— Buenos días.

Mi tono de voz salió seco. No había podido disimularlo. Igual que una bofetada chocando directamente contra la mejilla puesta aunque no sabía que recibiría el golpe.

— ¿Ocurre algo?

Tuve que buscar entre todo mi repertorio, deseando ser convincente con lo siguiente que fuese a decirle.

— No, es solamente que no he descansado muy bien esta noche —comenté encogiéndome de hombros.

— ¿Por algún motivo en particular?

— En realidad, no. Solamente me desperté muchas veces —me encogí de hombros y luego, suspiré profundamente antes de terminarme el vaso de yogur—. ¿Qué tal la noche pasada?

— Muy aburrida. Fui con mi editora y con compañeros míos a una cena informal. Nos habían invitado parte del elenco de la editorial para que pudiésemos celebrar el cumpleaños de la editorial. No es que tuviese demasiadas ganas de ir, pero no podía hacer el feo.

— Comprendo. No obstante, llegó bastante animado anoche.

— ¿A qué se refiere?

— Estaba borracho. Olía a alcohol y tabaco a distancia.

Le miré durante unos segundos y luego me limité a encogerme de hombros esperando que se diese cuenta que sabía lo que tenía oculto en el cuello y que él había tenido que ver cuando se lo hubiese limpiado en la ducha esa mañana.

— Debería dejar el tabaco. Lo detesta con mucha fuerza.

— Sería una agradable deferencia por su parte.

Me dolía que siguiese alejando el verdadero motivo de todo mi malestar. ¿Por qué se cerraba ocultándome que había yacido con otra mujer? No éramos nada, no me debía explicaciones, pero la sinceridad era bastante más agradable si no la tenías que sacar a puñetazo limpio. Me molestaba de forma considerable que me tomasen como tonta hasta que tuviese que hacerles confesar cuando ya no veían salida ni respuesta posible que explicase todo, salvo esa verdad absoluta que mi cabeza conocía.

— ¿Ocurre algo más?

— No. Solamente espero que lo pasase de maravilla con su editora —le dediqué una mirada cortante y dolorosa para ambos.

Me miró frunciendo el ceño. Sabía lo que eso significaba. El pensamiento que había tenido el día anterior seguramente había vuelto con más fuerza. Sabía que no iba acostándose con cualquiera, aunque… ¡y una mierda! En mi cabeza estaba más claro que sí lo hacía y debía obligarme a intentar creer que no era así, que no era un mujeriego que se divertía conmigo fingiendo tener sentimientos que realmente no tenía, por los que aún intentaba mantenerme pegada a él para continuar divirtiéndose a mi costa.

No quería discutir, pero… ¿por qué no podía pensar que aquel hombre me amaba? ¿Por qué no lo creía de ninguno que me hubiese hecho ese juramento o hubiese salido de su boca esa frase sin que se lo hubiese pedido?

Bajé la mirada y él salió de la cocina dejándome allí sola, desayunando. Pensé en si había forma de solucionar eso, pero ¿quería si tenía la duda de que había estado con Miss Silicona? Aguanté el dolor, intenté buscarle una salida y terminé aceptando aquello que creí que no era nada más que un juego, una forma de invitar al otro a tomar papeles en los momentos de excitación. Cerré mis ojos esperando que aquello no lograse algo peor de lo que yo esperaba conseguir.

Me perdí en el interior de la cabaña. Me lavé los dientes, me quité la ropa, salvo la interior y me puse aquellas medias que habían despertado sus más bajos instintos. Despacio, salí descalza del interior de la habitación y fui hasta donde él estaba, me puse de rodillas sin mirarle, escuchando tan solo cómo el sonido de la pluma dejaba de reproducirse a ese ritmo constante que hacía alcanzado tiempo atrás.

Mi corazón latía de manera acelerada. Me había sentado sobre mis pies, me había quedado delante de él expuesta como una sirvienta sexual que pedía atención. Me sentía ridícula. Era igual que suplicar por el placer, por respirar, por ser… ¿Qué tenía que ver la sensación de control en todo esto? No obstante, el control sobre otra persona nos daba cierto placer, siempre que se sometiese por su propio pie, sin necesidad de doblegar a la fuerza. Otros, en cambio, necesitaban la violencia para notar ese placer incomprensible de la raza humana al quedar por encima de los otros.

Escuché su respiración. No parecía estar demasiado convencido con lo que estaba viendo. Recordé entonces, que había sido excesivamente específico. Nada salvo esas medias. La pluma siguió escribiendo a pesar de estar allí suplicando atención.

Cerré mis ojos y me dije que ya que lo estaba intentando, de perdidos al río. Me quité el sujetador con algo de dificultad dado que la parte trasera se subía por el peso de mis senos y me deshice de la prenda inferior hasta que volví a retomar la postura que él me había pedido.

En esta ocasión la pluma sí dejó de sonar durante un buen rato. Pude escuchar el capuchón de la misma que la tapaba. Después, se levantó del lugar y temí que se fuese, que me dejase allí en aquella ridícula postura porque no le permitía concentrarse en su escritura. Sin embargo, en lugar de eso, vi su mano extendida delante de mí.

Alcé mi mirada hasta sus ojos, tomé su mano y me incorporé con su ayuda antes de notar un tirón que me empujó contra su cuerpo. Sus dedos agarraron mi cabello, echaron mi cabeza hacia atrás y tomaron mi boca con el anhelo que había demostrado en tantas ocasiones antes. Mis brazos rodearon su cuello y me dejé llevar por la pasión del momento, por el deseo que iba deslizándose por cada poro de mi piel. Él gobernaba en toda mi anatomía con un simple roce y con su demanda había vuelto a conquistar cada milímetro de mi anatomía.

El beso era tan intenso que hasta me hacía temblar entre sus brazos. Su cuerpo expulsaba calor casi por instinto a pesar de la ropa que había entre nosotros y nuestras lenguas habían empezado una batalla que había endurecido el lugar de su anatomía que siempre reaccionaba a mí.

Si solamente fuese mío… Exclusivamente, todo mío.

2018 / Sep / 06

Suponía que de tantas veces que me había despertado aquella noche había terminado cediendo a un sueño profundo donde había podido disfrutar del placer de desconectar mínimamente el cerebro hasta casi el mediodía. William no me había despertado. Había hecho lo que tuviese que hacer el tiempo que llevase despierto y le agradecía que no me hubiese levantado de la cama porque me hubiese despertado de muy malas formas. Quería mantenerme relajada lo más posible, pero esa marca de labial en su cuello había hecho añicos la poca cordura que había quedado en mi ser. La sin razón volvía a ganar a la lógica aplastante. Era mucho más fácil despertar la primera en mí que la segunda.

Pensé en qué día podía ser ya. Seguramente estábamos en septiembre cuando yo aún pensaba que no habíamos pasado agosto. No sabía si el profesor estaría esperándome al otro lado de la puerta, pero no quería comprobarlo. Tenía mis dos teléfonos en esa habitación. Entré en la mensajería instantánea y descubrí que los mensajes que había visto la noche anterior seguían ahí. No había ninguna nuevo. Puede, incluso, que ya no esperasen respuesta, pero fui respondiendo uno a uno, pidiendo perdón por haberme alejado, aislado, sin dar explicaciones, pero necesitaba pensar, necesitaba respirar. Les expliqué que estaba en alguna playa en alguna parte, pero no especifiqué donde porque ni tan siquiera yo lo sabía aunque no les dije eso, desde luego, como tampoco admití que no estaba sola.

Recibí reproches de parte de unos, alegría de parte de otros porque estaba viva y por último, noticias horribles por parte de Hamann quien me indicó que en el poco tiempo que había estado alejada del mundo, la policía había perdido la pista a Douglas. Si tenía un mínimo de suerte estaría tan despistado como todos los demás con mi ausencia. No sabían mi paradero y quité la localización GPS del teléfono para evitar que alguien encontrase alguna aplicación o alguna manera de hacer que mi nuevo móvil le indicase dónde estaba. Aún así, sabía que no estaba tan lejos, que debía permanecer en Estados Unidos, en alguna parte, pero era igual que si le hubiese permitido a Verdoux secuestrarme de forma completamente voluntaria.

Me negué a seguir hablando. No tenía más fuerzas. Derek había suplicado en varias ocasiones que le permitiese llamarme por teléfono. Me había negado. De Damian había vuelto a recibir la reprimenda propia de cada vez que desaparecía, que me marchaba sin decir ni mú de donde estuviese. Después de tantos años debería haber aprendido la lección, aunque estaba convencida que él pensaba que después de tantos años podría confiar lo suficiente en él como para no mantenerle en vilo. Iba de regañina en regañina con Damian y sabía que no podía solucionarlo a través de las redes sociales fuese cual fuese la que hiciese de intermediario. Me molestaba lo que había averiguado de él y también, las mentiras que Douglas me había obligado a descubrir con su estúpido jueguecito. Fuera como fuese, ambos, estábamos separados por demasiadas barreras. Había jugado mucho con los límites de su tolerancia y de la mía propia. En cualquier momento se rompería y todos los buenos sentimientos por el otro no servirían para mantenernos unidos.

Ecaterina había logrado lo que había querido. Había entrado en su vida tiempo atrás, había alimentado mis celos por lo saber aceptar que se puede querer y apreciar a otra persona si se me quiere también a mí. Ella había arramplado con todo lo que yo había destruido, había sido lista, solamente había dejado que mi estupidez innata fuese la que arruinase todo poco a poco. Lo único que había logrado había sido un pequeño enfado por aquí, lanzar algún que otro dardo por allá. Y el principal problema no había sido otro que mi mente rellenando los huecos que no tenían explicación para mí con conversaciones entre ellos que no sabía si se habían dado.

Yo no necesitaba guionistas para montarme los dramas más telenovelescos de la historia, mi mente se encargaba de todo porque sabía que le terminaría dando la razón, que siempre aceptaría lo que ella impusiese sin pensar si tenía lógica o dejaba de tenerla. Ella se sentaba delante de mí, me argumentaba sus razones e igual que si no tuviese pensamiento propio lo aceptaba sin someterlo a juicio. Ella siempre tenía la razón, en todo momento, mientras que yo, estúpida, iba detrás comiendo de las escasas migajas de felicidad que me permitía tener.

Cerré mis ojos y volví a hacer lo más sencillo, puse toda la culpa sobre los hombros de Ecaterina cegando a esa parte de mi sr que empezaba a darse cuenta de cómo yo había permitido todo eso jugando al juego más sencillo del mundo: destruir mi propio mundo con esa manera tan maravillosa de alejarles, de echarles de mi vida.

Hice una mueca cuando escuché la puerta de la habitación sonar. Escondí el teléfono debajo de la almohada haciéndome la dormida. Al ver que no movía ni un músculo, Verdoux volvió a irse y empecé a pensar en qué podía hacer para no montar un numerito de los míos. Lo primero, debía tomarme la medicación. Alguna que otra de esas pastillas me ayudaban un poco con los impulsos incontrolables de todo mi ser. No tardaría demasiado en ceder al descontrol, pero haría lo posible por paliarlo.

Me levanté, me duché, me quité el asqueroso olor a rancio que me había dejado el escritor y cuando regresé, las sábanas de la cama no estaban. Seguramente había entrado antes para ver si podía quitarlas. De haberlo sabido me hubiese metido antes en la ducha porque el olor seguía siendo tan fuerte aunque la ventana estuviese abierta que se me habían llenado los ojos de lágrimas en más de una ocasión.

Me vestí, salí a la cocina y le encontré sumergido en su escritura. Me tomé las pastillas con un poco de yogur bebible y sentí su presencia antes de que quisiese ser oído.

— Buenos días.

Su voz estaba serena y ese saludo empezó a despertar de nuevo el enfado que se había estado guisando en mi interior la noche anterior.

2018 / Sep / 06

Frialdad. No podía distinguir otra cosa en la manera en que había ido planificando uno a uno todos los asesinatos que iba leyendo. Masie y la rubia despampanante habían recibido un final bastante similar, aunque se había divertido bastante más con la segunda.

También, debía reconocer que me asustaba. Podía haber varios hombres o mujeres que aparentemente eran normales y luego eran seres que cualquiera hubiese temido en sus peores pesadillas. La paranoia podía volverse un recurso bastante común si se generalizaba pensando que en cualquier sitio al que se fuese, cualquier mirada que se posase sobre una podía resultar siendo un asesino en serie encubierto o alguien que quería pasar un buen rato sin importarle mi propio disfrute. No, no estaba en contra de los hombres, pero ese tipo de explicaciones en su comportamiento no habían salido sólo de la mente de Douglas, había escuchado palabras similares de otros varones, sin necesidad de ir matando a cuanta mujer se les antojase.

Además, otro dato a tener en cuenta había sido la manera en que yo misma me había encendido al pensar en el Douglas seductor, en el Douglas amante, en el sexo por sí solo. Había tenido que dejar la lectura por completo y me había sentido tan mal por notar las palpitaciones propias de la excitación en la zona más íntima de mi ser… ¿Ese tipo de cosas me excitaban o era lo prohibido del sexo, de los lenguajes, la oscuridad…? Tenía miedo de mis propias inclinaciones en ese aspecto.

Cuando terminé de leer, vi que eran las dos de la madrugada. Ya no esperaba a William, ni mucho menos. Cerré el portátil, me quité la ropa cómoda y me puse el camisón antes de meterme en la cama abrazándome a la almohada queriendo callar mi cabeza con algo de sueño bien merecido.

Mi mente tenía otros planes. Una tras otra iba repitiendo las frases que más me habían causado impresión. Mi imaginación de daba la recreación de la sumisión de aquellas mujeres frente a Douglas. No sé cuándo me dormí, lo hice, a duras penas, pero lo terminé logrando. En sueños todo era confuso, difícil de manejar, pero intenso. De vez en cuando veía a cada uno de los hombres de mi vida, mis propias torturas, mis momentos más embarazosos y la creación de otros nuevos bajo la redacción de las vivencias de Douglas quien estaba metiéndose en mi mente de una forma más profunda de la que hubiese podido llegar a planear nunca.

Un ruido me despertó. Escuché unas risas y cómo se abría la puerta del dormitorio. El olor a tabaco y alcohol llegaba a mi pituitaria con tanta fuerza que casi me hizo desmayarme. Verdoux había llegado, completamente bebido, riéndose por algún chiste que no iba a explicarme seguramente e intentando hacer el menor ruido posible, pero su torpeza no le ayudaba ni lo más mínimo. Si alguien quiere ser silencioso tiene que evitar en lo posible llegar al hogar tan ebrio que no sabría distinguir qué era su mano y qué no.

— ¿La he despertado? —preguntó con una voz que me demostró mi teoría. Estaba como una cuba.

— Es difícil no hacerlo con su agilidad natural en estos momentos.

Rió y se sentó en la cama, en su lado. Intentó quitarse el jersey, pero tuve que ser yo quien se deshiciese de él. Cuando lo hice, observé algo que logró hacerme tener más ganas aún de vomitar. ¿Para eso se había ido? En su cuello se veía claramente la marca de un pintalabios rojo. ¿Por qué me sorprendía? Yo misma le había hecho creer, con razón, que pensaba que se tiraba a todas las mujeres que había en la Tierra, lo hiciese o no, le había empujado a ello o me daba la razón. Él no era hombre de una sola mujer ni lo sería nunca.

¿Volvíamos a la misma casilla que en Londres? ¿Había sido diferente alguna vez? Quizá había creído que sí y lo único que había cambiado era que no había estado con su hermana, solamente con Eliza, por el bien de ella, no por el mío. Qué fácil era destruir los cimientos que cada vez que debíamos levantarlos se hacían más y más débiles.

Le terminé de ayudar para desvestirse y luego, cuando quiso ser más cariñoso conmigo, me negué. Lo achacó a su olor, así que a duras penas se levantó, se lavó los dientes y regresó a mí con otro aroma muy diferente, una mezcla de alcohol, tabaco y clorofila.

Terminó cediendo al sueño, abrazado a mí y en cuanto estuvo tan dormido que no se percataba de nada, me fui de aquella cama y me metí en otro cuarto, en el suyo. Ese Verdoux sí era mi Verdoux, el que yo había inventado, pero el real yacía dormido en la cama después de aceptar los besos de una mujer a la que teóricamente no amaba si es que me amaba a mí. Fuera como fuese, la tonta había sido yo por creer en el caballero andante que me había imaginado. Jamás había existido.

Volví a dormirme. Los sueños fueron tan intensos como dolorosos. No encontraba ningún tipo de salida. Escuché gritos, los gritos de alguien de fondo y temblé de pies a cabeza. Desconocía el tiempo que había pasado durmiendo, pero esos alaridos no cesaban. Terminé distinguiendo mi nombre y salí de mi propia ensoñación.

— ¡Kyra! ¡Kyra!

Era la voz de Verdoux gritando mi nombre. Aún era de noche cuando abrí los ojos, me incorporé en la cama y fui corriendo hasta la habitación que hubiésemos compartido. Estaba fuera de sí, sudoroso, gritando contra una almohada vacía que no le respondía con mi calor. Sus ojos estaban cerrados, seguía soñando. Me acerqué a él despacio, sin saber si debía calmarle después de lo ocurrido. Era tonta, estaba claro. Me senté a su lado, tomé su mano con suavidad y con mi simple tacto su cuerpo se relajó considerablemente. Sus dedos me atraparon y terminé tumbada a su lado en la cama, envuelta de aquella fragancia nauseabunda que había mezclado en su cuerpo. Me apretó a él, suspiré conteniendo las ganas de llorar y escuché las palabras que me hubiese gustado oír en otro momento.

— Su aroma la delata…

Y volvió a quedarse dormido.

2018 / Sep / 06

Empezamos una relación. Me comparaba todo el tiempo con su ex. ¿Cuándo aprenderéis que esa no es la forma de mantener a alguien que desea conquistaros? Yo me quedé a su lado porque tenía otros planes. Para mí no había amor, pero ella se derretía con cada palabra romántica que salía de mis labios, aunque seguido de: “¿ves? Eso no me lo hubiese dicho Richard en la vida”. Casi temí que tuviese tanta obsesión con su ex que jamás dejase de pensar en él. Quizá podía tomarlo como ventaja y de esa manera inculparle a él por actos de locura desesperada de su ex pareja. Bien visto, llegaría a divertirme de lo lindo.

Mandé investigar al tal Richard. No se había confundido, Masie me había dicho la verdad. Él la había dejado para estar con otra, una modelo rubia, impresionante. No sabía si era modelo, pero tenía cuerpo de una de ellas y parecía manejarse bastante bien en todo lo que era el tema amatorio. Puede que aquella fuese mi siguiente víctima si todo salía como tenía planeado. No estaban todos los detalles ultimados, pero sí sabía cómo quería que terminase aquel conflicto.

Masie terminó pidiéndome una noche de pasión un día en que le había pedido que fuese a comprar algo que necesitaba mientras terminaba unos papeles. Sabía que se iba a encontrar con su ex y con la despampanante novia de su ex. Había vuelto echa una furia, echando pestes por la boca y diciendo cosas en plan: “de todos los lugares que hay en el maldito mundo tenía que ser precisamente allí donde tenían que estar”. No había sospechado nada, había creído desde el principio que era una casualidad.

La consolé, la besé y poco a poco logré que ella se fuese soltando pidiéndome más que solos besos. Un mes entero para tener nuestra primera noche juntos me había parecido demasiado, pero aún no había logrado averiguar los tiempos de todo esto, a parte que todas las mujeres no sois iguales y no es tan sencillo haceros caer, al menos, sin que entre la sospecha de que aquello es lo único que deseamos de vosotras. Créeme cuando te digo que el hombre, al menos la mayoría, es lo único que quiere. Un polvo rápido y no tener que atarse a nadie con sentimientos de por medio. Buscamos nuestro placer, raramente el vuestro.

Observé su boca pidiendo más y le entregué todo lo que quería. La desnudé, hice lo propio conmigo y le di el sexo más apasionado que había tenido en su vida. La dureza de mis penetraciones había tenido que aumentarla poco a poco, pero había gozado como nunca del salvajismo en una relación sexual. Ese era el primer paso para que cediese e hiciese todo lo que yo quisiese más adelante.

Dejó de hablar de su ex. El sexo complaciente parecía ejercer un efecto en ella sedante en ese aspecto. Me gustaba la idea de que con algo tan simple fuese capaz de caer. Ni tan siquiera se percataba que yo no llegaba jamás a correrme. Usaba preservativo para que no esperase sentir los chorros de semen que jamás escapaban. Tenía que irme a la ducha con la excusa de tener que seguir trabajando para bajar mi casi inexistente erección. Debía concentrarme en otros momentos en los que sí me había excitado y resultaba igual que masturbarse. La excitación corría de la mano de la imaginación de uno, nada más.

Las semanas siguientes fueron una mezcla entre encuentros catastróficos con su ex y dejar que poco a poco fuese cediendo a mis deseos más oscuros.

Finalmente, lo hizo. Se desnudó, un día delante de mí, se puso de rodillas como le ordené y me hizo la primera felación que hacía en su vida. Por alguna razón desconocida eso me excitaba, verla medio ahogarse con mi pene entre sus labios, embistiendo. Llegué, claro que llegué al orgasmo, pero lo hice fuera de su boca. Empapé todo su rostro de semen, la tumbé en la cama y poniéndome un condón la follé deprisa, duro, dejando que ella se quejase, que gozase, que suplicase por más y por menos hasta que mis dedos se apretaron alrededor de su garganta cortándole la respiración, matándola despacio, muy despacio bajo mi cuerpo, sin recibir ningún tipo de ayuda, sin poder evitar su final. Volví a correrme, volví a alcanzar el éxtasis aunque ella ya había pasado a mejor vida.

La dejé enfriarse mientras me duchaba. Después, me dediqué a pasar las horas restantes limpiando cada milímetro de la casa con los elementos químicos más agresivos. Sin embargo, no estaba contento. Temía que aunque la lavase a ella y lavase todo, algo de mi ADN se pudiese haber quedado en alguna parte del piso. Por ese motivo, después de mi ardua tarea de limpieza, lo quemé, tal y como lo haría un ex despechado. Salí por donde nadie me vio y nadie me buscó como la actual pareja de Masie, sino que buscaban a un tal Douglas, un hombre que nadie había visto con ella y con el que creían que mantenía una relación imaginaria aunque su ex, Richard, por las reacciones que tuvo fue el primero al que fichó la policía.

Aquello dejaba a la modelo rubia, traviesa, de piernas infinitas descuidada, vulnerable, temerosa de haber estado con un asesino durante todo ese tiempo. La dejaba accesible para mí y por eso había pedido a mi equipo de confianza que la investigase. Debía aparecer como alguien más, un ser común, pero que me diese la posibilidad de que pagase en mi cuerpo su despecho. Nada de romanticismo. Sexo para olvidar, sexo para alcanzar la gloria y sexo para someterse hasta el final.

No fui al entierro de Masie. No me interesó ni lo más mínimo. Terminaron acusando a su ex por las continuas peleas públicas que habían tenido durante los últimos meses. A veces, el jurado podía ser fácilmente manejable en casos como aquel con tanta brutalidad y en defensa de los derechos de una mujer que creían acosada por su ex pareja. Todo había salido a pedir de boca.