2018 / Sep / 07

Sherryl salió de la misma forma que había entrado a la consulta. Su teléfono móvil era su única prioridad. Hasta que la había conocido a ella no había encontrado personas que tuviesen una necesidad imperiosa por tener otra vida que les gustase más y eso le había permitido tenerlo el rol cuando lo había descubierto. Bien era cierto que los roles que ambas habíamos llevado habían sido muy diferentes, el mío era más literario, el suyo más de acción gracias a los videojuegos en los que uno se podía crear un avatar y ser un ser fantástico que se enfrentaba a otros seres igual de irreales, pero que entablaba conversaciones y relaciones con otras personas que también estaban enganchadas a ese tipo de juegos.

No tardé demasiado en escribir los avances de Sherryl, estaba bastante estancada. Seguía teniendo las mismas necesidades y pasaba prácticamente las mismas horas enganchada a la tecnología por lo que debía refrescar la memoria de cómo tratar las adicciones de todo tipo para ver de qué forma podía llegar a ayudarle. Yo misma, tenía dolores en los dedos por pasarme prácticamente el día tecleando, así que imaginaba que en la ansiedad del momento ella haría hasta más fuerza en las teclas provocándole las tendinitis consabidas que no se curaban bien porque no dejaba de jugar con el ordenador o con el móvil.

La adicción era una cosa muy seria y los estímulos solían ser la principal ventaja porque descubríamos formas diferentes de encontrar una mínima satisfacción aunque en el fondo estuviese vacía por no ser palpable, por no poder abrazar a esas personas ni poder tener una vida más allá del juego. El juego se volvía más satisfactorio que la vida y se deseaba vivir en el juego, el principal problema era que no podíamos sumergirnos en internet y vivir como queríamos ser cuando éramos de otra persona, nuestra vida no estaba dirigida por un libro y unos algoritmos para disfrutar de aventuras. En la vida real, lamentablemente, no había ese tipo de emociones fuertes fantasiosas, pero había que encontrar alguna forma de que aquellas personas que deseasen un mundo así pudiesen tener una vida que les atrajese tanto como estar enfrente de la pantalla del ordenador mil quinientas horas seguidas haciendo paradas tan solo para ir al baño.

Me levanté para llamar a Tatiana quien estaba esperando allí, nerviosa, como si temiese que alguien la estuviese persiguiendo. No podía decirle que sabía que Gerault se había ido hacía horas, tan solo él sabía que yo sabía que estaba viendo a ambos. Seguramente Tatiana también lo sabía, pero quizá me consideraba tan tonta como para no haberme dado cuenta de tal hecho o, quizá, ese había sido plan desde el principio. Sea como fuere había tantos quizá posibles que si los enumeraba todos me volvería loca.

Tatiana entró vestida con un escueto vestido floral. El rosa quedaba muy bien con su pálida piel y su cabello rubio que daba pinta hasta de estar descuidado, pero estaba convencida que cada mechón había sido modificado en su posición milimétricamente hasta que estuviese en el lugar preciso. Llevaba unas gafas de sol que no se quiso quitar y además, no sabía siquiera si me había dirigido una sola mirada.

— Buenas, Tatiana. ¿Qué tal has pasado estos días?

— ¿En serio me lo preguntas? ¡Han sido un verdadero infierno! Temo que llegue en cualquier momento, que me agarre y vuelva a pegarme como lo ha hecho otras veces.

Froté suavemente mi frente para no decir lo que quería decirle. ¿Se creía que no les había visto acaramelados en la fiesta victoriana? ¿Se creía que era tonta?

— ¿Puedo hacerte una pregunta?

Asintió antes de buscar la postura más cómoda para ella en la silla de confidente que tenía delante. Me habían cambiado los sillones que siempre había tenido al otro lado del escritorio. Por suerte, los otros sillones si me los habían dejado. Tendría que hablar con Smith para pedirle que volviesen a colocarlos en su sitio si era posible o, al menos, que me diese un motivo de porqué no estaban en su lugar.

— ¿Crees que si él te pidiese volver a intentarlo lo rechazarías?

Ella se quedó pensativa como si la respuesta realmente fuese tan complicada de dar. Ambas la sabíamos. Ella aceptaría sin dudarlo, pero deseaba saber si ella tenía tan claro cuáles serían sus propias reacciones o, por el contrario, seguía engañándose a sí misma.

— Creo que sí. Definitivamente lo rechazaría. No quiero volver a saber nada de él.

Estaba en el modo negación. Todas las personas que habían tenido una relación abusiva y habían terminado dando el primer paso para salir de ese infierno, terminaban negando toda posibilidad de regresar con su pareja, pero cuando ellos volvían suplicando perdón con un ramo de flores comprado en la gasolinera y tan cutre que si se gastaban un poco menos sería de plástico duro, malísimo y con pétalos que parecían pintados por niños pequeños, volvían, les abrían los brazos y regresaban a ellos sin dudarlo.

Si aquello no era real, desde luego se tenía bien estudiado el comportamiento que tenía una mujer en ese tipo de situaciones. Normalmente no era así con ninguna paciente que me hubiese asegurado abusos, pero… Tatiana estaba en una posición peligrosa, podía estar metida en el plan de Douglas y aunque me dolía tener que dudar de alguien que aseguraba recibir malos tratos, no podía tener la certeza de nada pues el circo que habían montado alrededor era demencial.

Después de eso sabía que la sesión sería complicada. Debía escuchar, callar y finalmente, analizar. Tenía que intentar también que ella no supiese que podía estar desconfiando de ella: uno, porque de ser verdad su versión lo único que provocaría sería dolor en ella y dos, porque si me mentía y se daba cuenta que yo sabía que mentía, la situación podía complicarse mucho más. Era mejor que todos creyesen que era tan tonta como todos esperaban que fuese y así, con suerte, tener ventaja.

2018 / Sep / 07

Gerault se acababa de marchar. Había estado esperando un rato a que me levantase, pero no lo había hecho, le había ofrecido la mano y se había terminado yendo contrariado. Me había asegurado de su marcha antes de encender el ordenador. Tenía varias cosas sobre las que pensar. De hecho, recordaba no haber hecho hacía mucho un primer esbozo sobre el complejo Grey, tal y como yo le había llamado.

¿Podía llegar la obsesión de una persona a terminar condicionando su vida de modo que pasase lo mismo que le ocurría a su obsesión? Por ejemplo, Gerault quien había cambiado su nombre y sorprendentemente también empezaba su apellido por G, parecía tener una malsana obsesión con el personaje ficticio asegurando que él había sido antes de la ficción. Para estar tan seguro debía conocer el año en que se empezó a escribir la obra y que él hubiese empezado esa vida antes del primer boceto del magnate millonario. Además, todo era extremadamente similar, no tanto como para considerarse una copia, pero era conocedor de todos los por menores, tenía también una ex un tanto psicópata y desequilibrada y una mujer mayor que le había dado su fortuna al morir, no exactamente igual que Elena Lincoln, pero lo suficiente como para poder considerarse una abusadora de menores en el caso de que él me hubiese contado la verdad. Puede que hubiese sido él mismo quien hubiese visto esas similitudes y una forma de «salir adelante» si se sentía tan encerrado y sin salida como el mismo Grey en ciertos episodios.

Tenía que volver a leerme los tomos para analizar más profundamente el personaje debido a que lo más reciente que tenía sobre él no era nada más que las películas interpretadas por Jamie Dornan y Dakota Johnson donde habían hecho evidentes cambios y todo resultaba aún más rápido que en el propio libro. Puede que en lugar de leerme la historia desde el punto de vista de Anastasia tuviese que comprarme los tomos de Grey y Más oscuro. Quizá ellos me ayudasen a entender mejor la mente del personaje intentar ponerle las etiquetas que tanto odiaba para ver qué tipo de carencias específicas tenía Gerault y buscaba subsanarlas viviendo la vida de un ser ficticio que terminaba siendo feliz de alguna forma, teniendo una vida más o menos convencional con el ideal de una relación romántica sana en la que se compartían ese tipo de gustos sexuales de dominación aunque, si no recordaba mal, terminaba siendo asumido que era su mundo, pero las normas de ella.

Debía pensar con claridad después de sumergirme en la historia de nuevo, con la mente lo más abierta posible y buscando después las similitudes posibles con mi paciente. Gerault escondía una historia que tenía que intentar sacar, secretos que debía descubrir. Él tenía que aprender a ser su verdadero yo, pero si era realmente tan parecido a Grey comprobar qué podía haber provocado que hubiese terminado de esa forma. Grey tenía un porqué, Gerault tenía que tener el suyo propio.

Intentaría pensar en ello más adelante. Ahora mismo lo que haría sería dejar reflejados los avances, sin que tuviese ningún tipo de explicación o comentario subjetivo sobre mi verdadera creencia en cuanto al nuevo complejo del que estaba desarrollando la tesis. Debía ser algo a tener en cuenta puesto que un fenómeno de masas podía provocar todo ese tipo de situaciones complejas.

Terminé de escribir los avances. Guardé el archivo y después dejé el ordenador apagándole la pantalla para que de esa forma no pudiese nadie ver lo que estaba escrito. Finalicé mirando la hoja que tenía delante. Ahora, después de Gerault, tenía a otro paciente y finalmente a Tatiana con quien cerraría la jornada dado que el resto habían sido destinados a otros profesionales en el tiempo que había estado fuera por urgencias, básicamente, por lo que lo más probable es que siguiesen su tratamiento con ellos o no fuese necesario verles deprisa y corriendo. Tendría que enterarme de la situación de algunos de ellos en el espacio de tiempo que tenía después de Tatiana. Había una hora en la que estaría teóricamente ociosa, pero nunca está uno sin hacer nada en este trabajo, siempre hay algo nuevo y más con todo lo que yo tenía sobre los hombros.

Me levanté de mi asiento y fui directa a la puerta para llamar a Sherryl quien esperaba pacientemente mirando su teléfono móvil como la mayoría de las personas de la generación de los smartphones. Estábamos todos enganchados a esas pequeñas pantallas que nos abrían el mundo entero a través de internet: mentiras, verdades, vídeos, contenido descargable, y todo lo que se le ocurriese a cualquier persona que tuviese una idea. Había todo tipo de redes sociales, de páginas webs, de contenido que poder desglosar, manipular y estudiar. Había teorías en las que volvía asegurarse que la Tierra era plana y fieles seguidores de ésta forma de pensar del medievo. Pero, en un mundo donde muchas personas creían que no se había llegado a la luna porque había sido un montaje y ninguna de las otras veces se había hecho tampoco; en un mundo donde solamente creíamos lo que veíamos… ¿qué podíamos esperar? Con la teoría de base del inexistente viaje espacial, qué explicación podíamos darles de que los satélites sí funcionaban, estaban allí, nos mandaban fotografías de cómo era la Tierra… Hoy en día, con tanta información, el hombre puede volver aún más tonto a pesar de creerse el más inteligente de los animales si no sabe usar bien esas herramientas que le pueden dar todo el conocimiento del mundo.

— Sherryl…

La joven levantó la mirada ligeramente enrojecida. Se colocó las gafas y caminó hasta el interior de la sala colocando el teléfono en modo vibración como ya le había pedido más de una vez durante las sesiones. Era buena chica, despistada y obsesionada con mundos diferentes, pero eso no le quitaba lo buena chica que era.

Se sentó en su lugar, me senté frente a ella y respiré profundamente.

— ¿Qué tal te ha ido estos días?

Su expresión se contrajo en una mueca antes de empezar un relato que no parecía presagiar nada bueno.

2018 / Sep / 07

— Kyra Mijáilova…

— Matt Gerault… cuantísimo tiempo sin saber de usted —solté una pequeña risa por mi broma antes de cerrar la puerta y caminar hasta el otro lado de la mesa de mi despacho.

— Como puede comprobar he sido un chico bueno y le he obedecido.

— Así me gusta. Como le dije será más sencillo para ambos ceñirnos a los horarios y a estar entre estas cuatro paredes por mucho, muchísimo que puedan agobiarle. Sé que es un hombre de mundo, de escoger los lugares y de no ceder el control, pero quizá con estas pequeñas cosas podamos ir avanzando poco a poco para que pueda aceptar otros planes diferentes a los que plantea siempre.

— ¿Volvemos a llamarnos de usted?

Entrecerré mis ojos al escucharle quedándome pensativa. No lo hacía con ninguno de mis pacientes así que si lo mantenía con él, si volvía a poner todas las barreras habidas y por haber puede que desconfiase y mi interpretación que podría ser nominada al Oscar, terminase por resultar tan falsa como un dramatismo en una escena cómica o viceversa.

— Tienes toda la razón. No creo que sean necesarias tantas formalidades y menos cuando yo misma pedí que nos tuteásemos en la primera sesión. Sería muy… raro ¿no? —volví a reír antes de dejar descansar mi espalda en la butaca que era tan endemoniadamente cómoda—. ¿Qué tal has estado estos días?

— Estresado. No sabía que se podía estar tan agobiado con la ausencia de alguien —pasó sus dedos por el interior del cuello de su camisa y pareció dudar si aflojarse la corbata o no.

— ¿En serio? ¿Ha aparecido alguien en tu vida que haya provocado esa sensación?

— Así es.

— ¿Puedo preguntar si se trata de una mujer?

Asintió regalándome una sonrisa y se inclinó hacia delante antes de fijar su mirada en la mía.

— Además, no tiene nada que ver con el mundo del sadomasoquismo. Ella… es diferente.

— ¡Eso es maravilloso, Gerault! Aunque ¿planeas llevarla hasta el lado oscuro? —bromeé soltando una pequeña risa y esperando que esa pobre muchacha estuviese completamente a salvo de un hombre como él si resultaba ser cierta mi sospecha.

— No creo que ella sea de las que «se llevan» a ninguna parte. Además, por mucho que me complacería atraerla hacia mi mundo, que lo probase, dudo que fuese de su gusto y tampoco estuvo tan mal la relación sexual convencional que tuvimos —comentó antes de echarse hacia atrás sintiéndose superior, inflando el pecho con orgullo.

— Suena… sorprendente. ¿Cómo has podido cambiar tanto en unos días?

— No creo que sea un cambio… yo me considero el mismo.

Esta vez fui yo la que se inclinó hacia delante apoyando mis codos en el escritorio antes de hacer un pequeño puente con mis manos teniendo los dedos cruzados y posicionando allí mi mentón observándole con una sonrisa.

— Pongamos claramente los hechos sobre la mesa. Te haré unas preguntas para que veas hasta qué punto sí has cambiado algo aunque en esencia sigas siendo el mismo. Para empezar, la primera vez que te conocí te parecía inconcebible tener una relación de la índole que fuese que no fuera amo-sumisa. Nada de sentimientos, nada que no fuese atracción y sexo… a tu estilo. Necesitabas que la mujer se doblegase a ti y no había más opciones…

Justo en ese instante comencé a recordar que era él quien había grabado una escena sexual entre ambos en el caso que fuesen reales las palabras de Douglas y no solía ir de farol casi nunca. Tuve que contener mis deseos de levantarme y partirle la cara por ser un maldito violador, pero quise creer, necesitaba creer que esas grabaciones en realidad no existían, que habían sido sueños, punto, nada más.

— ¿Te encuentras bien?

Asentí antes de inclinarme para coger una botella de agua fresca y darle un gran sorbo buscando que esa fría temperatura del agua me enfriase las ideas que poco a poco iban tomando forma en mi propio cerebro. ¿Quién en su sano juicio podía haber olvidado algo así? Pero, muchas cosas se terminan obviando para sobrevivir.

— Sí, era tan solo que necesitaba agua. Mmmm ¿por dónde iba? Oh, sí. Que no había más opciones que esa. En cambio, esta chica se ha acostado de forma convencional contigo, dudas si hacer que entre o no a tu mundo por mucho que te gustaría… ¿Eso es un flechazo en toda regla, señor Gerault?

Se quedó pensativo desviando la mirada tan solo unos segundos hacia otro lugar de la habitación. Oculté mi deseo de poner la expresión propia que había bautizado como: «¿te crees que soy idiota?», porque no me creía nada así. Era ridículo e imposible que en tan poco tiempo se avanzase tanto y se pasase de lo categóricamente imposible a encontrarlo plausible con una mujer con la que se había acostado una vez. ¿Todo esto sería por Tatiana o es que, en realidad, se le estaba cayendo su propia máscara de «prototipo Grey» que se había construido antes de conocerme?

No podía analizar aquella nueva información sin creerme que en mitad de todo eso había un único apelativo que concederle: una mentira tan grande como un piano. No se lo creería nadie. Pero tenía que fingir ser tonta, no saber lo que sabía y no mandarle al diablo antes de tiempo. La paciencia y la sangre fría serían la clave en todo esto.

— No sé si sea un flechazo, pero… es especial. De eso no tengo ni la menor duda.

Sonreí ligeramente. Deseaba que a pesar de colaborar con Douglas no fuese mala persona en el fondo. Eso indicaría que el vídeo sería mentira y que no había abusado de mí de ninguna manera.

Bien, debía apartar ese pensamiento cuanto antes. Hasta que no tuviese la certeza de eso lo único que haría sería atormentarme todo el tiempo, a todas horas, a cada segundo y no había ninguna posibilidad de saberlo si no era viendo el video o con la confesión explícita de alguno de los dos. Por ese motivo, respiré, sonreí y dejé que me siguiese contando maravillas de esa chica sobrenatural que le había hecho cambiar su visión de una relación, por mucho que me sonase a Anastasia y Grey después de la primera ruptura.

2018 / Sep / 07

Viernes. No había escapatoria. Tenía que regresar a mi vida diaria, a la rutina que tanto empezaba a hacérseme cuesta arriba dado que terminaba trayéndome todos los problemas a casa. Smith me había pedido que fuese una hora antes al trabajo, él no solía madrugar casi nunca así que debía ser muy importante para él si tenía que levantarse a las seis de la mañana para llegar a las siete puntual a la oficina.

Ducha, maquillaje, zapato plano porque dudaba que fuese a aguantar todas las horas con el tacón si me decían que estaba lo suficientemente bien como para seguir tratando a todos los pacientes y mientras me subía a un taxi, dado que me había apetecido no caminar ni un ápice ese día, mandé el vídeo terminado a Cecille, y me había costado lo mío acabarlo. Aún así no me gustaba ni lo más mínimo. Eso de los montajes de vídeos siempre me había gustado, pero como yo era así de lista, por la otra punta, lo que había aprendido había sido a base de toquetear y de mi imaginación, porque eso de los cursos parecía estar sobrevalorado para mí.

Llegué a la oficina. Dediqué una sonrisa a la nueva recepcionista, no estaba la misma que hacía una semana y pasé directamente al despacho de Smith quien estaba al teléfono hablando, bueno, en realidad, parecía un monólogo de la otra persona solamente interrumpido por un «sí» o un «ajá» por parte de mi jefe.

Mientras él seguía con su conversación pidiéndome que esperase justo delante de él porque evidentemente no iba a enterrarme de nada, saqué mi teléfono móvil para encontrarme un mensaje de Verdoux. Era hiriente, demasiado. Le había destrozado de una manera que no comprendía que hubiese decidido desaparecer de la cabaña a pesar de saber que no me pasaría demasiado allí. Había escrito cosas dolorosas, me había calificado de una forma que antes no se había atrevido y había terminado bloqueándome en el WhatsApp. No me había permitido defenderme de ninguna manera.

Respiré tan profundo como pude y contuve mis lágrimas. Dolía. Los insultos eran increíblemente dolorosos aunque fuesen velados, aunque hubiese que leer entre líneas para entenderlos. No obstante, esta vez él se había cargado lo único mínimamente salvable. Esperaba que le fuese de maravilla follándose a todo lo que tuviese falda.

Metí el teléfono en el fondo de mi bolso. Si se atrevía a sonar una sola vez a lo largo de la mañana terminaría arrancando la cabeza de quien hubiese osado semejante acto valeroso.

— … Pase buen día. Adiós —Smith acababa de colgar el teléfono. Levanté mi mirada y me centré en él. Verdoux se podía perder por donde no le daba a nadie el sol, ¡qué cojones! Las cosas claras, ¡podían darle por culo a ese….!

Calentarme no era la solución tampoco, así que después de haberle mandado lo más lejos que había podido, regresé a la situación importante y real que tenía delante de mí. Podían despedirme en ese mismo momento y no sería bueno para ninguno de mis planes, sobre todo, el plan de vida que tenía.

— ¿Qué tal te han venido estas cortas vacaciones, Kyra?

— Bien. He recuperado las energías, vuelvo a tener proyectos y sobre todo, no me da miedo estar sola en mi casa por si entra alguien de repente.

— Comprendo que la situación vivida no tuvo que ser fácil. Que alguien entrase a robar y encima se quedase allí…

— No deja de ser parte de la vida. Nadie está exento de que una persona con alguna clase de desequilibrio termine aferrándose a uno o pagándolo con uno. Es algo que parece alimentarse con facilidad en esta sociedad. No obstante, no he recibido más acoso de parte de ella. Según tengo entendido está feliz con su pareja a pesar de las diferencias que seguro tienen —musité encogiéndome de hombros con una pequeña sonrisa en los labios.

— Entiendo… En realidad, se te ve muy entera. Pensé que regresarías completamente abatida, sin ánimos de nada. Me has sorprendido para bien —comentó antes de buscar entre los papeles que tenía encima de la mesa—. Además, hemos recibido llamadas constantes durante todo este tiempo de dos de tus pacientes, Tatiana y Gerault. Por mucho que he intentado que vuelva a tratarse conmigo me ha respondido con una negativa, diplomática, sí, pero una negativa. Ambos tienen mucho interés en volver a retomar sus sesiones contigo, por lo que tienen cita hoy, ambos, a diferentes horas. Vi una de las recomendaciones que tenías en sus fichas que ponía que ambos no debían encontrarse nunca. ¿Es por una razón en concreto?

— La verdad es que yo no lo sabía en un principio, pero parece que ambos tienen o han tenido una relación. No sabía que había ese conflicto de intereses, pero procuro mantenerme tan solo en lo que cada uno me cuenta en su momento, jamás uso argumentaciones de lo que el otro ha dicho o ha dejado de decir… A fin de cuentas son dos vidas distintas con dos visiones distintas de los momentos en común.

Apretó sus labios hasta que formó una sola línea. Aquello no le gustaba ni lo más mínimo.

— Lo más conveniente es que uno de los dos tenga otro profesional de referencia.

— Eso mismo les dije, no obstante, parece que ninguno desea renunciar. ¿Les podemos obligar a eso?

Enarcó una ceja y después negó.

— Me temo que no. Gerault se buscaría las habichuelas para tenerte a ti de terapeuta y desconozco lo que haría Tatiana, pero lo más fácil es que terminase yéndose del sitio y por lo que tengo entendido no parece algo muy bueno en estos momentos. Lo mantendremos así hasta que veas que la carga te supera. Comunícamelo en cualquier momento, Kyra, por favor. Es algo muy delicado. No puedes tomar parte por ninguno de los dos sea lo que sea lo que te digan. La imparcialidad es muy complicada.

— Lo sé, pero tampoco creo a pies juntillas todo lo que me dice todo el mundo. Existen tres versiones en una situación de dos: la de uno, la del otro y finalmente, la versión imparcial que sólo se podría saber estando en esos momentos y siendo un observador, por lo que cojo todo con alfileres.

Asintió y después me dio una pequeña charla innecesaria sobre las nuevas medidas de seguridad y los cambios en la plantilla. Me levanté con una sonrisa, salí de su despacho y me dirigí al mío propio donde Gerault, impecablemente trajeado, ya me estaba esperando.

2018 / Sep / 07

No tardaron demasiado en llegarme los vídeos. Allí estaban los rostros de algunos de mis compañeros del centro tiempo atrás. También estaban los profesionales que me habían intentado ayudar a seguir para adelante. Muchos de ellos respondían una pregunta muy sencilla a simple vista, pero: ¿qué es la terapia ocupacional? En muchas ocasiones la teoría era una cosa y en la práctica era bastante más complicado de definir.

Vi uno a uno los vídeos. Era gracioso comprobar cómo intentaban definir algo que jamás en la vida teníamos porqué haber recibido la definición propia, su verdadero significado y había aprendido en un curso que era bastante más difícil decir el significado de un concepto aunque creyésemos saber qué era en realidad. Una definición del estilo del diccionario no estaba al alcance de cualquiera si no tenía unas mínimas nociones.

Resultaba entrañable verles y la nostalgia fue imposible evitarla. Pensé en la manera de unir todos esos vídeos. No obstante, no se me ocurría nada. Necesitaba pensar un poco, debía intentar ver qué tenían en común, qué podía hacer el vídeo interesante, pero de otra forma, montándolo de una manera que resultase mucho más atractivo que un vídeo detrás de otro.

Me daba la sensación que era un intento por descubrir qué era realmente ese concepto. Una búsqueda de una respuesta clara. Los profesionales se ceñían más a la definición catedrática del objeto dado que lo habían estudiado, básicamente. Gracias a ellos se podía dilucidar la raíz de dónde se partía. La teoría que debía llevarse a la práctica: La terapia ocupacional era la búsqueda de la autonomía y ayuda a la obtención de una vida plena dentro de los cánones establecidos en las materias relacionadas con la psicología que debía ser la plenitud en la vida de una persona. No obstante, con el pasar del tiempo, ellos mismos habían empezado a descubrir que todas las teorías no están hechas para permanecer intactas toda la vida. Donde uno expone una base, años después pueden debatirse y llegar a otro tipo de conclusiones.

Los usuarios, en cambio, intentaban explicar lo que hacían en las sesiones con la terapeuta ocupacional. Unos hablaban de sus problemas y por ese motivo, Cecille tenía que volver a reconducirles hasta el objetivo en cuestión. Otras eran una especie de entrevista dado que se centraban sino en hablar de las maravillas de Cecille. Adoraba que todos la quisiesen tanto y era evidente que se lo merecía. Cuando llegaba todo parecía cambiar, ya había buen rollo, sonrisas, abrazos… Parecíamos todos más contentos.

Sonreí ligeramente al recordarla. Ojalá pudiese estar allí a su lado y abrazarle tan fuerte como ella siempre me ofrecía. Durante un tiempo, había existido un pequeño problema entre ambas. Los límites habían resultado difusos, y aunque la consideraba una profesional, no dejaba de ser alguien increíblemente querido en mi vida. No era mi amiga, no, pero había sido la primera que me había puesto delante del espejo para que viese mis propias capacidades y me las había repetido hasta que una mínima parte de mí se las había terminado creyendo para salir poco a poco adelante.

Habían formado espacios literarios, el centro se había vuelto un lugar mucho más atrayente y agradable para mí, había logrado encontrar sitios en los que empezaba a encajar y la pequeña red social que se limitaba a mí misma y mis contactos en internet se había ido extendiendo poco a poco. Ellos me habían cogido cariño bastante antes de lo que yo me había permitido apreciar a las personas. El miedo a volver a ser rechazada, odiada, engañada… había mermado mi confianza que sin embargo, siempre estaba deseando por crecer y ser recibida por los demás. De hecho, solía costarme ser tan juiciosa, era mucho más sencillo aceptar todo lo dicho por cada uno que no se tuviese que debatir, salvo los aspectos importantes o teorías que si podía contrastar. Había aprendido a tener mi propia impresión acompañada de argumentación de muchos temas, no obstante, la aceptación de las teorías de los demás como algo también válido, me resultaba chirriante y doloroso. ¿Por qué? Porque si existía otra teoría ya estaban invalidando la mía, aunque no fuese realmente así. Ese era el pensamiento automático que llegaba a mi cabeza, experta en provocarme sufrimientos innecesarios.

Justo en ese momento tuve una idea. No hacía demasiado tiempo había visto el tráiler de una película que sabía que debía ver. Si había algo que me gustase era la figura de Sherlock Holmes, esa inteligencia por excelencia que habían intentado plasmar en tantas adaptaciones desde la creación en aquellas páginas de papel. Con Detective Conan (un anime japonés) sobre distintos misterios y la serie de la BBC que me había cautivado por completo con Benedict Cumberbatch, habían logrado despertar la mayor de las pasiones por ese personaje imprevisible, inteligente y deliberadamente raro que me emocionaba como pocas historias lo habían hecho antes. Había leído sus obras en papel, por supuesto y había gozado de cada pequeño momento. Por eso, ahora que salía una versión en dibujos animados, ¿alguien dudaba que terminase viéndola? Era igual que decir que los sacerdotes no tenían que leer el Evangelio en las misas.

Busqué el susodicho tráiler. Escuché atentamente las frases de los personajes. Mi mente comenzó a trabajar cortando y pegando, realizando un proyecto en mi memoria y terminé sonriendo emocionada porque, aunque no iba a quedar como yo quería, no sería un vídeo detrás de otro, sería algo diferente que esperaba que pareciese lo suficientemente interesante. Además, que aprovecharía para meter una imagen de Batman o algo así. Que me perdonase Warner Bros, pero un vídeo para petite comité y ese fragmento lo ponían cada dos por tres en youtube. Sí, lo sabía, los derechos de autor eran muy importantes, pero no pondría la película entera, solamente cinco minutos y puede que les ayudase encima a conseguir visualizaciones porque desearían ir a verla al cine.

Recé porque fuese así, porque no hubiese ningún problema y porque ese video solamente se expusiese en la conferencia y ninguna otra vez más. Fuera como fuese… ¡a trabajar!

2018 / Sep / 07

El destino no siempre está escrito. Todos podemos ir eligiendo nuestro camino con el paso del tiempo y algo por lo que nadie apostaba, podía volverse la solución de otra persona. Recordaba a la perfección el momento en que mi mente me dijo cuánto tiempo debía pasar para que se notasen algunos cambios durante el tiempo que estuve en el hospital de día. Seis meses para buscar una leve mejoría y cambios satisfactorios y algo más permanentes entre uno y dos años de tratamiento intensivo. En total llevaba más de quince años luchando contra mis mismas tendencias, aquellas que me hacían seguir quedándome en casa mandando al mundo entero a tomar vientos. También me costaba no dejarme abrazar por la desesperación y dar paso a paso hasta que ya no hubiese marcha atrás, hasta que en mi cabeza comprendiese que es más satisfactorio para mí seguir adelante que regresar al aislamiento autoimpuesto como penitencia por males que no había cometido yo.

Todo tenía su momento y el mío, a pesar de todo lo que había avanzado, no había llegado aún por mucho que lo hubiese deseado.

El teléfono volvió a sonar. Lo cogí y la voz de la tutora que tuve en el centro de rehabilitación al que acudí después de que terminaron mis terapias con Isobel me saludó de aquella forma tan entrañable, con esa manera suya cariñosa propia de su ADN. Yo no había sido cariñosa en ninguna etapa de mi vida desde la infancia y ella había logrado que los abrazos no tuviesen que pagarse casi con bulas papales sino que pudiese disfrutar ser la emisora y receptora de aquel gesto gratificante.

— ¿Kyra? Dime que no me estoy confundiendo.

Solté una carcajada y negué rápidamente como si fuese capaz de verme. Me recordé a mí misma que no era una videollamada, sino una llamada normal. Había usado el WhatsApp para que no cobrasen la tarifa por llamada internacional, chica lista.

— Sí, soy yo. No te estás confundiendo, tranquila. ¿Cómo estás? ¿Qué tal va todo?

— Estoy bien, por suerte; pero a riesgo de que me mandes de paseo sin que te haya preguntado aún cómo estás te confesaré que soy una completa caradura porque quiero ofrecerte un plan, no sé qué tal te parecerá.

Hablar de cualquier cosa, lo que fuese, seguro que sería beneficioso para esta cabeza llena de grillos que tenía que enfrentarse a verdades como puños que estaba infinitamente segura que no me apetecería conocer por mucho que fuese necesario. ¿Por qué no se podía quedar el misterio? Porque necesitaba saber en quién sí podía confiar aunque ya sabía quiénes podían ser mis personas cercanas de confianza y eso la incluía a ella por mucho que estuviese fuera de todo el círculo del jueguecito maquiavélico que se traía Douglas entre manos.

— ¿Qué es lo que necesitas?

— Me han invitado para dar una conferencia, una especie de charla, en la universidad para quienes estén interesados aunque principalmente hablaré sobre mi trabajo como terapeuta ocupacional. ¿Crees que podría contar contigo para que me ayudes a montar un pequeño vídeo? Lo único que tienes que hacer es ponerlo uno detrás de otro y cortarlos, nada más que eso. Y sé que estoy siendo muy caradura, pero también sé que si alguien puede tenérmelo eres tú. Si no puedes, no pasa nada, voy poniendo los vídeos uno tras otros en reproducción automática en el ordenador y ya está —se notaba la angustia en su voz por tener que decirme algo así, por no haber tenido contacto continuo desde hace tiempo y pedirme un favor de esas características.

— No te preocupes. Mándame los vídeos. Yo no tendré problema alguno en montarte lo que necesitas —comenté con una pequeña sonrisa.

Tenía mucho sobre mis hombros, pero podía intentar dejarlo para otro momento, para cuando quisiese enfrentarlo o pasarme las horas que pudiese en el ordenador realizando un video que terminaría saliendo cutre por mucho que tuviese alguna idea brillante en la cabeza en algún momento.

Hablamos durante un rato y remontó rápidamente haberme pedido eso de primeras. Ella me ayudaba a intentar resetear, a ver todo desde otra perspectiva aunque no era precisamente su trabajo, al menos, no del todo. Había hecho durante un tiempo las funciones de psicóloga conmigo, por mucho que me había recomendado que tenía que tener un tratamiento constante psicológico en algún momento de mi vida. Había cosas que a ella se le escapaban, y por mucho que supiese la teoría, solamente hablar podía servir de mucho a alguien que había descubierto el placer de soltar todo lo que uno guardaba encerrado y pudriéndose dentro del alma y la mente.

— ¿Va todo bien de verdad, Kyra?

— Sí, no te preocupes, es solamente el jet lag. Acabo de llegar de un viaje. Estoy un poco cansada, saturada… Necesito mis trece horas reparadoras de sueño sin sobresaltos —comenté entre risas haciendo lo posible por esconder parte de mis verdaderas preocupaciones.

— ¿De verdad? ¿No quieres hablar de lo que me escondes?

Solté una pequeña risa antes de echar mi cabeza hacia atrás apoyándola en el respaldo del sofá. Las lágrimas empezaron a escaparse de mis ojos, quería regresar en el tiempo a cuando me había sentido lo suficientemente fuerte para seguir adelante, para luchar contra todo el mundo, porque en un momento sí me sentí así a pesar de mi inseguridad.

— Es solo que no puedo más… Siento que el agua me llega al cuello.

— ¿Por qué?

— Básicamente porque las relaciones sociales no son lo mío, para nada. Todo son problemas, uno detrás del otro. Sé que muchas de las situaciones se deben al cristal con el que yo lo miro y que no todo el mundo es mi enemigo, pero… a veces es tan difícil recordarse constantemente esas palabras o hacerse entender que no siempre es todo como lo analizo de primeras sino teniendo que pasar por un nuevo filtro una vez esté más calmada. Tengo un gran cansancio físico y psicológico y aun así soy la única que puede sacar mi vida adelante porque… nadie más va a hacerlo por mí. Y en el fondo siento un intenso deseo de poder perdonarme el pasado, de poder dejar de agobiarme siempre con lo mismo para que fallos de hace más de veinte años no sigan doliéndome como si los estuviese padeciendo ahora o me diesen la misma vergüenza que entonces que me arrastre hasta las catacumbas —solté un profundo suspiro antes de secarme aquella lágrima traviesa—. Quiero estar segura de mí misma. Eso es lo que quiero.

— A buen sitio has ido a pedir consejo —comentó entre risas y ambas terminamos riendo porque las dos éramos una panda de inseguridades con patas.

2018 / Sep / 07

— Derek…

— Eileen, por favor, ya te he dicho que no podemos pasar las veinticuatro horas del día juntos.

Suspiré mientras les dejaba regañar como la pareja que eran. Me metí en la cocina para ver si había algo que no se hubiese caducado aún. Tenía unas patatas fritas sabor jamón. Las abrí y caminé hacia el salón donde ellos estaban discutiendo. Ni tan siquiera les prestaba atención. Comí tranquilamente las patatas observándoles, maravillándome de la forma en que su rostro iba demostrando cada una de las emociones. La forma en la que se iban abriendo los agujeros de su nariz, como poco a poco iba tiñéndose su piel de escarlata por la ira contenida.

Básicamente la discusión era muy simple. Derek quería hacer cosas sin tenerla a ella pegada a su cogote todo el tiempo; Eileen, en cambio, creía que él no quería pasar todas las horas con ella porque no la amaba lo suficiente y se fustigaba intentando saber qué hacía mal. Él le reiteraba sus deseos de estar solo a ratos porque se agobiaba. Conclusión: Eileen se había vuelto aún más dependiente de Derek si es que eso era posible.

Comí otra patata concentrándome tan solo en el sabor. De vez en cuando recibía alguna mirada sorprendida de Derek y despectiva de Eileen, pero ¡estaban en mi casa! Si querían tranquilidad y privacidad que se fuesen a la suya a discutir.

Con el paso de los minutos el espectáculo se volvía cansino y repetitivo. No me agradaba verles de esa forma y menos aún cómo Eileen había aprovechado las lágrimas para intentar mantener a Derek agarrado a ella como si estuviesen casados cuando llevaban como mucho dos semanas saliendo.

Derek se fue. No quiso aguantar más a Eileen y siendo sincera esperaba que ella fuese tras él, pero se quedó allí llorando amargamente como si le hubiesen dicho que era el peor ser sobre la faz de la Tierra. Solamente le habían pedido espacio, nada más, no era para ponerse así.

— No puedo perderle, Kyra. No puedo…

— Entonces ve tras él y arregla la situación —la animé antes de comerme otra patata que estaban increíblemente deliciosas porque se iban a quedar almacenadas en mis cartucheras a una velocidad de vértigo, ya lo estaba viendo.

— ¿Crees que debería? Al fin y al cabo él… mírale, se ha ido.

— Solemos irnos cuando estamos enfadados con alguien, pero apreciamos que intenten solucionarlo —cogí aire dejando las patatas a un lado y maldiciéndome por ser tan condenadamente estúpida—. Aún así, no creo que perseguirle vaya por donde vaya sea la opción más adecuada. Piénsalo, Eileen. ¿Qué es lo que él está pidiéndote?

— Espacio… tiempo para hacer cosas solo, pero eso es el principio del fin.

— En realidad, no tiene porqué serlo. Verás, la parte buena de un noviazgo en el que cada uno tiene su casa, es esa, no tener que pasar las veinticuatro horas en una convivencia con la pareja. No os conocéis tanto como para pasar cada segundo de vuestra vida juntos, ni siquiera sabéis si el otro es la persona adecuada —negué y me limpié las manos de la grasa de las patatas de aquella manera—. ¿Cuánto lleváis juntos?

— Una semana y…

— Con tan poco tiempo hay personas que ni tan siquiera saben si están enamoradas de su pareja, algunos, de hecho, están en sus primeras citas y no tienen nada serio con aquella persona con la que se están viendo. No le obligues a estar todo el tiempo contigo cuando te pide espacio. Si le agobias de esa forma sí que le perderás, pero si le das el espacio que necesita puede que él se reconsidere ir «huyendo de ti» y tengáis una relación más sana.

Me miró fijamente. Imaginé que estaba analizando mis palabras. No sabía si le gustaba lo que le había dicho o le había puesto de peor humor, pero asintió y tras un breve adiós, se fue de mi casa seguramente en busca de Derek pues lo que le había dicho le había entrado por un oído y le había salido por otro.

En cuanto cerró la puerta resoplé. Esa muchacha era insufrible.

— Y de nada.. fue todo un placer ayudarte —musité antes de levantarme—, loca de atar.

Con el tiempo había aprendido que había una gran diferencia entre las personas que tenían un serio problema mental y que eran buenos de aquellos que estaban podridos tanto dentro como por fuera. Solamente aquellos que no tenían ningún tipo de límites morales podían ser considerados como «insalvables» y aún así, no todos eran malos porque querían serlo, muchos sufrían por las acciones que se veían obligados a realizar; sin embargo, Eileen, estaba como un cencerro. No veía que lo que hacía estaba mal, que estaba acosando de todas las formas posibles a su pareja cuando ya la había elegido a ella y, con toda sinceridad, temía que yo pudiese convertirme en alguien así por mis celos patológicos.

¿Quién en su sano juicio se pasará el tiempo sin creer a su pareja y dudando hasta de la más mínima palabra? Por muchas malas experiencias previas, uno seguía siendo el responsable de la conducta que tenía. Yo me había dejado llevar por mis demonios, había arrastrado por completo mi lógica hacia una habitación donde encerrarla y no volver a escucharla. Solamente cuando desapareciesen todas mis inseguridades tendría verdadero sentido buscar una relación amorosa satisfactoria. No esperaba tenerla si necesitaba que fuese el otro quien me quisiese por los dos.

Eileen necesitaba ayuda. Alguien tenía que hacerle ver que no era normal su comportamiento, pero no tenía ni la más mínima gana de ser yo quien fuese ayudando al mundo como si no existiese nadie más con las mismas o mejores capacidades. ¿Por qué no podía ser egoísta por una vez en mi vida, al menos, conscientemente? Pues tan simple como que mi conciencia ya estaba dando por saco, asegurándome que podía ocurrir algo peor.

Sonó el teléfono y dejé que saltase el contestador. Estaba debatiéndome sobre mí misma, sobre mi egoísmo visceral o sobre lo tonta que llegaba a ser a veces por ver a alguien intentando sonreír y el papel de salvadora del mundo tenía que empezar a desaparecer de mi registro personal.

2018 / Sep / 07

No pasé mucho más tiempo en la cabaña. Me resultó ridículo. Volví a ponerme en contacto con todos aquellos que tenía que intentar volver a ver antes del final, al menos, para hacer lo posible por despedirme de buenos términos o, simplemente porque no tuviesen un mal recuerdo mío cuando Douglas se cobrase su venganza.

Volví a Londres. ¿De qué servía seguirse escondiendo? Era ridículo. Iba a encontrarme igual. De Londres regresé a Los Ángeles haciendo escala en varios sitios. Finalmente, llegué a ese hogar en el que Eileen había entrado a la fuerza y tuve que pedirle al casero la nueva llave. Abrí la puerta y observé que el interior no había sido recogido ni mucho menos. En su lugar, todo estaba lleno de polvo y aún más sucio de lo que lo recordaba. En fin, tenía suerte. Debía hacer cosas antes de ponerme a trabajar. Si no recordaba mal me habían dicho que tenía que pasar por una supervisión psicológica y psiquiatra antes de asegurarse que podía seguir manteniendo a mis pacientes para asegurarse de una recuperación por parte de ellos y mía también.

Sabía lo importante que era cuidar a los pacientes, y por supuesto, tenía clarísimo que Gerault no iba a dejar que un no por parte de un comité psicológico o psiquiátrico, le hiciese cambiar de idea. Él me quería de terapeuta fuese como fuese.

Llamé a Smith. Él se iba a encargar de mi evaluación. Había vuelto con todas las pilas cargadas y aunque el dolor por saber que mi relación con Verdoux jamás sería posible, parecía arrastrarme al fango, una parte de mí se había negado a eso. Mi vida no podía girar alrededor del literato. Había superado cosas mucho peores y el amor, no lo era todo en la vida. Primero, debía quererme yo misma y después, aceptar enamorarme.

Horas limpiando hicieron que desease tener una espalda nueva. Me dolía cada milímetro de mi cuerpo. Quien dijese que el trabajo de casa no era trabajo era idiota o no lo había hecho en su puñetera vida. En estos momentos comprendía los dolores de espalda de mi madre, el cansancio acumulado y me regañaba internamente por no haberla ayudado más, pero la vagancia me caracterizaba salvo que, como en este momento, me viese en la plena necesidad de limpiarlo todo yo o contratar a alguien que me cobrase un ojo de la cara por hacerlo y, aunque se les pagase nada y menos a las limpiadoras, yo me había vuelto de pesetera como yo sola, al menos, cuando se trataba de gastar el dinero en mí. Era una manirrota cuando debía gastarlo en los demás.

Me tumbé en el sofá justo en el instante que escuché el timbre de la puerta. ¿Quién iba a llamarme cuando nadie debía saber que había vuelto a mi piso? Suspiré queriendo dejar a quien fuese al otro lado de la puerta para que creyese que seguía perdida por el mundo, pero insistió. Insistió tanto que el ruido del timbre se me metió en la cabeza igual que un zumbido molesto, fuerte y cuando creía que por fin había desaparecido volví a empezar asustándome y provocando que soltase un improperio.

Me levanté del sofá con ganas de asesinar a quien estuviese allí. Abrí la puerta y cuando iba a soltarle un insulto del tamaño de una catedral, vi los ojos de Derek abrirse de la impresión. ¿Qué demonios hacía Derek allí? Me miró y parecía nervioso, agotado, su respiración iba a mil por hora. Terminó apoyando sus manos en mis hombros como si quisiese saber si era real, si no me había imaginado y terminó dándome un abrazo que casi me cortó la respiración.

Era extraño estar entre sus brazos. No sabía cómo se había dado cuenta de mi presencia allí.

— Pensé que nunca pasaría esto —susurró contra mi pelo igual que si hubiese sido una sorpresa. No entendía nada de nada.

— Si te soy sincera no sé a qué te refieres.

— Creí que no volvería a verte, Kyra.

Se separó casi con temor de mi cuerpo y fijó sus ojos en los míos provocándome una sensación de malestar pues parecía que había estado sufriendo sin saber dónde estaba.

— El plan era ese, no te lo negaré —me separé todo lo posible y finalmente, regresé hasta donde estaba el sofá esperando que si quería pasar lo hiciese con toda la libertad del mundo porque no iba a estar más tiempo de pie cuando estaba agotada.

Me tumbé en el sofá y me acurruqué aunque hubiese querido quedarme en la posición en la que había caído, como un saco de patatas y ya está. Solamente dejarme descansar.

— Si no sabías que estaba aquí, ¿por qué has venido?

Escuché la puerta cerrarse y la figura de Derek apareció en mi campo de visión. No había cambiado demasiado. Tenía unas ligeras ojeras enmarcando su mirada. Su mano se apoyó sobre una de las mías casi por el temor de que pudiese desaparecer, o al menos, esa era la sensación que despertaba en mí. ¿Por qué se comportaba así? La última vez que habíamos hablado había escogido a Eileen dado que solamente había deseado una noche de pasión con su musa, algo que debía hacer con todas. ¿Por qué había creído que él podía ser diferente?

— He venido todos los días. Llamé tantas veces como tenía fuerzas cada día. Intentaba, en lo posible, esperar que te apiadases de mí, pero terminaba aceptando que no estabas, que seguías desaparecida y no sabía cómo encontrarte —dijo casi con desesperación.

Cerré mis ojos y solté su agarre de mi mano para luego negar levemente dado que no entendía ese comportamiento.

— ¿Por qué no estabas con tu novia?

— ¿Mi novia? Ah… te refieres a Eileen.

— Claro que sí, a fin de cuentas, ella debía necesitarte hasta para ir al baño durante el tiempo que pasabas viniendo a mi piso, que con todo el cariño del mundo, estaba mucho mejor sin recibir tu acoso.

Su respiración cambió. Soltó un gran suspiro de esos que solamente se expulsan cuando uno está intentando contener las ganas de gritar. Abrí uno de mis ojos por instinto y estaba molesto, desde luego. Tenía cara de pocos amigos.

— Fue culpa tuya. Tú me obligaste a estar con Eileen.

Terminé por abrir mi otro ojo también y solté una carcajada antes de sentarme en el sofá con la rabia de la indignación comenzando a correr por mis venas.

— Uno, Eileen está más loca que cuerda; dos, fuiste tú quien la escogió a ella cuando podía haber dicho «no quiero estar con ninguna de las dos» y tres,…

— ¡Pero es que sí quería estar con una de las dos!

— Entonces, ¿de qué te quejas? Estás con quien querías estar.

— ¡No estoy con quien quería estar! Estoy con una novia que no quiero…

— ¡A otro con el cuento, Caperucita! Dicho por ella misma os disteis un besazo en aquel baile victoriano.

Frunció su ceño para después entrecerrar sus ojos sin comprender porqué reaccionaba así. ¿En serio? ¿Era tan difícil saber que me podía sentir molesta? Me había usado. Solamente le había gustado mi físico y se había revolcado con un cuerpo que le gustaba, nada más.

Me sentía tan mal. Creía que él era diferente, pero no lo era. De todos modos, yo misma tenía que haberme acostumbrado a aceptar la verdad. Quienes sí podían haber tenido algo conmigo verdaderamente romántico habían desaparecido. Era yo quien les alejaba.

— ¿Puedes irte de aquí, por favor? No tengo ganas de discutir por un tiempo.

— No, no me iré hasta que no sepas la verdad.

La puerta sonó ligeramente como si la golpeasen con los nudillos. Rodé los ojos y me levanté porque era bastante mejor que tener que aguantar un montón de mentiras. Allí, al otro lado del cerco estaba Eileen, con cara de ligero susto.

— ¿Está aquí?

— Pasa y por favor, llévatelo de mi casa.

Eileen me miró con el ceño fruncido y después entró en mi casa. Resoplé y esperé pacientemente a que ambos se fuesen, pero habían empezado a discutir en mi salón por lo que tenía espectáculo de gritos para rato.

2018 / Sep / 07

Salí de la habitación. No quería rebuscar más allí. No obstante, la curiosidad pudo de nuevo conmigo cuando vi que William no había recogido las hojas en las que había estado trabajando. Sabía lo importante que era para un escritor no leer su obra hasta que estuviese completamente terminada y pulida, pero tenía curiosidad, quería saber qué iba a narrar en su siguiente libro.

Estaba maravillada por su capacidad de trabajo. Hacía poco tiempo estaba presentando su novela en Los Ángeles y ahora estaba sumergido en otra historia. Tenía sentido que sacase sus libros cada poco tiempo, al fin y al cabo, no paraba de escribir ni un solo instante salvo cuando yo parecía interrumpirle, algo que tendría que buscar hacer menos.

Me senté en la butaca. Era increíblemente cómoda. No recordaba haber tenido ninguna así. Lo más cómodo en lo que me había sentido había sido un butacón en un tienda de Ikea y no había podido comprarlo básicamente porque se salía desorbitadamente del precio que podía llegar a permitirme.

Subí las piernas sentándome como una india y después, me incliné sobre los folios garabateados con aquella letra tan elegante.

Me perturba de una forma desconocida. Quiero aferrarme a ella y desaparece la posibilidad en cuanto sus ojos claros vuelven a tener esa mirada de reproche. ¿Me odia? Sus labios me dicen que no, su cuerpo me dice que tampoco, pero en ocasiones tiene una manera de mirarme en la que puedo llegar a percibir hasta el asco mismo. Busca pelea constante, se dispara en sus emociones de manera que a duras penas puedo controlarla. ¿Dejé algo tóxico para meterme en algo aún peor? 

No, no lo creo. Cuando ella estaba en mis brazos era muy diferente. Ahora sé lo que es la felicidad y no puedo decírselo, no sé cómo mostrarle que no hay motivo para seguir separados, que no debe huir. Intento comprender sus razones, pero se me escapan. ¿Qué puedo estar haciendo mal? 

Fruncí mi ceño sin entender una sola palabra. Parecía un hombre desesperado en la compresión del amor si lo había entendido bien. Parecían las palabras que hubiese dicho el rey de su anterior novela. Puede que fuese una secuela. Quizá explicaría algo que en la historia no había podido explicar o, intentaría seguir dando dramatismo a la alteza y su amor, ese que se había terminado escapando entre sus dedos. ¿Volvería encontrar a la vasalla?

Apoyé mi cabeza en el respaldo mientras pensaba en todas las historias de amor que había leído a lo largo de mi vida. La mayoría de esas historias, cuando más reales parecían, tenían los peores finales. Cumbres Borrascosas era un claro ejemplo y sentía que mi vida era un poco como esa novela. Mi propio carácter era igual que el salvaje ser que escondía Heathcliff. Nunca había leído una novela en que fuese ella la indomable. Solían tener su carácter, sí, no eran fáciles de tratar, pero seguían bajo los modales de una damisela bien educada mientras que los hombres sí eran más salvajes, tal cuál esperaríamos de un ser sin ningún tipo de educación cívica y se les permitía por ser hombres y desde luego por el dinero que poseyesen aunque las mujeres se peleasen por los hombres con los modales más refinados.

Miré hacia la puerta. En ese instante, William cruzaba el umbral mirándome sin comprender qué hacía allí sentada. Le observé de una forma distinta. ¿Y si era él Jane Eyre en la historia y yo era Rochester? Puede incluso que fuese la primera mujer de Rochester, desorientada, inalcanzable, habiendo perdido por completo mi dulzura, aquella con la que lograron engañar al joven Edward para contraer matrimonio. También, podía ser una crónica anunciada de nuestra propia historia. ¿Debía huir hasta la muerte de su primer amor al que estaría siempre atado? Para sorpresa de todos sería Jane quien muriese en esta historia.

— Buenas.

— ¿Qué tal está su madre?

Suspiró profundamente y negó antes de dirigirse a mi posición quedándose al otro lado del escritorio. Pude observar que sus manos querían moverse, pero suponía que temía que hubiese leído lo que allí estaba escrito.

— Suele escaparse asíduamente. No es la primera vez que lo hace, pero la encontraron en un estado deplorable. Recayó, bebió hasta perder el sentido y está hospitalizada en coma etílico. No saben si va a salir de esta. Está muy grave…

— William, ¿por qué has vuelto? Debiste quedarte allí con ella. Entiendo que la familia es lo primero y la tuya es demandante por todos los miembros que dependen de ti, de tu atención. No tenías que volver.

Me contempló durante unos segundos y bajó su mirada. ¿Qué le pasaba? Era la primera vez que le veía casi derrotado por completo. No entendía qué podía estar gestándose en su cabeza, ni la forma en la que habría podido entender aquel comentario. Le quería conmigo, claro, pero no a costa de su ansiedad o del mal humor que pudiese generarle no estar donde tanto le necesitaban. La familia para él lo había sido todo durante mucho tiempo y si mi propia familia me necesitase desaparecería por completo de su vida, al menos, hasta que todo se hubiese solucionado.

— No entiendo el porqué… —sus palabras me sorprendieron y terminé poniendo una mano sobre la suya encima de la mesa—. ¿Por qué cuando no es usted la que escapa de mi cuerpo es la vida la que me hace alejarme de usted?

Cerré mis ojos con fuerza. Aquello era una verdadera puerta abierta a sus sentimientos, a sus emociones, a aquello que nunca había comprendido entre nosotros. Quizá él no hubiese huido jamás de mí y la única que lo había hecho había sido yo. Puede que fuese su familia quien demandase su presencia y al ser tan escasas palabras no hubiese sabido ni tan siquiera cómo decirme que él tenía que marcharse por obligación.

— Puede que no sea este nuestro momento, William. Quizá haya otro instante en esta vida para nosotros o puede, que no estemos hechos para estar juntos. Aunque no entiendo porqué habría de terminar todo ahora…

— ¿Por qué? Porque es un pájaro enjaulado que necesita volar y buscará la manera de alejarse para no regresar hasta que vuelva a estar preparada para intentar lo que sea que le dé miedo.

Entrelacé nuestros dedos y no dije nada. Tenía razón. Aún no era yo sola suficiente para no derrumbarme sin la otra persona a mi lado. Tenía mucho que trabajar a pesar de todos los años que llevaba a mis espaldas y quizá, solo quizá, cuando me encontrase a mí misma y no necesitase de una segunda o tercera persona para subsistir, entonces podríamos intentar una relación normal que no tuviese una dependencia emocional tan grande de mi parte.

Se fue. Me dejó sola en la cabaña esperando que siguiese allí para su regreso, pero no lo haría, era consciente de ello. Yo tenía que aprender a volar.

2018 / Sep / 07

Necesitaba pensar en cuál podía ser mi siguiente movimiento. Ya había pasado demasiado tiempo alejada de todo el mundo. Puede que para otra persona una semana escasa no fuese nada para desconectar, pero yo estaba acostumbrada a tener que lidiar con mis conflictos mentales y en poco tiempo me pedían acción de nuevo. Es igual que aquel que estaba acostumbrado a una rutina de ejercicios y se rompe la pierna. Se volvería loco por no tener su rutina, pues aunque no lo parezca, en ese cansancio también había un extraño placer.

Caminé por la cabaña y sentí una ligera llamada hacia el cuarto de Verdoux, aunque dormía conmigo, quería saber qué había, qué ocultaba allí que no pudiese tener en el lugar donde dormía. No debía invadir su intimidad, pero creía que nos conocíamos lo suficiente como para no tener que pasar por eso. Ya sabía todos sus secretos, él sabía todos los míos, ¿no? En realidad, no. Seguíamos haciendo muchas cosas a espaldas del otro o si nos decíamos que debíamos realizar alguna acción jamás dábamos más explicaciones de las necesarias. Él solía hablar por defecto, yo por exceso, pero había aprendido a callar aquello en lo que no deseaba tener una discusión siempre que mis celos o el rechazo no hiciesen mella en mí.

Entré en la habitación después de aquella batalla conmigo misma. Observé el interior. Allí había estado durante unas horas la noche antes hasta que Verdoux comenzó a gritar mi nombre. ¿Recordaría que me estaba llamando? Fue igual que los niños pequeños cuando tienen una pesadilla y llaman a mamá. ¿De qué iría la suya? Solamente se relajó cuando estuve a su lado, así que quizá estaba en ese mal sueño y no podía encontrarme.

Observé la manera tan extraordinaria en que mantenía todo ordenado. Mi madre había tenido que pelear conmigo durante años para tener la habitación más o menos decente y había terminado siendo el mismo desastre por mucho que limpiase, que vaciase, que ordenase…; había trastos para dar y regalar, lo que ponía a mi madre de los nervios y la entendía, sobre todo en esos momentos en que pasaba de la cama al escritorio y tenía que tirarme al menos cinco minutos quitando trastos de encima de una de las dos cosas. Dicen que los genios son desordenados, yo nunca me consideré un genio, simplemente era una vaga redomada que hasta no tener el impulso de limpiar, ese que solía aparecerle a las cinco, seis o siete de la mañana, no se ponía a limpiar ni aunque le pagasen por ello.

Recordaba haber visto el escritorio de un escritor antes del de Verdoux. Era pequeña y mi tía, que ya residía en Italia, nos llevó a conocer a un amigo suyo. Era escritor, filósofo si no recuerdo mal, y la casa estaba llenísima de libros además de manga por hombro. Había creído estar en el paraíso, pero terminaría necesitando a mi madre para poder tener todo eso mínimamente organizado, porque, aunque fuese solamente por esos «ramalazos» una parte de mi madre vivía en mí.

Fui hasta el escritorio. Puede que si se lo comentase me dejase usar esa mesa en lugar de aquella del salón. Yo también necesitaba mis momentos de descanso, no obstante, puede que fuese mejor no tentar demasiado a la suerte, dado que él tenía un escritorio allí, en el mismo salón, para poder estar pendiente de mis idas y venidas. ¿Me controlaba? Quizá tuviese algo de miedo debido a las circunstancias. Sintiese o no sintiese nada por mí, dudaba que le diese completamente igual mi muerte anunciada a bombo y platillo.

Abrí el armario observando que algunas de las prendas más abrigadas estaban allí. Deslicé mis dedos por las telas, disfruté del contacto dado que la mayoría eran suaves, agradables al tacto aunque indicasen que mínimo debían darte un par de grados más cuando estuviesen sobre el cuerpo. Los colores eran bastante fieles a su estilo, tonos oscuros y aquellos que eran un poco más claro eran neutros. No había ningún rojo vivo, amarillo, azul que no estuviese dentro de la escala de los grisáceos… Y generalmente uno se vestía tal y como se sentía. Sabía de buena tinta que era un reflejo de su alma. Se seguía viendo como un monstruo y quizá ese sentimiento le acompañase siempre dado que no tenía que ser fácil de llevar saber que uno había cometido un acto completamente antinatura. El incesto quizá no estuviese mal en la mentalidad de la antigüedad, pero había normas, básicamente morales. Por mucho que uno quisiese a su hermano o hermana había límites que no se podían pasar. Seguramente, lo peor para William fue darse cuenta de que eso estaba mal. Podía sentirse asqueado, marcado, podrido por dentro por no haber protegido a su hermana hasta de sí mismo.

Hice una mueca antes de cerrar el armario. Fui hasta la cómoda descubriendo que también había ropa allí, sin embargo era de otra temporada. Me sorprendió encontrar una camisa hawaiana. ¿El profesor había llevado alguna vez eso? Reí solamente imaginándole con algo tan impropio de la imagen que yo tenía del inaccesible literato. Volví a dejarla en su lugar y al hacerlo, sentí algo duro bajo la camisa que estaba debajo de aquella que yo había cogido. Levanté las telas y cogí el marco de fotos que estaba escondido. Era algo más grande que para solo una fotografía. Tenía dos. La fotografía de arriba mostraba a la familia feliz que intentaban ser todos juntos, en la de abajo, eran solamente William y Eliza. Ella estaba abrazada a su cuello dejando un beso en su mejilla y él tenía una sonrisa con el ojo medio cerrado por el beso que estaba dejando su hermana. Era una fotografía más antigua que la primera, tenía un ligero amarilleado en los tonos más claros. Podía distinguir que eran ellos porque aunque William estuviese bastante más joven seguía teniendo los mismos rasgos de siempre, aunque si debía ser sincera me parecía más atractivo ahora con algunas arrugas de expresión. Los años le sentaban bien, al menos, eso creía.

¿Me dolía encontrar esa fotografía escondida? Sí, no podía negarme algo tan obvio. No obstante, también tenía que entender que no dejaba de ser su hermana, no dejaba de ser su familia y eso, por mucho que me doliese no podía cambiarlo. No podía dejar de verla, de cuidarla, de socorrerla cuando le necesitase. Ella había sido su mundo durante muchos años y puede que aún lo siguiese siendo en cierta medida. La cuestión principal era si yo podría continuar con una carga así en mi vida, sintiéndome inferior ante algo que me resultaba asqueroso.

No quise pensarlo. Si todo salía como Douglas quería el día de mi cumpleaños sería el último día de mi vida, así que no tendría que lidiar con ese conflicto emocional, no tendría que hacer nada salvo vivir el tiempo que me quedase. Por eso, a pesar del dolor, volví a meter el marco en el lugar que le correspondía y salí de su habitación.