2018 / Sep / 09

Heinrich me dio un tiempo prudencial hasta que viese el video antes de pedirme verlo él. Lo hizo por un mensaje. Había pasado toda una hora completa en silencio, llorando, acurrucada en el pecho de Derek que había colgado a Eileen un número indebido de veces. Sabía que estaría volviéndose loca en su piso, que le estaría buscando hasta debajo de las piedras, pero me importaba una mierda. Era egoísta, lo suficiente para saber que iba a pensar en mí un solo segundo y me iba a quedar en el pecho de alguien que me había ofrecido su consuelo.

Acarició suavemente mi nuca. Después me apretó a su cuerpo y terminé abrazándome a su cintura mientras era Heinrich quien nos miraba de reojo observando la grabación que White Collar nos había conseguido. Se pasó una mano por el rostro antes de poner una segunda y tercera vez el vídeo pidiéndome que le explicase en cada ocasión de qué conocía a cada uno. Me sentía igual que en un interrogatorio, pero sobre todo, me sentía tonta, increíblemente tonta por no haberme dado cuenta de nada cuando todo tenía sentido ahora que sabía que estaban compinchados.

¿Por qué iba a ofrecerme trabajo por mi cara bonita? ¿Por qué iba a pedir específicamente que fuese yo quien le tratase cuando lo único que sabía era lo que había visto? ¿Por qué iban a coincidir los dos teniéndome a mí de psicóloga y con unas versiones tan dispares? ¿Por qué iba una limpiadora de un hotel que estaba acostumbrada a ver clientes a todas horas a invitarme a mí a un café por no haber puesto una reclamación que no tenía sentido poner?

— Kyra…

— Más te vale que no estés también metido tú en todo esto. Seré un mindunguis de cara a todos vosotros, pero no pienso permitir que la vuelvan a tratar como si sintiese ni padeciese. ¡Esta es la última vez que la hacéis llorar, tú o cualquiera! ¿Me has oído?

Heinrich levantó las manos intentando calmar los ánimos de Derek quien estaba cada vez más alterado.

— Con la Vendetta no se consigue nada. ¿Piensas ir de frente a todos esos para vengarte? ¿Y cómo exactamente? ¿Vas a chillarles a todos? Te podrían dar una paliza cualquiera de esos dos que aparecen en el vídeo. ¿Has visto a Gerault? Levanta tanto peso diariamente que podrías servirle como ejercicio del día.

Cerré mis ojos con fuerza y me negué a seguir estando allí. Quería desaparecer. ¿Por qué cada vez que intentaba hacer algo volvía a besar el fango? Estaba triste. Increíblemente triste. Era un nuevo fracaso en mi vida. Estaba llena de fracasos, de problemas, de enemigos. Todo por culpa de Douglas. No debí dejar que Rochester se acercase a él, que le gruñese, tampoco le debí contestar de esa manera, pero ¿cómo iba yo a suponer que algo tan simple podía convertirse en… esto?

— ¿Qué vas a hacer, Kyra?

— ¿Puedo hacer algo que no sea regresar a Rusia o irme a otro lugar donde nadie me conozca?

Sentí el apretón de Derek mientras unos dedos que debían ser los de Heinrich tomaban mi mentón entre ellos. Después, elevó tan solo un poco mi rostro y abrí los ojos aunque no deseaba hacerlo. Quería ser una niña pequeña, menuda, que nadie supiese de su existencia, que nadie quisiese encontrarla, que volviese a estar en los brazos de su madre donde el mundo aún no comenzase con sus planes y sus deseos de acabar con ella por haberse atrevido a nacer.

— Tienes que ser fuerte, Kyra. Sé que tienes personas intentando acabar contigo, pero también tienes personas que te aprecian y te quieren. Dudo que irte sea la solución. Debes quedarte, pelear.

— ¿Pelear contra qué? ¿Contra un maldito asesino psicópata que no sé dónde está y que ha contratado a al menos cuatro personas para que sus planes salgan como deben y tenerme plenamente vigilada? —le miré visiblemente alterada.

Las lágrimas habían vuelto a deslizarse por mi rostro. Temblaba de pies a cabeza. No tenía sentido seguir negando que estaba teniendo un ataque de ansiedad.

— Kyra… si huyes te perseguirá y si sus planes no salen como quiere, si no estás ahí el día de la fiesta ni tan siquiera sé qué podrá tener planeado para ti. Sé que ahora mismo te debes sentir insegura, debes creer que todo lo que hay a tu alrededor es falso y que ninguno nos merecemos ni una mínima parte de la confianza que has depositado en nosotros…

— Lo sé, lo sé, no tengo que enfadarle, pero… ¡estoy harta de bailar al son que él quiere que baile! ¡Estoy harta de tener que aceptar que la gente sea una puta amargada de mierda y que me odien cuando no les he hecho absolutamente nada! —grité justo en el instante que Derek acarició mi espalda intentando acunarme en su pecho igual que esa niña que quería ser.

— Tranquilízate, ¿vale? Vamos a hablar con la policía para solucionar esto lo antes posible, ¿te parece?

— ¿Crees que la policía va a poder hacer algo? No dicen nada. Dicen que yo soy el objetivo y ya, lo máximo que podrían achacarles es que me hayan estado vigilando o acosando, pero no les van a meter en la cárcel porque alguien desconocido les haya grabado diciendo algo que perfectamente puede parecer una escena de una serie de televisión barata.

Me levanté del regazo de Derek mientras Heinrich y él volvían a discutir sin descanso. No quería escuchar más gritos, no quería saber absolutamente nada de nadie. ¿Podía vivir en una dimensión donde fuese la única habitante? Seguramente terminaría echando de menos hasta los malos momentos como este y por muy tremendista que fuese sabía que este tipo de cosas terminaban dando alas a la vida para poder disfrutar mejor de los buenos momentos.

Me tomé una pastilla, el orfidal que tenía pautado para poder tranquilizarme. Me puse la pastilla en la boca y de esa forma se deshacía despacio, muy despacio. Cerré mis ojos para coger aire y cuando empecé a expulsarlo llamaron a la puerta. Caminé con precaución porque no tenía ganas de abrir en realidad además del miedo que tenía a hacerlo. Cuando lo hice, al otro lado estaba un hombre, tenía un antifaz e iba vestido de una forma que me recordaba a los carnavales de Venecia. Sus ojos estaban puestos en mí y me regaló una inmensa sonrisa.

— Señorita Mijáilova, me agrade anunciarle que ha sido invitada a la fiesta de su propio cumpleaños. Reciba esta cordial reverencia y el sobre con la invitación en que le serán resueltas todas las dudas que tenga sobre el evento. Arrivederci! —tras realizar la reverencia y darme un sobre morado se fue por donde había venido, escaleras abajo.

Era cierto. Ya solamente quedaba una condenada semana.

2018 / Sep / 08

El DVD llegó a mis manos un par de días después de ese momento vivido con Heinrich. No habíamos vuelto a hablar demasiado. Él tenía su trabajo y yo tenía el mío además de pasarme la vida con un miedo que debía controlar a que alguien entrase en cualquier momento a mi casa.

Tenía que intentar que la paranoia no terminase ganando la batalla. No podía permitirme algo semejante. Debía centrarme en lo que había pensado, la conclusión que también se le había ocurrido a Derek. Y esperaba no tener que preocuparme de Eileen en una gran temporada a pesar de que Derek se pasaba más tiempo en mi casa que en la suya propia. Habíamos empezado una relación de amigos. Intentábamos consolarnos el uno al otro, nos pasábamos las horas riendo y alguna vez había dormido en la misma cama que yo cuando no había podido soportar quedarme esa noche sola.

En ese momento también estaba allí. Me había abrazado a su brazo después de poner el DVD y terminé dando al play. Necesitaba estar acompañada, saber qué era lo que ambos estaban teniendo entre manos, porqué me habían escogido a mí precisamente para todo esto. Derek tenía una clarísima opinión de ambos. Ninguno tenían salvación de ser por él.

Apoyé mi mentón en su hombro y le miré antes de escuchar como el sonido poco a poco se iba haciendo más claro. Di un besito a su nariz cuando me devolvió la mirada y fijé mi atención en la reproducción.

No conocía esa casa. Seguramente era la casa de referencia, puede incluso que la real de Matt dado que a mí me había llevado a una que había acondicionado específicamente para ese momento. Podía ver al dueño del inmueble quitarse la corbata y beberse de un trago el interior de un vaso. Fuera lo que fuese tenía pinta de ser fuerte dado que cerró sus ojos con fuerza antes de terminar sentándose sin ningún tipo de modales en el primer sofá que encontró.

El sonido de unos tacones se fue acercando antes de escuchar esa horrible risa de bruja que tenía. Hasta su risa y su expresión daban pena. Parecía todo tan teatral que no merecía ni observarlo. Seguramente se habían dado cuenta de la cámara y habían empezado ese teatrillo patético de matrimonio despechado. Aunque, en realidad, les estaba prejuzgando muy rápidamente.

— No puedo creerme que hayas hecho eso —la voz de Gerault sonaba muy grave, estaba furioso. Era de esas situaciones en las que temía que terminase estallando su camisa y matando gente por la velocidad que llevarían los botones.

— Te dije que lo haría. Ese era el trato, ¿no? —comentó con sorna ella mientras se sentaba en el regazo del magnate.

Él no le había dirigido ni una sola mirada, simplemente la dejaba sentarse allí, como si no pudiese impedírselo, como si fuese la dueña de todo su cuerpo o de ese lugar en particular.

— Las cosas cambian, Tatiana. Ninguno de nosotros quería que todo terminase yendo tan lejos. No nos ha hecho nada.

— ¿Que no queríamos que fuese todo tan lejos? ¿Me estás tomando el pelo? Fuimos contratados para eso. Todo lo que tienes se lo debes a él y ella era su objetivo, siempre fue su objetivo.

Una tercera figura apareció en la habitación con otro vaso entre sus dedos. Lo movía delicadamente y me costaba ver las facciones porque aún solamente había dejado ver a la perfección su cogote.

— Todos fuimos contratados para eso, Gerault. Lo sabes.

Me quedé completamente anonadada. No podía ser cierto, era imposible. Me negaba a creer que algo así pudiese suceder. No había solamente una persona detrás de mí, estaban en total cuatro, dispuestas a acabar conmigo. ¿Quién sino iba a ser ella? ¿Quién sino iba a ser él? ¿Estaba alucinando? Podría estarme confundiendo, sacando conclusiones precipitadas de algo que no era ni mucho menos de esa forma.

— Pero… las cosas han cambiado.

— ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Te has enamorado de ella? —preguntó tatiana riéndose a carcajadas todo el tiempo como si fuese imposible que Gerault se enamorase de alguien.

— Efectivamente, Tatiana. Eso es lo que le ha pasado. El hombre de hielo, el quiero y no puedo que creó Douglas hace tantos años se ha enamorado de la patética psicóloga que se cree que durará más de dos años haciendo su trabajo.

— ¡Deja de decir bobadas, Smith! Ella es una doña nadie. ¿Sabes la cantidad de veces que la he visto llorar a lo largo de mi vida? Una mimada, estúpida, sin sentido ni talento. Es la definición de patética. ¿Crees que alguien podría sentir algo por semejante deshecho? —chasqueó la lengua y le pidió el vaso a una cuarta persona que no había dicho palabra.

Una figura menuda apareció entonces en escena. Sus cabellos lacios, su flequillo. Era completamente inconfundible. ¡Ana!

— Yo no creo que sea un deshecho, pero evidentemente Douglas la quiere por algo. Es buena persona, ingenua, pero no creo que se merezca tanto odio por ser todo lo que tú no eres, Tatiana.

La rubia le hizo una peineta antes de beber del vaso que le había pedido a Ana. La castaña se rió por el gesto de la rubia y se encogió de hombros terminando por sentarse en la encimera de la cocina.

— Parece que el gran hombre de hielo se enamoró de una mujer a la que se folló después de haberla drogado. Quizá si no lo hubieses hecho podrías tener algún tipo de posibilidad con ella, pero lo más fácil es que te termine detestando cuando descubra la verdad. No creo que Douglas tenga pensado compartirla —soltó una pequeña risa ahogada como si fuese únicamente dirigida al cuello de su camisa.

Paré la grabación. Miré a Derek y tuve que contener mis ganas de llorar. ¿Todo eso era verdad? ¿Realmente lo había orquestado todo Douglas? ¿Por qué alguien podía ser tan malvado? Porque no era amor lo que sentía por mí, era una obsesión pura y dura, asquerosamente insoportable y ahora no tenía la certeza de que pudiese salir viva de esa fiesta.

Derek imaginando mis propias emociones, me acurrucó en su pecho y se quedó en silencio meditabundo con una expresión que indicaba que tarde o temprano habría venganza.

2018 / Sep / 08

Heinrich parecía conocerse a todo lo bueno y también a todo lo malo de prácticamente el mundo entero. No quiso darme el número porque era uno de sus confidentes, pero él se encargaría de hacerme llegar lo que consiguiese grabar el hombrecillo fuera de la ley. Además, me había asegurado que no era un mal tipo, solamente tenía habilidades que otros no tenían y prefería vivir en el anonimato salvo cuando podía sacar beneficio de todo aquello. ¿Su nombre? Algo así como White Collar, un alias que usaba. Ni tan siquiera Heinrich conocía su verdadero nombre pues sospechaba que se hacía pasar por un hombre de poca monta cuando podía tener el mundo en sus manos si lo desease, aunque si hacía eso seguramente todos los equipos de seguridad de los países del planeta estarían detrás de su trasero.

Era sorprendente que todo el mundo tuviese tan poca imaginación. Sin embargo, si alguien hablaba de White Collar podían irse por la serie más que por el apodo de alguien y se libraría de toda sospecha de primeras, ¿no? Puede que la escasa originalidad tuviese sus motivos. Seguramente yo me pondría un apodo tan obvio que el mundo entero sabría que era yo. De hecho, en mi estancia en el hospital día, debido a que tenían que mantener la privacidad de nuestros datos por ser menores de edad, yo había tenido que escoger un apodo que no me había parecido malo, pero que finalmente me había dado hasta vergüenza: Fanática. ¿A quién coño se le ocurre? Nada más que a mi cabeza que tenía de dedos de frente lo que el resto de mi ser, algo así como… nada.

— ¿Qué tal está tu mujer?

— Bien… de hecho, me ha pedido vernos en algún momento para firmar definitivamente el divorcio.

— ¿En serio? No me lo puedo creer. ¿Por qué?

— Ha encontrado a otro supongo que le hace mucho más feliz. Tampoco es que vaya a amargarme por ello. Todo tiene su ciclo y es mejor no mantenernos juntos cuando ninguno de los dos quiere estar realmente con el otro. Yo creo que si deseo seguir con ella es básicamente por costumbre y porque fue mi primer amor —se encogió de hombros y se quitó la chaqueta del traje antes de dejarla en el respaldo que tenía a su espalda.

Hizo lo mismo con la corbata y después me levanté intentando animarle de alguna forma. Fui a sentarme a su regazo e hice un puchero al ver su adorable expresión. Estaba algo más triste que antes y se le notaba muchísimo. Sus brazos rodearon mi cintura y no pude evitar empezar a dejar pequeños besos por todo su rostro como hacía cuando Gustav me dejaba sentarme en el mismo lugar.

Me apoyé en el pecho de Heinrich cuando hube terminado de dejar besos en su rostro y acaricié su cabello con dulzura.

— Encontrarás a la mujer de tu vida y serás increíblemente afortunado.

Sus manos se abrieron intentando abarcar toda la espalda que pudieron. Mi cintura estaba envuelta en sus brazos, en sus dominios y podía sentir cómo Heinrich estaba necesitado de atenciones, no sabía si sería bueno que yo estuviese así con él, que se pudiese pensar lo que no era, pero quería tanto cuidarle en sus horas bajas a pesar de las mías propias.

Di un beso en su frente y puse después la mía sobre la suya observándole con cierta curiosidad a esos ojos que tenían un tinte azul claro muy especial. Rocé la forma de su rostro, dibujé sus facciones maravillada por la hermosura que podía llegar a tener la tristeza. Heinrich respiró de manera pausada, me dejó acariciar y tocar todo lo que mis dedos necesitaban recorrer y finalmente, me empecé a sonrojar dándome cuenta del momento tan íntimo que se estaba viviendo entre ambos, sobre todo en el instante que tragó saliva de forma audible, con los labios entreabiertos, algo resecos y temeroso de pronunciar palabra alguna. Si no era así, daba esa sensación.

Intenté levantarme de sus piernas, pero negó. No me dejó. Aspiró mi aroma y dado que no intentaba hacer nada más, que no se propasaba de ninguna manera, me quedé en la misma posición. Era todo un caballero a pesar de todo, sintiese o no sintiese deseo, debía ser yo la primera en dar un paso y lo hubiese hecho, de buena gana, si las circunstancias en mi vida hubiesen sido diferentes o no hubiese conocido a nadie antes que a él.

Terminé acurrucándome en su pecho como lo haría su hija seguramente y él me acogió besando mi frente antes de regalarme ese pequeño lugar al que podía ir cuando quisiese buscando paz, seguridad, confianza, pese a que no las tenía todas conmigo debido a todo lo que había tenido que investigar y cómo no había podido saber qué era lo que Heinrich escondía.

— ¿Qué es lo que hay detrás de ti? —pregunté con temor por lo que pudiese encontrarme.

Sus ojos se cerraron antes de apretar mi cuerpo contra el suyo como si creyese que si lo sabía iba a desaparecer.

— Tengo gustos sexuales un tanto… peculiares.

Fruncí mi ceño casi por instinto. Si me decía que le gustaba lo mismo que a Gerault no tendría duda de que se estaba convirtiendo en una pandemia o algo parecido.

— ¿Cuáles?

Me explicó poco a poco, explícitamente, la forma en la que le gustaba ofrecer a las mujeres, el disfrute con otros, con morbo, perversión voyeur e hice lo posible por no poner una mueca de asco, porque evidentemente los gustos de cada uno no los escogía, pero ¿en serio? ¿No había alguien que tuviese una sexualidad normalita? ¿Dónde habían quedado las posturas del misionero y poco más? Seguramente había terminado evolucionando todo ese concepto, quizá tanta información que llegaba a todas partes había aumentado la imaginación, pero eso estaba a años luz de lo que pudiera interesarme a mí a pesar de haber accedido a llevar un tipo de media fetiche o también, la manera en la que había terminado accediendo a ponerme de rodillas delante de un hombre que se enfadaba y me mandaba al diablo cuando no hacía lo que quería o cuando volvía a salir volando a pesar de saber él de sobra que lo terminaría haciendo.

Le miré y casi pude sentir una ligera excitación por el lenguaje empleado, pero los términos, imaginarme siendo poseída por más de uno, siendo ofrecida por la persona que debería amar y amarme no me resultaba nada romántico. Para mí el amor debía ser pleno sin necesitar a otros en ninguna otra faceta más, pero el mundo parecía pensar muy diferente.

2018 / Sep / 08

El café humeante estaba frente a él. Lo habríamos pedido al servicio de habitaciones, pero no había un solo lugar en su habitación en que me pudiese sentar a pesar de lo inmensa que era la suite. Él no era de los hombres que iban a minúsculas habitaciones de hotel y yo, tampoco era de las mujeres que me tomaba café, algo que parecía estarse aprendiendo todo el mundo, pues una leche caliente con cacao habían aparecido delante de mí antes de que pudiese decir “esta boca es mía”.

— Me alegra que me llamases para hablar. Necesitaba salir de ese lugar para hablar de otra cosa que no fuese trabajo, trabajo y trabajo —rió antes de llevarse la taza a los labios para dar un sorbo al líquido que tenía pinta de estar hirviendo.

Su expresión cuando dejó la taza fue muy graciosa y no pude evitar soltar una carcajada por mucho que intentase detenerla.

— No me digas que te has quemado la lengua…

— Está bien, no te lo diré —comentó antes de levantar el brazo riendo para pedir una botella de agua bien fría.

— Según tengo entendido también ayuda el azúcar. Ponte un poco sobre la lengua, apriétalo contra el paladar y espera un ratito para ver si sientes alivio.

— ¿No será como echarle sal a una herida? —preguntó escéptico mientras iba poniendo un poco del azúcar en su cucharilla.

— Siempre puedes probar el maravilloso contraste entre temperaturas. De lava ardiente a frío siberiano —moví mis cejas con diversión y esperé un poco a beber la leche. La mía no tenía pinta de estar tan caliente, pero como seguramente me terminaría sentando mal porque no había podido pedirla sin lactosa, no veía la hora de rechazar ese infierno de pesadez y malestar.

Comenzamos a hablar de varias cosas. Dejé que se explayase, que se desahogase en lo posible para sentirse lo más cómodo que le permitiese la situación. Yo misma le conté cosas que no tenían nada que ver, al menos, no del todo, con lo que tenía entre manos. Le expliqué mi situación con respecto a Verdoux, mi manera de fracasar con los hombres y de adorar la literatura romántica aunque había leído de muchos tipos en realidad a lo largo de mi vida.

— Creo que ya puedes decirlo, Kyra.

Su comentario me sorprendió, muchísimo. ¿Tanto se me veía en la cara que había pedido verle por una razón específica? No quería quedar como una aprovechada ni mucho menos, pero él podría ayudarme.

— Lo que sea que te tenga que contar es mejor que lo haga arriba y no aquí.

Asintió antes de mirar su taza de café vacía.

— Pero, para compensarte, prometo quedarme contigo ayudándote en el caso toda la noche, así puedo decirte lo que se me haya olvidado en la llamada telefónica.

Ambos sabíamos que no me había olvidado de casi nada, no al menos de lo que supiese en ese momento, y por eso su sonrisa se ensanchó. Él parecía estar encantado de pasar tiempo conmigo y quise evitar recordarme a mí misma que él me había confesado sentimientos que no nos iban a ayudar demasiado durante este tiempo juntos. Era mejor dejarlo todo a un lado.

 

— ¿Y bien?

Tras pagar la cuenta del bar habíamos regresado a su habitación. Él me había cogido de la mano en algunas situaciones y decidí tomarlo solamente como un intento porque no me perdiese dado que por raro que pareciese aquel hotel estaba llenísimo. Poco tiempo después del primer mogollón, Heinrich me había explicado que aquel día había una conferencia o algo parecido a donde irían cientos de odontólogos cualificados. Que me perdonasen todos, pero oír odontólogo, para mí era igual que dentista lo cuál siempre significaba un escalofrío horrible recorriendo mi espalda contracturada. Doble dolor.

— Tengo una problema. ¿Recuerdas Gerault?

— ¿Qué te ha hecho ese cabrón? No me gustan ni él ni tu novio.

Reí un poco porque no pegaba para nada en él que soltase semejante insulto.

— Tranquilo. No me han hecho nada, salvo… bueno, lo que te dije que aún está en duda. No se me ocurre ninguna forma de saber si fui drogada o algo por el estilo, aunque, si te soy sincera, casi que prefiero hacer como que no pasó, que fue lo que era para mí, un sueño, al menos hasta que pueda confirmarlo de alguna forma —me senté en una butaca después de haber quitado un montón de papeles de encima que Heinrich se apresuró a quitarme de las manos—. El problema está en que tiene una fijación con quien sea yo quien le grabe con Tatiana, algo que le he dicho que no haré, pero si quiero descubrir cuál es la verdadera cara de cualquiera de los dos tengo que intentar pillarles infraganti y para eso nadie debe saber que yo estoy allí.

— ¿Y cómo lo harás? —preguntó frunciendo el ceño antes de sentarte en la única silla que estaba libre entre tanto papel donde seguramente pasaba las horas muertas leyendo.

— Como soy increíblemente torpe, pensé en si infringiría demasiadas leyes pidiendo a alguien que fuese quien les investigase. Uno bueno, lo suficiente como para que no sepan que está ahí —hice una mueca para luego volver a fijar mis ojos en los suyos—, pero también lo bastante temerario como para que no le importe ni un comino tener que saltarse normas como esa de la propiedad privada y todo eso…

— ¿Me estás preguntando si es ilegal como para tener consecuencias o si conozco a alguien que tenga menos moralidad aún de lo que quieres hacer?

La sonrisa de sus labios denotaba que estaba divirtiéndose de verdad. No sabía si era porque esa parte mía le resultaba tan impropia como a mí que de su boca saliesen palabras o porque era un soplo de aire fresco para él. Fuese como fuese, la sonrisa le quedaba de maravilla y esperaba, en lo posible, que no la perdiese nunca.

— Más bien… las dos cosas.

— Kyra Mijáilova… ¿qué voy a hacer contigo?

2018 / Sep / 08

Que hubiese dicho que no, no significaba específicamente que me fuese a quedar con los brazos cruzados. Me preguntaba si alguna posibilidad de conseguir esa información sin necesidad de ser yo quien estuviese sujetando la cámara y viendo lo que ocurría. No obstante, tenía que saber a qué consecuencias legales me iba a enfrentar si descubrían esa grabación en mi poder. No dejaba de ser grabar a alguien en su casa, en propiedad privada, donde uno tiene muchos derechos y le ampara la ley en múltiples aspectos.

Heinrich era el único que me podía sacar de ese desconocimiento y como no deseaba que quedase ningún tipo de constancia de ninguna clase, decidí ir a verle. Seguramente sería bastante más asequible si iba en plan amiga y no como posible cliente. No quería quitarle más tiempo de trabajo y, por lo que tenía entendido, Heinrich seguía aquí, no se había ido del país a otro caso importante al que le hubiese llamado su bufete.

— Hamann —su voz sonaba familiar y agradable por muy seria que fuese.

— Heinrich, soy yo…

— ¿Kyra?

— Sí. He pensado en que debería salir a tomar un café contigo por todo lo que me has ayudado. ¿Tienes algún hueco libre?

No sabía si se lo iba a creer o por el contrario, pensaría que me iba a aprovechar nuevamente de él, pero al menos por teléfono no dio ningún tipo de señal que indicase que sospechaba de mis intenciones. Me dijo la hora que tenía libre y también lo mucho que lamentaba que hubiese vuelto a aparecer, que pudiesen encontrarme cuando podía haber estado lejos durante mucho tiempo. Le dije que lo mejor que podía hacer era contestarle a eso en persona, no quería hablar de nada más por teléfono.

El resto del día fue bastante simple. No tuve que hacer nada más que papeleo y lo agradecí. Mi cabeza tenía que centrarse en cosas mecánicas, olvidarse de pensar salvo en las soluciones o qué escribir en esos papeles, puede que también en la lectura, pero lo que menos debía hacer era pensar en todo lo que había tenido que apartar de mi mente, lo que estaba obligada a dejar a un lado para seguir, para continuar, para no estancarme pensando miles de respuestas a miles de preguntas aunque la única que realmente quería comprender era “¿por qué a mí?”.

Siempre que me habían hablado sobre mis vivencias en el colegio y en el instituto habían terminado zanjando el caso de una forma muy práctica: nada de lo que te pasó en ese momento podrá volver a pasarte, porque no eres la misma, no eres esa niña asustada que no puede decir nada, que no sabe defenderse. La ironía estaba clara. Efectivamente no iba a pasar lo mismo, pero el adulto sabe formas más crueles de destrozar a otro adulto dado que técnicamente son igual de “maduros”. El tipo de venganzas que planificábamos siendo adultos, no tenía nada que ver con las niñerías, aunque crueles, que se hacían en la infancia. No obstante, ambas, sin que lo supiésemos, estaban planteadas para destruirnos el poco o mucho autoestima que hubiésemos logrado almacenar y fomentar durante años.

Recordaba en muchas ocasiones lo que me había dicho una enfermera acerca del estrés y las emociones fuertes y cómo se podía contrarrestar con la respiración. El cuerpo era algo similar a una cuenta corriente, ahí donde iban todos tus ahorros. Si te pasabas la vida sin respirar bien, de manera adecuada para ganar todas esas sustancias beneficiosas que nos daba el organismo con esa respiración, no ahorrábamos nada y siempre que venía el “arrechucho” o, mejor dicho, el momento de crisis existencial, no teníamos nada con lo que hacerlo frente porque estábamos en números rojos, mientras que si dedicábamos un tiempo todos los días a la respiración abdominal, lograríamos que esos momentos fuesen más llevaderos dado que tendríamos ahorros en nuestra cuenta corriente, un pequeño colchón para todos los males que podíamos llegar a pasar. No era milagroso, era cierto, pero si la hubiese hecho caso seguramente no sentiría que cualquier pequeña cosa podía conmigo, aunque, bien visto, no pensaba que las vivencias que estaba teniendo en esos momentos fuesen algo común en la vida de todos.

Me fui a mi piso en cuanto me dio la hora. Me di una ducha focalizándome sobre todo en el cuello donde un dolor estaba volviéndose insoportable. Después, me vestí lo más mona que pude sin sentirme violenta y acudí al hotel donde estaba trabajando. Según me había dicho entre unas cosas y otras se pasaba allí la mayor parte del tiempo y cuando me abrió la puerta de su habitación pude comprobarlo por mí misma dado que todo estaba lleno de un montón de papeles, carpetas, fotografías que seguramente yo no debería mirar, por lo que no les presté demasiada atención para evitar que tuviese que decirme algo evidente.

— Veo que el caso te tiene completamente absorto.

— En realidad… los casos.

Alcé mis cejas sorprendida porque estuviese de lleno metida en más de uno lo que significaba que para desconectar del primero, iba al segundo y así sucesivamente. Tampoco hacía nada que no se hiciese en otra profesión dado que siempre nos pedían estar a ochocientas cosas a la vez, nunca centrábamos todas nuestras energías en un único proyecto. En diversificar estaba la clave, pero no sabía yo si tenía todas conmigo en ese aspecto. Estaba bien desconectar, cambiar de tarea, pero centrar las energías en varias situaciones distintas podía provocar diversos problemas a la hora de tener que cambiar el chip, recordar… No obstante, vivíamos en un mundo en que había que pedir lo máximo posible a nuestro cerebro y si no rendíamos un doscientos por ciento mínimo, éramos inservibles.

Justo en ese instante observé algunos de esos papeles leyendo un nombre de pasada. Fijé un poco más de tiempo mi mirada en ese folio y alcé mis ojos para encontrarme con los de Heinrich. El azul de su mirada no estaba sorprendido, parecía pedirme perdón, aunque ya me había dicho para qué los quería.

— ¿Estás con el caso Douglas?

— Hay mucho que intentar resolver en él, Kyra. Muchísimo y el principal objetivo es evitar que algo peor suceda.

Sabía lo que significaba ese peor: mi muerte, la que había sido capaz de descartar gracias a lo que había pensado con la ayuda de Derek, pero que ahora, macabra y oscura había vuelto a ser una de las cartas sobre la mesa.

2018 / Sep / 08

Apoyé mi rostro entre mis manos después de haber escuchado todo lo que Gerault quería que hiciese.

— A ver si lo entendido. Quieres que me meta en tu casa y os grabe haciendo lo que sea que hacéis para que tengas una prueba del chantaje al que te está sometiendo. Vale. Vuelvo a repetirte que ni de broma pienso hacer eso porque puedes poner cámaras por tu casa que es bastante más legal que tener a una espiando —le dirigí una mirada de esas que matarían a cualquiera.

— No me mires así, Kyra. ¿No crees que eso ya lo he pensado?

— ¿No crees que sería bastante más fácil ver a una persona con una cámara que a un minúsculo bulto de espía?

Enarqué una de mis cejas esperando que se diese cuenta de la tontería que estaba diciendo antes de soltarle un: ¡piensa, que es gratis! que tenía en la punta de la lengua desde hacía un tiempo. Él me miraba con lo que intentaba que fuesen ojos de cordero degollado y podía prometer que empezaba a sentirme fatal por estarle negando algo así, pero no quería tener que ver una relación de esas en plan paliza macabra estilo medieval. No obstante, una parte de mí tenía una cierta curiosidad por saber cómo se comportaba realmente Tatiana, qué era lo que tenía entre manos. Sin embargo, no podría descubrirles a ambos si él sabía que yo iba a ir allí. Ninguno actuaría con completa naturalidad así que prefería, si tenía que ver algo así, que ninguno supiese de mi presencia.

Tenía dos opciones: ser una persona normal o empezar a ir de espía por la vida. Estaba claro que Douglas iba a terminar logrando lo que quería. Iba a ser invasiva en la vida de los demás, iba a quitarles su privacidad, algo que nadie debía arrebatar a otra persona y todo para intentar descubrir una verdad que seguramente no me iba a gustar ni lo más mínimo observar porque de todas las posibilidades que se me ocurrían, no había ninguna que no me pusiese las tripas verdes.

— ¿Por qué me miras así?

— Porque me niego, Matt. Me niego categóricamente a hacer algo semejante, solo intentaba que pudieses barajar otras opciones, pero esa… lo siento, no puedo.

Cerró sus ojos y después los abrió para mirar sus manos jugando con sus dedos antes de darme cuenta que aquello había dejado de ser una terapia psicológica y se había convertido en una confabulación. ¿Estábamos en el instituto para ir con estos juegos? Aunque, en realidad, ¿en qué instituto se espiaban? Seguramente, en más de uno gracias a los puñeteros teléfonos con una cámara con un número mayor de píxeles que de neuronas en el cerebro de sus dueños.

— ¿Quieres hablarme de algo más? ¿Quieres contarme cómo te sientes con la situación que hay ahora?

— ¿Cómo quieres que me sienta? Estoy muy agobiado. No sé qué hará, cuándo lo hará, para qué lo hará… Temo que la encuentre, que descubra quién es y la haga más daño del que ella se merece. Según tengo entendido tiene una especie de plan ya en la cabeza y… ¿y si se va? ¿Y si la obliga a desaparecer o la hace algo mucho peor? Yo podría ofrecerle trabajo en mi empresa, pero seguramente se daría cuenta de todo. Podría tenerla entre algodones, pero sé que es orgullosa, muy orgullosa —resopló antes de frotar su frente con sus dedos.

— Gerault, en esta vida no se resuelve todo con dinero por muy difícil que te lo parezca —intenté tranquilizarle de alguna forma, pero su malestar, esa ansiedad, parecía que no tenía ningún tipo de límite.

— ¿Por qué te angustia tanto? ¿No existe ninguna otra posibilidad de que ella siga contigo por vuestra relación? Además, ¿por qué tendrías que darle trabajo en tu empresa? ¿No lo tiene?

— La verdad es que sí, claro que lo tiene, pero si todo sale como ella planea temo que no pueda volver a trabajar en ninguna parte —la rabia era palpable, podía ver cómo su mandíbula se apretaba, como sus músculos se tensaban y eso podía llegar a provocar un gran problema de costuras débiles.

Así que tenía a otra persona a la que le estaba intentando quitar el trabajo. Tatiana, desde luego, sabía jugar bien sus cartas. Ella estaba haciendo dos papeles para quitar dos trabajos a dos personas aunque dudaba que fuese capaz de hacer que el mío corriese peligro, siempre y cuando ella no supiese lo que había hecho para intentar comprender mejor la mente de su queridísimo amor que terminaría por ponerme la cabeza del revés.

— Dime que no vas a poner tú también otra reclamación porque no haré lo que quieres que haga —dije más alto de lo que debía.

— ¿Qué? ¿Quién ha puesto una reclamación?

Le miré y negué dado que no debía decirle algo así, no le interesaba. Se inclinó hacia delante y me miró a los ojos tan fijamente que casi creía que podía desnudar cada milímetro de mi mente, descubrir cada recuerdo y cada mal pensamiento. Desvié la mirada porque no deseaba que fuese así aunque lo más fácil es que no descubriese nada más que tenía alguna mota en la mezcla de colores de mi iris de algún color algo inusual.

— ¿Crees que si llegase el momento de la verdad, el chantaje que te hace sufrir lo llevaría a término?

Su respiración empezó a ser profunda. Pesada. Casi parecía tener más peso que él mismo con toda su musculatura. Era igual que si soltase una carga muy intensa.  No entendía el porqué de todo aquello, no sabía qué había tan complicado en esa pregunta, pero quizá el no saber bien qué era lo que había en esa cinta, fuese lo que me mantuviese en un estado de inocencia previo a lo que estaba a punto de suceder. Él podía ser hundido fácilmente con una grabación de esa índole a pesar de que cada vez pareciese irse aceptando como lo más normal del mundo. De hecho, algunos políticos habían visto toda su carrera llevada a la ruina por sus líos extramatrimoniales y otros habían conseguido seguir adelante a pesar de ellos.

— No tengo ninguna duda.

2018 / Sep / 08

Las semanas pasaban más deprisa ahora que estaba de nuevo trabajando. La queja de Tatiana no me había dado tantos problemas como pensaba, pero había empezado a darle alguna posibilidad más a la versión de Gerault quien adelantó la cita y como parecía tener el mayor beneplácito de Smith, prácticamente tenía el tiempo tasado para poder atenderle todo lo que quisiese. Dudaba que fuese necesaria tanta terapia continuada, pero me sobraba tiempo, en teoría, por lo que no me importaba estar un poco más de la cuenta con él.

Ese día había venido trajeado y con cara de pocos amigos acompañado de unas gafas de sol que le daban un aire de detective de los años sesenta, como si hubiese salido de una de esas series de televisión a lo Starky y Hutch. Me miró y soltó un profundo suspiro antes de entrar en el despacho sin dirigirme ni tan siquiera un hola. No entendía qué podía estar pasándole como para que hubiese perdido los modales por completo. Él no había sido así nunca.

Se sentó en el lugar que estaba frente al mío en el despacho y solamente abrió los labios una vez que la puerta estuvo completamente cerrada.

— Necesito tu ayuda, Kyra.

La desesperación en su voz se notaba sin tan siquiera un mínimo impulso por esconderla. Se quitó las gafas de sol antes de fijar sus ojos en mí. Fruncí los labios intentando entender qué era lo que estaba ocurriendo como para que él estuviese tan alarmado, tan necesitado de ayuda.

— Cuéntame qué es lo que está pasando.

— Ha perdido completamente el control —se inclinó hacia delante sentándose prácticamente en el filo de la silla, sus brazos estaban puestos sobre sus rodillas clavándose él sus propios codos en aquella zona en la que había que tener cuidado porque parecía estar preparada para provocarnos los dolores más insoportables en los lugares correctos—. No sé qué hacer con ella. Está completamente ida…

— ¿Estamos hablando de esa chica maravillosa o de Tatiana?

— De Tatiana. Está perdiendo la cabeza y no sé cómo evitar que se salga con la suya.

Bien. Delante de mí tenía a un hombre que podía golpear a cualquiera y dejarle medio tonto, completamente nervioso por una mujer que a duras penas si le llegaba al hombro. Sabía que era un mal bicho, pero jamás hubiese pensado que fuese igual que la peor de las pesadillas para tener a alguien como él amedrentado, alguien que se creía amo y señor del universo. Menudo Grey de pacotilla estaba hecho, aunque, con toda la sinceridad del mundo, ambos tenían sus puntos de flaqueza, no obstante, ¿qué era lo que realmente le asustaba a Gerault de Tatiana?

— Creo que hay algo de información que me estoy perdiendo. ¿Cómo puede salirse con la suya? Sé que quiere tenerte entre sus manos, pero ¿no se le acabaría el chollo si hiciese algo en contra de ti? Durante todo este tiempo te ha tenido dónde ha querido, ¿no? Ha logrado que sigáis manteniendo esa relación vuestra tan poco común, así que… ¿por qué te iba a hacer daño? Con seguir amenazándote aunque no termine haciendo nunca nada, lo tiene todo resuelto. ¿Qué podría querer hacer ahora?

Él suspiró profundamente para luego pasar su mano por su rostro como si le desesperase tener que explicarme algo tan simple.

— Quiere hacerle daño a ella.

Ella. Volvíamos a hablar de la misteriosa chica de la que parecía estar enamorado. No sabía su nombre, desconocía si ella sentía lo mismo o no, si había más posibilidades, pero sabía que quedaban al menos una vez semana, que se veían un rato y él se quedaba siempre con ganas de llevársela consigo. Parecía que aquella chica no era tonta del todo, o puede que fuese de las que no repetían con el mismo hombre y que de dulce, tímida y todo eso que me había contado sobre ella, no tuviese en realidad nada, que estuviese jugando con él por lo que, por primera vez, él sería el ratón que había caído en la trampa del gato que le marearía hasta que le apeteciese zampárselo por completo.

— ¿Crees que podría hacerle daño a…? Un momento, ¿ella sabe que tienes una relación de esas características con Tatiana mientras tanto?

Él suspiró, abatido y asintió antes de bajar la mirada a sus manos.

— ¿Y aun así quiere mantener una relación mínimamente romántica contigo? Enhorabuena. No creas que todas las mujeres aceptarían algo así. De hecho, me hace pensar en qué puede estar ella escondiendo como para comprender algo así sin poner el grito en el cielo o sintiéndose ofendida de alguna forma.

— Ella es especial, Kyra. Demasiado. Es la única mujer que podría comprender algo así. La única que me miraría sin ver un monstruo después de saber todo lo que tiene que saber de mí.

— Así que… con eso debo asumir que ella está al tanto de tus jueguecitos sexuales y de que le das palizas a Tatiana por el placer de descargar tu ansiedad, ¿no?

— Así es.

— Wow… mis felicitaciones, Gerault. Te aseguro que yo en su lugar te hubiese mandando a freír puñetas tan rápido como un chasquido de dedos.

Sus labios se entreabrieron para decir algo, pero en realidad no dijo nada. Decidió quedarse pensativa, mirando a un punto fijo de mi escritorio y por todas las preguntas que quisiese hacerle solamente recibía un gruñido como respuesta. Había logrado que perdiese el escaso buen humor que tenía.

— ¿Cómo crees que podría ayudarte?

Pareció volver en sí tan solo cuando se lo hube repetido una tercera vez y me hubiese sentado a su lado agarrando ligeramente su mano en busca de darle apoyo. Él las vio y después llevó su mirada hacia mis ojos. Negó un par de veces como si alguien le hubiese hecho una pregunta que yo no había podido escuchar antes de responderme a mí.

— Quiero que veas lo que ella me obliga a hacer y que lo grabes.

Alcé mis cejas, me puse colorada y después negué muchas veces antes de empezar a decir una retahíla insana de “noes” seguidos.

— Ni. De. Broma.

— Kyra, por favor, eres mi única esperanza.

Jugar esa baza era jugar sucio, él lo sabía y se estaba aprovechando de lo moldeable que era ante el dolor ajeno. Nota mental para mí: tener terapias con un cristal opaco entre ambos para solo escuchar y no ver las expresiones del rostro ajeno.

2018 / Sep / 08

Había logrado hacer las paces con Derek y buscaba, en lo posible, tener un aliado en él y no un enemigo. Me importó poco ya contarle todo lo que había sido capaz de averiguar y le mostré el segundo vídeo en cuestión para que él comprobase que no mentía y pudiese ser partícipe de las palabras exactas de aquel loco de atar.

— La única posibilidad que encuentro es enfrentarle en ese mismo sitio, pero teniendo a todos los posibles prevenidos para que sepan a lo que van aunque en realidad, no tenga ni idea de qué puede estar planeando.

Resopló y me miró asombrado por todo lo que había terminado sacando en claro de toda esa cantidad insana de papeles.

— Es… sorprendente, pero ¿realmente crees que quiere matarte?

— ¿Qué otra opción habría si no? —pregunté terminando por suspirar—. Él siempre termina matando a todas las mujeres, antes o después.

Hablar sobre un paciente me resultaba extraño. Sabía que estaba prohibido, que estaba cruzando todos los límites como él quería, pero poner mis ideas en alto a menudo lograba que dilucidase de otra forma y por mucho que quisiera no había posibilidad alguna de que fraguasen igual las ideas si no tenía un interlocutor. El espejo no me servía y estaba dispuesta a escuchar posibilidades, pero esa era la única científicamente demostrada que me había servido de forma fehaciente, por lo que la usaría sin más.

— Yo veo una obsesión por ti. Si te matase tendría que encontrar otro objeto de su placer y eso suele desgastar mucho.

— En realidad, no es una idea tan descabellada. De hecho, estuve pensando en la posibilidad de que intentase emular algo parecido a lo que hizo el payaso de Gotham, conquistó a su psiquiatra y la trajo a su lado de la línea, obligándola incluso a amarle y encontrando la forma de hacerla perderse por completo. No quedaba prácticamente rastro alguno de Harleen Quinzel cuando el Joker terminó con ella —mordí mi labio inferior con algo de fuerza mientras volví a observar los ojos de Derek a través de esas gafas que cada vez que le miraba creía que le quedaban mejor—. ¿Crees que tiene sentido o efectivamente ya estoy empezando a alucinar?

Negó y se sentó frente a mí tras hacer un hueco sobre la mesita de café. Tomó mi mano entre las suyas abrigándola con ese calor que parecía emanar de ellas como si fuese una fuente natural más de energía. No sabía qué tenían mis manos, pero él podía mirarlas fascinado durante bastante tiempo lo que imaginé que sería por su ojo de artista porque yo las veía hasta feas.

— No creo que estés alucinando. Puede que eso quiera que hagas, que termines siendo solo para él y la única forma es intentar comerte la cabeza, ser más listo que tú o hacerte creer que no hay otra alternativa nada más que rendirte a su poder de persuasión.

Entrecerré mis ojos mirándole con una pequeña sonrisa. Estaba complacida, en cierto modo, dado que había una posibilidad de que no muriese, al menos yo, en aquella fiesta. Si me preparaba bien el papel jugando esa baza recién descubierta quizá y solo quizá, podría lograr que todo saliese lo mejor posible.

— No quiero que vayas a la fiesta —musité mirándole y después resoplé varias veces.

— No puedes impedirme que lo haga. Siempre que me llegue una invitación voy a estar allí y visto lo visto, dado que aparezco por todas partes, es evidente que tendré una. ¿Han conseguido averiguar los gazapos de la vida de Eileen?

Fruncí mi ceño y me solté del agarre de sus manos para coger la carpeta de su expediente porque ya no sabía qué sí y qué no había averiguado. Abrí el expediente y negué varias veces. No había ni rastro de nueva información así que se lo entregué por si quería mirar algo.

— ¿No te fías de ella?

Su mirada volvió a encontrarse con la mía antes de sonreír ligeramente.

— Nunca me he fiado de ella, pero mucho menos después de haber entrado a tu piso y pasarse el tiempo entrando al mío con la llave de su padre. Ni tan siquiera sé porqué no la he denunciado.

— ¿Por qué estás con ella? —escapó de mis labios antes de encogerme de hombros.

— Porque tú me obligaste a ello, no por placer y ya no sé cómo decirle que no a… intimar más. Parece que es lo único que quiere, acostarse conmigo.

— No me sorprende… ¿Quién tiene la posibilidad de tener un novio con tu físico y no quiere verlo en su totalidad? Además, me da la sensación de que es de esas personas que está obsesionada con el amor perfecto, el de película, que todo será como en los cuentos de hadas y vive en su mundo, alejada por completo de la realidad.

Ambos nos quedamos mirando unos instantes y después incliné mi cabeza en el respaldo del sofá para mirarle mejor.

— Me dijo que no podía perderte cuando te fuiste después de la discusión. Yo creo que sí que está enamorada de ti, solamente que a una manera bastante enfermiza. Quizá ese beso que le diste no ayudase ni lo más mínimo a que siguiese creyendo que no tenía esperanza alguna —musité encogiéndome de hombros y esperando que no se notase demasiado que le estaba echando un poco las culpas de la situación.

— Si le di el beso… fue por celos —confesó.

Arqueé mis cejas con sorpresa pues nunca habría creído que lo más normal fuese darle un beso a una persona por celos, pero si ella, de alguna manera, había conseguido darle celos, le había despertado ese sentimiento, ¿por qué se negaba a aceptar que de alguna forma a él también le gustaba ella? Puede, que en el fondo, lo único que le molestase fuese la intensidad y la rapidez a la que iba la relación, pero no ella en sí. Sin embargo, una parte de mí no entendía qué atractivo encontraban los seres humanos en ser acosados por mucho que fuese por la persona amada. La libertad era un derecho fundamental y la privacidad igual. Por mucho que amases a alguien esa persona no era una posesión, seguía teniendo su vida, sus responsabilidades y por supuesto, podía hacer todo lo que le diese la gana. Si ese era el actual concepto del amor en el que debíamos estar sometidos a las reglas del otro, prefería quedarme con mis novelas clásicas, gracias.

2018 / Sep / 07

El teléfono no dejaba de sonar. Una y otra vez escuchaba la canción que esperaba que en algún momento de mi vida lograse hacerme despegar, salir del agujero negro en el que me metía por tonta, sólo y exclusivamente por tonta. No quería hablar ni ver a nadie. No deseaba que supiesen que volvían a engañarme, que jugaban con mi trabajo como si no costase lo suyo hacerse una reputación. Quien llamase podía esperar hasta mañana si tenía alguna gana de estar con esa persona.

La puerta pronto empezó a sonar también. No llevaba ni una hora en mi casa cuando todo se estaba volviendo insoportable. Me puse los cascos tan altos como pude para no escuchar nada aunque me sangrasen los oídos y con suerte, en una media hora, todo se calmaría antes de volver a empezar.

Debía ponerme una canción que me alegrase, que hiciese que no viese todo negro, porque aquel día había sido estresante como él solo. A veces, los estímulos externos podían servir para ayudarnos a pensar en otras cosas y por eso estaba buscando las canciones de los años ochenta que siempre me hacían perder el control bailando. Wham! tenía la solución a mis problemas. Wake me up before you go-go comenzó a sonar dándome esa maravillosa sensación de estar en otro mundo, en otro lugar diferente. Puse el teléfono en silencio y me limité a hacer playback bailando por la casa.

Siempre me habían gustado los colores estridentes y a duras penas si me había atrevido a usarlos. La moda de colores chillones de los ochenta parecía ir conmigo sin problema aunque necesitase otro corte en los vestidos, puede que si probaba la ropa de los años cincuenta o me dejaba llevar combinando a placer lo pasaría bien con la moda actual.

Mis caderas se movían al mismo ritmo que aquella canción y lamenté no haber vivido esa época de adolescente al menos, hubiese sido una verdadera locura y más de haber sido a partir de los veinte años cuando hubiese podido hacer todo tipo de locuras.

Whitney Houston tomó el control regalándome su maravillosa voz para que el playback pudiese ser más creíble mientras I wanna dance with somebody seguía aumentando el ritmo de mis caderas. Todo lo oxidada que estuviese iba a perderlo en esos momentos, estaba claro y me encantaba poder bailar sin nadie que me mirase, sin miedo a hacer el ridículo aunque lo estuviese haciendo además de volver a imaginarme tal y como cuando era más joven, en un escenario con un montón de personas vibrando con cada movimiento que hacía.

Cerré los ojos y en cuanto los abrí estaba en mi cabeza todo un horizonte lleno de personas que habían venido a verme, mientras que mis ojos lo único que observaban era el sofá vacío, la puerta cerrada y la cocina que pedía a gritos que le hiciese caso para comer algo de una vez por todas.

Bailé hasta la cocina y saqué una de las comidas precocinadas que había comprado en el supermercado. Era una especie de ensalada llenísima de mahonesa, pero esa mahonesa que tenía el sabor específico, ese no sé qué que seguramente diferenciaba la artificial o la de fábrica de la casera mucho más sana a pesar de todo lo que engordasen.

Lancé uno de los grititos de Whitney del final de la canción. Tapé mi boca y solté una carcajada antes de fijarme en que había una sombra moviéndose que estaba siendo reflejada en el suelo por la luz del día. ¡Alguien estaba intentando entrar a mi casa! ¿No podía tener un puñetero día tranquilo?

Caminé temerosa, quitándome los auriculares de un tirón que podía haber sido doloroso, pero la música que estaba escuchando daba la sensación de que la situación era mucho más frívola de lo que en realidad era.

Suspiré profundamente, busqué un cuchillo y después me agazapé. Por suerte, aquel ladrón era lo suficientemente torpe como para no poder abrir la ventana y tampoco estaba intentando romper el cristal. En su lugar, estaba escuchando pequeños golpes, como si llamasen a la ventana.

Me acerqué con precaución hasta que vi casi como a Spiderman, a Derek subido a las alturas. ¿Cómo había llegado allí? Asustada porque pudiese pasarle algo, rápidamente abrí la ventana después de dejar el cuchillo y le ayudé a entrar dentro agarrándole todo lo fuerte que podía mientras me aseguraba que estaba con ambos pies dentro, que no terminaría precipitándose al vacío.

— ¿¡Se puede saber qué coño te pasa!? —pregunté cuando estuve completamente segura de que estaba dentro y bien—. ¡Podías haberte matado! ¿¡No sabes usar el timbre o llamar por teléfono como la gente corriente!?

Me observó y no dijo nada. Entreabrió los labios y antes de que me soltase el discursito del siglo volví a hablar yo.

— Sí, vale, lo sé. No he contestado ni a la puerta ni tampoco al teléfono, pero no es como para que subas trepando a lo Spiderman porque te podías haber caído y partido la columna, siendo eso lo menos que te podía haber pasado.

— Quería hablar contigo —dijo como si tal cosa.

—No es excusa, al menos no es motivo para arriesgar la vida. ¡Demonios! ¿¡Y si pisas mal o algo se rompe o…!? ¿Sabes qué? No quiero ni pensarlo —negué muchas veces caminando de nuevo hasta la cocina y dejando el cuchillo en su sitio esperando que no tuviese que usarlo nunca para lo que creía que tenía que hacer.

— Sí, sí es excusa. Ha pasado demasiado tiempo y quiero contarte la verdad. ¿Huiste por eso, verdad? ¿Te fuiste porque cogí a Eileen?

— No, Derek. Me fui porque la lunática de tu novia fue la última en hacer algo indebido en mi vida y no quería esperar a que se levantase con el morro retorcido por la noche y terminase viniendo aquí, con la puerta rota, para darme tantas puñaladas como la permitiese su momento de enajenación mental —pinché aquella ensaladilla y me llevé a la boca unas cuantas verduras embadurnadas de mahonesa—. Me fui con alguien que me había dado la posibilidad de escapar de algo de lo que no podía escapar.

— Te fuiste con… él.

Su mandíbula se apretó, sus dientes casi parecían rechinar y la ceja arqueada que por instinto había ido subiendo en mi frente provocó que desviase la mirada.

— Siempre él. Él siempre estará antes que cualquiera, ¿no?

— No creo que eso importe mientras tú tengas novia, Derek.

Me observó como quien se da cuenta de algo por primera vez y después negó.

—Claro que importa, Kyra, mucho más de lo que crees.

Y por algún motivo que no entendí tuve miedo de preguntar porque si me daba la respuesta que esperaba saldría de sus labios al formular la pregunta, volvería a tener problemas por todas partes.

2018 / Sep / 07

— No sé si puedes imaginarte el temor que siento. Creo que no sería lo mejor seguir viviendo sola en estos momentos para mí, sinceramente porque me estoy volviendo paranoica, completamente —su tono era de angustia, podía sentir su dolor. Ese tipo de cosas eran las que me hacían dudar. ¿Quién podía fingir algo así? Pero… había visto el ser abominable que había sido antes, así que sí, dudaba, pero no las tenía todas conmigo.

— Si crees que esa será la mejor solución para ti, me parece una buena idea. ¿Tienes alguien con quien vivir durante un tiempo?

— Había pensado que tú…

— Tatiana, por mucho que quisiese, no puedo hacerlo. Soy tu paciente, no tu amiga. Lo siento, pero es imposible. Además, según me dijo la agente Johnson te han puesto en uno de los pisos que tienen para protección de testigos, ¿no?

— Sí, pero no puedes ni imaginarte las condiciones que tiene.

— Deberías intentar acostumbrarte durante un tiempo, al fin y al cabo, no será eterno y, como ambas sabemos, regresar de dónde te has ido sería aún peor, ¿no?

Apretó los labios y después asintió ligeramente. Aceptó en silencio que era mucho mejor ese lugar que cualquier otro donde estuviese Gerault. No obstante, lo dijo con la cabeza, pero no con la boca.

— ¿Sabes qué? Creo que en realidad tú no quieres ayudarme.

Sus palabras hicieron que alzase mis cejas. Me incliné ligeramente hacia delante para mirarla fijamente esperando en algún momento que mostrase del todo sus cartas por su nerviosismo.

— ¿Exactamente en qué te basas para pensar que no quiero ayudarte?

— En que no me ofreces tu casa. ¡Menuda amiga desconsiderada!

— Ahí está el fallo, Tatiana. No soy tu amiga, no lo he sido en ningún momento desde que empezó la terapia y quiero creer que no lo he sido en ningún momento de nuestras vidas. Sin embargo, si tienes algún problema con eso como te comenté, hay otros especialistas que estarán encantados de poder atenderte en tus momentos de crisis y en tus problemas de la índole que sea. Aun así, déjame que te recuerde que ninguno de ellos te podrá ni deberá aceptar como su huésped en su casa solamente por el miedo que tengas. Yo misma he roto muchas reglas que hay para mantener la seguridad de las dos personas en la relación y me ha llevado a malentendidos, como éste. No somos amigas, no lo seremos nunca —comenté antes de soltar un suspiro mientras volvía a apoyar mi espalda en el respaldo de la butaca—. No obstante, si necesitas que aclaremos todos los términos de la relación, podemos ponernos con eso como base aunque creí más importante intentar ayudarte en tu intento por salir de esa relación abusiva.

Resopló. No dijo nada. Parecía que había perdido la capacidad de debatir mis argumentos o exposiciones. Desde siempre había impuesto su santa voluntad y nadie le había negado lo que quería, ahora, en cambio, tenía a una mujer hecha y derecha delante de ella que por raro que pareciese, empezaba a encontrar la fortaleza suficiente para plantarse frente a quien fuese y tenía que merendármelo de un bocado, lo haría.

— ¿Qué ocurre?

— No estoy nada contenta contigo y ahora mismo me gustaría irme.

Asentí sin comprender su arrebato infantil de “me enfado y no respiro” a pesar de verme infinitamente reflejada en ello.

— Eres libre de marcharte cuando quieras.

Su cara de asombro y enfado fue tal que se levantó prácticamente de golpe antes de ponerse a gritar fuera de sí que iba a poner una reclamación. No tenía ningún tipo de base para echarme nada en cara, por lo que podía hacer lo que quisiese.

Smith salió de su despacho buscando calmarla o por lo menos, que dejase de gritar porque se escuchaban sus gritos en todas las consultas que se estaban teniendo en ese momento. Tenía que mantener la calma, pero cuando alguien me gritaba y ponía en duda mi trabajo me daban ganas de estamparle una silla en la cabeza por lo que: Kyra, contención.

— Lo único que ha pasado es que me he negado a tenerla en mi hogar como huésped por sus temores a estar viviendo sola debido a su situación personal. Si tuviese que llevarme a todos los pacientes que tienen miedo a vivir conmigo prácticamente los tendría a todos allí y me habría montado un hotel —expliqué de la forma más calma que pude.

Smith, me miró enarcando las cejas completamente patidifuso porque ella hubiese perdido el control de aquella forma por algo que entendían hasta los niños de primaria. Si hay unas normas, hay unas normas.

— Venga conmigo, haremos lo posible por arreglar este malentendido, pero por favor, por lo que más quiera, deje de chillar.

Tatiana me regaló una mirada envenenada y después de que Smith se disculpase con la persona que estaba atendiendo, fue a hablar con la rubia que con pataletas de cría chica seguía consiguiendo el mundo.

La nueva recepcionista me miró. Me encogí de hombros y solté un profundo suspiro.

— Vete acostumbrando. Es bastante usual que se den situaciones parecidas.

Ella sonrió con nerviosismo aceptando que el futuro no parecía ser muy prometedor si esas situaciones podían darse, pero ¿no era normal en personas que precisamente tenían problemas al relacionarse cuando les obligábamos a tener que hacerlo mínimamente para desahogar sus almas?

Cerré la puerta de mi despacho y entorné los ojos. No sabía si tenía un problema en la cabeza o no, pero mimada seguro que lo era. Tenía una forma de reaccionar cuando no recibía lo que quería que resultaba bastante preocupante y antes de que ella pidiese mil y un veces que la dejase tranquila o que cambiase de profesional, me fui a redactar un informe para pedir exactamente lo mismo. Por una vez en nuestra vida estaríamos de acuerdo en algo.

Terminado el informe lo mandé a imprimir. Mi impresora no funcionaba bien, así que dejé que las hojas se imprimiesen en la impresora grande que tenía la nueva recepcionista junto a ella. Era la hora de la comida, así que no estaría y no lo leería, podría entregárselo a Smith con mi firma y en persona.

Justo en ese momento abrí la puerta y Tatiana estaba al teléfono. Se quitó las gafas de sol y me escondí para no tener otra trifulca. Gracias a una pequeña rendija pude ver lo que parecía un moratón y cuando se secaba las lágrimas que pude comprobar que eran falsas, ese moratón desaparecía quedándose en ese pañuelo de papel. Lo miró y resopló como si le molestase todo el tiempo.

Sacó el teléfono móvil y sonrió de la misma forma que lo había hecho durante tantos años torturándome.

— Sí, ya está hecho. Esperemos que la despidan cuanto antes.

Dicho eso, abrí la puerta de mi despacho fingiendo que no había escuchado nada dirigiéndome hacia la impresora mientras ella cambiaba su discurso contando de una forma increíblemente exagerada lo que había ocurrido.

Cogí los papeles, regresé a mi despacho y con los ojos cerrados, la mandíbula apretada y las manos casi hechas puños deseé que se muriese en ese mismo momento fulminada por un rayo.