2018 / Sep / 10

Creo que existe un momento en la vida que todos en que nos preguntamos: ¿quién soy? Siempre había intentado responder esa pregunta con lo que sabía sobre mí misma. La innumerable lista de atributos negativos llegaba hasta Lima. No había ninguno positivo. También pensaba en: ¿quién quiero ser? La lista de atributos era casi tan larga como la anterior, todos ellos incluían una perfección a un nivel obsesivo, pero jamás me había parado en qué significaría para mí ser esa mujer tan obsesivamente perfecta. Nunca había valorado lo que podía provocar en mí y en mi felicidad. ¿Lograría ser esa perfecta insuperable en algún momento de mi vida? Lo dudaba. Jamás habría suficiente. Al fin y al cabo, mi sentimiento de perfeccionismo era parecido al de Derek: nada parecía ser adecuado, correcto, llegar al nivel, incluso cuando habíamos sobrepasado nuestras propias expectativas iniciales. Yo misma había sido inmensamente feliz en una sola ocasión, cuando en vez de sacar un diez saqué un trece con setenta y cinco debido a que lo había hecho todo perfecto. Sí, pero solo hasta el instante que una compañera dijo que había sacado un catorce porque no le habían rebajado esas veinticinco centésimas por un pequeño fallo, como a mí. Mi gozo en un pozo. Lo único que fui capaz de ver desde entonces fueron esas veinticinco centésimas menos.

No me gustaba ser esa Kyra. No disfrutaba siendo una mujer que se pasaba la vida queriendo ser perfecta en tantos sentidos que se amargaba antes de tiempo. Quería… descubrir cosas nuevas. Nunca había probado colores estridentes en la ropa, jamás me había atrevido a hacerme un cambio radical de pelo estando en un momento álgido de mi vida y no buscando alguna razón para sentirme mejor. Quería una nueva imagen de mí, distinta, pero porque me sentía distinta, me sentía bien, me sentía a gusto conmigo misma. ¡Eso era lo que quería reflejar!

La Kyra que me devolvía la mirada en el espejo de la peluquería no se parecía en nada a la apocada que había perdido la capacidad del habla. El cabello rubio, el corte pixie… era una gran locura y aunque me resultase al principio artificial, sabía que me terminaría acostumbrando a ello.

Mi peluquero desde que era niña había logrado entrar en mi vida como algo más que un peluquero de confianza. Era un amigo. Un verdadero amigo. Cuando hablaba con él me daba cuenta que quizá mi problema no era que fuese diferente, sino que no había sabido relacionarme con las personas correctas.

Era una friki de manual y ¡adoraba serlo! Es más, no lo veía como algo malo. Podíamos hablar durante horas de eventos en las películas, los videojuegos… llegaron a destriparme Black Panther, aunque no me importó demasiado dado que Marvel no era a lo que estaba acostumbrada.

Salí de la peluquería con una sonrisa, dispuesta a comerme el mundo y a reírme un poco del rubio pollo que me había quedado en la cabeza. Pronto lograría tener el color que tanto deseaba. Siempre había soluciones y Derek me veía guapa hasta con el pelo de ese color al que yo había calificado como “mi propio amanecer”.

— ¿Qué has pensado hacer finalmente? ¿Regresarás al trabajo? —preguntó esa misma tarde mientras volvía a trastear en internet para encontrar una serie nueva. Estaba tan absorta en los títulos que había tenido que repetirme la pregunta un par de veces.

—La verdad es que no. No creo que sea mi vocación.

— Por mucho que adore valorar lo inteligente que eres y lo mucho que me gusta escuchar sus teorías sobre la psicología y el hombre, creo que tienes toda la razón, no es tu vocación.

Me incorporé antes de mirarle con el ceño ligeramente fruncido. ¿Él había podido darse cuenta de otra cosa?

— ¿Y cuál crees tú que es mi vocación? —pregunté con una pequeña risa queriendo escapar de mis labios imaginándome que me diría cualquier cosa, alguna broma.

— Clarísimamente es lo que mejor se te da y más escondes. Sé que te gusta ayudar a los demás, pero de esa forma también puedes hacerlo —se levantó de donde estaba caminando hacia su estudio del que sacó un cuaderno forrado en negro que reconocí enseguida—. No me regañes porque no es tu diario ni nada parecido. Es tu historia. He leído cada palabra de tu libro y ¿siendo sincero? ¡No he podido parar! Deberías intentarlo, Kyra. Tienes… un talento diferente.

— No valgo para ser escritora y sí, me parece muy mal que me hayas cogido el cuaderno —le arrebaté el susodicho y le golpeé la cabeza con él antes de escuchar su risa.

— ¿Que no vales para ser escritora? Kyra he leído a los mejores, a todos los grandes de la literatura de distintos tipos y vertientes y tú… tienes algo especial.

Me sentó en su regazo antes de que arquease una de mis cejas negando varias veces.

— El amor te ciega, Derek. No sirvo para eso.

— ¿Nunca has querido escribir?

— Como terapia…

— Kyra…

— Vale, está bien. Ya sabes que te conté que cuando era pequeña hice una obra de teatro de Alicia en el país de las maravillas, que la llevé a la clase y que no recuerdo nada más. Seguramente es mejor así, que no lo recuerde porque tendría un final desastroso, estoy convencida —me encogí de hombros y sus brazos rodearon mi cintura apretando mi cuerpo más al suyo—. ¿De verdad te ha gustado?

— Me ha fascinado. No sé cómo puedes tener tanta imaginación…

— He escrito más cosas.

— Lo sé. Te veo trabajar durante muchas horas en eso y terminas tirándolo o dejándolo por ahí perdido. ¿Sabes lo mucho que me haces sentir con cada palabra? No puedes ni imaginártelo. Tus propias vivencias, los momentos pasados, el dolor que aún sigue en tu pecho… es tan palpable e intenso. Son historias tan auténticas, mi amor —le miré a los ojos e hice un pequeño puchero sin estar demasiado convencida de lo que decía.

Bajé mi mirada al cuaderno, rocé la goma con la que se aseguraba su cerrado y tiré un poco de ella antes de escuchar el sonido característico de ésta misma golpeando contra el cuaderno.

— Entonces, déjame que te enseñe algo.

2018 / Sep / 10

Esa noche no regresé a mi casa. Esa noche dormí en el piso de Derek. Su cama era confortable, pero no hicimos nada. Solamente dormimos como ya lo habíamos hecho en otras ocasiones cuando vivía en Los Ángeles. Era mi amigo, él estaba enamorado, yo tenía demasiado que asimilar, pero no solamente por su noticia, sino por lo que había ocurrido en aquella charla en la universidad.

Durante demasiado tiempo me había anulado yo sola a mí misma, aunque el mundo también hubiese hecho para ayudarme en ese proceso, pero les había dado el consentimiento. Ahora, por alguna razón que no comprendía, quizá porque se había despertado una parte de mí, volvía a sentir interés en aprender, en saber, en conocer, en sentir… ¿Podría ser que todo lo que antes había tenido que hacer obligada después de la depresión, ahora empezase a tener sentido para mí? Quería ampliar mis horizontes. Quería aceptar que si era una persona intelectual no tenía porqué esconderme. Dudaba que fuese la única persona con esos gustos en el mundo y con hambre de respuestas.

Recordaba en una ocasión en que me habían pedido que enumerase todo lo que me gustaba, todo lo que podía tener un mínimo interés en mí. El espacio se me había quedado pequeño y pocos años ese deseo de conocimiento había desaparecido. Ni tan siquiera deseaba sumergirme en mi propia mente. Sólo quería encontrar una salvación. Las letras habían sido parte de ella. Había aprendido a expresar mis emociones, había ido adquiriendo nociones con la práctica continuada y realizando escritos cada vez más complejos. No obstante, por mucho que escribiese en blog o en algunos otros lugares, mis novelas o ideas no llegaban jamás a ninguna parte.

Tan solo me había atrevido una sola vez a mostrar lo que había escrito a Cecille y había sido un verdadero desastre. Para ella, seguramente no, para mí… no tenía ningún tipo de ritmo, la historia era insulsa. Era básicamente un diario personal, nada más que eso, narrado como una novela, pero sin ningún tipo de emoción. Aquella vida que había llevado tiempo atrás, aquella vida que realmente quería mostrar. Ahora tenía otra idea en mente. Ahora quería ser diferente. Ahora deseaba desnudarme en cuerpo y alma, y que me juzgase quien tuviese que hacerlo, afrontar las críticas y, como siempre, salir adelante.

Había dormido con la camisa que Derek me había dejado suya. Hacía algo de fresco en Rusia siempre. Sin embargo, era gracioso comprobar como hiciese el frío que hiciese yo siempre iba descalza por todas partes, salvo a la calle. Me había pasado tantos años viviendo exclusivamente en mi casa que los zapatos me habían parecido innecesarios. Cinco años en los que había salido en contadas ocasiones incluyendo en ellas las visitas a los psicólogos y psiquiatras. Si era realista, si pensaba con claridad, de todos los días que tiene un año, aquellos en los que habría pisado cualquier suelo que no perteneciese a mi hogar había sido cómo mucho, la cantidad de días que llenarían dos meses. Eso sí, no había que perder de vista que esos días que había salido habían sido como mucho durante una hora, las otras veintitrés había sido mi casa la única que me había visto.

Paseé por su piso. No era tan impresionante como el de Los Ángeles básicamente porque la mayor parte de sus pinturas las había vendido ya, siempre como reproducciones y jamás como el original, y el resto los había dejado en un almacén. Aquel había sido el piso que había encontrado más cerca de mí y gracias a su proximidad había logrado que fuese casi todos los días aunque hubiese tenido que ir él a llevarme de la mano. Había tenido muchísima paciencia. Me había consolado después de todas las pesadillas en las que Douglas volvía a intentar asfixiarme o regresaba de la muerte para cobrarse venganza.

Me fui hasta su taller. Allí le podía ver la mayor parte del tiempo en que intentaba concentrarse. Era excesivamente perfeccionista. Repetía y repetía una y otra vez los bocetos hasta que tenían su beneplácito y después le ocurría lo mismo con el color, con la técnica adecuada, con los materiales precisos. Donde él solamente veía fallos, yo veía maravillas.

Entré en esa sala y observé aquel cuadro que se había traído de Los Ángeles, el único que se había negado a vender. Mis ojos parecían tener vida propia y aun así él siempre me había asegurado que no lograba jamás reproducir a la perfección ese no sé qué que yo le hacía sentir cuando le miraba. Había una luz, una chispa, un brillo o una tonalidad, algo que no había averiguado aún para que consiguiesen ser mis ojos, un fiel retrato de mi mirada.

Pensé en el momento en que Derek tuvo que escoger entre Eileen y yo. Por primera vez, me admití a mí misma que me dolió que no me hubiese escogido a mí. De hecho, la razón por la que había estado tan rara en los brazos de Verdoux en la isla y todo lo demás había sido porque él había estado en mi mente a todas horas. Le había comparado con aquella noche de pasión vivida con el hombre que ahora dormía plácidamente y me había engañado jurándome que era el escritor y su bipolaridad de emociones. Yo misma había reconocido que había sido mi primer amor, sí, pero no el amor de mi vida.

De pequeña siempre había tenido muy claro qué era lo que quería en un hombre. Quería a alguien que me mirase igual que mi padre miraba a mi madre. Para él no había mujer más hermosa en el mundo. Podría serlo más o menos objetivamente hablando, pero a los ojos de mi padre no existía mujer más perfecta que ella por muchos problemas que tuviesen juntos. Quería a alguien que me tratase como Derek lo hacía y que diese la vida si era preciso por mí, porque adoraba cada imperfección y me veía perfectamente imperfecta.

— Estás aquí… —comentó aliviado.

Me giré para verle. Tenía el pelo revuelto, estaba sin gafas, me miraba con un ojo entrecerrado y restregándose el otro.

— Perdona, sé que no te gusta que venga a tu estudio.

— No me gusta que la gente venga a mi estudio. Tú no eres “gente”. Tú, eres tú.

Hasta medio dormido tenía la palabra perfecta para el momento en que estábamos. Sonreí mordiendo ligeramente mi labio inferior y me acerqué a él antes de tomar su rostro entre mis manos. Besé sus labios con suavidad y él me correspondió despacio, muy lento, como si creyese que era un sueño.

— No dejes que despierte —suplicó entre besos provocando una risa por mi parte.

— No te dejaré hacerlo —negué antes de rodear su cuello con mis brazos y seguir besándole despacio, disfrutando de sus labios, hasta el amanecer.

2018 / Sep / 09

Estaba emocionada, pletórica. Sentía que había hecho algo importante, que había dado un paso de gigante. Pensé en si tendría sentido esos deseos que había tenido siempre sobre escribir mi historia, intentar comprender porqué quería escribirla en realidad y ya no era para buscar compasión, era para dar respuestas, para dar esperanzas, ayuda y aliento, porque yo misma me había sentido perdida, había creído que no valía nada de todo lo que había vivido, que era la culpable de lo que me había pasado. ¡Me había avergonzado de mis propias dificultades! Había aceptado un contrato que me habían puesto delante, lo había firmado y no había preguntado porqué, qué sentido tenía que fuese yo la única que no saliese de sus dificultades. Tenía la sensación de que había roto ese contrato sin darme cuenta, solamente aceptando mi pasado y dejando de estar avergonzada por sucesos de mi vida que había manejado como había podido.

Por eso, cuando llegué a Moscú y vi a Derek esperándome, me abracé a él con todas mis ganas empezando a hablar atropelladamente de todo lo que para mí significaba aquello. Estaba tan emocionada que ni tan siquiera podía entenderme, me cogió el rostro entre las manos riendo y besó la punta de mi nariz.

— Te invito a una cena y hablamos tranquilamente, ¿vale?

— Está bien —reí sonrojándome ligeramente porque no había nadie que me siguiese el ritmo cuando estaba tan acelerada.

Derek condujo hasta su casa. Había pedido la comida que queríamos mientras volvía a intentar contarle todo lo que había pasado ese día. Él escuchaba tranquilo, con una sonrisa en los labios y recordándome de vez en cuando que tenía que comer. Estaba famélica, pero no porque me sintiese vacía como antes, no, sino porque había gastado muchas energías con todos los nervios y pensamientos que había tenido a la vez.

— Es… impresionante —dejó escapar Derek casi como un susurro.

— ¿Verdad que sí? Es una experiencia emocionante…

— No. No es eso, Kyra. Me refería a que tú eres impresionante.

Desvié mi mirada hasta sus ojos y me sonrojé hasta las orejas sin entender que dijese un piropo semejante de alguien como yo.

— No fui la única que habló en la charla…

— No lo digo solamente por la charla. Mírate. La forma en que hablas de tu propia experiencia, la sonrisa que no desaparece de tus labios, haberte comido la vergüenza, los nervios, la ansiedad y haber terminado hablando delante de un montón de gente cuando no planeabas hacerlo. Ser el azote de aquellos que tienen la teoría, pero no la práctica, que no saben cómo llegamos a sentirnos. Eres la voz que creías no tener. Eres inteligente, creativa, resolutiva y analizas todo lo que te pasa o ha pasado. Te levantas aunque piensas que tienes que enfrentarte a tus fantasmas y las jaurías de demonios que ves. Luchas, luchas y luchas y vuelves a seguir para adelante por mucho tiempo que necesites para retomar el ánimo, para aceptar que no has hecho nada malo. Es sorprendente que siempre vayas más allá. Coges fuerzas para saltar más y más alto, nunca tienes que empezar desde el primer escalón de nuevo. Eso es lo impresionante —su mano envolvió mi mejilla mientras el sonrojo seguía patente en mi rostro. Su pulgar acarició mi piel encendida y suspiró como en aquel día en el piso de Los Ángeles.

Dejé que sus dedos me diesen algo de ese cariño que creía no volvería a recibir o al menos, sentir que me merecía. Siendo justa, Derek me había tratado demasiado bien, pero creía que no debía tratarme de esa forma, o no lo había apreciado lo suficiente. No comprendía qué podía haber visto como para haber dejado todo y venir a Rusia conmigo. Había decidido empezar de cero aquí, cuando podía haberlo hecho en cualquier parte del mundo.

— Tengo algo que confesarte, Kyra.

Le miré sin entender. ¿Qué podía confesarme que le hubiese obligado a cambiar poco a poco la expresión hasta sentir plena angustia? Entrecerré mis ojos y me acerqué a él para depositar un beso en su nariz buscando darle algo de fuerzas.

— ¿Qué es? —pregunté casi con temor.

Bajó su mirada y tomó una de mis manos entrelazando nuestros dedos mientras se debatía internamente. ¿Qué era lo que estaba pasando?

— Yo… yo era V —susurró bajo antes de cerrar los ojos con dolor.

V. ¿Se refería a V de Vendetta? ¿Era él? ¿Él había sido quien había disparado a Douglas antes de que acabase con mi vida? ¿Él me había salvado de la muerte?

Se levantó y se frotó el rostro con las manos después de quitarse las gafas. Se apretó el puente de la nariz y desvió la mirada. Observó todo y a  todas partes menos a mí. Pero yo no sabía qué responder a eso. Ni tan siquiera me había permitido saber cuándo o cómo habían resultado las investigaciones, juicios o lo que hubiese habido. Y ahora, él me decía que había sido V, el hombre que había asesinado al hombre que estaba completamente obsesionado conmigo y que me hubiese quitado la vida de no haber sido por él.

— ¿Por qué…? —fue lo primero que salió de mis labios.

— ¿Por qué qué?

— ¿Por… por qué me lo cuentas? ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué a pesar de todo te has venido aquí?

— ¿En serio? ¡Porque iba a matarte! No hubiese podido permitir que te hiciesen algo así. Sí, lo sé, soy un monstruo por haberle quitado la vida a alguien, pero si tú desaparecías, ¿qué sentido iba a tener mi vida entonces?

— ¿Tu vida? ¿Cómo va a depender tu vida de mi existencia?

Me miró como si realmente no entendiese que no supiese sumar dos más dos. Era sencillo, muy sencillo. También había llegado a esa posibilidad, pero no era capaz de creérmela. ¿Cómo podría? ¿Cómo debía? No… si empezaba con esa racha de nuevo me volvería loca. Sabía que él me había dibujado en un primer momento, pero ¿de verdad? ¿No había sido solamente el polvo a la musa y ya está?

— Llevo enamorado de ti desde ese primer día en que te vi, en el bar, siendo la única que me aplaudió cuando toqué aquella melodía…

Mi corazón latió tan deprisa que dolía mientras yo misma me decía que la persona que estaba enamorada de mí había sido la misma que había asesinado a mi acosador y que había matado a una parte de mí allí, en esa fiesta, con los treinta y cuatro años cumplidos.

— Yo…

— Solamente no me alejes de ti.

Negué y me senté en su regazo escondiéndome en su cuello antes de llorar por el cúmulo de emociones, pero sobre todo por el agradecimiento por haber sido él quién había logrado que siguiese viva.

2018 / Sep / 09

Habíamos hablado con un hombre, pero demasiado deprisa como para que pudiese ser capaz de procesar lo que estábamos diciendo. La gente empezaba a entrar y yo tenía dos posibilidades, subirme a las mesas preparadas con micrófono incluido o quedarme abajo, en primera plana, entre la gente, permitiéndome simplemente evadirme o aprender parte de lo que la terapia ocupacional significaba.

En un instante Cecille empezó con su presentación poniendo el vídeo, presentándonos cada uno y quise que me tragara la Tierra. No estaba nerviosa, pero esperaba aplausos y no el silencio que había escuchado o el hecho de que nadie me hubiese dirigido la mirada con una sonrisa.

Mi mirada estaba perdida en un punto fijo. No miraba a nadie en concreto, a veces, prefería que mi compañero fuese el ordenador de la universidad que tenía al lado, pero no podía trastear, porque todo se vería en la pantalla así que estaba en las mismas. Podía leer y escuchar lo que Cecille estaba narrando y contando de su propia experiencia como profesional incluyendo parte de teoría sobre su manera de actuar, el primer trato con el paciente, etc.

Justo en ese momento, Cecille se sentó entre Gavrilovich y yo. Me dio el micrófono para que respondiese a la pregunta que habíamos estado intentando responder en el vídeo que había sonado fatal y me había hecho querer vomitar. Los problemas del sistema de sonido de aquel sitio casi provocaron mis lágrimas, pero Cecille me aseguró que el vídeo se escuchaba de maravilla y que había sido un problema de allí.

— ¿Qué es la Terapia Ocupacional? —desvié mi mirada hacia el público, más de cincuenta ojos mirándome, o por lo menos escuchándome de fondo para ver qué respondía. Creía que en cualquier instante uno de ellos se levantaría para partirse de risa, sobre todo aquel profesional que estaba sentado en primera fila tomando sus propios apuntes sobre la conferencia y que había pedido a Cecille que hablase allí, pero yo era una invitada no deseada, alguien a quien nadie le había pedido opinión e iba a decirla igualmente—. Mi primer contacto con la Terapia Ocupacional fue en el hospital del día al que acudí. No recuerdo haber tenido ninguno antes, y de tenerlo jamás me dijeron lo que era. La Terapia Ocupacional que hacíamos allí constaba en manualidades. De hecho, creo que no la tomé nunca en serio. ¿De qué servía decorar una caja de madera? ¿Qué podía analizar de todo eso con respecto a mi propia evolución en otras áreas del mismo hospital? Más tarde comprendí que dice mucho de uno escoger el azul o el rojo dependiendo del estado de ánimo que tenga, que dice mucho más de lo que pensaba cómo hacía o dejaba de hacer las cosas, lo que reflexionaba y lo que no sobre esa misma caja. Pero, en ese momento, solamente veía que tenía una caja de madera que tenía que pintar sin entender porqué debía hacerlo —tragué algo de saliva buscando poder retomar mis ideas—. Después, cuando entré al centro de rehabilitación, empecé a ver un poco más claras las áreas, o al menos, la teoría de qué debía ser una Terapia Ocupacional. Hablamos de la imagen personal, hablamos de las exploraciones… hasta que Cecille dio un cambio a nuestra forma de trabajar. Ella decidió que nos enfocásemos en mis puntos fuertes. ¡Bastante había hablado, trabajo y machacado los débiles, todo lo que hacía mal! Aprendí a identificar lo que se me daba bien aunque no fuese excelente, puso un poco de luz en medio de un mar lleno de dificultades para ayudarme a ver que no todo era un “no puedo o no sé” que había muchas cosas que no les daba valía y que la tenían. Kyra no era solamente la chica que tenía dificultades. Kyra también era todas esas virtudes y aptitudes que consideraba tan simples como respirar.

Entregué el micro a Cecille quien empezó a hacer unos pequeños comentarios sobre mi propia situación personal. No demasiados, pero me pidió permiso para contar lo que ella quería y creía que debía matizar de lo que había dicho. Se lo concedí. No me lo tomé como si fuese una profesora que viniese a corregir los errores, sino que tenía que explicar algo que a mí se me podía haber pasado o ayudarme a dejarlo más claro.

Bien. Lo había hecho. Había hablado delante de un montón de gente sobre mi vida, sobre mi visión, sobre mi propio opinión y no me había puesto a llorar como siempre me ocurría cuando hablaba en público. ¿Y para qué negar que eso provocó un subidón de adrenalina en mí? Quería más y sobre todo cuando había recibido el asentimiento de ese erudito de la primera fila. ¡A la mierda la vergüenza! ¿Por qué tenía que callarme mis propias opiniones si podían ser igual de válidas que las de cualquiera?

El resto de la charla estuve escuchando, pero ese malestar había desaparecido. Me sentí viva, sentí que yo también tenía voz, que no tenía porqué estar escondida en la última fila, que no tenía que seguir pensando que todas las miradas y toda la gente que se levantaba era por mi culpa, había otros escuchándome, siguiendo lo que estábamos diciendo y para qué negar que tener a Gavrilovich y a Cecille allí ayudaba muchísimo.

— Kyra y Gavrilovich están aquí para darnos su testimonio sobre los tratos a pacientes.

Tuve el micro nuevamente en mis manos y me atreví a confesar en voz alta algunos de mis problemas, alguna de las experiencias que seguían aguijoneando mi pecho una y otra vez.

— A mí me han ingresado un total de tres veces. En todas terminé en la unidad de adolescentes, pero en dos ocasiones tuve que pasar un fin de semana en la zona psiquiátrica de adultos porque no tenían camas y debían pedir el ingreso en el otro lado. Estaba feliz porque tenía a mis padres las veinticuatro horas, pero… el trato vejatorio, la falta de intimidad, era asombrosa —mordí mi labio inferior antes de inclinarme hacia delante—. Tenía dieciséis años y tuve que desnudarme delante de un montón de mujeres que también tenían que estar desnudas para recibir su ducha. Había dos bañeras en medio de ese baño y recibíamos el mismo trato todas, sin privilegios. Nos daban dos manguerazos, una esponja con jabón incorporado y tenías que ducharte delante de otras veinte mujeres mínimo. Tenía dieciséis años. Jamás había decidido por mí misma desnudarme delante de alguien y tuve que hacerlo en un hospital psiquiátrico, sin derecho a mi propia intimidad siendo menor de edad. Y no era algo exclusivo de la zona psiquiátrica de adultos. En el área adolescente teníamos unas duchas para cada uno, pero las habitaciones eran compartidas y las auxiliares o enfermeras entraban si consideraban que estabas tardando demasiado para meterte prisa —cerré mis ojos reviviendo el momento en que manos enguantadas se deslizaron por mi cuerpo estando medio drogada—. Además, ¿no tenía derecho a la intimidad una chica, mi compañera de habitación, a la que habían atado? ¿Por qué yo tenía que verla así? ¿Por qué cualquiera tenía que verla de esa forma si es que era necesario?

Cecille y Gavrilovich hablaron también de otras situaciones que él había vivido en sus ingresos en el área psiquiátrica de adultos, para después continuar con la parte teórica que debía seguir comentando.

 

— ¿Queréis decir algo más?

La charla se estaba acabando y no pude contener algo que tenía muchas ganas de decir desde hacía muchísimo tiempo. Puede que no fuese la más indicada para dar consejos, pero sentía que eso debía cambiar porque a mí me había marcado.

— Ser cercanos. Que no os impida nada ir al otro lado de la mesa cuando alguien esté delante de vosotros llorando para aunque sea cogerle la mano y que no sienta que están solos. No dejamos de ser personas, no dejamos de ser humanos. No perdáis esa perspectiva.

Finalmente, el aplauso llegó para todos, los comentarios sobre nosotros e incluso, aprendieron sobre nuestras experiencias, sobre el ejemplo que podíamos dar cada uno de nosotros. Y, por primera vez en mucho tiempo sentí que quizá no había perdido el tiempo durante mi vida y que puede que mi lugar en el mundo no estuviese demasiado alejada de las masas.

2018 / Sep / 09

Ni tan siquiera sé cómo me habían convencido para ello. Cecille siempre tenía esa facilidad para lograr que saliese de casa, que aceptase nuevos retos y puede que eso fuese lo que necesitase, puede que si me tomaban de la mano fuese más sencillo que superase barreras. En esta ocasión estaba yendo en coche por San Petersburgo. Habíamos viajado allí y habíamos alquilado un coche que conducía Cecille rumbo al campus de la universidad. No íbamos solas, estábamos acompañados de Gavrilovich, un compañero del centro al que iba que solía ir a recoger a mi padre para salir a andar cuando yo no podía ir a llevarle y Evgenia, su pareja.

Cecille tenía que dar la charla sobre su propia profesión y agarrada al cigarrillo mientras callejeaba nos iba narrando lo extremadamente nerviosa que estaba.

— No sé ni tan siquiera cómo empezar. De hecho, bueno, creo que tengo un truco, que no es propiamente un truco como tal, pero que a mí me sirve. Siempre digo lo primero que estoy acojonada para romper el hielo. En realidad, no uso esas palabras, ya sabéis, hay que mantener un protocolo, pero sí, les aviso que estoy tan nerviosa que será probable que meta la pata —soltó una risa que siempre parecía acompañarla. Su forma de decir las cosas parecía graciosa hasta en los momentos en que peor estaba.

En realidad, no. La había visto muy despistada en sus momentos más duros, no obstante, ella intenta reírse de sí misma para poder sobrellevar los momentos de inseguridades, de nerviosismos y dando tantas caladas como le fuera posible a su cigarro, buscando controlar la ansiedad de la situación.

— ¿Cómo tenéis pensado presentaros?

Gavrilovich dijo una presentación de esas que siempre me recordaban a las del principio de los cursos: Yo soy tal, tengo tal, vivo en tal… Parecíamos robot diciendo siempre la misma cantinela. Por mi parte, ni tan siquiera sabía cómo presentarme. Había desechado por completo la idea de mantener la que se suponía que era mi profesión. Había querido ayudar al mundo, pero había aprendido a que ni tan siquiera había terminado de construir los cimientos como para tener una vida que me satisficiese, sentirme lo suficientemente bien como para no ir arrastrando el dolor intenso que se deslizaba en mi interior en ocasiones y mucho menos esa sensación de vacío descontrolado que quería hacerme gritar.

Tenía treinta y cuatro años, había visto a la muerte a los ojos y nunca podría volver a ser la niña que siempre me recordaba mi madre que era. Me habían matado por dentro, regresando a ese momento de introspección, de hermetismo emocional, de sin sentido. Tanto como para ahora sentir unos nervios que únicamente se debían al vídeo que había hecho. No me permitía pensar tan siquiera en decir ni media palabra. ¿Cómo iba a hacerlo? Mi palabra no tenía valor. ¿Cómo podía dar consejos a futuras generaciones o intentar que el mundo cambiase si ni yo misma acepta mis propios cambios, mi propia forma de ser?

Apoyé le cabeza en el respaldo. Sentí el dolor atenazando poco a poco mi estómago, así que me centré en la música que había de fondo. Michael Jackson calmaba a las fieras, esa fiera que volvía a querer domar mis resistencias, saltarse la seguridad de mi autocontrol y le debía a Cecille no hacer un numerito. Me concentré en cantar para mí las canciones que me sabía de la radio que tenía puesta y nada más. A ratos intentaba hablar, buscaba ser una más en el pequeño grupo formado aunque no tuviese muchas ganas de estar allí. Aceptaba hablar, cuando no pensaba decir palabra alguna.

San Petersburgo nos había regalado un día más o menos apacible a pesar de hacer algo de frío. Las conversaciones podían ser más animadas de no tratarse de mí y de mi insípida forma de volver insostenibles todos los momentos. No debí aceptar ir y aún así, había aceptado que Cecille me llamase deprisa y corriendo cinco minutos antes de salir y me dijese que tenía que bajarme a la calle para irme con ella en ese tiempo exactamente. Había aceptado la orden sin pensarla cuando ya había creído que no tendría que enfrentarme a ninguna conferencia.

Pronto encontramos aparcamiento. Salimos del vehículo y nos hicimos una foto a pesar del horror que suponía para mí salir en una fotografía. Un selfie condenado, una moda que iba provocando que siguiese siendo de la escasa minoría que no le gustaba hacerse fotos y menos aún vanagloriarse buscando los likes en instagram. Caso error, porque yo también era una pequeña esclava de la tecnología. Yo también quería ser popular, yo también quería ser reconocida, yo… era una envidiosa en potencia.

Recibí un mensaje de mi padre pidiendo que les llamase y lo hice para indicarles que ya estaba allí. Estos últimos seis meses les había tenido muy preocupados dado que había vuelto a mi rutina previa. No salir de casa, comer hasta reventar y… tantas cosas más que parecían todos los pecados capitales prácticamente, sobre todo la pereza. El problema era lo apática que estaba.

Derek había tenido que ir a arreglar unos asuntos a Los Ángeles, pero me había asegurado que cuando regresase de la charla en la universidad, estaría ahí para escucharme. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de nadie, de esas personas que habían asegurado ser parte de mi vida y quería que siguiese siendo así, al menos, por el momento. No podía soportar los siguientes pasos que darían nuestras relaciones: volvería arrastrándome para recibir patadas y golpes porque creía que eso era lo único que merecía y, por otro lado, tenía a Derek quien me trataba igual que si fuese a romperme, quien me comprendía alentaba y escuchaba, quien a pesar de mi carácter de mil demonios y del suyo propio, seguía al pie del cañón.

Recordaba cómo en una ocasión habíamos discutido tan fuerte que le había echado de la casa a pesar de la lluvia. Él se había quedado en la calle, empapándose, hasta que cinco minutos después le había llamado pidiéndole perdón y había vuelto a mí en un abrir y cerrar de ojos. Tenía miedo por estar tratándole tan mal como me habían tratado a mí, pero no sabía llevar una relación de amistad ni de ninguna clase.

— Deberíamos entrar ya…

Regresé de mi ensimismamiento y entré en el edificio que sí, olía a universidad y traía un gran pesar a mi pecho.

2018 / Sep / 09

Douglas me tapó la boca y tiró de mí hasta alejarme lo posible de todos. Había un pequeño problema en su estúpido y patético plan. ¡Estábamos en una azotea! Así que por mucho que quisiese no podíamos alejarnos del resto de las personas de la fiesta. Que hubiese invitado a menos gente.

Apretó mi cuerpo contra la pared que cubría el pasillo y el lugar donde estaba el ascensor. Me miró a través de los huecos de la capucha. El disfraz estaba increíblemente logrado, sus ojos grises me perforaban igual que si quisiesen arrebatarme el alma. Me sentía temerosa como en ese momento en que me retuvo contra la pared en Londres. Si hubiese podido, si fuese alguien diferente… Entonces me fijé que mi traje no dejaba de ser una imitación casi perfecta y aproveché las garras para intentar arañar su cara, pero tan solo me llevé la tela. Era aún peor ver su rostro descompuesto por la ira, sintiéndose ganador. ¿Qué pasaba por su cabeza?

— No sabes el tiempo que llevo esperando este momento…

Fallos electrónicos comenzaron a provocar los gritos de todos los presentes. La gente se estaba asustando por lo que pudiese pasar y yo misma estaba en mi propio infierno. Casi me pareció escuchar mi propio nombre entre los gritos. ¿Alguien me estaba buscando? ¿Quién?

Se quitó los guantes con aquellas agujas para inyectar la toxina del miedo y me miró completamente ido. Douglas tenía un objetivo y se acercaba tanto que lo único que podía oler era a él, por todas partes.

— Sé mía…

— Ni muerta —fui capaz de pronunciar con mis ojos llenos de lágrimas porque no sabía cómo quitarme a ese hombre encima. De hecho, ni tan siquiera me parecía posible que estuviese manteniendo el control en mi vejiga.

— Eso tiene solución…

Sus manos se deslizaron alrededor de mi cuello y empezó a apretar con fuerza, con muchísima fuerza. Ya estaba, había dicho las palabras exactas, había pronunciado todo lo que él quería, le había dado alas para que me matase. Derek y yo nos habíamos confundido. Heinrich tenía razón. Douglas tenía el objetivo claro de matarme.

Fui consciente de todos los pequeños pasos que se daban en segundos. Todos los cambios por los que pasaba la forma de pensar de alguien al borde de la muerte, pero sobre todo cómo el miedo hacía su principal avance, se volvía parte fundamental y la única súplica: “no quiero morir, no quiero morir” igual que un mantra.

— Suéltala —una voz sonó con fuerza detrás de una máscara.

V de Vendetta estaba allí, apuntando a la sien de Douglas con un arma que seguramente sería falso, pero que esperaba pudiese engañar al asesino que tenía justo delante de mí, estrangulándome, quitándome el aire de los pulmones casi igual que si me lo estuviese absorbiendo, chupando mi fuerza vital.

— ¡Te he dicho que la sueltes! —el grito fue más potente que antes, pero Douglas no cesó en su intento de llevarse mi vida por delante.

Entonces, cuando creí que iba a terminar muriendo bajo la fuerza de las manos de Douglas, un disparo hizo volar la tapa de sus sesos. Pude ver a la perfección la sangre saliendo por un lado de su cabeza. Algunas gotas pringaron mi rostro mientras la expresión del rostro poseedor de esos ojos grises se quedaba estática, con una forma rara. Sus manos dejaron de apretar mi cuello y tomé sus muñecas para apartarlas en el instante que su cuerpo caía sin vida al suelo dándose un intenso golpe.

Sonaba todo completamente embotado. Me sentía mal, muy mal. No tenía casi aire en los pulmones y respiraba con dificultad. Me dolía la garganta mientras había un montón de gritos porque se habían dado cuenta de lo que estaba pasando, de la realidad. Un disparo, sangre, gritos, un muerto… Parecía igual que sacado de una película de terror. No tardé tampoco mucho en volver a caer yo misma al suelo mientras algunos de los miembros de la fiesta se habían terminado girando para observar toda la situación en un corrillo insoportable. No entendía el morbo de la situación. Yo a duras penas si podía dirigirle la mirada aún habiendo visto el momento de su muerte.

Lo que pasó después fue demasiado rápido. Todos se fueron, la policía llegó, ambulancias también. Terminé en el hospital y debido a una crisis nerviosa que me había dado en la ambulancia, me sedaron hasta que quedé completamente dormida. Ni sé las horas que pasaron, pero en mi memoria tenía la imagen fija de Douglas muriendo. Estaba sumergida en un bucle. Se repetía una y otra vez. Ese rostro, esa sensación de angustia, ese dolor intenso…

Me desperté adolorida. Era de día, o al menos, eso creía dado que entraba aún el sol por la ventana. Llevé mi mano a mi rostro dándome cuenta que no tenía maquillaje alguno ni tampoco la máscara. Me habrían quitado todo porque no era forma de que estuviese en un hospital.

La habitación estaba vacía hasta que la puerta se abrió. Derek entró con un café en su mano y al verme despierta se acercó tan rápidamente como pudo depositando un beso en mi frente.

— Hola… ¿qué tal estás, Kyra?

Intenté hablar, pero no pude porque no me respondieron las cuerdas vocales.

— No, no hables… han dicho que es normal que tengas la garganta inflamada y que te cueste volver a hablar.

Asentí ligeramente para hacerle entender que lo había comprendido antes de sentir un beso en mi sien que me había dado Derek, el único que había estado allí, nadie más se había quedado. Quise preguntar, pero no lo hice. Me dolía que mi propia familia no estuviese allí y comencé a llorar de nuevo, alterándome cada vez más, sin poder controlar el grado de ansiedad que iba subiendo en mi interior. Me sentía que no valía nada para nadie, por eso no estaban allí.

Derek llamó a la enfermera y me pusieron otro calmante que volvió a sedarme hasta que me perdí en un nuevo sueño, uno, en el que por suerte, Douglas no estaba acechándome.

2018 / Sep / 09

Heinrich apoyó sus dedos en la peluca y después le miré soltando una pequeña risa. Sabía que pensaba que me lo había cortado, pero era una peluca de pelo natural que me había venido con el disfraz. No obstante, ese corte me gustaba, puede que en algún momento de mi vida tuviese la fortaleza para usar la tijera y quitarme los kilos de pelo que siempre habían venido conmigo salvo en los instantes en los que había intentado algún cambio radical.

— Te queda bien el disfraz —comentó antes de dejar un beso en mi sien.

Observé cómo Batman me dirigía una mirada desde donde estaba y negué ligeramente. ¿Debía intentar acercarme para ver qué quería decirme en realidad? Puede que él solamente quisiese ayudarme, algo que me sorprendería muchísimo, aunque ¿quién decía que una parte de él no podía ser diferente? Parecía arrepentido de verdad, pero también me había creído su actuación en los momentos de horror en los que decía estar sufriendo el acoso de Tatiana cuando en realidad eran amigos o, al menos, compinches de Douglas para ir a por mí. Tenían el mismo objetivo, desestabilizarme.

— ¿Crees que debería intentar hablar con Gerault? Antes me agarró para decirme que…

— Creo que sería mejor que no lo hiciese —me giré poco a poco al escuchar la voz de Verdoux que no sabía de qué iba vestido—. No puede fiarse de nadie, lo sabe. Ni tan siquiera sé qué hace aquí pegada a él…

Hubiese actuado con alegría en otro momento, pero en ese mismo instante fue la rabia la que tomó el control.

— ¿Qué sabrá usted a quién puedo o no puedo acercarme? Quizá, las alimañas se conocen entre ellas con solo mirarse —musité con la mandíbula apretada antes de alejarme de allí, perdiéndome entre la gente.

Increíblemente enfadada conmigo misma porque mi corazón había dado un vuelco al escuchar su voz, al sentir su aroma golpeando mis fosas nasales, pero no pensaba tolerar ni una sola vez más sus malos tratos, sus cambios de humor o los míos cuando estaba en su presencia.

Un trueno sonó rompiendo la calma en mitad de la fiesta. Di un respingo mirando hacia el cielo, pero no había ni una sola nube. Otro trueno sonó tan fuerte que casi me provocó un infarto y me apreté contra la figura que tenía al lado, alguien que no sabía quién era.

Debía buscar a mi familia para decirles que se fuesen de allí cuanto antes, pero no lograba encontrarles aunque imaginaba que ninguno se hubiese disfrazado. No les gustaba a ninguno de ellos. Mi madre siempre había sido contraria a que nos disfrazásemos en Carnaval, aunque para ser exactos, no nos lo había prohibido, solamente no lo había fomentado ni nos había llevado a las fiestas de Carnaval dado que si queríamos ir tenía que ser con mi padre. ¿Qué ocurre cuando uno tiene mamitis aguditis? Que deja de ir a la fiesta con papá porque le da miedo no ir a los sitios con su madre.

No me había percatado de la iluminación especial, de la parafernalia para escuchar todo de maravilla ni tampoco me había dado cuenta de la inmensa pantalla plana que había para poner algún vídeo o algo. Tenía el horizonte allí, justo ese trozo que tapaba la pantalla proyectándose como si fuese parte misma de la noche. Era sorprendente lo que se podía hacer con la imagen a esas alturas, parecía realmente tan real como la visión que quitaba el hipo del perfil de la ciudad oscurecido.

Las luces de la fiesta se fueron poco a poco atenuando mientras empezaba una cuenta atrás en la pantalla sin perder ese fondo maravilloso de la ciudad. Ni tan siquiera iban a permitirme aclimatarme a estar rodeada de gente, Douglas no podía esperar más sin salir y sin tener el control de la situación. ¿Por qué? ¿Por qué iba a perder tiempo preguntándome los porqués?

Me abrí paso entre la gente que bailaba o se preguntaba qué podría empezar en ese momento. Tuve que pasar al lado de Hiedra quien se rió en mi cara antes de que frunciese mi ceño dispuesta a volver y darle un puñetazo para que tuviese un cardenal de verdad en esa cara de rata que tan solo le había empeorado con el paso del tiempo. Seguí mi camino porque me parecía bastante más importante avisar a mis familiares, pero gracias al maravilloso miedo que tenía mi madre a las tormentas todos se estaban yendo de ahí poco a poco, eran un pequeño grupo de personas sin traje transitando. Casi podía tocar el brazo de uno de ellos, de quien fuese el último, pero una mano atrapó mi cintura, algo parecido a agujas o cuchillas se deslizaron por mis garganta y no necesité girarme para saber que se trataba de Douglas.

— ¿Me has echado de menos? —su voz sonaba distorsionada igual que la del videojuego del murciélago en que… ¿cómo no? El espantapájaros, la definición del miedo en ese universo, el que controlaba a todo y todos por las drogas, la toxina del miedo más específicamente.

— Veo que tú sí… —su erección era bastante notoria y se apretaba contra mi trasero.

Había pocas cosas más asquerosas en la vida que pudiese hacer un hombre sin planearlo que empalmarse contra el cuerpo de una mujer que no tenía ningún tipo de atracción sexual en él. Me sentía sucia, más aún cuando no podía sentir su respiración por muy deprisa que lo hiciese dado que el saco que llevaba en la cabeza impedía que ese aire rozase mi piel.

— Ni te imaginas cuanto —susurró deslizando su mano despacio bajando por mi cuerpo. Sus dedos habían entrado en el límite, allí donde no podía tocar nadie. Bueno, en realidad, nadie debía tocar lo que yo no quería—. Y sé que tú también a mí…

A pesar del papel que me había dicho que tenía que tener, una mujer fuerte defendiéndose, golpeando, pegando, él había logrado paralizarme por completo. Agarré su mano y le obligué a no seguir bajando por instinto natural hasta que el vídeo comenzó a reproducirse.

— No te pierdas nada de todo esto…

Mi figura apareció en mitad de la pantalla. Era una joven de dieciséis años, con el cabello moreno, acurrucada en alguna parte, algo que parecía una carretera. Lloraba, chillaba y maldecía en ruso, algo que la mayoría de todos los presentes no podrían entender salvo mis familiares. ¿Iban a poner eso? ¿Alguien me había grabado en ese momento de mi vida?

Tapé mi boca con mi mano dispuesta a llorar igual que la imagen de mí misma que estaba viendo, con muchos más kilos, ida, perdida…

Entonces, algo impactó con la pantalla. Algo que la rompió en varios pedazos y terminó perdiendo la imagen que se había dividido en fragmentos.

— ¿Pero qué cojones? —la voz de Douglas me sacó de mi duda. Esto no era lo que tenía que pasar.

2018 / Sep / 09

La azotea de un edificio altísimo. ¿Qué lugar mejor para asegurarse que nadie se escapase? Había entrado dentro del ascensor y ya podía imaginarme a mis hermanos obligándose a no mirar a ninguna parte que les recordase los metros que había entre ellos y el suelo. Yo misma también tendría que obligarme a no pensar en la distancia. En la vida había tenido miedo a las alturas, y por alguna razón, después de la manera en la que mi hermano hablaba sobre ello, había empezado a padecer ese miedo también, una sensación extraña en el estómago, de estar en peligro y la forma en que el esfínter pedía dejar escapar lo que hubiese logrado almacenar durante ese tiempo sin haberse dado cuenta.

Miré el numerito en rojo que indicaba los números a los que iba ascendiendo, hasta que finalmente, se abrieron las puertas. La música llegó a mis oídos y pude ver un pequeño pasillo en cuanto a recorrido, que llevaba hasta una puerta de cristal por la que se podía ver a la perfección a algunas personas disfrazadas bailando al ritmo de la música, con bebidas en la mano y algún tentempié en la otra.

Las puertas se abrieron gracias al sensor que tenían y salí al exterior comprobando que todo el mundo parecía estar pasándoselo bien. Algunos me miraban, podía comprenderlo, pero la mayoría no sabíamos quién era el otro debido a los antifaces por lo que aquello me hacía más difícil no salirme de mi personaje. Mis ojos buscaban en todos algún rango distintivo que indicase quién era cada uno, pero no tenía éxito alguno. Podía estar viendo al mismo Douglas delante de mí que no le reconocería gracias a pelucas y otros enseres que hacía más complicada la deducción.

Un camarero se acercó a mí poniéndome una copa con un líquido naranja delante de mí y antes de que pudiese decir nada para negarme a cogerla, él pronunció las palabras que le tocaban.

— Tómela. Es un refresco especial sin burbujas para usted, Catwoman. Nos han pedido que la atendamos mejor que a cualquiera de los invitados.

El joven no llevaba ningún tipo de antifaz. Parecía nervioso, incluso, así que tras coger aire me recordé que para él era Catwoman aunque no fuese realmente ella.

— Gracias —tomé la copa entre mis dedos que ya había deslizado dentro de los guantes con garras y le dediqué una amplia sonrisa—. Siempre es bueno saber que te aprecian allá donde vas.

— Feliz cumpleaños. Está usted guapísima —me devolvió la sonrisa y regresó allá donde le estuviesen esperando.

Olisqueé la copa esperando descubrir algún olor peculiar, diferente al que solían tener, pero me agradó saber que no era así. Por una vez no iban a drogarme sin mi permiso, o eso esperaba. Di un sorbo al líquido que estaba realmente fresco, perfecto para disfrutarlo. Mis ojos mientras tanto intentaban encontrar a todas las personas que debían estar allí. No sabía sus disfraces. Sabía que algunos específicos habían sido vetados, así que imaginaba que serían Douglas  y su séquito.

Vi a Heinrich a lo lejos. Estaba disfrazado de Steve Trevor. No tenía ningún antifaz por lo que fue mucho más sencillo conocerle. Seguramente lo había hecho por deferencia a mí. No hacía mucho había hablado de lo nerviosa que me ponía la idea de no reconocer a nadie a simple vista. Adoraba a Heinrich por lo que había hecho. ¿Por qué no podían haberse pasado todos el asunto del antifaz por ahí mismo? Sabía que Derek haría lo propio, pero desconocía de qué podía ir. Intenté imaginármele de alguna manera en especial, pero no se me ocurría nada salvo que cambiase radicalmente su forma de vestir y se metiese en un traje y… ¿eso tendría algo de disfraz? En él sí, seguro, quedaría impropio, increíblemente impropio.

— Catwoman… —una voz grave pronunció el nombre de mi personaje y le miré de reojo antes de comprobar que se trataba de Batman. ¡Mierda! Era prácticamente igual que el hombre enmascarado de los cómics. No había barba, si acaso un poco estaba empezando a salir, facciones duras, músculos que no parecían estar llenos de gomaespuma… Tenía dos claras opciones en mi cabeza, o Gerault o Douglas y Gerault estaba bastante más hinchado.

— Vaya… si tengo ante mí al señor Orejitas puntiagudas. ¿Se puede saber qué haces en una fiesta? Que yo sepa, Batman es de todo menos amante de las fiestas —una sonrisa suficiente apareció en mis labios antes de comprobar de qué color tenía los ojos. ¡Mierda! Eran azules como los del cómic lo que podía ser el color real o también unas maravillosas lentillas que se podían permitir cualquiera de los dos.

Los ojos de Batman se deslizaron por toda mi anatomía y su careta de caballero oscuro me hacía bastante más complicado saber de quién se trataba. De hecho, en las películas que había protagonizado Christian Bale, no había sido capaz de verle debajo del disfraz por mucho que lo había intentado. Parecía alguien completamente diferente para mí. Tenía pinta de que si viviese en un cómic yo sería la típica que no se daría cuenta que Superman y Clark Kent son el mismo solamente por unas gafas.

— He venido porque sé que estás en peligro —el distorsionador de voz no me había hecho fácil la tarea, antes. Ahora Matt se había quitado todas las caretas posibles gracias a su frase.

— ¿Y cuándo no es fiesta en la ciudad? —comenté con sorna antes de sentir los dedos de Batman rodear la muñeca que tenía libre.

— Por favor, Ky… Cat. No te alejes de mí. Te lo suplico.

Nuestras miradas se encontraron y casi creí que le importaba mínimamente. Tenía que fingir que no sabía la verdad, que no había visto ese vídeo, que desconocía que cualquiera de todos los que habían entrado estrepitosamente a mi vida en Los Ángeles estaban del lado del psicópata dispuesto a arrancarme las tripas delante de todos.

— No te preocupes por mí. Sé cuidarme sola. Aunque temo que al final de la noche tendrás que ser tú quien intente cazarme —le guiñé un ojo y solté el agarre antes de seguir caminando hasta Heinrich quien me recibió con un abrazo—. Gerault es Batman —susurré bajo de forma que solamente él lo escuchase y me dio un pequeño apretón.

— Tranquila, pequeña. Él es el que menos debe preocuparte.

Entonces un pequeño grito provocó las risas de todos y vi que todos parecían haber accedido a la broma de los cómics de DC. Mera, Aquaman, Black Canary, Green Arrow, una Wonder Woman bastante escuálida, Superman y Flash. Intenté saber quién era quién, pero no fue difícil averiguar que Wonder Woman era Ana. No muy lejos de allí, Hiedra estaba intentando seducir a Batman. Tatiana estaba detectada. Aquaman era Smith con una Mera que parecía embobada, pero demasiado joven y la otra pareja no me sonaba de nada hasta que vi que Black Canary era Eileen. Se había maquillado tan bien que había quedado irreconocible, parecía hasta guapa.

Aún me faltaban varias personas importantes, no sabía si vendrían, y descubrir quién era el endemoniado Douglas en medio de tantos disfraces aunque una parte de mí esperaba ver al Joker.

2018 / Sep / 09

25 de Octubre.

El día había llegado. Me había pasado el tiempo lejos de todo el mundo. Había recibido el traje que efectivamente me habían hecho prácticamente a medida y lo máximo que había hecho había sido contestar los mensajes de Derek quien había tenido sus problemas terminando por romper con Eileen quien no se lo había tomado para nada bien. Ambos habíamos quedado en irnos juntos a vivir como compañeros de piso en cuanto esta locura terminase. Él tenía esa esperanza, yo no. Había estado llorando la mayor parte del tiempo precisamente porque sabía que terminaría muriendo delante de todos los presentes.

Sabía que irían mis padres a quienes les habían mandado billetes para que pudiesen estar en la fiesta sin problema. Mis hermanos, mis tías… Douglas se había gastado una fortuna en eso, pero ¿qué podía esperarse de su colofón final si era parecido al Joker? No había absolutamente nada que le detuviese y debía ser yo la que mantuviese la cabeza fría.

Lo único que estaba en mis planes era ir a la fiesta. Nada más. No quería problemas. Y pese a estar yendo a mi propia muerte, sabía que sin luchar conseguiría muy poco.

Me maquillé y por primera vez me sentí igual que si me hubiesen dado dos puñetazos en los ojos. Había seguido un tutorial y había logrado que la sombra negra que tenía pareciese felina, pero no me había puesto tanto maquillaje en la vida, un ahumado o algo así le llaman. Los labios de un intenso rojo y después el antifaz negro felino y con orejas de gato que venía con el traje. Me embutí también en el traje que usaba Catwoman para la acción y maldije los topolinos que iban a juego. Si lo que quería Douglas es que no pudiese escaparme, había escogido los zapatos adecuados.

Me observé en el espejo una última vez intentando contener las ganas de vomitar. Era otra mujer, desde luego y la peluca de pelo corto ayudaba muchísimo a que no se me reconociese fácilmente. Ni yo misma me reconocía, me veía rara y no de una forma que me agradase, pero suponía que cuando me fuesen a meter en el ataúd me quitarían las veinte mil capas de chapa y pintura que llevaba en la cara.

Cerré mis ojos para coger fuerzas y luego, empecé a llenar el escueto bolso de cóctel con lo único mínimamente necesario. Llevaba el pendrive conmigo, por si las moscas y, por supuesto, mi móvil, el que prácticamente ocupaba toda la extensión del minúsculo bolso. Era preciosos, sí, pero nada prácticos. Estaba lleno de lentejuelas con una forma un tanto… peculiar. De ese tipo de figuras que no puedes distinguir cuando tiene el cerebro embotado por lo que va a pasar.

La noche hacía horas que estaba jugando a aparecer y ya lo había hecho en parte tan solo. Había teñido el cielo de tonos más oscuros, pero el sol se resistía a desaparecer del todo o deseaba seguir jugando conmigo hasta que perdiese la paciencia.

Había unos guantes a juego aún en la caja. Las manos me sudaban tanto que sabía que no podría ponérmelos desde ese mismo momento. Además, si tenía cualquier cosa que hacer lo más fácil es que tuviese que quitármelos y ponérmelos dado que la precisión que yo tenía con guantes era mínima.

A la hora en punto, la hora avisada, llamaron a la puerta. Cogí los guantes de la caja, el bolso, las llaves y contesté. Una voz que reconocí enseguida, me dijo que la limusina me estaba esperando. El mayordomo/chófer de Douglas había venido a por mí. Era gracioso que siguiese trabajando para él, pero la moralidad de las personas en cuanto tenían un buen fajo de billetes delante, dejaba mucho que desear.

Respiré tan profundo como me permitió el disfraz y el escote para que no se saliese ninguno de mis pechos. Salí de mi hogar, cerré la puerta y sentí cómo mis piernas temblaban igual que flanes. Me obligué a mantener la calma. Era el momento ahora de interpretar el mayor papel de mi vida y demostrar que no tenía miedo aunque estuviese aterrorizada.

Apreté mis párpados haciéndome daño al cerrar de esa manera los ojos, y después los abrí en cuanto hube dejado que una parte de mí que siempre había mantenido encerrada tomase todo el control de la situación. La inseguridad había sido mi bandera y ahora, la Kyra que no tenía miedo a nada había cogido el toro por los cuernos y se enfrentaría a lo que fuese con la mayor dignidad que encontrase en su repertorio.

Bajé hasta la puerta del portal donde el chófer me esperaba. Le dediqué una mirada prácticamente inexpresiva y cuando me abrió la puerta no le dije gracias, como si estuviese acostumbrada a esos lujos. No podía dejar que el mundo viese lo impresionada que estaba en realidad al ir en un coche semejante. Ahora era Catwoman, mi versión de Catwoman y estaba en una de sus misiones.

Me crucé de piernas mientras miraba por la ventanilla tintada de la limusina. La ciudad se había transformado en otra completamente distinta. Allí no había ni un mínimo sentimiento de afecto por Kyra, era un monstruo que se había quitado la careta. Me observaba igual que yo lo hacía, con el mismo desprecio, aceptando que sería la última vez que nos veríamos y que ninguna había terminado apreciando lo suficiente a la otra como para que eso fuese a molestarle o hacerle sentir mal. Fue un adiós silencioso en cada uno de los edificios hasta que escuché un teléfono sonando.

— A su derecha, señorita.

El chófer parecía estar pendiente de mí. ¡A buenas horas, Judas! Tomé el móvil engalardonado con gatitos como el de la antiheroína que interpretaba y descolgué para atender la llamada. No sabía qué debía decir y qué no, pero salió algo diferente a cualquier saludo que hubiese usado en mi vida. Maullé al teléfono.

— Vaya, vaya… parece que te has metido bien en el papel —la voz de Douglas me heló la sangre—. Solamente llamaba para asegurarme que no hubieses dado problemas, preciosa. Te estamos esperando —y colgó tan rápido que no me dio tiempo despegar los labios para decir nada.

Miré el teléfono, volví a dejarlo en su sitio y esperé paciente al final del trayecto. La fiesta iba a empezar.

2018 / Sep / 09

El sobre morado tenía una textura agradable al tacto. Era parecido al terciopelo, pero… en papel. ¿Existía algún tipo de sobre que tuviese una textura similar? No lo sabía. Lo único que tenía en la cabeza en ese momento es que quedaba solamente una semana para la fiesta a bombo y platillo. En mis dedos tenía la respuesta exacta del lugar, la hora, pero no la que más me interesaba a mí. ¿Qué ocurriría allí? ¿Qué tenían planeado para marcar ese momento para el resto de mis días?

Abrí el sobre obviando las recomendaciones de Derek que me pedía que no lo hiciese. Dudaba mucho que hubiese llegado allí para ponerme una bomba o envenenarme. No era algo propio de él. Todo era mucho más personal. Tenía un sello con una letra un tanto extraña que había dejado su huella y el sello era como aquellos de la antigüedad: un pegote de cera que sellaba el sobre en cuanto se enfriase, algo que solían hacer con bastante rapidez.

Saqué del interior del sobre un papel exquisito, en blanco que estaba como cosido o grapado… No, cosido. Había podido ver que en parte de ese elegante dibujo estaban las puntadas semicamufladas de un color prácticamente igual que la tinta de debajo. Rocé las puntadas con mis dedos y después decidí finalmente leer lo que había en la invitación.

Sea cordialmente invitada a la fiesta en honor al trigésimo cuarto cumpleaños de Kyra Annette Mijáilova. En esta ocasión tan especial y aprovechando la cercanía con la fiesta de Halloween haremos una fiesta temática de disfraces. Pueden escoger el que más les guste llevar, sin embargo hay algunos disfraces que estarán vetados para todos los participantes salvo para los miembros especiales. Cada uno recibirá el nombre del traje que debe llevar en un pequeño sobre aparte, de no ser usted uno de ellos limítese a evitar los personajes de esta lista… 

[…]

Acuda el veinticinco de octubre a las siete de la tarde a la siguiente dirección. ¡No se olvide de traer un regalo!

En la parte de abajo también estaba esa letra caligráfica extraña. No sabía qué signo podía ser. No se me ocurría ni tan siquiera un idioma que pudiese tener algo así. Sabía que no estaba sacado del ruso, no era cirílico, eran como dos o tres letras caligráficas del alfabeto latino, pero me costaba adivinar cuáles eran.

Heinrich me quitó la tarjeta de las manos y yo miré el interior del sobre descubriendo que había otro sobre más pequeño. En su interior tenía una tarjeta en la que ponía: Catwoman. Mi traje debía ser el de Catwoman y suponía que estaría en algún lugar, lo habría escogido para mí. Él no dejaba absolutamente nada al azar. Se aseguraría de que llevase lo que él creía que tenía que llevar.

Suspiré pesadamente y escuché el mismo suspiro salir del interior del cuerpo de Derek. Estaba a mi lado, había leído lo mismo que yo y también había depositado un pequeño beso en mi mejilla.

— Seguramente tendré otro en mi casa. Por lo menos te escogió tu personaje favorito, ¿no?

— Sí, al menos tuvo esa deferencia. Moriré en sus brazos vestida de Catwoman.

— O quizá no… Los gatos tienen nueve vidas, ¿verdad?

Sus ojos se centraron en los míos, al otro lado de esos cristales que lamentablemente parecían tapar algo, como si estuviesen evitando que todo lo que él podía mostrar el mundo se explayase, llegase a todos. Era igual que tenerlo todo detrás de las gafas, concentrado y que era un escudo, una protección para el mundo de la grandiosidad que se escondía al otro lado.

Heinrich había empezado a hablar por teléfono para asegurarse si habían dejado algún sobre para él en la recepción del hotel. Imaginaba que seguramente tendrían las mismas pintas, así que era algo que no le podría pasar desapercibido a nadie cuando llegase alguien vestido de morado y con una máscara veneciana tan blanca como la cal.

Ni tan siquiera me había fijado en los detalles del traje. Ese hombre llevaba plumas, o me parecían haber visto plumas. Había sido tan rápido que no había podido quedarme con todo el conjunto sino con pequeños detalles y más aún aquellos que me habían llamado la atención frente a todos los demás. ¿Tenía alguna joya encima? ¿Qué había sido eso brillante que había visto? ¿Sus dientes? ¿El reflejo de las letras plateadas en el sobre?

— Así que no ha sido posible, ¿no?

Me giré al escuchar esa nueva voz. ¿No había cerrado la puerta?

— No ha sido posible dejar el trabajo a medias, ¿no?

Allí estaba. ¿Cómo demonios había podido venir? ¿Por qué no desaparecía de una vez y con soplarla se desvanecía? Era insufrible.

— Venía a traerte el sobre que me han dejado para ti en mi casa. Teóricamente debíamos estar juntos, pero como siempre estás con… esa —dijo señalándome con uno de sus dedos y tiró en mi dirección el sobre aunque seguramente deseaba que fuesen cuchillos.

— ¿Tú lo de llamar a la puerta y esas cosas te lo perdiste, Eileen? —rodé los ojos y fui directamente hacia ella—. Me encantaría verte en mi fiesta, vestida de alguien que no tenga ni puñetera idea de quien eres, puede que solamente en ese momento fuese capaz de dirigirme media palabra. Ahora, si no te importa, me apetece que lo que he cenado se quede en mi estómago antes de echar la papilla encima de ti. ¡Buenas noches! —cerré la puerta de golpe, en sus narices y puse mi frente contra la madera. Apoyé mis manos en ella y por un pequeño momento sentí alivio hasta que escuché su voz al otro lado llamándome de todo menos bonita.

Heinrich, que también la había oído, agarró mi brazo antes de que Derek saliese de mi casa para intentar calmar a su novia, de la forma que fuese o terminaría peleándome con ella de la manera que no hacía desde que era una niña. No estaba para nada orgullosa de eso, pero al tener más cuerpo que mi hermano, bueno… no era difícil ganarle. Un buen manotazo en la espalda y los dedos quedaban perfectamente marcados además de tener su quejido como banda sonora y recompensa. Ganar en una batalla de estilo animal daba un subidón, pero también alejaba a todos aquellos que creían que te estabas volviendo loca y visceral.

— ¿Tienes dónde quedarte, Kyra? Está claro que no puedes estar aquí sola hasta entonces.

La voz de Hamann denotaba su preocupación, no obstante, no era necesaria.

— Créeme. Si algo malo fuese a pasarme estoy segura que Douglas se aseguraría de que al menos, estuviese viva hasta el día de su gran fiesta. Ya ha gastado el dinero, ¿no?

Heinrich me miró sorprendido y yo supe que la ironía o la femme fatale que había en mí sería la única que podría sobrevivir a lo que fuese que él estuviese orquestando. Puede Catwoman fuese el personaje que tuviese que interpretar esa noche.