2018 / Jun / 02

Mi mirada se encontró con unos ojos claros, duros, que parecían carecer de sentimiento alguno salvo la ira. Una ira desmedida hacia mi persona, una ira desproporcionada y sin sentido que, sin embargo, en lugar de provocar mi propio enfado, una respuesta habitual, despertaba a aquella niña sumisa que había besado el suelo de aquellos que habían hecho añicos su vida.

Un perdón quería escapar de mis labios, pero a duras penas si era capaz de articular palabra alguna o de intentar desenganchar mi ropa de aquel reloj. Estaba nerviosa, demasiado. Mis dedos me temblaban y me sentía igual que si estuviesen decidiendo si era digna de seguir viviendo o no.

Finalmente el sonrojo hizo su aparición. Me maldije internamente. Siempre había odiado esa capacidad mía de ser un lienzo clarísimo de mis emociones frente a mi interlocutor.

Fue entonces en que sus dedos decidieron ayudar a los míos para desengancharnos de forma que cada uno pudiese continuar con sus labores. Su piel rozó la mía simplemente por el intento de tomar la iniciativa y aparté la mano tan rápido como pude puesto que jamás nadie antes me había tocado la mano, bueno, mujeres sí, pero jamás me había tocado la mano ningún hombre y eso me ponía extremadamente nerviosa.

Mi rápido rechazo pareció divertirle más que molestarle y mi sonrojo parecía ser un añadido a la situación dado que a pesar de haberme percatado que ya había resuelto el embrollo aún mantenía entre sus largos dedos, cogida en un pellizco, ese trozo de tela de mi ropa.

— Creo que ya está, señorita —dijo tras estar unos segundos observando mi rostro.

— Muchas gracias y perdóneme —comenté afanada en desaparecer del radar de aquellos ojos tan intensos, no obstante, había parecido perder capacidad alguna de mandato sobre mi cuerpo paralizado.

— No es de aquí, ¿verdad? —preguntó rápidamente aquel hombre colocándose el gemelo de la chaqueta de su traje y por lo bien vestido que estaba tenía toda la pinta de ser más profesor que alumno dentro de aquel campus.

— No, he venido a una charla de Psicología que impartirá la doctora… —intenté recordar su apellido, pero estaba tan nerviosa que como instinto me puse a pensar mordiéndome el labio y desviando deliberadamente la mirada de mi interlocutor para así no terminar con una taquicardia.

Entonces, sin decir nada más, asintió y se marchó negándose a despedirse como una persona educada. Alcé una de mis cejas como respuesta ante aquel gesto tan extraordinariamente maleducado y rumié entre dientes un improperio en mi ruso natal para que no me entendiese si es que llegaba a oírme.

Me giré sobre mis talones intentando calmar el mal humor y las ganas de gritarle algo que sí fuese capaz de entender. Fui buscando algún lugar donde poder intentar orientarme o algún tipo de letrero que me indicase dónde estaba la facultad de Psicología en todo ese campus inmenso.

Podía sentir aún la mirada intensa de aquel hombre que me provocó un nuevo estremecimiento de pies a cabeza, pero era igual que un escalofrío, nada bueno. No obstante, ese escalofrío había logrado bajar la temperatura de mis mejillas que hasta ese momento habían parecido dos antorchas poderosas elevando mi irracionalidad como la espuma.

Finalmente dí con el letrero que llevaba buscando tantísimo tiempo. Estaba escrito en inglés, sí, pero por suerte sabía manejarme en inglés y conocía a la perfección cómo se escribía mi profesión y muchas de las palabras de la familia de esta.

Decidí entrar para de esa forma poder refrescarme comprándome una botella de agua puesto que, como siempre que me ponía nerviosa, mi boca estaba completamente seca. Pregunté a un grupo de chicas dónde estaba la cafetería y me indicaron hacia donde tenía que ir aunque me sentí observada de un modo extraño, algo que se tiene que sentir cuando uno es nuevo en algún lugar y todos se conocen. No me gustaba para nada tener toda la atención de los demás si no era esa mi intención poniéndome ropa fuera de lo común o un color de cabello imposible. Como acto reflejo, mantuve la mirada gacha la mayor parte del tiempo.

Botella de agua en mano, bebí un buen trago antes de dirigirme hacia la sala donde se daría la conferencia. Por lo que parecía se podía entrar antes, como en el cine, simplemente había que esperar a que todo tuviese lugar. Aún ni tan siquiera estaba la ponente, pero lo prefería así. Nadie me miraba, nadie me atendía, estaba solamente yo en una sala en la que estaría sentada en un punto estratégico para evitar que nadie dirigiese su mirada hacia mi persona. ¡Diantres! Parecía mentira que fuese psicóloga. Yo misma tenía que saber cómo enfrentarme a ese tipo de situaciones, pero los grupos grandes jamás fueron mi fuerte, así que mis tendencias huidizas aparecían tan rápidamente como el acto reflejo de quitar la mano cuando algo quema.

Abrí mi bolso. Saqué mi libreta, mi bolígrafo y también el libro que estaba leyendo en ese momento. Había vuelto a los clásicos de la literatura y entre mis dedos el ejemplar que guardaba desde mi adolescencia de “Orgullo y prejuicio” estaba ligeramente desgastado por no haber podido parar de leerlo durante tantos y tantos momentos de mi vida. Si me paraba a pensar podía recordar cada uno de mis diálogos favoritos, la manera en la que Elizabeth poco a poco se da cuenta de su amor por Darcy quien lamentablemente tiene que darle miles de explicaciones a actos que en primera instancia parecían malvados y que no era otra cosa que no fuese su estilo de vida. Pero siendo realista, yo también había odiado y amado tantas veces a Darcy como veces había leído esa novela. Sin embargo, el romanticismo era más que evidente que se ganaba a pulso mi corazón soñador.

— Evidentemente tenía que ser Elizabeth Bennet —dijo una voz grave a escasa distancia de mí.

Di un pequeño salto por el susto pues me creía sola y su sigilo no había ayudado ni lo más mínimo. Cerrando el libro con vergüenza y con mi corazón a punto de salirse por mi boca por la sorpresa, mis ojos terminaron por encontrarse con aquellos ojos azules, fríos e intensos de antes. ¿Qué diablos hacía ese hombre aquí si se había marchado en la dirección opuesta?

2018 / Jun / 02

2000

El frío era insoportable. No podía pensar en otra cosa que no fuese refugiarme en alguna parte. Por suerte, mis padres se habían acordado de llevarme ropa de abrigo a pesar de que estuviese encerrada en este lugar de mala muerte. Teóricamente los hospitales deberían ser sitios en los que no se padeciese. Una mentira como un templo. El hospital era lo peor que podía ocurrirle a una persona. No había amor, no había cariño, no había nada más que trato de superioridad porque no dejas de ser el enfermo y ellos quienes te cuidan.

No podía quedarme allí eternamente y, sin embargo, a cada día que pasaba me daba más y más la sensación de estar cavando mi propia tumba dijese lo que dijese. En alguna ocasión mi mal carácter había salido a flote y me habían quitado de en medio como si fuese un animal salvaje cuando había sido la otra persona quien había logrado que yo me alterase.

Esas veces siempre pensaba que si discutía, que si regañaba con las enfermeras terminaría en la habitación acolchada o atada de muñecas y tobillos. Prefería evitarlo a toda costa. Cualquier resto escaso de dignidad que me quedase ya había desaparecido seguramente. Tenía dos opciones, vivir o terminar aún más mutilada de lo que ya estaba aunque no me hubiesen tocado un solo pelo.

Esa noche no había sido yo quien me había puesto agresiva ni quien había saltado a la mínima. Mi compañera de cuarto había tenido la mala suerte de alterarse tanto que se la habían llevado y ni quería plantearme qué era lo que podían estar haciéndole en ese mismo instante. Ojos que no ven, corazón que no siente, o eso dicen.

Sin embargo, la hora del refrigerio ya había llegado. Me estaba terminando de tomar mi leche caliente y finalmente iría a la habitación que tendría vacía, sola para mí, porque esa compañera pasaría el tiempo en algún otro lugar.

Arrastré los pies hasta la habitación sin deseo alguno de que me estuviesen vigilando por la dichosa cámara mientras dormía. Y fue entonces cuando al abrir la puerta vi algo que me haría pensar que estaba alucinando.

En la cama de mi compañera estaba ella, atada de pies y manos, con varios médicos a su alrededor después de haberla drogado lo suficiente como para que pudiese estar tranquila. Mi respiración se aceleró y por mucho que los médicos me dijesen que no pasaba nada y que estuviese tranquila, aquello me pareció lo más escalofriante que podía haber visto nunca.

2018 / Abr / 21

¿Acudiría a esa cita? Quizá por mi estúpida curiosidad sí que lo haría. Me maldije a mí misma. No quería estar allí, no quería verle, no quería hablarle, no quería oír ni que sabía respirar ni que había conseguido mantener una vida tras dejarme a mí en la más absoluta soledad. ¿Por qué iba a merecerse un segundo de mi tiempo cuando tras concederle tantos me había regalado la despedida más fría de la historia? Ya podía buscarme debajo de las piedras que no iba a dar conmigo, no iba a permitir que me fastidiase las vacaciones, aunque prácticamente ya lo había hecho, pero… todo eso tenía solución, ¿no? ¡Sí, claro que sí!

Reconocí ante mí misma, como si estuviese ante un tribunal, que había querido vivir ese momento, sí, pero al menos unos seis atrás, no ahora, no cuando quería seguir hacia delante, cuando había encontrado mi propia fortaleza para volar sola sin necesidad de agarrarme a otro pájaro para que éste volase por mí.

Ni tan siquiera me había dado cuenta que había pagado y había salido de la cafetería como alma que lleva el diablo. Es más, no sabía dónde estaba en ese momento. Sabía que me había subido a un autobús y que ese autobús tenía un destino predeterminado, pero que a mi mente se le escapaba por completo. ¿Por qué me metería en mi mundo sin darme cuenta de lo que pasaba a mi alrededor? Ese era uno de mis problemas, me perdía la vida, toda la vida, porque vivía prácticamente dentro de mi cabeza.

Respiré profundamente intentando darme instrucciones a mí misma. Tenía una alternativa o… o quizá tenía más de las que era mi mente capaz de dilucidar en ese momento de angustia. ¿Lo más fácil? Quedarse en el autobús y esperar reconocer en algún momento alguna calle cercana a la que había visto tantas veces a través de los cristales de mi habitación de hotel. Por otro lado, la más arriesgada y peligrosa para mí. Sí, peligrosa. Saltar del autobús en la próxima parada y descubrir dónde demonios estaba dado que la patata que tenía de teléfono móvil lo más probable es que jamás me diese las indicaciones por GPS. Seguro que era capaz de decirme que estaba encima de la pirámide de cristal del Louvre y… ¡estaba en Nueva York!

Hice lo único que podía hacer que no le diese la sensación al resto de los viandantes que acababa de escaparme de alguna especie de jaula. Tenía que templar los ánimos, respirar profundamente y caminar hasta que supiese dónde diablos estaba de esa monstruosa ciudad. Había tenido una puntería perfecta. Si aquí me perdía no me encontrarían ni de broma. Pero esos pensamientos negativos tampoco iban a lograr que saliese antes del apuro.

Una vez que hube bajado del autobús, me encontré frente a un lugar impresionante. Ni mucho menos hubiese pensado en la posibilidad de terminar en el campus de la Universidad de Columbia. Sorprendida ante la idea de estar pisando un lugar con figuras y mentes tan ilustres me dejé llevar por mis propios pies. Caminé hasta el primer edificio que encontré. Sabía que no todo el mundo podía pasar, pero aquello no era como el instituto, yo no destacaba entre la mayoría de las personas. Las había de todas las edades aunque principalmente jóvenes.

Fue justo en ese instante que recordé porqué había puesto en mi agenda visitar aquel inmenso lugar. ¡La conferencia! Busqué la hora mirando mi reloj y finalmente me di cuenta que faltaba lo suficiente como para darme una vuelta por el lugar y buscar la facultad de Psicología.

Bien sabía que estabas perdido si no sabías dónde estaba el edificio de tu facultad. Era complicado manejarse en un campus y por suerte debías darles las gracias de que todas las clases fuesen en lugares cercanos, como algunas hubiesen estado a la otra punta, bien sabíamos todos que ni de broma íbamos a acudir a esa clase sin llegar al menos una media hora tarde.

Miré a todos los chicos y chicas que reían y hablaban de sus clases. Unos de ellos comentaban que determinado profesor era un hueso duro de roer y otras, en cambio, decían que no soportaban la forma de hablar de otro de ellos. Tuve que contener una pequeña risa. Era inevitable, de cara a los alumnos, que algún profesor te sacase de las casillas. A fin de cuentas, no dejaba de ser un acto social, una relación en la que el profesor era el ser “superior” y los alumnos quienes debían mantener una serie de comportamientos y normas en las clases. O, al menos, era como se veía. Ni unos eran tan tontos e imposibles de manejar, ni los otros eran tan brillantes, al menos, no siempre. Bien, es cierto, que en la mayoría de universidades parecían rifarse las papeletas a ver quién tenía el doctorado más complicado, pero no dejaban de ser seres humanos que también se equivocaban.

Mis propios años como estudiante hicieron que un estremecimiento me recorriese toda la columna vertebral. Era igual que si algo gélido se estuviese deslizando por mi piel, un hielo que acabasen de sacar del más frío de los congeladores. De esa época no tenía buenos recuerdos. Ni tan siquiera en la infancia más temprana. Aquellos recuerdos y vivencias me habían acompañado durante muchísimos años y hoy en día era igual que seguir echando sal a una herida abierta que sabes que no cicatrizará jamás.

Justo en ese momento sentí que mi vestuario me estaba jugando una mala pasada porque me enganché con algo. Al darme la vuelta me percaté que mi manga estaba ligeramente enredada en la correa del reloj de un hombre y al elevar mi mirada supe que tenía serios problemas.

2018 / Abr / 03

Con mi mirada puesta en la taza que tenía delante me recordé varias de las lecciones más importantes que había aprendido a base de malas experiencias. El no siempre está ahí, pero si no lo intentas es cuando el sí se vuelve imposible. ¿Cómo negarme el placer a mí misma de descubrir que podía hacerlo una vez más? ¿No había venido hasta Nueva York yo sola por un extraño instinto revolucionario? ¿No había sido yo quien había hablado con azafatas, quien entablaba conversaciones con desconocidos a menudo en mi consulta y quien mostraba una sonrisa a todo aquel que me mirase? ¿No era esa yo?  

La Kyra triste, solitaria y desangelada sin esperanza alguna hacía tiempo que había desaparecido. Bien, es cierto, que mi avance era lento, pero seguía hacia delante. La tortuga siendo constante llegó antes a la meta que la libre rápida y holgazana.  

Dado que sentía aún su mirada en mi cogote, me giré en mi silla y le busqué por el lugar. Mis ojos no tardaron demasiado tiempo en encontrarse con él. Le dediqué una agradable y tranquilizadora sonrisa, pero algo en mí deseaba mostrar ese deje de superioridad, ese instinto de nada de lo que hagas o digas podrá herirme ni lo más mínimo. Por lo que pude distinguir en su semblante había captado sin problema alguno aquel atisbo de arrogancia que había conseguido deslizarse en mi sonrisa. Él conocía mis sonrisas, él sabía cuándo sonreía o me reía porque lo sentía. La forma en que mis ojos brillaban cuando era feliz o se achinaban cuando las mejillas por mi risa obligaban a mis párpados a juntarse. Él me había visto en innumerables ocasiones, aunque sabía que era un número fácilmente contable mientras que yo jamás le había visto en movimiento. Había tenido su foto en mi teléfono móvil, había soñado con su aparición en mi vida acompañada de mentiras incontables. Y, por mucho que lo negase, dolía, aún dolía. No porque siguiese enamorada, si es que me había enamorado; lo que verdaderamente dolía era la desilusión de poder tenerlo todo y quedarme sola, sin nada y abandonada a la semana porque todo había terminado para él.  

Por alguna razón incomprensible él decidió levantarse de su silla pidiéndole a su acompañante que le concediese un minuto. Se deslizó hasta la silla situada justo frente a la mía y pude observar en sus ojos oscuros que aún me tenía en su memoria de una forma mucho más fuerte de la que yo hubiese deseado en algún momento. Yo no quería ser un recuerdo doloroso para nadie, bastante lo era para mí misma.  

— Hola… —dijo tan bajo que me costó escucharle.  

— Hola —respondí y le di la mejor sonrisa que pude darle, como si realmente me alegrarse de verle tras todo lo ocurrido.  

— No pensaba encontrarte aquí —comentó, pero en esta ocasión, para evitar que la chica si nos oía pudiese entenderlos, usó nuestro idioma natal.  

— Supongo que el mundo no es demasiado grande para perderme de vista del todo —me encogí de hombros y miré el contenido de mi taza esperando en ese momento que estuviese llena y humeante para echármela por encima o que el contenido quemase mi garganta en el proceso para permitirme sentir algo de dolor.  

— No es eso. Es tan solo que… se me hace extraño. No pensé volver a verte —explicó antes de pasar una de sus manos por su corto cabello atusándolo hacia atrás o intentándolo por lo menos pues era tan rebelde que sus mechones volvían rápidamente a su lugar—. Pero me gustaría poder hablar contigo en otra ocasión. Ahora no puedo, estoy ocupado —señaló la mesa donde la chica se había percatado que estaba conmigo en la contraria.  

— No pedí que vinieses…  

— Por favor, no estés a la defensiva.  

Entonces suspiró, como si realmente estuviese derrotado, como si tener esta escasa conversación conmigo significase un esfuerzo casi titánico para él. Tuve que bajar mi mirada porque las personas abatidas, las personas que pasaban un mal momento siempre me provocaban un instinto protector que no aceptaba regalarle a él.  

— Vuelve con ella. Quizá el destino nos vuelva a juntar en un mismo café o, si es bueno, quizá nos mantenga alejados para siempre —respondí alzando la mirada, algo que no debí hacer porque su expresión provocó un desasosiego en mi pecho.  

Él se sabía culpable. Yo le sabía culpable por muchos fallos que yo hubiese cometido en mi vida. Me aguantó la mirada unos segundos y finalmente sacó su teléfono del bolsillo de su pantalón. Movió sus dedos por la pantalla y acto seguido escuché el inequívoco sonido de aquella patata de teléfono móvil que poseía que me indicaba que tenía un nuevo mensaje.  

Sorprendida, sin poder creer otra cosa que no fuese una casualidad, busqué mi móvil y abrí el mensaje que me había llegado. Ahí estaba, con aquella horrible tipografía que suelen usar los teléfonos móviles en los sms:  

“Esta tarde. A las siete. Ven aquí. Necesito hablar contigo.  

Nikolai”.  

El corazón me dio un vuelco al saber que tras todos estos años aún tenía mi número. Pero no por eso se ablandaría, al contrario, se endureció aún más, dolida porque aun teniendo ese número no había vuelto a recibir mensaje suyo hasta ese mismo momento.  

Se levantó sin despedirse, fue a inclinarse a dejar un beso en mi mejilla, pero el rechazo que descubrió con un mínimo acercamiento le hizo negarse esa posibilidad. Finalmente regresó a la mesa donde la chica aún le esperaba. Por suerte, estaba a mi espalda y no podía ver mi expresión en ese instante. Sentí un gran y profundo dolor entre mis costillas mezclado con cientos de emociones y finalmente llegué a la conclusión que mis fantasmas me habían atrapado para golpear con más fuerza que antes. 

2018 / Abr / 03

No podía evitarlo. Suponía que era parte de la filosofía humana o quizá de mi curiosidad nata, pero sabía que la mayor parte de nosotros nos preguntamos ¿por qué?, ante los sucesos más trágicos de nuestra vida. Yo no iba a ser ninguna excepción a ese hecho. ¿Por qué debería? Por mucho que el ser humano considerase que era un ser deplorable que debía ser marginado frente a todo pronóstico, en mi cabeza seguía teniendo clara una cosa. Por muy anormal que fuese las conductas del hombre también se deslizaban por mis venas. Tenía los mismos instintos primarios y eso podía vislumbrarse sin duda alguna en ese carácter de mil demonios que me caracterizaba. Ese que ahora había decidido aflorar con una fuerza inusitada.  

Allí, sometida a una observación continua, no podía sentirme más como un animal de circo o aquellos pobres nacidos en cautividad en los zoológicos. Sí, es cierto que suele ser la forma de salvar especies, pero reconozcámoslo, cualquier criatura está mucho mejor en su hábitat natural y para mí un hospital psiquiátrico no lo era ni mucho menos.  

Respiré. ¿Qué otra cosa podía hacer? Soporté mis pensamientos, mis instintos de montar un espectáculo para recibir atención y me mantuve allí, imaginando todo lo que hacían los demás e intentando explicarme a mí misma porqué en esta ocasión había terminado completamente aislada, sin contacto alguno, solo con la posibilidad de maltratarme psicológicamente sintiéndome nada más que un pedazo absurdo de la sociedad, un deshecho que ni tan siquiera los médicos sabían cómo o porqué tratar. ¿Les tendría tan desconcertados? ¿Sería un objeto digno de análisis? Esa sensación me resultó horrible. Si yo era una persona normal como otra cualquiera, ¿por qué estaba apartada del resto? ¿Por qué me habían insistido mis médicos tanto con evitar el aislamiento social si finalmente había sido la medida tomada?  

La cabeza me dolía de tanto pensar. Solamente quería respirar aire puro y allí no había forma de salir. Nadie se dejaba ninguna puerta abierta. Nadie se dejaba ninguna ventana con la manilla puesta para poder abrirla y respirar aire puro, aunque fuese el más contaminado de todo el país.  

La falta de libertad, el sentimiento de aislamiento y la ausencia de mi familia provocaban en mi interior tal dolor que ni tan siquiera sabía porqué permanecía allí, sentada dejando que las horas pasasen. Sabía mi castigo. Sabía que pasaría una semana sin poder hacer nada más que estar mano sobre mano antes de que mis padres pudiesen venir a verme y aunque yo misma me hubiese buscado esto, debía reconocer que lo odiaba. ¿Por qué tenía que ser distinta fuese a dónde fuese? ¿Acaso tenía algo que destacaba igual que una luz de neón en mitad de la oscuridad? La ansiedad me consumía, pues lo que no sabían es que no me habían encerrado sola sino acompañada de mi peor enemiga, yo misma.  

¿Este era el tratamiento preciso? ¿Había solución para evitar estos aislamientos? ¿Había posibilidad alguna de entender el conjunto de pensamientos inconexos que me llevaban a realizar acciones que me provocaba un malestar aún mayor pasando por la ligera sensación de placer que llegaba a notar al sentirme superior a base de gritos o buscando la atención de mi propia familia? ¿Era tan difícil entender que estaba gritando más allá que simples palabrotas? ¿Era tan complicado leer entre los insultos que necesitaba ayuda? Seguramente sí, puesto que ni yo misma había sido capaz de darme cuenta y aún me lo negaba con todas mis fuerzas. ¿Cómo podía ser tan débil como para pedir un abrazo, un beso o una aprobación? Nada tendría solución con eso puesto que cuando terminase volvería a sentirme igual de mal, igual de aislada, igual de sola y por eso recurría a mi única baza en la vida: dejar de crecer. 

2018 / Mar / 09

Reflexionar sobre uno mismo no es algo sencillo. Permitirse aceptar sus fallos, comprender que nada es sencillo. Aceptar la vida como penitencia y comprender que ésta no tiene porqué ser una tortura china. Sonreírle a la vida por muy difícil que sea… Palabras que en los momentos de desasosiego se van tan fácilmente como el agua entre los dedos.

Conocerse a sí mismo es duro. Mirar su interior y aprender a ver los propios problemas sin echar balones fuera tan solo es apto para valientes. ¿Realmente pensáis que os conocéis? Yo también lo creía y cuando tuve que surfear entre mis propias miserias supe que la travesía no sería nada fácil. Vivir en el pasado es simple aunque tormentoso, pero aceptarlo para avanzar, no es algo que se pueda hacer en dos días.

Sobre mis espaldas más años vividos en la Salud Mental que todos los psicólogos que conocía. Al menos, creía que estaba más familiarizada con todo el ambiente. Puede que la distancia entre profesional y paciente no fuese algo que estuviese en mis manos ejecutar, pero la primera vez que me dieron un abrazo después de haber llorado me quedé extrañada sin saber qué era lo que estaban haciendo. Ocho años contando mis penurias y tan solo cuando ya estaba más fuerte se atrevieron a darme un abrazo.

La taza de chocolate humeante era lo único que tenía sobre la mesa. Podía escuchar las risas y las conversaciones ajenas mientras me maldecía a mí misma por no haber hecho lo que tenía que hacer: haberme quedado en mi hogar y mandar a paseo al mundo hasta que tuviese fuerzas de enfrentarlo. Pero siendo honestos, sabía de sobra que jamás en la vida lograría correr tan deprisa como para que la sociedad no me encontrase en alguna parte de la ancha extensión de la Tierra.

Cuantísimas veces había pensado en huir del mundo y ahí estaba, en medio de la sociedad y más sola que nadie. A veces, uno no tiene que echar a correr y estar en un lugar aislado para sentirse realmente solo. Yo era un claro ejemplo. Jamás había sentido necesidad alguna de afecto, pero ahora parecía estar chillando en medio de una muerte dolorosa para lograr saciar el hambre de afecto que jamás había sido saciada.

El humo del chocolate caliente se veía a la perfección. No es igual que el humo que expulsa un incendio de un bosque, pero la blancura de este era notoria gracias a las mesas de madera oscura, barnizada de forma que pareciese aún más oscura. Me había percatado de los nudos de la madera, pero tan bien pulida que ni tan siquiera ese nudo podía ser un defecto. Hasta las mesas, sillas y cualquier objeto tenía su punto de perfección y pocas personas apreciaban lo extraordinario: los objetos, las historias, las personas…

Yo era extraordinaria, pero no en el buen sentido. Ese extraordinaria era un eufemismo de rara, pero rara de verdad. ¿Qué otra palabra podía definirme cuando nunca he encajado en la sociedad? Cuando mis compañeros odiaban leer yo lo adoraba; cuando todos querían saltar y correr, yo me quedaba en casa; cuando todos buscaban novios y novias yo me limitaba a ver cómo los demás se enamoraban.

Sonó la puerta de la calle y alcé mi mirada de la taza que aún no había tocado temerosa de quemarme las manos puesto que las tenía heladas. En ese momento entraron dos personas, un joven agarrado a otra chica. Parpadeé ligeramente pues me sonaba aquel joven, sin embargo era imposible cuando yo lo había dejado atrás, había dejado muy lejos ese mundo. Moscú estaba a kilómetros de Nueva York y era más que imposible que fuese la persona que había cruzado mi mente por mucho que se pareciese.

Alto, hombros anchos, mirada cautivadora, impecable como siempre me le había imaginado y entonces nuestras miradas se cruzaron por un mísero segundo. Perdió el color. Parecía estar viendo a un fantasma, pero estaba mirando en mi dirección. ¿Era yo ese fantasma? ¿Entonces estaba en lo cierto y era… él?

Desvió su mirada tan rápido como se percató que me había movido ligeramente con la intención de saludarle aunque fuese desde mi posición. Fruncí mi ceño molesta y desencantada. Desde luego, si era él, había perdido todos los modales de antes. Pero, ¿realmente lo era? De ser así el pasado estaba volviendo a pisarme los talones.

2018 / Feb / 02

2000.

La habitación estaba vacía. Era la única que podía ocuparla. ¿Qué podía hacer con eso? ¿Qué podía pedirle a aquellos desconocidos para que estuviesen allí conmigo? ¿Realmente los quería a mi lado? En absoluto. Quería a mi padre y a mi madre. Quería en lo posible estar bien, tranquila. Quería no llorar, quería no sentirme sola. ¿Había servido de algo todo lo que había pasado? Llamar la atención parecía mi kryptonita y aunque pensaba que estaba bien después ocurría todo eso. ¿Era tan difícil entenderme? ¿Era un ser tan extraño? Me prometían ayuda, pero ¿qué ayuda podía recibir estando entre desconocidos con médicos que ni tan siquiera me caían bien? Yo no era parte de esto. Yo no tenía que estar aquí. Yo tenía que irme a mi casa.

Mi familia no había llamado, tampoco había ido y sabía que durante unas horas iban a visitarles. Seguramente ya estaban hartos de mí, tanto que ni tan siquiera se pasaban por aquí. ¿Cómo reprochárselo? ¿Cómo echarles en cara que no fuesen hasta la capital para verme? Me habían visto gratis durante mucho tiempo, sin tener que ir a propósito a ningún lugar y ahora… ahora no era más que una ridícula y estúpida molestia en sus vidas. Era evidente que mantenerme alejada sería lo mejor para todos. Pero, si no encajaba ni en mi familia, ¿tenía mi vida algún sentido?

Tiempo atrás había probado de todo. Me había teñido el pelo, había cambiado mi forma de vestir. No hacía demasiado de eso, unos meses tan solo. Incluso ahora, había llegado a este odioso lugar con un peinado nuevo que me había obligado a hacerme porque de alguna estúpida manera quería ser Catwoman, quería parecerme a Halle Berry, al menos, en su peinado. Pero yo jamás podría ser Catwoman, ni esa, ni la original. La gata de Gotham hacía muchas cosas que yo sería incapaz.

Mis ojos se elevaron recorriendo toda la habitación con la mirada. Empecé a pensar en la posibilidad de escaparme de allí, ¿pero cómo? Si todos los chicos que estaban allí encerrados no lo habían hecho es que la facilidad no era la clave en esa misión precisamente. La única parte buena que encontraba ahora mismo de toda esta situación era que sí o sí, me tenía que duchar todos los días. Nunca está de más la higiene mínima.

Por si fuera poco, hoy mismo me habían puesto una dieta diferente a los demás. Pollos guisados de diferente forma, pescados hervidos, biscotes integrales que sustituían al pan que todos tenían siempre. Y en lugar de bocadillo, una pieza de fruta. Por suerte la fruta que me daban me gustaba, pero ¿cómo no iba a sentirme más bicho raro aún si no hacían más que recordarme que era diferente en todos los aspectos? No había nadie más con dieta y menos dieta que fuese con fibra añadida. El peso, el peso, el peso ha sido mi cruz toda la puñetera vida. Había hecho dietas antes, por supuesto que sí y en una de ellas perdí tanto peso que me quedé como una niña de mi edad “normal”. Todo el mundo me había obligado a mantenerme bajo el estigma del peso y claro que me sentía gorda, ¿cómo no iba a sentírmelo si para cualquier cosa siempre era a mí a la que le cambiaban las dietas o le recordaban que no comiese tanto que estaba engordando?

Cerré mis ojos e intenté respirar lo más hondo posible. Dolía. Dolía como un condenado demonio. Podía escuchar todas esas risas por mi peso, todos los comentarios sobre mí, los insultos usando esa palabra. Gorda, gorda, gorda, por todas partes y no podía evitar tener ganas de llorar. Necesitaba llorar, pero debía ser fuerte. No debía permitir a nadie que me viese llorando y la noche anterior, antes de irme a la cama, había visto las cámaras en los monitores de ordenador de la recepción. No estaba sola, nunca lo estaba. Siempre me estaban vigilando.

Sentada en la silla, entre las dos camas, mirando a un punto incierto, me obligué a mantener las lágrimas dentro de mis cuentas recordándome que allí estaba en peligro, que allí me observaban, que allí también había personas que pudiesen usar mis debilidades para lastimarme. Al fin y al cabo, era un pez fuera del agua.

2018 / Feb / 01

Nueva York. ¿Cómo iba a pensar que en algún momento de mi vida llegaría a esta ciudad? Todo lo que había conocido previamente me hacía pensar que esta ciudad estaba al alcance de mi mano, de una mujer como yo. Ni tan siquiera sabía de dónde había encontrado las fuerzas para llegar a la “Gran Manzana”. ¿Qué locura me había hecho subirme al avión? Todo palidecía ante su magnificencia, pero no porque fuese una ciudad superior a las otras sino porque había tanto de todo. Luces, tráfico, personas… nada paraba, la ciudad jamás dormía y suponía que eso ocurría en las ciudades grandes. Por ese mismo motivo me estaba preguntando a mí misma en ese instante qué demonios me había traído allí si permanecería el tiempo de una semana de estancia en el hotel más barato que encontré dentro de aquellos en los que parecía que no iban a arramplarme la cartera en cuanto pusiese un pie en la recepción.

¿La decoración? Ni tan siquiera me había permitido pensar en ella. ¿Me gustaba? Era… distinta. Mi habitación tampoco era la alegría de la huerta y no es que tuviese muchos más metros, pero al menos no resultaba claustrofóbica. Ésta tampoco, algo que agradecía porque ¿cómo hubiese soportado tres días enteros encerrada allí si no? Me habría vuelto completamente loca en más sentidos de los que ya lo estaba.

Sobre la mesa permanecía mi diario, ese que me estaba obligando a escribir todos los días puesto que debía recordar a mis dedos el arte de la escritura de puño y letra. Mis dedos se habían acostumbrado demasiado al ordenador que, por supuesto, había venido conmigo como compañero de viaje. ¿Qué haría yo sin él? Junto a mi diario tenía mi agenda. Sí, soy extraña, lo sé, pero hay personas que necesitamos una agenda para recordarnos hasta que tenemos que ducharnos. Eso no es tan raro, ¿no? En realidad, sí, pero ¿a quién diantres le importa? Si me ayuda, me ayuda y algunas otras personas podrían tener otra que también les recordase determinadas labores que tienen que hacer a lo largo del día: recoger a los hijos, cepillarse el pelo, ponerse los pantalones a la altura de la cintura sin enseñar los calzoncillos o medio culo… Si yo no me meto con ellos, ¿por qué el universo tendría que meterse conmigo por tener una agenda que me recuerde que no está de más que pase por la ducha por eso de la higiene personal?

La taza de chocolate caliente vacía llevaba sobre mi mesa, al menos, un par de horas. Mi madre había llamado como de costumbre. La diferencia horaria les permitía despertarme todos los días a las siete de la mañana. No les echaba la culpa, ni mucho menos, pero a veces estoy tan ricamente durmiendo que no tengo gana alguna de tener que contarle a mi madre o a mi padre cosas que aún no he hecho. ¿Qué cómo es la estatua de la libertad? Muy bonita y muy grande -quizá la vea en algún momento-. ¿Qué cómo es el Madison Square Garden? Pues muy grande y lleno de gente por todas partes -mentir, no miento del todo-.

Leí las últimas líneas en mi diario. ¿Qué iba a contar que no fuesen las tonterías que recordaba o lo que había visto en la minitelevisión que tenía mi habitación? No había tenido nuevas experiencias. La única distinta había sido el viaje interminable hasta llegar y las tres veces que me perdí en el aeropuerto por seguir a quien no debía pensando que era algún personaje famoso, que si lo era me tenía que haber dado lo mismo porque yo tenía que seguir las flechitas y los iconitos que sirven para todos, sepas leer inglés o no.

Ayer, por la noche, había decidido que hoy saldría de la habitación. Ahora, de día, el miedo llegaba a ser paralizante y ese “mañana” que me había dicho en la cabeza, deseaba que fuese el día siguiente y no hoy, pero ese problema seguiría teniéndolo todos los días.

Tenía el tiempo tasado. No me gustaba salir de noche a ninguna parte, bien porque fuese un miedo mío, bien porque fuese un miedo que mi madre (y todas las noticias sobre violaciones) me habían metido a presión. Fuese como fuese, era mejor que saliese de día, así, al menos podría estar un poco más tranquila.

¿De dónde saqué las fuerzas? Ni lo sé. Patada en el culo y fuera. Un gran consejo de mi anterior psicóloga. Debía reconocer que la echaba de menos, aunque ese período de la vida no tanto. La mierda es mejor dejarla atrás que si no la enterramos y no la llevamos siempre con nosotros termina oliendo y muy mal.

Ducha, lavarse los dientes, peinarse, vestirse, maquillarse… Hecho.

Cogí el bolso que siempre me acompañaba en mis escasos viajes desde hacía años y el móvil por si había llamadas urgentes o yo misma tenía que llamar. Por suerte, esta chatarra de teléfono no la querría nadie, así que no debía preocuparme en ningún momento porque me lo robasen, ¿no?

Resoplé. Dudar era la constante de mi vida.

Patada en el culo y fuera. 

Cogí la llave de la habitación, abrí la puerta y me dispuse a vivir mi propia aventura.