2018 / Jun / 02

El enfado era más que evidente en mi rostro. Ningún desconocido había tenido la osadía, sin preguntarme primero, si quería algún tipo de ayuda de Salud Mental. Tenía el ceño fruncido a pesar de que hacía hasta lo imposible porque se desfrunciese, pero estaba claro que mi cara era un poema para todo el que quisiese leerlo sin necesidad de usar ningún tipo de metáfora ni floritura que impidiese la completa comprensión de mis rasgos.

Dejé la copa sin tocar en una de las bandejas que iban pasando sobre los hombros de los camareros expertos, intentando hacer entender lo poco que me había gustado que me invitasen a una bebida sin preguntarme qué era lo que deseaba, un símil de lo mucho que detestaba la idea de tener que ponerme en tratamiento con una persona desconocida sin haberlo escogido yo misma.

— Así que es la peculiar psicóloga…

Mi ceño se frunció aún más porque “peculiar” podía tener muchas malas connotaciones y yo no conocía a esas personas ni lo más mínimo.

— William me ha comentado que fue una experta por experiencia antes de tomar como trabajo la Psicología —añadió la catedrática antes de que alzase una de mis cejas con sorpresa porque me había confundido de cabo a rabo.

Sabía que ella tenía que conocer a la perfección lo que significaba experto por experiencia, pero el resto no tenían porqué saberlo a menos que sumasen uno más uno. No era demasiado complicado de averiguar.

— Sí. Fue inevitable para mí adentrarme aún más. Necesitaba saber, necesitaba conocer y ayudar de la forma que pudiese. A menudo, solamente tener a alguien que te comprenda es suficiente para hacerte sonreír de nuevo o hacerte pensar que no estás solo del todo —musité encogiéndome de hombros como para restarle importancia, algo que tenía por costumbre en todo lo que yo hacía. Nada me parecía lo suficientemente valioso como para que tuviese cierta relevancia.

— Si le soy sincera, me resulta fascinante que haya tomado esa determinación. No todo el mundo quiere adentrarse más. No todos quieren volver a revivir momentos en los testimonios de los demás, y usted, me resulta sorprendente —comentó con una sonrisa sincera en sus labios antes de provocar que bajase la mirada por el sonrojo.

Reí ligeramente porque aquello me había recordado a algo que me había dicho Cecille, mi tutora, tiempo atrás. Me dijo que era la única persona a la que le había hablado de ser agente de ayuda mutua y se había leído a Freud por demanda propia, sin que nadie le dijese que lo tenía que hacer. También que había sido la única persona que había conocido que por intentar ayudar a su primo autista se había leído un libro del autismo para comprenderle mejor. No obstante, lo más importante no era eso, sino mi capacidad para analizar, no memorizar las cosas como un papagayo sino ser capaz de negar y no aceptar teorías impuestas por otros con un razonamiento propio, que siempre tenía una respuesta argumentada y no una negación propia por tendencia sin ninguna alternativa a lo escrito o leído.

Jamás había aprendido a disfrutar ese tipo de halagos, esas palabras que habían logrado elevar mi ánimo durante unos instantes, siempre les había buscado una segunda intención. Las había tergiversado hasta tal punto que lo único que me importaba realmente era encontrar la forma en la que se estaban riendo de mí cuando intentaban halagarme. Aún tenía esa tendencia. Aún tenía que pararme a pensar y no dejar que esa lectura negativa de la situación pudiese conmigo. Quizá por esos motivos podía entender a mis pacientes. Yo misma tenía que seguir trabajando para seguir adelante.

La conversación había cambiado de rumbo. Comentaban ahora los avances de su hijo. William les comentaba que aún estaba terminando de escribir su siguiente obra y también les dijo sobre mi entusiasmo para leer uno de sus primeros ejemplares.

Todos me hablaron sin hacerme ningún tipo de exclusiva sobre el contenido o final de la obra. Me comentaron sus experiencias y aseguraron que su hijo era uno de los mejores escritores que habían tenido el placer de conocer.

Mordí suavemente mi labio inferior al escuchar esas palabras. Mi deseo había sido siempre llegar a ser una escritora famosa, algo que tenía clarísimo que no conseguiría nunca. El problema estaba en cómo podía tomarme esas palabras. Bien, primero, tenía que analizar que ellos no habían leído nada mío por lo que no me estaban desprestigiando sino alabando a su hijo. Por otro lado, debía evitar esa tendencia absurda a compararme con todo el mundo entrando en una competición que tan solo se crea en mi mente cada maldito segundo.

Respiré profundo y volví a dedicarles a todos una sonrisa mientras hablaban tranquilamente. Pero justo en el momento en que pensaba que lo más probable es que el resto de la velada me aburriese como una ostra salvo que aprendiese a entrar en su conversación familiar, la mano de William se apoyó en mi espalda baja y me atrajo ligeramente a él antes de susurrarme al oído si quería bailar.

Sorprendida por la invitación y nerviosa, acepté con un asentimiento mientras notaba mis mejillas teñirse de un intenso rojo bajo la máscara.

— Si me disculpan… debo sacar a bailar a esta hermosa dama —comentó a sus familiares con una sonrisa antes de llevarme hacia la pista en la que aún esas parejas que parecían completamente sincronizadas seguían realizando ese baile fabuloso.

— No he bailado jamás con nadie, así que temo que terminemos pisándonos los pies el uno al otro —avisé antes de sentir como su mano apretaba mi cuerpo al suyo sin dejar espacio para que el aire pasase o nuestros pulmones pudiesen llenarse del todo.

Miré hacia arriba mientras un golpe de su fragancia llenaba mis fosas nasales logrando que poco a poco existiésemos solamente nosotros. Mis ojos se fijaron en los suyos y acepté que él fuese quien nos guiase por la pista de baile mientras mis pies parecían moverse como si toda la vida hubiesen bailado algo así. Sí, seguramente desde fuera se verían todos mis fallos, pero al menos, en aquella pequeña burbuja, todo parecía ser perfecto.

No obstante, ahí estaba mi mente para recordarme que aquello no era por placer, que aquello no era por deseo o necesidad, William simplemente estaba siendo un buen anfitrión con la persona a la que había decidido pedir que le acompañase, pero no había nada más. Y por ese motivo, poco a poco la burbuja terminó estallando gracias al afilado extremo de mi desconfianza.

2018 / Jun / 02

Me volvió a ofrecer su brazo mientras caminábamos entre aquellas personas dispuestas a dejarse llevar por el sonido de una música sin letra alguna, seguramente algunas de aquellas composiciones serían vals y todos esos bailes elegantes de los que tan solo había oído hablar en las películas basadas en otra época. No tenía ni la menor idea de como se bailaban, no sabía si iba a poder seguir un ritmo de un baile que no sabía si había escuchado alguna vez en mi vida o visto bailar dignamente. Las últimas bodas a las que recordaba haber ido ya ni tan siquiera usaban el vals, sino una canción que tuviese algo que ver con la pareja, por lo tanto, esos bailes para mí estaban más que obsoletos.

— ¿Desea algo de beber, señorita Mijáilova? —preguntó el profesor interrumpiendo mis pensamientos.

— Sí, por favor —podía sentir mi boca comenzando a resecarse y mis mejillas adquirieron un ligero rubor como si él pudiese saber absolutamente todo lo que pasaba por mi cabeza.

Se marchó para buscar las bebidas mientras yo me quedaba allí contemplando la maravillosa vista de cuerpos que parecían haberse hecho para bailar juntos deslizándose con una elegancia sobrehumana sobre la pista de baile tan brillante que reflejaba a la perfección la parte de abajo de las figuras moviéndose en un compás de cuatro por cuatro en el que los pies iban casi más deprisa que el resto del cuerpo y que tan solo los carísimos vestidos de las mujeres daban esa sensación de movimiento real, pues parecía como si flotasen.

El salón era algo repolludo para mi gusto. La decoración incluía muchas flores, luces y decoración innecesaria. Yo hubiese quitado todo lo excesivo, como por ejemplo, aquellas grandes lonas que estaban colgadas en el techo de forma que crease la ilusión de estar dentro de una tienda enorme. Puede que cualquiera con que comentase mis pensamientos me diría que no tenía ni un mínimo gusto, pero no siempre había que sobresaturarlo todo cuando el lugar estará lleno de personas. A mi parecer, para los ojos podía llegar a ser demasiada información que procesar y uno podría terminar con ansiedad sin tan siquiera haberse imaginado que algo así podría suceder.

Tenía mis manos sobre mi vientre rozando ligeramente el dibujo del tejido mientras mi cabeza se movía involuntariamente de un lado al otro regresando una vez más mi mirada a aquellas figuras que parecían sacadas de la antigüedad. Nadie pisaba a nadie, todos sabían hacia donde debían dirigirse y empecé a pensar si no eran bailarines profesionales con una gran coreografía estudiada que no tenían nada que ver con las dotes artísticamente bailarinas de todos los presentes. Me pregunté si William bailaba. Seguramente no era así. Tenía ese aspecto de hombre que no se movía si no era preciso y necesario, pero quizá estuviese confundida.

— Tenga —su voz en mi oído hizo que diese un pequeño respingo antes de girarme hacia la copa de champán que me había traído.

Champán… ¿con qué cara le decía a aquel hombre que no podía tomar ni una sola gota de alcohol? Ya no porque no me gustase ni lo más mínimo la sensación de aquellas horribles burbujas explotando en mi lengua y subiéndose por mi nariz, sino porque corría un gran riesgo por terminar allí teniendo algún tipo de ataque por la reacción química que se podía producir en mi interior por los medicamentos? Por algo, siempre se escuchaba el recordatorio de “no tomar bebidas alcohólicas” mientras se tuviese algo de medicación. Por lo que pudiese pasar básicamente.

No quería tener que confesarle a alguien que no sabía si volvería a ver todo lo que escondía mi sonrisa paciente y por ese motivo terminé por regalarle una sonrisa y un gracias sin añadir que no la probaría ni por todo el oro del mundo.

— Venga, me gustaría presentarle a alguien —me dijo tomándome del codo y dirigiéndome hacia un grupo de personas que había en un extremo de la sala pulcramente vestidas con la marca de sus prendas casi reflejándose en luces de neón. Se veía a la legua que estaban acostumbrados a la buena vida mientras que yo… desentonaba en todo este ambiente.

Mordí ligeramente mi labio inferior antes de escuchar al profesor presentarme a los allí presentes. Sus padres. Alcé mis cejas sorprendida porque no entendía qué hacía yo, que prácticamente no le conocía de nada, delante de sus padres. No obstante, no pude evitar fijarme en una peculiaridad considerable. Allí había tres personas, no solamente una pareja por lo que ¿tenía que deducir que era una pareja de homosexuales o una pareja heterosexual quienes eran sus padres? No se podía negar que donde había dinero no había habido tanta dificultad para tener hijos que fuesen adoptados.

Un adorable hombre de piel morena me cogió la mano y dio un beso en ella antes de que soltase una pequeña sonrisa por los nervios.

— Encantada de conocerle, señor…

— Nada de formalidades, querida. Llámame Peter y él es mi pareja, Roger —dijo señalando al hombre con algo más de barriga que estaba a su derecha con un traje negro y brillante.

— Encantada —repetí con una sonrisa antes de elevar mi mirada a William que se había retirado un poco junto a la mujer que antes estaba en el grupo.

Entrecerré mis ojos y después reí ligeramente pensando que era tonta por la pregunta que aún tenía en la cabeza.

— ¿Quién es la mujer con quién habla el profesor?

— ¡Oh, es su madre, Catherine! Seguro que habrás oído de hablar de ella. Es una de las catedráticas con más fama dentro de la psiquiatría.

Alcé mis cejas sorprendida puesto que no me sonaba ni lo más mínimo, pero lejos de su mirada severa parecía haber algo más, aunque ahora volvía a fallarme algo. ¿Cómo es que Catherine era su madre y uno de ambos era su padre si Peter y Roger eran pareja? ¿Habían sido pareja previamente? Bien, sí, parecía tonta, pero no me parecía algo que tuviese el derecho a preguntar y menos directamente a ellos, por lo que pensé en que tendría que pedirle a William, si es que nos volvíamos a encontrar, que me lo explicase más adelante.

El profesor se acercó con su madre y después esta me tendió una mano para estrecharla, algo que hice con amabilidad y cortesía.

— Esta es la señorita Mijáilova, Catherine. Es la joven de la que te hablé esta tarde, la psicóloga —mis ojos en ese momento volvieron a alzarse al literato que tenía la mirada puesta en mí de una forma que no lograba comprender.

Por un segundo me quedé completamente pálida. ¿Era tan obvio que necesitaba ayuda psicológica como para que hubiese hablado de mí con su madre? ¿En serio? Eso resultaba realmente insultante.

2018 / Jun / 02

Un baile de máscaras. ¿Realmente se hacía eso? ¿Y qué se suponía que podía llevar a ese baile? La falta de asistencia a eventos semejantes provocaba que estuviese completamente desconcertada. Mi único recuerdo sobre los bailes de máscaras era aquellos que había visto en la televisión o en el cine. No sabía nada más acerca de ellos o su organización. De hecho, ¿había bailado alguna vez con un chico? Tan solo de pequeña había bailado con mi padre. Después no había tenido manera alguna de llevar compañía.

Había estado buscando muchísimas horas. Me había permitido a mí misma gastarme algo de dinero extra en un vestido que no pareciese que lo hubiese comprado en Primark, pero la mayoría de marcas con renombre tenían unos precios vertiginosos que no podía ni tan siquiera superar la belleza de sus vestidos y la maravilla de sus cortes. Seguramente me sentaría alguno de ellos como un guante, pero no me había permitido probarme ninguno para no encapricharme de algo completamente lejano a mis posibilidades.

Tras patearme las calles, nada mejor que un centro comercial me dio lo que buscaba. Algo más caro de mi intención inicial, pero al menos no tenía que hipotecarme para poder comprarlo.

No me convencía del todo el color. No sabía si luciría bien o no. Solamente esperaba que no destacase demasiado entre la pomposa gente que estaría allí acostumbrados a ese tipo de celebraciones y seguro que a calcular el dinero que se tenía por la ropa que se llevase puesta.

Aquel hilo de pensamientos no me hacía ni el más mínimo bien. Necesitaba respirar y ahora, enfundada en ese vestido no lo lograba hacer bien. La parte buena es que al menos había conseguido entrarme aunque ni tan siquiera hubiese podido cenar para estar lista a la hora acordada. Esperaba, en lo posible, que hubiese algo para picar que supiese de qué estaba hecho. Sí, era especialita para la comida y aún así, había engordado muchísimo en el pasado.

Me subí sobre los tacones y me di el último retoque a mi maquillaje en el minúsculo espejo que tenía en el baño. Antes de ese instante lo había agradecido sobre cualquier cosa, pero ahora necesitaba verme de cuerpo entero para ver si daba el pego.

Me puse el perfume, ese que siempre usaba dado que no tenía otro y el olor a vainilla llenó el baño. Me coloqué bien el tirante ancho de flores bordadas en ese magnífico negro en contraste con el blanco del vestido y salí de mi habitación con mi pequeño bolso de cóctel en la mano. En él llevaba lo indispensable, mi móvil arcaico, el pintalabios para retocarme y un pequeño paquete de pañuelos de papel, algo que casi siempre suele necesitarse.

Caminé por el pasillo hasta encontrarme en la recepción del hotel al profesor quien estaba inmensamente elegante con un chaqué más que a la altura de las circunstancias. Estaba conversando animadamente con la recepcionista quien era también la dueña del local y estaba clarísimamente coqueteando con él. Tuve que contener una carcajada porque era increíblemente indiscreta.

William miró por alguna razón hasta mi posición y su mirada se deslizó por toda mi anatomía con deliberada lentitud lo que me provocó un sonrojo más que inevitable en las mejillas. Fue un mísero momento, extraño, pero lo más cerca que había estado de la intimidad de alguna forma con alguien. Un momento que rápidamente fue interrumpido.

— No se olvide en venir a visitarme. Me debe un café —dijo la recepcionista mientras volvía a retirarme yo a segundo plano.

— Por supuesto, vendré a tomarme ese café —respondió el profesor con una sonrisa mucho más amplia de la que jamás me hubiese dedicado a mí.

Di entonces por supuesto que no era de su gusto, que esa mujer sí y preferí evitarme de toda forma posible sufrir innecesariamente por alguien que jamás sentiría nada por mí. Al fin y al cabo, yo no era nada, nunca era ni había sido nada. ¿Cómo pretendía serlo para un hombre hecho y derecho que seguramente habría tenido tantas amantes como le hubiese permitido la vida o sus propias ganas?

Caminé a su lado hacia el vehículo. La noche tenía ahora una tonalidad muy distinta para mí. Iría a un lugar a ver cómo los demás se divierten. Al menos, se escapaba de mi rutina habitual en la que tan solo miraba cómo el mundo seguía sus vidas y la mía pasaba tan deprisa que se escapaba entre mis dedos.

Suspiré profundamente antes de entrar en el vehículo. Me puse el cinturón de seguridad y ni tan siquiera entonces, que no había nadie con nosotros, recibí un cumplido sobre mi belleza o algo similar lo que me daba más alas a alimentar ese demonio que se había despertado con fuerza en mi interior.

El trayecto tan solo fue acompañado por una charla trivial sobre nuestras horas alejados el uno del otro. De haber sabido que la primera salida más oficial que tenía iba a ser así, había declinado la oferta, pero ahora me parecía muy irrespetuoso irme rápidamente dejándole con la palabra en la boca en mitad del pequeño atasco que se había formado frente al edificio donde se celebraba el baile.

Justo cuando estábamos bajo las escaleras de entrada, me percaté que no había traído mi máscara. ¡Diantres, Kyra! ¿Qué podía haber más obvio que una máscara para un baile de máscaras? Sin embargo, antes de que pudiese decir nada teníamos que salir del vehículo. Me temía que sería la única que no llevaría una máscara en todo el maldito baile lo cual no iba a lograr que el día fuese mucho mejor.

— Señorita Mijáilova… —dijo William antes de ofrecerme su brazo para que caminásemos hacia el lugar de esa forma que siempre me había parecido tan elegante.

Una sonrisa apareció en mis labios mientras me agarraba a su brazo notando la tela del traje e imaginando que la suavidad no era precisamente lo que premiaba en ese tipo de ropa salvo que fuesen de terciopelo.

Ascendimos las escaleras y después William me guió hacia un pasillo que dirigía al salón de baile. Antes de que pudiese mencionarle el asunto de las máscaras, él desapareció de mi lado lo suficiente para ponerme una máscara morada sobre el rostro con mucho cuidado. ¿Acaso leía mentes aquel hombre?

— ¿Cómo ha sabido…? —me giré para observarle, pero me quedé paralizada porque el azul de su mirada era mucho más intenso en medio del antifaz negro. Y sin poder evitarlo, la friki que existía en mí se imaginó que él era el caballero de la noche.

Estaba en serios problemas si me dejaba dominar por esa boba idea. Batman era lo único que siempre lograba hacerme sentir demasiado vulnerable. Cada uno tenía su mito erótico y el murciélago enmascarado era el mío.

2018 / Jun / 02

Una charla repleta de literatura terminó llevándonos a ambos a un lugar que seguramente él no había pensado llegar acompañado. Estaba frente a la grandísima Biblioteca de Nueva York. Sentía mi corazón palpitar con fuerza pensando en la posibilidad de poder mirar todos esos libros mientras mi mente desearía llevárselos todos y no dejar ninguno sin leer. La lectura era una de mis mayores pasiones y a menudo, se transformaba en obsesión.

Mientras me había tomado el chocolate tranquilamente había descubierto algo sorprendente del profesor Verdoux, era un escritor también. La maravillosa posibilidad de leer algo suyo, de ver si me gustaba su forma de expresarse con las letras, me pareció demasiado atractiva para decir que no y por ese motivo, William me estaba dirigiendo hacia uno de los lugares más maravillosos que para mí tendría esta ciudad. Podría olvidar la Estatua de la libertad y miles de sitios emblemáticos, pero jamás lo que estaba a punto de descubrir.

Nos dirigimos hacia la recepción y allí, una agradable y dicharachera pelirroja le entregó la llave de su despacho al profesor quien tenía un lugar donde poder esconderse entre libros para buscar la inspiración, aunque imaginaba que lo más probable es que, al ser parte de su trabajo, aquel no fuese el lugar donde mejor pudiese dejar llevar su imaginación.

Suposiciones. Mi vida se basaba en hacer suposiciones y no en hacer las preguntas para recibir las respuestas correctas a todas mis conjeturas.

Me llevó hasta el interior de la biblioteca. Ese lugar que no se podía ver, el interior donde guardan los libros más antiguos. El ascensor era antiguo y eso le daba la atmósfera perfecta. Parecía que íbamos atrás en el tiempo. Seguramente la emoción se mostraba claramente en mi rostro, un rostro que jamás había podido mantener una expresión de Póker ante la vida. Era exactamente igual que un libro abierto, uno de todos aquellos escrito en un idioma sencillo, sin demasiados florituras, con un lenguaje tan coloquial que cualquiera podía leerlo si se permitía asomarse a las páginas.

Caminamos hacia su despacho y justo en ese momento comenzaron a escucharse unos cuantos gemidos. Me sonrojé por completo mientras miraba de reojo al profesor porque sabía de sobra lo que estaba pasando en uno de esos despachos. Alguien estaba dejándose llevar por la pasión, algo que no había conocido y sabía que no conocería nunca con mis problemas a la hora de mantener relación estrecha alguna con cualquiera.

William observó mi sonrojo. La sonrisa que apareció en sus labios en ese momento ni tan siquiera sabía cómo identificarla.

— Ese es el motivo por el que nunca llega lo que pido a mi despacho —bromeó antes de girarse hacia una puerta concreta del largo pasillo en el que estábamos metidos.

Abrió la puerta y finalmente entré antes por su caballerosidad. Encendió las luces y se puso a rebuscar entre todos los papeles que tenía mientras yo admiraba los tomos de una de las estanterías que tenía allí dentro. Mis dedos rozaron lentamente los lomos y luego me giré hacia él al escuchar nuevamente su voz.

— ¡Aquí está! Este es el primer libro que escribí. No tiene nada que ver con la literatura que lee, pero le adelantaré que es del medievo —explicó mientras me entregaba un libro maravillosamente encuadernado con su nombre en letras doradas en la parte alta de la portada.

Repasé las letras con las yemas de mis dedos antes de dedicarle una radiante sonrisa.

— En cuanto termine de leer le daré mi más sincera opinión, se lo prometo —asentí emocionada antes de apretar el libro contra mi pecho.

Era la primera vez que tenía la suerte de haber recibido un libro de las manos de su escritor y fuese mejor o peor debía reconocer que no dejaba de ser igual de mágico. Me sentí especial, algo ridículo, pero así fue. Él me estaba regalando un pedazo de su imaginación y fue entonces cuando me percaté de que se había despertado una extraña admiración platónica por aquel hombre.

Estuviese o no de acuerdo con su forma de ver el mundo, no dejaba de ser realmente asombrosa la cantidad de conocimientos que poseía y ante el saber, yo caía rendida sin remedio. ¿Por qué me atraían realmente los hombres más inteligentes, pero no era eso lo que había buscado siempre en un hombre? ¿Puede que fuese parte de la madurez u otra forma que encontraba mi brillante cerebro para ponerme en una postura de sumisión e inferioridad?

— ¿Le gustaría acompañarme a una velada? Esta noche tengo que ir a un baile de máscaras y me preguntaba si le gustaría venir conmigo. Comprendo si declina la oferta —continuó hablando mientras mi mente cavilaba en las posibilidades que tenía de poder comprarme un vestido aceptable en tan poco tiempo.

— Será un placer acompañarle. Jamás he ido a un baile como los que se celebran aquí —acepté con una sonrisa que provocó que se formase la suya propia en sus labios finos.

2018 / Jun / 02

Gracias a quien sea que esté en el cielo, finalmente terminamos en una cafetería. Era bastante más lujosa de las que yo estaba acostumbrada y sabía que si aquel hombre se acercaba al pequeño hotel en el que había conseguido alojarme le iba a dar un patatús por su sencillez. ¿Era hijo de millonarios o es que el sueldo de profesor en Estados Unidos daba para muchísimas cosas? Quizá debiera informarme para ver si la docencia en la Universidad también era lo mío. Inmediatamente me reprendí internamente a mí misma llamándome pesetera.

¿El nombre de la cafetería? A saber. Ni tan siquiera podía creerme que estaba en un sitio tan grande y tan limpio. Los lugares más parecidos a los que yo había ido no habían sido cafeterías, no, sino bares. Bares ruidosos, pequeños, con tragaperras por todas partes para incitar al juego a todos aquellos que se dejan el sueldo en una cerveza tras otra.

Ni tan siquiera me pidió opinión sobre la mesa en la que podíamos sentarnos y a pesar de que siempre buscaba un lugar donde esconderme, en esta ocasión no estaría sola por lo que nadie tenía porqué fijarse en el alma solitaria y ermitaña aferrada a uno de sus libros favoritos para evitar cruzar mirada alguna con cualquier comensal que entrase.

Me senté en una de las sillas y él hizo lo propio sentándose en frente, escudriñándome unos segundos con la mirada.

— ¿Qué desea pedir?

Bajé mi mirada sintiéndome vulnerable puesto que no solía tener que decir en voz alta que detestaba el café. Debía ser una de las pocas personas que no subsistía a base de cafés.

— Preferiría tomar un chocolate caliente, por favor —pedí sin mirarle a la cara nada más que un segundo y cuando lo hice observé que la sonrisa parecía estar intentando escapar de sus labios.

Se giró hacia la camarera para hacer el pedido. Él tomó un té y por alguna extraña razón incomprensible para mí eso provocó que no me sintiese tan extraña.

Por primera vez me percaté en la forma marcada de su mandíbula recubierta de una barba pelirroja. No era físicamente atractivo, no al menos para mí y mis gustos raros, pero… tenía algo que atraía como la luz a los mosquitos.

Nuestros ojos volvieron a encontrarse y mientras pasaba sus dedos por su barba pareció esperar a que comenzase la conversación.

— Es profesor en la Universidad, pero… ¿es de aquí?

Negó inmediatamente.

— Soy medio alemán y medio irlandés, pero respondiendo a su pregunta, no provengo de esta ciudad. No nací en Nueva York aunque ahora sí resida en ella —contestó mientras inclinaba su cuerpo hacia delante apoyando sus antebrazos en el borde de la mesa—. ¿Qué le ha traído aquí, señorita Mijáilova? ¿Tan solo la conferencia?

Parecía realmente dispuesto a escucharme sin remilgos, así que intenté tomarme aquello como una prueba más del destino. Debía enfrentarme a conversaciones con hombres, amables o no, al igual que con mujeres y aprender a usar mis estrategias. Las tenía, lo sabía, pero necesitaba aún mucho rodaje en ellas. Dicen que la práctica hace al maestro y eso era lo que yo necesitaba: práctica.

— En realidad siempre adoré esta ciudad. Quise venir tantas veces de adolescente, pero me fue imposible. Me prometí a mí misma que terminaría logrando estar aquí aunque fuese una minúscula temporada —reí ligeramente encogiéndome de hombros antes de intentar mantener los ojos fijos en mi interlocutor, algo que me costaba horrores.

— Ha sido una suerte entonces haber coincidido en el tiempo, imagino —añadió la última palabra sin estar demasiado convencido de ello.

— Imagino —repetí antes de alzar mi mirada hacia la camarera que acababa de llegar en ese mismo momento.

Se apresuró a dejar mi chocolate delante de mí sin tan siquiera dirigirme una mirada y luego se giró como si fuese otra mujer completamente diferente, para atender al profesor, quien tenía sus ojos puestos en mí haciendo caso omiso al canalillo que mostraba la joven. No pude evitar una de mis bobas costumbres. Comparé mis pequeños con los suyos y me agradó comprobar que yo ganaba en tamaño, al menos por una milésima de segundo.

Una nueva competición. Una victoria conseguida de cualquier forma. Un sentimiento instantáneo de culpa intentando gobernarme e igual que si me sintiese señaladas por un letrero de neón, tuve que recordarme que nadie podía leerme la mente.

El chocolate humeante me invitaba a perderme en su sabor, a recordar la forma en que el dulzor lograba calmar mi ansiedad, esa ansiedad que esa niña gorda aún necesitaba calmar con un buen chute de bollería industrial. ¿Por qué? Aún no sabía cómo había optado por tener esa vía de escape. Quizá fuese porque eso significaba que podía sentirme peor luego, tras haber intentado calmar esa ansiedad. Sí, mi mente era complicada, todas las mentes en realidad, pero yo era de las pocas personas que descubría los caminos que tenía mi mente para siempre hacerme sentir inferior a todo ser que existiese sobre la Tierra.

Vi cómo daba vueltas al contenido de su taza antes de llevarse ésta a los labios dándole un sorbo. Su mirada ya no se dirigía siempre a mí, lo cuál agradecía, pero cuando sus ojos me pillaron mirándole enrojecí y decidí comenzar una nueva conversación.

— Antes ha discutido con mucha ligereza mi gusto en la literatura. Entiendo que tenga esa opinión sobre Elizabeth, pero es mi personaje favorito. Desde que leí la historia siempre quise ser ella y tener un Mr. Darcy —reí bajo volviendo a sonrojarme por lo infantil y soñadora que parecía la idea.

— ¿Nunca soñó con otros personajes? —cuestionó como si estuviese curioso.

— ¡Por supuesto que sí! Me he enamorado de tantos y tantos personajes. Todos y cada uno muy dispares con respecto a los demás —me encogí ligeramente de hombros como si tuviese que excusarme por haber adorado a un personaje.

— Déjeme adivinar… Edward Cullen, Christian Grey… todos los hombres perfectos en todos los aspectos para la protagonista de esas seudo novelas de amor —enarcó una de sus cejas mientras sus dedos jugaban con el sobrecito de azúcar que ni tan siquiera había abierto.

— Bueno, reconozco que sí, he leído esos libros y me han gustado los personajes…

— … y ha deseado ese mismo amor posesivo, o pasteloso dependiendo de la novela.

— En algunos casos sí. Pero se equivoca en algo. Yo no adoré a Christian Grey por su posesividad, ni por lo teóricamente guapo e impresionante que era. Para mí, el verdadero atractivo de Grey estaba en su mente. En la oscuridad que lo envolvía. En su misterio, en sus sombras… —mantuve la frase en suspenso porque no sabía de qué más forma definir lo que me atraía de ese multimillonario.

— La oscuridad es peligrosa, señorita Mijáilova —dijo completamente serio pero observándome con gran intensidad.

— Y eso mismo es lo que la hace fascinante —susurré percatándome que había estado conteniendo el aliento tras ver esa mirada.

2018 / Jun / 02

Tres horas después, la conferencia había terminado. Respiré profundamente sonriendo con la seguridad de haber superado una nueva prueba. Al fin y al cabo, ¿cómo negarme a intentar ir un poquito más allá cada vez por mucho que me desgastase psicológicamente estar entre personas?

Dejé que todos los presentes se fuesen yendo mientras yo recogía todo. Era algo que había aprendido con el paso del tiempo. Si no te gustan las aglomeraciones de gente es importante ir a sitios donde no haya muchas y desde luego si salía de allí con todo el tumulto me encontraría golpeándome sin desearlo con todo de tipo de partes masculinas y femeninas, algo que me resultaba muy desagradable.

Por impulso más que por un acto realmente meditado, miré hacia el lugar donde debía estar el profesor y ahí permanecía, observándome justo en ese momento y frunciendo su ceño como si de repente dejase de divertirle y le produjese rechazo. No pude evitar imitar su gesto. ¿Qué diablos le pasaba a ese hombre? Nunca disfrutaba dejando una mala impresión en alguien así que mi tendencia a intentar acercarme fue más que inevitable.

Me vi a mí misma, luchando contra la otra parte de mí que aún mantenía la cordura decidiendo si era prudente o no intentar arreglar lo que fuese que había fastidiado o que le habían molestado para cambiar su expresión por esa que no sabía si me gustaba o me irritaba tanto como la otra.

Bolso en el hombro, me puse de pie y caminé en su dirección dado que no había otra salida. Cada paso parecía más lento que el anterior. Era igual que si todo fuese mucho más despacio de lo que solía ir la vida. Su mirada azul seguía fija en mi como si esperase algo, evidentemente y yo intentaba concentrarme en pasar junto a él sin pronunciar palabra alguna, pero en el instante que estuve en el lugar preciso para taparle visión alguna salvo la de mi costado, giré mi cabeza hacia él sorprendiéndome a mí misma cuando pregunté.

— Dado que sabe tanto de literatura y soy excesivamente curiosa, ¿le apetecería charlar sobre el tema tomando un café?

Sus ojos claros se quedaron fijamente observando mis facciones. ¿Sería como yo? ¿Intentaría leer en el rostro de los demás si había segundas intenciones o no? ¿Quizá no comprendía mi comportamiento? Fuera como fuere podía ver algo en él, algo que le rodeaba. Era como un aura oscura, como si tuviese una señal de peligro en la puerta de su alma para evitar que algo temible pudiese escapar. No obstante, ¿no era el Joker mi villano predilecto? ¿No amaba intentar comprender qué hará después? ¿No era el profesor Verdoux un misterio que no parecía ser fácil resolver y por consiguiente no querría resolverlo con más cabezonería?

Se puso de pie recogiendo sus cosas y tras volver a dirigir su mirada a mis ojos asintió con caballerosidad.

— Le acepto ese café, señorita Mijáilova.

Me sorprendió que se quedase rápidamente con mi apellido. ¿No me había ocurrido a mí lo mismo? Decidí no darle importancia a esa minucia mientras bajaba las escaleras junto a él. Me imponía su presencia como me imponía la presencia de cualquier hombre. No podía evitar tener esa forma extraña de reaccionar, esa manera de verles como si viniesen de otro planeta, como si no pudiesen ver en mí lo que yo no podía ver ellos. Leer la mente del sexo contrario jamás había sido mi mejor cualidad, pero siempre les había dado a todos y cada uno esos pensamientos que sabía que jamás tendrían. ¡A cuántos chicos no les había colocado el sambenito de sentirse atraídos por mí cuando rara vez me dirigían una mirada! ¡Cuántos cuentos de hadas habré inventado en mi cabeza en los que era la chica inalcanzable, hermosa, única…! Suponía que todo aquello había sido para intentar compensar mis complejos pues vivir en un mundo diferente al real puede ayudar a sobrevivir.

Su fragancia llegó a mis fosas nasales. Tal y como me hubiese imaginado con verle desde lejos. Olía a hombre. Ese aroma que en cuanto lo hueles sabes que es de ese otro sexo. Seguramente pagado de sí mismo, pisando fuerte allá donde fuese y rompiendo tantos corazones como le permitiese su profesión o su vida, aunque, a diferencia de lo que me había sucedido en otras ocasiones no le veía guapo ni por mucho que me esforzase. Por suerte para mí eso era una grandísima ventaja. Los hombres atractivos me ponían el triple de nerviosa y no deseaba pasarme el día sonrojándome como la niñita boba que aún era porque decidiese sonreírme en algún momento.

Iba a caminar hacia la cafetería, sin embargo, sus dedos me cogieron del brazo y finalmente me atrajo un poco a él para que pudiese escucharle mejor.

— ¿Le importa si vamos a una cafetería lejos del campus? He terminado mi jornada laboral y no deseo seguir aquí mucho más tiempo —confesó como si le fuese a hacer uno de los mayores favores del mundo con ir a otro lugar.

— Amm… claro —acepté sin importarme demasiado.

— Tengo mi coche por aquí. Sígame —me pidió aunque en un tono que más pareció una orden que otra cosa.

Caminé a su lado intentando comprender porqué iba a aceptar meterme en el coche de un hombre completamente desconocido para tomar un supuesto café que podía terminar siendo mi propio asesinato en algún lugar remoto de allí, pero, a pesar de todo, ese bobo instinto por fiarse de la bondad de las personas seguía ahí.

Me metí en su vehículo. Era caro, era evidente. Pero entendía tan poco de coches como de deportes aunque sabía que mi padre sí hubiese disfrutado viendo aquel vehículo que derrochaba clase por todos los costados.

Cinturón puesto. Coche arrancado y finalmente firmaba el contrario silencio de estar en ese momento en sus manos.

2018 / Jun / 02

2000

No sé ni cómo pudo pasar. Algo despertó a mi madre y por eso… nuevamente estaba en un hospital. Una enfermera me había llevado hasta uno de los “boxes”. Tenía que estar allí básicamente porque era una menor y además así mi madre podía estar esa noche conmigo porque me quedaría en observación.

Aguanté sin rechistar las preguntas y también aguanté sin ningún problema el odioso tubo deslizándose por mi garganta. Tenían que hacerme un lavado de estómago y hasta la fecha no había otra forma.

Podía asegurar que en ese momento no sentía para nada dolor, arcadas ni nada por el estilo. No me importó que me metiesen dentro ese líquido negro cuasi petróleo porque mi alma estaba en otro lugar. Mi dolor personal era mucho más grande que todo ese maldito intento de resucitar esa parte de mí que ya había muerto años atrás. Tan solo quedaba mi cuerpo y no dejaban que pereciese tampoco.

Sin embargo, en ese momento estaba fija en mi mente la expresión de pánico y horror de mi madre. Aún podía ver como su rostro se desencajaba mientras miraba la caja de pastillas y sin tan siquiera preguntarme ya sabía lo que había hecho. Fue ese preciso momento en el que se dio cuenta que podía perderme si no se daba prisa, si no actuaba. Y por primera vez entendí que realmente le importaba a mi madre.

Las lágrimas afloraron mientras intentaba encontrar el sentido. ¿Por qué no había visto ese amor de mi madre antes? ¿Por qué no había podido experimentar la sensación de importarle a alguien antes? ¿Quizá no había estado tan sola como pensaba? ¿Quizá era tan solo lo que una madre tenía que hacer por obligación y no por importarle realmente su hijo?

Los pensamientos se me acumulaban en la mente intentando encontrar sentido alguno a todo lo sucedido, un sentido que no me provocase aún más malestar, pues me sentía como en una tortura en la que te abren una y otra vez una herida disfrutando del placer de soltar un buen chorro de alcohol para que se cicatrice, sí, pero con dolor, siempre con dolor.

— ¿Estás bien? —me preguntó la dulce voz de mi madre.

Mis ojos llorosos se dirigieron a ella buscando ese consuelo que tan solo se puede tener cuando eres un bebé y vuelves a estar en los brazos de la madre que pensaste que te había dejado completamente abandonado.

Su mano envolvió la mía y las lágrimas no tardaron en florecer de nuevo. ¿Dónde habías estado todo este tiempo, mamá? Y si estabas ahí, ¿por qué no podía verte? ¿Por qué no me dejaba verte? ¿Por qué no dejaba a mi cerebro entender que estabas sufriendo por mí?

Su otra mano se posó sobre mi frente y después el sueño comenzó a vencerme. Despacio, muy despacio. Aceptando que por una vez en mi vida estaba completamente a salvo. Era consciente de estar a salvo.

No me dejes nunca, mamá…

2018 / Jun / 02

La conferencia comenzó. Mis ojos estaban atentos en la doctora, quien hacía todo lo posible para que fuese amena, sin embargo, muchos términos suelen resultar tediosos básicamente por su densidad o la complejidad del concepto. Es inevitable que una parte de la audiencia terminase pensando en otras cosas. Justo en este momento yo era una de aquellas que ni tan siquiera podía atender a más de dos palabras seguidas. Podía sentir la mirada del profesor puesta en mí y no podía evitar preguntarme qué hacía un literato en una charla sobre Psicología.

Mi mirada se encontró con la ajena mientras me regalaba una ligera pero enigmática sonrisa. Un escalofrío recorrió mi espalda y como si leyese mi sentimiento de profundo miedo, dejó de actuar de esa forma.

No volví a sentir su mirada puesta sobre mí lo cual agradecí todo lo posible. Me concentré en la charla y disfruté de los avances y el intento de explicación del Autismo, un verdadero enigma para todos y cada uno de aquellos que intentaban encontrar respuesta.

Siendo sincera, amaba los retos. La idea de que no había posible respuesta aún conocida se me hacía aún más atractiva y mi primo se merecía que alguien pudiese entenderle de alguna forma, que alguien supiese lo que necesitaba en la travesía de su vida, o que intentásemos ver el mundo de la forma en que él lo percibe. ¿Eso sería posible? ¿Podría una persona que no sufriese ese trastorno aprender a ver el mundo como teóricamente se cree que lo ve un niño autista? ¿Podría alguien llegar a crear una manera en la que fuésemos capaces de ver más allá de nuestras narices? Esperaba que sí, pero mis intentos por comprender otras formas de ver el mundo no siempre resultaban exitosas pues hay tantas formas como mentes aparecen frente a mí cada día contándome sus problemas, a pesar de que algunos aspectos sean comunes.

No era la primera vez que me pasaba algo así. Llevaba mucho tiempo disfrutando de la idea utópica de comprender mentes retorcidas o las más sencillas, aunque las retorcidas siempre tenían un aliciente más, esa oscuridad que las rodeaba, ese tabú que uno no pensaba descubrir. Esos secretos tan inapropiados que se vuelven adictivos. Suponía que era el espíritu más que morboso del ser humano, o puede que quizá solamente fuese mi propio espíritu morboso y masoquista, pues cuanto más difícil de desentrañar, más me obcecaba con lograrlo.

Incliné ligeramente mi cabeza notando el cuello algo tenso. Solía acumularse mi ansiedad o estrés en ligeros nudos o en contracturas en aquella parte de mi cuerpo tan frágil. Además los masajes me producían más dolor que placer puesto que el hecho de ser tocada, de la forma que sea, por una persona desconocida. ¡Lagarto, lagarto, que no me toque intentarlo!

Tomé notas de lo que podía. Deseaba tener todos los conocimientos nuevos posibles, pero sin duda había aprendido a lo largo de mi vida que la única forma de poder ayudar a alguien es intentando ponerse en sus zapatos, entenderle, conocerle… y eso llevaba a menudo mucho tiempo. La paciencia debía ser una virtud, pero yo, a menudo, no la tenía, lamentablemente.

Respiré profundamente y volví a quejarme de mi cuello. Estaba acostumbrada a unas poses horribles para escribir en el portátil y no me ayudaba en nada andar con la cabeza gacha.

Supe para mí misma que por ese maldito dolor de cuello la conferencia sería mucho más larga de lo esperado.

2018 / Jun / 02

Aquel hombre se sentó a mi lado dejando un hueco entre medias de ambos algo que agradecí. Su presencia me ponía nerviosa y estar igual que examinándome a cada segundo no era una situación ajena a mí, pero no la disfrutaba ni lo más mínimo. Me tensé inmediatamente y observé sus ojos azules con esa maldita diversión que me apetecía quitarle de un guantazo. ¿Era acaso un chiste con patas? No obstante, lo boba que era, siempre impedía que respondiese a la gente como se merecía o como aquel instinto asesino suplicaba. En consecuencia la bilis que me provocaba me mantenía de mal humor durante un buen tiempo.

— No lo esconda. Ya vi su novela. Jane Austen… es una lástima —chasqueó la lengua.

¿Se estaba metiendo con Jane Austen o con mis gustos? La sorna de su rostro hacía que el mío se tiñese de rojo, pero en esta ocasión porque deseaba callarle la boca y su manera tan imprudente de dirigirse a una completa desconocida.

— ¿Qué tiene de malo? —pregunté finalmente dejándome llevar por ese mal carácter que a menudo escapaba sin pedirme permiso alguno.

Mi pregunta pareció avivar algo en su interior. Era exactamente que ver los ojos del mismo diablo disfrutando del castigo que le dará a aquel que ha osado contestarle de una forma que él esperaba de alguna manera, como si mi mal carácter fuese algún tipo de droga a la que volverse adicto.

— ¿Y qué tiene de bueno? —contestó con otra pregunta—. Que yo sepa, la señorita Bennet solamente cae cautivada por el gran dinero que posee el señor Darcy. Es una completa aprovechada y busca fortunas.

Que resumiese mi libro favorito en esa frase tan insultante fue igual que recibir un golpe en el estómago. Era igual que si me hubiese descrito a mí misma de esa forma. ¿En serio pensaba que yo también era una cazafortunas o que era la típica tonta que adora una historia de amor pastelosa sin darse cuenta de la realidad?

Aquel hombre se estaba ganando un gran desprecio por mi parte y a menudo, cuando ponía la cruz en la cara de una persona, era bastante complicado que pudiese obligarme a mí misma a intentar conocerle.

— No opino lo mismo que usted. Elizabeth no se da cuenta de sus sentimientos por Darcy hasta que no empieza a conocerle. ¿Es necesario que el amor sea siempre en la primera mirada y que una mujer acepte que se la considere demasiado fea, insulsa o inferior para el hombre de buena gana? No demuestra nada más que un pensamiento muy arcaico esa forma de pensar. Ella quiere ser respetada, si no se le respeta ¿por qué ella debería hacer lo mismo por mucho dinero que posea y la posición que tenga? No obstante, dejando atrás su orgullo herido se enamora de él y comprende que en realidad desde el principio ella le resulto diferente y fascinante —concluí antes de volver a abrir el libro dispuesta a ignorarle por completo y a todo aquel que se acercase a mí antes de que empezase la conferencia.

Una risotada llegó a mis oídos y me obligué a no mirarle aunque por alguna extraña razón deseaba hacerlo para matarle con la mirada. Asesinarle lentamente para recrearme en su dolor.

— Sinceramente, creo que Jane Eyre es un mejor ejemplo que su adorada Elizabeth Bennet —comentó provocando cierta sorpresa en mí.

— ¿Ha leído Jane Eyre? —pregunté puesto que en rara ocasión había hablado con alguien que disfrutase de los clásicos o de la lectura en general, tanto como yo.

— Así es, señorita. He leído muchos libros y trataré de no sentirme ofendido por su más que evidente sorpresa —musitó con sorna.

Apreté mis labios pues una disculpa estaba a punto de salir de mi boca y no se la merecía, ¿o sí?

— ¿A qué se dedica? —pregunté para obligar a mi boca a no decir lo que realmente quería.

— Soy profesor de literatura en esta universidad.

Fue entonces cuando sentí que perdía todo el color de mi rostro a la misma velocidad que un jarro de agua fría caía sobre mí. Estaba discutiendo con un entendido. Yo y mis metidas de pata monumentales haciendo su entrada triunfal.

— William Verdoux —comentó alargando su mano hacia mí.

Le estreché la mano terminando por decir con un hilito de voz:

— Kyra Mijáilova. Encantada.

2018 / Jun / 02

2000

La casa estaba silenciosa, completamente solitaria. Mis padres dormían en el piso superior mientras pasaba una nueva noche en vela. ¿Cuántas iban ya? Ni tan siquiera era capaz de contarlas. Pensaba que tan solo aquellas personas al otro lado de la pantalla eran capaces de comprenderme y si me hacían daño era tan simple como cerrar el ordenador y no dejarles penetrar en los pensamientos que sabía terminarían escurriendo como lágrimas amargas hasta que por puro agotamiento me entrase sueño.

La música que escuchaba tampoco ayudaba en nada a mi bienestar. A menudo pensaba en todo lo que esa persona tenía y yo no. Lo que esa persona había logrado y yo no conseguiría lograr porque ni tan siquiera había podido terminar mis estudios para tener algo que no fuese lo mínimo indispensable para trabajar en algún lugar como reponedora o cajera, aunque siendo realistas, ahora se necesitaba casi un doctorado para poder realizar esas labores, no porque fuesen más o menos complicadas, sino porque había que trabajar, de lo que fuese, para poder ganarse la vida.

No obstante, en mi cabeza, lo que menos pensaba era en las dificultades de todos los demás. ¿De qué podía consolarme a mí las posibilidades escasas de supervivencia de los niños de África en situaciones de desnutrición si era mi propio dolor el que estaba obligándome a sucumbir a mi ser más autodestructivo?

Hacía tiempo que había aprendido a ver la espalda de aquel que me habían dicho que siempre tendría los brazos abiertos para mí. En la vida no existe ni existirá nada incondicional, ni tan siquiera los padres. El amor quizá esté, pero no siempre están ellos para socorrerte y abrazarte, pues no dejan de obligarte a crecer, a ser independiente, a lidiar con todos tus problemas y todo tu dolor como “un adulto”.

Para mí, crecer significaba mucho más allá. Significaba enfrentarse a una vida en la que no habría apoyo alguno y… ¿quién puede abrazarse a eso arrastrando todo el dolor de todos esos años de formación para un futuro aún más doloroso?

Sin embargo, aquí estaba. Sola. Realmente sola. No existía alma alguna con quien poder intercambiar una palabra y gritarle en silencio que me socorriese. ¿Alguien en alguna parte del mundo podría calmar mi dolor? Lo dudaba mucho.

Suspiré pesadamente mientras me levantaba del sofá yendo hacia la cocina. Abrí el cajón donde mi padre guardaba las pastillas. Ni tan siquiera me fijé en todas las medicinas mucho más potentes que él se tomaba. Busqué entre las mías, observé las cajas y finalmente decidí que el ansiolítico sería el único que calmaría mi malestar. Quité una pastilla de su pequeño envoltorio y luego tras tomármela, fui sacando una a una todas las pastillas que me parecieron suficientes. ¿Siete? Quizá no necesitaba más.

Con dificultad las tragué todas a la vez con un vaso de agua fresca y me permití a mi misma sonreír ligeramente, sabiendo que pronto terminaría todo.