2018 / Sep / 18

Recordaba la última reunión familiar, con la familia de mi madre, a la que había ido. Habían pasado unos cuarenta kilos, tres o cuatro cortes de pelo distintos y una carrera después. Me había sentido tan incómoda desde el primer momento que consideraba que la metáfora perfecta habían sido mis zapatos, aquellos que tanto había adorado, pero me habían destrozado los pies de una manera clarísima.

Había tenido que ponerme lo que mi madre había querido que me pusiese, por supuesto. No había terminado yendo como yo deseaba. No obstante, tampoco es que tuviese mis expectativas excesivamente altas. Fuera como fuese, tampoco me lo había imaginado tan mal como había sido en realidad.

Mis emociones habían ido de mal en peor. Lo único que había salvado algo mi día había sido la comida. Abundante, suculenta y debía agradecer a los tíos de mi madre porque no hubiesen tenido problema alguno en comerse aquello que a mi hermano y a mí no nos gustaba.

Para empezar, mi tía Marinoshka había pedido a mi hermana que le guardase un sitio a su lado. Al otro lado tenía a mi madre, mi madre, por supuesto, tenía a su otro lado a mi padre lo que me dejaba a mí aislada en la punta, con mi hermano a mi lado y una preciosa silla vacía que había terminado por seguir estando vacía porque para qué sentarse a mi lado cuando se podía dejar al menos un hueco de distancia. Primera puñalada.

Después, cualquier intentando por sacarle a mi hermano algún tema de conversación terminaba con su afable negativa, en muchos aspectos, salvo cuando se trataba de un juego. Quizá la explicación más exacta que podía haber en todo mi repertorio personal sobre mis sentimientos de soledad, incomprensión y súplica de ser mínimamente hablada socialmente era igual que volver a clase. Allí volvía a estar sola, indefensa frente al mundo aunque estuviese rodeada de un montón de gente y sintiéndome cada vez más tonta, igual que si mis comentarios no tuviesen relevancia, si fuesen insustanciales, estúpidos o propios de alguien que no tiene un mínimo de estudios, de sapiencias ni nada por el estilo. Sentirse inferior era algo a lo que me había acostumbrado tanto, que durante el momento lograba mantener el tipo obligándome a centrarme en comer, en realizar cualquier tipo de actividad, en buscar temas de conversación y luego, la caída en gordo llegaba cuando me quitaba la ropa, cuando analizaba lo que había ocurrido en realidad ese día y observaba que no había nada mínimamente salvable.

Había un gran añadido. El descubrimiento de que la persona de mi familia más afín a mí era una niña de siete años que vivía a muchos kilómetros de distancia y con la que no podía entenderme del todo bien. Era doloroso saber que a pesar de mi edad, aquello podía significar que no había madurado absolutamente nada, o por el contrario, que ser técnicamente adulto era un muermo total.

Hoy se cumplían años de esa comida, seguramente. Dudaba poder olvidarlo. Era raro que esas fechas que habían supuesto momentos increíblemente dolorosos en mi vida no permaneciesen como uno de tantos días oscuros que tenía mi calendario.

No obstante, desde ese día y por mucho que necesitase relacionarme, me había negado en redondo a ir a cualquiera de esas comidas organizadas para “pasarlo bien”. Prefería mil veces buscarme otros ambientes en los que, al menos, estuviese prevenida de que iba a sentirme completamente sola porque era así, estaba literalmente rodeada de desconocidos, pero no porque aquellas personas que “debían quererme” preferían hablar con cualquiera a cruzar media palabra conmigo. Morder, aún no mordía; pero iba a faltar poco para que le diese algún bocado a alguien si la situación continuaba así.

Seguramente la situación no había sido así, no obstante, mi cerebro la procesaba así, la sentía así y contra eso no sabía si sería capaz de luchar tantos años después. Es como si ya hubiese criado hijos ese sentimiento negativo, y tuviese toda una familia con tataranietos para tomar el control de la situación si empezaba a ser mínimamente positiva.

Fue eso lo que me dio una idea. Una gran idea que me hizo levantarme en mitad de la noche a pesar de lo agotada que estaba. Mi cabeza necesitaba sacar esos sentimientos de alguna manera y puede que no le gustase a nadie. Puede que no tuviese sentido para otros o que fuese solamente yo la que tenía esas emociones, pero era en primera persona por lo que valía. Además, en esos momentos negativos del día jamás vería con una lógica lo suficientemente aplastante para callar a todas mis inseguridades el porqué no era la única que podía llegar a experimentar esas emociones.

El ordenador tardó poco en encenderse. Abrí un documento nuevo en word y dejé que mis dedos descargasen todas las emociones concentradas en mi pecho causándome agobio e intentando hacer comprender a aquel que lo fuese a leer qué era lo que me ocurría cada día con tantos símiles como fuese capaz de encontrar justos para que calzasen sin problema en cada línea, en cada idea que poco a poco iba encadenándose en mi mente con la siguiente.

Terminé el escrito. Acepté que no era de mis mejores trabajos antes, incluso, de corregir las faltas. No quería ni podía volver a leerlo y aun así estaba haciendo ese esfuerzo para mí titánico porque sabía lo que significaría para mí ver un solo fallo: papelera de reciclaje como destino último del trayecto.

Me levanté para ir hacia la cocina. Necesitaba beber un vaso de agua para de esa manera no tomar la decisión precipitadamente de quitar ese escrito sin posibilidad de salvación. Escuché unos ruidos que provenían de la habitación y vi a Derek restregándose uno de los ojos caminando hacia mí.

— ¿No puedes dormir?

Negué mirándole y nos dimos un suave beso.

— He aprovechado para escribir algo…

Fue decir esas palabras y sus ojos se abrieron como platos yendo rápidamente hacia el ordenador como si se tratase del mejor libro o escrito de la historia. Reí por su reacción y esperé su respuesta ante ese bodrio que había salido de mi cabeza.

El amanecer había empezado a colorear el cielo y supe que había vuelto a pasar una noche más escribiendo bajo el amparo de la soledad.

2018 / Sep / 18

Rodearse de las personas adecuadas en la vida es una parte primordial. Tener a alguien al lado que se dedica a cortarte las alas, a no permitirte volar ni tan siquiera por diversión, es un lastre para todo aquel que por mucho que lo intente, por mucho que busque seguir ascendiendo el constante sonido de ese discurso recordándote lo malo y no dándote apoyo nunca podía volverse tan dañino como una caída en picado desde tres mil metros de altura. Sabes que cuando llegases al suelo quedarías igual que una papilla, que sería difícil recomponerse, pero lo harías, casi como si el cuerpo estuviese hecho de flubber. Tardarías más o menos, pero alejándote de la fuente contaminante, de aquel que tan solo se dedica a criticar, el ascenso sigue costando, muchísimo, nada es gratis; pero, al menos, no subías solo.

Descubrir cómo se sentía uno cuando cualquier idea, cualquier plan siempre parecía grandioso animándole a conseguirlo era algo que nunca había creído que podría llegara experimentar.

Después de estar mucho rato en la bañera hasta el punto que el agua se quedó prácticamente congelada, salimos para comer algo y ver esa película mientras tanto. No quisimos comer demasiado lejos el uno del otro, era igual que necesitarse para respirar, pero me sentía mínimamente sabiendo que había un lugar al que realmente podía acudir siempre, un sitio en el que sí era importante, sí era tratada como la reina de ese pequeño mundo y aunque no creía merecerlo era un cambio de clima deliciosamente beneficioso para todas aquellas heridas que aún sangraban sin cura posible.

Me apreté contra su cuerpo en un intento por quitarme de encima cualquier mínimo recuerdo doloroso y me concentré en el argumento de la película. Una asombrosa Kate Winslet hacía el papel protagonista. Costurera de profesión y con un pasado tormentoso a sus espaldas, había regresado al pueblo para lograr su objetivo, descubrir la verdad sobre el cargo del que todos la acusaban y, además, cuidar de su madre aunque más parecía que era ella quien necesitaba los cuidados de su progenitora aunque, ¿quién no?

Tomé una de las manos de Derek antes de alzar mi mirada descubriendo que se había quedado dormido. Contuve una pequeña carcajada y le dejé descansar. Había tenido muchas emociones fuertes y aquello siempre suponía un desgaste psicológico y físico. No era tan extraño. Yo misma podía terminar tan agotada con un día que para muchos era común además de socialmente activo que me pasaba muchas más horas de las que debía intentando recuperar el ritmo perdido de energía. Tanto estímulo, tantas posibilidades de atormentarme lentamente, provocaban un exceso de trabajo que se traducía en un agotamiento puro y duro. Aquel que tendría tras un día entero dedicado a ejercitarme físicamente a un nivel de profesional.

Di un pequeño beso a la palma de su mano y después, me levanté del sofá cuando terminó la película. Apagué la televisión, me senté frente al ordenador y busqué en mi correo si me había llegado algún e-mail de alguien. Un correo de Cecille apareció en la bandeja de entrada y cuando vi que se trataba de un concurso casi perdí la respiración. ¿Estaba preparada para intentar dar un paso como ese? Dudaba que realmente fuese así, aunque también podía angustiarme la posibilidad de que aquello pudiese gustarle a alguien además de la clarísima posibilidad de recibir críticas malas, siempre malas, porque ¿para qué iba a pensar en positivo?

Las bases eran simples. Un trabajo en primera persona. Un escrito corto sobre mi experiencia dentro de la salud mental. El único problema que había con todo eso era simple, ¿me atrevería a escribir algo? ¿Tendría alguna idea y después la mandaría cuando estuviese plenamente satisfecha?

Debía ser realista, nunca estaba plenamente satisfecha con nada de lo que yo hacía. La verdad es que no iba a conseguir nada. No ganaría el premio, no le gustaría a nadie, y seguramente tendría que terminar ayudando a otros para que se presentasen al concurso. ¿Aceptaría perder? ¿Podría mi autoestima superar algo que evidentemente iba a terminar calificando como un rechazo más y un nuevo refuerzo para esa odiosa parte de mí que me recordaba una y otra vez que no valía ni para hacer la O con un canuto?

Miré hacia Derek. Verle dormir tan plácidamente casi me enfureció. Le necesitaba ahora. Quería hablar sobre el continuo come-come que tenía mi cabeza cuando se trataba de cualquier cosa. Me sentí mal por enfadarme. ¿Por qué todo tenía que ser en el instante? ¿Por qué no podía aguantar yo misma toda mi sarta de emociones durante unos instantes? Suponía que la liberación y la necesidad de no vivir con filtro me habían alegrado demasiado la vida. No era justo que Derek sufriese por eso. No le debía mi mal humor porque no era su obligación escucharme a todas horas. Bastante lo había hecho ya.

Apagué el ordenador quedándome pensativa, intentando ser yo quien decidiese y dilucidase qué iba a hacer exactamente con ese concurso. Lo más sano para mí de primeras me parecía una retirada a tiempo, pero estaba cansada de seguir escondiéndome detrás de las faldas de mamá. Tenía que aprender a seguir adelante. Por ese mismo motivo me presentaría, me daría de tiempo hasta unos diez días antes de la fecha final para que se me ocurriese alguna historia, la que fuese, real, por supuesto. No podía inventarme nada, tenía que ser un relato corto de mi vivencia con la enfermedad mental.

Volví a sentarme al lado de Derek, me acurruqué en su pecho y empecé a buscar algo que ver en la televisión. De no ser así, de no encontrar nada, siempre me podía poner a leer en cualquier momento. Los libros siempre eran un recurso maravilloso con el que aprendía sin darme cuenta. Además de la lectura tenía la propia escritura de mi libro en suspense, dispuesta a terminarlo en poco tiempo, algún día, sin volver a bajarme del tren antes de que pudiese descarrilar. Si tenía que tener un accidente, darme un golpe de gracia buscando mi sueño, era ahora el momento adecuado de hacerlo.

2018 / Sep / 17

Dejó un beso en mi yugular antes de que estirase mi cuello hacia atrás buscando en lo posible quitarle tensión a la zona, pero tenía pinta de que aquello tan solo iba a empeorarlo.

— En serio…

— ¿Qué quieres saber? Te contestaré todo lo que me preguntes.

Solía ser bastante mala describiéndome, al menos, si tenía que hacerlo desde un punto de vista objetivo que no era capaz de tener conmigo misma por mucho que lo entrenase. Mi cabeza era dura y terca hasta ese aspecto. Además, siempre había creído que tenía mayor facilidad para expresarme escribiendo en un papel sin que tuviese que ver la expresión de nadie cuando le contase todo lo que pasaba por mi cabeza.

Recapitulé pensando en todo lo que Derek ya sabía de mí. En realidad, le había contado la versión corta de la “trágica historia de mi vida” y mi desastre de vida amorosa. Ni tan siquiera sabía porqué me había sincerado hasta ese punto con él cuando no le conocía prácticamente, pero era agradable creer que podías confiar en alguien, que una persona ajena a tu propio subconsciente no iba a defraudarte, no iba a mentirte ni engañarte. ¿Por qué después de todas las veces que había tropezado con la misma piedra seguía creyendo que había alguien digno de fiar en todo el planeta? Básicamente porque mi alma lo necesitaba de forma desesperada.

— ¿Cuál es tu color favorito?

— ¿Prometes no reírte ni decir lo raro que es?

Soltó una pequeña risa.

— Por supuesto. Lo prometo.

— Mmmm, te pasaré que ya te hayas reído. Es el amarillo.

Sus labios dieron un beso a mi sien y temí escuchar las risas en cualquier momento, sin embargo, sus dedos se dedicaron a acariciar mis costados con deliberada lentitud. Me giré en sus brazos y me senté a horcajadas sobre él abrazándole por el cuello.

— Nunca te he visto llevar nada amarillo…

Me quedé pensativa intentando recordar los atuendos de ropa que tenía. La verdad es que el amarillo siempre había sido el color que más me había gustado, pero rara vez lo había llevado. De hecho, ahora empezaba a vestir con los colores más vivos después de años teniendo que llevar tan solo ropa de los colores más oscuros porque, al menos lo que yo podía permitirme, no tenía muchos más colores que pudiese llevar una talla grande. También podía ser por esa tontería de que el negro estiliza. Una cosa es que estilizase y otra cosa es que hubiese podido obrar el milagro de hacerme creer que tenía una talla XS cuando la mía sobrepasaba la XL. Mi relación con mi cuerpo siempre había sido tortuosamente horrorosa y ¿Derek comprendería algo así? Así que me arriesgué a explicárselo.

— Creo que me hubiese enamorado igualmente de ti con esos kilos de más.

Rodé los ojos sin poder creerme lo que estaba diciendo. Teóricamente parte de la magia de la atracción estaba en el físico, ¿no? ¿Por qué le iba a atraer el cuerpo que tenía antes o, incluso, el que tenía ahora mismo completamente lleno de marcas de las subidas y bajadas de peso?

— No digas bobadas. Te hubieses fijado en mí tan solo para desviar la vista lo suficientemente rápido para que no creyese que te gustaba —suspiré mientras sus manos iba subiendo lentamente por mi espalda abriendo sus dedos como si no los tuviese maltratados.

— Kyra Annette Mijáilova, mírame ahora mismo.

Respiré profundamente al escuchar mi nombre completo y fijé mis ojos en los ajenos el tiempo que me permitió la vergüenza. Además, estaba visiblemente enfadado, pero intenté ablandarle haciendo un puchero que pareció surtir efecto.

— ¿Crees que soy tan superficial? ¿Crees que el físico es lo único que me tiene loco por ti?

Fruncí mi ceño pensando en las posibilidades. Si le decía la verdad, lo que mi cabeza gritaba, seguramente iba a tener problemas. Sin embargo, si le decía lo que quería creer, en realidad le estaría mintiendo porque no aceptaba de forma consciente que tuviese absolutamente nada que pudiese atraer a nadie y el resurgir de mi nefasta vida amorosa seguramente se había debido a todos los kilos que había perdido, a ser teóricamente “sexy” o el concepto que me habían inculcado de sensualidad hasta el tuétano.

A diferencia de lo que la gente creía, no era tan dura con el resto de la población. No me dolían los ojos por ver a personas con kilos de más luciendo sus curvas, al contrario. Para mí eran un verdadero ejemplo de autoestima alta. ¡Ole sus narices porque les importe una mierda lo que piense el mundo y por quererse sean como sean! Tampoco era de las que evitaba tener amistades con sobrepeso. En realidad, evitaba casi todo tipo de contacto social, no tenía que ver con eso. No obstante, cuando el tema se trataba de mí era muchísimo más dura. El peso había sido la cruz que había tenido que llevar toda mi vida desde pequeña por los genes familiares, porque siempre me había gustado mucho comer, por la cantidad insana de pastillas que me había tenido que tomar y por esa maravillosa vida sedentaria que había tenido durante demasiado tiempo.

— No creo que seas superficial —es cierto, en eso no mentía—, pero sí creo que mi físico no podía haberte atraído ni lo más mínimo.

Enarcó una ceja. Casi podía verle pelear consigo mismo para no levantarse de la bañera y montar un espectáculo parecido al de antes, pero la sinceridad era mejor que otra cosa. ¿De qué me serviría decirle que sí podía ver plausible esa posibilidad si en realidad no era de esa forma?

Empujó mi espalda hacia él de forma que nuestros labios casi quedaron a la misma altura, mis senos se apretaron contra su cuerpo y su nariz comenzó a jugar con la punta de la mía en lentas caricias que intentaban calmar la desazón que parecía leer en mi rostro. En ese aspecto era exactamente igual que un libro abierto. Fuese el sentimiento que fuese parecía escribirse con letras de neón en mi frente y en un idioma universal que podía entender todo el planeta.

— Eres mucho más que un cuerpo bonito, Kyra. Eres inteligente, divertida, cariñosa, amable, atenta, tienes la mente abierta y no juzgas, te das en cuerpo y alma a una causa que consideres justa… Y has sufrido tanto. Todo tu conjunto, absolutamente todo es lo que me tiene completamente loco por ti. ¿Lo entiendes?

Le miré haciendo un puchero y terminamos en una batalla por ver quién hacía el puchero más lastimero hasta que tras robarle un beso terminé asintiendo una sola vez, porque lo entendía, no porque compartiese que yo fuese todas esas cosas.

2018 / Sep / 16

El agua estaba tibia. Prefería el agua con una temperatura más alta pero no deseaba tampoco que le quemase en las heridas recientes. No recordaba la última vez que me había dado un baño, generalmente habían sido duchas, por eso de la concienciación con el medio ambiente aunque dudaba que sirviese de mucho si las duchas eran de una duración mínima de media hora. No obstante, desde que era pequeña los baños no habían formado parte de mi día a día.

Derek se había metido antes que yo. Aún me daba vergüenza mostrar todas mis imperfecciones físicas delante de él por mucho que hubiese recorrido cada centímetro con sus labios. El solo recuerdo provocaba que me sonrojase hasta las orejas. Así que me metí en la bañera sin mirarle, al otro lado, a la altura de sus pies.

Entrecerró sus ojos mirándome y levantó un dedo para indicarme que me acercase. Reí negando y finalmente, al ver que si no lo hacía él terminaría llevándome hasta allí, me di la vuelta y apoyé mi espalda en su pecho permitiendo que nuestros cuerpos se encontrasen de aquella forma tan diferente. El agua daba una nueva sensación al toque de nuestras pieles.

— ¿Sueles reaccionar así a menudo por la frustración, Derek? —pregunté cuando ya no pude contener más esa curiosidad que me llevaba siempre por mal camino.

Pude sentir cómo sus músculos se tensaban, pero finalmente soltó todo el aire acumulado en los pulmones.

— No sé controlarla si es a lo que te refieres. La ira, la frustración… generalmente soy bastante… gruñón.

Mi expresión cambió completamente. Tenía una completa cara de tener que resolver el teorema matemático más difícil de la historia. ¿Cómo era posible? Salvo por la pelea con Gerault y por lo que había sucedido hoy, no le había visto jamás dejarse llevar por la rabia, por la locura ni nada de eso. Siempre era precavido, no pronunciaba palabrotas salvo que yo misma las hubiese pronunciado antes para definir a alguien. Conmigo era extremadamente diferente a la definición que yo tenía de “gruñón” en mi diccionario particular.

— Conmigo no eres gruñón.

— No, pero seguramente te habrás dado cuenta que lo soy además de amargado y un cabezón de categoría superior —sus dedos se movieron dentro del agua hasta que encontraron los míos y con cuidado, le dejé jugar con ellos. No quería que se lastimase más.

— Vale, vale, vale… ¿qué Derek ves tú? Porque no es para nada lo que yo veo en ti.

— Contigo no me sale ser… así. Contigo tan solo me sale cuidarte, protegerte, consentirte… No soy igual con el resto del mundo. Nadie me importa. Sí, sufro porque hay injusticias en el mundo, algo de corazón tengo; pero, cuando se trata de pensar en el aquí, en el ahora, en la gente que conozco, el planeta me importa una mierda, lo único que quiero ver siempre es tu sonrisa —musitó contra mi oreja dejando después un beso en el hombro que tenía a su alcance.

¿Algo así podía ser real? ¿Ese Derek existía realmente? Ese hombre tan diferente frente a todos menos frente a mí. Dulce, amable, tierno, atento… ¿podía cambiar tanto cuando se enfrentaba al resto de la humanidad? No tenía nada más que recordar cómo le había cambiado la cara al percatarse de la presencia de Gerault. A mí me miraba de una forma, a él, en cambio, parecía querer asesinarle sin tener que cruzar palabra alguna.

Pude que todos estuviésemos cubiertos de caretas, que le mostrásemos a cada uno la que nos apetecía mostrar. Yo estaba cansada de vivir tras caretas. Quería poder ser yo sin tener que pensar absolutamente en todo, porque mientras mantuviese el respeto por los demás, ¿por qué no podía vestir como me diese la gana o llamar la atención de alguna forma si eso era lo que quería? Otra pregunta más importante se cruzó por mi mente. ¿Cuál era el verdadero Derek entonces? ¿Un día se quitaría la careta y recibiría los golpes que en esta ocasión había recibido la pared o por el contrario era ese Derek atento sacado de un cuento de hadas?

No, no negaré que la perfección exista. Al contrario. Después de todo este tiempo había llegado a la conclusión simple de que sí, la perfección existía, claro; pero lo que para unos era perfecto, para otros no. La perfección podía medirse en algunas variables objetivamente, sí; sin embargo, esa perfección de la que hablábamos asíduamente y con tanta ligereza era de cada uno de nosotros. La subjetividad al colocar ese atributo a una persona no era nada más y nada menos que un cumplimiento de todos los cánones que a nuestros ojos le daban esa categoría. Y Derek entraba en todas las clasificaciones en la primera posición a pesar de ese descontrol. Quería pensar por eso que el verdadero Derek era el que yo conocía mientras que por su pasado se ponía una careta para que el mundo dejase de hacerle daño.

Apoyé mi cabeza en su hombro y alcé mi mirada para encontrarme con sus ojos que volvían a contemplarme de esa forma en la que me podía sentir como la mujer más hermosa del planeta.

— Tú eres el verdadero Derek. Éste que veo aquí. El que escapa del escondite cuando siente que no será juzgado o que desea ser así de amado como sabe que se merece —sonreí suavemente y di un beso a sus labios—. Gracias por permitirme ser la única que te conoce realmente.

Rió antes de negar con suavidad y dio un beso a la punta de mi nariz mientras mantenía el silencio.

— Quiero conocerte, Kyra…

Entrecerré mis ojos dado que le había contado muchísimas cosas de mi vida.

— ¿Qué quieres saber?

Sus dedos dejaron a los míos, se apoyaron en mi bajo vientre y me apretaron contra él antes de susurrar de una forma que podía significar miles de cosas:

— Absolutamente todo.

Un estremecimiento recorrió mi columna vertebral despertando cada célula de mi anatomía.

— Tienes toda la vida para conocerme.

2018 / Sep / 16

Todos éramos seres humanos que descargábamos nuestra rabia de una u otra forma. Más de lo que me hubiese gustado admitir la frustración terminaba marcando muebles, paredes o ventanas de los distintos hogares. No obstante, mi forma de soltar dolor, furia o rabia no era mucho mejor. Yo era de ese tipo de personas que necesitaba llevarse a los demás por delante. En esos momentos era como el jinete sin cabeza que recorría las calles marcando a todos los existentes y arrebatandoles la vida. Mis armas de destrucción masiva, en busca de hacer más daño, era el insulto.

Todas y cada una de las veces que había respondido mal a mi familia, que había insultado o había actuado de una forma que buscaba calmar la calamidad de mi interior destruyendo todo a su paso, me perseguía clavándose en mi conciencia provocando que sintiese rechazo frente a esa Kyra que había actuado de esa forma venenosa. No podía mirarla cuando echaba la vista atrás. Era igual que si repudiase todo lo que había hecho esa chica y que seguía haciendo sin mantener jamás el control.

Me preguntaba si estaba utilizando a Derek, si en realidad, la estabilidad que él me mostraba no era nada más que el principio de mi huida y él la veía tan claramente como empezaba a dilucidarla yo, pero ¿por qué lo haría? ¿Por qué huiría de todo lo que me hacía bien? Porque ahí estaba ese estúpido pensamiento que me recordaba que yo no me merecía nada bueno, absolutamente nada. Ese mandato me taladraba hasta la médula y desplegaba su equipo de combate hasta que destruía cada mínimo atisbo de felicidad en mi interior.

Apoyé mis labios sobre la cabeza de Derek a pesar de que ya estaba mucho más tranquilo. Quería, en lo posible, hacer algo para lograr su bienestar. Ni tan siquiera se me ocurría cómo podía asegurarle sin que su miedo se incrementase o terminando por destruirlo, que no iba a desaparecer. ¿Quién decía que no lo haría? ¿Quién decía que en cuanto me creyese segura mi instinto patéticamente ridículo de supervivencia ante un dolor inminente provocase mi huida sin mirar atrás?

Había intentado por internet sentir ese amor, esperar no huir y todas y cada una de las veces había cedido a mi incontrolable deseo de discutir, de romper toda atadura para seguir reconociendo a ese pensamiento grabado en lo más profundo de mi ser, que efectivamente, lo único que se podía hacer conmigo era dejarme pasar para poder tener una vida más o menos productiva.

El número de personas a las que había hecho daño seguramente era bastante más grande que mis propios años y puede que el dolor que había reflejado fuese aún mayor precisamente como una lección para entender en propia carne qué les había hecho sentir a los demás. Sin embargo, por mucho perdón que pudiese pedir, no se le podía pedir a un alma atormentada, maltratada por ella como por su entorno y llena de ira, que aceptase sin reservas dar amor a todo el que pasase, porque no lo comprendería.

Allí estaba yo, viviendo junto a otro ser lleno de heridas abiertas que intentaba cicatrizarlas conmigo a su lado. No tenía más remedio que madurar por una condenada vez en mi existencia y darme cuenta que él, igual que yo, buscábamos lo mismo y ya no valía un “no te ajunto” como en el parvulario.

Una cosa era saberse la teoría. Otra aprenderlo y llevarlo a la práctica. Por alguna razón, en un momento de nuestra existencia, después de veinte mil veces intentando lo mismo, parece que tu mente lo entiende, comprende que no solamente existe huir, que hay que ir más allá. Durante mucho tiempo había obligado a mi mente a esconder sus pensamientos, sus ideas sin sentido, su curiosidad y su locura; pero… ¿y si era hora de aceptarme sin reservas? Dudaba que tuviese la capacidad de hacerlo, ni tan siquiera mínimamente, no obstante, de poco servía que dijese una cosa y no practicase con el ejemplo.

Mi evolución llevaría tiempo, lo sabía, al fin y al cabo, somos seres de costumbres y durante mucho tiempo había conseguido hacer enmiendas a las leyes menores que regían mi cabeza, pero nunca me había enfrentado contra una reforma de esa constitución.

— ¿Sabes qué? —pregunté acariciando la nuca de Derek con las yemas de mis dedos.

— ¿Qué? —su voz sonaba amortiguada, pero no parecía haber dolor, no ahora.

— Que vamos a tomarnos un día entero de relax. Necesitas despejar tu cabeza, yo también la mía y ninguno de los dos podríamos trabajar así con tantas emociones a flor de piel así que te propongo algo: baño relajante juntos, película y por supuesto, una comida de esas que nos dejen completa y absolutamente llenos. Ya habrá tiempo de bajar las calorías —reí intentando animarle buscando su rostro.

Sus ojos volvieron a iluminarse de esa forma especial. Su sonrisa apareció mínimamente, pero no le permitieron expandirse por su rostro para derretirme ante esos hoyuelos que tenía. No obstante, tenía una expresión casi desvalida, tímida, inocente, necesitada de amor, como un niño pequeño cuando te muestra ese intento de puchero. No podía negarme a intentar hacer lo que necesitaba así que empecé a darle besitos por todo su rostro con mucha suavidad, igual que haría con un bebé y esa sonrisa hermosa suya apareció por instinto antes de soltar una carcajada.

— Vas a comerme, Kyra…

— Quizá más tarde —le guiñé un ojo riendo y besó mis labios con esa desesperación propia de quien creía haber perdido a su amor.

Me separé tan solo cuando mis pulmones necesitaron aliento y con mis ojos cerrados, una sonrisa tras apoyar mi frente contra la suya susurré bajo al ritmo que me permitía la escasez de mi aliento.

— Estoy aquí. Tranquilo, estoy aquí…

Respiró aliviado y cuando volvió a serenarse ambos abrimos los ojos regalándonos una pequeña sonrisa.

— ¿Baño?

Asintió y me apretó contra él robándome otro beso.

— Baño. Juntos. Nada de escaquearse —mordió ligeramente mi labio inferior haciéndome reír aunque en realidad tenía un efecto muy distinto en mí que hiciese eso.

— Nada de escaquearse. Prometido.

2018 / Sep / 16

El viaje al apartamento fue pesado y difícil de completar. Tenía que aceptar que mis comparativas con otras personas tenían que cesar. No podía estar viviendo siempre en un mundo en que me sentía poco más que una piedra en el zapato.

Saqué las llaves y abrí la puerta antes de coger profundamente aire. Entré en el apartamento y no podía creerme lo que estaba viendo. Había trozos de cuadros por todas partes, se escuchaba un fuerte sonido de algo que teóricamente debía ser música. Sin embargo, a mí me parecía puro ruido, nada más que ruido.

Estaba preocupada porque no sabía lo que estaba pasando. Un nuevo golpe provocó que diese un pequeño salto y cerré la puerta detrás de mí. Caminé entre los trozos de lienzo, intentando no pisar ninguno sin entender en realidad porqué la casa estaba así.

Fui hasta el taller de Derek donde me encontré a una versión de Derek que golpeaba la pared de forma dolorosa, temblando y llorando de una rabia que no comprendía. ¿Qué estaba pasando?

— ¿Derek?

Con el sonido de mi voz paró. Se giró muy despacio. Pude ver cómo la pared había terminado llena de sangre por sus heridas recientes y cómo su expresión era de completa incredulidad. Le miré tan sorprendida y temerosa por verle tan violento que creí que una parte de mí habría despertado a ese ser sin control que podía haber estado dormido durante mucho tiempo.

Dejé caer el bolso al suelo. Caminé hasta él cuando vi que parecía estar al menos lo suficientemente sosegado como para no dirigirme a mí uno de esos puñetazos. No creí que él fuese capaz de pegarme, pero en momentos en los que se pierde por completo el sentido, ¿podría uno mantener el autocontrol para no cambiar la pared por una persona?

Acaricié sus mejillas muy despacio intentando descifrar en su mirada qué le había hecho reaccionar de esa manera. Sus labios parecían sellados, sus ojos estaban ligeramente idos y las heridas de sus dedos me preocupaban más que cualquier otra cosa salvo su bienestar psicológico.

Cuando reaccionó sus brazos me apretaron con fuerza contra su pecho y escondió su rostro en mi cuello aspirando mi aroma como si hubiesen pasado siglos sin que nos hubiésemos visto. Acaricié su cabello entre mis dedos sabiendo que eso le relajaba muchísimo y sus rizos suaves se volvieron una terapia para mí misma. Jugar entre los dedos con algo suave siempre había logrado calmarme de alguna forma. En general, tener algo entre los dedos. Recordaba cómo en muchas ocasiones mi madre me decía que de pequeña le daba pellizcos con los dedos de los pies y de las manos porque lo suave que era, lo fresquita que estaba, esa sensación placentera en mi interior era adictiva.

Ni tan siquiera conté el tiempo que pasamos así. Solamente supe que me dolían las piernas cuando su respiración pareció calmarse hasta el punto de ser un ritmo constante y normal. Sus dedos, a pesar de estar adoloridos, acariciaban la parte baja de mi espalda.

— ¿Vamos a curarte esas manos? —pregunté suavemente en su oído dando pequeños besos a su piel, su cabello y el hombro que tenía más cercano a mis labios.

Asintió después de unos segundos de duda y con cuidado agarré sus muñecas para ir hasta el baño donde tenía el botiquín. Saqué gasas y betadine esperando que no se hubiese roto ninguno de sus dedos. Solamente se le ocurría a él golpear la pared sin nada que pudiese evitar una ruptura segura. Si se libraba de ella es que tenía una flor en el culo, como decían peculiarmente en mi familia.

Le senté en la taza, sobre la tapa y él me hizo sentarme en su regazo. Observé sus manos y distinguí que no parecía haber nada mínimamente morado, todo estaba enrojecido. Besé sonoramente su mejilla aunque iba a regañarle de lo lindo más tarde. Mojé la gasa con agua oxigenada y fui limpiando las heridas poco a poco intentando quitar toda la sangre posible. Después al ver que ya no sabía más, puse algo de betadine en la otra gasa y le di suavemente a sus nudillos intentando desinfectarlas. Por último, le obligué a llevar, al menos durante un rato, una gasa que protegiese sus dedos por si volvían a sangrar. Si no lo hacía, se la quitaría.

— ¿Dónde estabas? —su voz sonó lastimera.

— En el centro que te comenté. Fui a espacio literario.

Enarcó sus cejas y después bajó la mirada a sus manos antes de apretarme contra su pecho. ¿Todo eso había sido porque no sabía dónde estaba? ¿Y el señor móvil para qué lo teníamos? Mordí mi labio inferior esperando que no me hubiese llamado mil veces y que estuviese tan sorda que no hubiese escuchado ninguna por lo que todo esto podía ser culpa mía aunque… no era la primera vez que pasaba algo así, osea, que yo estuviese tan sorda que no oía el móvil.

— Creí que te habías ido…

La angustia se apoderó de mi pecho antes de acariciar su cabello entre mis dedos una vez más.

— ¿Por lo de ayer? —pregunté a pesar de saber la respuesta.

Asintió sin mirarme. Vivía presa del miedo a que le abandonase, a que me fuese, a que nada de esto, nada de lo que tuviésemos pudiese durar con el tiempo. Era una situación agónica que seguramente estaba alimentando sin darme cuenta y no podía permitirme seguir haciéndole tanto daño.

— No voy a irme… —musité aún a sabiendas de que mi promesa fuese a caer en saco roto.

La desconfianza había aparecido entre nosotros, o quizá, más que desconfianza ese conocimiento del otro, esa sensación de inseguridad que reflejaba en los demás, que provocaba en quien estaba a mi lado. Podía haber sido yo la culpable de todas las idas y venidas de mis relaciones y nunca haberlo visto con claridad salvo cuando me echaba la culpa sistemáticamente.

Apreté ligeramente su cuerpo al mío y agarré sus cabellos entre mis dedos antes de contener el llanto agónico que quería escapar de mi interior. ¿Podía ser tan venenosa como para provocar tantísimo dolor sin verlo siquiera?

2018 / Sep / 15

«Después de algún tiempo aprenderás la diferencia entre dar la mano y socorrer un alma, y aprenderás que amar no significa apoyarse, y que compañía no siempre significa seguridad. 

Comenzarás a aprender que los besos no son contratos, ni regalos, promesas, comenzarás a aceptar tus derrotas con la cabeza erguida y la mirada al frente, con la gracia de un niño y no con la tristeza de un adulto y aprenderás a construir hoy todos tus caminos, porque el terreno de mañana es incierto para los proyectos y el futuro tiene la costumbre de caer en el vacío. 

Después de un tiempo aprenderás que el sol quema si te expones demasiado. Aceptarás incluso que las personas buenas podrían herirte alguna vez y necesitarás perdonarlas… Aprenderás que hablar puede aliviar los dolores del alma… Descubrirás que lleva años construir confianza y apenas unos segundos destruirla y que tú también podrás hacer cosas de las que te arrepentirás el resto de tu vida. 

Aprenderás que las nuevas amistades continúan creciendo a pesar de la distancia, y que no importa que es lo que tienes, sino a quién tienes en la vida, y que los buenos amigos son la familia que nos permitimos elegir. 

Aprenderás que no tenemos que cambiar de amigos, si estamos dispuestos a aceptar que los amigos cambian. Te darás cuenta que puedes pasar buenos momentos con tu mejor amigo haciendo cualquier cosa o simplemente nada, solo por el placer de disfrutar de su compañía. 

Descubrirás que muchas veces tomas a la ligera a las personas que más te importan y por eso siempre debemos decir a esas personas que las amamos, porque nunca estaremos seguros de cuándo será la última vez que las veamos. 

Aprenderás que las circunstancias y el ambiente que nos rodea tiene la influencia sobre nosotros, pero nosotros somos los únicos responsables de lo que hacemos. 

Comenzarás a aprender que no nos debemos comparar con los demás, salvo cuando queremos imitarlos para mejorar. 

Descubrirás que lleva mucho tiempo llegar a ser la persona que quieres ser, y que el tiempo es corto. Aprenderás que no importa a donde llegaste, sino a donde te diriges y si no lo sabes cualquier lugar sirve… 

Aprenderás que si no controlas tus actos ellos te controlarán y que ser flexible no significa ser débil o no tener personalidad, porque no importa cuán delicada y frágil sea una situación: siempre existen dos lados. 

Aprenderás que héroes son las personas que hicieron lo que era necesario, enfrentando las consecuencias. 

Aprenderás que la paciencia requiere mucha práctica. Descubrirás que algunas veces, la persona que esperas que te patee cuando te caes, tal vez sea una de las pocas que te ayuden a levantarte. 

Madurar tiene más que ver con lo que has aprendido de las experiencias, que con los años vividos. 

Aprenderás que hay mucho más de tus padres en ti de lo que supones. 

Aprenderás que nunca se debe decir a un niño que sus sueños son tonterías, porque pocas cosas son tan humillantes y sería una tragedia si lo creyese porque estarás quitándole la esperanza. 

Aprenderás que cuando sientes rabia, tienes derecho a tenerla, pero eso no te da derecho a ser cruel. Descubrirás que solo porque alguien no te ama de la forma que quieres, no significa que no te ame con todo lo que puede, porque hay personas que nos aman, pero que no saben cómo demostrarlo. 

No siempre es suficiente ser perdonado por alguien, algunas veces tendrás que aprender a perdonarte a ti mismo. 

Aprenderás que con la misma severidad con la que juzgas, también serás juzgado y en algún momento, condenado. Aprenderás que no importa en cuantos pedazos tu corazón se partió, el mundo no se detiene para que lo arregles. 

Aprenderás que el tiempo no es algo que pueda volver hacia atrás, por lo tanto, debes cultivar tu propio jardín y decorar tu alma, en vez de esperar que alguien te traiga flores. 

Entonces y solo entonces sabrás realmente lo que puedes soportar; que eres fuerte y que podrás ir mucho más lejos de lo que pensabas cuando creías que no se podía más. 

¡Es que realmente la vida vale cuando tienes el valor de enfrentarla!». 

Aquella carta de William Shakespeare jamás había llegado a mis oídos. La verdad en sus palabras helaba la sangre. La forma en la que su texto servía para tantas personas era asombroso a pesar de las generaciones que había entre ambos.  

Me sentí inferior a pesar de decir él mismo que solamente había que compararse con otros para mejorar y su enseñanza se escapaba de todo lo que yo pudiese hacer. No obstante, podía ser una manera perfecta de afrontar las verdades de la vida.  

Unos la tachaban de pesimista. A mis ojos no era pesimismo lo que él expresaba, sino que una completa y absoluta lección de vida. Uno tenía tan solo dos opciones en la vida: podía quedarse agazapado en el suelo dejando que todo el mundo le pisotease por placer y por maldad pura; o levantarse, por mucho que doliesen las heridas y seguir adelante demostrando que nadie es más que uno ni uno más que nadie.  

Aquellas frases dieron muchas vueltas en mi mente. Tanta verdad en un solo mensaje. Una de las cosas que pasaron por mi cabeza fue intentar tenerlas en alguna parte para recordarlas, para tenerlas siempre en mente. El problema, es que no sabía en qué parte de la casa podría llegar a colgarlas. Además, había sobre todo otra idea en mi interior. No tenía que esconder lo que estaba escribiendo, debía dejar a Derek leerlo que me comprendiese que viese hasta qué punto estaba dispuesta a realizar algo para dar ese paso hacia delante que no me dejase volver a dar pasos atrás. Quería hacer y no simplemente montar castillos en el aire.  

Miré mi carpeta, aquella en la que había ya un montón de folios escritos de los que tan solo me había permitido leer dos. No podía rendirme de nuevo, no por mucho que me costase.

2018 / Sep / 15

Las conductas evasivas eran parte de un aprendizaje. Si el cerebro terminaba aceptando, a menudo de manera equivocada, que la evitación era la salvación para no sentir más dolor en ningún momento, no se podía negar que sería el método utilizada para los momentos de estrés o no tener que enfrentarse a esas situaciones incómodas que uno terminaba orquestando en su cabeza cuando podrían ser completamente diferentes a la realidad que se diese.

El miedo podía ser tal que terminase paralizando la evolución de una persona porque fuese incapaz de echarse a volar. No había razón para creer que los miedos no podían superarse, pero había que ser plenamente consciente de ellos, del paso que se daba, de la decisión que se tomaba y porqué se hacía. Por eso me había quedado allí. Por eso había ido corriendo a los brazos de Derek. Por eso, aquel miedo, aquel pánico a que no me amase de verdad, por mucho que hubiese penetrado en mi mente había decidido dejarlo a un lado para hablar de lo que ocurría en algún momento.

Si era sincera conmigo misma jamás había hecho eso en mis relaciones. Siempre había construido un muro o había obviado las preguntas que querían salir. Durante las discusiones había sido hiriente, tiránica y letal; pero todo el daño que hacía me lo infringía también a mí misma. Las puñaladas sentimentales que había asestado, habían terminado en mi mismo cuerpo sin que el cuchillo cambiase las manos que lo empuñaban.

En muchas situaciones aún debía madurar. Era como un niño pequeño que empezaba a crecer, que empezaba a caminar, a aprender y por eso, en muchas situaciones, para mí era o blanco o negro, no veía otras posibilidades y era ahora cuando estaba comenzando a descubrir que para mí también había una amplia escala de grises en mitad del abanico.

— ¿Qué ocurre? —mi pregunta había salido con un hilo de voz, tímida, temerosa de que pudiese provocar algo peor.

— No quiero hablar de eso —musitó Derek antes de sentarse en el sofá mirando su obra con desgana, como si no quisiese ponerse a pintar aunque los plazos no le daban mucho tiempo para descansar.

— Pero, ¿ocurre algo? —pregunté esperando que eso, por lo menos, no me lo negase.

— No, no ocurre absolutamente nada, Kyra. Solo… quiero tranquilidad. Eso es todo.

Había visto antes esa negativa a hablar. No quería regresar a lo mismo y generalmente siempre había reaccionado pataleando, gritando y lanzando cuchillos envenenados para empeorar aún más la situación.

Intenté pensar en lo que él podría estar pensando, intentando adivinar qué podía haber cruzado su mente. Me quité los zapatos y los tiré dentro de la habitación antes de caminar poco a poco hacia él. Deseaba que se quedase en el sofá, que no se moviese, que no pusiese barreras y si las había puesto que me dejase romperlas para mejorar aquella horrible situación. Quizá otros sí estuviesen de acuerdo en dejar crecer algo así, pero yo no… no tenía intención de aceptar el principio del final.

Me senté en sus piernas y a pesar de que sus pulmones dejaron escapar violentamente todo el aire que tenían por su boca, sus brazos me rodearon provocando una ligera sonrisa en mí. Era una de las primeras veces en mi vida que daba un primer paso, pero jamás había sido tan directo para una reconciliación o una búsqueda de tranquilidad en el otro logrando la mía propia. No saber lo que pensaba la gente que me importaba me causaba mucha ansiedad.

— No he hablado con él, se presentó de repente y entró porque pensé que eras tú. Nada más.

Sus ojos miraron hacia otro lado, no querían observarme como siempre lo hacían y tomé su rostro obligándole a mirarme al menos un segundo.

— Derek, por favor… ¿realmente crees que podría querer tener a ese ser en mi vida de nuevo?

— Pero estaba aquí…

— ¡Y te mostré el mensaje! —cerré mis ojos y apoyé mi frente contra la suya intentando no alterarme demasiado—. No sé si ese mensaje era suyo o no, sea como fuere ha sido él quien me ha encontrado y yo no me he puesto en contacto con él. Ni me interesa hacerlo.

Apretó sus párpados y supliqué internamente porque pudiese ver la verdad en mis palabras. ¿Para qué iba a mentirle en esto? Gerault había llegado para trastocar esa mínima felicidad y seguramente, ese ser le habría dicho otras cosas a Derek que parecían costarle menos creer que aquello que yo le estaba diciendo.

Los segundos fueron eternos hasta que sus ojos volvieron a abrirse para mirar fijamente los míos.

— Creía que a mis espaldas habías estado hablando con ese idiota, como si le necesitases de nuevo en tu vida. Y…

— … no te sentiste suficiente…

Entonces lo comprendí. Él también tenía las mismas sensaciones que yo misma. Cada vez que creía hacer algo mal, que sentía que fallaba al mundo, consideraba que no era suficiente, que todo el mundo necesitaba a más que a mí. Ninguno de los dos comprendía que podíamos necesitar más cosas que al otro sin que eso significase que no amábamos lo suficiente al otro, que no dábamos bastante, que éramos un segundo plato.

Cuando a uno le pisotean la autoestima, cuando le denigran y pisotean esa era una de las temidas consecuencias. Sentirse un ser inferior, un ser de una categoría distinta, menos valiosa, como si el mundo entero fuese diamante y tan solo uno mismo una circonita barata que podría cualquiera distinguir con una sola mirada.

Asintió por lo que había dicho y besé sus labios suavemente buscando calmar ese dolor que yo misma padecía.

— Para mí eres más que suficiente, Derek. Eres todo lo que quería en mi vida. Todo lo que dejé de buscar porque no existía, o eso creía.

Quizá en algo tuviese razón el profesor: las almas dañadas, oscuras, se atraen las unas a las otras. Pero hay dos posibles propósitos, la búsqueda de la unión de ambas en una relación tormentosa o la búsqueda de la cura para las heridas del otro. Hasta el momento había buscado la segunda alternativa, pero había funcionado en pos de la primera. ¿Podría invertir mi forma de ser y lograr mi verdadero propósito con Derek?

2018 / Sep / 15

Huir formaba parte de mi manera de funcionar. Ese comportamiento tan automático que buscaba, en lo posible, evitarme dolor de alguna forma. Sin embargo, la huida, en ocasiones, solía significar mucho más que una evitación de dolor o ansiedad. Podía ser bastante más, mucho más. Cuando dejaba a un lado actividades que me atraían siempre sufría de alguna forma por no poder realizarlas, por abandonar todo lo que en algún momento pudo gustarme porque huir parecía la única opción viable.

Quería volver a escapar, pero ¿podría alejarme de todo lo ocurrido? Lo dudaba considerablemente. ¿Quién de todas esas personas que decían quererme podrían dejarme marchar aunque fuese lo que más necesitaba en el mundo? Gerault me había perseguido hasta allí, Derek se había venido conmigo por una necesidad que había nacido en su interior y si la única razón existente para que se marchase de mi lado significaba asegurarle que no le necesitaba y no volvería a necesitarle nunca más, no sabía si podría hacerlo. Mi familia… mi familia tampoco me dejaría marchar. Mis padres seguían siendo mis padres ocurriese lo que ocurriese, les gustase o no y, además, yo misma no podía permitirme perder a los demás por mucho que una parte de mí lo desease para pisar mi cabeza contra el fango y ahogarme en la desesperación.

Me estiré ligeramente en la búsqueda de encontrar algo de placer en desentumecer mis extremidades y mis articulaciones. El dolor solía ir por dentro como un pequeño veneno que se acumulaba despacio, gota a gota, hasta que terminaba turbando la escasa paz que se consiguiese. Por ese motivo los sucesos de la noche pasada llegaron a mi mente como un golpe en la parte más sensible de mi anatomía. Me sentía desdichada y triste mientras la única esperanza que crecía en mi interior no era otra que la huida sin dejar nota a nadie, sin explicar nada a nadie, buscando una libertad que como bien hubiese dicho Verdoux, encontraba tan solo cortándome las alas aunque me atase a lo que más deseaba quedarme.

Me negué a mí misma la posibilidad de admitir el dolor con simpleza, pero tampoco podía hacerle eso a Derek. Romper la relación era una cosa, desaparecer como si jamás hubiese existido era otra diferente, muy diferente.

Me trajeron el desayuno antes de darme el alta. Habían llamado a mi psiquiatra, aquella que me había llevado durante años en mi tratamiento y me hizo unas preguntas, sin embargo, me negué a la posibilidad de tomarme más medicación y ella sonrió al ver que tenía ganas de seguir adelante sin tantas muletas que me habían permitido ponerme de pie todo el proceso.

Cuando salí del hospital, pude ver a Derek fuera, esperándome y a Gerault a unos metros de él. Mis ojos se posaron en cada uno y en el instante que Gerault hizo un ademán por acercarse a mí negué varias veces.

— Por favor… déjame tranquila.

Los brazos de Derek me rodearon a pesar de que su mirada había cambiado, no sabía en qué, pero era diferente. Algo había nacido en él, algo diferente a lo que había conocido siempre. Nunca me había ocultado nada, tampoco me había devuelto nada a parte de ese destello de enamorado, pero éste, parecía haberse apagado por completo. Mi pecho sintió una opresión, esa que me hubiese evitado si hubiese huido y tomé el rostro de Derek entre mis manos temerosa de haber hecho algo que le hubiese arrebatado todo el amor que me tenía de golpe.

Sus manos envolvieron mis muñecas con suavidad mostrándome sus nudillos aún rojos con costras pues le habían sangrado al golpear aquel pedazo de hormigón que parecía Gerault. Acaricié suavemente sus mejillas con mis pulgares y las apartó muy delicadamente de su rostro. Les dio un beso a cada una intento que fuese menos doloroso ese movimiento y nos fuimos en el taxi que había estado esperando mi salida.

El viaje al apartamento fue horriblemente angustioso. Todo fue silencio. No había nada más. Nuestras manos no se tocaban y me sentía igual que con Verdoux, temerosa de hacer algo que no fuese bien recibido por él. ¿Por qué todo tenía que cambiar tan deprisa? ¿Qué había hecho para provocar su desprecio de esa forma?

Mordí mi labio inferior mirando por la ventanilla y quise ser cualquiera de las personas que veía en ese momento en la calle. Deseé tener amistades a quien contarle lo que estaba ocurriéndome. Solamente, no sentirme sola. ¿Por qué era tan importante para mí tener a alguien si jamás lo había tenido? Quizá por eso. Quizá porque había saboreado durante muchísimo tiempo la soledad más absoluta en la que todo sentimiento tenía que ser escondido bajo la almohada.

Me bajé del taxi y me quedé sintiendo el viento que empezaba a ser fresco arañando mi piel igual que si se tratase de cuchillas. Derek había seguido hacia delante, hacia la puerta para abrirla, pero yo tan solo le observé. Nada más que le observé. Algo se había vuelto oscuro entre nosotros y mi instinto me gritaba que saliese corriendo ahora que no me veía mientras las lágrimas se deslizasen por mis mejillas por permitirme perder de nuevo algo más, algo diferente.

Justo en el momento que mi pie izquierdo se deslizó unos centímetros hacia atrás, Derek se dio la vuelta. Me contempló de esa forma en la que podía leer su propio dolor. Mi corazón palpitaba dolorosamente y mis labios se entreabrieron para pronunciar una sola palabra, pero se atascó en mi garganta cuando de su boca escapó una pregunta llena de resentimiento.

— ¿Te vas a ir? ¿Volverás a irte?

Casi podía ver las lágrimas desde la distancia. Sorbió su nariz antes de secarse las lágrimas con rabia por estar llorando, porque yo lo estuviese viendo, o por la situación, por ese momento.

— ¿Te volverás a ir, Kyra? —volvió a preguntar sin tan siquiera mirarme a la cara.

En ese momento sentí una gran opresión en mi pecho, demasiado intensa como para ser controlada, demasiado dolorosa como para ser obviada. Negué varias veces y en lugar de escapar corriendo, corrí hacia él que me recibió en sus brazos apretándome contra él temeroso de que cambiase de idea en cualquier momento.

— Quiero quedarme contigo… —suspiré contra su cuello logrando tan solo como respuesta otro apretón y solamente hasta que ambos creímos que habíamos pasado el suficiente frío, nos metimos dentro de su apartamento.

2018 / Sep / 14

— Kyra… ¿por qué? ¿Por qué eres así? ¿Por qué juegas de esta manera?

Le miré sin comprender nada y con deseos de gritarle en la cara que se marchase de mi hogar, aunque lo que más temía era que apareciese Derek allí porque sabía que no se lo pensaría ni dos veces antes de darle un puñetazo.

— Vete de aquí… —susurré.

— No voy a irme. Te vas, desapareces y piensas que voy a quedarme cruzado de brazos sin buscarte…

— ¿Por qué deberías hacerlo? No soy nada tuyo. Y ahora, vete de mi casa.

Gerault se pasó una mano por el rostro respirando algo agitado, como si tuviese cierta incomprensión, como si no entendiese porqué no celebraba que me hubiese encontrado. Jamás había pedido algo semejante, no quería volver a verle, no quería saber qué era lo que había hecho durante este tiempo, tenía que irse. Simplemente irse.

Se quitó la gabardina y observó el piso sin hacerme caso, igual que si no estuviese y él pudiese curiosear lo que desease.

— ¿Por qué lo elegiste a él? —preguntó de repente antes de girarse hacia mí.

Me estremecí de pies a cabeza porque había visto esa expresión antes. Podía leer el dolor, un dolor intenso en su rostro, pero que no llegaba a entender, que no resultaba lógico y temía que la pesadilla volviese a empezar aunque Douglas hubiese muerto.

— ¿No habéis tenido suficiente Tatiana, Smith, Ana y tú jugando conmigo igual que una muñeca? ¿No habéis hecho bastante daño ya? Dejadme en paz, casaros, tener hijos, montad una orgía o lo que os dé la gana, pero ¡dejadme vivir de una maldita vez! —grité con todas mis fuerzas terminando por desgarrarme la garganta.

Aquel grito había salido del interior de mi alma, una súplica porque se olvidasen de mí, para poder seguir adelante lejos, a miles de kilómetros los unos de los otros. Sin embargo, lo que no esperaba es que ese grito llegase a los oídos de Derek quien había corrido escaleras arriba y al llegar su primera mirada había sido para mí.

— ¿Estás bien…? —jadeaba aunque sabía de sobra que no era por la subida, sino por el temor que se habría deslizado por sus venas por mi propio bienestar.

Sus ojos entonces se encontraron con esa enorme masa que era Gerault. Apretó la mandíbula. No fue el único. Casi podía escuchar la manera en la que los huesos de ambos se quejaban cuando transformaban sus manos en puños.

— Vete ahora mismo de mi casa, cabronazo —la voz de Derek sonó increíblemente amenazante.

Gerault soltó una carcajada, mirándole casi igual que si fuese un niño intentando enfrentarse contra un gigante. Entonces, pasó lo inevitable. Derek estampó su puño en el rostro de Gerault quien profirió un improperio. Respondió el golpe, pero Derek paró su brazo antes de que impactase contra su cara. Sonrió ligeramente y volvió a golpear ahora en el estómago de aquella masa incontrolable de músculos.

Temía que Gerault le pegase dado que el tamaño de sus músculos era considerable. Lo que no entendía, en ningún momento, era la razón por la que había que llegar a las manos. Mi mente pareció reaccionar viendo cada golpe, escuchando el sonido de la anatomía de uno chocando contra la del otro buscando hacerse el mayor daño posible y cogí el móvil para llamar a la policía. Gracias al cielo habían puesto las llamadas de emergencias ni necesidad de tener que desbloquear el teléfono y tan torpemente como fui capaz expliqué lo que estaba sucediendo. Estaba alterada, muchísimo y me recordó al momento en que yo misma había tenido que llamar a emergencias cuando mi abuela había dejado de respirar.

Las lágrimas empezaron a brotar sin que pudiese o quisiese detenerlas. En aquel entonces suplicaba a mi abuela que se quedase conmigo, que no muriese y ahora, ahora tenía a dos hombres que podrían matarse a golpes. Mi móvil cayó de mi mano y fui hasta ellos igual que si Wonder Woman me hubiese insuflado sus poderes y me creyese capaz de poder detener a dos hombres que habían perdido por completo el control de su ser.

— ¡Basta! —grité intentando separarles, pero recibí un golpe que me tiró al suelo.

— ¡Vete o te harás daño! —me dijeron ambos casi a la vez.

Sentí algo tibio descendiendo hasta mi boca. El golpe me había impactado en toda la nariz, pero sabía que se terminaría cortando la hemorragia dado que era de sangrado fácil por la nariz gracias a las vegetaciones que había tenido desde pequeña y que me habían hecho hurgarme con intención de respirar mejor, sí había tenido esa feísima costumbre.

La pelea entre ellos era brutal. No importaba que sus nudillos se tornasen rojos por los golpes o que empezasen a despellejarse. No importaba que uno embistiese como un toro al otro llevándole hasta la pared para ocasionarle dolor en la espalda. Daba igual si se partía una ceja o si sonaba algo parecido a un esguince o una luxación. Lo que realmente tenía relevancia era demostrar quién era el macho alfa, quién podía acercarse a la chica.

La policía no tardó demasiado en llegar. Necesitaron varios agentes para separarlos a ambos. A mí me empezaron a curar los sanitarios, pero les aseguré que estaba bien. Ellos, en cambio, seguramente tendrían algo roto, lo que fuese. Observé a ambos, sus rostros crispados por la ira y la manera en la que casi no podían ver bien, uno por un ojo morado que empezaba a hincharse y el otro porque la ceja cortada emanaba tanta sangre que no le permitía ver.

Se los llevaron a ambos. Me quisieron llevar a mí también con ellos y accedí. No quería quedarme sola después de esa noche y como parecía estar en shock o a punto de un ataque de ansiedad, decidieron darme una pastilla y mantenerme en observación además de asegurarse que no tenía la nariz rota.

Esa noche la pasé en el hospital. No dejaron a ninguno de los dos que me viese. Pedí explícitamente eso. No sabía si podría vivir con violencia en mi vida, o puede que no quisiese analizar lo que había pasado por el momento. Me obligué a mantener la mente en blanco, completamente en blanco hasta que el calmante hizo su efecto y caí en un sueño profundo.