2018 / Jun / 18

Nos sentamos en la misma mesa después de aquel incómodo abrazo. Me quedé en la silla enfrente de la suya, sin embargo, él quiso cambiarse de sitio situándose en la que estaba al lado provocando que me sintiese ligeramente incómoda. Por suerte, era una mesa pequeña en la que cada lado del cuadrado tenía tan solo una silla, así que algo de distancia había entre nosotros.

Poniéndose cualquiera en mi situación, sería igual que enfrentarse a depilarse íntegramente delante de un estado de fútbol lleno. Una experiencia tan agradable que siempre da un placer sobrehumano si tiene que repetirse. La incomodidad estaba en el aire y por mucho disimulo que intentase, no era suficiente para enmascararlo todo. No obstante, él parecía no inmutarse. Era como si estuviese en su salsa.

— No sabes lo mucho que me alegra que estés bien, Kyra —comenzó a hablar en nuestro ruso natal.

Suspiré profundamente puesto que no deseaba tener que pensar en la posibilidad de que Nikolai aún sintiese lo más mínimo por mí. Él había terminado todo de la peor forma posible. Solamente la excusa de «no ser suficientemente bueno para mí», le había valido para dejarme tirada, sola, sin nadie al otro lado de la pantalla, pero no había sido bastante para mantener su pajarito metido en su jaula. Aquella chica con la que estuvo la mañana anterior le miraba de una forma en la que sabes que ha habido más que palabras entre ellos.

Tomó mi mano con suavidad apretando ligeramente ésta entre sus dedos como un gesto cariñoso que para mí resultaba forzado e innecesario.

— Nikolai, estoy bien —le dirigí una pequeña sonrisa antes de separar nuestras manos y mirar al camarero que venía a tomarnos nota—. ¿Puede traerme el menú del día, por favor? —pregunté en inglés antes de que Nikolai pidiese otro igual que el mío.

Por suerte para mí, había visto que el menú del día me gustaba, de lo contrario, lo más probable es que hubiese tenido que obligar a mi cabeza a pensar cuando no estaba en el mejor momento. Tantas cosas que analizar, sobre todo ese sentimiento de culpa que no llegaba a comprender del todo.

— Yo… ni te imaginas lo que te he echado de menos —comentó con suavidad volviendo a usar nuestro idioma natal.

Mis ojos se dirigieron a los suyos y quise creer que decía la verdad, pero una intensa sombra de sospecha parecía teñirlos, o quizá, teñía mi propia mirada, aquella que ya no se fiaba prácticamente de nada de lo que veía por temor a resultar herida de nuevo y más de alguien que ya lo había hecho en un intento por «hacer lo mejor para ambos».

— Has tenido muchos años para extrañarme y en ninguno de ellos me has dirigido un mensaje, te has intentado poner en contacto conmigo o algo semejante, al contrario, silencio, silencio y silencio. No tenía nada más de ti y mi propio orgullo me impidió ser yo la que te buscase, al menos, de la forma que pudieses darte cuenta —comenté sonrojándome y bajando mi mirada por la estupidez que había hecho en algunas ocasiones en el pasado.

— ¿Me has buscado? —preguntó sorprendido.

— Durante un tiempo lo hice por una razón, después por otra razón diferente, pero finalmente dejé de buscarte —me encogí de hombros porque no tenía sentido negar lo que había dicho previamente que hacía.

— ¿Por qué me buscabas?

Alcé mi mirada hacia sus ojos como si aquella pregunta fuese más que estúpida. ¿No sabía la respuesta? Iba a responder, sin embargo, en ese momento vino el camarero cuando el primer plato y se me olvidó por completo que lo más probable es que no entendiese nuestro idioma.

— Yo te amaba, o creía que te amaba en aquel entonces, no sé… Creo que es obvio por lo que te busqué, ¿no? —dije algo molesta mientras pinchaba los macarrones llevándome unos pocos a la boca para comer. Cuando me ponía nerviosa era lo único que lograba desestresarme un poco, la comida. La tabla de salvación que lograba hacerme sentir más culpable después.

Con la boca llena no podía contestar, pero sabía que si algo tenía que decirle abruptamente me importaría más bien poco llenarle de perdigones. El ser humano es impaciente y a menudo, prefiere hacer las cosas «ya» a esperar un par de segundos para responder si es algo que les provoca gran angustia o creen que sino perderán la palabra. ¿Puede que fuese yo la única a la que le pasase eso? ¿Quizá no era una generalización viable?

No quería indagar más en el tema así que me centré en los macarrones mientras él permanecía en silencio. Un silencio que no me resultó cómodo para nada.

— ¿Cómo podías amarme? —su voz salió casi ahogada, como si le costase pronunciar las palabras.

— Es igual que preguntarle a las nubes a qué huelen o a las estrellas porqué brillan pudiendo hacer otra cosa —me encogí de hombros antes de coger mi vaso de agua para darle un gran sorbo—. Uno no escoge de quién se enamora. Si así fuese, sería más sencillo y tendríamos menos divorcios —comenté intentando quitarle hierro al asunto.

— Pero yo te hice daño… te dejé, sin previo aviso. ¿Por qué no me odiaste?

Entonces, comprendí algo. La egoísta forma de ver todo que había tenido hasta ese momento. Cerré mis ojos maldiciéndome a mí misma por ser tan estúpida y no haberlo analizado antes.

— ¿Tú me odiaste después de cada una de mis estúpidas rabietas? —pregunté antes de mirarle a los ojos—. Ahí tienes la respuesta entonces.

Sus ojos se fijaron en los míos de una forma que no pude descifrar. Sabía que intentaban decirme algo, pero desconocía el qué. Puede que por ese motivo fuese por el que rápidamente la decepción apareció en su rostro y cambiamos rápidamente de tema para continuar con una comida tensa, deliciosa, pero increíblemente cargada de emociones imposible de analizar para todo mi cerebro.

 

2018 / Jun / 17

La música llegaba a mis oídos. Había puesto una banda sonora que no me obligase a irme con su letra para poder leer aquel libro que el profesor me había prestado. No tenía ánimos de salir de mi habitación y tenía un nuevo remedio para matar las horas en aquel lugar encerrada. Intentaba dejarme llevar por mis propias musas casi siempre, pero ¿qué amante de la literatura se niega a disfrutar de una nueva historia y de un nuevo mundo por descubrir?

La historia calaba en mi interior con fuerza. Su forma de expresarse me hacía rememorar su voz, la forma en la que me había quitado el aire con tan solo un beso y no había tenido posibilidad alguna de mostrar mayor interés del que ya tenía. Las únicas relaciones que había tenido en mi vida habían sido a través de una pantalla de ordenador. ¿Realmente sabía lo que se exigía en todo aquello? No sabía si había algún mínimo de días que dejar tras el primer beso o no, tampoco si había que llamar a esa persona novio o no. ¿Cómo diantres funcionan de verdad la relaciones entre adultos? Una cosa es leerlos en libros y pensar que eres capaz de distinguir qué se hace bien y que no. Otra, en cambio, la verdadera forma en la que tienen su función. Uno tiene que medir, actuar, pensar, siempre intentando anteponer lo que el otro va a pensar o sentir según lo que corresponde, lo que se le conoce, pero yo era de esas personas que nunca estaba realmente segura si mis propios análisis sobre el otro eran ciertos o no. Intentar ayudar no es lo mismo que leer la mente, algo que pasaba en estas situaciones.

No obstante, la historia me había atrapado por completo hasta que escuché mi teléfono sonando. Ni tan siquiera había dado cuenta de dónde le tenía. A menudo, le dejaba sin batería, descansar hasta que le necesitaba para hacer alguna llamada, pero no solía ser nada urgente. Por ese motivo, pensaba que habría vuelto a dormirse, pero me equivocaba, eso estaba claro.

Cogí el teléfono y lo desbloqueé. Al menos, aquella chatarra tenía la parte de buena de desbloquearse de forma muy sencilla. No obstante, sabía que estaría en desventaja si alguien me quitaba el teléfono. Al mirar las notificaciones observé que tenía muchos mensajes distintos de WhatsApp, mis hermanos, llamadas de mis padres, y… ¡demonios! Me había olvidado por completo.

Di en la conversación con Nikolai me había mandado miles de mensajes. Tras leerlos todos sentí como se formaba una mueca instantánea en mi rostro. Me había pedido que no me acercase de nuevo a él por ser una egoísta al no ir a la cita, pero después, al no contestar, me había preguntado en muchas ocasiones si estaba bien, qué me pasaba, qué ocurría. Me decía que había llamado a hospitales y que había intentado localizarme en hoteles, pero nadie le había podido dar esa información. Me sentía mal. Realmente mal. No es que hubiese deseado acudir a esa cita, pero por lo menos le hubiese contestado a los mensajes aunque hubiese sentido con una fresca.

Miré la hora. Era casi la hora de comer y mi estómago rugía con fuerza. Ni tan siquiera me había dado cuenta de la cantidad de horas que llevaba leyendo, y eso que tan solo había llegado a la mitad de la hechizante novela.

Estaba de buen humor, al menos, eso era lo que suponía, porque en cuanto dejé de pensar en la novela le mandé un mensaje por WhatsApp a Nikolai. Le aseguraba que estaba bien y le decía que le debía una explicación, por lo que le esperaba en el restaurante del hotel donde yo estaba para comer juntos y ver qué era eso que tenía que decirme tan importante el día anterior. No tenía ganas de ello, pero se lo debía.

Respiré profundamente antes de poner la señal en el libro y luego irme a la ducha para prepararme y así sentirme lo suficientemente fuerte como para enfrentar esta situación. Ni tan siquiera había pensado en la posibilidad de que mi ex, aunque no sabía si las relaciones a través del ordenador se pueden considerar realmente relaciones, volviese a mi vida, ahora sí, físicamente, para hablar conmigo cara a cara. No pude evitar recordar todos los momentos que amé ese rostro, el tiempo que se pasó de fondo de pantalla de mi móvil, pero ahora… ahora era todo demasiado tarde aunque era resentida, por lo que no podía evitar sentir malestar al verle por cómo hubo terminado todo.

Tras vestirme con lo menos provocativo que tenía en mi maleta, quizá por esa estúpida idea al creer que cuanto más ropa llevase menos se me vería a mí, decidí ir al restaurante donde Nikolai me esperaba con gesto serio, pero cuando me vio hizo algo que no esperaba, se levantó y me abrazó como si realmente hubiese temido por mi vida, como si todo lo que me había escrito en los mensajes fuese verdad.

No sabía qué hacer, pero le terminé devolviendo el abrazo con suavidad sintiéndome algo incómoda con el contacto. No era lo mío si no lo había planeado yo previamente.

Olía como el verano, a ese olor que tan solo se huele en la época de baño en la playa o la piscina. Nunca antes había sabido cómo era su olor. Y mucho menos, lo habría podido imaginar.

No obstante, y sin yo saberlo, alguien más observaba ese abrazo, alguien que sintió su corazón romperse en mil pedazos.

 

2018 / Jun / 15

2002

No quería ir, pero tenía que hacerlo. Lo que me había pasado no tenía sentido alguno. ¿Por qué había tenido que aceptar dejarme llevar por algo semejante? Una muerte. El único chico que se había interesado por mí se había muerto en un accidente de tráfico. Era más que evidente que no podría guardarlo durante mucho tiempo. Y siendo realista, aún no entendía qué había visto en mí, pero como una idiota había terminado aceptando que debía querer a la única persona que me ofrecía su mano para tener una vida a mi lado. Una tontería pensando en mi persona yéndose a Escocia con un desconocido a vivir una vida solamente por la promesa de que él me cuidaría. ¿Quién no se dejaría seducir por algo así?

Mi corazón palpitaba dolorosamente. Llevaba mucho tiempo llorando. Había conseguido librarme del hospital de día, pero ahora tenía que volver de la mano de mi madre quien me había pillado en varias ocasiones a punto de las lágrimas o había terminado durmiendo en la misma cama que yo para intentar calmar a esos demonios odiosos que lo único que hacían era recordarme que nadie me querría.

Sí, debía ser honesta. ¿Era su muerte la que me dolía o el hecho de quedarme teóricamente «sola» en mi pequeño mundo? Me había enamorado de un fantasma, una persona que se conectaba a internet a ratos y con la que no podía terminar casi nunca una conversación. Me preguntaba si no se estaba riendo de mí. ¿Cómo podía aquel chico haberse enamorado de alguien como yo? No era nada, absolutamente nada y él, tenía una vida allí.

Sin embargo, mi locura, mi necesidad de sentir amor y esa dependencia habían crecido exponencialmente. Le había dejado cientos de mensajes, mensajes en los que le había echado en cara no aparecer, buscando la forma posible de hacerle sentir mal por tener su vida fuera y no poder conectarse. ¿Por qué me comportaba así? No lo entendía, pero sí sabía que la ansiedad existía. Era igual que tener un arma apuntándote y sabiendo que en cualquier momento disparará, porque lo hará, no se arrepentirá en el último momento.

Y ahora, se había ido. El arma se había disparado y mis ojos habían derramados más lágrimas egoístas que de pena por su pérdida. Era como si mi propia mente hubiese aceptado que tan solo hay una persona para el otro y que nadie, absolutamente nadie más podría fijarse en alguien como yo. El egoísmo era más que claro. No podía mirar más allá de mi propio mundo. Idealizaba aquel que él me había prometido regalarme y que no podría ver jamás.

Me habían designado a una nueva psicóloga. La había tenido durante mis dos años en el hospital de día, como terapeuta de relaciones sociales e imaginaba que lo más fácil es que estuviese más que nula en esas artes. Lo único que recordaba haber trabajado con ella había sido el intentar recibir halagos, algo que jamás había podido aceptar.

Isobel, la terapeuta, me dedicó una pequeña sonrisa y tras ir a un despacho para poder hablar lo que teníamos que hablar juntas esperó a que empezase a hablar.

De mi boca salió todo lo ocurrido con aquel chico, ese contacto inusual por internet, el extraño accidente tras su marcha a Escocia y cuando pensé que ella lo comprendería como un momento de duelo pude escuchar su voz:

— Y además de eso, Kyra, ¿qué te ocurre?

Me quedé completamente sorprendida. ¿Qué quería que le dijese si eso era lo que había provocado mi recaída? Sin embargo, obligada a pensar en qué estaba pasándome, sintiéndome como en ese examen en que tenía que decir la respuesta correcta o suspendería, me pregunté algo a mí misma. ¿Era eso lo único que me pasaba o había más? Y entonces, fui consciente. Siempre había habido más, pero cosas que me daba miedo reconocerme a mí misma y que sabía que tardarían mucho en salir a la superficie.

2018 / Jun / 15

2000

Miré a quien tenía enfrente. Una nueva terapia. Psicoterapia. Me agradaba el acento del terapeuta con el que teníamos aquella terapia. Una hora intentando discernir los unos y los otros qué era lo que veíamos o entendíamos de la situación del otro, de aquello que compartía. ¿Cómo aceptar que si no le había contado cosas antes a un psicólogo a solas tenía ahora que compartir algo delante de un grupo de casi diez personas? A mis ojos era como si fuese el mundo entero.

Fruncí mi ceño suspirando. No quería hablar de nada, pero ahora los demás habían visto mi reacción y se habían mantenido en silencio mientras esperaban a que de mis labios saliese algo que poder destripar y con lo que lanzarme hachazos que no sabría esquivar.

— No tengo demasiado que decir —musité encogiéndome de hombros.

— Algo habrá —dijo con una sonrisa Mikel mientras señalaba al grupo con una mano y en la otra tenía su pulsera—, puedes compartirlo con nosotros. Intentaremos ayudarte.

Para mí era igual que encontrarse frente a un examen en blanco en el que tenía que escribir exactamente lo que ellos querían que dijese. Si no era así, el folio en blanco terminaría lleno de tachones cuando hubiese conseguido escribir un par de palabras inconexas.

— Soy de aquí, de Moscú. Tengo una madre y un padre. Mi padre también tiene problemas mentales. Tengo un hermano mayor que yo y una hermana más pequeña. Me gusta poca cosa ahora mismo y he venido desde el hospital puesto que aún tengo que pasar mis noches allí. Quieren asegurarse que venga aquí, supongo —me volví a encoger de hombros y bajé mi mirada a mis manos sobre mi regazo.

— ¿Qué es lo que te pasa?

— No sé el nombre de mi diagnóstico. Nunca he querido saberlo. Creo que es mejor que se quede en el completo anonimato para mi cabeza, pero no considero que tenga que estar aquí. ¿Qué podéis hacer aquí que en otros sitios no? —cuestioné mientras mis ojos se alzaban mirando a través del grueso cristal de mis gafas al terapeuta que no quitó su mirada amable ni un solo segundo.

— Lo que podemos hacer es lo que tú quieras que hagamos, Kyra. Nada más —volvió a sonreírme.

Fruncí mi ceño antes de suspirar profundamente. Debía aceptar la realidad. Todo lo que dijese en ese momento sería un intento por hacerle entender que yo no necesitaba estar allí, pero ellos en cambio habían tomado la decisión contraria. Parecía que aquella casa donde muchos chicos se reunían durante un montón de horas sería mi única salvación.

— Dicen que estoy obsesionada —salió de repente de mis labios y tras darme cuenta que lo había dicho, bajé mi mirada a mis manos—. No es algo que sea agradable de oír.

— Por supuesto que no. ¿Y con qué dicen que estás obsesionada?

— Con un grupo de música. He ido a varios conciertos suyos por aquí cerca y gracias a ellos conseguí tener un grupo de amigas que… bueno, finalmente me dejaron tan tirada como a una colilla. Lo hicieron por internet que es lo más gracioso —reí sin ganas antes de cruzar mis piernas y mis brazos en señal inequívoca de defensa.

— ¿Con qué grupo si puede saberse? —preguntó con aquel tono suave y cuidadoso.

— Markov —dije rápidamente y noté como mis mejillas se sonrojaron cuando el resto de los compañeros comenzaron a cuchichear—. Sí, lo sé, son horribles, no los sigue casi nadie, pero a mí me gustan sus canciones.

Me había puesto en posición defensiva. Ya no había forma alguna en la que pudiesen decirme nada que no hiriese esa capa de hielo que me recubría, de la que se escapaban trozos que terminaban enterrándose como cuchillos en mi corazón maltrecho.

2018 / Jun / 15

Caminé detrás de él a toda la velocidad que podía. No sabía dónde me llevaba. No hablaba, simplemente se limitaba a caminar, a guiarme hacia algún lugar y por mi mente pasó la posibilidad de que ese hombre fuese un asesino en serie que terminase por no aplazar ni un solo momento más su verdadero objetivo. La idea tan bien formada en mi cabeza comenzó a hacerme titubear. Era exactamente igual que tener una cuerda agarrada a la cintura de la que han empezado a tirar para que no puedas seguir avanzando.

Me preparé mentalmente de todas las formas que sabía. Tenía varias opciones: la primera, salir corriendo y gritar auxilio en aquella calle más o menos transitada; la segunda, podía defenderme en el momento que me atacase, sin embargo, no la veía demasiado plausible, si tan solo hubiese aceptado aprender judo de manos de mi padre…; y la tercera, aceptar que mi curiosidad era mayor e intentar por todos los medios mantenerme a una distancia lo suficientemente prudencial como para que no pudiese matarme sin que yo pudiese intentar escapar.

William estaba serio, cabizbajo, taciturno. En su semblante no podía leerse nada, pero mi cabeza rápidamente le colocaba tantos posibles pensamientos que ni aunque hubiese sido capaz de pensar en los millones y millones de posibilidades que había, hubiese acertado en lo que pasaba por su mente o no lo hubiese considerado factible aunque fuese un número de esa larga lista.

Entramos en Central Park. Podía escuchar la voz de mi madre, o de esas madres de las películas, advirtiendo a sus hijas que no fuesen de noche por Central Park ni tampoco se fuesen con desconocidos. Bien, estaba incumpliendo las dos cosas y aún así mis pies seguían tirando de esa cuerda invisible para poder saber qué hacíamos allí.

Me sorprendí al ver que nos parábamos frente a la estatua de Alicia en el país de las maravillas. ¿Por qué aquí? ¿Por qué precisamente aquí? ¿Era algún tipo de ritual extraño? Sin embargo, antes de que pudiese preguntar nada sus fuertes manos habían tomado mi rostro entre ellas y sus labios besaron los míos de una forma que despertó cada milímetro de mi ser.

¡Mi primer beso! Estaba recibiendo mi primer beso y ni tan siquiera sabía cómo reaccionar. ¿Qué significaba todo esto? ¿Le gustaba entonces o era de los hombres que buscaban una mujer con la que tener un polvo y ya? Por medio segundo me sentí fatal, pero el resto de mi cuerpo me pedía reaccionar. Había desaparecido la cuerda de mi cintura y de no ser así, había decidido cambiar de dueño y rodear al hombre que me estaba entregando uno de los momentos más románticos de mi vida.

Mis brazos rodearon su cuello y respondí aquel beso tan torpemente que me sonrojé hasta las orejas. Él se daría cuenta que no había besado a un solo hombre en mi vida, pero esperaba que aquel beso fuese tan especial para él como para mí.

Era más alto que yo y eso era algo que siempre había querido experimentar en el primer beso. ¿Por qué razón? Lo desconocía. Pero lo que disfrutaba como nunca era la picazón de una barba contra mi piel.

Poco a poco se retiró dejándome con una boba sonrisa en los labios y el sonrojo aún más presente en mis mejillas. Sentía que me ardía toda la cara, que esas mariposas en el estómago se habían convertido en abejas que taladraban mi interior con sus aguijones. Temía abrir los ojos y descubrir que todo aquello lo había soñado, pero tuve que hacerlo mientras sus pulgares acariciaban mis mejillas.

— Así es como se da un beso —musitó con una pequeña sonrisa en sus labios aunque parecía estar en otro lugar en ese momento.

¡Maldición! ¿Había sido tan evidente? ¿Podía saber cualquiera que ese había sido mi primer y único beso? Bueno, en realidad, mentía en cierta forma. Durante mi veintena, mis primos que habían nacido en esos años me regalaron besos en los labios. No obstante, ¿cómo puedes aceptar que ese sea mi primer beso? Era un primo al que habían acostumbrado a besar en los labios a sus padres desde pequeñito y por eso me los daba a mí como a todos los demás sin encontrar diferencia alguna. En aquel momento tendría como mucho cuatro años, la edad que tendría mi prima cuando jugando me había dado mi segundo y tercer beso. Le divertía mi reacción cuando intentaba evitar el beso. Yo se los daba en la nariz, pero a ella le pareció más divertido de esa forma. Ahora, en cambio, sí había recibido mi primer beso, un beso que me habían dado con amor, o con algún tipo de sentimiento.

Mis ojos se fijaron en los ajenos que me miraban sin verme realmente. Me preguntaba qué estaría pasando por su cabeza y los celos se deslizaron por mis entrañas con demasiada rapidez, como si pensase él en otra mujer, como si yo pudiese leerlo claramente.

Entonces, me paré. No. ¡Demonios! Quería gritarme por no permitirme disfrutar de algo. ¿Por qué no podía hacerlo? ¿Por qué siempre había segundas y oscuras intenciones? ¿Por qué no aceptaba que tenía que buscar mi felicidad de alguna forma y que no era ese el camino ni mucho menos?

Quería abrazarle en ese momento, quería apretarme contra su pecho, pero en lugar de eso, él tomó mi mano y regresamos el camino antes andado. Hubiese querido preguntarle porqué delante de aquella estatua, pero una vocecita en mi interior me susurró que quizá no querría saber la respuesta y puede que por hacerle siempre caso me comí mis palabras.

Finalmente llegamos al hotel y en la puerta no pude evitar repetir ese beso acariciando su mejilla con mis dedos. Él lo respondió, rodeando mi cintura con sus brazos y ahí fue el instante en que quise que el tiempo se detuviese para siempre.

2018 / Jun / 14

2000

Me habían designado un grupo. Había tenido que aceptar la idea de pasar allí dos años de mi vida. Dos inmensos años. ¿Cómo podría hacerlo si deseaba gritarles y hacerles entender por la fuerza que yo no era como esos seres que estaban delante de mí? Todas las chicas parecían hablar de problemas de alimentación. Me preguntaba si todas salvo aquella que se había jactado de su psicopatía estaban allí por los alimentos. ¿Cómo me ayudaría eso a mí? Si bajaba la mirada era más que evidente que yo no vomitaba ni dejaba de comer, yo me comía todo lo que pudiese para satisfacer una parte de mi ser que me lo suplicaba como si hubiese pasado siglos alimentándome del aire. Engordar parecía mi propósito en la vida. Había hecho tantas veces dietas que ni tan siquiera lo recordaba y en el hospital me obligaban a mantenerla. Una en la que también incluían fibra.

Me estremecí tan solo pensando en esos biscotes integrales, sosos, sin sustancia. Parecía que también estaba la dieta de las calorías que me hubiesen puesto, reñida con la sal. ¿Qué más daría que estuviesen algo más sabrosos los platos? Puede que si estaban sabrosos alguien consiguiese comérselos sin tener que encomendarse a todos los santos del cielo. La gente se quejaba de la comida de los hospitales, con conocimiento de causa podía decir que la comida de dieta era aún peor que la normal que había tenido en mi primer ingreso.

Observé a mis compañeros. Había vuelto a perderme en mis pensamientos recordando el desayuno de aquella mañana. Ni tan siquiera sabía cómo no vomitaba cuando llegaba allí. Puede que fuese porque mis padres eran los que me llevaban y recogían, los que tenían un rato para estar conmigo, los que me abrazaban cuando salía encontrándome al borde del llanto por tener que escuchar demasiadas cosas a mi disgusto.

Había tenido que aprenderme un horario. Tenía varias terapias separada del resto de los grupos y una terapia grupal en la que podías recibir hasta en lo indecible. En aquella que había hecho el ridículo buscando que aceptasen que yo no era como los demás. ¿Por qué no ver, oír y callar? ¿Por qué no había aprendido de mi vida anterior? ¿No era mejor ser invisible? ¿No era mejor colocarse de alguna forma sobre el bien y el mal para evitar sufrir de cara a los demás aunque las noches se llenasen de las lágrimas que no se habían podido derramar durante el día o, en su defecto, transformarse en veneno ponzoñoso que lanzarles con la mirada o con algún comentario mordaz que, a menudo, se quedaban en petit comité. Yo conmigo misma.

En ese momento estaba en terapia escrita. Nos habían mandado escribir algo más artístico, al menos, a mi parecer. Por primera vez en semanas había cogido el bolígrafo con una sonrisa intentando escapar de mi comisura y me había puesto a redactar como una loca. Sin descanso. Un paseo en el parque…

«Me había perdido. Había desaparecido mi camino en algún momento en que seguramente había terminado por distraerme con alguna flor o un bicho de aquellos que esperas que no se pongan sobre ninguna parte de tu cuerpo.

El cielo había comenzado a oscurecerse. Las nubes negras amenazaban tormenta. La oscuridad parecía cubrirme por completo mientras una parte de mi ser clamaba por un refugio. Entonces, entre los árboles, pude ver una casa.

No lo pensé demasiado cuando decidí ir hasta ella. A medida que me acercaba se podía ver con mayor claridad que aquella casa estaba abandonada, vieja. Todo era suciedad y oscuridad en su interior, pero parecía haber algo. Era un brillo, un brillo que me llamaba como si fuese una polilla acercándose a la luz. Y mi malsana curiosidad no se sanaba con conjeturas sino con certezas plenas. Era o blanco o negro, no había ninguna escala de grises.

Abrí la verja y el chirrido del metal hizo que me estremeciese. Parecía una casa encantada. En algún momento vería un fantasma o quizá algo peor. Pero a pesar de los nervios que se agarraban con fuerza a mi estómago, mis pasos estaban decididos a descubrir qué era lo que me reclamaba cual canto de sirena.

Me metí dentro de la casa por una de las ventanas. El acceso no era fácil, pero la ventana estaba rota, así que la vía estaba libre.

Una vez allí miré el interior. Había telarañas, todo eran muebles comidos por las termitas. Seguramente había sido hermosa en su momento. Las contraventanas golpeaban con fuerza por el viento mientras el suelo se quejaba a cada paso que daba para integrarme en el lugar. Los libros de la vieja estantería parecían a punto de caerse y sin embargo, mi mano se acercó a algo brillante colgado en una de las paredes. Quité la capa de polvo al darme cuenta que era un espejo y el reflejo del interior de la casa logró hacerme llorar. Podía ver la hermosura de antaño, la luz perdida, su resplandor inusitado y su belleza antes admirada y terminada por abandonarse a su suerte.»

Al dejar el bolígrafo estaba satisfecha. De una manera incomprensible para mí. Años más tarde sabría lo que había hecho. Había descubierto la verdadera pasión de encontrar en las letras la forma de descargar un alma soñadora y cargada de sufrimiento.

2018 / Jun / 09

Ahí estaba el momento de inflexión. Ese momento en que se abría la puerta, algo siempre temible en mí. Todo lo que saliese de sus labios podía ser una confirmación de misterios intuidos, sensaciones extrañas y sobre todo, un claro reconocimiento de mi ineptitud a la hora de escoger compañeros amorosos o de amistad. Sin embargo, no me levanté y huí, sino que me quedé ahí escuchando todo aquello que estuviese dispuesto a compartir conmigo.

— Nací en Alemania. Tenía una madre… bueno, no puedo negar que biológicamente es mi madre y la de mis hermanos, pero jamás me hizo mucha gracia una vez que fui consciente de todo lo que tenía que padecer sin merecerlo. Mi madre se acostaba con unos y con otros, en relaciones bastante tormentosas, solamente por buscar algo de cariño y estabilidad. Había buenas épocas, épocas en las que adoraba pasar cada segundo a su lado y al de la pareja que tuviese, pero todo sol se pone y las noches terminaron repletas de gritos, miedos e intentos por mi parte de evitar males aún mayores que aquellos que pudiesen hacerle a mi… madre —dijo la palabra de forma tan despectiva que hasta parecía dolerle calificar de esa forma a su progenitora—. Por supuesto, nunca supe quién era mi padre. Lo único que tenemos en común mis hermanos y yo es haber nacido del mismo vientre, porque cada uno tiene un padre distinto. Los mayores terminamos cuidando de los más pequeños y… bueno, no supimos mucho más de ella después —aspiró profundamente antes de mirarme fijamente a los ojos—. Ella, bueno, mal vivió. Ni tan siquiera sé cómo lo logró. Drogas, alcohol… bicho malo nunca muere, supongo. La busqué y encontré hace dos años. Me estoy encargando de su rehabilitación. Le pago su desintoxicación, pero es recaída tras recaída.

Al ver su expresión y la forma en que había terminado desviando la mirada como si aquel secreto fuese lo más embarazoso que tuviese en su interior no provocó en mí otra reacción salvo aquella de desear cuidarle de todas las formas posibles. Por ese motivo, y sin pensar antes, apoyé mi mano sobre la suya en la mesa y apreté ligeramente esta entre mis dedos puesto que no sabía demasiadas formas de demostrar afecto y comprensión sin parecer distante e insensible.

Sus ojos se posaron sobre nuestras manos y después en mi rostro antes de provocar un sonrojo inmediato en mis mejillas como si hubiese hecho algo indebido. Al quitar la mano de la suya casi a punto de perdirle disculpas, él retiró la suya moviendo ligeramente sus articulaciones como si se le hubiese quedado entumecida. Por mi parte, en cambio, había sentido algo difícil de explicar. La fortaleza de sus manos mezclada con la suavidad de su piel aunque menos que mi propia suavidad fue realmente gratificante y mi estómago se quejó de manera silenciosa por ese cosquilleo inesperado.

Finalmente decidí no comentar nada sobre lo ocurrido, el perdón se había quedado completamente atascado en mi garganta y era poco probable que lograse sacarlo en poco tiempo puesto que a cada minuto que pasaba, mi cabeza me recordaba que era demasiado tarde para mencionar nada o dar algún tipo de respuesta a lo ocurrido.

— Lamento que haya sufrido tanto… pero ese acto de ayudar a su madre es… algo que no haría cualquiera, profesor —musité con un hilo de voz y di un sorbo a mi vaso de agua esperando de esa forma calmar un poco mis nervios y el mal rato por su silencio prolongado.

Nos terminamos nuestras cenas en un ambiente algo más tenso que el deseado por mí. Tenía la sensación de que no volvería a verle, de que había metido la pata considerablemente y quizá aquello me hizo maquinar demasiadas cosas a la vez.

Antes de que me diese cuenta él había pagado nuestra cena y tras esperar a que yo me levantase de la silla caminar conmigo hasta la recepción donde, por raro que pareciese, la señora que le hacía ojitos a cada rato no estaba.

Nos quedamos mirándonos unos segundos y finalmente hice lo que no debía, o al menos, eso pensé. Me acerqué lo suficiente a él como para darle un beso, mi primer beso, pero mis nervios fueron tales que en el último momento me arrepentí y besé la comisura de sus labios tan solo. Completamente sonrojada musité un tímido «buenas noches» y fui tan rápida como pude hacia mi habitación maldiciéndome de mi soberana estupidez. Si antes no tenía aún todas las intenciones de irse de mi vida, ahora desde luego que lo haría. ¿Qué mujer de más de treinta años no se atreve a dar un beso? La mujer de más de treinta años que no había recibido ni tan siquiera el primero.

Al llegar a la habitación metí la llave en la cerradura y entré en ella tirando el bolso de cóctel sobre la cama. Sin embargo, el roce mísero de nuestros labios aún seguía quemando los míos propios como si tuviesen vida propia o estuviesen sometidos a un hechizo.

Fui a quitarme los zapatos, pero entonces sonó la puerta. No sabía quién podía ser por lo que rápidamente me tensé de pies a cabeza. Finalmente, en la segunda llamada con nudillos me atreví a abrirla encontrándome a William en el pasillo, esperando pacientemente y cuando estuve frente a él, tan sonrojada como temerosa, de sus labios escapó:

— Sígame —como una orden que no permitía réplica alguna.

2018 / Jun / 09

Una vez en el restaurante, nos habíamos sentado en una de las mesas que no tuvo para nada a mi gusto a aquel baile. Era un lugar pequeño, acogedor para mí, aunque imaginaba que él seguramente no vería que fuese gran cosa salvo austeridad. La modestia, a menudo, no suele ser bien llevada por las personas que se pasan la vida entre lujos y reglas que a muchos de nosotros se nos escapan.

El camarero llegó y amablemente le pedimos lo que deseábamos. Pero cuando escuché el pedido del profesor casi llega mi mandíbula a la mesa que tenía debajo. ¿Un filete y patatas? ¿En serio pedía algo tan sencillo?

Esas preguntas me hicieron pararme a pensar un momento y decirme a mí misma si estaba dejándome llevar por los prejuicios y los estereotipos otra vez.

Sus ojos se posaron sobre mí y rápidamente me sonrojé por instinto, temiendo que pudiese leer en mi rostro todos los pensamientos que estaban surcando mi mente en ese momento. Era imposible imaginar que así era. Había algo en él, como extraordinario, que parecía saber todo lo que yo iba a hacer, aunque era una situación que había vivido en varias ocasiones con profesionales de la Salud Mental y no había sido precisamente por la facilidad para leer mis movimientos, sino por sus conocimientos previos de la materia. Intenté rápidamente desechar la idea de que pudiese leer la mente. Él era literato, no vidente.

— Debo reconocer que no puedo pedir otra cosa en los restaurantes que no conozco, puesto que no sé si sabrán hacerlo bien, pero un filete con patatas rara vez se puede destrozar —rió mientras su mano colocaba el tenedor completamente recto al lado del plato.

Mis ojos se fijaron en ese sutil movimiento y no pude evitar acordarme de mi abuela quien siempre movía todo de sitio para que estuviese en su lugar y jamás demasiado cerca del borde de los muebles pues sino podía caerse. Algo que nadie deseaba es que un vaso se rompiese y menos en una casa con niños pequeños que no tienen ni el más mínimo miedo cuando ven cristales en el suelo, aunque los más peligrosos son los cristales que no se ven con tanta facilidad, esos que siempre terminan clavándose en las plantas inmaculadas y rollizas de dedos minúsculos que, con más frecuencia que los adultos, suelen ir descalzos en casas que no son la suya.

El recuerdo de mi abuela hizo que una pequeña congoja se acoplase en mi pecho. Aún no había podido perdonarme algo que no había estado en mi mano y tampoco le había podido perdonar a ella que, a pesar de haberle pedido que no me dejase nunca, lo hubiese hecho sin tan siquiera disculparse por haberme dejado sola.

Tuve que quitar de mi mente rápidamente el recuerdo de su cuerpo dormido sobre la cama del hospital debido a los paliativos que estaba recibiendo para hacer más tranquilo lo inevitable, evitarle sufrimiento que nadie le deseaba. La idea de poco a poco ir perdiendo la capacidad pulmonar, de sentirse ahogado, tenía que ser la peor de las torturas, porque no había escapatoria, no había posibilidad alguna de nadar y volver a llenar los pulmones de oxígeno.

— No es fácil que lo hagan como uno desea —comenté finalmente cuando me recordé a mí misma que estaba acompañada, no en la soledad de mi habitación o mi hogar.

— ¿Le ocurre algo, señorita Mijáilova? La noto asunte —comentó mientras inclinaba ligeramente su cuerpo hacia delante.

— No, no me ocurre nada. Me preguntaba de qué podíamos hablar. Considero que es importante que nos conozcamos mejor —mentí lo más creiblemente posible. La parte buena para mí era que solía desviar la mirada cuando hablaba, por lo que ese falso signo de «mentir» no entraba dentro del baremo que pudiesen incluir en mi comportamiento anormal fuera de mi ser habitual.

Él asintió y tras observar que el camarero rápidamente nos traía nuestro pedido puesto que no había demasiadas personas en el lugar, esperó a que nos sirviesen para luego comenzar la conversación.

— Cuénteme sobre usted, sobre su familia —pidió mientras tomaba el cuchillo y el tenedor entre sus dedos para hacer un corte limpio en el filete suculento.

Miré mi propio plato y cogí el tenedor jugando ligeramente con el interior del plato antes de decidir que era mucho mejor contarle la verdad. ¿De qué serviría mentir todo el tiempo? Además, no quería que se me aceptase por como no era.

— Bueno, soy rusa. Mis padres residen aún en Moscú. Tengo un hermano mayor y una hermana más pequeña. Mi hermano es abogado y está casado. De hecho, ahora mismo están esperando a su primer hijo. Mi hermana, en cambio, es un espíritu más libre. Se pasa el tiempo viajando por el mundo yendo a diferentes yacimientos. Estudió historia y aunque su papel no es desenterrar nada, sí lo es tasar, identificar objetos de distintas civilizaciones, así que… ¡imagínese! Es realmente maravilloso todo lo que hace —sonreí con orgullo puesto que mis hermanos, además de inteligentes, eran muy buenos en su trabajo; no obstante, también estaba ese orgullo que no podía evitar sentir como hermana mayor con respecto a mi hermana pequeña, alguien que había estado muy marcada por mi culpa, pero que sabía cómo comerse el mundo.

— ¿Y sus padres a qué se dedican? —preguntó observándome con atención llevándose un trozo de filete a la boca.

— Mis padres están desempleados, ambos. Mi padre era mecánico, sin embargo, tuvo que jubilarse antes de tiempo por motivos de salud y mi madre, aunque cose de vez en cuando, no tiene un trabajo remunerado debidamente. Ella es ama de casa y cuida de mi padre —hice una ligera mueca antes de continuar—, suficiente trabajo, ¿no cree?

Asintió dándome la razón y llevé una pinchada de pasta a mi boca para de esa forma tener una razón para evitarme tener que hablar todo el tiempo como si fuese un muñeco al que hubiesen dado cuerda.

— ¿Y su familia? —pregunté finalmente al ver que él no había comprendido la indirecta que solía indicar socialmente que uno debía responder la misma pregunta que había hecho aunque no le fuese específicamente hecha.

— Ya los ha conocido —dijo con cierto aire misterioso mientras se tensaba poco a poco.

— ¿No tiene más familia? —pregunté intentando que no sonase demasiado invasivo.

— ¿Por qué me da la impresión de que tiene una pregunta circulando por esa cabeza suya? —respondió con otra pregunta a la mía.

Me sonrojé ligeramente y me encogí de hombros.

— Porque la tengo, supongo.

— Entonces, hágala.

— ¿Es usted adoptado? —dije tras pasarme unos segundos conteniendo la respiración.

Sus ojos azules me contemplaron durante unos segundos y después sonrió ligeramente antes de asentir.

— Por lo que veo es inteligente como la que más. Sí, soy adoptado. E imagino que querrá saber toda mi historia —concluyó.

Asentí mordiendo ligeramente mi labio inferior y llevándome otro poco de mi cena a la boca antes de comprobar cómo nuevamente todo su cuerpo se tensaba como si le estuviese obligando a hacer algo que jamás hacía. Finalmente, cuando volvió a alzar la mirada que había bajado a su plato de comida para llevarse una pinchada de patatas a la boca, masticó tranquilamente, pero me indicó que lo haría, que me contaría uno de los que parecían ser sus cien misterios.

2018 / Jun / 04

2000

A menudo la tristeza se conoce como un paso previo a aceptar la realidad y conocer la felicidad. El único problema es cuando uno realmente se enfrenta a la tristeza de cara, solo, sin armadura, atado de pies y manos y ella te golpea hasta dejarte inconsciente una y otra vez, sin permitirte descansar, pues incluso en tu inconsciencia se mete para dejarte pequeñas perlas transformadas en pesadillas que te destrozan y te revictimizan.

Aspirar hondo, secarte las lágrimas, soportar las pesadillas y fingir que nada sucede parecían la única opción viable. Si yo engañaba, si yo le ocultaba a todas aquellas personas lo que realmente pasaba por mi cabeza volvería a mi casa como en las veces anteriores. Antes o después, podría ver a mi familia, dormir en mi cama, abrazarme a mi almohada y recapitular en silencio cuáles serían mis siguientes pasos en mi evolución, porque ¡yo no estaba loca! Nunca había estado loca. Solamente no existía nadie que me comprendiese, que se pusiese en mi lugar. El mundo no era demasiado bueno para tener a alguien como yo allí y por eso siempre era yo la mala de la película.

Ahora me enfrentaba a una dura realidad. Tenía que aceptar que debían ayudarme, que tenían que ayudarme cuando yo no veía problema alguno a nada de todo lo que hacía. ¿Qué maldad tenía comportarse como yo lo hacía? No sabía hasta qué punto podía sentirme como pez fuera del agua o cómo podría soportar todo el tiempo que decían que debía estar allí encerrada.

Iba a una de las reuniones con uno de los hombres que menos soportaba del planeta y que parecía que se iba a hacer caso de todo mi tratamiento. ¿Y si aquello era como una secta y conseguían convencerme de lo que yo sabía que no me pasaba? Siendo realistas, ¿ellos lo veían? ¿Ellos podían ver que fuese diferente, extraña, deficiente…? Puede que lo único que tuviese que cambiar fuese mi visión negativa de las cosas o aquello que me hacía estar triste, pero ¿todo eso llevaría tanto tiempo y tener que abrirme en canal de cara a la mayoría de los allí presentes?

Bajé mi mirada hacia mis manos que permanecían sobre mi regazo. Tenía ira, mucha ira. ¿Cómo podía creerme que aquellas personas me iban a ayudar si ni tan siquiera en el hospital lo habían hecho dándose cuenta que no debía estar allí?

Sin embargo, una parte de mí no podía evitar pensar en que quizá yo tuviese algo tan grave que ni tan siquiera sabían tratarlo en un hospital psiquiátrico.

Comencé a juguetear con la pulsera del hospital al que tenía que regresar para poder dormir y me acordé del chico que acababa de ingresar hacia poco tiempo. Ese chico, era el único que me había dirigido una mirada, que había hablado conmigo y puede que hubiese algo más o tan solo era mi boba imaginación. ¿Quién se iba a fijar en una chica tan gorda como yo?

Justo entonces el coche que conducía mi padre paró frente a una casa. Dirigí mi mirada al edificio y temí lo peor. ¿Quién demonios mantenía en una casa a un montón de chicos? Sin embargo, mis padres, quienes parecían tranquilos me obligaron a salir y tuve que recordarme a mí misma que todo podía terminar en menos de seis meses si me las apañaba bien. Siempre que pudiese engañarles…

2018 / Jun / 02

El baile terminó abruptamente justo en el momento que había acabado de explotarse la burbuja. Por alguna razón desconocida, William me sacó del baile como alma que lleva el diablo. No le entendía, pero tampoco me importaba demasiado entenderle. Por ese motivo, simplemente me quité mi máscara y terminé sentándome en el vehículo que parecía haber pedido hacía diez minutos que nos colocasen en la puerta. ¿Era esto parecido a lo de Cenicienta? ¿Era todo demasiado bueno para una plebeya como yo y hasta él se había dado cuenta? Por mucho que lo intentaba no era capaz de comprender qué demonios cruzaba por su cabeza ni porqué me había invitado tampoco.

Decidí pasar el tiempo de manera tranquila, apoyando mi espalda en el respaldo del vehículo sin pronunciar palabra alguna. Pensaba que simplemente nos despediríamos y ahí terminaría todo dejándome completamente confusa sobre qué había podido hacer para desagradarle tanto, pero agradeciendo que llegase a su fin antes de que mi corazón estuviese metido de lleno en aquel sin sentido.

No me consideraba enamoradiza, pero sabía que jamás ningún hombre me había hecho el más mínimo caso sin una pantalla de por medio.

Pero William tenía otros planes, porque abrió su boca para hacerme entender que no era hombre que se callase lo que no le gustaba.

— ¿A qué ha venido eso? —preguntó con sequedad sin tan siquiera dirigirme una mirada.

— ¿A qué ha venido qué? —respondí de igual forma que él con un deje de sorpresa.

— Su expresión. Parecía que la estaban insultando a cada segundo y llevándola a las puertas de un matadero para sacrificarla —comentó de una forma que fue exactamente igual que sentir una bofetada.

Sabía a lo que se refería. Todo lo que cruzaba por mi mente se leía sin ningún problema en mi rostro. Siempre lo había detestado, pero era algo inevitable para mí. Yo no hubiese sido jamás una buena jugadora de Poker porque se me vería con solo un vistazo si tenía buena o mala mano. Algo parecido a teñirme de rojo o verde según la situación lo ameritase.

— No sé a lo que se refiere —dije al fin.

— Miente usted fatal, ¿lo sabía? —preguntó en esta ocasión mirándome y nuestras miradas terminaron cruzándose provocando que un rubor seguido de una ligera sonrisa apareciesen en mi rostro.

— Es tan solo que…

Sus cejas se alzaron con expectación sin quitar la mirada de la carrera para evitar que tuviésemos un accidente.

— No estoy acostumbrada a eventos… de ninguna clase —concluí finalmente pensando que sería mucho mejor no decir lo que realmente ocultaba mi interior. Mi ser, mi verdadero ser, o el demonio que me acompañaba desde hacía demasiados años, aún estaba allí, escondido entre los lóbulos de mi cerebro, buscando el momento adecuado para asustarle de forma que también saliese corriendo.

Escuché un suspiro y después vi como el profesor disminuía la velocidad para poder meterse en una de las salidas que llevaban a una parte concreta de la ciudad de Nueva York. Las luces eran sorprendentes. Parecía otra ciudad de noche, y a mis ojos era mucho más horripilantemente misteriosa. Es de esos misterios terroríficos que no deseaba averiguar.

— Lamento mucho haberle presentado a mi familia. Seguramente la asusté. No sé en qué estaba pensando —dijo finalmente rompiendo el silencio provocando que le mirase con una sorpresa más que evidente en mis rasgos.

— No tiene de qué… —comencé, pero fui interrumpida.

— Permítame invitarle a una cena, por favor —comentó antes de aparcar el vehículo de repente—. Y no será en ningún lugar ostentoso, se lo prometo. Será en un lugar más acorde a sus preferencias donde se sienta a gusto.

Asentí con una sonrisa en mis labios antes de morder mi labio inferior.

— ¿Qué le parece el pequeño restaurante que tiene el hotel donde me alojo? Así podrá volver a encontrarse con su nueva admiradora —bromeé arrugando ligeramente mi nariz mientras soltaba una pequeña risa.

— Me parece un buen lugar, señorita Mijáilova y espero que en esta ocasión no se le borre la sonrisa —una muy sutil apareció en su rostro lo que provocó mi sonrojo por un motivo desconocido.

Bajé mi mirada a mis manos y observé después por la ventanilla percatándome que estábamos delante de mi hotel. ¿Cómo lo había sabido? Pero entonces me recordé a mí misma que lo más probable es que me hubiese traído aquí por si no quería estar más a su lado aquel día.

Se bajó del vehículo y yo me dejé tratar como una mujer de la antigüedad a la que tenían que abrir la puerta y ayudar a bajar, pero no en vano ese vestido no era demasiado fácil de tratar. Parecía necesitar veinte manos para poder manejar la parte más baja del vestido, pero me las apañaba porque siempre había deseado poder llevar un vestido semejante.

— ¿Me acompaña, señorita Mijáilova? —preguntó una vez hubo abierto la puerta y asentí con una sonrisa para aceptar esa cena que esperaba pudiese calmar la tensión anterior.