2018 / Jun / 20

2002

Dirty Diana comenzaba a reproducirse en mis auriculares. Mis labios se movían como si la canción cantada por Michael Jackson fuese reproducida por mi propia voz mientras en mi mente no podía dejar de visualizar el videoclip en el que había estado centrándome durante mucho tiempo. Ahora tenía una nueva obsesión, bailar como aquel hombre inimitable.

Mis hombros se movían en los momentos en los que lo hacían los ajenos, sin embargo, mi pecho grande no hacía posible que tan solo se moviesen ellos, sino que por el movimiento realizado terminaba notándolos moverse rompiendo por completo la magia de la ensoñación.

Imaginaba que tenía un micrófono y me dedicaba a buscar ser la copia perfecta de él, pero en mujer. Imitaba hasta sus grititos, me sabía las respiraciones trabajosas, llevaba a la actuación todo lo que la canción expresaba y también los momentos de sorpresa que nos entregaba con cada final de las estrofas.

You never make me stay
So take your weight off of me
I know your every move
So won’t you just let me be
I’ve been here times before
But I was too blind to see
That you seduce every man
This time you won’t seduce me

Señalaba hacia el mismo lado que él lo hacía. Me pasaba la mano por el pelo imaginándome unos rizos inexistentes y aunque lo único que tenía delante de mí era mi cama y la ventana de mi habitación unos cuatro metros más allá, podía ver los ojos de personas completamente emocionadas porque cantaba y bailaba como Michael Jackson, un prodigio incomparable.

Mi rostro imitaba sus expresiones. Cualquiera hubiese pensado que hubiese entrado en ese momento probablemente hubiese pensado que era patético que me creyese la reencarnación de ese hombre o algo parecido, pero mi cabeza soñaba con tener la posibilidad de estar algún día en un escenario con él, y abrazarme a esa idea no era estúpido, ¿no? Todos soñábamos, todos queríamos ser alguien en nuestra vida y en algún momento queríamos ser cantantes. No obstante, yo no podía evitar desear ser más que eso, quería ser la máxima potencia elevado al máximo exponente.

Smooth Criminal comenzó a sonar y me moví al ritmo de la coreografía en el videoclip. Paseaba por mi habitación como si fuese aquel local ambientado en los años veinte o treinta. Me había puesto el gorro que me había comprado para imitarle. El único problema era que era completamente negro y no era blanco como en ese vídeo, pero me dije a mí misma que en algún momento conseguiría otro gorro que cumpliese con todos los requisitos.

Annie, are you okay, you okay, you okay, Annie?
Annie, are you okay, you okay, you okay, Annie?
Annie, are you okay, you okay, you okay, Annie?
Annie, are you okay, you okay, you okay, Annie?

Entonces comenzaba ese momento agónico con esos gritos de socorro que suplicaban por saber si Annie estaba bien. Y el colofón final, ese baile que comenzaba y terminaba volviéndonos a todos locos con la inclinación en cuarenta y cinco grados que mis talones de Aquiles no eran capaces de soportar por mucho que intentase inclinarme ligeramente. Mi peso me vencía. Toda mi estabilidad parecía trasladarse a mis pechos y de ahí lanzarme precipitadamente contra el suelo de tarima que teníamos en aquella casa.

Me faltaban minutos, esos maravillosos minutos en los que él se recreaba tras romper la bola de billar y lanzarle todo el polvo al jugador de billar que estaba en ese momento allí y al que, desde luego, había fastidiado la partida.

Sin embargo, mi cuerpo se movía solo y tras dar una vuelta sobre mí misma ya no estaba en mi habitación. Estaba en un escenario, bailando. Mi cuerpo era diferente, mis pasos eran exactos a los de él, estaba pudiendo ser parte de una nueva tanda de conciertos o de un único concierto en su honor, no lo sabía, pero en el momento que terminaba todo el mundo aplaudía, silbaba y me aseguraban ser la persona que mejor imitaba a Michael Jackson. Era como si yo, por ese simple hecho, también fuese famosa.

Pero con los acordes de Leave me alone, se desvanecía la magia y regresaba a la realidad donde tan solo era una joven sudorosa, con el pelo largo pegado a su rostro, el gorro molestándole por las altas temperaturas, mi respiración agitada e intentando llegar a los talones a alguien a quien nadie podría igual.

Me quité el gorro y lo colgué en el colgador que tenía tras la puerta. Respiré intentando normalizar mi ritmo cardíaco y la velocidad a la que buscaba aire con unos pulmones que acaban de darse cuenta que habían hecho demasiado esfuerzo físico. Entonces, y solo entonces, me daba cuenta de cuán lejos estaba de ese escenario, pues yo bailaba en un sitio reducido, con los auriculares puestos para no molestar a nadie e intentando descansar en un mundo donde no tenía ningún solo espectador.

2018 / Jun / 20

Había vuelto a quedar con William. Íbamos a ir a un sitio elegante. Él y yo solos, en teoría. Era un sitio elegante por lo que me había dicho así que no podía hacer otra cosa que no fuese irme nuevamente de compras. Todo el pequeño colchón que tenía estaba comenzando a desaparecer con aquellas compras imprevistas. No obstante, merecía la pena o eso esperaba. Sus labios me habían hecho sentir como ningún hombre antes lo había hecho, aunque era probable que fuese porque eran los primeros labios que habían besado los míos.

Me dejé llevar por mi estúpido ser romántico. Ese ser que lograba que viviese en un mundo diferente a la realidad. Un mundo en que todo era posible y ¡demonios! ¿por qué no podía permitirme disfrutar aunque fuese una vez? Era el primer hombre que podía tocar, palpar y sentir que se había sentido atraído por mí de alguna forma. Después de haberse disculpado y haberme asegurado que de no haberme querido besar no lo hubiese hecho, me había invitado de nuevo a su vida de lujos, de escritor con éxito.

Me enfundé en el vestido rosa que me había comprado. Era un vestido de tirantes que no me permitía llevar sujetador alguno. Mis pechos caían por su propio peso y tenía un escote demasiado sugerente. Sí, tenía que reconocerlo, se veía más de lo que cualquier cura hubiese aceptado, pero mis pechos eran bonitos, o al menos, a mí me lo parecían y quería sentirme sexy por una vez en toda mi vida.

Me hice un semirrecogido, me maquillé en tonos rosa y me subí a unos zapatos endiabladamente altos, pero que permitían que no me pisase el bajo del vestido. Siendo realista, mi estatura no me ayudaba en muchas ocasiones con vestidos comprados a última hora. Suplicaba en mi fuero interno porque aquellos zapatos no fuesen a destrozarme los pies hasta el punto de sentir un dolor insoportable al día siguiente.

La vibración de mi teléfono móvil me indicó que estaba a punto de llegar. Sonreí nerviosa y tras ponerme ese perfume de vainilla que me llevaba acompañando desde mi adolescencia, cogí mi bolso de cóctel y salí de mi habitación para estar en la puerta del hotel y así poder irnos lo antes posible.

Su coche apareció poco tiempo después en la carretera y cuando se bajó su rostro demostraba pura sorpresa. Me sonrojé por completo esperando oír un cumplido o, al menos, que estaba guapa.

— Está… cautivadora —comentó acercándose a mí y tras posicionar su mano en mi espalda baja, justo en la depresión que indicaba el comienzo de mi trasero, besó mis labios de aquella forma que me derretía por completo.

Era domingo si no recordaba mal. Estábamos aún conociéndonos, pero imaginaba que así era como debía sentirse uno cuando estaba enamorándose.

Mi mano se apoyó en su nuca atrayendo sus labios a los míos durante más tiempo. Su forma de besarme era realmente adictiva y me sentía al borde del colapso. Mi corazón tamborileaba con demasiada fuerza preso en la cárcel de mis costillas, pero quería escaparse hasta fundirse con el corazón del hombre que estaba poniendo mi mundo de cabeza.

— Tenemos que irnos —susurró contra mis labios tras haber logrado separarse de mi boca no sin esfuerzo pues yo no se lo ponía fácil.

Acepté sabiendo que tendría que retocarme el maquillaje mientras iba en su coche. Me ayudó a subir y me puse el cinturón antes de buscar el espejito que suele haber siempre en los vehículos. Deslicé hacia un lado la tapa que lo cubría y me observé lo suficiente para ser consciente de que tenía algo enrojecida la piel por el contacto con su barba que picaba, pero de forma deliciosa.

Me retoqué el pintalabios mientras él entraba en el coche y después fuimos camino al evento.

— No es un evento mío propiamente dicho —comenzó a explicarme—, es la presentación de un nuevo proyecto de mi madre. Cuando la conocieron tanto mi madre como mi padre quedaron fascinados, así que espero que no le importe que la traiga en esta ocasión. Mi madre me ha exigido específicamente que le deje cruzar alguna palabra con usted. Desea conocerla un poco más —dijo apretando ligeramente sus dedos alrededor del volante en lo que quise interpretar como un signo de nerviosismo.

— Me encantará poder hablar algo más con su madre. Seguro es una fuente de conocimientos, como usted —dije con una sonrisa antes de acariciar uno de sus brazos sobre el traje con suavidad.

Su boca me había evitado darme cuenta de aquel esmoquin negro con corbata que llevaba en ese momento. No sabía si era un esmoquin o si por el contrario era un traje negro, pero el negro le quedaba tan endemoniadamente bien que no podía creerme que estuviese sintiendo deseos prohibidos por un hombre vestido en traje. ¿No era demasiado cliché?

El lugar estaba lleno de prensa y en el momento que me ayudaron a salir del coche me percaté de cómo todas las cámaras se centraban en nosotros. William rodeó mi cintura con uno de sus brazos y tras posar conmigo para algunas fotografías que no sabía dónde terminarían saliendo, entramos al prestigioso lugar donde se celebraría aquel acto de presentación de Catherine Verdoux. No sabía que alguien dentro de las letras, en el mundo de los estudios sociológicos pudiese provocar tantísima expectación. Sin embargo, estaba segura que se hacían eventos de alto copete casi todos los días en aquella ciudad y el resto de personas, turistas o el mundo plebeyo de Nueva York ni tan siquiera era consciente de todo el oro, los diamantes, el caviar y los litros y litros de champán que se bebían todos los días como si fuese la gala de los Óscars.

Me dejé guiar por William quien parecía estar en su salsa saludando a todo el mundo y presentándome ante sus compañeros de profesión y los de su madre sin colocarme ningún tipo de calificativo. No era la amiga, eso estaba bien, pero no parecía haberme ganado aún el apelativo de novia. Puede que en las relaciones adultas todo fuese mucho más lento. No lo sabía, pero una ligera desilusión se había presentado en la boca de mi estómago, despertando a todos los demonios que vivían ocultos en mi mente.

2018 / Jun / 20

Estaba nerviosa, debía reconocérmelo a mí misma. Había estado dando vueltas casi toda la noche. Él había aparecido en mi mente casi todo el tiempo y no paraba de preguntarme qué se suponía que debía hacer cuando le saludase. ¿Un beso? ¿Dos besos? ¿Darle un beso en los labios? Era lo más cercano a una relación que mantuviese el físico también en la ecuación por lo que estaba completamente perdida. Era más sencillo dejarse llevar por las inhibiciones detrás de la pantalla del ordenador, pero parte de mi cabeza pensaba en todo aquello acontecido el día anterior y cómo había llegado a pensar que William no sentía absolutamente nada por mí.

¿La inseguridad extrema era parte de la primera vez en todas las relaciones amorosas o tan solo era por mis propios problemas personales? Ya ni tan siquiera era capaz de recordar las enseñanzas. Los nervios me consumían de todas las formas posibles y tenía el estómago tan cerrado como también deseaba llenarlo de comida para, en lo posible, controlar la ansiedad que me estaba consumiendo.

Me arreglé. No me puse de punta en blanco, pero sí disfruté de la idea de estar algo mona para encontrarme yo más segura. Zapatos de tacón que destrozaban los pies no podían faltar en el modelito. Por suerte para mí había bajado tantos kilos que aunque eran incómodos no me molestaban ni la mitad de lo que me molestaban antes.

Me lavé los dientes, al menos, un par de ocasiones. Me perfumé otras tantas y después cogí el libro para acudir al lugar que me había mandado. Me había dicho que me estaría esperando allí. Esperaba que no fuese un sitio con demasiada gente. Sin embargo, cuando salí de mi habitación allí estaba William, con ese aire enigmático y bohemio que le caracterizaba. Mordí mi labio inferior por instinto y no fui capaz de moverme de mi sitio.

— Buenos días, señorita Mijáilova —comentó antes de ofrecerme su brazo—. Recordé que en nuestra charla me había comentado que era esta su primera visita a la ciudad, así que pensé que sería mejor que fuese yo quien me acercase para llevarle entre el tráfico de Manhattan hasta nuestro destino.

Sonreí sonrojándome como una adolescente y cerré la puerta detrás de mí antes de agarrarme al brazo que mantenía esperando por sentir mi agarre.

— Buenos días, señor Verdoux. Me parece una idea maravillosa, porque, para ser realista, creo que me hubiese perdido demasiadas veces en el metro de la ciudad —comenté mientras caminábamos hacia la salida del hotel—. Dígame, ¿ha terminado de engatusar a la dueña? No ha parado de preguntarme por usted cada vez que me ha visto y sé, sin duda, que está loca por sus huesos.

Me miró de reojo. Tan solo había bromeado, pero me había dado la sensación que no le había hecho ni la más mínima gracia mi broma y no entendía porqué.

— Se ha limitado a dejarme pasar —comentó con un deje brusco en su voz—. Dígame, me ha comentado que ha terminado el libro. ¿Es eso cierto?

— Así es, me he terminado su libro. De hecho, traigo conmigo el tomo, puesto que pensaba devolvérselo —respondí con una sonrisa esperando no haber metido demasiado la pata antes.

Sus cejas se alzaron imperceptiblemente cuando vio que efectivamente no le mentía. ¿Era tan rápida leyendo o es que las personas realmente se asombraban de que yo pudiese terminarme una novela? Para su información les podía hacer partícipe de una larguísima lista de ejemplares que me había leído, algunos que incluían conocidos best-sellers, excepto los libros de Dan Brown. No sabía porqué pero quizá había sido el momento de mi vida en que había decidido leerlos. Sea como fuere El código Da Vinci se quedó en la estantería acumulando polvo desde que no lo tocaba.

Habíamos salido fuera del hotel y caminábamos hacia su coche. ¿Modelo? Seguramente mi padre me lo preguntaría, pero ese tipo de cosas a mí me parecían sumamente impropias. No me interesaban ni lo más mínimo así que, ¿por qué preguntar algo que tan solo le interesaría a una persona ajena a ese momento que estaba viviendo? Podría darle una imagen equivocada, como si fuese una entusiasta del motor y había tenido que ver tanto deporte a lo largo de mi vida que había tenido dosis para el resto de ella.

Durante el trayecto me dediqué a hablar sobre mi obra. Comenté todo lo que me había gustado y lo que no de ella, aunque había muy poco de esto último. Le hablé de la sorprendente sensación al leer su forma de narrar puesto que me había transportado al mismísimo medievo con la salvedad de que estaba lejos de todos los asesinatos, tramas para derrocar a reyes y las enfermedades que debían cogerse con gran facilidad por la falta de higiene en esa época.

Me ayudó a bajar del vehículo y entramos en el interior de la cafetería que él había escogido. Me senté en una de aquellas mesas altas teniendo cuidado de que no se me viese más de la cuenta y tras pedir lo que deseábamos desayunar comenzamos a hablar más sobre nosotros.

— Dígame, señorita Mijáilova, ¿a quiénes ha dejado en su país?

— Tan solo a mi familia, señor Verdoux y, a algunas otras personas con las que he tenido la suerte de trabajar. Pero no tengo demasiadas amistades. Me cuesta fomentar que éstas puedan llegar a ser fuertes.

— ¿Es por eso que ha tardado casi un día entero en mandarme un mensaje?

Entreabrí mis labios sorprendida. Era como si me estuviese reprochando algo. Antes de que pudiese llegar a responderle llegaron nuestros correspondientes desayunos y me desquité con mi croissant desmigándolo y llevándolo a mi boca. ¡A la mierda la regla esa que había leído en la que las mujeres no tenían que comer casi delante de los hombres! Pasaría como una obsesa de la comida, pero o pagaba mi mal carácter con el bollo o el mordisco se lo terminaría llevando él.

— Puede. Aunque no sabía que fuese mi cometido. No soy muy ducha en ese tipo de protocolos sociales —dije intentando dejar el mal humor a la altura de mis tobillos.

A mis oídos llegó un idioma diferente y no pude evitar recordar esos momentos en que habíamos intentado imitar ese idioma: el chino. Aunque no podía saber si era chino, coreano, japonés lo que estuviese hablando ese hombre con la mujer que lo acompañaba.

— ¿Y esa sonrisa, señorita Mijáilova?

— No es nada. Recordaba los momentos en que mi hermano y yo nos sentábamos con mi abuela a intentar hablar en chino cuando era más que evidente que ninguno sabía. La parte buena era que ¡nos entendíamos! Telepatía, supongo —reí ligeramente hasta que volví a fijar mi mirada en el rostro de William.

Abrí mis labios para preguntarle qué le pasaba. Estaba sorprendentemente serio, aún más de lo habitual y era igual que si hubiese oído el peor insulto de la historia.

— Señorita Mijáilova, creo que será mejor que no volvamos a vernos.

Mis ojos se abrieron como platos. ¿Estaba tomándome el puñetero pelo? ¿Qué había dicho? ¿Qué de todo podía ser tan escandaloso? ¿Lo de imitar un idioma siendo pequeños? ¿En serio? ¿Este hombre me estaba mandando a paseo por algo que hice tan solo hasta los ocho años?

La ira comenzó a apoderarse de mí. Mis ojos mostraron esa mirada que mi hermana siempre me recordaba que me hacía parecer una asesina en serie y con toda la dignidad que me pudo mi cabreo creciente, me bajé del taburete y le miré una única vez.

— No se preocupe, no pienso molestarle más, pero la próxima vez piénseselo antes de besarme. Nos hubiésemos ahorrado un estúpido numerito —dije casi escupiendo las palabras de puro resentimiento.

Salí de la cafetería dejándole a él que pagase la cuenta completa. ¡Era lo mínimo! Había jugado conmigo como si fuese una marioneta y yo, estúpida de mí, no había creído a la parte de mi mente que me lo reprocharía durante el resto de mi vida.

Mientras caminaba en dirección a la parada del metro más cercana podía sentir cómo estaba a punto de gritarle a cualquiera que se cruzase en mi camino. No estaba enfadada tan solo con él, sino conmigo misma. Un soberano idiota me había robado mi primer y mi segundo beso seguramente para colgarse la medallita de que había besado a una virgen de treinta y dos años. Tenía hasta que leerse en mi cara. Apreté la mandíbula y mis puños.

Entonces sentí que alguien me paraba, me daba la vuelta y los labios de William volvían a estar sobre los míos. Mi furia era tal que había recibido ese beso como un insulto por lo que terminé cruzándole la cara de un manotazo. Producto de ese momento de descarga quizá fui capaz de pensar con claridad y por eso mis labios buscaron su boca para fundirnos en un nuevo beso. Sus manos apretaron mi cintura contra su cuerpo y el calor que antes sentía por la ira ahora se había transformado en puro deseo por la intensidad en que su lengua luchaba por calmar mi mal carácter.

Una vez nos separamos nuestros ojos se encontraron y una sonrisa apareció en la boca del profesor.

— ¿Era necesario el bofetón? —preguntó con diversión.

— Se lo merecía —asentí reafirmándome en mi postura antes de echarme a reír.

2018 / Jun / 19

Había terminado la novela. Cerré el libro con cuidado mientras pensaba en todo lo que ese alma tan culta podría esconderme. William había logrado despertar en mí una admiración poderosa y eso era igual que alimentar una posible obsesión. Hacía demasiado tiempo que no lidiaba con una que fuese real, palpable. La obsesión podía volverse igual de fuerte que un huracán cuando busca destrozar cada parte de la cordura y puede que ese fuese el verdadero problema cuando hablábamos de mí y de cualquiera tipo de relación. El amor que podía entregar era enfermizo, demasiado apasionado, demasiado exigente. No medía, no podía encontrar los puntos intermedios y eso provocaba que los celos apareciesen de una forma irracional. Todo se mezclaba con mi manera de pensar. Creer que era imposible que alguien pudiese sentir algo por mí tenía una fuerza extraordinaria y por una razón desconocida aceptaba sin remilgos esa imposición mental.

Si lo analizaba seguramente llegaría a una solución lógica. Al menos, lógica para mi mente y que pudiese extrapolarse para comprender el verdadero significado todo aquello. Pero, a menudo, uno tiene tanto miedo de lo que puede descubrir que prefiere aceptar que nadie le quiere a sacrificarse para vivir en el verdadero juego del amor.

A veces, me preguntaba si me servía de alguna forma todo lo que había tenido que estudiar durante la carrera de Psicología, si era válida para ayudar con el método que utilizaba a otros viviendo experiencias que yo misma podía haber vivido en carne propia. Después, miraba mis continuos fracasos en aquellos pasos que intentaba dar adelante, pero ¿no era yo también humana? ¿No somos los humanos seres con contradicciones en sí mismos? En muchas ocasiones sabemos lo que el otro tiene que hacer con su problema, pero no así cuando somos nosotros quienes nos enfrentamos a la misma tesitura. Una frase de una de las amigas de mi madre sería perfecta para describir este tipo de situaciones. Los humanos somos aquellos que escupen al cielo aún sabiendo que nos caerá en toda la cara nuestra propia escupina.

Pensé en todas las posibilidades existentes para el día de hoy. No eran demasiadas. El sol se había puesto hacía tiempo y por muy rápida que hubiese sido con mi lectura, era más que inevitable que algo así pasaría. Había tenido que hacer un parón considerable que me había llevado a intentar perdonarme mis propios problemas del pasado, todo lo realizado con Nikolai, y conocer a Gustav, quien había soportado aquel pensamiento de una persona en estado de shock tras mirado fijamente a los ojos a la muerte.

No había demasiadas posibilidades, así que pensé que sería mucho mejor tomarme un día de relax. Sin embargo, mi mente era un hervidero de ideas, planes, posibilidades…

Mi teléfono podría ser una herramienta para realizar alguno de esos planes, pero, siendo realista, las pantallas táctiles y yo no nos llevábamos bien y mucho menos cuando el dichoso aparato decidía quedarse pillado pues necesitaba actualizaciones, pero la memoria ya no daba para más. ¡Tan solo podía una aplicación extra! Eso sí. Mi teléfono estaba repleto de aplicaciones que no había usado en la vida, pero no podía quitarlas. Es decir, si de una memoria de cuatro gigas, pasamos a tener medio giga porque el resto lo ocupa todo el sistema operativo incluídas las aplicaciones obsoletas, te dabas cuenta que te habías comprado una condenada mierda de teléfono, pero aún había que esperar dos años para poder lanzárselo a la cara a quien te lo había vendido porque te habías hipotecado hasta las cejas. Eso sí, una hipoteca, en este caso, de unas míseras libras esterlinas, pero que a menudo, necesitabas para poder comprarte un pequeño capricho si querías levantarte el ánimo.

Finalmente, me decidí por mi ordenador. Había buscando en internet, gracias al Wifi gratis, a William. Sin embargo, no era necesario que le mandase un correo electrónico porque en mi ignorancia completa de los avances de las tecnologías más simples que llegaban a mí de boca en boca, tenía la posibilidad de escribirle a través de la aplicación web de Whatsapp evitando de esa forma, en lo factible, esos errores ortográficos que siempre tenía cuando me ponía nerviosa de alguna manera.

Escaneé el código, y una vez en la aplicación web estaba algo más tranquila. Un teclado grande era más acorde a mis dedos que aunque no eran para nada rechonchos, parecían demasiado gordos para esas teclas de medio milímetro. Siempre daba a otras y por eso tardaba siglos en responder desde el teléfono. Una opción serían los audios, pero, en serio, si me ponía nerviosa escribiendo que no me estaba viendo nadie y podía borrarlo cuando quisiese o me sintiese insegura, ¿un audio sería mi salvación? Negativo.

Recordaba cómo en una ocasión había llamado a un programa de esos en los que pueden traerte a un famoso y en un intento por hacer las paces con mis amigas, o las que había considerado mis amigas, había pedido que usasen mi caso, mis propios problemas para recuperarlas y darles las gracias por algo que no recordaba en ese momento teniendo a aquel grupo que tanto nos obsesionaba a todas, delante. Hasta tal punto había llegado mi ansiedad que había tenido que llamar tres o cuatro veces para hablar con un contestador automático y finalmente, tras año y pico de tratamiento psicológico y psiquiátrico, ese mismo año y pico que había pasado sin saber nada de ninguna de ellas, había optado por lo más simple, retirarme antes de dar la cara.

Rememorar esos instantes en los que había estado tan vulnerable, me resultaban aún sumamente dolorosos. Esa fue la primera vez en que alguien me gustó más allá, en la que sentí algo más fuerte. Esa fue la primera vez que me di cuenta que el amor es doloroso. Esa fue la primera vez que me ayudó a comprender que no me había enamorado realmente, sino que la necesidad de ser aceptada y de amistades me había llevado a la obsesión más absoluta.

Solté un suspiro y me obligué a mí misma a no pensar de nuevo en eso. Me centré en la pantalla de mi portátil que zumbaba por el intento que hacía el sistema refrigerador para que no se recalentase todo el interior. Incliné ligeramente mi cabeza hacia un lado pensando y después opté por descubrir primero si el profesor usaba WhatsApp o era como mis padres que no querían ni oír hablar de una tarifa de internet para sus teléfonos. Era comprensible cuando mi madre seguía usando aquellos con tapa y mi padre, en cambio, usaba teléfonos accesibles con números y letras grandes para personas mayores.

Al descubrir que William estaba también en ese universo infernal, me reí ligeramente poniéndome sumamente colorada. ¿Por qué me pasaba eso si no estaba él allí? Cuadré mis hombros y mi obligué a recobrar la compostura antes de escribirle.

” Buenas noches, profesor.

¿Cómo está? Me preguntaba si podríamos vernos para que le dé mi opinión sobre su obra. He terminado mi lectura.

Kyra”.

La respuesta no se hizo esperar demasiado. Poco tiempo después de haber pulsado el enter pude ver ese “escribiendo…” que me indicaba que William estaba respondiéndome y que lo había leído.

“Buenas noches, señorita Mijáilova.

¿Mañana le parece bien? Podemos ir a desayunar juntos.”

Una sonrisa apareció rápidamente en mis labios antes de responderle.

” Perfecto. Nos veremos para desayunar”.

2018 / Jun / 19

2002

Mi respiración estaba agitada. El dolor de mi pecho era constante. Mis pulmones suplicaban por más aire mientras mis piernas seguían llevándome lo más lejos posible. Tenía que huir. Debía huir. No podía quedarme tranquila por mucho silencio que se escuchase. Permanecía mirando la nada, buscando alguna salida, intentando aceptar que no podía volver atrás, que el pasado no podía cambiarse y que aquello no tenía más solución.

Las risas. Comencé a escucharlas a mi alrededor. ¿Cómo habían llegado tan pronto hasta mí? Había corrido tanto como me habían permitido mis piernas. Mis rodillas habían dejado de facilitarme la labor y habían optado por mantenerse rectas. Sentía igual que si me sangrasen los pies, pero no había parado, no lo había hecho. Había intentado esconderme. ¿Por qué?

El volumen aumentaba. Las caras aparecían casi igual que fantasmas a mi alrededor. Sus dedos me señalaban. Su rostro demostraba asco. No podía cubrirme. No sabía porqué condenada razón había decidido llevar una falda si no había podido depilarme las piernas. Tenía tanto pelo que parecía un condenado orangután. Mis axilas también estaban repletas de ello. Era exactamente igual que sentirse en el estado primitivo del ser humano frente a los teóricamente civilizados. Los ojos se me llenaban de lágrimas y quería llorar, pero no debía, no podía, no tenía que hacerlo jamás.

Me desperté agitada. Tenía un sudor frío recorriéndome la espalda. Podía notar como la camiseta de tirantes estaba pegada a mi anatomía y no me hacía falta ver en la oscuridad para comprobar que aquellos pelos estaban ahí, como un maldito bosque en mis piernas y en todas las partes existentes de mi cuerpo. Era una parte que me disgustaba tanto de mí, que me daba tanto miedo que otros me viesen así, viesen ese ser horrendo lleno de pelos, dejada, descuidada, e imposiblemente atrayente que se había vuelto parte de mis pesadillas. Además, no eran cualquiera quienes se reían de mí. Eran ellos, eran todos los chicos por los que había sentido algo en el colegio o en el instituto y ellas, las odiosas compañeras de clase y personas que creí amigas mías quienes se materializaban tan horripilantes como si fuesen cadáveres.

Pasé mi mano por mi pierna sintiendo a la perfección el “efecto príncipe”. Según un dicho de mi madre, una de sus primas cuando no se depilaba decía que tenía piernas de príncipe y cuando sí lo hacía pudiendo sentir piel con piel, tenía piernas de princesa.

Me dejé caer en la cama de nuevo. Me abracé a la almohada y maldije por ello. ¿Por qué mis pesadillas llegaban a ser casi tan absurdas como yo? No tenía ningún sueño en el que me perseguía un asesino en serie. Bueno, no era cierto del todo, en alguna ocasión si había tenido sueños así, pero a menudo… a menudo todos iban por esos temores ridículamente estúpidos e igual que si fuesen luces de neón, mi cabeza me los señalaba para que no me olvidase de algunos de mis miedos más absolutos.

Cerré mis ojos buscando volver a quedarme dormida. Si despertaba mi cabeza haciendo una lista de cosas que hacer o que pensar o incluso, rememorando el pasado no habría quien consiguiese volver a dormirme salvo que estuviese realmente agotada o terminase de poner la mente completamente en blanco.

Estábamos en alguna comida. Podía ver a todas mis tías, a mis padres, a mis hermanos, a mis primos y a la familia política también. Sin embargo, nada iba bien. Mi madre me miraba con enfado por una razón que comprendía, pero a la que no le ponía palabras. No obstante, me parecía ilógico que se enfadase por lo que fuere que estuviese haciendo.

Finalmente saltaba, contestaba un comentario mordaz de mi madre y comenzaba la discusión. Mi padre iba después defendiendo a su mujer como hacía casi siempre. Luego mis tías, mis hermanos… tenían una gran retahíla de insultos y argumentos con los que pegarme hasta en el carnet de identidad, pero no me amedrentaba y les gritaba como un animal salvaje dispuesta a dejarles a todos a la altura del betún. Decía cosas que nunca había pensado, buscando herirles como fuere mientras cada uno de sus dardos se iba clavando en mi pecho llenando todo mi ser de ira.

Volví a despertarme con el corazón a mil por hora. Mi pulso estaba disparado. Mi respiración estaba errática y no podía pensar con claridad. Quería insultar a todos los que estuviesen en aquella condenada casa. Tenía que devolverles todo el daño que me habían infringido.

Me levanté de la cama y justo en ese momento pude pararme a pensar. La casa estaba completamente en silencio. Todos estaban durmiendo. Había sido mi mente que me había jugado una mala pasada, una más. Aunque el rencor al imaginarme los rostros de mi familia seguía patente. Dolida, cansada y completamente incomprendida por mí misma me senté en la cama pensando si realmente estaba loca. Si no era capaz de distinguir la realidad de la ficción. Si aquello tenía cura o si era tan solo parte del desarrollo. Pero la única respuesta era una señal de alarma que me indicaba el intenso poder que llegaba a tener mi mente provocando que no fuese capaz de distinguir un sueño de la realidad.

2018 / Jun / 19

Llevábamos un rato hablando. Gustav se había levantado y se había ido al baño mientras yo intentaba terminarme mi granizado. Durante todo ese tiempo no había hecho nada más que hablar de mi hermana. La relación en mi cabeza era sencilla, mi hermana había estudiado historia, él era arqueólogo… seguramente tendrían mucho de qué hablar, pero por una extraña sensación me sentía como si le estuviese poniendo a mi hermana un lazo en la cabeza o vendiéndola al mejor postor. Aquello me desagradaba de mí misma. Poner a cualquiera por delante de mí, hablar de cualquier cosa que no fuese yo, pero él, en cambio, escuchaba paciente, intentando sacar algo de información sobre mí.

Jugué con la pajita y los trozos de hielo que aún contenían algo del zumo de limón. Sorprendentemente para mí estaba a la perfección. No estaba ácido, sino que tenía el punto exacto de dulce para hacer que recordase los veranos en los que habíamos ido a España, el país natal de mi abuela. Ella, tan increíble, había tenido que sacar a cinco hijas adelante cuando se había quedado viuda con tan solo cuarenta y pocos años. ¿Quién no la admiraría sabiendo su historia?

Mi abuela… Bajé mi mirada hacia el tatuaje que tenía en el interior de la muñeca izquierda. Su nombre, bueno, el apodo que usábamos todos los nietos estaba marcado en mi piel. No me importaba lo que eso pudiese significar para otros, para mí, su nombre, era mi verdadero amuleto. Ella estaba allí, presente, siempre, a pesar de no haber podido estar junto a ella en el último minuto. A estas alturas de la vida ya no sabía qué creer y qué no en las religiones, pero me gustaba pensar que una parte de ella siempre venía conmigo, grabada en mi piel, para siempre.

Pude rememorar sus ojos dulces, era sonrisa de pilla que siempre ponía cada vez que realizaba alguna travesura y pensé en la forma que yo creía que ella estaba en el cielo, o allí dónde fuesen las almas. Una niña pequeña, con el pelo tan rubio como el sol, con esos ojos verdes y esa sonrisa de pícara incontrolable. Su diente mellado, producto de una de las escasas peleas que había tenido con sus hermanas, pero esperándome con los brazos abiertos para invitarme a jugar.

Esa había sido siempre ella. Había tenido que crecer porque la vida le había obligado a ello, pero era una niña y lo había sido toda su vida. Siempre prevalece quienes somos realmente. Y su espíritu atraía a quienes eran de su misma edad espiritual. Todos los niños, adolescentes, jóvenes y adultos nos dejábamos regresar en el tiempo con sus chascarrillos y adivinanzas. No nos importaba sabernos sus historias hasta la saciedad ni tampoco nos importaba reírnos por vez novena en el día encontrando alguna otra forma de entender ese mal chiste, esa mala historia. Ese ir y venir o ese tan inocente juego de palabras que le daba ese brillo en su mirada, aquella que había heredado mi hermana. La echaba tanto de menos…

Alcé mi mirada hacia Gustav cuando regresó. Sus ojos volvieron a tener esa preocupación y me percaté que una lágrima había recorrido mi mejilla por la emoción de recordar a mi abuela. La sequé rápidamente sin importarme mucho el maquillaje y el surco que seguramente había dejado la lágrima al caer por mi rostro.

— ¿Estás bien? —preguntó antes de coger mi mano en la suya intentando darme algo de apoyo en lo que fuere que me estuviese sucediendo.

— Sí, es tan solo que me acordaba de mi abuela —respondí con una sonrisa y al dar la vuelta a mi mano para sentir su palma contra la mía la retiró casi bruscamente.

— ¡Tienes la mano helada! —se quejó antes de soltar una carcajada y calentar mi mano con la suya propia.

Reí sin poder evitarlo porque su risa era contagiosa. Nuestras manos permanecieron unidas quizá más tiempo del usual. Al menos, del tiempo que yo pasaba manteniendo algún tipo de contacto físico, de la clase que fuese. Había rechazado tanto el contacto que ahora me resultaba incómodo, insostenible, pero… quería todo eso. Quería mimos, abrazos, besos, atención y sentimiento de cariño como el que se le da a un bebé, siempre manteniendo las distancias con mi propia edad.

El resto de la conversación fui diferente. Comencé a abrirme, por alguna razón desconocida le conté cosas que no le hubiese contado a nadie que no hubiese considerado amigo y me di cuenta que en un tiempo récord, Gustav, ese pequeño ángel personal, se había ganado por completo un lugar en mi corazón. No quería separarme jamás de él. ¿Podría llegar a tener un mejor amigo?

Tras terminar nuestras bebidas, dado que él tenía que regresar a sus quehaceres y yo tenía un libro por terminar, decidimos despedirnos no sin antes darnos nuestros respectivos números. Gustav Dabrowski, mi salvador y el único que me había dado un abrazo que me hiciese sentir en casa. ¿Podía haber tenido más suerte?

2018 / Jun / 19

Gustav. Dudaba que ese nombre se me olvidase en algún momento. No podía dejar de mirarle como si fuese la personificación de ese ángel que me había salvado de la desgracia tantas y tantas veces. No por eso creía en la religión, pero daba la sensación que los ángeles habían sido tan extendidos por la literatura para aquellos amantes de ella que era más que imposible no conocer de su ficticia existencia, al menos, dentro de lo que el mundo de la imaginación se refiere.

Tenía el cabello castaño, no demasiado oscuro. Unas cejas gruesas y se veía más pelo que rostro, pero a pesar de estar semienterrado entre su vello facial, su rostro transmitía calma y serenidad. Era exactamente igual que estar ante el David de Miguel Ángel proporcionado en cada milímetro de su ser. La belleza griega, aquella que volvió al arte gracias al renacimiento y la obsesión por la simetría, un rasgo que siempre provoca la sensación de atracción al ojo humano.

Me pilló mirándole y me sonrojé hasta las orejas bajando mi mirada a mis manos. ¿Por qué me estaba comportando igual que una cría de dos años? Pues, porque, lamentablemente para mí, en algunas cosas como aquella seguía siendo una niña tímida de dos años que está conociendo a alguien nuevo y no tuviese la protección de su madre para esconderse tras sus piernas.

Sus dedos hicieron que elevase mi rostro hasta poder fijarme en sus reacciones al igual que él en las mías. Al ver mi sonrojo, por alguna razón desconocida para mí, sonrió logrando que el sonrojo permaneciese más tiempo de ser posible ahí.

— Creo que deberíamos ir a tomar algo. Necesitas reponer fuerzas después del shock. Aún sigues algo pálida. No creo que ese tono de piel sea el tuyo normal —musitó intentando con aquella broma hacerme reír y lo logró.

Me ofreció su mano. Una mano grande proporcional a su altura. Me percaté entonces de la gran distancia que había entre nuestras alturas. Él estaría cerca de los dos metros, yo tan solo rozaba el metro setenta gracias a los tacones. Nunca había tenido mucho complejo de altura, pero cuando tenía que encontrarme con personas que me sacaban más de veinte centímetros comenzaba a sentirme como Frodo cada vez que miraba a los otros miembros de la Comunidad del anillo sin incluir a sus amigos ni al enano, Gimli.

Pensar en El señor de los Anillos, siempre me recordaba a mi familia. No tenía demasiados momentos buenos vividos con mis hermanos. Seguramente mi cabeza no los hubiese almacenado de forma que pudiese encontrarlos cuando desease, pero con aquella trilogía no podía evitar pensar en las largas horas que nos pasábamos jugando a la consola intentando pasarnos uno de esos juegos. Mi hermano se escogía a Legolas. Yo era el montaraz, Aragorn y mi hermana era el enano Gimli. No podían ser más diferentes Gimli y ella. Uno pelirrojo, la otra rubia. Uno cascarrabias… bueno, en eso sí se parecían en ocasiones. Pero si me concentraba era capaz de escuchar la risa de mi hermana mientras intentaba que Gimli fuese más rápido en mitad de la niebla para hablar con el Rey de los muertos. Reír era algo inevitable. Y sabías cuándo era una risa de verdad, porque solía ser bastante aguda y extridente. No obstante, no molestaba, la echabas demasiado de menos cuando no la escuchabas.

Regresé a la realidad y vi que Gustav aún estaba pendiente de mí. Seguramente me había pasado los últimos dos minutos mirando su mano sin decir nada. Sí, debía haberme dado en la cabeza, pero ni había dolor, ni sangre por lo que parecía.

Tomé su mano y él me sonrió. Envolvió la mía con sus dedos y me incorporé. Caminé a su lado esperando que me dijese dónde iríamos, pero era evidente que a alguna cafetería o algo así. “Reponer fuerzas”, a no ser que lo hiciese en su casa, sería difícil hacerlo solamente respirando el aire contaminado de la ciudad.

Podía sentir un dolor en las rodillas y por un segundo hubiese deseado pedir a Gustav que me siguiese llevando en brazos, pero me parecía extremadamente abusivo por mi parte. Primero, porque no le conocía lo suficiente; segundo, porque pensaría que era una aprovechada; tercero, porque seguramente yo pesaba un quintal y había hecho sus pesas correspondientes con tan solo haberme levantado una vez en ese día.

A veces, yo misma olvidaba que ya no pesaba esos casi cien kilos que pesaba antes. Ni tan siquiera podía imaginarme con otro cuerpo por mucho que me mirase al espejo. Pero, tras bajar tantas tallas había encontrado algo más de seguridad en mí misma, pero no demasiada.

Caminamos lo suficiente cerca el uno del otro como para que me sintiese igual que cuando era pequeña yendo de la mano de alguno de mis padres. Intenté contener la risa que quería escapar de mis labios por aquella semejante bobada y por andar perdida en mis pensamientos, mi ángel personal tuvo que evitar que me chocase con alguien acercándome a su cuerpo.

Alcé mi mirada hasta sus ojos y le agradecí mientras me sonrojaba.

No tardamos demasiado en llegar a la cafetería. Entramos y pude percatarme que no hacía demasiado tiempo que había comido, pero mi estómago rugía porque no lo había podido llenar del todo por la tensión vivida previamente con Nikolai.

Me senté de espaldas a todos. Un método estúpido de defensa porque ellos podían verme a mí. Sin embargo, suponía que en esos comportamientos también era como una niña pequeña. Si no les veo, ellos no me ven a mí. Y siempre es mejor que te vean la espalda que la cara. Razonamientos sin sentido cuando no me estaba exponiendo de ninguna forma que fuese excesiva, que necesitase que me pusiese la coraza. Bueno, al menos, de cara a la galería. Si era sincera conmigo misma, siempre llevaba la coraza puesta en cuanto solía “al mundo exterior”.

La camarera no tardó demasiado en llegar. Me preguntaba cuántas camareras habría en la ciudad. Parecía ser una mayoría porque no me había encontrado con demasiados camareros. Ella, con una voz cantarina, nos ofreció lo que podíamos beber, pero mi mirada estaba perdida en la barra, como de costumbre. Vi algo que me maravilló y observé a la joven cuando esperaba que me decidiese.

— Un granizado de limón, por favor —pedí antes de mirar hacia Gustav, quien con un ligero movimiento de sus facciones demostró su sorpresa.

— Un café —pidió antes de que la camarera se fuese para preparar nuestro pedido.

Tenía la sensación de estar completamente expuesta ante él. Era como si su mirada pudiese desnudar mi alma, no mi cuerpo, buscando algo que me desconcertaba.

— ¿A qué te dedicas? —preguntó al fin.

— Soy psicóloga… —dejé la frase inconclusa hasta que acepté la realidad. Si él podía leerme la mente de alguna forma terminaría descubriendo que había más. Quizá por estupidez, quizá por locura, quizá por el shock previo o porque necesitaba confiar en alguien terminé añadiendo—, pero no soy una psicóloga al uso. Antes de ser psicóloga fui paciente y más tarde usuaria experta. Terminé mi formación porque deseaba ayudar a los demás. ¿Y tú?

Quizá la forma en que lo decía provocó que él no hiciese más preguntas sobre ese tema. Una sonrisa asomó en sus labios y se limitó a responder la pregunta que le había hecho.

— Soy arqueólogo.

— ¡Fascinante! —escapó de mis labios quizá demasiado alto porque por unos segundos el local se quedó en silencio antes de regresar a su bullicio previo.

2018 / Jun / 18

2002.

Las obsesiones seguían. Con fuerza. No sabía hasta qué punto realmente me gustaba tanto una cosa y lo que menos sabía era el motivo porque no podía disfrutarlo. Ahora, a menudo, lloraba escuchando canciones, viendo películas, teniendo que aceptar emociones que no comprendía. ¿Se habían vuelto a abrir las compuertas? Me había obligado a mí misma durante tanto tiempo a no sentir.

No pude evitar recordar ese momento en que durante las clases de primaria había llevado un dibujo que me había ayudado a hacer mi prima. A mí no me había gustado la forma de colorearlo ni mucho menos, pero no había podido hacer nada para cambiarlo. No había tenido más tiempo para hacer esa parte de la tarea. Por ese motivo intentaba de todas las formas posibles que ese condenado dibujo fuese más normal y no tuviese tantos tonos de colores diferentes. ¿Por qué no podía ser tan solo morado el cielo o azul? Tenía tonos amarillos, naranjas… Pensaba que si seguía pintando lograría que me gustase en algún momento. Mi profesora me sorprendió con lo que, al menos yo, recuerdo como un grito y comencé a llorar como si me hubiesen dicho el insulto más horrible de la Tierra.

El llanto había sido mi afición favorita durante mucho tiempo. Podía estar furiosa y gritar, pero las lágrimas escapaban de mis ojos sin permiso y ahora, parecía estar volviendo a pasar lo mismo. Me sentía estúpida, boba, vulnerable. Temblar delante de todos y demostrarles con mis lágrimas que era sensible a sus palabras era exactamente igual que cavar mi propia tumba.

En mi hogar, a menudo, cuando lloraba, la respuesta inmediata era hiriente, demasiado. Se enfadaban más y no entendía porqué. ¿Es que si yo lloraba ellos no ganaban la pelea? ¿La ganaba yo? Pero ese “hale, ya está” siempre lograba clavar aún más el puñal en mi corazón. Las compuertas se abrían y no había marcha atrás.

No había llorado siempre para todo, pero mis motivos había tenido. Había endurecido mi corazón. Me había negado a tener pesadillas sobre las películas de miedo que viese. La sangre no me había asqueado. Había gobernado sobre mi cabeza, tozuda, había arrastrado a esa Kyra hasta un rincón donde los fantasmas la comiesen, mientras el resto de Kyra luchaba por sobrevivir y había sido esa misma Kyra, torturada, la que había escapado de su castigo para gritar por ayuda, en un idioma que tan solo entenderían los expertos en el miedo.

Me preguntaba a mí misma cómo se me conocía en el mundo. Me observaba a mí misma en un espejo distorsionado y las respuestas siempre eran mis defectos: la gorda, la empollona, la repipi, la insolente, la obsesiva… ¿realmente servía para algo todo ese dolor vivido? ¿Había salida sumergiéndose en la batalla entre la mente y uno mismo? ¿Y si había cosas que me dolía demasiado reconocer? ¿Qué podía llevar escondiendo mi mente durante tanto tiempo?

Respiré agitada. El aire me faltaba. El dolor se volvía insoportable. Me sentía en la cuerda floja. Era igual que admitirse a uno mismo que más allá hay más y… ¿cómo podía haber más? ¿Podría con todo lo que se escondía en aquel cofre que había cerrado con llave?

Tenía miedo de enfrentarme a la realidad. ¿Y si era una persona con graves desequilibrios? ¿Y si por el contrario descubrían que no me pasaba absolutamente nada y que tenía que volver a meter mi cara entre los libros para recuperar los años perdidos?

Había intentado en demasiadas ocasiones realizar la educación secundaria superior. No había podido hacerlo. Bien es cierto que me habían matriculado en horario nocturno, de forma que fuese con personas que tan solo deseasen sacarse los estudios, pero por mucho que había logrado superar un primer o un segundo examen con notas altas de 9,5 y 9,75; mi cabeza se colapsaba y se negaba a enfrentarse a los exámenes de finales del primer ciclo. No podía, me resultaba demasiado estresante hasta el punto de preferir aceptar yo todos los suspensos que acontecerían con mi marcha del curso a tener que soportar descubrir que mi nota no era lo suficientemente buena para mí.

Podía sentir la presión en mis sienes. Mi hermano ya estaba en la universidad y yo ni tan siquiera podía terminar un curso entero. Mi hermana pequeña seguía avanzando y había seis años de diferencia entre nosotras, pero con los cursos perdidos era más que evidente que ella no tardaría ya seis años más, sino tan solo tres. Era agónico. Casi podía ver el agua subiendo, sentirlo rozarme los labios porque estaba a punto de asfixiarme yo misma en un océano que había construído de la nada.

Tenía tan solo dos opciones: podía dejar que el agua me ahogase o aprender a nadar por muy entumecidas que tuviese las articulaciones o por muchas veces que desfalleciese hasta casi ser yo misma quien me ahogase por no ser lo suficientemente buen nadando, por no saber mantenerme a flote.

No lo supe entonces. No fui consciente ni testigo claro de la decisión que había tomado, pero esa pequeña parte de mí, luchadora, decidida y potente no se rendiría nunca.

2018 / Jun / 18

La comida no terminó de mala forma. Alguna que otra risa conseguimos sacarnos el uno al otro intentando recordar momentos vividos a través de las redes sociales. Ambos aceptamos frente al otro que cada vez que veíamos al actor que usábamos en esas redes sociales, no podíamos evitar acordarnos del otro. A pesar de todo aquello, fue un soplo de aire fresco encontrarme con Nikolai. Esperaba, en lo posible, que la vida le fuese de maravilla.

Nos despedimos con un abrazo. Sus fuertes brazos musculados por el gimnasio casi me aplastan contra sus pectorales y agradecí por primera vez en mi vida tener los senos lo suficientemente grandes como para evitar que terminase fundiéndome con él en ese abrazo. Sabía que si aplicaba la fuerza necesaria terminaría quedándome completamente pegada a él.

Una promesa de una nueva llamada que una parte de mí esperaba que no llegase nunca.

Mi cabeza estaba hecha un completo lío. Se habían despertado emociones del pasado. El odio o la rabia había sido la primera, pero la compasión la había acompañado al ver su propio dolor reflejado en sus ojos y por otro lado, aquella Kyra que había estado enamorada de él durante tanto tiempo, me gritaba en busca de mi espíritu romántico pues en varias ocasiones, la soñadora empedernida que se creía irresistible frente a todo hombre y superior a la humanidad, encarcelada de por vida sin permitírsele volar por mi baja autoestima que rápidamente la flagelaba hasta dejarle la espalda en carne viva; había tomado una parte del control de mi mente y había puesto en la cabeza de Nikolai pensamientos que sabía de sobra que pertenecían a esa boba, amante de su egocentrismo. Esos momentos de superioridad mínimos que me permitía alguna vez a lo largo del día y que terminaban siendo en conjunto un segundo frente a una hora de tirarme piedras contra mi propio tejado para recordarme a mí misma que nadie, absolutamente nadie, podía siquiera fijarse en una nimiedad como yo.

Entonces, vino William a mi mente. Negué sintiendo cómo me escocían los ojos porque empezaba a pensar que ese mismo profesor también estaba jugando conmigo. ¿Era simplemente un títere en las manos de su titiritero? Aquello me ponía enferma. Pasaba de la alegría desmedida al dolor interno que se deslizaba hasta la parte más sensible de mí para destrozarla a base de armamento nuclear. Estaba casi tiritando, tenía el vómito en la garganta y no me había dado cuenta que mis pies me habían llevado por la calle hacia algún lugar desconocido tan solo por escapar. Necesitaba huir de todo ese dolor interno, pero… ¿cómo hacerlo si era yo mi propio problema?

Un intenso pitido me sacó de mis pensamientos. Mis ojos llorosos se giraron hacia el ruido y fui consciente en cosa de microsegundos que estaba en mitad de la carretera, que un coche venía a toda velocidad hacia mí y que no parecía dispuesto a parar. Por mi cabeza pasaron miles de cosas a la vez, pero había una que gritaba con fuerza a pesar de no poder distinguirla del todo. Ni tan siquiera se había activado mi sentido de supervivencia, estaba completamente estancada, sin saber qué hacer, a punto de ser atropellada con el grito ahogado en mi garganta.

Sentí un tirón. Alguien o algo había agarrado uno de mis brazos y me había lanzado hacia la acera más cercana. Mis rodillas se golpearon contra ésta, pero mi consciencia no pudo analizar el dolor por el impacto. Mis lágrimas se había escapado de las cuentas de mis ojos por pura inercia, pero todo mi rostro estaba de la misma forma en la que había estado cuando había visto un solo segundo antes a aquel coche aceptando que debía abrazarme a la muerte.

Ahora era capaz de distinguir ese grito que aún parecía reproducirse como un disco rallado en mi cabeza: ¡Corre! Y ni en ese momento hubiese sido capaz de correr. Mis piernas no me respondían, mi cuerpo entero no lo hacía. Era igual que si mi mente se hubiese deslizado a otro nivel en el que estaba prácticamente aislada del resto de mi anatomía.

Mi corazón volvió a latir. Se había parado durante esos segundos y ahora martilleaba dolorosamente. Tenía la cabeza embotada y lo único que era capaz de distinguir con claridad era el continuo sonido de pitidos que empezaba a dudar si no eran la reproducción que me regalaba mi cerebro de aquel oído antes.

Sentí que me elevaba en el aire y mis ojos buscaron la causa de ese fenómeno. Alguien me estaba cogiendo en volandas. Me percaté que era un hombre increíblemente musculoso y con una mirada demasiado dulce para ser normal. ¿Era éste el ángel guardián que había tenido en mi vida durante tantos años y que ahora, por temor a que toda su obra se hubiese ido al garete, había salido de ese limbo para quitarme de la carretera? ¿Podía ser eso verdad? ¿Estaba delirando? Quizá… Puede que me hubiese muerto en mitad de la carretera y que mi mente me hubiese regalado la visión de mi alma, de desaparecía del cuerpo inservible o quizá no había sido mi mente y era algún tipo de poder ancestral.

Mis rodillas empezaron a hormiguearme como si se estuviesen despertando y entonces un intenso pinchazo me despertó de mi boba ensoñación. No había muerto, estaba en brazos de un hombre que me había salvado la vida y que me miraba con preocupación como si estuviese a punto de desmayarme.

— ¿Estás bien? —preguntó una voz grave.

Mi mirada volvió a enfocar sus facciones, pude distinguir y ser consciente de su barba de varios días, la tenue sonrisa que se dibujaba en sus labios como si de esa forma pudiese tranquilizar a cualquier presa que se hubiese descontrolado. Parpadeé varias veces y dije la mayor tontería de la historia.

— ¿Eres mi ángel de la guarda?

A diferencia de lo que hubiese hecho en ese momento no me sonrojé hasta que pude razonar que era una pregunta estúpida y que estaba resultando aún más idiota a sus ojos que solamente por el hecho de haberme quedado en la carretera para ser atropellada.

Mi pregunta provocó una carcajada de mi salvador y tras sentarme en un banco o lo más parecido que encontró, abrió su mochila para ofrecerme una mandarina que comenzaba a pelar con los dedos hábiles delante de mí.

— Creo que sigues en estado de shock. ¿Cómo te llamas? —preguntó antes de entregarme un gajo de la fruta—. Prometo que no tiene veneno alguno así que puedes comerla.

Bajé mi mirada hacia el gajo y lo cogí entre mis dedos sin rozar los contrarios.

— Me llamo Kyra y… ¿quién me asegura que no le pusiste el veneno de alguna forma antes de salir de tu casa o lo acabas de colocar ahora mismo? —cuestioné llevándome el gajo a la boca esperando que no hubiese realmente esa droga.

— Kyra… no eres de por aquí, ¿verdad? —comentó con una sonrisa antes de mostrarme otro gajo de la fruta—. Éste lo comeré yo. Así si nos envenenamos lo hacemos ambos —bromeó llevándose el gajo a la boca y masticándolo mientras sus ojos no soltaban mi propia mirada—. Soy Gustav, encantado.

Sin embargo, mi cabeza parecía haberse obsesionado con la idea del ángel guardián y no la soltaba ni mucho menos. ¿Habría sido Gustav quien me había salvado cuando me caí por las escaleras siendo simplemente una niña?

Suspiré mientras la dulzura de la fruta se deslizaba por mi garganta. Era definitivo. Me había tenido que golpear la cabeza.

2018 / Jun / 18

2002

Aquella era una nueva noche en vela. No tenía ni que intentar negarme a vivirlas. Había aprendido que era una parte de mí, algo que no iba a ser capaz de controlar. Sin un horario que me hiciese ver que necesitaba una disciplina sería bastante complicado. Era igual que un bebé que se niega a vivir con las normas establecidas en la sociedad. Dormía cuanto podía cuando quería y eso terminaba siendo el resultado de que pasase noches y noches en vela intentando enfrentarme yo sola ante la posibilidad de ser la única culpable de todo lo que me estaba pasando.

¿Era eso la Psicología? ¿Había que darse cuenta que el mundo a nuestro alrededor no nos comprendía simplemente porque no éramos normales? ¿Significaba todo eso que había estado todo ese tiempo luchando contra corriente? ¿Era esa la vida que me esperaba de ahora en adelante? ¿Era la vida que me merecía? Todo dolor, todo ganas de terminar con el sufrimiento a como diese lugar. ¿Sería una persona capaz de hipotecar su vida al dolor cuando ya la religión no le sirve de consuelo?

Pensé en todo lo que había en mi vida, todo lo que había querido conseguir en algún momento. Esas notas brillantes no habían servido para nada, un análisis que yo había hecho hacía mucho tiempo. Mi inteligencia se iría pudriendo, si es que había tenido inteligencia alguna vez. Mis calificaciones seguirían llenándose de ceros cada vez que intentaba realizar un curso por no poder presentarme a los exámenes. ¿Era eso sinónimo de que sería algo parecido a un parásito social?

Tenía dieciocho años y no tenía posibilidades de futuro ni ningún propósito en mi vida. Pensaba que había estado mal antes, pensaba que sería igual que una mala racha, pero si tenía una enfermedad mental significaba que tendría que negarme a mí misma todo lo que alguna vez había querido. No había posibilidad de redención. No había forma de mirar hacia atrás para decirle a mi yo pasado que no hiciese algo, lo que fuese, que hubiese provocado todo esto. Y lo peor de todo era saber que la culpa de estar así no era de nadie más que tuya. Otras personas habían podido con las adversidades hasta tener una vida más o menos hecha, una vida más o menos satisfactoria y yo, en cambio, ¿qué podía hacer? No había nada que pudiese hacer. Absolutamente nada.

Quería llorar. Llorar de verdad. Quería secarme en lágrimas porque jamás antes había llegado a otra conclusión tan dura como aquella. No era nada más que un punto en una hoja inmaculada que ya no podía servir para los escritos importantes, pero una hoja que nadie aprovecharía, que se quedaría llenándose de polvo resguardando a ese trozo del mundo que ocupaba mientras lentamente fuese amarilleándose y en el momento que estuviese tan quemada por el sol, la arrugarían, la aplastarían y con suerte iría al reciclaje para tener otra vida mejor en un nuevo intento. Si la mala suerte me acompañaba, como de costumbre, iría al vertedero donde su nombre y sus posibilidades se perderían con los deshechos de generaciones y generaciones de la ciudad hasta que finalmente nadie la recordase.

Ese era mi destino y abrazar sin temor esa idea, tan solo podía ocurrir cuando esa persona ya no tuviese ningún anhelo en su maltrecha vida.