2018 / Jun / 25

Desperté agitada. No podía creerme lo que acaba de soñar. Tenía ganas de vomitar. Había tenido una pesadilla en la que yacía con un hombre disfrutando del placer más absoluto y ese hombre se había transformado en mi padre finalmente. Había actuado asqueada, realmente asqueada al descubrirlo, gritando y maldiciéndole en la pesadilla, pero ahora… ahora simplemente no podía quitarme esa horrible imagen de la mente.

Miré a mi lado para asegurarme que estaba sola en la cama, y entonces le vi a él. El profesor aún dormía medio desnudo. Respiré aliviada porque eso significaba que mi dolor interno no se debía nada más y nada menos que haber yacido con él y que mi padre seguía a millones de kilómetros. Y no es que mi padre pudiese hacer algo así, pero el sueño había sido demasiado vivido, tanto que solo recordarlo llevaba la cena de la noche pasada a las puertas de mi garganta para expulsarla.

Corrí hasta el baño y vomité aquello que ya no podía contener en mi organismo. Después de limpiarme bien la boca, decidí meterme en la ducha para de esa manera poder intentar calmar mi cuerpo agarrotado y sudoroso. Tras salir de la ducha, me sequé lentamente y comprobando que William seguía aún dormido, me puse otra de sus camisetas y unos pantalones cortos que en lo posible tapasen todo aquello que no quería que viese.

Salí de la habitación antes de caminar hacia la cocina. Allí pensé que lo mejor que podía hacer para darle las gracias por la noche anterior era hacerle un bizcocho para que tuviese un recuerdo dulce, porque seguro que había sido más que desastrosa para la noche anterior con una completa novata que no debió haberle satisfecho ni de broma.

Rebusqué entre todos los armarios los ingredientes y también abrí el frigorífico. Intenté recordar bien la receta que me había aprendido en inglés gracias a mi prima quién durante un año había estado dándome el idioma para tener, en lo posible, los conocimientos del nivel superior de estudios secundarios.

Yogur, azúcar, harina, aceite, levadura y huevos. Era así, ¿verdad? Dudaba sobre el último ingrediente, por lo que decidí pensarlo bien antes de agregarlos. Tras batir todos los ingredientes y dejar una mezcla no demasiado espesa completamente homogénea, lo puse en un molde que había untado de mantequilla antes. Después lo metí en el horno esperando que el olor a bizcocho despejase mi cabeza completamente.

Empecé a preparar el café para él justo en el momento que su voz llegó a mis oídos.

— Señorita Mijáilova… pensé que se había escapado.

Me giré algo asustada porque no le esperaba y reí un poco antes de caminar hasta él y depositar un beso en sus labios mientras sus brazos rodeaban mi cintura y su boca respondía ese beso casto que hubiese deseado que hubiese sido algo más apasionado.

— No, sigo aquí preparándole un bizcocho para… bueno… agradecerle lo de ayer —musité mientras mis mejillas se tornaban de un rojo intenso sin atreverme a mirarle los ojos.

— ¿Agradecerme? —preguntó confuso con un tono entreverado que no sabría describir con claridad.

— Sí… ¿no… no es lo que se hace? —alcé mi mirada para observar toda la expresión de su rostro que no fui capaz de comprender.

— No, señorita Mijáilova. El placer fue de ambos y no solamente suyo. Debería agradecerle yo a usted por permitirme ser el primero —dijo antes de apoyar su frente contra la mía.

Permanecí sonrojada un poco más mientras él me miraba de aquella forma y luego de robarle un beso fui hasta el horno para ver cómo estaba el bizcocho e impedir por otro lado que se me quemase el café.

— ¿Qué tal ha dormido? —pregunté sonriente sirviéndole una taza del líquido oscuro y dejándola frente a él.

— He dormido de maravilla. ¿Y usted? ¿Algún dolor? —se interesó entre preocupado y divertido.

— Sí, pero resulta agradable —le miré de reojo y después saqué el bizcocho del horno cuando estuvo hecho.

Corté un par de porciones y le puse la suya en un plato dejándola frente a él.

— Tenga cuidado, está caliente.

Sus ojos me miraron con una intensidad sorprendente. Me miró de arriba abajo y me pregunté si era normal desear más de la persona con la que habías estado hacía tan solo unas horas. No obstante, en lugar de demostrar mi creciente deseo llevé mi porción de bizcocho a mi boca tras soplarlo un poco. Era algo masoquista, pero el bizcocho caliente estaba delicioso.

— Tengo que llevarla a su casa para que pueda vestirse —comentó aún mirándome de aquella forma.

— Se lo agradecería —asentí previo a acercarme a él y quedarme entre sus piernas dispuesta a acurrucarme en su pecho si el momento lo permitía en algún instante.

No sabía cómo uno debía reaccionar después de una situación así. No las había vivido. Tan solo sabía lo que leía en las novelas y en la televisión. En las novelas románticas uno normalmente suele tratar al otro como si fuese el amor de su vida siendo ya novios de manera impepinable. En las series solía pasar lo mismo. Luego, por ejemplo, tenía las novelas eróticas donde había mucho sexo, nada de amor hasta casi el final de la obra si es que llegaba a haberlo. Ninguna de las opciones era de mucha ayuda, así que intenté no contenerme demasiado, pues no solía ser cariñosa por culpa de una regla establecida en la familia en que las muestras de afecto parecían sobrevaloradas y luego, tenía que contener a mi mente soñadora que ya empezaba a escuchar campanas de boda.

2018 / Jun / 24

2002

— Háblame de tu infancia.

Isobel estaba delante de mí, al otro lado de la mesa. La madera desconocía de qué árbol sería, pero no era contrachapado, eso podía asegurarlo. Estaba barnizada de forma bastante mate, pero el color de la madera era bastante oscuro como para saber que tendrían que haberla oscurecido mínimo un par de tonos.

Ella me observaba con aquella mirada que me recordaba tanto a la de mi tía. Sus cabellos largos, lacios, le caían por las mejillas dándole aún más sensación a angulosidad a su rostro de por sí afilado.

— No hay mucho que contar. No tenía amigos, no es un período de mi vida que recuerde con muchos momentos felices. Estaba siempre con mis libros y soñando ser alguien que no era —me encogí de hombros ligeramente antes de observar que ella quería hacer más preguntas, era evidente.

— ¿Nunca has tenido amigos?

— Lo que debería ser un amigo al menos, no. No he tenido amigos nunca. Mi primer recuerdo de la infancia es estar sola en el recreo, sin acercarme a nadie, jugando yo conmigo misma para intentar de esa forma que fuese menos aburrido —suspiré mientras la imagen se volvía nítida en mi cabeza como si la estuviese viviendo en el mismo momento.

— ¿Y después?

— He tenido amistades, supongo… en el colegio estuve siempre rodeada de las personas que poco a poco me hacían llorar casi todos los días. Era igual que si fuese su pañuelo de lágrimas y esas mismas personas fueron a los mismos lugares hasta que terminé dejando de estudiar —comenté mordiendo después mi labio inferior.

— ¿Por qué dejaste de estudiar, Kyra?

— Porque… ellos estaban allí. Todos. Pensé que me libraría de todos ellos, pero no lo hice, de ninguno. Fue realmente horrible saber que tendría que estar hasta la universidad con ellos ¿y si me los encontraba también? Algunos estaban en mi clase y «tenía que unirme a ellos». No lo hice. El problema es que todos mis recreos los pasé en completa soledad —musité suspirando profundamente antes de secar una de mis lágrimas—. Mi padre trabajaba al otro lado de la verja que daba a mi instituto y… dejaba durante esa media hora su trabajo para hablar conmigo. Podía verle cubierto de grasa con su mono de mecánico, pero siempre me regalaba una sonrisa —hice una pausa antes de encogerme en el asiento.

Isobel se quedó en silencio. No dijo nada. Tan solo me invitaba a desahogarme cuando yo quisiese, sin presionarme, me daba mi espacio. Sabía que admitir ese tipo de cosas no era algo fácil de hacer. Seguramente estaría viendo en mí la negativa a admitir en voz alta lo que tantas veces había gritado en mi interior. Me sentía desprotegida, me sentía desnuda en mitad de una ventisca y todas las zonas de mi anatomía comenzaban a helarse, despacio, muy despacio. Notando como el dolor se iba haciendo más intenso y el calor de mi cuerpo se apagaba como si alguien estuviese jugando con una vela de broma el día del cumpleaños de alguien.

— Cuando tuve el primer problema no quise volver a clase. Le dije a un chico, quizá por pura desesperación o pensando que era bueno, que no soportaba a uno de los de mi clase que había llegado allí con el resto de la manada y ¿qué mejor cosa pudo hacer ese condenado cabrón que decírselo a todo el mundo? Hubiese deseado con todas mis fuerzas partirle la cara en ese momento. ¿Por qué la gente tiene que ser así? ¿No pueden guardar un puto secreto? —la rabia e impotencia por ese dolor vivido aún era tan grande que las palabrotas escapaban de mi boca con asco y envenenadas buscando hacer daño a aquel que no estaba allí solamente por hablar de él.

Mi psicóloga me miró fijamente. Yo no podía mantener la mirada, me era imposible. Antes lo hacía en gesto amenazador, retando a todo el mundo, pero ahora que me había quitado la coraza era realmente difícil para mí permanecer en esa postura.

— ¿Qué ocurrió cuando estabas en el colegio con esos amigos tuyos, Kyra? —preguntó.

— No gran cosa… —me encogí de hombros—, principalmente me abrían la mochila, levantaban la mano cuando me confundía para que toda la clase supiese que me había confundido y se riesen… ese tipo de cosas.

— ¿Has hablado alguna vez de ello?

Negué mirándole mientras apoyaba mi cabeza en el respaldo de la silla.

— Jamás he hablado de ello. No, al menos, de ese tipo de cosas, solamente de lo mal que me sentía con quienes pensaba que eran mis amigos. Eso es todo —musité antes de soltar todo el aire contenido.

— ¿Por qué no lo contaste?

Entonces volví a mirarla antes de suspirar.

— Supongo que sentía que era lo normal…

— ¿Se lo hacían a los demás compañeros?

— No —respondí rápidamente.

— ¿Entonces porqué era normal?

Me quedé unos segundos pensativa antes de mordisquear mi labio inferior.

— Porque… era yo, supongo.

2018 / Jun / 23

William me llevó hasta una habitación distinta. Sus labios besaron mi boca de esa forma hasta que pude sentir que tenía la cara irritada por el roce de su barba. Finalmente me dejó respirar mientras se centraba en mi cuello bajando lentamente hasta rozar la base de mis senos que estaban casi a la vista. Estaba nerviosa, mucho, ¿cómo no estarlo? Iba a ser mi primera vez, pero ese hombre me hacía desearle como un condenado. ¿Sería posible que me negase a ello? Cerré mis ojos mientras su boca se dedicaba a recorrerme.

— William yo…

— Es tu primera vez, lo sé.

Asentí acariciando su nuca con mis dedos y luego volvió a besarme los labios haciéndome comprender que a él no le importaba ni lo más mínimo. Yo, por el contrario, temía ser demasiado novata y no darle placer alguno en la relación sexual.

Me dejó de pie sobre la alfombra de una habitación que no tuve tiempo de descubrir qué era. Nuestras bocas permanecían buscando a la otra para que de esta forma el deseo no cesase en el otro en ningún momento. Sus dedos se deslizaron hasta el lugar donde tenía la cremallera y lentamente la fue bajando de forma que quedaba bastante poco que cubriese la parte de mi espalda de cualquier tacto suyo. Subió lo suficiente para deshacer el lazo que hubiese escondido el sujetador de no ser más que imposible llevarlo y después la tela fue desapareciendo muy lentamente de forma que mis senos quedaron expuestos a él.

Sus ojos me miraban fijamente. Sus dedos se dedicaban tan solo en rozar la piel que iba descubriendo a medida que bajaba la tela y en el instante que mi abdomen empezaba a ser expuesto, tomé su mentón y negué mirándole con temor.

— No me mires de los senos para abajo, por favor —supliqué.

Él me miró sorprendido y después dejó caer mi vestido cuando paseó por mis caderas.

— Tampoco toques… —musité sonrojándome hasta las orejas.

Aquello pareció sorprenderle aún más que antes y entonces tomé mi rostro entre sus manos antes de besarme con dulzura los labios.

— Espérame aquí… —susurró contra mis labios antes de salir de la habitación.

No comprendía nada. Estaba allí, casi desnuda. Tan solo con mis bragas puestas y él se había ido de la habitación. Mordí mi labio inferior temerosa de que eso fuese para algo todavía peor, ¿algún tipo de broma? Deseaba que no fuese así, que no regresase con una cámara o algo parecido ni nada que pudiese terminar inmortalizándome de aquella forma y terminando en alguna página cutre de esas pornográficas.

Escuché concienzudamente y regresó de forma silenciosa mirándome tan solo a los ojos. En la mano llevaba un pañuelo de seda.

— Átame los ojos. No veré nada que no quieras que vea —dijo entregándome el pañuelo de seda.

Mi corazón se derritió en ese momento. Era… era ese hombre que había estado esperando toda mi vida, estaba más que segura.

Me puse detrás de él y le até el pañuelo, sin embargo, cuando volví a mirarle todo empezó a parecerme impersonal con la venda allí puesta. Me obligué a pensar que simplemente tenía los ojos cerrados, eso era todo. Mis manos fueron lentamente desabotonando su camisa y se la quité finalmente antes de besar sus labios. Después, sus manos agarraron mis muslos por la parte de atrás y con cuidado por haber perdido la visión, me fue tumbando sobre la alfombra. Mi corazón iba a mil por hora, sabía que ya no había marcha atrás porque yo no quería que la hubiese.

Su boca bajó por mi cuerpo provocando en mí suspiros de placer antes de tomar uno de mis pezones de su propiedad. Gemí ligeramente agarrando su cabello, sintiendo como aquella zona de mi cuerpo era extraordinariamente sensible. Me arqueé debajo de su boca y le permití seguir jugando con mis pechos y mis pezones todo lo que desease. Aquello, tan solo aumentaba mi excitación.

Su boca descendió muy lentamente por mi vientre, rozándolo tan solo con los labios y cuando estuvo al borde de mis bragas las bajó poco a poco hasta dejarme completamente desnuda. Era algo extraño llevar los zapatos en aquel momento, pero mis pensamientos no pudieron ir a otro lugar pues su boca se adueñó de la zona más íntima de mi cuerpo. Me recorría con la lengua como si estuviese degustándome y pensé en lo extraordinariamente asqueroso que siempre me había parecido algo así, pero sentir, aunque extraño, con la temperatura tan alta que tenía mi cuerpo era casi una liberación. Su lengua supo encontrar mi clítoris y solté un gemido pues era la primera que era estimulada por otro hombre. A veces, uno de los mayores placeres estaba en la sorpresa, en no saber hacia dónde iba a ir el objeto intruso y era algo que acaba de aprender en ese mismo momento.

El sexo oral desde luego era un descubrimiento que no pensaba que fuese a gustarme tanto. Sabía que estaba roja por la vergüenza, pero no por ello frenaba mis gemidos o me negaba a disfrutar de todo lo que pudiese entregarme. Mis manos aferradas a su cabello parecían pedir más, siempre más, que no se separase, pero lo hizo, con la barba ligeramente mojada alrededor de la cara.

Se desabrochó el pantalón, se bajó la cremallera y después los bóxer junto a los pantalones. Me quedé observando su erección a punto de tener un ataque nervioso. ¿Cómo iba a caber todo eso dentro de mí? Sabía de sobra que era estrecha, así que el grosor tampoco ayudaba ni lo más mínimo.

Se colocó entre mis piernas palpando con sus manos y finalmente se puso sobre mí a punto de deslizarse en mi interior, pero no lo hizo. Lo agradecí, porque si algo no quería es que estuviese esa condenada venda entre él y yo en ese momento. ¿No era necesaria esa intimidad que tan solo se consigue con la mirada? Le quité el pañuelo y él me miró sin comprender. Negué y besé sus labios para evitar que hablase antes de sentir como poco a poco se hundía en mi interior sin ningún tipo de preservativo entre su piel y la mía.

Podía sentir con claridad la dificultad, el roce de mis paredes vaginales con la forma de su miembro y en el momento en que llegó al himen tuvo que empujar algo más fuerte para romperlo por lo que no pude evitar encoger las facciones por el dolor que ese movimiento me había causado.

— ¿Estás bien? —me preguntó mirándome con esos enormes ojos azules que me estaban volviendo loca.

— Sí… —susurré—, solamente… ve despacio, por favor.

Me agarré a sus hombros mientras él seguía entrando dentro de lo posible en mí y se retiró con la misma suavidad. Volvió a entrar y volvió a salir, aunque esta ocasión por completo. Luego, se levantó, se puso un preservativo y se tumbó a mi lado, lo cual yo entendí como una invitación a estar yo encima. Había oído que era una mejor posición para las mujeres en las primeras veces pues así eran ellas quienes tenían el control de la situación y podía proporcionarle más placer.

Finalmente, lo hice, me puse a horcajadas sobre él, sintiéndome expuesta y hundí toda su erección en mi interior poco a poco. Estaba completamente roja de la vergüenza, pero él no tocaba donde no debía, me pedía permiso con sus enormes ojos para apoyar sus manos en mis caderas y se lo concedí. Necesitaría ayuda pues no  tenía idea de cómo debía moverme.

Poco a poco el dolor cesó y la pasión aumentó en ambos. Se incorporó sentándose debajo de mí y busqué su boca mientras la habitación empezaba a llenarse del ruido de los golpes de nuestras caderas, el chapoteo del mete y saca y los gemidos de ambos que a duras penas podían perderse en la boca del otro.

Mi primer orgasmo fue arrollador. Ni tan siquiera imaginé que podría llegar a tenerlo, pero él me había estado estimulando casi todo el tiempo en otras zonas erógenas de mi cuerpo cuando yo había estado absolutamente concentrada en aquella cabalgada. Él también llegó al orgasmo, apoyando su rostro entre mis senos y jadeando por el esfuerzo físico y la excitación previa.

Ese hombre tenía que amarme, lo sabía. Una parte de mí estaba tan segura y eufórica por aquella muestra de amor que ni tan siquiera dejó a la otra parte de mi cerebro pensar y ser racional.

Entonces, despacio, salió de mí, dejó un casto beso en mis labios y fue a quitarse el preservativo.

— Ven a la habitación —dijo mientras yo intentaba recuperar el aliento.

Me puse su camisa, caminé con las piernas temblorosas hasta la habitación de enfrente, su dormitorio y me invitó a meterme en la cama. Una gran sonrisa apareció en mis labios y me acurruqué a su lado justo antes de sentir cómo él me ponía sobre su pecho. Dejó un beso en mi frente antes de susurrar:

— Ahora sí, señorita Mijáilova. Tiene que dormir si quiere acompañarme mañana.

Y con una boba sonrisa de oreja a oreja le robé un beso antes de intentar quedarme dormida.

— Buenas noches, William —fue lo único que pronuncié después que apagase las luces.

2018 / Jun / 22

Pude verle disfrutando de su filete. Su mirada estaba fija en mí. Me sentía completamente evaluada, pero sabía que había más margen para la sinceridad entre nosotros. No le escondía nada de mí, bueno, casi nada. Había temas que no consideraba que fuese necesario hablar porque jamás había sacado un tema semejante con nadie, al menos, hablando cara a cara.

Mordisqueé mi labio inferior buscando algún tipo de conversación diferente, aunque no deseaba resultar frívola. ¿Cómo podía conseguir pasar de un tema a otro? Si hubiese practicado más este tipo de situaciones tendría más recursos, o al menos, me saldrían de forma más automática, pero este hombre lograba estremecerme de pies a cabeza y tenerme tensa, pensando que quizá en cualquier momento diría algo que provocase que desapareciese, algo que no podía permitirme.

— ¿Por qué? —preguntó de repente.

— ¿Por qué qué? —respondí confusa.

— ¿Por qué busca la forma de escapar como si estuviese encerrada en alguna parte en contra de su voluntad?

Su pregunta me dejó sorprendida. ¿Daba esa impresión? ¿Seguía dando esa imagen que parecía querer demostrar algo, pero a la vez desaparecer antes de ser excesivamente presente o que alguien se acercase a mí hasta el punto de terminar herida? Bajé mi mirada a mi plato sintiéndome al borde de las lágrimas. Si no había avanzado en eso me preguntaba si era capaz de ayudar a mis propios pacientes. ¿Y si les estaba haciendo más mal que bien? ¿Era realmente buena para entregarles la ayuda que necesitaban?

Respiré intentando contener mi estupidez. ¡Claro que era válida para ello! Mi propia tutora Cecille me había incentivado a ser usuaria experta, a ser una agente de ayuda mutua porque tenía todas las cualidades para lograr tal hazaña y porque ayudar, el deseo de quitar dolor a todos los demás, era parte de mi propio ser, de mi adn. Estaba impreso en cada partícula de mi cuerpo durante tanto tiempo maltratado por mí misma.

— Tengo miedo a sufrir. Y sé que si no me expongo también lo haré y no lograré otras posibles maravillosas experiencias, pero el miedo es el miedo, irracional. Y, a menudo, es más fácil dejarse llevar por los miedos que enfrentarse a los demonios y darse cuenta que la vida no es un camino de rosas —musité mientras arrugaba ligeramente la nariz haciendo un análisis propio de mi forma de comportamiento conforme a los sentimientos que tenía.

Pensé en un ejemplo que había siempre en la mayor parte de las religiones. El camino del bien era siempre el más dificultoso, el que más sacrificios pedía, al menos, a priori. Sin embargo, el camino del mal parecía sencillo, llano o incluso, cuesta abajo, y que lograríamos nuestro objetivo más fácilmente. No obstante, todo lo fácil suele conllevar unas circunstancias peores en el futuro. Algo, que podíamos terminar pensando que al estar en un futuro será casi tan lejano que no tendremos que enfrentarnos realmente a ello.

Me escuchó atentamente. No dijo nada más, pero pude leer en su semblante que aquello le parecía una tontería, algo que me hirió profundamente. ¿Había hecho bien en intentar encontrar en aquel hombre alguien que pudiese comprenderme? Contuve mis ganas de cruzarle la cara pues consideraba que era desproporcionado cuando podían ser tan solo imaginaciones mías.

— Mañana es mi último día en la ciudad y me preguntaba si podría pasarlo con usted —comenté intentando cambiar de tema.

— ¿Mañana?

— Sí, así es. Me gustaría poder verle en su trabajo, si no le supone ninguna molestia —continué llevándome comida a la boca entre frase y frase. ¡Podría comerme en ese mismo instante un elefante!

— Comprendo —dijo terminándose el filete lo cual me dejó en las mismas—. Creo que debería irse a la cama, señorita Mijáilova.

Mi cara fue un poema. ¿Me estaba echando? ¿En serio? La ira fue apoderándose de cada partícula de mi ser mientras intentaba contenerla, algo que no había logrado nunca. Estaba convirtiéndome de nuevo en ese ser irracional que no siente nada más que ataques por todas partes y montaría un espectáculo que no tendría nada que ver con lo que fuere que hubiesen escuchado sus vecinos hasta ese momento.

Con mala cara, me bajé del taburete y fui hasta donde había dejado mis zapatos para ponérmelos. Quería tranquilizar a esa bestia, pero habló antes de que me permitiese ponerle el bozal.

— Lamento haberle molestado durante esta noche, señor Verdoux. No era mi intención. Sin embargo, la forma de echarme, no ha sido realmente apropiada. Si tanto quería que me fuese podría haberse inventado una excusa socialmente aceptable, que aunque me hubiese tocado las narices de la misma forma no hubiese sido un rechazo y un «ahí tienes la puerta, encanto» de manual que me acaba de hacer. Que pase buenas noches —concluí mi sermón antes de caminar como alma que lleva el diablo hasta la puerta.

En un abrir y cerrar de ojos sentí mi cuerpo darse la vuelta y mi espalda golpear la puerta mientras unos ojos hambrientos y una sonrisa pícara adornaban el rostro del profesor.

— Es un carácter difícil de domar —musitó con diversión—. Tan solo dije que tendría que acostarse porque había pedido acudir a mi clase si no recuerdo mal y es muy temprano la hora a la que doy mi cátedra —comentó acercándose más a mi rostro mientras mi corazón iba a mil por hora.

Vale, le había malinterpretado, pero su diversión estaba consiguiendo darle más alimento a mi mala uva. Mi ceño se había fruncido e intentaba escaparme, pero cuando iba a decir algo, su boca atrapó la mía en un beso apasionado e intenso. Me resistí al principio, molesta ante la idea de que me creyese tan fácil de calmar, pero poco a poco me fui dando cuenta que así era.

Mis dedos se agarraron a su cabello e intenté mantenerle pegado a mí, besándonos de esa forma. Mi interior ahora empezaba a sentir un ardor diferente, fruto del deseo y mientras nuestras lenguas se reconocían en ese beso demoledor, sus manos iban bajando por mi cuerpo hasta situarse a la altura de mis muslos donde, tras invitarme a elevarme, él lo hizo provocando que tuviese que envolver su cintura con mis piernas con una gran dificultad por el vestido que había escogido.

¿Sería ahora? ¿Sería al fin? Tendría mi primera vez, o eso parecía porque salvo que él parase, por muy nerviosa que yo estuviese, no pensaba parar.

2018 / Jun / 21

Nuestras cenas estuvieron sobre la isla de la cocina. Estaban en envases poco elegantes lo cual desentonaba con nuestras ropas y su hogar, pero al que yo estaba bastante acostumbrada. La comida rápida solía ser un recurso para todos aquellos que queríamos darnos un pequeño homenaje o no nos daban las horas para cocinar algo decente. Yo misma recordaba los momentos en los que habíamos ido a las cadenas de comida rápida. Había sido en situaciones especiales cuando toda la familia había estado en la misma ciudad y siempre por petición de mi abuela quien decidía a regañadientes con mis padres, pagar todo lo que hubiésemos comido.

Había otras ocasiones en las que no íbamos a restaurantes de comida rápida, también acudíamos a algún asiático o a un pequeño restaurante en el que siempre pedíamos pollos asados para comer juntos los domingos en que había algo que celebrar siempre que no fuese una festividad tipo Navidad o Fin de año.

Aún podía recordar la forma en que mi abuela siempre conseguía que el camarero le hiciese caso a ella diciéndole: «¿quién es la más vieja? Yo, ¿no? Pues hágame caso a mí».

Era hasta divertido verles discutir por quién pagaba la comida.

Caminé hasta la isla de la cocina y abrí una de aquellas complejas cajitas donde venía la comida china. Él había pedido otro filete con patatas fritas y me llegué a preguntar si no era lo único que comía durante su vida. No le había visto tomar gran cosa más aunque lo cierto es que ambos nos conocíamos de muy poco tiempo.

Me senté en el taburete y agradecí en gran manera que William hubiese pedido un tenedor. Mi forma de comer con palillos era igual que un milagro si algún grano de arroz llegaba a mi boca. Mi pulso, en aquellas prácticas que requerían precisión, era casi igual que ponerme a tocar panderetas. A veces temía por tener una de las enfermedades de mi padre, pero no había ningún motivo que pudiese indicarlo.

— William… —comencé tras haber tragado la primera pinchada del arroz tres delicias que estaba tan delicioso como yo lo recordaba—, creo que debe saber algo sobre mí. No sé si hago esto por temor o quizá porque creo que sea mejor así para evitar en cualquier posible caso que todo vaya a más si le supone algún problema esta parte de mí.

Mordí mi labio inferior mientras sentía cómo sus ojos me miraban fijamente. No podía devolverle la mirada, me costaba un mundo y por primera vez en mi vida, no era capaz de llevarme más comida a la boca si no decía lo que tenía que decir.

En mi cabeza, la voz de mi madre y mi propia voz me recordaban que nadie tenía porqué saber mi pasado, que nadie tenía porqué enterarse de mi problema psicológico aún vigente, que nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a juzgarme por ello, pero quizá mi propio ser masoquista buscaba el pequeño traspiés que él hiciese para lanzarme a los leones ¿y qué mejor forma que hacerlo que presentándome como antes lo hacía? Problema en mano como carta de bienvenida. Una forma segura de alejar a todo aquel que pudiese lastimarme en algún momento.

— Recuerda lo que le dije antes sobre mi profesión, ¿verdad? —pregunté esperando no tener que ser más directa aunque pronto entraría en algo más complicado de expresar.

— Así es… —contestó con prudencia.

Aspiré profundamente y deslicé mi comida un poco hacia delante antes de entrelazar mis dedos para comenzar ese discurso que la parte más racional de mí no podía parar.

— Tengo… tengo un trastorno de personalidad, William. Exactamente, «trastorno de personalidad Cluster C», o al menos, es donde tanto tiempo me catalogaron, aunque creo que difiere en algunos aspectos. No soy una persona accesible de muchas formas. Soy alguien que a menudo aleja a quien necesita —jugué con mis dedos antes de continuar—. Sufrí acoso escolar. No el típico de golpes. Nunca llegaron a herirme físicamente, pero existen muchas formas de herir a una persona. Mi vida familiar tampoco era mi refugio puesto que tenía otro enemigo en casa, mi hermano, alguien a quien yo le había puesto tal calificativo sin que él se lo ganase de ninguna forma, al menos, al principio. Me separé de la humanidad en general cayendo en una depresión durante los dieciséis años. Le ahorraré saber más detalles, pero… creo que debería saber que estuve ingresada en psiquiatría en un total de tres ocasiones. Conozco lo que es el dolor en la propia piel y sé que no soy para nada una mujer sencilla para mantener una relación de la índole que sea. Soy orgullosa, cabezota y estoy como una cabra, lo reconozco, pero… en fin, creo que debía ser sincera con usted —comenté antes de sentir como todo mi estómago rugía y no por el hambre sino por la ansiedad por saber qué diantres pensaría él en ese momento.

Los segundos en silencio fueron eternos. Agarré la comida dispuesta a llevarme algo a la boca porque ahora la ansiedad sí que estaba pudiendo conmigo. No controlaba nada comiendo, pero, al menos, recibía una pequeña satisfacción.

— Evasión, evitación… Temor a ser dañado de nuevo, ¿no? —preguntó.

Le miré sin comprender. ¿Por qué respondía precisamente eso?

— Así es… —admití en voz alta.

Se llevó una patata a la boca mientras me miraba tranquilamente. Ambos parecíamos escudriñar al otro con la mirada y no lo entendía. ¿Qué buscaba él encontrar en mi rostro que no pudiese dárselo ya masticado la explicación que le había dado antes?

— ¿Qué busca diciéndome eso, señorita Mijáilova? ¿Que dejemos de vernos?

La sorpresa se hizo presente en todo mi rostro. Su análisis había sido brillante. Había llegado a la deducción correcta. ¡Eso quería mi mente! Era una forma de recordarme a mí misma que jamás podría estar con nadie porque nadie me aceptaría por ser lo que soy, calificándome a mí misma como si no hubiese nada más que ese trastorno.

— Solo quería que estuviese en su conocimiento —musité.

Sus ojos volvieron a fijarse en los míos antes de suspirar un instante.

— Lamento lo ocurrido en su pasado, señorita Mijáilova, pero no puedo darle mi rechazo si era eso lo que buscaba —concluyó antes de indicarme con un gesto de su mano que comiese.

No entendía porqué. Debería sentirme ofendida, pero por alguna razón creía haberme quitado un peso de encima. Aún así, mi demonio interno ya estaba haciendo cábalas para buscar otra forma de recibir ese rechazo.

2018 / Jun / 21

2002

Me sentía completamente avergonzada. Era igual que si se hubiesen burlado de mí en todos los sentidos. ¿Quién podía haberse reído de mí de tal forma? Cerré mis ojos con fuerza intentando serenarme. Las ganas de ir arrancando cabezas aumentaban conforme pensaba más en lo que había sucedido. Recordé entonces la forma en la que pocos años antes, cuando aún estaba estudiando los estudios secundarios me quedaba mirando al profesor o profesora después de que mis compañeros se hubiesen reído o me hubiesen dedicado algún comentario mordaz. A veces, ni tan siquiera era tan directo, sino que era tan simple como abrirme la mochila y dejarme sin mis tareas cuando yo sabía que las había hecho.

Mi forma de controlar mi ansiedad y mis ganas de mandar a la mierda a todos los presentes para no llorar, era imaginarme a mí misma desmembrando a mis compañeros y comportándome cual Vlad El empalador. ¿Por qué? Era una forma de avisar a todos de lo que les podría pasar y cómo debían respetarme. Incluso, en mi mente, me respetaban tanto que ni tan siquiera le decían a la policía quién había sido el culpable dado que terminaban viendo los cadáveres más personas que solamente mis compañeros.

Tenía miedo de esa parte asesina residente en mi interior. Recordaba que cuando era pequeña solía ganar las discusiones con mi hermano básicamente porque le plantaba un manotazo doloroso en la espalda y se la dejaba completamente marcada. No sentía remordimientos, al contrario, él se lo había ganado. Y si analizaba esa parte de mi ser tal y como me pedían que hiciese en la introspección para encontrar los porqués de mi comportamiento, temía poder encontrar a una asesina en serie, despiadada, sin miramientos que estaba tan solo a un paso de encontrar su vocación arrancando corazones por venganza pura y dura.

Puede que mi mente fuese demasiado fantasiosa, pero quizá no. ¿No era el típico caso que veía en las series que tanto le gustaban a mi madre? CSI, en todas sus alternativas, estaba lleno de ese tipo de locos y algunos de ellos, en concreto, eran seres con una maldad que se deslizaba por sus venas junto con la sangre. Era parte de ellos mismos y yo no quería ser como esas personas. ¿Debía contener mis emociones? ¿Cómo hacerlo si finalmente todo lo que no expresaba de alguna forma terminaba quemándome hasta que se volvía una pelota demasiado grande y explotaba sin remedio a diestro y siniestro llevándome a inocentes a mi paso en forma de proyectil?

Tenía en mi interior una fiera que estaba alimentándose de rabia, de resentimiento y no era capaz de ver quién la alimentaba tanto y tan rápido para que las cadenas con las que la tenía sujeta fuesen inservibles. No saltaba a la yugular, es cierto, pero me cegaba de una forma que lo único que podía era ver al otro como mi mayor enemigo. Era un combate a vida o muerte. Su orgullo o el mío. No había más salida que ganar la batalla porque demasiadas otras había dejado que me pisoteasen y me obligasen a besar el barro o limpiar sus botas con mi lengua por no saber qué defensa utilizar. Hasta ese momento me había presentado a las batallas a pecho descubierto, blandiendo una espada de madera y siendo atestada con espadas envenenadas hasta que claudicaba aceptando mi derrota. Pero ahora no. Todas aquellas veces perdidas se concentraban de alguna manera en mi odio desmedido y blandía mi espada, sacaba los cañones y las caballerías estaban a una sola orden para acabar con el enemigo. No importaba si la lucha era desigual, si el número se posicionaba en mi contra. Era igual que aquellos valientes espartanos, los 300 luchando contra un sin fín de ejércitos que no parecían acabarse nunca. A menudo, mis fuerzas flaqueaban, pero cuando eso ocurría aceptaba que era el instante de asestar el golpe final y mi mente, rápida y veloz acudía en mi rescate para lanzar el más cruel insulto que pudiese escapar de mis labios.

Ese carácter lo había heredado de la familia de mi padre, según decían todos. Una leona dispuesta a rugir en el instante que cualquier león osease contradecirla. No obstante, había visto cómo mis tíos perdían el control a base de insultos, había escuchado las situaciones en las que mi padre había perdido el control y recordaba perfectamente un momento en que, por pura frustración, había agarrado una silla y la había zarandeado porque no podía hacerlo ni con mi madre ni con ninguno de nosotros.

Aún así, la familia de mi madre tampoco se libraba de tal posible herencia. Una de mis tías tenía más genio que todas juntas, aunque la crueldad en las discusiones existía en ambas familias desde que se había escuchado un discurso similar a: «¿para qué discute uno? Pues para hacer daño sino no tiene sentido». Algo que no dejaba de ser una batalla campal, algo que había mamado desde pequeña y que venía incluido en mi ADN. ¿Sería imposible entonces domar a la bestia que se había despertado sumida en la ira más absoluta por el rencor que tenía acumulado contra el mundo?

Molesta, furiosa, cansada de no encontrar soluciones sencillas decidí comenzar a escribir una historia diferente por internet, algo más propio, más personal. Pero siempre que pusiese el rostro de una chica que agradase a todo el mundo era más que suficiente, ¿no? Sí. Era la mejor forma de vender algo oscuro y triste, con un envoltorio bonito y así, utilicé a la actriz de moda como físico del personaje principal por mucho que yo la detestase: Marillene Boutrix sería la candidata perfecta para que el mundo se abriese a mi rabia contenida.

2018 / Jun / 21

La presentación había terminado. Estábamos en su casa, un apartamento demasiado caro para cualquier bolsillo normal, pero el suyo no lo era, evidentemente. Miré a William que permanecía al teléfono para pedir nuestra comida. Me quité los zapatos de tacón aprovechando su descuido y agradeciendo muchísimo el contacto del suelo con mis pies. No había sido una tortura china, pero reconocía que si seguía teniendo que usar zapatos tan altos volvería a los planitos de toda la vida que me hacían bastante menos daño.

La voz de William se deslizaba por todo el lugar. Era un sitio enorme sin apenas separaciones entre las distintas habitaciones. Lo primero que había al llegar era el salón y justo escondida detrás de una pared estaba la cocina que no tenía separación con el salón salvo por la isla que hacía las veces de mesa. Podía imaginarme a William allí desayunando todas las mañanas mientras esperaba a que el tiempo pasase porque estaba más que convencida que no llegaba tarde a ninguna de las clases de su cátedra.

Literatura del siglo del terror. Una asignatura sorprendemente negativa si nos paramos a pensar que el siglo del terror era el mismo que estábamos viviendo. No podía negarse que así era. ¿Había alguien que pudiese salir tranquilo a la calle sin temer que otro pudiese clavarle un puñal, metafóricamente hablando? Bueno, y sin metáfora de por medio. El peligro estaba ahí y éramos nosotros mismos.

Deslicé mis dedos por el enorme sofá de color gris oscuro. Era suave, confortable y seguro que era perfecto para continuar describiendo esa parte de la casa que hasta ahora había podido ver. Por eso, con los zapatos en mi mano fui hasta allí y me senté en el sofá lamentando ser tan maleducada por no haberle pedido permiso, pero en cuanto habíamos entrado él me había dicho que me pusiese cómoda así que eso era lo que estaba intentando.

Sentada en el sillón observé todo lo demás. En lugar de tener una televisión, tenía una amplia chimenea hacia la que estaba orientado el sofá y los monoplazas que tenía formando una C o una U dependiendo de la perspectiva de cada uno. En el centro había una mesita de té de cristal y sobre él un cenicero que había sido usado en numerosas ocasiones, pero que mantenía su pulcritud. Solamente se podía saber que no era nuevo por los desgastes y ligeras quemazones producidas en los lugares donde había apagado los cigarrillos que se había fumado.

Apoyé mi espalda en el respaldo y miré toda la decoración. No había ni una sola fotografía. Había cientos de libros, pero en general aquel piso era básicamente de un soltero empedernido. No había pisado por el lugar ni un solo niño ni una mujer que hubiese dejado una huella que hubiese durado más de veinticuatro horas. Todo era un vivo ejemplo de la oscuridad que se escondía en el interior de William y que ansiaba descubrir.

¿Resultaría sorprendente si digo que mi héroe favorito es Batman? ¿Y si comento que siempre me había vuelto loca intentando entender el raciocinio de su villano más conocido, el Joker? ¿Y si la oscuridad de Gotham me había cautivado hasta el punto de desear ser Selina Kyle? Esa sinuosa, sensual y sorprendente gata que traía de cabeza a Bruce Wayne. Puede que, a menudo, soñemos ser lo que no podremos ser nunca, lo que no somos o ese espíritu que siempre permanecerá encerrado en nuestro interior porque no sabemos cómo dejarlo ir. Sea como fuere, yo era una puritana en comparación con Catwoman y no tenía nada que ver mi mundo con el suyo. Ella era mil veces más fuerte que yo.

Perdida en todos mis pensamientos negativos había obviado que William había dejado de hablar por teléfono.

— Nuestra cena llegará en unos veinte minutos —anunció antes de quitarse la corbata y la chaqueta del traje.

— Perfecto. Mientras… podemos hablar —propuse subiendo mis pies al asiento del sofá.

— ¿De qué quiere hablar, señorita Mijáilova? —comentó terminando por quitarse la corbata de alrededor del cuello de su camisa blanca y abrir un par de botones de la misma.

— De usted…

Noté cómo rápidamente se tensaba hasta el punto que casi podía distinguirle los pectorales por debajo de aquella camisa ajustada a su cuerpo cincelado por algún escultor al estilo de Miguel Ángel, seguro. Aquello hizo que me acordase de Gustav. Una pequeña sonrisa atravesó mis labios y pude ver rápidamente la gran diferencia entre ambos y no solamente en el aspecto físico.

— Me gustaría saber por… bueno, diablos. ¿Cómo es que su madre y su padre estaban casados sabiendo Catherine que su marido era homosexual?

Al fin lo había soltado. La gran pregunta del millón que me tenía desconcertada y a diferencia de lo que pensaba, eso pareció relajar a William quien se desabotonó los puños de la camisa quitándose los gemelos y después se remangó una manga mostrando un antebrazo fibroso y sin una gota de grasa acumulada, pero con algunas señales del pasado en tonos más claros que los de su piel.

— Fácil, señorita Mijáilova —sonrió dirigiéndome una mirada para luego volver a su parsimonia de doblar y volver a doblar el puño de su manga hacia arriba—. Mis padres, en realidad no se casaron nunca. Son hermanos. Catherine y Peter tienen el mismo apellido por esa razón consiguieron engañar a todos. Además, a Catherine no le importó, de cara a la galería, fingir que era esposa de su hermano y así evitarle ser atacado por la sociedad por su homosexualidad. Ambos han tenido exitosas carreras manteniendo su vida privada lejos de la prensa. Se lo han apañado bien mientras debían. Ahora la sociedad es bastante más abierta y no hay problema en que Peter vaya con Roger cogido de la mano allá donde quiera.

— Vaya… es sorprendente. ¿Nadie se percató de que eran hermanos? —pregunté mirándole con sorpresa y también curiosidad.

— Se sorprendería el tipo de cosas que se han hecho en las familias para ocultar secretos…

— Había oído que los homosexuales se casaban por obligación para esconder su verdadera sexualidad, pero jamás había pensado que pudiese darse algo así entre hermanos. ¿Y si se descubría todo? ¿No era peor el hecho de ser hermanos a los ojos de todos casados y no que su hermano fuese homosexual? —pregunté frunciendo mi ceño.

— Por mucho que se sorprenda, señorita Mijáilova. Hay veces que no podemos comprender hasta qué punto se podía desprestigiar a una persona si no hemos vivido determinadas épocas —murmuró antes de cambiar su atención hacia la otra manga que aún no había remangado hasta el codo—. Sin embargo, parece escandalizada.

— Bueno, reconozco que la sola idea de imaginarme a mí, con mi hermano o que la gente pensase que estamos juntos… me da bastante repelús —me estremecí por completo y luego fui consciente de que aquel antebrazo a mis ojos tenía unos tatuajes.

Me levanté del sofá y caminé hacia él antes de darme cuenta que estaba deslizando mis dedos por los tatuajes de su antebrazo. Alcé mi mirada a sus ojos y como si se debatiese si debía decir algo o no, finalmente, en el instante que llamaron a la puerta se limitó a comentar el tema de los tatuajes.

— Recuerdos de juventud.

Se separó de mí y fue visiblemente tenso hasta la puerta para pagar al repartidor. ¿Qué había hecho en esta ocasión?

 

2018 / Jun / 21

2002

Había encendido el ordenador de nuevo. Tenía uno pequeño. Un netbook rojo, adorable, pero que había tratado tan mal que había terminado cayéndose tropecientas veces provocando que en una ocasión una de las esquinas de la parte que cubría el trasero de la pantalla desapareciese en combate y mostrase para todo el polvo que quisiese entrar, su interior lleno de cables.

Había aprendido a encontrar un tipo de evasión. Messenger había sido mi salida para casi todo en aquellos últimos meses. Había aparcado prácticamente la lectura, pero había retomado la escritura y fotolog era testigo de ello y de mis problemas también por estar metida en un mundo donde cualquiera puede criticar sin ningún tipo de problemas. No me sorprendía que lo hicieran. Tampoco había demasiado que destacar de mí, pero sí me sorprendía la facilidad que tenían las personas de contar aquello que yo les comentaba en confianza. ¿Soy realista? Creo que el problema estaba evidentemente en mí. No sabía escoger en quienes confiar porque, ¿cómo te puedes fiar de alguien a quien no le estás viendo la cara y que quizá es esa misma persona que estás criticando?

Mi primer problema en las redes sociales con respecto a la escritura había tenido que ver con todas esas condenadas personas que leían una historia de otra. No me importaba que lo hiciese, pero había similitudes entre la suya y la mía, algo que había dicho a alguien y había creído que podía confiar en esa persona. ERROR DE NOVATA. La susodicha se lo había dicho a la otra persona y ¡pum! todo un texto hablando de lo malísima persona que soy y blablabla. ¿Alguien podía imaginarse hasta el punto de humillación que llegué? Era doloroso, demasiado. Esa persona había ido destrozando mi reputación poniéndose de víctima y la única posibilidad de respuesta por mi parte había sido cerrar el fotolog correspondiente.

Sí, reconocía que había sido una condenada borde con esa chica, pero… el enemigo es el enemigo. No podía evitar comprarme con ella y aunque mi forma de escribir no era maravillosa, ni mucho menos, estaba molesta porque un montón de personas adoraban algo escrito de forma tan nefasta que resultaba hasta doloroso.

En realidad, no podía evitar sentir que yo no era igualmente valorada y ni tan siquiera me había pasado el tiempo leyendo su historia, lo que había leído habían sido los comentarios de algunas de sus lectoras. Era un narcisismo en estado puro, el mío. Si no es para mí, no vale la pena. Aún así, y a pesar de todo, no deseaba en ningún momento que todo hubiese llegado a ese punto y mucho menos cuando lo único que había hecho había sido hacer un comentario a alguien.

Es difícil. Muy difícil. Pero era una prueba más del destino. ¿Por qué no aceptar de una vez por todas que yo no encajaba en la sociedad? Seguía y seguía luchando para recibir un nuevo bofetón, merecido seguramente, pero que no por ello picaba menos ni se volvía la excusa perfecta para mandar al mundo entero a la mierda y aislarme otra vez como una pequeña tortuga escondiéndose en su caparazón.

Si crecer era esto, si vivir era pegarte siempre contra la pared por culpa de uno mismo, ¿por qué no había mandado al diablo todo cuando pude? Mi madre, quizá por alguna razón demoníaca y no celestial, había aparecido para que continuase la tortura. ¿Era un juego divertido para alguien? A veces, pensaba que sí. Quizá podía tener sentido esa teoría filosófica en la que no somos nada más que un sueño de un gigante. Puede que ese mismo gigante tuviese algún tipo de trastorno que provocase tantos problemas en la humanidad de su mente y también puede que me hubiese escogido a mí como actriz protagonista en una de los dramas que contaría después a sus compañeros cuando se despertase. !La locura de Kyra! Próximamente en 50D porque dudaba que las tres dimensiones fuesen suficientes para unos bichos tan grandes que nos pudiesen albergar a los billones de personas del planeta.

Respiré hondo. Debía hacerlo. Permanecía escondida para todo el mundo. Había cerrado aquel fotolog, sin embargo, había abierto otro por pura iniciativa. Necesitaba expresarme, escribir. ¿Era aquello tan malo después de todo?

Sin embargo, en cuanto el messenger estuvo encendido una ventanita se abrió. Aquella a la que llamaba hermanita porque en un juego habíamos sido hermanas, me había escrito un mensaje. Leí sin poder creerme todo lo que estaba allí escrito. Aquel chico que había pasado a mejor vida en Escocia, el primero que se había interesado por mí, era falso, completamente falso. Detrás de él había estado una chica haciéndose pasar por chico, jugando con mis sentimientos con los que mi «hermanita». Quise gritar, deseaba hacerlo, sin embargo, en su lugar le deseé todos los males del mundo a aquella tiparraca que me había hecho llorar durante días por una muerte falsa. ¿Cómo demonios se podía ser tan cruel?

 

2018 / Jun / 20

Tras una pequeña conversación con su familia, llamaron a Catherine para que hiciese su presentación. Ella había optado por una indumentaria fina, pero que lamentablemente no la rejuvenecía ni un solo año, es más, le sumaba años a sus hombros. Una lástima que fuese tan inteligente en algunos aspectos, pero que no se diese cuenta de cómo podía sacarse provecho a sí misma. A menudo, las mentes inteligentes están encerradas en cuerpos que para ellos no son la prioridad, ni mucho menos.

Sentada al lado de William podía sentirme en medio de un montón de colores apagados. Todo eran negros, azules sin brillo, tonos demasiado fríos y yo parecía la única luz entre tanta sombra o la persona discordante en aquel acto. Era como un punto rosa en un fondo negro. Si se me observaba desde lejos podía asegurar que parecía tener una señal o algún tipo de foco indicando que allí había alguien que no pertenecía a todo ese mundo.

Catherine se puso tras un atril. Colocó el micrófono que hizo un ruido atronador y me obligó a arrugar el gesto en una mueca de desagrado. Miré a William quien no parecía haber realizado ni un solo movimiento en sus facciones. Suspiré profundamente y me recordé a mí misma que hay personas que no muestran tan fácilmente como yo su desagrado o cualquier emoción. Mi rostro era igual que un folio escrito en todos los idiomas y mi voz les indicaba fácilmente a quienes no veían mi rostro qué no era de mi agrado.

— Muchísimas gracias por haber venido a la presentación de mi nuevo libro. Como sabéis, uno de los mayores misterios de la humanidad es el verdadero funcionamiento del cerebro. Hemos preestablecido unas teorías sobre las que hemos terminado desarrollando diferentes métodos de respuesta que a nuestros ojos resultan completamente comprensibles, incluso lógicos en su complejidad, pero… ¿estamos seguros de que acertamos cuando hablamos de ello? —hizo una pausa a la que atribuí cierto dramatismo, como si ella tuviera la respuesta a aquella pregunta que nadie había podido contestar aún—. Es sorprendente el cambio que estamos viendo en la evolución del ser humano. Como muchos consideran debilidad en lo que otros creemos que es consciencia de uno mismo. Estamos frente a personas que no temen manifestar su deseo de expresar su desagrado sobre las técnicas que durante tantos años hemos mantenido casi como un mantra. ¿Es parte entonces del ser humano quejarse de todo lo que no alimenta su ego o tienen razón al expresarnos que nosotros mismos, a menudo, caminamos sobre arenas movedizas?

Di un sorbo a su vaso de agua mientras mi cabeza se apoyaba en el hombro de William casi por un instinto de buscar refugio por todo lo que estaba llegando a mis oídos.

— ¿Es realmente más sabio aquel que puede expresar esa experiencia vivida o tan solo el que la ve desde fuera? —continuó antes de mirar a todos los presentes—. En mi nuevo libro llevo a cabo estos análisis, esta forma de pensar y este movimiento que está revolucionando por completo la Psicología pues ahora no somos tan solo los considerados antes como expertos quienes opinamos del tema, sino aquellos que han superado lo suficiente sus propias dificultades para abrirnos algo más de luz en sus mentes.

— ¿Está bien, señorita Mijáilova? —preguntó la voz de William y alcé ligeramente mi mirada hasta encontrarme con sus ojos claros que una parte de mí quiso ver que estaban teñidos de preocupación.

Asentí lentamente y pude sentir un ligero cosquilleo por la forma en que su respiración chocaba contra mi piel. Bajé mi mirada inevitablemente a sus labios y besé su boca con lentitud. En uno de esos besos en los que cada segundo cuenta, cada momento previo y durante el beso. Mis dedos se habían agarrado a la manga de la chaqueta del profesor y mi boca le demandaba como si me sintiese expuesta ante el mundo y quisiese que él fuese quien me cubriese por completo.

No sé cuánto estuve besándole, pero sé que él fue quien tuvo que separarnos por alguna razón que pudiese tener que ver con aquel fuego interno que había comenzado a consumir mi interior.

— En cuanto termine la presentación iremos a comer algo —susurró rozando con sus labios los míos a la hora de hablar.

Para mí esos míseros toques eran igual que una tentación velada. Me daba sus labios para luego quitármelos. Me demandaba para luego negarme. Era igual que jugar con un gato y una luz que se mueve cerca de él. Cuando cree haberla cazado ha desaparecido entre sus garras. Y así me sentía yo en ese momento, tentada y cuando parecía estar a punto de recibir mi recompensa sus labios me rehuían. ¿Era un juego común? ¿Era parte de una tortura producida por un placer desconocido? Quizá mi manera de ser tan común a la de un niño que necesita satisfacción inmediata provocaba que esos juegos se escapasen de mi control, o quizá, lo que se escapaba a mi control, es que no era yo quien ideaba ese juego ni sabía las intenciones del mismo.

Nos separamos definitivamente para escuchar a su madre. Catherine respondía ahora las preguntas de aquellos que conocían sobre el sector y me obligué a no levantar la mano para hablar sobre la que era mi profesión y lo que yo había vivido en carne propia. Estaba realmente avergonzada de haber pasado por lo que había pasado. No era aún capaz de admitir en voz alta determinadas cosas y no podría manifestar delante de todo el mundo que yo era una de todos aquellos a los que miraban a través de una dichosa lupa, que yo sabía lo que se sentía en los instantes en que estabas llorando frente a una persona que el único sentimiento que te demostraba era acercarte el pañuelo de papel que tuviese más a mano aunque le hubieses dicho hace dos segundos que tan solo querías sentir cariño, ser amada y que los abrazos no fuesen algo raro para ti.

Miré las cámaras por todas partes y supe que sería un momento perfecto, pero la parte temerosa dijo que no era ahora ni sería nunca.

2018 / Jun / 20

El glamour y los lujos no era algo a lo que cualquiera se acostumbrase fácilmente. Seguramente muchos se deslumbrarían por todo lo que se puede conseguir con chasquear los dedos cuando tienes cierto poder adquisitivo, pero para mí, todo aquello era abrumante. Todas las sonrisas iban dirigidas a ti, pero ese tipo de sonrisas que uno sabe que son falsas, que son por cumplir, que lo hacen porque se supone que eres alguien, que le importas a alguien más que a tu padre y a tu madre.

Me pregunté a mí misma si sería bueno para mí que me crease una versión ficticia de mí para ese momento. Todos eran escritores o eruditos en sus materias de trabajo o estudio. Yo, a duras penas si había podido sacarme la carrera hacía dos años. Ser especial, no era un calificativo que pudiese describirme. Era una persona común y corriente, tirando a bastante mediocre en algunos aspectos y con tantos defectos que podrían resultar angustiosos si eran observados de cerca.

William parecía estar en su salsa y me sorprendí de que él fuese así con otros y conmigo necesitase casi que le inyectase un remedio a lo «veritaserum» en vena para poder saber qué diablos pasaba por su cabeza o, en su defecto, si tenía un par de hermanos. Aquello podía molestarme, pero puede que fuese alguien parecido a mí, alguien que tuviese que esconder secretos que nadie conocía y temiese que en cualquier momento esos secretos, en la persona adecuada, le hiciesen tanto daño que le desangrase casi por completo. Quizá fuese por esa idea mía, pero algo en mi interior había comenzado a enternecerse ante la posibilidad de que él creyese que yo podía hacerle daño cuando estaba segura que si lo llevábamos a la práctica, él ya tenía todo el poder de destruirme con tan solo dos palabras.

Por ese motivo, por el sufrimiento ajeno, me aferré a él intentando darle algo de consuelo aunque no lo necesitase a simple vista. De alguna forma quería demostrarle que estaba ahí, para él, pero no veía reciprocidad en nada de lo que hacía. ¿Podía estar segura de no ser esa muñeca entre sus dedos con la que se estaba divirtiendo en ese momento? Quizá había jugado tantas veces con otras mujeres como lo hacía conmigo. Ni un mísero piropo había recibido hasta el día de hoy. ¿Pero no era también cierto que él no era mi prototipo físicamente en el momento que le conocí? Mi mente estaba hecha un lío. Seguramente estaba cometiendo todos los fallos que se cometen en la primera relación, donde todas las verdaderas inseguridad salen a relucir y ese momento no indicaba nada más que un punto de inflexión en mí. Una parte de mi mente había firmado un ultimátum consigo misma. Si recibía algún rechazo me escaparía de su vida.

Cerré mis ojos con fuerza unos instantes antes de escuchar la grave voz de William sacarme de mis pensamientos. Le miré con una ligera sonrisa en mis labios y supe que me estaba estudiando, como si quisiese leerme la mente, por lo que me obligué a calmar mis completas locuras e inseguridades, tenerlas bajo mi mandato, dado que no dejaría que me hiciesen sufrir. Antes de ser golpeada, esta gatita salvaje había aprendido a morder.

— Catherine nos está esperando —comentó antes de que asintiese.

Fui con él hasta el lugar donde la catedrática nos sonreía a ambos con amabilidad. Pude fijarme bien en ella. Era una mujer algo entrada en carnes, pero no demasiado. Su expresión generalmente era severa, pero se suavizaba rápidamente cuando la sonrisa se deslizaba por sus labios finos, que en esta ocasión había pintado de un tono nude que no era capaz de descubrir. ¿Qué color era ese?

— Kyra… ¡me alegra que estés aquí! —comentó la mujer.

Me sorprendí porque ella había decidido hablarme por mi nombre de pila. Recibí gustosa los dos besos que me daba y los que acto seguido me entregaba el padre de William. ¿Cómo diantres había dicho ayer que se llamaba? Los nombres no eran lo mío, desde luego. Las caras sí. Aunque supongo que estaba tan molesta por lo que pensaba que había dicho el profesor que ni tan siquiera había prestado atención para quedarme con un nombre que tendría que olvidar en cuanto le diese una bofetada a su hijo por meterse donde no le llaman.

Me había confundido de cabo a rabo y ahora no quería meter la pata de ninguna forma.

— A mí también me alegra volver a verles —respondí con una sonrisa amable y sincera en mis labios. ¿Cómo no sentir un repentino impulso de gusto y de agradecimiento con el mundo cuando te recibían de aquella manera?

Mi cabeza, mientras tanto, estaba analizando el comportamiento tan diferente de William con respecto a su familia. Ellos eran cercanos, accesibles, se encariñaban fácilmente. Él, en cambio, permanecía tratando a todo el mundo de usted, poniendo una barrera entre él y el mundo. ¿Tanto desconfiaba? Era evidente que el trato desfavorable que había recibido durante su infancia había provocado que él terminase así, alejado del mundo, negándose a sentir. ¿Y no había sido yo misma así también? Tras el acoso escolar, tras el rechazo de toda persona que conocía, ¿cómo no podías encolerizarte y obligarte a que si el mundo no te aceptaba te importase una mierda? ¿Estaba ante un reflejo de mis propias respuesta del pasado? ¿Tendría también ese hambre por ser amado, querido y necesitado por alguien en quien pudiese confiar con los ojos cerrados?

A veces las personas llenas de sombras se atraen como aquellos con los mismos ideales. Es como una fuerza cósmica, algo sobrenatural, que nos hace saber que el otro sufre y nos necesita como nosotros a él.