2018 / Jun / 29

24 de enero de 2004.

La escritura siempre había sido mi método de desahogo desde que la había descubierto. Tenía tantísimas cosas en la cabeza que necesitaba sacarlas de alguna forma. Pensé en mí. Pensé en todo lo que estaba en mi cabeza. Pensé en la forma en que lloraba incluso sin motivo aparente. Pensé en que era culpable de mil cosas. Pensé, pensé, pensé… y pensé. Si algo saqué en conclusión de todo eso es que pensar no era nada bueno si se hacía demasiado y durante mucho tiempo.

Comencé a escribir. Puede que por necesidad más que por otra cosa. Porque no podía poner en voz alta todo lo que sentía y porque quería que alguien en alguna parte del mundo sintiese compasión por mí. Quería importar a alguien, eso era todo.

Capítulo 1. Sin sentido

¿Cómo llegué a odiarme? Esa pregunta se la hacen tantísimas personas que me han conocido a lo largo de mi inútil vida… 

¿Tiene sentido preguntarse algo semejante si en tan solo segundos puedo desaparecer del planeta? Yo creo que no pero es la pregunta que sé que cada día, cada minuto, cada maldito segundo pasa por la mente de todos los que se creen conocerme. 

¿Alguien salvo yo tiene derecho a decirme que hago las cosas mal? Ahora ya no, quizá haya normas, tal vez haya moral, no lo niego pero me volví agnóstica de todos y cada uno de los sentidos posibles. Temo decir que ni creo ni dejo de creer, para mí todo comenzó a carecer de sentido hace demasiado tiempo cuando aún creía en papá noel y me maravillaba que un diente se transformase en dinero por obra y gracia de un pequeño ratoncito que siempre intentaba atrapar con queso. Ahí, ahí quedó mi inocencia en cuatro malditos recuerdos que echando la vista atrás solo están borrosos y no soy capaz de desbloquear mi mente para que me muestre ni un solo momento feliz. 

¿Crueldad del destino? Lo dudo, tan solo yo sé que es lo que ocurrió para que dejase de comportarme como debía una niña de mi edad… pero eso quedó tan atrás… 

Ahora con veinte años mi mundo es simple y llanamente lo peor que jamás haya nadie podido imaginar. ¿Me pongo de víctima? ¿Para qué? Importaría poco si mis problemas seguirán ahí aferrándome a un destino que yo misma, por estúpida decidí sin saberlo. 

Dejé el bolígrafo a un lado, estaba exhausta de escribir nada más que puras incoherencias que conseguían taladrar mi pecho una y otra vez como si nada más tuviese sentido que el maldito dolor que no tuvo derecho de ser creado. 

Las páginas del diario aquel que ahora había comenzado debían estar llenas en poco tiempo o al menos eso esperaba aquel que me había mandado escribirlo pero no sentía ánimos de redactar nada más. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas indicándome que estaba llorando pero como tantísimas otras veces no me lo permití. Las sequé rápido antes de que comenzasen su recorrido de descenso hasta llegar a mi barbilla donde si llegaban ellas habrían triunfado sobre mi voluntad. 

Levanté la mirada y vi como el cielo compasivo de mí también lloraba. Daba pena hasta los ángeles y eso me molestaba, me irritaba considerablemente pero no podía hacer nada más que aguantar todo aquello que sentía porque nadie iba a poder escucharlo o a mi entender comprenderlo. 

Las gotas de lluvia resbalaban por el doble cristal que tenía la habitación para aislarla del frío. Las observé atentamente como si fuese cierto que todas fuesen iguales y hermosas pero cuando me di cuenta de la estupidez que estaba cometiendo me levanté de un salto después de hacer una mueca de asco y me senté en la cama. 

En aquella habitación la temperatura era idónea para estar toda la vida lo deseases o no. En mi caso, no tenía mucho caso discutir por una posible alternativa así que permanecía allí las horas que debía que solo salía para las comidas ya que hasta ellos sabían que debía comer; pero hacía bastante que la comida no podía entrar por mi garganta. En su lugar la servilleta servía de mucho. No tenía anorexia en absoluto pero una vez que la comida llegaba a mi estómago por alguna razón que yo ahora mismo desconocía volvía con mayor intensidad provocándome un odioso malestar e incluso el vomito que tantísimo detestaba. 

Subí las piernas a la cama y me senté como una india ya que era lo que mi ropa podía permitirme. 

¿Había algún posible pasatiempo que me ayudase a dejar de pensar en aquel dichoso diario que tenía que escribir? No, la habitación estaba completamente vacía de cosas divertidas, solo un sillón, una cama y una televisión que no funcionaba. Bueno, además de mi amiga «Vica» con la que compartía los días y las noches, las fantasías y las realidades, el dolor, la tristeza…. ella siempre estaba allí. Estaba hasta cuando no deseabas verla pero estar siempre, ocurriese lo que ocurriese. 

Me quedé sentada mirando el frente con el ceño fruncido como si la pared cobrase vida, como si alguien me hablase o como si algo interesante estuviese ocurriendo pero en su lugar mi mirada estaba fija en un punto blanco de la habitación intentando viajar para dejar de sentir aquel dolor que gobernaba mi pecho.

Releí lo que acababa de escribir. Era una afirmación de todo aquello que en realidad dudaba. Había escrito algo que me ponía a mí de mártir, de víctima, de sufridora de todo el sistema. No era más que alguien en un mundo entre millones de sociedades diferente, pero que no encajaba y sí, la autocompasión estaba empezando a gobernar mi raciocinio. Quizá era una fase más. Necesitaba ser víctima, decir cosas que no había dicho nunca antes de estar dispuesta a aceptar, vergonzosamente, la verdad ante todos.

2018 / Jun / 29

2003

El dolor era comprensible para cualquiera que hubiese vivido mi situación si se paraba a intentar comprenderla. El rechazo había sido parte de mi vida y ahora había terminado cediendo a un amor diferente. Alguien había aparecido en mi vida. Tenía la suerte de que no tenía nada más que permanecer conectada varias horas. Él no me veía, yo no le veía y puede que por eso hubiese tenido verdadero éxito aquella extraña relación. No estaba acostumbrada a ser mínimamente atrayente para nadie. De hecho, aún me sorprendía demasiado que él terminase accediendo a mis estúpidas peticiones de formas desconocidas.

Si echaba la vista atrás él había tenido que renunciar a muchas cosas básicamente por mis celos enfermizos. Sí, lo tenía que reconocer, tenía celos enfermizos, verdaderos celos enfermizos. Era horroroso. No podía pensar con claridad. Competía con todo el mundo, absolutamente con todo el mundo y cualquier chica era una amenaza. A mis ojos, él no tenía ningún fallo salvo que sentía que yo no era lo suficientemente importante para él.

¿Cómo podía ser tan egoísta? Ahora ni tan siquiera podía pensar claramente. No veía mi propio egoísmo, mi propia obsesión con ser la única, completa y absolutamente la única persona de su vida.

¿Su nombre? Miesha. Era un ruso que se había mudado hacía varios años al sudamérica. Sabía hablar perfectamente ruso y también español, sin embargo, los kilómetros de distancia afianzaban la extraña relación en la que había tenido que ser yo quien le confesase mis sentimientos, de una forma que era muy rara. Nunca lo había hecho a través de un personaje inventado. Jamás había sabido lo que se sentía bien fuera de estos amores irreales y lo que tenía más claro de todo era muy simple: si me había sentido atraída en su momento era porque el rostro de su personaje era el de aquel famoso que tanto me gustaba y al que él le ponía personalidad. ¿Era todo un engaño? ¿No estaba realmente enamorada de él? ¿Le estaba sometiendo a una tortura para nada?

La relación era tóxica. Los celos de uno se habían convertido en los celos del otro también. Todo era demasiado intenso. La forma en la que terminaban nuestros personajes a menudo consistía en la muerte o intento de suicidio del otro personaje. Y, que Dios se apiadase de mi mentiroso ser, pero… yo misma había jugado con los sentimientos de quien estaba al otro lado buscando su amor mientras ponía en peligro mi propia vida. En ocasiones, tan solo era de palabra, esperaba sus agonizantes respuestas manteniéndome en desconectado.

He llegado a odiarme muchísimo, pero el comportamiento era similar siempre. ¿Por qué necesitaba tales pruebas de amor? ¿Por qué no podía acercarse a una chica sin que yo me pusiese de uñas? ¿Por qué debía ser la única en todo su planeta?

Dolía reconocerlo y aún así, no podía evitar hacerlo. No obstante, cada vez que se lo iba a contar a mi psicóloga me parecía tan vergonzoso que ninguna palabra salía de mi boca. ¿Era tan manipuladora para jugar con él siempre así? Lo era. Claro que lo era y no parecía haber forma de que pudiese cambiar eso.

Sin embargo, aquel día fue aún más doloroso que cualquier otro. Suponía que me lo merecía. Todo había terminado entre nosotros hacía una semana, más o menos. En realidad, para mí no se había terminado porque pensaba que le tenía sobre la palma de mi mano, que sus sentimientos eran sinceros y que el amor era único entre nosotros a pesar de ser tóxico, dañino y prácticamente mortal.

Todo había comenzado de forma muy extraña. Habíamos hablado y teóricamente era otra persona quien estaba al otro lado de la pantalla. Le pregunté por él. No me engañaba. ¿Quién iba a saber ruso de sus amistades de allí? Sin embargo, decidí caer en la trampa. Mientras conversábamos comenzó a contarme una historia que prácticamente me hizo vomitar. Su ex había regresado.

Su ex nunca se había ido en realidad. Varias veces había tenido que leer la frase en la que él me dejaba hablando sola con la pantalla mientras ella llegaba y finalmente había un beso entre ambos. Un beso teóricamente robado y hasta ese día, creí que todos eran robados y que él la mandaba a paseo.

Descubrí gracias a ese «amigo» que Miesha y Roberta se habían ido no mucho tiempo antes de esa conversación a la casa de ella. Ambos se habían besado después de las clases, y en la casa de ella se habían terminado desnudado hasta que finalmente se habían acostado o casi porque los padres de ella habían llegado en ese momento para «evitar lo inevitable».

Finalmente, descubrí los porqués cuando volvió a ser Miesha quien me hablaba. Aunque yo sospechaba que no había dejado de hablarme en ningún momento. Había respirado profundamente y me había desconectado cuando se suponía que era mi hora de dormir.

¿Me había engañado? ¿Era eso un engaño? Teóricamente lo habíamos dejado, sí, era cierto, era libre, pero ¿tan fácilmente soy de olvidar? ¿No sabía que era como las otras muchas veces en que lo habíamos dejado? Una inmensa grieta se abrió poco a poco en mi pecho recordándome que no había nada en este mundo que pudiese doler tanto como el amor. Ahora entendía a todos aquellos que sufrían desesperadamente en las novelas cuando su pareja no les valoraba lo suficiente o había otra persona más. Escocía, ardía, quemaba y arrancaba la piel a tiras ese tipo de dolor y yo era alguien muy curtida en dolores.

Esa noche dejé que todas las lágrimas saliesen. Eran lágrimas de desesperación. Eran lágrimas de impotencia. Eran lágrimas que soltaba una parte de mi mente mientras la otra le decía: «te lo dije». Eran lágrimas de un corazón roto que nuevamente se sentía insuficiente para cualquiera.

2018 / Jun / 29

2002

Dejé que la música gobernase mi mente. No quería pensar en nada. Necesitaba desviar mi atención de ello, quería no sentirme ridícula y completamente insegura. A veces, me preguntaba si era tan fácil confundir los sentimientos. Si cuando uno en está en plena adolescencia tiene sensación de tener un gusto extraño hacia alguna persona del mismo sexo. Había escuchado una canción hacía poco que hablaba sobre el amor entre dos mujeres. Nunca había visto eso posible. ¿Se podía tener esos tabúes? ¿Estaban inculcados de alguna manera en mi cabeza? ¿Sería yo lesbiana?

Todo aquello no podía evitar preguntármelo puesto que había mantenido una relación extraña con el sexo contrario. Los chicos siempre habían estado a más de veinte metros. No había tenido amigos, aunque tampoco amigas realmente, por lo que eso no significaba nada. No obstante, para mí, el sexo contrario era como una raza tan diferente que me resultaba incomprensible. En realidad, ¿mi propio sexo me resultaba comprensible?

Si recordaba mis propias experiencias en todo ese tema de la sexualidad, jamás había sentido nada por una mujer. Siempre recordaba haber estado enganchada a un chico. El primero que me gustó fue casi instantáneo. Con tan solo cuatro años me pareció el niño más guapo del mundo. Recordaba que mis sentimientos habían estado intactos durante todo el colegio y parte del instituto. De hecho, tenía una anécdota horrible. Una de las que por aquel entonces creía mis amigas, que no lo eran, con seis años decidió confesarle a ese chico que me gustaba mis sentimientos estando yo delante. ¿Qué se me ocurrió? Pagarla con la misma moneda. Fui corriendo hasta el chico que le gustaba a ella y le dije lo mismo. Sin embargo, mi venganza no fue placentera. Nunca lo era.

Rememoraba sin problema las veces en que soñaba que él también sentía algo por mí, pero… ¿quién iba a estar enamorado o sentir algo por la «gorda» de la clase? Quizá me había acomodado demasiado en esa etiqueta con el paso del tiempo. No obstante, la crueldad de las otras niñas y niños había sido bastante mortal.

Me estiré en la cama y suspiré pensando en un momento clave en mi vida que no supe comprender hasta mucho tiempo después. Ese mismo chico. Dmitri formaba parte de mi grupo en el taller de tecnología. Mientras intentaba en lo posible organizar el grupo y ver cómo podíamos hacer el trabajo, él se pasaba el tiempo contándome sus hazañas de caballero andante. Había comenzado a salir con una chica mayor, una de la clase de mi hermano y mientras le regalaba sonrisas falsas hacía lo posible por no quemarme los dedos con la silicona que salía de la pistola para poder juntar una pieza con otra.

Durante esos momentos siempre me preguntaba si me contaban todas esas cosas por el placer morboso de verme sufrir. Después pensé que lo único que quería hacer era…¿encontrar una amiga en mí? Suponía, pero no era lo mío. La amistad, las relaciones sociales, todo aquello era por completo mi asignatura pendiente. Yo podía ser el oído que escuchaba, pero ese oído sufría indescifrablemente con cada palabra porque yo no vivía lo mismo, sabía que no podría vivirlo jamás y la envidia me recorría como si se tratase de lava ardiendo.

Cuando llegaba de clase siempre hacía lo mismo. Me negaba a pensar, me negaba a soñar, me negaba a sentir y comenzaba a realizar las tareas hasta terminarlas. Poco a poco, comenzaron a dejar de ser el lugar donde podía ir a refugiarme. La ansiedad me embriagaba si no hacía todas las tareas perfectas y los libros fueron la fuente de alimento de mi fantasía. Adoraba las novelas románticas. Vivían todo aquello que yo quería vivir. Orgullo y prejuicio se hizo mi favorita y soñé tantas veces que yo tendría un Darcy…

Sin embargo, no fue ese el único chico que me gustó, ni mucho menos. Quizá inducida por supuesta amiga o puede que por el hecho de tener algo en común con todo el mundo, o quizá, esa tontería de espiarle para ver si la miraba a ella, comprobé que me engañaba a mí misma asumiendo que era más que imposible que se fijase en ella y no en mí. Yo era mil veces superior… en mi mundo imaginario, claro. ¿Que si era egocéntrica? No, no creía eso, pero era un mecanismo de defensa que no sabría hasta mucho tiempo después que no era algo tan exagerado, tan anormal, sino una forma de evitarme más dolor de alguna forma.

Recordaba las veces en las que había estado cerca de aquel chico, Grigorii, en cómo había deseado con todas sus fuerzas que sus miradas significase que sentía algo por mí, pero seguramente aquellas miradas no eran para mí, o eran para mí porque no dejaba de observarle como si desease matarle.

Mis intentos de seducción habían sido tan patéticos que me había puesto en ridículo. Había negado por completo cualquier posibilidad existente para lograr algún tipo de acercamiento y quizá como método de defensa porque estaba realmente aterrada ante la idea de gustarle a alguien, de tener más. Nunca había pensado en la posibilidad de que nadie se fijase en mí y por eso soñaba con que sí fuese. Un universo donde yo era la mujer que todos querían alcanzar y jamás podrían tener. Ensoñaciones de una mente que se sabía inferior a todo el mundo.

2018 / Jun / 28

— Kyra…

Escuché la voz grave de alguien intentando despertarme. En mi mente semi inconsciente no era capaz de poner rostro ni nombre a esa voz.

— Kyra… despierta, vamos a llegar —continuó aquella voz acariciando mi mejilla derecha suavemente.

Abrí los ojos poco a poco encontrándome con los enormes contrarios. Una sonrisa se deslizó por mis labios porque supe que no podía ser otro que no fuese Gustav. Me había quedado dormida en su hombro y a diferencia de intentar apartarme, había terminado rodeando mi cuerpo con un brazo para mantenerme junto a él. Era agradable sentirse refugiada en el cuerpo de alguien.

Gustav era un hombre fuerte, de eso no había duda alguna y ahora que me sentía al borde de la extenuación, en un instante en que el dolor sentimental era demasiado grande, saber que no se estaba sola fuera del ambiente familiar era algo a tener en cuenta. Hablando además de la familia, tenía que telefonear a mi madre que seguro estaba completamente taquicárdica por no haber recibido noticias mías.

— Perdón por haberme dormido —musité restregándome los ojos antes de acordarme que estaba maquillada. Miré mi mano y comprobé que tenía todo el dedo lleno de color negro. El eyeliner no había aguantado aquella prueba de fuego. Me preguntaba cuándo harían uno contra los restriegues, aunque ¿cómo nos lo quitaríamos entonces?

Reí ligeramente antes de buscar algo con lo que limpiarme el dedo. No había tiempo para retocarse dado que estábamos aterrizando ya. Miré a Gustav esperando que se riese por mi ojo sin maquillar, y terminé pensando que lo mejor era quitarme también el eyeliner del otro.

— Vaya… tus ojos son más bonitos aún sin maquillaje —musitó a mi lado.

Me sonrojé completamente por su comentario. ¿Qué acababa de decir? Le miré sorprendida y luego bajé la mirada negándome a crear algo así. Mis ojos no eran bonitos, con o sin maquillaje. Jamás se había fijado nadie en ellos. Mis ojos eran algo así como la entrada a un alma solitaria, triste y sin vida. No creía que yo pudiese tener algo bonito en todo mi ser. Siempre había repudiado todo y lo único que me había gustado, más o menos, que era mi pelo, lo había cambiado tantas veces que ya ni tan siquiera recordaba mi color original.

— Gracias —dije con un hilo de voz.

No estaba acostumbrada, para nada, a los halagos. Cada vez que me enfrentaba a algo así, a recibir un piropo de alguien mi mente trabajaba a toda velocidad. Durante medio segundo podía creerme que era cierto, pero justo después la arpía sin corazón que residía en mi cabeza me hacía rebuscar miles de posibilidades diferentes hasta que encontraba algo que le indicase que se estaba riendo de mí, que ese cumplido no era sincero, que había una segunda intención oculta que me dejaba en ridículo.

Después de años de reflexionar me había dado cuenta que era tan grande mi propia inseguridad que era ella misma quien salía a ponerse pico a pico con ese cumplido como si le hubiesen dado una bofetada en lugar de una caricia o ese abrazo que llevaba esperando toda mi vida sentir.

Procuré mandar ese hilo de pensamientos hasta mi inconsciente. Allí sabía que seguiría rumiando, tergiversando y provocando que finalmente ese cumplido se convirtiese en un insulto. Sin embargo, prefería pasar ese tiempo lo mejor posible hasta que una parte de mí pudiese enfrentarse a aquella arpía poderosa. Mi ser racional aún estaba despertándose del sueño.

Miré por la ventanilla del avión y sentí esa sensación rara en mi estómago cuando termina de aterrizar el avión. Me ocurría también en el coche. Había tenido que enfrentarme a aquello que muchas personas disfrutaban en las montañas rusas y reconocía que lo soportaba porque era una vez cada mucho, si tuviese que pasar un cuarto de hora en una de esas atracciones del infierno lo más fácil es que me tirase en mitad de una subida.

Si echaba la vista lo suficientemente atrás podía recordar mi primera experiencia en una atracción. Recordaba que mi hermano y yo íbamos a subirnos a un coche dentro de uno de esos tiovivos modernos que hay para los niños. Tendría como mucho unos cuatro o cinco años. Mi hermano, finalmente, decidió bajarse antes de que la atracción comenzase y me quedé sola, completamente sola. Para mí el resto del mundo y de los niños no importaba.

Podía aún cerrar los ojos y sentir esa angustia sorprendente porque cada vez que mis padres desaparecían de mi campo de visión pensaba que se irían con mi hermano, que me dejarían allí, que no volverían a recogerme. Lloré tanto… Mi padre se tuvo que subir y pedirle al hombre que parase la atracción para que yo pudiese bajarme. Ni sabía cómo lo logró, tampoco sabía cómo me sentí después entre sus brazos, solamente recordaba la angustia, una gran angustia en mi pecho temiéndome lo peor.

— … ¿quieres? —escuché la voz de Gustav terminar una frase que no había sido capaz de procesar mi cerebro por estar perdido en su propio ensimismamiento.

— ¿Qué? —pregunté mirándole.

A diferencia de lo que pasaba en mi hogar que nos solíamos enfadar cuando no éramos oídos a la primera, Gustav me regaló una sonrisa y volvió a repetirme lo que me había dicho.

— Decía que si quieres venirte a tomar algo cuando estemos fuera del aeropuerto y hayamos dejado las maletas.

Le devolví la sonrisa porque era inevitable.

— No puedo. Aún tengo un trayecto hasta Evesham. ¿Recuerdas que te comenté que mi destino final no era Londres?

Su expresión pareció perder por un momento toda la alegría. Aquello hizo que mi corazón se encogiese y finalmente mi cabeza me dio la solución, pues podía estar ocupada en varias cosas a la vez.

— Pero si quieres antes de que coja el tren podemos tomarnos algo. Eso sí, si no te importa ir cargado con las maletas —propuse apoyando mi mentón en su hombro mientras esperaba su respuesta.

— ¡Suena genial!

Su entusiasmo en algunas cosas lograba hacerme reír. Normalmente había estado rodeada de personas muy serias que me impedían ser como yo realmente deseaba: afectiva y cálida. Imaginaba que debía compensarlo de alguna forma, pero… ¿cómo?

El avión finalmente paró y solté un suspiro. Debía cerrar el capítulo de mi vida en Nueva York, para siempre.

2018 / Jun / 27

2002

Todo resultaba algo caótico. No saber mi posición, no poder decidir dónde ir y donde no. Había tomado una nueva determinación, quizá obligada por mis padres más que por gusto propio. Había tenido que matricularme a un curso de dos años pensado para terminar en un trabajo. Siendo realista, creía que no tenía sentido, porque ni tan siquiera me apetecía entrar en el curso. No obstante, y quizá porque era lo que se esperaba de mí, había tenido una subida del ánimo. Enmascaraba mis temores y mis pocos deseos con una sonrisa. Incluso, me negaba a mí misma a aceptar que no quería volver a clase, así que de cara a la galería y a mí misma estaba clarísimo que un curso nuevo era todo lo que necesitaba para seguir adelante.

Tenía muchas cosas que hacer. Había descubierto que había un examen para poder entrar. ¡Un examen! La sola idea me revolvía las tripas, pero una parte de mí, esa Kyra competitiva quería hacer hasta lo imposible por lograr entrar al curso. Lo llamaban examen específico, puesto que yo cumplía con las necesidades mínimas de estudios secundarios.

Delante de mí pude ver un ejemplo de uno de aquellos exámenes, al menos, de una de las partes. ¡Había que comentar un cuadro! A la mierda… no tenía ni idea de eso. Había dado arte, sí, pero no nos habían enseñado las técnicas adecuadas para poder comentar un cuadro. No conocía los estilos, no sabía cómo definir los colores…. ¡no sabía los significados ni las distintas etapas! Conocía el renacimiento, el barroco… pero, ¿qué cuadros iban en donde? Si me ponían la Gioconda pues sí sabía que era de Leonardo y del renacimiento, sin embargo, ¿de qué siglo? ¿qué sabía yo de la vida de Da Vinci?

Mi corazón me dio un vuelco doloroso. Iba a suspender ese examen, lo sabía. ¿Cómo podía aprenderme todos los cuadros o diferenciar de quien es quien si, aunque me gustase muchísimo, no sabía gran cosa de arte? Estaba completamente sorprendida de que nos obligasen a hacer algo así. ¿Eso era legal? Que yo supiese la mayoría de esos estudios debían darse en la carrera, o en la segunda parte de los estudios secundarios de una rama específica, pero yo que me había ido por ciencias… ¿cómo iba a saber comentar un cuadro?

Tenía, exactamente un mes para prepararme toda la historia del arte. Cerré los ojos esperando no tener un colapso nervioso y pensar en posibles soluciones. Justo entonces recordé a mi tía, la tía que vivía en Italia. Ella había estudiado historia del arte como carrera. Ella podría ayudarme, al menos, a que no fuese un completo desastre mi comentario sobre la obra que me pusiesen delante en caso de que fuese de autores conocidos. Si me ponían algún autor flamenco o algo parecido, estaba más que perdida.

Comencé a mirar pintores y decidí en lo posible desechar aquellos que no eran demasiado conocidos para mí y centrarme también en aquellos maestros de la pintura nacional porque era más probable que nos pusiesen algo semejante. Sin embargo, los máximos exponentes de algunos estilos me resultaban casi difíciles de comprender por la forma en la que pintaban. Esa manera de deformar la pintura, seguramente era producto de mi incultura en aquel arte, pero el surrealismo, el cubismo… y todos sus derivados me dejaban exactamente igual que observando un dibujo mal hecho, y que me perdonasen Pablo Picasso y sus contemporáneos, pero a simplemente no veía el arte, no sabía entenderlo.

Me quedé mirando el cuadro del Guernica el suficiente tiempo como para saber que escondía algo, algo que se tenía que entender a simple vista, pero que yo parecía tener los ojos ciegos ante esa forma de expresión tan complicada y difusa.

En cualquier otro momento se hubiese despertado mi curiosidad, pero llevaba demasiados años dormida. Ya no me preguntaba los porqués de las cosas ni tan siquiera disfrutaba realizando algo que tuviese que ver con las matemáticas. Mi mente no parecía querer trabajar, estaba metida en un pozo, mirando a su alrededor y descubriendo simplemente oscuridad, sombras, fantasmas y monstruos escondidos a cada paso que daba. Sin embargo, siempre me había tomado el estudio como obligación y ¿por qué no podría hacerlo ahora también?

Recogí toda la información posible de los autores más importantes que me había comentado mi tía una vez me hubo respondido el correo y de ahí tenía que resumir, sintetizar, leer… ¿quién pensaría que sería tarea más difícil de lo pensado cuando la mente no acompaña? Nunca me habían enseñado a entender. Había tenido que aprender de memoria y ahí siempre había tenido el hándicap cuando me había olvidado de una palabra para poder continuar la frase. También había tenido la dificultad de aquellos profesores que se habían negado a aceptar un sinónimo de una palabra en una definición o concepto. Momentos en los que había tenido que controlar a esa Kyra que se pasaba el día llorando patéticamente.

Tantas hojas impresas, tantas terminologías que aprenderse y la única posibilidad de ser yo misma quien me concediese los métodos de estudio no me hacían fácil esa labor. Mi válvula de escape era el ordenador y mientras le veía a lo lejos, mientras sabía que estaba en la misma habitación ejercía una fuerza superior que me impulsaba a usarlo. La rebeldía adolescente estaba aún en mí o quizá el autodescubrimiento de mi propia esencia. Pero de poco servía si trescientas hojas me gritaban que tenía que estudiarlas o fracasaría en ese examen.

Finalmente, no sé ni cómo, intenté meterme en la mente de esos eruditos en su materia.

2018 / Jun / 26

Había hecho una idiotez. Lo sabía. Había dejado que mi mente ganase la batalla, pero era lo suficientemente orgullosa para no aceptar que me había confundido. Quería ponerle culpa a él. Ese último mensaje en el que me había comunicado que él no iba con la polla en la mano había logrado que me sintiese profundamente herida. ¿Por qué? ¿Porque no me comprendía o porque el golpe con la realidad había sido demasiado duro como para que lo soportase mi sistema nervioso?

El dolor es parte de la vida, es cierto, pero hay gran parte de este mismo que nos provocamos nosotros solos cuando le damos a alguien intenciones que no son suyas. Que seamos conscientes de ello no significa que podamos verlo.

La ira me cegaba. Odiaba ser la culpable. Estaba harta de ser la responsable de todos los males de la humanidad que ya no aguantaba ni una gota más en ese vaso que se había desbordado hacía años. Que viese el mundo diferente no significaba que siempre fuese todo mi culpa. ¡No lo aceptaba más!

Aún así, una parte de mí había tomado la iniciativa, le había mandado un pequeño recado, una forma de solucionar las cosas. Era como si yo tuviese la potestad de decidir lo que había que hacer, pero él fuese el único que tuviese en su mano si lo hacía o si no. Le ponía una pistola en la sien. Si lo hacía, me recuperaba, sino… debía olvidarse de mí para siempre como yo lo haría de él.

Había dejado la habitación del hotel hacía una hora. Había dejado una nota y aquel hermoso vestido rosa que había usado la noche anterior. Había escrito en la nota lo que tenía que hacer, ir al aeropuerto como en las películas. Mi cabeza estaba segura que daría tiempo de sobra siempre que lo quisiese, que él estuviese seguro de lo ocurrido, que él quisiese que me quedase, que él sintiese algo por mí.

Aún permanecía sentada en uno de los bares que había antes de la puerta de embarque. Tenía aún tiempo para llegar, ¿verdad? Miré mi móvil comprobando que no me quedaban casi minutos para poder recorrer toda la terminal después de pasar el control aduanero. En tan solo cinco minutos tenía que cruzar aquella medida de seguridad o perdería el avión para… nada.

Hacía rato que había pagado la consumición. Un refresco de naranja sin una sola burbuja. Para mí estaba realmente delicioso, pero sabía que el resto de la sociedad, aquellos pro-efervescencia, disfrutaban más de lo que yo más odiaba, la manera en la que se explotaban en la lengua y terminaban subiendo hasta la nariz. Ni tan siquiera iba a esperar hasta el último segundo. Aún tenía una cola que hacer. Recogí mis cosas y fui hasta la cola que, al igual que yo, tenía que pasar por el control.

Mi cabeza en ese momento podía evitar imaginarse la escena de película. Esa en la que él llegaba, me agarraba de la cintura, me besaba como solamente se besa en esas escenas y finalmente me decía que viviese con él, que no podía existir sin mí. Pero todo aquello no dejaba de ser nada más que mi imaginación, esas ensoñaciones que uno se crea con la estupidez del verdadero amor. Hollywood tenía mucho poder y había logrado corromper las mentes románticas como la mía.

Finalmente, no llegó. Y aunque lo hubiese hecho no me hubiese dado cuenta porque cuando tenía que dejar mis objetos de valor, me percaté de quién era la persona que estaba delante de mí. ¡Gustav!

Como si me leyese la mente, igual que si hubiese gritado su nombre en voz alta y no mentalmente, se giró. Al percatarse de mi presencia, me sonrió y me abrazó como si me hubiese extrañado durante mucho tiempo.

— ¿También abandonas el país? —preguntó tras soltarme.

— Sí. Se me han acabado las mini-vacaciones —admití antes de comenzar a ponerme las cuatro cosas que había tenido que quitarme para pasar el control de metales.

— ¿Dónde vas? —preguntó antes de fruncir levemente el ceño—. ¿Regresas a Rusia?

Negué casi tan pronto como me hizo la pregunta.

— No, para nada. Me voy a Evesham, a Inglaterra. Allí es donde resido ahora, donde tengo mi trabajo. No es la gran cosa, pero algo es —me encogí de hombros yendo con él hacia las pantallas donde indicaban la puerta a la que tenía que ir cada pasajero para coger su vuelo.

— Así que… ¿a Londres primero?

— Así es —admití buscando el número del vuelo en las pantallas.

— ¡Serás mi compañera de vuelo! —comentó con alegría y me sorprendió comprobar que él también fuese a Inglaterra. ¡Menuda casualidad!

Suponía que aquellos momentos era en los que uno descubría que cuando el destino o tú mismo, cierras una puerta, una ventana se abre por el efecto del golpe o algo parecido. Gustav era mi ventana. No porque tuviese intención alguna de mantener una relación con él, sino porque no estaría sola en aquel horrible viaje y podría intentar despejar mi mente permitiéndome ser un poco más yo sin venderle a mi hermana como si fuese ganado.

Necesitaba cariño, calor, así que me abracé a su brazo y me acurruqué contra su cuerpo esperando no verme tan frágil como me sentía. Decía adiós a demasiadas cosas, pero sobre todo adiós a él, al profesor. Un hombre que no volvería jamás a ver. Me lo había prometido a mí misma.

2018 / Jun / 26

2002

Nuevamente estaba en el Hospital de día. Había tenido que ir allí gracias a mi padre podía llevarme. No sabía realmente qué era lo que le estaba pasando, pero llevaba un tiempo sin ir tan asiduamente al trabajo, no obstante, todo lo que tenía que ver con mi padre casi parecía un secreto de estado, porque mi madre no quería que supiésemos nada de todo aquello, fuese lo que fuese.

Sabía que mis padres habían tenido que hablar sobre lo que le sucedía a mi padre con mis médicos, pero jamás habían pronunciado su diagnóstico. ¿Era algo que se heredaba?

Isobel había tenido que irse a realizar una llamada. La habían llamado en mitad de la terapia, pero las urgencias eran así. Siempre había que intentar aguantar aunque estuvieses a punto de decir lo más importante que hubieses confesado durante tu vida.

Podía escuchar a los compañeros que aún estaban en la terapia comunitaria. Había odiado tanto ese momento durante los dos años que había estado con la terapia más cruda allí que siempre me había puesto nerviosa cuando tenía que bajar a esa gran sala. Aún podía distinguir el sabor de la bilis que se acumulaba cuando querías responder a alguien que te atacaba y no era tu turno. Te dolían los dedos para llamar la atención esperando que no se te olvidase en ningún momento todo lo que querías decir.

Aún podía recordar muchas cosas que habían pasado fuera de las normas allí impuestas. ¿Quién podía pensar que los adolescentes no nos saltásemos las reglas sistemáticamente? Era algo ilógico. Era parte de nuestro ADN. Además, en este mundo parecían indicarnos que las normas estaban para romperlas, que quizá era el único motivo por el que existían. Una lectura demasiado superficial e inexacta, seguramente, pero aquel periodo había sido el único en el que me había permitido saltarme alguna norma y finalmente no había servido para nada, tan solo para ponerme más nerviosa aún, para hacerme sentir que era una criminal. Era una de las sensaciones más horribles del mundo, al menos, a mis ojos y desde mi corta experiencia.

Miré hacia la parte alta de la pared que tenía delante de mí. Una pequeña ventana, estilo como aquellas que se tienen en los sótanos me dejaba ver una parte de los caminos que había alrededor de aquella casa donde tantas mentes torturadas habían pasado intentando buscar una salida a su malestar.

La puerta se abrió e Isobel entró rápidamente dedicándome una pequeña sonrisa.

— Perdona, era una llamada urgente que andaba esperando —comentó mientras volvía a ponerse al otro lado de la mesa, mirándome desde la posición de superioridad que le daba su lugar. Ella era la experta. Yo no era nada más que una sufridora sin saber cómo enfrentarse a las cosas comunes de la vida.

— No te preocupes —negué regalándole una sonrisa que no sentía porque detestaba que cualquier cosa fuese más urgente que yo.

— ¿Qué me estabas diciendo? —preguntó apoyando su espalda en el respaldo del butacón que sin duda sería bastante más cómodo que aquella condenada silla que estaba dura como el metal del que estaba hecho.

— Sobre mi amiga…

— Cierto, Rose, ¿verdad? ¿Qué pasó?

Respiré tan profundamente como pude porque aún no era capaz de creerme todo lo que me había pasado, lo que había leído., lo que había tenido que soportar y asumir.

— Desapareció hace unas semanas y ayer me mandó un correo que me dejó muy sorprendida —expliqué antes de inclinarme hacia delante y deslizar mis dedos por mi frente esperando que ella no se riese de lo que le iba a contar ni pensase que era mentira.

¿Por qué aquello me daba tanta vergüenza? No tenía ni idea, pero igual que desnudar todas mis intimidades delante de alguien y sentirme realmente expuesta.

— ¿Qué te decía en el correo?

— Básicamente que se tenía que separar de mí porque estaba enamorada de mí —resoplé furiosa porque esa justificación me resultaba estúpida y dolorosa. Demasiado dolorosa egoístamente hablando.

— ¿Enamorada de ti? —preguntó Isobel sorprendida.

Asentí esperando que en cualquier momento fuese a echarse a reír y a pedirme que hasta que no fuese seria no volviese a aquella consulta. Una parte de mí rezaba en secreto porque así fuese a pesar de saber que aquello me dolería como un condenado demonio.

— ¿Y qué opinas tú?

Alcé mi mirada para encontrarme con sus ojos. ¿Me estaba pidiendo opinión? ¿Quería que comentase aquello o solamente que le dijese qué me había hecho sentir a mí? Sin embargo, al recordar la pregunta que me había hecho, había sido explícita, pedía mi opinión.

— ¿Sinceramente? Creo que se ha confundido. Hay personas que confunden sus sentimientos de amistad o de gran amistad con los de amor por alguien. Por favor, ¿quién se fijaría en mí? —solté una amarga carcajada cargada de intenso dolor por la forma en que se habían acontecido los hechos.

— ¿No crees que haya podido enamorarse de ti?

— No. Es algo completamente imposible, Isobel. Nadie con un mínimo de gusto podría fijarse en mí.

Permaneció unos segundos mirándome antes de suspirar como si aquello que iba a decir pudiese provocar una mala consecuencia.

— Kyra… en esta vida nadie es menos que nadie para que alguien se enamore de uno. ¿Qué podrías tener tú que te hiciese inválida para que alguien fijase sus ojos en ti? ¿Estás marcada de alguna forma?

Entonces quise decirle que el verdadero problema es que era tóxica, completamente tóxica. Pero no era lo único que veía en mí para señalar y juzgar. Simplemente no valía como ser humano. No obstante, aquellas palabras eran tan duras que no era capaz de pronunciarlas y cayeron como lágrimas esperando que ella pudiese leerlas como si fuese algún tipo de providencia.

2018 / Jun / 26

2002

Llevaba un tiempo sin saber realmente cómo vivía sin estar en el ordenador. Había encontrado una forma de poder sentirme comprendida o quizá lo que hacía era meterme hasta lo más profundo de la «enfermedad» aquella que fuese que tuviese. ¿Aceptarla significaba que tenía que continuar siempre con ella sobre el hombro? La mayor parte de las enfermedades de ese estilo se decía que eran crónicas, así que desconocía por completo si había alguna salida a todo eso. Lo más probable es que no, que fuese igual que aquella pastilla que tenía que tomarme siempre para regular el tiroides aunque como todo, no era mágico. Eso no impedía que siguiese engordando todos los días un poco más.

Me quedé mirando la pantalla. Ahora había descubierto algo que lograba hacerme sentir diferente. Era como si pudiese vivir sin salir de la habitación. Sin embargo, no era así. Solamente me estaba engañando a mí misma. Necesitando a personas al otro lado del mundo, personas con las que me entendía gracias a una red social, con las que intentaba llenar todos aquellos horribles vacíos que pensaba que eran iguales que pozos sin fondo que se alimentaban y alimentaban sin control porque jamás estarían saciados.

Esa sensación de sentirse completamente sola cuando no hay nadie al otro lado de la pantalla. Cuando esa persona no tiene el símbolo de conectado, ese botoncito verde o su nombre iluminado en la parte alta de una lista que se había vuelto cada vez más extensa y finalmente había vuelto a reducir en todo lo posible comenzando de cero en una y otra dirección de correo para evitar de esa forma que esas personas con las que discutía volviesen a encontrarme.

Había encontrado a una amiga que dormía las horas que yo dormía a pesar de la distancia, se quedaba con los ojos abiertos hasta tarde. Nos cambiábamos los horarios para poder estar todo el tiempo hablándonos. Rose, mi adorada Rose. Ella siempre estaba ahí escuchando mis locuras y nos habíamos conocido gracias a una de esas estúpidas historias que escribía sobre uno de los fenómenos del momento.

No me importaba pasarme noches en vela si podía recibir de ella todo aquello que jamás había tenido antes de nadie, pensaba que eso era tener una amiga de verdad. Veinticuatro horas del día, siete días de la semana, incondicional, como si no pudiese tener vida sin mí ni yo sin ella. Era enfermizo, seguro, pero sentaba tan bien poder hablar de todo lo que se me ocurriese.

A ella fue a la primera que le conté lo que me pasaba. Confié ciegamente en ella, pero… había desaparecido. Ya no recibía ningún mensaje, ningún correo, nada. Estaba sola, mirando la pantalla del ordenador sabiendo que no se volvería a conectar. Ella me había dejado, se había ido de mi lado porque les había hecho caso a sus padres cuando la decían que estaba obsesionada conmigo. La había animado a pasar de los estudios como había hecho yo porque me había dicho que no se sentía bien, pero ahora me preguntaba si era así, si no había sido por mi propio beneficio. ¿Era una persona tan manipuladora? ¿Por qué jugaba con algo como la salud, los estudios y la vida de otra persona para que se dedicase exclusivamente a mí?

Sentí un gran golpe en mi mejilla, igual que si alguien me hubiese dado una bofetada y ese golpe se transformó finalmente en una puñalada intensa en mi corazón demostrándome hasta qué punto estaba realmente envenenada. No había nada en este momento que se pudiese salvar de mí. Era un ser monstruoso, completamente monstruoso. Extremadamente egoísta.

Ni tan siquiera llorar podía limpiar la mierda en la que me había convertido. La soledad era nada más y nada menos que la respuesta que me había dado la vida por ser como era. Por ser nada más que un parásito social. ¿Qué era salvo una enfermedad que se extendía en las mentes ajenas? La agonía por la sensación de ser alguien así era tanta que estaba a punto de vomitar por mi falta de sentimientos empáticos. No era más que la horrible respuesta de todos mis temores: yo era la culpable de todo el caos que reinaba a mi alrededor.

Justo en ese momento el sonido que indicaba que un nuevo correo había aparecido en mi bandeja de entrada, me hizo mirar el listado. ¡Era de Rose! Mi corazón latía dolorosamente, sentía que iba a terminar saliéndose de mi pecho.

Sin embargo, aquello que leí, la explicación a su ausencia me provocó un malestar inmenso. ¿Cómo era eso posible? Allí, en ese fondo en blanco podía leerse la frase: «Creo que estoy enamorada de ti y por eso tengo que alejarme». ¿En serio? ¿Cómo alguien podía enamorarse de mí siendo una persona completamente heterosexual? ¡Demonios, si estaba completamente loca por un actor! Ambas habíamos soñado con estar cada una con el que le gustaba y que me dijese eso… ¿Enamorada de mí? ¿Me estaba tomando el pelo?

Releí tantas veces ese correo que si hubiese sido papel se hubiesen quemado las letras justo delante de mí como si se pudiesen desintegrar completamente al ser leídas una y otra vez. No tenía ni idea de cómo sentirme. Era la primera vez que alguien me decía que estaba enamorada de mí y había sido ella, la persona que más necesitaba en ese momento y que por ese motivo se alejaba de mí.

El dolor volvió a instaurarse en mi pecho y ni tan siquiera me permití la posibilidad de responderle. ¿Qué podía hacer, suplicarle? Quería gritarle, porque me había prometido que no me dejaría sola y volvía a estarlo, volvía a no tener a nadie con quien hablar, volvía a sufrir el rechazo del mundo. Estaba al borde de la desesperación obligándome a mí misma a pensar que lo único que podía hacer era irme a la cama y descansar para que ese dolor terminase desapareciendo en unas horas o, al menos, dejarme vivir unos segundos sin él, lo suficiente, ese tiempo justo después de despertarse en el que uno está en un limbo del que no puede recordar ni tan siquiera su nombre. Ese era mi único consuelo ahora.

2018 / Jun / 25

¿En serio? ¿Allí? ¿Delante de todos? ¿Y si se veía algo por debajo de la mesa? Su mano, en cambio, de forma tranquila y relajada seguía subiendo por mi muslo hasta que sus dedos rozaron mis labios vaginales. Tuve que contener las ganas de gemir y me sonrojé tanto que pensé que se podía leer en mi rostro lo que él estaba haciendo. Sin embargo, todas las mujeres estaban tan obsesionadas con mirar a William que ni tan siquiera me prestaban un mínimo de atención. Pensaba que lo antes posible terminaría gritando por el placer en aquella sala y que ninguna se iba a dar cuenta.

Miré a William sin poder creerme lo que me estaba haciendo sobre todo por la tranquilidad que tenía en sus facciones. Mordí mi labio inferior mientras observaba a aquel hombre con el mismo deseo que todas sus alumnas. ¿Era su físico o era su intelecto? No sabía qué tenía, pero le hacía tan eróticamente inalcanzable.

Justo entonces escuché que preguntaba a una de sus alumnas sobre el tema de la novela que ella estaba escribiendo. Parecía que aquella cátedra era más una ayuda para realizar una novela lo suficientemente buena para ser publicada. Me sorprendió comprobar que no parecía dar ningún tipo de teoría, pero me costaba un poco poder pensar con claridad en esos momentos.

— Me gustaría que fuese mi acompañante, la señorita Mijáilova, la que comentase algo acerca de su tema a tratar —concluyó antes de girarse hacia mí.

Alcé mis cejas sorprendida y después esperé que retirase la mano, sin embargo, no lo hizo, permaneció torturándome delante de sus alumnas como si fuese algún juego desconocido para mí. ¿Se hacían estas cosas las parejas? ¿Era tan intensa la vida sexual de todos? ¿Cómo no me había dado cuenta si era así?

— Creo que… el tema a tratar es algo difícil —dije intentando contener mis deseos de soltar un gemido o de revolverme en el asiento para que me dejase liberarme de alguna forma—. Hay que tener en cuenta la mentalidad de la época y sobre todo tiene que despejar su mente de todos los prejuicios. La homosexualidad, la transexualidad o la bisexualidad, tan solo eran bien vistos en determinados círculos hace cincuenta años. ¿Cuáles? Tan simple como aquellos en los que uno se escondía. Por ejemplo, si no recuerdo mal ha dicho que basará su historia en España y allí había un régimen gobernado por un militar. Franco no se caracterizaba ni mucho menos por su mano izquierda a la hora de mediar en ese tipo de situaciones. No existía para nada la tolerancia. Si no eras heterosexual estabas obligado a vivir entre las sombras con una tapadera que diese a entender que sí. Incluyendo un matrimonio, a menudo sin amor, e hijos en toda la ecuación.

Dije todo aquello casi sin respirar mientras William se inclinaba poco a poco hacia mí para susurrarme al oído lo bien que lo estaba haciendo.

Le miré con algo de diversión y tuve que contenerme para no besarle delante de todas sus alumnas. Era un hombre realmente incomparable. Lo que podía entregarme nadie más podría, ¿o estaba equivocada y no era más que la piedra en un camino? Al fin de cuentas yo terminaría yéndome aquella misma tarde y era bastante probable que no nos volviésemos a ver nunca más.

Metió sus dedos en mi interior en ese instante provocándome un ruido que tuve que terminar disimulando con una tos.

— Bien, cuéntenos usted su idea, señorita…

— Morgan, señor Verdoux. Anabelle Morgan.

Llevaba un gran escote que se había puesto a propósito pues estaba en la primera fila. No tenía a penas pecho, pero parecía estar bastante orgullosa de sus senos cuando yo los había tenido que esconder casi toda mi vida por culpa de que fuesen deformes, de que fuese bastante más grande el izquierdo en comparación con el derecho. No obstante, debía intentar tranquilizarme porque el placer si lo mezclaba con los celos terminaría volviéndome de muy mal humor.

En ese instante, mi mente comenzó a pensar en algo que no me hacía ni mínimamente bien. Los dedos de William ya no me resultaban placenteros, sino molestos por lo que bajando una de mis manos quité sus dedos de mi interior antes de susurrarle que tenía que irme al baño.

Corrí hacia el baño intentando en lo posible no sentirme señalada por no llevar ropa interior. Me metí dentro y dejé que las lágrimas cayesen por mis mejillas. La parte racional de mi ser estaba completamente desconectada. Era todo puras emociones paranoicas. Pensé en todas las clases que él la tendría delante, en lo poco que provocaría que él terminase con ella y en lo mal que me sentía porque no me hubiese hecho comentario alguno sobre si quería seguir, si quería que todo terminase o qué.

Cogí papel higiénico y me obligué a mí misma a no quitarme todo el maquillaje mientras secaba mis lágrimas impidiendo en lo posible que quedasen los surcos de las lágrimas al recorrer mi piel quitándome el maquillaje. Me limpié entre las piernas y finalmente respiré profundamente. Salí del baño y allí estaba William.

— ¿Qué ha ocurrido?

— Nada… es… solamente que tengo que irme —musité después de desviar la mirada.

— Comprendo… —se tensó por completo y después se dio media vuelta para irse.

Asumí que no me acompañaría así que debía regresar al hotel yo sola.

2018 / Jun / 25

Fuimos hasta el hotel. Tenía que cambiarme de ropa. Entré tan deprisa como pude mientras William esperaba en el coche. Me cambié tan rápido como pude. Una camiseta y una falda a juego con el mismo diseño en tonos rojo y blanco. Me puse los tacones a juego y después recogí mis cosas dado que no tendría demasiado tiempo para poder hacerlo dado que el vuelo salía a las cuatro de la tarde. Al menos, eso pensaba.

Salí después de tener todo listo y me fui hasta el coche en donde William me esperaba mientras una sonrisa se deslizaba por mis labios. Entré en el vehículo y me puse el cinturón justo antes de escuchar su voz grave darme una orden sorprendente.

— Quítese las bragas.

Elevé mi mirada para encontrarme con sus ojos que tenían un sorprendente brillo malicioso. ¿Qué estaba pasando allí? Mis cejas se elevaron sin poder reaccionar aún y sin entender qué era lo que pretendía con que me quitase las bragas. ¡En la vida había ido sin ropa interior y no iba a empezar ahora!

Se inclinó hacia mí y besó mis labios de una forma que estuvo a punto de dejarme sin aliento antes de susurrar contra mi boca su petición nuevamente.

— Quítese las bragas.

Miré a todos lados y quizá por una extraña excitación prohibida y los deseos de probar cosas nuevas terminé aceptando y metiendo mis manos bajo mi falda para quitarme las bragas de encaje azul marino que llevaba en ese momento. William me las arrebató en cuanto me las hube quitado y tras olerlas se metió la prenda en el bolsillo de la chaqueta de su traje que le quedaba condenadamente bien.

Sonrojada desvié la mirada hasta el frente antes de escuchar el ronroneo del motor indicando que íbamos de camino hacia la Universidad para que William diese su cátedra. No podía creerme aún que estuviese dentro de su coche sin la parte baja de mi ropa interior. Era extraño, muy extraño. Me sentía casi desnuda en todos los aspectos cuando nadie tenía porqué saber que debajo de mi falda no había nada.

— Esto me recuerda a una escena de uno de los best-sellers que hubo hace poco —musité.

Le miré comprobando su incomprensión.

— Sí, verá, me confieso culpable, pero por todo ese boom que hubo leí la trilogía de Cincuenta sombras. Y en el segundo libro, bueno, hay una escena en la que Grey le pide a Anastasia que se quite las bragas en un local público —reí un poco.

— ¿En serio ha leído esos libros, señorita Mijáilova? La hacía más inocente —comentó con diversión antes de acariciar una de mis piernas durante un segundo pues debía volver a colocar su mano en el volante.

— Me gusta tener mi propia opinión sobre aquello de lo que habla todo el mundo. Si no lo he leído no puedo saber si me gusta o no y tampoco los por menores de una conversación trivial en la calle —expliqué encogiéndome de hombros casi como disculpándome por lo que hacía.

— Le gusta intentar encajar en la sociedad, presupongo…

Arrugué mi nariz pensando en su afirmación y finalmente tuve que soltar un suspiro admitiendo mi derrota.

— Sí, creo que en cierta forma sí deseo encajar en la sociedad. He pasado demasiados periodos de mi vida sufriendo rechazo tras rechazo del mundo exterior y no es agradable.

Su ceño se frunció ligeramente mientras una sonrisa aparecía en sus labios.

— Pero en la normalidad está lo común, lo cotidiano. No existen las emociones fuertes. Por ejemplo, si siguiese en su normalidad, «encajando con la sociedad», ahora mismo tendría las bragas puestas. Una persona como usted sobresale, solamente no sabe darse cuenta de ello —dijo antes de girar para entrar al aparcamiento donde él podría dejar su vehículo en su plaza—. Piénselo de ese modo. Lo normal es tedioso con el paso del tiempo, lo distinto marca la diferencia.

Se bajó del coche y me quedé pensando unos segundos en lo que acababa de decir. Tenía razón. Solamente las personas que se salían de lo común eran realmente recordadas, imitadas y se comían el mundo. Aquellos, en cambio, que seguían la corriente eran una oveja más dentro del rebaño.

Abrió mi puerta y bajé con cuidado de que no se viese nada. Pude ver en un par de ocasiones una sonrisa intentando escaparse por la comisura de los labios de William por lo pudorosa que era y mi timidez extrema en esos momentos.

Caminé a su lado, esperando tener suerte y que todo fuese de maravilla. Sin embargo, algo surgió en mi interior, algo que había sentido solamente encerrada en mi habitación, detrás de una pantalla de ordenador y sin nadie que me leyese la expresión del rostro que tomaba esa forma de asesina en serie incontrolable. Según mi hermana, cuando ponía esa cara, daba verdadero miedo y podía llegar a matar con la mirada si no fuese algo imposible.

Todas las jóvenes que estaban inscritas a la cátedra eran mujeres. Alumnas que le miraban con ese deseo que seguramente se había leído en mis ojos la noche anterior. Él las sonreía y aceptaba sus miradas coquetas, sus sonrisas petulantes y esas caídas de ojos que resultaban patéticas con sus edades.

Sin embargo, no solamente se había despertado el demonio de los celos en mi interior, sino ese mismo demonio que me recordaba todo el tiempo que yo no tenía nada que hacer en contra de ninguna de ellas. No era más que la menos bonita, inteligente y la más vieja. La sola idea de pensar que William podría haber estado con alguna de esas chicas me resultaba casi insoportable. ¿Por qué era tan condenadamente intensa en estas situaciones?

El profesor no se percató de mi malestar o eso quise creer. Entró en su aula y me invitó a sentarme a su lado tras poner otra silla al otro lado del escritorio. Eso fue igual que lanzar un jarrón de agua fría en las llamas que aunque aún seguían teniendo las ascuas bien vivas, la diferencia de temperatura en mi mal humor era considerable.

Me senté a su lado y saludé a todas las presentes con una sonrisa antes de que comenzase la clase. William, se sentó a mi lado y comenzó a hablar, pero una de sus manos comenzó a aventurarse por debajo de mi falda.