2018 / Jul / 03

Estimada Srta. Mijáilova. 

Le mando este paquete por alguna razón que aún desconozco. Imagino que la nota que acompañaba al vestido iba dirigida a mí, sin embargo, verle abrazada a otro hombre en el aeropuerto no me resultó agradable y me hizo dudar de sus intenciones, pues quizá no iba dirigida a mí esa carta y por ese mismo motivo, no creo que tenga el derecho a tener este vestido en mi poder. 

Guárdelo o tírelo si lo desea. 

Atentamente, 

William Verdoux. 

Un paquete había llegado esa misma mañana a mi casa. En su interior, el vestido rosa que había sido testigo de mi única noche de pasión había vuelto a aparecer en mi vida junto a un intenso dolor en el pecho. William había estado allí. Él había estado en el aeropuerto y me había visto abrazándome con Gustav lo que había provocado una confusión, pero… ¿por qué? ¿No habían quedado claros mis sentimientos cuando me había entregado a él? ¿No recordaba que él había sido el primero y esperaba que hubiese sido el único? ¿No era obvio que quería estar con él, que quería que me pidiese que me quedase en Nueva York con él para vivir a su lado?

Me enfurecí. ¿Pensaba que era algo así como una mentirosa que se iba con unos y con otros? ¡Ese no era mi estilo! Me ofendía, claro que lo hacía, pero no podía negarme a mí misma que yo hubiese pensado lo mismo de verle en esa posición con otra mujer. ¿Él también tenía celos? ¿Temía ser engañado? Fuese como fuese su frialdad me destrozaba en aquella carta. Se quería deshacer del vestido por si no era para él, me insultaba y luego escondía la mano en sus propias sombras para intentar que toda la culpa quedase en mí. Pero… ¿y si era nuevamente mi forma difusa de ver todo?

Vivir con mi cabeza era simplemente horrible. Había tantas posibilidades, tantos sin sabores, tantos miedos, tantas maneras de echarme la culpa, de sentirme peor de lo que ya me sentía… A veces, me sorprendía a mí misma descubriendo una nueva forma de tortura especial ideada por mi subconsciente.

Mordí mi labio inferior indecisa. Quería hablar con él, aunque fuese para decirle que era un idiota redomado, sin embargo, las confrontaciones cara a cara nunca habían sido mi fuerte, no me esperaba la respuesta del contrario y salvo que entrase en aquel estado de furia incontrolable, se me hacía bastante difícil mantenerme fuerte ante cualquier comentario hiriente. Solían caerme como un jarro de agua fría y el dolor, junto a la incredulidad, me impedían volver a responder con algo más mordaz. Pese a todo, dentro de mi cabeza le estaba arrancando el corazón, aplastándolo con mi tacón y tirándolo al estercolero más asqueroso del mundo.

Pensé en la posibilidad de mandarle un mensaje. Era impersonal, pero si le mandaba un mensaje de audio y él me respondía con otro se me quebraría la voz en el siguiente.

Sin embargo, ahora no era momento de responderle, ahora era momento de atender a mis pacientes. Llegaba tarde a la pequeña consulta donde el doctor O’Donell me había hecho el favor de aceptarme dos años atrás.

Me puse los zapatos, recogí mis cosas y finalmente anduve tan deprisa como pude puesto que los tacones a menudo no ayudaban demasiado, y eso que me había dicho durante todos estos años que me llevaría unas zapatillas o unas manoletinas para andar para cambiarme los zapatos en el despacho. Era un caso. No se me olvidaba la cabeza porque la tenía bien pegada a los hombros y hoy mi mente había volado por completo a otra ciudad. No estaba concentrada algo que no debía permitirme. Yo no era la prioridad en este momento.

La pequeña consulta era tan acogedora como le permitía la decoración que había puesto el doctor O’Donell. Sabía que no había aceptado ningún tipo de consejo de su mujer para su trabajo y por ese preciso motivo era más que evidente que quedaba tan impersonal, tan minimalista y masculina en todas partes. Todos solemos tener una imagen mental de una consulta médica y había querido emular precisamente eso hasta que llegué yo. No es que se me diese de maravilla decorar, pero cuando tenía cierta libertad terminaba poniendo mi toque personal en mi despacho, mi habitación, mi hogar. Recordaba que la última vez que había decorado mi habitación había sido mi madre la que había escogido prácticamente todo y como lo había comprado sin pedirme opinión había tenido que tragar con lo que fuese, me gustase o no, hasta que finalmente pude decirle en voz alta y no tan solo con el pensamiento, que era mi habitación y que era yo quien quería opinar en lo posible.

En la consulta, una minúscula sala de espera estaba en el recibidor con el escritorio de nuestra administrativa quien se encargaba de mantener todo lo más colocado posible además de realizar diferente papeleo que no era necesaria la mano de alguno de nosotros. No obstante, había que tener mucho cuidado puesto que la privacidad era esencial, así que gracias a un consejo de mi hermano, me había informado bien de la legislación en el país y le había propuesto al doctor algunas de las medidas que podrían beneficiarnos en ese aspecto evitando problemas mayores.

Miré a nuestra secretaria, Melissa, quien con una sonrisa me recibió y arrugué ligeramente la nariz por instinto. Me parecía sumamente adorable. Era igual que una muñequita que parecía necesitar protección, como un maravilloso pez fuera del agua, pero se manejaba muy bien.

— ¡Buenos días, Kyra! —dijo con voz cantarina antes que pudiese respirar.

— ¡Buenos días! —la respondí con el mismo tono alegre antes de sentir que alguien rodeaba mi cintura con unos pequeños brazos y se apretaba a mi vientre.

Bajé la mirada y me encontré allí a mi paciente más joven. El pequeño Robert me regalaba una sonrisa mellada mientras su madre le regañaba.

— Buenas, campeón. ¿Te has portado bien? —pregunté antes de regalarle un beso en aquella frente que solía tener llena de chichones.

El pequeño Robert había mejorado mucho en poco tiempo y aunque los niños no eran mi especialidad, sí sentía cierta debilidad por ayudarlos, así que había vuelto a hincar los codos para ayudar a ese granujilla, porque si había acudido a mí su madre, era por algo, ¿no? No podía mandarle a otro lugar a no ser que fuese un caso de fuerza mayor.

— Dentro de un ratito nos vemos, ¿me dejas que me vaya a dejar esto al despacho? —murmuré al niño que rápidamente asintió y regresó jugando con un coche que volaba en el aire hasta donde estaba su madre.

Una pequeña sonrisa apareció en mis labios y finalmente entré en mi despacho dispuesta a comenzar mi jornada laboral.

2018 / Jul / 03

Hola, Kyra. 

Gracias por responder tan rápidamente a mi correo. Sé que no es lo usual, pero necesitaba buscar a alguien, aunque fuese al otro lado de la pantalla, que me contestase. No es normal, soy consciente. Solamente necesito ayuda, necesito saber cómo seguir adelante. Necesito dejar atrás todo esto de una vez. 

Debo confesarlo, te mentí. No me llamo Sophie. Nunca me llamé Sophie, pero temía que la respuesta fuese inexistente o, por el contrario, de forma bastante desagradable por mandarte un correo siendo alguien que no conoces. Te sorprendería la de gente que, a pesar de ser eso lo que buscan, no les agrada que alguien le mande notificaciones de amistad o algo así si «no les conoce previamente», aunque sea en la ficción. Ridículo, lo sé. 

Me llamo Livia. Soy española. Estoy muy lejos, lo sé, pero quizá por ese motivo sea por el que te estoy respondiendo el correo. Tengo veintiséis años, pronto cumpliré los veintisiete y… estoy sola. Las únicas personas que tengo a mi lado son mis padres y mis hermanos. 

He querido suicidarme un número notable de veces. Nunca llegó a término alguna. Tan solo una de ellas fue en serio. Mi madre fue quien evitó que pasase algo más grave. 

He visto cientos de psicólogos y psiquiatras, he tenido que convivir con enfermos mentales y también he tenido que aguantar que me señalasen todos y cada uno de mis fallos. Solamente quiero una respuesta y puede que así sepa si merece la pena toda esta relación extraña: ¿soy yo la culpable de todo lo malo que me ha pasado en la vida o es el mundo quien me rechaza una y otra vez por no ser como los demás? 

Leí aquel correo tantas veces que la herida en mi pecho se hacía cada vez más grande. Todo aquello parecían pensamientos sacados de mi propia cabeza no mucho tiempo atrás. Me preguntaba si alguien me habría robado algún diario que no recordaba haber escrito, si me habían hackeado alguna historia en la que aquellas palabras estuviesen escritas, pero nadie tenía porqué saber que esa novela llena de dolor y autocompasión que escribí en su momento me pertenecía.

No sabía si contestar aquello. Podía verme a mí misma, sola, incansable, llorando noche tras noche con dieciséis años, mientras terminaba odiando al mundo entero para sentirme algo más en paz conmigo misma y así, de alguna forma, calmar mi cabeza para dormir y así el día siguiente intentar responder a todas estas cuestiones, sobre todo a aquella que Livia me planteaba en su carta. ¿Era yo la culpable de todo lo malo que me había pasado o era el mundo quien me rechazaba una y otra vez por no ser como los demás?

Me asusté. Todas las palabras usadas en ese mismo correo parecían haber sido escritas por mis manos, pero intenté tranquilizarme y pensar en la posibilidad de algún tipo de explicación. ¿Podría haber manifestado algún tipo de segunda personalidad? No recordaba tener lagunas en mi memoria de muchas horas ni nada por el estilo. Rebusqué en todas partes para comprobar si había algo que yo no había guardado, escrito o meditado. Pero no… allí no había nada. La única solución sería intentar ver si podía entrar al correo que me mandaba aquellos mensajes.

Tras poner la ventana de outlook intenté entrar a la cuenta con todas las contraseñas que recordaba de mis veintiséis años, pero ninguna servía. No. Aquello debía ser real, de la forma que fuese, pero alguien estaba sufriendo lo mismo que yo había padecido tantos años atrás y que aún arrastraba en mi mente. Ese tipo de sentimientos y recuerdo, a menudo, son como rocas que nos hacen mucho más complicado el ascenso a la cima de la felicidad, esa maravillosa utopía que si sabemos como podemos lograr.

Respiré de manera profunda buscando tranquilizarme. Debía pensar con claridad, era una profesional, no sería ni la primera ni la última persona que me encontraría sufriendo los pesares que yo había padecido en mi pasado. Esa era una de las razones por las que me había animado a estudiar aquella carrera. Quería ayudar a aquellos que no encontraban respuestas satisfactorias sino tan solo una afirmación de sus peores temores: ellos eran culpables de todo aunque no hubiesen hecho nada. Algo que no se ajustaba a la realidad, ni se ajustaría nunca, pero que parecía ser la verdad absoluta en nuestras mentes a no ser que nos ayudasen a ver otras posibilidades más acordes con la realidad.

Querida Livia.

Lamento mucho saber que no te sentiste con el suficiente valor como para decirme cuál era tu verdadero nombre desde el principio. Generalmente, este tipo de cosas suele provocar que uno no crea a quien tiene al lado, pero siendo realista, yo misma hubiese hecho lo mismo en tu situación. 

Sé que es difícil que puedas confiar en mí, pero me gustaría que lo intentases. En lo posible, al menos. No puedo ayudarte si no eres completamente sincera conmigo. Aprovecha que ninguna de las dos nos vemos el rostro para desahogarte como si tuvieses una amiga al otro lado del mundo que no fueses a ver jamás. Puede que ese planteamiento te ayude, a mí me ayudaba. 

Ahora, voy a responderte tu pregunta. No. No eres la responsable de todo lo que te pasa como nadie lo somos. Eso sí, tenemos nosotros la posibilidad de tomarlo de diferentes formas y quizá, eso sea lo que te haya llevado a sobresaturarte o sentir que todo te puede. No obstante, para poder darte una respuesta más exacta tendría que conocer los detalles. Siendo precavida, te confesaré que nosotros tan solo somos responsables de nuestras conductas o nuestros actos, pero nada más. Hay a menudo situaciones anormales que conllevan respuestas normales, pero que a ojos de cualquiera que no sepa los hechos que les precedían, evidentemente creerá que son respuestas anormales. Piénsalo: una persona que no sabe todo lo que has pasado jamás entendería que tuviese sentido para ti, como último recurso, quitarte todo ese dolor dejando de existir. Pero, me gustaría saber algo, ¿sigues en ese punto? ¿Sigues deseando quitarte la vida? 

Tras enviarle el e-mail no pude evitar suspirar profundamente. ¿Y si había dicho algo malo? ¿Y si había hecho algo que no debía? No quería que se encontrase con un golpe que la obligase a caer al suelo de nuevo cuando había conseguido subir lo suficiente para aceptar tener ayuda. Y sabía, que se convertiría en uno de mis quebraderos de cabeza y temores día sí, día también.

2018 / Jul / 02

¿Eran aquellos los días de darme una sorpresa? Primero Damian, ahora Gustav… Me había pasado la mayor parte de mi vida completamente sola y ahora parecía tener tantos contactos que recibía visitas sorpresa sin esperarlo. No obstante, me sorprendió comprobar que Gustav hubiese llegado a la puerta de mi casa. ¿Cómo lo sabía? Sin embargo, me obligué a mí misma a recordar que casi todo el pueblo estaba completamente empapelado con anuncios de mi consulta privada allí. Algunos pacientes míos llegaban a venir desde el mismo Londres para una sesión, quizá porque el pueblo les transmitiese confianza. Dudaba que fuese por mi experiencia o reputación. Puede que por la vergüenza al tener que ir a un psicólogo hubiesen decidido hacerlo fuera de la ciudad.

Dejé que Gustav pasase. Nos sentamos en el sofá y me acurruqué de forma que pude observar su rostro mientras ambos cenábamos.

— ¿Cómo es que has tenido este detalle? —pregunté sorprendida antes de darle un nuevo bocado a mi porción de pizza a la que le había quitado escrupulosamente todo aquello que no fuese la mozzarella y el tomate.

— Si te soy sincero, la idea de no verte si no hacíamos algo tú o yo para evitarlo, no me resultaba demasiado atractiva. Me caes bien, mucho y después de todo lo que me has contado no quiero dejarte tanto tiempo sola —contestó encogiéndose de hombros como si tal cosa.

En nuestro viaje hasta Londres había terminado contándole todo lo que me había pasado en Nueva York. Necesitaba expresar mi malestar, mi enfado personal conmigo misma. Ansiaba, en lo posible, descargar mi alma, porque jamás me había ayudado, ni mucho menos, callarme las cosas y dejar que poco a poco fuesen echando raíces hasta que mis sentimientos no fuese capaz de controlarlos.

La pizza estaba deliciosa. Era uno de esos pecados que no se deberían llevar a cabo, pero que eran tan tentadores que era más que imposible negárselo a uno mismo.

Gustav parecía encantado escuchándome, yo también le escuchaba a él, todo lo que tenía que decirme sobre su trabajo. Era realmente fascinante. Su pasión en cada palabra era asombrosa.

— ¿Sinceramente? No creo que tengas que pensar más en ese profesor… —dijo la última palabra casi con desprecio aunque imaginaba que no era por la profesión sino por lo sufrido yo por él. No obstante, mi forma de ver el mundo podía haber sido la responsable en muchas ocasiones.

— Realmente, no creo que sea eso lo que me tiene tan… mal. Es cierto, sentía y siento muchas cosas por él, pero siendo sincera, es más… ¿orgullo propio? No sé. Siempre me ocurre. Esa sensación de que nadie podría fijarse en mí porque no soy lo suficientemente buena para nadie ni para hacer nada en concreto. Sí, sé que no es un pensamiento ajustado a la realidad, sé que se debe a mi autoestima que vive en el subsótano, pero aún así, es bastante complicado luchar contra todo esto. No por ser psicóloga una puede evitar determinadas cosas. No es tan sencillo… Es igual que pensar que un médico nunca se pondrá enfermo —le miré a los ojos y luego sonreí ligeramente antes de apoyar mi cabeza en su hombro.

Nuestros ojos se encontraron por un instante y sus dedos rozaron mi mejilla con suavidad.

— Cualquiera sería infinitamente afortunado de ser tu pareja, Kyra. El único problema es que él no supo valorarte en realidad —dejó un beso en mi frente para después darse a su trozo de pizza.

Hice lo mismo antes de sacar otro tema de conversación.

— ¿Estás trabajando en el museo de Londres? Ese tan famoso con todas esas momias… —reí ligeramente al igual que él—. Lo sé, lo sé, soy penosa para los nombres de estas cosas. Ni tan siquiera me sé las calles de este pueblo. No me sabía nada más que la calle donde yo vivía en todo Moscú. Y aún así la orientación no se me daba mal. Qué cosas, ¿eh?

Él volvió a reírse antes de dar un trago a su refresco para conseguir que la bola de pizza que se le había quedado en la garganta pasase y terminase finalmente en su estómago antes de ahogarse.

— El museo británico de historia… supongo que te referirás a ese.

— ¡Ese mismo! —comenté contenta porque me había entendido a pesar de todo.

— No puedo contarte en lo que estoy trabajando. Mis trabajos a menudo están en alto secreto, por eso de no revelar descubrimientos que no son realmente lo que pensamos. Imagina, por ejemplo, que hacemos una datación por carbono catorce diciendo que algo es del año doscientos después de Cristo, pero en realidad es de hace doscientos años tan solo. Tan solo habría unos mil y pico años de diferencia de nada, lo que podría ponernos en verdadero ridículo —me explicó con un gesto divertido aunque creía que algo así sería posible que se diese ahora por todas las nuevas tecnologías que había.

— Entonces… ¿no puedes decirme nada? ¿Ni un poquito? —hice pucheros esperando de esa forma lograr que él se ablandase y me contase alguna cosa.

— No me hagas pucheros porque no te van a servir de nada —volvió a reírse antes de pellizcarme la mejilla.

Entrecerré mis ojos tomando como un reto personal la posibilidad de que él me dijese algo. Quería que así fuese, pero también entendía que era peligroso para él comentarlo por si yo llegaba a filtrar lo que fuere de su investigación ultra secreta. Mordí mi labio inferior y a pesar de mi curiosidad nata, acepté que debía quedarme con las ganas. Él adoraba su trabajo y una situación similar podría provocar que no siguiese ejerciéndolo, como todos aquellos a los que se les señala por dopaje en los deportes y, aunque pueden volver a intentar resarcirse, nadie les pasa ni media ni consiguen los mismos resultados sin que alguna persona en el mundo comentase que habría vuelto a recaer en ese dopaje que las pruebas podrían llegar a asegurar en múltiples ocasiones que no existía. Las etiquetas muchas veces van por delante de las pruebas.

2018 / Jul / 02

Una nueva alarma sonó en mi ordenador. Me sorprendía. No tenía ninguna de las redes sociales habituales abierta. Busqué ese sonido. En realidad no había sido mi ordenador sino mi teléfono móvil. Me acababa de indicar que un correo había llegado. Revisé la notificación. Era el correo del trabajo, lo que me indicaba que podía ser algo urgente o uno de aquellos correos basura de anuncios para cambiar de telefonía u ofrecerme alguna posibilidad de librarme de alguna multa falsa cayendo en una más que obvia estafa. Por suerte para mí las estafas que había sufrido nunca fueron económicas.

Abrí el correo en el ordenador. Me resultaba bastante más sencillo que en el teléfono pues éste, a menudo, se quedaba parado.

Al leer el correo me sorprendí. Era el primero que no era de índole oficial que recibía, pero no parecía fraudulento.

» Srta. Mijáilova. 

Siendo sincera es la primera vez que hago algo así. Supongo que me mantiene algo más tranquila no estar viendo su rostro con una mueca de desagrado mientras lo lee. 

Seré breve: necesito ayuda, al menos es lo único que he logrado aceptar. ¿Podría ayudarme o estoy sola en el mundo? 

Respetuosamente, 

Sophie». 

¿Sophie? ¿Conocía a alguna Sophie? No recordaba que mis pacientes se llamasen de esa forma. No obstante, era el correo del trabajo y si era algún tipo de estafa, con no dar ningún dato bancario, ni pagar dinero, sería suficiente, ¿no?

Sophie, fuera quien fuere, parecía desesperada. Yo misma había estado en esa situación de desasosiego en que no hay nada ni nadie que parezca poder ayudarte y la pantalla parecía darle el mismo placebo a sus nervios y temores como a los míos propios. No perdía nada contestándola.

«Querida Sophie. 

Me alegra comprobar que has decidido mandarme un correo. No sé cuál será tu situación en este momento porque no tengo una bola de cristal que me lo diga, pero ten en cuenta que es un gran paso. 

Me gustaría conocerte un poco más y veo por tus palabras que la seguridad de estar al otro lado del ordenador es importante para ti. Hagamos algo, ¿qué tal si nos vamos conociendo poco a poco? No tienes que pagar nada, tan solo cuéntame lo que quieras sobre ti, desahógate. Yo te responderé en cuanto lo lea. 

Por favor, tutéame. Siempre puedes llamarme Kyra. 

Un fuerte abrazo».

Sentía cierto temor. Alguien podía intentar gastarme algún tipo de broma, pero si no era así le negaría ayuda a alguien desesperado por saber que no estaba solo en el mundo. Yo misma había hecho muchas veces esa búsqueda con el paso de los años.

Tan sólo quedaba esperar. Aunque siempre tuviese la duda, aunque jamás fuese testigo de la verdadera existencia de Sophie, mis intenciones siempre serían buenas y… ¿qué más daría un nuevo desengaño?

Escuché la vibración inconfundible de mi teléfono junto a ese sonido insoportable que se cambiaba casi por instinto cuando lograba modificarlo a uno de mi agrado. Me acababa de llegar un WhatsApp, Gustav había decidido regalarme una de sus sonrisas en un selfie que se había hecho en un lugar que me resultaba extremadamente familiar. Había también un pequeño texto con la fotografía: «¿Tienes libre esta noche?».

Era realmente adorable, por lo que sonreí mientras contestaba deseando saber qué se suponía que tenía en mente si estábamos separados por unos cuántos kilómetros.

«El único acompañante que podría esperarme es el libro que estoy leyendo así que si a él no le importa, estoy completamente libre».

Tras mandarlo regresé a mis apuntes laborales. En un pendrive con contraseña tenía las carpetas con los expedientes de mis pacientes sin poner ningún dato personal suyo que pudiese indicarles a cualquiera que lo leyese por alguna casualidad, quién era quién.

Había llegado a narrar consultas como si fuesen capítulos de una novela. De ese modo, nadie sospecharía que eran expedientes psicológicos. De todos modos me tomaba muy en serio las medidas de seguridad. Al fin y al cabo no dejaban de ser sus intimidades, sus vidas y sus momentos dolorosos. Todo extremadamente personal.

Quité la conexión al wifi de mi ordenador y empecé a repasar los avances de cada una de las tareas puestas para la siguiente sesión.

Llegué al documento de una paciente que con todo el dolor de mi corazón había tenido que recomendar su ingreso junto con el beneplácito de su psiquiatra, el doctor O’Donell. La manera en la que se veía así misma y la escasa colaboración que deseaba tener en su tratamiento o en salvar su propia vida volvía bastante complicado mantenerla lejos del hospital. Teníamos que asegurarnos de que ella pudiese vivir, de que su cuerpo no terminase sufriendo más de lo que ella le hacía sufrir matándolo de hambre y a veces, también de sed.

Lo primero que haría al día siguiente sería ir a visitarla. No podía dejarla sola. No quería que pensase que lo estaba. Sabía lo que eran los ingresos. A menudo, pensaban que aislar a los recién llegados en la planta era la mejor solución. Yo, como paciente tenía mis dudas, como profesional, las seguía teniendo. No ayudaba nada sentirse solos, aislados, sin nadie con quien poder hablar que no fuese alguno de todos los allí presentes, por no decir la pésima sensación que tenías cuando te miraban con lupa absolutamente todas tus maneras de relacionarte con ellos que tenían, como se podía, problemas igual que ellos. Por algo estaban allí.

«Abre la puerta».

Tras leer ese mensaje en mi whatsapp de parte de Gustav no pude evitar reír. ¿Para qué querría este hombre que abriese la puerta? A no ser que…

Me levanté de mi lugar y fui a abrir la puerta encontrándome con él, con Gustav, con una gran caja de pizza esperando que le abriese.

— ¿Gustav? —pregunté sorprendida pues no llegaba a creérmelo.

— Creo que me dijiste que solamente tenías de compañero a tu libro así que pensé en poder pasarme por aquí —una sonrisa invadía sus labios.

No pude evitar responderla y dejarle pasar deseando que aquella fuese una noche magnífica.

2018 / Jul / 01

2005

«No quiero saber nada más de ti…»

Había leído tantas, pero tantas veces esa línea que había escrito hacía días que aún no podía creerme que lo hubiese hecho. Estaba soltera a pesar de todo lo que ocurría en su vida. En la mía. Él se había caído en ocasiones, me había hablado a mi móvil y yo no podía responderle por estar estúpidamente dormida. No sabía si había sido todo egoísta o había pensado claramente por una vez en mi vida: él no me necesitaba a mí. Él no necesitaba a una persona con un océano de por medio sino a alguien que estuviese a su lado, que le abrazase, que le cuidase, que le consintiese y aunque eso me provocase un dolor que casi me ahogaba no íbamos a durar juntos. Yo no era la persona que necesitaba alguien que necesitaba ayuda. Pero negándose, dejándole solo no podía evitar sentirme como una rata de alcantarilla.

Con el tiempo había crecido entre nosotros la sombra de alguien, de esa persona que siempre había sentido que estaba antes que yo. Holly se había interpuesto. Siempre tenía palabras cariñosas para ella y había descubierto lo que significaba que las redes sociales fuesen matando poco a poco lo que habías construido. Aunque quizá no era eso, sino mi cabeza leyendo señales inexistentes. Muchas señales inexistentes que llegaba a tergiversar de forma que las escupía como dardos lanzados al aire que terminarían cayendo en uno de mis ojos con más fuerza hasta cegarme por completo.

Cogí mi cuaderno negro y comencé a escribir en él. Me había hecho creer a mí misma que si ponía un punto y final en todo mi pasado, en todas las veces que me había confundido, que había llorado, que había sufrido, que no había entendido al mundo, entonces podría volver a sonreír. Podría volver a sentir. Podría volver a ser quién era. Yo no estaba hecha para cuidar a nadie, al menos, no por el momento. Suplicaba aún ser la figura que fuese cuidada.

Había ido tergiversando la historia de mi vida hasta transformarla en una novela romántica, porque era el amor lo que vendía. ¿Era eso o era mi verdadero anhelo? No quería admitirme que seguía pensando en ese alguien mágico que llegaría y cambiaría todo en mi vida.

Mis pensamientos siempre giraban en torno a la misma sensación. Un vacío intenso, una necesidad de algo, de alguien exclusivo para mí, alguien que pudiese ver en mi ser algo parecido a la perfección, esa que intentaba realizar en cada acción sin lograrlo, convirtiéndome en un chiste fácilmente visible en un mundo de perfecciones. ¿No era yo la primera que me ponía en esa posición endiosando a todos los que tenía a mi alrededor a pesar de ver sus defectos sin ningún problema?

Mi visión era distorsionada. Podía razonar durante medio segundo, pero después dejaba de hacerlo. No veía claridad en mis emociones y mucho menos desde que, de nuevo, había dejado los estudios. No me permitía salir de casa. No podía mirarme a la cara sin ver el rostro de una perdedora consagrada. No era más que eso, una inútil sin ningún talento que intentase lo que intentase siempre terminaba fracasando. De hecho, en ese mismo año había tenido un problema con una profesora. Había intentado quitarme en lo posible asignaturas para de esa forma evitar que dejase nuevamente el curso. Ella terminó demostrándome de una forma muy inadecuada que no estaba de acuerdo con que dejase su clase, que no era para tanto, que podía hacerlo y me había hecho sentir una completa inútil. ¿Con sinceridad? Ese había sido el completo detonante de mi negativa a regresar allí. ¿Cómo había podido? ¿Cómo se había atrevido? Ser sincero, no tiene porqué llevar a la crueldad y por sentir su miserable orgullo herido, había terminado atacando a una persona que sabía que tenía problemas para continuar en las clases.

¿Mi respuesta? Callarme. Llorar y finalmente, irme. ¿Por qué no podía combatir las injusticias con la leona que se escondía en mi interior? ¿Por qué cualquier figura con un mínimo de autoridad me hacía sentir como si fuese esa niña de siete años que se puso a llorar en mitad de la clase por ser descubierta intentando arreglar aquel dibujo?

Después, no tenía ningún problema en ponerme a gritar en mi casa, mandar a mi madre y a mi padre al diablo. Me ponía pico a pico con mi hermano o hermana, los insultos escapaban de mi boca y el nivel de la discusión se elevaba hasta que veían que era más que imposible razonar conmigo. ¿Cómo iba a ser posible si acumulaba todo ese rencor de todas esas situaciones en las que me sentía una niña pequeña?

Me preguntaba si alguien también había sentido esa sensación en la que jamás dice todo cuando debe y tras decir lo que no debe a quien no se lo merecía el mundo había terminado de nuevo patas arriba, igual que si un huracán hubiese pasado una vez más destrozando todo, desordenado y rompiendo cada mueble.

El tormento era angustioso. La peor parte era saber que uno era el culpable, que no podía cambiarlo por mucho que lo intentase. La ira hacia mí misma se volvía agotadora. Terminaba pasando noches sin dormir, días enteros recuperando sueños perdidos. Ese deseo de seguridad envolviéndome para volver allí donde nadie pudiese verme, tocarme ni saber de mi existencia. Allí regresaba siempre, a las sábanas que me permitían descansar entre pesadillas aceptando de mala manera que mis análisis previos eran reales. Yo era la culpable de todos mis males. Yo era la única que se merecía mi propia ira, pero me sentía incapaz de seguir haciéndome daño de forma espontánea, cortándome o buscando algún modo de terminar con todo.

Entonces, mi apetito se abrió, como siempre que sufría de ansiedad y me fui a la cocina para comerme todo lo que mi estómago me permitiese para calmar ese hambre canina como si hubiese llevado sin comer días y días.

2018 / Jul / 01

Ecaterina seguía aferrada a Damian. Había querido separarme un poco de ambos para traerles algo de beber decidiendo por ella que tomaría agua. Había que pensar en el bien del bebé porque aunque su malestar me importase bastante poco, el hijo no era solamente de ella, sino de mi amigo.

Caminé de regreso al salón dejándoles a cada uno su vaso sobre la mesita de café. Me volví a sentar en mi lugar y les miré a ambos deseosa de preguntarles muchas cosas, pero no sabía si debía hacerlo por resultar demasiado… ¿fría? ¿insensible?

— Entonces, ¿cuándo nacerá el pequeño? —pregunté apoyando mi cabeza en el respaldo del sillón.

— El año que viene —comentó Damian tras dar un trago a su propio vaso de agua fresca.

Me quedé pensativa, seguramente nacería a principios de año. Era realmente desagradable la idea de pensar en ella todo el tiempo en mi vida mientras estuviese embarazada. Haría hasta lo imposible por no tener que pasar por ello, pero si tenía que ayudar a Damian lo haría.

— Y… ¿qué vais a hacer vosotros? —pregunté inclinando ligeramente mi cabeza.

Mi amigo me miró sin comprender. ¿No era evidente? Si ellos iban a casarse, a vivir juntos, a intentarlo de nuevo.. Quería saber si debía acostumbrarme a toda una vida con esa mujer en ella teniendo que verla de vez en cuando e incluso teniendo que ir a una boda que no me alegraba ni lo más mínimo celebrar.

— ¿Vais a volver a estar juntos? ¿Vais a intentarlo de nuevo?

— Oh.. no —dijo Damian radicalmente.

— Aún no hemos hablado de eso en realidad —se apresuró a terminar ella.

Por alguna razón eso me hacía entender que ella sí quería, algo que yo ya sabía, pero él, en cambio, no pensaba lo mismo, ni mucho menos. Él no había dado posibilidad alguna a pensar en un mínimo sí. Había sido bastante tajante ese «no». Aquello me dejaba más tranquila, aunque no podía hablar sin problemas y sin temores de represalias con ella delante.

Miré a Damian recordando todos los momentos que había vivido con él. Habíamos tenido una pantalla de ordenador entre ambos la mayor parte del tiempo. Había tenido que aguantar mi locura extrema. Me había buscado tantas veces en personas diferentes. Desde el mismo momento en que habíamos entablado amistad él me había necesitado y yo, en cambio, había optado por rechazarle, maldita por mi propio ser. Quizá solamente por ese motivo, por el ir y venir durante los años había terminado aceptando que era cierto, que le necesitaba, que le quería, que sufría más alejándome de él que teniéndole a mi lado. Bloquear no siempre significaba poder bloquear en el propio corazón. Él se había metido con fuerza y no quería salir ni yo podía echarle ya.

La velada fue bastante tediosa con ella allí. Intenté darle conversación fingiendo estar por encima de las circunstancias, olvidándome de aquellas palabras dichas por Damian años atrás. Mi corazón no se sentía celoso porque estuviesen tan compenetrados, sino que lo estaba por ser yo una extraña en todo ese juego, por ser yo la que sobraba en la ecuación, por haber perdido yo mi propia alegría vital de una forma desconocida. Era igual que la espectadora de una película romántica en la que los protagonistas poco a poco se van enamorando cuando uno pensaba que jamás podrían estar juntos. Esa situación de no entender nada y comprenderlo todo. Saber que aquella arpía de piernas largas terminaría separándole por completo, porque nuestras idas y venidas parecían el camino real de nuestro destino perturbador. Y despedirme de alguien que conocía hasta el más mínimo de mis pensamientos helaba mi sangre, pero también lo hacía tenerle allí delante.

¿Por qué todas las personas pueden ser tan endiabladamente atrayentes si te paras a conocerlas? Igual que otras te repelen y tú a ellas, las que terminan a tu lado se van volviendo poco a poco imprescindibles, les ves esa luz que nadie puede ver hasta conocerles. Cualquiera podía ser infinitamente seductor si aprendías a ver más allá de las apariencias, si veías su alma, si aprendías a leerles.

Una pequeña sonrisa se deslizó por mis labios mientras veía a Damian reír recordando alguna anécdota de los años que habíamos pasado manteniendo la relación. Nunca había pensado que le tendría allí, delante de mí. Nunca había pensado en la posibilidad de escuchar su risa. Solamente le imaginaba ser, y ahora que finalmente estaba frente a mí me resultaba hasta doloroso. Era irreal y desgarradoramente hiriente tenerle junto a mí en aquellas condiciones.

Tras unas horas hablando se hizo lo suficientemente tarde como para que Ecaterina estuviese cansada. No quise añadirle una etiqueta porque desconocía por completo si una mujer embarazada se cansaba fácilmente con pocas semanas de gestación. No quería pensar peor de lo que ya había pensado sobre ella. Puede, quizá, en algún momento, aceptase su forma de ser tan hiriente y fuese capaz de ver algo bueno en ella, como Damian sí era capaz de ver.

Les acompañé hasta la puerta y recibí gustosa el abrazo de Damian antes de enterrar mi rostro en su hombro para de esa forma poder mimetizarme con él medio segundo. Él me apretó con demasiada fuerza contra su cuerpo y cuando se separó ligeramente de mí rozó mi mejilla con sus dedos regalándome esa sonrisa amplia y serena acompañada de una mirada que no sabía descifrar.

— Vendré a verte —comentó antes de dejar un beso en mi frente.

— Cuando quieras —susurré antes de separarnos con dificultad por el carraspeo de la futura madre de su hijo—. Cuídate, Ecaterina —le pedí con una sonrisa pues lo deseaba por el pequeño que se gestaba dentro de ella.

Finalmente tras ver el coche desaparecer, cerré la puerta, apoyé mi frente contra la madera y me cuestioné a mí misma porqué ella podía tener todo lo que yo había anhelado desde los dieciocho. Ella iba a tener un hijo y yo no. Yo estaba realmente sola en el mundo en ese momento y nadie podía negármelo o no, al menos, a la percepción de mi mente negativa.

2018 / Jul / 01

2004

Él. Sí, él había aparecido. ¿Cómo se sabe que alguien es el hombre de tu vida? Simplemente porque me comprendía, me escuchaba, me hacía sentir hermosa. En esta ocasión sí podía ver fotos suyas, pero no, no podía verle a través de una cámara que no llegaba nunca. Estaba molesta por ese hecho, me hacía dudar, sobre todo por lo que había ocurrido hacía poco.

Alexander había estado conectado. Había usado la cámara web de mi ordenador para enseñarle parte de mi anatomía. Mis senos le habían gustado, o eso me había dicho. ¿Por qué necesitaba sentirme sexualmente atrayente? Ahora, todo aquello que había vivido en aquella videollamada en la que tan solo yo mostraba mi rostro me hacía sentir… extraña, culpable, tonta. ¿Y si todo eso lo había grabado y terminaba en alguna página porno? No quería que nadie más me viese, confiaba en alguien que no sabía si podía confiar, pero… ¿no éramos pareja de alguna forma? De esa única forma en la que yo era capaz de aceptar ser pareja de alguien.

Había cerrado el ordenador hacía unas cuantas horas. No podía evitar seguir pensando en mis sensaciones en ese momento. Me había confesado que… bueno, se había masturbado y era la primera vez que yo, una mujer sin sex appeal alguno había logrado hacerle sentir así a un hombre. Me había descrito su corrida, la forma de su semen, su textura, la cantidad de chorros… Me había sonrojado por completo. ¿Cómo podía hacerse algo que provocaba tanto morbo y tanta vergüenza a la vez? ¿Cómo todo eso podía ser tan condenadamente impersonal?

Respiré intentando calmar mis emociones. Me había expuesto y estaba temerosa por ello. No me fiaba realmente de él, no después de Misha. Él había conseguido que no confiase absolutamente en nadie y seguía igual que un fantasma deslizándose por mi mente. No podía evitar pensar en él. Tenía ganas de provocarle el mismo dolor, todo el dolor posible.

La rabia contenida era una de mis características más destacadas. No me sentía orgullosa de ello, pero era inevitable el odio que existía en mi interior ante mi propio sufrimiento. Estaba cansada de tener que aguantar ser pisoteada, torturada, ridiculizada, tratada como el paño de lágrimas o el saco de boxeo para mitigar las penas. No existía en mí otra posibilidad, si se me dañaba era porque no había habido otra intención desde el principio. Había que reblandecer las paredes del corazón para que cuando se clavase el cuchillo no se rompiese en el intento y perforase la carne desgarrándola.

Aquel odio no me permitía disfrutar de mi nueva relación, en realidad. Sí, sentía cosas por él, pero no tanto como me hubiese permitido sentir en completa libertad. Se había convertido en una pequeña obsesión, pero mi ex, destrozarle, también.

Aún así… las noticias que nos habían revoloteado aquellos últimos días me habían obligado a intentar alejarme a cada rato. Sí, ¿por qué? Porque era el destino quien me haría sufrir si continuaba a su lado. Quizá también porque no sabía tener otro lugar en la relación que si no era el de «la enferma», «a la que había que cuidar de los dos». Era tan malditamente egoísta sin darme cuenta…

Cáncer. El cáncer había aparecido en la vida de Alexander. Suponía que una parte de mí había pensado que intentaba engañarme al igual que lo había hecho aquella rata de alcantarilla tiempo atrás con ese chico muerto en Escocia por un accidente inexistente, porque él mismo ni tan siquiera existía. Si quería deshacerse de mí no entendía porqué no lo había hecho antes sin inventarse algo así.

Además, estaba su amiga. Sí. Esa a la que siempre le contaba todo antes que a mí. Haciéndome creer de esa forma que ella estaba por encima, aunque él me había asegurado que no era así, sino por el dolor que le provocaba tener que contarme algo así a mí. Pero yo no podía creerme ese tipo de cosas. Era insensible a los dolores ajenos. Necesitaba ponerme por encima. Comenzaba a competir en dolor como si fuese la única que sufriese en todo el planeta Tierra.

En mitad de todo ese terremoto apareció él, Damian, como un contacto más, como el clavo al que agarrarme en mi desesperación por ser amada por alguien o por todo el mundo en general. No, no le ponía los cuernos a Alexander de ninguna de las formas, pero con Damian podía evadirme. Con Damian podía seguir metida en ese mundo en el que tan solo existía lo que se escribía, que no había problemas, que no me sentía amenazada, que no pensaba que iba a perder a la persona que quería dejándola escapar la muerte entre mis dedos.

Quería, necesitaba a alguien incondicional. ¿No existía alguien inmortal por allí que me hiciese mirar en un posible futuro donde no estuviese sola? ¿Existía alguien lo bastante ciego para quedarse a mi lado a pesar de todos mis defectos? El grito se quedaba encajado en mi garganta sin salir para no despertar a nadie de mi casa, para no maldecir al cielo por arrebatarme a Alexander de una forma tan cruel estando ambos a kilómetros de distancia, sin posibilidad de tocarnos siquiera.

Estaba furiosa con el mundo, porque mi único momento de paz, la única persona que parecía amarme de verdad volvía a tener defectos y sería la muerte quien lo apartase por completo de mí. No podía permitirme eso, no podía, no quería, tenía que dejarle marchar en toda mi patética locura como un método para resguardar mi corazón. Yo le pondría la etiqueta de fallecido antes de no recibir noticia alguna más de él porque no pudiese contarme nada más.

Era una persona horrible… Y allí, hundida en la cama las lágrimas florecían sabiendo que no tenía otra escapatoria, que no sabía ver otra salida.

2018 / Jun / 30

Aún no podía creerme que él estuviese allí. Lo último que había sabido de él había sido antes de desaparecer. Ni una llamada, ni un correo, ningún mensaje. Había perdido toda la esperanza de poder saber algo de Damian, y… ahí estaba. Siempre buscándome como si fuese yo la que me escapase siempre.

Mis dedos se agarraron a su cabello correspondiéndole el abrazo. Me había quedado en estado de shock. Ahora comenzaba a pensar que todo tenía sentido, que las cosas volvían a sonreírme. Él había sido el primer chico en ser mi amigo, el primer chico que había conocido durante años a través de la pantalla del ordenador y que ahora aparecía frente a mí. Era una sensación muy extraña pues no había pensado poder abrazarle jamás. Siempre creí que nuestra amistad se quedaría entre las pantallas de nuestros ordenadores y que jamás podría ver su rostro en nada que no fuese una fotografía.

Su olor era embriagador. La manera en que su calor me envolvía provocó que mis lágrimas se me saltasen por completo. Era él. Estaba ahí.

— ¿Cómo…?

— Quería darte una sorpresa —musitó dejando un gran beso en mi mejilla.

— Me pillas por los pelos, acabo de regresar de Nueva York —dije antes de mirar por encima de su hombro y comprobar que no venía solo.

Allí estaba ella. ¿Cómo había podido traerla a mi hogar? No la soportaba. Él lo sabía bien. Me importaba bien poco que fuese su novia, aquella visita debía hacerla él solo. Me tensé inmediatamente en sus brazos y él supo porqué era. Era igual que si me leyese la mente. Después de más de cinco años de amistad nos entendíamos a la perfección aunque tuviésemos nuestras discusiones.

— Ha querido venir… —me susurró en el oído.

Los ojos de arpía de aquella morena insoportable me observaron como si fuese el insecto más asqueroso de toda la tierra que había que aplastar cuanto antes. No me costó ningún problema devolverle el gesto de completo asco y necesidad de soltarle a los perros en caso de que los hubiese tenido.

Alta, su cabello moreno deslizándose por sus hombros, una piel más bronceada de lo normal en aquel país y una sonrisa «Profident» casi tan falsa como la bondad que fingía de cara a Damian.

Me separé despacio de mi amigo antes de indicarles que pasasen. No hice amago alguno de desearle buen día ni de regalarle una sonrisa o algo parecido. Era un sujeto hostil en mi hogar y si le abría la puerta era tan solo por mi amigo. Por mí la hubiese dejado pastar como a las vacas fuera, lejos de nosotros.

Ecaterina. La mujer que tantos problemas me había causado con Damian por ser simplemente ella… una bruja, entró detrás de mi amigo para finalmente sentarse en el sofá, en el grande, para estar juntitos sin dejarme un hueco a su lado. Mordí mi lengua para no decirle lo inapropiado que me resultaba eso, pero no quise montar un numerito, no con todo lo que me había pasado en tan poco tiempo.

Me senté en el otro sofá mirándoles a ambos. Ni tan siquiera era capaz de tener buenos modales de anfitriona porque no quería darle nada a aquella arpía asquerosa. Una sonrisa de visible desagrado en mi rostro se terminaba transformando en una de completa sinceridad cuando mis ojos se posaban en mi amigo.

— Así que querías darme una sorpresa —comenté antes de apoyarme hacia el lado que estaba más cerca de mi amigo indicando que ella me importaba más bien poco.

— Sí… sé que he estado desaparecido y que no ha debido ser muy agradable para ti estar sola, pero…

— … estaba conmigo —terminó con aquella voz de bicharraca. Todo el conjunto la acompañaba.

La miré con indiferencia aunque sentí un malestar que tuve que disimular en todo lo posible. Damian me había dejado tirada para ir al consuelo de Ecaterina. No era la primera vez que lo hacía, siempre estaba ella delante de mí y comprendía que fuese a sí si estaba enamorado de ella, pero habían pasado demasiadas cosas entre ambos tiempo atrás que me hicieron creer que no había relación posible entre ellos.

Su brazo se deslizó por el de Damian. Su mejilla se apoyó en su hombro y le miró como corderito degollado provocando que tuviese ganas de vomitar. Era patética. ¿Los hombres realmente caían tan fácilmente en trucos falsos de damisela en apuros y de falsa inocencia? Desvié la mirada asintiendo para finalmente decidir preocuparme por ella de mi forma peculiar, esa que tenía reservada para toda aquella que había intentado hacerme la vida imposible.

— ¿En serio? No me digas que te golpeaste la cabeza y te quedó tan solo una de tus neuronas operativa —imité la cara que ella le había hecho a Damian y a diferencia de lo que pensaba que ocurriese, mi amigo me miró con una cara que fingía ser dura, pero se estaba riendo en el fondo.

— Kyra… —musitó.

Asentí y luego murmuré un casi inaudible «perdón», pues realmente no lo sentía para nada lo que había dicho.

— No. Había estado completamente indispuesta. Como recordarás acabábamos de terminar hacía tan solo un par de meses y bueno…

Alcé una de mis cejas. Me lo esperaba. Esperaba sentir el jarrón de agua fría recorriendo mi columna, haciendo que me estremeciese. Sabía que lo lograría. Esa era la intención de ella desde el principio, atarle de la forma que fuese. Lamentaba el infierno que parecía haber aceptado mi amigo.

— Estás embarazada, supongo —terminé la frase que había dejado inconclusa.

Los ojos de ambos se encontraron con mi expresión de póker. Aunque no me hacía ni la más mínima gracia un bebé siempre era motivo de alegría aunque fuese un pequeño engendro del mal como su madre. Me preguntaba si le molestaría todas las noches para que no pudiese dormir más de una hora seguida.

— Sí. Está embarazada. De… mí —tragó en grueso Damian observándome como si me pidiese perdón por algún motivo que desconocía.

— Enhorabuena, Osito. Espero, con toda sinceridad, que salga igualito que tú —comenté antes de sonreírle con afecto y apoyar mi mano sobre la ajena.

Mientras tanto, Ecaterina me observaba con una mezcla de incomprensión, sorpresa y triunfo. En la batalla que ella había creado entre ambas, se sentía vencedora habiendo asestado el golpe final.

2018 / Jun / 30

Mi solitario hogar me recibió con su silencio acostumbrado. Todo lo que no había sido recogido antes de que me fuese de viaje, permanecía en su sitio. En momentos así, es cuando una se da cuenta del verdadero trabajo que hacían las madres manteniendo impoluta la casa y haciendo que tras cada viaje, tras todas las horas que uno se pasaba lejos del hogar, se encontrase la cama hecha, los libros recogidos, nada de polvo, la ropa en su lugar… ¿cómo éramos tan idiotas de no verlo hasta que no vivíamos solos? Ni tan siquiera nos preguntábamos si ellas estaban cansadas o no. Ahora, en cambio, sí pensábamos en todo eso porque éramos nosotros quienes completamente agotados aún debíamos hacer todas esas tareas del hogar.

Las infravaloradas madres ahora estaban en un completo pedestal para mí.

Me recogí el cabello en una coleta mientras llevaba la maleta hasta la habitación. Era más que evidente que cuanto antes me pusiese manos a la obra antes lograría terminar todo aquello. Regresé al salón, fui hacia la cocina para coger los objetos para la limpieza y después quise invocar a mi madre para recordar de la mejor manera posible qué lecciones me había dado para poder limpiar cada cosa con su producto adecuado. Recordé ese libro que ella había tenido que aprenderse para tener una plaza de trabajo que lamentablemente nunca llegó, para ser una de las mujeres de la limpieza de cualquier lugar en que quisiese mandarle el gobierno. Prácticamente tenías que ser química para entender todas aquellas reacciones químicas que tenían los distintos productos de limpieza con el material del que estaba hecha la superficie a limpiar.

Me remangué y finalmente comencé a ordenar, barrer y quitar el polvo de todos los muebles que había en mi salón. Recordaba a todos los personajes que siempre había visto en series que disfrutaban de la limpieza compulsiva aunque con el disfrute también había un sufrimiento porque si no eran capaz de dejar la casa impoluta, sin gérmenes y perfectamente ordenada podían estar horas y horas sin parar de limpiar.

Esperaba que ninguna de esas personas fuese a mi casa nunca. No por mí. Sabía que me sentiría una verdadera descuidada en comparación con sus dotes de limpieza, pero ellos podrían sufrir un grave ataque de ansiedad solamente con entrar. Algo que a mí me había pasado en la puerta de un aula, como si todo volviese a repetirse si pisaba una de ellas.

Después de dos horas limpiando, me senté en el sofá hecha polvo. El trabajo físico no era lo mío, de ninguna manera. Me quité los zapatos y dejé que mis pies reposasen descalzos sobre la tarima del suelo que había conseguido que terminase de secarse, al menos, en la zona donde yo estaba sentada.

Me estiré ligeramente antes de acurrucarme en el sofá tumbándome de costado. Cogí el mando de la televisión y la encendí para buscar algo que ver, algo que me ayudase a pensar en otra cosa que no fuese mi soledad continua de cara al futuro. Comencé a bajar por todas las opciones de cine y encontré que ponían una película sobre Jane Austen.

Una sonrisa se deslizó casi inmediatamente por mis labios. No tuve que pensarlo demasiado. Puse la película y me abracé al cojín que me hacía las veces de almohada. Allí estaba la esplendorosa Anne Hathaway, protagonista de múltiples historias en las que era la mujer más deseada. Lo que tiene a menudo ser la protagonista de las películas. No obstante, debía reconocer que su Catwoman no me había terminado de convencer del todo, puede que porque ese traje con el pelo largo a mí no me cuadraba ni de broma. Sabía que Catwoman había pasado por todo tipo de etapas, pero mi favorita era esa última en la que su cabello corto era parte de su rebeldía. Era simplemente perfecta. Todo lo que yo hubiese deseado ser.

Me fijé en el galán de la historia. No era otro que James McAvoy, aquel a quien había visto en miles de ocasiones que habían intentado emparejarle con su compañero de reparto en una de esas películas de mutantes que si había visto, había sido solamente por pura curiosidad o por ver a parte del reparto.

Uno de esos ships homosexuales que la gente parecía adorar a pesar de que ambos, incluídos los personajes que interpretaban, eran heterosexuales. No obstante, ¡el mundo es libre! Yo siempre había disfrutado con las imágenes de alguna pareja de una película en concreto y me había inventado también otras parejas que me hubiese encantado ver juntas, pero la vida es diferente y no somos dueños del destino de nuestros ídolos. A menudo, terminaban con sus parejas que no tenían nada que ver con quien uno podía pensar, sin conocerles por supuesto, que casaban a la perfección.

Permanecí mirando la película, añorando ser esa mujer. Yo quería ser una escritora, yo quería remover al mundo con mis historias. Mi imaginación era desbordante en todos los sentidos. Quería, necesitaba, amaba escribir. Sabía que era Anne Hathaway y no era la verdadera Jane Austen, pero no podía evitar sentir ese orgullo al verla trabajar. Ese orgullo fan por la forma en que se inspiraba, dejaba sus palabras fluir. Vivía el sentimiento a pesar de no tener ella su final feliz. ¿Cómo podía existir tanta perfección en el mundo? No obstante, me fascinaba la forma de la vida en aquella época. El papel de la mujer, la vergüenza que simbolizaba que su mente fuese despierta y no fuese un mueble más en la casa, que tuviese independencia económica sin que el motivo fuese su viudez y la riqueza de su difunto marido…

¿Cuántas veces había soñado con una situación en la que de repente llegaba mi príncipe encantador? Cerré mis ojos anhelando que sonase la puerta y justo en ese momento lo hizo. Sorprendida me incorporé pensando que lo había deseado con demasiada intensidad. El timbre volvió a sonar y me levanté temerosa pues no sabía quién podía venir aquel día a verme.

Abrí la puerta y estaba allí, moreno, ojos claros, sonrisa endiabladamente encantadora, cuerpo endiabladamente mortal y uno de esos hombres que no puedes evitar girarte al verle porque tiene ese aire de malo, al estilo Danny Zuko.

— ¿Damian? —pregunté sorprendida sintiendo que la sonrisa volvía a brotar en mi rostro.

— Hola, Osita —musitó antes de abrazarme con todas sus fuerzas.

2018 / Jun / 30

Habíamos bajado del avión. Por suerte las maletas no pesaban demasiado. Había ido a Nueva York por un período de tiempo muy corto. Sin embargo, había hecho bien en ponerme una rebeca antes de salir del avión, porque la temperatura en Inglaterra siempre era infernal. Sentía un frío recorrerme por la columna a pesar de que estuviese acostumbrada a temperaturas muy frías, pero el frío tenía la cualidad de calar hasta los huesos.

Me abracé al brazo que Gustav me ofrecía mientras íbamos entre la gente a alguno de aquellos bares que seguramente sacaban un ojo de la cara a todo iluso que quisiese comprarse algo en ellos. Yo había caído en la adolescencia en comprar sin mirar precios, después me había vuelto igual que mi madre salvo necesidades imperiosas de esas incomprensibles.

No obstante, en aquella ocasión me gastaría el dinero gustosa porque pasaría un rato más con Gustav antes de que finalmente tuviese que regresar al pequeño hogar que me esperaba en Evesham. No era una casa demasiado grande porque mis ingresos no me lo permitían. Yo era como el resto de la población mundial, tenía que trabajar duro y ahorrar durante muchos meses para poder permitirme un capricho. Para mi viaje a Nueva York había ahorrado desde mi primer sueldo.

Llegamos a uno de esos negocios de comida rápida que esperábamos que tuviesen los precios más estandarizados. Gustav, me sacó la silla para que me sentase y me ayudó a acercarme a la mesa. Aquello era exactamente igual que estar en una escena de película, salvo por el restaurante de mucho menos prestigio y nuestras ropas que no eran precisamente de Armani.

— Gracias —le dediqué una sonrisa.

— ¿Qué quieres tomar? —preguntó fingiendo ser el camarero algo que me causó algo de gracia.

— Creo que me tomaré uno de esos helados y una botella de agua. El helado con chocolate siempre me da sed —informé aunque no había necesidad.

— Un helado enorme con chocolate para la señorita y una botella de agua para la sed. ¡Marchando! —comentó con diversión antes de irse hacia las cajas para hacer el pedido.

Me descubrí a mí misma riéndome por aquella gracieta, quizá algo boba. Apoyé mi codo en la mesa y observé a Gustav desde donde estaba como si no hubiese nada más en aquel lugar. Él desprendía luz, la irradiaba como si fuese él mismo un cuerpo celeste creado para iluminar el planeta o quizá, mi propio mundo. Puede que necesitase eso, luz propia para alejar mis sombras, mis fantasmas, mis miedos, mis problemas. ¿Era lo que necesitaba no sentirme indefensa? ¿Realmente estaba indefensa o era tan solo mi necesidad por tener a alguien que me valorase al lado? Sabía que no lo pasaría bien cuando me fuese a Evesham y quizá no volviese a verle hasta mucho tiempo después.

Él regresó con esa sonrisa que solamente parecía mostrar en determinadas situaciones. Me percaté, gracias a tener la mano colocada contra una de mis mejillas, que me había sonrojado porque él me había pillado mirándole. Bajé mi mirada sintiéndome igual que en aquellos años en los que no me permitía mirar a los chicos a los ojos viviendo en mi mundo de ensoñación, para finalmente coger el vasito del helado entre mis dedos y llevar una cucharada a mi boca.

— ¿Pasa algo? ¿Me he manchado o algo así? —pregunté una vez que mi mirada volvió a cruzarse con la suya. Me miraba de una forma que no comprendía. Era como si admirase algo en secreto. Seguramente estaba confundida al leer su manera de mirarme.

— No, no te has manchado —respondió con esa sonrisa impecable suya.

Tras volver a comer otra cucharada de helado, suspiré profundamente. Me sentía de una forma extraña. Sabía que si William no hubiese aparecido en mi vida hubiese visto a aquel chico como el hombre más maravilloso del mundo. Sin embargo, ahora le miraba como aquel chico, mi primer amigo fuera de las pantallas. Era algo difícil de definir.

— ¿Vivirás siempre en Evesham? —preguntó de repente.

Asentí mirándole y luego me quedé algo pensativa. No sabía si sería así, pero por el momento no tenía ningún otro plan. No tenía pensado cambiar aún de vivienda, así que se lo aclararía.

— En realidad, bueno… creo que no tengo motivo alguno para cambiarme de casa. No tengo trabajo en ninguna otra parte, ni tampoco a nadie le interesa demasiado dónde estoy. Además, no puedo dejar solos a mis pacientes.

— Entiendo —su respuesta fue escueta por lo que intenté buscar otro tema de conversación.

— ¿Y tú dónde vas a estar? ¿Permanecerás mucho aquí y luego regresarás a tu hogar o tienes más viajes que hacer?

— Sí, estaré un tiempo aquí y luego me iré a mi casa en Belfast para seguir con mi trabajo y mi estudio teórico, al menos, por el momento.

— Belfast… no te lo he preguntado nunca, pero… ¿es bonito? Nunca he estado allí.

Me contó cómo había llegado hasta aquella ciudad. Me explicó lo diferente que era y el misterio extraño que parecía albergar en su interior. En algunas zonas la historia te envolvía. En otras, en cambio la modernidad y la vida se deslizaba por sus calles como si jamás hubiese pertenecido a otra época. Era igual que sumirse en un caos ordenado que te hacía anhelar aquellos momentos en los que los edificios más antiguos eran nuevos, acababan de construirse.

Pude ver rápidamente su amor por la historia y reí ligeramente por mi propios pensamientos.

— ¿Qué he dicho tan gracioso? —preguntó con una sonrisa, pero visiblemente confundido.

— No, no es nada que hayas dicho. Es que veo en ti ese espíritu de alguien que ama con todas sus fuerzas su profesión. En tu caso la historia es lo que te mueve, te motiva y te hechiza. Si hubiese tenido algún profesor de historia como tú, seguramente me hubiese parecido la historia mucho más interesante hace mucho más tiempo —me encogí de hombros antes de sonrojarme por confesar que no era perfecta en todo, siempre me pasaba aunque sabía que no lo era ni podría serlo nunca.

Su mirada, por alguna razón, era dulce, como si le encantase verme de aquella forma, nerviosa y sonrojada aunque no pudiese decírmelo realmente. Sabía, de sobra, que iba a echar de menos a Gustav si no volvía a verle.