2018 / Jul / 15

La soledad podía ser una amiga o una enemiga. La añoraba en los momentos en que vivía con mi familia y me ponían la cabeza loca básicamente por mi casi nula capacidad de concentración. Sin embargo, en las madrugadas a solas, cuando todos estaban durmiendo, no me resultaba tan atractiva si mi cabeza comenzaba a ganar la batalla sin dejarme pensar hacia otro lugar que no fuese mi autodestrucción de la forma más dolorosa posible.

Ahora que volvía a estar sola en una casa, en un país diferente al natal y que no estaba la presencia de Gustav la casa volvía a echárseme encima. Me preguntaba hasta qué punto podía llegar a necesitar a las personas, hasta de qué manera era dependiente o tenía tantos años de dependencia extrema completamente oprimidos por mi forma de aislarme de la civilización.

No podía ponerme en contacto con Gustav tampoco puesto que desconocía dónde se había ido y fuese donde fuese lo más probable es que no tuviésemos el mismo uso horario. Por suerte había decidido quedarme con Rochester, porque era el único que me hacía compañía en esos momentos entre horas y horas de completa soledad.

Deseaba encontrar un trabajo nuevo para poder hacer algo, lo que fuese, pero dejar a mi mente viajar por tantos mundos e ideas que quisiese ir y que quisiese tener no era para nada recomendable.

Había retomado la lectura de nuevo por puro placer. Sin embargo, las historias románticas no me hacían ningún bien, uno porque no podía vivirlas yo, dos porque notaba la ausencia de Gustav y los momentos de mayor debilidad me sentía como la protagonista viviendo los horrores insufribles del desamor. El patetismo al que llegaba en mi autoalimentación de mi propia compasión incrementaba de forma exponencial cada día.

Me había puesto también en contacto con un agente inmobiliario para que vendiese definitivamente mi casa en Evesham. No creía que pudiese continuar pagándola y menos si no tenía un trabajo al que poder recurrir para ganar más dinero. Por ese motivo, aprovechando que Gustav no estaba en casa había llenado de periódicos y de notas sobre otros posibles empleos para conseguir lo que fuere hasta que me saliese algo de mi campo.

Livia me había estado escribiendo también. Era un verdadero encanto, pero la forma en que ambas nos habíamos sentido conectadas con la otra llegaba a asustarme. Le había aconsejado la posibilidad de ir a un psicólogo que le ayudase en su propia ciudad, pero aún no me había mandado aquel correo en el que me explicase como se veía ella realmente. Temía que no lo hiciese nunca, pero me había prometido que estaba trabajando en ello, así que no tenía porqué negarme a creer algo así.

Durante mis momentos de ocio cinéfilo, había tomado la costumbre de no subir demasiado el volumen y de contarle a Rochester todo lo que pasaba en la película como si él no pudiese entender otro idioma que no fuese mi propia voz, como si nada más tuviese sentido para él. El pequeño, igual que si leyese mi mente, pasaba todo el tiempo posible intentando ayudarme. A veces, incluso, me traía algunos periódicos en mi rutina diaria de examinar las ofertas de trabajo, pero me había dado cuenta que uno de los mayores problemas no era otro que el no acabar de salir de la carrera. ¡Viva la valoración de la experiencia en el sector! Y en los empleos que la valoraban no tenía la suficiente. Era a medio camino entre ser una doctorada con ningún año de experiencia o una casi a punto de jubilarse.

El propio sonido de vibración de mi teléfono logró que me diese casi un ataque al corazón. Estaba tan ensimismada con la historia que se contaba en la película que no me había dado cuenta de la luz encendida del aparatejo. Al ver que no sonaba más supe que tenía que ser un mensaje y fue por ese motivo por lo que casi me abalancé sobre el teléfono porque podía ser algún whatsapp de Gustav, no obstante, la desilusión fue mayúscula al comprobar que había sido una llamada de advertencia de un correo entrante. Por simple curiosidad miré en la notificación quién era, sin entrar en la aplicación y al ver “compra/venta…” por un instante creí que sería algún engañabobos, pero la curiosidad me venció.

Tras incorporarme, abrí el correo esperando que se cargase la pesada interfaz. Cliqué y comprobé que acababan de recibir una buenísima oferta por mi casa. Miré el precio sin poder llegar a creérmelo y pensar en la posibilidad de esos ceros en mi cuenta corriente. Me apresuré a responder en la mayor brevedad buscando no demostrar emoción alguna por la cifra más que generosa y le di a entender que lo aceptaba. ¡Había logrado por fin deshacerme de uno de mis problemas! La Kyra que había dejado Evesham no volvería a echar la vista atrás, no salvo para recordar alguna anécdota. No podía arrepentirme de nada, iba hacia el buen camino, todo era para bien, ¿no?

Sin embargo, por una razón que no quise analizar podía notar un malestar generalizado en mi estómago. Era como si mi cuerpo supiese que algo iba a salir mal, que el futuro volvía a oscurecerse si no tenía a nada que llamar mío en realidad.

Rochester no me dejó pensar demasiado puesto que comenzó a corretear revolviéndose por la casa, así que la película tendría que esperar a más tarde porque mi pequeño tirano quería salir de paseo.

Me miré a mí misma. Un pantalón ancho negro, una camiseta y unas zapatillas, no necesitaba mucho más salvo un abrigo porque el frío ya pegaba lo suyo. Una vez lista, salí del hogar asegurándome de haberme llevado las llaves o me quedaría fuera hasta que algún cerrajero quisiese venir. Todo estaba apagado y perfecto, así que era hora de sacar a Rochester a pasear para que estuviese más tranquilo comprendiendo que por esas razones es por las que siempre me había negado una mascota: en invierno, cuando no tienes ganas de salir, cuando hace un frío del demonio, no tienes que salir para nada salvo que sea una emergencia. Con un angelito de cuatro patas como él, todo era una emergencia, así que el frío ganaría la batalla quitándome el calor corporal, pero debido a la venta de mi casa me dije a mí misma que haría aquel día un poco mejor comprándome un dulce. Era definitivo, mi apetito me perdería.

2018 / Jul / 15

Después de aquella ducha tan completamente atípica, me acurruqué contra su cuerpo una vez hubimos regresado a la cama. Pensé en todo lo que había cambiado en mi vida en tan poco tiempo. Si pensaba la situación con detenimiento era más que imposible que no me abrumase. Sin embargo, tenía que pensar en que esa era mi vida en ese momento. Estaba en una ciudad en la que no hubiese pensado vivir nunca. Estaba con un hombre que ni tan siquiera hubiese imaginado en mis mejores sueños que me amase o que se sintiese atraído por mí de alguna forma.

No tenía muchas ganas de empezar a trabajar, a moverme o lo que fuese. Quería quedarme allí, disfrutar de un día entero metida en la cama. Ser vaga, no quería tener que entregarme al movimiento incesante de la vida.

— ¿Estás bien? —preguntó Gustav bajando la mirada a mi rostro.

Asentí sonriendo abrazándome a la almohada.

— Muy bien —respondí estirándome ligeramente a su lado.

— ¿Seguro?

Reí asintiendo y besé suavemente su mejilla antes de que él me acercase de un rápido movimiento a su cuerpo la distancia que nos separaba.

— ¿Puedo preguntar algo? —dijo fijando su mirada en mis ojos—. ¿Qué somos ahora?

Mordí mi labio inferior al escucharle hacerme esa pregunta de la que no tenía respuesta. La respuesta más satisfactoria para ambos no sería otra que aceptar los términos que imponían qué era una relación, al menos, para los románticos, pero no sabía si todo eso seguía perteneciendo al universo adulto o era pasto de la historia. No obstante, ¿cuándo había sido yo alguien común?

— Deberíamos ser pareja, ¿no? Ya sabes que mi experiencia en el sector es bastante limitada —reí un poco antes de sonrojarme mientras uno de sus dedos parecía deleitarse con el cambio de temperatura en mi piel pálida.

— Así que oficialmente es usted mi novia, ¿no? —rió dejando un beso en mi frente.

— Bueno, no del todo, para ser oficial debería pedírmelo así con pedrusco y todo… Bueno, no, sin pedrusco que eso normalmente es en el matrimonio —bromeé y solté una pequeña risa.

Ambos nos pasamos gran parte del resto de la mañana hablando de diferentes cosas, besándonos a cada rato, igual que si fuésemos adolescentes que acabásemos de descubrir la dulzura cuando alguien es correspondido, pero una parte de mí no podía evitar asustarse de algo. ¿Y si él sentía más cosas que yo? Mis relaciones más largas, a pesar de haber sido por internet, habían sido un infierno para ellos. Había sido realmente insoportable.

Temía hacerle daño también a él. Gustav siempre me había ofrecido todo lo que quisiese entre sus brazos sin tan siquiera darme cuenta de ello. Temía porque él no pudiese ver la oscuridad que realmente bañaba mi alma, mi ser egoísta y desconsiderado, pero por mucho que había intentado hacérselo ver en el pasado, sus ojos ni tan siquiera habían puesto atención, su mente no había mostrado interés por descubrir ese verdadero ser que decía poseer porque él se consideraba con las habilidades lo suficientemente intactas como para no necesitar que yo le guiase en el descubrimiento.

— Dentro de poco tengo que irme —comentó de repente rompiendo toda la magia que pudiese existir en ese momento.

— ¿Dónde? —pregunté sorprendida.

— Anoche, antes de que vinieses a dormir, me mandaron un mensaje informándome de la concesión de un permiso para poder seguir realizando mi investigación en otra parte del mundo —explicó sin darme demasiados detalles.

Sabía lo que significaba que no me los diese, pero también sabía que no era la mejor forma de empezar una relación. Él me había dado muchas cosas, pero la ausencia, sobre todo si desconocía el tiempo que iba a estar fuera, no resultaba una optativa muy atractiva ni para mí ni seguramente para nadie.

Me quedé pensativa unos instantes. No sabía cómo reaccionar de forma que no se leyese en mis rasgos que no me hacía ni la más mínima gracia. Apoyé mi mentón en su hombro y finalmente me giré un poco para quedarme boca abajo intentando de esa forma poder estirar mi espalda, la que hizo un delicioso y doloroso crack en la zona lumbar al volver a tener la curva que debería poseer por naturaleza.

— ¿Cuánto tiempo estarás fuera? —pregunté antes de apoyar mi barbilla en su pecho mirándole a los ojos.

— No lo sé, Kyra… No sé cuanto tiempo puede llevarme. Puede ser un mes, dos… un año… De hecho, hace más o menos un año que hice la petición, antes de conocerte y no pensé que fuesen a concedérmelo —explicó con paciencia mientras sus dedos se deslizaba por la piel de mi espalda expuesta.

Asentí sin saber aún bien cómo reaccionar. Fingir que no me importaba no se lo creería nadie, ni aunque no me conociesen. Tampoco podía montarle un espectáculo porque ninguno de los dos habríamos planeado hace un año que terminaríamos de esa forma, estando juntos. Además, estaba el hecho de que él era, de momento, el único que estaba trayendo dinero a su propia casa. Pensé en que lo mejor que podía hacer para ambos era dedicarme durante su ausencia a encontrar una forma de volver a ser independiente en lo posible.

— ¿Cuándo te vas? —pregunté al fin.

— El fin de semana. Aún tengo cosas que hacer.

Me quedé mirándole y una sonrisa se deslizó en mis labios antes de darle un pequeño beso en los labios.

— Te ayudaré a todo lo que tengas que organizar y espero que así termines cuanto antes y vuelvas pronto —arrugué mi nariz y por mis palabras Gustav volvió a sonreír.

— Lo haré —susurró y besó mi frente con suavidad antes de acurrucarme en su pecho, lo que yo aproveché para permitirme, mientras estuviese escondida entre sus brazos, poner ese rostro que realmente quería escapar. El reflejo del dolor y de mis peores temores todos juntos.

2018 / Jul / 14

Al día siguiente me desperté en sus brazos. Había dormido de maravilla. Podía sentir un ligero dolor en mi intimidad, pero no era prácticamente comparable al producido en mi primera vez. Gustav me miraba con una expresión de completa serenidad y algo me decía que no se acababa de despertar. Seguramente yo tenía que lucir horrorosa y él, a pesar de tener todo el cabello completamente alborotado por la manera en que había tirado de sus mechones mientras él me deleitaba con sus artes aprendidas en el arte de la pasión, estaba arrebatador. Quise imaginarme a mí misma con semejantes pelos y por instinto, intenté taparme la cabeza.

— Buenos días —dijo con la voz ronca. A pesar de llevar tiempo despierto no había hablado con nadie.

— Buenos días —musité refunfuñando ligeramente porque él intentaba quitarme la sábana de encima de la cabeza.

— Estás preciosa —dijo riendo antes de dejar un montón de besos por todo mi rostro.

Negué y después comencé a reír por las cosquillas que me provocaban todas aquellas muestras de cariño.

— Sé que sonará de todo menos romántico, pero… tengo que irme a la ducha porque no aguanto ni un solo segundo más con el sudor en mi piel —comentó casi con vergüenza.

Alcé mis cejas sorprendida de hasta qué punto que llevase tanto tiempo despierto no tenía que ver con nada con respecto a ronquidos míos o algo parecido, sino  con su propia incomodidad con el sudor generado durante la pasión de unas horas antes.

— Oh, claro, yo debería hacerlo también —comenté sintiéndome algo extraña en ese momento porque no tenía ni idea de si eso era lo usual.

De hecho, en mi vez anterior con William, mi única experiencia en el sector, nos habíamos duchado porque al día siguiente había que ir a la universidad, nada más que por eso, pero no sabía si hubiésemos estado mucho tiempo más jugando o algo parecido estando ambos dentro de la cama. Deseché la idea porque el profesor y jugar eran dos cosas que me resultaban completamente incompatibles, aunque quizá con la amante adecuada sí lo hubiese hecho.

Me negué a mí misma poder seguir pensando en él. El único recordatorio que debía tener toda mi vida sobre él era su regalo, mi pequeño Rochester. No podía evitar sentirme como si de alguna forma estuviese traicionando a alguien, pero ¿por qué debería? ¿No tenía derecho a experimentar el amor si tenía la posibilidad de alcanzarlo con la mano? ¿No había tenido sufrimiento de sobra para todas las vidas en las que fuese a reencarnarme en el caso de que fuese real la reencarnación?

Los brazos de Gustav me elevaron de la cama estando completamente desnuda y solté una carcajada por la forma en que parecía haber decidido llevarme a todas partes. Me dejó en el suelo del baño y besó mis labios con dulzura de forma que sentí como se despertaba todo mi cuerpo como si le llenasen de dulces besos en cada milímetro de su extensión.

El agua nos recorrió en poco tiempo más. Él parecía tener el control de la situación cuidando de que no me cayese, que no me escurriese y manteniéndome bien pegada a su ser. Mi cuerpo y el suyo parecían hechos para puzzles diferentes, pero que por alguna extraña casualidad de la vida casaban como si ellos juntos pudiesen ser un puzzle diferente sin necesitar más piezas.

Sus fuertes manos colocaron de un movimiento que parecía tan sencillo como respirar, mis muslos alrededor de su cintura y pude notar en la zona más íntima como su erección golpeaba contra mi sexo como si buscase la forma de entrar nuevamente. Jamás había creído que el libido fuese tan sencillo de disparar. Unos cuantos besos, unas caricias, puede incluso que la imaginación jugase con nosotros mismos para llevarnos a esos estados de pura alteración además de los recuerdos de la situación previamente vivida con ese amante si no era la primera vez que los cuerpos se encontraban bajo aquella pasión que solamente se entiende cuando se ha probado aquella forma de desear la carne contraria y el placer provocado en el arte de pecar.

Habíamos entrado a la ducha con otro propósito, pero nuestros propios instintos o quizá el tiempo que él había tenido que ocultar todo ese deseo, nos habían vuelto a llevar a ese estado salvaje de necesidad. Su miembro entró en mi interior, me agarré a sus hombros y solté un gemido por la sensación de estar nuevamente llena. Sin embargo, la dulzura desapareció poco tiempo después. Las embestidas fueron potentes, certeras. Era igual que recibir una dosis extra de alguna sustancia que me provocaba una subida gloriosa hacia la cima que debía escalar antes de encontrar mi propia liberación.

El sonido del agua se mezcló con el de nuestras caderas en cada momento que se encontraban y su boca atrapó uno de mis pezones endurecidos como si quisiese alimentarse de un lugar del que sabía que no podría salir nada.

Estaba de pie, manteniendo el peso, el control y el impulso en sus piernas. Pensé en todas las amantes que le habrían enseñado a entregarse de esa forma y temí ser la más inexperta de todas y quizá la que menos placer le proporcionase. Debía aprender, debía instruirme en esas artes para que el placer fuese completamente recíproco y como si se me hubiese encendido la bombilla fui consciente que no habíamos tomado preocupaciones de ninguna clase ninguna de las dos veces.

Me recordé a mí misma que tomaba la pastilla anticonceptiva por problemas en los ovarios, pero había más cosas que un posible embarazo que prevenir.

Fue entonces cuando una nueva de sus penetraciones me hizo gritar y perder el hilo de mis pensamientos. Estaba demasiado cerca de la gloria, podía sentirla si estiraba mis dedos. Solamente por el placer de seguir pecando, de morir en pleno éxtasis como unas horas antes, fui lo suficientemente fuerte para mandar todo aquello al fondo de mis pensamientos y permitirme abrazarme a la gloria como si no la hubiese experimentado en mi vida cuando ambos llegamos al orgasmo.

2018 / Jul / 14

Después de la cena, ambos nos habíamos quedado viendo una película. Era de esas películas de miedo que en teoría no deben dar demasiado, pero por alguna razón mi temor se había despertado como si fuese la primera película de ese género que veía y aunque no era así del todo, sí era la primera que veía en mucho tiempo. El cine de terror había avanzado muchísimo. Todo era tan asqueroso como terrorífico. Los efectos especiales daban la sensación de estar viendo cadáveres reales y el miedo psicológico no se quedaba atrás en esta película.

A mitad del largometraje me negué completamente a seguir mirando así que me fui a mi habitación para cambiarme de ropa entre las risas de Gustav quien había decidido quitar la televisión ahora que yo no la veía. Suponía que resultaba demasiado aburrido no tenerme a mí a su lado dando gritos o tapándome en su hombro o pecho a cada rato.

Me lavé los dientes, me recogí el cabello en una coleta y después me metí en la cama. Rochester tenía su propia camita a los pies de la mía, a la altura del suelo para evitar que se cayese aunque en tan pocas semanas había crecido muchísimo.

Esa noche di vueltas, vueltas y vueltas y no solamente por la película, pero tenía miedo, así que con esa excusa de mi parte, fui hasta su habitación. Di pequeños golpes en la puerta con mis nudillos y me encontré su cuerpo sin camiseta metido entre las sábanas. El pequeño pijama que yo llevaba tampoco es que ayudase en mucho a que su mirada no se deslizase por toda mi piel expuesta. Ni tan siquiera el dibujo de la muñequita en la camiseta le paró en su descubrimiento de mi anatomía con bastante menos ropa de lo usual.

— ¿Puedo dormir contigo? —pregunté haciendo una ligera mueca pues me sentía como una niña pequeña.

— Tú sí, pero sabes que Rochester no —admitió antes de levantarse de su propia cama buscando una camiseta que ponerse en deferencia a mí.

Ambos no parecíamos notar las temperaturas del principio del mes de diciembre y ahora, era yo quien no podía evitar mirar cada parte de su anatomía mientras él tardaba lo que parecía un mundo en encontrar una camiseta.

— Puedes dormir sin ella si quieres —me encogí de hombros antes de sentarme en la cama.

Él me miró unos segundos y luego negó conteniendo una pequeña risa. Miré si había alguna foto de su familia allí, pero como las veces que había estado antes para dormir al principio de nuestra relación de compañeros de piso, no había ninguna, por lo que no las escondía si sabía que yo iba a estar allí.

— Acuéstate —dijo mientras terminaba de bajar una camiseta blanca por sus abdominales bien trabajados.

Le hice caso y me acurruqué dentro de la cama poniéndome las sábanas por encima. Él hizo lo propio y me acerqué a su rostro antes de dejar un besito en su nariz.

— Sabía que ibas a hacer eso —comentó.

— ¿Cómo es que lo sabías?

— Siempre sueles arrugar un poco tu propia nariz cuando vas a darme un beso en ella.

— Vaya… sí que pareces haberte dado cuenta de muchas cosas —reí apoyando mi cabeza en la almohada.

— Así es… Me he dado cuenta de lo muchísimo que me gusta cuando te sonrojas como lo harás ahora…

Casi como si mis instintos respondiesen a sus órdenes mis mejillas se tornaron del más intenso carmesí.

—… y cuando te sonrojas siempre estás tan nerviosa que me insultas de alguna forma como “bobo”, “tonto” o algo así que he querido pensar que es tu manera de darme las gracias —continuó mientras dibujaba la forma de mi mejilla con uno de sus dedos simplemente como si disfrutase al sentir el ardor de mi piel bajo la suya.

Estaba sorprendida de lo mucho que se había fijado en esos pequeños detalles y en cómo parecían encantarle cada uno de ellos a medida que los enumeraba. Mi corazón empezó a latir con dificultad y yo misma tuve que contener el deseo que crecía en mi interior.

Sin embargo, él tenía otros planes y con uno de sus brazos me acercó a su cuerpo para que durmiese contra él como había hecho en otras ocasiones. Finalmente, nuestros rostros estaban tan cerca que podía notar su aliento contra mis labios entreabiertos e imaginaba que a él le pasaba lo mismo.

Tragó en grueso. Pude verlo y escucharlo entre el galope de los latidos de mi propio corazón y terminé besando sus labios apoyando mi mano sobre su mejilla perdiéndome de esa forma en el deseo que se iba incrementando a medida que él no cesaba en corresponderlos.

La pasión comenzó a envolvernos. El anhelo estaba preso de cada parte de mi ser. Quería más, deseaba más, pero sabía que si lo hacía todo sería muy diferente y eso me asustaba. Enredé mis dedos en su cabello y poco a poco su cuerpo se puso sobre el mío antes de indicarme con un ligero movimiento de sus caderas con el que tan solo quería ubicarse en la mejor posición, que él también estaba sufriendo los efectos de aquel beso endemoniado.

Me separé de sus labios tan solo para quitarle la camiseta y me deleité con la forma en que sus tersos músculos dibujaban sus formas bajo mis palmas que buscaban acariciarle en su totalidad. Él tampoco tardó demasiado en quitarme la parte de arriba de mi pijama descubriendo que no había ningún tipo de sujetador que le hiciese de obstáculo con mis pechos desnudos.

Me abracé a su cuello y mientras nos deshacíamos entre besos toda la ropa restante desapareció. Gustav, con mucha lentitud, empezó a bajar sus besos por mi cuerpo y esperé a que se parase antes de llegar a las marcas producidas por la subida y bajada de peso que había tenido durante tantos años, pero él comenzó a besarlas con tanta dulzura, con tanto deseo y pasión que ni tan siquiera pensé en otra cosa, simplemente en disfrutar de sus atenciones. Quise que no besase la parte interna de mis muslos, y él accedió a ello, se limitó a recorrerme a besos tan solo donde me resultase tolerable.

Finalmente regresó a mis labios y la comparación con mi primera vez fue más que inevitable. Dos hombres y dos formas de entregarse tan diferentes.

Su dureza entró poco a poco en mi interior logrando que sintiese deseos de gemir, era cuidadoso, pero se había despertado un apetito en mi cuerpo desconocido antes. Él tenía el control, pero la dulzura y el trato apasionado de sus manos recorriéndome lograba una gran vorágine de emociones.

Podía sentir cada milímetro entrar y salir, arqueé mi espalda y grité un poco tan solo por la forma en que él me había tomado entregándome un placer inusitado que me llevó a un orgasmo casi tan placentero como agotador.

No tardé demasiado tiempo en quedarme dormida entre sus brazos. No había algo más de lo que hablar, no por el momento, ya habría tiempo al día siguiente.

2018 / Jul / 14

No recibí respuesta de Livia hasta varias semanas más tarde. Había tomado una nueva rutina en mi vida. Ahora paseaba con Rochester puesto que le tenía que enseñar a que debía realizar sus necesidades en otro lugar de la casa que no fuese la alfombra preferida de Gustav o sus zapatos y desde luego, era uno de los rituales que más me asqueaban a mí misma. Por una razón muy simple no había tenido perros antes y era porque si los tenía, los debía cuidar yo, lo que significaba… tachán tachán… recoger sus regalitos. No había nada que me diese más asco que semejante ritual, pero entendía que él no era como yo. Estaba acostumbrada a hacerlo tan solo en el baño de mi casa, salvo por casos de fuerza mayor, él era como un bebé al que había que enseñarle que no se podía hacer a cualquier hora y que el mundo era su retrete. Asqueroso, pero cierto.

Otra de las cosas que había descubierto en mi nueva rutina de “responsable de otro ser vivo”, es que no tenía precio como sexadora. A duras penas si comprendía la anatomía humana, así que todo lo que se saliese de eso debía ser excesivamente evidente. Solamente esperaba que con el tiempo, Rochester no tuviese que ser bautizado como Rochestera porque tenía toda la pinta que era fácil que me equivocase.

Durante todo ese tiempo había ido a distintos lugares a entregar mi currículum. Había hecho mil veces cuentas esperando no quedarme antes de lo esperado en números rojos y había pensado en todas las posibilidades que tenía para vender mi casa de Evesham. Eso lograría reportarme algo de beneficio, fuese mucho, poco o regular, pero el colchón sería menos escueto que aquel con el que me manejaba ahora. Me daba vergüenza tener que dejar cosas sin pagar de los gastos comunes de la casa por lo que abarataba en lo posible mi parte de gastos y cambiaba de marca en casi todo hasta usar la más barata sin importarme demasiado perder “glamour” o que no hiciesen el mismo efecto.  Pero como la compra no le cuadraba a Gustav cuando yo llegaba de hacerla, siempre había alguna “promoción” por la que me daba algo que consideraba que no era bueno cambiarlo.

Por un lado le agradecía esos gestos porque no me creía ni mucho menos que fuesen promociones, pero por otro lado me hacía sentir mal, ya no solamente por mi independencia económica, sino que no era nada más que una carga para él.

Aún había mucho que hablar entre Gustav y yo, pero había salido por cuestiones laborales, así que aprovecharía el tiempo para responder correos mientras que él volvía a su hogar.

Buenas, Kyra. 

He tardado tanto tiempo en responderte porque estaba enfadada contigo. Sí, sé que me dijiste que lo que me decías no era para que me lo tomase a malas y sé que seguramente fue un fallo mío, pero permíteme decirte que me sonó exactamente igual que si alguien me estuviese regañando en ese momento por no darme cuenta de algo tan obvio. Imaginarás, entonces, que no llevo muy bien equivocarme sea fácil o no la respuesta correcta a una pregunta que nadie formuló. 

Mi obsesión con el perfeccionismo es angustiosa. Ni tan siquiera sé porqué estoy respondiéndote este e-mail puesto que no tenía ninguna intención de hacerlo. Me sentía humillada, señalada… Pero quizá tengas razón. Quizá haya una parte de mí que me está gritando que quiero algo distinto porque sino hubiese terminado ya con todo, sin embargo, ¿cómo se empieza? ¿Cómo se hace realmente un tratamiento que sirva? 

Dime qué es lo que tengo que hacer… Si tuviste razón una vez, puede que no sea la única. 

Su respuesta me animó. Había pasado aquellas semanas temerosa de que hubiese hecho algo que la hubiese llevado hasta una situación sin solución posible.

Buenas, Livia. 

¿Cómo estás? ¿Algo menos enfadada? Reconozco que no me esperaba que reaccionases de otro modo, porque yo misma hubiese reaccionado así también hace mucho tiempo. No obstante, la respuesta a tus siguientes preguntas solamente la tienes tú: esto será como tú quieras que sea. Te lo ofrecí en un principio, la posibilidad de contarme poco a poco lo que quisieses, ¿por qué no empiezas por contarme tu historia? Intenta describirte a ti misma, de todas las formas que quieras o consideres importantes. Quiero saber cómo te ves. Qué concepto tienes de ti misma. 

Gracias por haber respondido. Llevaba todo este tiempo preocupada por ti, pero sé lo que es que te agobien con una respuesta complicada, así que… tómate tu tiempo. 

Un abrazo. 

Justo en ese momento se abrió la puerta. Gustav acababa de llegar con su mochila al hombro y con las cartas en la mano. Miró un sobre sorprendido antes de acercarse a mí para saludarme con una gran sonrisa y un beso en la mejilla.

— Tienes una carta muy elegante —dijo con un ligero tono de burla en la voz.

Fruncí mi ceño con completa incomprensión. Cogí el sobre que me extendía y vi lo que parecía el sobre de una invitación de boda. ¡Un momento! ¿Quién se casaba que quisiese invitarme a mí? Abrí el sobre y la sorpresa fue mayúscula. A pesar de tantos años habiendo dicho que no lo haría, una de mis tías iba a volver a casarse. ¿Lugar de la ceremonia? Por las indicaciones tenía toda la pinta que era en Italia y dado que en pocos sitios se escribía Vía tatatá..

— Es la invitación a un boda —dije con sorpresa mostrándole el sobre—. En unos seis meses más o menos si he calculado bien —me quedé pensativa imaginando el tiempo que haría en esas alturas en el país anfitrión—. Con la suerte que tenemos ese día llueve aunque ya estemos en verano —reí antes de ver que la expresión de Gustav se ensombrecía ligeramente.

— No podré acompañarte, bueno, si me pides que lo haga.

— ¿Y eso?

— En esas fechas suelo estar en yacimientos y cuando dan una oportunidad no es fácil que nos permitan tomarnos un par de días libres —resopló como si realmente le molestase en ese momento el trabajo que tenía.

Negué con diversión antes de encogerme de hombros.

— No he ido a ninguna celebración con pareja o acompañante, por lo que tampoco pasa nada. Otra más.

Volví a meter la invitación en el sobre y cuando mis ojos se encontraron con los de Gustav, él tenía esa mirada intensa que podía llegar a asustar a cualquiera.

— Hablando de… pareja.

Sus palabras me indicaron que el momento había llegado. No había forma alguna de evitar lo inevitable. Él estaba allí dispuesto a hacer finalmente esa pregunta que no me había parado a intentar responderme yo sola previamente.

— Jamás se te ocurra pedirme ser tu pareja de baile… —soltó junto a una carcajada.

Por un momento mi expresión debía ser todo un poema, pero me quitó un gran peso de encima con su broma. Aún así, un deseo de respuesta se había despertado en mí y quería, de la forma que fuese, solucionar esa duda.

2018 / Jul / 14

Durante mi vida había leído mucho. No recordaba momento alguno que no estuviese marcado por mis amigos los libros o la ausencia de ellos. Uno se da cuenta de lo mal que está cuando no puede realizar a gusto sus máximos placeres. La lectura era uno de los míos.

Estuve un tiempo, todo el que mi mente aguantó, sin una dosis de mundos creativos, pero el romance y poco a poco las historias plausibles, reales, de superación, fueron haciéndose hueco en mi biblioteca personal.

Leí Salvaje, de Cheryl Strayed. Me pregunté si todos mis problemas, si toda esa forma de pensar sobre mí misma no solucionarían también realizando algún tipo de aventura semejante. Luego, recapitulé: odiaba los bichos, ir a un lugar sin servicios no estaba dentro de las posibilidades que mi mente pudiese considerar factibles y no era necesario enumerar más. La sola idea de vivir sin un baño no me resultaba apetecible por muy “enriquecedora” que fuera. No dudaba que tendría muchísimas cosas buenas, pero sería inmensamente insoportable para mí. Las comodidades de la vida moderna o la simple cobardía justificada de esa forma, me habían llevado a no realizar un viaje espiritual de ese estilo.

Leyendo la obra había querido ponerme en la piel de esa mujer, pero se me hacía complicado extrapolar su problema al mío puesto que no tenían nada que ver. Su sensación de soledad se basaba básicamente en la pérdida de su madre, la mía, en su lugar, iba más allá. Era ese sentimiento de soledad que se tiene aunque estés rodeado de todos, aunque no te falte nadie, sigues sintiéndote solo, vacío, sin esperanzas. Un sentimiento que no tenía justificación plena comprensible para cualquiera con mi edad. La pérdida de una madre, en cambio, era algo que una persona podía llegar a imaginarse el sufrimiento que se tenía aunque no fuese ni una milésima parte de él.

Mis gustos habían vagado a múltiples temáticas y ahora estaba rodeada de libros de Psicología en los que no me tiraba de los pelos básicamente porque leerlos era mayor sufrimiento. Agradecía que no se tomasen muchas cosas a pies juntillas, porque algunos comentarios, ciertas maneras de describir determinadas situaciones estaban inmensamente marcadas por la sociedad tan escasamente libre que había entonces, además de por el mismo sujeto. Todas las teorías sexuales se me atragantaban en la garganta. Podía comprender que quizá algún caso, dos, podían dar como resultado semejante complejo sexual, pero… ¿absolutamente todos como si cada persona estuviese compuesta de sota, caballo y rey nada más? Si ni tan siquiera saliendo del mismo vientre de la madre salíamos copias exactas (excepto en el caso de los gemelos idénticos), ¿cómo podíamos asegurar que personas con vivencias diferentes, con familias diferentes, con formas de pensar diferentes debido al país en el que residían podían estar cortados por el mismo patrón psicológico? Ese era uno de los males del ser humano, la tendencia a la generalización injustificada aunque solamente se hubiesen conocido dos casos similares. No era muy diferente a cuando tras haber tenido un par de malas experiencias con los hombres, las mujeres clamábamos al cielo por su singularidad e incomprensión asegurando que ninguno merecía la pena. No obstante, no era algo exclusivo del sexo femenino, puesto que los hombres hacían tres cuartas de lo mismo con las mujeres asegurando que todas estábamos cortadas por el mismo patrón, que éramos malas, muy malas. Sin darnos cuenta en ninguno de los dos casos que nuestro predecesor del sexo opuesto y que podía estar escuchándonos con una mueca de preocupación o, incluso, del mismo sexo, también era parte de ese grupo en el que habíamos catalogado a los máximos bastardos de la humanidad.

Sin embargo, a mis manos habían llegado también obras que lograban sacarme del embotamiento en el que me sumían los densos textos psicológicos escritos hace tiempo o no hace tanto, puesto que dependía mucho de la forma en la que alguien fuese capaz de explicar sus teorías de una manera atractiva o usando tecnicismos odiosos que tan solo intentando recordar lo que significaba cada cosa, eras capaz de entender todo el condenado texto.

Me había leído los tres libros de la misma historia que había escrito Jojo Moyes. Y, quizá por razones del destino completamente desconocidas, pero me había emocionado tanto como si algo así debiese darse más a menudo. Me reservaría para mí las sensaciones de la continuación, sin embargo, Antes de ti… ¿no dejaba de ser un príncipe huraño a lo Bestia del cuento de la Bella y la Bestia, que iba dulcificando su carácter gracias a la chica inusual que le abría un mundo de posibilidades que él no esperaba descubrir? En este caso, de una manera mucho más cruel, Jojo nos arrastraba al mundo real donde no termina todo con fueron felices y comieron perdices.

Aquella historia me tocó en lo personal. ¿Por qué? ¿Porque no podría ser que una persona con problemas de Salud Mental sería capaz de tener uno de esos finales felices en los que siempre se les había excluido o ellos mismos se habían excluido por no ser catalogados teóricamente como “normales”?

Fue en ese momento en que me paré a pensar. Pensé qué tipos de historias podían darse en el mundo real. Medité sobre finales felices y me percaté que esa búsqueda de la historia perfecta debería ser eterna y jamás sabíamos qué pasaba treinta años después del final del libro, o quizá nos era más cómodo pensar que los finales felices dejaban un gran sabor de boca y puede, solamente puede que me hubiese dado cuenta que los finales solamente están en las historias y que aún yo estaba escribiendo la mía propia cada día y que no tenía que encontrar el final feliz, sino abrazarme a las páginas del libro, mientras durase, para vivir mi propia aventura, mi propio sueño, darle un buen arco argumental a la protagonista y solamente ella tendría la potestad de escoger qué tipo de historia quería escribir.

2018 / Jul / 14

Querida Livia. 

Mis palabras quizá te suenen fuertes, pero desde ahora mismo quiero decirte que mi intención no es herirte ni dejar de ayudarte, solamente hacerte pensar. 

Si no quieres continuar, si no quieres luchar, si no quieres seguir adelante… ¿por qué me escribirías? ¿Por qué buscarías ayuda? ¿Por qué tendrías en la cabeza que mereces algo diferente? 

Piénsalo. 

Un abrazo. 

Había escrito aquel e-mail y no estaba segura de que la respuesta fuese favorable. Pero había aprendido algo en mi propia reflexión. ¿Serviría de algo que le señale yo todos los porqués por los que debería seguir luchando si ella jamás se daba cuenta de ellos? A veces, los bofetones, por muy amables que fuesen resultaban mucho más dolorosos y violentos, y con ello terminabas dándote cuenta de la verdad que no habías sido capaz de ver en otro momento. Si uno mismo no veía la salida era igual que permanecer toda la vida ciegos por mucho que nos arrastrasen hasta el exterior. Para nosotros la oscuridad seguiría siendo la misma.

Sin embargo, no pude evitar estar pendiente del teléfono a cada instante para ver si había suerte y tenía algún tipo de notificación de ella. Quería hacerle ver lo que estaba haciendo sin darse cuenta, darle valía a aquello que ella se limitaba a obviar.

No había demasiado que nos separase. Durante mucho tiempo habían tenido que ser otros ojos los que se percatasen de mis valías. Por ese motivo me escamaba la idea de no tener posibilidad de ponerle cara a esa otra persona, algo que casi siempre me había pasado en internet cuando se había negado, después de un tiempo, a saber cómo era la persona al otro lado. Y con un tiempo hablaba de un año, dos…

Me preguntaba cuantas personas a lo largo de la historia podían haber pasado por una situación similar a la mía. Seguramente había podido haber tantas posibilidades como tantas personas hubiesen padecido algo parecido. Ni tan siquiera me había planteado que mis circunstancias hubiesen sido las peores, no al menos desde hace muchos años, pero no dejaban de haber sido fastidiosas y haberme condenado una vida que seguía yo manteniendo condenada por culpa de hacer caso a mi mente a quien le había dado el título de dueña y señora de todo mi universo.

Hubiese pasado lo que hubiese pasado Livia no se merecía seguir caminando por un terreno tan pedregoso sin tener alguien que pudiese ayudarle de la mano.

— ¿Qué haces?

La voz de Gustav me sorprendió cuando dejó un beso en mi cuello en el momento que llegó al salón y yo aún estaba dándole vueltas al e-mail que había mandado veinte minutos antes.

Desde aquel beso no habíamos hablado sobre nada amoroso. No sabía si había cosas que se daban por entendidas o no. Tenía esa sensación de que ambos teníamos miedo de decir lo que realmente estaba pasando por si el otro resultaba herido de alguna forma. Gustav en lo emocional. Yo podía terminar herida a los ojos de él, ¿de qué manera? ¿Quizá por sentir lástima cuando le rechazase? Si él tuviese claro que no lo haría se hubiese lanzado antes, pero había soportado todo aquello, aguantaba los pelos de Rochester en lo posible mientras le educaba y lo único que hacía, en cambio, era regalarme un hogar y una sonrisa cada día. No le importaba ser el único que trabajaba si necesitaba tomarme un descanso, solamente… era todo lo que cualquier persona hubiese podido desear.

— Estaba pensando —musité observándole sentarse a mi lado.

— Tú y el verbo pensar no deberíais estar nunca juntos en la misma frase —bromeó antes de quitarme un mechón de mi cabello retirándolo a mi oreja.

— Sabes que eso es casi como pedir que vuelvan a existir los dinosaurios —continué su broma antes de reír un poco cerrando el portátil y colocándolo sobre la mesita de café.

— ¿Qué te aflige? —preguntó mientras me acomodaba nuevamente en el sofá.

— No sé si escogí bien mi profesión si yo puedo ayudar a la gente de la manera que pensaba que podía hacerlo. Es importante la distancia entre el paciente y el profesional, según muchos estudios, pero… no dejo de pensar en ellos como si fuese yo misma, como si eso que les digo es lo que yo hubiese necesitado en ese momento o no —suspiré antes de apoyar mi cabeza en su hombro—. Me dejo comer por las dudas de mis propias inseguridades. Sé que no debo hacerlo, pero es un comportamiento automático en mí y es precisamente por eso por lo que creo que quizá no esté ayudando adecuadamente a la gente, que no lo haya hecho en todo este tiempo.

Soltó un suspiro antes de apoyar su cabeza sobre la mía.

— ¿Sabes la cantidad de veces que yo mismo me he preguntado si no me equivoqué escogiendo la carrera? Demasiadas, Kyra. Pero la razón no es que al final nos damos cuenta que nos hemos confundido, sino ¿estamos haciendo bien dejándolo escapar? Si esa es nuestra pasión, si ese es nuestro deseo, por mucho que cueste, por mucho que haya que luchar contra esa voz que nos dice que no estamos hechos para esto, no significa que debamos claudicar —di un beso sobre mi pelo y luego hice una mueca.

— Lo sé. Eres igual que mi razonamiento más lógico. No sé cómo mandarla callar a esa chismosa que sigue susurrándome maldades al oído.

— No podrás seguramente…

Asentí pues sabía que así era. Tendría que vivir escuchándola, pero no todo lo que se escucha es lo que se termina haciendo y ahí estaba la clave de todo. Pensamientos versus hechos, una lucha encarnizada para intentar convencer a mi mente soñadora con las estadísticas.

2018 / Jul / 14

Kyra. 

Me ha sorprendido mucho la respuesta que me diste. He estado reflexionando. ¿Realmente alguien que ha pasado por lo mismo puede ayudarme? Me da la sensación de que sí, es cierto, podrías comprenderme mejor, pero también me asegura que se puede seguir adelante. El único problema está en si yo quiero seguir adelante o no… 

No pude responder en ese momento porque Gustav me había dicho que íbamos a salir, o a hacer lo que fuese. Y el e-mail de respuesta me iba a llevar mucho tiempo. ¿Cómo explicar tan solo en unos minutos lo que yo sentía y cómo aprendí a ver que hay algo más allá? Sin referirme a la religión, ni mucho menos. Hay momentos en que todos nuestros problemas nos abruman de una forma que solamente encontramos salida en acabar con todo aunque no sea precisamente lo que deseamos. Cuando buscamos ayuda es que queremos otra solución, que nos guíen hacia ella, puede que por el instinto de supervivencia humano, o por el mismo miedo a la muerte, pero no aceptamos tan fácilmente una derrota.

Mi cabeza ya había comenzado a maquinar cómo podía responderle. Las frases iban saliendo solas, pero no podía pararme ahora a ello. Quizá sí hubiese terminado en un par de minutos o me hubiese quedado atascada en una frase sin saber cómo continuar.

Miré la ropa que me había traído y las pocas indicaciones que me había dado no me ayudaban a saber qué podía ponerme y qué no. Terminé poniéndome un conjunto que me permitía aún el tiempo. Un top que parecía más un sujetador deportivo de colores llamativos y finalmente una falda tubo que no me permitiría hacer muchas cosas de agilidad, pero que aquel estampado azul eléctrico y amarillo como si fuesen manchas de pintura daba un aspecto relajado a mi atuendo. Además, tapaba lo que no quería que se viese y dejaba al aire de lo que no me importaba presumir un poquito más. Tenía el pecho grande, era tontería negarlo, así que ¿por qué no empezar a disfrutarlo un poco? Quizá fuese lo único bonito de toda mi anatomía. Eso sí, no me apetecía parecer que iba pidiendo “guerra” a todo el que se me acercase, así que agradecía que Gustav fuese conmigo allá donde quisiese llevarme.

Arreglarse, peinarse, maquillarse… Todo debía hacerlo en tiempo récord. Normalmente no tardaba mucho aunque para las bodas todo era otro cantar.

Terminé pronto, me perfumé con mi esencia favorita de vainilla y vi a Gustav esperándome en el salón vestido bastante informal así que no iba desentonada con él.

— Primero que nada… feliz cumpleaños —dijo con una sonrisa antes de dejar un beso en mi frente para posteriormente apretar mi cuerpo contra el suyo. Siempre hacía eso y debía reconocer que me encantaba.

— Gracias —musité apoyando mi mentón en su pecho regalándole una sonrisa.

— Iba a llevarte a un sitio, pero recordé que tenemos a nuestro amiguito nuevo con nosotros y no podemos dejarle solo, así que… espero que no te importe cenar en la terraza —preguntó encogiéndose ligeramente de hombros a modo de disculpa.

Me giré para ver la terraza que estaba abierta. Había colocado algo que evitaba que si Rochester salía pudiese caerse al vacío. Todo estaba iluminado con velas, con luces como de navidad y tenía un aspecto maravilloso. Jamás nadie había hecho algo así por mí.

Olí entonces a algo más que a la fragancia de Gustav. Él había preparado la cena. Pero en el momento que me percaté del olor solté una pequeña risa.

— Una forma muy fina de comer pizza, sí señor —reí de nuevo provocando la suya propia—. Gracias, Gustav. Jamás me habían preparado algo semejante.

Caminé hasta la mesa y él me ayudó a sentarme de forma caballerosa. Después, cogí a Rochester en brazos que me había seguido hasta allí y esperé de esa forma que no se me escapase para evitar la improbable, pero de alguna forma factible caía de mi cachorro. Le acomodé en mi regazo y después jugué con él antes de que Gustav trajese la pizza que había preparado. Era casera.

Tomé una porción y comenzamos a hablar. Era realmente adorable ver como intentaba lograr que mi cumpleaños fuese mejor que todos los que hubiese vivido en toda mi vida a pesar de no tener allí a mi familia a mi lado. Le conté todo lo que recordaba de otros cumpleaños míos. Preferí centrarme en las anécdotas graciosas familiares que pudiesen resultarle graciosas. No quería estropear el buen clima que él había intentado organizar de una manera tan cuidada.

— Así que, Rochester es tu primer regalo en… ¿seis años? —preguntó sorprendido.

Asentí terminándome la porción de pizza que había dejado sin acabar en el plato.

— En mi familia dejamos de regalarnos cosas entre nosotros por alguna razón desconocida. Fue antes de que mi abuela materna falleciese, pero nos acostumbramos a eso y bueno… solamente si he recibido algún regalo ha sido siempre exterior a mis familiares y casi nunca en mi cumpleaños —negué mirándole.

— ¿Y Navidades y esas cosas?

— ¿Navidades? Las usaba para cambiar algo más caro que me hiciese falta: el móvil, las gafas… ese tipo de cosas. A veces juntaba varios regalos de un año si se iba mucho de presupuesto. Tengo tanta miopía que si no me reducen el cristal se salen de las monturas, así que… —sonreí y le miré haciéndole ver que para mí no era tan terrible, bueno, por lo menos no lo era ahora, antes lo había vivido como una verdadera catástrofe si me paraba a compararme con otras personas de mi edad con más poder adquisitivo.

Hay en edades que eso de “mal de muchos consuelo de tontos” no sirve. Porque cuando intentaba hacer a mi madre razonar sobre ese tema para que lo viese como yo lo había visto en la adolescencia siempre me decía: “¿y de qué le servían todos sus cachivaches si mentalmente estaban igual de enfermos que tú?”. Pero mi madre no lo entendía. Ese razonamiento podía valer con cincuenta años, pero no busques hacer razonar a un adolescente que solamente busca un lugar donde encajar porque se ha pasado la vida teniendo que aceptar el lugar que se le permitía tener, sin cariño, sin respeto, sin verdaderas amistades.

Tras unos segundos, Gustav se levantó y fue a por nuestro postre. Había helado así que lo había puesto en dos cuencos y finalmente me había puesto una vela en el mío con cuidado de que no se derritiese demasiado el helado. Reí un poco al verlo por la vergüenza que siempre me daba y dejé a Rochester correr hacia el interior de la casa donde le esperaba su bol de agua recién lleno.

— Yo… no puedo regalarte gran cosa, pero… bueno… felicidades, Kyra —comentó dándome un pequeño paquete.

Al abrirlo vi un peluche adorable con ojos enormes que había visto en una tienda unas pocas semanas antes y le había comentado a Gustav lo mucho que me gustaba.

— ¿Fuiste a buscarlo? —pregunté sorprendida.

— Lo compré al día siguiente. Lleva tiempo esperando estar en tu poder.

Negué con diversión acariciando el pelito del peluche y después dejé un beso en la punta de la nariz de Gustav antes de soplar la vela sin pedir ningún deseo porque ya tenía todo lo que necesitaba en ese momento.

— La chica que te guste debería quitarse la venda de los ojos, porque debes ser el mejor novio de la historia.

Gustav comenzó a comer el postre sin decir nada. Simplemente se quedó ahí, mirándome entre cucharada y cucharada. No sabía qué había dicho mal.

— ¿Qué ocurre? —fui capaz de preguntar una vez terminado el helado.

Sus labios se acercaron a los míos y me robaron un suave beso que paré rápidamente.

— ¿Qué haces?

— Tú eres la chica que me gusta, Kyra —dijo tras contener el aire—. Sé que te gusta ese idiota de William, pero tú no te mereces que te traten así. No lo mereces.

Sorprendida me quedé mirando el rostro de mi amigo, aquel que había hecho tantas cosas por mí y con el corazón a mil por hora, quizá presa de su dulzura, de aquella noche, de sus palabras o de que yo también había empezado a sentir algo, tomé su rostro y besé sus labios durante unos segundos.

2018 / Jul / 13

Intenté recordar los cumpleaños de mi vida. Tengo pocos recuerdos de mis primeros años si había de ser sincera, pero hacía lo imposible por retener los que habían sido más favorables. Nunca había sabido porqué, pero los malos momentos siempre se habían incrustado en mi memoria con mayor facilidad. Quizá por tendencia habitual de mi propia naturaleza, quizá simplemente por la propia naturaleza humana, quizá como otro método para poder flagelarme y seguir destrozándome internamente de todas las formas que sabía.

Fuera como fuese si hubo buenos cumpleaños, no me acordaba absolutamente de ninguno. Intentaba pensar en alguna ocasión en que hubiese deseado con expectación que llegase el momento de la celebración. Generalmente habían ido a mi casa mis tías aunque durante los primeros años de mi vida también lo habían hecho algunos de mis tíos, algo que sabía por la costumbre que tenía mi padre de servirle una bebida alcohólica a ese tío en concreto antes de que terminase la celebración. Una imprudencia, sí, porque era él quien debía conducir después para llegar a su hogar, pero no dejaba de ser una tradición entre ellos o una intención patriarcal por agradar a su hermano quién era tan aficionado a la bebida como lo había sido mi padre. Había que reconocer que mi madre le había logrado meter en cintura a mi padre en ese hecho. Ella no había querido jamás tener un marido borracho. Fue simple y llanamente un ultimátum que agradeceré a mi madre toda la vida aunque ni tan siquiera pensasen en mi posible existencia. La idea de un padre borracho no se me hacía demasiado atractiva.

Desde el primer recuerdo que tenía soplando las velas me había sentido vergonzosa y ridícula. Había odiado que se me cantase la cancioncilla típica antes de soplarlas, había detestado el aplauso y ser el centro de atención, algo irónico, pues durante mis años de adolescencia no había buscado otra cosa, pero a otros niveles.

En el momento de abrir los regalos la ridiculez había alcanzado el grado más superlativo. En los regalos que más ilusión me hacían, no había ningún tipo de sorpresa puesto que había sido yo misma quien los había pedido antes del cumpleaños. En aquellos que no había pedido ni esperaba, la desilusión solía ser bastante notable por no decir lo mucho que me sentía expuesta, valorada y criticada por todos dependiendo de cuáles fuesen mis gustos, generalmente, musicales.

Después del momento que cambió mi vida por completo, los cumpleaños me resultaban miserables. Me pasaba el tiempo en el ordenador, no hacía caso a nadie, fuese mío o fuese de alguien de mi familia y solía comer lo que iba a buscar a la cocina donde me aislaba unos minutos porque estar tanto tiempo con ellos lograba producirme un colapso nervioso.

La rabia acumulada no ayudaba. Quería lanzar dardos envenenados con comentarios mordaces a cada segundo y el autocontrol no era una de mis actividades favoritas por lo que sentía que al no expulsar aquello que quería decir me estaba envenenando yo sola.

Sabía que a menudo mis respuestas no eran agradables. Nunca me había dado cuenta verdaderamente de ello. Había optado la mayor parte del tiempo por aislarme incluso de mis propios pensamientos y de mi propia moralidad. La rabia había tomado el control por completo como en una batalla en la que siempre estaba defendiéndome ante todos los presentes como si fuese la presa que querían cazar para desgarrarla internamente y ofrecer en sacrificio con sus tripas fuera.

Tras años de aislamiento autoimpuesto en los que no había recibido tampoco ni un intento de acercamiento debido a un deseo por “no molestar” o ese tipo de cosas que piensa la gente para tranquilizar su propia conciencia cuando no saben cómo acercarse a alguien que tiene un problema mental básicamente por el miedo a que termine descuartizándole en la mesa de la cocina, yo misma tuve que intentar un acercamiento que no me resultaba favorable a menudo. Pensaba que sería sencillo, pero me había sentido como una completa extraña en mi propia familia y aún era así. Los momentos en los que tenía que reunirme con ellos no me proporcionaban casi ningún placer previo, aunque alguno esporádico si las cosas marchaban de una manera agradable para todos.

Sabía que a menudo las formas en las que había intentado acercarme a mi familia no habían sido las más idóneas, pero durante mucho tiempo había estado igual de madura emocionalmente que una niña. Era imposible que las cosas no me hubiesen afectado de esa manera en un abrir y cerrar de ojos.

Si recordaba los últimos cumpleaños, todos los había celebrado sola. Habían perdido por completo su atractivo. Llevaba más de seis años sin recibir un solo regalo en esos momentos y ahora, no tenía demasiadas ganas de dejarme llegar por el espíritu de regalar nada cuando era mi propio cumpleaños y sería lo mismo que ir de tiendas sin ocultarle a nadie qué ibas a comprar. Hasta la fecha no había encontrado la forma de hacerme un regalo sin saber previamente lo que era por lo que perdía toda su emoción.

Sin embargo, sabía que si hubiese sido por Damian hubiese estado completamente cubierta de regalos esos días. Él me hubiese regalado todo lo que hubiese querido, pero la distancia entre ambos había hecho bastante complicado poder celebrar esos días tan importantes.

Ahora había recibido mi primer regalo en años. Un perrito con vida propia. Yo me hubiese conformado con un peluche, pero pensé en todo el tiempo que pasaba casi sola a pesar de que Gustav estuviese allí para regalarme alguna que otra sonrisa o permaneciese completamente enterrado entre sus libros y no me pareció tan mal tener un compañero con el que poder reírme o sufrir algunas penas. Siempre dicen que los animales ayudan a pasar las horas. Quizá por eso mismo era por lo que me había costado tanto aceptar que tenía que deshacerme de Rochester y le había terminado poniendo nombre.

Entonces, el sonido de unos nudillos golpeando contra la puerta de mi habitación me sobresaltó.

— ¿Tienes algo que hacer esta noche? —preguntó Gustav con una amplia sonrisa que me indicaba que algo estaba cociendo su cabeza.

— Tan solo ponerme mi mejor pijama e hincharme de helado —me encogí de hombros.

— Pues nada de eso, señorita. Arréglese porque nos vamos por ahí —me guiñó un ojo y después desapareció del cerco de la puerta haciendo que sonriese.

Desde luego éstas eran las partes buenas de tener un compañero de piso.

2018 / Jul / 13

Tenía un perro. Jamás en mi vida había tenido ninguno. Las veces que había podido querer algún tipo de mascota o bien, los perros de la familia de mi padre, perros de caza, me habían quitado las ganas o los gatos que vivían en casa de mi abuela. Nunca había pedido un perro desde los diez años y ahora que ni tan siquiera me planteaba la posibilidad de cuidar de alguien más que de mí misma, él, precisamente él, me había mandado un cachorrito que era realmente adorable, pero que seguramente estaría mejor con alguna otra mujer, hombre o familia, que supiese cómo cuidarle.

Sus ojos azules me miraron fijamente y lanzó un sonidito completamente lastimero que me hizo temer porque estuviese sufriendo de alguna forma.

— ¿Un perro? —preguntó de repente Gustav.

— Quizá lo que más debería sorprenderte es que sepa dónde estoy ahora mismo —le miré alzando una de mis cejas antes de acurrucar al cachorrito contra mi pecho—. No sé cómo se supone que hay que cuidar a un perro. No tengo ni la menor idea —dije más para mí misma.

Gustav me miró unos instantes mientras se lavaba escrupulosamente las manos en la cocina y después regresaba a su plato comiendo con tranquilidad.

— ¿Se va a quedar?

— No lo sé. Es adorable, pero… ¡no he tenido ni un solo pez en mi vida! ¿Cómo voy a cuidar de un perro? Lo más parecido que tuve en mi adolescencia y lo cuidé fatal fue una especie de proyecto biológico en que planté césped y no hacía nada más que secarse, por lo que con mucho enfado, cansada de no saber qué pautas seguir, lo tiré a la basura estando tan seco que casi parecía paja. ¿Cómo crees que le tratarían si le llevo a alguna perrera? —suspiré percatándome de lo suave que era, de la forma tan dulce en la que se movía. Era como un peluche de los míos, pero con vida propia.

El perrito comenzó a revolverse en mi regazo y terminé dejándole corretear con cuidado por la casa aunque podía ver la forma en que Gustav lo miraba. Era igual que ver desaparecer rápidamente su serenidad.

— ¿Te dan miedo los perros? —pregunté al ver que no le quitaba ojo.

— No, mi relación con los animales en general es más complicada —murmuró antes de volver a mirarme—. Animal es igual a suciedad y…

— Te saca de tu zona de confort —terminé su frase antes de regalarle una pequeña sonrisa—. Entonces ayúdame a ver qué puedo hacer con él.

— ¿Dárselo a alguien?

Su propuesta me hizo pensar, pero tras un rato de reflexión terminé negando ante su atenta mirada de incomprensión.

— Nada me asegura que no le terminen abandonando con el paso del tiempo —expliqué soltando un suspiro puesto que la idea de ver a aquel pobre perro indefenso, no me gustaba ni un pelo.

— ¿Una perrera? Allí estará cuidado…

Le miré alzando una de mis cejas y resoplé puesto que no había podido evitar imaginarme uno de aquellos hogares horribles de las películas de dibujos animados de los que huían los pobres animales por temor a sufrir más que otra cosa. No sabía cómo era una perrera en realidad, jamás había estado en una y seguro que tenían mucha mejor pinta, pero eso de tenerles en jaulas… Me recordaba a mi propia experiencia en el hospital. Encerrada en la habitación con curiosos que te miran de vez en cuando por una ventanita. Chasqueé la lengua negándome ante esa posibilidad.

— ¿Y si lo das a alguien que lo adopte y sepa cuidarlo bien?

Entonces, en ese instante, el perrito llegó a mi posición y comenzó a olisquearme uno de los pies antes de darle una pequeña lamida. Reí con diversión porque eso me daba algo de asquito, pero no dejaba de ser un gesto entrañable.

— Osea que te le vas a quedar, es definitivo. Bola de pulgas, la conquistas más fácilmente que yo —dijo Gustav antes de recoger su plato.

Le saqué la lengua a mi amigo y cogí al pequeño entre mis brazos. ¿Podría hacerme cargo de alguien así? No era exactamente igual que un bebé, pero era una criatura indefensa aunque estuviese creada para sobrevivir más fácilmente que un bebé humano en mitad del bosque. Miré los ojos azules del cachorrito y acaricié su pelaje antes de dejarle que se acurrucase en mi regazo buscando mi calor.

— Conquistarme a mí no es tan difícil —reí un poco acariciando el pelaje del perrito.

Gustav finalmente caminó hasta mí y apoyando sus brazos en el respaldo de la silla me miró por encima de mi hombro.

— ¿Y cómo vas a llamar al monstruito? —preguntó finalmente aceptando con resignación que no le quedaría más remedio que acomodarse a tener un animal en casa.

— ¿Qué te parece: Rochester? Vino con un fragmento de ese personaje en la nota y creo que le queda de maravilla —musité al ver como el cachorro evitaba nuestras miradas como si nuestra presencia, aunque no nuestra cercanía, no le permitiese dormir.

— Tiene toda la pinta que será un gran gruñón, así que me parece perfecto —rió Gustav antes de dejar un beso en mi cabello.

Finalmente, miré al perrito que parecía haber encontrado la postura idónea para dormir cerca del calor de mi cuerpo. Por un momento pensé en esa madre a la que le habrían quitado su criatura y esperaba que el dolor animal fuese menos intenso, pero a saber quién sería la madre de aquel pequeño. Era una raza concreta, sí, pero ¿dónde podía haberlo comprado o conseguido el profesor? Ni tan siquiera quería pensar en la posibilidad de algún tipo de tráfico ilegal de cachorros con pedigrí o esas cosas de las que no tenía ni la más mínima idea.

En definitiva había dos cosas nuevas que no iban a cambiar: uno, ahora era casi de manera oficial, la dueña de Rochester; dos, tenía una nueva tarea que añadir a la lista. Debía aprender hasta lo indecible sobre todos los cuidados de un animal. Más de treinta años de ignorancia debían llegar a su fin.