2018 / Jul / 18

Camila Cabello me daba fuerzas con su Crying in the club mientras sacaba el donuts número treinta y siete de su lugar con cuidado de no quemarme los dedos a pesar del guante de cocina. Después, le puse la cobertura de chocolate por encima que me había costado hacer unos pocos minutos, había tenido que repetir en varias ocasiones ese proceso, así que empezaba a aprenderme las cantidades de las recetas.

Cantaba a voz en grito aprovechando que aún no se había abierto la tienda y a Chloe no parecía molestarle. Ella misma se había puesto su propia música y ninguna nos estorbábamos. Eso sí, era bastante divertido llamarnos la atención la una a la otra cuando nos gritaban en el oído a cada rato. Los gestos parecían ser nuestro nuevo idioma.

Habíamos hecho bastantes bandejas de dulces. Tres tartas de cada sabor salvo uno de los más complicados que había decidido dejarlo Chloe para cuando lográsemos terminar al menos una tanda de donuts y metiésemos algunas otras deliciosas porciones de masa para realizar croissants, magdalenas, etc.

Menos mal que había optado por esa ropa cómoda porque con tanto movimiento era igual que si estuviese haciendo ejercicio puro y duro al estilo de carreras de atletismo o de ciclismo.

El olor a dulce hacía tiempo que había despertado mi apetito, pero intentaba pensar en otra cosa mientras continuaba con mi labor. Quería comerme todas las piezas que estábamos sacando. La paciencia con respecto a la comida no era una de mis virtudes, en otros aspectos sí la tenía.

Tras unas dos horas trabajando, me dejó hacer un descanso pequeño entre que terminaban de enfriarse una ronda y fermentaba otra masa. Me quité los auriculares antes de sentarme en una butaca. Me serví leche y cogí uno de los primeros dulces que no habían quedado tan bien sino más tostados de lo habitual. Me había costado mi tiempo cogerle el punto a la temperatura del aceite.

Me comí tranquilamente el dulce, pensando en todo lo que había pasado, en todo lo que seguiría pasando en mi vida y sin encontrar verdaderas salidas. Había perdido por completo la dirección que me había autoimpuesto tiempo atrás. Volvía a estar perdida, pero suponía que era parte de enfrentarse a la vida real. Ese era el mundo que se les presentaba a todos los mortales cuando cogían valor para rendirle batalla y yo no sería ni más ni menos que otro mortal luchando por la supervivencia.

Me vibró el móvil y pude ver que era un mensaje de whatsapp, de Gustav. No sabía si sería bueno que lo leyese en ese momento, pero quizá todo tuviese solución o solamente fuese una despedida más lacrimosa que la anterior.

Buenos días, Kyra. 

Sé… sé que estarás trabajando ahora mismo y quizá sea por ese mismo motivo por el que me anime a escribirte esto. Puede que no me respondas en horas y es lo que necesitaré para poder encontrar algo de fuerzas en todo este camino. 

Lo siento. Siento haberte relegado al olvido y que creyeses que la única solución fuese romper conmigo. Acepto que no fui quien te dije que sería, quien estaría a tu lado siempre, pero mi trabajo no me lo permite. 

Tenías razón, debí pensarlo antes de hacerte tantas promesas. Aunque mis sentimientos nunca fueron inventados. Siempre te amé desde el primer instante en que me di cuenta de ello hasta el último y, si tenemos suerte y algún día el destino nos vuelve a juntar en el mismo lugar, estaré encantado de poder regresar a tu vida, de la manera que sea, mientras tú me lo permitas. 

Te amo. Siempre lo haré.

No tenía fuerzas para responderle, no ahora, al menos. Necesitaba encontrar algo de motivación personal, necesitaba… ¡llorar! Eso era lo que necesitaba. ¿Por qué? Porque como siempre había sido una egoísta que había arruinado todo lo bonito que le había pasado sin importarme que él sufriese, sin importarme que yo misma lo hiciese.

Tenía una especie de pacto interno conmigo misma en el que luchaba para ser a cada segundo más desgraciada aceptando en silencio que no merecía nada bueno y cuando lo encontraba tenía que volver a destruirlo, o lograr que otro lo destrozase por mí.

Chloe se había ido a abrir la tienda. Había suficientes dulces para la primera tanda de venta de la mañana. No obstante, sabía que debía seguir allí y quería escaparme como un pájaro al que sus alas encadenadas no le permiten salir del interior a pesar de tener la puerta abierta de par en par.

Me odié a mí misma, pero el orgullo y mi masoquismo personal habían logrado lo que querían, mi propia infelicidad. Así que, por muchas ganas que tuviese de responderle el mensaje, por el más que incontrolable anhelo por escapar de allí, huir sin mirar atrás que se había instalado en mi pecho; me quedé sentada, terminando de desayunar. Con asco aunque el bollo era delicioso y conteniendo las ganas de vomitar.

No existe mayor enemigo para la felicidad de uno que uno mismo y pese a lo mucho que quería abrazarme a una botella de alcohol, mi instinto de supervivencia y el poco gusto que le tenía a este mismo, me lo impedían.

Sequé la única lágrima chivata que se escapó de mi ojo antes de encontrarme con Chloe mirándome fijamente. Negué haciéndole saber que no podía ni quería hablar de eso ahora mismo. No necesitábamos comunicarnos. A veces, lo único que necesitas es una amiga que comprenda en tus facciones que tu dolor es lo suficientemente fuerte como para no ponerle palabras.

Se acercó a mí para darme un abrazo e intenté no derrumbarme al recibirlo. Me ofrecía el lugar perfecto para acurrucarme y colocarme en el papel de niña pequeña que necesita a su mamá. Pero era una adulta y el dolor podía esperar hasta que tuviese fuerzas para expulsarlo en completa soledad.

2018 / Jul / 18

Las cuatro y media de la mañana dieron demasiado pronto. Mi cuerpo ni tan siquiera se había acostumbrado al abrazo de la cama cuando había tenido que levantarme de nuevo. La conversación con Gustav había sido demasiado intensa, en muchos aspectos, y no quería recordarla, no por el momento.

Me levanté por obligación. Necesitaba ese dinero, tenía que hacer hasta lo imposible por mantenerme también activa, puesto que si uno no se siente útil es fácil que termine bajando su autoestima lo poco que hubiese subido hacia el sitio que le correspondía por excelencia, los tobillos.

Rochester aún dormía y no me extrañaba que lo hiciese. Si yo hubiese podido también me hubiese metido en la cama tan rápido que hubiese parecido Flash. Me restregué los ojos y respiré profundamente. Pedí fuerzas, a quien sea que estuviese en el firmamento, cielo o como se le quisiese llamar, para que así fuese aquel día más fácil de llevar.

No me vestí precisamente para ir a la pasarela, me puse algo cómodo, porque no tenía muchas ganas de ir maravillosa a ninguna parte. Me lavé la cara y decidí no maquillarme en esa ocasión puesto que nadie iba a verme. Yo estaría todo el tiempo en la trastienda con los hornos, así que salvo que quisiese parecerle guapa a todos los bollos que vería aquella mañana, sería maquillaje que tiraría a la basura para nadie.

Me fui a la cocina para prepararme algo de comer, pero no tenía ni pizca de hambre. ¿Quién puede desayunar a las cinco de la madrugada? Me tomé un vaso de agua para quitarme el mal sabor de boca además de la resequedad y por último me lavé los dientes y me perfumé aunque tenía la impresión que terminaría oliendo a dulce al final del día.

Le dejé la suficiente comida a Rochester como para que no tuviese ningún problema y esperaba, en lo posible, venir de vez en cuando durante el día para evitar a tiempo o recoger, alguna de sus trastadas. Además, que no podía dejarle sin sus paseos porque sino me llenaría toda la casa de sus necesidades y esa locura adorablemente matadora con la que se volvía hiperactivo por no salir de casa.

Las calles daban casi tanto miedo recién anochecido que estando a punto de amanecer. Me sorprendía como las ciudades parecían dar otra cara diferente dependiendo de la hora del día a la que se saliese de nuestro escondrijo. No obstante, no tenía más remedio que tragarme las horribles temperaturas invernales de esas horas y esperar que mi cara cogiese algo de color o despejarme por completo por el frío que hacía. Un gran remedio para el sueño, aunque algo me decía que hiciese el tiempo que hiciese antes de las nueve de la noche estaría nuevamente roncando por el cansancio acumulado durante todo el día.

Recordé que me había echado los auriculares y me puse algo de música, algo que me subiese el ánimo, que me hiciese tener energía. Rebusqué en mi cuenta de Spotify y Lady Gaga apareció como si la hubiese estado llamando a gritos. La mayoría de sus canciones tenían mucho ritmo y me dejaría disfrutar de ellas para despertar el medio cerebro que aún no se había conectado.

Applause comenzó a sonar a todo volumen. Me puse a cantar la canción sin importarme si lo hacía demasiado alto o no. Sabía que era tarde, pero a aquellas horas cualquier cosa era demasiado alta puesto que tan solo se tenía el silencio como contrincante.

Y como siempre me pasaba mientras cantaba comencé a bailar andando recordándome a muchos videoclips que había intentado emular durante mucho tiempo. Me preguntaba si había cámaras grabándome, si estaba mal tener que hacerme sentir algo de energía después de lo sucedido, si… pero Gaga me devolvió a su música hipnótica y regresé a mi baile privado, pero abierto a todo aquel que quisiese asomarse a la ventana, algo que no pasaría porque la mayor parte de la civilización estaba durmiendo a esas horas, al menos, en Belfast.

La libertad que sentía era extraordinaria. No había nada que pudiese parar mi momento de desfase salvo que viese a alguien aparecer en ese mismo momento en la misma calle en la que yo estaba.

Creía ser la estrella del pop. Me dejaba llevar por el ritmo indomable y mi mente se imaginaba una ropa diferente, un rostro diferente, todo distinto a lo que era mi reflejo en el espejo. Mi voz sonaba como la de ella puesto que la música estaba lo suficientemente alta en mis oídos como para que solamente la escuchase a ella.

Me pregunté hasta qué punto no vivíamos todos por el aplauso como en la letra de Gaga. No era nada imposible, necesitábamos esa satisfacción personal de ser aplaudidos por todos los demás en lo que hacíamos.

La última repetición del estribillo la canté tan alto como me permitieron mis cuerdas vocales o mi vergüenza, daba palmas en los momentos propicios, me dejaba llevar por el ritmo como si realmente todas esas palmas, ese sonido justo en los momentos exactos fuese producido por más personas que yo misma y la grabación que se reproducía en mis oídos para mi deleite.

Sin embargo, la canción de Perfect Illusion comenzó igual que lo hace un tsunami en mitad del océano. Solamente un terremoto que se termina transformando en gigantescas olas llegando a la costa que era mi cuerpo. Podía sentir su azote y el buen humor desapareció por completo. Era igual que si me estuviese cantando a mí que ninguna historia de amor mía había sido real, que todo habían sido ilusiones perfectas de amores falsos ideadas por un corazón demasiado necesitado y romántico del que se habían aprovechado hasta hacerle tantos pedazos que ni tan siquiera había pensado en la posibilidad de repararlo pues volvería a hacerse añicos.

Finalmente, llegué a mi destino. Golpeé con los nudillos la puerta de la trastienda y cuando Chloe me abrió la puerta cuadré los hombros, sonreí ligeramente y di el mejor “buenos días” falso de mi repertorio.

2018 / Jul / 18

Le miré como aquel que mira un fantasma. Después, el odio devolvió el color a mis mejillas permitiéndome sentir una emoción intensa además de unas tremendas ganas de pegarle un puñetazo o una patada ahí donde más les duele a los hombres. Me giré como si hubiese sido una mala pasada que me hubiese gastado la vista antes de caminar con buen ritmo rumbo hacia mi hogar.

— ¿Me ignora?

Podía escuchar sus pasos detrás de mí. Su persecución no me resultaba agradable. Me estremecí por completo cuando su aroma comenzó a llegar hasta mí. Mis pulmones se embriagaban con su esencia y suspiraban por más, mucho más, como si lo hubiese anhelado durante mucho tiempo. Taciturna ni tan siquiera le contesté.

— Lo hace —dijo con una pequeña risa.

El sonido metálico de algo llegó a mis oídos y pensé que lo más probable es que hubiese encendido otro de aquellos horribles cigarrillos a los que estaba más que enganchado. Rochester, comenzó a ronronear quejándose ligeramente como si también le molestase el humo.

— Ha quedado una buena noche, aunque no sé porqué le han permitido irse sola a su hogar. ¿No teme a los hombres que quieran hacerle algo?

La oscuridad en su voz era tal que se me puso la carne de gallina. Era como si él disfrutase de llenar mi mente de miedos. Quizá su facilidad para mantenerse envuelto entre las sombras era lo que lo hacía mucho más divertido todo para él. Me pregunté hasta qué punto ese ser era malvado y porqué sus misterios eran exactamente igual que ponerme un filete suculento llevando semanas hambrienta.

— Temo a los acosadores que no tienen nada claro su objetivo, como usted —antes de que me diese cuenta había pronunciado aquellas palabras en voz alta de la forma más mordaz antes de arrepentirme.

— Vaya, si habla…

Me paré en seco y me giré para mirarle, simplemente con el deseo de estamparle una bofetada en toda su cara, pero en lugar de tener ese rostro burlón que yo me había imaginado parecía que estaba sufriendo una crisis de ansiedad. Sus ojos estaban desorbitados, angustiados, sus manos temblaban y había un sudor en su frente incomprensible por la temperatura que hacía. Aquella noche de buena no tenía nada, hacía un frío tremendo y agradecía haberme traído un abrigo.

— ¿Qué quiere de mí? Creía que había dejado claro que no teníamos que volver a vernos —comenté alzando una de mis cejas intentando mantener el mal humor por mucho que quisiese abrazarle y acurrucarle entre mis brazos para que pudiese calmarse.

— Quiero… —la pausa fue horriblemente larga mientras se acercaba dando cortos pasos hasta mí—, quiero una cita terapéutica con usted. ¿Sería posible?

¿Me quería de terapeuta? Aquel hombre me estaba volviendo loca con sus incomprensibles cambios de humor y necesidades, pero parecía que lo necesitaba y la masoquista curiosa que habitaba en mi interior no podía permitirse no intentar descubrir qué había escondido en esa mente tenebrosa, oscura, odiosa. Me detestaría toda la vida por aquella decisión, pero aceptaría.

— Ahora mismo tengo otro trabajo en una pastelería por lo que no puedo tratarle en ningún sitio. No tengo consulta ni…

— Eso no es problema. Yo sé de un lugar donde no nos molestará nadie —se llevó el cigarrillo a los labios dando una profunda calada antes de soltar todo el humo por su nariz y su boca formando una pequeña nube blanca angustiosamente maloliente entre nosotros.

— Está bien… Termino de trabajar a las siete de la tarde, así que el día que quiera puede presentarse en El paraíso de los dulces, para recogerme y tener esa consulta, si le viene bien. A mí me da igual y además, imagino que no estará demasiado tiempo en Belfast, por lo que lo dejo completamente a su elección.

Solté un suspiro porque había aceptado algo que no quería una parte de mí. Había regresado a la trampa que me había tejido como si fuese una araña dispuesta a comerme, pues era su presa.

— Ahora, si no le importa, tengo que irme.

No le dejé hablar, simplemente me giré para comenzar a andar lo más deprisa posible. Me costaba respirar y no era por el ritmo que llevaba caminando sino por él, por el verdadero miedo que me daba quedarme a solas en algún lugar con él, por la necesidad palpable en todo mi ser de dejar de sentirme sola. Era como si él pudiese saber lo que estaba ocurriendo y aparecía cuando estaba más débil, más vulnerable, pero no podía permitirle salirse con la suya. No quería, no podía.

Mis ojos se llenaban de lágrimas pues volvía a sentirme como una muñeca con la que estaban jugando, tirando de cada lado hasta que finalmente se rompiese por algún extremo sin importarles el daño que estuviesen haciéndome hasta que finalmente me partiese en dos sin posibilidad alguna de reparación.

Rochester lamió mi mejilla. Él parecía entender absolutamente todo lo que me pasaba. Era mi única compañía en esos momentos. Adorablemente dulce, lastimosamente animal, porque si hubiese podido elegir, hubiese querido tener un humano a mi lado que me diese un abrazo y que pudiese pronunciar las palabras: “tranquila, Kyra, todo estará bien”.

Mi teléfono empezó a vibrar en mi bolso indicándome que estaba recibiendo una llamada. Saqué el móvil como pude de su interior y lo llevé a mi oreja sin tan siquiera ver en la pantalla quien era.

— ¿Si?

— ¿Kyra? ¿Estás bien? —preguntó la voz de Gustav y casi me caí al suelo por la gran vorágine de emociones.

— ¿Eres tú de verdad?

Una pequeña risa llegó a mis oídos. Las lágrimas se me saltaron por instinto, y agradecí que él no pudiese verlas.

— Claro que soy yo. ¿Estás bien? ¿Qué tal te ha ido la cena de trabajo?

Dejé a Rochester en el suelo y sin importarme realmente el frío me senté en lo más parecido a un asiento que encontré.

— Tengo el trabajo. Estoy algo… abrumada, supongo, sobre todo por tu llamada —tuve que mentirle, o al menos, ocultarle parte de la información porque sabía lo mucho que odiaba al profesor y lo fácil que sería que terminase lanzando el teléfono contra la pared más cercana si sabía lo que había pasado.

— ¡Eso es fantástico! Me alegro por ti.

Tras un pequeño silencio me atreví a pronunciar las palabras que más dolían en ese momento.

— Te echo mucho de menos.

Pude escuchar claramente un suspiro y después de unos segundos obtuve su respuesta.

— Y yo también, Kyra. Ni te imaginas cuanto.

2018 / Jul / 17

Servida la cena y decidida a realizar ese trabajo aunque el horario fuese demoledor, comenzamos a hablar en términos más amistosos y personales. Me gustaba la idea de llevarme bien con mi jefa porque pasaría muchas horas entre fogones y sobre todo porque quizá tuviese más paciencia conmigo de esa manera. Había días en que mi mente no era un desastre y cogía las cosas con rapidez, pero había otros momentos en los que estaba muy espasa y ni repitiéndome mil veces las cosas conseguía quedarme con ellas. Era como si tuviese en esos momentos solamente medio cerebro conectado y aquel que tenía que recibir la información y procesarla aún seguía en un estado de hibernación o huelga temporal.

La comida estaba deliciosa. Desconocía qué eran esos platos, pero quizá sería mejor así. Además, agradecía no tener que comer sota, caballo y rey, los tres platos que sabía cocinar día sí y día también. Cuando tenía ánimos probaba a hacer algún plato que había conseguido sonsacarle a mi madre la receta en alguna conversación telefónica y no me había olvidado de traspasarla de mi cabeza al papel antes de que se me olvidase.

— Así que viniste a Belfast para vivir con tu novio, Gustav, pero ¿dónde vivías antes?

— En Evesham, un pueblo de Inglaterra —comenté antes de meterme un poco más de comida en la boca y cuando terminé de masticar continué con mi respuesta—, antes vivía en Moscú, con mi familia.

— ¿Rusia? ¿Eres rusa? —sus ojos se abrieron como platos.

— Sí, ¿por qué?

— Bueno, porque las rusas tienen fama de ser como las nórdicas si no me equivoco, rubias, altas, de ojos azules… —rió como si aquello le divirtiese aunque yo no entendía el chiste.

— Que sea más fácil que haya rubias naturales, no lo niego, vendrá en la genética, pero hay de todo como en todas partes. No es un país de mujeres perfectas ni hombres perfectos, bueno, creo que lo de los hombres está bastante claro teniendo en cuenta la imagen que se tiene, ¿no?

Entrecerré mis ojos unos instantes pensando realmente en esa peculiaridad de la que no me había dado cuenta, pero quizá el hecho de que ninguno de los miembros de mi familia procediese de una familia de generaciones únicamente rusas había llevado a una mezcla en la genética que había dado finalmente la evolución de dos hermanos con el pelo oscuro y una hermana con el pelo tan rubio que parecía teñido. Los caprichos de la genética.

— ¿Tú eres de aquí?

Negó inmediatamente y esperé con paciencia a que terminase de comerse lo que tenía en la boca.

— Soy francesa, mis padres eran ingleses y se mudaron a Francia. Allí nací y luego mi madre se mudó a Belfast cuando se separó de mi padre. Desde entonces vivo aquí con ella y viajo de vez en cuando a ver a mi padre allí, en Toulouse. No es que lo pase de maravilla, pero no tengo más remedio que ir a verle —comentó con pena mientras hacía lo posible porque en su rostro no se demostrase el asco más absoluto.

Pensé en la posibilidad de que estuviese recordando bastantes momentos horribles vividos en su compañía, por eso comprendía que no fuese una visita muy agradable.

— ¿Tu novio suele ir contigo a ver a tu padre?

Negó con una sonrisa.

— La verdad es que no siempre. Depende de su trabajo que pueda acompañarme o no. Ya sabes cómo son los militares… ¿o no?

Intenté recordar si por casualidad conocía algún militar o su rutina, pero era algo que me quedaba bastante lejos. El marido de una tía de mi madre si lo había sido y alguno de sus primos, por consiguiente al tener a su padre militar como ejemplo, pero no, yo no sabía su ritmo de vida, lo único que conocía es que para entrar en los espacios destinados para ellos, academias o algún que otro conjunto de edificios, había que tener invitación expresa y alguien dentro de ese mundo era quien respondía por los civiles que entraban allí con él.

— No, pero supongo que tienen normas más estrictas que en otros trabajos o que van por libre, algo así —arrugué mi nariz sin saber si realmente era así o estaba equivocada en mis pensamientos.

— Sí, algo así… pero me acompaña siempre que puede —se apresuró a añadir.

Me pregunté si se había arrepentido de decir algo que no fuese realmente bueno sobre su pareja, al menos, no bueno del todo. Sin embargo, cuando iba a preguntarle, la puerta se abrió sin que sonase el timbre, por lo que debía ser el otro residente en aquella casa.

Me giré para ver a Michael y éste se quedó sorprendido como si no me esperase, sin embargo, unos segundos después su rostro recobró la compostura igual que cuando te vuelve el recuerdo inmediato de algo que se te había ido de la cabeza hasta encontrarte con el pastel delante de tus narices.

— Buenas noches.

Dejó sus cosas y a la primera que se acercó fue a Chloe para dejar un beso en sus labios, después se presentó y me dio la mano de manera muy educada.

— Encantada —dije tras la presentación que amablemente me hizo mi futura jefa.

Tras unos minutos regresó con un plato repleto del primero que habíamos comido y se sentó al lado de su chica. Me fijé mejor en él. Era evidentemente más alto de Chloe. Tenía una sonrisa amplia, agradable. Pero podía verse a la perfección que no tenía ojos nada más que para la chica de sus sueños y eso hacía que me acordase involuntariamente de Gustav y de la manera en la que me miraba. Esa era la misma mirada que me dirigió todos los días desde que pareció sentir algo por mí, una mirada que no había notado cómo había cambiado con el paso del tiempo y que echaba tan horriblemente de menos que la congoja se abrazaba con fuerza a mi pecho haciéndome mucho daño.

Michael resultó ser un chico muy agradable. Por lo que Chloe me había contado de su cuñada y de su suegra pensaba que mucho tenía que cambiar él en comparación, porque sino sería más que insoportable, y no me había confundido. Seguramente tendría sus cosas, como todos, pero parecía comportarse, al menos delante de mí, tal y como mi futura jefa se merecía.

— ¿Quieres postre, un café o algún licor?

La voz de Chloe me sacó de mi ensimismamiento y negué. Estaba completamente llena.

— Oh, no… si como algo más o bebo, explotaré —solté una carcajada seguida de las suyas.

Tuvimos una pequeña sobremesa y finalmente me rehusé a que ninguno de los dos me acompañase a casa por lo cerca que estaba. Ninguno se quedó conforme, pero no nos conocíamos lo suficiente como para que me tomasen por el pito del sereno e hiciesen lo que a ellos les viniese en gana, por eso pude salirme con la mía y recogiendo a Rochester que ya había comido gracias a la amabilidad de Chloe, nos fuimos a bajar la cena, pero el pequeño no parecía tener gana alguna de dar muchos pasos, por lo que tuve que cogerle en brazos, una tarea que no comenzaba a ser sencilla. Crecía a un ritmo exponencial.

— Señorita Mijáilova…

Su voz me heló la sangre. ¿Llevaba allí todas esas horas? Mis ojos se encontraron con su figura y perdí todo el color de mi rostro. William Verdoux, de nuevo.

 

2018 / Jul / 17

La puerta se abrió mostrándome a una Chloe con unos pantalones y un jersey singular. Para causar buena impresión yo había escogido un traje negro, con una chaqueta que tenía la solapa algo más brillante que el resto de la tela. Lo había combinado con una blusa vaporosa, color perla que me quedaba ligeramente abolsada, pero que esperaba que diese una primera impresión elegante en el tema de la petición de trabajo. Me gustaba ser, en lo posible, profesional. Mi seriedad no mezclaba bien con la forma de vestir que había escogido Chloe, mucho más relajada.

— ¿Estás bien? —la sonrisa de Chloe se había desvanecido como si hubiese podido leer claramente en mis facciones que algo me había alterado al llegar allí.

Me obligué a mí misma a asentir y ella me dejó pasar dentro sin pronunciar nueva palabra sobre el tema como si hubiese entendido que no quería hablar de ello.

— Me temo que tendremos que empezar la cena solas. Michael no ha llegado todavía y no sé cuanto vaya a tardar, pero eso nos puede dar tiempo a nosotras para hablar tranquilamente sobre el trabajo. Ya sabes, a fin de cuentas el negocio es mío y la que mando soy yo. No necesitamos a nadie más para hablar de ese tipo de cosas —me guiñó el ojo y luego se inclinó para acariciar a Rochester que se había quedado muy cerca de mi pie buscando en lo posible relajar mi alteración personal con su presencia. Él parecía intuirlo ya con tan solo mirarme.

— Me parece genial —asentí para darle énfasis a mi afirmación regresando finalmente a la realidad.

— ¿Quieres algo de beber? —preguntó antes de incorporarse.

— ¿Tienes un refresco sin burbujas?

Se quedó pensativa y tras alzar uno de sus dedos se fue rápidamente a la cocina. Imaginé que sería para comprobar si tenía uno o por el contrario debía mirar algo de la cena que se estaría terminando de hacer y que olía de maravilla.

Aproveché esos momentos para observar a mi alrededor. El piso era más o menos del tamaño en el que yo vivía, pero la decoración era muy diferente. Mientras nuestro piso gritaba Gustav por los cuatro costados, el suyo tenía el especial estilo de Chloe por todas partes mezclado con alguna que otra cosa que indicaba que su novio vivía con ella, pero que o bien no le gustaba la decoración, o pasaba excesivamente poco tiempo a su lado. Me imaginé lo que debía ser algo así de manera constante. A duras penas si yo podía soportar estar separada de Gustav como para que se volviese algo permanente. ¿Era fácil mantener una relación así? Solamente con pensar en ello se me revolvía el estómago.

Había dos sofás y un sillón. Algunos de los muebles parecían antiguos, aunque reformados y por curiosidad latente, me incliné sobre algunas de las fotografías para ver quién salía en ellas. Chloe estaba en algunas más pequeña, en otras abrazada a alguien que parecía ser su novio porque no muy lejos, en otro marco, había una fotografía en la que ambos estaban besándose. Mordí mi labio inferior casi por la envidia que me daban por tener un momento tan adorable como aquel inmortalizado para siempre.

— Tengo este refresco sin burbujas de naranja, ¿te gusta?

Me incorporé como si hubiese sido sorprendida haciendo una maldad y asentí al comprobar que la lata era exactamente igual a la marca que tanto me gustaba.

— Gracias.

— De nada. ¿Has visto? Ese es mi novio Michael, y toda esta es mi familia y esa parte de las fotografías es la suya. Esa de ahí es su hermana, nos ha dejado alquilar este piso, pero es tan amable que, a menudo, nos amenaza con sacarnos de aquí a patadas. Aunque desde luego la que se lleva la palma es mi suegra. Si le miras la cara te darás cuenta que puede hacerte la vida insoportable solamente con su presencia —el tono misterioso que había puesto a su voz casi me heló la sangre, pero rápidamente ambas nos echamos a reír disminuyendo la tensión del momento aunque sus palabras hubiesen sido verdad.

Abrí la lata y di un trago al líquido anaranjado y sonreí puesto que siempre me ponía de buen humor aunque su excesiva cantidad de azúcar me saludaría por la noche recordándome que podía beberlo cada mucho tiempo, porque el ardor de estómago era carne de cañón cuando tomaba más de una cantidad determinada.

— ¿Dónde vives tú, Kyra?

— Vivo con mi… Rochester. Vivo en la casa de mi novio, pero anda en viajes de trabajo y no me está siendo muy agradable la espera —me encogí de hombros.

Ella resopló y se sentó a mi lado en el sofá invitándome a que hiciese lo mismo. Cuando lo hube hecho teniendo cuidado de no pringarme la blusa con el refresco, Chloe se quedó mirándome unos segundos antes de hacer una mueca.

— No es nada fácil estar mucho tiempo sola. Pero lo principal es entender si crees que merece la pena o no estás en la posibilidad de tener una relación más tiempo a distancia que juntos.

Su consejo caló hondo en mí. Era lo que me había estado susurrando una vocecilla interna y tenía que pensar si realmente podía ser la chica que él quería que fuese, la que había conocido si mi vida giraba solamente en torno a su presencia o no. Puede que no estuviese lista aún para ningún tipo de relación. Puede que para mi carácter inmaduro hubiese sido todo esto demasiado pronto, pero causarle dolor no me hacía gracia, ni tampoco saber que yo misma sufriría por perderle.

— Supongo que las relaciones nunca son sencillas.

— Ni mucho menos, Kyra. Son horribles, pero merecen la pena.

Tras terminarme el refresco casi en dos tragos porque debido al altercado previo se me había quedado la boca seca, el ánimo me subió. El efecto del azúcar y dibujando una nueva sonrisa en mis labios dejé que ella comenzase a explicarme los por menores del que sería mi nuevo trabajo si podía amoldarme a las exigencias del sector.

2018 / Jul / 17

Me había arreglado para ir a la cena a la que Chloe me había invitado. Esperaba tener la suerte de que aquel nuevo empleo fuese lo suficientemente agradable para que no me costase realizarlo, sin embargo, aunque fuese vaga por naturaleza y me costase levantarme de la cama tenía que hacer lo posible por evitar perder la única posibilidad de no volverme loca por mi inexistente comunicación con el mundo exterior. Rochester me ayudaba con sus paseos diarios, pero en la conversación no podía hacer gran cosa porque aunque quisiese responderme lo único que le salía era un ladrido o un sonido adorable, pero que no me daba la respuesta a mi pregunta.

Le mandé un whatsapp a Gustav haciéndole saber que si me llamaba no estaría en casa y que sería probable que no pudiese cogerlo porque estaría en una cena para lograr conseguir un nuevo empleo. De todos modos llevábamos un par de días sin hablar y no era nada agradable contar con alguien con quien realmente no podías contar, aunque suponía que yo misma era demasiado exigente. Si echaba la vista atrás recordaba que siempre había pedido una persona que pudiese tener conmigo las veinticuatro horas. No existía ninguna posibilidad de que una relación así existiese y si lo hacía no fuese completamente enfermiza.

Salí de la casa con Rochester porque no me acostumbraba a dejarle solo y porque Chloe tampoco me había puesto ningún problema para que le llevase. Era igual que una madre con su bebé, tenía que poder verle a cada segundo y quizá mi propio deseo de ser madre estaban consiguiendo ser calmado por tener a alguien que cuidar. Aunque si algo no me acostumbraba era a todos los pelos extra que había en mi hogar.

Con el móvil dentro de mi bolso y las llaves en la mano salí de mi casa después de haberme asegurado que no me dejaba nada encendido.

No había demasiada distancia hasta la casa de Chloe por lo que me dije a mí misma que lo mejor que podía hacer era caminar y así mi paseíto diario lo tenía asegurado. Rochester parecía encantado por ello y llenísimo de energía por lo que de ese modo quizá pudiese desfogar un poco para dormir tranquilo después por la noche.

Durante mi paseo hacia el hogar de Chloe pasé delante del hotel donde el profesor había realizado aquel acto incomprensible dejando escapar a su ser más destructivo y agresivo. Y aunque me obligaba a odiarle no podía sentirme igual que Sherlock Holmes frente a un gran misterio que tenía todas las posibilidades de ser una nueva trampa de Moriarty, pero ¿cómo negar al ingenio a caer en semejante tentación? ¿Quién sería yo si no aceptase someterme a su tortura?

Mis ojos buscaron su figura casi por instinto en alguna de las ventanas de la fachada y cuando llegué a la segunda planta pude verle, igual que si estuviese esperándome. Su perfil serio, sus facciones duras, su mirada escrutadora, sus dedos agarrados a las cortinas como si fuesen los de una garra mientras permanecía allí contemplando al hombre que podía arrebatarme por completo la cordura.

Con fuerza de voluntad, sin saber dónde se había metido mi corazón pues hacía un minuto que no latía, me giré casi como autómata hacia el lugar donde me esperaban mientras mi mente, en cambio, subía las escaleras de dos en dos, le gritaba improperios en todas las lenguas que dominaba y le golpeaba en el pecho, en el rostro, en todas partes donde me permitiese la rabia por jugar conmigo en tantas ocasiones para presentarse finalmente como la víctima de una historia que él había impedido que llegase a otro nivel.

Cuando me hube alejado lo suficiente de aquel edificio volví a notar mi corazón. Era como si hubiese huido de mi propio pecho. El dolor por los golpeteos era realmente insoportable. La impotencia por no saber qué podía hacer, por no querer montarle el espectáculo que se merecía estaba a punto de conseguir que llorase. No, no podía permitírmelo, me había obligado a mí misma a que ese hombre no volviese a tener más control sobre mí, no siguiese jugando con los sentimientos que había pisoteado en tantas ocasiones y puede que la ausencia de Gustav fuese lo que me estuviese haciendo aún más vulnerable a él. Podía sentir esa fuerza extraña, esa curiosidad innata pidiendo regresar, hacer lo que mi mente había deseado y después descubrir cada misterio de su mente oscura.

No mires atrás, fue el único consejo que pude dar a mi cabeza.

Tras un paseo que hubiese sido más corto si no hubiese sentido aquella fuerza empujarme hacia atrás, estaba frente al edificio donde vivían Chloe y su pareja. No recordaba el nombre de él si es que me lo había dicho. Y cuando logré calmar mi cabeza fue cuando llamé al timbre de su piso.

— ¿Si?

— Soy yo, Kyra —contesté a la dulce voz de mi futura jefa.

— ¡Kyra! ¡Ya mismo te abro!

Una sonrisa fue inevitable. ¿A quién no le ocurriría cuando siente que es bien recibido y esperado con alegría en algún sitio? Chloe tenía esa capacidad. Me hacía sentir como si cada cosa que dijese fuese importante, como si solamente mi presencia lo fuese y siendo realista, eso no se lograba encontrar en todas partes pues la sociedad comenzaba a degenerar bastante.

Cuando me abrió la puerta, entré en el portal y dejé que Rochester entrase justo antes de cerrar la puerta. Mi mirada se alzó y por medio segundo vio al otro lado de esta al profesor, jadeante, como si hubiese estado corriendo, como si hubiese querido alcanzarme. El sonrojo y la ira invadieron mis mejillas y mi cuerpo, pero a pesar de quedarme unos segundos mirando su figura suplicante, simplemente me giré sobre mí misma, me metí en el ascensor y dejé que el aire volviese a mis pulmones de la misma forma que alguien te devolvería a la consciencia dándote golpes en las mejillas cada vez más fuerte por el desespero y aunque hubieses conseguido despertar, el último cachete fuerte y doloroso lo sentías de manera gratuita.

Me apoyé en la pared del habitáculo y me obligué a respirar, a no sentirme acosada por él, a no creer en una mínima esperanza del inexistente amor que me había mostrado en otras ocasiones. Sin embargo, estaba empezando a derrumbarme, estaba comenzando a sentir que me encontraría allí donde fuese para hacerme caer en la tentación a la que quería volver como una masoquista necesitada de puro dolor.

Sequé una lágrima que había comenzado a recorrer mi mejilla derecha y salí cuando llegó el ascensor al piso de destino. Respiré profundamente y me enfoqué en lo que había venido a hacer. Tenía que conseguir ese puesto y el resto… el resto podía esperar.

2018 / Jul / 17

Buenas, Livia. 

Tanto que se podría decir de tu e-mail que no daría ni tan siquiera el número de caracteres necesarios si es que esto tiene un máximo de ellos. Espero que no. 

Primero, gracias por confiarme algo tan importante, por dejarme entrar un poco en tu mente y cada cosa que pase por ella puede ser necesario saberla, corazón, así que jamás te pongas barreras. Lo mejor que puedes hacer es permitir a tus ideas fluir, de la forma que mejor puedas, y más si son tus propios sentimientos los que están pidiendo salir al exterior en busca de algo de comprensión pues ellos mismos parecen no entender en ocasiones que sea normal su propia respuesta. 

El bullying, lamentablemente, no fue algo que se empezase a tener en cuenta hasta hace relativamente poco. Pienso, que la gente creía que como son “cosas de niños” no había que meterse, pero precisamente por ser cosas de niños había que hacerlo. La infancia es la época crucial. Somos como esponjas que aprendemos a funcionar de una determinada manera. He de presuponer que tus kilos de más no han debido ayudarte demasiado en el colegio. Y dado que los niños son lo suficientemente crueles como para destrozar la moral de otros niños por sus más mínimos “fallos” o por salirse de lo estipulado, comprendo que puedas tener esa obsesión por tu cuerpo. Pero, ¿crees realmente que no puedes cambiar nada? Claro que puedes hacerlo. Todo el mundo puede adelgazar y aunque estés cerca de los cien kilos no creo que sea para nada necesario una operación de reducción de estómago y esas cosas. No dejes que si vayas a un médico te convenza de algo tan peligroso, porque una operación tiene que ser el último paso. Hay que intentar todo lo demás. Por ejemplo, ¿te mueves? ¿Haces ejercicio con regularidad? Porque es fácil que de no ser así todo lo que comes, todo te lo quedas porque no quemas absolutamente nada. 

Créeme, si te pasa lo mismo que me pasaba a mí habrás odiado todo lo que te he dicho sobre el peso en el párrafo anterior, pero no hay otra solución. Yo también pesaba prácticamente lo mismo que tú y por fuerza de voluntad además de obligarme a mí misma a hacer ejercicio es como conseguí empezar a bajar esos kilos de más que tanto odiaba. 

Sin embargo, cabe preguntarnos algo. ¿Odias tu cuerpo porque realmente a ti no te gusta o por imposición externa? Verás, por mucho que creamos que no, la sociedad tiene mucha fuerza en nosotros. Imagino que habrás escuchado el término “presión de grupo”. Esa presión puede transformarse en una obsesión por conseguir encajar y no recibir rechazo de los demás. Incluso, puede llegar un punto en que hayas interiorizado tanto este hecho que no sepas si realmente tú odias tu cuerpo o lo odias por culpa de aquello que los demás te decían sobre él. En mi caso, no sabía diferenciarlo. 

Si tú tienes la posibilidad de separarte de eso, aunque costará. Piensa si realmente una mujer tiene que ser como las modelos que salen en la pasarela. Piensa también si la imagen lo es todo. ¿Crees que una persona por ser delgada o por ser más gorda es más o menos inteligente? ¿Tiene más o menos problemas? De ser así, quiero que pienses entonces en todas esas pobres chicas que terminan cediendo a la bulimia o la anorexia por verse demasiado gordas, por no ser igual que esas modelos y como finalmente el objetivo se vuelve enfermizo porque no es suficiente con estar delgada, necesitan tener piel y huesos únicamente y aún así llegan a ver reservas de grasas porque tienen la vista distorsionada pensando que pesan esos cien kilos de los que tú ahora te estás quejando. De hecho, muchas de ellas ni tan siquiera llegaban a los setenta kilos, pero “la presión de grupo”, un simple insulto de alguien, o una propaganda engañosa puede hacer mucho mal en determinadas épocas de la vida donde somos más vulnerables en nuestro desarrollo. 

En cuanto al vello… ¡bienvenida al club! Debe ser algún tema biológico lo que nos lleva a tener más pelo que otras mujeres, sí, pero ¡no te confundas! Generalmente las personas en las que nos fijamos son famosas que tienen un equipo de esteticiens importante que no las dejan salir con un solo pelo en ninguna parte de su cuerpo y aún así, hay fallos. Hay algunas famosas que han perdido la imagen de perfectas por hacer algo que seguramente habremos hecho la mayoría de las mujeres: ir con las axilas sin poder depilar aún porque el vello no es lo suficientemente largo como para hacerlo con la cera y… ¡pum! los fotógrafos captan el momento porque como son seres humanos se olvidan de que no tienen que levantar los brazos para saludar a sus fans. 

La cera es un invento maravilloso para aquellas que no tienen el vello que parece que ha echado raíces en lo más recóndito de su ser. Existen otras posibilidades, seguramente más tediosas y que funcionarán solamente en el caso de que puedas mantener una constancia. Por ejemplo, la cuchilla, aunque hay que tener cuidado, es un método indoloro. Solamente corta el pelo, nada más, pero eso sí, tienes que tener paciencia y asegurarte que no se te escapa ni uno. Hay ocasiones en las que en la parte del gemelo o detrás del muslo no vemos bien una zona y dejamos un pequeño matorral de pelo. ¡No te preocupes! Intenta tener a alguien de confianza que no le importe ayudarte en esa tarea.

Pero, hay técnicas mucho más novedosas. No te dejes engañar por esas ceras supuestamente indoloras que quitan el pelo sin que sientas ni un mínimo dolor. Salvo que vengan con anestesia incorporada eso es más que imposible. Aunque, ahí está una solución más definitiva. Te puedes hacer la depilación láser. Eso sí, que no te cuenten milongas porque duele. Dependiendo de la zona que te estén quitando, lo sensible que seas, lo fuerte que tengan que poner el láser… Todo eso influye y doy fé de que puede doler bastante. Cuando yo me la hacía en las piernas me temblaban tanto por el dolor en algunas zonas que me decían si estaba nerviosa. Me daban ganas de recordarle que se siente clavándoles pequeños alfileres en lugares estratégicos para compartir el fantástico dolor supuestamente “indoloro”. Aún así tiene sus ventajas. Dura más tiempo y si te lo haces en un centro de estética puede llegar a ser permanente. Por lo que, ¡te olvidarás del vello para siempre! Piénsalo, no cuesta nada intentarlo, pero tienes que estar segura de poder hacerlo porque aunque ahora son más económicas, siguen costando lo suyo. 

El tema de las gafas. Las gafas es un mal menor que muchos deben padecer. Ahora, en la época de las nuevas tecnologías es prácticamente imposible que alguien no termine teniendo algún problema visual porque nos pasamos muchísimas horas mirando una pantalla con una luz que le está mandando al cerebro constantes estímulos. Por otro lado, hay veces que nuestra postura a la hora de leer o simplemente por genética, nuestros ojos nos regalan una maravillosa noticia: tienes que usar un cristal que te ayude a enfocar lo que tu ojo ha dejado de hacer por naturaleza propia. 

Aunque, te animo a que disfrutes de ellas. Como tú misma has dicho, las gafas son un elemento en la moda que llegan a usar solamente por dar un estilo a su conjunto. ¿Por qué no puedes hacer lo mismo tú por mucho que las necesites? La única que puede lucirlas con orgullo eres tú misma. ¡Aprovecha los nuevos modelos! Y si en un futuro sigues con la idea de detestarlas, entonces puedes ver la posibilidad de realizarte la cirugía láser ocular. Pidiendo información y precio es suficiente. Después la decisión es toda tuya. 

Pasemos al tema de tu forma de ser. Me he dado cuenta que te fijas tanto en tu físico que ni tan siquiera analizas en profundidad quién eres realmente. Lo único que sé es que te sientes inservible y que no sabes hacer nada lo suficientemente bien como para destacar en ello. Pero, ¿realmente no hay nada que se te dé bien? ¿No algo que disfrutes haciendo o que sin disfrutarlo los resultados sean más o menos satisfactorios a tus ojos? Hay en ocasiones que pensamos que solamente un pintor puede ser Velázquez, Picasso, Van Gogh… Que ellos pasasen a la historia no significa que fuesen únicos y extraordinarios en sus propios momentos. Dado que eres española te comentaré sobre Cervantes, ¿qué fue lo que le pasó? Prácticamente se murió comiéndose los codos, sin tener ni una sola moneda de más. ¿Qué ocurrió con el paso de los siglos? El Quijote es la novela más aclamada de toda la literatura española. Si Cervantes viviese ahora, ¡sería tan rico como todos esos ricachones que hay hoy en día! El talento, no siempre es apreciado en la época contemporánea, pero ellos disfrutaban escribiendo, pintando, haciendo lo que debieren y aunque no salieron de la pobreza ni fueron lo que son hoy en día, ¿eso les desanimó? ¡Para nada! Siguieron realizándolo porque era su vocación, porque era lo que deseaban hacer, porque su alma les pedía continuar con su pasión. Así que… ¿tienes alguna pasión, Livia? No importa que consideres que eres la persona más mediocre realizando tu pasión, pero así que no tengas miedo a contarme sobre tus propios gustos. 

Aún así, te mencionaré que no solamente destaca el que tiene las ideas brillantes, porque si el que tiene esa idea brillante no sabe cómo llevarla a acabo, no llegaría a ninguna parte. Pongamos de ejemplo a Steve Jobs. Su forma de ver Apple fue la que lo catapultó hasta el estrellato. Gracias a él fue tan famosa, gracias a él y su visión está donde está, pero… ¿fue él quien llevó a cabo la obra informática y de ingeniería para llevar a todos esos productos a la mano del consumidor? No. Si no hubiese sido por el co-propietario de Apple, aquel que nadie recuerda su nombre, las ideas de Steve se hubiesen quedado en el mundo de las ideas porque no podría haberlas llevado a la práctica. El mundo no se mueve solamente con grandes ideas porque también son necesarias todas esas personas que están debajo, trabajando, luchando, estando horas y horas intentando programar, coser, construir, taladrar… etc, hasta que quede perfecto. 

No puedo creerme que no haya nada que no hagas mínimamente bien, porque aunque no sea en grado superlativo a todos se nos da mejor una cosa que otra. 

El tema hermano… si no me he equivocado leyendo es el mayor, ¿verdad? ¿Tienes algún otro hermano o hermana?

Bien, ¡es normal que te enfade! Es decir, yo también estuve en la misma situación y la idea de soportar todos los años o cuando salía el tema que mi madre soltase esa coletilla de: “como tu hermano no hizo el examen no lo sabemos, pero seguro que también hubiese tenido que hacer la segunda ronda”, me tocaba las… narices a dos manos, de verdad. ¿Por qué tienen que hacer menor tu triunfo para ensalzarle a él? Mi hermano tiene cientos de hitos en su vida, yo no, tenía uno y que fuese el maravilloso hijo mayor… Era imposible no entrar en competición y terminar odiándole de alguna forma porque su perfección siempre es superior a todo lo que tú haces por mucho que te hayas esforzado. 

En mi casa yo era “la trabajadora”, mi hermano “el inteligente pero vago”. ¿Qué supone eso analizándolo de forma literal? Mi inteligencia se debía tan solo a mi trabajo, la suya era innata y venía en el pack dentro de su perfección. Si te pasa algo parecido, créeme que la rabia es normal. ¡Vives en una competición constante con don perfecto y maravilloso! ¿Cómo no vas a detestarle y más si encima te trata de esa forma que te hace sentir aún más inferior? Sin embargo, ahí solamente se puede hacer una cosa porque ni tu hermano cambiará ni cambiarán tus padres al decir esas cosas y ponerle por las nubes. No obstante, tú puedes trabajar en cómo quieres que eso te influya, en cómo aceptas ser tu propia aliada y cuando eso pase decirte a ti misma que tú no eres inferior aunque tengas esa sensación. Es un trabajo de la autoestima y lleva tiempo, pero la única ayuda que puedes tener en esos momentos eres tú misma. 

Hablando del odio hacia la humanidad y el de la humanidad hacia ti. ¿Podrías ponerme ejemplos? Puede que solamente hayas tenido mala suerte y te hayas relacionado con las personas inadecuadas. Internet tampoco es una plataforma fiable porque la mayoría de las personas que pasa todo su tiempo ahí metidas, tienen problemas. Si tu vida fuese lo suficientemente satisfactoria, ¿buscarías tener una vida mejor en el universo de internet? No, ¿verdad? Saldrías con amigos, te irías al cine o de fiesta… Pero esas personas que buscan tanta atención y que generalmente son bastante inmaduras, sus reacciones solamente llevan a esos términos. Aunque, eso sí, debes pensar qué podrías haber hecho para que la situación cambiase o directamente evitarte esos problemas. La sobreexposición de nuestros sentimientos y de uno mismo, a menudo, lleva a eso, a que una persona sea lo suficientemente vulnerable frente a otro que aprovechará esas debilidades para causar más daño porque sí, cuando estamos mal, solemos hacer daño gratuitamente a los otros. 

¿Mi consejo? Intenta darte menos en esas relaciones de internet. Cuanto menos te expongas a ti misma, más a salvo estarás hasta que creas que estás lo suficientemente fuerte como para que te resbale lo que digan un par de idiotas que ni tan siquiera te conocen bien. 

Piensa, ¿tú eres como van diciendo que eres? No, ¿verdad? Entonces, déjales que hablen porque, en ocasiones, el resquemor de una persona por no haber podido emular a otra, la vergüenza o su propia rabia por haberla dejado escapar o por haber conseguido su odio provocan esas cosas. Mira sino los hombres que matan a sus exparejas o a sus hijos solamente por causar dolor a su exmujer. ¿Crees que tiene sentido? No. Pero la idea de que la otra persona pueda vivir sin nosotros puede llevar a muchos a reaccionar de esa forma porque jamás tuvieron lo que querían. 

El ser humano es egoísta, egocéntrico y celoso. Pero está en cada uno como quiere que le afecten las mentiras que dicen los demás sobre uno mismo. 

Un abrazo y cuando quieras seguir contándome cosas, ya sabes que puedes descargar tu dolor en los correos que intentaré ayudarte. 

2018 / Jul / 16

Entré en mi hogar. La soledad, el no poder despotricar, el no tener a nadie ni a nadie que me escuchase mandar al diablo al profesor hubiese sido una alegría de no necesitar precisamente a alguien que me diese un abrazo y me terminase aplaudiendo por lo que había hecho. En momentos como ese era en los que más extrañaba a Gustav y no tenía posibilidad alguna de ponerme en contacto con nadie para despacharme a gusto.

Si algo había aprendido durante toda mi vida era precisamente eso: no podía callarme lo que me carcomía porque terminaba destrozándome viva. Era como una herida sin lavar ni cuidar, que se termina infectando pues no hemos hecho nada para evitar que así sea.

Estaba molesta ante la idea de tener que aguantar los cambios en los demás y que los demás no pudiesen soportar los míos propios. La molestia llegaba a ser excesiva cuando pensaba en el egoísmo incomprensible de la humanidad frente a lo que se le obligaba a una persona con problemas a aceptar del resto. Era incomprensible que nos obligasen a ser diferentes enseñándonos sobre la propia naturaleza humana que provocaba que las personas fuesen deplorables por naturaleza. ¿Por qué no se enseñaba eso a las generaciones en los colegios o institutos? La ética como asignatura no servía para eso, ni de broma pues, a menudo, resultaba incomprensible o nosotros mismos ni tan siquiera prestábamos atención a esos valores.

Abrí el portátil y esperé a que se encendiese mientras me quitaba los zapatos y le quitaba la correa a Rochester para que corretease sin problemas por la casa.

Tenía un nuevo correo. Era de Livia. Había tardado varios días en escribirme, pero sabía que algo así sería difícil, muy difícil de hacer. Yo misma lo había intentado en varias ocasiones. A veces, el planteamiento podía resultar demasiado victimista. Otras demasiado desolador y sin esperanza alguna y, por otro lado, también existía la posibilidad de que fuese tan oscuro y pesimista que tu propia descripción y la de Satanás tendrían bastante poco de diferencia.

Buenas, Kyra. 

He estado pensando en lo que me dijiste y creo que tienes toda la razón del mundo. Debo enfrentarme a intentar descubrir quién soy en realidad o, al menos, tener plena consciencia de cómo se supone que yo me veo, sea real o no. Ni tan siquiera tengo claro que todo esto tenga sentido y siento que no merece demasiado la pena, pero durante estos días he aprendido a apreciar que estés ahí, al otro lado y si tú crees que tienes que conocer también esa parte de mí, te lo diré. 

Desde siempre he sido la niña gorda de la clase. No he pensado en ninguno que eso pudiese cambiarlo, ni tan siquiera sé porqué sigo engordando cuando es bastante evidente que no me gusta mi cuerpo y estoy rozando los cien kilos. Cuando me miro en el espejo siento repugnancia por todo lo que me refleja. Todo es demasiado grande, demasiado imperfecto, demasiado poco atractivo. No hay absolutamente nada que me guste de mí. Ni manos, ni pies, ni pelo… que es otro factor importante, estoy recubierta de él y cada vez que tengo que depilarme me dejan todo en carne viva. Con decirte que normalmente tengo que esperar una semana para poder hacer lo que sea después de la depilación… 

Tengo gafas. Siempre he creído que eran un estorbo, pero no puedo vivir sin ellas. ¿Sabes lo que es ver siempre a través de una lente desenfocada? Pues es eso principalmente lo que me pasa. No distingo las figuras nítidas ni por mucho que entrecierre los ojos y por eso las gafas han terminado siendo una necesidad, más que esa moda estúpida de llevarlas ahora como complemento sin necesitarlas realmente.

He pasado muchas situaciones que me revuelven el estómago todavía. Te las contaría, pero me has pedido que te hable de mí misma, que te haga una descripción y aunque sé que lo más probable es que uno describiendo a alguien rellenaría páginas y páginas por la complejidad de la persona, lo único que yo puedo decirte es que me siento completamente inservible, inútil. No soy inteligente, no soy guapa, no tengo nada en lo que sea lo suficientemente buena… Soy una persona mediocre en un mundo donde solamente quienes saben sacar su máximo potencial consiguen algo en la vida. 

Todo lo que veo en mí son defectos, uno tras otro. El inteligente de mi familia es mi hermano… Fíjate cómo será, hasta qué punto que aunque me hicieron a mí un examen para medir la inteligencia y fui de las que sacaron notas superiores a la media solamente recibía de mis padres que la lástima es que no se lo hicieron a mi hermano porque seguro que él también hubiese estado en la segunda ronda. ¿Lo consideras normal? Mi único hito. El único de mi vida y termina también eclipsado por alguien que ni tan siquiera estaba. 

Oh, seguramente te preguntarás porqué digo todo esto. Es obvio. Mi hermano, el primogénito, es la estrellita de todo. Bueno en los estudios, bueno en los deportes, todo lo que hace parece que lo convierte en oro y siempre estoy bajo su sombra. Él no puede perder, él tiene que ganar porque si pierde no sabe llevarlo. Tiene esa tendencia de hacerme creer que todo lo que digo y expongo es una gilipollez (perdón por el taco), como si solamente lo que él dijese tuviese un mínimo de valía, como si el resto fuésemos seres inferiores en cuanto a su intelecto sobrehumano o algo parecido. Es egocéntrico, mucho y no soporto la forma en que me pisotea aunque lo haga sin darse cuenta. ¿Qué culpa tuve yo de haber nacido después que él y no antes? ¿Qué culpa he tenido siempre para que todo el mundo me odiase? 

Siento que no encajo en la sociedad, que mis gustos no son comunes o no han sido nunca comunes a lo que se supone que tiene que gustarme. Ahora el ordenador es mi única vía de escape y ni tan siquiera sé si sirve para algo porque tengo problemas en las redes sociales cada dos por tres lo capullos que son. ¡Han hecho hasta una pequeña secta donde me odian y me ponen a parir! Me resulta tan patético como doloroso, cuando no hay motivos, cuando yo no era la culpable de sus idioteces, porque fue solamente su culpa…

Dime, Kyra… ¿crees que algo de todo esto puede tener solución? ¿Crees que el odio que existe entre el mundo y yo de forma recíproca es salvable de alguna forma? 

No sé si me salí del tema, pero espero que no te importe que haya intentado desahogarme y explicar lo que siento cada día. 

Un abrazo. 

Leer su correo hizo que sintiese miedo por un instante. ¿Qué hubiese escrito yo tiempo atrás? Seguramente algo tan parecido a eso… Un sudor frío empezó a deslizarse por todo mi ser y me pregunté hasta qué punto dos personas podían haber sentido lo mismo, podían odiarse de la misma forma a sí mismas y no entre ellas… Las probabilidades quizá eran más grande de lo que imaginaba, pero empezaba a sentirme como si estuviese hablando conmigo misma años atrás.

2018 / Jul / 16

Tener el colchón de dinero que tenía ahora puesto que la venta finalmente se había conseguido hacer, no me aseguraba nada. Había tenido que ir un par de días a Evesham para deshacerme de todo lo que no quisiese tener y por otro lado dejar la casa impoluta, pero había decidido dejarle todos los muebles, salvo mi somier y mi colchón que no sé ni como había logrado contratar a una empresa que me los llevaba finalmente a Belfast. Me saldría por un ojo de la cara, pero no sabía cómo llevar todo eso yo sola.

Para recuperar el dinero y visto que me resultaba bastante improbable tener la posibilidad de encontrar un trabajo de mi profesión decidí buscar algún otro. No se me iban a caer los anillos por ser camarera o dependienta en alguna tienda. Tampoco si tenía que aprender con rapidez cómo había que funcionar en una cadena de montaje de alguna fábrica, así que no tenía mejor solución para mi propio bienestar personal que intentar, en lo posible, sentirme útil.

Parece una tontería si no se piensa con claridad, pero la mente humana tiene mucho poder y cuando pasamos demasiado tiempo ociosos sin posibilidad de encontrar trabajo alguno, nuestro optimismo suele menguar y una vida sumamente monótona llega a cansar y aburrir a cualquiera. Necesitamos interacción social, de la índole que sea y, al menos, yo misma me podía sentir muy vacía cuando los mensajes de Gustav comenzaban el fin de la conversación con un “tengo que dejarte que mañana madrugo”.

Había pasado en alguna que otra ocasión por la tienda del Paraíso de los dulces, no había entrado, pero sí había visto que se buscaba personal. Al principio, yo misma me había negado a entrar y pedir información, sin embargo, la necesidad suele llamar con fuerza y teniendo a Chloe de jefa, salvo que cambiase radicalmente, pensaba que sería mucho más cómodo adentrarme en el mundo de los dulces.

Por ese motivo hacía decidido ponerme el mejor vestido de punto que tenía, me había maquillado y querido sentir guapa por unos instantes y acompañada de Rochester había comenzado a caminar completamente decidida a pedirle información y mostrarle mi currículum. No sabía si serviría de nada, pero no tenía mala mano para los postres, siempre me habían encantado y a menudo, salían sumamente esponjosos.

— ¡Buenos días, Kyra!

El ánimo de Chloe parecía ser siempre el mismo, al menos, de cara a la galería. Una sonrisa brillante, el pelo recogido en esta ocasión en dos pequeños moños que me recordaban a una niña pequeña y con su falda de volantes y su forma peculiar de combinar colores daba un aire fresquísimo a la tienda.

— Buenos días, Chloe.

— ¿Qué va a ser hoy? ¿Te consiguieron conquistar las galletas de vainilla y chocolate? —preguntó realizando un adorable gesto que daba la sensación de que acababa de decir una diablura y estaba buscando una cómplice.

— Me encantaron he de reconocerlo —mientras encontraba el valor de comentarle acerca del trabajo desvié mi mirada a los dulces que había—. ¿Me pones un donuts glaseado, por favor?

Ella fue hasta el sitio y como si leyese mi mente me lo puso para comer allí. Me sonrió guiñándome un ojo.

— Págamelo cuando lo termines —me sugirió antes de atender a otro cliente que acababa de llegar en ese momento.

Me fui hasta una de las mesitas desde donde pudiese ver mejor a Rochester quien estaba jugando con su propio rabo como si acabase de descubrirlo igual que los bebés cuando se miran las manos como maravillados por primera vez en su corta vida.

Comí el donuts despacio, pensando en las palabras adecuadas. Chloe, en cuanto estuvo libre, vino hacia mí y se sentó conmigo en la mesa. Era extraño, pero resultar agradable hasta el punto de que quisiesen sentarse conmigo no era algo que me pasase todos los días.

— Te traigo un poco de leche caliente para pasar todo el dulce —rió dejando una pequeña taza delante de mí.

— Gracias —reí aprovechando que me la entregaba para dar un trago a la leche que solamente con todo el azúcar que tenía en la boca no necesitaba nada de dulce que añadir.

— ¿Qué tal estás? —preguntó antes de apoyar su mentón sobre su mano antes de dejar el codo de ese mismo brazo sobre la mesa.

— ¿Sinceramente? Ahora mismo estoy taquicárdica —reí intentando quitarle un poco de hierro al asunto.

— ¿Por qué?

— No quiero que suene mal o no sé ni tan siquiera como hacerlo y presentar todo esto, pero… Hace días que he visto tu cartel con la búsqueda de personal y me preguntaba si existía la posibilidad de que mientras consigo un trabajo sobre mi campo, si pudiese echarte una mano aquí. No me sé las recetas de memoria de gran cantidad de postres, pero prometo que soy avispada y que aprendo pronto —dije antes de hacer una mueca llevándome un poco de donut a la boca—. Además, pagaré todos los dulces que me coma —bromeé arrugando levemente la nariz.

Chloe alzó ligeramente las cejas mientras una sonrisa se deslizaba por sus labios.

— ¿En serio?

Asentí esperando que su reacción no fuese una burla por mi escasa experiencia.

— Sé que seguramente tendrás mejores candidatos, pero…

— ¿Mejores? Hasta la fecha nadie ha venido a preguntar por el puesto y que tú quieras dejar tu propia forma de vida temporalmente para conseguir trabajo en otro sector me demuestra que serás la compañera ideal —dijo con una gran sonrisa.

Sin poder creérmelo había conseguido trabajo de la forma más informal posible. Recordaba cómo había tenido que viajar hasta Evesham para ver en varias ocasiones al psiquiatra O’Conell que tenía en sus manos la posibilidad de contratarme o no. Todo había sido excesivamente ceremonioso con un riguroso test psicológico y psiquiátrico para ver en qué punto estaba de mi propia evolución personal.

En cambio, Chloe ni tan siquiera me había preguntado más de la cuenta, sabía que lo haría en algún momento, pero el puesto era mío tan solo con pedirlo. Suponía que entre Chloe y yo había nacido esa conexión poco usual, al menos en mi caso, entre dos personas que tienen una química que ayuda a que cualquier cosa resulte factible. Además, las bromas ayudaban una barbaridad y desde hacía algunos días era la señorita de la escoba. Mi recurso para todo.

Entre cliente y cliente hablamos durante un buen rato saliendo yo también en ocasiones para ver si Rochester estaba bien. Nos conocimos un poco más y me propuso ir a cenar ese mismo día a su casa para poder hablar de todos los términos sobre el trabajo: las horas que tendría que trabajar, el sueldo y así conocernos un poco más. Me dijo que no vivía sola, que vivía con su novio casi prometido, pero que no estaba demasiado en casa por su carrera militar.

Tras tener plan para ese día que rompiese completamente mi rutina, pagué y me fui con Rochester porque no había terminado nuestro paseo. No quedaba demasiado para Navidad así que todas las luces llevaban tiempo colocadas, pero ahora en las casas que se podían ver casi todas iluminadas con el espíritu navideño que esperaba también estuviese en la bondad de sus corazones y no se quedase solamente en un intercambio de regalos obligado por la tradición.

Aquello me hizo pensar en mi familia y en la posibilidad de que fuese más que imposible que fuese ese año a verles, básicamente porque si me daban el trabajo sería para poder atender principalmente en esas fechas, seguro, aunque lo desconocía. Tenía que hablar con mi madre al día siguiente para contarle todo relativo a la Navidad porque no tenía ni billete.

Mientras seguía caminando noté un pequeño tirón de parte de Rochester y éste me guió hacia alguien o algo que parecía haberle llamado la atención.

Cuando vi la dirección que tomaba mi corazón se paró. Aquella silueta… Hombros anchos, pelo pelirrojo oscuro, ligeramente desaliñado, pero en apariencia bien vestido, siempre elegante y con un cigarrillo entre los dedos aspirando su tabaco como si le diese calma personal. No había duda que era el profesor. Pensé en todas las posibilidades existentes, pero decidí simplemente mostrarme como si tal cosa. Él había sido parte de mi pasado y a pesar de todo, no dejaba de importarme.

— Señor Verdoux…

Al escuchar mi voz, se fue girando hasta que su mirada clara encontró la mía. Una sonrisa se deslizó en mis labios y pude sentir como Rochester intentaba dar vueltas y que le prestase atención.

— Parece que le reconoce —reí por los divertidos movimientos rápidos y emocionados de mi cachorro.

— Señorita Mijáilova. Debo admitir que es una verdadera sorpresa —comentó antes de tirar el cigarrillo al suelo y aplastarlo con su pie recordando perfectamente mi animadversión por tal olor puesto que le quedaba más de la mitad, a no ser que fuese un derrochador en todo su apogeo.

— Así es. Jamás pensé encontrarle en Belfast —comenté sintiéndome ligeramente incómoda.

— ¿Qué tal le va la vida?

Su expresión de póker habitual parecía indicar en esta ocasión que realmente le importaba cómo estaba o dejaba de estar, algo que me había sorprendido en gran medida puesto que me había dejado más tirada que una colilla en Escocia, pero seguramente sacaría el tema en algún momento que no quisiese que Rochester se lanzase sobre su yugular o fuese yo misma quien acabase el trabajo.

— Muy bien la verdad. Acabo de conseguir un empleo en una pastelería, otra de mis pasiones —reí haciendo ver que parecía haber sido buscado y no un hecho desesperado del destino.

— Comprendo. Pues… enhorabuena. ¿Le gustaría entrar? Están mis padres, seguro que estarán encantados de volver a verla —dijo mientras con un gesto me indicaba el edificio que tenía detrás.

Al ver ese lujoso hotel ni tan siquiera me planteé la posibilidad de entrar porque desentonaría en toda regla.

— No creo que pueda dejar mucho tiempo a Rochester… —comenté.

— ¿Rochester?

Alzó una de sus cejas como si algo le divirtiera y después acepté mi derrota. Sí, le había puesto el hombre por él, por su culpa, pero no me unía nada más a él que un profundo rencor.

— Mi perro, bueno, el que me regaló.

— Comprendo —una sonrisa apareció en sus labios y bajó su mirada al hasky como si no le hubiese visto nunca—, dejan que entren los animales así que no creo que haya ningún tipo de problema en eso, señorita Mijáilova.

Saber que allí dejaban entrar a mi perro me sorprendió. ¿Qué sitios de lujo permiten animales? Al menos, los que yo siempre había oído no tenían esas facilidades, ir sin mascotas parecía una obligación, pero puede que cuando tienes dinero y lo sepan, no les importe tampoco cuidar de tus criaturitas peludas, así que tener dinero era una ventaja asombrosa para ese tipo de situación y prefería tener a mi lado a Rochester por lo que accedí.

Caballerosamente me guió hasta el interior del lugar. Dijo algo a un hombre que se acercó a él y subimos unas escaleras hacia donde tenían situada la zona para que se sentasen los comensales que realizarían algo de sobremesa o preferían tener una mesa delante para leer, dejar todo y perderse en sus pensamientos dentro del ajetreo propio de una sala así.

Mientras íbamos hacia la mesa una pequeña de melena castaña y rizada y ojos claros se acercaba hacia nosotros corriendo hablando en un francés que por suerte pude entender porque había estudiado algo en el instituto.

— Papa, je peux avoir un cupcake? Grand-mère dit non, parce que je ne mangerai pas plus tard —su vocecita era adorable, pero cuando sus brazos rodearon la cintura de William me quedé completamente a cuadros.

¿Una hija? ¿Una hija de al menos siete años? Mi corazón empezó a latir con fuerza y no sabía si por la rabia, si por el dolor de que no me hubiese contado aquello o porque los hombres que trataban de maravilla a sus hijos y que eran buenos padres eran una de mis mayores debilidades.

— Claro que puedes —respondió el profesor antes de tomar de la mano a su hija y seguir ambos hasta la mesa familiar dejándome con expresión perpleja.

Saludé a todos los presentes que se alegraron de verme y comentaron lo guapísima que estaba, algo que no pensaba que fuese verdad, pero que siempre se agradecía con una pequeña sonrisa o un cumplido de vuelta.

Me senté en la silla que estaba libre, aquella que seguramente la niña había estado ocupando antes de aparecer yo, al lado de su padre. William había puesto a la pequeña sobre sus piernas y le estaba dando algunos trozos del dulce que ella había pedido.

— Así que… padre —dije al fin cuando me recuperé del shock que había sido para mí la noticia.

Los ojos azules de William centraron su atención en mí. Parecía como si estuviese leyendo mis facciones, pero esperaba que no se notase mi alteración interna y sobre todo mi indignación.

— Así es… Hace meses, cuando estaba en Escocia, recibí la información que había estado esperando desde hacía semanas. Helena vivía en una situación deplorable. Es hija de una relación mía de hace años con su madre, francesa, y la estaba cuidando de una forma tan horrible que tuve que irme rápidamente para intentar arreglar su situación —explicó con paciencia.

A pesar de todo, en aquella explicación, no podía evitar desear encontrar un perdón o algo semejante, cosa que no pasó, era como si estuviese implícito, pero hay cosas que tienen que ser explícitas, uno no puede perdonar así como así sin saber si le están pidiendo perdón, aunque al menos, consiguió relajarme saber que había sido por una causa mayor por lo que me había dejado tirada sin darme explicaciones.

— Vaya… no muchas personas harían eso, así que le felicito. Parece una niña muy despierta y seguro que agradecerá la vida que usted puede darle —comenté con una sonrisa.

El camarero al ver que había otro comensal en la mesa me pidió si deseaba algo de tomar, sin embargo, tenía el estómago revuelto y no podía comer en ese momento por lo que decidí simplemente pedir una botella de agua aunque me arrepentí inmediatamente porque era obvio que allí costaría un quintal.

Respiré profundamente al ver al camarero irse y me dije a mí misma que lo recuperaría pronto, aunque fuesen quince libras la botella. Pronto quizá no fuese el apelativo adecuado, pero era el que más conseguía calmar a mi tacaña interior que ya había vuelto a empezar a hacer cuentas de forma compulsiva.

— ¿Y dónde vive? ¿Aquí o está de paso? —preguntó el profesor como si le importase en realidad.

— Vivo aquí, con mi novio.

Ni tan siquiera me di cuenta del verdadero peso de estas palabras hasta que volví a fijar mi mirada en el rostro de William que se había vuelto igual que el de un témpano de hielo. Parecía furioso, algo le había contrariado y no era capaz de creerme que fuese por mis propias palabras sobre una nueva relación. ¡Si realmente no le importaba! ¿Qué me estaba perdiendo?

— ¿Me disculpa un momento? —pidió con tal frialdad que casi se me hiela la sangre.

Le miré dejar a su hija en el regazo de su propia madre a quien simplemente le dijo que se iría al baño. Caminó como alma que lleva el diablo y se perdió su figura tras girar a la derecha entrando en una puerta que debía ser la del baño de caballeros.

Mi corazón latía tan rápido que se me iba a escapar del pecho. ¿Qué era de todo aquello lo que no estaba entendiendo? Nadie parecía haberse dado cuenta de lo sucedido, de su cambio de personalidad, de la frialdad que emanaba, de la rabia que había contenido en hombros y en su mandíbula apretada.

Finalmente, escuché un ruido. Un ruido que parecía algo rompiéndose. Seguramente otros comensales lo escucharían, pero no hicieron ni el más mínimo caso. Puede incluso que yo misma me estuviese confundiendo, que estuviese alucinando, que todo fuese un sueño. Sin embargo, esa parte de mí que se preocupaba por los demás se levantó y fui hacia el baño al que llamé con los nudillos.

— ¿William?

No recibí respuesta y aunque jamás en la vida había entrado a un baño de caballeros si estaba equivocada lo máximo que vería sería a algún hombre haciendo sus necesidades. Algo no muy agradable, pero que gracias a la televisión había podido ver aunque no fuesen reales.

Cuando entré, él estaba solo en el baño. Frente a él, el espejo estaba roto y de su mano, cortada por los cristales emanaba mucha sangre que estaba bañando el lavabo justo debajo de él.

— Pero, ¿qué ha hecho? ¿Qué le pasa? —pregunté preocupada temiendo que estuviese teniendo algún tipo de crisis que necesitase de algo de medicación.

Cogí su mano, hice lo posible por meterla debajo del grifo y relajarla en busca de evitar que la presión de su mano en puño pudiese provocar que la sangre fluyese más deprisa aunque no tenía ni la más mínima idea de cómo se tenía que curar algo así y si tenía sentido alguno lo que estaba pensando.

La sangre no dejaba de brotar y él parecía estar ido porque no me respondía. Finalmente, tomé su rostro entre mis manos haciendo que me mirase.

— William, míreme, ¿está usted bien?

Sus ojos parecieron percatarse de quien era y sin importarle su mano ensangrentada tomó mi rostro entre las suyas antes de jadear acercándose a mi boca y pintar mis labios con su propia sangre al rozarlos con su pulgar. Algo me decía que iba a besarme y aunque una mínima parte de mí pareciese desearlo también, me negué a mí misma esa equivocación. Ya me había equivocado demasiado con él. Pero aunque yo iba a apartarme, él también lo hizo, como si se diese cuenta de que aquella boca no podía ser besada de nuevo por nadie que no fuese mi novio.

— Discúlpeme, pero debería irse. No creo que sea conveniente que volvamos a vernos —comentó antes de dejarme completamente a cuadros.

Bien, era ahora o nunca. Fruncí mi ceño, contuve en lo posible mi mal humor, pero escapó como un torrente mientras me limpiaba toda la cara de su sangre.

— Asumir el dolor y las pérdidas es parte de la vida como asumir que uno se enamoró de un fantasma —bramé antes de irme del baño una vez me hube limpiado la cara.

Cogí a Rochester despidiéndome de todos y me llevé la botella de agua fresca. Que mis libras las pagase él, por idiota.

2018 / Jul / 15

Llevaba un rato caminando con Rochester de mucho mejor humor tras realizar sus necesidades provocándome cierto revuelo en el estómago. Me percaté que en nuestro paseo habitual, había un nuevo negocio abierto. ¡Una pastelería!

— Rochester, me temo que vas a tener que esperar a mamá porque me voy a dar un pequeño homenaje —acaricié lentamente su pelaje poniéndome de cuclillas. No era algo que me agradase demasiado. No solía separarme de mi perro para nada, pero no dejaban que entrasen en los establecimientos. No podía saltarme las normas por mucho que no me gustasen.

Cuando entré en el local, vi un lugar maravilloso. Había una pequeña zona para comer lo que allí vendían, en esos instantes, por la inauguración, lo estaban usando para invitar a todos los clientes a una pequeña cata de más productos por un módico precio o simplemente, probar una de las porciones que habían partido de unos bollos específicos que daban de forma gratuita para que la gente se fuese con buen sabor de boca. Me pregunté por un instante si eso podía ser rentable o no, pero no era economista y no había puesto un negocio propio en toda mi vida. Aunque suponía que de alguna forma había que llamar a la clientela y empezar con la promoción del local.

Aquel sitio estaba lleno de colorines y de lo que seguramente sería al trastienda o las cocinas de la pastelería, salió una joven menuda, con una sonrisa amplia y amable dejando una nueva hornada de donuts glaseados que olían que alimentaban como todo lo que allí estaba hecho. El cabello recogido de la joven le despejaba la cara y supe que no tenía que ser mucho mayor que yo. Debíamos ser más o menos de la misma edad y no me sorprendería que fuese de la edad de mi hermana menor puesto que derrochaba vitalidad.

Desvié mi mirada de ella para centrarme en una de las vitrinas. Si Rochester se quedaba mucho tiempo solo podía coger frío o alguien podía llevársele y no podría soportar que me separasen de él a pesar de todos los sacrificios que tuviese que hacer.

Entonces, la joven y pizpireta dependienta se posicionó delante de mí, al otro lado de la vitrina de cristal que evitaba que los dulces fuesen contaminados o que la gente se los llevase sin pagar.

— ¡Buenas tardes! —saludó con voz cantarina antes de dedicarme una de sus mejores sonrisas—. ¡Bienvenida al Paraíso de los dulces! Si eres una adicta al chocolate te recomiendo las muffin bombas con un interior de chocolate derretido que te quitará el sentido. Si, en cambio, eres de los dulces más clásicos, el croissant con receta a la antigua usanza es una apuesta segura. Pero, aquí entre nosotras —dijo acercándose todo lo que nos permitía la vitrina—. Las verdaderas estrellas de aquí son esas —señaló unas galletas amarillas medio bañadas en chocolate—. Galletas de vainilla con chocolate. El resultado es más que adictivo.

Miré las galletas que me había mencionado y después asentí con una sonrisa igualmente. Su buen humor era muy contagioso.

— Ponme una pequeña bandeja, por favor.

— ¡Claro! —cogió una caja pequeña y empezó a meter las galletas correspondientes a la medida antes de mirarme de reojo—. ¿Sabes? Eres la primera venta. La gente lleva todo el día viniendo para gorronear. Menos mal que se acaba la promoción en unas horas. ¿No entienden que necesitamos comer también?

Su ceño se frunció imperceptiblemente echándoles una mirada a los comensales que parecían estar poniéndose las botas por un precio seguramente más reducido que el trabajo que les llevaría hacer todos esos dulces.

— Es inevitable ser algo gorrones. Está en la naturaleza humana alimentada por el consumismo. Las rebajas, las promociones y todo lo gratis provoca que nos salgan chiribitas de los ojos. ¿Mi consejo? ¿Ves esa escoba que tienes ahí? —comenté señalándole una que era más orgánica que las sintéticas que estaba acostumbrada a ver—. Dales con la escoba si se pasan de listos.

Sus ojos se quedaron fijos en los míos como si intentase dilucidar si lo que estaba diciendo iba en serio o por el contrario era una broma. Fuera como fuese, su rostro se terminó contrayendo y soltó una sonora carcajada en todo el lugar. Los comensales la miraron, pero a ella no le importó ni lo más mínimo.

— Esa ha sido muy buena —rió antes de comenzar a cerrar la caja de cartón con un bonito logotipo en plateado sobre un fondo rojo—. ¿Cómo te llamas?

Miré por instinto hacia atrás esperando que Rochester siguiese en su sitio.

— Soy Kyra, ¿y tú?

— Me llamo Chloe y soy la dueña de “El paraíso de los dulces”. Espero verte a menudo, Kyra —sonrió antes de tener que atender a otro cliente.

Si sus galletas eran tan buenas como decían, lo haría, sin duda. Y como un gesto de compromiso, terminé dejando un poco más del dinero pedido dejando que se cayesen al otro lado de la vitrina para que nadie pudiese llevárselos en su lugar.

— Nos vemos pronto —dije en alto señalándole hacia el dinero antes de llevarme la caja de galletas bajo el brazo.

En cuanto salí de la tienda, Rochester estaba allí moviendo el rabito y saludándome contento aunque parecía demostrarme por su impaciencia que había tardado demasiado en volver.

— Ya estoy aquí, pequeño y ¿sabes? No parece que hoy vaya a ser un mal día —dije acariciando el lomo de Rochester quien me miraba con entusiasmo aunque lo suficientemente cansado como para querer irse a casa. Esperaba que no hubiese hecho ninguna trastada que necesitase demasiao tiempo o dinero para arreglarse, pero por suerte, no había nada que podía haber causado un perro y con la alegría desbordante que le caracterizaba y también con la contagiosa que me había regalado la chica comencé a hablar de ella, de Chloe y lo mucho que esperaba que supiese hacer algún tipo de dulce para los perros que no fuese perjudicial para su salud.