2018 / Sep / 22

El Photoshop debía volverse mi aliado durante unas horas para intentar lograr una invitación diferente en un intento por hacer más atractiva la convocatoria familiar para enfrentarme a uno de mis frenos, mi incapacidad por tratar el tema como era, si tenía un problema de salud mental no debía ni me permitiría más seguir escondiéndolo como si tratase de la mayor vergüenza de la humanidad.

Coger fuerzas era bastante más complicado cuando sabías a qué te enfrentabas. Había que quitarse la careta de una vez por todas y mostrar todo lo que había en realidad detrás.

Tras varias horas intentando que algo me gustase mínimamente, había terminado la invitación. Hiciese lo que hiciese iba a ser la más crítica conmigo misma, así que me obligué a imprimirla para ver qué le parecía a Derek cuando terminase de trabajar. Él tenía sus propios problemas con su nuevo encargo. Algunas veces tenía que ir a realizar fotografías, pero siempre había algo que no le gustaba demasiado, así que cuando se trataba de algunos parajes teníamos que ir hasta el mismo sitio y parecía que en esa ocasión tendríamos que hacer lo mismo, en cuanto terminase ese último cuadro de algo que se escapaba de mis conocimientos de arte. ¿Qué demonios era eso? Nunca había comprendido el arte abstracto.

Dejé la invitación sobre la mesita, sin enviar. Debía pensar qué podía decir en aquella charla, dado que no deseaba ni que pareciese una clase en la que tuviesen que tomar apuntes, ni tampoco quería que creyesen que no era nada serio. Una de mis primeras intenciones era explicarles que no tenía ninguna intención de señalarles con el dedo y decirles lo que habían hecho mal o algo parecido. Debía poner unas pequeña normas al principio, como el hecho de que me dejasen terminar de hablar antes de interrumpir o hacer alguna pregunta y aunque mi intención es que no pareciese como una clase, en fin, no tendría más remedio que poner un folio y bolígrafos para evitar que se les olvidasen las preguntas que deseasen hacerme al final de mi pequeña conferencia.

Llevé mis dedos al puente de mi nariz apretándolo ligeramente antes de resoplar sabiendo que en cuanto enviase eso iba a meterme en un lío de los gordos. Quizá para los demás no fuese mínimamente importante, pero para mí suponía un gran paso y un intento por arreglar en lo posible la situación familiar, si después de eso todo seguía igual de tirante con el tiempo, entonces tendría que reconocer que no podía hacer más que ponerles una sonrisa aunque no la sintiese en ningún momento verdadera.

Sabía que requería tiempo asimilar la información que iba a darles, pero realmente creía que podía servir, que podía ayudar a mi situación, a ese instante que se estaba prolongando demasiado tiempo y demonios, si quería dar un paso hacia delante y mi familia me decía que me quería como aseguraban, entonces, ¿por qué no apoyarme en algo así? No hablaría de mi hermana, de mi hermano, de mi padre, hablaría solamente de mi propia vida. Aceptaría mis problemas frente a los demás e intentaría evitar que, salvo causas mayores, nadie que terminase cayendo en una situación similar a la mía pisase un maldito hospital sin que los responsables legales de esa persona supiesen lo que se sufría, el trato recibido. Quería tender la mano esperando que todos me la cogiesen, hasta aquellos miembros de mi familia que no me cayesen del todo bien o que me irritasen fácilmente. La vida era bastante más sencilla si uno sabía que tenía un colchón en el que apoyarse cuando todo parecía demasiado para sobrellevarlo.

— ¡Amor!

Derek giró la cabeza hacia mí en cuanto hube gritado. Una sonrisa se formó en sus labios puesto que no estaba demasiado acostumbrado a que le llamase de esa manera.

— ¿Crees que estaría bien con el pelo más oscuro y este corte?

— Sé que estarías tan hermosa como siempre y no podría evitar mirarte embelesado.

Reí sonrojándome por completo y negué puesto que mi cabeza era capaz de asimilar algo como eso. ¿Yo? ¿Hermosa? Sin embargo, me permití disfrutar de esos cincos segundos de subida de autoestima, porque lo necesitaba, porque lo quería, y porque no pasaba nada si los cumplidos de mi novio eran iguales que un abrazo intenso al corazón para darle nuevas fuerzas y alas.

Quería descansar un poco de tanto pensamiento, así que me levanté y fui a poner música. Había tantos soundtracks guardados en esa memoria para intentar inspirarme al igual que tráilers en reproducciones en bucle para determinados momentos de mis historias. Me daban un soplo de vida, era magnífico lo que podía hacer el compás correcto en el momento correcto o la canción que le asignases a la personalidad de alguno de tus personajes para ayudarte a meterte en su mente y así, en lo posible, responder más acorde a la personalidad de cada uno de ellos y de esa atmósfera creada.

Al ver de reojo los libros de Grey y Más oscuro, aquellos que sabía que volvería a tener que leer en algún momento, puse el soundtrack de la última película notando como rápidamente mis caderas empezaban a moverse al ritmo de Capital Letters.

Me moví por el salón aguantándome la vergüenza igual que cuando soñaba que el mundo me adoraba cantando una canción con una voz que no era mía por el playback que hacía. Reí un poco por mi inocencia, por ser tan pequeña aún en el cuerpo de una mujer de más de treinta años, pero ¿qué importaba si eso parecía encantarle de mi forma de ser a aquel que tenía que soportarme todos los días?

Cuando volví a fijar mis ojos en la puerta del estudio, Derek estaba apoyado en el marco de la puerta, tenía un paño blanco que estaba intentando quitar los restos de pintura de sus dedos mientras su sonrisa, con aquellos hoyuelos que parecían imanes mostrándose, esa expresión de disfrute y ligera maldad asomando por una de sus comisuras. Puso el paño sobre su hombro tan solo cubierto por un tirante ancho. Debía estar completamente prohibido que llevase ese tipo de camisetas, de hecho que se quitase la ropa. Tenía que ir igual que en el más crudo de los inviernos y sabía que aún así estaría completamente irresistible.

— No te rías de mí —dije señalándole con el dedo sin dejar de bailar.

— Créeme si te digo que no lo hago —levantó sus manos con algunas manchas de pintura en señal de defensa—. Solamente estoy disfrutando del espectáculo, señorita.

El sonrojo se instauró de nuevo en mis mejillas y reí esperando poder esconderme en alguna parte parando.

— ¡No, no, no! Por favor, sigue… mira yo también bailaré.

Elevó los brazos y bailó casi como en la discoteca cuando no hay espacio suficiente para mover un músculo. Reí observándole porque aún bailando así estaba tan malditamente adorable que daban ganas de correr a sus brazos para comerle a besos.

Le imité antes de estallar los dos en carcajadas por aquel movimiento tan antiestético. Él se acercó tomándome de la cintura y apretándome contra su pecho antes de besarme los labios de esa forma que sabes que ambas almas están haciendo un juramento para no separarse jamás.

Me tomó en brazos y dimos vueltas provocando aún más risas antes de que nuestros ojos se volviesen a encontrar con ese deseo latente, creciendo poco a poco en nuestro interior. Negué bajándome de sus brazos y besé sonoramente su mejilla.

— Vuelva al trabajo, señor Vance…

Tomó mi rostro entre sus manos y besó nuevamente mis labios antes de atrapar mi labio inferior entre sus dientes.

— No me distraiga entonces, señorita Mijáilova —susurró con voz ronca.

La facilidad de Derek para excitarse era sorprendente, casi como la mía. Si me tocaba o si… diantres, si hacía eso, atraparme el labio entre los dientes se despertaba un torrente de cosquillas intenso que navegaba por toda mi anatomía a placer hasta situarse en las partes más erógenas de mi cuerpo que pedían a gritos saciar ese apetito que había aparecido de repente, de él, solamente de él.

Tuve que contenerme y dejar que se fuese antes de soltar un profundo suspiro. No estaba acostumbrada a un cambio de emociones tan intenso, desde el estrés absoluto al deseo incontrolable, aunque era un buen método para acabar con la ansiedad de un plumazo pues había otra cosa en la que pensar, esos instintos animales lujuriosos despertados por solamente un beso.

— Si esa es tu forma de bailar… tendrás mucho que mejorar —comenté de repente.

— ¿Ah sí? ¿Y eso porqué? —preguntó divertido estando en el umbral de la puerta de su estudio.

— Para mí el prototipo máximo de la excitación y el erotismo es un hombre, el hombre que a mí me guste, bailándome y de referencia tienes a Michael Jackson… así que la cosa está complicada —bromeé encogiéndome de hombros.

Su sonrisa se amplió y un brillo diferente apareció en sus ojos antes de guiñarme uno de ellos.

— Bueno es saberlo…

2018 / Sep / 21

Desde mi propia experiencia qué podía aportar a todo aquello. Mi propia vergüenza aceptando tanto internamente como exteriorizando mi forma de ser por temor a ser señalada como diferente, extraña, fuera de lo común. 

Un estigma social es una desaprobación social severa de características o creencias de carácter personales que son percibidas como contrarias a las normas culturales establecidas.

Una de las primeras definiciones sobre el estigma social que se pueden encontrar en internet es esa misma. La Wikipedia quizá no sea uno de los recursos más aprobados para encontrar información aunque sea el más sencillo. Por eso mismo, si vamos a nuestro diccionario particular podemos buscar la definición de estigma. 

Estigma

Del lat. stigma ‘marca hecha en la piel con un hierro candente’, ‘nota infamante’, y este del gr. στίγμα stígma.

1. m. Marca o señal en el cuerpo.
2. m. Desdoro, afrenta, mala fama. 3. m. Huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos extáticos, como símbolo de la participación de sus almas en la pasión de Cristo. 4. m. Marca impuesta con hierro candente, bien como pena infamante, bien como signo de esclavitud. 5. m. Bot. Cuerpo glanduloso, colocado en la parte superior del pistilo y que recibe el polen en el acto de la fecundación de las plantas. 6. m. Med. Lesión orgánica o trastorno funcional que indica enfermedad constitucional y hereditaria. 7. m. Zool. Cada uno de los pequeños orificios que tiene el tegumento de los insectos, arácnidos y miriópodos, por los que penetra el aire en su aparato respiratorio, que es traqueal.

Me he permitido resaltar aquellas que considero cuadran mejor con el contexto en el que nos basamos dejando la religión y las ciencias a un lado. Podemos comprobar que de siete definiciones, cuatro de ellas hablan de una señal, casi como una tara o, incluso, una pena infamante que podía ser un signo de esclavitud. ¿Qué eran los esclavos años atrás? Eran el último escalón de la sociedad, eran tratados prácticamente igual que si tuviesen suerte de que el resto de seres les permitiesen respirar. Eran obligados a las tareas más duras. Eran denigrados, maltratados y considerados al mismo nivel que tenían los animales en esos momentos. Se creía que no sufrían y si lo hacían no tenían derecho a quejarse por ser esclavos, no había otro motivo lógico. 

Por eso el estigma impuesto en la sociedad a muchos tipos de diferencias con las reglas pre-establecidas por algún grupo de iluminados, conlleva a tratos que si bien no llegan al nivel vejatorio que tuvieron que sufrir los esclavos, dado que por suerte hemos llegado a avanzar mínimamente en algo siempre que no entremos en el tema racista del ser humano o las guerras (territorio de nadie donde parece que absolutamente todo vale), aíslan a esos seres “anormales”, “distintos”, fuera de los cánones que hay que seguir en busca de una igualdad en la que nadie se diferencie de nadie y que todos llevemos la marca que esté de moda en ese momento o escuchemos el mismo grupo musical básicamente porque si cedemos a ese modo de vivir será completamente imposible que exista más uno en cada cosa negándonos la posibilidad de elegir nuestros gustos sin temores.

Sin embargo, a menudo nos olvidamos de esa sombra que viene de la mano del estigma tratado. El autoestigma puede llegar a ser aún peor que el propio estigma en sí por la manera en la que somos nosotros mismos quienes nos negamos a aceptar, a comprender y a usar en nuestro beneficio todo aquello que es diferente, de lo que podemos aprender y mucho menos aceptar la imposición de algún término que nos defina. En el caso del mundo de la salud mental, la palabra más recurrente es la locura. Y algunos, al escuchar esta palabra, al ser calificados de locos, lo toman como un insulto casi igual que si le hubiesen acusado a uno de ser la peor persona de la tierra o haber terminado con la vida de alguien. 

El empoderamiento de la palabra locura es un camino difícil, pero quizá muchos logren apropiarse del término para quitarle esa gravedad de fondo que parece ser, pues no solamente es la definición literal impuesta en los diccionarios, sino ese lenguaje social que llega a tener connotaciones diferentes a las páginas publicadas por las academias de la lengua en cada uno de sus idiomas. 

Ahora, y como búsqueda de la verdad en mi propio conocimiento del tema en cuestión, debo proponerme a mí misma ser sincera. En todos mis años intentando aceptar mis propias dificultades y aferrándome a ellas, a menudo, para evitar tener que seguir creciendo, tener que ir hacia delante como cualquier otra persona y no poder quedarme en mis años de niñez en los que estaba tan protegida que “nada debería haberme hecho daño”, siempre había puesto una barrera. Eran ellos y yo. Era el mundo y yo. Nunca encajaba en ninguna parte, por costumbre, pero había llegado a tener miedo de aquellos compañeros con los que había compartido ingresos. Me había aterrorizado la idea de forma parte de esa especie de “secta” porque yo no había querido aceptar que no había nada de secta en todo eso, que eran métodos para ayudarnos los unos a los otros con mínimo un profesional delante. Que me había negado a ser catalogada como uno de todos mis compañeros, como si fuesen inferiores, como si de alguna manera fuese superior aunque mis dificultades tuviesen muchas similitudes con las de otros. Yo misma, aunque tan solo en mi cabeza, les había tratado casi como si fuesen escoria, como si fuesen más tontos que los demás, como si fuesen niños pequeños a los que había que tratar… de tantas formas que evitasen mi ingreso dentro de ese grupo que tan peligroso me parecía, que tanto miedo me daba, al que había impuesto un estigma en mi mente como si fuesen la última escala de la sociedad. 

Me siento fatal. Reconozco que no he sido imparcial durante demasiado tiempo, que me he situado en un lugar de cierto poder frente a los que pasaban tantas dificultades como yo misma. ¿Qué podía yo tener superior a nadie aunque fuese tan solo en la desesperada opción de dejarme llevar por el miedo que tenía y que me daba, o buscaba darme la suficiente seguridad como para no aceptar lo que era inevitable? 

Me costó mucho tiempo comprender que no había nada que me alejase o que me negase formar parte de la sociedad por mucho tiempo que le tuviese y que a diferencia de lo que creía, la verdadera razón por la que podía ser expulsada de algún grupo social tenía más que ver con las dificultades que tuviésemos cada uno y con mi negativa a comprender que no era un monstruo a parte, que era una persona, y que tener problemas de salud mental no me hacía ni mucho menos un ser mediocre, inferior o de ninguna otra clase. Que ellos tampoco eran seres de otro planeta y que tener una enfermedad mental era más una putada que una aceptación de agresividad. Que la comprensión en ese mundo dejaba mucho que desear y que encima, nosotros mismos éramos los primeros que nos negábamos a aceptar nuestras semejanzas con el otro en busca de un apoyo. 

En definitiva tener una enfermedad no eran nada más que problemas que a menudo, tenían que ver con la manera en que enfrentábamos el temible diagnóstico.

Dejé el bolígrafo sobre el papel. Miré la hoja garrapateada por delante y por detrás antes de echar la cabeza para atrás asegurándome a mí misma que la única manera de poder seguir hacia delante era perdonarme todo lo que regresaba a mi presente con la misma fuerza que en el momento ocurrido y además, mantener la cabeza alta cada vez que tuviese que hablar sobre mis problemas. No era peor persona por tenerlos, no era otro tipo de ser humano ni tenía una tara por pensar diferente. Solamente por pensar que el mundo no era tan peligroso y poner de manifiesto que mi mente iba a seguir trabajando en ese tipo de cuestiones hasta que viese como un éxito mi acogida en el ser humano sin dejar al lado la crítica que me mereciese correspondiente.

Sentí un beso en mi frente y vi a Derek que había salido seguramente para beber algo de agua mientras me había perdido en esos pensamientos que seguramente habían dejado muchos cabos sueltos en mi argumentación en búsqueda de mi propia comprensión.

— ¿Ha salido algo bueno?

— Eso espero —musité mientras me estiraba ligeramente intentando soltar todo el lastre, ese peso que había estado acumulando durante tanto tiempo, pero resultaba imposible cuando había sido yo sola quien había leído mis deducciones—. ¿Quieres leerlo?

— ¿Puedo? —preguntó con una sonrisa antes de que le entregase el folio lleno de mis frases en busca de una explicación empírica de los sucesos vividos y asimilados por mi propia mente.

Pensé en el camino que aún me quedaba por recorrer y entre los pasos que debía dar no había más obviedad que levantar el tabú familiar con la salud mental.

2018 / Sep / 21

La vergüenza que había arrastrado durante todos esos años sin darme realmente cuenta había aparecido en mi cabeza de repente. ¿Qué era lo que siempre me echaba para atrás? La vergüenza y, principalmente, el temor a ser excluida de la sociedad por ser como era. Durante demasiado tiempo había estado escondiendo todo. Si había contado que tenía problemas de índole psicológica había sido básicamente para buscar ese afecto, esa llamada de atención frente a personas que necesitaba o que creía necesitar. Siempre lo había usado como algo malo, no había visto qué había más allá y si no recordaba mal, en la primera entrevista que había tenido cuando había entrado en el centro donde trabajaba Cecille, años atrás, había terminado aceptando que no me gustaba que me mirasen o mirasen a mi primo creyendo que tenía algún problema. La respuesta era bastante obvia: ¡estaba avergonzada e incómoda ante cualquier situación que explicase a cualquiera mínimamente mi problema! No me importaba usarlo como arma en algún momento, pero poco a poco se había vuelto un tabú que esconder y solamente sacar para obligar a los demás a alejarse de mí por “no ser normal”.

¿Cómo demonios había podido permitirme que algo así se sintetizase en mi mente como parte de un comportamiento “normal”?

Observé a Derek que acababa de salir de la ducha y me lanzaba un beso antes de meterse en su estudio donde se perdería por horas y horas salvo que le sacase de allí, pero ahora mismo comenzaba a tener una verdadera tarea pendiente entre manos lejos de libros, lejos de cualquier situación que me distrajese. Era yo misma con un cuaderno delante. Debía terminar de ser sincera con todo aquello que había estado dejando para después. Debía permitirme pensar libremente y sobre ese hilo de pensamientos percatarme si estaba errada en muchos o no.

Enfermedad mental. Ese era el título que había puesto en la hoja. Ahora, solamente había que dejar que el cerebro pensase, fluyesen las ideas y pudiese llegar a terminar con un esguince en la muñeca porque no hubiese escrito tanto a mano desde la universidad.

Dejando atrás las definiciones exhaustivas de los libros donde cientos de mentes se habían dejado los sesos para lograr una única explicación sobre un concepto que podía tener miles de ellas, según desde el punto de vista desde el que se enfocase, mi conclusión con respecto a la enfermedad mental por experiencia pura era bastante más sencilla: una putada. 

Partiendo de la base que no es algo que se escoge igual que ninguna otra enfermedad, la mental va asociada a miles de situaciones que nos provocan rechazo hasta en primera persona. Un individuo con problemas de la salud mental intentará negar hasta la saciedad que existe un problema, entrará en una de las fases que se convertirá en un bucle puesto que la negación puede durar años o, incluso, no desaparecer nunca por muchas terapias que se realicen.

¿Qué es lo que asusta tanto de tener una enfermedad mental? Da la sensación, en múltiples ocasiones, que preferirían tener cualquier otro diagnóstico mucho más mortal y peligroso para sus vidas. De hecho, yo misma me había echado en cara no tener alguna otra cosa. ¿Qué es lo que tira tanto para atrás? Básicamente, que la enfermedad mental es como la lepra de hoy en día. 

El ser humano es un ser social, busca (erróneamente) la aceptación del exterior antes que la propia y en los años que estamos viviendo el “postureo”, hacer creer a otros que tienes una vida que no tienes, parece ser la base de la felicidad volviéndose uno completamente adicto a los me gusta en todas las redes sociales de una vida que no se está viviendo, casi con la esperanza de que cuantos más corazoncitos tengamos podremos llegar a frotar la lámpara de Aladdin para que el genio nos conceda ese simple deseo: ser quienes no somos. 

Dejamos a un lado la aceptación en primera persona. No nos importa si nos queremos mucho, poco o regular. Damos más importancia a cómo nos ven los demás, y por eso me lleva a pensar: ¿cómo se ve la salud mental desde fuera? 

Si nos ponemos en la situación de alguien, teóricamente sin problema mental alguno, que no tiene contacto alguno con ese mundo para conocerlo en mayor profundidad, no hay adicciones de ninguna clase a su alrededor y vive una situación técnicamente sana, sin abusos en el colegio ni nada parecido. ¿Cuál es el primer contacto que puede tener con este u otro ámbito de la vida que le sea completamente ajeno sin forma alguna de acceder a él por una vía más directa? La televisión, la prensa, la literatura… 

Veamos durante una jornada las noticias. Leámoslas en el periódico. Analicémoslas después. En la mayoría de los sucesos que tengan algo que ver con la Salud Mental, encontraremos una frase parecida a “se sospecha que podría tener algún tipo de trastorno mental”. Ahora, comprobemos de qué van esos acontecimientos, qué temas principales son los que se abordan en ellos: violencia, muerte, hurtos, robos, accidentes… Sucesos bastante traumáticos. Van acompañados con esa coletilla de la sospecha o no sospecha de problemas mentales básicamente por ser un proceso judicial en el que deben dictaminar si sufre o no sufre algún trastorno el acusado; o, por el contrario, en aquel momento tuvo una enajenación que le impidió pensar en otra solución que no llevase a esas situaciones. ¿Por qué? Básicamente porque un problema de salud mental puede llegar a ser un atenuante en un juicio, una base en que los abogados del acusado pueden construir su defensa.

¿En realidad el ser humano se queda con esa información? La característica más común al leer algo, suele ser el análisis final de cada individuo con respecto a lo que ha leído y gran parte de la parrafada antes escrita no suele venir en la noticia, así que es simple, el ser humano se queda con una asociación clara: enfermedad mental es sinónimo de peligro.

Vayámonos después a otra de las propuestas. No suele ser muy usual que una persona recurra a los libros de autoayuda para intentar comprender mejor cómo funciona el ser humano o leer libros por placer de Psicología, cuando la mayoría tampoco escoge libros de matemáticas, explicaciones históricas… aplaudo a quienes les gusten esos géneros y los incluyan dentro de sus lecturas habituales, pero si vemos los índices de ventas, la ficción suele llevarse la gran mayoría de los lectores a nivel mundial. 

Si ahora observamos los libros o las series más vistas, generalmente nos encontramos con temas considerados morbosos dentro de los cuales los crímenes es una parte bastante explotada en esas historias. No se aleja de la vida real algunos sucesos, sí, puede ser. Pero si, por ejemplo, vemos una película cualquiera de esas que ponen en la sobremesa, después de comer, para intentar entretenernos aunque sean malísimas la mayoría, podemos observar que no se salva ninguna en la que el malo o mala de la historia tenga un problema mental o sea un psicópata de manual con sus cuadernos oscuros de pensamientos inconexos y casi adoradores de la misma muerte. 

Volvamos al punto inicial. Si esta persona, completamente ajena a todo este mundo, tiene esas únicas referencias con respecto a la salud mental, ¿qué puede uno pensar que creerán? ¿Qué imagen se puede tener de la enfermedad mental con esa presentación a la sociedad? Peligro a escala superlativa y miedo a que en cualquier momento esas personas puedan volverse psicópatas (sea lo que sea el término porque dudo que haya una gran mayoría de la población que pueda definirlo) o asesinos en cualquier momento que se obsesionen con uno, le hagan vivir su propia película de terror y terminen encerrados en un manicomio con esas camisas de fuerza que les evitarán volver a intentar nada. ¿Acaso soy la única que tenía esa percepción de la enfermedad mental? ¿Cómo no entrar en la fase de negación en cuanto a alguien le dicen que tiene que ir a un psicólogo o un psiquiatra cuando en la sociedad son más popularmente denominados como loqueros y objeto de burla por tener que ir a una consulta? 

Ahí tenemos una gran explicación. El ser humano se burla sistemáticamente de todo lo que es diferente. Por alguna absurda razón buscamos la aceptación siendo completamente iguales, sin nada que nos distinga, sin libertad, caminando como borregos hacia las mismas modas, sin aceptar que algo nos puede gustar y a los demás no (dentro de nuestro círculo social) y por eso no tiene porqué ser precisamente algo malo o un objeto de burla. Si no existe en la sociedad la propia aceptación de la individualidad y el concepto de que cada ser es diferente y único sin ir acompañado de las risas o el rechazo sistemático, ¿cómo queremos que una persona con problemas de salud mental pueda aceptar sin miedo que tiene dificultades y que es “diferente”? 

Diferente es la palabra que más parece asustar a toda la humanidad.

2018 / Sep / 21

— Despierta…

La voz de Derek hizo que terminase abriendo uno de mis ojos de mala gana. ¿Estaba ocurriendo algo? Si estaba volviendo a intentar que me fuese con él temprano a hacer ejercicio iba a lograr poca cosa.

— Vamos, Kyra, amor, despierta —dijo zarandeándome ligeramente.

— ¿Qué ocurre?

— Vístete con lo primero que encuentres, ha venido la policía para desalojarnos por un incendio.

¡Un incendio! ¡Mierda! ¿Tenía que llevarme todas las cosas? ¿No había humo por ninguna parte? ¿Podía echarle a alguna llama que intentase acercarse demasiado a mi portatil un vaso entero de agua, una cubeta o la bañera entera?

— ¡Vamos, Kyra!

Su voz apremiante me sacó del shock y me puse lo primero que encontré. Ropa cómoda. Deportiva… ¡Un momento! Me paré en seco con los pantalones en las manos y quedándome en bragas. Le miré frunciendo el ceño antes de resoplar.

— Derek Vance… ¿no es ninguna artimaña para que me vaya a correr contigo? Mira que nos conocemos —fruncí mi ceño demostrando lo molesta que estaba.

Se quedó mirándome y poco a poco su expresión seria se tornó en una sonora carcajada. Agarré más fuerte los pantalones para usarlos de arma y le fui golpeando con ellos en el costado molesta porque seguro que eran algo así como las seis de la mañana y lo único que había podido dormir habían sido un par de horas y no seguidas.

— ¡Mira que eres violenta!

— ¡Y tú mentiroso!

Yo estaba enfadada, él tan divertido que casi parecía de esas veces que uno termina cediendo a las necesidades de la naturaleza corriendo al baño como si se tratase de una gacela. Ni tan siquiera sé cómo lo hizo, pero me atrapó las muñecas y mientras intentaba soltarme para seguir dándole con esas mallas él se acercó a mi rostro.

— ¿Qué tal si pones en tu columna de virtudes lo inteligente que eres? —di robó un sonoro beso y me soltó las manos antes de salir corriendo—. ¡Nos vemos luego!

Por poco le tiré la zapatilla que había logrado coger. Suspiré mirándome a medio vestir y terminé de hacerlo dado que me costaría un poco recuperar el sueño, estaba segura. Por si acaso, por si me daba en cualquier momento, había decidido llevarme mi ordenador a la cama, le dejaría en el lado del colchón de Derek para dejarle bien clarito que él ya no era bienvenido en esa cama, no por el momento.

Quería dormir, pero si lo hacía sabía que habría muchas cosas que no podría conseguir terminar con el paso de las horas. Era bastante exigente conmigo misma en cuanto a la cantidad de hojas, palabras o capítulos escribir durante un día. Llegaba a ser tan obsesivo que me provocaba ansiedad, mucha y ésta se dejaba caer hasta mi cuello tensándolo de todas las formas que fuese capaz.

Sin embargo, había dejado de lado el experimento que tenía la noche anterior entre manos. No sabía si sería capaz de terminarlo, pero si me obligaba en ese momento dudaba que fuese a salir algo mínimamente decente. Las columnas acabarían igual, sin cambio alguno lo cuál sería una gran pérdida de tiempo para mí.

Debía despejar la mente y observé cómo estaba vestida. Maldije durante un momento a Derek y después, me giré para buscar mi teléfono móvil.

¿Dónde estás, bromista? Me iré contigo a hacer ejercicio. 

¿No estás bromeando? ¿Vendrás?

No bromeo. Creo que me vendrá bien tomar algo de aire fresco. 

¡Ya voy para allá!

Una de mis tendencias naturales era aislarme en mi hogar como si fuese una ermitaña en mitad de la montaña para no tener ningún tipo de contacto físico. ¿Por qué debía aislarme del mundo? Tan simple como que esperaba que de esa manera fuese a sufrir menos. De poco me habían servido mis viajes por el resto del mundo cuando volvía a costarme poner un pie fuera del que fuese allí mi hogar. No podía mantener una costumbre de salir todos los días un poco, como si tuviese temor a que me terminasen comiendo; aunque, en realidad, a lo que sí tenía miedo era a que el resto del mundo, todos los que estaban en ese momento en la calle, se diesen cuenta que lo único que podían hacer era reírse de mí con sus endemoniadas carcajadas e insultarme hasta cansarse.

Derek no tardó demasiado en llamar al timbre y dejé todo en la cama para irme con él una vez que me hube puesto las zapatillas. Cuando llegué a la puerta del portal, su sonrisa prácticamente cambió mi estado de ánimo del miedo desesperado a una ligera tranquilidad latente, puesto que no estaría sola. No obstante, no podía seguir necesitando ir con alguien a todas partes, tenía que poder moverme sola, tenía que poder caminar por la calle con la cabeza alta y que cada vez me costase menos regresar a la calle para dar mi paseo porque nadie estaba pendiente de mí, era una transeúnte más aunque me sintiese el centro de todas las miradas.

— Tranquila, ¿vale? —Derek tomó mi rostro entre sus manos casi sabiendo lo que estaba pasando por mi mente.

Mis ojos se centraron en él, asentí respirando profundamente y le di un pequeño beso.

— No vayas a un ritmo demasiado rápido que mi tono muscular, resistencia y todas esas cosas, seguramente están por los suelos. Llevo años sin mantener una actividad física regulada, aunque debería —hice una mueca esperando no ver su ceño fruncido. De todos modos, él ya sabía eso.

— Claro que no. Iremos a un ritmo que tú puedas llevar.

Entonces comenzó a correr y me maldije a mí misma por haber aceptado. Aquello sería peor que una tortura china.

Cuando realizaba ejercicio solía recordar los momentos en los que lo había practicado previamente. Solía dolerme la espalda, a menudo, me ardían los pulmones, la boca me sabía a sangre… era una sensación muy desagradable y lo máximo que había hecho en mi vida había sido una carrera entre quince y treinta minutos del calentamiento previo para una clase de Educación Física. Aunque no me gustase la teoría de esa asignatura, la prefería mil veces con sus tecnicismos porque estudiar sí se me daba bien.

Comencé a correr de esa forma, con desgana, esa en la que se nota que no se quiere correr e iba tan lenta como en los entrenamientos. Casi arrastraba los pies. Derek me miró sorprendido y luego soltó una pequeña risa antes de situarse a mi lado dándome un pequeño pellizco en el trasero.

— Ni pienses que por ir así vamos a terminar antes, señorita.

Le miré con esa mirada asesina que siempre me había dicho mi familia que daba algo de miedo. Rostro serio, expresión de mafiosa total y absolutamente orgullosa de ello y buscando el arma con el que darle el golpe final. Sin embargo, logró remediarlo dándome un beso en los labios y le maldije aún más por ser tan absolutamente adorable. Sabía usar bien sus propias armas a favor.

La carrera fue pesada, demasiado y me hacía poca gracia que él pudiese hablar casi sin ningún problema, como si simplemente estuviésemos andando aunque yo caminando a buen ritmo también me las veía y me las deseaba para poder respirar sin que pareciese que estaba corriendo la maratón de Nueva York. Sí, tenía un gran problema entre manos con el deporte y debía aprender a verlo de otra forma. El deporte no era mi enemigo, nunca lo había sido. Solamente tenía que hacerme una rutina, como con todo, para así acostumbrarme a incluirlo en mi vida. Sino sería doña vagueza extrema y además de la vagueza volvería a coger todos los kilos que me había costado quitarme de encima tantos años atrás. Si me sentía más a gusto con este cuerpo, aunque no fuese perfecto, debía mantenerlo así. Por mi propia Salud Mental dado que sabía lo que ocurría cuando los kilos volvían a acecharme. La frustración y la ansiedad eran reales. Se volvían una nueva losa. Siempre había odiado mi cuerpo de esa manera pese a que no debía hacerlo, a que nadie me tenía que haber obligado a sentirme peor que los demás por tener más kilos encima, pero cuando algo se mete tan dentro, se transforma en un dogma de la mente y casi parece más sencillo canonizar al mismo demonio que conseguir que mi cabeza cambiase de parecer.

Me obligué a concentrarme en la conversación de Derek quien estaba inmerso en un monólogo sobre todo lo que podíamos hacer juntos si conseguía sentir ese gusanillo y necesidad por hacer deporte.

Después de una interminable hora, con flato, ahogamiento y casi marearme, llegamos a la puerta del portal. Me sentía exhausta, a punto de notar que el corazón se salía por mi boca, con los pulmones suplicando por aire y no parecía haber suficiente por mucho que los llenase.

Tardé más de un cuarto de hora en regresar a mi ritmo de respiración normal. Entre toses, beber agua y la visible preocupación de Derek. Mi forma física estaba por los suelos, pero aunque me costase admitirlo en voz alta, debía reconocer que tras ese mal rato mi cabeza se había despejado y tenía muchas más energías.

2018 / Sep / 20

Terminamos de cenar después de que conseguí sanar ese dolor latente que parecía desprender todo su ser como si le hubiesen dado la peor de las palizas de la historia de la humanidad. El sufrimiento no era cuantificable, al igual que el dolor. No se podía medir, no existía manera, pero tampoco uno necesitaba ser un gurú o un científico o un telépata. Con saber leer la expresión de quien tenías delante era suficiente para saber qué estaba pasando y si el dolor era soportable o no. Puede que para mí fuese más inconcebible la idea de permitir sufrir a otra persona antes de hacer algo para paliar su dolor. Fuera como fuese, había logrado que sus ojos volviesen a tener cierto brillo antes de que se fuese a continuar con sus trabajos.

El cuadro en el que Derek estaba trabajando en ese momento era bastante técnico y complicado. Aún tenía mucha parte del lienzo en blanco y consultaba una y otra vez todos los bocetos que había hecho previamente. Había visto sus dibujos, la colocación de las formas y por la expresión que tenía cada vez que los miraba era más que evidente que estaba de todo menos contento con su planteamiento inicial, pero como no se le había ocurrido otro esperaba, en lo posible, que el comprador los apreciase.

Solía preguntarme cómo uno podía ser tan imaginativo como para tener tantas ideas diferentes bajo presión. Me resultaba increíblemente asombroso, algo que no se valoraba lo suficiente pues la construcción de esa imagen, de esa representación de un sentimiento o de la propia forma de ver un concepto por el artista, tenía su mérito. No todo evocaba algo, no siempre se tenían ideas que se adoraban o se consideraban dignas de museos o de ser escuchadas. Sin embargo, cuando algo se convierte en tu oficio debes continuar con aquello que se te ha ocurrido aunque no sea tu mejor trabajo o tú pienses que no lo es.

Volví a observar ese folio donde había escrito tantos defectos. ¿Realmente era todo lo que ponía? Mal hablada, insegura, manipuladora, gorda, irresponsable, fea, gritona, insoportable, irascible, miedosa, problemática, inútil, mentirosa, tonta, inconstante, cobarde, poco fiable, insuficiente, curiosa, vaga, irrespetuosa, caótica, anormal, desordenada, peluda, loca, bromista, irónica, incomprensible, respondona, insustancial, envidiosa, infantil, mediocre, negativa, repulsiva…

En la columna de virtudes en cambio, la lista era bastante más sencilla de leer: empática y altruista puesto entre interrogaciones.

Eché la cabeza para atrás antes de negar ligeramente. La única forma de contrastarlo sería obligando a mi cabeza a recordar los halagos que había recibido de otras personas, no solamente lo que pensaba de mí misma o en los malos momentos. A pesar de que el punto de vista en otras mentes era completamente subjetivo, podría ir analizando uno a uno los verdaderos significados de esos adjetivos e intentando, en lo posible, juzgar con imparcialidad si esa definición realmente formaba parte de mi comportamiento habitual.

El trabajo sería costoso. No era fácil aceptar los defectos sabiendo que sí, efectivamente, por mucho que uno pensase no podía quitarse ese sambenito, pero también era cierto, que la complicación recaía en aceptar esa negativa, aceptar que había que tachar un adjetivo porque una no era así, porque yo no era eso en concreto y muchos más complicada se planteaba la posibilidad de tener que escribir su antónimo en virtudes.

Cuando quise darme cuenta el reloj marcaba las tres de la madrugada. Me dolían los ojos y la cabeza. No quería pensar más, solamente quería irme a la cama, pero mi mente no iba a cambiar el rumbo de sus pensamientos y me regalaría alguna perla de esas que hacen a uno creer que dormir debería estar sobrevalorado si no fuese un función vital para nuestro cuerpo.

Desde luego recomendaba este ejercicio para el que quisiese deprimirse primero y luego librar una batalla contra esa parte negativa de sí mismo. Las listas no habían variado demasiado. Había logrado quitar algún defecto, pero no había añadido absolutamente nada a las virtudes por mucho que hubiese pensado y requetepensado en busca de la plena objetividad, pero cuando creía conseguirlo otra parte de mi cabeza me decía que no era objetividad, sino que había cambiado por completo la manera subjetiva de plantearlo. Fuera como fuese, llevaba demasiadas horas dejando ganar a mi lado negativo y no podía ni con mi alma.

Me estiré sabiendo que había empezado en ese horrible bucle de ligero insomnio, de sueño revuelto que terminaría con mi cuerpo con tanto sueño acumulado que necesitaría dormir durante un montón de días seguidos tantas horas que casi no vería el día.

Froté mis sienes y después me percaté de lo pajizo que tenía mi pelo. El rubio con tanta decoloración me lo había dejado tan áspero que casi no reconocía a mi cabello que normalmente siempre estaba sedoso y daban ganas de tocarlo. Pensé en si debía seguir decolorándomelo y negué creyendo que el rubio tampoco era el color para mí, que seguramente el moreno iría mucho mejor con mis rasgos aunque no los dulcificase sino que me entregase más seriedad.

Emití un ligero quejido. Estaba deseosa de meterme en la cama, pero esa parte remolona de mí misma deseaba que me quedase despierta para hacer todo lo que pudiese. Seguramente estaría sola, completamente sola porque no me habría dado ni cuenta que Derek se había ido a la cama. No obstante, cuando dirigí la mirada hacia su estudio pude ver que había luz. No demasiada, pero había.

Caminé hacia allí y pude ver a Derek sentado en un taburete, con un pincel entre los labios y otro en sus dedos buscando realizar los trazos más finos y suaves a uno de sus cuadros. Me sorprendió comprobar que se trataba de ese cuadro en que mis ojos estaban reflejados. Había ido añadiendo poco a poco distintos detalles, partes de mi rostro. El cuidado que tenía con cada facción, con cada pincelada era asombroso, igual que si estuviese dispuesto a tratar el retrato como me trataba a mí, con la misma dulzura, con la misma delicadeza, con la misma suavidad.

Cambió de pincel para realizar una pequeña sombra debajo de mi pómulo. La pintura no era muchos tonos más oscura, pero daba un contraste perfecto. En pequeños degradados iba terminando por unificar las dos tonalidades. Era sorprendentemente maravilloso ver cómo se volvían una, cómo parecía que era antinatural que existiesen la una sin la otra, sobre todo que existiesen fuera de ese cuadro.

Aún me preguntaba cómo era posible que no se diese cuenta del arte que hacía y también intentaba calcular cual era el número total de horas que se pasaba buscando arreglar ese cuadro, intentar hacerlo una perfecta réplica de mi rostro.

— ¿Aún sigues perdiendo el tiempo con ese cuadro? —pregunté con suavidad sin quitar mis ojos de la expresión de concentración que tenía él.

Se giró lentamente observando mi expresión de diversión antes de contestarme. Se quitó el pincel de entre los labios y chasqueó la lengua.

— Qué vergüenza que no entiendas absolutamente nada de arte…

Reí antes de caminar hacia el cuadro y mirarlo como si estuviese pensando hacer alguna especie de maldad con él.

— Me has puesto papada —dije de repente señalándolo, pero sin tocarlo.

— ¡Eso es imposible! Si no tienes —miró alternativamente al cuadro y al lugar donde debería estar la famosa papada inexistente.

Intenté contener la risa por la forma en la que él estaba intentando averiguar dónde había visto papada en el cuadro. Era tan sumamente adorable cuando quería ser tan perfeccionista. Bueno, siempre era así de perfeccionista, era una parte de su manera de ser que me encantaba, para qué iba a negarlo. Solamente si algo no me gustaba era cuando a él le proporcionaba algún tipo de sufrimiento.

— Tranquilo. Solamente estoy bromeando —dejé un beso en su mejilla abrazándole por los hombros.

Suspiró profundamente entre aliviado, pero aún un poco preocupado por si era en ese momento en que estaba diciendo una mentira, no antes cuando le había señalado su inexistente error. Me sorprendía la fragilidad que tenía nuestra seguridad en algo. Solamente con una broma lográbamos desestabilizarnos completamente, sentir que lo que habíamos hecho ya no valía para nada. Debía tener más cuidado a partir de ahora con bromear sobre su trabajo y menos aún sobre este cuadro que cuidaba como oro en paño.

— Eres malvada, ¿eh? —musitó antes de dar unas últimas pinceladas.

— ¿Te gustaría que fuésemos a dormir ya? Estoy agotada… necesito unas veinte semanas de sueño más o menos.

Rió al escuchar el tiempo que necesitaba para descansar y luego di suaves besos en su cuello para que accediese.

— Claro que sí, amor. Iré enseguida. Dame un minuto.

Me separé de él con la promesa de que tan solo iba a tardar un minuto. Me quité la ropa de estar en casa y terminé metiéndome en la cama una vez puesto el pijama. No tardó un minuto, no sé cuánto tiempo tardó en realidad, pero cuando me desperté en mitad de la noche estaba ahí acurrucado junto a mí, abrazándome y protegiéndome de todo por lo que terminé durmiéndome de nuevo, contenta de tenerle a mi lado.

2018 / Sep / 20

La pregunta seguía rondando por mi cabeza. ¿Qué necesitaba para ser aceptada? ¿Qué debía hacer, decir, pensar…? ¿Debía ser aceptada por los demás o debía empezar aceptándome a mí misma? Ya lo hacía, ¿no? No, no lo hacía, dudaba que lo hubiese hecho en algún momento de mi vida y sí, tenía razón cualquiera que dijese que la clave para ser aceptado por el mundo era aceptarse a uno mismo, pero lo que yo buscaba era algo más de tranquilidad, no sentir que debía esconderme como si hasta la peste tuviese más derecho a transitar por el mundo que yo misma.

Primer paso a tener en cuenta, ¿realmente sabía mis puntos fuertes y mis defectos? Puede que si tuviese que hacer en ese momento una lista dejaría la columna de las virtudes completamente en blanco mientras que llenaría la de defectos usando la imaginación o la sobregeneralización porque debía ser completamente imposible que alguien tuviese tantos defectos sin absolutamente nada que lo contrarrestase de alguna forma. Solíamos ser un equilibrio entre nuestros puntos fuertes y aquellos más débiles o donde flaqueábamos un poco. No obstante, ¿reconocíamos bien qué era un punto débil? Yo misma dudaba de eso. ¿Era imparcial conmigo misma en ese aspecto o cualquier cosa que fuese mínimamente negativa terminaría en aquella odiosa lista que comenzaría después de cenar?

— Esa mente pensante qué estará tramando…

La sonrisa de Derek fue prácticamente arrebatadora mientras intentaba masticar aquella enorme hoja de lechuga que me había metido en la boca.

— Conquistar el mundo, ya lo sabes —bromeé encogiéndome de hombros y provocando sus propias risas.

Dejé el tenedor apoyado en el canto del plato y entrecerré mis ojos mirándole fijamente mientras me debatía si aquello que iba a decirle debía hacerlo o no, pero siempre había encontrado un extraño placer en contarle todo lo que pasaba por mi cabeza siempre que creyese que no iba a hacerle daño alguno. Su comprensión o su respuesta sobre ellas resultaba igual que un bálsamo para paliar el dolor que me había hecho yo sola abriendo una herida más en todo mi pecho maltrecho y lleno de cicatrices mal curadas.

— Pensaba en la necesidad de aceptación, del ser humano en general, pero también la mía en particular. Intentaba dilucidar si se trata realmente de algo externo o más de algo interno. Es decir, ¿yo misma me acepto como soy? He llegado a la conclusión de que no y, el principal motivo para centrarse en algo así no es si intentar que los demás adoren cada parte de tu ser, no, al contrario, eres tú quien debes apreciarte. Si viene acompañado del exterior, perfecto, que no… en fin, no se necesitaría ¿no? Porque uno estaría plenamente satisfecho de sí mismo —me encogí de hombros antes de volver a coger el tenedor entre mis dedos para pinchar algo más de aquella deliciosa cena—. Por eso mismo me estaba planteando un experimento que realizar conmigo misma.

Llevé un poco de calamar a mi boca masticándolo tranquilamente antes de apoyar mi espalda de nuevo en el respaldo de la silla.

— ¿Qué experimento?

Cuando mis ojos se encontraron con los ajenos de nuevo descubrí ese placer súbito al ver que le interesaba lo que le estaba contando, me escuchaba igual que se atiende en la clase que resulta más fascinante. Mordí mi labio inferior intentando esconder mi sonrisa y después tragué lo que aún tenía en la boca.

— Había pensado intentar descubrir cuál es realmente mi grado de aceptación. Poner en una lista mis virtudes y mis defectos de la forma más objetiva posible, lo que imaginarás que no es sencillo, ni mucho menos. Es más fácil ver solamente cosas negativas, incluso, exagerar la cantidad de estas mismas. Tiene que haber un ligero equilibrio en ellas y tengo la grandísima sensación de que la columna de defectos estará plagada mientras que me costará horrores decir cosas de mi misma positivas, pero también habrá algunas negativas que aún me avergüencen… Es un primer paso en el experimento. Después tendría otras fases, evidentemente —removí el contenido del plato con el tenedor esperando que no escapase una risa de su garganta porque mi seguridad sobre mis propios propósitos e ideas solía ser tan frágil que parecía estar andando sobre una cuerda con un precipicio de fondo y cualquier pequeña respuesta que mi mente terminase procesando como negativa se transformaría en un viento huracanado que me haría perder el equilibrio y caer sin ningún tipo de red que fuese capaz de evitar la caída mortal.

Con todo el miedo que se agolpaba en la boca de mi estómago causando un intenso sentimiento de hambre por la ansiedad, encontré su mirada aún pendiente de mis facciones. No habían pasado nada más que un par de segundos desde que había terminado mi pequeño monólogo y podía ver que lo estaba procesando casi como si fuese la teoría de la relatividad o algo parecido.

— Suena interesante. ¿Podría intentarlo contigo? —preguntó serio, sin nada que me indicase que podía estar bromeando lo cuál me resultó aún más asombroso si era posible.

— Claro, pero ¿no te parece ninguna tontería? —fruncí mi ceño llevándome otra pinchada de comida a los labios.

— Para nada. Considero que todas las teorías tienen su base y tú estás intentando averiguar de alguna forma hasta qué punto aceptas tanto tu parte buena como la mala y además, de paso, descubrirás el nivel de tu autoestima, que no hay que estudiar Psicología para darse cuenta que lo tienes en los tobillos —sonrió ligeramente y se levantó de la mesa limpiándose los labios con la servilleta.

Me dio un beso en el pelo y buscó dos hojas junto a dos bolígrafos. Me dejó uno de cada a un lado del plato y él puso el otro folio en el lugar que mejor le servía para escribir sin problemas.

— Una tabla, ¿no? —preguntó mientras realizaba las líneas precisas en su hoja.

— Sí… Pero no tenemos porqué hacerlo ahora.

— ¿Por qué no? Se te veía ansiosa por comenzar.

— No sé si ansiosa sea la palabra que yo hubiese empleado —reí un poco antes de coger el bolígrafo cambiándolo por el tenedor y ponerme a realizar la tabla que a medida que iba cobrando forma estaba dándome más y más miedo.

Después de unos minutos escribiendo ambos en silencio, miré ese folio. Los adjetivos que había colocado en la columna de defectos necesitaban más espacio que el propio largo del folio, mientras que en las virtudes escasamente había escrito dos.

Dejé el bolígrafo sobre la mesa esperando que esa parte negativa de mi cabeza que me recordaba aquella interminable retahíla de adjetivos sobre mí misma estuviese satisfecha porque había intentado, en lo posible, escribirla en su totalidad.

Observé a Derek que había dejado el bolígrafo también. Una mueca apareció en sus facciones y luego resopló casi dándose por vencido.

— No soy capaz de escribir ni una sola virtud, te lo prometo —casi se lo tomó a risa, pero en realidad podía ver que le había afectado mucho más de lo que decía.

Me levanté de la mesa, olvidándome por completo de aquella lista y me senté a horcajadas sobre él dando la espalda a todo lo demás salvo a su rostro.

— No tengo ni que mirar la tabla para saber que todo lo que has puesto en defectos para mí son virtudes, estoy convencida —besé suavemente sus labios intentando animarle.

Correspondió el beso sin dejar de mirarme con curiosidad, acariciando mis costados casi temeroso de que me rompiese, de que emplease demasiada fuerza o algo parecido y me resquebrajase entre sus dedos transformándome en partículas minúsculas que jamás podrían volver a unirse.

— Lo que no sé es cómo te has podido fijar en alguien como yo…

Hice un puchero y le robé otro beso sabiendo que ese experimento había sido de todo menos algo positivo para los dos. Seguramente, cuando estuviese sola delante de esa hoja podría analizarla de otra manera, podría ver qué fallaba en mi cabeza o cuál había sido el “riguroso procedimiento” que había usado para escribir toda esa lista de puntos débiles, de defectos, de manchas de alguna forma que me hacían pertenecer a un grupo de leprosos que prácticamente parecía haber inventado yo sola y en el cartel de nuestro cuartel general estaba puesto algo parecido a: “No se admite ABSOLUTAMENTE a nadie más”.

— ¿Crees que has sido completamente objetivo?

Él asintió lo cuál hacia mucho más doloroso todo aquello para él. Yo misma tendría que devanarme los sesos buscando los hechos palpables, lógicos, reales que diesen razón o se la quitasen a todos esos adjetivos además de trabajar en aquella escueta enumeración de virtudes de mi persona.

— ¿Te digo yo qué pondría principalmente en tu columna de virtudes?

Sus cejas se arquearon y asintió antes de volver a bajar la mirada casi como si estuviese avergonzado. Fruncí mi ceño y me acerqué a una de sus orejas para susurrarlo igual que si fuese un secreto, el secreto de la vida eterna o algo parecido que debiese permanecer entre ambos.

— Que eres tú. Esa es tu principal virtud.

Su abrazo llegó automáticamente y dejé besos en su cuello con intención de calmarle. Quizá había muchas de estas teorías mías o cómo desease llamarlas que tenían que quedarse solamente en mi cabeza, nada más que para evitar su propio dolor.

2018 / Sep / 20

¿Cuál es la clave para conseguir la aceptación? Todo el mundo soñamos con ser aceptados de una forma u otra. La apreciación de alguien, el amor, tener un grupo de amigos cuanto más grande mejor o más pequeño, según nuestras preferencias a la hora de tener relaciones con los demás si más superficiales o mucho más profundas e intensas. Siempre me he preguntado de dónde salía esa necesidad mía por la aceptación incondicional de todas las personas del ancho mundo. Nunca me había parado a pensar en teorías filosóficas, de hecho, había aceptado que era rara porque tan solo mi madre no tenía esas necesidades. ¿Con quién había podido hablar hasta ese momento que no fuese con ella? Sí, mis psicólogos y psiquiatras que me habían devuelto que el principal factor no era el beneplácito de los demás, sino mi propia aceptación.

Pero, ¿entonces no era normal tener esa necesidad por encajar en un lugar? Con el paso del tiempo y sobre todo con mi insano deseo de conocer todo lo posible del mundo entero, había descubierto la posibilidad de que fuese un punto débil de todo ser humano teniéndolo en mayor o menor medida en la composición de la forma de ser de cada uno. Por mi propio aislamiento se había podido hacer mucho más poderoso ese deseo pues había concentrado todos los deseos de experiencias sociales de mi vida, en una aceptación plena que no había recibido hasta ese momento.

Recordaba cómo soñaba hasta despierta en ser cantante, actriz o escritora y cómo sobre todo el hombre de mis sueños, ese actor que me gustaba en ese momento básicamente, quedaba prendado de mí porque era un ser tan sobrenaturalmente hermoso que estaba hecha únicamente para que él me apreciase.

Aún podía vislumbrar lo que hubiese adorado ver de pequeña, ver de verdad y de no tan pequeña también. Una extensa alfombra roja. Llevaba un vestido de esos de Dior, Valentino o Versace que dejaba boquiabierto a todo el mundo porque me quedaba como un guante. En realidad, alrededor de mi cintura había puesto el edredón para que me diese ese aspecto de maravillosa falda de princesa. No importaba que tuviese unos pelos de loca que no los querría ver nadie, no, en esas fotografías incansables sobre mi persona mi maquillaje era perfecto, mi recogido igual y mi sonrisa blanca y deslumbrante. Todos se sabían mi nombre, habían ido ahí para recibir mi autógrafo más allá que el de cualquiera de todas las celebrities que iba poco a poco colocando mi mente alrededor de esa alfombra roja.

Era la escritora de una de las novelas superventas que había revolucionado el mundo entero y dentro de los participantes en la película que intentaba ganar más adeptos a esa historia estaba aquel hombre que hubiese suplicado conocerme antes, en otro momento mientras que yo, parecía no darme cuenta de su necesidad por una mirada, una sonrisa, una caricia…

Me sonrojé rememorando aquello. Mis sentimientos eran tan narcisistas en esas ensoñaciones. No obstante, siempre hacía lo posible por firmar a todo el mundo, por atender a todas las fotos aunque odiase las fotografías y tuve que contener una pequeña risa porque dudaba que si algo así se hiciese realidad, yo pudiese reaccionar como tanto me hubiese gustado en todos aquellos mundos paralelos que inventaba para contrarrestar el horror de mi día a día.

¿Alguien más había pasado por algo así? ¿Era la única que aún pasada la mayoría de edad se había creado universos paralelos que le ayudasen a sobrevivir a esa vida vacía, desprovista de emociones positivas que me había obligado a tener?

Aquellos pensamientos habían provocado ese sentimiento perfecto, la pregunta indiscriminada en la que no encontraba ningún tipo posible de respuesta. ¿Y si más personas tenían esa pregunta y podía ayudarles a sentir que no estaban solos o que no eran tan raros? Esa era una de las partes que más había echado de menos en los distintos tipos de terapias que había tenido a lo largo de mi vida. Había hecho lo posible para que mis pacientes encontrasen ese lado de recepción positiva de emociones que consideraban extrañas. Estar perdido y sentirse un ser fuera de este mundo, como una especie a parte era devastador para cualquiera. Todos necesitábamos un mínimo de comprensión.

Mis dedos teclearon con rapidez obligándome a no pensar demasiado en lo que iba a sentir si realmente algo así caía en las manos de otra persona y descubría que eran mis verdaderos sentimientos. La escritura no era sencilla si permitía que mis miedos aflorasen. Me había obligado a no tener tabúes, a escribir todo sin filtros, como si fuese un diario que no fuese a tener más lectora que yo. No había porqué arrepentirse de nada de lo que sentía, de mis emociones, de mis pensamientos, porque generalmente la que solía salir perjudicada en ellos no era nada más que yo. No importaba cómo, siempre terminaba con la culpa a mis espaldas en una mochila que se iba haciendo demasiado pesada con el paso del tiempo.

Lady Gaga y su Just Dance me acompañaban. No pegaba esa canción ni con cola con lo que estaba intentando explicar, pero por alguna razón desconocida me daba fuerza, un aliento de una amiga o de la voluntad que parecía perdiendo cada vez que una duda aparecía en mi mente deslizándose cual serpiente y envenenando todo a su paso.

En ese instante me sentía como en los dibujos animados cuando se tiene un demonio en un hombro y un ángel en otro. El demonio con mi rostro, evidentemente, susurrándome todos mis temores paralizantes mientras que la canción parecía estar haciendo el efecto contrario. Sí, no decía específicamente eso, pero mi cerebro parecía procesarlo como un “a por ello, Kyra” y para qué negar que lo necesitaba contrarrestando de esa forma a esa parte diabólica de mi ser que quería seguir teniéndome encerrada en esa odiosa cárcel donde a duras penas si podía llegar a respirar sin sentir alguna de sus dagas clavarse en mis pulmones para arrebatarme las fuerzas que consiguiese reunir para vencerla.

La lucha era continua y terminaba desfallecida. Siempre parecía ganar, siempre me encerraba en esa cárcel que debía abrir a golpe limpio o con el ingenio suficiente para vencerla, llevarme a mi terreno la victoria como si fuese algo sencillo. Ella sabía lo que pensaba, ella sabía qué iba a hacer después y contrarrestaba todo con la rapidez que tan solo el cerebro humano puede tener cuando se trata de pensar cosas automáticas analizándolas con una velocidad arrolladora para darte cuenta, cómo no, que el problema de la humanidad eras tú y que si te apurabas hasta las guerras habían ocurrido a lo largo de toda la historia de la humanidad solamente porque sabían que llegarías al mundo y eso era un fallo garrafal.

Cuando el bucle de emociones era tan grande llegaba a creerme el anticristo, como si todo ese sufrimiento fuese para llevarme por ese camino del mal que parecía tan deliciosamente satisfactorio. Evidentemente, no lo era. Mi razón conseguía gobernar recordándome que eso era imposible, que no era nada más que mi cabeza actuando para devolverme la tristeza crónica que me había recetado para el resto de mis días y sobre todo, ante cualquier otra cosa, debía recordarme que había intentado el camino del mal, claro que lo había hecho. Había actuado como un ser sin corazón y aún me perseguía la vergüenza y la desgracia. Si hubiese nacido para el mal hubiese deseado volver a hacerlo, pero en su lugar, la bilis se acumulaba hasta subir por mi esófago recordándome que no era malvada por naturaleza. Nunca podría serlo si ayudar a los demás me salía de lo más profundo de mi ser sin pensar tan siquiera.

¿Extraña, verdad? La forma en la que la mente era capaz de tergiversar todo sepultando una virtud o un valor propio para transformar a alguien en todo lo contrario.

Derek dejó un beso en mi cabeza antes de irse hacia la cocina. La luz del día nos había vuelto a abandonar. La noche, oscura y misteriosa, volvía a cernirse sobre la ciudad buscando entregar la liberación a muchas personas que necesitaban de esas horas llenas de alcohol o en las que podían quiénes eran en realidad tirando sus caretas de gente respetada a la basura hasta que volviesen a necesitarlas al día siguiente.

Pensé en Gerault, también en Douglas, en Damian… en todos cuantos había conocido que habían necesitado mi ayuda, que la habían pedido o me habían contratado para ello y, a diferencia de lo que cualquiera pudiese creer, sentía cierto pesar en mi pecho por no haber podido ser ese hombro donde llorasen, descargasen su alma y viesen la luz, viesen una posibilidad para escapar de esas sombras que parecían consumirles.

¿Por qué habría vuelto Gerault a buscarme? ¿Por qué aseguraba que todo era un juego por mi parte? ¿A qué creía que estaba jugando? ¿Necesitaría ayuda de verdad? ¿Y Tatiana? ¿Qué habría pasado con ese monstruo de la naturaleza?

Miré mi móvil y tuve ese intenso deseo por regresar a las personas del pasado para lograr sacarlas de su pozo, entenderlas, cuidarlas y protegerlas, pero ¿era ese mi deber?

— La cena ya está lista.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por Derek quien había llegado hasta mí para abrazarme por los hombros leyendo las frases que le permitía la pantalla.

— Vamos a cenar, cotilla —besé su mejilla y me levanté de la silla para ver qué había de cena.

2018 / Sep / 19

Amar es un sentimiento difícil de explicar. ¿Eres amado? ¿Es amar lo que llena el alma sin ningún tipo de respuesta? Tenía gracia comprobar cómo ideas que se consideraban tan claras iban cambiando su enfoque con el paso del tiempo llegando incluso a plantearlas desde el punto de vista del escéptico, del creyente, del puritano, del soñador, buscando respuestas en otras personas a cuestiones que estabas convencido que solamente tú poseías la solución que iba a terminar satisfaciendo todos los deseos. De todos modos había algo masoquista en esa búsqueda de respuestas que parecían imposibles de ser finalmente encontradas sin que terminase uno volviendo a plantearse la posibilidad de que esa respuesta no fuese lo suficientemente satisfactoria, era la búsqueda eterna, una entrega a la aceptación de que nada era inamovible ni podía volver a verse de ninguna otra manera.

No sabía si el resto de las personas llegaban a tener estos intensos debates que tenía conmigo misma sobre diferentes cuestiones fácilmente respondibles de forma automática, pero sin una real contestación tan simple cuando se pensaba en ellos con profundidad. De hecho, muchas veces había creído que era extraña por plantearme cuestiones que en ocasiones se escapaban de mi propio conocimiento básico sobre muchos temas. Aun así sentirme rara, creer que era diferente al resto de la población tampoco era algo tan dispar en mí. Siempre me había considerado una especie a parte.

Acabábamos de hacer el amor y ya volvía a estar otra vez en las nubes. ¿Qué poderes extraños tenía Derek? Después de la pasión no había rechazo, ni dolor, ni temor, ni nada por el estilo, solamente había una puerta abierta, en par en par, para ser esa Kyra cariñosa que era de pequeña, para permitirme sentir por completo. Estaba feliz, siempre lo estaba cuando él me estrechaba entre sus brazos, casi un estado perpetuo que no sabía valorar en realidad y que echaría de menos cuando no existiese, cuando se hubiese disipado, se hubiese vencido…

Había como un contrato silencioso entre mi forma de comportarme y lo que creía merecer. Siempre recurriendo a lo peor, a lo más doloroso para mantenerme en esa existencia miserable. No obstante, Derek se alejaba de todo eso y no me perdonaría si lo terminaba corrompiendo.

Me giré observando sus ojos que me miraban como siempre lo hacían, con esa mezcla de veneración, de amor y locura propia de él, solamente de él. ¿Quién en su sano juicio podría terminar sucumbiendo a una mujer con tantos problemas como yo?

— ¿Qué piensas? Cuando se te frunce el ceño es que hay algo que no anda del todo bien —murmuró antes de inclinarse hacia mí para robarme un pequeño beso.

Negué creyendo que lo mejor que podía hacer era mantenerle lejos de todos esos pensamientos completamente suicidas, aquellos que terminarían rompiendo la estructura de todo lo que habíamos logrado edificar igual que las termitas acababan debilitando la estructura de madera haciendo que pareciese estar bien, íntegra, pero que si la tocabas, si tenía más peso que el de la propia gravedad actuando sobre sí misma, se volvería polvo.

Suspiré profundamente antes de darle un beso en los labios.

— Pensaba en cómo podría continuar ese libro…

— ¿Yo estaré en él?

La pregunta hizo que soltase una pequeña carcajada, pero jamás había pensado plantearlo con ese esquema, siempre habría creído que lo mejor era centrarme en ese pasado para luego dejar al personaje evolucionar. No obstante, podía tener más sentido incluir todo, absolutamente todo, sin restricciones de ninguna clase.

— Si es un libro sobre mi vida… tendrías que estar entre sus páginas.

— Me odiará todo el que lo lea —contestó tan rápidamente que parecía tenerlo tan claro como el agua.

— Uno, presupones que alguien lo leerá y dos, ¿quién podría llegar a odiarte, Derek? —volví a negar antes de besar sus labios y levantarme del suelo de su estudio.

Él se quedó mirándome, observando cada pequeño gesto, cada movimiento de mi cuerpo y no pude evitar sonrojarme por instinto.

— Me miras como si fuese deseable…

— Es que ERES deseable, señorita Mijáilova. No necesitas intentar seducir, lo haces solamente con respirar —tiró ligeramente de mi falda para quitármela de entre los dedos.

Reí por ese juego y cuando me incliné un poco más para de esa forma mantenerla en mi poder, sus brazos cambiaron de estrategia y me atraparon por la cintura sentándome en sus piernas en un movimiento rápido, veloz, casi de un cazador que me dio un pequeño susto y provocó mis risas. Me sentó en su regazo y me apretó contra su cuerpo con lo que parecía no tener intención alguna de dejarme escapar.

— Eres un bobo —susurré y le di una pequeña mordida a su mejilla sin hacerle ningún tipo de daño.

— Y tú una diosa… —me volvió a tumbar en el suelo y se puso sobre mí parando mis risas a besos que poco a poco me daban esa razón que necesitaba para seguir adelante, para seguir caminando, luchando, existiendo, viviendo. A veces, en la vida, cuando uno no tiene fuerzas solamente necesita que alguien les entregue un poco de su amor, de su tiempo, de su energía y se vuelve a vislumbrar esa luz que creíamos que no se volvería a ver.

— Tienes que trabajar… —musité jadeante entre besos costándome una fuerza tremenda dejar de besarle esos segundos.

— Con mucho gusto…

La picardía se veía por todo su rostro y reí mientras bajaba dando besos por mi cuerpo por encima de la ropa. Era completamente incorregible y no quería que parase ni que cambiase, pero no podíamos vivir solamente de estar entre los brazos del otro, teníamos ambos que trabajar, yo si quería ser algo finalmente en la vida y él continuando con esa muestra de arte único y especial que solamente él podía entregarle al mundo.

— ¡Derek, con el cuadro no conmigo! —volví a reír intentando evitar que siguiese bajando por mi cuerpo con aquella boca pecaminosa.

Resopló y volvió a elevar su mirada hasta mis ojos, situándose a mi altura. Me robó un beso y suspiró como si le costase la vida decir aquellas palabras:

— Entonces salga de aquí, señorita Mijáilova o me temo que volveremos a terminar entre gemidos.

Sonrojada y conteniendo la risa tonta que me había entrado por una razón desconocida, me levanté del suelo aprovechando que me dejaba escapar antes de observar cómo intentaba relajarse pues había vuelto a desearme con demasiada ferviente necesidad.

2018 / Sep / 19

Tenía el tiempo completamente tasado. Tenía un plazo máximo. Después de un día en concreto ya no iban a aceptar más correos electrónicos y a cada segundo que pasaba me costaba más y más enviar ese e-mail. Hacía más de dos semanas que lo tenía preparado, listo para poder darle al botón de forma que llegase a la bandeja de entrada de los organizadores pudiendo, de esa forma, aspirar a, al menos, ser leída. Lo más probable es que no recibiese ningún tipo de notificación. No me dirían si era bueno o malo, lo cuál identificaría mi mente claramente con la segunda opción. Si no era el mejor, no valía para nada. Ese tipo de razonamiento tremendista que solía llevarme a los momentos más angustiosos.

Había intentado enviarlo en tantas ocasiones que mi navegador se sabía sin ningún problema la dirección exacta. Durante horas permanecía abierta la pestaña, pero finalmente no lo mandaba, hasta que había terminado por obligarme a hacerlo. No había excusas. Tenía todas las fotos hechas, declaraciones firmadas y tras redactar un escueto texto, terminé por enviarlo maldiciéndome en el mismo momento en que ese e-mail ya no estuvo en mi poder. Ya podían juzgarme, ya podían reírse de mí… Incluso, una parte de mi cabeza se había creído la posibilidad de que terminase recibiendo una respuesta que fuese únicamente hiriente y descorazonadora en la que me pidiesen que no volviese a escribir nada más en toda mi vida. Con cosas como esa sabía que tenía que ponerle un considerable freno a mi mente.

Derek permanecía en su estudio. Intentaba disimular que me estaba mirando para ver mi reacción y desde el momento en que prácticamente me había golpeado contra el teclado de mi portátil, tenía una sonrisa diferente en el rostro. Sabía que eso significaba que había mandado ese escrito que tanto le había gustado en su momento. Mi respuesta, tremendamente infantil, fue sacarle la lengua lo que provocó una carcajada en el pintor que había vuelto a dejarse llevar por sus obras sin romper ninguna. Tenía igualmente sus momentos de bajón, se abrazaba a mí como lo haría un niño pequeño y poco a poco, aunque me costaba, lograba que me fuese contando esos pensamientos que le nublaban la mente, que le hacían venirse abajo.

Se había convertido en un enigma que quería resolver, sí, pero al que parecía que jamás llegaba, que no podía entender todo aquello que él siempre catalogaba como “tan complicado” provocando en mi interior un gran desasosiego por no ser capaz de dos cosas o hacerle ver la realidad o, por el contrario, no comprender qué era lo que quería decirme. Me resultaba frustrantemente doloroso porque necesitaba ayudarle, necesitaba entregarle esa estabilidad que él sabía regalarme cuando no estaba bien y veía que era incapaz de consolar su alma por mucho que él me negase esos hechos cuando se lo ponía de manifiesto en voz alta por pura necesidad de mi propia conciencia.

Me dispuse a intentar escribir un par de páginas al menos del libro que tenía entre manos, aquel que siempre había querido escribir, en el que me desnudase en cuerpo y alma. Poco tiempo después me sonó el teléfono móvil. Vi el mensaje que me acababa de mandar Derek y reí un poco puesto que no comprendía porqué me mandaba un WhatsApp si estábamos a unos pasos el uno del otro.

Eres fuerte, valiente, sin importar que el mundo se caiga a tu alrededor tú seguirás de pie. Sé que cumplirás cada uno de tus sueños, ignorando todo aquello que alguna vez te lo impidió o no confió en ti. Yo siempre lo haré, siempre confiaré en ti, mi amor. Es porque te amo, te amo con deseo, con pasión, con locura… eres el amor de mi vida. Jamás me cansaré de dar gracias cada día por encontrarte, por poder amarte, por todo. Aunque no lo creas curas mis heridas, cada vez que vuelven a abrirse tú las sanas de inmediato y el dolor se va como si jamás hubiese existido. Eres mi ángel y siempre, sin importar a dónde vaya o cuán lejos esté, siempre te mantengo conmigo.

Mordí mi labio inferior antes de dejar el móvil a un lado. ¿Cómo se suponía que se respondía algo así? Siempre me había considerado una persona romántica, pero en realidad era bastante poco detallista y él… él se desvivía en cada momento.

Me levanté de la silla dispuesta a ir hasta su estudio. Le observé con atención y sonreí ligeramente antes de ver que sus gafas estaban prácticamente en la punta de su nariz mientras realizaba algo que a mí me parecía complicadísimo. ¿Cómo de semejante técnica podía quedar una perfección de cuadro como ese? Apoyé mi costado en el cerco de la puerta y después esperé a que él me mirase.

— ¿Qué ocurre?

Negué ligeramente con una sonrisa en mis labios antes de caminar hacia él. Le quité el pincel de los dedos, también la paleta y por último las gafas. Doblé las bisagras de las patillas con cuidado y las dejé allí donde no corriesen peligro.

— ¿Qué haces? —rió entre divertido y confundido.

Mi respuesta fue simple. Le besé apretando mi cuerpo contra el suyo mientras mis brazos rodeaban su cuello de forma que cada milímetro de mi anatomía entrase en contacto con la suya. Él no tardó en responderme aquel beso, despacio, muy lento. Al que poco a poco le terminó ganando el deseo que nos teníamos cada uno. La intensidad se volvió adictiva, hambrienta y necesitada. Nuestras lenguas se recorrieron en un juego único que parecían haber inventado ellas solas.

Ambos terminamos jadeando, mirándonos a los ojos con la pasión encendida. Sus manos bajaron hasta mis muslos elevándome en el aire y provocando que mis piernas terminasen a la altura de sus caderas. Era la prueba inequívoca de que nos volvíamos a necesitar de aquel modo físico tan diferente y por eso, nuestras bocas volvieron a encontrarse en un beso lujurioso que prometía un sin fin de emociones físicas en todos los aspectos posibles.

2018 / Sep / 18

Derek se levantó de la silla delante del ordenador y se acercó a mí antes de abrazarme por la cintura. Dejé el vaso a un lado, me permití disfrutar de sus atenciones y luego, deslicé suavemente mis dedos por su espalda. No había querido preguntar nada por puro temor a lo que pudiese responderme.

— Es puro arte…

Me sonrojé pensando que se refería a alguna parte de mi cuerpo, no obstante, negué a sabiendas de que eso era imposible aunque no para los ojos de un enamorado y Derek lo estaba, demasiado, hasta tal punto que me hacía temer que no me merecía nada de todo lo que él me daba sin reservas.

— Cada palabra, cada emoción… No sé cómo consigues hacerme sentir tantas cosas simplemente leyendo tus escritos —susurró antes de depositar un beso en mi sien.

¿Arte? ¿En serio? ¿Cómo podía decir algo así? El arte a mis ojos no se comparaba para nada con lo que yo era capaz de hacer. Mi forma de compararme siempre para dejarme a la altura de un niño de dos años que solamente es capaz de hacer rayas frente a alguno de los grandes ya estaba jugando otra de sus maravillosas pasadas a mi mente. La forma casi dolorosa en que esa comparativa caía en mi mente era del poder de una bomba de destrucción masiva en cualquier ciudad abarrotada de gente, a duras penas si sobrevivía algún alma.

Elevé mi mirada buscando la mentira en los orbes ajenos. Necesitaba poder decirle que estaba siendo un embustero, pero creía firmemente en lo que decía o, al menos, así me parecía. De ser buen mentiroso debía serlo de primera porque aún no había podido cazarle en ningún deje o coletilla que le delatase cuando lo hacía. No obstante, otra parte de mí se negaba a creer que alguien pudiese mantener una mentira durante tanto tiempo. De ser así le habría pillado en algún renuncio después de tantas horas compartidas.

Sus dedos jugaron lentamente con mis cabellos parecía adorar tenerlos entre sus dedos aunque sabía que normalmente hacía ese gesto porque a él le resultaba relajante cuando eran mis dedos los que se deslizaban a través de sus mechones.

— Un día te va a crecer tanto la nariz por mentiroso… —mis labios se curvaron en una sonrisa, pero me costaba tantísimo no negar en voz alta aquello que mi mente no podía procesar como verdadero, que no había podido contener esa afirmación que buscaba pelea aunque de forma que la sonrisa pudiese paliar mínimamente los efectos.

— No lo creo. No me gustan las mentiras y menos aquellas que tienen que ver contigo —murmuró muy cerca de mis labios antes de robarme un beso.

— He pensado mandarlo al concurso que Cecille me indicó en un correo —hice una pequeña mueca intentando cambiar de tema porque sabía que no era mínimamente bueno y que quizá, de esa forma, él aceptaría la realidad, la diría en voz alta.

Sorprendido fui viendo casi a cámara lenta cómo su sonrisa se fue ampliando poco a poco. Sus labios se curvaron enseñando esos hoyuelos que podrían volver loco a medio mundo. Tuve que contener mis ganas de besar cada uno de ellos pues su entusiasmo ante esa idea no era lo que yo había esperado.

— ¡Hazlo! Estoy convencido que vas a ganar. No me importa quién se presente, vas a ganar. Es… sencillamente espectacular.

Reí negando con diversión y me acurruqué en su pecho sabiendo que aquel hombre tenía un grave problema de ceguera y no solamente de aquella que podía medio corregirse con las gafas, esa miopía con cristales de culo de vaso, no, su ceguera era aún peor. Sus ojos estaban completamente vendados y creía que todo lo que yo hacía o decía era perfecto, único e incomparable. Quería obligarle a decir la verdad aunque doliese, aunque me destrozase por dentro, pero ¿qué pasaba si me aterraba aun más que esa fuese realmente la verdad de lo que él veía? ¿Y si había más personas que podían ver lo mismo? ¿Y si tenía talento de alguna forma? No podría regresar a mi zona de confort, no podría volver a encerrarme en mi cuarto porque tendría una vida que vivir, miles de ideas que llevar a cabo, ser quien siempre había querido ser y no me había dejado. Tenía un pánico asfixiante a terminar creciendo, a poder ser “alguien” aún cuando siempre había querido serlo.

Aceptar que el fracaso era parte de la vida jamás había estado entre mis planes, menos aún si eso significaba que lograría los éxitos que deseaba. Siendo así jamás podría bajarme de la cresta de una ola que siempre tendía que ir en aumento, jamás podría descender mínimamente.

La ansiedad estaba gobernando gran parte de mi pensamiento inconexo que daba saltos de un lado al otro intentando resolver las incógnitas que no dependían de mí en todos los avances que quisiese hacer. Solamente teniendo una bola de cristal fidedigna, de esas que no se equivocasen ni en un millón de años tomase la decisión que tomase para que me indicase mi verdadero futuro. Así, puede que así, sí fuese capaz de aceptar lo que me esperaba porque no tendría forma de evitarlo y estaba convencida que haría todo lo posible para que no lograse el éxito, que mi nombre no fuese conocido en realidad.

Volvía a ese planteamiento que últimamente aparecía en mi cabeza a menudo. Podía seguir como estaba, sin avanzar, sin intentar nada nuevo o lanzarme a la piscina hubiese o no hubiese agua.

— Lo enviaré… aunque dudo que vaya a ganar, pero para mí será un salto muy importante solamente ese envío —susurré después de todos esos pensamientos que se habían revuelto en mi mente, que habían despertado fobias y deseos, la continua batalla entre mi verdadero ser y las murallas que había construido tiempo atrás para mantener a todo ese torrente de creatividad controlado.

El mundo era un lugar enorme donde se podía ser solamente una sombra gris pasando de un lado al otro teniendo una vida estándar o ser un color intenso, con luz propia que dejase una estela a su paso y la decisión mi corazón ya la había tomado.