2018 / Jul / 28

Por lo que ahora sabía William había estado buscando a sus hermanos durante muchos años. Solamente ahora bajo una posición acomodada le había permitido tener bajo su cuidado a John y Phillip, sin embargo, Isabella había sido bastante más complicada de lograr. Había tenido que luchar por los derechos de adopción porque había sido adoptada desde pequeñita por una familia que había ido cediendo muy poco a poco amparados en tener ellos la patria potestad de la joven. El único consuelo que le quedaba era la posibilidad de que el juez fallase a su favor. Si no, tendría que esperar hasta la mayoría de edad para poder tenerla bajo su cuidado completo aunque para la ley fuese responsable de sus propios actos.

Había hecho mentalmente los cálculos más o menos bien. John tenía unos diecisiete años. Phillip e Isabella catorce y trece. Ambos habían nacido con muy poco margen entre ellos y no me había equivocado al pensar que eran hijos de la misma madre consumidora asidua de drogas. Aquella que aún estaba en programas de desintoxicación. Había tenido a William muy joven por haber entrado rápidamente en la mala vida. Lamentaba todo aquello y el dolor era tan palpable en las expresiones de William cuando se desahogaba que lo único que podía hacer era agarrar su mano como aquel día en el restaurante del hotel en el que estaba hospedada y esperar que mi presencia allí sirviese de algo para su malestar.

Seguimos con las manos entrelazadas durante bastante tiempo. Después, llegó el postre y comenzó la fiesta. Era típico en las bodas tener un baile para pasárselo bien aunque muchos en lugar de bailar para bajar la comida nos limitábamos casi siempre a mirar o a bailar con la familia si se hacía algún corrito. Recordaba que cuando era pequeña mi padre me sacaba a bailar y no tenía vergüenza al hacerlo. Después, la vida me había regalado toda la vergüenza a toneladas que no había tenido en mi más tierna infancia.

Mis padres dudaba que fuesen a salir a bailar. El cuerpo no se lo permitía a mi padre y mi madre no había sido demasiado aficionada a los bailes nunca. Mi hermana solamente bailaba las canciones que le gustaban y no sabía si a estas alturas había muchas o si seguirían poniendo las de siempre. «Ave María» de David Bisbal había estado a menudo en el repertorio. Desde pequeñita se había movido al ritmo del almeriense con un lenguaje bastante difícil de comprender, pero había sido una Bisbalina 2.0 porque de pequeña había tenido esos rizos rubios que tanto me habían hecho compararla a un querubín. Mi hermano, no sabía si iba a bailar algo. Era de esos hombres que bailaban a saltos y golpes, así que imaginaba que no le obligaría a Dasha a bailar así, pero puede que tuviese que sacarla a la pista.

William se había pedido un café. Había estado comprobando que había bebido el vino que servían con la comida, no obstante, no había contado las copas. Quizá estuviese algo achispado y no sabía qué tal sería el profesor con unas copas de más. Parecía lo bastante lúcido por el momento.

— Bien… —se levantó ofreciéndome su mano—. ¿Me concede este baile, señorita Mijáilova?

Habían comenzado los acordes de Havana de Camila Cabello, un baile que parecía bastante latino por lo que no le veía bailar algo así con su rigidez, pero me encantaría poder mover las caderas al ritmo de esa canción por una vez teniendo un compañero de baile y no estando completamente sola en la pista improvisada de mi casa.

Tras guiarme a la pista de baile, me hizo dar una vuelta hasta terminar golpeando mi cuerpo contra el duro pétreo. Nuestros ojos se encontraron mientras mis mejillas se sonrojaban y sus manos me mantenían afianzada a su anatomía como si dejar un solo milímetro entre nosotros fuese algo parecido a una blasfemia. Hizo que me inclinase hacia atrás y tras parecer mostrarle a todo el mundo quién era su compañera de baile, volvió a levantarme antes de que ambos moviésemos las caderas a un ritmo tortuoso.

Sus manos estaban fijas en la parte baja de mi espalda. Sus dedos se habían aferrado a mi piel y casi pude intuir un deseo de bajar y perderse por mis nalgas como si allí no existiese nadie más que nosotros. Por suerte, ambos éramos conscientes y nada era demasiado obsceno.

Deslicé mis manos por las solapas de su chaqueta lentamente hacia arriba terminando por rodear su cuello con mis brazos y permitiendo que en aquella posición nuestras frentes se juntasen provocando a nuestras propias bocas a ceder a la tentación, pero solamente nos rozaban nuestros alientos. No había nada más impropio. Excepto que si alguno hubiese podido leer el verdadero hambre que se despertaba en mí hubiesen comprendido que el demonio empezaba a ganar la partida de nuevo.

Y como no, en aquella celebración no podía faltar uno de los últimos hits, así que Despacito se hizo paso entre los últimos acordes de Havana y mis caderas lo tomaron como invitación para jugar con verdadero fuego. Mis dedos rozaban con dulzura su nuca y remoloneaban alrededor de sus cabellos más cortos. Podía ver el deseo líquido en sus ojos tal y como lo había visto en nuestra primera vez.

Mordí mi labio inferior como respuesta mientras sus propias manos se apoyaron en mis caderas para ayudarme con el bamboleo y agarrarlas como si fuese el amo y señor de mis movimientos. Intenté aprovechar que sabía algo de español gracias a mi herencia hispana por mi abuela materna así que comencé a susurrar cantando las palabras adecuadas.

En mis labios llegaba a sentir su aliento golpeando casi como si quisiese morder mi boca su cálido aire. Mis ojos no daban a basto. Intentaba mirar sus ojos, pero se me perdía la mirada en sus labios finos que prácticamente se estaban ofreciendo.

Agradecía a toda mi familia que estuviese allí. De no haber sido así hacía minutos que ambos nos hubiésemos perdido en algún baño y hubiésemos jugado a la verdadera invitación de Despacito hasta provocar mis gritos y que olvidase mi apellido.

2018 / Jul / 28

Nos sentamos en la misma mesa que mi familia. Eran mesas grandes, por suerte y entre todos éramos ocho comensales. Generalmente tenían que rellenar nuestra mesa con alguna pareja, pero gracias a Masha y William llenábamos la mesa completa. William se había sentado a mi lado y al lado de él estaba Masha. El profesor era un gran conversador así que no me sorprendería que empezase a hablar con ella y con mis hermanos quienes también tenían facilidad con el inglés, mucha más que yo. De hecho, Natalie a menudo comentaba que le salían las palabras antes en inglés que en nuestro propio idioma natal. Me sorprendía su capacidad hablando el idioma y me había sentido muchas veces como tonta al hacerlo delante de ellos, pero suponía que no me quedaba más remedio.

Al principio de la charla William era el tema de conversación. Todos querían saber más de él y tuvo que sufrir un interrogatorio que ni tan siquiera me tuve que limitar a traducir, porque mis propios hermanos se encargaban de eso. El profesor respondía a cada una de las preguntas escuetamente mientras yo quería soltar una sonora carcajada porque la situación resultaba de lo más incómoda, sobre todo cuando mi padre dijo esa frase típica que tienen todos los padres: «¿qué intenciones tienes con mi hija?». William y yo nos miramos como si hubiese entendido perfectamente la pregunta en ruso, pero dejamos pasar el tiempo para no dar una clara respuesta. No era necesario cuando le había presentado como un amigo y nada más. De hecho, dudaba que fuese más de ahora en adelante.

La comida italiana está bien, al menos, la mayormente conocida. Había platos, como en todas las gastronomías que no me gustaban ni un pelo, como la carne tan rosa por dentro que casi podía salir un chorro de sangre si pinchabas de manera profunda. Sentí las arcadas en mi garganta por lo que me limité a comer tan solo lo que tenía la certeza de que podría gustarme.

— ¿Quiere que le pida que le pasen más el filete?

La atención de William a todo lo que se refería a mí me sorprendía. Le había dicho al camarero que no me sirviese vino antes de que me hubiese percatado siquiera de lo cerca que estaba la botella de la copa, también me había acercado los entremeses que había observado que más parecían gustarme dándome su parte sin importarle no consumirlos. Eran pequeños detalles que le hacían ganar puntos, bastantes. Solamente esperaba que no fuese tan solo porque mis padres estaban delante.

— Sí, gracias —respondí.

William rápidamente alzó su brazo mínimamente llamando al camarero a quien le pidió en un italiano exquisito que me traje el filete cuando estuviese muy hecho.

— Espero que cuando lo traigan esté a su gusto.

Me limpié la boca con la servilleta y después fruncí ligeramente mi ceño dispuesta a conversar de algo más.

— ¿Puedo saber porqué tiene tanto interés en que coma con sus hermanos y usted? Su hermano Phillip me detesta, no es algo muy difícil de ver.

Dejó los cubiertos en el plato y después giró el tronco ligeramente hacia mí centrando toda su atención.

— Ya le comenté en el mensaje que mi hermana Isabella desea que la invite. No puedo negarle algo tan simple. De hecho, fue ella misma quien me mandó aquí para convencerla de que no se marche tan pronto.

Sentí una ligera desilusión al saber que todo había sido obra de su hermana y no de un repentino interés suyo por mi persona. Ya sabía yo que Verdoux no podía cambiar tanto.

— Comprendo. Pues dígale a su hermana entonces que será imposible. Agradezco su intento de soborno, pero…

— Por favor, señorita Mijáilova. Complázcanos.

— ¿Os? Creo que ha dejado muy claro que la única que tenía cualquier tipo de interés era Isabella.

Fuimos interrumpidos por el camarero quien traía mi filete muy hecho lo que me hizo suspirar pues algo que había tomado como un gesto hacia mí, en realidad no habían sido más que unos burdos intentos que casi me tragaba de no haber preguntado por la cena en su hogar. Una vez se hubo retirado, comencé a comer el plato soplando puesto que estaba recién sacado del fuego.

— Sí. Nos. Es cierto que deseo complacer a mi hermana, pero durante estos seis meses ha sido igual que un fantasma surcando por mis pensamientos. Necesito poder pasar una velada sin discusiones con usted. ¿Me lo permitirá?

Mastiqué parsimoniosamente la carne en un intento por pensar qué debía y qué no decirle. No pasaría nada si fuese a comer a su casa, era cierto, pero materialmente no tenía tiempo. Los días en la casa estaban pagados y no podía quedarme en otro lugar.

— Me gustaría, pero mi avión sale mañana y no tengo otro sitio donde poder pasar uno o dos días más.

— Puede quedarse en mi hogar el tiempo que necesite. Aún nos sobran dos habitaciones incluyendo la de huéspedes.

Su invitación fue tan repentina que casi escupí lo que tenía dentro la boca por un ligero atragantamiento. Había creído que él aceptaría mi negativa y en lugar de eso, había sacado una solución de debajo de la manga.

— Hablaremos de ello después de la cena— corté por el momento el tema puesto que no sabía qué podía responder. ¿Debía? ¿No debía? ¿Estaría muy lejos o muy cerca su habitación de la que yo tendría en caso de quedarme?

Soñé despierta con él de amante nocturno metiéndose entre las sábanas y besándome hasta que ambos nos volviésemos uno solo otra vez. Aquello provocó el sonrojo de mis mejillas y me dediqué a seguir comiendo desviando el tema hacia los nuevos miembros de su familia, aunque eran nuevos tan solo para mí, él sabía de su existencia desde el momento en que habían nacido.

2018 / Jul / 28

La ceremonia fue sencilla y no demasiado larga. Había podido presentar a William a los miembros de mi familia como un amigo y después ambos habíamos decidido sentarnos un poco alejados puesto que no me gustaba demasiado estar en primera fila además de no fiarme mucho del hombre que tenía a mi lado. Mi hermana y mis primas eran muy guapas, demasiado y aunque sé que ellas no le darían pie a nada,no me fiaba de que él no lo intentase.

Volvía a ocurrirme lo de siempre, me sentía la más fea y menos elegante de todos los lugares a los que iba. No importaba su antes me gustaba el vestido o el peinado, siempre me comparaba logrando ser la peor vestida, maquillada, la más fea y todas esas cosas… Compararme era un rasgo típico en mí. La manera en la que tenía mi propio autoestima de retroalimentar su prácticamente inexistencia. Una forma infalible de conseguir mi incomodidad a cada lugar que iba, de lograr los celos y las inseguridades porque la lógica aplastante en mi cerebro era aquella en la que lo normal era abandonarme y no quedarse conmigo. Dado que, al fin de cuentas, ¿quién quería a la más fea de la Tierra?

Me obligué a pensar en algo más. Lo primero que se me vino a la mente era la escasa necesidad de haber llegado al juzgado en coche. Seguramente, en aquel pueblo, la mayor parte de las bodas que se hubiesen hecho, todos los invitados llegaron andando y si me apuraba hasta las mismas novias sin mantener el secreto de su vestido de novia. Era un gasto tonto. Pero lo pagaba el profesor, así que no tenía porqué quejarme. Él había querido malgastar su dinero de aquella forma sin que nadie le hubiese dicho nada. Aún así, no me sentía muy cómoda ante la idea de gastar tanto dinero en mí. No era igual una botella de agua o un bollo que el alquiler de cuatro vehículos de alta gama.

Salimos de los juzgados para ir hacia el banquete. No estaba muy lejos de allí, así que preferimos cederle el puesto en los coches a los mayores siempre con el beneplácito de Verdoux, dado que él era quien pagaba. No se quejó, ni mucho menos. La idea pareció agradarle y ayudó a algunas de esas personas mayores con más problemas de movilidad a meterse en los vehículos. Un trayecto como aquel podía ser insignificante para nosotros, pero un verdadero universo entre medias para aquellos que se fatigaban con facilidad.

— Cuénteme… ¿qué es lo que le pone tan tensa?

— ¿Tensa? Las situaciones sociales en general, supongo. Me agobia estar en una multitud pensando que todos los que me miran piensan sobre mí misma lo mismo que pienso yo. Es como una proyección en cada uno de mis intentos por leer sus rostros de mis propios pensamientos. No sé si habrá oído hablar de la «mentalización». Los seres humanos, por instinto natural, tendemos a intentar saber qué está pensando el otro. Un vago propósito de leer mentes ajenas para saber si nuestra manera de expresarnos es la correcta. Hacemos lo posible por averiguar antes de decir algo si lo que vayamos a contar será bien recibido o no. De esa forma buscamos suavizar los golpes fuertes evitándonos comentarios demasiado hirientes salvo que la confianza que se tenga con la otra persona nos permita ese tipo de relación y dureza —cogí aire apretando ligeramente mis dedos al brazo del profesor como si temiese que saliese huyendo—. Existen, en gran cantidad de momentos, la percepción errónea o el intento fallido de esa técnica. En mi caso, es así. Por mucho que intente razonar la situación para pensar con claridad, antes he proyectado en todos los demás mis peores pensamientos sobre mí misma, y por mucho que intente decirle a mi cabeza que no es eso lo que realmente están pensando es como buscar mirar a alguien de la misma forma que antes tras saber que es un asesino en serie. Algo lo impide.

— Sus razonamientos son extrañamente comprensibles. ¿Ha pensado mucho en ese tipo de cosas?

— Llevo pensando desde los dieciséis años sobre mi propio funcionamiento buscando las anormalidades de mis funcionamientos en un intento de comprender los porqués, de relacionarlos con hechos del pasado y ver si existe alguna forma de cambiarlo, de hacer mi vida más sencilla. Después, fui extrapolando mis propios conocimientos autodidactas en busca de la comprensión de la sociedad, la forma en la que se mueve, sus propias manifestaciones hipócritas y sus propias contrariedades e incongruencias. He leído a quienes crearon las bases de la Psicología y aquellos Filósofos que también hablaban sobre el ser humano y tras tener toda esa información me di cuenta que no había mejor manera de explicar lo que uno sentía que encontrar símiles en su propio campo, en aquello que se maneja. De ahí mis teorías sobre la mente y mis negativas a aceptar determinadas ideas preconcebidas en el trato al paciente —mi voz había sonada quizá demasiado señorita Rottenmeier y no sabía cómo evitar tener ese ligero toque que siempre me indicaba mi madre, de seguridad en todo lo que exponía como si tuviese la certeza de todo lo dicho.

— ¿Qué teorías tiene sobre la mente y qué hechos considera que han de ser cambiados?

Su curiosidad realmente me sorprendió. Era como si desease conocerme más, saber cómo pensaba, o tan solo podía estar siendo cortés para descartarme fácilmente como una candidata a pasar el tiempo restante a su lado si lograba entablar algún tipo de miradas cómplices con alguna otra fémina del lugar.

— Tengo la teoría de que el cerebro funciona igual que un ordenador. Es una comparación que considero más accesible para todos aquellos que adoran las nuevas tecnologías. Hay dos memorias y cada una tiene su función. Una no es modificable, la otra, en cambio, puede ser reforzada con programas para ayudarnos a luchar contra nuestra propia memoria permanente. Esa es la que se crea durante nuestra infancia —solté un profundo suspiro antes de hacer una mueca—. Y con respecto a los pacientes, en fin, ¿no le parece inhumano estar permanentemente al otro lado de la mesa dando tan solo una caja de pañuelos si el paciente llora? Sufren, muchísimo y la frialdad de un trato así, sí, mantiene a ambos en una protección constante, impidiendo que se diluyan los límites entre las relaciones, pero ¿es lo que necesita el paciente? Uno necesita confianza, uno quiere sentir que no fastidia a todo el mundo, comprensión y… alguna muestra de cariño, de la clase que sea tampoco está de más. Eso no significa que haya que llevárselos a tomar un café y mucho menos tener una relación más allá de la profesional. Es solo que… ¿por qué no pueden sentir al psicólogo como alguien más cercano cuando se tienen que desnudar mental y espiritualmente delante de ellos? Es algo que no comprendí. Con decirle que mi primer abrazo, desde la adolescencia me lo dieron a los veinticinco años. No quería que nadie me tocase y una trabajadora social me dio un abrazo porque había estado llorando hablando con ella y… fue una sensación tan extraña. Me sentía incómoda y la vez reconfortada —sonreí recordando el momento.

— Por lo que veo tiene las ideas muy claras.

— No en todo. Por ejemplo, me considero agnóstica con respecto a la religión —mis ojos se encontraron con los suyos.

— ¿Y cómo no si pone en tela de juicio todo lo que se le plantea, señorita Mijáilova? Lo raro es que creyese ciegamente.

Su sonrisa provocó la mía propia y finalmente llegamos al restaurante dispuestos a pasar varias horas intentando terminar la cena.

2018 / Jul / 28

— ¿No iba a contármelo?

— Creo haberlo hecho en el mensaje que le respondí, señor Verdoux.

— Pudo habérmelo dicho ayer, antes de irse. Pudo haber confesado sus deseos de marcharse mañana mismo.

— No entiendo en qué pueda perturbarle algo semejante. Piénselo. No sería nada diferente a todo lo que hubiese hecho en otras ocasiones usted mismo. Desaparecer cual humo entre los dedos como si no le importase absolutamente nada todo lo que dejase atrás.

El coche arrancó en el momento que él frunció los labios. Su expresión seria, su mandíbula apretada, sus hombros rectos… todo en él indicaba que era un depredador pensando en cuál iba a ser su siguiente jugada. No me importaba demasiado lo que fuese a hacer. ¿Qué podía ser? ¿Dejarme sola? ¿Ligarse a otra delante de mi familia en la fiesta? Tenía la dignidad suficiente como para mandarle a paseo si hacía algo como eso.

Sus ojos finalmente decidieron mirar por la ventanilla. ¿Ignorarme? ¿Esa sería su gran estrategia? Patético. ¿Éramos ahora niños de cinco años? Hice lo propio porque no tenía gana alguna de ser la única que no se comportaba como tal. Si esto era un juego de niños, jugaría también. Sin embargo, sus dedos atraparon los míos y se llevó éstos a sus labios dejando un beso en mis nudillos. Yo era nueva en todos esos lenguajes mudos así que si no me lo explicaba explícitamente no podía entender qué quería decirme con aquel mísero beso. ¿Era una despedida? Después acarició mis falanges con sus labios sin besarlos y bajó nuestras manos unidas a su regazo manteniéndolas sobre una de sus piernas. Podía sentir la textura de la tela del traje bajo mis dedos, pero mi corazón no latía como el aleteo de un colibrí por eso, sino por el calor que desprendía su propia anatomía a pesar de estar la tela entre ambos.

El silencio no fue incómodo. Fue igual que esos momentos románticos que nunca entiendes, esos instantes en que puedes mantener la mirada a alguien entre sonrojos, sintiéndote como una puberta admirada como mujer por primera vez.

— Está preciosa… —apretó mis dedos entre los suyos y bajé la mirada avergonzada maldiciéndome por ser tan débil ante él.

Me ardían las mejillas, el corazón había tomado la velocidad que llevaría de estar corriendo la maratón más larga de la historia y temía cuándo llegaría el momento en que la burbuja volvería a estallar, como de costumbre. Quizá fuese en el momento que saliésemos del vehículo y no quise llegar jamás a nuestro destino de ser ese el motivo.

Tras respirar profundamente, salí del vehículo y su brazo me recibió para que me pudiese agarrar a él. Mordí mi labio inferior sintiéndome extraña. No éramos nada y a pesar de todo estábamos dando la impresión de ser algo más, de ser pareja a todos los presentes a la boda incluyendo a mis padres quienes seguramente estarían evaluando si William me trataba tal y como ellos creían que yo merecía.

Ocurre algo cuando uno es padre y su hijo o hija se muestra tan vulnerable en la adolescencia como si fuese un bebé al que estuviesen castigando cruelmente, un bebé que no sabía decirles los porqués de sus sufrimientos. No se solucionaban con cambiar el pañal, no se solucionaban con darle de comer, con tomarle en brazos… Era igual que tener un muro entre ambos y no poder proteger al hijo de su dolor y cualquiera, tras esas situaciones, era mucho más protector y esperaba poder lograr que su hijo o hija encontrase a la persona indicada porque no podían verle sufrir ni un segundo más. Eso había pasado con mis padres. Podía leerlo en todo su rostro. El único problema estaba en que en los asuntos del corazón salir escaldado era muy fácil.

El aroma del profesor me envolvía. Su mano no soltaba la mía y saludaba a todos los presentes en el mejor italiano que podía, aunque creía que la mayoría de ellos eran rusos pues solía comentar tras cada saludo que quizá no le habían entendido.

— Vaya, vaya… ¿el señor Verdoux inseguro? —solté una carcajada.

— Discúlpeme si lo estoy, señorita Mijáilova, pero estoy entre los invitados de una boda y no conozco absolutamente a nadie que no sea usted. Además, existe el hándicap del idioma. Dígame, ¿está dispuesta a no abandonarme tomando algo en la barra del bar? Porque creo terminar así cuando siga la velada.

Volví a reír mientras intentaba esconder ligeramente mi rostro en su hombro esperando no mancharle la chaqueta del traje.

— Está bien. Seré una buena compañera de boda y jugaremos al quien es quien con mi familia y la familia oriunda.

Caminamos con mi familia, nosotros unos pasos detrás, mientras me disponía a comenzar con aquel juego para explicarle en lo posible quien era quien.

— Verá. Nuestra familia es bastante grande, pero aquí va a encontrar solamente a mi familia materna dado que la novia es hermana de mi madre. Mi madre es Marie Therese. Le pusieron ese nombre por un capricho de mi abuelo y el Marie porque mi abuela era muy devota de la virgen.

— ¿Cristianos?

— Católicos, así es. Mi padre se llama George. Después están mis hermanos, Lewis y Natalie. Mi hermano es muy parecido físicamente a la familia materna. Yo, por el contrario, heredé la mayor parte de los rasgos de mi familia paterna, incluyendo enfermedades como el hipotiroidismo —reí porque aquello me había recordado a un montón de situaciones en las que me había quejado en broma de todas las herencias que me habían dado los genes de mi padre—. Bien. El grupo al que se están acercando junto a mis tíos es la familia más cercana. Aunque mi prima aún no está ni mi primo. Se los presentaré luego cuando lleguen. Los tíos con los que he venido son Fedora y su marido, Hedeon, los padres de Faddei y Vladimir. Faddei padece autismo por ese motivo suelta gritos y tiene algunos movimientos que quizá no son muy… ¿comunes o dentro del protocolo? No le juzgue. Es un niño con un corazón puro aprendiendo a vivir cada día con sus propias dificultades y su entorno no le ha favorecido demasiado. También están mi tía Charlotte y mi tía Ninochka. Sus parejas son quienes van con ellas. La pareja de Charlotte también es italiano, no están casados, pero es el padre de su hija Charlotte Rosalie. La llamamos Rosie. Nos parece un nombre muy de telenovela el nombre tan largo que tiene —hice lo posible por contener la risa antes de pararnos porque aún había muchos nombres que decir—. Se me olvidó decirle el nombre, es Riccardo. Un hombre algo difícil de tratar, como usted.

— ¿Esa es su definición sobre mí? —las comisuras de sus labios se habían curvado demostrando su diversión antes de que respondiese con un simple movimiento de hombros dejando la respuesta en el aire.

— Ninochka, no está casada tampoco. No tiene hijos. Su pareja es quien la acompaña, Luka. Si le soy sincera no puedo presentarle a muchas personas más porque o bien no recuerdo los nombres por los años que llevo sin verles o bien no les conozco. ¡Oh, sí! Allí están las amigas de mi tía Charlotte que finalmente comenzaron a salir con mi tía Marinoshka tras su primera separación. Siempre me ha parecido algo raro, porque yo jamás he pensado en la posibilidad de salir ni con los amigos de mi hermano ni con los de mi hermana, pero quizá con edades más parejas y en el mismo sexo sea más común.

Mi suposición se basaba en mi propia experiencia y también en lo visto en otras familias. Yo no había sido un verdadero ejemplo de normalidad, así que no era demasiado buen referente.

— ¿Se lleva bien con ellos?

— Lo intento… pero soy como la leprosa de la familia, así que quizá tenga que ser usted el que prometa pasar la velada entera conmigo sin escabullirse para buscar alguna otra belleza que le sirva de conquista esta noche.

Frunció los labios apretándolos hasta que formaron una sola línea.

— ¿No es suficiente haber venido con usted para demostrarle que no deseo otra compañía esta noche?

— Esperemos que piense lo mismo al final de la boda…

2018 / Jul / 28

Hoy era el gran día. Al menos, el gran día para mi tía. Para mí no era más que otra boda más en la que se me pondrían los dientes largos porque yo no tenía planes ni tan siquiera de una primera, ni un novio que poder llevar a la fiesta. No existía la posibilidad de ir con alguien que me permitiese sentirme mejor de lo que podría llegar a sentirme en un ambiente familiar en el que estaría sola frente al mundo.

Las comidas previas hablaban de todo lo que había que hacer. La boda sería por la tarde, por lo civil. Había permanecido un día entero poniendo una sonrisa en los momentos que supuestamente había que ponerla. La forma en la que debía comportarme me hacía sentir falsa, aunque el motivo siempre era porque creía ser un pez fuera del agua. Era tan diferente con respecto a toda la diversidad familiar que ni tan siquiera sabía cómo era posible. En realidad, lo más probable es que mi ser adolescente taciturno fuese el que apareciese de cara a mi familia como método de defensa, como una aceptación de su negativa a dar un paso hacia mí. Puede que tanta negativa hubiese logrado que replegase fuerzas y me negase por completo a seguir adelante con mi plan de acercarme a mi familia. Además, Fedora no me resultaba demasiado agradable desde el principio de año.

Mi madre había rebuscado hasta encontrar mi vestido y ya lo tenía completamente planchado. No tenía mucho que hacer salvo ducharme, intentar estar en lo posible tranquila para no terminar mandando al diablo a mi familia durante el evento y que no se notase mi cara extremadamente larga. Era horrible para pasar situaciones incómodas.

Tras salir de la sala, me intenté arreglar en el menor tiempo posible para evitar que mi hermana me viese desnuda. No me gustaba mucho la desnudez, no solía sentirme demasiado cómoda y tampoco creía que ella fuese a estarlo, por mucho que ambas tuviésemos lo mismo en mayor o menor tamaño, no dejábamos de ser hermanas con ese sentido de la vergüenza extremadamente disparado en todo ese tipo de situaciones.

Escuché mi teléfono móvil y vi que era un mensaje entrante del profesor. Sentí cómo mi estómago se retorcía con un sonoro rugido de puros nervios. Mi cuerpo se estremeció y me obligué a estar tranquila dado que, a fin de cuentas, no volvería a verle.

«Señorita Mijáilova. 

Mi hermana Isabella y yo mismo insistimos en invitarla cuando pueda acudir a nuestro hogar para esa cena que le ofrecimos. ¿Cuándo podría venir?»

«Me temo que no sería posible, señor Verdoux. Mañana estaré rumbo a mi residencia habitual. Sin embargo, le agradezco a ambos la invitación. Dele las gracias a su hermana de mi parte».

Vi el doble tic volverse de ese color azul que indicaba que había sido leído. Sin embargo, no obtuve respuesta alguna, lo que agradecía puesto que temía que su hermana y él uniesen fuerzas para intentar convencerme, algo que no resultaba muy difícil si tenía a la persona delante mirándome con ojos de corderillo.

Me dejé de remolonear vistiéndome. Aquel vestido era bonito, me gustaba como me quedaba, cosa que no solía ocurrir a menudo. Me puse los zapatos y después fui a maquillarme al baño cuando se hubo desocupado. No me haría un gran recogido por mucho que me gustasen dado que costaban un verdadero dineral. Después, me perfumé y bajé las escaleras esperando que mis padres ya estuviesen listos.

Con mis ojos puestos en el suelo para evitar de alguna forma caerme si me pisaba el bajo del vestido, no me percaté que había una persona más del número acostumbrado.

— Kyra… alguien ha venido a verte —era la voz de mi hermano.

Me giré para encontrarme con el hombre trajeado que me había encontrado en Nueva York. Contuve un jadeo. Estaba tan impresionante en aquel traje. Ni tan siquiera podía pensar con tranquilidad. No comprendía cómo aún tenía tanto poder en mí. Era igual que si desapareciese el resto de la humanidad cuando él estaba en una habitación.

— ¿Qué… qué hace aquí? —pregunté demostrando mi sorpresa.

— Sus padres me dejaron entrar y pude conversar con ellos gracias a su hermano quien me hizo de traductor.

— No me ha respondido a la pregunta.

Se acercó con un par de pasos y finalmente bajó el volumen de su voz solamente para que yo pudiese escucharle.

— Creo que dijo que jamás había ido a ninguno de estos eventos acompañada y no quería que tuviese que pasar nuevamente por eso. Se notaba lo mucho que le entristecía.

¿Realmente había hecho eso por mí? ¿Me estaba tomando el pelo? Por instinto me mordí el labio inferior intentando mantener la calma en mis hormonas revolucionadas. Quería que me tocase, quería besarle por un acto como aquel y no se lo merecía.

— ¿Era una especie de estratagema o es un soborno?

— ¿Un soborno?

— Sí, ya sabe. Una excusa para obligarme a deberle algo…

— Siempre sabe cómo tergiversar todo —negó con frustración.

— Supongo que es un don natural —mi tono era de burla mientras mis labios se curvaban en una sonrisa en un intento por suavizar toda la situación, por evitar un enfrentamiento de cualquier clase.

— Entonces, ¿me dejará acompañarla?

Miré a mis padres y mi hermano que cuchicheaban observándonos con atención aunque de forma disimulada puesto que no querían parecer unos cotillas con el nuevo invitado. Era lo más cercano a un posible novio que habían conocido y no sabía qué era lo que William les había dicho exactamente.

— Está bien. Puede venir, básicamente porque me debe una explicación de muchas cosas.

Respiré profundamente y luego caminé hasta mis padres para demostrarles que no pasaba nada, que todo estaba bien.

— ¿Todo bien, Kyra?

— Sí, mamá, no te preocupes. Es… es un hombre que conocí en Nueva York, un amigo y que me encontré con él por casualidad hace un par de días en el pueblo. Decidí invitarle para no sentirme tan… ya sabes, sola aunque no tenga motivos para sentirme de esa manera.

Hablaba en ruso todo el tiempo y debido a que mi hermano podía entenderle, William se inclinó hacia mí para susurrar en mi oído lo mucho que se me notaba cuando mentía.

— No ayuda tampoco con ese comentario —siseé.

Tenía un deje de diversión en su rostro que me hacía tener ganas de quitárselo de un guantazo tremendo. Era impresionante como aquel hombre me ponía de muy mal humor y a la vez me atraía como si fuese un imán únicamente diseñado para mí.

— Tampoco era mi intención.

Nuestros ojos se encontraron y tuve que retirar la mirada para evitar que nuestras bocas se encontrasen la una a la otra, o al menos, que fuese la mía la que buscase la ajena. Por suerte para mí, el resto de la familia apareció dispuestos a irnos a la boda.

— He alquilado cuatro coches con su chófer correspondiente para ir al lugar. Espero que no les importe —anunció William.

Abrí mis ojos sorprendida y mientras comunicaba a los demás lo que él había dicho fuimos saliendo encontrándonos tres coches lujosos en la puerta esperándonos. Nos dividimos de la forma que él propuso. Mis tíos y mi primo autista en un vehículo. Mis padres y mi otro primo en el otro. Mi hermana, mi hermano y su novia en el tercero y finalmente, él y yo solos en el último. No era buena idea, pero había tenido ese detalle con toda mi familia, así que no pude negarme. Se merecía que le tratase bien al menos unas cuantas horas.

Me subí al vehículo después de que el conductor me abriese la puerta y me puse el cinturón antes de que el profesor hubiese entrado. Quería comenzar una buena charla, sin problemas, pero él tenía otros planes.

— ¿Cómo es que se marcha mañana?

¡A la mierda el buen humor!

2018 / Jul / 27

Isabella resultó ser una chica muy agradable, dulce y entrañable. Phillip parecía tener un odio interno hacia mi persona que desconocía por completo el motivo. Era igual que si estuviese gritándome con su mirada que podía volver donde había venido porque no tenía derecho a estar allí. No era la primera vez que provocaba esa sensación en alguien, así que intenté no prestarle demasiada atención o darle más importancia de la necesaria.

— ¿Se quedará a cenar, señorita Mijáilova? —preguntó Isabella.

— No creo que pueda y por favor, llámame Kyra.

— ¿Tiene otros planes?

William fue quien habló en ese momento. Suspiré ligeramente sin saber cómo negarme a seguir más tiempo allí básicamente por mi propia salud mental.

— Así es. Mi familia ha montado una cena previa a la boda para así poder disfrutar algo de tiempo todos juntos —comenté sin mentir en realidad. El plan estaba allí, pero otra cosa es que yo fuese a ir con ellos al restaurante correspondiente.

Parecía una respuesta plausible, así que no dudaron en ningún momento que contaba la verdad, algo que me relajó considerablemente. Las mentiras no eran lo mío, para nada. Me ponía nerviosa, pensaba que cualquiera iba a poder descubrirme solamente con mirarme a los ojos. Incluso, cuando no me había dado cuenta, alguien terminó señalándome que mi voz me temblaba cuando lo hacía y ni tan siquiera sabía cómo ponerme, que postura dar a mi cuerpo. Era una mentirosa funesta.

— ¿Podríamos invitarla mañana a cenar, Will?

— ¡Sí, me encantaría preguntarle cosas sobre Rusia! —dijo John que no había hablado hasta ese momento.

El único que no parecía demasiado entusiasmado con esa idea era Phillip. De hecho, comprendía bien al muchacho. ¿A quién le gustaría tenerme por allí pululando fastidiando los momentos familiares?

— Mañana es la boda, ¿no?

Asentí inmediatamente a la pregunta de William.

— Así es. Tengo que estar casi todo el día entre arreglos y no sé cuando termine la fiesta.

— Me imagino que llevará a su novio de acompañante…

Fruncí mi ceño sin comprender porqué había hecho semejante comentario y una parte en mi interior comenzó a reírse a carcajadas recordando que él no sabía que Gustav y yo habíamos terminado muchos meses atrás.

— Hace medio año que no tengo pareja, profesor. Iré sola, como a todos los eventos que he ido de este estilo. ¿Recuerda? Antes de conocernos ni tan siquiera había tenido un compañero de baile —reí un poco presa de la vergüenza y bajé mi mirada a la taza que estaba vacía casi por completo.

Puse la taza más fresca que antes, sobre la mesa. Desvié mi mirada hacia otro lugar pues me sentía juzgada aunque podía escuchar los cuchicheos a mi lado, sin embargo, dudaba que fuesen en inglés o estaba más que claro que estaba perdiendo oído a una velocidad completamente estratosférica.

— Entonces, le deseamos que tenga un buen banquete y que hoy pueda descansar con tranquilidad.

No llevaba allí casi nada de tiempo, pero comprendí rápidamente la invitación a que me fuese. Intenté no tomármelo con desaires, pero no me hacía demasiada gracia que me echasen de los sitios. Puede que demostrase estar más incómoda de lo que realmente estaba y por eso quisiesen evitarme sufrimiento. Debía pensar en positivo, de la mejor forma posible.

— Muchísimas gracias —me despedí de todos con una amable sonrisa y un adiós antes de regresar a la casa rural donde tenía frente a mí toda una noche sin ningún tipo de compañía, bueno, al menos hasta que mi madre nos mandase a todos a la cama porque al día siguiente habría que levantarse temprano.

Una de las cosas que había olvidado hacer había sido decirle al profesor que el día siguiente a la boda me marcharía por la mañana. Reí internamente pensando que en esta ocasión volvería a ser yo quien le pagase con la misma moneda si es que estaba realmente interesado en verme. No me encontraría por mucho que buscase y la parte maliciosa que habitaba en mí reía como los malos de los cuentos disfrutando de su pequeño momento de venganza.

Adoraba la brisa que se levantaba siempre a aquellas horas durante las noches de verano. Recorría mis piernas y mi cuerpo ligeramente sudado por el simple movimiento. Me quité los zapatos al llegar a la parcela y los llevé en mi mano hasta ir a la piscina. Observé que no hubiesen demasiados bichos y me quité el vestido antes de meterme. La temperatura era fresca a pesar del calor de los días y el contraste, mi cuerpo lo agradeció como si hubiese estado con fiebre las horas anteriores. Sentí cansancio y vitalidad a partes iguales por lo que me pasé el tiempo en la piscina, dejándome seducir por la forma en que el agua se movía. Apoyé mis brazos en el suelo milimétricamente empedrado con porciones de piedrecitas minúsculas y de un blanco intenso. Dejé reposar mi cabeza en mis brazos y cerré mis ojos durante un instante imaginándome, como en tantas ocasiones, que unos brazos rodeaban mi cintura y me besaban la espalda casi desnuda. No solía tener rostro esa ensoñación, nunca lo tenía. No me permitía dibujar las facciones de nadie, solamente quería sentirme adorada hasta ese punto. Una boba escena romántica dentro del drama de la película de mi propia vida.

Tras unos minutos y sintiendo que comenzaba a tener verdadero sueño, me metí en la casa algo más tranquila al saber que aún no había venido nadie. Me fui a la cocina, me preparé un bocadillo y puse la televisión rodeada con una toalla para no mojar el sofá. Sabía que tendría que fregar el suelo de la casa antes de que llegasen, pero primero quería comer porque mi estómago rugía como un condenado.

Vi empezar una película que ya había visto en ruso. La había visto tantas veces que me sabía los diálogos de memoria, pero tenía cierta curiosidad por escuchar la voz de Jack Sparrow en italiano. ¿Tendría la misma chispa? ¿Sabría interpretar igual de bien ese doblador? Con una pequeña sonrisa en mis labios comprobé que pasasen los años que pasasen, por lo raro que era, Johnny Depp me conquistaba a cada segundo con todos sus gestos. Era uno de los mejores actores, a mi juicio y quizá su aspecto desaliñado, sus movimientos tan extraños o, simplemente por no importarle hacer el ridículo delante del resto de piratas había hecho que cayese rendida a sus pies, a pesar, que sabía de sobra que no podría tener jamás de pareja a un ser como Jack Sparrow.

Durante uno de los descansos fregué el suelo de la cocina y del resto de la casa dejando las ventanas abiertas para que se secase mejor. Me cambié, puse el bikini a tender y me puse en el sofá de nuevo aunque en el otro extremo porque a pesar de mis intentos por no mojar el sofá lo había terminado haciendo. Soñé con los ojos abiertos que estaba dentro de la película hasta que poco antes de terminar sonó la llave en la puerta de entrada indicándome que llegaba mi familia.

2018 / Jul / 27

Mi cara debía ser un poema mientras aquella niña corría metiéndose de vez en cuando entre los sillones del jardín para de esa forma terminar escondiéndose detrás del profesor evitando en lo posible a la oruga maligna que Phillip mantenía en el aire con el firme convencimiento de intentar seguir con aquel juego ligeramente macabro en el que solo uno de ellos se estaba divirtiendo, él.

Entonces, del interior de la casa salió otro joven. Una media melena a la altura de los hombros, un flequillo que le tapaba la mayor parte de la cara, pero unas facciones que me recordaban muchísimo al literato. Tragué en grueso. Debía intentar ser realista. ¿Qué posibilidades había de que todos aquellos adolescentes fuesen sus hijos? Muchas. William debía rondar la cuarentena y no sabía nada de su pasado. ¿Me habría ocultado también otro matrimonio reciente y ahora saldría la flamante esposa del interior del hogar pavoneando sus caderas como una rubia exuberante? Me estaba empezando a marear. Sinceramente.

Mientras la escena se producía a cámara lenta delante de mí podía sentir mi corazón latiendo a mil por hora dando el oxígeno necesario a mi mente para encontrar todas las explicaciones lógicas que no me dejasen en el caos absoluto. Una voz en mi interior empezaba a gritar «adúltera» a un volumen que iba incrementándose con el paso de los segundos. Vomitaría si tuviese fuerzas en el resto del cuerpo, pero se me había quedado entumecido y helado. ¿Podría una persona morir de la impresión?

Me obligué a mí misma a realizar algún movimiento. Mordí mi labio inferior descubriendo que debía estar ligeramente azulado porque el frío que había rozado mi lengua no era normal en mi forma de ser.

William desvió la mirada de los adolescentes con los que estaba hablando para solucionar la situación y se fijó en mí. Pude comprobar su sorpresa y cómo rápidamente cambiaba su expresión a la preocupación más profunda. Se levantó casi de un salto ignorando al resto de los presentes y se aproximó a mí tomando mi rostro frío entre sus manos cálidas y grandes.

— ¿Está usted bien, señorita Mijáilova?

No pude responder. Solamente asentí despacio intentando recobrar la compostura y la misma vida que parecía haberme abandonado. No quería llenarme de ira rápidamente para tener gritándole una sarta de improperios delante de sus hijos, si es que eran sus hijos. Alguna otra posibilidad resultaría mucho más siniestra y desagradable.

— Kyra… relájese. Respire. Reaccione —musitó lo más cerca posible de mi rostro acariciando mis mejillas con sus pulgares casi como una forma de intentar hacer que su calor se impregnase en mi propia piel.

Los segundos eran angustiosos porque no sabía parar mi cabeza y a la vez recibir una respuesta que no me matase lentamente por dentro como si todo aquello hubiesen sido nada más que mentiras. ¿Cómo podía haber intentado siquiera darle una oportunidad para ser amigos? ¡Era un… ! No tenía ni tan siquiera palabras para describirlo.

— Will, ¿está bien? —preguntó la chica inclinándose para mirar mi rostro.

— Sí, solamente tiene que ser alguna conmoción o algo parecido. Trae algo de caf… una taza de chocolate caliente —pidió antes de volver a tenerme a mí como único objetivo de sus atenciones y palabras—. Kyra, son mis hermanos… No sé qué estará pensando, pero solamente son mis hermanos, la única hija que tengo es Helena.

Sus… sus hermanos. ¿Sus hermanos? ¿Casi veinte años más jóvenes que él? ¿Había posibilidades físicas de algo así? Tenía que pensar con lógica, con la lógica más aplastante, pero mi cerebro hacía tiempo que había dejado de funcionar correctamente. Solo escuchaba una sucesión de palabras cada vez más hirientes sobre mí y sobre el profesor dentro de mi mente buscando calificar de una forma más terrorífica y siniestra todo lo que había pasado allí.

La chica llegó con el chocolate caliente y William me lo ofreció. Bebí un poco intentando concentrarme tan solo en su mortal temperatura con aquella que teníamos exterior y en el chute de azúcar que entraría rápidamente en mi torrente sanguíneo para despertar todo el cuerpo entumecido. Intenté mantenerme serena. Vale, no tenía porqué mentirme en algo así. Le concedería el beneficio de la duda sobre la relación entre los adolescentes y él mismo. Hermanos… casi parecía mentira. Aunque los rasgos eran parecidos y no le llamaban padre como sí lo había hecho Helena delante de mí.

— ¿Está ya mejor? —preguntó el profesor cuando volvía a sentir cierto hormigueo en mis mejillas.

Asentí volviendo a darle un sorbo al chocolate para finalmente deslizar mi lengua por mis labios de forma que no quedase ninguna marca del dulce líquido.

— Perdón, habrá sido una bajada de azúcar o algo semejante —comenté intentando restarle importancia a lo sucedido.

Todos se separaron al verme con el mismo color que antes de que apareciesen, o al menos, con un tono más natural en la piel y regresaron a su conversación.

— Disculpe mis modales, señorita Mijáilova. Le presento a mis hermanos, Isabella, Phillip y John. Hace poco que he sido capaz de quedarme con su custodia.

¿Desde cuando sabía que tenía esos hermanos como para estar detrás de un período judicial concreto para que un juez aceptase que él podía quedarse con su custodia? ¿Por qué no me había dicho por lo menos que tenía hermanos? Me sentía igual que un detective descubriendo todo por fascículos o cuando el escritor estuviese dispuesto a permitirme descubrirlos. Tenía una repentina frustración. Yo le había contado cosas y él me había negado el conocimiento de algo así, por lo que podía comprender que en realidad no confiaba ni lo más mínimo en mi persona y se había guardado un secreto semejante y, a mi parecer, nada escandaloso, por algún motivo fuera de mi propia lógica. ¿Sentía vergüenza de sus hermanos? ¿De mí? ¿De su madre biológica?

Me concentré todo el tiempo en aquella taza después de saludarles a todos con una sonrisa dado que los niños no tenían culpa alguna de que su hermano los hubiese escondido de mi conocimiento como si fuesen seres prófugos de la justicia.

William sabía que tendríamos una discusión sobre esto si era lo bastante inteligente como para leer la falsa sonrisa que tenía pintada en los labios.

2018 / Jul / 27

Quedaba un día para el evento, pero era de lo único que se hablaba prácticamente. Ahora comprendía el porqué era un estrés organizar una ceremonia, no solamente porque hay mucho que debe estar perfectos, sino porque no hay forma de no obsesionarse con eso cuando es de lo único que te habla todo el mundo.

Habían organizado salidas familiares que me apetecían lo mismo que si me daban una patada en la ingle. Me había rehusado a ellos a riesgo de quedar como una ermitaña y una antisocial de manual delante de toda mi familia y me había hecho mis propios planes. Si lo iba a pasar mal en algún momento, al menos, deseaba haber sido yo la que hubiese escogido cómo y cuándo.

Le daría una oportunidad al profesor, a su nueva faceta, al menos, para intentar ser amigos. No quería jugar más al gato y al ratón, me había cansado hacía mucho tiempo de eso, a pesar de que mis actos pudiesen indicar lo contrario puesto que igual que un ratón caía en la trama con un poco de queso de por medio.

Con el manuscrito debajo del brazo, me puse en camino hasta la finca donde vivía el profesor. Un vestido sería lo único que llevaría realmente, aunque me había puesto el bikini debajo dado que mi intención era darme un baño en la piscina de la casa rural aprovechando que no estaría ninguno de los miembros de mi familia a la hora de la cena.

La verja no fue difícil de abrir dado que no tenía el cerrojo echado y me aventuré a entrar en propiedad ajena esperando que no le importase mi intromisión al dueño del hogar. Le vi con un libro entre sus dedos, un pequeño aperitivo en la mesa y los pies descalzos sobre la mía colocado de una forma que resultaba hasta cómica al compararle con el hombre tan serio que había conocido en Nueva York.

— Buongiorno —dije con mi mejor acento italiano.

Su mirada se elevó hacia mí con una ligera sonrisa pidiendo salir en sus comisuras.

— Buongiorno, signorina Mijáilova. Es inconfundible su esencia, podría oler su aroma a vainilla desde kilómetros —comentó con algo de diversión y quitó los pies de la mesa.

— No sabía que se había fijado…

Me dirigió una mirada indescifrable puesto que con aquel hombre era igual que si tuviese una venda sobre mis propios ojos. Parecía hablar en otro idioma, comportarse de forma distinta, pero eran mis mismos nervios los que me cegaban frente a él, como un eclipse de sol mirado fijamente.

— ¿Cómo está? ¿A qué le debo su visita?

Con el libro cerrado en sus manos, William se inclinó ligeramente hacia delante observándome como quien observa algo curioso, singular; o quizá fuese esa mi forma de catalogar la manera en que sus orbes recorrían lentamente mi anatomía casi recreándose en cada milímetro de ella.

— Venía a devolverle su manuscrito. Me llegó en Navidades y hacía meses que lo había leído, sin embargo, no sabía cómo expresarle mis argumentaciones sobre la historia en sí. Y cuando ayer le encontré aquí, no pude más que agradecer mi buena fortuna. Hay cosas que la lengua escrita puede llevar a equívocos por la interpretación que haga el receptor de tal nota sobre el tono que se ha dicho. Pero, con la persona delante, aunque existen las posibilidades y muchas, de tener malentendidos, creo que al menos no habrá que presuponer que se entienden los tonos o las explicaciones de manera adecuada. No sé si me explico —me encogí de hombros casi como acto reflejo, por si había dicho una tontería que podía demostrar mi poco coeficiente intelectual en comparación con el suyo o mi escasa facilidad para hacerme entender.

—Me parece correcto, aunque solamente tengo algo que añadir. Ese manuscrito es para usted. No tenía intención de tenerlo nuevamente conmigo, así que, por favor, le suplico que se lo quede.

Me preguntaba si ese hombre era consciente de que si yo lo desease podría deshacerme de un manuscrito de su nueva historia por internet y ganarme mucho dinero aprovechándome de todas aquellas fans que leían sus novelas como si fuese una carta de amor entera y verdadera para cada una de ellas. No lo haría, por supuesto; pero me impresionaba su confianza en mí.

Me crucé de piernas tras sentarme en el mismo lugar donde había estado el día anterior siendo invitada a ello previamente con un movimiento de mano. Apoyé la espalda en el respaldo disfrutando de la forma en que mis músculos parecían acoplarse a semejante mueble.

— Usted dirá —comenzó el profesor.

— Seré sincera, no debe ser de otra forma. Me encanta su forma de escribir, ya lo sabe, sin embargo, hay cierto vacío en los sentimientos. Es decir, comprendo la complejidad de sus personajes, o al menos, eso intento, pero da la sensación de cuando alcanzan el amor, nunca lo disfrutan, nunca lo sienten como propio, es igual que si no se hubiese experimentado el verdadero amor, o por el contrario, siempre se temiese que se va a perder a la persona amada. Sus personajes féminas no tienen problema en entregarse al amor, incluso en situaciones que históricamente podrían ser discutidas por la forma de pensar de la sociedad en esas épocas, pero ellos… Aman, vale, pero de una forma tan extraña. Es igual que si amasen desde el otro lado de una jaula que les impedirá siempre sentirse, palparse, besarse… —arrugué mi nariz y fijé mis ojos nuevamente en los azules del literato. Normalmente, me costaba mantener la mirada demasiado tiempo. Era un tic nervioso o una demostración de mi vulnerabilidad frente a otros.

William se quedó unos segundos en silencio y cuando abrió los labios para hablar una nueva voz hablando con un pronunciado acento inglés se escuchó.

— ¡Will! Dile a Phillip que deje de perseguirme con ese palo con una oruga.

Miré a aquella adolescente, sus cabellos de un color casi imposible entre el castaño claro y el pelirrojo, debatiéndose sobre cuál mostrar con los reflejos del sol. De complexión delgada, proporcionada. Iba vestida con un pequeño pantalón y una camiseta amarilla de tirantes mientras otro adolescente algo mayor que ella, al menos, en altura le perseguía. Cabellos negros como la noche, pero ojos de un azul incluso más profundo que la mirada de William. Aquel debía ser Phillip quien blandía un palo con un bicho asqueroso en la punta persiguiendo a la otra joven.

¿Se podía saber qué demonios estaba pasando? ¿Por qué estaba viviendo allí con dos adolescentes? Mi cerebro intentaba, en lo posible, descubrir la relación antes de ser presentada, pero la parte lógica había dejado de procesar información.

2018 / Jul / 26

Tras aquel momento completamente incómodo, terminé acercándome a él para acurrucarme contra su pecho. Necesitaba sentir algo de cariño y no sabía si él estaría dispuesto a dármelo, tan solo como amigo, si me mostraba tan vulnerable como mi corazón se sentía. Solía mantener las distancias para evitarme sufrimiento y aún así, no lo había logrado. Y cuando pensé que iba a negarme el abrazo, rodeó mi cintura afianzando ese contacto mínimo. Sonreí permitiéndome a mí misma disfrutar de ese momento, en silencio, olvidándome del carnero.

— ¿Quiere quedarse a descansar? —su voz suave fue mi propia sorpresa.

No podía aceptar esa invitación. No debía. Era igual abrir la caja de Pandora y quizá por el deseo de evitarme más dolor innecesario esta vez, mi mente tuvo todo el control de mi cuerpo.

— No puedo. Tengo que regresar donde me espera mi familia. Quizá en otro momento pueda quedarme más tiempo.

Había hablado bajo, como él. Me había apretado un poco más a su cuerpo como si una parte de mí suplicase porque me mantuviese fija contra él, pero rápidamente me separé después de que se hubiesen llevado a Bunny dándome cuenta que el sol había bajado mucho.

William me dejó escaparme de su abrazo y después me estiré levemente puesto que para mí la hamaca no era el invento más cómodo de la historia, casi siempre solía estar en tensión por si me caía y esas cosas, gracias a mi torpeza natural.

— Espero que así sea. Ojalá podamos vernos en otra ocasión.

Me puse mis zapatos mientras observaba que no se había levantado de la hamaca. Reí un poco al verle ahí. Resultaba tan impropio… Siempre le había visto tan serio, tan pegado a los modales más intensos y ahora, era igual que ver su parte más bohemia. Una barba de varios días, una ropa que distaba demasiado del habitual traje y corbata que le sentaba de maravilla. Todo él, simplemente, parecía haberse transformado o, al menos, relajado lo suficiente como para permitirse saltarse esas normas de protocolo.

La despedida no fue demasiado efusiva. Por mucho que intentaba ser cariñosa no me salía con facilidad salvo con los niños pequeños. Tenía esa boba idea de que un adulto no podía ser cariñoso, que cuando llegaba determinada edad uno debía ser fuerte y no necesitar abrazos ni tampoco mimos. No entendía porqué equiparaba la madurez, con la falta de atenciones. Había interiorizado, de manera incorrecta, durante mucho tiempo, que ser independiente era separarse completamente de todo lo que significase ser pequeño, es decir, casi volar solo aunque se necesitase ayuda para hacerlo. Como si en el momento que se cumpliesen los dieciocho años uno tuviese que olvidarse de todo el mundo en su etapa previa y construirse todo un universa cortando con todas las ligaduras que le ataban a ese pasado. ¿Era la única que tenía ese concepto equivocado de ser adulto?

Mientras regresaba a mi hogar temporal, comencé a picotear ese bollo que me había comprado horas antes. Aún seguía igual de delicioso que si estuviese recién hecho. Me maravillaba las diferentes recetas de chocolate y lo maravillosamente ricas que estaban todas. Estaba convencida que le echaban algo adictivo además de las toneladas de azúcar.

Llegué a la casa rural. Podía oler cómo mi madre estaba cocinando para todo el mundo y como acababa de comerme un bollo no tenía demasiadas ganas de ello. Quería, en lo posible, estar tranquila, evitarme conversaciones molestas y por eso, tras disculparme con mis padres me subía la habitación dispuesta a leer un poco antes de dormir. Me había empezado un dolor de cabeza incontrolable por la velocidad a la que iban todos mis pensamientos.

Me tumbé en la cama dispuesta a releerme todos los comentarios que había hecho sobre el manuscrito en un cuaderno porque tenía la intención de comentarle al profesor en algún momento sobre mis impresiones acerca de la historia que me mandó tiempo atrás. Después, cerré el cuaderno para leer algo más, ese libro que había venido conmigo para ese viaje, pero algo me decía que aquel libro no favorecería en nada ese dolor intenso situado encima de mi ojo izquierdo. Era un recuerdo de mi propio cerebro para que frenase el ritmo, para que descansase tranquilamente. Pero me había prometido a mí misma que leería a Michel Foucault en un intento por entender los pensamientos de una de las columnas de la Psicología sin tan siquiera pretender que fuese así.

Yo misma había querido escribir sobre la naturaleza humana, sobre mis análisis con respecto a cómo funcionábamos. Lo había hecho años antes, pero no sabía si mis razonamientos tenían demasiado sentido. No conocía realmente si tenía la autoridad o el derecho de poder expresar a otros qué tipo de funcionamientos veía en la sociedad, la manera en la que nosotros nos contradecíamos por nuestra propia complejidad, terminando por aceptar que en muchas ocasiones nuestro propio egoísmo nos llevaba a no tener la mente abierta, y eso nos llevaba a la intransigencia e incluso, a ponernos nuestras propias barreras como si la sociedad se tratase de castas cerradas en las que uno no podía relacionarse con los de alguna superior o inferior. Me sorprendía aún que en un mundo teóricamente tan desarrollado aún nos dejásemos dominar por estilos de vida de tiempos pasados y aunque, no estuviese echa la división de forma oficial, no era necesaria, pues la sociedad mantenía el funcionamiento recurriendo a la represión y a replegarnos hacia tiempos del pasado de mayor intolerancia.

Durante mucho tiempo yo había mantenido una afirmación: no existe peor enemigo para el ser humano, que el mismo ser humano. Ni tan siquiera la naturaleza tiene formas tan crueles de matar como las que puede tener un humano cegado por la ira y con bastante creatividad. Nosotros mismos sabíamos cómo causarnos más dolor que muchas otras penurias por muy devastadoras que fuesen en extensión.

Froté mis sienes notando mi inmenso cansancio. Había razonamientos que no eran del todo lógicos y por ese motivo cerré el libro, esperando que el día siguiente fuese al menos como había sido este primero.

2018 / Jul / 26

El silencio era parte de la vida. Sin embargo, con William, era igual que clavarse alfileres en los ojos, despacio, sin prisa y cuando menos lo esperaba uno para provocar más desazón. Era un hombre que siempre debía tener la última palabra, no sabía si de forma consciente, o puede que de alguna manera su ser dominante destrozase poco a poco cada uno de los motivos por los que me había intentado sentir superior como método de defensa olvidando que, en el instante que termine la conversación, volvería a ser esa Kyra que se flagelaba hasta dejarse la propia alma en sangre viva.

Sus últimas palabras me habían hecho reflexionar. ¿Por qué no creía en el amor? Por lo que sabía debía haber estado casado, o al menos, haber tenido una historia de pasión con la madre de su hija, Helena. Su francés con esa vocecita de ángel era un claro ejemplo de que alguien no necesitaba criarse con el progenitor porque hay rasgos que se heredan casi por genética.

— ¿Dónde está Helena?

Mi curiosidad pareció sorprenderle. No obstante, tan pronto como se hubo tumbado en la hamaca volvió a relajarse. Una pequeña sonrisa surcó sus labios y me creí mínimamente afortunada por haber visto dos en tan poco tiempo.

— Catherine creyó que sería prudente mandar a la pequeña a uno de los mejores colegios europeos o americanos. Como abuela recién descubierta y adorando a su nieta no quiere ni oír la posibilidad de separarse de ella, así que simplemente permanece el verano con ella escogiendo el lugar al que irán e intentando conocerse más.

No comprendía el motivo por el que había huido para salvar a Helena de aquella vida que la obligaba a llevar su madre, si no parecía tener problemas al separarse de su retoña, también recién descubierta para él.

— ¿No la extraña?

Su ceño se frunció antes de volver a fijar sus ojos en mí, su interlocutora.

— ¿Con sinceridad? Primero, no creo ser un buen referente para Helena, mientras que mi madre sí podrá serlo. Además, su presencia me recuerda todo lo que no he podido vivir con ella, lo que nunca podré vivir con nadie. La llegada del bebé, la emoción de los primeros pasos… Me causa tanta rabia que prefiero evitarme el malestar y con ello la sinrazón de tratar a mi hija de mala forma. Catherine la mima como debe y no soy quién para privarle de uno de los placeres de la vida: ser amado.

Su razonamiento me hacía pensar. Por un lado pensaba lo egoísta que era dado que su hija le necesitaría por ser su padre por mucho que estuviese con su abuela. Por otro, aceptaba sin pataletas que no debía ser el mejor ejemplo como padre. El mío, cuando yo era pequeña, muy pequeña, no había podido estar porque intentaba mantenernos a la familia trabajando en todos los sitios que le fue posible. Esos momentos, no los recordaba, por suerte. No sabía si había sentido ese abandono paternal por su parte, pero todos los demás recuerdos que tenía eran los de un padre en todas sus facetas: negativo, altruista, colérico, risueño… Había jugado con nosotros tanto como nuestra madre. Nos había enseñado a nadar por pura cabezonería. Había ido en búsqueda de cualquier material que fuese necesario en un abrir y cerrar de ojos. Quizá no hubiese sido el mejor referente, pero de cada momento había aprendido muchas cosas. Me negaba a creer que William no pudiese ser un ejemplo para su hija de alguna clase, pero si huía esfumándose como el humo, era mejor que no la ilusionase con su presencia fantasmal.

Un ligero sudor había aparecido en mi frente que terminaba siendo refrescado por la brisa que soplaba en el lugar. ¿Podía existir una sensación más placentera que aquella en la que el propio cuerpo se refresca por instinto natural dejando que la suavidad del viento bajase esa temperatura que rápidamente había subido? Suponía que las horas, a pesar de ser aquellas en las que el sol golpea con más fuerza, aún mantenían una temperatura afable. Suplicaba internamente que el día de la boda no tuviésemos que vernos entre goterones puesto que sería más que incómodo y los vestidos de nadie lucirían igual. Una parte de mí sospechaba que terminaría calándose y haciéndose semi transparente esa tela champán. No quería mostrar mi cuerpo a nadie, y menos que mis espectadores fuesen los miembros de mi familia.No me apetecía ser un reclamo lujurioso, si es que era posible, en un entorno como aquel.

Escuché un sonido. Era un ruido animal que poco a poco se iba acercando. Con él, las risas de algunos niños además de los gritos en su idioma natal que pedían al carnero que regresase a su lugar.

Sí, lo reconocía. Cuando se trataba de animales tenía más miedo que un niño pequeño. Rochester había sido una bendición puesto que le había visto crecer desde pequeño, pero el resto de animales, y sobre todo, animales salvajes de alguna forma… aunque para mí una de aquellas bestias podía ser cualquiera que no fuese un gato, un perro o un hámster, siempre me ponían nerviosa.

— Venga aquí.

La grave voz de William me invitaba a acercarme a él. No sabía si él podría hacer algo en caso de que el carnero decidiese atacarme o acercarse demasiado, pero igual que una niña miedosa, rápidamente me levanté y fui hasta él como si fuese una especie de superhéroe que pudiese paralizar al animal con algún poder fuera de lo común.

— No se preocupe. Son Francesca y Pietro los niños que van detrás de Bunny. Bunny es el carnero. Casi todos los días se salta la verja que separa su granja de mi parcela, pero nunca se ha acercado a la casa. Francesca y Pietro son muy rápidos volviendo a atraparle.

No sabía si estaba intentando tranquilizarme, pero no daba mucho resultado. Mi mirada estaba puesta sobre el carnero y cómo huía de los pequeños que no hacían nada más que reírse. Entonces, sentí la mano de William rodeando mi muñeca desviando mi atención del animal.

— Túmbese conmigo. Tranquilícese. No le hará nada.

Desconocía si estaba realmente preocupado o se estaba divirtiendo de lo lindo con mi fobia absurda. Finalmente, acepté la invitación un intenso deseo de que al estar a su lado desapareciese como por arte de magia si le parecía al tal Bunny un posible lugar que intentar embestir con su cornamenta.

Ambos entrábamos sin problemas en la hamaca. No nos tocábamos, pero no era necesario tampoco. Mi piel parecía hormiguear a su lado y la tensión era tan fuerte que había llegado a olvidarme del carnero. Nuestros ojos se encontraron, nos miramos durante varios segundos, sin embargo, por suerte para ambos, no hubo tentación alguna. Solamente ese fuego que se presenta y que deseaba apagar en su cuerpo ardiente.

Me dije a mí misma que solamente se vencen las tentaciones negándose a ellas y como si fuese una buena cristiana frente al mismísimo demonio, me mantuve tranquila, devolviendo mi mirada al carnero y divirtiéndome todas las cabriolas que tenían que hacerlos niños para atraparle. Bunny no era nada tonto.