2018 / Ago / 07

El restaurante era bonito. A esas horas estaba de bote en bote. Me sorprendía que hubiese conseguido reserva. Parecía uno de aquellos lugares en los que tienes que hacer mínimo un año de espera para poder degustar los platos. Me olvidaba que en lo que se refería a William, Douglas y Heinrich no había tantas normas como las que teníamos los pobres mortales de a pie. A veces extrañaba relacionarme también con esas personas que sufrían de apuros de todo tipo y que tenían que hacer más cuentas que un contable para poder llegar a fin de mes, pero visto lo visto, salvo por los lujos, no es que fuesen mejores las vidas de la clase alta. Las miserias eran las mismas. No dejaban de ser humanos.

Un mono negro, con aberturas en las perneras me hacía lucir como una mujer de negocios, pero también me ayudaba a pasar las endemoniadas temperaturas. El escote cuadrado no mostraba demasiado, aunque con mi pecho demasiado nunca era poco.

Entré en el lugar y pregunté al maître por la reserva a nombre del señor Hamann. Me acompañó hasta un reservado. Me parecía bien que hubiese pedido un sitio más privado. Él aún no había llegado, por lo que pude observar tranquilamente el lugar, las decoraciones tan modernas, los adornos supuestamente chic que a mí me parecían más bien pijoterías innecesarias aunque le daban otro estilo al lugar y no parecía tan minimalista.

— Señorita Mijáilova, me alegra verle —se acercó y como en nuestro primer encuentro depositó un beso en el dorso de mi mano. Le dediqué una pequeña sonrisa y dejé que usase esos modales tan finos para deslizar suavemente la silla hacia atrás permitiéndome poder sentarme. No necesitaba tantos buenos modales, siempre me había retirado yo mi silla y no se me habían caído los anillos, pero si le hacía feliz tratarme con la galantería de antaño, no le diría que no a pesar de lo cohibida que me sentía.

— Lo mismo digo, señor Hamann. Le reitero mis disculpas por obligarle a atender un asunto de trabajo en su fin de semana. Imagino que no ha debido hacerle demasiada gracia —hice una ligera mueca, no obstante, él, que me observaba con atención negó de manera que provocó cierta comodidad en mí hasta que pensé que podía estar siendo excesivamente amable y que en realidad, estaría deseando tirarme a la cara lo primero que encontrase.

— El descanso no es algo a lo que sea asiduo. No se preocupe. Paso prácticamente las veinticuatro horas del día de los trescientos sesenta y cinco trabajando. Solo me permito salir alguna noche contada y debo agradecer que en esa noche haya podido conocerla —comentó con amabilidad—. Dígame, ¿de qué se trata esa consulta? Por el tono apremiante de su voz parecía que no podía esperar demasiado.

— ¿Podríamos trabajar con supuestos y nombres en clave, por favor? —pregunté esperando que no tuviese reparo alguno en ello.

— Dado que no es una consulta legal al uso, haremos lo que usted considere oportuno. Supuestos y nombres en clave, pues —asintió con una imperceptible sonrisa en los labios gruesos.

— Supongamos entonces que alguien ha firmado un contrato de confidencialidad además de tener el código deontológico entre ambos. ¿Cómo afectaría a alguna de las partes romperlo?

— ¿Por qué desearía romperlo? De tener esa intención desde el principio habría firmado el contrato sin el deseo expreso de cumplirlo.

— No, no tenía esa intención en un principio. Esperaba cumplirlo, de hecho, ni tan siquiera pensaba que fuese preciso firmarlo con el código deontológico, aunque finalmente, accedió. Esa persona, comenzó una terapia y descubrió algo tan sorprendente como peligroso. Por ese motivo, es por el que desearía romperlo, pero desconoce qué tipo de medidas podrían tomar en su contra —callé justo en el instante que un camarero nos entró una carta a cada uno y también, sirvió el vino favorito de Heinrich. Me negué a que me lo sirviesen pues sabía que se quedaría en la copa y pedí un vaso de agua.

— ¿No bebe?

— Bebo, pero no alcohol. Desde el principio he considerado que es completamente innecesario para divertirse o tener una charla de la índole que sea. Uno puede reírse mucho más recordando las cosas al día siguiente y sin vomitar por las esquinas —comenté de manera tajante.

— Tampoco es mi intención emborracharla, pero se suelen acompañar las comidas con un poco de vino.

— Puede que sea la costumbre en los grandes y los pequeños círculos, sin embargo, no en el mío propio. El alcohol nunca será mi aliado. Jamás me atrajo ni su olor ni el sabor amargo que comentan todos que tiene. Soy más de sabores dulces.

Cuando el camarero se hubo marchado, Heinrich tomó la copa dándole un sorbo antes de volver a dejarla casi milimétricamente en el lugar que había estado antes. Una obsesión con el orden, la asimetría… preferí no empezar a analizar lo que hiciese. Todos teníamos nuestras manías.

— Bien, señorita Mijáilova. Considero que tal contrato no creo que tuviese demasiada validez. Partiendo de la base de que debe regirse por el código deontológico, es ese código y usted misma quien pone los límites en esa situación. De todos modos, consultaré más exhaustivamente. Hay determinadas cláusulas que no podrán darse debido a su papel como médico en este caso. Puede mantener el secreto hasta donde usted considere que puede hacerlo. Eso se limita a las circunstancias en las que crea que su paciente es peligroso para sí mismo o para el resto de la sociedad. Por lo demás, dudo, en el caso que fuere, que la obligasen a testificar en un juicio de ser descubierto por la policía que tiene datos relevantes sobre el caso. No obstante, como le comenté, haré una investigación más exhaustiva para informarme claramente sobre el tema en cuestión, pero yo diría que no ha cambiado demasiado el asunto en ese foco de la ley —comentó antes de volver a dar un sorbo a su copa de vino.

El camarero regresó en ese momento y sentí una ligera satisfacción al saber que la decisión seguía en mis manos, pero el chantaje provocado por Douglas me invitaba a ser egoísta, a callar, a no decir nada sin evitar de ese modo que muriesen más mujeres. Estaba condenando a chicas inocentes, aunque quizá si llegaba a ayudarle con la terapia podría conseguir algo. Un pequeño brillo de esperanza, quizá demasiado ingenua, había nacido en mi interior regalándome un mínimo de bienestar.

2018 / Ago / 07

William se había ido a casa. Sus hermanos le esperaban. Me recogería a la hora acordada para cenar en algún lugar elegante. Lo sitios elegantes me ponían nerviosa, pero era su cumpleaños así que no podía decirle que no. Además, me gustaba complacerle en muchos aspectos, aunque no hasta el punto de ser más tonta que nadie.

Rebusqué mi teléfono en el bolsito de cóctel que se quejaba por no tener suficiente batería. Lo puse a cargar descubriendo al sacarlo que la tarjeta del abogado seguía ahí. Observé el tacto del papel, la tipografía… todo demostraba un intenso alarde de categoría. ¿La vanidad la daban gratis o es que yo me había perdido por completo algún capítulo de Barrio Sésamo o alguna serie de la infancia donde plantaban la semilla hasta que florecía con el tiempo? No sabía si tenía fuerzas para enfrentarme a otro hombre cortado por el mismo patrón arrogante, pero su conocimiento dentro del mundo legal me serviría de dos formas: una, no tendría que molestar a mi hermano en un momento como aquel que estaba viviendo y dos, quizá no me lo explicase como si fuese estúpida, así que eran todo ventajas.

Miré la hora. Eran las diez de la mañana. Llamé al número del móvil que tenía escrito en la tarjeta. Esperé un tono, dos tonos, un tercero… finalmente, el hombre de la noche anterior respondió. Su voz no parecía más grave de lo usual. No parecía acabar de despertarse así que no le pedí perdón por ello.

— Buenos días, señor… Hamann. Soy Kyra Mijáilova. Disculpe que le llame en domingo, pero me gustaría saber si podría concertar una cita con usted para hacerle una consulta legal —me ponía infinitamente nerviosa hablar por teléfono, quizá por esa incertidumbre de no saber qué es lo que puede estar pensando la otra persona, o al menos, la imposibilidad de ser espectador de sus distintos gestos.

— Buenos días, señorita Mijáilova. No me esperaba que fuese a llamarme si le soy sincero. Deme un momento —pude escuchar unos ruidos y después el ruido de fondo terminó por completo—. Dígame qué hora le viene bien, porque imagino que trabajará entre semana, ¿no?

— Sí. Normalmente tengo un día libre a la semana, pero… no creo que pueda ir por la mañana de ninguna manera —di golpecitos en mi frente con la tarjeta esperando que también tuviese consultoría por la tarde.

— Dudo que pudiese hacerle un hueco por la tarde. Las tardes suelo dedicarlas a otra parte de mi trabajo que me requiere mucho tiempo y concentración, por lo que, ¿le supondría algún problema esperar hasta el próximo fin de semana?

¿Una semana entera? ¿Aún tenía que esperar una semana para tener toda la información sobre lo que podía pasarme? Respiré profundamente antes de responderle, pero me cortó antes de que dijese una sola palabra completa.

— A no ser que desee quedar hoy para comer conmigo y hablarme de su consulta. Por ser la primera, no le haré que me pague nada —su tono era algo jocoso, pude escucharlo a través del aparato.

— Me encantaría que fuese así. ¿Le fastidiaría mucho sus planes con su esposa?

— Sería imposible que los arruinase, señorita Mijáilova. Flora no ha venido conmigo a Londres.

¡Un momento! ¡Paren las rotativas! ¿Era un adúltero? Recordaba a la perfección a la chica con la que había estado la noche anterior. Rodé los ojos mientras intentaba contener un gruñido. ¿Podía fiarme de alguien que engañaba a su propia mujer? ¿Qué diantres le pasaba a la humanidad? ¿Era tan difícil mantener su pasión para una sola persona sobre todo si se decía estar enamorado?

Suponía que un hombre así estaría acostumbrado a batallar con los límites de la moralidad, así que quizá sí era el hombre adecuado para ese trabajo. De todos modos dudaba que el lugar propicio para ello fuese precisamente una comida.

— ¿Señorita Mijáilova? ¿Sigue ahí?

— Sí, sí.. perdone. Claro, quedemos para una comida. Dígame dónde.

Apunté el nombre del restaurante. Esperaba, en lo posible, que no fuese caro. Juntarme con la élite iba a dejar mi bolsillo pelado. No tenía tanto dinero como para irlo tirando por las esquinas y menos, si en algún momento de mi vida lo que fuera que tuviese con William terminaba. No iba a quedarme con la casa por la cara. No quería pensar en esa posibilidad aunque tampoco me agradaba demasiado estar allí de huésped, pero era un problema menos, en teoría.

Nos despedimos y después me obligué a mí misma a hacer algo en mi hogar. Tenía que intentar limpiar, debía hacer algo, lo que fuese. No quería pensar, quería arrancarme todo pensamiento de la cabeza, algo que no había logrado nunca, pero la única aliada que tenía para esos momentos no era otra que no fuese la música.

Di de comer a Rochester comprobando que William le había dado el desayuno antes de irse. Acaricié al hasky y comencé a hablar con él, le conté mis problemas, intenté encontrar consuelo en él. Escondí mi rostro en su pelaje y me abracé a su cuerpo antes que posase su cabeza en mi hombro soltando un pequeño gemidito que parecía indicarme que me entendía. Al menos, yo lo quise creer así. Acaricié el lomo de mi mascota y cuando hubo comido y bebido suficiente, salimos al jardín. Ambos teníamos que hacer algo de ejercicio.

Le lancé una pelota que parecía adorar por un sonido agudo que hacía cuando la apretaba entre sus dientes. En una ocasión la tiré tan mal que comprobé que por mucho que practicase mi puntería no iba a mejorar ni lo más mínimo. Nunca había tenido esa facilidad para saber dónde iba a ir mi lanzamiento, fuese en el deporte que fuese. Era un peligro para todo aquel que no quisiese salir herido por casualidad.

Una hora antes de la cita, había puesto la alarma del teléfono y la oí. Invité a Rochester a entrar y después de limpiarle en lo posible las patas, fui escaleras arriba. Tenía que arreglarme. Debía intentar responder una de mis múltiples dudas.

2018 / Ago / 07

El calor seguía siendo sofocante. Mi cuerpo sudaba sin tan siquiera moverse. William tampoco ayudaba demasiado entregándome todo su calor igual que una tea ardiendo. No estaba hecha para aguantar esas temperaturas. Dejé un beso en el hombro del escritor y me separé agradeciendo la mínima brisa que refrescaba mi piel. Tenía unos pelos indescriptibles. Me quité el maquillaje que por supuesto William no había caído en hacerlo y ni tan siquiera sabía si él hubiese sabido qué tenía que usar. No quedaba demasiado en mi cara así que las sábanas se habrían llevado la mayor parte.

Me duché pensando en todo lo que tenía que hacer aquel día. Teóricamente, William y yo saldríamos a cenar, pero no sabía si habría cambio de planes por haber tenido que sacarle de su hogar antes del final de su reunión familiar de la que no había podido preguntar nada porque había terminado tan agotada que me había quedado dormida en el taxi.

Salí del baño con una toalla envolviendo mi cuerpo. William aún estaba durmiendo y la pereza volvía a ganarme. Caminé aún medio mojada hasta el cuerpo del literato y me tumbé a su lado dejando que tan solo el contacto que pudiese producirle algo más de rechazo fuese mi piel algo fresca. Y a diferencia de lo pensado, me abrazó más fuerte.

— Menuda forma de despertarme intentando que tuviese un infarto.

Reí por su comentario y deslicé mis dedos por su pecho disfrutando de la sensación.

— Buenos días —susurré.

— Buenos días. ¿Está hoy mejor?

Asentí aunque no muy convencida y me apreté contra su cuerpo mientras las yemas de mis dedos dibujaban formas inconexas sobre su pecho que subía y bajaba despacio, con una respiración pausada que denotaba lo relajado que estaba. Sus dedos viajaron hasta la toalla que tapaba mi cabello mojado, deshizo el sencillo movimiento que la mantenía en aquella postura y dejó que mi despeinado y empapado cabello cayese hasta su piel. Se estremeció un poco bajo mi cuerpo por la diferencia de temperaturas. Me quitó los mechones que cayeron sobre mi rostro y después cogió mi mentón entre sus dedos para de esa forma alzar mi rostro besando mi boca con un anhelo que no creí posible a aquellas horas de la mañana.

Sus manos me situaron completamente sobre él a medida que el beso se iba volviendo más intenso. Nuestras lenguas se encontraron sin importar el sabor somnoliento de cada una de ellas. Empezó a acariciar mi anatomía por encima de la suave toalla, recreándose en las zonas de mi cuerpo que siempre parecían haberle gustado más.

Era domingo. Ninguno parecíamos tener prisa para nada, así que… ¿por qué no disfrutar aquella mañana? Me preguntaba si era normal dejarse llevar por la pasión tan seguido cuando uno empezaba una… ¿se suponía que esto era una relación de una calificación incomprensible para mí?

La toalla tardó poco tiempo en desaparecer. Sus labios me demandaban igual que si hubiesen creído perderme en algún instante. Nos giramos en la cama poniéndose él sobre mí. Mis uñas arañaron un poco su piel blanquecina. Pude sentir su virilidad creciendo y apretándose contra mi pubis. No había marcha atrás posible, ya había vuelto a enloquecer con él.

Esta vez fui yo quien le quitó lo que le restaba de ropa liberando aquella erección. Mis muslos se situaron a la altura de sus caderas invitándole a poseerme y no tardé demasiado en sentir el glande deslizarse muy despacio dentro de mi cuerpo. Me separé de su boca, eché la cabeza hacia atrás y gemí demostrando el maravilloso placer que me estaba entregando saciando el hambre que había sentido mi interior palpitante en los últimos segundos.

Escondió su rostro en mi cuello mientras hacía fuerzas con sus caderas penetrando tan profundo como le permitía la postura. Su nombre escapaba de mis labios y eso parecía incentivarle para seguir en aquel ritmo lento y asfixiante. La tortura podía llegar a ser deliciosa en el arte del amor, siempre que se tratase de ese tipo, en el que te daban algo, pero no todo lo que querías, pequeñas migajas del regalo final.

Su boca recorrió mi cuello marcándolo de todas las formas que le permitía su autocontrol, pues hubiese jurado que de ser posible me hubiese mordido para dejar la silueta clara de sus dientes. Agarré su cabello y grité en uno de esos momentos en los que cada mínimo contacto indicaba lo poco que quedaba para llegar al clímax.

Arqueé mi espalda apretando mi cuerpo al suyo y me dejé arrastrar con él a uno de los infiernos lujuriosos de Dante. Mi temperatura estaba a un nivel desorbitado, podía sentir como la ducha no había servido de absolutamente nada. Volvía a estar sudorosa aunque a duras penas si me había movido. Su piel también estaba perlada en sudor, pero no paró hasta que no se vació en mi interior. Su gruñido contra mi piel fue reconfortante. Había vuelto a llevarle al orgasmo como él había hecho conmigo.

William se quedó en mi pecho y le abracé de manera posesiva importándome el resto del mundo más bien poco por el momento. Nuestras respiraciones se fueron calmando, su miembro perdió dureza y acabó por salir de mi interior antes de tumbarse a mi lado arrastrándome consigo hasta que pudo volver a poner una de sus manos en su lugar favorito de mi anatomía.

— ¿Qué hacía ayer sola con ese hombre en la calle?

Le miré confusa. ¿En serio quería hablar de eso en ese momento? Solté un suspiro y negué ligeramente antes de contarle lo sucedido.

— … Me entregó mi barra de labios de oferta y luego su tarjeta. No fue nada raro.

— ¿No era su cita de esa noche?

Rodé los ojos empezando a enfadarme por momentos. ¿Tenía que recordarle que era él quien tenía a otra viviendo en su casa y a saber cuántas más? Era yo el número en una lista no él.

— Hubiese tenido mejor gusto para buscar pareja que no fuese un hombre casado y además, mi cita eras tú. Deja de inventar tonterías…

Me levanté de la cama y cuando lo hice pude observar la marca de agua que había dejado mi pelo en las sábanas.

— Ya…

Mordió su lengua, quería decir algo más y no me apetecía discutir así que hice como que no me daba cuenta de todo lo que volvía a callar una y otra vez.

2018 / Ago / 07

Tomó mi mano y cuando pensé que iba a soltarla, deslizó sus dedos hasta atrapar los míos. Después besó mis nudillos sin quitar su mirada de mi rostro. El análisis que podía hacer de mi expresión me preocupaba dado que era como un libro abierto para todas esas cosas que me descuadraban. Pude sentir la forma en la que sus labios rozaban mi piel tras ese mísero beso. Era una sensación sorprendente. A duras penas si era capaz de comprender el gran impacto que un acto tan simple podía tener en una persona. Sin embargo, el desconcierto debía estar ahí. Siempre estaba ahí.

— ¿La he molestado?

— No. Es tan solo que no estoy acostumbrada a este tipo de cosas —reí avergonzada aceptando en voz alta que la caballerosidad de antaño no había sido un constante en mi vida.

— Son unos métodos que jamás pude entender. ¿Por qué razón una mujer no puede ser venerada como antes?

— ¿Ser veneradas? ¿En serio? La mujer podía ser un sinónimo de belleza, es cierto, pero eran ninguneadas en muchos aspectos. Solamente valían para ser amas de casa y tener hijos. Además, para eso era exactamente igual que vender un caballo, tenían que ofrecer sus mejores habilidades al comprador —una pequeña sonrisa de suficiente apareció en mi rostro. Sabía, de sobra, que no me confundía demasiado en los comentarios que había hecho en el pasado acerca de la mujer. Y aquello, por supuesto, sorprendió a mi interlocutor.

— Visto de ese modo… puede que tenga razón, señorita Mijáilova.

— Disculpe, no he querido resultar demasiado pedante, pero ando algo enfadada. No es plato de buen gusto que la dejen a una plantada, ¿no?

Primer fallo nivel garrafal que acababa de comer: Decirle a un desconocido que estaba sola en mitad de la noche.

— No entiendo quién haya podido dejarla sola en una noche como esta y llevando ese maravilloso vestido, pero si no tiene a nadie a quien dirigirse y necesita ayuda en algún momento, puede contar conmigo —me entregó su tarjeta y descubrí que era un catedrático de derecho en su país.

— G-gracias…

— Creo que finalmente ha llegado su cita —comentó tras mirar un segundo a su izquierda—. Pase buena noche.

Sin más, se retiró. Miré hacia la derecha observando que William se dirigía hacia mí con cara de pocos amigos. Lo que me faltaba, un problema más.

— ¿Quién era ese? —si sus facciones daban miedo, su voz era mucho peor. Tan fría, tan hiriente que abrasaba con solo escucharla.

— El hombre que ha evitado que me drogasen —le entregué la tarjeta que me había dado el catedrático y tras mirarla unos segundos, tomó mi muñeca entre sus dedos y me acercó a él.

— ¿Está bien? ¿Le han hecho algo? — su rostro ahora parecía preocupado.

Disfruté de esa sensación y le dediqué una sonrisa antes de dar un beso a su nariz. Apoyé mi cabeza en su hombro y asentí.

— Estoy bien. Solamente quería irme a casa. Eso es todo.

— Entonces, yo la llevaré —sus brazos me rodearon manteniéndome apretada a su cuerpo y dejando un beso en mi frente.

No sé el tiempo que estuvimos abrazados, pero allí, entre sus brazos sentía que realmente no podía sufrir a pesar de que era él quien podía hacer mucho más daño a mi alma confusa y a mi corazón entregado a sus pequeñas muestras de cariño. Mis actos de rebeldía versaban básicamente en suplicar algo, lo que fuese, pero que pudiese darme para no hacerme dudar en cada movimiento, en cada respiración, pero la llave mágica no la tenía ni la tendría nunca él.

Minutos después, levantó su brazo para llamar a un taxi. Nos subimos en él y mi mano buscó la suya para poder sentirle conmigo. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué tenía ese momento de debilidad increíblemente intenso? Quizá porque había vuelto a sufrir, a mis ojos, el rechazo de la sociedad de una u otra forma. Tomarme todo a título personal era uno de mis problemas principales. Mi reacción natural era pensar que el mundo entero estaba contra mí, que no le importaba a nadie, que había una batalla para ver quién vencía antes y lograba acabar con el otro, pero la sociedad entera contra una sola persona no tenía demasiadas posibilidades de victoria. Tan solo cuando me permitía pensar con claridad era capaz de desechar ese pensamiento tras una argumentación más positiva y objetiva.

Me abracé al brazo de William sintiéndome a cada segundo un poco peor. La guerra de ambas partes de mi mente la estaba volviendo a perder la racional.

— Feliz cumpleaños —susurré recordando que aquel día era el correcto, ese que en donde me había reservado la noche para pasarla a mi lado.

— Gracias —su respuesta llegó después de unos segundos.

Apoyó sus labios sobre mi cabello y después dejó un beso en ellos tras aspirar mi fragancia. Temía que junto a mi fragancia también pudiese captar el resto de sentimientos que invadían mi ser transformando cualquier pequeño atisbo de luz en una habitación llena de sombras.

No supe cómo, pero me quedé dormida. Agotamiento mental. Ni tan siquiera fui consciente de cómo había llegado a la habitación cuando me desperté al notar el contacto frío de las sábanas. William se estaba desvistiendo y con una sonrisa somnolienta volví a caer en los brazos de Morfeo siendo refugiada por el calor de su anatomía que parecía querer darme un consuelo, un abrigo donde permanecer. Un lugar donde estar tranquila, donde simplemente ser Kyra.

2018 / Ago / 06

Sabía que estaría aquella noche cenando con su familia, así que aproveché la oportunidad para aceptar una invitación de mis nuevos compañeros de trabajo para salir a tomar algo por ahí. Me duché, evidentemente porque había sudado un montón, me puse un vestido de terciopelo rojo dado que habían dicho que íbamos a ir a un sitio lo suficientemente elegante como para ponerme los pelos de punta con la cuenta. No podía decir que no ahora que había dicho que sí y un día era un día.

Di varias vueltas sobre mí misma adorando el tul que provocaba que mi falda tuviese un vuelo como aquellos vestidos de época con forma propia. En algunas cosas seguía siendo como una niña pequeña. Conseguí y aún no sé cómo, hacer unas ondas con la plancha que no parecieron demasiado cutres. Un maquillaje que funcionase con aquel atuendo y mi perfume por excelencia.

Me miré en el espejo y retoqué mis labios rojos esperando que no fuese nada de eso excesivo. Subida a unos zapatos recubiertos con la misma tela, bajé las escaleras metiendo el teléfono en mi bolsito de cóctel. Esperaba no desentonar demasiado con el lugar. La elegancia no sabía si me había bendecido mínimamente o, la manera de graduar hasta qué punto uno tenía que arreglarse sin parecer que fuese de boda.

Había pedido un taxi que llamó en ese momento a la puerta. Salí y le di la dirección del lugar donde irían mis compañeros y si tenía suerte ya estarían allí.

Había descubierto que era mucho más sencillo andar por la ciudad en taxi, porque con vehículo propio había que pagar muchas tasas. El metro de todos modos se masificaba, así que buscaba alternativas para llegar más temprano, incluyendo ir a pie. Usualmente no faltaban mis zapatos planos en el bolso para no sufrir ningún accidente con el tacón condenado que se rompían cuando uno menos lo esperaba.

Al llegar al local comprobé que efectivamente, aquel era un sitio de alto copete, así que no iba a distinguirme mucho de los refinados y asiduos clientes del local. Entré regalando una sonrisa al portero que amablemente me abrió la puerta y dentro busqué a mis compañeros de trabajo. No parecían haber llegado, por lo que me senté a la barra y pedí un refresco esperando que, algo así fuese más barato que las bebidas alcohólicas que allí servían.

Me bebí uno y después intenté condurar un segundo. La música que había de ambiente era propicia para bailar, pero tenían unos bailes que yo no llegaba a comprender. ¿Eso era reggeaton o como se llamase? Dudaba que fuese mi fuerte algo así. Estaba muy perdida en la identificación de sonidos, pero entonces, alguien comentó que ese cantante era Drake. ¡Ahora entendía! Era el baile que había puesto de moda ese cantante. De hecho, ¿no era esta la canción con la que la gente salía del coche con la puerta abierta y alguien dentro les grababa mientras bailaban en la carretera?

Miré a mi derecha para poder observar el baile mejor y supe que no podía ponerme a bailar si no quería sobrecargar mi cuerpo después de todo lo que había hecho aquella tarde, o si no, sabía que no iba a poder mover ni las pestañas el día siguiente.

Mis ojos se cruzaron con otros que observaban hacia la barra, hacia donde estaba. Unos ojos que se podían distinguir azules desde la distancia. Su rostro, atractivo, igual que uno de los mayores pecados hecho hombre. Me recordaba a uno de los actores de los que había estado enamorada de adolescente, pero aún más atractivo si eso era posible. Que el corazón sepa que tiene dueño no significa que alguien pueda dejar de parecerle guapo, la belleza es algo digno de admirar, pero no había atracción de ninguna clase.

Parecía estar con una joven, ese hombre susurró algo en su oído y después, se levantó para ir hasta la barra. Suspiré. ¿Cómo podía decirle que no estaba interesada en nada si es que esa era su intención?

Pidió una copa y sonreí ligeramente aliviada por ello. Iba a dar un trago a mi refresco, sin embargo, ese mismo hombre atrapó mi muñeca entre sus dedos antes de regalarme una sonrisa para paliar el rechazo que aquella situación podía provocarme.

— No beba.. Creo que le han echado algo en la copa mientras no miraba —dijo demasiado cerca de mi oído para que me sintiese cómoda.

¿En serio? ¿En aquel sitio también? Ya ni “las buenas pintas” podían asegurar que una mujer estuviese tranquila pasando una noche agradable en compañía de amistades o sola. El punto al que había llegado la noche conseguía asustarme.

— Gracias —dejé la copa sobre la barra intentando calcular exactamente cuánto dinero podía haber perdido por el idiota de turno, sí, porque no tenían otra forma de calificarlos.

Pagué lo que me correspondía. Se me habían quitado las ganas de estar en un sitio como aquel. Me bajé del taburete y salí del lugar seguramente antes que cualquier otro lo hubiese hecho en alguna otra velada. Miré la calle iluminada por la luna y por la luz artificial. Aquella noche no pintaba bien, parecía que sería infinitamente solitaria. Algo me decía que William no podría escaquearse esa noche para dormir a mi lado.

Comencé a caminar por la calle sin un rumbo fijo. No sabía exactamente en qué parte de Londres estaba. Entonces, escuché el sonido inconfundible de mi teléfono. Lo saqué y vi la pantalla apagarse justo en el instante que había logrado ver la notificación de un mensaje. Lo desbloqueé y leí las palabras que más me apetecía tener en la pantalla de mi móvil.

En media hora espero estar allí.

No estoy en casa ahora mismo, he salido con mis compañeros de trabajo, pero me dejaron tirada.

Su respuesta no tardó prácticamente nada en llegar a mi teléfono.

¿Dónde está? Deme la dirección, voy a buscarle. 

Hice una pequeña mueca y terminé mandándole mi posición.

— ¿Señorita?

Miré a quien había emitido esa pregunta en el aire. Era el hombre de la copa, el que me había librado de tomarme algo seguramente que me hubiese dejado grogui, pero que quizá hubiese podido reaccionar con la medicación que llevaba años arrastrando.

— ¿Es a mí?

Asintió manteniéndose frío, lo más frío posible. ¿Qué tenían los hombres con la frialdad? ¿Eran adictos a ella? La mayoría tenían algún tipo de trastorno, ser frío, al menos, tan frío, no era lo usual.

— Se le cayó esto mientras pagaba.

Observé el pequeño pintalabios de oferta que tenía entre sus dedos. Si había logrado, de alguna forma, mimetizarme, ahora todo el mundo debía saber que no estaba a su altura y su clase social.

— Oh, sí… gracias —avergonzada cogí el pintalabios y metí esta barra en el interior de mi minúsculo bolsito.

— No hay de qué.

Pude observar la brillante alianza y algo en mi interior se relajó porque si estaba casado, seguramente estaría allí con su esposa y no intentaría nada conmigo.

— Disculpe… ni tan siquiera me he presentado. Me llamo Kyra, Kyra Mijáilova. Encantada —dije ofreciéndole mi mano que rápidamente aceptó en un buen apretón con la suya que cubría casi a la perfección la mía.

— Heinrich Hamann. Un placer.

2018 / Ago / 06

La mañana del sábado se me fue prácticamente volando. Tuve que ducharme, dar de comer y beber a Rochester en tiempo récord y terminar de vestirme. Desayuné y resoplé aceptando que de una vez por todas tenía que quemar calorías con el baile.

Abrí mi portátil y tras encenderlo recordé que no había tenido ninguna noticia sobre Livia. El día anterior había tenido cita con la psicóloga así que podía indicar un muy mal día. Recordaba yo misma llorar en las terapias a moco tendido. No obstante, no pasaría nada si le escribía y escribía también a todos aquellos que de vez en cuando se preocupaban por mí. Reconozcámoslo, tenía un impulso de felicidad y amabilidad además de preocupación extrema, así que ¿por qué no aprovecharlo si así podía quedar bien?

Le mandé un whatsapp a todos los miembros de mi familia: que si estaba bien Dasha en su último mes de embarazo, que qué tal iba el viaje de trabajo, que cómo está papá y qué tal se manejaba sola de mi madre. Ese tipo de cosas.

Después de media hora había mandado todo y me dedicaría en exclusiva a hacer lo que debía ser una rutina diaria que dudaba que consiguiese convertirla en una costumbre en algún momento en mi vida. Busqué una clase en internet que no me pareciese excesivamente complicada. Era el baile el verdadero motivo por el podía hacer deporte, de no existir había pocas posibilidades más. De pequeña me habían gustado todos los deportes más calificados como “femeninos” de todos. La gimnasia rítmica, la natación sincronizada… pero había leído en noticias que empezaba a haber exhibiciones de hombres también en esas categorías algo que me parecía un verdadero avance por mucho que los retrógrados no lo viesen así. ¿Por qué negarle a uno a hacer lo que le gusta solamente porque la costumbre, por alguna razón desconocida por nosotros ya, ha dictado que eso era de un sexo en concreto? A mí me parecía que había poca cosa más sensual que un hombre bailando, por ejemplo, bueno, bailando bien, por supuesto.

Recordé los estiramientos que me habían enseñado en el instituto. Sabía que lo necesitaría para esto. Las sesiones de zumba podían ser intensas de verdad. Noté el crujido de mi espalda y un repentino alivio. ¿Cuánto tiempo llevaría ya con la espalda contracturada? Tenía que tomar la determinación de ir a que me diesen un masaje. La fisioterapia era algo a lo que jamás le había dado el verdadero significado que merecía. No obstante, con el tiempo había comprobado que el cuerpo también influye mucho en cómo uno se siente.

La música comenzó y ya no pude pensar en otra cosa que no fuesen los pasos intentando no perderme además de agradecer estar sola en la casa puesto que de otra forma me daría mucha más vergüenza parecer un pato mareado. Siempre me ocurría al principio, hasta que me hacía con los pasos. Dudaba que a cualquier otra persona no le sucediese, salvo quizá los bailarines profesionales que manejaban su cuerpo como nadie.

Alcé mis cejas sorprendida por algunos pasos y a los diez minutos estaba completamente escacharrada. Ese no era un baile para mí de momento, necesitaba algo más ligero y sencillo para empezar, o bien, había escogido una clase de profesionales en el tema y era igual que intentar aprender un idioma nuevo en el último curso.

Recordé las horas que me había pasado de adolescente aprendiéndome las coreografías de Michael Jackson. Sí, también eran mortales, pero siempre me habían supuesto un reto personal, un intento por emular a uno de los grandes.

Ghosts parecía la apuesta perfecta. Me encantaba cada movimiento, pero había algunas cosas que seguramente no podría hacer. Eso de levantarme como si nada estando en cuclillas me resultaría imposible. Estaba más oxidada que a saber qué. Aunque nunca había tenido una agilidad increíble.

Mi cuerpo agradecía el movimiento. Estaba moviendo músculos que no sabía que tenía. Ghosts, too bad y is it scary? harían las delicias de mi cuerpo semi fosilizado.

Tras repetir, repetir y repetir descubrí una nueva canción de Michael Jackson. Después de su muerte aquel hombre seguía siendo incombustible. Siempre había sido un genio y nadie podría quitarle fácilmente el título que se ganó en vida como el rey del pop.

Behind the mask era una música tan suya, tan apetecible que a pesar del cansancio empecé a moverme imitando los movimientos y el estilo de baile que había creado escuela. Recordé cuando había soñado ser su mejor imitadora. Me avergoncé de mi propio recuerdo. ¿Quién podía pensar que yo llegaría a algo tan extraordinario? No obstante, mientras estuviese a la sombra de alguien, sabía que eso gustaba y no tendría que arriesgarme teniendo mi propia voz. Aún temía ser conocida de alguna manera por algún talento que tuviese, mostrándole al mundo esa parte creativa de mí que podía gustar o no hacerlo, pero las críticas no eran algo que supiese manejar con facilidad.

Saqué a Rochester a pasear aprovechando mi energía incombustible. El hasky estaba realmente contento. Movía su cola casi al ritmo de un metrónomo. A esas horas la calle estaba completamente desierta. Parecían haber bajado mínimamente las temperaturas, pero no lo suficiente como para que hiciese una buena tarde.

Tuve que parar en un pub para preguntar si me podían dar algo de agua para mi perro. Accedieron con amabilidad y finalmente regresé a mi casa de nuevo. No podía tentar más a la suerte o uno de los dos terminaría sufriendo un golpe de calor.

Una vez dentro de casa, puse el aire acondicionado y mi teléfono sonó pues había olvidado poner los datos y ahora me llegaban todos los mensajes con la conexión wifi de mi hogar.

¿Sabe lo que es extrañarla hasta el punto de volverse cada vez que se huele algo de vainilla en el ambiente? ¿Qué me está haciendo? No sabe lo mucho que deseo ahora mismo besar esa boca. 

Mordí mi labio inferior sonrojándome y luego le contesté.

Ya sabe dónde encontrarme para saciar su apetito. No es el único hambriento.

¿Quién me iba a decir a mí que me terminaría mandando ese tipo de mensajes con aquel hombre? Era simplemente un sueño.

2018 / Ago / 06

Se quedó esa noche. Después de estar tumbados un rato entre mimos había optado por llevarme a la habitación. Me había preguntado si había cenado y negué. Él hizo una mueca y poniéndose el pantalón desapareció por completo de la habitación dejándome acurrucada sobre las sábanas, abrazándome a la almohada como si fuese él. Extrañaba su presencia y temía decir cosas que pudiesen romper la escasa magia que habíamos logrado mantener.

Regresó a la habitación con una bandeja, un sándwich con una pinta deliciosa y un zumo de naranja, el único que tenía en mi frigorífico. Le dediqué una sonrisa y por unos instantes, me sentí rara comiendo completamente desnuda. Él no mantuvo su pantalón en su cuerpo, también se lo quitó. Me observó masticar y me robó de vez en cuando algún trozo de bocadillo como si él también estuviese famélico.

Intentaba quitarle el sándwich de los labios para poder comer sola tranquilamente, pero siempre encontraba alguna manera de engañarme. Las risas eran inevitables. No solíamos reír como colegiales, pero aquellas barreras parecían estar rompiéndose.

Después de terminarnos ese sándwich di un gran trago al zumo. Él me quitó la bandeja de delante. También el zumo. Podía ver que estaba nuevamente hambriento de mis labios y que me perdonasen, pero yo necesitaba degustar esa boca de nuevo. Me senté a horcajadas sobre él antes de besarle con la necesidad creciente en mí. Dejé que mis palmas se acostumbrasen a la sensación de su barba pinchando mi piel. Mis dedos acariciaron lentamente sus pómulos. Su piel era suave, aunque aquella barba no me dejaba disfrutarla del todo. Además, me gustaban esas pequeñas arrugas que se abrían paso por la edad que él ya tenía. Yo tampoco era una veinteañera, pero esperaba, que la diferencia de edad entre ambos fuese simplemente como la usual. Aún ambos teníamos mucho que vivir y ojalá fuese juntos.

Besé aquella boca que me daba parte de vida. Me apreté a su cuerpo. Suspiré en silencio contra sus labios y luego me abracé a su majestuosa forma corpórea. Sus dedos parecían disfrutar la mía. Acariciaban mi trasero hasta terminar apretándolo entre sus dedos y obligar a que mi cuerpo no se separase ni medio milímetro del suyo, juntando nuestros propios sexos, un mísero contacto que me hizo estremecer de gusto.

— Deberíamos dormir… —musitó entre besos.

— Ajam… —asentí antes de bajar mi boca por su cuello. Mis labios atraparon a ratos su piel, chupando y esperando lograr una ligera marca en su piel.

Escuché y sentí la vibración de su risa contra mis labios antes volver a sus labios para devorar aquella boca de la que no parecía cansarme nunca. Era mío, ahora era mío así que debía saciarme lo antes posible, porque pronto desaparecería, pronto se esfumaría entre mis dedos. Me apreté contra su cuerpo por pura inercia. Mis pechos se aplastaron contra sus pectorales y ese contacto pareció, de alguna manera, excitar al animal que había en su interior, como provocar al mío propio.

Nuestros labios se buscaron de manera más profunda e intensa y volvimos a satisfacer nuestras pasiones en aquella postura. Moviéndome sobre él, de arriba abajo, gozando de la manera en que nuestros cuerpos se fundían, se hacían uno solo.

El orgasmo tardó algo más en llegar, pero la entrega fue total, única y diferente, como aquella primera vez sin nervios de por medio.

Lo poco de noche que nos quedó, terminamos dormidos, abrazados, musitando cosas entre sueños, aferrándonos el uno al otro y aceptando el verdadero propósito del amor en los seres humanos. La alegría, la dicha, la capacidad para estar juntos ocurriese lo que ocurriese, encontrando hermosos hasta los defectos del otro. No era la primera vez que lo experimentaba. Gustav me había hecho sentir así, pero William era diferente. Suponía que era igual que ese amor imposible que uno cree jamás lograr durante la adolescencia y de repente, se ponía al alcance de los dedos.

Esa noche soñé. En lo poco que duraron esas horas, mi inconsciencia creó un mundo que no me resultaba extraño, un mundo que había padecido durante muchos años. Un lugar donde había tenido que acostumbrarme a existir luchando de la única forma que sabía. Sí, había vuelto al instituto. Allí estaban todos. Me miraban con superioridad, las risas se volvían tan intensas que sentía que iban a reventarme los tímpanos y luego, él. William apareció en mitad de todo ese ruido infernal. Me miró como quien mira a una desconocida y agarrado a su pelirroja imponente se marchó desapareciendo de mi vista.

Las risas provocaron insultos, estás el rechazo más absoluto hasta que finalmente me quedé sola en mitad de ese universo. Veía a los demás, pero parecía estar como en otra dimensión porque, o el resto no me veía, o deliberadamente me ignoraba con una crueldad desproporcionada a algún daño que yo pudiese haber hecho nunca.

Desperté sobresaltada. William se había despertado hacía un rato. Su mano estaba situada sobre la curva que daba al inicio de mis nalgas y hubiese jurado que había interrumpido un discurso. Fruncí mi ceño confundida, me abracé a él con fuerza y sentí que me envolvía como si hubiese leído mi mente sabiendo que en ese momento necesitaba lo que fuese de él, lo que quisiese entregarme.

— ¿Un mal sueño?

— Sí…

Mi voz sonó ronca de verdad. Había emitido algo parecido a un sollozo, pero con aquella voz de ultratumba no sabía lo que podía haber parecido. Dejó un beso en mi hombro y permanecimos así unos minutos hasta que me hube calmado, en silencio. El pecho de William era realmente cómodo. Podría quedarme así siempre.

Él alargó el brazo para coger su teléfono móvil descubriendo que era el día de su cumpleaños, que ya había pasado la hora del desayuno que todo el mundo se preguntaría dónde diablos estaba.

— Tengo que irme. Mi familia tiene organizado algo para hoy. Prometo escribirle —besó mis labios y se levantó de la cama dejándome con la gloriosa imagen di su blanco trasero.

Me abracé a la almohada y cerré mis ojos cuando salió de la habitación tras robarme un último beso. Bueno, en realidad, me robó un beso y me dio un cachete en una de mis nalgas regalándome esa adorable sonrisa de pura felicidad. ¿Era yo la pieza que le faltaba en su puzzle? Me dejé pensar que sí por unos minutos. Quería y necesitaba tener una mínima estabilidad emocional.

Era sábado. No quise levantarme aún de la cama. Me abracé a la almohada y me tumbé en el lado de la cama donde él había estado para oler su fragancia con cada respiración hasta que se evaporase del todo. Me mantuve en silencio unos segundos más, solamente… dormí. Esta vez no soñé, esta vez descansé de verdad. Seguía estando agotada. La noche había sido demasiado intensa.

2018 / Ago / 05

El viernes pasó realmente rápido. Cuando menos lo esperé estuve en mi hogar, llegaron los transportistas y ayudé a subir los muebles hacia el último piso. Finalmente, casi a las once de la noche había quedado completamente satisfecha por la decoración. Estaba genial. Daba completamente el pego de ser un despacho de la antigüedad. Sonreí contenta, ¿podría enseñárselo aquella misma noche si le engañaba un poquito? Me costaba, muchísimo, aguantar las emociones del momento. Cuando quería hacer algo ya, tenía que ser como los niños pequeños, ya, ya, ya… por mucho que pudiese terminar arrepintiéndome al final. La teoría de la gratificación aplazada no parecía casar bien conmigo.

Necesito hablar con usted. Ha llegado algo a mi hogar que creo que le pertenece.

Esperé pacientemente a que él me respondiese. No parecía que hubiese tenido la suerte que el día anterior con el insomnio del profesor. Había tardado apenas unos segundos en responderme. No obstante, me había adelantado, porque William habría estado buscando su teléfono o pensando en qué podría responderme. Al menos, eso quise creer.

Iré enseguida.

Había logrado lo que deseaba. Sonreí ampliamente y supe que no tardaría mucho en llegar. Los nervios se iban instalando en mi estómago antes de escuchar la puerta abrirse. Allí estaba William. Estaba lo suficientemente relajado como para no llevar ropa de vestir. Me gustaba como le quedan los colores tierra y las bermudas que llevaba en esa ocasión. Tenía una piel muy clara, pero con algún sex appeal incomprensible. Seguramente era de los hombres que se ponían rojos como cangrejos y que tenían algo de color en la piel cuando ya casi había terminado el verano.

— ¿Qué es lo que han traído?

Ni un buenas noches. Parecía estar enfadado. Su tono no demostraba lo mismo. Siempre sería un completo enigma para mí. ¿Cómo podría aprender a leerle? ¿Cómo sería capaz de entender qué era lo que pasaba realmente en su cabeza? Era como si en algún momento de mi vida hubiese leído manuales de todos los comportamientos salvo de los suyos.

— Está arriba… Sígame —pedí antes de subir poco a poco las escaleras sabiendo que iba detrás de mí.

Abrí la puerta y dejé que viese el interior del lugar. Sus ojos se abrieron mientras sus labios se despegaban sin pronunciar palabra. Entró despacio, miró todas y cada una de las piezas del mobiliario. El majestuoso escritorio de madera maciza de siglos pasados. Un elegante butacón detrás de él para que pudiese escribir cómodamente. Una estantería de madera del mismo color con una pequeña vitrina en la que había puesto los tomos escritos por él mismo y también uno de Jane Eyre y el último del famosísimo Drácula de Bram Stoker. Había también una chaise-lounge en la que podía descansar cuando lo necesitase. Por otro lado, había un minúsculo minibar y también un cenicero haciéndole saber que aunque no me gustaba que fumase, lo aceptaría al menos en su parte de la casa para que estuviese más cómodo.

— ¿Le gusta?

Se giró poco a poco dándose cuenta que seguía allí.

— ¿Y esto?

— ¡Feliz cumpleaños! Lo hice para que pueda sentirse como en una de sus novelas cuando venga aquí a inspirarse.

En dos zancadas estuvo de nuevo delante de mí y tomando mi rostro me robó prácticamente el aliento con un beso antes de cogerme en brazos y meterme con él en la habitación. Mis dedos se enredaron en su cabello. Había anhelado tanto sus labios de nuevo que ni tan siquiera podía creerme que los tuviese conmigo en ese momento. Él era el hombre que había logrado cautivar cada milímetro de mi ser, de una forma incomprensible. Reaccionaba igual que si fuese una chiquilla, una adolescente descubriendo el amor, como si volviese a descubrirlo con cada beso, con cada caricia.

— ¿Te gusta? —pregunté cuando sus labios se separaron de los míos.

— Por supuesto. ¿No ha quedado claro con ese beso?

— Aún tienes otro regalo en el escritorio. Abre el cajón.

— ¿Otro?

A regañadientes me bajó de sus brazos para caminar hasta el escritorio. Lo acarició con sus dedos y después abrió el cajón que estaba justo debajo del tablero. Allí, junto a unos folios, estaba un pequeño paquete que había logrado llegar a tiempo. Rompió el papel, descubrió el estuche y lo abrió. Sacó la pluma delicadamente. La contempló casi como si fuese una obra de la ingeniería. Cogió un folio y escribió mi nombre para sentir cómo se deslizaba por el papel.

— Así siempre tendrá algo mío con usted.

No podía evitar de vez en cuando soltar un tú. No estaba acostumbrada a mantener la distancia con nadie, pero mucho menos quería mantenerla con él. Con esa forma entre ambos me parecía que poco a poco se alejaba de mí, que poco a poco empezaba a dejar de sentirlo, de alcanzarlo.

Negó con diversión dejando la pluma sobre el escritorio. Me atrapó por la cintura y puso su frente contra la mía.

— Siempre la llevo conmigo. Vaya a donde vaya…

Si eso no era una confesión de amor, solamente sería yo capaz de darle la vuelta y transformarla en una dubitación constante en cuanto saliese por la puerta de mi casa. Mis manos se deslizaron por su pecho y mi boca buscó la suya en un intento por fundirse, por no separarse nunca. La vehemencia de sus labios me atrajo con fuerza hasta que nuestros cuerpos empezaron a notar la reacción casi inmediata que tenían cuando el otro se volvía parte de uno mismo.

Me tomó en brazos, me tumbó en la chaise longue y en aquella endemoniada postura su cuerpo se situó sobre el mío besándome como lo haría quien lleva siglos sin poder alimentarse de los labios ajenos. Le abracé por el cuello, le apreté contra mí. Mi corazón había empezado a latir tan deprisa que sabía que se escaparía para meterse en el interior de su pecho para permanecer abrazado al suyo.

El calor se deslizaba despertando cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Sus dedos me exploraban como si jamás hubiesen podido tener acceso a mi cuerpo. Mi lengua se enredó con la suya en un juego de amantes necesitados, hambrientos, suplicantes. ¿Por qué siempre que nos besábamos terminábamos en sexo? ¿Y qué diantres me importaba? Encendía mi cuerpo y sabía que sería mucho peor si tuviese que soportar el malestar del anhelo por su cuerpo sin posibilidad de tenerlo.

Bajó su boca por mi cuello. Jadeé por instinto natural. ¿Quién podía pensar que esa parte de la anatomía era tan sensible? Nunca me había gustado que mi padre me diese besos ahí, a mi hermana tampoco, porque las cosquillas y la sensación de incomodidad eran notables. Pero, por otro lado, con William, las cosquillas se transformaban en pequeños hormigueos deslizándose hasta mi sexo palpitante y en lugar de incomodidad, había deseo de más, de mucho más.

Arañé ligeramente su camisa antes de darle completo acceso hacia mi canalillo. Hundió su rostro entre mis senos, aspiró con fuerza y besó cada uno antes de que me diese cuenta lo infinitamente sonrojada que estaba.

Me levantó poco a poco el vestido veraniego grande y levemente descolorido que llevaba para estar en casa. Quedé expuesta salvo por aquellas bragas infantiles que llevaba con el día de la semana en letras de purpurina. Al verlas, él alzó una de sus cejas y tras reírse me las quitó antes de colocarme en la posición idónea en la chaise longue. Después, se levantó para quitarse él mismo la ropa contemplándome en mi completa desnudez.

Me penetró despacio. De mis labios escapó un gemido que parecía el gesto de pura satisfacción que hacer un glotón cuando se mete su postre favorito en la boca. Mi hambre estaba siendo saciada, milímetro a milímetro. Su dureza entraba de manera exquisita. Mi interior se amoldaba a su dureza antes de suplicar clemencia para darme mayor placer.

El último movimiento de entrada lo hizo de un solo golpe. Gruñó, gemí. Había llegado hasta lo más recóndito de mi ser. Mis dedos se hicieron garras en sus hombros antes de entregarme a la locura de ser su amante.

El bamboleo de sus caderas era hipnotizante. La tensión de sus músculos, gloriosa. La fricción entre nuestros sexos era apremiante y solamente  quería más, más y más. Suplicaba en sus labios soltando gritos de placer a medida que el ir y venir de sus caderas se hacia más intenso. Aquel hombre sabía cómo darle placer a mi cuerpo, algo que no hubiese sospechado nunca que podía sentirse.

Sus pectorales se rozaban con mis pechos. Nuestras bocas permanecían la una sobre la otra intercambiándose los sonidos de placer que tanto necesitaban escuchar. Nunca creí que podría ser estimulante escuchar el descarado momento de éxtasis del amante, pero hasta probar el sexo no lo había entendido. Daba vergüenza, sí, pero cuando ya era el placer lo único que importaba, el resto pasaba a segundo plano.

Grité una y otra vez subiendo aquella cúspide. Tocaba el cielo con los dedos y cuando sus caderas se volvieron más apremiantes me quedé con el grito en la garganta, ahogado, llegando a mi orgasmo, tan arrollador que me envolvió en un abrazo cálido, como si tanto el orgasmo como yo nos hubiésemos echado de menos.

Él explotó en mi interior. Su semen me inundó por completo. Su rostro se perdió entre mis senos y gruñó tan alto que casi creí que había sentido algún dolor en su propia eyaculación.

Nos abrazamos de manera posesiva. Acaricié lentamente su nuca con mis dedos y estuvimos allí juntos un buen rato, intentando recuperarnos, o simplemente, porque nos habíamos extrañado tanto que no podíamos alejarnos ni un solo milímetro. Aquel era mi William, el amante deliciosamente intenso que parecía estar perdido si no estaba entre mis brazos. ¿Dónde se escondía? ¿Por qué lo hacía? ¿Podría ser yo quien provocase que lo hiciese? ¿Quizá esa condenada pelirroja? Verónica había dicho que se llamaba.

Acaricié la forma de sus músculos. Dejé un beso en su hombro. Poco a poco nos fue moviendo hasta que quedé sobre su pecho y él colocado en el ridículamente cómodo mueble. Rocé sus pectorales con las yemas de mis dedos. Me quedé en silencio porque no quería meter la pata en ningún momento. El silencio que quería romper a cada rato podía ser la jugada que debía poner sobre la mesa más a menudo.

— ¿Está bien?

— En el cielo —susurré disfrutando de la vibración que producía en su propio pecho su voz cuando decía cualquier cosa.

Llevó sus caricias por la curva de mi espalda. Seguramente se sabía cada milímetro de mi anatomía, pero me encantaba que así fuese. Dudaba que nadie más pudiese hacerme sentir así. Él era mi pequeña obsesión en este mundo. Éramos dos amantes lujuriosos esperando que en algún momento pudiésemos vivir una verdadera historia de amor. ¿Podríamos? ¿Él me escogería a mí en lugar de a Verónica? ¿Y seguía existiendo Eliza en toda aquella ecuación? ¿Cuántos nombres tenía esa lista?

Poco a poco, todo mi bienestar había sido eclipsado por mi mente que disfrutaba maquiavélicamente torturándome. Mi sufrimiento era su placer, como si fuese su enemiga más que alguien con quien estaba condenada a entenderse en algún momento de su vida. Mi lucha interna se volvía la guerra que combatía a capa y espada contra cualquiera que me hiciese mínimamente daño. Pero ahí, en ese momento, quería aún agarrarme al sueño de poder ser feliz entre sus brazos cuando los secretos desapareciesen entre nosotros.

2018 / Ago / 05

Sentí mi teléfono vibrar antes de lo que hubiese esperado. Creí que lo más fácil es que no quisiese saber nada de mí, pero nuevamente Verdoux me sorprendía. Tras mi conversación con Chloe pasé la madrugada dándole vueltas a toda la situación. Había terminado mandándole un mensaje a esos de las cuatro de la madrugada, cuando esperaba que estuviese completamente dormido, pero parecía que no era la única que sufría de insomnio aquella noche. Se me ocurrían varias razones por las que podría estar despierto. Ninguna de ellas lo suficientemente agradable como para repetirla en mi cabeza. Una vez era suficiente.

Está bien, veámonos el domingo. Una cita, en terreno neutral, entre ambos. Un restaurante. 

La recogeré a las ocho. 

Su forma de responder tan escueta siempre me hacía pensar que algo podía ir mal, muy mal. Sin embargo, él era así. Reservado, ridículamente reservado cuando no tenía que serlo. Frío como el hielo cuando más necesitaba calor, aunque nunca lo había tenido de él de la manera que hubiese deseado, no del todo, o puede que solamente me acordase de los momentos más dolorosos, aquellos que podían indicarme un odio existente hacia mi persona o algo parecido. Puede que fuese eso precisamente lo que Damian me había intentado echarme en cara. Intentar ponerme delante del espejo para que viese la proyección que daba de mí misma en los demás.

Hoy era viernes. Tan solo quedaba una jornada laboral. Tendría tiempo para arreglar todo por la tarde y finalmente, darle el regalo de su espacio en mi hogar, aunque verdaderamente era suyo, para el domingo si decidía quedarse conmigo. Esperaba que sí. Necesitaba que así fuese. No soportaba estar distanciados por un motivo que no entendía, por esos secretos que sabía que tendría que descubrir por mucho que él se resistiese a ello.

Ducharse, vestirse, arreglarse. Hice todo de forma autómata que de otra manera. Mi mente intentaba poder encauzarse de alguna forma. Había empezado a comer de forma algo más compulsiva un claro ejemplo de que no iba todo bien, de que la ansiedad aumentaba de nivel, aunque, siendo realista, era completamente consciente de ello. El ejercicio no había sido nunca lo mío, pero era lo más efectivo para quedar las calorías extra, por eso intentaría comenzar de nuevo con el baile. El zumba estaba de moda y aunque uno tardaba en cogerle el tranquillo, quemaba como nadie podía imaginárselo.

Estábamos en plena oleada de calor. No sabía si Londres había sufrido alguna, pero parecía que en los países escandinavos y en el círculo polar ártico las temperaturas también eran tan altas como para poder tomar el sol. Era sorprendente que por mucho que se buscase concienciar el planeta, el mundo, la humanidad, era mucho más importante para la economía, para nuestro ritmo de vida, para todo en general, que el mismo planeta donde vivíamos.

¿Me extrañaba con todo lo que veía? No había peor enemigo para el ser humano que el propio ser humano. Teníamos el intelecto para provocarnos mucho más sufrimiento que cualquier otra cosa en el mundo. Éramos letales en ese aspecto aunque no poseyésemos la fuerza de los grandes animales del planeta.

Salí de mi hogar. No me había olvidado de dejar agua y comida para Rochester y algún tipo de refrigeración para que no se asase dentro de mi casa. Me había puesto unas sandalias planas dado que si tenía que ponerme a hacer ejercicio físico no podría terminar con dolor de pies por la mañana. Me conocía, y no me levantaba ni aunque me pagasen. Además, me había asegurado de llamar a los repartidores pidiéndoles que llegasen a partir de una hora concreta de la tarde. Si llegaban antes, no estaría, por el trabajo.

Ese día me enteré de lo increíblemente absorta que había estado conmigo misma. Había dos personas más en la plantilla. Los miembros más veteranos del equipo habían decidido tomar vacaciones para irse a un lugar donde el calor no les derritiese la sesera. Me preguntaba, si a mí me corresponderían vacaciones habiendo trabajado tan poco. Tenía tanto que mirar y tan poco tiempo… El sábado sería un día de investigación personal a menos que Douglas decidiese aparecer de repente para estropear todo, así como solamente él sabía hacerlo, descompensando mi moral en todos los niveles existentes.

Me metí en el despacho y comencé a repasar la historia del primer paciente que tenía aquella mañana. Leí mis últimas anotaciones. Un trastorno de ansiedad en el que comenzábamos a dar los primeros pasos para salir de ese bucle. Uno de los factores principales era encontrar el foco de esa ansiedad y ver qué había podido provocar que aquel objeto en concreto o aquella situación se convirtiese en un episodio continuo que le impidiese tener una vida normal.

Era solamente una adolescente. Me recordaba a mí a su edad cuando se me había hecho todo un mundo entrar dentro del instituto al que había tenido que ir para intentar terminar los estudios superiores. Había sido igual que una tortura china. Había preferido quedarme en el coche de mi padre mientras el trabajaba, durmiendo, porque era incapaz de descansar por las noches pensando que al día siguiente tendría que enfrentarme a una clase, a unos compañeros, a un profesor, a miles de probabilidades de meter la pata y quedar en el ridículo más absoluto.

La hice pasar. La ansiedad no había disminuído demasiado. Le había comentado sobre la posibilidad de tomarse algo, un remedio natural. No era muy partidaria de las medicaciones salvo que fuesen estrictamente necesarias, no dejaban de ser elementos químicos y yo misma había padecido sus efectos secundarios. Quería, en lo posible, evitarles a los demás esos problemas, pero a veces la valeriana, los tés, ese tipo de cosas conseguían paliar un poco los niveles de ansiedad más extremos o antes de que se disparasen demasiado.

Me contó sus sueños. Me habló de su negativa a regresar a una clase. Me explicó sus miedos más profundos y varias veces terminó llorando y temblando dentro del despacho. Me aseguré de que estuviese lo bastante calmada antes de terminar la cita y luego, me quedé unos minutos en silencio valorando mi propio trabajo con ella. Ojalá pudiese lograr que retomase su vida, antes o después, pero siempre que a ella no le pareciese demasiado tarde.

2018 / Ago / 05

El sonido de mi ordenador me sacó de mis propios pensamientos. Hacía media hora que se había ido Douglas y aún estaba tensa, pensando, esperando no haberme confundido con mi análisis, queriendo entender su mente a pesar de lo peligroso que era. Él se había marchado como siempre, no había motivo para pensar que podría hacer algo más aquel día, pero nunca había motivo para ello. Podía haberse ido tan alterado que hubiese terminado cogiendo a la primera chica que viese sola para dejar fluir su ira imparable. Le temía, pero cierta parte, lejos de lo dramático y macabro que era todo aquello, no era menos fascinante. Puede que por haber estado sumida tanto tiempo en las sombras hubiese encontrado también esa belleza que en realidad no tenía. Lo único bonito que podía sacarse de aquello no era nada más el arte que expresaba y la muerte era el arte de Douglas.

Había quedado con Chloe para hablar por skype de lo sucedido con los Sarkozy. Esperé estar presentable y acepté la llamada que me hizo. Pude ver en su rostro el enfado más absoluto por mucho que intentase mostrarme una sonrisa. La conocía bien. Muy bien.

— ¿Cómo estás?

— ¿Cómo quieres que esté? No sé cómo tomarme todo esto. No sé qué diantres les pasa a ese par de locos por la cabeza.

— A ver, que yo me aclare. Si no cambias el nombre de la tienda le compran el piso a tu cuñada y os joden la vida, ¿no?

— Ding, ding, ding… un punto para la señorita —intentó bromear, pero sonó a un sarcasmo tan demoledor que parecía estar diciéndome casi que era tonta. De todos modos, no se lo tomé en cuenta. ¿Quién no es algo hiriente en su vida cuando está alterado? Es un mecanismo de defensa para evitar más dolor—. Perdona, es que he tenido unos días horribles. Esos dos son igual que una pesadilla.

— ¿Los habéis denunciado por extorsión? —pregunté recordando que había escuchado ese tipo de delito en alguna parte.

— No tenemos pruebas de ello. Es su palabra contra la nuestra porque aunque todo pueda casar en la historia, ellos no hay nada tangible con lo que poder llevarles a juicio. Es igual que quejarte de un golpe que no te ha dejado marca. No puedes demostrarlo, pero te duele igual.

Esa era una de las partes más tediosas del derecho. Mi hermano, cuando hacía prácticas en su carrera, tenía que basarse en jurisprudencia, leyes, pero sobre todo hechos. Si no existía el hecho probado de que alguien hubiese hecho tal cosa, a menudo se libraban. Era algo parecido al dicho de si no hay cadáver no hay delito. Hice una mueca sabedora de la frustración extra que aquello había provocado tanto en Chloe como en su pareja.

— ¿Qué vas a hacer?

— ¿Tengo más alternativa que cambiar el nombre? Menudo estúpido pleito por una soberana gilipollez. Te prometo que le cruzaba la cara si eso no le diese pruebas en mi contra. Es una rastrera. ¿Sabes lo que hicieron? Se nos insinuaron por separado para ver si alguno caíamos en la trama. Nos aseguraron que es lo que era, pero no dejó de ser incómodo y asqueroso. Ni sé cómo no pedimos una orden de alejamiento, pero temo que estaríamos en las mismas que de la otra manera.

— Te prometo que me encantaría saber algo más de leyes para ayudarte, pero lo poco que sé es sobre el tratamiento jurídico ruso, gracias a mi hermano y no creo que vaya a servir de mucho las leyes rusas en Belfast —apoyé mi mentón en mi mano aprovechando que mi codo estaba realizando un ángulo agudo con respecto a la mesa—. ¿Qué nombre has pensado ponerle?

— No lo sé. Además, tampoco tengo seguro que no vayan a comprar el piso aún así. Esta gente está completamente perturbada.

Bajé mi mirada hacia las teclas de mi ordenador, intentando pensar con claridad. No sabía qué hacer en ese tipo de situaciones.

— ¿Y si les obligáis a firmar algún tipo de documento? No sé, algo que sea legal allí, lo suficiente como para que ese contrato, bueno… os tenga la espalda cubierta. Hay una cláusula clara. Si lo incumplen terminando por comprar vuestro piso después de haber cambiado el nombre, podréis demandarles por… ¿estafa? ¿Incumplimiento de contrato? No sé, algo, y quizá de esa forma se pudiese levantar la liebre.

Michael apareció detrás de Chloe poniéndole un té helado delante. Después se sentó a su lado bebiendo el suyo propio tras saludarme.

— ¿Tú qué opinas? ¿Crees que funcionaría la idea de Kyra?

— Quizá… desde luego, al menos, tendríamos algo con lo que tirarles a los leones, pero el piso, no es nuestro, es de mi hermana, y no sé si algo de eso puede tener valor sobre la propiedad de otro —musitó antes de encogerse de hombros—. No tengo ni idea de la legislación vigente en esos casos, pero quizá podrían basarse también en eso, ¿no?

— ¿Y si buscáis asesoría legal? —pregunté esperando que alguien allí como un abogado pudiese sacarles del apuro.

— No sé yo si servirá de mucho, pueden decirnos lo mismo de antes.

— Pero podéis plantearles esta nueva opción, al menos, para que os digan si es viable o no.

— Más vale que lo sea porque los abogados por consultas aunque sean mínimas cobran un montón. Ni que les estuviésemos pidiendo que convirtiesen el agua en vino o algo parecido —resopló Chloe.

No pude evitar morderme el labio para aguantarme una carcajada. Su expresión era muy graciosa. Sus espavientos y gestos eran adorables. Si hubiese estado allí le hubiese dado yo a ella un achuchón y de buena gana.

Michael acarició el cabello de su novia mientras seguíamos hablando no solamente de esos temas y poniendo medio a parir a los Sarkozy, sino hablando de nuestras vidas, mirándonos con recelo cuando nos comentábamos algo que no nos gustaba y recibiendo un tremendo ¡eres tonta! de pura exasperación de su parte cuando le hablé de Verdoux y de lo que había pasado entre ambos.

Era agradable tener a alguien que se preocupase por mí hasta ese punto de no tener problemas en soltarme lo estúpida que era por seguir jugando con fuego a pesar de las veces que me había quemado. Ella era así. Esa era Chloe.