2018 / Ago / 09

Tenía que llevar a la práctica el plan que había diseñado durante mis momentos de soledad en la habitación del hospital. Había logrado convencer a William para que fuese a tomar algo durante la noche cuando yo no tenía sueño o cuando él se había quedado medio traspuesto yo había empezado a maquinar.

Como primer paso, tenía que hacerle creer a Douglas que seguía estando bajo su dominio. Si él se creía superior, si no le daba pruebas de lo contrario, no tenía porqué sospechar nada. Por otro lado, tenía que ponerme en contacto con Heinrich. Él podría ayudarme en todo lo que intentaba hacer, el verdadero problema era despistar la seguridad que tenía encima a cada momento. Sabía que me espiaban, pero no hasta qué punto lo hacían. Fuere a donde fuese Douglas estaba avisado. Así que la policía era el último paso de todo este asunto. Debía tener algún tipo de coartada que me permitiese ir a determinados lugares a realizar dos tareas, lo que realmente había decidido hacer y lo que él debía creer que estaba haciendo.

Él me había pedido que no jugase a ser más lista que él, que no podía serlo. Lo que no sabía es que los retos para mí eran adictivos, esa competición por ver quién termina ganando y como mi vida ya estaba en sus manos, solamente tenía la oportunidad de luchar esperando sacar la jugada maestra en la partida.

William no habló en el camino en taxi hacia casa. Yo estaba demasiado enfrascada en mis pensamientos de justicia como para percatarme que él había vuelto a poner un muro inmenso entre nosotros. La frialdad volvía a estar delante. Me culpaba por lo sucedido, por lo que él creía que había sucedido.

— Vamos, la ducharé. Suba con cuidado las escaleras.

Cuando creí que él se ducharía conmigo, me llevé un chasco considerable. Fuera de la ducha, completamente vestido, empezó a pasar la esponja por mi cuerpo como si fuese tan frágil que me rompería en mil pedazos en cualquier momento. Debía callar a pesar del dolor que sentía por ver su propio dolor. Parecía estar reviviendo una pesadilla horrible y entonces recordé a la condenada Eliza. Ella parecía sentar todo precedente en todo lo que él hubiese vivido en el amor, pero… ¿quién era? ¿Por qué si seguía viva y no podía olvidarla no regresaba a su lado sin dejar de jugar conmigo?

Ahora era yo misma quien estaba dolida con él, herida de verdad mientras una toalla envolvía mi cuerpo. Caminé hasta la habitación. Él se quedó unos segundos en el baño terminando de recoger todo lo que debía. Me senté en la cama y esperé a ver qué haría él.

— ¿Puede vestirse sola? —preguntó con tanta frialdad que resultaba igual de doloroso que hacerse la cera a tirones.

— Eso creo.

— Bien… nos veremos por la mañana.

Dicho aquello salió de la habitación dejándome sola, sintiéndome miserable. ¿Por qué me trataba así? Yo no había atentado contra mi condenada vida. Pero el orgullo reclamaba su lugar. Él había subido a su despacho, aquel que yo le había decorado, aquel donde habíamos terminado envueltos en la pasión. Apreté mi mandíbula sintiéndome traicionada e hice una peineta al techo por si había alguna posibilidad de que le llegase mi enfado.

Me sequé el cuerpo despacio, me puse ropa interior limpia, un camisón y me tumbé encima de la cama. Me abracé a la almohada esperando en algún momento sentir esa paz que me daba volver a estar en casa, pero mi cabeza había vuelto a un momento anterior, había comenzado a mezclar recuerdos. Douglas aparecía, los rostros de mis padres también en los momentos más dolorosos de mi vida.

Quise levantarme y decirle a William lo injusto que era, sin embargo, me quedé ahí, en silencio, dando la espalda a la puerta. La forma de tratar a una persona que está pasando por un mal momento no es la apatía e incluso el desprecio. Así solamente se incrementa el malestar de la otra persona, la sensación de que evidentemente nadie la quiere ni la respeta, que nadie la necesita mínimamente. Comentarios como: “por esta tontería que acabas de hacer…” no sirven de nada. El consuelo, el afecto, la ayuda… ¡eso sí sirve! ¿Quién en su sano juicio trata a una persona que cree que ha intentado quitarse la vida como si fuese lo peor que le hubiese pasado nunca, como si sintiese vergüenza, asco… ? No alimentar esos sentimientos del otro debía ser una de las lecciones principales que debía dar la vida en este tipo de casos, pero parecía que aún así éramos egoístas, que no podíamos mirar por el otro sino por el sufrimiento que nos había causado a nosotros mismos lo que hubiese hecho o la estúpida idea de pensar que comentarios despectivos iban a evitar que alguien quisiese volver a hacerlo. No se consigue evitar el aislamiento de nadie aislándolo aún más. ¿Para calmar el hambre uno dejaba de comer? No, ¿verdad? Pues esa lógica aplastante había que usarla en todo lo demás.

Caí en un profundo sueño más por orgullo y rabia que por otra cosa. Mi disconformidad llegaba a límites exponenciales. Mis deseos de ir arrancando cabezas se veían reflejados en la rabia que emitía en mis sueños y finalmente, en todos, terminaba discutiendo hasta que me quedaba sola en mi propio mundo, aislada como parecía ser lo que todos deseaban.

Hablaba la rabia, lo sabía. No pensaba razonadamente así, pero debía permitirme mis momentos de locura transitoria. No dejaba de ser una persona, de sentir emociones fuertes como podía sentirlas cualquiera en mi lugar.

Respiré profundamente para darme la vuelta en la cama y cuando lo hice noté un brazo alrededor de mi cintura. Me giré poco a poco observando el rostro dormido de William quien había venido a descansar a mi lado. No supe qué sentir. No sabía si gritarle para que se fuese de la cama, para que se despertase y se fuese de mi vida, pero en lugar de eso, me acurruqué en su pecho y sonreí ligeramente. Al fin y al cabo, a pesar de todo, había vuelto a mi lado.

2018 / Ago / 09

Desahogarse fue toda una liberación. Sentí que mi pecho dejaba de oprimirse. Respiré tranquila, sosegada, sabiendo que al menos, al poner toda la situación con las cartas sobre la mesa había logrado verlo todo desde otra perspectiva. Le había explicado mis posibles soluciones, le había hablado de mis dudas sobre Eliza, sobre William, sobre todo lo que estaba ocurriendo en mi vida. Le hablé de Chloe, de Gustav, de Douglas impidiéndome a mí misma usar ese nombre. Fue la primera vez en mucho tiempo que agradecí que William hubiese tardado tanto.

Catherine intervino haciéndome las preguntas que creía adecuadas, tratando todas mis situaciones con una imparcialidad casi envidiable. Ella me había dejado ir llevando la situación por donde yo deseaba, el tipo de terapia que a mí me gustaba y no me había dado soluciones, solamente me había hecho ver alguna posibilidad que quizá no había barajado. Aunque sabía que ella tenía pleno conocimiento de quién era Eliza, no dio ningún dato más. Se mantuvo usando los términos que yo había usado tanto con Eliza, como con Verónica, siendo quizá demasiado cuidadosa en esos momentos, calculando bien las palabras, pero ¿no dejaba de ser evidente que si se lo hubiese contado a cualquier otro profesional hubiese tenido exactamente el mismo nivel de conocimiento de la situación que yo?

Verdoux regresó dos horas y media después de haberse ido. Explicó el retraso, solamente como: “problemas en casa”, algo que Catherine pareció comprender a la perfección, pero no así yo quien lo único que podía imaginarme era a uno de sus hermanos discutiendo con otro habiendo tenido algún percance gordo que provocase que su hermano mayor tuviese que ir a solucionar la situación.

La psiquiatra se marchó y tras desearme una pronta recuperación me dijo que ya me llamaría. Sabía que era para darme cita para tener otra consulta con ella porque no tenía ningún otro motivo para hacerlo a espaldas de su hijo. Todo lo que podía saber de mí, previamente, había sido a través de las palabras de su hijo.

William y yo nos quedamos solos. Tras haberme liberado en la conversación con Catherine volvía a tener esa necesidad por él, por su pasión, por sus besos, por su tacto, aunque supiese que me estaba engañando, aunque tuviese tantos secretos escondidos que prácticamente conseguir averiguar uno sería igual que abrir la caja de Pandora. Todo parecía demasiado oscuro a su alrededor y aún así, creía que lo más probable es que yo fuese la única que pudiese poner fin a todo eso. Era yo quien sufría en un juego al que había comenzado a jugar sin saber todas sus reglas e iba perdiendo pues los dados jugaban en mi contra, cada vez que sacaba una buena jugada se transformaba misteriosamente haciéndome regresar hacia casillas anteriores. Lo que parecían avances, en realidad, no eran más que pasos para atrás.

No me daba demasiada buena espina todo el asunto, y aún así, seguía queriendo tenerle cerca. Me preocupaba hasta qué punto estaba teniendo una dependencia extrema hacia ese hombre. No sabía en qué parte de la ecuación se despejarían todas las incógnitas, pero mi inconsciencia, en lugar de aceptar el futuro como se planteaba, deseaba aguantar a su lado todo lo que pudiese.

— ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué… ha hecho eso? ¿Por qué ha jugado con su propia vida?

Le miré sin comprender, pero imaginé que él seguía creyendo que había atentado contra mi vida aunque todo pudiese indicar que no era así, que era solamente una noticia, un hecho chocante que había provocado mi propia desesperación. Me planteé la posibilidad de decirle la verdad, pero si no creía a los médicos, ¿por qué iba a creerme a mí? La idea de que pensase que me había intentado suicidar resultaba insultante. Hacía tiempo que no estaba en ese punto de mi vida, pero suponía que cuando uno cruzaba una vez esa línea permanecía marcado para siempre. Nadie entendía que podía no querer volver a intentarlo.

¿Quería poner a William en peligro? Según las mismas palabras de Douglas, lo tenía completamente investigado. Y no sabía esos secretos lo que podían hacer con él, así que creí que era mejor que creyese que me había intentado quitar la vida. Una forma de mantenerle a salvo.

— No quise terminar así… es solo que…

William alzó la mirada hasta mis ojos y pude ver en ellos verdadero dolor. Su rostro estaba demacrado, sus labios estaban más blancos que de costumbre. Sentí como mi corazón se encogía al verle así. Le importaba hasta el punto de casi perder su escasa alegría vital allí frente a mí. Casi podía ver sus manos temblando, la forma en la que las apretaba para no mostrar su vulnerabilidad en ese momento.

Nos miramos unos segundos en silencio. No sabía qué podía hacer para intentar calmar esa desazón. Era igual que temer perder a la persona amada cuando diese un solo paso hacia delante.

Él lo hizo, desafió aquella norma impuesta por mi mente y tomó mi rostro entre sus manos antes de besar mis labios de esa forma que me dejaba sin aliento, que se deslizaba por toda mi anatomía regalándome nuevamente la vida, permitiéndome sentir aquello que me había negado durante demasiado tiempo hasta que él llegó para dar una vuelta de ciento ochenta grados a todo lo que había creído real.

El beso fue intenso, no fue apasionado, fue necesitado. Había temido perderme. Había creído que no moriría delante de él cuando tan solo tenía un ataque que no había podido controlar. No iba a morirme.

— No lo haga de nuevo, por favor… —susurró contra mis labios y volvió a besarme sin darme tiempo para que pudiese responder a aquella súplica y a su demandante boca. Enredé mis dedos en su cabello e imploré a todos los dioses de todas las religiones que nada me separase de ese hombre, que en algún momento pudiese contarle la verdad, que no temiese por mi vida como lo habían hecho mis padres años atrás.

Sin darme cuenta las lágrimas habían vuelto a aflorar y cuando las sintió en sus dedos se separó de mi rostro secándolas con sus pulgares sin decir nada más, limitándose a mirarme, buscando algo en mí que no parecía poder darle para calmar su angustia.

— Te amo… —escapó de mis labios y tras hacer una mueca dejó un beso en mi frente.

No me había vuelto a responder y su silencio despertó la parte más negativa de mi ser.

2018 / Ago / 09

Me había vuelto a quedar medio dormida en el momento que escuché la voz de William. Cualquiera hubiese mantenido sus ojos abiertos, pero ellos estaban hablando y no quería interrumpirles. Además, Morfeo estaba llamándome con fuerza, como si temiese que me fuese a escapar si volvía a abrir los ojos.

— Parece que está más tranquila —comentó Catherine.

— Si la hubieses visto cuando la encontré. Estaba tiritando, sin dejar de llorar en el suelo. No me respondía, no… no sé si era consciente de lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Creen que ha podido ser una sobredosis de medicación. Hace años lo hizo.

— ¿Crees que tendría motivos para intentar acabar ahora con su vida, William?

— No lo sé. Es muy curiosas, hace muchas preguntas, sabe de la existencia de Eliza.

— Pero, ¿qué sabe sobre ella, hijo?

— Nada. Parece ser que la nombre durmiendo y ella me preguntó quien era. Si… si se entera…

— Si te ama de verdad no te dejará por algo así, no si es lo que crees que pasará.

— ¿Y si lo hace? No es la primera vez que se desvanece entre mis dedos, que ella misma se corta los brazos para escapar de mí y no seguir atada en lo que sea que tenemos.

— ¿Tú la quieres contigo?

— Esa no es la pregunta, sino saber que yo no soy lo que ella necesita. La estabilidad que merece no sé si puedo dársela ya sabes que Eliza requiere de toda mi atención.

— Sabes que existe una mejor solución para ella.

— Pero si Eliza sabe quien es realmente Kyra para mí… no quiero ni imaginármelo.

Me sentía culpable por escuchar aquella conversación. Era como una niña pequeña a la que sus padres le habían prohibido ver una película y la estaba viendo gracias a la pequeña rendija que dejaba la habitación abierta que le había pedido a su madre que mantuviese así porque no quería estar completamente a oscuras.

Eliza… ella había vuelto a aparecer como una sombra. No sabía quién era ella, pero debía ser alguien muy importante como para que a William le importase tanto que ella se enterase. ¿Sería su mujer, la pelirroja su novia y yo su amante? ¿Había más? Aquello me estaba poniendo las tripas verdes. Quise pedirles que se fuesen de la habitación, pero sabrían que había estado escuchando todo el tiempo cuando ellos habían hablado sin tapujos debido a que me creían en otro mundo.

Cerré uno de mis puños alrededor de la sábana. No sé si William se percató de eso o fue casualidad, pero sus dedos envolvieron mi mano intentando tranquilizarme, o eso quise creer. Quería llorar. Quería gritar, quería…

Me estaban vigilando el pulso por lo que rápidamente saltaron las alarmas cuando como consecuencia de mi propio mal humor, mis pulsaciones se dispararon. No tardaron demasiado en ponerme otro calmante, solamente para permitirme descansar un poco más. Quizá de esa forma podía sentir menos dolor cuando se pasase el colocón de la medicación. Tantos intentos por quitarme cuantas más pastillas posibles como para que ahora hubiesen terminado de esa misma forma. Chutándome todo lo que pudiesen para que estuviese tan mansa como un corderito.

Me perdí de nuevo en el mundo de la inconsciencia. Agradecí por unos segundos a quien había inventado las drogas, pero no cuando mi propia cabeza, aprovechándose de mi vulnerabilidad inconsciente me hacía recordar los momentos ocurridos en mi hogar, todo lo que había pasado antes de que Douglas se marchase de mi casa. Su mirada de asesino, el roce de sus labios contra los míos, su piel ardiente quemando mi garganta y finalmente, ese guiño con el que me había prometido recompensarme si era buena, si me comportaba bajo las normas por él impuestas, pero… ¿qué significaba esa recompensa? No quería ni pensarlo si no deseaba comenzar a vomitar.

Mi mente me narró los sucesos de forma que casi parecía contármelo para que no perdiese lujo de detalles. Solamente había sido eso, un ataque de ansiedad, de pánico quizá ante la idea de que aquel monstruo pudiese hacerme algo.

En mitad de mi inconsciencia, el rostro de Heinrich apareció como si fuese una salvación. En algún momento tendría que pensar una solución para todo aquel jaleo en el que me había metido. Aunque pensar, drogada, en el inconsciente, dudaba que pudiese permitir ningún tipo de lógica. Por ese motivo se me ocurrieron ideas disparatadas hasta que mi cabeza pareció golpear la puerta indicándome que el dormir se había acabado.

Catherine estaba sola en la habitación, conmigo. No me hacía mucha gracia que William se hubiese ido, pero imaginaba que estar ahí un montón de horas viendo a alguien dormir no resultaba una probabilidad demasiado atractiva.

— Hola, Kyra. William ha ido a hablar por teléfono, será cosa de poco que regrese.

Asentí y respiré profundamente antes de volver a fijar mis ojos en Catherine, una mujer con el suficiente peso además del mismo código deontológico al que atenerse. Podría confiar en ella dado que una mujer de su prestigio habría tenido que guardar todo tipo de secretos en su investigación sobre la sociedad humana.

— Entonces, ¿puedo comentarte algo, Catherine?

— Por supuesto, querida.

— Me gustaría tener algunas sesiones contigo, ¿sería posible?

La mujer sonrió complacida por algún extraño motivo y se acercó para informarme de algo que yo desconocía por completo.

— William me había pedido que intentase convencerte de eso. No se fía demasiado de todo el mundo.

— Sé lo que supondrán algunas cosas para ti, lo sé, pero te ruego que mientras seas mi terapeuta escuches únicamente mi versión, que te olvides de tu papel de madre, de mi unión a William y sobre todo que mantengas el secreto profesional. Sé que puedo pedirte esto dado que en realidad nuestra relación no es lo suficientemente estrecha, pero sí lo es con tu hijo de por medio. ¿Podrás hacerlo?

Catherine me observó con esa sonrisa de quien sabe terminarían pidiéndole separar su faceta de madre de la faceta profesional.

— Creo que podré, Kyra. Y no te preocupes, William no sabrá nada de lo que hablemos entre nosotras.

— Bien —respiré profundamente y me armé de valor—. Déjame que te cuente qué es lo que me está pasando…

2018 / Ago / 08

No sabía si podría con tanta presión. Desmoronarme parecía lo más común en una situación así. ¿Cómo podía sentirme segura en alguna parte si Douglas me estaba vigilando? Mi dolor era creciente, mi cuerpo temblaba, no tenía forma de negarme a nada de lo que él podía querer. Me tenía en sus manos y las apretaría alrededor de mi garganta en cualquier momento, hasta que expirase con la última imagen de su rostro descompuesto por la ira homicida.

Debía buscar soluciones, pero en ese momento no encontraba salida alguna.

Rochester había empezado a ladrar a mi lado, pero tan pronto lo había hecho había dejado de escucharle. Temblaba en el suelo, me sentía al borde de un estado catatónico. No podía pedir ayuda cuando quería, necesitaba pedirla, al menos, dejar escapar un grito, pero mi cuerpo no me respondía.

No sé cuanto tiempo estuve así. Solamente sé que vi los ojos angustiados de William, rafagazos de otras personas. Alguien subiéndome a algún sitio y el interior de un hospital. Había sufrido un ataque de ansiedad en toda regla.

Me sedaron porque lo siguiente que recuerdo es despertar de noche en la camilla del hospital. Fuera, William estaba hablando con alguien, podía verle a través de una de una rendija que había dejado para no cerrar del todo la puerta. Tenía la cabeza embotada. Podía escuchar parte de la conversación.

— ¿Qué es lo que le has hecho a esta, William? ¿No fue suficiente jodiéndonos la vida a las demás?

Era una voz femenina. Estaba hablando al profesor como si le conociese de toda la vida.

— Samantha, no te he pedido tu opinión en este asunto, solamente saber cómo está.

— Deberá volver a pasar por otra de las evaluaciones psiquiátricas que parecen habituales en ella. Te has buscado otra joyita como Elizabeth, ¿eh?

William apretó los músculos de su espalda, estaba tenso, muy tenso. ¿De qué podía conocer a esa mujer? ¿Qué era lo que estaba sucediendo en realidad?

— Mi madre se encargará de la evaluación.

— Tiene que hacerlo personal del hospital. Esto es el mundo real, no ese mundo donde puedes hacer todo lo que te da la gana sin recibir castigo alguno.

— Que se lo hagan lo antes posible, entonces.

— A sus órdenes, señor —la ironía fue tal que hubiese resultado igual que recibir un golpe en la cara.

William se había dado la vuelta y habría entrado dentro de la habitación cambiando su expresión de fastidio al verme. Caminó hasta la cama y se sentó en ella tomando una de mis manos entre las suyas.

— ¿Cómo está?

— Bien, solamente me duele un poco la cabeza —me quejé con la boca pastosa.

— Me alegra. Voy a tener finalmente que felicitarme a mí mismo por haberle regalado a Rochester, el cánido vino a mi hogar para avisarme cuando la vio de esa manera. No sé si tardó mucho, poco o regular, pero al menos pude encontrarla.

Rochester… mi perro me había salvado la vida, o al menos, evitarme un ataque de ansiedad de aquellos que me terminaban dejando sin fuerzas para levantarme durante el resto del día de la cama.

— ¿Quién era esa? —pregunté finalmente intentando saciar mi curiosidad.

— Ni medio drogada es capaz de contener sus deseos de conocimiento —me reprochó antes de llevarse mi mano a sus labios dejando un beso en el dorso—. Es mi ex mujer.

Me dolía tanto la cabeza que no era capaz de recordar si me había dicho o no si había estado casado. ¿Era esta la madre de Helena? ¿Era otra? Fuese como fuese esa información estaba entrando en mi cerebro igual que lo haría un camión de demolición.

— ¿Está bien?

Asentí fingiendo que era solamente algo de los medicamentos extra que me habían puesto. Cuando iba a ponerle palabras, alguien llamó a la puerta de la habitación. Se abrió mínimamente y Catherine, con una sonrisa en los labios, entró.

— Gracias por venir.

William parecía aliviado. ¿Había llamado a su madre por lo que me había ocurrido? ¿Había hecho algo que no debía haber hecho como para tener que tener a una mujer como aquella supervisándome o había sido solamente por la propia tranquilidad del literato?

— No tienes nada que agradecer, cariño. ¿Cómo estás, Kyra? —preguntó con una sonrisa dulce en los labios antes de apoyar su mano sobre aquella que tenía libre pues William no me soltaba la otra.

— Bien, solamente me duele un poco la cabeza.

— Voy a por un café.

Catherine y él se fueron juntos casi en el mismo momento que los médicos entraron en la sala. Psicólogos y psiquiatras, no había nada más que verlos para saberlo. La manera en la que analizaban era bastante diferente al resto de los pacientes. Llevaban una carpeta en sus manos lo suficientemente gorda como para ser mi historial médico sección psiquiatría al completo.

— Kyra, nos gustaría hacerte unas preguntas.

Asentí pues conocía los procedimientos. Apoyé mi cabeza bien en el cabecero de la cama que por suerte estaba levantada y no horizontal al cien por cien. Podía estar casi como si estuviese sentada y me recordaba al somier reclinable que había dejado en alguna parte. No podía recordarlo. ¿Me lo había traído desde Belfast a Londres o aún seguía en el apartamento de Gustav?

Sus preguntas, al principio, fueron sencillas. Después se tornaron más complicadas de responder. Tenía prácticamente borradas las últimas horas. Solamente podía recordar una taza que por mucho que yo había escuchado tan nítidamente cómo se rompía, no habían visto ninguna en el suelo de la cocina. Recordaba un olor, un olor que no sabía describir y finalmente, terminaron diciendo algo parecido a un shock.

No quería pensar en nada. Estaba cansada, me dolía la cabeza, quería que William regresase, quería irme a mi casa. Estaba demasiado sensible y no quisieron, en ningún momento darme sedación, tampoco la pedí. Solamente me dijeron que debían vigilarme un poco más exhaustivamente. Tenía un trastorno de la personalidad, no una enfermedad mental que pudiese aparecer en cualquier momento. Algo que no recordaba me había puesto en ese estado, seguro. Pero parecía para todos más probable que una nueva enfermedad psiquiátrica estuviese asomando la cabeza.

2018 / Ago / 08

— ¿Ha venido para esto?

Él negó. Después se inclinó hacia mí. Intenté mantener la calma porque estaba la isla de la cocina entre nosotros. Había algo en su semblante que se había disparado todas las alarmas de mi mente. ¿Sería esa la expresión que tenía cuando estaba a punto de matar? Podría haber visto mi vida delante de mis ojos en un parpadeo si no hubiese estado pendiente de cada mínimo movimiento que hacía.

— No me haga mostrarle mi peor faceta, señorita Mijáilova. No juegue conmigo y piense que soy tan estúpido como cualquiera de los hombres que le bailan el agua o de sus pacientes. Mi mente no funciona igual que la mayoría, puedo llegar a ver funcionamientos que otros consideran ilógicos. Sé cuál es la moralidad de cada uno con tan solo escucharle una vez. Por mucho que seamos individuos hay una estructura base común en la mayoría de nosotros. Tengo mis teorías con respecto a la humanidad, pero la teoría que deseo comprobar principalmente es aquella que he enunciado: ¿Hasta qué punto llegará la señorita Mijáilova con su dilema?. Ni crea por un momento que me ha engañado con su intención de ayudarme, Kyra… Puedo leer fácilmente en usted el deseo de no cargar con otra mente en su conciencia, pero plantéeselo desde esta perspectiva: No es usted quien les arrebata la vida. Son mis manos, no las suyas. Así que deje a un lado cualquier estúpida posibilidad de delatarme, porque créame si le digo que su vida será todo un infierno.

Había pasión en su voz, esa pasión que solamente había escuchado en los momentos que me había descrito a la perfección la manera en la que sus víctimas habían perdido la vida en sus manos. Por un segundo había logrado hacerme perder el habla, sin embargo, el enfado es osado y consigue que el miedo termine a la altura de los tobillos cuando la ira toma el control en la ecuación.

— ¿Y si me lo planteo desde la perspectiva en que está tocándome demasiado las narices que me tenga en sus manos y además no confíe en mí? Quizá, eso sí le dé motivos para pensar en mí como una amenaza —solté una pequeña risa antes de apretar mi mandíbula hasta el punto que llegaron a dolerme las muelas—. ¿Quién se cree como para tenerme contra las cuerdas y hacer hasta lo imposible por provocar mi locura? No consentiré que siga jugando conmigo. Piénselo. O confía en mí o no lo hace, pero no siga con ese juego en el que intenta probarme a cada paso que doy —mi voz sonó dura, muy dura. Llevaba demasiados años sin hablarle de esa forma a alguien.

Recordaba el último momento en que había hablado a alguien así, con intención de arrancarle el estómago por la garganta. Mi madre se había puesto pico a pico conmigo, había saltado aquella bestia indomable y había terminado pegándole un golpe. Me había puesto increíblemente agresiva y mi padre había tenido que inmovilizarme gracias a sus conocimientos de judo y su peso superior al mío en ese momento.

— ¿Quién es usted y qué ha hecho con la tímida y apocada mujer que siempre me atiende temerosa casi de su propio aliento? Es sorprendente que ahora mismo haya encontrado ese valor que parecía haber perdido —se carcajeó mientras se levantaba del sitio.

Sus pasos fueron igual que zancadas y terminó agarrándome del cuello antes de apretar mi espalda contra la pared más cercana sintiéndome tan liviana como si fuese una pluma que hubiese decidido mover su lugar. Escuché al golpe de todo mi cuerpo gracias al movimiento del interior de la vajilla de uno de los armarios mientras todo mi cuerpo lo sentía con violencia.

— ¿Está jugando conmigo? —se acercó tan peligrosamente a mi rostro que me quedé sin un solo gramo de aire que respirar que estuviese contaminado de su colonia tan cara como cada una de las prendas de su ropa—. No me gusta que jueguen conmigo. Recuerde quién es en esta relación. Recuerde dónde está su lugar y no me haga tener que hacérselo sentir en cada milímetro cuadrado de su anatomía. Manténgase donde le he dicho que debe mantenerse. No intente ser más inteligente que yo porque no podrá hacerlo —sus labios rozaron los míos mientras mi rostro se comprimía en una mueca de espanto que la provocaba placer—. No olvide quién manda aquí.

Se separó muy lentamente antes de que fuese consciente que estaba sonando su teléfono móvil. Lo cogió sin separarse demasiado de mí. Estaba tan cerca como para seguir resultando amenazador. Su cuerpo no me tocaba, pero su aliento se mezclaba con el aire creándome aún más repulsión por aquel hombre.

— Sí. Enseguida voy. Trataba un tema personal —colgó la llamada y su mirada fría y calculadora volvió a situarse en mi ser—. Sería una lástima que terminase siendo parte de mi lista de víctimas, Kyra. Intente, en lo posible, seguir las reglas. No es tan complicado. Sabré recompensarla, si se porta bien —me guiñó uno de sus ojos.

Se giró sobre sus talones y después salió de mi hogar. No hasta que pude escuchar perfectamente bien la manera en la que el portazo me indicaba que había salido, sentí ese peso sobre mis hombros y colocándose nuevamente alrededor de mi garganta como si fuese una soga. Si me movía, me ahogaría. Si respiraba, me ahogaría. Si no lo hacía, también.

Las lágrimas se agolparon en las cuencas de mis ojos pidiendo salir. Poco a poco fui escurriéndome hasta el suelo notando que mis piernas ya no podían con mi propio peso. Las lágrimas caían con violencia, igual que cataratas que me había sido imposible contener. Me había desbordado por completo, había sido tratada como un objeto sin vida y sin sentimientos. Me habían amenazado, me habían apretado el cuello, no demasiado, pero lo suficiente como para que aún sintiese su cálida piel alrededor de la mía. Me estremecí de pies a cabeza, creyendo haber visto la muerte desde muy cerca cuando yo misma la había abrazado dispuesta a huir de todo dolor posible en mi adolescencia. Y simplemente, me dejé llorar, aceptando mi miedo.

2018 / Ago / 08

El instituto volvía a ser el mismo. Veía cada ladrillo igual de sólido que cuando había estado allí. Estaba prácticamente vacío, pero no por eso la opresión en mi pecho disminuía. Había algo que me estaba angustiando, pero no podía razonar como lo haría normalmente. 

— ¡Kyra! 

Me giré al escuchar mi nombre. Me latía el corazón de forma increíblemente dolorosa. Ahí estaba él. El primer chico que había logrado poner mi mundo patas arriba cuando era solamente una niña boba, ingenua, que creía que alguien como él podía amar a una niña con mi peso. Seguramente querría contarme qué habría hecho con su pareja, qué había pasado dentro de aquella sala. El recuerdo de risas se hacía nítido en mi mente. 

— ¿Por qué te vas? —preguntó mientras corría hacia mí. 

— No creo que vaya a encajar demasiado bien. Es mejor que me mantenga al margen. 

— Entonces, ¿no volverás a pasar? 

— ¿Debería? —solté una carcajada antes de volver a mirarle pues me costaba mucho mantener su mirada—. Llevo más de tres horas sin hablar con nadie, recibiendo las risas de todos. Ni tan siquiera sé porqué te has dado cuenta que me marchaba de allí. 

— ¿Por qué piensas que no me daría cuenta? 

— Se te veía ocupado y no creo que te importe lo suficiente como para que estés pendiente de cada movimiento que hago. 

Bajé las escaleras que daban al segundo piso donde habíamos estado y pude alcanzar la puerta de salida yendo fuera, hasta una verja, hasta esa verja donde tantas veces había pensado en realizar las torturas a todos mis compañeros para vengarme, en lo posible del daño psicológico infringido. 

— Kyra… yo… verás, lo que… lo que nosotros tenemos… 

Me senté en el poyete de la verja y luego negué con una sonrisa en mis labios antes de cortarle en un vago intento por querer incluirnos a ambos en la misma frase. 

— Nosotros no tenemos ni hemos tenido nunca nada. 

Mi respuesta no pareció gustarle. Se sentó a mi lado, me miró y tras unos segundos le devolví la mirada sin entender qué podía estar viendo con tanta fijación. Se acercó muy despacio a mí, mi corazón saltó haciéndose daño en el proceso y sentí la suavidad de sus labios contra los míos como si hubiese sentido algo por mí desde el principio de nuestra relación de compañeros. 

Me desperté. Sentí congoja en mi pecho a pesar que en el sueño había sentido cierta satisfacción durante ese beso, algo parecido a la alegría. Ahora, en cambio, me sentía estúpida. Era igual que el sueño de una niña de preescolar pidiendo que el chico más guapo de toda la clase le hiciese caso a ella, como si fuese algo más, alguien diferente y que mereciese la pena cuando el mundo me había demostrado durante esa época todo lo contrario.

No había que ser demasiado inteligente para darse cuenta que aquel no sería precisamente un buen día. Había despertado con un humor de perros y un negativismo que solamente se nos permitían a los seres más oscuros de la humanidad. Sí, mi melodrama iba en aumento con cada segundo que pasaba, así que debía intentar tomarme la medicación para ver si entre eso y una obligada subida del ánimo conseguía estabilizarme ligeramente. De todos modos, tenía derecho a sentirme mal en ocasiones, ¿no?

William se había ido temprano, como de costumbre. No había nota, no había mensaje, no olía a comida… Seguramente tenía que ir a darle los buenos días a la pelirroja que lo tenía embobado. No se borraba de mi mente aquella sonrisa tonta mientras su rostro estaba lleno de barro. Una parte, en lo más profundo de mi ser, hubiese querido ahogarle con el barro para hacerle sentir una mínima parte del sufrimiento que él me había provocado.

Restregué mis ojos y me puse algo cómodo. Sabía que tenía que trabajar, lo sabía, pero podía fingir estar mala por una vez, ¿no? No tenía ánimos para poder ayudar a nadie ni escuchar más problemas, quería arrancar una a una las pestañas de la pelirroja imponente. No obstante, la vida parecía tener otros planes para mí.

— Debería decirle a su novio que cierre bien la puerta, señorita Mijáilova. Nunca se sabe quién podría llegar a entrar.

Allí estaba él, Douglas, con esa condenada sonrisa de superioridad, pero que hoy me ponía de peor humor que de costumbre.

— Vaya… ¿una mala noche?

— ¿Qué hace aquí, Douglas? —le espeté sin importarme lo frío o furioso que pudiese llegar a sonar.

— Necesito hablar con usted.

Tenía una taza de café en su mano y la llevó a sus labios.

— Verá. Me han estado chivando por ahí que se ha visto con un catedrático legal. ¿Es eso cierto?

Fruncí mi ceño intentando controlar la sorpresa que me daba, pero por mi estado anímico estaba bastante más molesta por estar siendo espiada que otra cosa.

— Vaya, ¿no le servía con meter sus narices en mi pasado sino que también tiene que investigar a todas las personas con las que me relaciono? Igualito que un acosador en toda regla.

Rebusqué las pastillas en los cajones y finalmente las puse sobre la encimera en su justa cantidad.

— Hiriente… ¿qué pasa, señorita Mijáilova, Verdoux no supo satisfacerla esta noche?

Cerré mis ojos y tragué las pastillas despacio, esperando de esa forma poder calmarme y no realizar algo que terminase por ofender al asesino en serie que tenía delante. La inconsciencia podía ser tal que ni tan siquiera sabiendo el pasado de ese hombre le temía lo suficiente. La estúpida ingenuidad que nos da la ira haciendo que creamos que somos algo parecido a Superman en fuerza, velocidad, agilidad e inteligencia cuando en realidad éramos igual que pollos sin cabeza chocándonos con todas partes.

— ¿Por qué tiene tanto interés en controlar mi vida en todos los aspectos cuando ya sabe que es mi pasado lo que quiero mantener oculto de la lengua viperina de la gente?

— Porque, señorita Mijáilova, cuando se puede saber, se quiere saber absolutamente todo. Y me encantaría ver su expresión cuando se entere de los secretos de aquel que cree su amante, su amigo…

Su sonrisa era increíblemente siniestra. Se me congeló el corazón por medio segundo. Los secretos de Verdoux tenían que ser demasiado jugosos como para haber llamado la atención de Douglas y eso solamente podía significar que no me gustaría para nada averiguarlos.

2018 / Ago / 08

Se sentó en la cama, completamente vestido y me senté a horcajadas sobre su regazo antes de hacerme con el bol de las cerezas que me estaban llamando a gritos. Mordí una de ellas, sentí como parte del jugo se escapaba entre mis labios descendiendo hasta mi barbilla mientras él, estaba absorto en la parte superior de mis senos recorriéndolos como si aquella suavidad fuese adictiva para su boca.

Igual que un gato, con unos reflejos impresionantes, cuando la gota estuvo debatiéndose si caer o no de mi barbilla a mis senos él la atrapó pasando su lengua por mi piel hasta la comisura de mi boca. Lamer a alguien siempre me había parecido asqueroso, pero William me había enseñado a disfrutar de cada pequeño tacto suyo.

Quise atrapar su lengua con mis dientes, pero me contuve. El hueso de la cereza aún seguía dentro de mi boca. Después de soltarlo decidí ser un poco traviesa y jugar con él. Cogí una de las cerezas y le quité el rabillo antes de deslizar la fruta por sus labios muy despacio, haciéndole ver que le daría el postre, sin embargo, cuando iba a meterla dentro de su boca, la quité rápidamente y me la comí yo mirándole con toda la malicia infantil que podía tener por semejante acto.

— Pero… —rió y como castigo me dio una nalgada.

Froté mi cachete quejándome de manera exagerada, como si se hubiese pasado con el golpe. Después de encargarme del hueso, regresé a mi juego. Volví a hacer lo mismo riendo ligeramente mientras él entrecerraba sus ojos sabiendo lo que iba a pasar, pero se equivocaba, o no del todo. Dejé caer la cereza dentro de su boca y antes de que pudiese masticarla, le besé apasionadamente y se la arrebaté con la lengua para terminar comiéndomela yo entre carcajadas que casi hacen que me ahogue.

Me tumbó en la cama de un solo movimiento y me quité el hueso antes de robarle un beso inocente, como si no hubiese hecho nada malo. Esta vez sí le di la cereza y él la apretó entre sus dientes provocando que el jugo cayese sobre mis senos tal y como se había situado. Cuando se percató que no quedaba más jugo que escapase tan fácilmente escupió la cereza. Cogió otra e hizo lo propio en mi otro senos, dejándolos algo bañados de aquel jugo pringoso. No había que ser muy listo para saber lo que haría después y sentí un latigazo en mi sexo palpitante.

Su boca intentó atrapar mi seno izquierdo entero permitiéndome entornar los ojos de gusto antes de dejar escapar un gemido por el contraste de temperaturas. Mis manos agarraron su cabello y sin mirar, intenté imaginarme qué haría, cuál sería su plan para conquistar nuevamente mi cuerpo. Su lengua limpió todo el jugo despacio, atrapó mi pezón entre sus labios y tiró un poco de mi seno lo cual tuvo una respuesta inmediata en mi vagina suplicante por alguna atención. Hizo lo propio con mi otro seno y le dejé recrearse en aquella única zona de mi anatomía de la que estaba algo más orgullosa tras la operación.

Sus labios besaron despacio el recorrido que había entre mis senos hasta mi ombligo. Mordió la parte de abajo de éste y siguió descendiendo. Me pregunté si no habría algún día en que su cuerpo se cansaría de trazar siempre los mismos caminos, de no cambiar las técnicas o el lugar de exploración.

Se separó de mí y cuando abrí los ojos me vi a mí misma dando la vuelta y terminando con mis senos contra el colchón. Se puso sobre mí, acarició mis labios vaginales con sus dedos y mientras profanaba mi interior empezó a marcar mi espalda como si fuese también en exclusividad de su propiedad.

Apoyé mi cabeza en el colchón. Debía reconocer que la postura cómoda no era, pero podía dar cierta sensación de morbo si una disfrutaba sintiéndose prácticamente indefensa. Yo creía que también influía mucho en la confianza que se pusiese en el amante durante la puesta en práctica de la lujuria.

Agarré con fuerza las sábanas cuando me permitió alcanzar el orgasmo y acto seguido, se introdujo en mi sensible interior para pillarme con las barreras bajadas, para evitar demasiada compresión inicial, pero mi cuerpo reaccionó envolviéndolo en un cálido abrazo y pude escuchar su gemido contra mi hombro.

Las embestidas no tardaron en empezar. El ritmo no era lento, era bastante contundente. Sabía lo que se hacía. Temía que fuese casi un castigo por haber jugado con él, pero si su forma de castigarme era darme placer, aceptaría los castigos gustosa.

Sus manos se hicieron garras en mis caderas. Sabía que terminarían dejándome marca, pero en ese instante mi única preocupación era alcanzar el éxtasis absoluto. El vaivén de las caderas era torturador, pero de esa forma en la que se desea más, mucho más. Una insatisfacción por no llegar a la gloria pura y después, una satisfacción plena al alcanzarla.

Ambos terminamos sudorosos, agotados, pero increíblemente dichosos de haber podido experimentar ese placer de nuevo, haciendo que fuésemos uno solo, que nuestras dudas, nuestros malentendidos y mis demonios se difuminasen durante un tiempo para permitirnos creer que estábamos enamorados del otro.

Igual que un gatito, gateé hasta mi lugar en la cama y volví a acurrucarme en el cuerpo de William quien me ofrecía ese pequeño refugio personal que creía haber encontrado siempre que no se despertaban mis sombras, los demonios malvados que cuchicheaban a mis espaldas que estaba perdiéndome algo infinitamente importante, que todo explotaría en mi cara. Podía llamarlo sexto sentido o bien mi paranoia pura y dura. La callé, me di la vuelta y me apreté contra el hombre de mis sueños. Estaba demasiado cansada como para discutir sobre la moralidad de mi relación conmigo misma.

2018 / Ago / 08

— ¿Qué tal va su nueva novela? —pregunté mientras daba el último bocado a la ensalada de guarnición.

— Progresando…

— Siempre me pregunté algo sobre los escritores. ¿Ponen sus propias emociones en la historia o es todo pura invención?

Sus ojos se encontraron con los míos mientras aún tenía en la boca una porción de la cena. Tragó tranquilamente y cuando tuvo la boca vacía dio un sorbo a su bebida provocando que mi curiosidad aumentase exponencialmente con cada segundo que pasaba. Era igual que los momentos de tensión en una novela, en una serie, estaban puestos, justo en el momento en que estabas a punto de averiguar quién era el culpable de algún hecho en concreto.

— Es inevitable poner algo de uno mismo en la historia. Siempre hay algún personaje que reacciona como uno lo haría, aunque también está la posibilidad de plasmar las propias experiencias. Hay sucesos que nos han ocurrido que mutamos o describimos prácticamente como nuestro cerebro los recuerda. Esos instantes de la vida diaria que nos permiten tener inspiración.

Entrecerré mis ojos concierta curiosidad malsana. Podía quemarme, lo sabía, podía llevarme un gran chasco, pero siempre se espera que a uno lo quieran como uno desearía que lo quisiesen, sin aceptar, que la forma de amar de otros no siempre es igual.

— ¿Se ha inspirado en mí para alguno de los momentos de su novela?

Me sonrojé hasta las orejas. Podía leer en su rostro la incredulidad por mi osadía en aquella pregunta. ¿Por qué le parecía extraño? ¿Quizá algunas experiencias íntimamente vividas conmigo habían sido plasmadas en sus novelas? La sola idea revolvía mi estómago, me hacía temer en qué podía haber descrito sobre mí en alguno de los personajes de la última obra suya que había leído.

— Así es —contestó al fin—. Suelo pensar en usted cuando tengo que describir a las mujeres más tercas de toda la novela.

Puñetazo en el estómago sería la definición más exacta que acababa de sentir, además de un tremendo jarro de agua fría que poco a poco iba empapando toda mi anatomía de aquel frío insoportable. Si no hubiese preguntado podía haber imaginado lo que me hubiese dado a mí la gana, pero no, tenía que preguntar y llevarme el mayor chasco de mi vida. ¿Era eso lo único que veía en mí? ¿Solamente la terquedad? Era condenadamente hiriente.

Se levantó recogiendo su plato y haciendo lo mismo con él mío. No hice ni un pequeño movimiento que indicase mi intención de llevarlo. Necesitaba un pequeño descanso antes de poder recuperar el buen humor. En ese momento lo único que podía hacer era controlar a la bestia que habitaba en mi interior que se imaginaba así misma estampándole todo el plato en la cabeza. La ira era algo que se retroalimentaba en mi interior por miles de motivos.

Pasó por detrás de mí y acercó su boca a mi oído mientras aún intentaba domesticar la rabia que se había despertado.

— Suelen ser mis personajes favoritos.

Su susurro fue suave. La manera en la que su aliento acarició mi oído lograba hacerme estremecer. Había dicho las palabras exactas para contentarme mínimamente y no hacerme sentir peor. La duda, de todos modos, se había despertado rebuscando en mi subconsciente todo aquello que hubiese podido decirme y cómo habían terminado sus personajes más tercos en el manuscrito que me había mandado.

— A partir de ahora me fijaré bien en ellas y más vale que les dé finales felices —bromeé intentando recuperar el buen humor.

Su sonrisa se ensanchó y cuando terminó de meter todo en el lavavajillas, se giró hacia mí entrecerrando sus ojos con gesto divertido.

— ¿Me está amenazando, señorita Mijáilova?

— Por supuesto que sí —admití asintiendo antes de arrugar mi nariz en un gesto que demostraba esa picardía inocente como si hubiese hecho lo peor del mundo cuando no era más que una chiquillada.

— Comprendo… Me andaré con ojo entonces —se incorporó y fue hasta el frigorífico para coger el postre. Eran cerezas. El color rojo atraía igual que lo haría el de la misma sangre derramada. Tenía algo casi mágico con su forma, la distribución de cada una de las esferas achatadas, daba a la composición algo de plenitud casi mística, o quizá fuese solamente el color rojo que despertaba a las mentes femeninas el romanticismo y la pasión.

Puso las cerezas entre nosotros y después, mordí mi labio inferior ligeramente. Tenían una pinta increíblemente apetecible.

— ¿Quiere que comamos el postre aquí o en el dormitorio?

Siempre me habían enseñado que no había que comer en la cama, pero sabía lo que podía llegar a significar y su cercanía solamente propiciaba el deseo de caer nuevamente en la tentación. Estaba temerosa de mí misma, tenía tantas preguntas sobre la normalidad en la sexualidad y tan solo libros teóricos a quien poder hacérselas. Él no parecía, de ninguna manera, molesto con nuestra frecuencia sexual, así que quise presuponer que aquello era común y que no sería nada más que una mujer que había descubierto el placer dejándose arrastrar por todas las posibilidades existentes en donde pudiese experimentarlo con el hombre que encendía una fogata en mitad de un bosque que durante demasiado tiempo había estado seco, sin experimentar, descuidado y que con una mínima chispa prendería.

— En el dormitorio…

Una sonrisa cómplice se extendió por los labios ajenos antes de subir las escaleras. Una vez en la habitación, William dejó las cerezas en la mesilla de noche. Con un movimiento de su dedo índice me hizo entender que debía darme la vuelta y terminó por bajarme la cremallera. Mi vestido se mantuvo en su sitio gracias a que por el tamaño de mi pecho había tenido que colocar unos tirantes de silicona para evitar que se cayese demasiado. Para mantenerlo a una altura perfecta.

Me bajó los tirantes sin que tuviese que decirle nada y poco a poco el vestido fue cayendo hasta mis caderas. William metió sus dedos entre la tela y mi piel para ayudar a la primera a escurrir hasta el suelo. Me quedé tan solo en aquellos zapatos de tacón. Ni tan siquiera llevaba sujetador.

Sus dedos recorrieron desde mis caderas subiendo despacio hasta la zona de mis costillas, volvieron a bajar y dio un beso a mi hombro como promesa de una noche maravillosa.

2018 / Ago / 07

Me había puesto un vestido con el que intentaba conquistar a aquel hombre que me había asegurado que tendríamos una cita aquella misma noche. William llegaría pronto y no usaría el timbre, entraría con sus propias llaves. Bajé las escaleras intentando de alguna forma no caerme. Tenía unos tacones negros con pulsera en el tobillo que no había podido ponerme en otra ocasión y que me encantaban. Llevaba un vestido a lo Jessica Rabbit. Entonces olí a comida. Comprobé que en la cocina estaba el profesor, cocinando, tranquilo, sin preocupaciones. ¿Ese hombre cocinaba también? ¿Había algo que no supiese hacer?

Se dio media vuelta mientras aún estaba sorprendida por la escena que mis ojos estaban contemplando. Él se quedó completamente parado al verme. Sus ojos se deslizaron por toda mi anatomía envuelta en aquel vestido con lentejuelas.

— Pensé que íbamos a salir…

Mi voz pareció devolverle al lugar y el momento en el que estábamos. Se giró de nuevo para bajar un fuego y después, caminó hacia mí.

— Creí que de esta forma podría sorprenderla, pero me ha sorprendido usted a mí —su dedo índice se deslizó por mi costado hasta finalmente llegó a la abertura de mi pierna que prácticamente la mostraba entera—. Ahora me alegro aún más que antes de haber decidido darle esta sorpresa. Hubiese tenido que terminar apartando a los hombres de su cuerpo a puñetazo limpio.

Reí con diversión porque eso era tan impropio de él. Sus dedos se terminaron metiendo debajo de la raja del vestido y me acerqué a su oído.

— Deje algo para el postre, señor Verdoux —bromeé y le quité la mano de aquel lugar.

Hice una pequeña mueca porque lamentaba que no podría lucir el modelito, pero tampoco iba a molestarme demasiado por ello. William me estaba cocinando así que podría probar su mano en los fogones. Era importante saber si se podía dejar al literato delante de una olla sin que tuviese un ataque de pánico enseguida.

— Así que espera que haya postre, ¿no?

— ¿Qué clase de cena no tiene su postre? —bromeé antes de cruzarme de piernas de manera que la raja de la falda del vestido mostraba toda mi pierna estratégicamente.

Sus ojos se desviaron hacia ese lugar, después entrecerró los ojos y me giró hasta que estuve en la posición adecuada para él. Sus labios atraparon los míos en un beso intenso y supe que me habría quedado sin pintalabios antes de lo que esperaba. Tras un tiempo besándome se separó, dejándome ardiente, jadeante y deseosa de más, de mucho más. Era malvado. Sabía jugar a la perfección conmigo.

— Tiene toda la razón, desde luego.

Me quedé donde estaba. No le iba a dar la satisfacción de verme suplicar. Aquel era un juego de seducción al que dos podíamos jugar y aunque era infinitamente torpe en ese arte porque no lo había practicado jamás, hice lo posible por pensar en las mejores jugadas que había visto en todo tipo de películas. Lamentaba no ser una femme fatale de esas que podían conquistar a cualquiera con una caída de ojos. Ni tan siquiera sabía qué le atraía a ese hombre de mí.

Apoyé mi codo en la isla de la cocina y mi barbilla en mi mano de forma que mi canalillo se hiciese más visible por pura inercia de la maravillosa gravedad que jugaba a mi favor en algo así. Mi mirada se deslizó por su espalda mientras revolvía la comida. No sabía qué estaba haciendo, pero olía de maravilla. Algo me decía que era carne y veía una verdura. Tampoco podía pedir peras al olmo como para que me hiciese un plato de esos complicadisimos que solamente se hacen en altísima cocina y que quedaban por completo fuera de las manos de aquellos que teníamos más bien la maña suficiente como para no quemar todo tipo de experimentos que llevásemos a los fogones.

— ¿Qué tal el día?

— Bien. He tenido que ir a llevar al aeropuerto a mis padres y a Helena. Tiene que prepararse para el colegio y mi madre quiere ir con el tiempo suficiente como para hacer todas las compras que considere oportunas en un tiempo récord. También tengo la cabeza llena de información por las infinitas ventajas que tiene el colegio al que irán mis hermanos. Por un lado Phillip con los deportes, los clubes que hay de teatro y expresión corporal para Isabella y las dieciseis mil horas al día, sí que es imposible, que se pasará mi hermano John tocando el piano que ya me ha pedido que le compre —rió un poco mientras comprobaba que el corazón de William era aún más grande que su sonrisa.

— Eso hará que pase más tiempo solo en su hogar. ¿No le preocupa?

— ¿Debería? Así tendré más tiempo para…—se giró justo para mirarme y al ver mi canalillo en primera plana casi se olvida hasta de su propio nombre.

No estaba nada mal que pudiese aprovecharme de mi pecho cuando durante tantísimo tiempo había sido más una carga y un complejo que otra cosa. Las yemas de mis dedos realizaban figuras por la superficie de la isla de la cocina intentando, en lo posible, parecer inocente, como si fuese completamente inconsciente de lo que podía provocar en él, tanto para lo bueno como para lo malo.

— Para pasarlo escribiendo supongo y también con… algo de compañía.

Mis palabras le trajeron de nuevo a la realidad y después desvió su atención de mí aprovechando que tenía que quitar la carne del fuego.

— ¿Celosa, señorita Mijáilova?

— De sobra sabe que sí. Imaginar que besa sus labios, que la toca, que la mira como a mí… me revuelve las tripas —comenté haciendo un ligero puchero antes de volver a sentir su mirada fija en mí—. Pero hoy no quiero discutir y menos por ella, así que… dejémosla en su planeta muy muy lejos de aquí.

— Como prefiera —por alguna extraña razón la sonrisa no se borraba de su rostro.

Mordisqueé mi labio inferior y pensé en que podía ser un poco más juguetona. Me bajé del taburete con cuidado y después fui tras él. Mi nariz rozó su nuca y aspiré su aroma antes de darle un pellizco en el trasero separándome de su cuerpo tan aprisa como me permitieron mis tacones.

— Así que le gusta ir pellizcando traseros ajenos, ¿no?

— No, en realidad. Pero el suyo ya es otra cosa —reí fingiendo esa inocencia que había demostrado no tener del todo.

William quitó la comida del fuego. Ya estaba todo hecho. Sus ojos se habían posado en mi cuerpo igual que lo haría el depredador con su presa. Estuvo durante unos segundos acercándose tan despacio que me fue sencillo irme separando de él la misma distancia que él se acercaba. Reí esperando que en cualquier momento se abalanzase sobre mí, pero finalmente no lo hizo. Hice una pequeña mueca de decepción. Puso un plato delante del taburete donde había estado antes y otro en el taburete de al lado.

— Los juegos después de cenar, que si no no come absolutamente nada como el otro día.

Quise poner los ojos en blanco. Tampoco pasaba nada si me saltaba alguna comida con este ritmo de ingesta nerviosa que tenía últimamente. Había vuelto a tener las costumbres de antes y temía acabar en ese sobrepeso horrible que me había llevado a usar una talla tan grande durante mi adolescencia que el complejo no había logrado desaparecer nunca.

De todos modos, ¿a quién quería engañar? Yo sabía que saltarse comidas no era bueno para nadie, incluyéndome. Así que sin más, fui hasta el taburete, me subí en él y rebusqué en mi cabeza otros métodos de seducción posibles, o algún otro juego con el que poder ver su lado más infantil.

2018 / Ago / 07

Heinrich había resultado ser un hombre encantador, al menos, después de que una se quitaba un peso de encima. De todos modos, aún tenía ese ligero resquemor porque estuviese casado y le fuese infiel a su mujer.

No había tenido que dar demasiados datos para confirmarle al abogado que yo misma era la protagonista de ese supuesto previo aunque lo hubiese ocultado bastante mal. Mentir no era lo mío, había tenido que hacerlo a lo largo de mi vida, cierto, no iba a colocarme un papel de santa que no me iba mucho, pero se notaba fácilmente, si se me conocía, que estaba mintiendo, sino… podía uno llegar a pensar que era así de nerviosa por naturaleza.

— ¿Y dónde se ha quedado Flora? —pregunté sin poder contener más mi curiosidad.

— En Alemania junto a nuestros hijos.

¿Hijos? La cosa pintaba aún peor.

— Yo pensé que Flora era la mujer que estaba con usted en el bar el otro día.

Él me miró fijamente durante unos segundos. No era una respuesta demasiado rápida, pero le estaba dando más tiempo del normal para pensar una posible causa.

— ¿Me está juzgando, señorita?

Negué antes de ver cómo se alzaba una de sus cejas y terminé asintiendo provocando en él una carcajada.

— Es algo que no entiendo. Esa doble moralidad en los hombres para aceptar tener dos mujeres en su vida, aunque más tontas somos nosotras por permitíroslo —aquella última parte era más un golpe que me daba mi propia moralidad a la que estaba dejando de escuchar desde hacía mucho tiempo a pesar de toda la angustia que eso pudiese provocarme.

— Se equivoca. Estoy casado, sí, pero… nos estamos dando un tiempo. Ella no me quiere a su lado, yo no puedo estar cuando y como ella quiere. Las discusiones son constantes, el dolor es demasiado intenso y no puedo permitirme estar todo el día de pleitos cuando tengo un trabajo como el mío. ¿Ve la ironía? —comentó llevándose un nuevo trozo de su segundo plato a la boca.

— Darse un tiempo… osea la definición que se suele tomar para estar con otras personas por lo que parece, ¿no? —comenté con algo más de mordacidad de lo que debía.

Mi indignación parecía divertirle. No era difícil leer en mi propio semblante que aquella situación me tocaba de forma más o menos directa. Era igual que la amante enfurruñada descubriendo que la pareja que tenía estaba casada. Como si Heinrich Hamann fuese aquel con quien tuviese esa relación extramatrimonial.

— ¿Acaso está en las mismas condiciones?

— No. No exactamente las mismas, espero.

— Y para su información, fue mi esposa la primera que empezó a salir con otro hombre. ¿Por qué debería negármelo yo dado que llevamos dos años separados?

¡Tierra trágame! Sentí el sonrojo subir a la velocidad de la luz por mis mejillas. Había metido la pata, desde luego. Había crucificado a un hombre prácticamente cuando había sido su mujer la que parecía haber tomado el primer paso en todo tipo de separación posible salvo el divorcio.

— Disculpe… yo…

— No tiene que disculparse. Me gusta su espíritu inconformista y defensor del más débil, aunque en esta ocasión ha comprado que no siempre es el lobo quien se disfraza de cordero —volvió a comer tranquilamente, como si no hubiese hecho nada que le hubiese podido ofender.

— ¿Cuántos hijos tiene?

— Cuatro. El mayor realmente no es mi hijo, sino el hijo de mi hermana fallecida. Los otros tres sí son hijos biológicamente míos.

— ¿Cómo se llaman?

— Gunther es el mayor, tiene doce años. Después están Hans, Axel y Eric.

— ¿Todos hombres?

— Por suerte para ellos. Dudo que fuese muy… permisivo en el caso de que tuviese alguna hija. Sé cómo funciona la mentalidad del hombre y temería continuamente por ella. Lamentablemente para ustedes, lo sé, pero… en esta sociedad, al menos, hasta que las cosas cambien, es imposible estar igual de seguro teniendo una hija que un hijo —frotó su frente y luego fijó sus ojos azules en los míos—. Piénselo por un momento. La mayor parte de las violaciones son a mujeres y a homosexuales, en caso de ser adultos. El porcentaje con los niños me resulta tan asqueroso que se me indigestaría la comida sin pensase ahora mismo en él. Por otro lado, también en el caso más “leve” por así decirlo aunque no sé si sea la palabra más adecuada, si alguien se queda embarazada son las mujeres, no los hombres. No creo que le resulte demasiado fácil imaginar a algunos miembros de mi propio sexo desinteresándose completamente de los hijos. Se lavan las manos y asunto resulto culpándoles de ser las guarras, casquivanas o como quiera llamarles de la relación. Ni con prueba de ADN dan el brazo a torcer. Quien quiere puede negarse a aceptar que es el padre de una criatura porque para su mente no tendrá nunca el cien por cien de la certeza por mucho que las pruebas le indiquen lo contrario, ¿me equivoco?

— No. Todos podemos ver lo que queremos ver y creer lo que queremos creer por mucho que se nos demuestre que no es así.

— Además, en el peor caso están las enfermedades venéreas aunque por suerte, la mayoría, no tiene en cuenta si se es hombre o mujer, se reproducen. Así que de tres o cuatro supuestos casos en tres son las mujeres quienes salen mal paradas o tienen que cargar con las consecuencias del suceso producido por el agresor que generalmente fue un hombre a quienes el remordimiento no suele hacerles redimirse. Si violan una vez, será raro que no lo hagan más veces. Negándose a sí mismos la realidad se evitan tener que cargar con un pequeño… Lamentablemente, estamos más protegidos por nuestra propia bestialidad e insensibilidad en muchas ocasiones —negó antes de dejar los cubiertos encima de su plato demostrando, según creía por el protocolo, que le había gustado.

— ¿Qué clase de cosas piensan los hombres que tanto le mantendrían alerta?

Tenía que haber más que lo conocido también por las mujeres. ¿Qué podía encerrar la mente masculina que a las mujeres pudiese escaparse de nuestro conocimiento?

— Créame, señorita Mijáilova, si se lo dijese no volvería a vernos de la misma manera, aunque dudo que haya gran cosa que se le escape a una psicóloga como usted.

Pude intuir en sus ojos un brillo distinto, ese tipo de brillo que tiene alguien que sabe una maldad, algo teóricamente prohibido. Negué imperceptiblemente y me terminé el plato. No había a preguntar. Ya había tenido suficiente dosis de secretos desconcertantes por una temporada.