2018 / Ago / 10

Habían pasado dos semanas. Dos semanas desde que había logrado aceptar que Livia había tomado esa decisión por sí sola, que por mucho que lo hubiese deseado estaba a mucha distancia de ella como para evitar que hubiese realizado algo semejante. Había un dicho muy acertado sobre las desgracias, atribuyéndoles compañía como si jamás pudiesen ir solas a ninguna parte y a lo largo de mi vida había comprobado que era cierto.

No pude hacer gran cosa por Livia, solamente compré una pequeña planta que daba unas flores preciosas. Intentaría cuidarla siempre para evitar que se muriese, que algo de Livia siempre quedase en mí, visible, de modo que ella pudiese verlo desde allí donde estuviese. Le había mandado un correo a la madre mostrándole mi más sincero pésame, pero no había podido hacer nada más hasta el momento. Jamás había perdido a ningún paciente y con todo lo sucedido en mi propia vida la noticia había tenido demasiado peso. Además, saber que ella era muy parecida a mí, que en cualquier momento hubiese podido ocurrir eso mismo si no hubiese tenido o encontrado la rebeldía para seguir adelante, llegaba a aterrorizarme. Yo podía haber sido ella años atrás.

Había noches en las que le pedía a Rochester que cuidase de ella, que la hiciese sonreír de nuevo. Sabía que él lo podía conseguir.

Mi móvil había estado en silencio durante esas dos semanas. Lo había apagado negándome a saber nada de nadie. Si salía era para comprar alguna cosa que necesitase y volvía a entrar rápidamente. Había abandonado mi trabajo en el hospital por una baja depresiva. Tal y como estaba no podía tratar a nadie aunque seguía recibiendo mi propio tratamiento.

El silencio de William me provocaba mucho más dolor del que yo creía. No había vuelto a acercarse, así que era evidente que no había nada, absolutamente nada que se pudiese hacer o que me hiciese creer que realmente le importaba, aunque fuese mínimamente. ¿Qué había sido todo eso en el hospital? ¿Solamente remordimientos por creerse el culpable de que hubiese atentado contra mi vida?

Me sentía estúpida, increíblemente estúpida. Pero yo sola me lo había buscado. Había tenido cientos de oportunidades para escapar la vida de Verdoux, no había aprovechado ninguna porque había caído de nuevo en sus redes. Ser un títere en manos de su titiritero parecía el sino de mi vida y no quería aceptarlo nunca más. Estaba cansada de ser tan tonta que todos se aprovechasen de mí y me debía a mí misma aquel golpe con la realidad, la aceptación de que podía haber algo mucho más allá, algo mejor para mí a no ser que estuviese completamente condenada al fracaso, lo cual, lo descubriría en poco tiempo.

Había vuelto a la escritura como método de evasión. Me había encerrado en mí misma una vez más, aprovechando mis demonios internos esa oportunidad que les daba para hacerse mucho más fuertes recuperando el terreno perdido durante muchos años.

Tenía miedo del mundo, otra vez. Tenía miedo de mí misma, otra vez. Tenía miedo hasta de mi sombra. Pero una parte de mí sabía que solamente necesitaba encontrar el momento, aún no era mi momento, aún no estaba lista para dar ese paso adelante dejando todo aquello atrás casi como si fuese un mal sueño.

Hablaba con mis padres de vez en cuando. Les intentaba hacer saber que todo iba bien, pero no había querido, en ningún momento, encender el wifi ni los datos del teléfono hasta ese día. No podía seguir aislándome, no podía seguir encerrada en mí misma. Había optado por dejarlo atrás, no responder más, no saber nada más de nada ni de nadie, pero yo misma sabía que sin otros estímulos las penas seguían enganchadas en la mente de una para no dejarle avanzar.

Ya no tenía excusa para salir a pasear todos los días, no tenía a quien sacar. Siendo realista, no me había permitido a mí misma quitar los cuencos de la comida de Rochester que aunque los había limpiado, ahora estaban llenándose de polvo.

Me empezaron a bombardear a mensajes en cuanto la conexión del teléfono a internet fue más o menos estable. Vibraba que temía que en algún momento se sobrecalentase y terminase explotando delante de mí. Miré la pantalla con la esperanza de ver un nombre en concreto, pero ese nombre no había aparecido.

Cuando el teléfono dejó de sonar, comencé a mirar el WhatsApp. Mensajes de mi familia, mensajes de Catherine, de Chloe, de Heinrich, de Damian e incluso de Gustav. Hice una mueca y empecé a leer uno tras otro. Intenté responder los que creía que serían más fáciles. Catherine me había dicho que William se había ido de gira para la presentación de su nuevo libro, así que dudaba que volviésemos a encontrarnos en, al menos, un par de meses más. Puede que para entonces hubiese recuperado las ganas de dirigirle yo la palabra e indagar, en lo posible, qué había hecho tan grave como para recibir su silencio como única alternativa.

Chloe me había dicho que los Sarkozy parecían empezar a dar nuevo por saco, pero no parecía gran cosa, así que tras hablar un rato con ella, le comenté que estuviese alerta y poco más. No tenía ánimo alguno de dar consejos a nadie sobre lo que tenía que hacer dado que no era el más vivo ejemplo de lo ideal.

Había dicho a toda mi familia que estaba bien, que no se preocupase, aunque sabía que solamente preguntaban, por preguntar… no les importaba mínimamente si había vuelto a recaer o no. A alguna de mis tías le habría dado el perrenque de no querer liarla de nuevo y por eso había recibido esa oleada de mensajes, todos el mismo día y ninguno más después de esa pregunta típica de “¿qué tal estás?”. En más de dieciséis años de mi vida les había dado completamente igual quién era, qué me pasaba… ¿Pretendían que creyese ahora que esa preocupación era genuina? No era estúpida.

Mis tíos, en su línea. Ninguno de ellos me había escrito una sola palabra. Mis primos por parte de la familia de mi padre tampoco, porque… ¿para qué? Ellos habían estado aún más tiempo ignorándome si es que eso era posible.

Finalmente llegué a los mensajes de Damian. Parecía desesperado por mi repentina desaparición, de nuevo. No se había enfadado demasiado porque no me había visto en ninguna otra parte, en ninguna red social, pero poco a poco los mensajes iban volviéndose más hirientes. Había encontrado mi tumblr, a saber cómo y me echaba en cara que no quisiese estar en su vida. Otra vez no. No tenía ánimos para todo eso. Puede que fuese la primera emoción a parte de la tristeza que sentía en ese instante pero le respondí de la forma más dura que supe. Le bloqueé, no quise saber nada más de él. Estaba cansada de que el mundo me escupiese sus problemas. ¡No era el felpudo de nadie! No era yo en la que te restregabas para quitarte el chicle del zapato dejándomelo a mí para seguir con tu camino.

En las redes sociales había visto que había vuelto a hablar a Ecaterina. ¿Me estaba tomando el puñetero pelo? Furiosa me dije a mí misma que esa sería la última vez que iba a reírse de mí. Si tan solo me diesen una moneda por cada vez que había pronunciado esa frase…

2018 / Ago / 10

La casa estaba silenciosa. Había podido vivir en ella a pesar de Rochester no estuviese allí. Nadie podría sospechar hasta qué punto le extrañaba. No comprendía como la vida me había obligado a alejarme de él. ¿Por qué todas las personas que me amaban incondicionalmente sin esconderme ninguna clase de secretos ahora me miraban desde donde fuese uno después de la muerte? Me acordaba de mis abuelas. Hacía años que no escuchaba sus voces, que no tenía sus chascarrillos ni tampoco esos comentarios aduladores. Ya no volvería a oír ese “guapa” de mi abuela, ni que me dijesen que mi voz era preciosa. Tampoco tenía a Rochester para que se restregase contra mis piernas cuando me viese triste.

Suspiré profundamente sintiéndome al borde del colapso. Uno solamente valora lo que tenía cuando lo pierde definitivamente y ahí estaba yo, maldiciendo a la vida por quitarme todo lo bueno que alguna vez podía haber llegado a tener.

Podía imaginarme a ambas, igual que dos niñas, jugando en el cielo y ahora Rochester se había unido a sus juegos. Y sí, quería creer en el cielo porque para personas tan buenas no podía no existir nada después de la muerte. Tenían que tener algo que les permitiese comprender el sufrimiento en la vida terrenal.

Había comenzado una investigación inmensa. El hospital en el que trabajaba estaba involucrado. Les había contado lo ocurrido con ese día libre, con todo lo que Douglas parecía haber podido manejar y ahora había muchas cosas en cuarentena. Existían muchos investigados, aunque debido al cadáver de Rochester que se le atribuía y la última joven fallecida que había sido encontrada en las mismas circunstancias que me había contado a mí, tenían suficiente para que no pudiese salir de la cárcel hasta que se celebrase el juicio. El juez había negado la posibilidad de conceder una fianza por un gran riesgo de fuga y peligro hacia sus potenciales víctimas dado que dudaba por el análisis psiquiátrico que le habían hecho, que fuese a parar su manera de comportarse.

Aquello me había hecho respirar un poco más tranquila. Sin embargo, la casa se me caía encima. Lo único que me daba fuerzas era saber que Chloe tenía planeado venir a visitarme. Sus pleitos legales parecían haber salido bien. Les había puesto en contacto con Heinrich y este les había negado toda posibilidad de buscar pruebas. Podían denunciar y que se investigase el caso, así que tenían esa ventaja. Por lo visto, los Sarkozy habían ido más allá de lo que debieron y por ese motivo, habían logrado encontrar un hilo del que tirar. La historia contada por Chloe y Michael tenía todo el sentido para refutar su denuncia. Así que, finalmente, había podido mantener el negocio con el nombre que ella había querido y se les había negado a los Sarkozy la posibilidad de acercarse a ellos.

Como la justicia se había metido en medio, habían dejado de estar interesados, por el momento, el casa de la cuñada de Chloe. Ella se había enfadado considerablemente y les había echado la culpa a su hermano y a mi amiga. Lo cuál casi me hizo pedirle a Michael que le ofreciese la posibilidad de ir al psicólogo porque ahí había una conexión, mínimo, que no se había hecho de forma adecuada.

Había leído las cartas de Gustav una y otra vez. Sentía tanto haberme alejado de él. Pero quizá era ese mi sino. Siempre alejaba a las personas que realmente me querían. No obstante, yo le había necesitado tanto y no había estado durante demasiado tiempo. La preferencia estaba en el trabajo y una relación no se podía mantener así. Lamentaba su sufrimiento y quizá debería haber hecho algo para evitarlo, aunque sus sentimientos tan vividos con su ex me hacía pensar si yo había estado en su corazón sola o el recuerdo de Anais aún permanecía perenne. Amar no es igual que estar enamorado y ahora me planteaba qué era lo que yo había sentido por Gustav, lo que sentía por William, lo que había sentido por cada persona de mi vida.

Pensar solamente lograría hacerme recordar situaciones, hacerme creer que todo era por mi culpa, que yo había permitido que pasasen todas y cada una de las ocasiones que les habían separado de mí. Luego, intentaba razonar y descubrir que dos personas no se separan, ni dejan de hablarse, si una no quiere. Y en muchos de los casos no habían intentado acercamiento alguno.

Mi mente daba vueltas también al tema Eliza. ¿Quién era esa mujer? ¿Qué me estaba perdiendo de todo aquello? No tenía sentido preguntar a nadie porque ni William me lo contaría ni lo haría Catherine sin tener el beneplácito de su hijo dado que era algo muy privado. Ella me había pedido que entendiese que igual que no le había contado mis intimidades, tampoco podía aprovecharse ella en ese momento de su posesión de conocimiento. La relación que manteníamos ambas en todo momento versaba en los límites de médico y paciente. Así lo habíamos dejado claro y como no formaba parte de la familia habíamos preferido mantener ese perfil.

Apoyé mi cabeza en el respaldo del sofá mirando hacia el lugar donde Douglas siempre se había sentado. Jamás podría sentarme en ese sofá. Era igual que si aún estuviese sobre él poseyéndolo, mirándome con esos ojos acechantes, esa mandíbula cuadrada y apretada, ese olor a tabaco rancio mezclado con su fragancia carísima. Sabía que no se iría de mi mente su forma, su presencia imponente, en mucho tiempo. Había dejado una marca grabada a fuego clarísima. Formaría parte de mis pesadillas, de esas angustiosas en las que me despertaba sin saber si eran reales o no por lo extremadamente plausibles que parecían.

Pensé en qué hacer. Temía moverme. Quería desaparecer e irme a casa. Necesitaba el abrazo de mi madre, aunque no sabía hasta qué punto podría llegar a tenerlo. ¿Me comprenderían si les explicaba la situación? ¿Podría hacerlo?

Entonces recordé a Livia y me sorprendió darme cuenta que había pasado mucho tiempo sin una respuesta a mis correos. Me metí en mi correo gracias a la aplicación del teléfono y rebusqué entre la bandeja de entrada. En los importantes no había nada de ella, miré en aquellos que no eran prioritarios y en la carpeta de Spam, donde finalmente encontré uno con el nombre de mi paciente como asunto. No me sonaba ese correo, ni lo más mínimo.

Lo abrí. Vi un enlace a un periódico español. Cliqué en el enlace y me llevó al artículo que jamás hubiese deseado leer. Livia se había suicidado dos semanas atrás.

2018 / Ago / 10

Se me había parado el corazón. Tenía a Douglas a mi espalda, dispuesto a hacer vete a saber qué. Su aliento acariciaba mi piel, pero lo sentía igual que se fuesen los vapores de un volcán abrasando todo aquello que rozaban. Ni tan siquiera sabía si podía moverme o no. ¿Y si tenía algún cuchillo en la mano? No dejábamos de estar rodeados de cubiertos por todas partes. Esperaba, aun así, que la mínima fachada que tenía que mantener permaneciera intacta, que siguiera demostrando al mundo que era ese caballero que en su interior escondía una de las más oscuras criaturas creada por el hombre.

— Te desea, sí, es innegable, pero no siente lo mismo que tú, jamás podrá sentir lo mismo que tú —sus palabras eran casi tan venenosas como su mismo tacto.

William había puesto los ojos en él y no se había movido durante unos instantes. No podía creer que permitiese que él me estuviese tocando, estuviese cerca de mí. Quizá tenía razón. Quizá Douglas sabía leer la realidad entre William y yo. No obstante, sin que yo me percatase de ello, empezábamos a ser el espectáculo del restaurante.

— ¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunté con un hilo de voz—. No le conoces.

— Me temo, Kyra, que eres tú quien no le conoce… Oculta casi tantos secretos como años tiene y Eliza es uno de ellos…

No supe si fue porque volvió a escuchar el nombre maldito o porque ya no podía aguantar más. William se acercó y le dio un puñetazo en toda la nariz olvidándose de modales, de policía y de todo lo que cualquiera hubiera podido tener en consideración para comportarse.

Douglas lo esquivó con facilidad. Soltó una carcajada y se dirigió hacia William quien ahora era su centro de atención.

— ¿Esa es tu forma de defenderte, Verdoux? ¿Por qué no me sorprende?

Los ojos azules de éste estaban puestos en el hombre que la policía tendría que haber atrapado antes siquiera de que pudiese tocarme.

— Cuéntale a Kyra. ¿Qué fue lo que realmente ocurrió cuando te fuiste de casa por primera vez?

— Cállate.

William volvió a golpear, aunque en esta ocasión también dio al aire. Douglas era rápido, pero me sorprendía la habilidad del literato para dar tantos golpes como un verdadero boxeador. El último terminó impactando en la mejilla del empresario quien trastabilló ligeramente hacia atrás. Parecía sorprendido por no haber podido evitar ese golpe.

— Buen derechazo, Verdoux. ¿Quién te enseñó a pelear así?

Su sonrisa era macabra. Me había levantado de la mesa para intentar pararles, pero ¿podría hacer yo algo frente a esos dos mostrencos? Además, Douglas parecía estar dispuesto a irme desvelando los misterios de la vida de William poco a poco, tirando de la manta.

— No hace falta que te enseñen para pelear, ¿a ti te tuvieron que enseñar?

Parecía que un “nenaza” se había quedado en el aire, sin pronunciar. Ambos se hablaban con el mayor de los ascos, odio y rechazo. ¿Cómo dos hombres que ni tan siquiera se conocían podían detestarse tanto? Además, ¿por qué me parecía que yo ya no tenía nada que ver en toda la pelea? Era casi por el orgullo que por otra cosa.

Douglas terminó golpeando y lo hizo certeramente al rostro y estómago de Verdoux junto con los gritos ahogados de asombro de todos los presentes.

— William… basta, por favor —pude musitar agarrando su brazo y tirando de él.

— Seguro que no es la primera mujer a la oyes decir eso, ¿verdad?

William logró parar uno de sus golpes con su propio brazo antes de escuchar las palabras que fueron letales para su pérdida del oremus.

— ¿No fue Eliza la que te pidió una y otra vez que dejases de pelear mientras…?

— ¡Cállate! —bramó el literato que terminó golpeando todo el cuerpo del empresario enzarzándose ambos en una pelea como no había visto en mi vida. Ni tan siquiera todos los luchadores de la WWE podían haber dado un espectáculo que me pareciese tan atroz. Se iban a matar. Iban a terminar el uno con el otro.

— ¡Parad, por favor!

Intenté quitar a William de la trayectoria de Douglas porque no creía poco probable que aquello que había hecho con cada mujer no terminase ejecutándolo en el cuello de William hasta arrancarle la vida en mitad del restaurante con cientos de testigos.

Recibí un codazo que me hizo caer al suelo y la policía, al fin, entró en el local. Todos los presentes estaban asustados, temerosos. La rubia llena de silicona había hecho hasta lo imposible por acercarse a William, un William que estaba fuera de sí. Tenía los nudillos rojos por los golpes, le chorreaba sangre de la nariz y Douglas tampoco estaba mucho mejor.

Tras ponerle las esposas a Douglas y leerle sus derechos, me buscó con la mirada. Supo lo que había hecho. Le había traicionado de todas las maneras posibles. Quizá no fuese él quien matase a Rochester, o puede que sí, pero que fuese tan solo una advertencia y que no supiese en realidad lo que había ido a hacer a la comisaría. Me dedicó una de esas miradas, esas en las que sabes que estás sentenciado de por vida. No se iba a olvidar de mí fácilmente.

William, mientras tanto, estaba siendo curado de sus heridas por su agente usando una servilleta del restaurante porque no tenían nada más a mano. Histérica había pedido varias veces el botiquín y después se había puesto a decirle lo poco que yo le convenía. Que yo era la culpable de esta situación por ser una cualquiera. El literato no había dicho esta boca es mía, no me había defendido, no había hecho absolutamente ningún intento por acercarse a mí.

Nuestras miradas se cruzaron y rápidamente la desvió. Comprendí el mensaje. Lo que fuese que tuviésemos había terminado por completo.

Me quedé con la agente que quiso ayudarme a salir de allí y accedí a irme cuanto antes. Lo único que había hecho  había sido estar rodeada de dos idiotas, a cada cual con más misterios desconcertantes que el otro, con más mentiras, con más oscuridad… Quizá Douglas tuviese razón y no conociese absolutamente en nada al verdadero William Verdoux. Tras esta noche, no sabía si quería conocerlo.

2018 / Ago / 09

Callarme cuando estaba furiosa no era una de las técnicas más hábiles. El tiro solía salirle a todo el mundo por la culata. Sin embargo, William no quiso ir a más, se mantuvo ahí, en un beso y después, me dejó llorar contra su pecho.

Ambos sabíamos lo que teníamos que hacer. Aquella noche iríamos al restaurante al que ya tenía planeado llevarme William, de forma que nadie pudiese sospechar nada. Esperábamos que no fuese tan listo como decía que era, porque de ser así, todo terminaría sin haber empezado siquiera, o terminaría peor aún de lo que yo hubiese podido desear nunca, con mi cuerpo a saber donde abandonado a la suerte de quien quisiese encontrarme cuando ya estuviese irreconocible.

Si aparecía, la policía lo atraparía.

Nos arreglamos como si no temiésemos nada. William no me dejó sola ni un solo segundo. Estaba temeroso, sí, temía por lo que pudiese llegar a pasarme si él no estaba delante para golpear a quien intentase hacerme lo que fuese o para llevarse la bala si me disparaban. Quizá, mi romanticismo idílico estaba viendo en él cosas que no sentía, pero sí era cierto que no me dejaba sola ni a sol ni a sombra.

Habíamos pasado la tarde como mejor habíamos podido. Nos habíamos ido arreglando con calma recordándole al otro que no estaríamos solos, que todo iría bien. La policía iba a estar allí, el operativo estaría listo. Simplemente teníamos que intentar cenar, eso era todo.

William había llamado a un taxi. Nos subimos a él y tuve cuidado de que no se escapase nada de mi pecho por el pronunciadísimo escote que tenía. Normalmente no estaba nada segura llevando vestidos así, pero si el asunto iba de provocar, debía hacerlo, ¿no?

Los labios de Verdoux se encargaron de recordarme su presencia deslizándose muy lentamente por mi cuello. Me sorprendía que estuviese lo suficientemente tranquilo para dedicarse a jugar de esa forma. Sus labios me hacían estremecer por completo y cerrando mis ojos el camino se me hizo mucho más corto que si hubiese estado pensando en Douglas.

Bajamos del taxi y caminamos hasta el interior del restaurante. Todos nos miraron por alguna razón que yo desconocía, pero me percaté cuando observé que la mayor parte de las mujeres no lucían un vestido tan… vistoso como el mío. Me sonrojé hasta las orejas. Aunque aquel momento de vergüenza rápidamente se vio eclipsado por el horror que atenazó mi estómago cuando Douglas rozó la parte baja de mi espalda con las yemas de sus dedos entrando en el restaurante justo después de nosotros.

— Está… tan apetecible, señorita Mijáilova —el susurro en mi oído me puso la piel de gallina y no en el buen sentido.

¿Cómo había llegado allí tan pronto? ¿Cómo habían permitido que entrase al lugar? Mi corazón latía dolorosamente recordándome que aquel hombre hubiese dado lo que fuese en ese momento por acabar con mi vida o por terminar revolviendo en mi interior hasta llevarme a la locura más extrema. Si hubiese sido un lobo, como el de Caperucita roja, sabía que se hubiese relamido dispuesto a cazar.

A mi lado, William había estado a punto de saltar, de realizar algo de lo que se hubiese arrepentido pues en aquel restaurante no estábamos solos sino también su agente. ¡Qué casualidad! Aquella mujer me ponía enferma. No sabía qué temía más, si sus tentáculos o la manera en la que Douglas me arrancaba la ropa con la mirada. ¿Cómo podía llegar alguien a tener una obsesión tan grande por mí en tan poco tiempo? Bueno, en realidad, ¿cómo podía alguien obsesionarse conmigo? No tenía sentido, no le encontraba lógica, pero sospechaba que debía ver en mí a Grace de alguna forma y por eso sentía atracción hacia mi persona.

Caminé con William hacia la mesa que nos habían reservado. En el trayecto pasamos por la mesa donde Miss Silicona le miraba con esos ojitos de corderito que no engañaban a nadie. Mientras tanto, mi mente sentía los dardos que me clavaban las miradas de Douglas que no se desviaban de mi anatomía ni por un solo momento.

Me senté en el lugar que me indicó el literato. Me había puesto de forma que él quedaba de espaldas de Douglas, porque creía que no se controlaría si seguía viendo que estaba dispuesto a pasar por delante de él aunque fuese mi acompañante. ¿William celoso? ¿No se suponía que había que tener miedo? Nunca entendería la mentalidad de los hombres por mucho que lo intentase. La lógica desaparecía aunque yo tampoco es que fuese demasiado común en muchos instantes.

El camarero nos entregó una carta a cada uno y se fue para servir a otros comensales. Intenté fijarme en lo posible en el nombre de cada uno de los platos. No me sabía el nombre ni el aspecto de la mitad. O era mi escasa concentración o temía no había leído ese tipo de platos en mi vida. Después, me percaté que era la traducción al alemán que tenían en aquel restaurante por deferencia a los familiares del dueño que iban de vez en cuando. Los nombres de los platos estaban escritos en un inglés perfecto justo debajo, con una letra más pequeña, pero lo suficientemente legible.

— Ahora mismo vengo…

William se levantó para ir hasta la mesa donde estaba su agente. ¿En serio? ¿Estaba tomándome el pelo? Me había dejado tirada en la mesa teniendo a un tiro de piedra a un hombre que deseaba quitarme la vida y él se iba con la rubia artificial sin importarle mi propio bienestar ni míseramente.

Fruncí mi ceño, tan molesta que casi le tiré la carta a la cabeza, aunque con mi puntería seguro que la hubiese terminado dando a la rubia en una de sus tetas de silicona.

El chasquido de la lengua de alguien me hizo dar un pequeño respingo en el asiento. Sin que me hubiese percatado, Douglas se había situado justo detrás de mí, rozando con sus dedos mis brazos antes de hablar.

— ¿Y aún así lo prefiere a él? Ni aún sabiendo que podrían terminar con su vida con un solo disparo o de la peor manera posible, se mantiene a su lado. Juega con usted, con su amor y le deja, Kyra… ¿cómo puede ser tan inteligente para algunas cosas y tan tonta para otras? Él no la ama ni lo hará nunca porque su corazón siempre ha pertenecido a Eliza.

Y fue casi inmediato pronunciar Douglas su nombre, que William se girase y tener la certeza de que aquello iba a terminar increíblemente mal.

2018 / Ago / 09

— ¿Puedo saber ahora de qué iba todo eso de la policía? ¿Quién es ese hombre de la foto?

Habíamos llegado hacía tan solo cinco minutos al interior de nuestro hogar, o del que había sido mi hogar durante un espacio tan corto de tiempo que casi me había parecido imposible. La idea de tener que dejar todo aquello de nuevo comenzaba a hacerse palpable salvo que consiguiesen pillar a Douglas, o como a diantres hubiesen dicho que se llamaba en realidad.

— Era o… es teóricamente aún, un paciente.

— ¿Un paciente? ¿Y su código deontológico, señorita Mijáilova, dónde lo ha escondido?

Le miré enarcando una de mis cejas y esperando que ese comentario fuese un vano y horrible intento por hacer una broma en ese momento. Me senté en el sofá donde había observado a mi paciente contarme los peores secretos que hubiese escuchado nunca, además, de ese deseo porque me picase la curiosidad para saber algo sobre la vida de William.

Fruncí mi ceño. Intenté calmar mis emociones. Ese ser abominable seguía por ahí, seguía libre a pesar de haber matado o mandado matar a mi perro. A pesar de haber quitado la vida a once mujeres contando a la pobre que había tenido la horrible mala suerte de parecerse mínimamente a mí.

La policía no había encontrado aún ese cadáver, pero esperaban que en lo posible pudiesen encontrar las pruebas necesarias para no tener tan solo la confesión grabada, sino poder asegurar que esa joven que decía haber matado no era otra que ese cuerpo sin vida que permanecía allí, en soledad, a saber donde, sin que nadie hubiese sabido que acababa de fallecer por el placer sádico e incomprensible de un hombre trastornado de una forma inimaginable.

Me abracé las piernas y aquello pareció hacerle entender a Verdoux que no debía hacer bromas, no en ese momento.

— Me contactó en Belfast. Se acababa de ir hacía poco y había sacado a Rochester a pasear. Mi perro se puso a ladrar, a gruñir, y él ni tan siquiera nos había visto. Iba con una mujer y se metieron a un vehículo. Quiso saber mi nombre, no se lo dije y me alejé lo más deprisa posible de ese hombre, pero el coche volvió a aparecer. Él no salió, lo hizo su chófer quien empezó a llamarme. Me negué a escucharle y seguí adelante, hasta mi hogar. Cuando pude llegar al piso, le vi por la ventana, apoyado en el carísimo coche, fumando un cigarrillo y tan vestido como si no acabase de oírle hacía tan solo unos minutos tirarse a aquella mujer en su coche —me quité la coleta y me hice un moño porque necesitaba calmar la ansiedad que tenían mis propios dedos por moverse, por hacer algo diferente a lo que estaban haciendo—. Tiempo después, cuando conseguí el trabajo aquí, se puso en contacto conmigo. Me hizo una… entrevista, si es que se le puede llamar así y me hizo firmar un acuerdo de confidencialidad vitalicio. Solamente si uno de los dos moría cualquiera podía hablar.

— Aceptó algo semejante, entonces.

— ¡Por Dios, William! Lo máximo que podía ser era un acosador, nunca me había tenido que enfrentar a nadie con tanta mierda en la cabeza. No, al menos, que resultasen peligrosos. Así que sí, acepté, me parecía un chollazo por escuchar a un ricachón creído contarme sus problemas con las mujeres o a saber qué. El único problema es que todo fue mucho más grave de lo que yo esperaba.

— Podía haberlo pensado antes cuando la había buscado sin conocerla como un maníaco —su rostro y voz se habían tornado tan fríos que estuve a punto de explotar con una risa sarcástica y un comentario que tuve que comerme, pero no fue necesario decirlo, él se dio por aludido solamente con mi mirada—. Usted misma debería saber que no son comportamientos normales.

— Sí, lo sé. Y por eso mismo tendría que haberme alejado de usted, el primero.

Mis palabras tuvieron un gran peso. Ambos nos habíamos alterado considerablemente. El literato no me dirigió la mirada mientras iba hasta la cocina tras susurrar un “me haré un té” que prácticamente había tenido que adivinar porque me había costado entenderlo por lo bajo que lo había pronunciado.

Estuvimos en silencio el tiempo que tardó en hacerse el té. Aproveché todo ese tiempo para elegir exactamente qué podía llegar a decirle. No sabía si era conveniente que supiese que era un asesino. Quizá solo debía saber que se había obsesionado conmigo y ya está. No comprendería que hubiese querido tratarle al saber que era un homicida.

Fruncí mi ceño cuando se sentó delante de mí. Estaba en el mismo lugar que había estado antes él. Ese ser que había trastocado mi vida de una forma aún peor que lo había hecho William.

— ¿Por qué ha matado a su perro?

— Porque no cumplí sus términos, sus reglas ni quise tampoco acceder a ser “suya” y no “tuya” —le miré encogiéndome de hombros antes de apoyar mi cabeza en la butaca. Por la reacción de William estaba claro que hubiese preferido que le dijese que era asesino.

— Así que se ha obsesionado con usted… No sé porqué no me sorprende —bufó mirándome como si yo tuviese toda la culpa—. ¿Ha estado intentando conquistarle también?

Abrí mis ojos como platos sin poder llegar a creerme lo que estaba escuchando.

— ¿Y me lo dice quien por lo que sé se mete las noches que no viene aquí a la cama de la pelirroja despampanante que tiene en su casa viviendo como si tal cosa? ¿Al que no le importa ni una condenada mierda como yo me sienta cuando pronuncia el nombre de otras mujeres en sus sueños? ¿Al que le da igual pensar que he sido yo quien he intentado quitarme la vida en lugar de creer que alguien ha podido atacarme o que me haya dado un shock? —dije tan alto que podía sentir una puñalada en mi garganta con cada palabra.

William se quedó en silencio. Se limitó a mirarme. Luego, se levantó en un solo movimiento, cruzó la distancia que nos separaba, me agarró de los hombros y apretó mi cuerpo contra el suyo terminando por besar mis labios como lo había hecho en el hospital. Podía sentir en ese beso el temor a perderme envolver mi corazón hasta apretarlo igual que si lo hubiese rodeado una malla de aquellas usada en las guerras o para evitar que alguien escapase de donde se suponía que debía estar encerrado. Protecciones que desgarraban la piel y ahora el corazón.

2018 / Ago / 09

Pillar a Douglas no parecía algo fácil. Bueno, a quien era realmente Douglas. No podía acordarme de su verdadero nombre cuando ya le había llamado de esa forma desde el principio. Sería difícil hacerse a la idea de otro nombre. No obstante, ahora mismo no era lo que más me importaba. Quería quitarme de la cabeza lo sucedido con Rochester. Su cuerpo sin vida, su pelaje lleno de sangre… todo me había resultado tan aterrador como si hubiese visto la peor película de miedo de la historia del cine.

La policía me había propuesto una manera en la que intentar atraparle. Sería mucho más fácil poder cogerle cuando no estuviese en su terreno, cuando estuviese persiguiéndome. Tal y como habían escuchado en la cinta estaba dispuesto a lograr que fuese suya de la manera que él considerase oportuna, por lo que lo más probable es que me persiguiese a cualquier tipo de cita que tuviese con aquel que él consideraba su mayor enemigo. William tenía que entrar en todo aquel plan, pero yo no sabía si sería lo mejor que él supiese lo ocurrido entre ambos. No sabía cómo podía llegar a reaccionar con los celos de por medio y sí, estaba bastante nerviosa por lo que pudiese suceder entre ambos.

Heinrich me acompañó hasta el lugar donde decidieron mantenerme durante unas horas aunque tendría seguridad de paisano cuando hubiesen encontrado la ubicación correcta para mantenerme vigilada.

— ¿Estás bien?

— ¿Puedo estarlo? —le miré de forma que le hacía entender que me había preguntado una soberana tontería.

— Seguramente pronto estarás mejor… Solamente tienes que dejar que pase el tiempo.

Permití que me acurrucase en su pecho hasta que la puerta volvió a abrirse. Habían ido a buscar a William y allí estaba. Al verme abrazada a Heinrich prácticamente se le salieron los ojos de las órbitas, pero cuando fui consciente de su presencia, me levanté y me apreté al pecho del literato quien me recibió en sus brazos sin echarme en cara absolutamente nada porque las lágrimas seguían aflorando por mis mejillas.

— ¿Es cierto? ¿Han matado a Rochester?

Asentí sin encontrar aún la voz para poder decirle palabra alguna. Me apretó un poco más a su cuerpo. Cerré mis ojos y no tuve ni que imaginarme lo que estaba ocurriendo entre los hombres que estaban allí retándose con la mirada. Podía sentir lo tenso que estaba William por la forma en la que se contraían los músculos de su espalda. Mis dedos se aferraban a su camisa. Pude escuchar un carraspeo y después, William decidió romper el hielo.

— Soy William Verdoux y ¿usted?

— Heinrich Hamann…

— El famoso abogado…

Sabía que William le había reconocido. Tenía en su cabeza grabado el rostro del hombre que había sido para él una amenaza el mismo día de su cumpleaños. Él me había dejado la tarjeta en mi bolso, pero de todos modos, sabía que no tenía que ser plato de gusto haberme encontrado abrazada a otro hombre, aunque siendo realistas yo había tenido que verle con la condenada pelirroja sin tan siquiera esperarme de ninguna manera que pudiese necesitar su presencia.

— ¿Le ha llamado a él antes que a mí?

Alcé mi mirada para fijarme en sus ojos que me estaban castigando duramente por ese hecho. Esperaba que se le quitase la tontería en cuanto supiese todo lo que había pasado porque si me seguía culpando por una idiotez así sería yo quien le terminase cruzando la cara frente a todos los policías del cuartel.

Era la hora de comer, por lo que nos habían traído algo a Heinrich y a mí. Insistían en que comiese algo más y había tenido que darles a los policías las señas con las que se podían poner en contacto con Catherine a quien aún tenía que devolverle el teléfono.

— Disculpe, pero Kyra no tuvo otra alternativa. Hizo lo que creía mejor para mantenerle a salvo aunque quizá no debiera hacerlo…

Esa última parte de su comentario me hizo girar mi cabeza hacia el letrado que parecía haberlo dicho en un tono hiriente del estilo “usted sobra completamente en todo este cuadro, Verdoux, pero le permito estar”. También podía ser que estuviese poniendo en duda mi buen juicio y no sabía cuál de las dos posibilidades me ponía de peor humor.

— La señorita Mijáilova puede responder por sí misma.

Un momento, ¿estaba en un concurso de ver quién era más macho? ¿En serio? ¿En un momento como ese? Iba a mandarles a los dos al mismísimo infierno, pero me limité a separarme e ir a comerme el bocadillo que no había podido catar hasta el momento. El recuerdo de Rochester no me dejaba probar bocado y sabía que sería después mucho peor cuando tuviese que volver a irme a mi hogar, sola, sin nadie que me protegiese. Mi cánido ahora solamente podía ladrar desde donde estuviese.

— ¿En serio la sigue llamando de esa forma? Creí que erais pareja Kyra…

— No creo que tenga que darle ningún tipo de explicación sobre cómo llamo o dejo de llamar a Kyra —mi nombre sonó hasta con recochineo de su boca, como si fuese algo parecido a un insulto.

Le dirigí una mirada asesina. William pareció percatarse de lo que había hecho, pero sin un solo “lo siento” de por medio, caminó hasta la silla que estaba colocada al lado de la mía y tomó una de mis manos entre las suyas casi marcando territorio como los animales. ¿En serio, William? Solamente es un abogado, que está casado y que no me ve con esos ojos. Mi estado anímico no era el idóneo para aceptar aquellos celos como algo bueno, si es que los celos eran algo bueno en algún momento dentro de cualquier tipo de relación. Yo misma había padecido los celos enfermizos en carne propia siendo quien los sufría principalmente. No eran plato de gusto para nadie, provocaban malentendidos, discusiones, dolor, dolor y más dolor…

Sawyer entró en la sala justo en ese momento dispuesto a explicarnos todo el operativo, sabía que William no sabía nada sobre Douglas así que tenía toda la pinta de que me esperaba una horrible discusión en casa, bueno, si íbamos a casa.

2018 / Ago / 09

Catherine me había prestado su teléfono móvil durante el tiempo que había estado en el hospital. Gracias a ese teléfono había podido ponerme en contacto con Heinrich. Él había aceptado ayudarme si era algo tan urgente como parecía con la promesa de que le contaría todo lo antes posible. Había mandado la grabadora por medio de un mensaje y había puesto un nombre diferente en el paquete para evitar que Douglas se diese cuenta de todo eso.

Había guardado la carpeta y la grabadora en bolsas de plástico que había comprado, de esas para envasar al vacío los alimentos por lo que dudaba que fuese a sospechar algo si alguno de los que me estaban vigilando se había percatado de aquella compra. No era algo inusual, era de ese tipo de cosas que se tenían en casa.

— Ya lo tengo todo, señor Hamann.

— Perfecto, señorita Mijáilova. ¿Cree que sea posible que nos encontremos?

— No. Creo que lo único que puede hacer ahora mismo por mí es acompañarme a la policía cuanto antes.

— Nos veremos en comisaría en un cuarto de hora. Entraré antes que usted aunque si supiese algo sobre esta situación, me vendría de maravilla.

— Si todo sale mal… quizá sea mejor que no lo sepa.

Colgué. Después subí las escaleras y me puse los zapatos. Salí de mi hogar con la correa de Rochester de la mano y un bolso en el que me cupiese todo lo que tenía que llevar a la policía. Respiré profundamente y mi perro se restregó contra mi pierna para darme todos los ánimos posibles. Era como si supiese lo que estaba pasando en ese momento.

Caminé intentando parecer relajada por el recorrido habitual que siempre seguíamos Rochester y yo. Solamente tendría que desviarme en una calle hacia la derecha en lugar de la izquierda para poder ir a la comisaría de policía. Mentiría si decía que no estaba nerviosa, temerosa, con ganas de vomitar, pensando que Douglas aparecería en cualquier momento, me metería en algún coche y acabaría finalmente conmigo.

No lo hizo. Por suerte para mí. Cuando entré en la comisaría tuve que dejar a Rochester fuera. Busqué a Heinrich con la mirada y su traje de raya diplomática fue inconfundible entre tanto uniforme. Se acercó a mí. Quizá por instinto humano más que por otra cosa me abrazó, esperando calmarme.

— ¿Está segura de esto? Está temblando como un flan.

Asentí aunque no demasiado convencida. Él me guió hasta un amigo que tenía en el cuartel. El inspector nos esperaba en la sala de interrogatorios. Tuve que coger fuerzas y cuando creí que estaba al borde de la extenuación, comencé mi relato sin fijarme en las caras que seguramente podrían todos aquellos hombres haciéndome creer que estaba completamente loca.

 

 

Una hora y media después, el inspector había comprendido toda la situación. Se había puesto a escuchar la cinta que le había dado y había pedido que mandasen a analizar la carpeta dichosa. Heinrich había tomado mi mano y la había apretado para darme fuerzas casi sin poder creerse que todo aquello me hubiese ocurrido a mí. O, al menos, eso era lo que quería pensar. Deseaba encontrar en ellos apoyo y no reprimenda. Si ellos no me creían sería infinitamente más complicado librarme del verdadero final que me podía llegar a esperar en este mundo de las manos de Douglas.

Heinrich y el inspector Sawyer salieron a hablar. No tardaron demasiado en regresar. En la mano, Sawyer llevaba una carpeta, diferente a la que yo le había entregado y puso delante de mí ésta misma hasta que al abrirla me mostró el rostro de Douglas. ¡Era él! ¿Tan rápido habían podido averiguar todo?

— ¿Este es el famoso Douglas?

— Así es… es él.

— Llevamos detrás de él demasiados años, señorita Mijáilova. No habíamos podido encontrar nada y por lo que parecía había sido por lo listo que había sido y lo deficiente que habían terminado por trabajar mis hombres. Su nombre real es Christoff Owen McGregor. Es el dueño de una de las empresas más prestigiosas del Reino Unido y parecía tener siempre los contactos adecuados para que le dejásemos en paz. Pero quizá, algún juez que no haya sido comprado por él nos escuche gracias a usted.

Su ceño estaba fruncido. No parecía contento. Era como si no haber sido él quien hubiese atrapado a ese hombre hubiese hecho todo menos sorprendente, menos heroico, menos válido. Me preguntaba exactamente cuántos años hacía del asesinato de Grace.

Estuve dentro de la comisaría al menos una hora más para contar y que dejasen constancia de todo lo que sabía. Cuando estaba diciendo las últimas palabras, un agente entró en la sala y le susurró algo al oído.

— Señorita Mijáilova, ¿el perro que estaba en la entrada de la comisaría era suyo? —preguntó con una solemnidad que me asustó.

— Sí, ¿por qué?

La pregunta que me había hecho podía haberme dado todas las claves. Había usado el pasado y no el presente. Había preguntado por un perro que no tenía porqué haber molestado a nadie, nunca lo hacía.

Me levanté, intenté salir de aquella sala.

— ¿Qué le ha pasado a Rochester? —mi voz había salido distorsionada por la agitación y el miedo.

No había pensado en él. No había creído que nadie fuese lo suficientemente malvado como para actuar en Rochester cuando quería vengarse de mí. Creía que solamente las mujeres podían ser el blanco de su ira.

Ni tan siquiera sé de qué estaban hablando todos los presentes. Solo supe que me dirigieron hasta el lugar donde habían trasladado a Rochester. Tenía la esperanza de que estuviese vivo me hubiesen dicho lo que me hubiesen dicho los demás. Si estaba vivo había una posibilidad, siempre había una mínima posibilidad.

Sin embargo, allí estaba, completamente inerte, lleno de sangre, muerto. Llevé una mano a mi boca, rompí a llorar y me refugié en el abrazos que Heinrich me dio para sostenerme. Había matado a mi perro. Había incumplido los límites que él había impuesto. Me habían visto entrar a la comisaría, Douglas había cortado por lo sano. Ahora, sí que estaba en verdadero peligro. Si había matado a Rochester en plena calle dudaba que le importase demasiado acabar con mi vida en las mismas circunstancias.

2018 / Ago / 09

Me quedé en silencio observándole. Intentaba, en lo posible, ceñirme al plan. Quería sorprenderle, pero las cartas que estaban sobre la mesa me sorprendían más a mí que a él. Quizá fuese eso mejor. Puede que si me pasase de lista en algún momento él podría sospechar sobre mis intenciones. Si era natural, si sentía náuseas, si le miraba con asco, podía tener lo que quería y salvarme por unos cuantos días más hasta que quisiese poner fin a mi vida y puede, que de esa forma, tuviese un mínimo momento para enfrentarme a la realidad y contarle la verdad a la policía con todas las pruebas que hubiese podido averiguar.

— Oh, antes de que se me olvide… —me entregó una carpeta y le dejó sobre la mesita de café entre nosotros.

El gruñido de Rochester no le evitó continuar el avance de su brazo hasta situarlo justo donde él deseaba. Después volvió a su posición sin quitar su mirada de mi rostro. Le mantuve lo que pude aquella muestra de control, de dominación absoluta. Terminé desviándola hacia la carpeta, pero no hice ni un solo ademán en abrirla.

— ¿Qué es lo sabe sobre Eliza? Sea concreta.

— Ya fui lo suficientemente concreta. No sé quién es, solamente sé que es parte del pasado de William. Y no entiendo qué placer encuentra usted en saber eso.

— El conocimiento es poder…

Se quedó pensativo. Podía ver los engranajes de su cabeza moviéndose a una velocidad pasmosa mientras asimilaba la situación que le acababa de plantear.

— ¿Por qué está con él, Kyra?

— Creo que le respondí a su pregunta anterior. No debería hacerme otra.

— Concédamelo… queda poco tiempo. Déjeme saber porqué está con él.

— No es de su incumbencia.

— ¿Y sus preguntas sí de la suya? Si yo no le concediese el favor de entrar en mi mente, no tendría derecho alguno a ello. Sea buena, no le cuesta nada, dígame porqué…

Apreté mis labios dispuesta a decirle lo que quería escuchar, pero si cedía, si le permitía salirse una vez con la suya el poco control que tuviese de la situación habría desaparecido por completo.

— Si no está dispuesto a responder ninguna pregunta mía más, creo que la sesión la podemos dar por finalizada.

Me observó unos segundos y después soltó una carcajada. Negó con diversión antes de inclinarse hacia delante.

— ¡No! ¡Dígame que usted no! ¡Le ama! No le conoce, pero le ama… Un patetismo solamente digno de seres inferiores. Creía que era más inteligente.

Fruncí mi ceño antes de responder, pero decidí callar por lo que él siguió con su discurso sobre los sentimientos ajenos innecesarios y tediosos.

— Debería ser más sensata y ser mía. Yo podría proporcionarle lo que él jamás podría darle.

— ¿Por qué debería ser suya si una de las connotaciones que eso tendría sería la posibilidad de perder la vida en cualquier momento por pertenecerle en todos los sentidos?

Entrecerró sus ojos y después negó antes de levantarse y caminar hacia mí. Hice lo propio y después me separé poco a poco mientras Rochester se ponía entre nosotros en un intento por evitar lo que parecía imposible.

— Si fuese mía no sería tan sencillo que acabase con su vida, además, piénselo, al menos conoce todos mis secretos mientras que los de su noviecito actual no tiene ni la más mínima idea.

— No creo que pueda ser peor que sus secretos…

— Puede que no —su sonrisa se ensanchó mientras bajaba la mirada hasta Rochester quien gruñía con la mandíbula apretada conteniendo un ladrido—, pero yo he confiado lo suficiente en usted para contárselos y sabría las reglas de antemano. Él, en cambio, no lo hizo.

Se colocó la corbata sin necesidad de mirarse en ningún espejo. No sé cómo lo hizo pero estaba milimétricamente situada en su lugar. De tener alguna desviación debía ser completamente imperceptible para el ojo humano, o puede que mi estado anímico no me permitiese darme cuenta de una desviación tan simple. Había cosas más importantes en las que pensar, como la distancia entre nuestros cuerpos, la posibilidad de huida, la espera de no haber sido descubierta en la trampa que le acababa de tejer.

— Piénselo. Si es inteligente le dejará antes de sufrir más por alguien que no la valora —señaló con uno de sus dedos la carpeta sobre la mesita de café—. Ahí tiene la copa del contrato. Se me había olvidado firmarlo y sin él, en fin, dudo que tuviese verdadero peso legal. Que tenga un buen día, señorita Mijáilova. Nos veremos pronto.

Caí sobre el sillón soltando un jadeo de extenuación. Me temblaban las piernas, a duras penas si me habían podido sostener el tiempo que había estado de pie. Puede que la adrenalina hubiese hecho más factible la posibilidad de mantenerme rígida sobre aquellas columnas hechas de mantequilla.

Rochester gruñó a la puerta, como si él siguiese allí, esperando, pensando, acechando o a saber qué hacía. Pero en el instante que el motor del coche me indicó que había desaparecido fui hasta el sofá donde él había estado sentado. Tenía que comprobar que todo, absolutamente todo había salido como lo había previsto. Quité la grabadora que había colocado detrás del sofá. El modelo que me habían podido mandar sin haber sido yo quien lo hubiese comprado. Heinrich me había ayudado en eso.

Paré la grabación, rebobiné y después le di al play esperando escuchar su voz. ¡Y ahí estaba! Se le oía perfectamente. Sí, tenía una prueba que refutase todo lo que yo podía decir, todo lo que realmente había pasado. Podía ponerle delante de la policía para que fuesen a por él y no muriese nadie más. Hubiese aceptado, incluso, esa posibilidad de ser “suya” de alguna forma siempre hubiese detestado. Además, gracias a la carpeta, tenía sus huellas dactilares. Ocurriese lo que ocurriese podrían identificarle.

Una pequeña sonrisa se deslizó por mis labios pensando que estaba, en lo posible a salvo, que nada malo me ocurriría ni a mí ni a ninguna otra chica y que ese misógino repugnante se moriría en la cárcel si teníamos la suerte de que le concediesen lo más parecido que hubiese en Inglaterra a la cadena perpetua.

2018 / Ago / 09

— ¿Ayer?

— Oh, sí, verá.. Normalmente no soy tan impulsivo, ni mucho menos, pero ayer me puso de tan mal humor con su insubordinación que tenía dos opciones, regresar a su hogar y acabar con el problema de raíz o ir hasta alguna otra mujer fácilmente accesible. Además, supe de su ingreso en urgencias, y temí que nuevamente, su impuntualidad e impertinencia se saliesen de los límites preestablecidos sin atenderme hoy. Por ese motivo, busqué a otra mujer, alguien con un físico particular… —uno de sus dedos se metió entre el cuello de la camisa y la corbata que llevaba aflojando el nudo que corrió con facilidad—, su físico, Kyra.

Mi respiración se disparó. Empecé a no sentir los dedos que querían moverse a una velocidad descontrolada. Solamente tenía algo claro en mi cabeza, la idea de escapar. Si había buscado a alguien que se parecía a mí, era porque quería acabar conmigo, simple, y por muy egoísta que sonase, no tenía tiempo para pensar en la joven que había pasado a mejor vida, sino en salvar la mía propia.

— ¿Quiere oír lo que pasó? No se preocupe, no pienso hacerle daño… Sé que me tiene miedo. Puedo leerlo en sus ojos, en la forma en que sus labios se resecan, en el sube y baja de su pecho oprimido en ese vestido… —sus ojos se habían quedado fijos en mis senos, pero en un parpadeo volvió a cruzar su mirada con la mía.

— Como usted quiera —de mi garganta salió un hilo de voz tan solo, pero él comprendió sin problema lo que había dicho.

— Estaba deseando que dijese esas palabras…

Le sorprendería la cantidad de jovencitas que se dejan engañar con la promesa de un sexo sorprendente, pero no fui a por una de ellas, no, no tienen su caché, su… estilo y por supuesto, no se dejarían hacer lo que fuese. Debía ser una mujer que pudiese doblegar fácilmente, alguien que me recordase a usted, apocada, temerosa, pero también con ese insufrible e inesperado carácter. No podemos negar que debía tener su figura. Su minúscula cintura, sus caderas generosas y sus senos grandes y exuberantes… Tenía que ser en lo posible igual que usted, así que podía quitar de la lista a las mujeres demasiado mayores y a las adolescentes tan fáciles de engañar. 

Comencé mi búsqueda y también a desesperarme. No sabía dónde llegaría a encontrar a alguien con unas especificaciones físicas tan concretas como las suyas. Además, seguramente debía tomarme mi tiempo para engatusarla, para permitir que confiase mínimamente en mí lo que cada vez me causaba mayor ansiedad. 

Entonces, la vi. Su viva imagen. Tendría unos ventialguno. La única diferencia era un piercing en lugar de sus tatuajes y un flequillo espeso sobre los ojos. 

La conquista fue más sencilla de lo que esperé, lo cual me resultó decepcionante. Sabía que usted me habría durado mucho más tiempo haciéndose la difícil o, incluso, huyendo de mí hasta que tuviese que pararla para que me hablase, apretando su cuerpo entre una pared y el mío propio temblando de miedo como esa misma mañana. 

La mujer cada vez se está haciendo más perversa, señorita Mijáilova. Debería cuidar a su propio género si no quiere que hombres como yo nos sigamos aprovechando de promesas vacías, sonrisas falsas y palabras que solamente usamos para conquistar corazones tan ingenuos como el suyo. 

Se dejó privar del sentido de la vista, del oído y atar de pies y manos. Hubiese sido perfecto de ser usted quien hubiese estado en esa posición. La besé, pero su sabor no era como aquel que mínimamente había probado de sus labios, así que no volví a tocar su boca, era innecesario. Yo quería su sabor, y ese sabor no podía tenerle nada más que de su boca. 

Me puse un condón. Usted es diferente, delicada, a usted hay que tratarla como si pudiese romperse, como si los cuentos de hadas fuesen reales. Y la penetré profundamente. Ella se quejó, le dolía. Sus gritos aumentaban mi placer. La embestí vigorosamente, susurrando su nombre… Kyra, Kyra, Kyra… Ella suplicaba porque parase, pero no podía moverse, así que se terminó rindiendo a mí, sin disfrutar, sin hacer su papel. No, tenía que haber hecho de usted, entregándose a mí, gimiendo mi nombre a cada embestida, y lo había hecho todo mal. 

Me corrí en su interior como si lo hubiese hecho en el suyo, pero el condón atrapó mi esencia. Furioso, salí de ella sin miramientos, me quité el preservativo, lo tiré donde creí que nadie rebuscaría y volví hasta ella. La golpeé con furia. Ella no me oía, pero le gritaba que fuese usted, que hiciese su papel. 

Terminé obligándole a hacerme una felación, a sentir su boca alrededor de mi pene y a que disfrutase o fingiese disfrutar si no lo hacía. Después, la maté. Había sido una burda imitación de mi verdadero deseo, poseerla. 

Tragué en seco. Aquel era el relato erótico más asqueroso que había escuchado en mi vida. El hombre que tenía ante mí había matado a una mujer solamente por no ser yo, pero él la había buscado a ella cuando había podido encontrarme a mí donde me había dejado tirada. Había gemido mi nombre cuando había alcanzado el orgasmo. Había perdido el oremus, una vez más, porque no habían hecho lo que se suponía que tenían que hacer.

Quería vomitar. Nunca, ni en mis peores pesadillas, hubiese creído que podía llegar a ser la obsesión de alguien. El problema estaba en que ese alguien, era uno de los hombres más peligrosos del planeta Tierra. Me estremecí de pies a cabeza bajando mi mirada al cuaderno donde tenía las preguntas para ver si podía llegar a tomar algún apunte sobre lo sucedido, fingiendo indiferencia, pero yo no era tan buena actriz como para tener una actuación de Oscar de ese calibre.

— ¿Por qué no vino a buscarme a mí?

— Porque de haberlo hecho, me hubiese perdido su rostro cuando le contase todo lo que la deseo hacer…

— ¿Incluido matarme?

Sonrió como lo haría el malvado de la película, y aquello era la vida real.

— Todo a su debido tiempo, Kyra. Ahora, es mi turno para preguntar.

2018 / Ago / 09

Estaba preparada. Hoy era el día que Douglas solía venir a mi hogar para su terapia. Tenía que fingir que no había tramado nada contra él. Necesitaba toda la información posible para ayudar a la policía en el caso de que no me creyesen. Además, tenía un serio problema, no sabía si Douglas era su verdadero nombre, suponía que no, pero… ¿quién sabe?

A la hora en punto llamaron a la puerta. Hacía un par de horas que William se había marchado. ¿A dónde? No quería pensar en ello por el momento. Había dado de comer a Rochester y éste permanecía a mi lado como si desease custodiarme a pesar de ser el hombre al que temía.

Abrí la puerta y le vi allí, con la impecable presencia que le caracterizaba que escondía al hombre sin escrúpulos que era en realidad. Sus ojos se posaron en mí, casi creí que estaba preocupado por mí. Después sospeché que no era más que una tapadera cuando no le importaba ni lo más mínimo. Si hubiese querido me hubiese matado allí mismo el día anterior.

— Se la ve desmejorada.

— Pase y siéntese, por favor —cerré la puerta en las narices a su chófer que parecía tener intención de entrar. Si ya era difícil enfrentarse a uno no iba a aceptar, en ningún momento, ser dos contra uno. Dudaba que su chófer me ayudase a seguir con vida cuando cuidaba a Douglas igual que si se hubiese caído del cielo en su magnificencia.

Caminé hasta el sillón donde solía estar. Él, ni tan siquiera rechistó. No era nuestro habitual modo de comportamiento, pero si creía que no habría cambiado ni mínimamente por sus actos, estaba muy equivocado. No era tan listo en lo que se refiere a la comprensión de los sentimientos humanos.

— Está muy seria.

— Preferiría que nos centrásemos en la terapia, si no le importa.

Giró levemente su cabeza hacia la derecha, su derecha, mirándome de reojo, examinándome de una forma que me ponía nerviosa. Intentaba estar serena, pero solamente personas con los nervios de acero podrían lograr algo parecido a una calma total frente a un asesino en serie que les ha amenazado.

— Muy bien.

— Tengo algunas preguntas que hacerle, si no le molesta.

— ¿Son estrictamente necesarias?

— Me ayudarán a comprender algo más la globalidad de los sucesos ocurridos en su vida. Hasta ahora las pinceladas son básicas, bastantes, pero concisas. Supongo que soy excesivamente curiosa, pero me gustaría entenderle, comprender su método, como le dije en reuniones anteriores y dudo que pueda hacerlo si no tengo la información.

— Parece razonable… —apoyó bien su espalda en el respaldo del sofá, sintiéndose visiblemente a gusto. Parecía que aunque todo aquello le había contrariado no había provocado nada extraño, ningún tipo de suspicacia extrema que me hiciese volver a temer por mi vida—. Siempre y cuando, me responda a otras preguntas también.

¡Mierda! Aguanté el fastidio que me ocasionaba ese cambio de planes. Yo no era nada más que la profesional, mi vida, en teoría, debía quedar fuera de todo esto, pero él tenía el control en toda esta situación, no eran terapias al uso, ni mucho menos.

— Está bien —le concedí finalmente.

Parecía complacido, así que no tenía porqué negarle algo tan simple de buenas a primeras, me las apañaría para que el final de la cita llegase antes de mi respuesta a sus curiosidad, si es que aún tenía esa opción viable.

— Supe sobre su infancia, encontré un posible motivo de su forma de comportamiento, no obstante, aún no sé el nombre de su padre ni el de su madre, por ejemplo.

Su mandíbula se tensó. No se esperaba algo así, estaba convencida. Intenté ocultar mi sentimiento de mínima victoria por ello. No todo parecía haberlo programado y etiquetado de manera que ocurriese en el momento que él más esperase. Aún había esperanzas con mi plan entonces, o eso creía.

— Son irrelevantes. No es necesario que los sepa ni yo pienso decírselo.

Estaba nuevamente en un callejón sin salida. Intenté encontrar una manera para que me respondiese, sin embargo, él fue más rápido que yo.

— ¿Quién es Eliza, señorita Mijáilova?

El nombre de aquella mujer en los labios de Douglas sonaba aún más terrorífico para mí, como si tuviese que enfrentarme a uno de mis mayores miedos junto a mi peor enemigo.

— Pensé que sería yo quien le hiciese las preguntas primero —intenté cambiar el tema de conversación queriendo que creyese que la sorpresa era a consecuencia de eso. Sabía que sería demasiado listo para tragarse una patética actuación de ese estilo.

— He creído conveniente que sería más divertido jugar a un juego. Pregunta por pregunta, como cuando se intenta resolver qué personaje es el que tiene el otro en el quién es quién. A ciegas, sin posibilidad de quitar cartas, pero mucho más interesante a mi parecer, ¿no lo cree?

— Si usted lo dice…

— Bien, prosigamos entonces. ¿Quién es Eliza, señorita Mijáilova?

Me sentía igual que en uno de esos concursos de la televisión en los que si dices la palabra correcta te llevarás un millón de dólares, pero en este caso, el premio estaba envenenado. Muy envenenado.

— Una mujer del pasado de William.

— ¿Solamente sabe eso?

— ¿Es esa otra pregunta?

Una sonrisa macabra se deslizó por sus labios e hizo el gesto de quitarse la chistera ante mí, aunque no llevaba ninguna sobre la cabeza.

— Rápida… Bien. Su turno, entonces.

Intenté recobrar el buen humor si es que era posible en aquella situación. Él sabía quién era Eliza, tenía información que yo no tenía, podía contarme toda la verdad. Podía salir de mi paranoia obsesiva o, al menos, saber a qué me estaba enfrentando en la vida de William. Estaba ante la encrucijada de hacer el bien, hacer lo que creía correcto o satisfacer mi propio anhelo de curiosidad que se había despertado con una rapidez inusitada.

— ¿Cuántas mujeres han caído entre sus manos?

Su rostro fue de completa decepción. Quizá creía que iba a caer en la tentación, que le iba a preguntar lo que mi mente suplicaba a gritos que le cuestionase, pero tenía un plan milimétricamente trazado, necesitaba llevarlo a cabo, y si más tarde podía preguntar por ella, lo haría.

— Diez —contestó con algo de desgana—. No, espere, once… Se me olvidaba la mujer de ayer.

Sentí nuevamente el color de mis mejillas palidecer. ¿Otra más? Tenía que pararle como fuese.