2018 / Ago / 11

Bruce y Zoe estaban contentos de tenerme en su casa. La forma en la que estaba todo decorado era sorprendente. Parecía que había sido ella quien se había encargado de la decoración salvo por algún pequeño detalle que indicaban los gustos de Bruce. Algún póster de uno de sus grupos favoritos, algunas películas y algún recuerdo del Rey del pop. Me hacía sentir como en casa. La cara de Michael Jackson provocaba una gran sonrisa generalmente en mi rostro, pero en ese momento tenía muchas cosas en las que pensar.

Me senté en el sofá donde me habían dejado acomodarme. Me apoyé en el respaldo y les conté la historia, al menos, lo que yo quería y necesitaba saber si tenía sentido o no había nada de razonamiento en todo lo que había terminado razonando. La única explicación verdadera la tenía William, o alguno de los miembros de esa familia.

— ¿Creéis que algo así tiene sentido?

Zoe y Bruce se miraron unos segundos antes de volver a tener toda la atención puesta sobre mí de nuevo. Zoe se levantó y acarició con dulzura mi mano tomándola entre las suyas. Eran suaves y delicadas. Estaban increíblemente bien cuidadas. Se notaba que se echaba crema porque no tenía ninguna zona mínimamente reseca o algo más áspera.

— Kyra, yo no me he encontrado a nadie con una condición como la que nos planteas, pero, en el caso que sea así, ¿cómo crees que podría marcarte a ti saber algo similar?

— No lo comprendería. Intentaría buscar una explicación plausible, lo sé, pero… no sé si sería capaz de comprenderlo. Me imagino en esa situación y me resulta completamente imposible algo así. Es… antinatura —me estremecí por completo porque la sola idea de imaginarme en esa situación me daba ganas de vomitar.

— ¿Y tendría sentido alguna explicación para ti? ¿Le encontrarías una lógica con la que pudieses vivir? —las preguntas de Bruce eran bastante más inquisitivas y tenía toda la razón del mundo al hacérmelas. No sabía si algo así podría mantenerlo en mi vida sin intentar saber cómo, hasta qué punto, toda esa situación había cambiado. O viviría continuamente con la sensación de celos enfermizos.

Me miraba igual que si fuese a desmoronarme en cualquier momento. Mi amigo se acercó a mí y me rodeó con sus brazos mientras soltaba un profundo suspiro. Tenía la sensación de que todo aquello iba a poder conmigo. Si era real, si algo así pasaba, no sabía si vería a William de la misma forma.

La imagen de su madre, la forma en que había hablado de Eliza, la palidez del escritor… Todo tenía sentido tan solo con esa explicación. Catherine no era la culpable de lo ocurrido. Catherine seguramente ayudó a que Eliza no siguiese teniendo el papel que tenía.

No podía esperar mucho más para intentar saber qué era realmente lo que estaba pasando. ¿Tenía sentido alguno obligarme a ello? Si nada tenía posibilidad de salir adelante quería saberlo, cuanto antes. Ya me había ilusionado demasiadas veces en una relación sin futuro.

Después de estar un rato con Bruce y Zoe casi como si no estuviese allí, me despedí de ellos dispuesta a caminar hasta la casa de la familia Verdoux. Con cada paso podía sentir el verdadero peso que significaba aceptar esa realidad. Era casi como ascender por una montaña y poco a poco irse quedando sin aire, sin que las piernas respondieran.

Mordí mi labio inferior antes de mirar la puerta. Aún tenía la posibilidad de desaparecer, irme sin más. Evitarme dolor, mantener la venda sobre mis ojos, pero mi cabeza hizo caso por primera vez a mi corazón. De ese modo mis nudillos tocaron la puerta y llamé después al timbre.

Pude escuchar unas risas y después vi el rostro blanquecino de la pelirroja en el que se estaba borrando la sonrisa poco a poco. Era más que evidente que no le agradaba ni lo más mínimo. Era algo mutuo y más si cuando levantase todas las tapaderas ella resultaba ser quien en realidad era.

— ¡Will ha venido una invitada para ti!

La voz de ella casi me resultó hiriente. Los pies descalzos de William aparecieron bajando las escaleras y cuando me vio, sus facciones se endurecieron. ¿Era yo la culpable de todo eso o era su propio miedo?

— Señorita Mijáilova…

— Tenemos que hablar —mi voz sonaba casi estrangulada, como si no pudiese escapar de mi garganta.

William miró a la pelirroja y asintió perdiéndose en el interior de su casa. Descendió los últimos peldaños y agarró el pomo de la puerta.

— Pase —cerró la puerta detrás de mí y luego subió las escaleras casi con pesadez.

Vi la parte de arriba de su hogar. Se notaba que era un lugar con adolescente viviendo en su interior. Intenté no pisar en ningún lugar que él no hubiese pisado antes, como si temiese que hubiese algún tipo de trama, arenas movedizas o armas letales como en los videojuegos cuando se llega a la pantalla final para vencer al último jefe, el más complicado.

— Aquí, por favor —abrió una puerta y entré dentro del que era su despacho. Ahora entendía menos que antes que hubiese querido tener otro en mi hogar, pero puede que el ruido en algunas horas de la noche hiciese que él necesitase otro lugar donde inspirarse.

Comprobé que era tan organizado como había sido en su otro hogar. Los papeles estaban perfectamente organizados con su caligrafía en ellos. Descubrir su guarida era casi aceptar que aquello terminaría siendo una despedida sin precedentes. Quizá, por eso, me costaba comenzar la conversación como en otras situaciones.

— ¿Qué le ha traído aquí, señorita Mijáilova?

— Tengo algo que contarle —musité antes de girarme sobre mis talones y mirarle fijamente.

— Ya le dije que si mi madre le ha dicho algo no tiene que hacerle ni caso. Suele desvariar, no está en sus cabales.

Negué suavemente sabiendo que sería aún más complicado de lo que había creído porque él no parecía estar dispuesto a hacerlo sencillo.

— No, no es eso… No tiene nada que ver con su madre, pero llevará tiempo. La historia es larga.

— Para usted siempre tengo tiempo —aquella afirmación mía provocó su sonrisa, como si se hubiese tranquilizado, pero sabía que duraría muy poco.

— Entonces siéntese y déjeme acabar con toda la historia antes de responder nada, por favor.

Frunció su ceño sin comprender, pero sin protesta alguna, se sentó en su lugar. Fui hasta el sofá que allí abarcaba gran cantidad de espacio imaginando que en más de una ocasión él se habría terminado durmiendo a altas horas de la madrugada sobre él.

— Recuerde, déjeme terminar.

— Lo tendré en mente.

Entonces, con un asentimiento me invitó a comenzar aquel largo relato que levantaría ampollas en ambos.

2018 / Ago / 11

— Seguramente él no te ha hablado nada de mí, ¿verdad? —suspiró antes de que le devolviese la fotografía que tenía muchos dobleces.

— Se equivoca, sí que me ha hablado de usted.

— Todo malo supongo… No fui una buena madre, no señor —susurró casi como si le diese vergüenza reconocerlo en voz alta o que fuese algo que no debía ser dicho.

— Si le soy sincera, dudo que haya muchas personas que recuerden muchísimas cosas buenas de sus padres si se separaron en la adolescencia o primera juventud —reí un poco intentando recordar cosas buenas de mis padres y siempre eran sota, caballo y rey, pero no tenía problemas en rememorar todo lo que me ponía de los nervios—. Los hijos somos bastante desagradecidos en ese aspecto, pero dudo que lo hiciese todo mal si él regresó a buscarla, ¿verdad?

— Es que mi hijo es un hombre muy bueno. Demasiado bueno. Por eso… por eso le terminó corrompiendo ella…

La observé. ¿Ella? ¿Quién era ella? ¿Por qué todo el mundo hablaba en clave y no decía los nombres abiertamente? ¿Acaso a esta “ella” podía tenerle miedo? Pensé que quizá podía estar hablando de Catherine. Hay madres que no soportan que sus hijos sean adoptados por otras mujeres y sienten odio hacia ella durante demasiado tiempo. Puede que esa fuese la verdadera solución a todo aquel problema. No era tan complicado. Una madre biológica odiando a la adoptiva.

— ¿Tú la conoces?

— Sí, claro que la conozco.

Ella hizo una mueca y después volvió a mirarme fijamente igual que si se hubiese dado cuenta de que había empezado una conversación conmigo hace un rato.

— Ella es mala, muy mala, Kyra. No dejes que se acerque a él. Fue demasiado tarde cuando me di cuenta de lo que había hecho. No sé ni cómo no me di cuenta, pasó justo delante de mí. Y le envenenó. Envenenó la cabeza de mi niño —gimoteó de forma que acaricié con suavemente su espalda, en un intento por reconfortarla y olvidándome del asco o no que podían darme sus pintas.

— Aunque no lo crea, señora, Catherine no es ninguna mala influencia para su hijo, pero imagino que tiene que ser algo muy difícil de digerir. Si estuviese en su posición, tampoco lo comprendería del todo, puede que jamás llegase a perdonarle que me quitase a mi hijo —admití porque debía ser el odio quien le hacía hablar sin darse cuenta de todo lo que la psiquiatra había hecho por aquel a quien aún llamaba “su pequeño”.

— ¿Catherine? —su frente se frunció—. ¿Es así como se hace llamar ahora esa arpía?

Me quedé completamente a cuadros. ¿Había cambiado de nombre Catherine Verdoux? ¿No era quien decía ser? Entonces, quizá, sí podía comprender la manera en la que hablaba de ella. No era muy usual cambiar de nombre sin algún motivo de peso, de mucho peso.

— No, no, no… que no te engañe, pequeña, se llama Eliza. Nada de Catherine. Es una mala pécora. Está podrida, muy podrida.

¿Eliza? ¿Catherine era Eliza? ¿Había tenido la solución delante todo el tiempo y no había sido capaz de encontrarla? Pero, un momento, si Catherine era Eliza, ¿quién era la pelirroja de la foto? Todo este lío me iba a causar un dolor de cabeza consideraba.

— ¡Madre!

Ambas nos giramos para ver a William que colgaba el móvil. Estaba preocupado, pero cuando me vio que yo era su interlocutora prácticamente se puso blanco, temeroso, como si su madre pudiese haberme contado aquello que guardaba tan secreto, y puede que lo hubiese hecho, si había entendido bien: Eliza era Catherine, una mujer que se podía haber aprovechado de ser adulta para seducir al joven Verdoux, pero no me daba la sensación de que Catherine le viese como nada más que un hijo. Todo aquello no tenía ni pies ni cabeza y cada vez se estaba volviendo más y más asqueroso.

— Mira, cariño, he podido conocer a Kyra. Es tan guapa como tú me decías.

William ni tan siquiera mantuvo mi mirada más de cinco décimas de segundo. Era igual que si no fuese digna de ello o, puede, que estuviese avergonzado por lo que podía haber descubierto. ¿Sería verdad que Catherine había aprovechado esa posición de superioridad para ganarse los favores del escritor tiempo atrás? Si era así no quería tener nada que ver con esa mujer, me resultaba inconcebiblemente desagradable y de una inmoralidad inmensa, pero… si recordaba bien, el literato y Catherine habían hablado sobre Eliza estando yo en el hospital, así que, puede que no me hubiese enterado absolutamente de nada.

— Hola, William.

— Señorita Mijáilova… Espero que mi madre no le haya molestado demasiado. Tiende a desvariar por sus problemas con el alcohol. No le tenga nada en cuenta.

— Eso no es cierto, corazón. No le he dicho nada que ella ya no supiese. No me habías dicho que Eliza había cambiado de nombre y ahora se llamaba Catherine. Tienes que tener mucho cuidado con ella, te dije que no te acercases a ella… —sus manos huesudas tomaron el rostro del hombre quien parecía aún más pálido de lo usual—. Perdóname, mi pequeño, por no haber sabido ver que era una manzana podrida. Te ha hecho tanto daño…

— Madre, cállese, por favor —suplicó con la mandíbula apretada perdiendo casi completamente los estribos—. Tengo que volver a llevarla a residencia. Venga conmigo. Allí le están esperando Jacob y Susan, dicen que ha hecho buenas migas con ellos.

— Hasta luego, querida.

Ambos se habían despedido de aquella extraña manera. Mi mente estaba llena de varios intentos por resolver la verdadera identidad de la tal Eliza. Cada vez me costaba más saber dónde ubicarla. Estaba en esas fotografías. También estaba desde el principio en la vida de William. Su madre la conocía. Era una manzana podrida… Podía ser que…

Si era lo que estaba pensando se me estaban revolviendo las tripas. William me debía una explicación de todo lo sucedido, una grande, pero primero quería ver si para otros también tenía mi deducción sentido, pero ¿para quién? Si Chloe me oía hablar de William me arrancaría la cabeza, aunque no literalmente y Michael no se separaba de su chica. ¿Quizá Bruce y Zoe podrían ayudarme? Puede que fuesen mi única esperanza.

2018 / Ago / 11

Las temperaturas ya refrescaban algo más, así que la idea de ir a dar una vuelta por la ciudad no se hacía tan imposible. Me puse unas sandalias cómodas, bajas, no quería cansarme al poco tiempo por mucho que estuviese acostumbrada a los tacones. Y no me había arreglado demasiado, un vaquero y una camiseta. Ni tan siquiera me había maquillado como de costumbre. Había sentido esa repentina necesidad salir a pasear y era mejor que no lo pospusiera o no lo haría nunca.

Londres había vuelto a tener esa actividad que tienen todas las grandes ciudades que solamente se paralizan mínimamente en los meses más calurosos porque el calor sofocante impide poder realizar cualquier tipo de ocio al aire libre si se tiene tiempo para ello. Siempre me habían maravillado esas personas que hiciese la temperatura que hiciese mantenían su rutina física de ejercicios. Corrían la misma cantidad de kilómetros sudando el doble o el triple en verano y muriéndose de frío en invierno. Pero eran constantes, algo en lo que no tenía precisamente un punto fuerte.

Me dirigí hacia donde pudiese llevarme la rivera del Támesis. La belleza del agua, la naturaleza en mitad de una ciudad contaminante, era casi un oasis de paz. Era una lástima que el ser humano se estuviese cargando de esa manera algo tan hermoso como aquello construyendo las ciudades a las orillas de un río o arrasando cuanta vegetación fuese posible para edificar monstruos de hierro y cemento que no cuadraban en absoluto con el paisaje ofrecido por la flora.

Me senté en un lugar que me pareció mínimamente cómodo. Me había traído ese cuaderno que casi parecía un bitácora antiguo y que tenía desde hacía muchos años. No escribía en él todos los días, pero sí lo había usado para las ideas que tenía, para mis intentos de escribir la trama de una historia o para dejar fluir mis pensamientos. No había orden alguno en ese cuaderno y la misma ansiedad que me proporcionaba ese caos, me entregaba paz porque nadie tendría porqué saber si todos esos fragmentos eran reales o no.

¿Qué podía hacer ella? Solamente se sentó en la orilla del río, esperando que algún tipo de milagro sucediese, como por ejemplo, que aprendiese a tomar decisiones. ¿Quién podría hacerlo por ella? Nadie. Aquellos dilemas solamente tenían una posibilidad de solucionarse y es que fuese su propio corazón quien abandonase el juego y la mente, de la manera más razonable, tuviese en cuenta todos los pros y contras de continuar como hasta la fecha. 

El misterio era tentador, sin duda, y ¿no era lo que había logrado embelesar a tantas mujeres en la literatura? Lo que se esconde, lo que se oculta, lo oscuro… Drácula había seducido cientos de mentes igual que otros de su especie. Grey con sus encantos de conquistador infernal, y tantos y tantos otros que habían robado corazones humanos siendo simplemente personajes de una novela que no podían escapar de las letras impresas en las páginas.

Justo entonces no me sentí sola. Una figura había aparecido en esa porción de territorio que lograba ver desde mi posición. No parecía estar demasiado bien. Pelo despeinado, apostaría a que con cientos de nudos, grisáceo por las canas que comenzaban a vislumbrarse. Era excesivamente delgada, pero sus ojos tenían mucha vida. Era como si se estuviese celebrando un carnaval de luces y colores a su alrededor y todos se estuviesen grabando en su retina.

Jugaba nerviosa con los puños de su sudadera. Tenía los cordones de la zapatilla izquierda desatados y no parecía darse cuenta. Aquella mujer estaba sufriendo algún tipo de síndrome de abstinencia seguramente. Debía ser muy complicado soportar el llamado “mono”. Yo lo había experimentado cuando habían decidido drogarme hasta las cejas en mi adolescencia con los fármacos que me habían suministrado para que estuviese bien tranquila.

Los ojos de la mujer se posaron en mí entonces. Inclinó su cabeza levemente y le regalé un pequeño saludo por buenos modales aunque el rostro de aquella mujer me sonaba muchísimo sin saber de dónde.

Regresé a mi escrito, dispuesta a intentar plasmar algo más de mi propio desconcierto en ese personaje que había empezado a tomar forma con tan solo dos pinceladas de sus emociones.

— ¡Ya sé quién eres! — la voz rasposa de la mujer que había saludado antes se había dirigido a alguien.

Elevé mi mirada, por puro instinto y vi que era yo la interlocutora de su comentario.

— ¿Es a mí? —la sorpresa era evidente.

La mujer se acercó llevando una de las manos a su boca que estaba completamente enfundada en la manga de la sudadera, como si de alguna forma se estuviese protegiendo o qué sé yo.

— Sí, sí, tú… La morena sonriente.

Me quedé completamente en silencio sin saber qué decir porque aunque ella también me sonaba no sabía de qué podíamos conocernos.

— Disculpe, pero… ¿nos conocemos? —la pregunta había salido por pura inercia, temerosa de haber entablado una conversación con ella y no tener recuerdo alguno de ello, lo cual me provocaría cierto malestar además de hacerle sentir a ella que no me había importado ni lo más mínimo la charla o lo que hubiese hecho por ella.

— Oh, no… bueno, yo sí te conozco a ti, pero no creo que tú me conozcas.

La mujer se acercó a mí hasta que terminó sentándome lo suficientemente cerca como para que oliese el intento exagerado por paliar ese aroma rancio que la piel parecía producir cuando uno se había aficionado al alcohol durante muchos años. Se la veía nerviosa así que intenté calmarla con una sonrisa.

— ¿Podría decirme de qué me conoce?

Ella se despejó la frente de esos cabellos rebeldes y enmarañados hasta que finalmente me mostró una sonrisa poco cuidada.

— Tú eres Kyra, ¿verdad? Eres la mujer de la fotografía con mi hijo.

Pues, parecía que sí, que me conocía de verdad. Entrecerré mis ojos sin entender porque no recordaba haberme hecho ninguna fotografía con nadie. La mujer, casi leyendo mi confusión, rebuscó entre los bolsillos de su sudadera antes de mostrarme un recorte de periódico donde salíamos William y yo en aquel baile de máscaras si no recordaba mal.

— ¿Es la madre de William?

Ella sonrió de nuevo y acarició con uno de sus dedos la forma de la mandíbula de su hijo en la fotografía. ¡Ahora ya sabía de qué me sonaba ella! De las fotografías que Douglas me había mandado en aquel sobre donde pretendía envenenarme aún más la cabeza sobre la condenada Eliza.

2018 / Ago / 11

Las llamadas de atención son constantes. 

Kyra es una joven muy inteligente, pero su mente es dispersa y tiene una pobre comunicación verbal, tanto escrita como oral. 

Su tendencia a la superioridad lleva a demandar una forma de comportamiento en los demás. Utiliza esa superioridad como una forma de relacionarse que evidentemente fracasa. 

El que dijese que no sufría cuando leía unas observaciones claras y duras sobre uno mismo, mentía o no tenía sentimiento alguno de vergüenza. Esas palabras lograban hacerme sentir inferior, dolorosamente inservible, inútil, evaluada como si no fuese nada más que un pupilo que debería estar en el jardín de infancia intentando estudiar una ingeniería. Evidentemente, a ese pequeño se le escaparía todo de su entendimiento salvo que tuviese un cerebro privilegiado. Siempre, con esas evaluaciones la forma en la que se describía podía ser muy hiriente dado que con la objetividad y los términos usados podían provocar el entendimiento doloroso de una exposición que debía quedarse en el pasado.

Durante el tiempo que había tenido que crear informes, evitaba, en lo posible, ser hiriente, pero sabía que no había otra forma, muchas veces, de expresarlo. También había aprendido que no es igual el significado o la connotación que podían tener las palabras en el ambiente social a estrictamente lingüístico o en territorios más especializados, como la Psicología.

Había pasado el día pensando en todo aquello que podía ocurrir si aquellos que buscaban un psicólogo encontraban esas referencias mías. Mordí mi labio inferior ligeramente y después me recordé a mí misma que solamente yo tenía el poder que acabar con todo eso, de no darle más valor del que tenía. No obstante, el miedo seguía ahí.

La puerta de la casa sonó. Imaginé que serían Chloe y Michael a quienes les había dado una llave. No sabía si habían dormido en casa o no. No les había escuchado llegar la noche anterior.

Bajé las escaleras y pude verles allí, curioseando las fotografías que había dejado encima de la mesita de café y las cartas que me había mandado Douglas.

— Kyra… ¿qué es todo esto?

Respiré profundamente antes de sentarme en el sofá donde había leído todas las misivas. No me importaba demasiado que lo viesen, puede que ellos me ayudasen a tomar una decisión sobre todo lo que estaba pasando. Quizá no. Quizá era mejor que no les involucrase, pero leer eso no les haría nada malo, ¿no? Además, parecería mucho más culpable si les arrebataba todo de las manos.

— ¿Recordáis que tuve que ir a comisaría? Pues denuncié al tipo de las cartas. Y tiene información sobre William así que están intentando jugar con mi cabeza para que resuelva yo sola un puzzle que ya no sé si quiero resolver o no, porque cuando meto la cabeza, todo se vuelve mucho más turbio —suspiré deslicé mis dedos por mi frente en un intento por calmar el flujo de pensamientos que tenía mi cabeza a los que podía prestar atención de manera muy escasa dado que parecían ir a la velocidad de la luz.

— ¿Por qué te envía fotos del pasado de William? —la pregunta de Michael era completamente acertada.

— Porque veréis. No sé todo sobre él. Creo que nunca podré llegar a saberlo. Existe una tal Eliza, tiene a una pelirroja viviendo en su casa que se llama Verónica y no sé con cuántas más se acuesta. Nunca hablamos de relación exclusiva ni nada por el estilo, es cierto, pero si él tiene otras no entiendo sus estúpidos celos. Tampoco me ha dicho nunca si somos novios o qué coño se supone que somos y jamás me ha dicho que me ama ni nada parecido —apoyé mi cabeza en el respaldo del sofá mirando al techo para intentar contener las lágrimas—. No sé qué creer. No sé qué sentir. No sé qué demonios hacer.

— ¿Era William el tío de anoche?

El tono de Chloe había sonado exactamente igual que una regañina. Jamás la había visto así, por lo que mis ojos buscaron su expresión. Cejas casi juntas, labios fruncidos en una línea y señalándome con una de las fotografías de la infancia del literato.

— Sí, fue él.

— ¡Kyra, por Dios! —tiró la fotografía y después empezó a mirarme desesperada—. Ese tío es un cabrón sin escrúpulos. Ha jugado contigo todo lo que ha querido y más. ¡Tú misma le has intentado mandar a paseo cientos de veces! ¿Por qué? ¿Qué tiene ese…. de especial?

— Estoy enamorada de él. Eso es lo que tiene de especial —contesté antes de ver como el rostro de Chloe se ponía rojo del malhumor.

— Lo que estás es medio hechizada por su misterio. ¡Eso es lo que te pasa! En cuanto resuelvas qué es lo que te oculta podrás ver que no merece la pena. Eso sí, no vengas a mí llorando si vuelve a jugar contigo, porque te prometo que te meto una bofetada —se levantó y se fue escaleras arriba hacia el dormitorio que compartía con Michael.

Éste me miró durante unos instantes y luego soltó un profundo suspiro. Bajó su mirada a las fotografías antes de empezar a hablar.

— Discúlpala. Le preocupas mucho, ¿sabes? Y no entiende como alguien que ella quiere se deja arrastrar una y otra vez al fango. Es muy… pasional. A veces, dice su opinión como si te estuviese lanzando dardos envenenados en busca de que te des cuenta, finalmente y reacciones. Sé que puede ser doloroso, pero no le tengas en cuenta lo que te ha dicho. Si la necesitas va a estar allí, créeme. Ahora, si no te importa, voy a intentar calmar a la fiera que se ha encerrado en nuestra habitación —me dedicó una pequeña sonrisa y luego subió las escaleras detrás de su pareja.

Mis ojos se posaron en las fotografías sabiendo que tendría un gran conflicto con William si llegaba a verlas. Antes podía estar muy segura de algo, pero ahora dudaba. ¿Y si no quería saber realmente el misterio? ¿Y si lo que quería era simplemente respirar tranquila? ¿Y si Chloe tenía razón y debía mandarle al diablo? Mis sentimientos por él estaban claros. Le amaba, sí, pero tampoco tenía tanta experiencia en el amor como para saber si no estaba obligándome a ser ciega, sorda y muda, para continuar jugando bajo esas reglas desconocidas.

2018 / Ago / 10

Queridísima Kyra. 

Hace mucho que no sé de ti. Me había acostumbrado al aroma de tu perfume de vainilla, a la forma en que tus ojos brillaban cuando intentaban sacar una deducción. Eres alguien difícil de olvidar, ¿lo sabías? Y más estando en una celda de dos por dos metros. Te vuelves necesaria. Increíblemente necesaria. 

He soñado cada noche que he pasado en el calabozo contigo. Sé que no te veré en el juicio, o al menos, eso es lo que dice mi abogado. Es una gran pena. Quería poder verte una próxima vez. Quizá robarte un beso. Sería nuestro primer beso, aunque he de asegurarte que no sería el primero que nos hemos dado en mi mente. ¿Por qué no podías ser tan dócil estando delante de mí? 

Preferiste a Verdoux, lo soportaré. Aún no he podido demostrarte quién realmente puede concederte lo que buscas y no, no es amor, no es romanticismo, eres más lista que todo eso. La satisfacción sexual propia de una súcuba. En ese rostro de inocencia aún puedo distinguir toda la atracción malsana hacia la oscuridad. Y todo yo soy oscuridad.

Me amarás, Kyra. No sé cuándo ni cómo. Me amarás. Caerás ante mí. Me necesitarás. Gritarás mi nombre y yo seré quien te recuerde que jamás debes negarte a cumplir mis normas. 

William había recogido varias cartas iguales del buzón. Había leído una de ellas y la había terminado dejando encima de la mesilla para que yo decidiese qué podía hacer con ella, si llevárselas a la policía o qué.

— ¿Qué hará?

— No creo que mandar cartas de amor, como seguramente lo calificarán, provoque nada más que risas en los demás, aunque sean las de un acosador asesino en serie de manual —tiré la carta que William había leído a la misma mesita. No sabía quién le había dado permiso para leer mi correspondencia, pero, al menos, me había podido prevenir de lo que iba a encontrarme en la que estaba abierta.

Debía leer las demás, me gustase o no. Por ese motivo, aproveché que William preparaba los desayunos para terminar de leer todas. No eran nada más que las predicciones de un ser egoísta que creía que terminaría cayendo a sus pies por algo tan simple como decirlo. No era ningún Adonis. Tampoco tenía ningún atractivo para mí, pero no estaba del todo equivocado en que me sentía atraída por la oscuridad.

En otra de las cartas sus palabras eran más explícitas. Me contaba uno de sus sueños. En total, tres hojas de contenido asquerosamente erótico. Sí, para qué negar que tenía una forma de describir que podía encender a cualquiera, sin embargo, ese tipo de narrativa no surtía efecto cuando la persona a la que iban dirigidas las cartas te tenía miedo y asco.

Al ver mi expresión, William me pidió esa carta. Sus facciones se endurecieron rápidamente. A cada palabra parecía que estaba viendo esa escena justo delante de él. Como si me hubiese entregado a ese lunático. Me miró de forma acusatoria. Entorné los ojos y me limité a no responder. No quería tener que volver a gritarle que él se follaba a vete a saber cuántas.

Vale, se tirase a quien se tirase siempre regresaba a mí, cierto. Pero tirárselas se las tiraba y eso reabría heridas profundas en mi interior de creerme completamente insuficiente.

William me dio mi taza de leche con cacao. Di vueltas para que no se quedasen demasiados grumos y terminé bebiendo un gran trago pues tenía la garganta completamente seca, por lo que todo lo que fuese líquido entraba con una facilidad aplastante.

— Tengo que irme. Tengo que coger algo de ropa si quiero pasar las noches aquí porque a no ser que me ponga sus vestidos, señorita, dudo que pueda salir si no a la calle en poco más que en paños menores —intentó regalarme una sonrisa.

— ¿Tardarás mucho?

— No lo creo, pero tengo que ver qué tal les ha ido en clase a mis hermanos y esas cosas. Si no recuerdo mal tengo que recoger a Isabella de una de sus actividades. Nos vemos en la noche.

— Hasta la noche…

Cerró la puerta volviendo a dejarme sola. Sentada en el lugar que siempre había sido mi sitio, mirando el último sobre que aún quedaba por abrir. Me debatí si leerlo o no. Finalmente, lo abrí, en mi búsqueda desesperada por encontrar algo que pudiese llevar a la policía. Era el sobre más grueso de todos los que había mandado. Dentro, había un folio y algo que parecían fotos.

Una a una saqué las fotografías. En ellas había un número de personas que iban subiendo poco a poco de número. De dos, se habían transformado en tres. Una mujer y sus dos hijos y finalmente, habían terminado siendo un número total de seis en la última y más reciente fotografía.

Me fijé bien en todos ellos. El hombre de las fotografías se daba un aire a William. Bueno, hombre, era un simple chiquillo de vientialguno. ¿Podía ser William entonces? ¿Y quiénes eran los demás? ¿Isabella? ¿John? ¿Phillip? Sí, parecían ellos, pero no sabía, no tenía ni la más mínima idea quien era la mujer del medio ni tampoco la otra joven con una melena pelirroja… Un momento. Melena pelirroja. ¿Era esa tal Verónica otra de sus hermanas? ¿Había hecho el ridículo hasta ese punto? Sin embargo, ¿por qué desearía Phillip que estuviese con su hermana? ¿Por qué querría un incesto?

No. No debía ser ella. Tenía que ser otra. ¿Podía ser esa tal Eliza? No, no tenía sentido, porque parecía que hablaban sobre Eliza románticamente, como si hubiese marcado la vida sentimental de William. Todo aquello parecía demasiado turbio. Tanto que a duras penas si lo entendía bien.

Desdoblé la hoja con la caligrafía de Douglas en ella. La pasión podía leerse en todas y cada una de las marcas profundas que había dejado en el papel.

No pude resistirme más, Kyra. Necesita expresarte lo que sabía. Hacerte entender tu error. Estas son las fotografías que culminan y demuestran el verdadero horror que su amado esconde en su pasado. 

Averigua quién es ella, quién es la pelirroja de la fotografía y se resolverán todas tus dudas. 

Sentí una ligera desazón en mi pecho. ¿Acaso era algo obvio para todo el mundo? ¿Era yo la única que no podía verlo? ¿Quién era esa pelirroja? ¿Qué sentido tenían todas esas frases? Debía preguntarle a William, pero sabía que él no iba a responderme nada de eso. Ahí había algo que me estaba perdiendo o puede que una parte de mi mente ya supiese lo que estaba sucediendo y no quisiese admitirlo por resultarme tan difícil de creer.

Mi móvil sonó justo en ese momento. Miré el número. No lo conocía absolutamente de nada. Podía ser cualquier cosa, así que cogí la llamada aún confusa por el asunto de las fotografías de la familia del literato.

— ¿Doctora Mijáilova? —no me sonaba la voz para nada.

— Sí, ¿quién es usted?

— Buenos días. Soy Howard Dunne, presidente de Dunne Corporation. Me gustaría hablar con usted sobre su trabajo.

— ¿Qué puede interesarle a Dunne Corporation de mí? —rodé los ojos temiéndome que fuese algún tipo de estafa.

— Su intelecto, señorita Mijáilova. Eso es lo que más nos interesa en Dunne Corporation.

Fruncí mi ceño sin comprender hasta qué punto podía estar riéndose de mí quien estuviese al otro lado del teléfono.

— Mire, no sé cómo ha conseguido este número, pero si su intención es gastarme una broma…

— Usted es Kyra Annette Mijáilova, psicóloga rusa que hasta hace poco tiempo estaba trabajando en el hospital…

— ¿Cómo tiene esos datos míos?

— Señorita Mijáilova, hay poco que no sepa de quienes me interesan. Me gustaría proponerle que trabaje para mí.

Aquello olía horrores tan parecido a Douglas que sería estúpido caer dos veces con la misma piedra.

— Disculpe, señor Dunne, pero creo que no tiene que darme más especificaciones con respecto a su maravillosa oferta. Ahórrese saliva. No me interesa.

Colgué lo más deprisa posible. Seguro que Howard Dunne no existía, que Dunne Corporation tampoco. Aquella voz no parecía la misma que la de Douglas, pero puede que fuese él o alguno de sus sicarios. Ese hombre debía tener un mundo a sus pies, quizá ese hombre que había matado a Rochester si no habían sido las manos de mi ex paciente.

Hablando de mi ex paciente. Recordaba que me había dado una carpeta en la que me había investigado. Quería ver en realidad a qué me iba a enfrentar, qué podía salir en cualquier momento sobre mi persona.

Rebusqué entre todas mis cosas para encontrar la condenada carpeta. Finalmente, la saqué del escondrijo donde la había metido. Me senté en el pequeño escritorio que había logrado acomodar en una habitación cercana a la mía. Abrí la carpeta. Observé mi currículum, un listado de todas mis notas desde el primer curso de la infancia, los resultados del examen que había hecho en el instituto por mi alto nivel de inteligencia, bueno, ese nivel que yo jamás había creí que fuese demasiado grande; también estaban todos mis informes psiquiátricos, mis problemas físicos, el sobrepeso que había tenido durante mi edad adulta, informes de cuando era menor de edad que seguramente le habrían costado un buen fajo de billetes para que el gobierno ruso le diese esa información.

Cerré la carpeta con fuerza. No había nada más que pudiese hacer. Todo eso parecía que saldría a la luz, solamente tendría suerte si Douglas no le había mandado a alguien ya para colgarlo en alguna página para terminar de difamarme de la forma que él encontrase mejor. Usaría la información en su beneficio y solamente había algo que podía hacer, tomar todo mi pasado como bandera, negarme a que cualquier persona pudiese hacerme daño diciéndome la verdad, hablándome de lo sucedido en mi pasado.

Solo hace daño quien uno permite que le hagan daño. Y Douglas parecía saber que le había dado todo el poder para hacerme daño.

2018 / Ago / 10

William había cerrado la puerta de la casa detrás de su espalda. Sus manos no se habían detenido demasiado tiempo quitas. Besó mis labios con el anhelo esperado y le respondí con la misma pasión que también corría como lava en mis venas. Enredé mis dedos en su cabello como siempre hacía, él me cogió de la parte trasera de los muslos para elevarme en el aire y terminar por sentarme en la encimera de la isla de la cocina.

Mi vestido desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Él estaba dispuesto a volverme loca. Me quitó los zapatos y luego rió gustoso antes de dar un tirón a la goma de las medias que realizó el sonido típico al volver a encontrarse de sopetón con mi piel. No entendía qué le gustaba tanto de ello, pero esas medias eran sus favoritas. Las usaría, en lo posible, para atraer su atención, aunque no sabía si era necesario.

Abrió mis piernas y empezó a besar la cara interna de mis muslos por encima de las medias. Cerré mis ojos. Incluso con una fina fibra como esa entre su boca y mi piel lograba hacerme delirar. Jugó hasta que llegó a mi ingle e hizo lo mismo con mi otra pierna. Acaricié su cabello soltando algún jadeo de gusto antes de que su boca se entregase a su plato principal.

Su lengua jugó con cada parte de mi ser. Aquella zona tenía rutas que él conocía a la perfección y se permitía disfrutar. Arqueé mi espalda antes de gemir demostrándole lo mucho que me gustaba todo lo que aquella poco inocente lengua sabía provocar.

Quise cerrar mis piernas, pero sus brazos me lo impidieron y siguió con su exploración milimétrica. Besó mis labios vaginales, igual que besaría mi boca, jugueteó con la entrada de mi sexo y terminó atrapando mi clítoris entre sus labios dándole un exquisito pellizco en aquella boca juguetona.

Me estremecí de pies a cabeza, me fallaban las piernas. No podía pensar con claridad, solamente sentir. Él era puro apetito. Me estaba elevando hasta niveles insospechados. ¿Cómo podía ir descubriendo del sexo cada vez más con él? No me permití pensar en lo que mi mente quería regalarme, uno de esos presentes envenenados que disparaban mi ansiedad y mi mal humor.

Tiré de su cabello y gemí su nombre a la espera de que tuviese piedad, de que me diese más, todo lo que necesitaba. Pero él sabía cuándo parar de tocar en cada sitio para que fuese una mínima tortura, para prolongar mi placer, para hacerme delirar.

Pensé en él. Pensé en que siempre se entregaba a mí en todos los aspectos posibles en el sexo y yo… no le correspondía de la misma manera. Le hice parar. Me miró sin comprender y luego le hice apoyarse contra la isla de la cocina. Besé sus labios tan apasionadamente como supe y bajé mi boca por su cuerpo recorriéndolo a base de besos, lamidas y chupetones. Durante el trayecto tuve que ir desabotonando su camisa y me deshice de ella. Luego, desabroché sus pantalones y bajé la bragueta quedándome de rodillas frente a él, mirándole con mis mejillas encendidas.

— No tiene porqué…

Puse un dedo sobre mis labios mandándole callar. Bajé sus pantalones despacio, muy despacio y después su bóxer liberando a la dureza que había estado oprimida tras una tela azul oscura. Lo contemplé en todo lujo de detalles. No era algo bonito, pero llegaba un punto en que podía ser excitante verlo así por causa propia. Alcé mi mirada hasta los ojos de William y después envolví su pene con una de mis manos. El movimiento al principio fue lento. Quería hacerlo bien, muy bien. Él me contemplaba como si estuviese viendo la película más erótica de la historia. Mordí mi labio inferior intentando recordar qué sabía yo o qué había leído sobre todo esto. Poca cosa en realidad, no me había parado a leer gran parte de la masturbación manual u oral al hombre, así que tenía algo en lo que ponerme las pilas para intentar maravillarle en otro momento.

Atrapé con mi pulgar una pequeña gota casi transparente que escapaba de su glande y la extendí por toda la suavidad y sensibilidad de éste provocando que William estuviese casi a punto de perder el equilibrio. Pasé mi lengua desde la base hasta el glande, pero me quedé justo en la frontera, sin tocar aquella zona tan delicada de su anatomía. Repetí de nuevo la operación en otra pequeña franja de su longitud y así, hasta que casi pude escucharle jadear suplicando por más. ¿Qué era lo que tenía de erótico todo eso? Me imaginaba que el sentir y el placer de sumisión de la mujer desde la perspectiva del hombre. Sin embargo, era yo quien tenía todo el control porque no me obligaba a hacer nada que no quisiese.

Di un beso a la punta y después envolví todo el capullo con mis labios hasta chupar levemente. Volví a sacarlo de mi boca y me relamí como si lo disfrutase más que cualquier cosa. Él no me estaba mirando en ese momento, se estaba permitiendo sentir.

Volví a envolver su glande igual que si fuese un chupa-chups y metí un poco más en mi boca apretándolo entre mis labios, ejerciendo esa presión que sabía que hacían mis paredes vaginales cada vez que él entraba buscando el placer de ambos.

Se agarró más fuerte a la encimera, echó su cabeza hacia atrás, gimió mi nombre… Era una maravilla escuchar mi nombre como un gemido y aún así no podía evitar sonrojarme hasta las orejas. Quería que terminase en mi boca, pero él quería entregarnos placer a ambos, así que se negó, me puse de pie, me agarré a la encimera y empezó a follarme tan duramente como le permitía su buen juicio para no hacerme daño. Ambos gritamos, nos retorcimos debajo del otro. Golpeamos la cadera contra el cuerpo de nuestro amante y sufrimos el impacto de la ajena antes de explotar en la cima del orgasmo. Aquello había sido la gloria más absoluta.

Minutos después, cuando ambos habíamos conseguido recuperarnos y su semen escurría por uno de mis muslos, me tomó en brazos, subimos a la cama, limpió despacio el semen que se había escapado de mi interior con una toallita íntima y me besó los labios de esa forma en la que me hacía sentir completamente viva, como si nunca antes de esos besos lo hubiese estado.

— Buenas noches, señorita Mijáilova.

— Buenas noches, William.

Y a pesar de intentarlo fui yo, como siempre, la primera en caer en los brazos de Morfeo.

2018 / Ago / 10

Podía sentir su respiración en mi nuca, su deseo contra mis nalgas a pesar de la ropa. Me había engañado. Había jugado al enfado para permitirse jugar con mis emociones un poco más. Me deseaba, maldita sea y la respuesta de todo mi cuerpo fue tan simple como someterse a su deseo. Mis pezones se endurecieron bajo el vestido palabra de honor. Mis piernas temblaron de deseo y mi interior suplicó por ser atendido después de tantas semanas separado de su verdadero dueño.

Su boca empezó a besar mi cuello. Una de mis manos agarró su cabello, pero en lugar de eso, las suyas más grandes me hicieron apoyar las palmas en el desgastado papel con motivos tropicales. Acepté la petición silenciosa. No tenía que mover las manos.

Sus dedos recorrieron mis brazos desde las muñecas hasta mis costados descendiendo hasta quedarse en el lugar donde llegaba la tela de mi vestido. Bajó muy lentamente la parte más morada del vestido sacando a mis senos de su cárcel. Rápidamente los envolvió con sus manos, los apretó y eché mi cabeza hacia atrás soltando un profundo gemido que fue ahogado por la música del local. Atrapó mis pezones entre sus dedos índice y pulgar tirando un poco de ellos de manera que mi cabeza prácticamente empezó a dar vueltas por las emociones experimentadas.

— ¿No temes que cualquiera pueda verte? Mírate… estás casi gritando y a penas si te he tocado.

— Es el efecto que tienes en mí… —atiné a responder antes de recibir un beso que me dejó prácticamente sin respiración.

William se aseguró de moverme lo suficiente para que la oscuridad me cubriese por completo. Estaba ahora contra la esquina. Me dio la vuelta. Su espalda ancha me tapaba por completo. Miró mis senos y después me volvió a dar uno de esos besos que podían elevar la temperatura de cualquiera. Él quería jugar más, podía notarlo, pero había que ser rápidos por lo que volvió a darme la vuelta. Me levantó la falda, me arrancó sin problemas mi ropa interior y solo separó sus manos de mi cuerpo para bajar la cremallera de su pantalón dándole salida a su erección que no perdió el tiempo.

Cerré mis ojos con fuerza al sentir la manera en que se estaba metiendo en mi interior. William a duras penas si cabía de esa forma, así que me ayudó a acomodarme. Me hizo inclinarme hacia delante y embistió con más facilidad. Gimió contra mi nuca, grité contra la pared. No quise preguntarme cuantas personas habían usado el mismo método que William me había descubierto para satisfacer sus deseos. Solo quise pensar en la manera en que sus caderas se movían de manera intensa, increíblemente intensa. Mis senos golpeaban con fuerza al regresar a chocarse con mi cuerpo. Mis uñas estaban arañando el papel de la pared. Eso sí que era el paraíso tropical. La pasión arrolladora de dos personas que no podían estar sin el otro a pesar de todo lo que uno tenía en su mochila.

Grité, gemí, lloriqueé su nombre y ambos llegamos al orgasmo satisfechos, al menos, mínimamente. Tenía más hambre de él y sabía que él de mí. ¿Cómo podía saberlo? Quizá porque solamente en los momentos como aquel ambos nos compenetrábamos a la perfección. Era como si fuésemos uno.

Me tapé los senos por instinto esperando que nadie los hubiese visto. Me coloqué la parte de arriba del vestido y él salió de mi interior dejándome sin bragas con las que caminar por la calle. Cogió mi mano y tras darme besos por el interior de mi muñeca, me atrajo a él hasta estar cara a cara para robarme un casto beso.

Salimos juntos del bar. Él había pagado nuestras consumiciones, o al menos, eso esperaba. De todos modos, nadie nos había intentado detener, así que suponía que él había pagado esa deuda nuestra.

Me tomó en brazos cuando estuvimos en mitad de la calle y reí abrazándole por el cuello intentando que no se me viese nada. William estaba feliz, yo también lo estaba. Había mucho que hablar, mucho que arreglar, pero… estábamos ahora juntos, no quería destrozar el momento, simplemente me dejé llevar besando sus labios. Si era un sueño quería disfrutarlo hasta el último segundo. Nuestras ganas del otro eran inmensas.

— Te amo —susurré contra sus labios y recibí un suspiro de respuesta.

¿Por qué? ¿Por qué no era capaz de decirme lo mismo?

— Sé que no me amas…

Las palabras que pronuncié llamaron especialmente la atención de William quien comenzó a observarme con una pequeña sonrisa en sus labios.

—Usted sabe demasiadas cosas, señorita Mijáilova y está confundida en la mayoría.

¿Era esa una manera encubierta de decirme que estaba también enamorado de mí? ¿Y la pelirroja? ¿Y la rubia llena de silicona? ¿Y Eliza?

Me bajó de sus brazos y ambos fuimos caminando agarrados de la mano hacia el hogar donde habíamos disfrutado lo poco que habíamos podido de nuestra pasión, de ese amor que quería entender que él sentía igualmente.

Apoyé mi cabeza en su hombro sonriente. No me dolía nada el cuerpo porque estaba flotando en una nube. Él era todo lo que necesitaba para estar tranquila, para sonreír. Si me engañaba lo sabía, volvería a darme cuenta llevándome uno de los golpes de mi vida, ilusionándome por situaciones idealizadas por mi mente. Riéndose la parte más lógica de mí, de la soñadora y fantasiosa que se permitía querer ser romántica. ¿Quién en la vida real podía permitírselo? Tan solo quien se lo inventaba.

El brazo de William me rodeó y me acurruqué en su costado sonriente. Dejé un beso en su mejilla, disfrutar de su aroma inundando mis pulmones mientras una parte de mi mente pedía que aquello por fin funcionase de una condenada bien, mientras que la otra, mi parte más lógica, sabía que sin una buena contestación, sin explicaciones, no íbamos a llegar jamás a ninguna parte.

2018 / Ago / 10

Sus ojos azules estaban fijos en mí, les observaba de vez en cuando recorrer mi anatomía como si echase de menos tocar mi piel. Fruncí mi ceño casi con ganas de mandarle al diablo, pero la salvación llegó a mí en forma de bailarín anónimo que me ofrecía bailar. Normalmente le hubiese rechazado. Ahora podía evitarme tener que hablar con William, puede que durante mucho tiempo.

— Si me disculpa —dije con una falsa sonrisa yéndome con aquel joven que esperaba que mantuviese las manos en su sitio.

Comencé a bailar con ese chico bajo la mirada atenta de Verdoux. Podía sentir sus ojos claros clavados en mi anatomía mientras aquel joven me hacía moverme al ritmo de esa música endiablada que solamente debía estar permitida para parejas. Puede que mi mente fuese aún algo puritana, por ese motivo mis mejillas se habían tornado de un intenso carmesí que no estaba dispuesto a bajar de tonalidad. Había sido una idea malísima aceptar tener un baile como aquellos con un completo desconocido. Me sentía aún más insegura que de costumbre hasta que finalmente, unas manos que conocía a la perfección me atraparon alejándome de aquella trampa y metiéndome en otra.

William había llegado hasta allí y me había robado de compañera de baile. Sus manos hicieron que mis brazos rodeasen su cuello y aunque él no era un experto en ese tipo de compases, nos movimos en el reducido espacio que nos permitían el resto de bailarines. Nuestros cuerpos se tocaban todo el tiempo, sus manos me mantenían sujeta y fija contra su cuerpo pétreo. Sus labios estaban demasiado cerca de mi rostro como para que fuese capaz de controlarme. Y de nuevo, había desparecido el mundo entero a nuestro alrededor.

La música estaba en un segundo plano para mí. El recorrido de sus manos, su excitación y la mía era aquello que más me llamaba la atención. Finalmente, sus labios atraparon los míos en un beso desesperado, anhelante, apasionado. Gemí contra su boca queriendo gruñir, queriendo negarme a él, pero era imposible. No tenía fuerzas para hacerlo. Quería ser mínimamente feliz y tan solo había logrado la felicidad con él en mi camino.

Nuestro beso se volvió más apasionado. Sus manos apretaron mis nalgas y me perdí en el baile que acababan de empezar su lengua y la mía en busca de la mayor excitación posible del otro. Él me volvía adicta con una pequeña probada de sus labios. Era débil y se aprovechaba.

Le apreté por inercia a mi cuerpo y él me permitió seguir disfrutando de su boca hasta que apoyó su frente contra la mía en el instante que terminaba una canción que no recordaba haberme dado cuenta de cómo empezaba.

— Vamos a beber algo…

William me llevó hasta otra mesa. Tuve que informar a Chloe y compañía que alguien me había invitado a algo y puede que fuese por el alcohol o porque no sabía quién era en realidad quien estaba conmigo, pero Chloe me dijo que aprovechase, que yo también tenía derecho a ligar.

El literato pidió tequila. Le miré riendo un poco y me acerqué a su oído.

— ¿El tequila es cubano?

Negó antes de indicarme su verdadera procedencia. Me sacó de mi error al recordarme que era mexicana esa bebida.

— ¿Quiere probarla?

Alcé mis cejas y luego negué ligeramente porque no podía permitirme, de ninguna manera, tomar alcohol por muy baja que fuese la dosis de mi medicación. Recordaba en una ocasión que mi padre se había tomado un coñac y la forma en la que se había sentido, gracias al efecto que había tenido en su medicación, había provocado que fuese prácticamente igual que una borrachera tremenda con solamente una pequeña copa. Aunque siendo realista no sabía cómo se servía ningún tipo de bebida alcohólica salvo el vino que había visto servir en las bodas desde que tenía uso de razón.

— No puedo…

— No creo que le vaya a pasar nada por probar una.

Realizó ese ritual que parecía ir con la bebida. Sal, chupito y limón. Si el limón hacía más fácil poder tragar el tequila entonces debía estar completamente asqueroso. Negué y pedí otro mojito sin alcohol mientras William lamía mi cuello. Reí por la forma en que estaba jugando y tras lamer echó un poco de sal sobre la zona que había lamido. Se preparó el trago, me puso sobre sus piernas y después lamió mi cuello haciéndome estremecer de pies a cabeza por la forma en que me saboreaba. No solamente lamió, chupó hasta que la sal ya no existía y aún así seguía ahí, saboreando mi piel.

Se separó para tomarse el chupito y luego llevarse el trozo de limón a la boca. Mordí mi labio inferior contemplándole. Eso me resultaba erótico, ¿por qué? A saber, pero podría estar contemplándole todo el tiempo.

Repitió la maniobra o eso creía. En realidad, se estaba limitando a besarme el cuello mientras el camarero me entregaba mi mojito. Di un trago de este hasta ser consciente de la manera en que una de sus manos ascendía por debajo de mi falda, rozando mis piernas y tirando ligeramente del ligero que me había puesto en esa ocasión. No quería que si bailaba se me cayesen las medias color carne que llevaba.

Reí cuando su boca subió hasta mi oído provocándome algunas cosquillas. Toda mi piel se había erizado y no me había percatado de cómo sus dedos se habían metido dentro de mis bragas. Jugó con mis labios vaginales, sus labios me besaron para que callase y gemí todo lo que pude contra sus labios. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo sabía dónde y cómo tocar?

Moví mis caderas hacia sus dedos pidiendo más. Él me permitió sentir como una de sus falanges se perdía en mi interior, como otro segundo dedo también lo hacía, pero cuando llegó lo suficientemente profundo quitó sus dedos llevándoselos a la boca para lamerlos. Era malvado como él solo.

—  Tómese el mojito —imitó mi acento ruso cuando pronunciaba esa palabra—, y nos vamos. Tenemos que hablar.

Vale, ¿qué había hecho? Parecía estar enfadado, otra vez. Aquel hombre iba a lograr que me doliesen las cervicales porque era exactamente igual que estar viendo un partido de tenis a toda velocidad. La pelota no paraba quieta en ningún momento igual que su estado de ánimo.

Asentí y después me indicó que me esperaba en la entrada, que él iría al baño. Me tomé el mojito sin demasiadas ganas ya. No quería más líos, no quería más problemas, quería una relación como la de Zoe y Bruce, o la de Michael y Chloe. ¿Era demasiado pedir?

Fruncí mi ceño para luego arrastrar mis pies hasta donde me había pedido que fuese. Justo en ese momento, sin tan siquiera percatarme de ello, me subieron a rastras un tramo de escaleras hasta que estuve lo suficientemente oculta como para no ser demasiado vista en la oscuridad. Podía oler la fragancia de William en mi espalda, sentir sus manos en mis caderas y me terminó por tranquilizar su grave voz en mi oído.

— Te deseo…

¿En serio? ¿Allí? ¿En un lugar público? Y para qué mentir, el morbo de ser descubiertos como antes en la mesa lo hacía mucho más interesante.

2018 / Ago / 10

Casa Cuba. No se habían herniado demasiado con el nombre. Zoe tiró ligeramente de mi brazo para indicarme que siguiese caminando. La música podía escucharse desde fuera. Eran, sin duda, ritmos latinos. Se podía saborear La Habana, era un pequeño pedazo de la ciudad en mitad de Inglaterra. El pequeño lugar estaba de bote en bote así que resultaba algo asfixiante poder abrirse algo de espacio entre todos los allí presentes.

Fuimos a la barra donde sabía que me terminaría quedando toda la noche. Mis ojos, en cambio, no prestaban atención al barman sino que miraba el movimiento de todos aquellos cuerpos igual que si se estuviesen entregando a la pasión. Pude sentir mis mejillas sonrojarse como acto reflejo, por estar allí observando algo prohibido y que cualquiera pudiese verme.

Bruce me ayudó a subir a uno de los taburetes para no perderme de vista y por un intento, para llamar la atención del barman.

— ¡Aquí, por favor!

El chico me vio destacar entre todas las manos allí presentes. Tan blanquecina y con el cabello oscuro que casi parecía una Blancanieves venida a menos. Me indicó con un guiño que ahora mismo iba. Todos me dijeron lo que querían, fruncí mi ceño. ¿Se suponía que solamente se podía tomar allí mojitos? Intentaría comprobar si había alguno sin alcohol, porque me negaba a tener algún problema con mi medicación.

Pedí las bebidas, cuatro con alcohol, una sin ello y el barman aceptó encantado hacerme uno especial a mí dado que sin haberme dado cuenta había indicado para quien era cada uno con mi dedo índice.

Nos dio a cada uno nuestra bebida, después nos alejamos de la barra para buscar alguna mesa cercana a la pista de baile. Di un trago al refrescante mojito descubriendo con una sonrisa en los labios que estaba delicioso de esa manera, y que quizá me animase a probar más bebidas, siempre que hubiese su homónima sin alcohol.

Duramos tan solo un mojito juntos hablando de la forma en la que se movían quienes estaban cerca de nosotros. Se rieron de mi sonrojo y les mandé a bailar o les terminaría tirando la adorable jarrita en la que nos habían servido la bebida.

Michael y Chloe tenían un ritmo razonable. Parecían compenetrarse, pero lo que no era absolutamente normal era lo de Zoe y Bruce, parecía que habían nacido bailando ese tipo de ritmos. Además, tal y como se movían no había que echarle demasiada imaginación a cómo sería ver una sesión pasional entre ellos. Avergonzada, desvié mi mirada de mis amigos y mis ojos se fijaron en una pareja en concreto que ponía tal sentimiento que despertaba los deseos de baile en cualquiera.

Me aburría tanto que decidí mirar mi teléfono móvil. Tenía un total de cinco mensajes de Verdoux. En el último me preguntaba que dónde estaba por lo que le respondí que en Cuba, me reí para mí misma y volví a meter el aparato en el interior de mi bolso observando a los apasionados bailarines.

Mi mente empezó a imaginarme a mí misma deslizándome por los fuertes brazos de alguien, de quien quisiese ser un compañero tan íntimo de baile. La manera en la que sus fuertes manos se posicionaría en mi espalda baja permitiéndome bajar hacia atrás y siendo la envidia de todo aquel que se hubiese perdido en ese canalillo. Sí, a veces en mis propias ensoñaciones me permitía sentirme como si realmente fuese guapa.

Una camarera se puso delante de mí entregándome otro mojito sin alcohol y me indicó que un señor me había invitado. Su dedo señaló entre medias de la gente y allí estaba, era imposible no verle, destacaba. Su cabello pelirrojo, su piel blanca, su camisa negra abierta en los primeros botones. Estaba remangado mostrando parte de sus brazos y las manos estaban ocultas en los bolsillos de su pantalón. Me observaba como quien mira a un animal salvaje que podía atacar en cualquier momento.

¿Qué hacía ahí Verdoux? Podía sentir mi corazón latir tan dolorosamente que casi me quedaba sin respiración. ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente atrayente para mí? ¿Por qué no podía haberme atraído lo mismo que al principio, absolutamente nada? Encima, la condenada melodía había tornado a una mucho más romántica. Él no se movía y yo tampoco así que bajé la mirada decidida a beber la bebida sin tan siquiera darle las gracias.

Cuando volví a alzar mi mirada, él ya no estaba en la misma posición que antes. Se estaba acercando peligrosamente a la mesa donde estaba. Si se acercaba volvería a caer, lo sabía, podía sentirlo y no debía permitirme eso. Mi respiración se iba haciendo cada vez más dificultosa. Tenía las mismas ganas de saltar a sus brazos que de gritarle y llorar como si me hubiese poseído un demonio de repente. ¿Por qué era así? ¿Por qué jugaba conmigo? ¿Por qué seguía usándome para su disfrute? Imaginaba que la respuesta era tan simple como que era la única estúpida que caía una y otra vez en sus brazos.

Finalmente, llegó hasta mi posición. Sin pedir permiso alguno se sentó delante de mí, en el único sitio que ninguno de mis amigos había ocupado antes, el único lugar donde no había vaso que indicase que le pertenecía a alguien y entregándome a mí su exclusiva atención.

— Señorita Mijáilova… así que está en Cuba, ¿eh? —parecía divertido.

— ¿Y qué le importará a usted donde esté o deje de estar? Puso tierra de por medio entre ambos.

— Sí, pero no por eso dejaba de sentirla cerca de mí.

Rodé los ojos manteniéndome en mi postura de chica dura sin ganas de escuchar halagos románticos falsos que ya no me creía ni, en realidad, lo había hecho nunca.

— Gracias por el mojito —busqué zanjar la conversación.

De sus labios se escapó una pequeña risa. Le miré molesta. ¿Qué había dicho ahora que le causaba tanta gracia? Su rostro no tenía expresión alguna de disgusto, jocosidad, burla o nada malo, sino parecía algo similar a la admiración o adoración. Seguro que me había tomado el mojito con alcohol de alguno de ellos sin darme cuenta, tenía toda la pinta. ¿William adorarme a mí? Debía estar borracha.

— Tiene una forma adorable de decir mojito con ese acento ruso suyo.

¿Eso se suponía que era un halago? Le desafié con la mirada durante unos segundos y terminé bajándola avergonzada. No debía permitirle ganar, no esta vez.

2018 / Ago / 10

— ¿Qué tal estás?

Me encogí ligeramente de hombros mientras el rostro de Chloe analizaba mi expresión. Habían pasado unas semanas, no sabía cuántas y ella había venido a Londres como unas pequeñas vacaciones de su pareja y él, aunque tenía que venir a Londres básicamente porque su padre vivía allí.

Michael se había perdido en mi cocina. Había decidido hacernos algo, lo que mejor se le diese. La casa estaba más o menos presentable porque había decidido mantenerme en movimiento de esa forma para no volverme una ameba que no hiciese nada salvo respirar. Tenía mi cabeza en el hombro de Chloe y ella había hecho hasta lo imposible por subirme el ánimo en la última media hora, pero había terminado confesándome sus propios temores. Parecía que el dolor lograba unir más que la alegría.

Les había dicho que si querían se podían quedar allí conmigo. Lo habían preferido a vivir las veinticuatro horas con su padre que lograba ponerle la cabeza loca a Chloe, aunque no había mucho que se pudiese hacer para evitarlo, porque yendo sólo un par de horas regresaba soltando pestes de su padre y de todo lo que le decía de su madre.

— Creo que tengo a dos chicas tristonas —chasqueó la lengua intentando regalarnos una mueca graciosa para poder reír, pero estábamos igual que si nos hubiesen anestesiado. Podríamos chuparle la alegría de vivir a cualquiera.

Sonó el timbre. Michael fue para abrir. Lo único que pude ver era el hombro de un traje y eso hizo que me tensase por completo. Me abracé más fuerte a Chloe y ella intentó calmarme. Era él, tenía que ser él. Había salido de donde estuviese metido.

Michael se quitó de en medio para dejarme ver al dueño de ese traje. Parpadeé y me percaté que en realidad no tenía traje alguno sino un jersey fino que llevaba un chico con el que había estado hablando no mucho tiempo atrás cuando me había encontrado intentando decidirme por una de las dos marcas más parecidas de helado de chocolate. La única diferencia es que una era más barata que la otra, porque el helado lo fabricaban en el mismo lugar. Esa había sido su carta de presentación, sacarme de mi duda existencial sobre el helado.

— ¡Brucie!

Sonreí. Había venido finalmente. Me levanté del sofá y me abracé a él como un koala mientras sus brazos me recibían disfrutando de la sensación de verme algo más tranquila.

— Preciosa, ¿cómo estás? Me habían dicho que estabas completa y absolutamente depresiva. ¿Qué es lo que te pasa?

La conexión entre Bruce y yo había sido prácticamente inmediata. Nada en plan romántico, ni mucho menos, pero tenía la alegría de vivir que a mí me faltaba, los mimos que necesitaba y su novia, por suerte, no era para nada celosa, al contrario, nos llevábamos también muy bien.

La melena rubia de Zoe brillaba con luz propia. Llevaba un recatado vestido blanco. Sus ojos me regalaron esa sonrisa amable que también mostraban sus labios pintados de un tono rosa que en su piel pálida encajaba a la perfección.

— No muy bien… —hice un puchero mirándole.

— Ya lo vemos, corazón —Zoe acarició mi mejilla. Para ellos era casi como su hija a pesar de que le sacaba algunos años a ambos.

Bruce dio un beso a mi frente y después, sin soltarme, le tendió la mano a Chloe para presentarse. Michael llegó poco tiempo después con una jarra de limonada que no recordaba tener, con sus hielos tintineando en el interior del líquido amarillento. Se sentaron en parejas y me quedé mirándoles charlar. Sentía que me faltaba algo. De todos modos, no podía reprocharles nada.

Se estaban conociendo. Se reían entre ellos, se llevaban bien y la felicidad que envolvía el ambiente había puesto una sonrisa en mi cara.

— ¡Ya sé lo que podemos hacer! —dijo Zoe abrazándose al brazo de su novio que la miraba con la adoración de quien se sabe enamorado para siempre—. Saquemos a Kyra de fiesta. Ella lleva tanto tiempo sin salir que seguramente no ha conocido el sitio al que fuimos el otro día. Y así podemos enseñárselo a Michael y a Chloe. No creo que quieran pasar toda su estancia aquí encerrados.

— ¡Me parece una idea excelente! —comentó Bruce dejando un beso en la sien de la adorable rubia.

— ¡Nos apuntamos!

— ¿Qué dices, Kyra? —preguntó Chloe completamente ilusionada.

Sabía cómo iba a terminar todo eso. Estaría de sujetavelas entre dos parejas que no pararían de darse mimos, besos y todas esas cosas. Pero, si eso ocurría tenía una excusa para regresar a mi casa y encerrarme otra temporada.

— Está bien, pero… ¿hay que arreglarse mucho?

Dijeron que mínimamente tenía que arreglarme porque con esas pintas no iban a llevarme a ninguna parte. Les fulminé con la mirada y terminé por subir a mi habitación. Me quité la ropa, la dejé para lavar y luego me metí en la ducha. Esperaba que no les importase seguir de cháchara otro rato porque iba a tomarme mi tiempo. Si salía intentaría encontrarme lo más segura que pudiese. Me sequé el pelo, usé las tenacillas para conseguir los rizos que quería. No eran excesivamente definidos así que parecían más naturales, por suerte. Había logrado que no se me encrespase el pelo cuando me había cepillado los bucles.

Me maquillé y escogí el vestido que llevaba mucho tiempo sin ponerme. De tonos morados y azules me hacían lucir como una princesa, o como hubiese deseado parecerme a alguna siendo una niña. Me puse unos zapatos realmente mortales. Sabía que me iban a destrozar los pies, tenía la certeza de ello, pero no me importó demasiado en ese momento, ya tendría días enteros para querer tirar esos tacones si es que llegaba a moverme mucho.

Cuando bajé metiendo mi móvil en el bolsito de cóctel blanco que tenía, pude escuchar el inequívoco sonido de una mensaje entrando en mi teléfono. Vi el nombre. Era Verdoux. ¡Já! Después de tantas semanas podía esperarse hasta que a mí me apeteciese atenderle.

Tras los vitoreos de todos los presentes halagándome y teniendo que mandarles de paseo por ser unos mentirosos, nos fuimos todos hacia el local en que habían estado Zoe y Bruce poco tiempo atrás. Un local de baile latino. Resoplé maldiciendo que fuese un sitio así. Me encantaba bailar y solamente había tenido una pareja de baile en mi vida adulta, William, así que ahora que íbamos solos tenía la completa certeza de que no podría, de ninguna manera, bailar un solo ritmo latino si no decidían Michael o Bruce sacarme a bailar. La noche iba a ser larga, muy larga, e increíblemente aburrida.