2018 / Ago / 13

Había pasado todo el tiempo observando la manera en la que corría un niño. Se reía mientras perseguía a una mariposa de una forma tan adorable que mi corazón se encogía, deseaba saber si yo podría terminar siendo una madre, si podría tener a un bebé durante nueve meses en mi interior creciendo, gestándose, preparándose para la vida hasta que finalmente pudiese tenerle en mis brazos para llenar sus mejillas de tantos besos que terminase desgastándoselas.

Durante mucho tiempo había deseado, con muchísima fuerza, tener a alguien a quien poder llamar mío. Una propiedad. No sabía hasta qué punto podría querer a alguien si solamente pensaba que era de mi propiedad. No era esa la razón por la que había que traer a un niño al mundo, no para evitar la soledad, no por un acto egoísta, sino porque realmente se creía que era el momento propicio, o porque llegase solo y uno temiese quitar la vida al pequeño que había logrado empezar a vivir.

De todos modos, siempre había deseado ser madre y con la ausencia de William en mi vida creía de manera excesivamente dramática, que no tendría más posibilidades en la vida de poder serlo.

El pequeño terminó yéndose con su madre mientras yo me quedaba sola en el parque, con un ridículo sándwich sobre un envuelto de plástico que hacía de mantel para que no se me manchase la falda. Era sábado y los sábados uno tenía que tener planes para llevar a cabo. No recordaba haberlos tenido en mi vida. Si algún sábado había salido había sido básicamente porque había algún evento familiar o porque había salido detrás de aquel grupo con el que me había obsesionado en el pasado.

Pensar en ese grupo aún me daba vergüenza ajena por todo lo que había hecho por intentar gustar a ese cantante que me gustaba a mí, quien realmente, ¿cómo podía fijarse en un engendro como yo y teniendo solamente dieciséis años?

Llevé el trozo de sándwich a mi boca. Lo había partido con mis dedos mientras pensaba en ese tipo de cosas, como un gesto automático.

— ¿Kyra?

Esa voz me sorprendió. Me giré para encontrarme con el emisor comprobando que era Heinrich. ¡Hacía mucho que no le veía! Sonreí por inercia. Era algo egoísta por mi parte, lo sabía, pero no podía evitar pensar que no estaba sola, que tenía a alguien en la ciudad que no había conocido en el trabajo.

— Heinrich, ¡qué grata sorpresa! —vi que guardaba el teléfono, parecía haber estado hablando con él hasta el momento en que me había visto—. ¿Qué haces en Los Ángeles?

— Negocios, ya podrás imaginarte —me golpeé las manos en un intento por limpiármelas y me levanté para darle un abrazo con toda la suavidad de la que fui capaz—. ¿Y tú?

— Trabajo. Ahora vivo aquí —me encogí de hombros—. No tengo precisamente una residencia como el Ritz, pero me las apaño.

Soltó una pequeña risa mientras se sentaba en el banco antes de posar sus ojos azules fijamente en los míos. Su semblante era relajado, no había oído hablar mucho de él, pero sabía que en su profesión era casi tan inaccesible como una leyenda de la música aún viva.

— Yo sí estoy hospedado en el Ritz.

— ¿En serio? —chasqueé la lengua y terminé volviendo a guardar lo que me quedaba de mi bocadillo casi por vergüenza—. ¿Qué tenéis que os salen los billetes por las orejas? Debe ser carísima una habitación allí. ¿Cuánto tiempo estarás?

— No me salen los billetes por las orejas, pero modestia aparte, soy uno de los mejores abogados del buffete en el que trabajo por lo que les gusta mimarme para que no me vaya a la competencia. Prácticamente tengo que abrir la boca y me dan todo lo que pido. A veces, llega a resultar tedioso —su tono de voz fue casi un lamento.

Entrecerré mis ojos dispuesta a reírme de forma cruel, sin embargo, preferí ser algo más elegante o ir menos a cuchillo.

— Seguro que tiene que ser agotador que te mimen continuamente —cuando me miró una sonrisa se deslizó por mis labios antes de soltar ambos una carcajada por la ironía de la situación, alguien quejándose de no tener lo suficiente, mientras que el otro se quejaba de tener demasiado.

— Dime, por lo que más quieras, que ese bocadillo no es tu comida de hoy —comentó justo cuando pensaba que no había llegado a verlo.

Arrugué mi nariz sintiéndome expuesta, vulnerable. ¡Claro que era mi comida de hoy! Por varias razones, una… no me apetecía cocinar ni lo más mínimo y dos, si me gastaba un solo céntimo más de lo establecido podía decir adiós a pasar una temporada con la familia en las próximas vacaciones.

— ¿Qué tiene de malo mi sándwich de ensaladilla rusa? Que sepas que cocino de maravilla —reí porque ni yo misma me lo creía.

— ¿Qué tiene de malo? El tamaño, la proporción, la escasa compañía en que lo disfrutas…

— No metas a la compañía en esto que los bichitos saben bien como intentar comerse mi comida.

— Vamos, deja que te invite a comer, por favor.

— No me gusta demasiado que gasten dinero en mí.

— ¿Temes que tu novio me golpee como si estuviese cortejando a su pareja? Ya sé que no le caigo bien, podré aguantar esto tan bien.

Suspiré cuando escuché la palabra novio. Le miré y entrecerré mis ojos ligeramente antes de negar conteniendo las ganas de llorar y la rabia que me provocaba acordarme de William.

— No tengo novio, Heinrich.

— ¿Desde cuándo?

— El mismo tiempo que llevamos sin vernos nosotros, prácticamente —me encogí de hombros y como si él supiese que me dolía aún hablar de ello, tomó una de mis manos entre las suyas llevándola a sus labios para dejar un beso en el dorso.

— Sabes que el único que ha perdido es él, ¿verdad? Dudo que yo pudiese dejar escapar a una mujer como tú —su pulgar acarició mi piel y bajé mi mirada sonrojada antes de negar.

— Si dejas de halagarme, prometo dejar que me invites a comer.

Sus labios se curvaron antes de acercarse a mi oído para susurrarme.

— Las verdades no son halagos, Kyra.

Dicho lo cual, me ofreció su mano para levantarme y me guió hasta su hotel. No comprendía porqué íbamos a comer ahí, pero agradecía tener un mínimo de intimidad.

2018 / Ago / 13

El día había sido intenso. Lleno de emociones. Había llegado a mi casa completamente derrotada. Me quité los zapatos y los tiré al suelo sin mirar dónde caían. Me dolía la cabeza, estaba tensa, lo único que me merecía era un descanso de la clase que fuese, pero mi mente seguía funcionando a una velocidad que me hacía recordar que lo más probable es que no pudiese calmarla hasta bastante tiempo después.

Me quité la chaqueta que llevaba. También me deshice de la falda. La camiseta no hizo nada más que estorbar y en ropa interior me fui hacia la habitación con el resto de la ropa en mis manos. La dejé sobre la cama y me puse el camisón antes de acercarme a la ventana. La abrí en un intento por respirar profundamente aire limpio mientras todo el ruido de la ciudad comenzaba a envolverme.

En una ciudad tan grande uno no puede evitar sentirse como una motita de polvo en mitad de la carretera. Todo parecía tan insignificante mientras que en la vida vivida por uno era mucho más que una motita de polvo. Era igual que una montaña que había que escalar, a menudo, solo sin ayuda alguna. Eso era parte de la vida. La vida era dura, lamentablemente, aunque tenía la certeza de que la hacíamos más dura de lo que debería ser.

La ligera brisa que se despertaba con el anochecer acariciaba mis mejillas buscando recordarme las caricias de otro cuerpo, el calor de sentirse mínimamente amada. Bajé mi mirada hacia la calle observando a los viandantes que tenían sus vidas, vidas con demasiados problemas, vidas llenas de personas, vidas sin tiempo extra, vidas… en definitiva vidas.

Cerré mis ojos en un intento por no pensar en nada, pero mi cabeza no me hacía caso. Tenía varios pensamientos que se entretejían aumentando aún más mi dolor de cabeza. Todas las personas de mi vida y aquellos con los que podría llegar a tener fallos, grandes fallos. Pensaba en todo aquello sobre pasar un día entero con paciente. Podía ser muy mala idea, pero un avance considerable en mi manera de intentar comprender su forma de funcionar. También pensaba en Livia, en lo mucho que extrañaba saber de ella y en cómo aún miraba el correo esperando encontrarme alguno suyo, como si fuese posible que me gastasen una broma de ese estilo tan cruel y desproporcionada, intentando encontrar alguna forma de que fingir su muerte fuese la única razón que explicase algo que ni yo misma llegaba a entender. La esperanza de aquel que se niega a creer la verdad, que prefiere vivir en un mundo de fantasía en donde todo es posible.

Gustav también estaba en mi cabeza. Había traído conmigo sus cartas, esas cartas en las que había desnudado su alma. Yo misma había empezado a escribirle cartas a él, me había puesto a intentar narrar mi vida, para que en algún momento, cuando tuviese fuerzas y supiese dónde estaba en ese momento, pudiese leerlas. Quizá, de una forma que ni yo misma sabía, como si fuese un don que tuviese Gustav en su ADN pudiese llegar a entenderme.

Verdoux tampoco dejaba mi cabeza. El intenso dolor que había sentido durante tanto tiempo había dejado mi alma, mi corazón y mi mente dividida para siempre. Los cuernos, los engaños, los secretos, el incesto… aún aparecían en mis pesadillas. Era igual que ver el peor de los delitos cometido en la vida una y otra vez, sin poder evitar que sucediese de nuevo a pesar de saber qué iba a ocurrir. Se había vuelto una pesadilla recurrente junto a aquellas en las que regresaba a los estudios primarios y secundarios con todos mis compañeros arrancándome la piel a tiras con sus risas crueles e incombustibles.

Abrí los ojos nuevamente y cerré la ventana regresando a mi propia realidad. Tenía que enfrentarme a mi soledad, a ser esa motita de polvo en mitad del mundo, algo insignificante y trivial aunque el dolor fuese intenso.

Recordé a Douglas. Supe que no me habría olvidado aún, pero con suerte no sabría que había abandonado el país hacía un año. Sabía que le habían condenado, no sabía por cuantos delitos, pero lo suficiente como para que se pasase el resto de su vida entre barrotes. Habían podido demostrar su crueldad y aunque seguía siendo el motivo de sus delirios, estaba más tranquila. Con un océano de por medio, en teoría, no podía hacerme nada y aun así sentía su presencia amenazante por todas partes en los momentos de mayor debilidad mental.

No quería nada que tuviese que ver con una relación, no por el momento. Estaba cansada de sufrir innecesariamente, sin embargo, quería hacer algo, lo que fuese, encontrar amistades si es que podía porque el mundo empezaba a echárseme un poco encima. Necesitaba razones por las que aferrarme a seguir adelante, momentos buenos que rindiesen batalla a los momentos malos, alegrías, risas, tonterías inimaginables, aventuras que debí vivir en mi adolescencia y que quedaron solamente en un intento por ser vividas.

La amistad, una de mis asignaturas pendientes porque cuando encontraba a alguien que podía cumplir los requisitos siempre lo alejaba, física o sentimentalmente. No era constante en las relaciones, siempre se basaba todo en un tira y afloja hasta que finalmente, se reabrían todas esas heridas que había creído curar con el tiempo, porque sí, la soledad puede ser una maldición si no se sabe llevar, si se escoge sabiendo lo que ella regalará en oposición al temor que nos da lo nuevo, donde podemos sufrir de formas a las que no estamos acostumbrados y experimentar emociones que desborden nuestras almas. Pero, el ser humano no deja de ser un animal social y por eso, uno termina aceptando silenciosamente, que debe relacionarse con aquellas personas que puedan proporcionarle nuevos estímulos y aunque se equivoque, buscar hasta encontrar las personalidades afines y no tan afines que enriquezcan el mundo interior.

2018 / Ago / 12

La sesión terminó y me levanté del sillón dispuesta a realizar algunos apuntes en el expediente de Gerault. Él hizo lo propio y pensé que se marcharía a su trabajo, pero me equivocaba.

— Se me acaba de ocurrir algo, Kyra.

Me giré para encontrarme con su expresión. Parecía haber tenido una idea grandiosa, como si estuviese emocionado por tener que comunicármela.

— Dime, ¿qué es?

— Tu objetivo es conocerme completamente, ¿verdad? —asentí a su pregunta como respuesta automática—. Y creo que una sola hora no es tiempo suficiente para poder conocerme. Por eso quiero proponerle un plan. Pase veinticuatro horas conmigo. Viva un día entero al estilo Gerault y de esa manera podrá conocerme mejor.

Dio varios pasos hasta situarse justo delante de mí. Intenté no sentirme intimidada por no poseer el espacio necesario para respirar, ese espacio que llamábamos personal de manera vulgar, pero que nos daba una sensación de seguridad, de estar alejados a los demás lo suficiente para que no se metiesen en nuestro mundo, nuestro aire, no sentirnos amenazados de ninguna forma. Muchas personas tenían problemas con ello y parecía que Matt los tenía con no respetar el espacio mínimo.

— Podría ser una buena solución, es cierto, pero dudo que realmente pueda llegar a conocerte mejor solamente en un día. Podré verte en tu “hábitat natural”, sin embargo, podría volver bastante más difusas las fronteras de esta relación.

— ¡Oh, vamos, Kyra! Creo que ha quedado bastante claro que no existe ningún tipo de atracción entre ambos así que… ¿por qué no lo tomas como un experimento sociológico?

Me quedé pensativa. Había algo en él, un tipo de oscuridad que me atraía, ese tipo de oscuridad que sabía que algún día terminaría conmigo por no saber aguantar mi curiosidad. Mordí mi labio inferior con deseos incontrolables de pronunciar un rotundo sí. Él se estaba ofreciendo en bandeja para que le estudiase y escondía muchos secretos, algo que no solía soportar dejar pasar. Quería descubrir, quería saber, necesitaba comprender, así que no pude decir otra cosa.

— Está bien. Acepto. Quiero ver a Matt Gerault, a todas las facetas que esconde.

— No creo que puedas ver todas, pero empecemos por la mayoría —me guiñó un ojo y cogió la agenda que tenía abierta en mi escritorio, justo detrás de mí—. Escoge un día.

Observé mi agenda. En una parte de mi ser se habían disparado todas las alarmas que conscientemente estaba ignorando. No había atracción entre nosotros. ¿Qué peligro podía haber? La imagen de Douglas apareció en mi cabeza, pero mi curiosidad malsana era mucho más poderosa.

— ¿Qué te parece el viernes que viene? No tengo casi pacientes, así que será fácil acomodar ese día.

— Perfecto, Kyra. El viernes próximo a las siete de la mañana espero verte arreglada en tu puerta.

— ¿Sabes dónde vivo?

Mientras se alejaba hacia la puerta y mi rostro se desencajaba en una mueca de sorpresa por saber que mi intimidad había sido vulnerada de nuevo, me miró sobre su hombro.

— Dejemos eso a la providencia. Si debes hacer ese trabajo sociológico, sabré dónde encontrarte.

Reí por la soberana tontería que me parecía aquella frase. Me giré para escribirle mi dirección, sin embargo, cuando me di la vuelta ya se había ido, sin decir adiós, dejando la puerta abierta y un gran revoltijo en mi estómago. No quería volver a enfrentarme a un psicópata.

Me quedé pensativa. Si Gerault averiguaba donde vivía no sería nada bueno, ¿no? Era uno de los primeros indicios que tenía que haberme llevado a pensar que Douglas no era alguien de quien pudiese fiarme, pero tenían un don especial para ser acosadores, para tener a las mujeres como un ser inferior. Y, supongo, que en mí aún existía esa parte que quería transformar a un chico malo en un chico bueno, sin el amor de por medio.

Trituré el trozo de papel con mi dirección. Me senté en la butaca y tras encender el ordenador hice los cambios necesarios sobre la evolución de Matt. El único problema y era un problema bastante gordo, es que la curiosidad había podido conmigo por lo que había empezado a leer un informe de muchas páginas sobre la vida de Matt. Era sorprendente hasta qué punto podía esconder secretos de su pasado y me sentí culpable, porque eso debía contármelo él de querer que yo lo supiese. También había serios problemas con las mujeres, y solamente, el tiempo, me impidió que terminase mi lectura sobre su historial psiquiátrico.

Llamaron a la puerta y vi a una de mis pacientes habituales.

— ¿Estás libre, Kyra? ¿Podemos empezar?

Miré el reloj del ordenador comprobando que me había excedido en mi tiempo de lectura. Cerré el historial de Gerault y apagué la pantalla del ordenador antes de asentir.

— Sí, sí, por favor, Claudia, siéntete. Perdona, había perdido la noción del tiempo leyendo algo sobre otro paciente.

— Oh, no te preocupes, estoy acostumbrada a esperar.

Miré a Claudia, una joven con escasas sonrisas, llena de piercing y con un complejo de inferioridad sorprendente. Su aspecto denotaba que había vuelto a beber. Tenía ojeras, las manos temblorosas y estaba más pálida de lo normal.

— ¿Qué ha ocurrido, cielo?

Me levanté de mi butaca, caminé hacia ella y acaricié suavemente su brazo mientras ella me miraba con la mezcla completa de culpabilidad y vergüenza. El olor a licor de los días que habría estado bebiendo aún podía llegar a mis fosas nasales. Lamentaba que la pobre tuviese que recurrir al alcohol. A fin de cuentas, ella, era una joven sufridora que se había tenido que refugiar en el alcohol tal y como había visto hacer a su padre toda la vida.

— No he podido evitarlo… yo… necesitaba beber, era todo lo que necesitaba.

— Por alguna razón, imagino.

Asintió antes de dejarse caer en uno de los sillones comenzando a temblar entre sollozos casi incontrolables.

— Mi padre… mi padre…

Tomé sus manos y observé las marcas en sus brazos girándolos poco a poco. Su padre había vuelto a hacer de las suyas, había golpeado su cuerpo hasta dejar la hebilla del cinturón marcada en su piel con algunas muescas y pequeños cortes por el metal.

— Claudia, sabes que tengo que avisar a servicios sociales. Esto no puede continuar así.

— Lo sé, pero… ¿y si reacciona peor?

Apreté suavemente sus dedos entre los míos fijando mis ojos claros en los ajenos.

— Haremos lo posible para evitar que tu padre pueda acercarse a ti. Tú eres mi prioridad en esa situación, ¿lo entiendes?

Ella asintió. Suspiró y terminó abrazándose a mi cuello llorando desconsolada mientras mi corazón se partía en mil pedazos.

2018 / Ago / 12

No pude evitar reírme. ¿Qué creía ese hombre que podría hacerme? Entonces, el recuerdo latente de Douglas hizo que me tensase por completo. ¿Estaría igual de perturbado?

— ¿Por qué cree que sería mi mayor miedo? ¿Por su fuerza, quizá? ¿Por algo que le haya hecho antes a alguna mujer?

— No, Kyra. Al contrario. No es por mí, es por ti. Tu inocencia es sorprendemente adorable. Eres igual que un capullo en mitad de un bosque lleno de flores podridas de tanto tiempo abiertas. Eres igual que esas bellezas que… bueno, no todo el mundo tiene la suerte de ver —concluyó.

Me sonrojé por completo porque no estaba acostumbrada a ese tipo de piropos, sin embargo, la forma en que lo dijo demostraba que no le agradaba mucho la inocencia en una mujer, que estaba acostumbrado a otras cosas.

— Creo que eso nos hará mucho más fácil mantener la distancia en esta relación. Ni eres el tipo de hombre que a mí puede atraerme ni yo quien te atraiga a ti. Eso es perfecto para nosotros.

Me miró confundido y después tamborileó sobre el brazo del sillón con sus dedos. Estaba contrariado. Parecía debatirse si decir o no algo.

— ¿Por qué dices que no soy tu tipo de hombre?

— ¿Eso te desconcierta?

Asintió mientras intentaba contener una carcajada. El ego parecía estar sobre su hombro indicándole qué tenía que responder de todo aquello aunque conseguía guardárselo lo suficiente para ser capaz de confesarlo.

— No te lo tomes como algo personal, Matt, pero para intentar calmar tu necesidad y ese ego que parece haber resultado herido, te diré que: uno, no suelo sentirme atraída por ningún paciente y dos, no es el físico lo que a mí me atrae. Además, no deberías verme como una posible conquista por varios motivos: uno, soy tu psicóloga y dos, soy de las románticas empedernidas, así que no pierdas el tiempo —reí ligeramente mientras apoyaba mi espalda de nuevo en el sofá intentando mostrar una posición más relajada—. Pero, cuéntame… ¿por qué te desconcierta que una mujer no babee mientras estás frente a ella? ¿Tan ilógico te resulta?

— Lo es, a mis ojos. En fin, no quiero que parezca que me creo el hombre más guapo del mundo, pero me siento más tranquilo cuando tengo ese estatus frente a una persona, sobre todo una mujer.

— Porque tienes el control. Es como un hechizo. Consigues controlar a las mujeres a tu antojo solamente porque intentan conquistarte y terminan haciendo lo que tú quieres. ¿Me equivoco?

Su expresión se endureció dispuesto a regalarme una negativa a lo que había puesto sobre la mesa. Sin embargo, prefirió callar.

— Si crees que estoy equivocada puedes decírmelo. Pero tengo esa sensación, necesitas tener el control de todo y “dominando” a una mujer, tienes también el control de esa relación. Llegará donde tú quieres que llegue, se hará lo que tú quieres que se haga. Piénsalo. Puede que esté equivocada…

— No lo estás. Domino a la mujer por pura necesidad de tener el control, sí, pero hay más.

— ¿Más?

— No lo entenderías.

— Prúebame —dije con una sonrisa en mis labios.

Para mí aquella expresión era una muestra de valentía esperando que aceptase el reto mental, pero no parecía lo mismo para él. Su rostro se ensombreció, sus músculos se tensaron, casi parecía que se iba a transformar en otra persona y por un segundo sentí una oleada fría por mi espina dorsal. Mi cuerpo me estaba avisando y deseaba, en lo posible, no tener otra experiencia como Douglas. Aún recordaba la manera en la que su piel ardía contra mi cuello mientras me susurraba una amenaza que no hubiese tardado en cumplir de no haber conseguido poner fin a esa locura.

Relamió sus labios y desvió la mirada igual que si le costase un mundo. ¿Qué había hecho? ¿Había vuelto a alterar su control? Puede que tener a una mujer respondona frente a él no le beneficiase en eso precisamente, pero debía acostumbrarse a que las mujeres no comen de la mano de un hombre. Tenemos carácter y aunque la sumisión pareciese el papel favorito que nos concedían los hombres, muchas, cada vez más, estábamos empezando a demostrar que valíamos para muchas más cosas.

Tenía que terminar por acostumbrarme a leer la ficha de los magnates de los negocios, porque parecía que todos tenían un pequeño problema de conexiones neuronales normales, o puede que el machismo se extendiese sobre ellos con mayor facilidad. Al menos, mi experiencia con ellos, estaba siendo bastante decepcionante. No conocía a uno solo que aceptase a las mujeres como iguales, que no necesitase tener algún tipo de control obsesivo.

— Háblame sobre el estrés, Matt. ¿No te supone demasiada ansiedad tu trabajo?

— En realidad, no —pareció relajarse visiblemente, el tema profesional podía ser uno de sus terrenos seguros—. Una vez que uno se acostumbra tiene sus propias rutinas y no necesita nada más allá. Encontré mi ritmo de trabajo, viví para trabajar y por eso estoy donde estoy ahora.

— ¿Tienes amigos, Matt?

— En mi trabajo no puedo permitirme tener amigos. Ni pareja. Ni nadie que se pueda acercar lo suficiente.

— ¿Temes por tu vida o por tu privacidad?

— Sería estúpido que no lo hiciese, Kyra. Cuando una persona maneja tanto dinero como yo tiene que tener seguridad allá donde va, tiene que hacer lo imposible por mantener su vida privada en completo secreto y más si es como la mía.

— Mmmm… comprendo. ¿Acaso es un homosexual que oculta su verdadera identidad? —la pregunta salió disparada, sin filtro.

Pude sentir cómo mis mejillas se sonrojaban por completo y después negué esperando poder disculparme antes de que él respondiese a la pregunta.

— No, Kyra, no soy un homosexual encubierto. No van por ahí los tiros —dijo entre risas—. Te confieso que es la primera vez que me hacen un comentario parecido.

— Disculpa, no he podido aguantar ese pensamiento. Podría ser una posibilidad…

— No, Kyra. Me siento exclusivamente atraído por las mujeres. Los hombres no son lo mío. ¿Cree que tengo algo de homosexual encubierto?

Mordí mi labio inferior y me mantuve observándole.

— A simple vista no es algo que se pueda distinguir como el hecho de tener una peca en alguna parte. Además, no considero que sea ninguna mancha en el historial ni nada parecido. Ser homosexual, bisexual y todos los distintos tipos de sexualidades debería ser igualmente aceptado como la heterosexualidad —hice una mueca porque lamentaba los continuos acosos que había a cualquiera de todos esos géneros—. El respeto es algo que no se prodiga mucho en nuestra sociedad.

— Y hablando de sexualidades, ¿qué es lo que te atrae, Kyra? Si yo no soy tu prototipo de hombre…

Reí un poco antes de volver a sonrojarme sin saber si contárselo. Pero una de las leyes que yo tenía, era evitar esa barrera, poder tener una conversación distendida y si preguntaban, responder lo que considerase oportuno. A fin de cuentas, ellos tenían que abrirle el corazón, la mente y el alma a una completa desconocida.

— No pienses que soy rara, ¿vale? Pero mi prototipo de hombre es aquel inteligente, extremadamente inteligente. Sherlock Holmes, por ejemplo, que posee una mentalidad superior, o Bruce Wayne, sí, Batman. Ese hombre sumergido en la oscuridad que utiliza su intelecto para vencer a mentes tan retorcidas como la del Joker o Enigma, entre otros. Esos hombres son los que despiertan en mí esa necesidad de más…

A mi mente vino William, el hombre más inteligente y oscuro que había conocido y del que me había enamorado. Su solo recuerdo aún quemaba en mi pecho.

— Yo podría ser Bruce Wayne sin problemas, Kyra.

Su afirmación me desconcertó por unos segundos.

— Matt, el ego y la presunción no te ayudarán en nada para conquistarme si es que ese en algún momento podría llegar a ser tu objetivo. Limítate a la relación psicóloga-paciente. Será más beneficiosa para ambos.

Sin embargo, sus ojos brillaban de una forma diferente y casi pude ver los engranajes de su cabeza empezando a dar vueltas dispuesto a maquinar alguna clase de plan.

2018 / Ago / 12

Matt daba esa sensación de control, igual que Douglas. Todo lo que había a su alrededor parecía acoplarse a él y empezaba a pensar que quizá fuese algún problema común dentro de la mentalidad humana cuando se llega a poseer un puesto tan importante que se sube rápidamente a la cabeza, como si no hubiese nada en todo este mundo superior a ellos, como si fuesen los únicos que tuviesen derecho a respirar, a sentir, a padecer.

— ¿Cómo se supone que debemos comenzar?

— ¿Qué tal si me cuentas lo que quieras contarme?

— Bien, dime entonces qué es lo que ya sabes, porque imagino que habrás leído el informe.

— Para tu sorpresa, no. Prefiero que seas tú quien me encuentre lo que desee, que confíes en mí en lo posible. No tendría sentido que tuviese información privilegiada. Sé que eso ayudaría mucho a continuar los tratamientos, sí, lo sé, pero si te confieso algo, siempre es empezar de nuevo por mucho que hayas trabajado con otros. Tienes que hacerte a un nuevo profesional y aunque nos fiemos de nuestros compañeros, es mejor que seáis vosotros quienes contéis lo que os ocurre, con vuestras propias palabras.

Frunció su ceño observándome igual que si fuese un alien o algo parecido. Estaba patidifuso, quizá no entendía la verdadera razón, o puede que estuviese yo sola achacándole pensamientos que no tenía nada que ver con aquello que estaba pasando por su cabeza.

— ¿No has leído mi expediente? ¿Te tomas tu trabajo en serio?

Entrecerré mis ojos y preferí no contestar de malas maneras.

— Tan enserio como tú el tuyo. Ahora, si no te importa, ¿por qué no me cuentas algo sobre ti? Intenta definirte. Así podría saber cómo te ves a ti mismo.

— Definirme no es algo que se me dé bien, precisamente.

— No suele dársenos bien. Pero, inténtalo. ¿Qué adjetivos crees que te definirían mejor? Puede que no los hayas usado para definirte a ti mismo, pero sí que lo hayan hecho otras personas.

— Frío, distante… la mayoría de personas creen que no tengo corazón. Vivo por y para mis negocios, no tengo ganas ni tampoco intento tener esa típica familia con un millón de hijos. No es mi estilo. Me permito disfrutar de la vida y darme todos los caprichos que sé que si fuese padre de alguna criatura no podría permitirme, además, que no creo ser un buen ejemplo para ningún niño que debiese imitarme de alguna forma —dijo antes de apoyar su mentón en una de sus manos mirándome fijamente, sin desviar sus ojos grises ni un solo segundo de mi anatomía algo que empezaba a provocarme una sensación de rechazo. ¿Tenía algo anormal que no paraba de mirarme?

— Comprendo. Y los modales tampoco tienen que ser lo tuyo, ¿me equivoco? Es decir, puedes tener los típicos modales que se nos ha enseñado toda la vida, pero quizá no tengas esa manera de comprender qué puedes causar en los demás. Las personas frías suelen fomentar esa faceta porque aunque no sean personas cariñosas, tampoco tienen la facilidad para entender que el tono, su expresión facial, su lenguaje no verbal, es aquello que provoca mayor rechazo en ellos, no solamente su tendencia a ser despegados, no dar abrazos, besos, etc.

Asintió ligeramente como dándome la razón antes de inclinarse hacia delante.

— Pero, aún así, tengo un problema, Kyra. Las mujeres se fijan en mí como si tuviese un imán, buscando algo parecido a su príncipe encantador. Y yo no soy el chico bueno de ningún cuento de hadas.

Arqueé una de mis cejas antes de humedecer mi labio inferior intentando descifrar si había algún otro significado en esa afirmación.

— No creo que sea nada malo que le resulte atractivo a las mujeres siempre que deje bien claro desde el principio que su intención con ellas no será una historia de amor. Muchas personas no quieren aferrarse a nadie en concreto hasta que encuentran a la persona indicada y hay algunos que no la encuentran nunca. No es algo obligatorio en la vida. Uno no tiene que casarse, tener hijos… por mucho que sea lo que “teóricamente hay que hacer”. Cada uno es libre de escoger su destino y parece que el tuyo está ligado siempre al trabajo. Creo que en cierto modo, ya escogiste pareja para toda la vida. Tu vida laboral —una pequeña sonrisa apareció en mis labios y vi a la perfección que ocultaba una sonrisa bajo su espesa barba.

— Visto así, desde luego… No obstante, no pienses mal de mí, tengo relaciones con mujeres, pero no a ese nivel.

— Enamorarse no es para todo el mundo y amar para toda la vida, tampoco. Si tienes otras inquietudes como prioridades en la vida, ¿alguien te obliga a cambiarlas? La intención en la vida de cada uno debe ser encontrar su proyecto de vida, qué es lo que quiere ser, qué tipo de vida quiere tener y poder probar la felicidad de esa forma aunque no sea lo convencional. La clave está en ¿eres feliz de esta manera en la que vives?

Apretó sus labios en una fina línea y respiró profundamente hinchando su pecho. Casi temí que alguno de los botones terminase saltando y golpeándome en la frente como en aquella escena de Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Mi propia comparativa casi hizo que acabase riéndome a carcajadas, pero fui capaz de aguantar aquel chiste personal, interno, que Matt no tenía porqué saber que había cruzado mi mente.

— ¿Tener el control y estabilidad es ser feliz?

— ¿Lo es para ti? ¿No te provoca ansiedad lo que se escapa de tu control y de esa estabilidad que tú has planeado que debe haber en tu vida?

Cruzó sus dedos mirándolos fijamente mientras su mandíbula se apretaba. Volvió a descruzarlos y tras apoyar el canto de sus dedos índices sobre sus labios elevó la mirada hasta la mía en un intento por parecer que estaba sobre esa situación. Sus hombros tensos, su mirada fría, el ligero tic que tenía en su mandíbula producto del acelerado ritmo de su corazón me indicaban, de sobra, que él estaba perdiendo en ese momento el control, que no tenía las riendas, que no se sentía cómodo.

— Por ejemplo, ¿qué harías ahora mismo si pudieses evitar que dijese alguna otra palabra que te desestabilizase?

Soltó una mísera carcajada y negó con una maliciosa sonrisa en los labios.

— No quieras saber qué haría, Kyra.

— ¿Por qué?

— ¿Has visto a un monstruo alguna vez? Yo soy un monstruo real, fuera de las pesadillas, dispuesto a volver realidad los peores miedos de los demás.

— ¿Y cuál crees que sería mi peor miedo?

Sus ojos brillaron fugazmente antes de responderme con voz grave, raspada y escalofriante.

— Yo.

2018 / Ago / 12

Matt Gerault. Un hombre famoso por antonomasia. Esperaba encontrarme frente a mí a un hombre bajito, menudo, con gafas y sin ningún tipo de atractivo físico, eso me impondría bastante menos. Sí, las apariencias engañaban, pero estar más tranquila de primeras podía ser un gran paso para establecer una relación agradable entre psicóloga y paciente.

Estaba nerviosa. Cualquier paciente nuevo suponía un reto y parecía que Gerault estaba cuidado casi como oro en paño. Era extraordinaria la manera en la que me habían recordando en múltiples ocasiones que mis citas con él debían ser exclusivas y en solitario, que nadie que supiese quién era pudiese decir que había acudido a la consulta del doctor Smith.

Por ese motivo le había cita el viernes a primera hora de la mañana. Parecía no tener ningún problema en madrugar y por mi parte, si debía ser sincera, no encontraba otra forma de que prácticamente el edificio entero estuviese completamente desocupado. Él no sería visto y yo, esperaba tener lo suficientemente despejada la cabeza para meterme un caso nuevo entre pecho y espalda.

A las siete menos cinco de la mañana estaba sola en el despacho, no había llegado nadie aún. Las consultas solían empezar a partir de las nueve, así que tendría tiempo suficiente para lograr que Gerault no se sintiese demasiado intimidado o, al revés, fuese yo la que necesitase aclimatarme ante su presencia.

El ascensor sonó permitiendo a quien iba a ser mi nuevo paciente, entrar a la sala de espera vacía. Pude escuchar tan solo sus pasos, así que estaba solo. Mejor, ¿no? Ni él se sentiría acechado por nadie, ni yo tendría que combatir contra algún picapleitos o guardaespaldas que no me permitiese acercarme demasiado, o pronunciar cualquier palabra que al señor le resultase odiosa de escuchar. Sí, debía reconocerlo, solía tener bastante mala impresión de los millonarios excéntricos, pero en mi defensa, pensaba a menudo, muy mal, de muchas personas. No era nada personal, sino esa tendencia negativista por excelencia que llevaba en mi ADN.

Me incorporé después de haber leído tan solo los datos más básicos de Gerault. No consideraba justa la idea preconcebida. Creía que el paciente tenía completo derecho a confiar en mí en la medida que considerase oportuna, y aunque sí, me saltaba seguramente tropecientas reglas de miles de manuales de atención clínica, mi propio método me hacía sentir mucho más segura. ¿Por qué? Cabezonería pura y dura que teníamos la tendencia a usar como eufemismo para no sentirnos tan culpables, el término manías, costumbres o sus derivados.

Abrí la puerta de mi despacho y asomé la cabeza buscando encontrarme a ese hombre menudo que me había imaginado en varias ocasiones. En su lugar, tenía ante mí un completo armario ropero. Un hombre que rondaría el metro noventa. Hombros anchos, musculado casi al estilo superhéroe de cómics. Mandíbula ancha, facciones duras, ojos de una tonalidad indescifrable desde la distancia. Tenía la impresión que si hacía un movimiento inesperado todo ese traje gris marengo que intentaba abarcar su envergadura terminaría rompiéndose lentamente costura a costura.

— ¿Señor Gerault?

Una mísera sonrisa hizo amago de aparecer en sus labios, pero rápidamente desapareció ese deseo. Me miró de arriba abajo y extendiendo una de sus grandes manos hacia mí.

— Doctora Mijáilova. Es un gusto conocerla finalmente.

— Llámeme solo Kyra, por favor. El gusto es mío. Pase —me retiré de la puerta de mi despacho para que él pudiese entrar.

Entró en el lugar observándolo casi milimétricamente y rodé los ojos imaginando que aquella pequeña habitación no cumpliría ni de lejos sus excentricidades en cuanto a muebles se trataba. Seguro que tenía lo mejor de lo mejor en todos los aspectos y con sinceridad, gastarte un dineral solamente en muebles que no iban a ser para toda la vida, era una soberana tontería.

Una vez que estuvimos juntos en el interior del despacho una pequeña sonrisa apareció en mi rostro con la intención de poder tranquilizar la situación, o al menos, a mí misma pues tenía ligeros temblores en mis manos por los nervios, las palmas me sudaban, y aunque aquel hombre fuese estéticamente atractivo, por suerte para mí, no me atraía absolutamente nada.

— Bien, señor Gerault, tengo unas pequeñas normas que decirle antes de comenzar la sesión —caminé hasta el escritorio y apoyé mi trasero en él al igual que mis manos intentando mantenerme lo más serena posible—. No soy una psicóloga al uso, al menos, eso me gusta pensar. Así que le comentaré qué es lo que yo suelo hacer en una búsqueda porque sea una terapia algo más sencilla para ambos. Primero, teóricamente se ha dicho siempre que los psicólogos y psiquiatras son los profesionales, lo son si nos centramos tan solo en que tienen estudios que sus pacientes no, pero, ¿quién puede saber más de lo que le pasa que uno mismo? Por mucho que sepa, jamás, en la vida, podré leer mentes, ver el pasado ni nada por el estilo, por lo que considero que no tiene demasiado sentido que me ponga en un escalafón superior. Siempre debe ser una relación de completa horizontalidad la que exista entre nosotros dentro de estas cuatro paredes. Eso sí, como todo tiene sus pequeñas especificaciones. El respeto entre ambos es fundamental. Ni uno puede insultar al otro ni el otro al uno. Si algo que se dice no le ha sentado bien, prefiero que me lo diga antes de salir por la puerta y pensarse si tiene sentido regresar para encontrarse mal de nuevo —hice una pequeña mueca recordando las veces que había abandonado la consulta de un profesional en Salud Mental y me había asegurado que no volvería ni aunque me pagasen por ello—. Me gustaría tener plena sinceridad, no creo que tenga mucho sentido aceptar una relación de esta índole si se basará en secretos. Y por supuesto, no me gusta para nada que de puertas para dentro tengamos que tratarnos de usted, creo que pone una barrera inevitable entre nosotros, no permite una cercanía que considero que es necesaria. ¿Le parece bien, señor Gerault?

Sus ojos grises me observaron antes de regalarme una pequeña sonrisa bajo su poblada barba.

— Desde luego le doy la razón, no es una psicóloga al uso y perfecto entonces, Kyra. Veamos a dónde lleva todo esto.

— Puedes sentarte en el lugar que quieras, Matt. Incluso, el butacón que está detrás de mí. Siéntete cómodo.

Gerault observó cada mueble de la habitación y terminó sentándose en un sillón que estaba apartado de la zona típica de terapia con el escritorio entre medias. Después, opté por sentarme en el sillón que estaba justo frente a él.

— ¿Cuáles son tus intenciones, Kyra?

Arqueé una de mis cejas sin entender demasiado bien su pregunta y luego solté una pequeña risa.

— Conocerte, Matt. Solamente conocerte para poder ayudarte.

Sus ojos grises se oscurecieron ligeramente antes de negar imperceptiblemente.

— Entonces, tenemos mucho trabajo por delante.

2018 / Ago / 11

El amor tiene el poder de cambiar nuestra vida, de cambiarnos a nosotros y en mi caso, me volvió completamente miserable.

Había pasado un año desde lo sucedido en Londres. Había intentado comenzar mi vida de cero. Me había mantenido alejada de todo lo que pudiese recordarme a ese pasado. Lo último que había sabido sobre ese hombre había sido que había dejado Londres, pero por temor a que regresase yo también lo había dejado. No sabía realmente a dónde podía ir, por lo que me había permitido pasar un tiempo con mi familia y buscar en todas partes algún lugar donde poder trabajar.

Renunciar a los trabajos no es que fuese prácticamente una medalla en el expediente, así que solían dejarme a menudo a las puertas de la conquista de un empleo. Mis padres habían intentado buscarme algo, pero mientras yo disfrutaba de mi primer sobrino, ni tan siquiera me había planteado volver a las andadas. Me había vuelto prácticamente una ermitaña. Me pasaba el día en la habitación que durante tanto tiempo había sido mía. Revolvía en mis recuerdos del pasado y me sentía extremadamente culpable de las malas decisiones que había tomado tiempo atrás. Debí haber sido más lista, debí haberme dado cuenta… Fuera como fuese tenía pude lograr alejar esos pensamientos de mi mente lo suficiente para percatarme que, de nuevo, mi mente estaba pudiendo conmigo. Así que me puse las pilas y viajé a Washington, una de las ciudades que jamás pensé que conocería. Allí fui a una clase maestra de las nuevas técnicas en la Psicología, de los avances, de todo lo que se había modificado y había vuelto a descubrir el placer de escribir y ayudar a los demás.

En esa misma clase, me encontré a un compañero de profesión que tuvo el placer de cruzar un par de palabras conmigo. Tenía una consulta, en Los Ángeles. Estuvimos hablando algo así como una hora y terminó por alguna extraña razón fascinado con mis pensamientos sobre el mundo de la Psicología además de la manera en primera persona en que el paciente veía y sentía los sucesos.

Le pareció interesante que una persona que había pasado por todo ese tipo de experiencias aceptase que su papel en la vida no era otro nada más que intentar ayudar a que otros pudiesen sentirse comprendidos y que no padeciesen de la misma manera. Le había hablado sobre mi deseo de escribir un libro acerca de mis vivencias, de mi pasión por pequeñas cosas de la vida y él me había demostrado ser una persona digna de adorar.

Durante ese tiempo que estuve perdida por el mundo mantuve en lo posible contacto con Chloe y Michael que se habían terminado quedando mi casa de Londres la cual solamente fue un traspaso que tuve que hacerles de las escrituras cuando éstas llegaron casi de milagro a mi poder, con mi nombre puesto y solamente necesaria una firma. Verdoux me la había cedido y como no quería nada que tuviese que ver con él, preferí cedérsela a Chloe quien así no tendría que preocuparse debido a su adorable cuñada. Ella tan solo había aceptado porque consideraba que sería un gran descanso para su cabeza, una manera de tranquilizar sus emociones, al menos hasta que alguien intentase volver a fastidiarle de alguna forma.

No sabía si sus problemas se habrían solucionado, pero esperaba que tuviese una temporada lo más tranquila posible. La comprendía, yo también quería lo mismo.

Había logrado empezar a trabajar de nuevo. Había visto a algunas personas que se podían permitir ese tipo de terapia. El psiquiatra, Smith, a quien le había caído en gracia, me había dado un puesto en su oficina. Había entendido la forma en la que yo veía el mundo, sin embargo, no había pasado demasiado tiempo cuando me mandó llamar a su despacho. Temerosa de que pudiese despedirme, Smith hizo algo distinto.

— Kyra, verás, el lugar donde nos conocimos no es el único sitio donde suelo ir. Tengo que acudir a un simposio, pero eso me obliga a dejar a algunos de mis pacientes desatendidos. Generalmente no tienen ningún problema en esperar, pero uno de ellos, uno de los pacientes más prestigiosos que tengo, no desea esperar. Por ese motivo le he propuesto la posibilidad de estar con cualquiera de los profesionales que trabajan aquí y, en fin, te ha escogido a ti prácticamente sin parpadear. Ha insistido taxativamente en que le trates tú. No tengo por costumbre negarles a mis pacientes algo tan simple, así que espero que no te importe. Confío plenamente en ti, en el tratamiento que quieras llevar con él —se echó para atrás en la butaca y después me regaló una amable sonrisa detrás de aquella faceta de hombre casi insensible frente a las emociones humanas. Suponía que era defecto de fábrica. De tanto situarse en esa posición, resultaba más que imposible salir de ese papel.

— ¿Puedo saber quién es? ¿Le he visto en alguna ocasión?

— Quizá le haya visto. Él a ti sí. No hace mucho, creo que en la primera visita que me hizo poco después de que comenzases a trabajar aquí, me preguntó por ti. ¿Quién es la mujer extremadamente inocente que ha empezado a trabajar aquí? Si no recuerdo mal, esas fueron sus palabras exactas.

¿Qué diablos le ha dado a todo el mundo con mi inocencia? Nunca podría ser inocente, jamás. No después de todo lo que había tenido que ver, lo que había tenido que vivir y escuchar, pero el mundo entero parecía leer sin problema alguno la gran inocencia de mi cuerpo, esa inocencia extremadamente dolorosa y abrumadora. Esa faceta impresionantemente boba que parecía tener grabada en la frente para que el mundo supiese que se podía aprovechar de mí hasta lo indecible.

Apoyé mi espalda en la pared y solté un profundo suspiro antes de mirarle intentando contener mi abatimiento. Mis ojos se fijaron en la mirada pacifista de Smith, quien parecía buscar calmar todo mi temperamento que no necesitaba más allá de una chispa para arder, para quemar todo a su paso dejándolo en las más mínimas cenizas.

— ¿Quién es mi nuevo paciente, entonces?

— Matt Gerault. Mantenga su identidad, en lo posible, en la más estricta confidencialidad —la seriedad de su voz me hizo entender que él más que ningún otro, debía ser guardado del conocimiento del público. Lo comprendía, sabía a la perfección quién era Matt Gerault. Solamente desconocía cuál era su rostro, el hombre que prácticamente tenía al mundo en sus mundos era un hombre sin rostro. No había una sola fotografía suya en ningún sitio y eso, ya de por sí, despertaba mi curiosidad que me llevaría al camino de la destrucción.

2018 / Ago / 11

— Cuando fuimos adolescentes, Eliza y yo, nos fuimos. Dejamos sola a mi madre. Tendríamos unos dieciséis, diecisiete años, más o menos. Encontramos una casa muy pequeña, con un alquiler bajo y aprendí a batirme en peleas callejeras para poder llevar algo de comida a mis hermanos. Éramos como el padre y la madre, cuidándolos, por ello Isabella, Phillip y John a veces la llaman mamá. A duras penas si recuerdan a su madre biológica. Fue Eliza quien les crió —tapó su rostro unos segundos y después se pasó la mano por la barba antes de fijar la mirada en alguno de los azulejos del suelo—. Ella se me insinuó una noche. Era mi hermana, yo no quería, pero finalmente, cedí a la tentación. Sus labios, su cuerpo, todo era deseable y fui feliz, me enamoré de ella y fui feliz a pesar de que una parte de mi cabeza me aseguró que no era así, que eso estaba mal. Años después, nos quitaron a mis hermanos menores. Nosotros éramos mayores de edad, así que podíamos seguir viviendo juntos porque el Estado no se haría cargo de nosotros, pero el resto fueron mandados cada uno a un orfanato distinto y más tarde fueron acogidos por algunas familias que podían darles el mundo, pero no eran su familia. Eliza, entonces, empezó a enfermar. Sus ataques de ira eran continuos, sus celos patológicos y nos terminamos separando. Me negué a continuar con esa enfermiza relación.

Tomé el vaso y bebí un poco de agua aprovechando una de sus pausas, intentando mantenerme fija en el relato, no pensar, no quería pensar, no debía hacerlo si quería escuchar el final o saldría corriendo.

— Entonces aparecieron mis padres adoptivos. No sé qué fue lo que vio Catherine en mí, pero me adoptaron aunque era mayor de edad ya, y me dieron el apellido Verdoux. También adoptaron a Eliza, quien tenía una prodigiosa habilidad en el ballet y fue un filón para la compañía del teatro que manejaba mi padre. Eliza siempre quiso volver a engatusarme, volver a enamorarme, aunque no sabía que seguía amándola, cada segundo de cada día como el mismo momento en que había caído presa de su embrujo —humedeció sus labios para continuar cogiendo aire para llenar sus pulmones—. Me dieron estudios, los que quisiese. Desde siempre me había inventado historias para ayudar a Eliza y a mis hermanos a dormir, así que la escritura fue lo que más me llamó la atención. Me pasaba horas y horas escribiendo durante los ensayos de Eliza en el teatro, hasta que finalmente, conocí en la universidad a alguien. Me casé. Intenté tener una familia porque debía olvidarla, pero Eliza no tardó nada de tiempo en regresar a mí, en entrar en mi vida, en volver a tentarme y cuando mi esposa descubrió lo sucedido, lo turbio que había entre nosotros, nos separamos de mutuo acuerdo. En un intento desesperado por olvidarme de Eliza, me marché a París. Allí conocí a la madre de Helena. Mantuve una relación tormentosa y fruto de ella nació mi hija, de la que no supe nada hasta que usted apareció en Escocia. Cuando regresé a Nueva York, busqué a mi madre, busqué a mis hermanos e intenté volver a unir a la familia mientras Eliza estaba en tratamiento, pensé que podía llegar a tener una familia más o menos funcional. Y entonces… apareció usted. Kyra Mijáilova rompió todos mis esquemas. Su manera de ser, su dulzura, su inocencia… Esa oscuridad que escondía que la hacía sentir como un monstruo cuando no era nada más que un ángel en la Tierra iluminando mi vida. Una a una rompió cada barrera, me ató a usted y me debatí entre arruinar lo único puro que había entrado a mi vida, o dejarlo volar.

Sus ojos me miraron fijamente, demasiado. Creí que estaba a punto de llorar, pero en realidad eran mis ojos los que se habían llenado de lágrimas. No podía pensar, no quería analizar todo eso. ¡Me negaba a ello! No podía estar metiendo una velada declaración de amor en mitad de todo el relato antinatura de su infancia. ¿Por qué era tan malditamente egoísta?

— Volví a unir a mi familia. Me llamaron diciendo que Eliza estaba mejor así que la traje a Londres para cuidarla. Entonces, usted la vio. ¿Cómo podía decirle que era mi hermana si rápidamente había sacado la conclusión del amor que había entre ambos? Decidí no negarle ni afirmarle nada, que su mente odiosamente despierta hiciese todas las cábalas hasta dar con la verdad, pero no debió hacerlo tan deprisa…

Me temblaban las manos. Tenía que reaccionar de alguna forma, debía responder a todo aquello, pero ¿cómo? No era de piedra. No era de hielo. Me sentía al borde de un ataque de ansiedad. Tenía un exceso de información. Todo aquello me quedaba grande. La única solución era buscarle alguna lógica a todo lo que acababa de oír.

— Bueno, pero… es… ¿normal hasta cierto punto? Es decir, solamente se tenían el uno al otro. Era el comienzo de la adolescencia. Se tienen instintos, no se habían permitido sentir… Dios, si hasta mi hermano, cuando empezaron a salirme los pechos venía a la cama y me levantaba la parte de arriba. Cuando me daba cuenta y encendía la luz de la habitación él se escondía como si yo fuese tonta —sequé mis lágrimas y le miré a los ojos intentando hacerle ver que no era la única mente que había buscado los atributos femeninos en una persona de la familia en pleno desarrollo.

— Mírese… queriendo dar explicaciones lógicas a un pecado capital. Queriendo entender la mente de dos personas enfermas que no tenemos salvación. Kyra, ¡nos amábamos!

Sus palabras me dolieron a pesar de que no me conocía a mí en ese momento. Sabía que mis propios demonios competirían una y otra vez con esa mujer sangre de su sangre, la primera a la que amó y que aún le amaba a él.

— Pero, eso quedó en el pasado, ¿no?

Guardó silencio.

— No volvieron a estar juntos, ¿no?

Volvió a guardar silencio.

— Yo aparecí, usted mismo lo ha dicho…

Entonces, sus ojos, toda su expresión y lo que debía emanar de él fue tan doloroso como si me estuviesen quemando viva.

— Y ella apareció después de nuevo…

Me incliné hacia delante para hacerle la última pregunta que podría hacerle en mi vida. Si la respuesta era afirmativa…

— ¿Me está diciendo que estuvo con ella mientras estuvimos juntos?

— Perspicaz.

El mundo se derrumbó delante de mí. Me había engañado. Todo lo que había estado pensando había sido real, era la confirmación de mis sospechas, de que la arpía que tenía en la cabeza indicándome miles de pensamientos negativos que no debía dejar pasar había tenido siempre razón. William jamás me había amado. Siempre había estado Elizabeth entre medias. Ese podrido amor adolescente incestuoso.

Ni tan siquiera dije adiós. No pude volver a mirarle. Solamente me fui dando un portazo, corriendo hasta mi hogar y derrumbándome mientras intentaba abrir el cerrojo de la puerta.

2018 / Ago / 11

Sobraba. Sabía que sobraba en aquella casa. Me sorprendía siquiera que no hubiese llegado cualquier tipo de ente para alejarme de allí cogiéndome de los pelos. Había abierto la caja. Todos los misterios y secretos podían ser desvelados de una condenada vez, así que no me iría de allí hasta no saber la verdad. Hasta no tener la confirmación por sus labios de mis propias sospechas.

Me quedé sentada en el taburete. Apoyé mis manos en la encimera que hacía las veces de mesa y observé la cortina de la cocina con motivos un tanto peculiares. El dibujo era abstracto y jamás había tenido facilidad en apreciar ese tipo de arte. Intenté concentrarme en algo, en lo que fuese, mientras los gritos amortiguados por las paredes llegaban a mis oídos.

Varios minutos más tarde, William bajó del piso de arriba. Había escuchado ruidos, pero no sabía qué era lo que estaba pasando allí. No sabía si era la persona más indicada para haber subido e intentar calmar a la mujer que me había mirado con tanto odio que si las miradas matasen yo estaría completamente inerte en el suelo de ese despacho.

Alcé mi cabeza y el literato se quedó parado en la entrada de la cocina al verme. No le hacía demasiada gracia mi presencia allí, lo sabía, pero a pesar de que el momento no fuese el mejor, yo ya no aguantaba más sin respuestas de ninguna clase, sin poner algo de paz a mis demonios, a esos fantasmas que se habían despertado desde mis celos más profundos, desde su inadecuada forma de no decirme todo claramente sino que tuviese que comprenderlo igual que lo entiende un lector de mentes.

— Pensé que se había ido.

— No podía marcharme. Aunque no lo crea tengo corazón y quería saber si ella lograba tranquilizarse.

El azul inquisidor de los orbes de William casi me taladró, perforando lo poco que quedaba sano de mi corazón mal herido. No había demasiadas dudas. Era estúpido negarlo. Ya no había razones para ocultar su verdadera realidad.

— ¿No ha hecho suficiente ya? Mire hasta el punto en que la ha alterado con su presencia.

— ¿Yo? ¿En serio? ¿No ha sido usted con su comentario atribuyéndome más importancia de la que ella cree que merezco?

No dijo nada. Se sirvió un vaso de agua, fría y no me dirigió una sola mirada como si fuese a desaparecer si decidía ignorarme. Negué, no se iba a librar de mí, no de nuevo. No valdrían palabras bonitas, de malos modos, nada me iba a dejarle seguir usándome como un trapo viejo.

— Ya basta, William. Basta de verdad… No aguanto más. Necesito saber todo lo que me escondes.

Dejó el vaso de agua frente a él, apoyó sus manos en la encimera y después negó con una amarga sonrisa.

— Su pureza no soportaría la verdad, señorita Mijáilova. No entendería nada de lo que he tenido que pasar, de cómo fue mi pasado. No podría con ello, sería imposible para usted.

— ¿Tan frágil me cree? ¿Considera que no puedo intentar comprender nada de todo esto?

— Sí, es demasiado frágil, pura e inocente para entenderlo todo.

No sabía si tomarme eso como un halago o como un insulto. Pero se había despertado aquella parte de mí que leía en cada palabra un ataque.

— Ella no es Verónica, ¿verdad?

Su mandíbula se apretó y bajó su mirada a la encimera.

— No. No se llama Verónica.

Cerré mis ojos y después respiré profundamente intentando encontrar las fuerzas suficientes para decir esa frase sin vomitar.

— Es Eliza, ¿verdad? Elizabeth Verdoux, su primer amor y su… hermana menor.

Volví a abrir los ojos para encontrarme con la mirada inquisitiva de William. No sabía qué estaba buscando en mí. Algo que esperaba fuese rechazo y no sabía hasta qué punto me estaba costando un mundo no mirarle como un ser sucio, sin moralidad alguna.

— ¿Realmente…?

— ¡Contésteme! —no me percaté hasta que las lágrimas se deslizaron por mis mejillas.

— ¡Sí, sí, sí! Ella es Eliza, ella es mi hermana Eliza. Lo es…

Sentí un nudo en la garganta que casi me cortó la respiración. William parecía estar dubitativo, no sabía si moverse, o quedarse. No hizo ningún amago de nada, sólo, me miró.

— ¿Por… por qué?

Derrotado terminó hundiendo su cabeza, mirando hacia el suelo. Le permití acomodar sus ideas si lo necesitaba porque no iba a aguantar irme sin saber, sin por lo menos intentar comprender qué le podía haber llevado a eso, a enamorarse de su hermana. La sola idea de enamorarme yo del mío se me hacía igual que la peor de las acciones que podía hacer, por no considerarlo imposible, inmoral e inhumano.

— ¿Se quedará a escuchar toda la historia o me juzgará antes de tiempo?

— Créame que si estoy aquí no es por el placer de escuchar una historia incestuosa, sino porque quiero intentar comprender qué le llevó a ello.

— Era un niño pequeño cuando nació Eliza. Mi madre se pasaba el tiempo fingiendo una felicidad inexistente mientras se acostaba con cuanto hombre le ofrecía una mínima parte de esa historia romántica que ha vendido Disney toda la vida sobre el amor. Ella amaba el amor y cada semana teníamos a un idiota cada vez peor en nuestra casa. Algunos de ellos, como mi madre no les daba todo lo que querían por las drogas, querían intentar satisfacer sus instintos con mi hermana. Ella era una simple niña, Kyra, una niña y tendría como mucho año y medio más que ella para intentar defenderla de aquellos que querían hacerle daño. Robarle la inocencia. Así se volvieron nuestros días y nuestras noches. Solamente había un mínimo de paz si mi madre lograba encontrar a un hombre que no quisiese cuatro polvos de ella y nada más. Había algunos, pocos, que intentaba que acabase con el consumo de drogas, que la veían hermosa, que se enamoraban de ella sobria, pero regresaba una y otra y otra vez a su vicio y por mucho cariño que nos tuviesen a mi hermana y a mí, no dejábamos de ser los hijos de la drogadicta y no los suyos —respiró hondo y después me sirvió un vaso de agua, fría, como si supiese que todo lo que aún iba a contarme me dejaría con la boca seca.

2018 / Ago / 11

— Supongo que recordará lo que pasó hace más o menos un mes, cuando se peleó con ese hombre, cuando me encontró en comisaría, cuando tuve que explicarle la historia de aquel a quien yo conozco como Douglas. También, recordará que esta mañana me ha mandado unas cartas, cinco o seis, no recuerdo bien. Y evidentemente, recordará lo que le dijo durante la pelea que tuvo con él —respiré profundamente y luego le miré a los ojos—. Primero déjeme decirle algo. Le omití un dato muy importante. Douglas es… un asesino en serie. ¿Por qué me reclutó a mí? A saber, pero su intención era de manera exclusiva contarme sus experiencias, sus… problemas. En definitiva, quería jugar con una mente más para desconcertarme lo suficiente como para que de esa manera él pudiese divertirse un poco más. No sé si habrá visto alguna serie policíaca o, por el contrario, habrá leído una de esas novelas. A menudo, el asesino comienza a aburrirse, no tiene emoción alguna no ser descubierto por nadie, por eso deja pequeñas pistas para tener en sus manos al responsable de la investigación. No sé cuál era en realidad, la intención de Douglas, pero tengo la mínima sensación de que estaba pidiendo ayuda, de una forma que ni él mismo se permitía. Quería ser comprendido por alguien, quizá por él mismo, y ya se le estaba yendo de las manos la manera de comportarse. Ese control, esa superioridad sobre el mundo entero era propia tan solo de alguien que estaba trastornado.

William apretó su mandíbula, pero accedió a mi petición, no dijo nada, simplemente se quedó escuchando, intentando en lo posible no romper el hilo de mi discurso por mucho que desease hacerlo.

— Cuando Douglas me contrató, me dio una carpeta con todo lo que sabía de mi pasado. Aún la conservo. Si rompía el contrato de confidencialidad que había firmado, él terminaría desvelando toda esa información. Ni tan siquiera sé si aún sigue siendo privada. Lo más probable es que le haya dicho a alguno de sus esbirros que terminase la tarea que él no puede hacer por estar dentro de la cárcel —me dejé caer en el respaldo del sofá y me estremecí de pies a cabeza recordando hasta qué punto eso podría arruinarme toda la vida—. Y pensaba, que aquello solamente me influiría a mí. El problema vino cuando supe que no había sido yo la única investigada. Tenía información de la vida de mi amiga Chloe, de mi familia, de Gustav… de usted.

Su expresión no cambió. Seguía con ese gesto que intentaba no demostrar emoción alguna, pero que estaba conteniendo la rabia que no sabía cómo terminaría saltando cuando mi relato hubiese terminado y ahora mismo me estaba arrepintiendo de lo lindo por haber empezado a contarle toda esa situación. ¿Podría parar? ¿Podría dejarlo todo como hasta ahora?

— En una ocasión, me preguntó qué sabía sobre usted. Después insistió sobre Eliza. Pero no me dijo nada, solamente quiso saber qué era lo que yo sabía. Acto seguido se me insinuó, básicamente porque consideraba que él, por haberme contado todos sus secretos, tenía más derechos que usted a que mi corazón fuese suyo, aunque, teóricamente, él no buscaba el amor según sus palabras textuales. Imaginaba que esperaría encontrar en mí algo parecido a su primera víctima. Ella había sido inteligente y suspicaz, pero también deseaba una mujer sumisa quese mantuviese a sus pies, que no elevase la voz si él no se lo decía. Según él, el resto de mujeres le parecían insustanciales. Por otro lado, creo que su intención era otra muy distinta. Quería intentar algo, diferente, pero todo terminaría de la misma forma, con la muerte de su amante, en ese caso, de yo haber accedido, hubiese sido con mi propia muerte —bajé mi mirada a mis manos antes de coger algo de aire puesto que me sentía increíblemente herida, dolida conmigo misma por mi insensatez.

Miré el color que tenían mis uñas en esa ocasión. Un tono turquesa que me había durado bastante años porque no me pintaba las uñas de ese color muy comúnmente.

— ¿Eso es todo?

— No, perdón… —mordí mi labio inferior antes de volver a recuperar el hilo de mis pensamientos. Tampoco me había ayudado demasiado el tono que había empleado William—. Bien, en una de esas cartas que me mandó el último día, había varias fotografías dentro. Fotografías en las que estaba usted, en la que estaba su madre, sus hermanos y… otra mujer pelirroja.

— Basta…

— No, William, tiene que escucharme.

— No, basta.

La puerta se abrió y la pelirroja entró en la sala con una bandeja en la que había dos tazas. En las dos estaba el té caliente y un pequeño plato con pastas. Dejó la bandeja encima del escritorio de William después de que hubiese quitado éste algunos papeles. Me miró durante unos segundos sin que ninguna de las dos abriésemos la boca y terminó cogiendo una pasta.

— ¿Por qué viene tanto esta mujer a esta casa? ¿Es familiar nuestro?

Cerré mis ojos sintiéndome golpeada por una sola enorme. Todo estaba confirmado. No había sido nada más que una más en la lista de él. Le había ocultado a esa mujer quién era, ella había sido la única “oficial” en esa lista y si tenía razón con mis deducciones era realmente asqueroso lo que estaba a punto de descubrir.

— Es alguien muy importante para mí.

Miré a William sin poder creerme lo que acababa de decir. Su mirada azul se cruzó con la mía y lo que presencié después, dudaba mucho que fuese a llegar a olvidarlo jamás.

— ¡No! ¡Me prometiste que no volvería a ocurrir!

La pelirroja había perdido por completo la razón. Había sido en un abrir y cerrar de ojos. De un golpe tiró la bandeja, se manchó con el té hirviendo, pero no le molestó, sus ojos estaban clavados en el literato y después volvieron a posicionarse en mí como si fuese lo más parecido a una amenaza que pudiese existir en el planeta Tierra.

— ¡Fuera! —me gritó temblando de arriba abajo—. ¡Lárgate de aquí, buscona!

— Váyase, Kyra —me pidió William hasta que finalmente la atrapó entre sus brazos.

Mi mirada se quedó observando aquella escena. El literato intentaba calmarla y la pelirroja iba a perdiendo la razón a cada segundo que permanecía en la estancia. Dolida y con un puñal clavado en el pecho, salí del despacho y bajé las escaleras, sin embargo, me quedé allí, en su hogar. De pie, en la cocina, escuchando aquellos ruidos ahogados de una bestia intentando ser calmada por su domador.