2018 / Ago / 28

Vacaciones. Necesitaba vacaciones con gran urgencia. ¿Podía no sucederme nada que me hiciese pensar durante todo este tiempo? Solamente un día, una semana… un periodo corto me bastaba, pero todo parecía estar revolviéndose de forma que buscase mi propia perdición. Con todo eso, el día de mi cumpleaños se iba acercando, la manera en la que mi paranoia crecía iba de forma exponencial y no me fiaba ni de mi sombra por mucho que hubiese descargado mi alma con Verdoux y con Vance. Ambos habían sido un pequeño desahogo, pero se habían vuelto otra preocupación. ¿Podía vivir en esta vida sin tener un apoyo?

El relato de Tatiana aún me daba vueltas en la cabeza y no sabía qué podía hacer para comprender de una condenada vez esa situación y ver quién estaba mintiendo de los dos en su amplia mayoría porque mentir, lo estaban haciendo ambos.

Apoyé en la pared mientras buscaba mis llaves. Me fijé en la puerta cuando intenté meter la llave y comprobé que la cerradura estaba reventada. Di un mísero golpe que abrió la puerta y en el interior de mi hogar pude ver a la perfección la figura femenina con cabellos rubios que vivía obsesionada con Derek.

— ¿Qué haces aquí?

Sus ojos se alzaron del suelo y se fijaron en los míos. Tenía todo mi piso hecho completamente un cuadro. No había cajón que no estuviese abierto, zona que no estuviese revuelta. Era igual que si hubiese pasado un tornado por allí.

— ¿Yo? ¿Qué has hecho tú?

Su voz temblaba mientras se ponía de pie muy despacio como si le costase realizar cada movimiento.

— No soy yo la que está en casa ajena, Eileen.

Su mirada no se despegaba de mí. Esperaba que no pudiese ver que estaba moviendo mi mano en el interior del bolso para mandarle un mensaje al primero que pudiese mandárselo incluyendo la policía entre mis contactos. De hecho, ni tan siquiera sabía qué estaba logrando mandar. Lo mismo parecía otro idioma que no fuese inglés y nadie lo hacía caso.

— Pero estás en una vida que no te pertenece. ¡No… te… pertenece! —en tono amenazante me señaló varias veces con el dedo índice mientras su rímel comenzaba a correrse dejando un marcado recorrido negro por sus mejillas que le permitían tener una sensación aún más tenebrosa.

— ¿Por qué dices eso? —no me había movido de la puerta, ni tan siquiera había entrado en el piso por temor a que ocurriese algo peor.

— Yo lo tenía todo planeado. Él terminaría enamorándose de mí y tuviste que llegar tú con tu arrogancia insoportable, tuviste que ¡estropearlo todo! Él era mío. ¡MÍO! Y ahora no tiene ojos para otra cosa que no seas tú y tu estúpido y atrofiado cuerpo —soltó casi como si fuese el peor insulto de la historia.

— No es así, Eileen. Ayer estuvo bailando contigo. ¿O me equivoco? —pregunté esperando de esa forma calmarla.

— No. En eso no te equivocas —admitió en voz alta antes de volver a sentarse en el sofá secando violentamente sus lágrimas con sus dedos.

— Entonces, ¿por qué dices que no es tuyo? De estar únicamente pendiente de mí hubiese compartido esa noche conmigo y no contigo. No lo hizo, ¿verdad?

— Bueno… no… tienes razón —musitó más calmada desviando su mirada como si estuviese pensando en algo que le fue provocando una sonrisa—. Ayer me besó.

Un momento, ¿la besó? Ya habría tiempo para pensar en todo eso.

— ¡Ahí lo tienes! ¿Por qué iba a besarte si estuviese interesado en mí?

— ¿Por qué tiene entonces tantos dibujos tuyos? Te tiene en tantas poses diferentes y algunas son muy íntimas.

Su tono de voz nunca era constante. Pasaba de estar medio lloriqueando al grito histérico más necesitado del mundo. Demandaba el amor de Derek de manera desgarradora.

— Los pintores tienen sus musas, nada más, sus ideas. No obstante, ¿por qué no le llamas? Llámale, dile que venga y que escoja entre ambas si eso te dará más seguridad.

Tenía la certeza de que tras besarla la escogería a ella. No es que fuese algo que me hiciese dar palmas con las orejas, pero no encontraba otra forma de poder lidiar con esa situación. Mi cerebro estaba completamente frito, del todo. Un pinchazo tensional me recorría del cuello a las lumbares mientras ella marcaba el número aceptando mi propuesta como si fuese algo vital para ella.

El tiempo que Derek tardó en llegar lo pasamos en completo silencio. Ella parecía estar perdida en sus pensamientos, yo en sus movimientos esperando no irme por los cerros de Úbeda pensando en lo que no debiese pensar.

El pintor llegó y me miró sorprendido porque estaba fuera de mi propia casa. Se asomó lo suficiente para ver el interior del piso y apoyé mi cabeza en el cerco de la puerta suplicando que se la llevase de allí como quisiese. Tenía que ir a un hotel a descansar, porque no tenía manera de hacerlo en mi casa con toda la puerta reventada.

— ¿Eileen?

— Derek… yo… —se echó a llorar de una forma tan teatral que ni tan siquiera yo me lo hubiese creído con lo incrédula que era en muchas ocasiones.

— ¿Qué ha pasado?

— Los he visto. He visto todos tus dibujos de ella. Todos… ¿por qué, Derek? ¿Por qué?

— ¿Porque soy pintor?

— ¿Por qué no me pintas a mí? ¿No soy lo suficientemente hermosa?

— Lo eres, claro que lo eres…

Resoplé molesta por ver esa escena. Era igual que contemplar algo íntimo, prohibido, privado, que no tenía que salir de entre ellos dos y estaban mostrándomelo igual que una obra de teatro en todo su esplendor. Aquel era el tercer y último acto, el apogeo final donde el enamorado terminaría confesando su amor por la desgraciada joven llorosa.

— Derek, es… es simple —terminé diciendo dado que ella no iba a soltar palabra, parecía más parada aún delante de él, como si estuviese delante de un dios griego y aunque Derek era guapo, sí, a mí no me imponía para dejarme sin habla—. Ella cree que me prefieres a mí en lugar de a ella. Ni tan siquiera el beso que le diste ayer consiguió calmar sus dudas, puede que se avivasen más aún cuando vio esos dibujos. Elige, ahora, entre ella y yo. Es algo fácil. Así le darás estabilidad a vuestra relación aunque se tambalee.

— ¿Cómo supiste…? —preguntó prácticamente blanco.

— Elige —le corté antes de que terminase la frase.

Mi mirada estaba puesta en ambos: una mujer despechada, enferma, sí, pero rota de dolor y un hombre que había caído bajo sus encantos tuviese los que tuviese.

— Eileen…

— ¡Ves! Te ha elegido —le corté esperando que solamente hubiese dejado el nombre en suspenso por darle más dramatismo al asunto—. Y ahora… fuera de mi casa, por favor.

2018 / Ago / 27

El instante se había tornado tenso. ¿Lo podía haber tomado como un ataque personal? Quizá. No obstante, ¿qué de personal tenía preguntarle a una persona si todas sus relaciones habían tenido un contrato de confidencialidad de por medio? Puede que para ella lo fuese si no estaba tan abierta a contarme todo sobre su vida sentimental. ¿Debería ahondar más en ella? ¿Debería intentar ser más incisiva para hacerle explicarme la verdad? De poco me serviría ponérmela de enemiga. Por mucho que siguiese revolviéndome las tripas el tener que tratarla como mi paciente, el beneficio de la duda siempre estaba ahí y si quería esclarecer todo eso, lo peor que podía hacer era pasar al ataque en esa relación conflictivamente extraña.

— Cuéntame, Tatiana. ¿Su cambio fue gradual o fue directamente esa relación de maltrato? ¿Fue apareciendo poco a poco su parte agresiva?

Entrecerró sus ojos mientras colocaba morritos como indicando un enfado que no llegaba a comprender del todo, era una pregunta simple en la que le daba la razón en cuanto a la gravedad de la relación vivida. No obstante, seguiría igual de tiquismiquis que toda la vida. Cuando se la contrariaba mínimamente hacía cruz y raya sin posibilidad de escaparte de la lista negra.

— ¿Es un interrogatorio?

— No —dije con el tono más calmado que pude—. Intento comprender cómo fue tu relación y qué te hizo permanecer en ella. Es todo. Como sabrás hay muchas mujeres que siguen con sus parejas maltratadoras porque las anulan por completo en su autoestima. Hacen creer que ellas no son nada. Literalmente, que solamente pueden existir gracias a tenerles a ellos al lado.

Pareció relajarse. Aquella comparación con las mujeres maltratadas le había demostrado que de alguna forma la creía, como si hubiese dudado tan solo por un instante.

— Tatiana, solamente quiero saber los hechos. Actúo de forma imparcial. Quiero ayudarte, evidentemente, pero para ello tengo que preguntar cosas que quizá no te gusten en busca de una comprensión. Sé que no es para nada agradable, créeme. Yo misma he tenido que sufrir que me califiquen de formas que me resultaron hirientes, demasiado. Así que sé como te sientes. Por eso quiero asegurarte que mi intención no es otra que saber los hechos puros y duros. No hay segunda intención en mis preguntas.

Tras respirar profundamente volvió a asentir. Que se sintiese dolida me producía un placer especial en mi interior. Sabía que no sufría ni lo haría nunca. Era una mujer de hielo y siempre había tenido horchata recorriendo sus venas, no obstante, tenía que calmar mi sed vengativa que suplicaba por salir para golpearle en toda la cara.

— Fue gradualmente. Me mostró una forma de entregarse a través del dolor recibiendo una recompensa mayor después. Me sentía amada, Kyra, como no puedes ni imaginarte. Me quería solamente para él. A duras penas si podía salir del hogar sin tener su permiso o su compañía —la manera de narrarlo casi parecía demostrar que para ella era algo parecido a un sueño hecho realidad cuando se trataba de una pesadilla.

— ¿Te daba algún tipo de explicación para que no pudieses salir sola sin tener su permiso?

— La verdad es que no me dio ninguna explicación nunca. Era una norma y la acepté. Me pareció romántico que no quisiese que pudiesen hacerme daño ni nada por el estilo.

Asentí al escucharle y después mordí mi labio inferior. De una situación así se podían hacer muchas lecturas y ella había decidido aceptar como suya aquella en que él la amaba y la quería solo para él sin terminar viendo esa posesión enfermiza. Algo que últimamente se daba mucho en las adolescentes, que no eran capaz de ver que eso no era amor sino control. Una de las primeras preguntas que llegó a mi mente era simple, ¿por qué no diferenciábamos esos dos gestos? ¿Por qué nuestras mentes los transformaban en reacciones románticas sanas cuando de sanas no tenían absolutamente nada?

— ¿Siempre has tenido deseos de tener una relación como aquella que mantenías con tu pareja?

— ¿A qué te refieres?

— Pues si has querido tener una relación basada en normas, castigos y recompensas antes de conocerle a él.

Se quedó pensativa, mirando a sus dedos, recordando sus parejas anteriores o sus deseos previos a la relación con Gerault. Intenté recordar el primer novio que yo le había conocido. Estando en el instituto había tenido una pareja que la había tratado tan bien como si fuese una basura. Yo no le había visto ni había hablado con ellos, intentaba alejarme de ella, pero mi madre, al recogerme en una ocasión, había observado una escena que parecía todo menos amor. Poco tiempo antes, ella había pegado a una compañera mía de clase. La había detestado de tantas formas posibles por ello y me había odiado por no haber sido capaz de evitar la pelea, de quitarle de en medio a esa minúscula rata que tenía ahora mismo delante.

— En realidad, siempre he tenido castigos aunque no había tantas normas específicas, tenía que ir aprendiéndolas con el paso del tiempo o con los golpes recibidos.

Me incliné ligeramente hacia ella sin comprender nada.

— ¿Todas tus relaciones han tenido el maltrato de por medio?

— Sí… —contestó finalmente.

¿Existía una posibilidad de que tuviese esa necesidad? Quizá ella terminase buscando ese tipo de relaciones por lo que ella había vivido desde edad muy temprana. Eso podía significar que tenía una concepción enfermiza sobre el amor, o también, podía buscar ese tipo de relaciones porque era lo que quería y necesitaba. La forma en la que la habían tratado podía haber puesto de manifiesto su gusto por la sumisión. No obstante, ¿por qué había intentado salir de esa situación si aceptaba por placer el papel de sumisa? Comenzaba a comprender la dificultad que había en algunas ocasiones para poder comprender realmente qué lógica tenía la mente de alguien. ¿Podía soñar con el amor o el respeto una mujer que había escogido la sumisión absoluta? Dudas existenciales que no tenían respuestas lógicas para mí por el momento.

2018 / Ago / 27

La definición de caos empezaba a ser la manera en la que describiría mi propia vida. William me había vuelto a besar despertando a saber qué en mi interior, Derek me había engañado sobre su relación Eileen, Heinrich estaba furioso por lo que William le había increpado, Tatiana y Gerault parecían tener otro tipo de relación más afín a la descripción de ella y él, bueno… él simplemente creía que me acostaba con el primero que pillaba en cualquier parte, lo cual no me beneficiaba demasiado para llevar a cabo mi plan.

Había llegado a plantearme la posibilidad de dejar todo como estaba y que cuando Douglas tuviese que venir a por mí que lo hiciese. También, me había planteado que necesitaba más amistades femeninas porque tanta testosterona me estaba volviendo literalmente loca.

Iba de camino al trabajo sin saber bien qué podía hacer en mi vida. Tenía la necesidad de saciar mi curiosidad, pero esa misma también me había llevado a todo esto, así que empezaba a dudar que fuese una maravillosa idea seguir mis instintos naturales.

A duras penas si podía mantener la concentración durante mi trabajo. Sabía que iba a llegar Tatiana en cualquier momento para narrarme lo que ella desease. Era sorprendente que si había pedido una orden de alejamiento fuese ella misma quien se hubiese acercado a Gerault y hubiese terminado en aquella posición tan cariñosa. ¿Por qué le encantaba a todo el mundo mentirme? Yo no tenía que perder el tiempo en mi trabajo para intentar ayudar a dos personas que en realidad querían estar juntas a cada paso que daban. Por ese motivo, haría lo posible por poner la situación clara sobre la mesa. La única explicación lógica viniendo de la teoría de Tatiana es que aún estuviese enganchada a él y Matt hubiese logrado atraerla a él. La explicación desde la teoría de Gerault era que se estaba pitorreando de mí como si fuese un nuevo método de diversión en su retorcida mente obsesionada con un personaje de ficción.

Tatiana llegó a mitad de la mañana. Tenía una sonrisa en los labios. Se sentó frente a mí y casi quise arrancarle las respuestas a bofetadas incluyendo también borrarle esa sonrisa estúpida de la cara que siempre me había puesto de los nervios.

— Buenos días, Kyra.

— Buenos días. Te voy infinitamente feliz en comparación con otras ocasiones.

— Así es. Me siento más confiada en mí misma. De hecho, llevo dos semanas sin verle y puedo respirar más tranquila.

¡Meg! ¡Error! Yo misma la había visto agarrada al cuello de Gerault el día anterior. De modo que me enfrentaba a una mentirosa en potencia. No tenía suficientes pruebas para ponerme en contacto con la agente Johnson y, de hecho, podrían tomarlo como una vendetta personal si ella les contaba nuestro pasado en común o a mí se me iba la lengua hablando de sus “virtudes” que había sufrido en carne propia.

— Eso está muy bien, Tatiana. Además es sorprendente que tengas una recuperación tan… rápida. No obstante, debes tener en cuenta que es bastante sencillo tener recaídas en el ánimo cuando uno va avanzando en el proceso. Es decir, a veces nos sentimos muy eufóricos por haber logrado una meta que se consideraba imposible y al día siguiente, esa misma meta, puede producirnos pánico. No lo tomes como un paso atrás, al contrario, es parte de la evolución y nuestras propias incongruencias como seres humanos.

Sus labios volvieron a curvarse en una sonrisa. Asintió convencida de ello y después, respiró hondo como si no supiese qué más decir.

— ¿Qué te parece si aprovechamos tu momento de euforia y bienestar para que puedas explicarme cómo os conocisteis y el tipo de relación que manteníais? No lo digo por curiosidad malsana, pero me gustaría entender o que pudieses poner en palabras qué era lo que te mantenía tan ligada a él.

Tenía dos opciones, contarme la verdad o mentirme como acababa de hacer antes. Ella movió sus dedos sobre su regazo y después, desvió la mirada a sus manos igual que hacía yo cuando estaba muy incómoda hablando de un tema. No recordaba que en la vida ella hubiese hecho ese gesto, así que lo retuve en mi memoria, por si servía de algo para esclarecer todo el tema o si se lo tenía todo tan aprendido que era una actriz buenísima.

— Nos conocimos por pura casualidad. Ambos íbamos asiduamente a uno de los bares cercanos a su empresa. Él porque le gustaba el servicio y yo, bueno, porque trabajaba en él por aquel entonces. En varias ocasiones le atendí y pareció interesarse por mí. Me invitó a salir en una ocasión y… bueno, acepté. Me pareció el hombre más guapo del mundo y estaba allí pidiéndome a mí una cita cuando la mayor parte de las mujeres que iban al bar habían decidido ajustar sus horarios a las llegadas de él para conseguir lo mismo que yo había logrado ejerciendo mi trabajo —soltó una leve risa antes de sonrojarse levemente—. Fuimos a cenar y esa misma noche me plantó un contrato de confidencialidad delante que él también firmó. Si ese era el único requisito para estar con él de otra manera, no me parecía nada raro. Después, empezamos la relación hasta que… se volvió violento. Me golpeaba por cualquier cosa. Fue entonces cuando comprendía para qué había sido el acuerdo de confidencialidad. Si decía la mínima palabra él podía acusarme con eso para que jamás me fuese de rositas. Sin embargo, yo creo que le amaba ¿sabes? Le amaba de verdad. Por eso terminaba aceptando cada golpe. Además, la recompensa solía ser excelente. Si yo me portaba como una esclava que se dejaba fustigar, él… me hacía ver las estrellas con su sexo incontrolado.

— ¿Por qué no te pareció raro lo del contrato de confidencialidad? —pregunté de repente mirándole en busca de alguna explicación plausible dado que a mí me había parecido raro.

— No sé… no se salía de lo usual.

— ¿Has tenido más relaciones amorosas en las que has tenido que firmar previamente ese tipo de contratos?

Sus ojos claros se centraron en mí. Se pensó qué decir. Podía ver los engranajes de su cabeza dando vueltas para encontrar una solución plausible, una respuesta que pudiese dejarme satisfecha.

— No quise decir eso…

— Entonces, ¿por qué dijiste que “no se salía de lo usual”? Permíteme ser franca y comentarte que absolutamente ninguna de mis relaciones amorosas, si es que pueden llamarse así, ha empezado con la firma de un contrato en que te obligan a mantener silencio. Ni en mi vida ni en la de ninguno de mis conocidos he tenido que escuchar algo semejante. Así que creo que sí que se sale de lo usual.

Apretó sus dedos como si estuviese conteniendo algún impulso y su ceño se frunció.

— Quizá no lo sepas todo de las relaciones, Kyra.

Una sonrisa apareció en mi rostro tras su respuesta.

— Quizá…

2018 / Ago / 26

El efecto de una discusión acalorada, el tiempo que tardé en explicarle todo lo sucedido y la temperatura que aumentaba conforme pasaban los minutos dado que en aquella época del año el calor abrazaba los cuerpos hasta intentar derretirlos; provocaron que el sudor, el impecable cabello y la agitación hiciesen su aparición sin necesidad alguna de mayor actividad física.

— Entonces, ¿ha vuelto?

— Así es. Ha salido de la cárcel y no sé cuánto tardará en darme caza.

Sus manos se posaron sobre mis brazos desnudos y los apretó de forma que diesen énfasis a las palabras que iba a decir.

— No pienso consentir que vuelvan a hacerle daño. Huya conmigo. La protegeré, como sea.

— No creo que pueda hacer nada para evitarlo. Imagine que hacen daño a alguien de mi familia para hacerme daño a mí y provocar que vaya hasta mi propio final.

Sus ojos se fijaron en los míos y pude ver cierto fuego en su mirada a pesar de que estábamos entre penumbras.

— ¡No puede morir! ¡No lo permitiré! —su pasión en aquellas palabras y la manera en la que su mandíbula se apretaba me hacía creer que realmente le importaba dándole alas a mi corazón que deseaba abrazarse a la idea de que el hombre que fue amado hubiese llegado a amarme de verdad.

Suspiré profundamente y acaricié su mejilla con dulzura antes de que él se separase de mí buscando soledad, la cual le entregué regresando al climatizado lugar donde la fresca temperatura empezó a secar rápidamente el sudor de mi piel. Me estremecí completamente y respiré profundo antes de observar a mi alrededor. Las miradas de todos los hombres que conocía se centraron en mi cuerpo. Veía todo tipo de reacciones y tuve que controlarme para no mandarles a tomar vientos porque yo no me metía en sus vidas, aun así, no me hacía demasiada gracia pensar que pudiesen creer que había tenido relaciones o algo parecido con Verdoux allí como dos adolescentes que no se podían controlar.

Ni tan siquiera les presté atención. No podía o me derrumbaría delante de todo el mundo, así que me dirigí al primer camarero que encontré para pedirle algo de bebida dado que no recordaba dónde había dejado mi copa antes de entrar en el interior del edificio solitario.

Cuando tuve la copa entre mis dedos la llevé a mis labios dado que tenía muchísima sed. Podía sentir el calor intentando escapar por mis poros igual que soltaba la locomotora el humo por su chimenea. Casi podía escuchar el proceso de condensación en el aire, la forma en que se enfriaba para volver a ascender como aire más fresco.

— No sabía que era de ese tipo de mujeres. Creía que era más inocente —comentó Gerault intentando contener una carcajada que amenazaba con escapar en cualquier momento de su interior.

— No tengo que darle explicaciones de lo que hago o dejo de hacer. Diga lo que diga tiene una impresión preconcebida y seguirá creyendo lo que le venga en gana, por ende, no voy a gastar saliva en nada de eso. Si me disculpa… —le dejé con la palabra en la boca caminando hacia el gentío buscando un lugar donde poder calmar mis ideas. No sabía qué podía hacer allí, cómo seguir manteniendo una fachada que no era mía y lo que…

¡Un momento! Mis ojos se encontraron con algo que me resultó insólito. Eileen y Derek estaban charlando animadamente y habían terminado por salir a bailar. Fruncí mi ceño sintiéndome estúpida. ¿Cómo había podido creer que era diferente? Un mentiroso, como todos. Un ser dispuesto a aceptar los contoneos de unas caderas que técnicamente odiaba. ¿Y si en realidad era su novia o algo parecido y por eso tenía llave del piso? ¡Era ridículo! Una nueva bofetada con toda la mano abierta.

Me estremecí de pies a cabeza por la ira justo en el instante y los dedos de Tatiana se deslizaron alrededor del cuello de Gerault apareciendo justo en medio de mi campo de visión. Enarqué una ceja, solté una carcajada que terminó ahogando la música de fondo y después me giré para irme encontrándome de frente con Verdoux y Hamann discutiendo igual que si hubiese ocurrido algo muy grave. Estaba usando el alemán de ambos para mantener esa conversación acalorada sin temor a que alguno de los presentes pudiese entenderles.

— ¿Qué ocurre? —pregunté acercándome a ambos que tenían al resto de mujeres fascinadas aunque no comprendían nada de la conversación.

— Tu ex novio, que está intentando echarme las culpas de la sentencia de un juicio en donde no tomé ni voz ni voto —explicó Heinrich con las aletas de la nariz abriéndose desmesuradamente debido al ajetreo interno de sus emociones.

— Tiene la culpa. Si en lugar de estar más pendiente de meterse entre las piernas de Kyra hiciese mejor su trabajo hubiese evitado que ese demente saliese de la cárcel.

Abrí mis ojos como platos ante semejante comentario de William. Ambos estaban a punto de llegar a las manos y no quería que fuese así por lo que implorando perdón con la mirada al abogado, me agarré al brazo del escritor y le saqué poco a poco de ese baile endemoniado que no había sido nada bueno para nosotros.

— ¿Por qué me saca a mí? Es él el único responsable de todo esto.

Tomé su rostro entre mis manos porque no dejaba de buscar a nuestro alrededor cualquier indicio de Hamann. Apoyé mi frente contra la suya acariciando con mis pulgares sus mejillas y respiré hondo esperando que él terminase imitando mis acciones.

— Tranquilícese, William. No le servirá de nada ponerse así.

— ¿No lo entiende, Kyra? Se trata de su vida. ¡De su vida! Cuando creí que iba a perderla cuando tuve que llevarla al hospital… No quiero saber que si alguna vez vuelvo a verla dormida no volverá a despertar porque estará muerta.

Acaricié su barba jugando suavemente y dejando que rascase mis dedos antes de dar un beso a su nariz.

— Si muero, William, seré un peso menos, un problema menos, un quebradero de cabeza menos. No obstante, mi intención no es morir. Por eso hago todo esto, por eso intento jugar bajo sus reglas para ganar la partida. Pero, si muero, será feliz, rehará su vida.

Sus ojos se tornaron duros, dispuestos a gritar a salir furioso de allí y mientras apretaba mi vestido entre sus dedos haciendo que las costuras sonasen casi igual que si estuviese en busca de desgarrar la tela, besó mis labios de la forma menos romántica que me habían besado nunca, podía notar su propio dolor en ese beso.

— Ese es su problema, señorita Mijáilova. Nunca entiende nada.

Finalmente, me dejó fuera, yéndose como alma que lleva el diablo y fumando un cigarrillo que empezó a emitir su humo hacia el oscuro firmamento.

2018 / Ago / 26

— Buenas, señor Verdoux —sonreí ligeramente haciendo lo posible porque me importase más bien poco aquella mueca de disgusto por mi elección de vestuario. Si no le gustaba la femme fatale que había en mí, ella no sentía el dolor, sino que iba directamente a la menuda y tímida Kyra escondida en un lado.

— Buenas, señorita Mijáilova —se ajustó la chaqueta que llevaba y me acerqué a él para acomodarle el cuello que no estaba recto del todo.

Mis ojos felinos se encontraron con los suyos antes de separarme tras una caída de ojos. Vi pasar una bandeja, así que me dispuse a pedirle al camarero una bebida que yo pudiese tomar, sin embargo, Verdoux se me adelantó alzando una segunda copa entre sus dedos que por suerte no parecía estar demasiado caliente.

— Me agrada verla —comentó antes de que le diese las gracias con un gesto de cabeza.

Bebí de la copa dejándome disfrutar del sabor de la naranja acariciando mi garganta y aumentando más y más la sed que podía tener mi cuerpo nervioso frente a todo lo que podía pasar ahí. Demasiadas personas conocidas en una fiesta en la que teóricamente estaría llena de desconocidos.

— Lo mismo digo. Fue agradable encontrarme con usted en ese evento, milord.

Enarcó una de sus cejas divertido por la forma en la que me había referido a él. Seguramente no pensaba que fuese a meterme tanto en el papel, pero siempre había querido saber qué se sentía en esa época y según la invitación no había que salirse del personaje que uno hubiese deseado interpretar.

— Tiene toda la razón. La sorpresa fue ampliamente agradable, milady.

Una sonrisa se deslizó por mis labios antes de dejar que mi propia mente se fuese con la música antes de soltar una carcajada.

— Es irónico, ¿no cree? Tanto que ha hablado mal de Orgullo y prejuicio siendo precisamente esta misma la que se esté recreando a su alrededor —volví a beber pues aún tenía la boca completamente seca.

— En cierta manera, lo es. No obstante, pensaba que aliviaría mi pesar vistiendo como todas esas falsas inocentes, de un blanco inmaculado.

— ¿Por qué debería? La inocencia generalmente se reserva a las jóvenes que no han visto prácticamente nada, que pueden resultar hasta ingenuas engañándolas por medio del amor a caer en las más bajas tentaciones que tan solo el demonio que deseaba mantenerlas para ellos, egoístamente para siempre aunque el amor se terminase, la reclamase como suya.

— Creí que usted creía en el amor.

— Como le dije, el blanco ya no corresponde a mi ingenuidad. Y aunque creo, porque realmente lo hago, en el amor, este es mucho más difícil de alcanzar que las estrellas del cielo. Las mentiras, los secretos, las falsas apariencias pueden llegar a matar el hechizo en el que se había envuelto la mujer. No obstante, el amor, el verdadero amor… —mis ojos se dirigieron mínimamente hacia Derek—, es aquel que te muestra que un hombre puede dibujarte mientras te hace el amor. Que la sensibilidad es clave en el proceso y que se abre el alma a mundos alternativos.

— ¿Ha sentido eso alguna vez?

Mis ojos felinos regresaron al rostro de Verdoux dedicándole una sonrisa enigmática, antes de preguntarme a mí misma porqué había mirado a Derek cuando había dicho esas palabras de manera tan precisa.

— Eso no se le pregunta a una dama, milord. ¿No sabe que los misterios en la mujer son más atrayentes mientras se produce el verdadero conocimiento de la mente femenina que se desea conquistar?

— ¿No había dicho que los secretos…?

— Sí. Lo he dicho. No me retracto. Pero una mujer tiene varias formas de seducir a un hombre y una de ellas es que se vayan descubriendo una a una sus personalidades como se quitan las capas de la cebolla —me acerqué a él para susurrar en su oído—. La verdadera belleza del alma de una mujer es tener tantas capas que siempre sorprenda al hombre con algo nuevo.

— ¿Cómo usted? —sus dedos se apoyaron en la parte baja de mi espalda, cerca del final del corsé del vestido, manteniéndome a esa distancia.

— Me alegra saber que le sorprendo.

Me separé de él sin hacer un gesto demasiado brusco antes de comprobar que las miradas de todos mis conocidos estaban fijas en nosotros. Todos parecían tener una forma distinta de demostrar lo que para ellos significaba que estuviese tan cerca de Verdoux. Había triunfo, sorpresa, enfado…

— No podría dejar de sorprenderme ni aunque lo intentase con todas sus fuerzas.

Intenté descubrir qué había detrás. ¿Podía haber sido Verdoux quien se hubiese compinchado con él? Me rehusaba a creer que era tan retorcido. Necesitaba pensar que era una persona en la que podía poner mis temores si lo necesitaba, si podía regresar a sus brazos para recibir ese abrazo ansiado.

La Kyra de siempre deseaba salir. Quería acurrucarse en su pecho, suplicarle que si sus palabras del autógrafo eran ciertas que no me dejase ir. ¿Por qué estaba tan empeñada en él? Suponía que durante mucho tiempo tendría ese lugar preferente, en cierta manera, por ser el primero en haberme mirado y haber querido algo más de mí; por ser el primero en besar mis labios, acariciar mi piel y darme el mundo que él podía concederme. Un mundo que no tenía nada que ver con aquel que yo había soñado tantas veces.

— Tengo que quedar con usted en un sitio más privado para hablarle de un asunto.

— ¿Es importante? —sus facciones se endurecieron y terminé por asentir—. Venga, entonces.

Su mano tomó mi antebrazo y me hizo caminar hasta otro lugar del salón perdiéndonos en el interior del edificio allí donde estaba todo en penumbra.

— ¿Qué es lo que ocurre? —susurró acercándose mucho a mí provocando el latido de mi corazón acelerado sin sentido alguno.

— ¿Recuerda el suceso con aquel hombre en Londres? Necesito su ayuda.

— ¿Ha vuelto a molestarla?

Su voz ya no sonaba mínimamente dulce, sino salvajemente demandante, como si la idea del regreso de Douglas le provocase un sin vivir idéntico al mío, una agonía de no retorno.

— Ha salido de la cárcel, William. Y… tiene un plan.

2018 / Ago / 26

No pasó nada raro. Me vestí, le agradecí y me marché. Él quiso acercarme, pero decliné la invitación, si lo hacía y nos veía Verdoux, pensaría que estaba con Gerault y no es algo que me hiciese ni la más mínima gracia. Ya lo pensaba Heinrich y tenía suficiente con eso. Esa era la mejor manera de tener a un hombre casado lejos de mí, estar con quien parecía ser su enemigo acérrimo, o que él creyese que era así. No obstante, sabía que esos “gustar” podían esconder mucho más: un intento por entrar a mi vida y ayudar a Douglas a destruirme por completo, un ir y venir de problemas que no causaban demasiado beneficio en mí. Prefería mantener la distancia con todos, de ser posible. Echaba de menos los momentos en mis relaciones tenían una forma fácil de solucionarse: cerrar el ordenador y cuando tuviese fuerzas continuar con el drama.

El taxi iba hacia la dirección correcta. Primero había tenido que regresar a mi hogar para coger la invitación, por si acaso, y finalmente le había pedido que me llevase al lugar donde se daría ese evento. Estaba nerviosa por lo que pudiese pasar, lo reconocía. ¿Cómo no estarlo si uno de los valores variables dentro de aquella fiesta era nada más y nada menos que el profesor que me había hecho tanto daño en el pasado?

Cuando llegué, me bajé del taxi con ayuda del taxista quien amablemente decidió darme la mano para descender. Con semejante vestido necesitabas a alguien más que se ocupase de la tela extra a la que no estaba acostumbrada. Llevaba un tocado de plumas, el pelo ondulado por las tenacillas recogido en un moño lo más elegante que había conseguido hacer yo sola con millones y millones de horquillas atrapando hasta el último pelo que se salía de su lugar. Aún así, tenía un aspecto desenfadado.

Los tacones no me ayudaban a poder andar mucho mejor. Eran unos Manolos Blahnik de los que no había podido mirar ni el precio. Sí, eran preciosos, pero no sabía quién había pensado que cuanto más incómodos más bonitos de aspecto tenían que ser los zapatos o puede que fuese mi habitual animadversión a los tacones por esa relación de amor y odio que les tenía, sin que la marca tuviese demasiado que ver. Si era sincera conmigo misma no me había probado unos tacones que no me hubiesen destrozado los pies así que había terminado entendiendo que eran parte de su estilismo. Belleza en ocasiones significaba dolor.

Entré al edificio donde se podía escuchar música de un cuarteto de cuerda, al menos, era capaz de distinguir el dulce sonido vibrante de las cuerdas cuando dejaban escapar sus sonidos. Todo estaba ambientado en la época, era exactamente igual que un baile como los que había visto en las películas sobre personajes de siglos pasados. Me recordaba principalmente al baile en el que Elizabeth había disfrutado de la compañía danzarina de Mr. Dracy y sabía a la perfección que aquel pensamiento hubiese provocado en William una sonora carcajada además de una nueva charla sobre los por menores de una de las obras por excelencia del romanticismo, al menos, a mis ojos. Jane Austen, las hermanas Brontë y tantas mujeres habían permitido a otras soñar con un hombre lleno de modales refinados durante generaciones. Un hombre que amase de verdad, que se enamorase primero, que luchase por un amor no sabía si lograría en algún momento de su amada. Historias que aún hacían vibrar mi corazón cuando recordaba sus palabras.

La banda sonora de Orgullo y prejuicio empezó a sonar en ese momento, justo la melodía que tenía en mente, el instante de la danza entre una brillante Keira que bordaba el papel de Elizabeth y un inaccesible Darcy interpretado por Matthew Macfadyen quien terminaba enamorando a quien le viese interpretar al apuesto caballero inglés.

La música era envolvente y en el instante que todos los presentes se giraron hacia mí creí sentirme igual que una duquesa entrando en el gran salón. Sabía que no había nada excesivo que se me viese, pero la mayoría de las chicas jóvenes iban vestidas de un inmaculado color blanco intentando demostrar una inocencia inexistente. Mi sonrisa enmarcada en aquel labial rojo apareció casi por instinto. No había burlas, había cuchicheos intentando discernir quien era la mujer del vestido rojo mientras me dedicaba a caminar por el lugar igual que si fuese mío.

Me giré sobre mi misma observando los espejos que había en el techo. Los detalles eran asombrosos, parecía casi una perfecta imitación del interior del palacio de Versailles. Habíamos viajado a Francia en un parpadeo donde mujeres con una buena posición buscaban que sus hijas encontrasen un marido de aún mejor posición que la propia intentando engatusar al rey francés para que sucumbiese a los encantos de alguna de esas damiselas con las que terminaría yaciendo por el placer de ser infiel y demostrar su hombría y posición sin importarle los sentimientos de la afligida esposa que debía soportar saberse la cornuda real.

Bajé mi mirada del espejo justo hacia el frente donde una figura vestida de antaño sería siempre reconocible para mí. Él se giró despacio, contempló mi vestido que no parecía ser de su placer y respiré profundamente admitiendo que debía darme igual sus preferencias, que aquella era la imagen que yo deseaba dejar en aquel baile. Debía ser una mujer fuerte, segura de mí misma y aunque temblase sobre los Manolos prestados, no cedería ni un instante a ningún tipo de chantaje emocional inducido por gestos, miradas o hechos. Esta vez sería yo quien conquistase las tierras ajenas.

Se inclinó levemente como gesto de cortesía antes de que viese a la espalda de Verdoux más rostros conocidos: Gerault, Hamann, Vance, Eileen y Tatiana estaban allí casi juntos, como si fuesen a colisionarse para producir una explosión a escala mundial que provocase el fin del universo tal y como lo conocíamos. Cogí aire y me negué a mí misma a volver a huir. Había que enfrentarse a la situaciones se diesen como se diesen y mientras aquellas insulsas lucían un vestido blanco queriendo darle a entender a sus posibles compañeros de baile cuál era el grado de su inocencia, las miradas se habían puesto en mi vestido rojo, aquel que lograría hacerme sentir como una reina esa noche.

2018 / Ago / 25

Un vestido de la época victoriana. No tenía muchos ejemplos en mente. Había visto algunas películas que habían recreado esa etapa de la historia, sin embargo, no deseaba ir con los típicos vestidos sencillos con los que iban las mujeres más pobres. Había decidido intentar ser una femme fatale, y puede que esa mujer me diese las fuerzas suficientes para continuar con el plan que había trazado el día anterior.

Busqué en las tiendas cercanas algún traje que no pareciese de carnaval. No me hacía ninguna gracia ir a un sitio donde fuesen un montón de ricachones y que me señalasen igual que si fuese el hazmerreír. No había nada que me causase más daño que ser el blanco de un montón de risas de desconocidos que no sabían hasta qué punto podían hacer daño en mi autoestima.

Entonces, recordé un vestido, ese vestido que estaba junto a aquel que me había puesto para la fiesta en la que acudí con Gerault. No me fiaba de él, cierto, pero si tenía alguna forma de sacarme de este atolladero con uno de esos magníficos vestidos, esperaba que me hiciese ese favor. Sabía que no era simple pedir que te dejasen un vestido con más ceros que cualquier cuenta corriente, pero lo necesitaba.

Rebusqué hasta encontrar mi teléfono y llamé a Gerault. Tenía guardados en la agenda del teléfono más números que no quería tener de los que realmente deseaba que estuviesen allí.

— ¿Señorita Mijáilova?

— Sí, Gerault, perdona que te moleste; me ha surgido un pequeño problema y me gustaría saber si podrías hacerme un favor.

— ¿Sabes que los favores se terminan pagando, Kyra?

— Sí, lo sé, señor del mal, pero si no fuese una emergencia no te lo pediría. ¿Podría acercarme por tu casa en una hora?

— Claro. La tendré lista para entonces y estaré esperándote.

— No es necesario, sin con que me dejes la llave en un sitio donde no…

— Kyra, la casa que tú conociste, como todas mis propiedades, tiene alarma. ¿Realmente crees que podrás ponerla sin nervios y sin confundirte ni una sola vez?

Mordí mi labio inferior para controlar mis ganas de soltar un bufido. No tenía ni pizquita de gracia que me creyesen tan tonta como para no poder poner una condenada alarma en el tiempo de actuación concreto, pero por si las moscas podía beneficiarme de su deliberada y estudiada amabilidad para evitar salir en los periódicos como un intento de robo (porque no iban a creerme) de los más torpes de la historia de la humanidad.

Regresé a mi hogar y busqué una agenda vieja donde colocar mis planes. Solamente tenía que poner las siglas, nada más, por si alguien lo veía o lo leía. Hoy era el turno de enfrentarse a Verdoux encontrando, o buscando encontrar, otro amigo y apoyo. Al día siguiente debía escuchar los llantos y súplicas de Tatiana por ayuda, por lo que tenía que hacer lo imposible para sacarle todo lo que accediese a contarme de forma disimulada sin que la hiciese creer que estaba poniendo en duda su testimonio. El viernes volvería a juntarme con Gerault, de quien había sacado parte de su mentira, aunque no podría dejarlo como estaba, debía saber porqué diantres habían escogido los dos ir a mí, precisamente a mí.

Tras apuntar todo, fui al metro. Terminé en la parada que estaba más cercana a la urbanización y llamé a un taxi para que el taxímetro no contase demasiado por el grandísimo tráfico de la ciudad.

Fue entonces cuando fui consciente de que no le había indicado a Verdoux dónde vivía, al menos, no de manera que me hubiese dado cuenta o lo hubiese hecho a propósito, así que su papel de acosador comenzaba nuevamente a tomar las riendas y me preguntaba hasta qué punto era necesario el acoso. ¿No podían enterarse de todo como las personas normales? Solamente era hacer una demanda recibiendo la respuesta deseada a ella. ¿Por qué resultaba más lógico intentar averiguarla por uno mismo? Algo no funcionaba bien en la mente de aquellos que preferían el acoso a una relación sana y normal, una relación como las de antes donde no se tenía acceso a golpe de click hasta al número del banco.

Me bajé en la puerta pagando al conductor. Entré gracias a algún sistema visual que tendría para verme desde dentro porque ni tan siquiera me hizo falta llamar a ningún timbre. La puerta de la casa se abrió y un sonriente Gerault me saludó antes de darme un cálido abrazo que no comprendí y me dejó desconcertada.

— ¿No se suponía que tú eras el impulsor de Grey? De ser así no debería poder tocarte.

Soltó una carcajada antes de dejarme entrar. Estaba de demasiado buen humor, así que deseaba con todas mis fuerzas que eso fuese una buenísima señal.

— ¿Podrías prestarme uno de los vestidos que compraste cuando estuve aquí?

— Claro. Están en la misma habitación, decidí dejarlos allí por si…

— ¿Por si? —enarqué una de mis cejas esperando su respuesta que finalmente no llegó.

— Pasa, Kyra. ¿Para qué lo necesitas?

— Tengo que ir a una fiesta ambientada en la época victoriana, me ha llegado la invitación hoy de parte de un conocido del pasado, así que no tenía ni la menor idea de que se llevaría a cabo. ¿Qué significaba eso? Tener que ir corriendo a un montón de tiendas de disfraces de los que me puedo permitir, evidentemente, que tienen una ridícula tela con la que hay que llevar un atuendo debajo salvo en las temperaturas más altas del verano en que se agradece tener una prenda de ropa encima que deje escapar por completo todo el calor que se concentra en el cuerpo —comencé a rebuscar en el armario cuando llegamos allí. Gerault me había guiado en todo momento—. Así que, como ese baile estará rodeado de un montón de ricachones, no me apetece tener que presentarme con un vestido de carnaval de esos que puedo permitirme con mi sueldazo y recordé el vestido rojo pasión que habían comprado para mí por si deseaba ponérmelo para aquella fiesta, no obstante, me parece perfecto para ésta inspirada en otro siglo. ¿Crees que iré excesiva?

— Creo que serás la reina de la fiesta —dijo con una sonrisa antes de observar a su alrededor—. Quédate aquí. Puedes arreglarte tranquilamente y usar todo lo que era para ti, incluso, puedes llevártelo a tu casa. Lo compré para ti y quiero que sea para ti.

— Oh, no, no, no… no puedo permitirme tener todos estos vestidos en el armario que cuestan tanto dinero. Hasta me marea pensar que pueda terminar este roto o sucio. Prometo que te pagaré lo que cueste.

Entonces, en su rostro volvió a formarse esa sonrisa de chico malo.

— Seguramente encontraremos una solución.

2018 / Ago / 25

Segura que Chloe y Michael estaban a salvo, mandé un mensaje a Heinrich en busca de respuestas. No obstante, en ese mismo momento sonó la puerta. Tragué en seco y tuve que recordarme a mí misma que no podía haber llegado tan deprisa a Los Ángeles a no ser que se pudiese teletransportar, algo que si estaba inventado no teníamos los humanos al alcance. Respiré y me levanté con el móvil en la mano, vestida con la ropa más cómoda que tenía para estar en casa y con mis pelos prácticamente indomables. Abrí la puerta y vi frente a mí a un hombre con un ramo de flores y un sobre. En mi interior suplicaba porque no fuesen de Douglas, porque tenía la certeza de que estarían envenenadas.

Firmé el justificante de recogida y después las cogí con cuidado al igual que el sobre. Puse las flores con cuidado encima de la encimera, busqué un jarrón, lo llené de agua y puse el ramo en su interior. Después de eso, cogí el sobre, vi su tono granate y supe que la calidad del papel era maravillosa. Los colores pantone podían llevar una impresión algo más cara en determinadas imprentas. Deslicé mis dedos por la forma de éste y abrí el sello antiguo de cera que tenía para mantenerlo cerrado. Dentro había un trozo de papel tan caro como el sobre y otro impreso con cuidado era bastante más rugoso, parecido al papel de grabado que tuve que usar durante un tiempo.

En él leí claramente la invitación a un baile muy especial. Estaba basado en la época victoriana. No supe porqué me habían invitado a algo así. No estaba en ningún tipo de organización que pudiese mandarme algo así o incluso que pudiese crear una fiesta. Había que ir vestidos según la ambientación en uno de los lugares más caros de la ciudad. Después desdoblé la hoja que lo acompañaba para terminar viendo la letra de Verdoux. En su carta me pedía que le acompañase a tal evento. Resoplé ligeramente sin entender la razón por la que me pedía algo así. Pensaba que ya se habría marchado de la ciudad, pero seguía con su gira de promoción de la nueva novela que había escrito. Lo que me recordaba que ni tan siquiera había podido abrir ninguno de los ejemplares que había comprado el día anterior.

Pensé si sería lo más recomendable, pero aunque a Derek no le cayese bien, era en William en quien podía confiar fuera del círculo de personas a nuestro alrededor. ¿Quién más podría estar entre ellos? Ya ni tan siquiera me fiaba de Heinrich, no sabía qué tipo de cosas podían estar alteradas en los documentos familiares hasta que fui consciente de algo, quizá me había dado cuenta de lo que conectaban todos esos sucesos. Podía centrarse en eso como una pista para sus planes hacia mí. No obstante, aún no tenía la certeza de ello y debía asegurarme.

Tenía unas horas para prepararme. Debía intentar tenerlo todo bien atado. Al menos, eso era en el caso de que decidiese ir finalmente a esa fiesta o baile, lo que fuese.

Quizá, en un lugar donde hubiese mucha gente sería más complicado que pudiese encontrarme Douglas si pisaba suelo estadounidense en pocas horas. Me negué a creer que podía ser así, pero había muchísimas posibilidades de ello. Nos íbamos a ver pronto.

Me acurruqué en el sofá esperando que alguien, quien fuese, me indicase lo que tenía que hacer, o puestos a pedir, que me cambiase el nombre, la personalidad y mi historia para de esa manera lograr que el mundo se olvidase de Kyra Mijáilova para siempre.

Cerré mis ojos abrazándome al cojín y pensando que en realidad, por mucho que pudiese confiar en los demás, había sido yo misma quien había escogido la soledad durante mucho tiempo. Nadie me había obligado a aislarme en casa aunque lo habían alimentado con su rechazo, pero fui yo quien cedió al deseo de la población de desaparecer, al menos, de esa escasa parte de población que conocía. A menudo, creemos que el aislamiento es el único medio para sobrevivir frente a las burlas y el acoso de ese pequeño mundo que es el colegio o el instituto. Nos olvidamos que en planeta Tierra hay millones y millones de personas y no podemos ser plato de gusto para todos dado que por ese mismo motivo éramos diferentes.

También pensé en cómo estaba más rodeada de hombres que de mujeres. En el miedo que parecía tener a la afilada lengua de todas las de mi edad como si fuesen a tratarme igual que lo hizo Tatiana, quien ahora había tenido que acudir a una consulta psicológica por sufrir como yo. No era superior, nunca había sido superior, siempre había sido un nombre más dentro de la inmensa humanidad al igual que mi nombre. No dejaba de ser persona, de sentir y padecer por mucho dolor que causase ella misma a propósito. Pero con un ejemplo así, a menudo, el miedo toma la forma de ese monstruo de tu pasado evitando que puedas enfrentarte a conocer a personas que te parecen el mismo monstruo, pero que en realidad pueden tener los mismos gustos que uno.

Había perdido muchas oportunidades de tener gente afín, porque no aceptaba que se me quisiese, que se me valorase y aceptase si otra de las personas tenía los mismos valores en medio del grupo e incluso, cuando era la única que realizaba una labor en un grupo, me sentía completamente fuera de lugar si residía en los demás otra pasión. Era una insatisfacción constante. Una búsqueda del aislamiento de cualquier forma mínimamente coherente.

Suspiré. Abrí mis ojos y miré la invitación al evento que estaba encima de la mesita donde la había dejado antes de acurrucarme en el sofá. Pensé en lo muchísimo que me hubiese gustado estar en una fiesta como esas, agarrada al brazo de William y cómo mi corazón me suplicaba por darle una oportunidad más; aunque, en realidad, todas ellas había sido yo quien las había perdido.

Acepté en silencio ir al baile esperando que fuese lo más tranquilo posible.

2018 / Ago / 25

La noche se hizo larga, muy larga y no me ayudó para nada ponerme la serie Gotham para lograr terminar la primera temporada de una vez. No es que no me gustase, es que directamente no encontraba tiempo para ver sus episodios o mi cabeza no me permitía desconectar de mi vida real que se estaba convirtiendo prácticamente en esa serie: maldad a tutiplén.

Intenté recordar qué día era. Si no me saltaba nada, debía ser domingo y no lunes, lo cuál me daba aún unas pocas horas para recomponerme y descansar. Sabía que después de una noche de insomnio, al día siguiente estaba agotada, pero ¿quién podía dormir después de una pesadilla como aquella? Solamente fui capaz de apagar todas las luces de la casa cuando el propio día empezó a iluminar mi hogar.

¿Qué podía hacer? ¿Debía permitir que me controlase una pesadilla, un miedo, o una emoción que yo no podía dominar desde su origen para evitarla? Tal y como había estudiado, al igual que me habían dicho en muchas ocasiones a lo largo de mi vida, la mente tiene un funcionamiento que con situaciones a priori sencillas, lleva a consecuencias más complejas.

En una ocasión me quedé completamente maravillada al comprobar con mi psicóloga en ese momento, Mavra, todas las consecuencias que tenía un simple hecho como la falta de respeto de alguien al marcharse de un lugar sin tan siquiera dar motivos cuando yo, en ese instante, estaba leyendo. Ocurría un suceso puntual que no estaba explicado y tenía un montón de lecturas posibles, sin embargo, la respuesta automática de mi cabeza era un único pensamiento: estaba volviendo a ser rechazada. Ese pensamiento era una evocación de todas las veces en las que había sido rechazada, de la forma que fuese o ninguneada hasta el punto de no ser más que una pequeña piedra molesta en el zapato de cualquiera.

Aquel pensamiento automático generaba una emoción automática: enfado. Sentirme como antes había cambiado la respuesta de la sumisión nata, de la aceptación porque no valía nada, a un enfado colérico en que deseaba devolver el mismo dolor que se me había hecho sentir con semejante actitud. Pero no era un enfado común, sino uno multiplicado exponencialmente por todas las veces que me había sentido humillada en los años previos de mi vida.

Mavra me había hecho otras preguntas hasta que finalmente había hecho un cuadro donde se divisaba que de una mísera acción de otros mi mente podía llegar a usar el método único de conducta que había tenido siempre: la evitación. Ésta, en un principio logra un ligero bienestar, porque te niega tener que enfrentarte a lo que agobia o causa dolor; no obstante, con el paso del tiempo, uno se da cuenta de todo lo que termina sacrificando por dejar que las conductas evasivas y el miedo lo dominen.

¿Cuál era la solución de todo eso? Buscar cuál era el comportamiento más beneficioso para mí a largo plazo tras ese suceso. Y la respuesta, siempre era la misma, tragar profundo y patada en el culo.

Decidí desayunar. Me tomé mis pastillas esperando que me ayudasen a estabilizarme un poco más y cuando hube terminado me recordé a mí misma que los planes tenían que seguir. Debía llamar a Derek para contarle mi plan con respecto a Eileen dado que no me fiaba la noche anterior de que no nos estuviese espiando de alguna otra forma. También debía llamar a Heinrich para saber qué leyes exactas podían mantenerme segura de ese criminal que ahora danzaba por Londres con toda tranquilidad. Chloe y Michael debían ser otra de mis prioridades dado que tenía que avisarles de lo que sabía. Por último, los expedientes. Debía encontrar los gazapos en el de Derek y después fijarme todo lo posible en el de Verdoux para saber exactamente dónde podían ocultarse los errores, las invenciones de Douglas quien habría sido lo suficientemente listo como para ocultar en esos fallos el misterio que tenía que resolver.

Recordatorio para mí misma: La próxima vez que me meta con alguien que pueda vengarse que no se crea un genio del mal o mi cerebro terminaría explotando.

Cogí el expediente de Derek y empecé a leerlo de nuevo. Marqué allí donde creía que estaban los errores, aunque tendría que ser él quien terminase confirmándomelos. Recordé que había dicho de llamar a Chloe así que aproveché antes de que fuese más tarde allí.

Un tono.

Puede que hubiesen salido, quizá no estaban allí y andaban de escapadita romántica.

Dos tonos.

Podría llamar más tarde, pero tenía que asegurarme de que no se me olvidase, así que debía apuntarlo en alguna parte.

— Kyra…

Esa voz. Me quedé sin respiración, lo único que podía hacer era escuchar la contraria al otro lado del teléfono.

— ¿Ya no saludas a un viejo amigo? Me decepcionas —podía escuchar su risa igual que si estuviese allí, a mi lado, dispuesto a saber qué.

— ¿Dónde está Chloe?

— Tu amiga y su novio han salido a dar un paseo. He venido para asegurarme que no hagas trampas. Sabía que habrías dicho, por eso de tener pruebas incriminatorias, que te guardasen las cartas que te mandaba. Eres tan predecible… Solamente pasaba a recogerlas. No sería justo que pudieses leerlas antes de tiempo —chasqueó la lengua de una forma en la que se me heló la sangre—. No te preocupes, Kyra, no pienso tratar mal a tus amigos, de momento. Pórtate bien y haz las tareas. Nos hablaremos pronto.

Colgó y me quedé con el teléfono pegado a la oreja a pesar de que ya sabía que no escucharía nada más. Tenía que tener mucho cuidado si quería que ninguna de las personas a las que tenía aprecio terminasen asesinadas por aquel ser sin corazón alguno. ¿No le bastaba con entrar en mis sueños y dejarme sin el descanso que necesitaba?

Miré el teléfono y busqué rápidamente el móvil de Chloe. Tardó los mismos tonos en contestarme, pero fue su voz, pude reconocer la voz de mi amiga al otro lado de la línea riéndose y diciendo mi nombre con alegría.

— ¡No volváis a casa! —grité sin poder remediarlo antes de bajar mi tono lo suficiente para una conversación normal—. Él está allí.

Las risas al otro lado se interrumpieron y casi pude sentir en mis propias carnes el pánico que se había despertado en ellos.

2018 / Ago / 25

La habitación estaba a oscuras. Todo mi hogar lo estaba. En realidad no podía ver nada que no iluminase mínimamente la luz de la luna incidiendo sobre los muebles regalándoles una mezcla de hermosura y tenebrosidad. Mis dedos ni tan siquiera buscaron el interruptor de la luz. Era igual que si mi cuerpo supiese que lo que iba a encontrarse allí no querría verlo.

Un sombra me movió entre las tinieblas. Hombros anchos, gran altura y ese aroma a caro se respiraba por todo el ambiente. Mi corazón había empezado a acelerarse y mis ojos buscaban la manera de evitar que la mirada de esa sombra se posase en mí cuando sacase el teléfono del interior de mi bolso para llamar a la policía. Otra parte de mí estaba intentando calcular cuánta distancia sería capaz de recorrer antes de que me atrapase. No sabía si estaba dado la vuelta o no. ¿Tenía alguna posibilidad?

— Cierra la puerta, Kyra.

Su voz. Me estremecí por completo reaccionando igual que cualquier niño ante su peor pesadilla. No existía posibilidad de hacer algo distinto, así que terminé cerrando la puerta con cuidado, haciendo el menor ruido posible buscando no alterarle.

Se giró hacia la luz que entraba por las ventanas y pude ver su rostro. Ahí estaba esa barba de varios días que estaba cuidada y perfilada de nuevo. Su postura era recta, regia, no movía ni un solo músculo mientras observaba por la ventana igual que si no estuviese allí.

— Pon la música. La pista cinco es mi favorita.

Me acerqué a un radiocassette que no recordaba tener en mi hogar. De un rojo intenso igual que uno que había tenido de adolescente con el mismo abollón en primera plana. Fruncí mi ceño, pero di al botón de play para el CD y la voz de Justin Timberlake salió del interior del aparato.

— Sube el volumen.

Mis dedos encontraron la ruleta y movieron la señal del volumen hasta que estuvo lo suficientemente alto. Él levantó la mano para que entendiese que no debía seguir subiendo la canción.

Cry me a river había sido una de mis canciones favoritas de Timberlake, pero ahora su voz era igual que escuchar una carta amenazante. ¿Cómo no serlo si sabía lo que significaba esa canción? Él la usaría para significados aún más tenebrosos.

No supe cómo, él se había vuelto a perder entre las sombras y gracias a la música no podía escuchar sus pasos, estaba privada de los sentidos para evitar cualquier ataque sorpresa de aquellos que podían provocar un infarto. Fue, en ese momento, cuando noté su presencia antes de que su nariz se perdiese entre mis cabellos aspirando mi fragancia y teniendo que controlar mis propios instintos de dejar que mi cuerpo regase el suelo con mi orina por el miedo que se había incrustado en cada milímetro de mi ser.

Apartó mi cabello de mi hombro y se acercó hasta mi oído permitiendo que su aliento cálido abrasase mi piel, porque un simple roce era igual que dejar que una brisa tan caliente como el sol se deslizase por la piel acariciándola de una manera brutal que levantaba la piel.

— No has seguido las reglas, Kyra. Éramos tú y yo, solamente tú y yo y me has traicionado.

Su voz sonaba tan grave que parecía la misma muerte saludando antes de llevarse el alma al infierno arrebatando la vida con un simple toque.

Sus dedos ascendieron por mi espalda y me bajaron extremadamente despacio la cremallera del vestido. Sus falanges se metieron entre la piel y la tela subiendo de nuevo para terminar por quitarme la única protección de mi desnudez. En el cristal de la ventana que tenía justo delante, se reflejaba mi cuerpo pálido, casi desnudo y sus ojos grises perdiéndose en esa imagen que yo misma contemplaba.

Sus manos se posaron en mis caderas y desapareció del reflejo del cristal para dejarme sin ropa interior. Vale, si… si tener relaciones era lo que quería, puede que no fuese todo lo malo, ¿no? Sería su venganza. Me podría dejar libre y “marcada” de alguna forma por él. Fuera como fuese no podía moverme. Era incapaz de salir corriendo y las lágrimas querían desbordarse de mis ojos. Pensaba que nunca sufriría esa sensación, saber que no se tiene otra salida salvo aceptar que te violen aunque no hayas podido ni tan siquiera negarte por el pánico.

Mis bragas se deslizaron por mis piernas y las dejó a la altura de mis tobillos dado que no había hecho ningún amago por moverme para quitarlas del todo. Ascendió dejando que su nariz crease un camino desde mis nalgas hasta mi nuca y si hubiese podido, si el cuerpo me lo hubiese permitido, hubiese dejado que todo, absolutamente todo mi ser, perdiese la compostura.

Atrapó mis senos en sus manos, grandes, abrasadoramente calientes y fuertes. Los apretó mientras las lágrimas escapaban de mis ojos pues sentirme un objeto era lo peor que creía que podía pasarle a alguien. Estaba intentando mantenerme en una cuerda floja que cedía por las inclemencias del tiempo.

Dejó un beso en mi cuello, otro en mi hombro y después, me giró para que viese todo su rostro y aquella expresión de repentino placer. Me abrió de piernas sentándome en la mesa donde estaba aún Justin Timberlake cantando y me penetró de una forma increíblemente dolorosa soltando un gruñido de gusto. Sus manos se deshicieron del nudo de su corbata, la colocó alrededor de mi cuello y empezó a follarme a la vez que me estrangulaba con la corbata dando conocimiento de una habilidad sobrenatural en su dominio haciendo dos cosas a la vez.

Quise gritar, pero se quedó ahogado en la garganta. Quise moverme, pero el cuerpo no me respondió.

— ¡NO! —solté un grito desgarrador justo en el momento que pude despertarme. Jadeé igual que si me faltase el aire. Sentí el dolor en mi cuerpo de la violación que me habían regalado aquellos malditos sueños tan reales. Me palpé, buscando signos de lo que fuese. Entré al baño para asegurarme de que no había marcas, que no había nada en mi cuerpo.

Intenté recordar lo ocurrido tras el anuncio de Heinrich y todo empezó a tener sentido. Derek me acompañó, estaba agotada y me metí en la cama después de leer por vez número treinta que Douglas estaba en la calle. Mi mente había jugado conmigo, había controlado mis peores miedos y los había dado vida gracias a su poder.

El malestar físico era real y necesité meterme en la ducha como si hubiese sufrido esa situación escabrosa. Me eché a llorar, me restregué con la esponja todo lo que pude y supe que esa noche no iba a dormir nada más.