2018 / Sep / 02

Sucumbir a William era tan sencillo como respirar. No necesitaba nada más que dejarle ser, tomar el control, iniciar las situaciones. Su deseo era tan intenso como dolorosas sus partidas y una parte de mí ya sabía que volvería a sufrir en algún momento porque o él o yo terminaríamos huyendo del otro igual que dos fuerzas naturales que se necesitan cada cierto tiempo, pero no pueden estar demasiado juntas por el bien del universo.

Su respiración jadeante golpeaba contra mis labios entremezclándose con la mía propia. La forma en que me mantenía pegada a él, sin un solo centímetro que nos separase y la pasión que había demostrado entregarme siendo él mismo quien había llegado al orgasmo tan solo por mi propia excitación, me resultaba incomprensible. ¿Por qué si todo me indicaba que me necesitaba tanto como yo cuando le había amado, él era quien jamás soportaba pronunciar una sola palabra de amor?

Me preguntaba si algún día aprendería a aceptar las distintas formas de amor en los demás, dado que si me obcecaba en mi deseo romántico imposible del amor jamás podría ser feliz a su lado.

Cerré mis ojos y le permití estar entre sus brazos todo lo que desease. Él me había dado algo de calma aunque tenía la sensación que me hubiese ocurrido lo mismo estando yo sola en aquella habitación de hotel si la necesidad de no sentirme aislada no hubiese podido conmigo.

Apoyé mi cabeza en su hombro con sus brazos envolviéndome. La música de The Weeknd había cambiado en varias canciones, pero había seguido sonando durante esa entrega que podría tener significados diferentes para cada uno de nosotros.

— Qué músicas más raras os gustan.

Alcé una de mis cejas por la incomprensión y volví a abrir los ojos para fijar mi mirada en los azules ojos de mi propia tortura personal a la que acudía como una sumisa bien mandada.

— ¿No conoces The Weeknd?

— No estoy muy puesto en la música, aunque parece que tengo una experta entre mis brazos.

— No soy una experta ni mucho menos, pero… ¿qué clase de música escuchas tú?

— No suelo perder el tiempo con la música. La única que llega a mis oídos de necesitar inspiración es la música clásica: Chopin, Vivaldi, Mozart, Beethoven… los grandes genios de la cultura clásica.

Entrecerré mis ojos sorprendida y solté una pequeña risa por la broma que iba a hacer.

— ¿No conoces a Michael Jackson por ejemplo?

Él se quedó pensativo observando mi reacción, para después negar lento varias veces. La risa que escapó de mi garganta fue absoluta porque pensaba que me estaba tomando el pelo.

— Seguro que no has escuchado nunca Billie Jean, Thriller…

Su ceño se frunció aún más y soltó un suspiro profundo porque tenía la expresión de que todo eso le estaba sonando completamente a chino.

— ¿En serio? Madre mía… eres la primera persona que no sabe quién es. Bueno, al menos de las personas que yo conozco.

— Su mundo es bastante reducido, señorita Mijáilova, así que no diría yo que fuese algo tan extraño.

— ¡¿Qué no?! William, hasta en pueblecitos de África tienen discos de Michael Jackson y ellos tienen bastante menos posibilidades económicas que tú —di suavemente a su nariz—. Pero si quieres puedo darte unos cursos gratuitos sobre mis conocimientos en la cultura musical. No son muchos, desde luego, pero por lo menos tengo más que tú.

Sus manos se abrieron por mi espalda que poco a poco iba dejando de emanar tanto calor y sonrió ligeramente.

— Está bien. Me gustaría verla de profesora.

Por alguna razón aquel comentario me pareció más picante de lo que debiera. Negué ligeramente antes de apoyarme contra su pecho.

— Veamos. No sé demasiado de la transición de la música clásica que escuchas hasta la música actual, pero te comentaré las figuras más importantes del movimiento que, al menos, yo conozco. Seguramente habrá muchísimas más. Por ejemplo, está Frank Sinatra, conocido como «la voz». También varios cantantes salidos de la Motown, pero no tengo demasiado conocimiento… —al ver su expresión solté una pequeña risa—. La Motown era, porque no sé si sigue existiendo, la discográfica más importante en cuanto a música negra se refería. De allí salieron Las Supremes de donde destacó Diana Ross, Stevie Wonder, Aretha Franklin antes que ellos, creo… —mordisqueé mi labio inferior intentando recordar—. También los Jackson five, el grupo del que se terminaría separando Michael Jackson, el vocalista principal. Pero, toda su historia podría llevarme siglos contártela, así que vayamos a otros nombres reseñables, desde luego. ¡Oh! —bajé mi mirada a sus ojos y besé sus labios por instinto—, Elvis Presley, el rey del rock. Fue un verdadero fenómeno de masas mundial cuando no salió jamás de Estados Unidos. Se vendían sus discos casi como el chocolate ahora. Los Beatles también fueron uno de los mayores fenómenos de fans. Ellos eran ingleses. Se separaron hace mucho tiempo. Si recuerdo bien los componentes eran: Paul McCartney, George Harrison, Ringo Starr y John Lennon. Siempre se dijo que se separaron por Yoko Ono, la mujer de Lennon, pero no sé, yo no me lo termino de creer porque ha habido peleas de egos en muchos grupos a lo largo de la historia, así que… bueno, a saber, solamente lo saben ellos. John Lennon y George Harrison están muertos. A Lennon le mató un fan obsesionado o algo así. Él compuso Imagine, aunque no creo que te suene de nada. A ver… después de eso aparecieron otras figuras importantes, pero sobre todo en el pop quienes fueron conocidos como rey y reina que fueron Michael Jackson y Madonna. Bueno, Madonna sigue viva —entrecerré mis ojos y volví a fijar mi mirada a él antes de reír ligeramente por su expresión—. ¿Qué?

— Demasiada información, profesora.

— Perdón —me sonrojé ligeramente antes de recibir un beso de sus labios como si pretendiese calmar mi malestar. ¿Por qué no podía haber sido así de adorable siempre?

— Creo que necesitaré ejemplos para poder saber más o menos quién es quién —susurró.

Pensé en la posibilidad de mostrarle alguna de ellas en el móvil. Me intenté separar un poco, pero él no me lo permitió. Besé sus labios con dulzura hasta que terminé suspirando profundamente.

— No canto como ellos…

— No me importa —negó y esperó a que me arrancase a cantar, lo cual provocaría que me sonrojase hasta las orejas.

2018 / Sep / 02

El amor era una ciencia inexacta. A diferencia de la regla común que solían tener las ciencias: la exactitud. Si por mí fuese comprendería en muchos aspectos la dificultad de la comprensión de un sentimiento podía mover el mundo, pero parecía que con el amor todos nos volvíamos demasiado egoístas, demasiado inseguros y temerosos, o quizá, era yo la única que actuaba de esa forma mientras el resto se volvían ciegos, sordos y mudos ante algo que nos podía derrumbar.

Generalmente, el mundo pensaba en el amor romántico cuando había muchos tipos de amores. ¿Qué era el amor en realidad? Era una fuerza que podía con el mundo, pero para la mayoría de las personas resultaba peor que un dolor de muelas.

Tras mi paseo, entré en la cabaña. No parecía haber dejado demasiados desperfectos fuera por la tormenta que había habido hacía tan solo unas horas. En el interior de la cabaña tan solo había silencio. Me gustaba la idea de poder estar tranquila, pero había algo que también me hacía sentir indefensa, muy indefensa. Me dolía estar sola, en medio de ninguna parte. Puede que no supiese lo que realmente quería. ¿Se podía desear tranquilidad estando en compañía?

Escuché el ruido de algo que indicaba que no estaba sola, que Verdoux no se había ido dejándome aislada del mundo en la parte de la Tierra a la que hubiese decidido llevarme mientras dormía como un lirón.

Caminé hasta el único aparato de música que había y tras encenderlo, la música de The Weeknd salió envolviéndome los sentidos e incitándome a vivir de miles de forma distintas, prohibidas y apasionadas que no había experimentado antes de dejarme empezar a tener vida. Mi cabeza podía imaginar los dedos de William recorriendo mi columna. Cerré mis ojos pensando en todo lo que había vivido sumergida en la pasión con un hombre que me había deseado tanto como para hacerme suya tantas veces que dolía saber que no había sido el único cuerpo que había poseído durante tanto tiempo.

Tarde fui consciente de la presencia del profesor detrás de mí. No había escapatoria. Su aliento acariciaba la curva de mi cuello y todo mi cuerpo notaba el eco igual que si hubiese golpeado la superficie de un lago en calma. No tuvo que decir nada, alcé mis brazos y le dejé quitarme el vestido veraniego. En el proceso sus dedos rozaron mi piel y su simple presencia tan cerca de mí había despertado a esa amante insaciable.

Sus labios acariciaron mi oreja derecha y solté un jadeo antes de notar sus manos desprenderme de la única protección que tenía en ese instante: mis bragas. No pronunciaba palabra, pero podía sentir la pesadez de su respiración que se iba volviendo más rápida por la excitación. El olor a tabaco no estaba entre nosotros, lo cual lo haría mucho más agradable. Solamente estaba ante mí esa esencia gloriosamente excitante.

Dejé que él recorriese mi cuerpo con sus manos antes de besar mi hombro arañándome ligeramente con su barba la piel. Había extrañado esa sensación, debía reconocerlo. La había extrañado mucho. Era igual que sucumbir al deseo más profundo del corazón, pero temía que la sensación de vacío siguiese presente al final.

Me giró quedando frente a él. Sus ojos me observaban y después amagó besarme, pero se quedó solamente a unos milímetros. Temí que fuese a dejarme allí, que no tocase nada más, que no besase nada más, que no dijese nada más. Sin embargo, sus labios se entreabrieron para susurrarme unas palabras.

— Póntelas…

Al principio no supe a qué se refería por lo que le miré algo confusa. Me costó poco comprender que se trataba de las medias con las que tenía aquel extraño fetiche. Pero, antes de irme a por ellas, intenté besarle, algo que él me negó.

Suspiré suavemente y fui hasta la habitación completamente desnuda. Me puse unas medias con puntilla negra en la parte alta de la pernera y regresé. Él estaba completamente desnudo. Se sentó en una silla y me atrajo a él antes de rozar mi espalda con las yemas de sus dedos.

— Cada vez que tenga ganas de pelear, la quiero así, desnuda, con sus medias y le haré recordar lo que siente por mí antes de que quiera marcharse.

Me sonrojé por completo sentada a horcajadas en su regazo y por fin, sus labios me besaron de aquella forma lenta en que encendía cada rincón de mi ser. Mis dedos se aferraron a su cabello para que no me dejase pensar y me hiciese sentir que todo eso estaba bien. Si iba a morir el día de mi cumpleaños o mi vida no volvería a ser la misma ¿por qué no concederme a mí misma todos los pecados que pudiese antes de quemarme en el infierno?

Sus grandes manos se deslizaban muy suavemente por mi cuerpo y subían la temperatura de todo mi ser. El beso era cada segundo más intenso sin dejar de ser agobiantemente lento. Nuestras lenguas se entrecruzaban y parecían suplicar más de la otra, como si jamás fuese suficiente. Entre nuestros cuerpos su dureza iba creciendo y rozando mis labios vaginales completamente expuestos por la postura. Me pregunté si al hacerlo así no íbamos a terminar rompiendo la silla, pero le dejaría todo a él dado que había querido tomar el control de la situación.

Sus palmas envolvieron la parte trasera de mis muslos y me guió hasta situarme en su erección metiéndola poco a poco dentro de mí. Mis paredes vaginales le recibieron con un apretón a cada centímetro y eché mi cabeza hacia atrás soltando un gemido grave demostrándole que el hambre de mi cuerpo se estaba saciando con la manera en que tomaba el control de mi ser. Ahora éramos dos cuerpos que se habían conocido tiempo atrás y que parecían gozar en ese momento de algo tan simple como reencontrarse.

Una vez estuvo completamente dentro de mí sus labios se acercaron a mi oído y con la voz más grave aún que su propio tono susurró muy bajo.

— No se mueva…

¿Cómo que no me moviese? ¿No se suponía que era parte de la relación sexual el continuo choque entre los cuerpos? Pero acepté con la mirada y volví a besar sus labios antes de volverme a sentir una pequeña muñeca entre los brazos del maestro de aquellas situaciones.

Sus manos se agarraron a mis senos para comenzar a estimularlos. Jugaba de formas que jamás creí que pudiesen provocar una sensación tan placentera. Mis paredes vaginales vibraban ligeramente ante cada nueva estimulación. Sació mi boca de sus besos hasta que no pude hacer otra cosa que gemir por lo que bajó sus atenciones vocales hasta mis senos que ya habían sido provocados. Atrapó uno de mis pezones con su boca y casi creí que deseaba tragárselos. Mientras tanto su mano derecha se coló entre nuestros cuerpos y empezó masturbarme el clítoris. Estaba en la gloria más absoluta. Sus juegos eran un quiero y no puedo de manual. Estaba tan pronto al orgasmo como a no tenerlo. Era exasperante y delicioso.

Chillé suplicante, pero no me concedió movimiento alguno que no hiciese con su lengua en mis senos y sus dedos en mi clítoris sensible que me hacía estremecer con cada roce. Pellizcó suavemente este último y grité terminando por correrme. Pocos segundos después, de alguna forma desconocida para mí dado que todo el placer lo había recibido yo, William se vació en mi interior gruñendo, como si hubiese tenido el mejor sexo de su vida.

Le miré confusa, pero pronto esa mirada acabó siendo un beso apasionado, necesitado y de entrega pura.

2018 / Sep / 01

Como si no hubiese llovido, el sol trajo consigo una mañana tranquila y apacible. Mi corazón parecía también más calmado y me había atrevido a salir de la cabaña para pasear por la arena que no quemaba demasiado, lo que suponía que debía haber sido por lo sucedido horas antes. La arena estaba mojada, no se había secado rápidamente lo cual agradecía porque una de las mejores sensaciones que había para mí era el frescor en los pies sin necesidad de estar mojándolos todo el tiempo.

Verdoux estaba solo en la cabaña, o eso creía puesto que llevaba horas sin verle. Se había ido poco tiempo después de mi escasa reacción por su noticia con respecto a Eliza. No estaba herida, ya no, pero sí estaba confusa con respecto a sus sentimientos. ¿Qué era lo que podía sentir por mí aquel hombre de escasas palabras?

Justo en ese momento en que mi cuerpo parecía haber encontrado las ganas de seguir hacia delante, mi mirada descubrió la salida del agua del profesor. Me quedé estática. ¿Cómo podía ser tan… atractivo el condenado? Mordí mi labio inferior observando su cabello empapado, hacia atrás. Las gotas caían por su piel ligeramente enrojecida en algunas zonas y blanquecina en la mayor parte de su anatomía. En sus caderas a duras penas si era tapado el vello púbico, con un pequeño tirón se podría observar aquella parte de su ser que tanto placer me había dado al entregarme entre sus brazos.

Verdoux caminaba por el agua intentando salir. Respiré profundamente intentando recordarme que no podía dejar de llenar mis pulmones de oxígeno porque terminaría desmayándome allí. Mordisqueé mi labio inferior por instinto antes de poder reaccionar de otra manera. Sus ojos se posaron en mí y me regaló una pequeña sonrisa, seguramente tendría mejor aspecto que el día anterior.

— Buenos días, Annette.

Tuve que parpadear un par de veces antes de percatarme que me había quedado sin habla. Desvié mi mirada de su torso musculoso hasta su rostro.

— Buenos días, William.

Terminó saliendo del agua, por completo y se quitó todas las gotas que tenía en el rostro pasándose una mano por él. Tenía algo que a saber qué era, pero me atraía como un maldito embrujo.

— ¿Qué tal está?

— Algo mejor hoy, gracias por preguntar. ¿Y usted? —intenté desviar la mirada para de esa forma no perder el control de ninguno de mis sentidos. Odiaba esos instintos estúpidamente primarios que se habían despertado en mí con la única necesidad de saciar el hambre dormida durante tantos años.

— Bien. La mañana ha sido muy productiva.

Sus palabras siempre eran escasas. Nunca explicaba más de lo necesario, pero casi podía observar en sus gestos algo de reproche. ¿Qué se suponía que me reprochaba? Había accedido a sus labios cuanto más vulnerable me había sentido, pero ahora que había visto todo con más claridad no podía volver a consumirme en algo que tanto daño me había hecho, o al menos, es lo que intentaba decirle a mi cabeza para que se convenciese de no caer, de mantener la distancia, algo de fortaleza en mi interior para negarme a las tentaciones que me pusiese la vida por delante en forma de Verdoux.

— ¿Sigue escribiendo?

Asintió como respuesta antes de inclinarse para coger la toalla y pasarla por su cuerpo secando las escasas gotas del mar que seguían allí. ¿Lo estaba haciendo a propósito? Era una lástima que se hubiese quitado el exceso de agua de su cuerpo, por raro que pareciese le quedaba bien. Además, tenía la sensación de que una parte de mi anatomía envidiaba muchísimo a esas gotas que se iban deslizando poco a poco por su cuerpo hasta cubrir toda la piel que le permitiese la gravedad.

— ¿De qué va su nueva historia?

Frunció ligeramente el ceño con un deje divertido en su expresión.

— Aún no lo sé con exactitud. Hay veces que tan solo me viene un fragmento, un instante que quiero plasmar. Después, puede convertirse en una obra con el pasado y el futuro de ese momento o no tiene porqué. Tengo muchos fragmentos cortos guardados con los que espero inspirarme algún día.

— A mí también me gusta escribir. Siempre ha sido una de mis pasiones aunque si le soy sincera, no puedo ni compararme con usted.

— ¿Compararse conmigo? Un escritor no tiene que compararse con nadie, tiene que encontrar su propia voz.

Miré hacia el horizonte mientras buscaba evitar el tema sobre esa historia que había leído, esa novela en la que me había visto tan claramente reflejada.

— ¿Por qué? —murmuré al fin pues mi curiosidad era mayor que mi sensatez.

— ¿Por qué qué? —la confusión era evidente en sus facciones, seguro, pero en su tono de voz a duras penas si se notaba alguna variación en su monocorde forma de expresarse.

— ¿Por qué era uno de los personajes de su novela? ¿Porque era la campesina de la historia de amor con el rey?

Me giré poco a poco para poder observar su rostro deseando poder descubrir si me mentía o no lo hacía, si seguía engañándome como cada momento que habíamos compartido juntos.

— Uso mis experiencias para mis personajes buscando que sean lo más realistas posibles. La psicología de una persona es difícil comprenderla a la perfección y el personaje basado en usted era tan incomprensible como usted misma. Huir de lo que fuese parecía su única meta en la vida.

¿Era así como me veía? ¿Era la impresión que dejaba? ¿Era yo quien huía y no se enfrentaba a nada? No podía negarme mis tendencias huidizas, aquellas en las que buscaba una salvación, un bienestar alejada de todo lo que me hacía daño cuando esa misma huída me provocaba una ansiedad y un dolor semejantes. Aún así, eso no justificaba que los demás abandonasen la partida, que se alejasen porque yo había dado el primer paso en alejarme o porque no se habían dado cuenta que me habían abierto la puerta para huir.

Volví a mirar el horizonte y negué suavemente antes de musitar una verdad encerrada en mi interior.

— En realidad, su meta en la vida es que la amen como ella quiere que la amen y… no ve el amor que le procesan cuando no es el que ella esperaba, lo que ella quería, lo que se imaginaba que pasaría saliéndose de sus esquemas —tras decir aquellas últimas palabras continué mi paseo dejando que la brisa del mar calmase el dolor que mi confesión había causado en mi alma.

2018 / Ago / 31

El descenso al fondo de aquel pozo que tenía en mi interior era tan sencillo como dejarse llevar por los pensamientos que acampaban a sus anchas en mi interior, tiraban de mí con todas sus fuerzas y volvían a ahogar todo el coraje que había logrado almacenar durante años para enfrentarme a todo el mundo. Callar, tragar, dejar que tu cuerpo sufriese, despertase aquellas sensación que se consideraban enterradas y volver a sentir ese dolor en cada mínima porción de mi ser. ¿Por qué esa tenía que ser la sucesión normal en mi vida? ¿Por qué si el mundo buscaba su felicidad yo no me permitía ni tan siquiera visualizarla como posible?

Los golpes del viento contra la estructura de la casa eran estremecedores. Una parte de mí lo comparaba con ese vendaval que estaba empezando a tomar forma en mi interior, queriendo salir, queriendo destrozar todo a su paso fuese lo fuerte que fuese. Su dolor, en esos momentos, sería mi placer y me creería ganadora de una batalla en la que estaba perdiéndolo todo por no saber realizar las jugadas en su debido momento.

Si cerraba los ojos podía sentir como poco a poco se estaba reabriendo esa herida que emanaba tanta sangre como había en mi cuerpo, pidiendo llevarse con ella todo el dolor, dejándome tan solo la paz.

El sonido de la pluma arañando el papel no era prácticamente audible. Estaba abrazada al cojín, mirando a un punto fijo, dejando que las horas pasasen antes de tener la valentía suficiente para pronunciar palabra, pero también, y debía admitirlo, deseando discutir hasta sacar todo aquello que rugía en mis entrañas.

— ¿Y Eliza?

Mis palabras provocaron que la pluma realizase un movimiento brusco, acto seguido paró su escritura. Mis ojos deseaban buscarle, la parte sádica de mi ser quería verla para alimentar toda la ira creciente en mi interior, la otra, en cambio, esa sensata que a duras penas podía controlar, me suplicaba que siguiese mirando a ese punto fijo donde salvo mis pensamientos, nada podría encolerizarme. Menospreciar a mi mente era algo que hacía a menudo cuando la parte consciente de mi ser terminaba dándole todo el poder, arrodillándose como si fuese una diosa suprema a quien no se podía vencer.

Respiré profundo. Me abracé más fuerte al sofá y escuché el sonido de la butaca al separarse de la mesa para salir. Sus pies descalzos caminaron hasta mí, hasta que entraron en el rango de visión de mi mirada perdida y tras inclinarse, tomó mi mentón e hizo que le mirase directamente.

— ¿Es eso lo que le preocupa? ¿Lo que la tiene así?

— En parte… —admití tras observar sus ojos claros.

Se puso de cuclillas frente a mí. Sus dedos acariciaron mi piel y me pregunté quién era este William que estaba ante mí. Era normalmente un ser frío, distante, inaccesible y ahora casi parecía un amante devoto. ¿Alguien podía cambiar tanto o todo eso había estado antes ahí sin que yo lo viese?

— Eliza ya no está, ya no vive conmigo.

Fruncí mi ceño ante la incomprensión de lo sucedido. ¿Cómo había podido dejarla abandonada a su suerte cuando ella le necesitaba tantísimo?

— ¿Dónde está?

— Tras nuestra conversación en Londres, hablé con Catherine. Ella me dijo que mis temores eran ciertos, que aquello que habían dicho los médicos era verdad. Si continuaba con ella, si estaba en mi vida y yo era su único sustento dándole todo lo que deseaba su obsesión y necesidad por mí jamás desaparecería. Por ese motivo, con todo el dolor de mi corazón, terminé aceptando que donde estaría mejor sería en un centro psiquiátrico por duro que fuese. Me aseguré de que fuesen tratos adecuados para ella y pago un extra para que la traten como a una reina —tomó una de mis manos y observó mis dedos con las uñas cortadas de formas irregulares, no perfectas, y con el esmalte descascarillado porque hacía varios días que no estaba pendiente de cuidarlas. No me importaba su aspecto—. No volverá.

Que ella no estuviese por su propia salud mental no era un gesto de amor. Para nada. Se había tenido que conformar con la mujer que no dependía emocionalmente de él. Me sentía insultada aunque era mi propio orgullo el que no sabía cómo procesar eso sin que me resultase horriblemente hiriente. Solo eran las sobras del menú, lo que había podido salvar de todo lo que había tenido antes en su mano.

Cerré mis ojos intentando contener el improperio que quería escapar de mi interior. ¿Por qué? Jamás era la prioridad de nadie, ni tan siquiera la mía propia. Por eso, me negué a caer en la tentación de sumirme en el falso mundo de amor que volvía a ofrecerme.

— Espero que su hermana se recupere, de verdad. Estar encerrada en un sitio así no es plato de gusto, para nadie —negué volviendo a abrir mis ojos que demostraban toda la sinceridad del mundo porque yo no creía como su madre que Eliza era el problema. Dos personas no hacen algo si una no quiere y aunque ella incitase a ese joven e inexperto William a caer en los prohibido, fue él quien cedió, quien tiene la responsabilidad sobre sus actos.

Frunció su ceño casi molesto o completamente molesto, ni tan siquiera me limitaba ya a la comprensión de sus emociones que distaban tanto de las mías. Él era un mundo, yo otro y ambos éramos iguales que dos titanes enfurecidos, chocaríamos sin remedio de por vida. ¿Por qué, entonces, creía necesitarle tanto? ¿Era una dependencia o es que ese dolor que él me provocaba me regresaba a la zona de confort de la que no quería salir? ¿Le seguía amando o era la necesidad de ser una víctima la que me volvía a engullir permitiéndome recrearme en ese sufrimiento constante retroalimentando mi negativismo interior?

William se acercó a mí, besó mi frente y susurró algo que no fui capaz de entender. Necesitaba tiempo para ser yo misma. Solamente tiempo.

2018 / Ago / 31

Hacer o no hacer hitos en la vida es algo subjetivo. Dependía mucho de las metas que se pusiese uno en la vida. Si la intención era ser alguien conocido de manera mundial y ser recordado por la historia de forma que miles de generaciones después de la tuya supiesen quién eras con solamente mencionar tu nombre o tu obra, evidentemente el reto era complicado, demasiado, casi imposible. No obstante, también dependía mucho de cómo uno se tomase esa meta. Si era el único objetivo en la vida, el fracaso sería demoledor y no se lograría jamás llegar a nada porque no se tendrían más metas.

Regresé a la conversación que estaba manteniendo con Verdoux. Él se había quedado callado. Puede que estuviese esperando más preguntas más o puede que, como hablar nunca había sido su fuerte, se limitase simplemente a ser, pensando en sus cosas. Hubiese pagado millones por saber qué pasaba en esa mente durante mucho tiempo, ahora temía qué podía circular en realidad intentando esconderse entre las tinieblas.

Su mano se posó sobre mi mejilla rozando con su pulgar mi pómulo. Mis ojos claros no quisieron mirar los suyos porque si lo hacían terminarían cediendo a ese lugar al que no quería volver. No quería estar en las mismas condiciones que hacía un año. No podía sentirme al borde del precipicio y ser solamente una más en una lista. Yo quería más, mucho más y él no iba a dármelo. Jamás podría dármelo porque las relaciones le repelían casi tanto como me repelían a mí por mucho que desease aferrarme a una.

Comí un poco más de ensalada regresando mi atención a la mesa sin poder sacar el tema que nos separaba igual que un valla electrificada. Fingí no oír su suspiro resignado y el silencio nos envolvió nuevamente estrangulándonos casi hasta asfixiarnos. ¿Por qué si yo no avanzaba él no seguía insistiendo? ¿Por qué siempre se rendía ante la más mínima posibilidad de pérdida en la batalla? ¿Y si no era así? ¿Y si no era él y era yo? ¿Y si había vuelto a sumirme en la desesperación que terminaba alejando a todo ser que se acercase a mí por miedo a contagiarse y no poder regresar a la superficie? ¿Por qué siempre daba pasos para atrás?

Hubiese deseado tanto en ese momento las palabras que no pronunció tantas veces, aunque en el fondo sabía que un te amo, un te quiero o una palabra cariñosa no cambiaría nada, absolutamente nada. Eliza siempre estaría ahí, amenazando cualquier momento feliz al lado de William. Sus cuernos, su traición, su parte oscura… Para mí había sobrepasado todo límite y aunque mis labios aceptasen sus besos, mi cuerpo sus caricias, yo ya no podía sentir lo que sentía antes. No cuando al acecho veía a su hermana en cada gesto, en cada duda de él, igual que si no tuviese nada más en la cabeza.

Cuando el silencio se volvió incómodo para ambos, tanto que necesitábamos estar solos, él se marchó y no me pregunté cómo podía haberse tomado ese silencio, no pensé en el rechazo que representaba en realidad. Tan pronto le sentía tan cerca de mí como antes que se esfumaba igual que el humo entre mis dedos.

Recogí los platos. Metí todo en el lavavajillas y di un gran trago al vaso de agua fresca que había dejado el último por recoger en la mesa. Me senté en el sofá y observé el semblante de Verdoux escribiendo, aunque ahora tenía el ceño fruncido y no sabía si era por concentración o no.

Quería hablar, deseaba hacerlo, suplicarle que me hiciese sentir como antes, que me salvase del mundo en el que yo sola me había metido. Fui a tomarme la medicación porque no tenía sentido alguno que lo postergase más y él sabía de sobra que me medicaba.

— ¿Le producen algún efecto secundario?

Enarqué una de mis cejas al escuchar la voz de William y le miré sin comprender porqué quería saber algo así.

— ¿Ha cambiado de medicación últimamente?

— No, no he cambiado la medicación. Sigue siendo la misma y hace el mismo efecto de siempre, me vuelven más… dulce, supongo.

— ¿En serio? ¿Su función es calmar su mal genio?

— ¿Cree que no cumplen su función?

— No es eso… Es que dudo que sea como es gracias a las pastillas.

No quise discutir eso. Había visto a mi padre cambiar muchísimo gracias a una medicación que intentaba mantener controlada la bestia sin control que era en su interior. Las drogas de la clase que fuese podían tener un gran control sobre nosotros y ¿quién podía asegurar que no me habían controlado en algunos momentos?

Estaba volviendo a pensar como años atrás. ¿Qué me estaba sucediendo? No debía permitirle a esa parte de mí tomar el control de todo mi ser. No podía hundirme en las sombras por mucho que me llamasen y suplicasen porque las escuchase tomando el miedo como forma de persuasión.

— ¿Y cómo soy? —pregunté de repente para escucharlo salir de sus labios.

La manera en la que me observó en ese momento a duras penas si pude comprenderla. Comenzaba a creer que todo mi juicio estaba alterado, que necesitaba un gran descanso emocional para ser yo misma y duda que pudiese tenerlo con Verdoux cerca de mí. Había sido una mala idea aceptar esa huida.

— Preferiría mantener mi opinión en secreto.

Palabras que cayeron igual que una jarra de agua fría por mi cuerpo. ¿Qué otra cosa iba a pensar mi cabeza que no fuese que eso significaba que había algo malo? Siempre buscaba la maldad, el dolor, el rechazo…, tantos y tantos amigos que me habían acompañado toda la vida creyendo que eran los únicos que merecía porque en mi mente estaba programada una frase tan sencilla como destructiva: No eres suficiente. Suficiente para nada, convirtiendo a todo lo demás en un imposible, en inalcanzable y la propia frustración provocaba mi dolor, mi ira, mi odio indiscriminado, pero sobre todo contra mí misma. Luchar contra esa parte de mí misma, a menudo, se volvía complicado, muy complicado y la dejaba derrotarme tantas veces como desease tener el control. ¿Por qué? Porque, al menos, con ese dolor sabía lo que me esperaría y saltar al vacío se volvía incierto como el temor de llegar a escapar de mis propias sombras.

2018 / Ago / 30

Llevé un trozo de sandía a mis labios para terminar disfrutando su explosión de sabor en mi boca incluyendo la explosión de líquido que escapaba con aquella fruta. Mientras lo hacía mi mente vagaba a otros mundos. No podía mantenerme tranquila por mucho que lo intentase. Quería acurrucarme en algún lugar de aquella casa donde me asegurasen que no habría más problemas. Solamente deseaba eso.

De repente, sentí como el cuerpo del profesor se quedaba detrás de mí, se sentó en el hueco que había libre pues estaba sentada prácticamente en el borde y finalmente me puso sobre sus piernas abriendo las mías en el proceso para que tuviese una mejor sujección.

— ¿Está buena la sandía?

— Sí. Mucho —comencé a ronronear igual que un gato porque sus dedos hábiles me habían empezado a hacer un masaje en mi cuello contracturado.

Entreabrí los labios una vez terminé de comerme ese trozo de sandía y jadeé cuando su pulgar apretó uno de los nudos donde se me acumulaba todo el estrés. Cerré mis ojos y sus labios se acercaron a mi oído mientras paraba el masaje.

— Coma. Pararé cada vez que deje de alimentarse.

Hice un mohín porque ya estábamos con las normas. No entendía qué ganábamos todos en general imponiendo cosas a los demás ni tampoco qué ganaban los hombres en particular creyéndose poseedores del «poder» en la relación. No eran más porque aceptase alguien no discutir por algo tan simple como continuar comiendo, pero si protestaba una el problema le tenía quien protestaba. Quien entendiese las relaciones y su odioso y catastrófico sentido que me las explicase en un cursillo acelerado.

Alargué mi brazo y atrapé con el tenedor un trozo de melocotón que llevé gustosa a mis labios disfrutando del contraste de sabores. Sus dedos volvieron a regalarme esa magnífica sensación de paz mezclado con ligero dolor. Cuando a uno le hacen un masaje no siempre disfruta, por ejemplo, yo misma, siempre que mi padre me había hecho un masaje en una zona contracturada me había hecho tanto daño que casi deseaba que no me hubiese tocado la zona. William, en cambio, tenía una forma diferente de comportarse. Quizá es que su tacto tenía ese efecto diferente que el de mi padre. Verdoux también podía saber perfectamente donde tocar, pero el punto clave no era otro que ser él, ese era el mayor efecto que tenía en todo mi ser.

Mastiqué hasta que la boca se quedó vacía y tuve que recordarme que si no seguía comiendo me castigaría sin la bendición de sus manos. ¿Podía pasarme allí toda la vida? ¿Podíamos construir un mundo aparte donde nuestro tiempo pasase mucho más lento? ¿Podíamos quedarnos así? El viento me respondió con un gruñido que golpeó las ventanas haciéndolas vibrar hasta el punto que creí que se romperían.

— Se ha acordado…

No comprendí a qué se refería. Entonces, las yemas de mis dedos se deslizaron por la zona que se veía en mis muslos. Me sonrojé por completo y reí antes de negar varias veces porque no me las había puesto precisamente por eso. Mi intención no era seducirle, ni mucho menos. Además, aún estaba el asunto de los cuernos, si es que se le podía llamar así, durante nuestra última conversación en Londres.

Volví a llenar mi boca con algo más para comer. Tenía hambre, mucha. Estaba completamente famélica. Sus brazos se deslizaron alrededor de mi cintura y me atrajeron a sí antes de apoyar su mentón en mi hombro. Me giré un poco para mirarle regalándole una sonrisa.

— Creí que no volvería a tenerle así de cerca. Creí que jamás volvería a verla.

— Tampoco pensé que volvería a buscarle de ninguna forma. No después de… bueno, lo ocurrido hace un año —hice una mueca y él soltó un profundo suspiro contra mi piel.

Nos quedamos en silencio. No dijimos nada durante un buen rato mientras yo comía. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Debía pedirle que me explicase, que me pidiese perdón o lo que fuese? ¿No se daba como sobreentendido que el primer paso en todo eso debía darlo él? Esa conversación debía iniciarse cuando él estuviese seguro de ello, cuando quisiese admitir la verdad, cuando quisiese confesarme porqué había jugado conmigo de esa manera y porqué parecía dispuesto a seguir jugando.

— ¿Cómo está su familia? —pinché un poco de ensalada y sonreí al comprobar que estaba perfectamente aliñada para mi gusto. El vinagre tenía su puntito, pero no terminaba de borrar el sabor de los alimentos.

— Isabella está en el mismo instituto que Phillip. Ambos están terminando sus estudios secundarios. Phillip busca una beca para la universidad que más ansía e Isabella está completa y absolutamente obsesionada con el ballet. Mi padre ha accedido a que ensaye con el ballet neoyorquino durante las vacaciones de verano, así que supongo que estará allí perdiendo uñas del pie a tutiplén. No obstante, está feliz, así que no  pediré nada más que eso.

— ¿Y John?

— John está dejándose los dedos con su beca de piano. Temo que termine perdiendo la cabeza con tanta dedicación, sin embargo, cuando hablo con él generalmente demuestra lucidez, aunque sí una obsesión malsana por ser el mejor concertista de su clase y en el momento que se logra algo así, bueno, uno termina queriendo ser el mejor del mundo —sus dedos empezaron a acariciar la cara interna de mis muslos, solamente permitiendo que entrasen en contacto, pero despertando un estremecimiento en toda mi anatomía por lo que suplicaba que no se diese cuenta.

— ¿Y Catherine? ¿Helena?

— Helena ha demostrado tener unas dotes increíbles para el arte. Catherine me ha llamado en varias ocasiones explicándome lo mucho que la alaban sus profesores y también informándome una y otra vez de las exposiciones en las que participará.

Alcé mis cejas sorprendida y tras tragar lo que tenía en la boca me giré hacia él de nuevo.

— ¿Exposiciones? ¿En serio? ¿Tan joven?

Cuando ocurrían ese tipo de cosas, mi cabeza tenía dos pensamientos simultáneos. Me alegraba por el nuevo talento para poder disfrutar con sus obras. No obstante, otra parte de mí, malvada y dominante dentro de la oscuridad de mi ser me susurraba en el oído: ¿Y tú? ¿Qué has hecho en toda tu vida que merezca mínimamente la pena? Y como todo el mundo sabe, las comparaciones son odiosas.

2018 / Ago / 29

Golpeé suavemente la puerta con mis nudillos. Estaba cometiendo una locura, lo sabía, pero necesitaba paz, al menos, por un tiempo. Quería respirar tranquila, necesitaba poder ver el mundo de otra forma que no fuese única y exclusivamente a través del peligro. Me había negado a aceptar la verdad, a comprender que si regresaba sería yo quien perdiese en toda esa batalla extraña que no llegaba a entender. Solamente quería paz. Quería lo más cercano a la felicidad que había tenido. Quería vida.

La puerta se abrió mostrándome a Verdoux fumando a pesar de las restricciones con el tabaco que había en todas partes. Suponía que los fumadores les costaba lo suyo dejar su vicio como a cualquiera que tuviese uno así que se las apañarían para seguir enganchados dijesen lo que dijesen las normas.

— Señorita Mijáilova…

— ¿Sigue en pie su plan de huir?

Sus cejas se arquearon ligeramente y terminó asintiendo antes de acercarme a su cuerpo para besar mis labios como si hubiese temido no volver a besarlos en la vida. Me abracé a su cuello necesitada de cariño, débil, al borde del precipicio dándome él la única posibilidad de salvarme de una muerte segura por mínima que sea esa posibilidad. Enredé mis dedos en su cabello buscando que sus labios no dejasen de besarme por mucho que odiase el sabor a tabaco de su boca.

— Es tan taciturna —susurró cuando nuestras bocas finalmente se concedieron respirar otro aire que no fuese el de los pulmones de su amado.

No podía negarle lo obvio. Era cabezona como la que más así que con una pequeña sonrisa en los labios asentí antes de volver a recibir su boca como premio por haber contestado de manera correcta. Casi parecía una enseñanza. Era igual que educar a un animal doméstico del salvajismo a la sumisión más absoluta o, puede, que simplemente éste fuese el entrenamiento de la vida que durante muchos años de mi vida no había tenido. Una norma bastante sencilla era no saltar a la mínima y siempre me había podido mi horrible e ilógico temperamento.

Tras una nueva ronda de besos, de aquellos que había necesitado antes durante mucho tiempo, él se encargó de prepararlo todo. Compró los billetes, hizo las reservas… Ni tan siquiera hablábamos durante esos momentos, él escogió todo rápidamente. Me gustaban las sorpresas, claro que sí, pero una parte de mí a duras penas si podía alegrarse por todo aquello. Estaba destrozada internamente de una manera incomprensible y necesitaba mi tiempo para poder seguir adelante.

 

 

— ¿Está bien?

Me había pasado perdida en mis pensamientos todo ese tiempo y no me había dado cuenta que estábamos en el taxi rumbo al aeropuerto. Me acurruqué en su hombro y me obligué a permanecer pegada a él para sentir esa extraña seguridad que él me otorgaba. Una extraña, sí, pero también falsa seguridad. En realidad, había sido él lo más inseguro que había tenido durante meses, demasiados meses.

— Sí… es solo que estoy cansada.

Mi respuesta seguramente no le convenció, pero me dio igual. Me abracé más a su brazo y terminé medio durmiéndome al sentir la calidez de su cuerpo deslizarse por el mío. Pude incluso volver a escuchar su voz en sueños, pero hablaría con el taxista, seguramente. Era una pequeña melodía, susurros que mi cerebro parecía procesar como una nana, incomprensibles, alejados de mi entendimiento.

Dormí. Dormí tanto como en aquellos días en los que las preocupaciones eran tantas que había pasado noches en vela en busca de soluciones que con el cerebro medio frito por no haber recibido las horas correspondientes de sueño no hubiese podido sacar.

Al despertarme, estaba sobre una cama tan blanda que parecía una nube. La cama estaba vacía, no había nadie conmigo. Estaba en algo a una cabaña de madera, o de esas que solamente había visto en las películas donde alguien está junto a la playa. Fuera, el sonido del viento era aterrorizante, llovía a cántaros y casi podía sentir en mi cuerpo el horrible golpeteo de la lluvia contra los cristales.

Me desperecé, sentí mi cabello enmarañado. Antes de saber dónde estaba decidí irme a dar una ducha. A pesar de ser una cabaña de ese estilo, el baño estaba equipado con un montón de cosas de lujo. Pero mi cerebro estaba tan desconectado que me metí en la ducha igual que lo hacía en la de mi hogar. Dejé que el cuerpo se limpiase del sudor de aquel sueño reparador.

Envuelta en toalla y mojando el suelo que pisaba, me puse una sudadera ancha y unas medias altas, rosas claras, que me llegasen hasta mitad del muslo y salí del interior de la habitación buscando a Verdoux, porque lo último que recordaba antes del maratoniano sueño había sido estar abrazada a él.

El olor a tabaco me indicó que no me equivocaba. Estaba allí, sentado en un escritorio garabateando una hoja con una inspiración que parecía envidiable. Me apoyé en la parte alta del respaldo leyendo lo que le tenía tan absorto. Estaba narrando una escena de amor. Sin embargo, en lugar del nombre de la mujer, siempre ponía una K. No entendía porqué lo hacía. Era como si no desease que se descubriese la identidad de la mujer, o quizá, la había llamado K porque aún no había escogido el nombre de la fémina.

— ¿Espiando, señorita Mijáilova?

Reí un poco y me puse delante de él en el escritorio encogiéndome de hombros.

— Me descubrió.

Sus ojos me recorrieron por completo y después una sonrisa se deslizó por mis labios.

— ¿Ha dormido bien? Tuve que ir en varias ocasiones a comprobar que no estaba muerta. En la vida había visto a nadie dormir tantas horas seguidas sin estar drogado de alguna forma.

— Supongo que sí… Normalmente cuando duermo rachas de tantas horas termino con el cuerpo completamente molido. Me duelen todas las articulaciones por muy maravillosa que sea la cama.

— No me extraña para nada. Por cierto, tengo una pregunta que hacerle.

Le miré enarcando una ceja esperando a que la hiciese.

— ¿Qué significa la A?

— ¿La A?

— Sí. En todas partes tiene puesto Kyra A. Mijáilova, pero no sé qué significa esa A.

— Oh… es Annette. Mi nombre completo es Kyra Annette Mijáilova.

— Annette… ¿puedo llamarla así? Le queda perfecto.

Una sonrisa se extendió por mis labios y terminé acercándome hasta él para sentarme en sus piernas.

— Si le gusta puede llamarme como quiera.

— Annette… la pequeña y traviesa Annette… —susurró mientras su nariz se perdía entre mis cabellos indicándome que gozaba de un buen envidiable justo antes de que mi estómago decidiese rugir demostrando el hambre que tenía.

— La cena está servida, Annette. Puede comer lo que quiera.

Me levanté de sus piernas y le dejé trabajar yéndome hasta la mesa donde la comida me esperaba. Él seguramente ya había cenado y esa comida no se enfriaría pues eran todo productos frescos cocinados en platos fríos. Un buen comienzo de mi etapa veraniega.

 

2018 / Ago / 29

Después de unas horas con Ana seguía sin poder creerme que semejante estúpido la hubiese dejado marchar. Además, me había contado lo ocurrido con él, la forma en que la había tratado obligándola a sentirse culpable hasta de respirar. La ira se había deslizado por todo mi cuerpo hasta que se había transformado en una bilis ácida y desagradable. Parecía que tenía todo un imán para encontrarme con relaciones abusivas de alguna forma. No entendía el motivo por el que nosotras siempre cedíamos, nunca aceptábamos luchar por lo que nos merecíamos, o porqué nos enganchábamos a situaciones como esas.

Había logrado que comiese mínimamente decente y cuando habíamos visto al menos dos películas románticas, le dije que debía volver al hotel. Ella me agradeció todo lo que había hecho y solo esperaba que no tuviese que cuidar de ella como si fuese una enferma. Quería poder disfrutar una amistad sana, como la que tenía con Chloe.

Durante demasiado tiempo solamente me había relacionado con mujeres aceptando que los hombres no eran algo para mí. Entre ellos y yo había puesto una gran barrera. No quería sufrir, les temía en miles de formas, pero lo que más temía era ese rechazo doloroso que había experimentado tanto de chicos como de chicas. Quizá, los terminaba comparando con mi hermano y eso incrementaba mis ganas de mantenerlos lejos. No porque mi hermano fuese el peor ser humano de la historia, pero esa competición constante provocaba una sensación ajena a un amor fraternal sano.

Me metí nuevamente en la habitación del hotel quitándome los zapatos antes de recogerme el pelo que me había estado dando calor toda la tarde y se me había olvidado por completo llevarme una goma para el pelo.

Abrí la ventana y me quedé a oscuras como había hecho muchas veces siendo una adolescente. Busqué mi teléfono móvil y me puse los auriculares. Quería escuchar una canción, la que fuese, por lo que dejé vagar a mi dedo por la pantalla táctil antes de parar la rotativa dando a la canción indicada. Impossible cantada por James Arthur gobernó la habitación como si estuviese allí. La magia de los auriculares era que si cerrabas los ojos podías imaginarte todo lo que deseases porque el resto del mundo había desaparecido.

Recorrí la galaxia entera. Pegué la mejilla de quienes tanto daño me habían hecho. Grité al cielo. Volé por el firmamento como si fuese Wonder Woman. Miré al mundo desde el edificio más alto y todo sin moverme de la cama de mi habitación de hotel imaginando un videoclip según las emociones que me generaba.

Las lágrimas eran reales. Se deslizaban por mi rostro dándome las caricias que aquellos rostros que en mi videoclip personal había abofeteado y no me las habían dado cuando debieron. Podía notar la sal quedarse en mi piel. Podía sentir la congoja en mi pecho. Quería gritar lo que no había podido gritar. Quería saltar.

Respiré profundamente y sabiendo que había una piscina en la parte alta del edificio, me subí esperando que a esas horas de la noche nadie estuviese tomando un baño. El golpe de la brisa contra las mejillas era simplemente maravilloso. El lugar estaba tenuemente iluminado y en el momento en que mis pies se posaron en la madera cercana a la piscina, se encendió un pequeño camino que llevaba a la barandilla. Me había subido en chanclas planas y a pesar del dolor de pies, estaba casi como en el mismo cielo.

Mis manos se agarraron la barandilla y sonreí con tristeza, sí, por estar disfrutando todo eso yo sola, por volver a no tener a nadie aunque fuese lo que mi cabeza estuviese necesitando en esos momentos.

Creía estar sola, pero la música me impedía escuchar que había alguien más que intentaba hablarme. Su nariz respiró con fuerza mi aroma. Sus brazos me agarraron la cintura y me invitaron a confiar en alguien a quien no había visto aún. Su dulzura provocó que me olvidase del mundo, que le dejase guiarme hacia donde quisiese llevarme. Me ofreció las manos y terminé pasando al otro lado de la barandilla con la ingenuidad propia de la necesidad de… algo, lo que fuese.

Entonces, un empujón y…

El despertar entre sudores estaba volviéndose parte de mi rutina diaria. Las pesadillas me abrazaban cuando menos cuenta me daba. Me dormía en cualquier parte, incluso, las tenía despierta. Y puede que solamente por morbo puro y duro desease subir a esa piscina, para ver si ocurría ese sueño premonitorio. La sensatez me hizo mantenerme en la habitación.

Me quité la ropa, me duché y me metí en la cama. Agarré el libro que había dejado a medias, sumergiéndome en la historia de amor del rey y la plebeya. Ella se llamaba Kyra, como yo. Su descripción era mi físico, pero mucho más hermoso y exagerado. Ella era igual que un ángel en la Tierra, una personificación de Afrodita, una ninfa. Yo, a su lado, no era nada más que el espejismo de una cara medio bonita que terminaba por eclipsarla la bestia oscura que se escondía en el interior de mi mente.

Me sentía pequeña leyendo esa historia. Era como si viese en realidad qué era lo que le había llamado de mi forma de ser al taciturno rey encarnándome en la campesina llena de vida, inocente, pero astuta, incontrolable y maravillosamente perfecta en todo su caos de imperfecciones.

Una vez que terminé la historia no quise analizar lo que esta significaba, no debía. Si lo hacía comenzaría a llorar de nuevo, volvería al pozo de desesperación, sucumbiría a todo aquello que me había jurado que no volvería a hacer.

Cerré la novela. Abracé la almohada intentando dormir. En su interior, el incansable rey la perseguía hasta enamorarla y en mi historia, en la realidad, ella moriría antes de poder tener un final feliz.

2018 / Ago / 28

Ana no tardó mucho más en irse. Tenía que continuar sus tareas y cuando me aseguré que estuvo completamente cerrada la puerta, me vestí con lo más cómodo que encontré: unos leggings negros que me quedaban anchos de la cintura y una camiseta por la que podía escaparme si lo deseaba por su ancho cuello de barco. Dejé mi cabello agreste, que se secase con el calor. No tenía demasiadas ganas de ponerme con el secador a esas horas. Respiré de manera profunda e intenté hacer esos ejercicios de relajación que solamente nos acordamos de hacer cuando estamos al borde de un ataque de ansiedad y no tenemos la paciencia de realizarlos más de dos segundos y medio.

Me tumbé en la cama recién hecha y pensé en qué podía hacer durante todo ese tiempo. Recordé que me había traído conmigo los libros que me había comprado en la biblioteca. No quería saber nada de nadie y mucho menos de todos esos expedientes que había escondido lo suficientemente bien como para que  Eileen no los encontrase. Quería irme a otros mundos, puede incluso que hablar con Ana, pero quería vivir otra vida por unos instantes. Solamente unos instantes.

No podía con demasiado vocabulario alejado de mis dominios, por lo que finalmente terminé aceptando que mi único recurso para irme a otros mundos era el libro de Verdoux.

Un rafagazo en mi mente hizo que recordase ese beso que me había dado antes de decirme que nunca entendía nada.

Me negué a seguir pensando en eso y abrí las páginas del libro mientras me colocaba de lado esperando hacer mi lectura más amena aunque los brazos se me cansasen con rapidez.

La historia me atrapó desde el primer momento. Trataba de un rey obligado a vivir con una reina a la que amó, un rey que se vio perdido en su propio reino y que para satisfacer el vacío de vida que tenía, se disfrazaba de campesino e iba a un pueblo donde nadie le había visto, donde no conocían al rostro del rey y podía pasar por un simple plebeyo.

La desgarradora vida del rey resultaba irónica. El amor, la riqueza, el mando, el poder… nada le servía para satisfacerle hasta que iba poco a poco prefiriendo su vida de plebeyo. En ella nadie le trataba de forma que no se creyese merecer, hacía amigos, disfrutaba de mujeres, se reía hasta el cansancio y escuchaba a sus súbditos abiertamente indicándole los problemas que en realidad tenía ese gran rey que jamás les dejaba hacer lo más beneficioso para el reino. Todo eran mandatos estúpidos que ni tan siquiera él recordaba haber firmado, pero que seguramente lo hizo cuando creía que no había nada peor que firmar papeles sin sentido a tontas y a locas.

Y, por supuesto, estaba la desgarradora historia de amor. Esa joven que taciturna se escapaba de él siempre que podía, volviéndose un quebradero de cabeza para el rey quien sentía llenar al cielo cada vez que la hacía suya, cada que la tocaba o que su aroma se deslizaba por el aire hasta llenar sus pulmones.

La puerta sonó en el momento en que había llegado a la mitad de la novela. No esperaba ninguna visita, teóricamente nadie sabía que estaba allí, por lo que sentí nuevamente el miedo apoderarse de todo mi ser.

Me levanté despacio de la cama sintiendo mis brazos completamente entumecidos y adoloridos por el continuo peso del libro de tantas páginas en mis manos. Lo había dejado abierto, con las tapas hacia arriba a pesar de saber lo peligroso que era y lo dañino para los libros, pero no tenía un solo marcapáginas y detestaba doblar las esquinas de las hojas de los libros, era algo superior a mí, como esa tendencia de tener que subrayar en sus páginas inmaculadas. Me causaba ansiedad solamente de pensarlo.

Abrí la puerta con cuidado y vi a través de una rendija a Ana quien avergonzada estaba ligeramente sonrojada. Entrecerré mis ojos sin comprender y terminé por abrir la puerta del todo.

— Hola, Ana.

— Kyra… verás, no quiero molestarte, pero como has sido muy amable y no te has quejado por lo ocurrido, había pensado que podía compensarte de alguna manera. Tomando un café, por ejemplo.

— No tienes que compensarme de ninguna forma. Como dije es tu trabajo, Ana. Bastante tienes que aguantar con todo el trabajo que tienes que hacer —reí un poco intentando calmarla, pero al ver su expresión de ligera congoja terminé aceptando el café—. Si me invitas a otra cosa que no sea un café, acepto encantada.

Su sonrisa se extendió por sus labios. Tenía una sonrisa peculiar. Su labio superior era lo suficientemente grueso como para mantener oculta toda la encía y parte del diente. No obstante, se veía en esa sonrisa una dulzura que muy pocas personas serían capaces de demostrar.

— A mí tampoco me gusta el café —comentó con la nariz arrugada—. Prefiero el té, supongo que tengo en mis genes algún tipo de ascendencia inglesa que se ha saltado millones de generaciones —rió antes de entrar cuando le dije que lo hiciera.

— ¿Te importa si lo tomamos aquí? Estoy con el ánimo en los tobillos, así que…

— Oh, te entiendo. ¿Algún problema amoroso? —preguntó sentándose en la silla que había en la habitación. Yo preferí sentarme en la cama.

— Si fuese solo eso hasta lo agradecería.

— Yo… también estoy con un problema amoroso.

— ¿En serio? —pregunté antes de llamar al servicio de habitaciones esperando que no me costase demasiado ese segundo desayuno porque por suerte había pedido que mi desayuno estuviese incluído en el precio de la habitación que pagaría. En realidad, todas las comidas iban incluídas.

— Sí. Me enamoré de quien no debía, ya sabes. Y él no siente absolutamente nada por mí. Es… difícil sobrellevar algo así.

Fruncí mi ceño pensando por un instante que ese hombre era completamente idiota, con todas las letras, porque Ana tenía algo diferente que hacía que me sintiese bien, que me olvidase de todo lo demás y me centrase en el momento y en nuestra conversación.

— Me pregunto si algún hombre se libra de ser un idiota redomado.

Ella abrió mucho los ojos y soltó una sonora carcajada. No sabía si había escuchado algo parecido, pero esperaba que no le pareciese demasiado descarada.

— ¿Piensas así de los hombres?

— No me han dado demasiados motivos para pensar lo contrario. Si están siempre tienen un problema, si no lo están, el problema es que no les ves el pelo, pero sea como fuere son ellos solitos los que hacen que salgamos corriendo y aun así nos enganchamos a ellos como si fuesen nuestra única tabla de salvación.

— En eso tienes razón. Hace tres meses que no sé nada de él y siento que me estoy consumiendo.

Entrecerré mis ojos antes de cruzarme de piernas como una india sobre la cama. ¿Se estaría consumiendo de verdad? Sabía que en muchas ocasiones no se soportaba estar lejos de la persona amada y uno terminaba negándose a comer y ese tipo de cosas.

— Ana, ¿te alimentas bien?

Sus mejillas se tornaron de un intenso escarlata que me hizo entender que no era así.

— ¿Cuánto tiempo llevas sin comer una comida en condiciones?

— Algo así como dos semanas. Vivo a base de comer cuatro cosas, fruta y té.

— Ana, pero… ¡eso es horrible! No puedes descuidarte porque alguien no te quiera. La primera que tienes que quererte mínimamente eres tú. Sí y esto te lo dice alguien que se odia de pies a cabeza —suspiré profundamente y terminé negando—. ¿Tienes algo que hacer hoy?

— En realidad, no. Mi compañera de piso se ha ido de vacaciones con su novio, así que no tengo gran cosa que hacer. Suelo ir del trabajo a casa y de casa al trabajo.

Suspiré por la congoja que me provocaba ver a alguien que tenía miles de posibilidades perder toda esperanza de una vida mejor o de un posible nuevo comienzo porque alguien no la había valorado lo suficiente como para quererla a su lado todo el tiempo.

— ¿Crees que podrás comer algo estando tú sola?

— Supongo que lo mismo que he comido estos días, pero no te preocupes, de verdad. No debí decir nada —aquella última frase la dijo muy bajo, para sí misma, pero la pude escuchar a la perfección.

— Mmm.. yo no tengo nada que hacer durante todo el día y si no te parece un latazo tenerme a mí purulando alrededor, podríamos pasar el tiempo juntas, así nos evitamos tanta soledad —comenté intentando animarla.

Sí, lo sabía. Mi faceta salvadora había vuelto a salir para rescatar a Ana del horrible daño que se estaba haciendo a sí misma. Era difícil controlar esa parte de mí. Odiaba ver a alguien sufriendo, era superior a mis fuerzas. Menuda profesional de la salud mental estaba hecha. Si me viesen muchos de mis compañeros terminarían dándome de collejas hasta mandarme de nuevo al primer año de carrera.

— ¿En serio? No quiero que te sientas obligada, Kyra.

— Para mí no es ninguna obligación. Es más, seguro que eres tú la que me terminase echando de tu casa —solté una carcajada que ella acompañó.

— No lo creo. Eres un encanto. Ya te has preocupado más por mí que todas las personas con las que me he cruzado estos últimos tres meses.

¿Qué persona con un mínimo de corazón iba a dejar sola a Ana después de esa frase? Resultaría tan cruel… Mis instintos de superheroína se habían vuelto a despertar. Casi sentía ganas de abrazarla hasta que ella misma pudiese volar sola, cuando se hubiese terminado de curar, cuando hubiese logrado verse a sí misma más allá de quién estuviese a su lado.

— Entonces no pienso dejarte sola. Más vale que comas en condiciones porque no tienes un peso como para ir racaneando con la comida —negué varias veces antes de escuchar la puerta de la habitación. Tenía que ser el servicio de habitaciones.

Abrí la puerta y entró uno de los miembros del personal. Le agradecí que nos sirviese el desayuno aunque miró de una forma un tanto extraña a Ana. Supuse que podría ser porque estuviese confraternizando con una cliente, pero si se atrevían a decirle algo sería yo quien pusiese una reclamación en el hotel asegurando que había sido yo quien había pedido a la joven que se quedase allí sin importarme ni lo más mínimo tener que mentir. ¿Qué era una mentirijilla si evitaba que la quitasen el trabajo? Últimamente despedían a todo el mundo a la mínima.

Chloe estaba bien. Acababa de mandarme un mensaje mientras Ana observaba su taza de té y las pastas que había pedido para acompañarlo con ojos de cordero degollado. Tuve que contener una pequeña risa y acaricié su mano con dulzura.

— Los he pedido para compartir, así que puedes comer las que quieras. No me importa si tengo que pedir más —me encogí de hombros para restarle importancia aun gesto que podía encarecer mi cuenta en aquel hotel, pero que siendo sincera, me daba lo mismo en ese momento.

Durante un rato estuvimos hablando de algunas cosas para conocernos mejor mientras las pastas iban terminándose poco a poco. Sabía que tenía a su madre tan solo y que su padre no había cuidado nunca de ella. Su madre estaba enamorada de otro hombre y planeaba casarse, pero ella sabía que el matrimonio le duraría tan poco como los demás que había tenido.

Era hija única. No tenía ningún hermano o hermana que sufriese las idas y venidas de su madre y las maratonianas sesiones de llantos cuando se daba cuenta que había vuelto a perder el tiempo o que el amor no era lo que ella esperaba.

— Así que… eres de Seattle. ¿Piensas regresar allí algún día?

— La verdad es que no estoy mucho por la labor. En Seattle era otra Ana diferente, aquí me encontré a mí misma y tampoco es que ande muy boyante de dinero como para poder estar cambiándome continuamente de ciudad. Además, para mí no resulta nada sencillo encontrar trabajo. Aunque espero poder terminar en algún momento mi tesis para dedicarme a lo que realmente quiero y siempre he querido.

— ¿Y qué es?

— Profesora de niños con capacidades especiales, pero la tesis me está costando muchísimo terminarla dado que a duras penas si tengo tiempo —suspiró encogiéndose de hombros antes de darle un nuevo mordisco a la pasta que aún tenía en sus dedos. Me había percatado de los minúsculos mordiscos que les daba y esperaba que nuestro desayuno no le cayese del todo mal después de estar tanto tiempo sin comer de buenas maneras.

— ¿Él es de aquí o de Seattle?

— De aquí —terminó confesándome por lo que imaginé que ese también era un valor de peso para tomar la decisión.

Ella, avergonzada, bajó su mirada a la taza de té que estaba finalmente vacía.

— No te preocupes. No eres la única que ha cambiado su vida por alguien.

— ¿En serio? ¿Tú también? —preguntó casi dubitativa por si se confundía al deducir eso de mi expresión usada.

— Así es. Demasiado y para nada —me apoyé en mis manos inclinándome ligeramente hacia atrás.

Entonces empecé a retarle toda mi historia con Verdoux, no escatimé en lujo de detalles ni tampoco cambié el nombre aunque pudiese ser ella alguien que habían mandado a espiarme. Sus ojos se abrieron atónitos y terminó negando con pesar.

— Nos gusta sufrir, ¿eh?

Y tras decirlo, asentí, porque para qué negar lo evidente.

2018 / Ago / 28

Recogí todo lo que pude. Sabía que había perdido por completo la fianza. ¿Qué podía hacer salvo resignarme a ello? Había llamado a la policía y no había interpuesto denuncia o algo que terminase por meter en problemas a Eileen. Solamente había dejado constancia para que mi casero no me echase en cara tener que recomponer ciertas partes del edificio porque me había apetecido jugar con una bola de demolición.

Después, me había ido a un hotel, al más cercano y había suplicado, en todo momento, porque tuviesen una habitación libre, pero si fuese tiempo de lluvias me hubiese llovido ese día encima, seguro. Cansada, sin una pizca de buen humor, terminé yéndome hasta una tienda de telefonía cercana. Me compré otra tarjeta. Quité la que tenía en ese momento y solamente informé a los contactos que me sabía de mi número de teléfono nuevo. No quería leer mensajes de Derek, tampoco comentarios de Gerault porque no fuese el viernes a trabajar, porque sí, había decidido tomarme vacaciones a partir de ya. Era una irresponsabilidad, cierto, pero las recaídas en mi estado anímico podían dar en cualquier momento. Por ese motivo entendía que tuviesen reticencias para terminar contratándome, no obstante, Smith lo había entendido cuando le había explicado el suceso de la desconocida en mi casa.

Mi madre había intentado llamarme, le había dicho que yo la llamaría cuando tuviese fuerzas, en ese momento mi cabeza solamente daba vueltas sin sentido. Necesitaba aislarme del mundo, hacer lo que fuese para desaparecer.

Conseguí una habitación en un hotel al que ya había llegado de noche porque no me había apetecido coger ningún taxi. Esperaba que algo, lo que fuese, comenzase a ir mejor o simplemente despejar mi mente de todo lo vivido. Quería encontrar algún lugar donde sentirme segura, necesitaba poder contarle a alguien todo lo que me pasaba sin que me creyese rara, sin enfados, solamente deseaba un oído que me escuchase. Yo misma sabía que no había nacido para callarme aquellas cosas que me quemaban por dentro y cuando lo había intentado había terminado explotando igual que una bomba de relojería.

Cuando llegué a la habitación, dejé mis cosas en cualquier sitio. Quería tumbarme en la cama y dormir, dormir hasta que me quedase sin horas de sueño por compensar a mi cuerpo, sin embargo, mi cabeza tenía otros planes para mí. Por ese motivo pasé toda la noche en vela pensando en mil cosas a la vez y ninguna con el suficiente sentido como para prestarle atención. Me estaba quedando sin neuronas, era evidente. La lógica me estaba abandonando.

Mi madre volvió a llamar en cuanto se hubo despertado. Hablé con ella intentando tranquilizarla y haciéndole ver que a pesar de todo estaba bien. Todo lo bien que podía estar sin tener ganas de volarme la tapa de los sesos aunque estaba a un mínimo paso de hacerlo.

Mi mente había llegado a pensar que estaba dentro de una horrible pesadilla y que lo único que podía hacer era avanzar hasta que terminase todo, hasta que pudiese despertarme aunque mi propia realidad fuese peor, aunque regresase a ese instituto donde el odio se agolpaba a mi alrededor. ¿Cómo debería sentirme para desear algo así? Lo malo conocido es más fácil de enfrentar que todo aquello que no entraba en la lógica de nuestra mente. Todo estaba orquestado como un juego para ver quién volvía loca antes a Kyra Mijáilova.

El amanecer llegó demasiado pronto. La calidez del sol volvió a llevarme al infierno. Me abracé a la almohada y apoyé mi cabeza en otra posición intentando frenar de una vez a mi mente que iba a mil revoluciones. No obstante, tras media hora más de lucha, me di por vencida y me metí en la ducha. Dejé que el agua me recorriese entera durante más tiempo que el que hubiese permitido si hubiese sido yo la que pagaba el agua, como mucho debían ser de veinte minutos, pero me permití arrugarme bajo el agua, recordar momentos dolorosos o que se habían transformado en dolorosos en menos de cuarenta y ocho horas antes de apoyar mis manos en la pared de la ducha llena de azulejos que dejaban escurrir las gotas de agua que salían disparadas al golpear mi cuerpo.

Envuelta en una toalla me miré en el espejo que estaba sobre el lavabo. Podía verme las ojeras, eso no lo arreglaba con maquillaje hasta que no me enseñase un profesional. De todos modos, no tenía ganas de enfrentarme al día, solamente quería estar aislada aunque al mismo tiempo parecía estar suplicando por encontrar a alguien, por abrazar a alguien, por tener otra vida que no me llevase a consumirme lentamente.

Salí del baño y di un respingo cuando encontré dentro una figura castaña con los ojos verdes hundidos. Su piel blanquecina me hizo temer lo peor, pero me fijé mejor observando su vestuario y casi me reí por la equivocación que había cometido la pobre. Estaba allí para limpiar y generalmente, eso se hace cuando no está la persona en la habitación. Puede que ni tan siquiera se diese cuenta del sonido de la ducha por tener los auriculares puestos y aunque estaba en una posición que no me hubiese gustado estar nunca delante de una desconocida, terminé golpeando ligeramente su hombro antes de agarrar con fuerza la toalla.

Dio un respingo y se sonrojó hasta el extremo. A pesar de haber estado frente a ella no se había dado cuenta de mi presencia.

— ¡Oh, Dios mío! Discúlpeme, por favor, no sabía que estaba en la ducha —dijo atropelladamente quitándose los auriculares.

Reí un poco sin poder evitarlo y negué antes de morder mi labio inferior para contener la risa.

— No te preocupes, de verdad. No es nada tan grave. Al menos, no me has visto desnuda.

Ella me miró casi sorprendida y después se puso a reír conmigo antes de bajar la mirada a la cama para terminar de hacerla.

— Termino enseguida y me voy, lo prometo.

— No tengas prisa. Aunque te parezca extraño es agradable tener una visita que cambie mis aires de pronto.

Dejó lo que estaba haciendo y fijó sus ojos en los míos. Ese verde estaba apagado, casi igual que los ojos de mi hermana cuando empezó a dejar de iluminar tiempo atrás.

— Aún no entiendo que no haya puesto el grito en el cielo —soltó una risa nerviosa.

— ¿Por qué debería? Estás trabajando y no mereces que te traten mal por hacer tu trabajo.

Inclinó la cabeza antes de quitarse el flequillo de la frente que seguramente le estaba provocando algo de sudor por la temperatura.

— ¿Cómo te llamas?

— Ana, ¿y tú?

— Kyra. Es un placer conocerte, Ana.

— Lo mismo digo, Kyra. Sin duda eres alguien poco usual.

Y allí estaba la coletilla. ¿Por qué el mundo pensaba que era poco usual?