2018 / Sep / 14

El recuerdo completamente involuntario de Douglas provocó que se me revolviese el estómago con una rapidez inusitada. Me negué a mí misma esa posibilidad dado que había muerto hacía tiempo. Yo misma había visto cómo había caído delante de mí y había escuchado a la perfección cuando me habían asegurado que estaba muerto, que no había posibilidad de que reviviese salvo que fuese un ejemplo clarísimo de la resurrección y estarían tan ocupados estudiándole que sería imposible que se acercase a mí mínimamente.

Respiré aliviada cuando me obligué a recordar todo esto. Evidentemente debía ser otra persona, por lo que debía relajar mi ritmo cardíaco que había empezado a volverse absolutamente loco. Cerré mis ojos para ello y terminé negándome a responder más. Bloqueé ese teléfono dado que no sabía quien era y finalmente, me volví a sentar en la mesa con Derek mirándome fijamente.

— Has pedido por completo el color del rostro. ¿Qué es lo que está pasando, Kyra?

No vi porqué escondérselo así que me levanté y me senté en sus piernas para darle el teléfono. Miró atentamente la pantalla mientras su ceño se fruncía por instinto natural. Di un pequeño beso a su mejilla y como acto reflejo me apretó contra su cuerpo.

— ¿Estás segura de que no sabes quién es?

Negué inmediatamente antes de apoyar mi cabeza en su hombro aspirando su aroma. Tomé su mano y jugueteé con sus dedos mientras me encogía de hombros un poco.

— No tengo ni la más mínima idea. No sé quién se supone que es esa persona. Pero el único que se puso en contacto conmigo así fue… Ya lo sabes —musité soltando un profundo suspiro.

— Por suerte sabemos que no puede ser él, pero… ¿quién?

— ¿Alguna persona que me odie o alguien que me tenga aprecio? Sea lo que sea me da bastante miedo ir.

— ¡No debes hacerlo! ¡Para nada! —al ver lo que se había alterado, Derek soltó un suspiro y besó mi frente—. Por favor, no vayas… No quiero que tengas que volver a pasar por algo semejante.

— No te preocupes, no tenía planeado ir a meterme en la boca del lobo. Por mucho que el hombre sea el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, no quiero meterme en más líos…

Esa noche no dormiría. Lo sabía. Mi mente ya había entrado en modo detective intentando descubrir sin nadie que me lo pudiese confirmar, quién se suponía que era esa persona. A menudo, comparaba esa parte de mi vida, ese intento por responder preguntas de las que me era imposible tener una respuesta clara pues no dependían de mí, con las grandes preguntas que parecían atormentar a los filósofos. No sabía si había tanto quebradero de cabeza en sus mentes en un intento por responderlas, pero sabía que era un completo sin vivir.

No podía evitar sentirme igual que en un examen, un concurso o algo parecido y si me confundía todo el mundo se reiría, me señalarían y volvería a ser el hazmerreír de todo el mundo. Por lo tanto, ¿quién estaba detrás de mí ahora?

Ni tan siquiera recordaba cuándo había conseguido quedarme dormida. Derek me había dejado una nota sobre la mesilla en la que podía leer sin problemas que había tenido que salir para cerrar un nuevo trato en el que le pedirían algunos otros cuadros o incluso alguna escultura, no solía animarse demasiado a ellas, pero a mí me encantaba verle con el ceño fruncido intentando crear algo novedoso, diferente, sin perder su propio estilo personal. 

Me estiré en la cama, cogí mi teléfono móvil y borré esa condenada conversación que no había borrado todavía. Era un día nuevo. Debía olvidarme por completo de ese anónimo que había intentado contactar conmigo. Ya era demasiado tarde para todas las personas de mi pasado. Demasiado tarde.

Tendría un día tranquilo. Imaginaba que intentaría pasar el tiempo, en lo posible, escribiendo o, al menos, mejorando lo que yo llamaba escritura. Un patetismo nivel extremo que no podría llegar a compararse nunca con los verdaderos genios de las letras. ¿Por qué iba yo a compararme conmigo misma para comprobar mi evolución y progreso si podía tener como espejo a los grandes para sentirme tan inferior como un bebé observando sus padres, tan altos, tan inalcanzables?

Mi ordenador se había vuelto esa herramienta indispensable que usaba absolutamente para todo. ¿Cómo negarme a ello cuando conseguía deslumbrarme con su luz y sus colorines? Un mundo lleno de estímulos mientras que el papel en blanco encima de la mesa podía volverse bastante más complicado de rellenar. Fuera como fuere el peligro del ordenador también estaba en esos excesivos estímulos. El silencio se hacía demasiado pesado y tenía que ponerme música de fondo para intentar que mis ideas no me llevasen por otros derroteros.

Behind the mask de Michael Jackson se había convertido en una pequeña obsesión en ese momento para mí. Era de las pocas canciones que lograban inspirarme, aunque no podían evitar que mi mente no se fuese por ahí, que perdiese la escasa concentración que era capaz de conseguir. Sabía que era como todo, uno debía entrenar esa parte de su ser. La concentración raramente venía por ciencia infusa sobretodo cuando tenía tantos pensamientos distintos en la cabeza y parecía el mundo moverse demasiado deprisa a mi alrededor.

El aporreo de la puerta llegó a mis oídos justo en el momento que la canción terminó. Pensé que sería Derek. Se habría olvidado la llave y había tenido que hacer más ruido debido a que no le había escuchado, seguro, debía ser eso. Sin embargo, esa parte de mí que me decía que no tenía que fiarme ni de mi sombra sopló en mi oreja clavándose en mi interior igual que un aguijón de una avispa que daña por puro placer y maldad.

Mi mano temblorosa cogió el pomo de la puerta. La abrí y un vivo retrato de mi pasado terminó golpeándome en la cara. Unas manos fuertes me agarraron los brazos antes de que pudiese intentar cerrar la puerta y sus ojos intensos, sorprendidos y rabiosos volvieron a posarse en mí. Allí estaba, Gerault dispuesto a matar la poca paz que había conseguido.

2018 / Sep / 13

Dejé que Derek se fuese a seguir trabajando porque tenía que entregar aquel cuadro para la semana siguiente y desde luego, no podía entregárselo a nadie con la pintura completamente fresca. Desde mi posición podía verle de maravilla concentrado en el retrato de una mujer, con el cabello largo, moreno, pero no era yo. Además, no era precisamente un retrato, era como si esa joven quisiese esconderse detrás de su pelo, como si tuviese miedo a quien la estaba dibujando, mirando o simplemente a quien pasaba por allí. Aún no estaban todos los detalles y las emociones podían sentirse. ¿Quién era esa joven escondiéndose detrás de sus cabellos? ¿Salía de su imaginación o la pintaba con alguna foto que le inspirase?

Llevaba una camiseta gris, la que a menudo usaba para el trabajo y que tenía algunas manchas que era prácticamente imposibles quitarlas ya, pero no le importaba, era vieja y lo prefería. Entre sus dedos estaba el pincel con el que parecía acariciar el cuadro en ocasiones. El olor a pintura era fuerte y desde luego, no me ayudaban demasiado aquellos pantalones de chándal con la cinturilla justo en las caderas, de talle bajo, permitiéndome disfrutar de la manera en que quedaban agarradas a esa parte de su anatomía solamente por la goma.

Me levanté para abrir la ventana o terminaríamos ambos con una fuerte intoxicación por la pintura. Fui abriendo algunas de las ventanas de la casa de manera estratégica para que el aire viciado y con olor a pintura desapareciese poco a poco. No obstante, Derek a duras penas si se daba cuenta ya que estaba en ese estado de trance que yo había bautizado como: “la visión de los defectos inexistentes”. Yo también la tenía, aunque para mí eran más que visibles mientras que para Derek eran completamente invisibles pues no cambiaba ni una coma de lo que hubiese podido escribir. Ambos teníamos un gran problema de perfeccionitis aguda.

Mi móvil sonó. Cogí el teléfono esperando que fuese mi madre quien estuviese en pantalla llamándome o algo así. En su lugar, el sonido fue corto, un mensaje. Al leer la notificación ni tan siquiera supe de quién era el número, sin embargo, el prefijo era ruso. Fuese quien fuese tenía un teléfono nacional.

Puse la condenadamente larga contraseña y di a la notificación para entrar en WhatsApp rápidamente, al menos, lo rápido que me permitía el teléfono que estaba comenzando a tener algún que otro problema por eso de las caídas tontas o los leñazos que le había metido sin querer.

Reúnete conmigo. Mañana. A las siete. Un coche irá a por ti. 

Enarqué una de mis cejas al leer el mensaje imaginando que se habrían confundido. Tan solo me había pasado algo parecido una vez y había sido con Douglas quien tenía un serio problema, sin embargo, no había entrado en la vida de nadie desde hacía tiempo que pudiese tener mi número, básicamente.

Número equivocado. Lo siento. 

Mi costumbre por intentar ayudar a las personas me perdía a menudo. Se me abrió la boca por el sueño que tenía mientras volvía a sentarme en el sofá. Había sido un día con miles de emociones, intensas y lo que menos quería era quedarme dormida viendo como Derek daba los últimos retoques a su cuadro. El calor que parecía desprender el sofá era casi adictivo y la somnolencia me estaba ganando la partida.

Me incorporé con toda la fuerza de voluntad que conseguí encontrar para preparar algo rápido para la cena. Bastante estaba trabajando Derek como para tenerle también haciendo las labores del hogar y aunque era su piso, prácticamente me pasaba todo el tiempo allí. No habíamos dicho nada de vivir juntos, pero tenía ropa allí, dormía en su cama con él y me había dado una llave para que entrase cuando quisiese. Al principio había sido como amigos, para que él pudiese estar pendiente de mí dado que me había visto dar un bajón considerable; después… en realidad no sabía si tenía que darle la llave o qué puesto que ahora había cambiado todo, ahora éramos pareja, al menos, teóricamente. Ninguno de los dos había hecho la pregunta y después de lo vivido con Verdoux, sinceramente, necesitaba la confirmación, saber qué éramos y qué no.

Una ensalada de arroz y unos buenos trozos de merluza. El olor de la comida llamó la atención de Derek que pareció salir de su trance para regalarme una gran sonrisa cuando salió del estudio. Era una máquina de comer. No sabía cómo podía mantenerse sin coger kilos en un parpadeo. Envidiaba ese metabolismo tan acelerado y su pasión por el deporte. Prácticamente desde que había empezado a vivir con él cuando se instaló en Moscú, había intentado levantarme a horas intempestivas de la mañana, cuando aún no habían puesto ni las calles, para ir a correr o hacer ejercicio dentro de casa. Me había negado en rotundo. Necesitaba mis trece horitas de sueño diarias. No eran prácticamente nada…

— No tenías que haberte ocupado, ya sabes que soy yo quien se encarga de cocinar —sonrió de esa forma traviesa mientras apretaba mi cuerpo contra el suyo.

— Tampoco es que haya hecho un plato de una estrella michelin y no es justo que siempre estés tú cocinando con todas las cosas que tienes que hacer siempre. Anda… déjame que haga algo por ti, ¿si? Llevas cuidándome mucho tiempo y he trabajado lo mismo que un bebé, nada… —hice una mueca sintiéndome infinitamente culpable por las actividades tan escasas que había hecho desde mi llegada a Moscú.

Frunció su ceño dispuesto a contradecirme y le di un pequeño beso antes de servir la comida. No le gustaba quedarse con algo en el tintero y sabía que lo terminaría diciendo cuando su estómago no rugiese tanto ni tampoco tuviese tanto trabajo.

La cena estaba deliciosa y recordé que tenía que decirle a mi madre que estaba bien, que no me había pasado nada aunque no era técnicamente la realidad. Sabía que ella lo intuiría, en ese tipo de cosas sí que estaba bastante versada y parecía tener como un superpoder.

Me levanté de la mesa dispuesta a coger el teléfono y sin ninguna protesta de Derek porque ya sabía cómo podían llegar a ser de angustiosos mis padres si no les contestaba o si no les mandaba el mensaje a la hora y esas cosas.

Escribí el mensaje a mi madre y después me di cuenta de que tenía una notificación. Di en ella para que me saliese la pantalla con aquel número extraño que creía que se había confundido.

Buen truco, Kyra. Claro que nos conocemos. 

Y por un instante, se me paró el corazón.

2018 / Sep / 13

Dicen que conocerse a uno mismo es la clave para ser más dichoso. Una burda mentira. Solamente es el primer paso para un durísimo camino de aceptación. Eso sí, en el fondo, teóricamente, uno consigue apreciar los momentos clave, aquellos momentos felices, mínimos que existen en la vida. Durante toda nuestra existencia nos han vendido la utopía de la felicidad, algo que definitivamente no existe. Pero, lo que sí son reales, son esos pequeños momentos que te merecen la pena vivir, continuar adelante para sentir otro parecido, diferente, pero único.

Aquel no era ese momento que hubiese deseado experimentar. Estaba dolida conmigo misma. Me había puesto a llorar delante de un montón de gente desconocida y cada vez que leía lo que había escrito me parecía más y más horrible. ¿Qué diantres me estaba pasando? Me había dicho que se había acabado todo eso, que la tortura era parte del pasado, pero mi mente viajaba por libre y aunque intentase estar más segura de mí misma necesitaba salir de allí cuanto antes.

La alegría fue mínima. La vergüenza extrema y el enfado inmenso por lo que había tenido que escuchar. Los escritores que podían vivir de eso se permitían decir que ellos era su trabajo y ya está. ¿En serio? ¿Por qué se dedicaban a ello si no había pasión? En cambio, para mi la escritura era diferente, era una manera de volar a otros mundos, de salir de la rutina de mi alma, de vivir aventuras y crearlas para otros. El amante de la escritura también debe ser lector y empezaba a creer que había personas que el arte, fuese de la índole que fuese, lo convertían en su profesión por tener talento, pero no por pasión. Era una lástima que personas que realmente amaban esas facetas no tuviesen el suficiente talento o la valentía para luchar por su sueño. Me consideraba una de esas personas. Alguien sin talento, un quiero y no puedo entre las letras.

Me quedé sentada, escuchando. Me levanté cuando se fue mi grupo hablando de vez en cuando y terminando por expresar mi horror cuando había terminado llorando delante de todos. Cecille y Pavka también lo habían hecho recordándome que no había sido la única, pero sus lágrimas no habían sido vistas delante de todos.

Cuando llegué a mi hogar después de una tarde intensa, tiré el bolso a cualquier parte. El sonido atrajo a Derek quien sacó su cabeza de su estudio buscando ver qué ocurría, ese instinto natural humano que tenemos todos.

— ¿Qué te pasa? —dejó rápidamente todo lo que tenía en las manos para ir hasta mí.

Sus brazos me envolvieron mientras el llanto impedía que pudiese pronunciar palabra alguna. Era el ser más patético del planeta llorando delante de todos como cuando tenía seis años. Me sentía inferior, minúsculo, débil e increíblemente ingenua por creer que podía dedicarme a algo en lo que el resto del mundo me superaba. Apoyé mi cabeza en su hombro solamente para intentar que controlase el impulso que tenía de devolverle todo ese dolor al mundo. Todo lo que me había hecho sufrir, todo lo que había logrado volverme loca.

Para mí, el rechazo, los fracasos eran tan vividos como si todos juntos se agolpasen en mi mente recordándome la horrible sensación de imperfección y mediocridad consiguiendo ahogarme, despacio, muy despacio para hacerlo más doloroso y angustioso.

— ¿Te han abucheado? —preguntó acariciando mi cabello con sus dedos.

Negué intentando calmarme, pero sabía que volvería a ponerme a llorar explicándole la situación, así que… ¿por qué no hacerlo de una buena vez?

— No, no es eso —caminé hasta el sofá alejándome de él y me dejé caer sobre esos cojines tan nuevos y confortables que invitaban a pasar el tiempo a dormirse—. Es… Verás, me han aplaudido, ¿vale? Pero sé que me han aplaudido. Uno, porque soy idiota y he llorado dando pena. Dos, por puro respeto. Nada de lo que digo, de lo que escribo, de lo que hago… ¡Dios! Soy una mediocridad. ¡Me fue por completo del tema en cuestión! Barajé posibilidades de amores que no redacté porque me centré en el amor que siento por ti —bufé mientras abría mi minúsculo bolso y le tiraba el papel doblado en su dirección—. ¿Cómo crees que algo así puede ganar o puede hacer sentir algo a alguien? Si Cecille y Pavka lloraban no era nada más que porque yo había empezado a llorar y les daba una pena inmensa. Ya sabes, tanto el llanto como la risa se contagian.

Apoyé mi cabeza en el respaldo del sofá mientras veía cómo él desdoblaba el papel con una ceja arqueada sin haber pronunciado aún palabra alguna. Sus ojos leyeron con rapidez. Era un devorador de libros en potencia y un escrito de tan pocas palabras no supondría para él ningún tipo de problema, estaba segura.

— ¿Esto es eso que has leído que dices que no puede llegar a nadie?

— Así es. Sé que es patético, así que no te preocupes, puedes decirlo con toda la libertad del mundo.

Derek caminó hacia mí y se sentó a mi lado en el sofá antes de tomarme en brazos y ponerme sobre sus piernas. Por alguna razón especial parecía encantarle que me sentase allí y para qué negar que yo misma lo adoraba.

— Quizá no sea lo más perfecto del mundo según tu cabeza, Kyra, pero es arte. Es simplemente hermoso. Haces sentir miles de cosas colocándote a ti misma como diana de todos esos sentimientos, de ese dolor, de esa sensación inequívoca de un corazón expandiéndose, explicando ese batiburrillo de emociones que solemos tener todos y… se siente tan real —suspiró antes de hacer que pusiese mi frente contra la suya regalándome una de esas sonrisas tan deslumbrantes.

Me sonrojé antes de encogerme de hombros casi disculpándome. Después desvié mi mirada de sus ojos para fijarme en una mancha de sus gafas. Una mancha de pintura.

— Tienes las gafas sucias…

— No me cambies de tema —rió intentando evitar que le quitase las gafas.

Peleamos un rato, de esas peleas en las que nadie sale herido porque lo único que deseábamos era un objeto para arrebatárnoslo; pero todo terminó con un beso que me hizo olvidarme mínimamente de la situación sin tener que contestar su comentario sobre mi escrito.

2018 / Sep / 12

Acudir a un concurso o una puesta en escena de la índole que fuese jamás había sido mi fuerte. Me había obligado a estar segura de lo que recitaba, pero había escritos que eran demasiado intensos. Yo podía mantener la frialdad e incluso, había aprendido a llevar con una gracia diferente la exposición de trabajos. Me presentaba como alguien teniendo que leer, explicar y que entendiesen algo que yo sabía y los demás no. No obstante, el asunto iba mucho más allá. Ahora sería una parte de mí la que antepondría entre el mundo y yo aceptando que el juicio podía ser más duro.

¿En qué parte de toda mi vida había aceptado que la vergüenza y el temor eran las claves primordiales para lograr el éxito? Ni tan siquiera sabía bien todo lo que había pasado antes de llegar allí. Me sentía expuesta de tantas formas que casi era igual que estar desnuda en mitad de la sala. Aún no me había levantado, pero podía notar la forma en que el miedo me soplaba la nuca provocando que cientos de estremecimientos recorriesen mi columna vertebral y lo que era peor, ni tan siquiera la presencia de las personas que había conocido en el centro incluyendo las parejas de algunos de ellos podían aliviarme. Cecille estaba allí, entre lecturas de otros compañeros y grabaciones del momento como una fan de esas que desean dejar el recuerdo de aquello que parecía tan sencillo, pero que era tan complicado para cualquiera de nosotros.

Entre ese hueco en mitad de la sala, de pie, con un micrófono en mano, al lado de la adorable mujer pelirroja que habían puesto de intérprete de signos para uno de los presentes que carecía del sentido del oído, y yo había un abismo que empezaba a dudar que fuese fácilmente salvable. Casi podía escuchar las risas cuando ni tan siquiera había logrado levantarme del asiento. Debía contener los esfínteres o terminaría realizando el ridículo más absoluto y por último, debía encontrar el valor suficiente que tan solo llegó a mí después de haber leído prácticamente todo el mundo en aquella sala, incluidos algunos poetas que se dedicaban precisamente a eso, a escribir sus poemas para vivir, por puro trabajo.

Bajé mi mirada a mis manos principalmente a aquel trozo de papel doblado que podría darme la posibilidad de que mi paso hacia delante, que mi enfrentamiento con el mundo, que mi intención por pronunciar en alto que ahí estaba yo, no quedase solamente en un intento, sino que me ayudase a coger fuerzas.

Me incorporé, me puse en mi lugar. La explicación fue escueta. El sentimiento angustioso de estar siendo evaluada provocó que no tuviese deseo alguno de ser agradable, simpática o romper el hielo como había pensado, solamente me obcequé en mi lectura, aquella que creía tan insípida e insustancial ahora mismo después de lo que había escuchado de boca de otros autores que merecían mucho más la pena.

Ni tan siquiera sé cómo encontré la voz, pero empecé a leer:

¿Qué es el amor?

Hace poco, sobre mis manos, tuve un ejemplar de las preguntas fundamentales dentro de la Filosofía. Podría escribir el resumen o leer aquello que su autor compartía con el lector poniendo de manifiesta distintas historias tanto literarias como mitos dentro de la propia Filosofía. Sin embargo, y presa al terror de no saber qué traer aquí, decidí hacer algo diferente. ¿Por que no intentaba explicarme a mí misma una de esas preguntas fundamentales? ¿Por qué no intentaba poner palabras al significado que, para mí, tenía un sentimiento?

Escogí el amor. Algo tan fácil y a la vez tan complicado de definir. Pues si soy sincera, en muchos momentos de mi vida tan solo he sido capaz de mirar al amor como la idea utópica de encontrar a esa persona perfecta en todos los sentidos y destinada a mí.

A lo largo de mi vida no he sido capaz de ver los distintos tipos de amor de los que he estado rodeada. No lo he analizado, comprendido y por supuesto, disfrutado. ¿Por qué no me permití sonreír porque una familia que pese a todo me quería? Quizá algunos me digan que es tan sencillo como respirar aceptar el amor que tienen tus semejantes, pero ¿realmente lo es? ¿Es tan fácil verlo?

A mi mente solamente llegaba todo aquello que se me decía de forma negativa. Eso se grababa a fuego. Pensaba que eran enemigos dispuestos a señalar todo el tiempo mis fallos, y los momentos de sonrisas, de alegrías, aquellos en los que mis padres se desvelaban si había estado con fiebre siendo pequeña los obviaba como si fuese algo “normal”, lo que hay que hacer o lo que están obligados a hacer.

¿Somos capaces de distinguir otros tipos de amor? ¿Por qué no aceptamos que algunos cariños son porque realmente la otra persona está preocupada por nosotros y les importamos?

No sé vosotros, pero yo, a pesar de estar rodeada de amor por todas partes, no veo el que me dedican a mí, a duras penas si soy capaz de comprenderlo que no sea dentro de esa utópica relación que nos creamos de pequeños como si fuese un cuento de hadas, como si fuésemos una de esas princesas Disney a la que le espera un príncipe millonario que nos resuelva la vida en todos los aspectos.

Pero, ¿podemos tener nuestro cuento de hadas sin necesidad de buscarnos a un príncipe encantador moderno a lo Christian Grey y todo ese género que ahora se desliza por las mentes de tantas y tantas adolescentes alimentando esos amores eternos, extraños que pueden provocar más dolor que felicidad en realidad?

Ayer fui consciente de algo. Sin saberlo, yo misma estaba viviendo mi propia historia utópica, romántica, incontrolablemente hermosa. Tengo a mi lado a quien, con palabras textuales, le gustan mis locas y espontáneas ideas, mi humor, mis bobos chistes, mi risa estridente, mi miopía, mis labios gruesos incluyendo ese labio superior que se esconde cuando sonrío mostrando una sonrisa que siempre me ha parecido horrorosa; mis meteduras de pata y esa belleza sus ojos ven y para mí son defectos.

Sin buscarlo encontré ese amor utópico que realmente logra sacarme sonrisas. Parándome a pensar tan solo es cuando he podido disfrutarlo dejando que su romanticismo salga a flote.

¿Quién no disfruta de palabras bonitas? ¿Por qué disfrutarlas tan solo de la persona idónea?

Por eso, desde este instante, he decidido mirar todo ese amor que antes parecía tapado por una cortina de resentimiento. Porque sin amor, ¿habríamos subsistido alguno? Porque sin amor, ¿qué importa tener dinero, salud, belleza canónica si jamás podremos compartir nada nuestro con nadie o nadie nos verá más allá que como un ser humano, un transeúnte más compañero de la vida?

¿Qué es el amor?

Respuesta breve: El complemento que, sin saberlo, necesitamos para sonreír todos los días y conseguir salvar otras vidas.

El aplauso fue esperado, por educación, pero las caras largas, haber llorado, la incomodidad del momento había provocado que la soga se pusiese alrededor de mi cuello. Porque sí, había leído algo que me había parecido horrible. Porque sí, había aceptado que solamente lo hacían por respeto y por educación. Porque no había podido evitar fijarme en los ojos analíticos, en las personas que dejaban de atender, en el incómodo sonido de mi voz cuando volvía a quedarse sin fuerza en la lucha contra el llanto y porque sí, porque yo era así, porque no sabía disfrutar realmente y ahí estaba la prueba de ello.

 

2018 / Sep / 12

Analizarse a sí mismo solía ser sinónimo de encontrar errores, taras, defectos en ese comportamiento que ególatramente consideramos perfecto y sin fisura alguna por obra y gracia de la naturaleza humana. El ego no es una parte mala, desde luego que no, si se sabe utilizar bien. Uno necesita del ego. Es necesario alimentarlo como mantenerlo dominado. Saber dónde y cuándo usarlo sin excederse, puesto que sin darnos nosotros mismos una palmada en nuestro hombro alguna vez, el camino podría volverse muy cuesta arriba.

El principalmente problema de ese análisis para mi, es que me había llevado a descubrir funcionamientos automáticos de mi cerebro que no llegaba a comprender del todo y que, para mí, no tenían ni la más mínima lógica, pero era el método de trabajo de mi mente, sus procesamientos. Cuando se trataba de mostrar uno de mis escritos o cualquier cosa que hubiese hecho así fuese un trabajo, un exámen, una tarjeta de felicitación para el día del padre o lo que fuese, cualquier comentario sobre mi obra lo tomaba a título personal como si estuviese siendo yo misma quien estaba siendo evaluada y no algo que hubiese hecho. Por consiguiente, mi mente no podía aceptar que la persona que realizase esa crítica negativa (que no tenía porqué ser siempre destructiva) me apreciase a mí como individuo. Era lo que hacía y las notas numéricas que lo acompañaban nos calificaban en conjunto a mí como ser y a mis trabajos.

¿Cómo explicar algo tan… extraño? La respuesta era bastante simple si me ponía a analizar mi propia infancia donde el contacto social había quedado completamente en segundo plano o, incluso, anulado mientras que las únicas satisfacciones que recibía iban acompañadas de estudio, trabajo… reduciendo a Kyra a esa máquina que si se confundía de la forma que fuese no podía recibir la aprobación de nadie y aceptando, como consecuencia que la personalidad de Kyra quedaba reducida a un papel, a una parte de mi ser sin ningún tipo de importancia que no debía ir madurando con el paso del tiempo pues se había negado a practicar esa parte de sí misma.

No es ningún misterio que todas las facetas de la vida tienen que ser entrenadas para saber cómo enfrentarse a las situaciones. Igual que para un examen uno se aprendía una cantidad insana de fórmulas y debía entender cómo y dónde utilizarlas porque de esa forma podría sacar la solución de los problemas presentados en esa hoja de papel que podía provocar más infartos que cualquier otra mala noticia; también teníamos que practicar las relaciones sociales, entrenar la mente, trabajar nuestro propia autoestima, cuidar nuestro cuerpo e intentar conocernos mínimamente para saber qué pasos debíamos seguir en la vida. No obstante, si alguien decidía anular todas esas partes de sí mismo por haber sido machadas u obligadas a ser olvidadas para evitar sufrimientos, se quedaban en los mismos niveles de la infancia o peores mientras se obsesionaba con la única fuente de respuestas positivas construyendo todas esas facetas de su vida alrededor de ese tronco que se consideraba maduro, fuerte y recio, aunque mirado de cerca tuviese tantas fisuras que cualquiera tendría miedo de tocarlo.

La aceptación de esta forma de procesamiento no hacía más sencillo la separación dado que la parte automática de uno mismo casi parecía grabada en piedra o, incluso más, forjada en el Monte del destino al igual que el anillo único de Sauron para que tan solo el propio fuego de ese mismo monte pudiese destruirlo. Nuestra tarea se volvía tan árdua como el camino recorrido por los hobbits sin dejar que el poder del anillo fuese más fuerte que nosotros mismos para lograr seguir estando allí.

Miré a Derek que descansaba tranquilamente en la cama dado la vuelta hacia el lado contrario para que la luz del ordenador no le molestase en su intento por quedarse dormido. Me hacía gracia que era igual que si muriese, prácticamente no había forma de despertarle si no era él quien lo hacía por algún poder divino que le obligaba a despertarse. Tenía horarios tan difíciles de compaginar como los míos propios. Tenía esos momentos en los que cambiaba mis horas de sueño porque mi mente se negaba a aceptar que descansase. Ella solía tener todo el control en mi cuerpo quien se terminaba quejando y con razón, de no ser cuidado como debiese. De hecho, podían pasar semanas o incluso meses hasta que volviese a sentirme perfectamente en cuanto a ánimo, fuerzas y energía en general.

Cerré el ordenador y comencé a pensar en ese evento importante para mí. Suponía más cosas de las que creía en mí, por lo que los nervios y el comecome ya había empezado con tan solo la idea de haber aceptado estar allí delante de vete a saber cuántos narrando lo que yo misma había escrito.

Me tumbé en la cama aceptando en poco tiempo que sería imposible que durmiese aquella noche porque mi cabeza ya estaba pensando una y otra vez en el ridículo que haría siempre previo a qué podía escribir. Respiré profundamente justo en el momento que Derek se giró para rodearme con uno de sus brazos dejando un beso en mi hombro acercándome todo lo posible a él.

La sensación de no estar sola a pesar de ser la única de los dos despierta resultaba agradable. Le tenía junto a mí. No tenía nada más que pensar.

Estiré mi brazo hacia la mesilla encontrándome con un libro. Seguramente sería de Derek. Lo tomé en mis manos y observé que era de filosofía, una de las asignaturas más temidas. Me encantaba saber que la inteligencia de él iba más allá del arte, que también tenía hambre por descubrir horizontes nuevos y por eso, en busca de intentar comprenderle un poco mejor y dado que no tenía ni pizca de sueño comencé a leer aquel libro sobre las preguntas desconcertantes de la vida, aquellas que los filósofos intentaban dar respuesta o les habían atormentado durante muchos años.

Las reflexiones eran interesantes y más aún el descubrimiento de ser yo misma un poco filósofa solamente comparándome con ellos en esas preguntas, en esa necesidad de respuestas y en la forma que mi mente intentaba encontrar una solución a todo incluso cuando esa “solución” era ambigua o conseguía llevar a callejones sin salida. Y, sin pretenderlo, había fraguado una idea en mi propia mente.

2018 / Sep / 12

Había llegado un e-mail nuevo a mi correo. Era de Cecille. En su interior podía ver un anuncio sobre una jornada que habría para intentar unificar los intereses de los distintos barrios de Moscú. Miré todas las actividades y una de ellas se llamaba “versos inclusivos”. Debía reconocer algo, la poesía me tocaba las narices a dos manos generalmente, parecía que era la única forma de expresarse artísticamente, me daba a entender que la manera en la que yo escribía no valía para nada y siendo realista debía aceptar que yo misma había adorado la poesía, me gustaba su musicalidad, su belleza y su forma de llegar a entretejer ideas de modo que si no tenías la mente abierta podías llegar a no entender absolutamente nada.

El estudio de la literatura en cuanto a la poesía se trataba siempre iba de la mano de romperse la cabeza hasta poder entender dónde estaban todas y cada una de las figuras retóricas o literarias. Quien no reconociese que al principio todo le parecían metáforas tenía un cerebro privilegiado para las letras. Porque había en ocasiones que se veían metáforas donde no eran metáforas e, incluso, donde no había absolutamente ninguna otra figura. El cuidado de la métrica, la belleza del vocabulario, la rima… siempre me había resultado complicado, básicamente porque había que tener muchas más normas en la cabeza que las ya establecidas por el idioma y aceptar, además, que no te chirriasen las licencias poéticas que podías tomarte para las rimas, que cuadre la métrica, número de sílabas, etc. No obstante, y por mucho que lo apreciaba y me asombraba la valentía de muchos poetas o aprendices de poetas contemporáneos, los saltos a la ligera de normas, la aceptación sin precedentes de un verso libre para justificar todas las teóricamente incorrecciones, lograba ponerme los pelos de punta. Yo, no podía hacer eso. De hecho, dudaba que en algún momento de mi vida aceptase mis errores garrafales y lo presentase a algún lugar donde pudiese verlo todo el mundo. La angustia ni tan siquiera me permitiría respirar.

Admiraba la poesía, desde luego, pero no me atrevía a intentarla desde que hube dejado los estudios del instituto. Podía ser, seguramente, porque en mi cabeza estaba el grandísimo Bécquer susurrándome la belleza de sus rimas que con tanta devoción había leído y me había aprendido. Algunas más largas, desde luego, pero otras con tan solo dos estrofas que conmovían el corazón y hacían pensar sobre los momentos previos a ese instante descrito y el futuro que esperaría a los personajes presentados en un simple él y ella.

Aún me sabía de memoria la rima que tanto me había cautivado el alma una vez que supe su significado gracias a las enseñanzas de mi abuela materna.

Asomaba a sus ojos una lágrima 
y a mi labio una frase de perdón; 
habló el orgullo y se enjugó su llanto, 
y la frase en mis labios expiró. 

Yo voy por un camino; ella, por otro; 
pero, al pensar en nuestro mutuo amor, 
yo digo aún: ¿Por qué callé aquel día? 
Y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?

La inspiración aparecía sola leyendo obras como esa. El único problema era que la mayoría de las concentraciones que me encontraba en mi reducido espacio era únicamente para poemas. Versos inclusivos, concursos poéticos… sí, admiraba su belleza y musicalidad, las experiencias emocionales que hacían sentir, pero… ¿estaba completamente ajena a poder enfrentarme al mundo de las letras porque no era la poesía mi elección? ¿Por qué siempre escogía aquello que no parecía ser tan apreciado por mi alrededor?

La escritura debía ser una afición y buscarme un trabajo de verdad.

La poesía parecía ser lo único mínimamente romántico, aceptable, bello…

¿Por qué? ¿Por qué debía ser así? ¿Por qué siempre había tenido que escuchar ese tipo de expresiones que habían menguado gravemente mis deseos por dedicarme a algo de manera mínima? ¿Por qué era más valioso otro trabajo que la escritura? ¿Por qué el alma de un escritor debía estar consagrada a vivir amontonado bajo papeles administrativos si no era su trabajo ideal? Sí, bien era cierto que era difícil poder dedicarse a ello exclusivamente, pero desde luego, si no se tenía ni la más escasa ilusión o la apagaban con facilidad, una persona insegura como yo terminaría abandonando sus pasiones que retomaría en secreto y sin tener el valor suficiente para mostrárselas a nadie.

No acusaba específicamente a mis padres, dado que no podía exigirles que no quisiesen lo mejor para mí y evidentemente, lo mejor para mí debía ser un trabajo estable con su oposición aprobada, su sueldo fijo y, preferiblemente, que éste fuese una buena cantidad que no me tuviese haciendo más cuentas que un contable para llegar a final de mes. Podía comprender eso, no obstante, la ilusión había ido muriendo poco a poco en mí y haciéndome creer que no era nada más que un alma extraña, de un universo diferente, que había aparecido en el lugar menos indicado para expresar sus necesidad y emociones.

Sin embargo, ¿para qué mentir? Una parte de mí, esa irracional, infantil y cabezona, seguía con el brazo extendido señalando a mis padres como los únicos culpables de mis fracasos, de la índole que fuesen, dado que era más sencillo acusar a otro que aceptar los errores propios. Por mucho que mis padres quisiesen que estudiase esto o lo otro, finalmente la decisión recaía en mí. Debía ser yo quien luchase por sus deseos y las luchas no habían sido lo mío cuando me creía en soledad, debatiéndome contra el mundo entero y sin tener el beneplácito de mis padres o de cualquier persona olvidándome por completo que era mi vida, mis valores, mis deseos, mis errores, mis problemas y mi porvenir aquel que estaba dejando que fuese decidido por los demás para recibir esa aprobación que primero tenía que salir de mi propio interior.

Decidida a intentar hacer algo, escribí un correo a Cecille para preguntarle si existía la más mínima posibilidad de leer algo de mi propia cosecha que no estuviese escrito en verso, sino en prosa. Cecille me animó a hacerlo y sí, tenía una fecha límite para escribir un pequeño texto y atreverme a hacer una exposición oral delante de personas que no me conocían y no tenían porqué ser benevolentes conmigo. Nuevamente me enfrentaba a ese mundo doloroso en que podrían juzgarme cientos de ojos sin pensar en cómo aquello podía sentarme aunque ahí entrábamos en otro problema diferente, un problema distinto que formaba parte de mi caótica formación de carácter previa.

2018 / Sep / 11

Paró lo suficiente para que mi interior se acostumbrase a su invasión. Mis manos se aferraron a sus hombros y mientras me miraba a los ojos empezó a embestir con rapidez. Una y otra vez entrando en mi interior con la potencia de unas caderas necesitadas de liberación. Mis uñas se clavaron en sus hombros y grité cerrando mis ojos, pero en cuanto los cerré paró.

— No dejes de mirarme… —ordenó sin volver a moverse hasta que hube abierto los ojos.

En esta ocasión el movimiento fue algo más duro que antes, pero menos rápido. Seco, intenso, como si me estuviese castigando por haber cerrado los ojos y a duras penas si podía mantenerlos abiertos, se me cerraban solos por la intensidad del golpe de sus caderas más su reacción en mi interior.

Intentaba dominarme, pero de una forma infinitamente placentera por lo que me dejé hacer. No obstante, mis ojos me traicionaron y volvieron a cerrarse provocando que nuevamente parase su vaivén. Me estaba volviendo loca.

— Intenta que no se te cierren los ojos…

Asentí intentando aguantarlo, pero finalmente ambos lo dimos por imposible debido a la dureza y la necesidad de llegar al orgasmo de una vez. Arañé su espalda, arqueé mi espalda y grité su nombre sin importarme quién pudiese oírnos.

Derek no tardó demasiado en correrse también. Pude sentir cómo bañaba mi interior con la muestra de su placer y nos quedamos así, él acurrucado en mi pecho, sobre mí y yo abrazándole de manera posesiva como si el mundo fuese a arrebatármelo en cualquier momento. Sus dedos acariciaban mis costados y mi interior pedía a gritos que no se moviese, que se quedase así, en mi interior.

Tardó un tiempo en volver a levantarse saliendo de mi interior. Se había pasado todos esos minutos dejando muchos besos por todo mi rostro, igual que si me estuviese dando las gracias por lo que acababa de ocurrir o porque definitivamente estaba tan loco por mí como decía que lo estaba.

— Debo irme a trabajar… cierta señorita ha interrumpido mi concentración, aunque creo que ahora tengo mucho más claro qué es lo que quiero plasmar en el lienzo.

— Dos no hacen cosas si uno no quiere… —le miré con una amplia sonrisa en mis labios y él se rió antes de darme un cachete en el trasero cuando me giré para volver a acurrucarme en la cama—. Me dejarás rojo el trasero de tanto pegarle —volví a bromear dado que él le daba cachetes, sí, pero muy de vez en cuando.

Derek se inclinó sobre mí y apoyó su boca contra mi oreja provocando mis cosquillas.

— Señorita Mijáilova, créame cuando le digo que si en algún momento desease dejar ese trasero rojo, lo haría y sería para su disfrute.

Reí un poco y él se levantó para irse justo en el momento que recordé las veces en que me habían dicho algo con ese lenguaje tan encendido. Gerault, Douglas, William… todos aparecieron en mi mente provocándome un gran escalofrío. Me preguntaba qué había sido de las vidas de los que estaban vivos, pero quizá hubiese sido mejor no saberlo. Ellos debían continuarlas y yo también.

La mayoría de las personas que formaban parte de mi pasado habían desaparecido prácticamente de mi existencia. No había llamadas, no había mensajes… seguramente porque le había pedido a Derek que los bloquease a todos, pero en su lugar, me había escondido el teléfono donde tenía sus contactos y me había dejado aquel que había comprado donde no tenía más números que aquellos de las personas importantes. Solamente me había permitido rescatar un número de teléfono, el de Bruce.

Me quedé un rato más en la cama hasta que terminé aburriéndome de mirar las musarañas. Sin tan siquiera vestirme, cogí un cuaderno y empecé a escribir ideas, pensamientos, razonamientos, intuiciones, descubrimientos o redescubrimientos de algo que ya sabía. Valoré emociones, intenté releer momentos, rememorarlos de la forma correcta y descubrir que en muchas ocasiones no había visto las señales o no había sabido verlas.

Me vino Damian a la cabeza. Principalmente él. Analicé las veces que había huido y había deseado que él fuese detrás, pero sin la seguridad de que una persona terminase regresando a sus brazos, terminase aceptando antes o después que no debía irse de su lado, cualquiera acabaría cansado de ir detrás, de correr, de huir, de luchar por algo que la otra parte parecía no querer.

Me sentía mal, infinitamente mal y aunque le había contado la historia a Derek, él no podía verlo nada más que de la perspectiva que lo había visto yo durante todo ese tiempo. ¿Y si Damian me amó de verdad? ¿Y si destrocé sus sentimientos únicamente porque no supe entender lo que me estaba diciendo sino que leí lo que más dañino me pareció? No podía darles toda la culpa ni a él ni a todas las personas que habían estado en mi vida y habían tenido que ver cómo luchaba por huir o cómo les obligaba a marcharse.

Tenía miedo de hacer lo mismo con Derek, de obligarle a salir corriendo, de sucumbir a la tentación malsana de seguir provocándome dolor, como una droga, siendo consciente de que no era lo que necesitaba, pero buscándolo como si mi vida dependiese de ello.

El bolígrafo corría rápidamente dejando su tinta sobre el papel del cuaderno. Quizá la felicidad me permitiese ver otras perspectivas que antes no había podido analizar, o puede que fuese ese paso, esa ruptura con la Kyra huidiza, temerosa, culpable, la Kyra niña que no sabía cómo hacerse oír en ninguna parte. La verdad era simple. El cerebro humano funciona con lo que le alimentes y durante demasiado tiempo le había estado dando tan solo negatividad, dolor y se había hecho su comida fundamental, la demanda que siempre me hacía, la súplica por regresar a los estados que conocía como mi zona de confort; pero ahora, había empezado a descubrir que no dependía de los demás, de la fuerza que me diesen, que tan solo dependía de mí misma para seguir, para avanzar, para trepar, para saltar, para alcanzar las metas que me pusiese. Y si lograba compensar el deseo negativo, con aquella nueva forma de alimentar a mi propio cerebro, quizá éste aprendiese a ver que el mundo no era su enemigo.

2018 / Sep / 11

El chocolate era líquido, pero estaba fresco, no caliente. Mi piel lo recibía con gusto disfrutando también del intenso sabor de la fresa que había empapado mis labios y dejado que una gota de su jugo quedase bailando en el límite entre ambos mientras masticaba. Derek no había perdido detalle de mis labios y atrapó esa gota antes de que se perdiese en el interior de mi boca. Su lengua barrió cada milímetro de mis labios terminando por separarse para quitarse la ropa.

— Creo que tenías razón y necesitaba recordarlo…

Solté una pequeña risa y bajó hasta mis caderas para deshacerse de la última prenda de ropa. Observé mis senos llenos de chocolate y cómo éste seguía escurriendo por mi cuerpo para terminar, seguro, manchando las sábanas; sin embargo, algo me decía que eso era lo que menos le importaba a Derek en ese momento.

Abrió mis piernas y se situó entre ellas antes de comenzar a recoger con su lengua cada minúscula porción de chocolate en mis senos, rozando mis muslos con sus manos en el proceso para obligarse a no tocar, a hacerlo exclusivamente con la boca y sentí que me perdía en la misma gloria. Mis manos se agarraron a las sábanas y me arqueé sin importarme cómo terminase de manchado todo aquello.

Terminó de limpiar uno de mis senos y atrapó mi pezón chupando con fuerza antes de dejarle para atender a mi otro seno. El proceso fue parecido e igual de placentero antes de sentir que el chocolate volvía a recorrer mi cuerpo bajando por mi vientre hasta donde quiso y mis piernas también recibieron un pequeño baño dejando varios caminos de chocolate que recorrer.

Derek se dio a la tarea con avidez, pero endemoniadamente lento y concienzudo para no dejar ni una minúscula gota sin lamer. Iba ascendiendo desde mi rodilla por la cara interna de mis muslos y llegó a mi ingle terminando por acariciar mis labios vaginales con los suyos propios antes de volver a ascender a mi vientre y bajar muy despacio hasta dejarme completamente limpia del chocolate, pero pegajosa.

Pensé que había terminado y atacó mi sexo aún más hambriento que con el chocolate logrando que cerrase mis ojos con tanta fuerza deseando que aquello no parase jamás. Su lengua me recorría con la rapidez de una gacela, pero era cuidadoso en las partes donde debía serlo y torturaba aquellas que querían más atención, incluyendo la penetración.

Mis manos dejaron las sábanas y se agarraron a sus cabellos mientras me perdía en el nirvana. Aquella era la verdadera sensación de la delicia, cuando un hombre no poseía solamente tu cuerpo, sino que dominaba tu alma arrancándote la dulzura e inocencia para regalarte el manto de la unión sagrada.

Grité al techo y tiré de sus cabellos antes de correrme contra sus labios que atraparon mi orgasmo sin desperdiciar absolutamente ni un solo fluido. Estuvo un rato más entre mis piernas mientras yo recuperaba el aliento con el labio inferior mordido. Le quité de entre mis piernas con la mayor suavidad que pude y besé su boca hasta que nuestros besos se volvieron inconexos.

Nos giré y me senté sobre su abdomen dejándole a él contra la cama. Le quité las gafas que para ese momento estaban pringadas y completamente empañadas. Dejé que sus manos se aferrasen a mis nalgas y les diesen un apretón antes de que me inclinase hacia delante para atrapar una fresa y mojarla en chocolate muy despacio, sin importarme que el chocolate fuese cayendo en su pecho elevándome lo suficiente para que siguiese recorriendo sus abdominales bajo mi cuerpo.

Rió y le di la fresa que acogió entre sus labios masticándola despacio, dejándome que le diese toda la fruta antes de dar una pequeña mordida a uno de mis dedos.

— ¡Oye! —reí con diversión inclinándome sobre él sin poder evitar que mis pechos se volviesen a manchar de chocolate.

Atrapé su boca en un apasionado beso y descendí con mis labios dejando pequeños besos hasta que el chocolate empezó a hacer su acto de aparición. Lamí muy lentamente para torturarle lo mismo que él me había torturado a mí. Sus ojos estaban fijos en mis movimientos y el sonrojo era inevitable a esas alturas.

Pude sentir bajo mi lengua la manera en que su piel respondía, o bien por la temperatura del chocolate, o bien por el contraste con mi boca. Poco a poco se iba volviendo de gallina, sacando esos pequeños bultitos y como su escaso vello corporal se ponía de punta.

A medida que descendía la pesadez de su respiración era más pesada, sus ojos se cerraban en ocasiones sin permitirme ver cómo se iba tiñendo su iris de un tono más oscuro y de su boca empezaban a escapar jadeos que dieron paso a gruñidos en cuanto mis senos hicieron su primer contacto con su pene.

Bien. Había leído esto. En una ocasión, mientras me dedicaba a escribir, había pensado cómo una mujer podía satisfacer oralmente a un hombre sin que él llevase el control y dejándolas casi como muñecas inflables o un agujero al que follar más. Aseguraban que el sexo oral ejercido por la mujer también podía ser placentero para ellas y no solamente para los hombres. El quiz de la cuestión estaba en tener el control. Todo se trataba del control.

Rememoré lo mejor que pude y empecé a realizar las primeras acciones. Pasé mi lengua desde la base del miembro hasta el glande, pero no lo toqué en ningún momento. Repartí besos por la longitud de su erección antes de terminar realizando lo mismo que antes en un costado del tronco de su miembro. Repetí el proceso hasta pasar mi lengua por el otro lado de su miembro concentrándome en los ruidos que le hacía producir.

Finalmente, no demoré más su placer sabiendo que el glande era la zona más sensible y deslicé mi lengua desde la base una vez más hasta que mis labios envolvieron la cabeza chupando ligeramente como si fuese un chupa-chups.

Derek se arqueó de gusto y suspiró mi nombre. Sonreí sintiéndome poderosa, teniendo domado a semejante hombre tan solo por lo que hacía en su virilidad. Saqué su pene de mi boca y chupé nuevamente el tronco, lamiéndolo casi todo para ayudarme con la mano porque dudaba que fuese capaz de tener ese trozo de carne hasta mi garganta.

Le masturbé despacio, muy lentamente, arriba y abajo, viendo como su glande se perdía bajo la piel y volvía a escapar liberándose y dejándome regalarle algún que otro juego con mi lengua, intentando emular lo que él hacía en mi clítoris, recorriéndolo por completo y dando pequeños golpecitos con la punta. A ratos, jugaba con el agujero por donde escaparía el esperma y Derek perdía por completo el control agarrando mi cabello, pero sin obligarme a trabajar su erección entera.

— Basta… Kyra, por favor, para o me correré.

Le saqué de mi boca mirándole sin comprender y me tumbó en la cama antes de perderse en mi interior penetrándome con fuerza provocando un chillido que escapase de mi garganta. Aquello… aquello sería salvaje.

 

2018 / Sep / 11

La cursilería parecía el plato que comíamos Derek y yo. Cada uno intentaba, después de relaciones tormentosas, hacer lo posible por aceptar que el otro le ama, que realmente era así.

Aquel fin de semana no quería salir. Me había quedado acurrucada bajo las sábanas y él se había ido a su estudio. Nos pasábamos hablando gran parte del tiempo que compartíamos juntos, pero ambos teníamos que decidir qué ser, juntos y separados. No podíamos necesitarnos al otro como respirar, aunque se hacía bastante complicado que no fuese así.

Me levanté de la cama con el pelo hecho un cuadro. Me miré en el espejo maldiciendo el momento en que me lo había teñido, pero me hacía gracia que siempre que se revolvía parecía Goku de super-saiyan. Bola de dragón había sido la serie de televisión que más habíamos visto de pequeños, en parte porque era lo único que ponían más o menos decente y en parte, porque mi hermano estaba enganchadísimo a la trama.

Me peiné con facilidad y fui despacio hasta el estudio donde estaba Derek trabajando. Tenía una nueva obra en ese momento sobre el caballete. Me acerqué de puntillas en un intento por observarla aunque sabía que él no me lo impediría salvo que creyese que era una calamidad, bueno, algo que le pasaba bastante a menudo.

La música ambientaba el momento. Siempre trabajaba acompañado de ella y le entendía, a mí también me ayudaba a concentrarme y gracias a los acordes más graves no se escuchó el crujir de la madera bajo mi peso. Miré sobre su hombro y observé la obra que tenía en ese momento a medio hacer. Dos amantes, semidesnudos, luchando contra las ropas y besándose como si no hubiese un mañana. Era increíble el movimiento que se intuía, la pasión, la necesidad del otro y solamente cuando vi un pequeño detalle supe que se trataba de ambos.

— Tiene pinta de ser realmente delicioso… —susurré en su oído.

Se estremeció de pies a cabeza y sonrió ampliamente antes de atrapar mis manos que habían ido a viajar a su pecho. Las tomó entre las suyas dejando un beso en cada una.

— Según recuerdo… lo es.

Si echaba la vista atrás, era cierto. Parecía que nuestros deseos instintivos se habían ido frenando con el paso del tiempo. Puede incluso que la vergüenza o el amor nos hiciesen actuar de otra forma, pero en realidad, mi verdadero temor era diferente. ¿Sería demasiado casquivana para él? Sabía que me habían drogado y que habían abusado de mí en un momento de debilidad, que había yacido con su peor enemigo y que no era una experta en ningún tipo de arte de esas características. Nunca había querido preguntarle porqué era ahora tan permisivo conmigo. Seguramente porque me aterraba la idea de volverme a sentir rechazada de alguna forma y aunque nuestros labios se habían vuelto a unir, yacer era algo muy diferente.

— Quizá debas practicarlo para recordarlo mejor —di un sonoro beso a su mejilla y me separé de él antes de empezar a canturrear y a bailar al ritmo de la música intentando levantar esa moral que siempre era arrastrada al fango por mi poderosa enemiga.

Di vueltas alrededor de mí misma mientras soltaba algunas de las frases que pronunciaban en español, algo que provocó la risa de Derek y eso propició que me acercase con cara de pocos amigos hasta darle un mordisco en la mejilla muy suave, antes de salir corriendo por el piso. ¡Ahora sí que extrañaba el piso que él tenía en Los Ángeles! Allí había mucho lugar donde correr.

Ni tan siquiera sé cómo lo hizo porque pocos segundos de escuchar la butaca caer al suelo sus brazos estaban rodeando mi cintura y levantándome del suelo.

— ¡Derek, no!

Sin embargo, las risas eran inevitables entre ambos. Sus dientes atraparon el lóbulo de mi oreja y comenzó a mordisquear mi cuello de una forma que causaba de todo menos dolor. Ese intenso hormigueo que nacía en mi cuello se deslizaba por toda mi anatomía hasta situarse justo entre mis piernas y no sabía cómo se podían conseguir esas emociones sin buscarlas en realidad.

Reí por las cosquillas que me hacía su ligera barba, pero entre risas se me terminó escapando un gemido que provocó que me sonrojase hasta las orejas. Derek solamente paró dos segundos, lo suficiente como para dejarme en el suelo y después regresó a la carga, no obstante, sus manos ahora empezaron a tomar también partido. Podía sentirle recorriendo mis curvas sobre la tela del camisón y cómo todo mi ser se iba volviendo gelatina entre sus brazos. Eché mi cabeza hacia atrás y agarré su cabello sin girarme antes de sentir que sus manos agarraban el escote de mi camisón. El rasgar de la tela podía ser erótico, ahora lo descubría. No había sentido vergüenza, solamente deseaba perder la tela que tenía mi cuerpo encima y deshacerme de la suya propia.

Sus manos atraparon mis senos y cerré mis ojos soltando un gemido hacia el cielo. Él apretó su erección contra mis nalgas aún cubiertas por la tela que había quedado como una sudadera abierta gracias a los minúsculos tirantes. ¿Qué tenía Derek de diferente? Tantas cosas… Sobre todo aquella pasión. Arrancarme la ropa hubiese sido impensable y para él era necesario, como si leyese mi propia mente suplicándole que lo hiciese aunque supiese que estaba mal, o que me costaría encontrar algún otro camisón que me gustase.

Christina Aguilera había empezado a cantar en español El beso del final y aquello solamente incendiaba más la temperatura. Sus dedos tiraron suavemente de mis pezones y terminaron dejándolos descansar de su tacto, suplicando estos últimos por más, para deshacerse de la molesta tela rasgada.

Me dio la vuelta y besó mis labios con el deseo de un animal hambriento por su presa y desde luego que lo estaba, como yo de él. Nuestras lenguas se encontraron antes de que me cogiese por los muslos llevándome hasta la cama poco antes había abandonado.

— No te muevas… —susurró sobre mis labios y salió lo suficiente para llegar con chocolate fundido y fresas. ¿Desde cuando tenía eso preparado?

— ¿Esperabas este momento?

— Ni te imaginas cuánto… —y me entregó una fresa bañada en chocolate que mordí mientras el chocolate empezó a bañar mis pechos haciéndome jadear. Esto prometía.

2018 / Sep / 10

Todos los escritos que tenía, todo lo que había creado o inventado durante el paso del tiempo había permanecido escondido dentro de documentos que había mantenido alejados de mi día a día en ese blog y también en un pendrive donde estaban guardados en carpetas. Durante demasiado tiempo a lo largo de mi vida había escrito, me había permitido soñar, pero nadie, absolutamente nadie, había leído las historias que yo había guardado con tanto ahínco. Habían de todo tipo: medievales, asesinatos, relatos cortos, intentos de poemas, romance, vampiros… todo lo que se le había ocurrido a mi cabeza a lo largo de los años.

Derek acarició mi cabello corto con suavidad y apoyó su mentón en mi hombro dado que estaba sentado detrás de mí. Le había mostrado uno de mis secretos. Él parecía maravillado y lo único que hacía era preguntar de vez en cuando de qué iba cada historia. Mis ideas parecían fascinarle y dejaba algún que otro beso en mi mejilla.

— ¿Por qué no lo intentas?

— ¿A qué te refieres?

— Intenta ser escritora si siempre ha sido tu deseo. Puedes ayudar igual y regresar a tu profesión cuando vuelvas a tener fuerzas, cuando puedas seguir adelante si es que también es tu deseo. Una cosa no es incompatible con la otra.

Recordé en ese momento las palabras de Cecille. Ella me había dicho exactamente lo mismo. Había intentado fomentar mi vena artística, había buscado maneras de que sacase partido a todo ese potencial. Sin embargo, me había costado llevar situaciones propias, dar el paso que siempre había querido dar.

— ¿Puedo confesarte algo?

— Claro —susurró dejando un beso en mi hombro.

Esos besos que de vez en cuando me regalaban, él no tenía ni la menor sospecha del bien que me hacían. Era exactamente igual que recibir un nuevo chute de energía mientras calmaba la súplica constante de mi ser por cariño, atenciones y cuidados.

— Siempre he querido escribir mi historia. Todo lo que he pasado durante mi adolescencia, la forma en la que me he sentido todo el tiempo, los avances, el descubrimiento de no ser tan anormal como pensaba que era, la manera en la que poco a poco he ido aprendiendo sobre la psicología, sobre mi propia forma de sentir, de ser, de ver el mundo y ampliando mis horizontes —mordí mi labio inferior casi esperando que en cualquier momento soltase una sonora carcajada que me dejase con aún más baja autoestima. Estaba acostumbrada a que mis ideas no recibiesen ni un mínimo de emoción.

— ¡Eso es fantástico!

Su entusiasmo resultaba casi contagioso. Miré sus ojos sorprendida por la manera en la que lo había dicho. ¿Cómo era posible que alguien se alegrase por una idea mía de esa forma? ¿Tenían sentido entonces mis propios pensamientos? Estaba claro que no todas las personas respondían a todo de la misma forma que en mi familia, donde las emociones cada uno se las guardaba o las tenía exclusivamente para lo que le interesaba a sí mismos y no a los demás.

Notaba una sensación extraña, diferente. Solamente Cecille y más tarde mi psicóloga en el centro habían escuchado mis ideas. De hecho, durante la mayor parte de mi vida las había tenido y no habían sido nada más que un peso para mí, dado que cuando se las había contado a mi madre o a mi padre, todo se había quedado en nada; salvo si se trataba de lo estudios algo que entusiasmaba a mi padre. Parecía que la única opción en esta vida era ir a la universidad, estudiar, estudiar, estudiar y finalmente trabajar. Siempre me había preguntado dónde entraban los trabajos más artísticos y sí, efectivamente, ellos tenían su propia carrera de especialización en diferentes cosas, pero… ¿y la escritura? Lo único que se me ocurría eran las filologías, literatura, estudiar filosofía quizá en algunos aspectos podría ayudar, pero no había nada específico para encender la imaginación de los escritores nóveles que soñaban con plasmar sus ideas. Solía ir después de haber estudiado una carrera entera, un máster, ese tipo de cosas.

Ahora no quería tener que estudiar. Adoraba aprender, pero no quería solamente leer, quería expresar, lo que no había podido hacer, encontrar mi voz dentro de un mundo con tantas voces diferentes y no dejar de lado la posibilidad de lograr mi objetivo: liberarme. La escritura era la forma de plasmar todos esos pensamientos que no se podían decir a viva voz, de vivir historias, de hacer que quien las fuese a leer vibrase con uno mismo. Yo misma, como lectora, había amado y odiado personajes, había suplicado por finales justos y había sido recompensada en algunas ocasiones y en otras, mi propia imaginación me había regalado lo que hubiese deseado leer.

— ¿Estás hablando en serio? ¿No estás bromeando?

Derek me miró fijamente y acarició mi mejilla de esa forma única, tan especial que solamente él tenía. Provocó una pequeña sonrisa queriendo escapar de mi interior y cuando volví a observar su mirada algo en mí se liberó por completo, igual que en esa charla en la universidad. Me miraban con asombro, admiración y entusiasmo. Siempre había deseado recibir la misma emoción que yo tenía bullendo en mi interior.

Puse mi frente contra la suya y escuché cómo él decía miles de veces que no estaba bromeando mientras las lágrimas se deslizaban por mis mejillas.

— Perdóname… estoy algo sensible supongo —comenté antes de que él pudiese preguntarme qué era lo que me pasaba o porqué lloraba.

— ¿Existe algún motivo? —su tono era adorable. Demostraba lo mucho que se preocupaba por mí y ¿qué podía hacer salvo apretarme a él mientras mi corazón se derretía?

— Tú, Derek. Tú eres el motivo por el que estoy así.

— ¿Yo? —su expresión cambió a la preocupación y el temor por hacerme algo malo sin pretenderlo.

— Sí, tú. Por amarme de esta forma que no creí que podría despertar en nadie. Por emocionarte con lo que me apasiona y por siempre intentar impulsarme para seguir adelante durante todo este tiempo —di un suave y fugaz beso a sus labios antes de sentir como sus labios se curvaban en una sonrisa contra los míos.

— Te equivocas. Eres tú la única responsable de todo eso…