2018 / Jul / 22

El agua recorría mi cuerpo y para mí era igual que si limpiase un pozo profundo de problemas. Era solamente un placebo, un bienestar instantáneo, pero servía y eso era lo importante. A menudo, solamente necesitábamos un momento de paz y tranquilidad para poder encontrar una salida a todo lo que estaba en el aire. Y otras veces solamente necesitábamos no pensar. En este caso, yo no quería pensar, ni un solo segundo.

Tras cambiarme en el baño, salí para ir al salón donde mi hermana estaba con el pelo revuelto recogido en una coleta y mi padre también, obligado por mi madre a desayunar en el salón puesto que tenía esa odiosa manía de desayunar en la cocina, de pie, sobre la encimera. Algo que no debía venirle precisamente bien a sus articulaciones.

Caminé hasta la mesa donde aún estaba la bandeja con los dulces navideños. Cogí una pasta con mucho azúcar que descubrí con gusto que parecía de hojaldre o algo muy similar a éste. Me senté en mi lugar y cuando me di cuenta vi que había regalos en el pequeño árbol de plástico con el que llevábamos toda la vida. No eran demasiado, cierto, pero por lo menos había uno para cada uno. Mis padres habían intentado hacer este día un poco más especial.

Rochester quien se sabía de sobra mi predilección en los colores, entró en el salón y a pesar del reproche de mi madre porque no le gustaban los animales, había cogido el regalo envuelto en una especie de papel metalizado amarillo con adornos plateados. Mordisqueaba el cordel y finalmente me entregó el paquete cuando se percató de que mi mirada estaba puesta en él.

— ¿Nos habéis comprado un regalo a cada uno? —pregunté sorprendida mirando a mis padres.

— ¿En serio no son solamente de decoración? —la voz de mi hermana quien a menudo no disfrutaba de conversaciones activas a primera hora de la mañana sonó mucho más grave de lo acostumbrado.

Ambas abrimos nuestros regalos con el permiso de nuestros padres justo en el momento que llamaban a la puerta. Para que no se levantase ninguno de mis padres lo hice yo, fui a abrir puesto que tenía mejor pinta o, al menos, estaba más arreglada que cualquiera de ellos.

Al abrir la puerta pensaba que me encontraría a mi hermano, sin embargo, había un repartidor. Me sorprendió comprobar que estaba trabajando el día de Navidad.

— ¿Señorita Mijáilova? ¿Kyra A. Mijáilova?

— Soy yo.

— Le traigo estos tres paquetes. Créame que alguien le debe de querer mucho porque no es lo normal que nos paguen un buen extra por traerlos —soltó una carcajada y me mostró la condenada pantalla táctil del móvil que siempre me dejaba un churro de firma porque jamás en la vida había aprendido a firmar con el dedo y menos teniendo a otro que me sostuviese el formato antes llamado papel.

— Gracias.

La confusión en mi rostro era evidente cuando cogí los tres regalos. No sabía de quién podía ser cada uno y esperaba que no fuesen de la misma persona, no al menos esta vez. Sin embargo, el remite de cada paquete era diferente aunque en ninguno ponía el nombre de quien lo enviaba, solamente la dirección y el país. Veamos tenía: Tailandia, Estados Unidos e Inglaterra. Si alguien podía estar en Tailandia era Gustav. Se me encogió el corazón al pensar que podría haberme comprado algo para Navidad y yo no haberle regalado nada, ni tan siquiera haberle hablado en todo este tiempo.

Respiré profundamente y subí los paquetes a la habitación, no quería tener que dar explicaciones a nadie. Después, bajé para terminar de darles las gracias a mis padres por el regalo que me habían hecho. No era gran cosa, era cierto, para cualquiera no sería absolutamente nada, pero para mí era fantástico. Un libro. Un hermoso libro que ambos habían escogido para mí. Sabían que me gustaban las letras, así que había sido un acierto seguro. Siempre le había dicho a mi madre que lamentaba que no tuviésemos nada más que El perro de los Baskerville de las obras en donde Sherlock Holmes era el protagonista y por eso delante de mí tenía un libro con varios relatos diferentes de los distintos casos creados por Doyle.

No fue un gracias demasiado efusivo. Rápidamente me fui a la habitación porque había tres regalos que tenía que abrir y que no podía quitarme de la cabeza.

Rochester me siguió. Estaba dispuesto a no dejarme ni un solo segundo sola aunque ayer por la noche había tenido que pasarse la velada en mi dormitorio.

Me senté en la cama mirando los distintos paquetes y preferí empezar por aquel que tenía de remite Inglaterra. No podía ser otro que Damian. Cerré mis ojos con fuerza unos segundos y finalmente abrí la caja cuando me permití mirar de nuevo. Dentro, había un pequeño osito de peluche. Había acertado claramente y aún así, no me hacía la más mínima ilusión después de lo ocurrido entre nosotros.

Había una carta, pero si quería tener tiempo y estar lo suficientemente bien para la comida, dado que no sabía si vendría la novia de mi hermano, debía dejar esa carta para más tarde. Me enfadase o llorase no sería un buen estado anímico para tener que encontrarme con alguien ajeno a mi montaña rusa emocional.

Abrí el paquete de Nueva York. En su interior me encontré un manuscrito del último libro de ¿quién si no? El profesor. Suponía que esto tenía que ver con mi aceptación a leer algo suyo meses atrás. Puede que la carta antigua no fuese nada más que un regalo y no una súplica de nada más. Mi inexperiencia leyendo las señales de amor era bastante notoria.

Por último, dejé el regalo que tenía más matasellos. Tailandés. Abrí poco a poco el paquete y cuando lo hice pude ver una cajita de madera rodeada por un sedoso cordel del que colgaba una llave. Al quitar el cordel pude abrir ese cofrecito y en su interior encontré cartas, todas a mi nombre, todas sin sello, todas escritas durante todos los meses que habíamos pasado separados antes y después de nuestra ruptura. La mayoría eran sobres gordos así que tendrían más de una hoja escrita y comprendí que Gustav me estaba entregando todo su corazón.

2018 / Jul / 22

Me pasé la mayor parte de la cena escuchando a los demás hablar. No tenía muchas ganas de contar nada a nadie de lo que había vivido en mi estancia en los diferentes países. Lo que quería era recobrar el buen humor que parecía haber perdido. Deseaba, en lo posible, encontrar a la Kyra que había parecido perder en mi propia locura indomable y, como de costumbre, no fue demasiado difícil porque mi familia disfrutaba en sus conversaciones manteniéndome al margen igual que si fuese una extraña. Tan solo mi madre lanzaba alguna pregunta esporádica si me veía intranquila o si en mi rostro veía la frustración o la tristeza, algo que me obligaba a disimular concentrándome en la discusión que se producía en la mesa con asuntos que ni me iban ni me venían o entendía.

Mi cabeza se encargaba de regalarme algo de paz tarareando alguna canción que me hacía pensar en otra cosa. Sin embargo, mi existencia era culposa, igual que un ladrón arrepentido de haber cometido su último robo como si hubiese estado obligado a hacerlo.

La noche se iba alargando y disculpándome con todos ellos me fui a la que era mi habitación. Tenía que subir las escaleras puesto que mis padres habían tenido que cambiar su dormitorio con el mío para facilitarse a ambos el subir y bajar los escalones, aunque todos lo sabíamos que lo habían hecho por mi padre tan solo, al menos, mi madre, aún estaba de maravilla a pesar de la edad.

Cerré la puerta y maldije el frío endemoniado que hacía en aquella parte de la casa. Me quité la ropa deprisa y corriendo observando tal y como habían colocado todos los muebles. Gracias a eso no había problema en que tuviese mi pequeño rincón para disfrutar de la lectura.

Tras meterme en la cama, me acurruqué bajo las sábanas y respiré el aroma tan extraordinariamente familiar del suavizante que aún usaba mi madre. Una sonrisa se deslizó por mis labios y me abracé a la almohada. Todo estaba casi igual a como yo había querido dejarlo cuando me fui, por lo que una parte de mí encontraba suficiente consuelo refugiándome en la joven sin vida que fui tiempo atrás y esperando poder regresar a esa etapa de la vida, al menos, mientras me sintiese vulnerable.

Los sueños no eran muy agradables. Me revolvía en las sábanas de franela de colores cálidos en una búsqueda de sentir la seguridad que en otro momento hubiese sentido en mi cama. Ahora, en cambio, aquel era y no era mi hogar. Era igual que un pez nadando entre dos aguas.

Descansé hasta que despuntó el alba y rápidamente mis ojos se posicionaron en las ventanas del tejado que me impedían continuar durmiendo además de ser poco a poco consciente de todos los ruidos que ya hacían algunos de los vecinos. Me pregunté cómo se podían tener energías a esas horas para yacer en la cama con su pareja, pero seguramente, si gozase de pareja, yo misma podría estar entre juegos en busca del disfrute más profundo.

Volví a sentir el golpe de la soledad, la ausencia del amor. Me levanté de la cama y busqué entre mis cosas mi ordenador que me había acompañado también a su lugar de origen, o al menos, dónde lo había comprado muchos años atrás.

Encendí el ordenador, abrí algunas páginas de internet, pero finalmente, allí donde terminé fue reabriendo ese blog que había escrito muchos años atrás. Comencé a leer mis propias palabras recordando las historias que narraba para lectores anónimos que jamás me dejaban un comentario si es que alguien leía.

Finalmente, me entró el gusanillo y me dispuse a teclear mientras evadía mi mente logrando descargar toda mi cabeza de múltiples historias, de situaciones insospechadas, de… vida. Porque aquello era la vida y dándole vida a otros lograba entender mejor la mía propia además intentar perdonar a mi pasado con cada palabra tecleada.

Había vuelto a encontrar el placer que sentía antes en la escritura. Salirme de mi propia vida y poner mis problemas en un personaje no dejaba de ser una de las mejores terapias. Había que enfrentarse a uno mismo, encontrar soluciones, porqués y respuestas a comportamientos incomprensibles. Además, como autor era la dueña y señora de la vida de aquellos personajes, por lo que esperaba que ninguno se hiciese rebelde para llevar el control de toda la situación. Quería castigar y dar premios a mi protagonista y una parte de mí pensó que quizá yo misma era el personaje de una historia y estaban jugando conmigo dándome tantos premios como quitándomelos antes de haberlos disfrutado del todo.

Empecé a escuchar sonidos. Había estado escribiendo alrededor de dos horas. Mi madre siempre se despertaba temprano así que seguramente sería ella dispuesta a recoger el salón que habría terminado sin recoger del todo para su gusto. Sonreí pensando en ella, en lo muchísimo que trabajaba para tener la casa perfecta, pero la limpieza es tan efímera que en cuanto terminabas de limpiar podía volver a estar sucio lo primero.

Gustav había sido muy maniático en el tiempo que habíamos vivido juntos e imaginaba que solamente por no ofenderme había logrado aguantar sus deseos de desinfectar todo el lugar. Me había recordado a mi madre y ahora, ni tan siquiera podría presentárselo a mi familia.

La tristeza parecía ser algo que iba a consumirme durante todas esas fiestas. Hoy, era el día de Navidad. Hoy, no tendría ni un solo regalo como hacía años que era así. Cerré mis ojos echando mi cabeza para atrás antes de comentar todas mis frustraciones en mi personaje principal como si fuese mi propio diario.

Me levanté, cogí mi ropa y me bajé a la ducha. No podía negarme la intención de quitarme algo de malestar, de dolor, de rabia con una calmante y reconfortante ducha de agua caliente. Mi madre estaba ya en el salón comiendo aquel desayuno horrible: pan churrascado que había impregnado todo el lugar con su olor ha quemado y así, sin más, había vuelto a sentirme en casa.

2018 / Jul / 20

La cena sería copiosa, pero no como esas que se ven en la televisión, de todos modos estaba lo suficientemente llena de platos distintos que por mucho que tocásemos a una minúscula parte de todos ellos, era evidente que comeríamos mucho más que en otras ocasiones.

Mi madre jamás había tenido la costumbre de hacer platos típicos de las fiestas. Solíamos hacer algunos tentempiés. No éramos una familia muy al uso en eso tampoco. Nuestras tradiciones eran diferentes a las del país y esperaba que en general, todo el mundo tuviese tradiciones propias para hacer más especial la Navidad.

Miré todos los platos. Estaban preparados para nuestro propio disfrute. Nosotros no disfrutábamos generalmente de comer de todo. Éramos de comer sota, caballo y rey, poco más. Huevos rellenos con la yema espolvoreada por encima, croquetas caseras de mi madre mucho más esponjosas que cualquier otras, ensaladas, calamares, gulas que solían comer mis hermanos, jamón, queso… Solíamos salirnos del presupuesto tan solo en esa época. Mis padres siempre habían sido bastante ahorradores dado que con tres hijos y un solo sueldo habían tenido que hacer milagros para darnos todo lo que pudieran que fuesen recursos mínimos. Jamás habíamos tenido grandes lujos.

Recordaba lo más caro que había entrado en mi casa: los coches. Siempre los condenados coches. Nunca les había visto ningún tipo de atractivo. Seguramente tendrían su belleza en el diseño, no lo negaba, pero el coche que a mí siempre me había gustado había sido el Smart por lo pequeño que era, aunque luego dijesen que era igual que conducir rodeada de papel de periódico porque protegía más bien poco. Mis hermanos y mi padre, en cambio, tenían fascinación por los vehículos. A fin de cuentas, mi padre había terminado siendo mecánico por casualidades de la vida.

La segunda cosa más cara que habíamos logrado conseguir, y de ámbito más personal para nuestro ocio, había sido la primera videoconsola que le habían regalado a mi hermano por su comunión. Yo recordaba haber recibido una consola portable, de las primeras que hubo en color, pero mi hermano también tenía la versión previa. Sin embargo, habíamos tenido la suerte de que habían durado muchos años porque no habíamos podido cambiarlas por versiones más nuevas hasta muchos años después o la muerte definitiva de esa consola.

Cogí un trozo de la empanada que preparaba mi madre. Lo único que no era casero del todo era la masa porque no podía echar tantas horas para hacer una masa de hojaldre que no había hecho en su vida. Sí, normalmente las empanadas tienen otra masa, pero la de hojaldre servía lo mismo y estaba mucho más buena. El relleno no era muy diferente al de los huevos, tomate frito, trozos de huevo duro y finalmente atún. Pero, por alguna razón incomprensible, no había otra que me supiese mejor que la de mi madre.

— … Fuimos a Egipto. Allí hay un nacimiento y ya sabéis que todos estamos intentando descubrir dónde puede estar Nefertiti. ¡Os prometo que yo lo terminaré descubriendo! —mi hermana lo decía completamente convencida aunque los demás se lo tomasen a broma—. Todo era magnífico. Los años no quitan belleza a todo lo desenterrado, tenerlo cerca es igual que poder adentrarse en la misma historia. Aún no entiendo como hay personas que se dedican a destruir este tipo de recuerdos de otras civilizaciones, y mucho menos que se haga ahora cuando teóricamente sabemos la importancia que tienen esos hallazgos. Es una lástima que hayamos ido edificando una civilización sobre los restos de otra civilización —torció el gesto visiblemente disgustada mientras yo aún saboreaba un calamar a la romana que estaba delicioso.

— ¿A dónde más fuiste? —quiso saber Dasha.

— Estuve en España. ¡Ni os imagináis lo que es eso! Las grandes ciudades tienen cultura más reciente, me refiero a las más conocidas como Barcelona y Madrid. Se ve fácilmente que son ciudades tirando a lo cosmopolita, quizá por eso son los centros principales de turismo, pero… ¡fui a la ciudad de la que era la abuela! Toledo. Ni os imagináis lo que es eso. Aún existen claramente en el casco histórico los tres barrios, porque durante un tiempo, durante la reconquista, allí vivieron judíos, árabes y cristianos. Están casi intactas la judería, el barrio árabe y el resto… ¡y ni os imagináis la caótica composición de su planta! De esa forma eran más difíciles conquistar las ciudades aunque tuviesen una muralla para evitarlo… Es una visita obligada —concluyó antes de meterse un trozo de la comida a la boca.

— Siempre habíamos hablado de ir a visitar la tierra de mi madre y se quedó tan solo en ir a conocer la capital. Es cierto, que eso de no conocer el idioma tira mucho para atrás, pero quizá podríamos hacerlo antes de que tengas la movilidad más reducida.

Mi padre fijó sus ojos en mi madre como si se acabase de dar cuenta que él era el receptor de ese comentario. Se quedó en silencio mientras intentaba contener sus impulsos por mover la boca de manera frenética. Era uno de sus tics nerviosos, esos que era prácticamente incapaz de control ya y no tenía que ver, ni mucho menos, con más o menos medicación. No tenía una terapia lo suficientemente buena porque ni tan siquiera él sabía cómo usar las posibilidades que tenía delante con su psicóloga y su psiquiatra. Una pena, pero no creía que yo pudiese hacer demasiado si él había decidido arrastrarse por la vida.

— Sí, podríamos ir. Nos dieron ese dinero que nos esperábamos por la ayuda que no nos habían concedido, quizá podamos encontrar una forma de hacer un viaje barato, aunque de ir allí, sabes que también quiero llevarte a las islas Canarias desde que nos casamos.

El recuerdo de cómo mis padres tuvieron que sacrificar su luna de miel por el embarazo de mi madre y por poder trabajar hasta devolver el dinero que habían necesitado para pagar la casa, era enternecedor, pero igualmente doloroso. Mi hermano llegó para cambiarles todos los planes desde el principio y por su buena voluntad o por su inexperiencia para informarse habían cogido las peores opciones para hacer las transacciones necesarias para la compra de un hogar en el que poder llevar su vida matrimonial y su futura paternidad juntos.

Que pocos meses después entrase yo en la ecuación consiguió romperles aún más los esquemas y ambos tuvieron que trabajar, mi madre en nuestro cuidado y mi padre trabajando en todo lo que podía porque prácticamente se les iba el dinero en pañales.

Me pregunté por un segundo si yo sería igual de fuerte que ellos en una situación similar y por dentro esperé no tener que averiguarlo nunca.

2018 / Jul / 20

Abrieron la puerta de casa. Todo parecía estar listo. Mis hermanos habrían terminado de hacer la comida que mi madre no hubiese dejado hecha mucho tiempo antes. Vi el nacimiento sobre la mesa de la entrada. Mi abuela había sido cristiana católica, la religión en que había criado a sus hijas y por ese motivo mi madre era una mujer muy devota. Buscaba ayuda, esperanzas y consuelo en los momentos difíciles y en los que no lo eran tanto. Lo mismo que ella se había vuelto a acercar a la Iglesia cuando yo tuve mi momento de declive, yo me había alejado de ella como si fuese la misma peste. La religión no había sido lo que me había sacado de allí si es que había salido del todo. Aún lo dudaba.

Se escuchaban voces al final del pasillo que daba acceso al salón donde la mesa para seis comensales había sido adornada y también ampliada para así poder poner todos los platos que fuésemos a cenar. Desde hacía años mi madre tenía un mantel navideño, un retal de tela que ella se había encargado de rematar para de esa forma no tener deshilachados que llevasen a que terminase haciéndose la milésima parte del trozo que había antes porque de esos hilos siempre se iba tirando.

Miré hacia los sofás. En el de tres plazas estaban sentados mi hermano y su novia, en un sillón, en cambio, estaba mi hermana, frente a ellos. Los tres me saludaron con una sonrisa, sí, de esas falsas que no se dan cuando uno realmente se alegra de ver a alguien y como de costumbre no se levantaron para saludarme. ¿Para qué? Solamente hacía casi un año que no veía a ninguno de ellos. Aquello era parte de nuestra frialdad familiar, esa a la que había tenido que acostumbrarme por la simple necesidad, pero mi alma siempre había anhelado mucho más cariño del recibido. Entrar en mi hogar era igual que hacerlo en la consulta del dentista, donde veías a todos por primera vez.

Saludé a la novia de mi hermano con dos besos y luego le di la enhorabuena. Era una chica guapa, muy guapa. Pero sobre todo la elegancia natural que desprendía era algo sorprendente. Mi hermano había tardado mucho tiempo en encontrar una pareja, pero Dasha había trabajado en el mismo juzgado que él y había sido gracias a ella que todo había salido para adelante. Lewis que siempre había sido muy parado, jamás le había pedido una cita a ninguna chica, al menos, que yo supiese y esa era la versión oficial, pero Dasha, que había sentido esa atracción por él, no había tardado demasiado tiempo en acercarse y que comenzase el romance.

— ¿Qué tal el viaje? —preguntó mi hermano como si realmente le importase algo de lo que acontecía en mi vida.

Debía contar el número de veces que me había llamado durante mi ausencia aunque la cuenta era tan fácil como les llamadas de mi hermana: ninguna.

— Bien, no ha sido demasiado largo a pesar del trasbordo —comenté antes de mirar la hora en el reloj del móvil comprobando que tenía la hora de Belfast aún predeterminada en la pantalla.

Me dediqué a cambiar el uso horario mientras ellos regresaban a sus conversaciones de temas, que por suerte, parecían interesarle también a Dasha. Cuando se ponían a hablar de youtubers determinados, videojuegos o de los luchadores de la WWE, yo desconectaba por pura salud mental. Esa información no me servía absolutamente para nada.

Mi hermano tenía puesto un traje, caro, pero los trajes siempre le habían sentado de maravilla, incluidos los de Zara que se había comprado para alguna boda al principio de su veintena. Mi hermana, iba con una blusa sin mangas, medio sujetador se veía por el costado de la blusa y unos pantalones negros. Eso sí, zapato plano. Los tacones no los usaba ni aunque la pagasen por ello.

Dasha, en cambio, llevaba un vestido precioso granate que me hizo sentir igual que si estuviese con la ropa del mercadillo. No es que me hubiese arreglado mucho, pero algo había intentado y el complejo de inferioridad era a niveles superlativos. La única que siempre estaba más cómoda en estas fiestas era mi madre, al menos cuando se celebraban en nuestra casa, porque guisar con ropa de boda debía ser algo complicado.

Mi padre tenía puesta una camisa y un pantalón de los denominados “chinos”. Toda la ropa que seguramente le había escogido mi madre, porque el gusto para combinar de mi padre no versaba nada más que en camisetas con pantalones de chándal.

Mi madre se había acordado de comprar Trina de naranja para la ocasión. Aquellos pequeños detalles lograban que una sonrisa se deslizase por mis labios. Ella sabía que era la única bebida junto con el agua que tomaba sin problemas y siempre había al menos un bote para mí en los cumpleaños.

— Y bien, Kyra, ¿cuál es ese nuevo trabajo que has conseguido? —preguntó mi padre de repente.

Sabía que había empalidecido mientras mi madre le lanzaba una mirada asesina. Ella sabía cuál era, ella sabía cómo me sentía al respecto, pero aún así también había tenido sus comentarios mordaces sobre el tema.

— Estoy trabajando en la pastelería de una amiga en Belfast hasta que consiga trabajo de mi profesión. No es fácil encontrar trabajo de psicóloga aunque lo parezca. Hay más demanda social que realmente la cantidad de puestos de trabajo que hay.

Iban a hacer un comentario cuando mi madre rápidamente les dijo a todos que íbamos a cenar que se hacía tarde. Nos levantamos de nuestros asientos y finalmente nos pusimos cada uno en el lugar que nos había correspondido casi siempre. En esta ocasión, mis hermanos se habían cambiado los sitios porque así Lewis podía estar al lado de Dasha. Yo estaba en una de las presidencias de la mesa y tenía a mi madre enfrente.

— ¿Y dónde has estado esta vez, Natalie? —pregunté antes de que se retomase el tema de mi trabajo.

Ella me observó fijamente y después comenzó su relato, al menos, de lo que podía contar. Se pasaba la vida viajando. La historia la había atrapado hasta convertirla en una egiptóloga de manual. Se le veía en sus ojos verdes la emoción vivida durante su trabajo.

2018 / Jul / 20

En poco tiempo supe que la novia de mi hermano, dado que aún no se habían casado si es que pensaban hacerlo, estaba embarazada. Que mi hermana había llegado de viaje hacía un mes y que tenía otro de descanso. Que mi tía estaba tranquila a pesar de que se iba a casar por segunda vez. Que mis primos habían continuado con sus vidas y ahora habían avanzado tanto y cambiado que ni tan siquiera les reconocería. También sabía lo bien que les iba a mis hermanos en sus respectivos trabajos y aprendí lo mucho que tenía que fingir que me alegraba de ello, porque en comparación volvía a sentirme como una miserable, como todos esos años en los que no había sido nada ni había hecho nada más que intentar salir de un pozo algo que parecía poca cosa para el mundo en general.

La idea de tener un sobrino me alegraba, lo que no lo hacía tanto era el hecho de que no podría tener a ese bebé en mis brazos para comérmele a besos casi nada de tiempo. Sería para él como para mí lo había sido mi tía Margaret. Mis recuerdos siempre eran aquellos en los que regresaba de sus viajes a Italia durante las vacaciones de verano y aunque los primeros años parece ser que no estuvo tanto tiempo en el país con forma de bota, mi memoria no lo recordaba ni tan siquiera mínimamente.

Sabía que tenía que dejar a un lado las competiciones, pero… ¿con qué cara me presentaba frente a todos diciendo que ser pastelera era el sueño de mi vida cuando todos sabían que no era así? Pero bueno, no sería ni la primera ni la última persona que tuviese que trabajar en algo que no fuese su vocación. No sería peor persona por ello, ni nada parecido. Y mi intención no era desprestigiar a quienes se dedicaban a ello, ¡por supuesto que no! Era un trabajo duro como cualquier otro, pero no era mi verdadero deseo, lo que me movía internamente.

El camino a mi hogar no fue demasiado largo. Ya lo había sido el vuelo por sí solo. Sentía mis extremidades entumecidas, pero había llegado el mismo día de Nochebuena así que no podía negarme a la cena por muy cansada que estuviese.

En esta ocasión iba a ser diferente. Todos parecían disgregarse en esas primeras fiestas para estar a petite comité o con sus familias políticas, por lo que cenaría tan solo con mi hermano, su novia, mi hermana y mis padres. Fruncí mi ceño intentando recordar cómo me habían dicho que se llamaba mi cuñada, pero tenía la cabeza tan embotada y era tan mala para los nombres cuando no les prestaba atención que igual que mi cerebro había procesado la información la había dejado escapar.

— ¿Y de cuánto está la novia de Lewis? —pregunté recuperando el turno de la palabra después de casi una hora de monólogo maternal.

— De dos meses, creo —la respuesta de mi madre fue inmediata mientras daba los intermitentes para que de esa forma pudiese girar el vehículo a la derecha.

Vivir, no vivía en el centro de Moscú. Vivía a las afueras, en una barrio que me había hecho la faceta de aislarme mucho más sencilla. Además, sabía que de haber vivido en el centro de la capital mi madre se hubiese puesto histérica antes de tiempo y nos hubiésemos mudado a los dos segundos. Moscú podía llegar a consumir a cualquiera que no estaba acostumbrado a la gran afluencia de gente. Mi padre, en cambio, siempre había vivido en el centro de Moscú desde que habían regresado sus padres de la búsqueda de trabajo en otro de los países miembros de la Unión Soviética en aquel entonces. Parecía que había pasado poco tiempo, pero yo había vivido la caída de esta misma con tan solo siete años. Por suerte para mí, no recordaba nada de todo eso.

— Y ¿Natalie tiene novio o sigue como un pájaro volando libre?

— Si tiene no sabemos nada. Ya sabes cómo es tu hermana con su privacidad.

Miré a mi padre de reojo que como de costumbre permanecía todo el tiempo callado, solo hacía alguna pequeña aportación, pero muy de vez en cuando. Si tenía un claro recuerdo de él mucho antes, antes de que yo misma me diese cuenta que estaba en un agujero y estaba siendo enterrada viva. Él siempre había tenido conversación, había sido puro nervio. Había tenido toda la paciencia del mundo para ayudarme con los deportes que me gustaban menos que tener que depilarme las ingles con pegatinas. Era sorprendente lo que el tiempo, la medicación y la propia mente podía hacer en una persona. Toda la esencia de mi padre, las risas, el buen humor, casi parecían haber desaparecido. Se marchitaba conforme pasaban los días y no sabía cómo lograr hacerle florecer de nuevo, o al menos, mantenerse. Pero había una razón de peso para todo eso: quien se abandonaba, quien no quería seguir luchando, no tenía forma de seguir adelante salvo arrastrándose por la vida. Los psicólogos pueden ayudar, los medicamentos también, pero si no había ni una mínima parte de voluntad por el sujeto, nunca existirían los resultados esperados.

Apoyé mi cabeza en el respaldo del asiento escuchando la conversación que ahora se había dado entre mis progenitores sobre la gasolina, algo que no me parecía ni mínimamente interesante para prestarle toda la atención del mundo.

El coche entró en el garaje. Mi madre aparcó de aquella forma habitual en ella. Jamás había cambiado su manera de dejar el vehículo en la plaza de garaje y habían pasado muchos años desde que ella se había convertido en el “chófer” de la familia. Las personas y sus costumbres eran realmente graciosas. Me hacía mucha gracia comprobar que no era la única maniática, que todos los seres humanos, a medida que íbamos volviéndonos mayores terminábamos siendo cada vez más maniáticos y algunas cosas que habíamos logrado cambiar con el paso de los años, volvían con más fuerza como un adolescente rebelándose contra sí mismo de alguna forma desconocida.

Contuve mi risa. Salí del vehículo y ayudé a sacar las maletas antes de caminar hacia el ascensor dispuesta a tener las primeras jornadas navideñas en el ambiente más tranquilo posible.

2018 / Jul / 19

Querida Livia. 

No hay nada en este mundo que pudiese describir mejor el sufrimiento de una persona que ese miedo indiscriminado, esa ansiedad y esa incomprensión de lo que pasa, del temor y la respuesta física a la sola idea de tener que estar en clase. ¿No te parece motivo suficiente? 

Fíjate. Tuviste que poner candado a tu mochila. Se reían de tus fallos como si fuese algo malo fallar cuando nadie nace sabiendo. ¿Crees que toda esa situación era normal? ¿Crees que tú eras el problema en toda esa ecuación? ¿Por qué? ¿Les habías hecho a los demás algo salvo intentar su aceptación o ser tu misma? 

La crueldad de la sociedad puede tomar muchas formas y no solamente la violencia física. ¿No crees que es violencia que tuvieses miedo de poder equivocarte por la reacción de todos tus compañeros? 

Una de las definiciones del diccionario es: Acción violenta o contra el natural modo de proceder. ¿No crees que el modo natural de comportarse debería ser el respeto y no esa forma casi insana de destrozarte a ti? ¿Hacían lo mismo entre ellos? Estoy convencida que eran amiguísimos y no se trataban a patadas, corrígeme si me equivoco. 

No hay nada raro en ti, Livia. Tú no eres la culpable. Simplemente naciste como una flor entre un montón de cardos borriqueros. 

Ahora mismo no puedo seguir respondiéndote. Tengo que irme a trabajar, pero cuando pueda continuaré. 

Mándame todos los correos que necesites para desahogarte. Estaré encantada de leerlos. 

El resto de días que me quedaban antes de las vacaciones ni tan siquiera pensé. Trabajé, trabajé y trabajé. Cuidé de Rochester, mantuve la casa lo más impoluta posible e hice hasta lo imposible por encontrar otro trabajo que no me hiciese tener que despertarme a esas horas intempestivas. El único problema es que no encontraba nada en Belfast, todo lo que encontraba era en otros países. ¿Debería volver a intentar empezar de cero? ¿Podría encontrar mi sitio en alguna parte del planeta o terminaría regresando con el rabio entre las piernas a Moscú para que mi madre y mi padre volviesen a cuidar de mí?

Había hecho las maletas. No sabía qué iba a pasar en esas fiestas, pero no tenía buenas sensaciones. Desde hacía años lo celebrábamos en casa de una de mis tías porque mi primo autista estaba más cómodo en su hogar que teniendo que ir a las casas de otros. Años atrás me había molestado muchísimo. Ahora que era yo quien regresaba al país natal, ni tan siquiera me parecía un hecho demasiado relevante. Una casa, otra… fuera donde fuere estaría la misma gente, las mismas voces, los mismos gritos.

Llevaba un tiempo en el aeropuerto, con la esperanza de ocurriese algo, lo que fuese, que no me hiciese subir a ese avión, sin embargo, no tuve suerte. Me puse a la cola, me metí en el avión y tuve en mi pecho la congoja de quien va al patíbulo, pero suponía que no tenía nada que ver con mi familia, que todo eso era por mí, por esa explosión incontrolable que no sabía si podría evitar. Llevaba demasiado tiempo recluida en mí misma, sin hablar con nadie salvo en el trabajo y no había podido desahogar mi alma.

Me centré en mi libro, aquel que me había llevado para no pensar, para obligarme a estar lo más tranquila posible. Me acurruqué en el asiento y no hice caso a nadie de todas las personas que estaban cerca de mí. Unos auriculares me daban la excusa perfecta.

Tenía que hacer transbordo. Debía ir a Londres primero y después a Moscú. Tan solo tenía que pasar un par de horas en Londres. Comería algo que seguramente me saldría más barato que en el avión y luego entraría en el avión. Eso hice. Me dio tiempo a terminarme el libro antes de tan siquiera haber podido llegar a mi ciudad natal.

El frío de Moscú me dio en el rostro como una bofetada. Mi teléfono comenzó a sonar indicándome que me había llegado un mensaje de mi madre. Ya estaban en el aeropuerto. Tenía un nudo en la garganta, una sensación de haberles terminado de defraudar. ¿Cómo podía enfrentarme a sus miradas y su curiosidad sin terminar derrumbándome?

Seguí a todos los pasajeros para coger finalmente mi maleta y cuando la tuve en mi poder fui hacia la puerta donde esperaba encontrarme a las primeras personas que me habían visto cuando había llegado a ese mundo.

Y allí, al otro lado de la puerta, mi madre con sus gafas bifocales de pasta y mi padre con todo su cabello blanco me recibieron con esa amplia sonrisa que hace que el corazón se acongoje aún más recordando lo muchísimo que les había echado de menos.

Me sequé las lágrimas que habían escapado de mis mejillas sin mi permiso y me abracé a ambos escondiéndome contra sus hombros esperando que comprendiesen que mi emoción era solamente por el reencuentro y nada más. No obstante, mi madre parecía tener poderes porque enseguida susurró en mi oído si estaba bien. Mi respuesta fue un asentimiento y me quedé más tiempo del que jamás había dedicado a darles un abrazo en toda mi vida aferrada a ellos dejando que todo el dolor de esos meses pudiese escapar de mi cuerpo.

Me negué a que mi padre me cogiese la maleta y las llevé yo observando como él parecía haber recuperado todo el peso perdido tiempo atrás. Mi madre, en cambio, había adelgazado hasta el punto de que me preguntaba si realmente había dejado de trabajar para cuidar a mi padre.

Sus preguntas fueron constantes. Intentaron saber todo lo posible y les dí tan solo los detalles de los que tenía fuerzas. No podía hablar demasiado aún pues seguía teniendo un nudo en mi garganta. Pregunté si el resto de la familia había llegado ya a la ciudad y me dieron todos los por menos y novedades de la familia, consiguiendo sin pretenderlo, quitar de mí el centro de atención.

2018 / Jul / 19

Buenos días, Kyra. 

Este es el segundo e-mail que quería mandarte el otro día, pero no encontraba fuerzas para escribirlo. No sé… no sé si lo que yo haya vivido es bullying como tú dices, pero se me revolvió el estómago pensando en eso. 

Durante muchos años me he obligado a mantener esa puerta cerrada, a negarme a pensar en esos momentos del pasado, pero siempre aparecían en mis pesadillas. En ellas regresaba al colegio o al instituto, escuchaba las risas, los insultos, sentía el dolor y el ridículo como cuchillos que se me clavaban con fuerza en el pecho y no podía evitar ese tipo de situaciones. 

Yo no tengo cardenales de golpes y patadas, pero tengo heridas profundas de sus desprecios, recuerdos de los momentos en los que lloraba por culpa de esos seres odiosos que parecían disfrutar provocando mi dolor pues siempre he sido de lágrima fácil. 

A veces, había buscado consuelo en mi hermano, pero hasta la adolescencia no le importó ni lo más mínimo si yo lloraba o no. Tengo un recuerdo concreto en que había ido a pedirle ayuda y había seguido jugando porque le daba igual ver mis lágrimas y se había encogido de hombros diciéndome que qué podía hacer él. 

Otro de los recuerdos que tengo es en el recreo. Corría y corrí en busca de algo de ayuda, alguien que hiciese lo posible por quitarme a todos los que iban detrás de mí insultándome. 

Tenía ataques de ansiedad en el colegio y en una ocasión tuvo que ir mi madre para lograr calmarme porque no encontraba una tarea que estaba segura de que había hecho. 

Tiempo después en el instituto, descubrí que me abrían la mochila y se quedaban con mis ejercicios. Que me pintaban las reglas con el condenado corrector blanco y que seguramente habían visto todo lo que llevase encima que fuese de índole más privada. Había tenido que usar candado para que dejasen de hurgarme en la mochila y no sabía si había servido de algo porque jamás me llevaba la llave encima sino que tonta de mí la dejaba en el estuche que estaba encima del pupitre. 

Un año, mi madre tuvo que ir a hablar con la profesora para que me cambiase de sitio porque me estaba haciendo la vida imposible. Levantaba la mano para que todo el mundo supiese que me había equivocado en algún ejercicio que todos habían hecho bien y la clase se reía a carcajadas como si fuese el ser más estúpido de la Tierra. 

¿Es todo eso bullying? 

¿Tiene sentido para que tenga tanto miedo a pisar una clase? ¿Es normal que me aisle por tendencia para evitar todo eso? Dime, Kyra… ¿soy normal?

Llegué a mi hogar. Me sentía sucia por estar allí. Había sido su casa y yo ahora olía a su mayor enemigo. Rochester llegó corriendo hasta mí suplicante por algo más de comida y agua. El pobrecito se lo había comido todo y no sabía cuántas horas llevaba así. Le serví y después me fui a la ducha. Me restregué el cuerpo con la esponja todo lo que pude. Quería arrancarme la primera capa de la piel, pero nada de eso merecería la pena cuando el verdadero problema estaba en mi cabeza. Mi lógica aplastante había decidido salir de su escondite para leerme la cartilla, pero me hacía preguntarme, dónde puñetas había estado todo ese tiempo para evitar que hiciese lo que no tenía que haber hecho.

En nuestra charla de la noche anterior le había dicho a Gustav que me llevaría todo de su casa lo antes posible para que él la encontrase limpia cuando regresase. Él me había asegurado que el asunto iba para largo, así que tenía tiempo, pero no quería permanecer mucho más allí. Belfast me había traído felicidad y me la había arrebatado tan rápidamente como un parpadeo. La parte buena de todo eso era que no tardaría mucho más en tener unas mini vacaciones que poder pasar con la familia en Rusia.

No tardé demasiado tiempo en odiar la idea. Una reunión familiar significaba soportar otras opiniones, también mi intolerancia hacia determinados miembros de mi familia y un desafío en mi intento por ser más accesible a los demás. Sería complicado. No tenía mucha suerte con ello. Siempre terminaba con los nervios tocados, alterada visiblemente y con ganas de comerme a más de uno. Pero, la templanza se suponía que debía ser parte de mi ser. La diplomacia no es algo fácil de lograr y menos con mi mal humor.

Sabía que me habían llamado, sabía que me habían buscado, pero no podía contestar nada ahora aunque debería hacerlo. Mi ánimo estaba en los tobillos. Ahora me sentía bastante mala persona en tantos aspectos distintos que creía que jamás volvería a encontrarme bien. Puede que todo lo que me había pasado en mi vida fuese un preludio para esto en el que me enseñasen el resto de mi vida, una tortura tras otra.

Negué, me senté en el sofá y resoplé. ¿Cómo podía llegar a ser tan autodestructiva? Era humana, me había confundido, no había puesto los cuernos a nadie y al final, la que había salido peor parada había sido yo misma. ¿No era una de esas situaciones que solamente se puede saber cómo se actuará viviéndolas en ese momento? Ahora lo sabía. Pensar con la mente fría en momentos de bajón no era cosa mía. Primero debía relajarme y respirar.

¿Solución? Alguna habría, pero el pasado no se podía cambiar. Me dije a mí misma que si no dormía no encontraría absolutamente ninguna solución viable, pero tenía que limpiar porque Rochester me había indicado el porqué había estado tan tranquilo las otras veces. Mi habitación y la cocina eran todo un poema.

2018 / Jul / 19

¿Qué era agarrarse a un clavo ardiendo? Lo que yo acababa de hacer. ¿Qué era sentirse miserable? La manera en la que me sentía. Solamente había encontrado satisfacción sexual y la respuesta a qué era lo que había existido siempre entre el profesor y yo. No había ningún sentimiento, éramos tan solo autómatas queriendo satisfacer sus deseos más primitivos cuando estaban delante del otro mandando al inconsciente a la consciencia si es que él la tenía, que nos avisaba que terminaríamos quemados, doloridos, sofocados y la satisfacción sería simplemente momentánea, una forma de romper el ir y venir de todas las emociones y tensiones, pero no era la solución. Nunca era la solución.

Sabía que Gustav no lo haría. Sabía que él jamás hubiese profanado otra cama mientras el recuerdo de mi cuerpo siguiese caliente en su memoria. Me daba asco a mí misma hasta límites insospechados y aun así una parte de mí se negaba a pensar, gritándome si lo hacía, obligándome a regresar al momento y ver dónde estaba, allí donde había deseado estar durante muchos meses hasta que Gustav me demostró que había un lugar mucho mejor para mí.

Los dedos de William recorrían mi espalda con suavidad mientras su mirada estaba fija en mi rostro. Hubiese dado cualquier cosa para saber qué era lo que pasaba por su cabeza, pero que jamás supiese lo que pasaba por la mía.

— ¿Está bien?

Asentí como respuesta porque sabía que si hablaba se notaría en mi tono hasta qué punto me despreciaba y lo despreciaba a él por haberme hecho regresar a sus brazos. Él tenía poder sobre mí, demasiado, cuando estaba rota y ahora lo estaba, aún más por haberle permitido llegar como un tornado para volver inservibles los restos de lo que alguna vez fue felicidad.

Sus dedos tomaron mi mentón y elevaron mi mirada para que volviesen a encontrarse como si echase de menos a mis ojos de gata. Rozó mi labio inferior con su pulgar y dejó un beso en mis labios que en otras ocasiones le hubiesen reclamado como mío.

— ¿Le veré mañana?

¿Por qué le había preguntado eso? Quizá, por un intento por encontrar explicación a toda esa sin razón o para salvaguardarme a mí misma de él, saber que estaría merodeando para no permitirle pasar.

— Mañana me marcho.

Su respuesta me dejó helada. ¡Tenía toda la razón! Había caído otra vez en su estúpido juego, había traicionado mis principios, había catapultado al infierno a mi propia existencia espiritual hasta que finalmente él había mostrado sus cartas indicándome que había sido para nada.

Quise reír, pero la risa se quedó en mi garganta. Quise llorar, pero no me lo merecía. Todo esto no había sido nada más que culpa mía. Había sido yo quien le había permitido hablarme, regresar y arrasar con lo que encontrase. Era idiota y me merecía mi propio sufrimiento precisamente por ello.

— Entiendo —asentí y me levanté de la cama antes de comenzar a vestirme.

El profesor se quedó mirándome. Me daba igual si entendía mi reacción o no. Me importaba un comino si le dolía mínimamente o no. ¿Qué podía significar un poco de daño comparado a los latigazos que él me lanzaba y me dejaban la piel en carne viva? Era mi demonio personal. El hombre dispuesto para mí solamente para hacerme enloquecer hasta límites insospechados.

Respiré profundamente antes de recogerme el pelo en una coleta. Si había algo que no me gustaba era deber nada a nadie, por lo que sabía que podría buscarme si se quedaba la posibilidad abierta de una consulta entre ambos. Por supuesto, no debería acostarme con mi paciente, pero ¿cuántas reglas morales y éticas había roto ya? ¿Importaba alguna más?

— ¿Qué era lo que me quería comentar sobre la terapia?

— Pensaba en una conversación profunda, pero temo que no tenemos tiempo para eso si tiene tanta prisa para irse.

Mis ojos se fijaron nuevamente en los suyos y mantuve las distancias tan solo sentándome a los pies de la cama esperando que comenzase, indicándole con ese gesto que le ayudaría en lo que pudiese o supiese.

— ¿Cómo se califica a sí misma, señorita Mijáilova?

— Soy un alma atormentada que ha logrado ayudar a otros a ver algo de luz aunque yo termine el resto de mi vida sumida entre las sombras —expliqué tras unos segundos de reflexión.

— ¿Y cree que dos almas sumergidas en la oscuridad pueden estar destinadas a vivir y admirar la oscuridad juntos?

El romanticismo entreverado en aquella pregunta me hizo darme cuenta que aquel hombre estaba enamorado de alguien aunque tuviese miedo a decirlo. Sin embargo, ese alguien no podía ser yo, me negaba a ser yo. Por ese motivo, dije las palabras que consideré que hubiese dicho cualquier profesional alejado del problema en cuestión.

— Creo que tan solo una luz podría ayudarle a salir de las sombras, señor Verdoux. Si se une a otra alma torturada como la suya, lo más probable es que vivan un romance lleno de dolor, luchas por el control, locura y búsqueda de la sumisión del otro. Amar no lo soluciona todo, y no siempre alguien que esté tan podrido como nosotros internamente es quien mejor nos conviene. Usted necesita algo radicalmente opuesto, algo que le dé paz, que le dé vida —concluí siendo yo en esta ocasión quien tenía una expresión de póker en mi rostro completamente indescifrable.

Aquellas palabras no sabía si le hicieron la más mínima gracia o no, pero ese ya era su problema. En el caso de que se refiriese a mí, sabía que no podía mantener una vida satisfactoria a su lado. Ni tan siquiera debía permitirme amar aún. No me había encontrado a mí misma, era una dependiente emocional y eso lleva a tantos y tantos fallos como ese mismo. El profesor era ese fallo que siempre cometería mientras no me alejase de él.

Frunció su ceño y disfrutó de un cigarrillo lo que yo aproveché para despedirme de él con la excusa de tener que vigilar qué tal estaba mi perro Rochester.

2018 / Jul / 19

Cuando finalmente desperté, mis ojos se encontraron con un lugar diferente, muy diferente a mi hogar. Me asusté y por instinto pensé en cuál era el último recuerdo que tenía antes de llegar aquí. Lo único que recordaba era andar por la calle y luego, nada más. Bien, debía pensar con claridad. Si el pánico se adueñaba de mí sería bastante más complicado encontrar soluciones factibles a situaciones desesperadas.

— Señorita Mijáilova…

Me di la vuelta como un resorte levantándome de la cama para fijarme en aquel hombre que parecía tener una nueva y extraordinaria fascinación por mí. Quizá fascinación no fuese la palabra adecuada, sino obsesión, una obsesión pura y dura que podía transformarse de tantas formas como terminar en mi propio final antes de tiempo.

— No se asuste, por favor.

— ¿Qué quiere de mí? ¿Dónde me ha traído? —no había conseguido evitar que el pánico comenzase a hablar por mí.

En sus manos llevaba una taza humeante. La dejó en el mueble más cercano antes de levantar sus manos mostrándome las palmas para que supiese que estaba desarmado o que no tenía malas intenciones, pero ¿no podría hacer lo que quisiese con la fuerza que tenía sobre la mía? De pequeña había sido mucho más fuerte que mi hermano, pero la adolescencia le había dado casi super poderes dejándome solamente con la posibilidad de la victoria usando la maña y no la fuerza.

William sería al menos veinte centímetros más alto que yo y tenía los músculos bien definidos, al menos, hasta donde mis recuerdos llegaban, así que no me quedaba nada más que la maña para poder escaparme de ahí antes de que intentase algo indebido si era su plan.

— Le he traído a un edificio que tengo en la ciudad donde vengo normalmente a escribir buscando inspiración. Como había podido comprobar es antiguo y no está muy cuidado. Y si me deja explicarle le diré qué es lo que ha pasado —continuó sin moverse un solo paso para acortar distancias entre ambos, algo que le agradecí infinitamente.

— Está bien. Dígame qué es lo que ha pasado.

Bajó sus manos entonces y se apoyó en el marco de la puerta mirándome. Sus ojos no se separaban de mí y estaba poniéndome bastante nerviosa.

— No sé si recordará que me dijo que fuese a buscarla después de que terminase de trabajar. Lo hice y cuando iba a hablarle vi como perdía el conocimiento en mitad de la calle. Quizá no debí hacerlo, tiene razón en enfadarse por ese motivo, pero quise llevarla allí donde pudiese descansar y no pensé que el hotel fuese lo más adecuado con toda mi familia ahí —comentó antes de encogerse ligeramente de hombros—. Por eso decidí traerla aquí para que descansase tranquila. Debía estar realmente agotada porque recuperó la consciencia y se abrazó a la almohada para dormir.

Fruncí mi ceño pensando en si todo eso tenía sentido o si era en realidad una estrategia que usaría un acosador. Su mente hecha un caos estaba logrando poner patas arriba a la mía propia que se suponía que debía estar lo suficientemente cuerda como para no mandarle tirarse por un puente como solución a sus problemas.

Deslicé mis dedos por mi frente intentando poner en orden mis pensamientos. Una parte de mí gritaba peligro, la otra se derretía por la forma en la que él me había salvado o cuidado, pero la más masoquista de todas se había despertado, infinitamente curiosa para intentar descifrar el enigma que era el hombre que tenía enfrente.

— ¿Le duele la cabeza?

— No. Es confusión. No le entiendo —alcé ligeramente la voz enfrentándome contra él cara a cara—. Un día parece que le encanto, al día siguiente me besa, al siguiente quiere irse de mi lado, hacemos el amor, me tengo que ir y me deja tirada como una colilla. Vuelve a aparecer en mi vida para prácticamente insultarme tras devolverme el vestido. Voy a verle a Escocia y se va sin decir una sola palabra. Me regala a Rochester, le vuelvo a ver con una hija debajo del brazo y pum, se vuelve agresivo y me manda de paseo para el día siguiente terminar persiguiéndome como un acosador. Me pide una cita profesional y… ¿puede comprender que no tenga ni pajolera idea de lo que está intentando hacer? ¿Tiene una especie de apuesta para lograr desestabilizarme o algo por el estilo, señor Verdoux? Porque da esa sensación y de ser así déjeme decirle que su forma de ser radicaría más bien en algo para ser tratado primero por un psiquiatra —mi tono de voz se había vuelto más duro a medida que mi mal humor había comenzado a florecer por todo el daño que me había hecho en sus idas y venidas inexplicablemente razonadas.

Lo único que se oía en esa habitación eran nuestras respiraciones. La mía alterada al borde de un ataque de ira. La suya, en cambio, calmada. Pensé que no iba a responderme, creí que no haría nada más que darse la vuelta y desaparecer como siempre hacía, pero en su lugar en dos zancadas estuvo delante de mí, tomó mi rostro entre sus manos y estampó su boca contra la mía con el anhelo de aquel que ha pasado años sin besar al fruto prohibido de sus sueños.

Intenté apartarle, quise hacerlo, pero su vehemencia era tal que todo mi cuerpo reaccionaba ante él con necesidad. Estaba rota, suplicante porque curasen mis heridas, por sentirme mínimamente amada y él, a pesar de que había sido el culpable de la mayoría de aquellas marcas que volvían a abrirse preparándose para sangrar y no cicatrizar nunca, era el único que podía darme algo de lo que necesitaba. Pasión.

Nuestras bocas daban besos inconexos, sus manos hábiles me quitaban la ropa como si fuese algo a lo que estuviese acostumbrado a hacer siempre. Mis manos se aferraron a su cabello y supliqué porque esta vez no desapareciese, porque por fin se quedase a mi lado o porque fuese solamente un sueño para no sentirme peor que antes cuando él hubiese vuelto a desaparecer como el humo.

Mi sujetador, mis bragas… estaba completamente expuesta ante él. Sus manos se deleitaban con cada milímetro de mi anatomía y me dio la vuelta haciendo que apoyase mis manos en el cerco de la ventana. Podía ver a todos los que pasaban por la calle. Cualquiera hubiese podido verme. Quise quejarme, pero sus dedos atraparon mi clítoris comenzando a jugar con él de formas que no creía posibles. ¿Era legal sentir tanto placer?

Gemí, jadeé, supliqué por más por la manera en la que mi cuerpo se retorcía y no tardó demasiado en dármelo quedándose desnudo tras de mí antes de meterse en mi húmedo y hambriento interior.

Una embestida. Dos. Tres… Aquello era la gloria pura. Sabía que era un sentimiento vacío, que solamente encontraría satisfacción momentánea, pero no tenía fuerzas para negármela. Lo quería, lo necesitaba. Y mis gritos se lo hacían saber a él que no cesaba en sus acometidas.

Mis senos se movían al ritmo de sus penetraciones, mis manos buscaban mantenerme de pie aferrándose a la carcomida madera y su boca mientras tanto gruñía contra mi oído presa de la pasión que nos estaba quemando a ambos.

Grité su nombre. Gruñó el mío. Llegamos al orgasmo y me tomó en brazos llevándome a la cama de nuevo antes de tumbarse él en ella también. Me atrajo hacia sí, besó mi boca y pude leer en su rostro finalmente el triunfo sobre algo, algo que no llegaba a comprender. Su forma de mirarme era igual que la de un súcubo que había logrado que cayese en la tentación de un pecado más grande mientras su espeso semen intentaba escaparse de mi interior.

Quise reír para decirle que no había logrado mucho más que antes: la victoria de la lujuria frente a la ira. Porque si creía que Gustav había sido engañado, había llegado horas tarde para hacerme cumplir otro pecado.

2018 / Jul / 18

El día había sido absolutamente agotador. ¿Quién iba a pensar que una pastelería daba tantísimo trabajo? Ahora veía de otra manera a las personas que se levantaban a horas intempestivas a hacer panes o, también a dejar tan limpias como una patena las calles de las distintas ciudades del mundo para que nosotros, sin valorarlo, disfrutásemos de todo lo más limpio posible y encima, a la mínima, lo ensuciásemos como si fuese demasiado trabajo tirar algo a una papelera en lugar de dejarlo caer al suelo.

Tenía el cuerpo molido. Me dolían los brazos y las piernas de estar tantas horas de pie y la idea de tener que irme andando una vez más a mi hogar, pero en esta ocasión para quedarme allí, me resultaba algo tan imposible como si me dijesen que tenía que escalar en medio minuto el Everest.

Había podido comer en casa y regresar después deprisa antes de quedarme traspuesta en el sofá. Rochester había optado por ser bueno, al menos, aquel día, aunque tan solo había echado un vistazo rápido. Seguramente había hecho sus necesidades en alguna parte de la casa y tendría que limpiarlo lo antes posible u olería aquello que tiraría para atrás.

Caminé prácticamente arrastrando los pies. El calor del sol era insuficiente en comparación con el calor de los hornos y de los fuegos. Seguro que si una persona podía ponerse morena gracias a estar todo el tiempo guisando cogería tono para el verano siguiente.

Me estiré ligeramente intentando calmar algo el dolor lumbar y supe que tendría que aguantarme hasta que llegase a mi hogar. En esta ocasión no habría ninguna melodía que me salvase de nada y el cansancio estaba haciendo una gran mella en mi cuerpo. Dolía. Dolía respirar. Dolía sentir. Dolía vivir. Cada paso era la aceptación de la derrota silenciosa ante una nueva batalla perdida.

¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué volvía a ser tan destructiva y negativa? El avance era algo complicado, difícil e inconstante. La manera para seguir hacia delante a menudo implicaba varios pasos hacia atrás cogiendo carrerilla.

El ruido de la ciudad embotaba mi cabeza. Me sentía tan débil, tan vulnerable, tan… distante al mundo que estaba girando a mi alrededor que antes de darme cuenta había perdido el conocimiento.

Buenos días, Kyra. 

No lo sé. No sé si es por mi propio odio a mi cuerpo o por el odio que los demás me obligaron a tenerle. En realidad, hasta que no estuve en el colegio no creo haber tenido problemas con mi físico. Mi hermano era el delgado de mi familia y yo era físicamente como mi padre. En realidad, sigo teniendo el físico de mi familia paterna por mucho que no quiera reconocerlo. Tengo hasta las enfermedades que provienen de esa rama familiar. 

Y sí, sé que debería poder adelgazar, pero… la comida me llama. Necesito calmar mi ansiedad entre dulces, chocolate y todo lo que tenga más calorías de este condenado mundo. ¿No es como una maldición? 

¿Bullying? ¿Crees que he sufrido acoso escolar? Nunca me lo había planteado de esa manera. Sabía que me habían pasado muchas cosas que quizá no eran normales, pero no he reflexionado mucho sobre ello. ¿Cómo has podido deducir que era bullying lo que sufría? ¿No se supone que es tan solo cuando a uno lo llenan de golpes dándole palizas de muerte?

Sí. Supongo que tiene sentido eso que dices sobre las chicas con problemas de alimentación. Nunca entendí que dejasen de comer puesto que yo jamás pude, y creí que no tenían motivos para sentirse inseguras con su físico, pero quizá ninguno de nosotros estamos exentos de que algo así pueda pasarnos. ¿Es igual que la constante del agua? Tarda mucho tiempo, pero termina erosionando las piedras moldeándolas hasta darles otra forma. ¿Puede hacer eso lo que tú denominas como “presión de grupo”? 

¿Mi forma de ser? No sé cómo describirme si te soy sincera. No tengo ni la más mínima idea. Solamente sé que soy insoportable, horrible en todos los sentidos y cuando intentando enumerar mis defectos, sí, a menudo solamente me fijo en el físico. ¿Puede alguien no saber realmente cómo es o darle mínima importancia a su interior sobre el exterior? 

Tengo una hermana más. ¡Y me alegra que me digas que no es algo normal! Por fin me entiende alguien. Sé que suena como si fuese una niña pequeña teniendo envidia de mi hermano mayor, pero no puedo pasar página. No consigo olvidarme de todo lo que él me provoca. Es igual que una rabia que no tiene fin, un deseo intenso de gritarle a cada rato, de humillarle, de hundir ese estúpido ego que tiene… 

No, no soy como ellos dicen que soy, pero… tampoco estoy segura de cómo soy. Quiero pensar que no, pero ¿y si ellos me han calado bien y por ese motivo se alejan de mí? 

Te confesaré que me ha entrado tanta ansiedad escribiendo que entre lágrimas y comida estoy haciendo lo posible por no estropear el teclado de mi ordenador. 

¿Hay algo que pueda hacer? ¿Hay alguna forma de que deje de llorar por cada situación que me ocurre? 

Te enviaré luego otro e-mail, ahora mismo no puedo seguir escribiendo. 

Gracias por haberme respondido tan pronto. 

Un abrazo. 

La inconsciencia me había abrazado con tanta fuerza que ni tan siquiera supe lo que había pasado a mi alrededor durante unas cuantas horas. Con lentitud recuperé la consciencia y como estaba completamente agotada me di media vuelta en el colchón para seguir durmiendo. Me abracé a lo que fuera que tenía a mi lado y me perdí en un descanso sin un solo sueño constante, nítido o doloroso. Solamente el cansancio arrastrándome hasta un placentero sueño reparador.