2018 / Oct / 19

La cafetería estaba abarrotada. El aroma del café y el dulzor de la bollería que solía acompañarlos invadía mis fosas nasales permitiéndome desconectarme mínimamente del embrujo que parecía tener Derek en mí. Era igual que sentir que salía de un sueño del que no quería despertarme en realidad. Hubiese sido mucho mejor para mí no dejarme llevar por las emociones que provocaba, pero era prácticamente imposible. No era un ordenador al que se le pudiese decir cuándo parar, cuando dejar de mostrar emociones porque no eran emociones vacías, siempre conllevaban mucho más de lo expresado.

Derek puso su mano en mi espalda y me guió hasta una de las dos mesas que estaban vacías. Íbamos en silencio y siendo sincera no tenía ni idea de qué decir o qué no. Una parte de mí aún quería salir corriendo, desaparecer, desintegrarme o volverme polvo para escaparme de un momento tan incómodo como aquel, porque ¿qué se le decía a un ex? Cuando vi a Nikolai tiempo atrás no había sido nada fácil, pero menos ahora que era Derek porque él era muy distinto, demasiado distinto. Mis sentimientos seguían estando ahí y no los del rencor.

Una vez tuve la taza de chocolate delante, al menos tenía algo que hacer, aunque no fuese nada más que mirarlo. Jugué con la cuchara y con el interior. El líquido espeso soltaba ese humo que hacía entrar en calor solamente con estar lo suficientemente cerca. Y aunque lo intentaba podía sentir su mirada puesta sobre mí. Nuestros ojos se encontraban de vez en cuando y sin decir palabra alguna nuestras respiraciones se aceleraban, el sonrojo se deslizaba por mis mejillas y mi corazón palpitaba igual que si se tratase de un colibrí.

Me sentía vulnerable, como si me hubiese desnudado delante de él y todos los demás nos estuviesen mirando para ver quién ganaba aquella competición de orgullo pues nuestros cuerpos y nuestros corazones pedían algo muy diferente a esa frialdad que nos hacía tener nuestra cabeza.

Me puso el día sobre su trabajo. Me contó qué tal había estado ese tiempo que habíamos permanecido separados y asentí de vez en cuando haciéndole saber que le estaba escuchando cuando en realidad deseaba oír solamente una cosa: “vuelve a mí”.

Siempre hay una cierta esperanza porque la vida sin nosotros sea miserable aunque sea algo realmente complicado. El ser humano sigue adelante, pocos se paran y casi ninguno suele terminar la vida en el instante que alguien se ha marchado de su lado. ¿Orgullo? ¿Necesidad de sentirnos valorados? ¿Otra prueba más a la persona que tenemos delante? Quizá, pero seguramente su propio ser le impediría confesarlo si había sido así, si cada segundo alejado de mí había sido igual que sentir cómo poco a poco le iban arrancando la piel a tiras, no lo iba a soltar. ¿Por qué? Por el mismo motivo por el que yo tampoco lo hacía, ¿y si no le había pasado lo mismo a la otra persona? ¿Y si perdía mi propio lugar de dominio? No podía arriesgarme a eso.

Llevé la taza a mis labios para dar un sorbo al líquido marrón cuando escuché aquello que pensaba que no iba a tener oportunidad de volver a oír.

Perdóname. Fui un idiota. Cada maldito día sin ti ha sido la tortura más grande que podía haber sentido. Aún no sé ni cómo he dejado que te separes mínimamente de mí porque mi corazón se desgarra. Nunca había sufrido un dolor como éste y te pido, por favor, que hagas que pare —suplicó alargando una mano hacia la mía que aún estaba sobre la mesa.

Mis ojos observaron los ajenos y después fruncí mi ceño. ¿Por qué era tan vulnerable a él? ¿Por qué el amor nos hacía tan idiotas? O en realidad no era el amor, sino el orgullo lo que nos hacía perder miles de oportunidades. ¿Quién podía pensar con claridad cuando los sentimientos estaban a flor de piel porque ese manejo de emociones se me había escapado por completo de todo mi aprendizaje en el pasado.

Dejé la taza sobre la mesa y suspiré antes de permitirle envolver una de mis manos con las suyas antes de responderle.

¿Y cómo podría parar ese dolor? Ni tan siquiera sé cómo parar el mío propio —murmuré mientras sus dedos se encargaban de ir encajando poco a poco con los míos igual que si nuestras manos estuviesen hechas para estar así, para vivir así siempre, para encajar.

La idea de un dolor en mi pecho provocó una mueca en su rostro y se acercó mi mano hasta tener sus labios contra el dorso de ella dejando un suave beso, disfrutando de la textura de mi piel y consiguiendo que cada milímetro de mi anatomía se revolucionase por completo.

Queda conmigo. Dame una oportunidad más. Una cita, solo una cita. Después serás tú quién decida si hay posibilidades y de qué tipo para cualquier relación incluyendo la amistad únicamente —decir esa palabra “amistad” crispó su gesto. Era igual que si la repeliese, que le provocase más dolor que placer imaginarnos como amigos.

Bajé mi mirada a nuestras manos y pude comprobar cómo mis propios dedos se movían en busca de tener algo de contacto con su piel, como si tuviesen vida propia. ¿Por qué me perdía el romanticismo? ¿Por qué el hielo que había construido a mi alrededor se derretía con tanta facilidad en su presencia, en su calor y por la temperatura de su aliento?

Está bien. Quedaremos una vez. Solamente una cita —terminé accediendo y mordí mi labio inferior antes de que una sonrisa escapase de mis labios—. Así que ya puede currárselo mucho, señor Vance, si quiere volver a conquistarme —bromeé intentando hacerme la dura, a pesar de que ambos sabíamos que un roce, una mirada, una palabra, estando algo más cerca permitiría que ambos terminásemos mezclando nuestra fragancia por toda la habitación y envueltos de las sábanas que ya no acariciaban sin su presencia.

Una sonrisa apareció en sus labios, de esas genuinas, adorables y deslumbrantes. Parecía haberle echado el salvavidas justo antes de que se hundiese en el mar y ahora la felicidad brillaba en esos hermosos ojos que me miraban como si no existiese nadie más en todo ese planeta.

2018 / Oct / 17

Y allí estaba él. No era un sueño que me hubiese jugado una mala pasada. Seguía despierta, observándole, sintiéndole, viendo en sus ojos que si había fronteras entre nosotros él parecía estar dispuesto a romperlas. No importaba cómo, no importaba cuándo, no importaba el tiempo que tardase, había vuelto a mí para dejarme sentir todo lo que antes no me había permitido. No obstante, no todo es lo que nuestros ojos dicen, sino los actos que terminábamos llevando a cabo. Ese conocimiento era el que me mantenía temerosa, creyendo que en cualquier momento la burbuja que parecía haber crecido a nuestro alrededor de manera espontánea terminase rompiéndose en mil pedazos por una palabra que no debió decirse en ningún momento.

Su mano envolvió mi mejilla y cerré mis ojos dejándome volar por una vez después de todo ese tiempo. Sus dedos eran tan suaves y cuidadosos como cuando uno toca lo más frágil que se le ocurra, temeroso de que se rompa o se desgaste con el paso del tiempo, a veces con deseos de que no se convierta en polvo o humo entre nuestras manos pues aunque hubiésemos podido tocar la maravillosa forma que nos tenía embelesados sabríamos que no sería posible volver a hacerlo porque había dejado de existir.

Abrí mis ojos fijando mi mirada en la ajena. Mi respiración era irregular. El latido de mi corazón parecía una sirena que creía que todo el mundo podía estar escuchando sin ningún tipo de problema. Mi pecho dolía y quería un beso suyo tanto como deseaba rechazarlo. ¿Podía permitirme seguir hundiendo mi cara en el fango? Había tomado una determinación tiempo atrás y no era algo que aceptase de buen grado. Sabía que el amor tenía sus consecuencias, pero también era orgullosa y había un mínimo de barreras que no podía permitirle a nadie pasar, entre ellas: jamás aceptaría que se me tratase de infiel cuando no lo era y había sufrido en mis carnes qué era estar en el otro lado, ser la persona que sufría la infidelidad y no quien la realizaba.

Aún permanecíamos en medio de la calle y las personas que pasaban a nuestro alrededor nos miraban como si estuviésemos dando el peor de los espectáculos, aunque también mi propia apreciación podía jugar en mi contra. Rara vez había salido a la calle sin creer que todo el mundo me miraba en busca de una crítica que les hiciese superiores a mí, de ahí que terminase tan pequeñita como una presa fácil en mitad de un mundo lleno de hienas.

— ¿Cómo has estado? —preguntó sin dejar de mirarme con aquella forma tan extraña que tenía completamente reservada para mí. Esa forma que con el tiempo había descubierto que se trataba del amor.

— He seguido adelante… Creo que eso es suficiente.

— Supongo que sí —había cierta tristeza en su mirada tras mi respuesta. Podía ver un atisbo de culpabilidad aunque no le echaba solamente la culpa a él de lo sucedido. Yo misma, por muy herida que hubiese estado con sus palabras o intenciones podía haber intentado resolverlo mínimamente, pero pensar que el tiempo curaría solo esa herida era una falacia. Cuando una herida se cierra de mala manera, no cicatriza bien y siempre termina dando problemas.

— ¿Qué haces de nuevo aquí?

— He venido por ti.

Su contestación tajante casi me provocó un infarto. Ese momento en que me sentía al borde de realizar la locura más grande de mi vida y olvidar todo sellando su regreso a mi vida con un beso que nos dejase a ambos sin aliento. No obstante, no era así, nunca sería así. Me había negado a mí misma esa posibilidad desde el momento en que las cajas habían aparecido en la casa de mis padres, sin embargo, ceder era tan tentador. ¿Quién no deseaba el amor o la que creía que sería la cura de todos sus males? Parecía que siempre buscábamos algo, esa panacea que nos hiciese cambiar por completo, que nos llevase a un mundo sin sufrimientos como aquel que nos había sido vendido en el jardín del Edén y que por la naturaleza del hombre habíamos terminado corrompiendo y destruyendo poco a poco aquello que nos hubiese permitido una vida teóricamente feliz. Sin embargo, el ser humano es curioso y destructivo y no podía evitar la maldad y el sufrimiento que nos harían valorar esos instantes de felicidad absoluta.

— ¿Quieres tomar un café?

Dado que no había contestado a su propia respuesta terminé asintiendo en silencio a esa pregunta. ¿Cómo podía creerme que él había venido por mí por muy endemoniadamente romántico que resultase? Siempre me había considerado insuficiente, insatisfactoria para todo aquel que quisiese mantener una relación conmigo, así que simplemente deseché la idea porque no entraba dentro de ninguna lógica posible según las reglas de mi mente.

— Pero…

— Lo sé, tú no tomas café. Te pediremos un chocolate caliente, porque estás completamente congelada. Tienes hasta la nariz tan roja como Rudolph —me dedicó una sonrisa, esas sonrisas que derriten porque sabes que eso que está viendo le resulta sumamente adorable. Me sonrojé exactamente por lo mismo y mientras nos dirigíamos a por ese chocolate caliente decidí permitirme soñar, por unos instantes, que algo de todo lo que había ocurrido en mi vida tenía solución, que no siempre los finales son tajantes y no habrá una segunda parte.

Su aroma me envolvió mientras sus brazos también lo hacían apretándome a su cuerpo como si supiese que esa necesidad malsana por sentirme protegida no había desaparecido jamás de mí. Sus labios dieron un beso a mi sien y poco a poco el resto de los transeúntes de la ciudad iban desvaneciéndose, porque volvía a estar en sus brazos, volvía a sentir esa sensación reconfortante en mi pecho y volvía a creer que no siempre tenía que volar sola, que simplemente, debía saber elegir bien quiénes eran aquellas personas a las que quería entregarles parte de mi mundo, ese mundo que comenzaba a parecerme más interesante, con más brillo y con muchos menos fantasmas dispuestos a asustarme.

2018 / Oct / 10

Conocerse a uno mismo. Algo tan sencillo a simple vista, pero tan complicado en realidad. ¿Quién se paraba a pensar quién era realmente? Puede doler percatarse de que no somos quien realmente mostramos, que aunque odiemos la falsedad, la hipocresía, seamos los primeros que la estemos usando.

La forma de ser es un complejo un tanto extraño de miles de situaciones posibles. Tendemos a mimetizarnos con el entorno, a intentar ser aceptados de alguna forma, pero ¿somos solamente eso? ¿Somos cada una de nuestras partes o un conjunto lleno de miles de cosas?

Estudiar Psicología no termina quitándote las preguntas trascendentales de la vida. El comienzo de casi todas las ciencias radicaba en la Filosofía y qué era la Filosofía sino una búsqueda constante de respuestas a preguntas que otros hombres antes habían dictaminado su propia contestación. La Psicología con tantas posibles vertientes, con tantos problemas distintos a la hora de aplicarse o simplemente por el hecho de no ser partidario de determinados métodos. El hombre ha considerado que todo tipo de ciencias deben tener unos propósitos y la Psicología como tal… es difícil de calificar.

Desde hacía muchos años había aprendido a cuestionar todo, a buscar más de una solución o alternativa. A fin de cuentas, la introspección había sido uno de los factores principales en mi lucha diaria. Había leído en múltiples ocasiones que no se consideraba un hecho científicamente probable u objetivo dado que la propia percepción de uno podría llegar a distorsionar el significado u objeto real de las circunstancias producidas. Evidentemente para alguien con tendencias paranoides, esas paranoias producidas por su percepción eran reales, lo cual no significaba que fuesen objetivamente así. La situación cambia dependiendo del cristal con que se mire.

Había decidido salir a caminar. No era algo que hiciese muy a menudo, pero el Pokémon Go estaba empezando a ayudarme en todas esas cosas. Tenía una excusa para no ir acompañada, aunque el mismo teléfono me daba esa misma excusa para no hablar absolutamente con nadie, permanecer el tiempo mirando la pantalla del aparato para ver dónde aparecían los bichitos inventados que no tenía aún registrados.

El frescor también ayudaba a enfriar emociones y a pensar poco a poco con algo más de claridad. Debía plantearme preguntas que siempre había considerado respondidas. ¿Realmente era una persona a la que no le gustaban los colores vivos? Lo dudaba mucho. Mi color favorito era el amarillo y siempre me habían gustado muchos vestidos distintos y la moda estridente iba conmigo, pero quizá por el qué dirán o quizá por mi propio complejo personal, me había sumido en el negro como único recurso.

Si en algo tan simple había podido estar escondiendo mis verdaderos gustos, ¿por qué no lo haría en otras cuestiones bastante más importantes? ¿Era una persona tímida o era alguien que se contenía porque no quería meter la pata? ¿Quería destacar en realidad o solamente ser una sombra de la que nadie tuviese constancia?

Debía ser sincera conmigo misma y dentro de esa sinceridad admitiría la vergüenza que significaba reconocerme que no quería ser alguien más, que deseaba dejar una huella, la que fuese, en todo este mundo. En realidad, la que fuese no. Siempre había deseado ser una grande de literatura, de la pintura, alguien en quien otras generaciones se fijasen por sus obras, por algún tipo de bien que hubiese hecho a la humanidad o ser reconocida por algo bueno, de la índole que fuese.

Mis ojos en ese momento se centraron en las luces de un paso de cebra. Debía cruzar e intentar no acabar con mi vida en el proceso aunque parecía algo recurrente en mi vida. Los coches me daban un pánico paralizante por lo que necesitaba verles bien parados antes de poder cruzar.

Me estremecí de pies a cabeza de repente, por alguna razón que mi cerebro no fue capaz de analizar hasta que pasaron otro par de segundos. Allí, al otro lado de la calle pude ver unos ojos que había estado extrañando durante todo ese tiempo. Mi corazón latió con la fuerza con la que hacía meses que no lo hacía y sentí que el aire se me quedaba atascado en los pulmones.

Sus ojos estaban fijos en los míos. Derek estaba al otro lado de la carretera sin moverse. No podíamos por el momento y aseguré que no había nada más doloroso que tener lo que deseabas justo delante y no poder tocarlo.

Respiré tan profundo como fui capaz, pero me quedé estática. No crucé la calle. Él tampoco y el pánico me pudo así que me di la vuelta intentando escaparme de allí, regresar a mi casa cuanto antes.

De todas las formas en las que había pensado reaccionar aquella no había pasado jamás por mi cabeza. Huir era mi acto reflejo y Derek lo sabía. Por ese motivo, cuando menos lo esperé, sus brazos me abrazaron por detrás. No necesitaba girarme para saberlo. Su olor, su respiración jadeante, su cuerpo envolviéndome igual que lo había hecho durante tanto tiempo.

Kyra…

No dije nada. Solamente apoyé mi mano sobre las suyas en mi vientre y contuve las ganas de gritarle, de hacerle daño como él me lo había hecho con aquella última afirmación. Casi podía sentir en mi propia piel su misma necesidad. ¿Podía seguir amándome como siempre había dicho que había hecho?

Cerré mis ojos antes de negarme a aceptar su abrazo, pero él me apretó más fuerte por lo que me dejé disfrutar de esa extraña sensación de paz.

¿Podemos hablar? —comentó tras un rato en silencio.

Claro… —mi respuesta fue con un hilo de voz antes de separarme poco a poco de él, no sin esfuerzo.

Negué antes de suspirar un poco. No podía permitirme caer, no de nuevo, pero sabía que una parte de mí ya había caído con ese abrazo y que puede que lo único que hiciese fuese aceptar esa amistad que jamás había querido perder como otras antes que la suya. La soledad no era mi fuerte.

2018 / Oct / 10

A veces la persona a la que nadie imagina capaz de nada, es capaz de hacer cosas que nadie imagina”.

Si nos paramos a pensar en el tiempo, ese tiempo aburrido, imposible de llenar, se torna aburrido e insoportable. Hay muchas formas de llenar el silencio. Una de ellas es la vacía compañía de la televisión, otra cuantas formas existentes de estar activo se encuentren, pero rara vez uno se atreve a enfrentarse a la plena soledad, a ese silencio maravillosamente intenso que hay en mitad de la noche.

Esta noche, después de tanto tiempo deseándolo, había podido ver la película en la que Benedict Cumberbatch volvió a hacerme adorarle, envidiarle y amarle igual que cuando interpretó al maravilloso Sherlock Holmes. Fue en esa misma película donde escuché esa frase repetida un número contable de veces. Tres. Y no necesitaba nada más que tres para que ese pequeño detalle se quedase completamente grabado en mi mente.

Debía aplicármela a mí. No, no debía, quería aplicármela. ¿Por qué yo no podía ser de ese tipo de personas que sin aparentes posibilidades de victoria, de avance, terminase haciendo cosas que nadie podría imaginar? En realidad, la ecuación era mucho más sencilla que eso. Quien me conocía, quien sabía cómo era, siempre terminaba asombrándose de todas mis facetas intelectuales a las que yo no les daba ningún tipo de aprecio. No solo eso. Valoraban todo lo que para mí debía ser así.

En ocasiones, algunas personas se habían sorprendido por la facilidad con la que había descubierto determinadas soluciones simplemente usando mi propia lógica. Explicando esos procesos o cómo yo había encontrado la relación lógica e irrefutable entre problema y solución, se habían quedado sorprendidos sin entender cómo podía llegar a esas conclusiones y además hacerlo parecer tan sencillo en la explicación igual que si uno estuviese viendo en el papel escrita la sencilla operación de uno más uno.

No sabía si era más inteligente, menos, si mi mente funcionaba de otra forma, pero sí era cierto que todo eso lo había considerado durante toda mi vida como un retraso puro y duro, como si fuese una cualidad más destinada a ser un lastre que permitirme ser englobada en la normalidad del mundo entero.

El concepto de normalidad. Algo completamente sobrevalorado. Si nada se hubiese salido de las normas establecidas en cada momento de la historia jamás hubiese habido avances de ninguna clase y, sí, quizá yo no estuviese destinada a modificar el mundo, a cambiar una creencia igual que lo habían hecho filósofos, psicólogos, científicos, matemáticos… con el paso de los siglos; pero, a veces, no es necesario irse tan lejos. Puede que la primera revolución que tengamos que comenzar sea en nuestro propio mundo, ese mundo de sota, caballo y rey; con sus reglas establecidas por lo que parece algún ente olvidándonos de que hemos sido nosotros mismos quienes las hemos terminado dictando y firmando.

Estaba preparada para mi propia revolución dentro de mi propio mundo. Había alzado la bandera en la conquista de uno de los terrenos y ahora quedaba la ardua batalla para lograr hacer entender a todos mis pensamientos la posibilidad de que su forma categórica de expresarse tenía taras, fallos, hechos contrastables que indicaban lo contrario, que me negaban esa realidad paralela en la que nunca, nadie, había aceptado mis capacidades o las había visto, nadie me había querido ni me había cuidado. Todo habían sido falacias, todo había sido inventado por ellos… Olvidándome de la propia percepción de mi mente, de mí misma. El ser humano es sugestionable. Yo, soy sugestionable. Yo veo todo a través de un filtro especial que he ido construyendo con el paso de los años y ahora, que era consciente de ese filtro. ¿Por qué no me plantaba de pie para obligar a mi cabezonería nata a escuchar todos y cada uno de los hechos que negaban esos pensamientos destructivos?

La tarea era complicada, pero me gustaba enfrentarme a retos. Otro de esos retos había sido la aceptación de mi uso demasiado intenso del lenguaje. Los verbos de obligación e imposición a menudo gobernaban mi lenguaje provocando en mi cabeza la sensación de un deber, algo que tenía que realizar imperativamente, sí o sí, no había otra alternativa posible.

Eso generaba mi ansiedad, mi malestar, esa creencia de tener miles de obligaciones, miles de recados que tenían un plazo límite, que había que hacerlos en el momento porque si no se hacían debían quedarse sin realizar porque no había más plazo. Correr siempre a contrarreloj, contra una hora y fecha de entrega impuestas por uno mismo quizá por el simple y puro placer de generarse más ansiedad, igual que si no tuviese suficiente.

¿Encontraba algún extraño placer en eso? ¿Había un deseo masoquista en mi interior que me obligaba a dejarme ahogar en obligaciones autoimpuestas?

La mente, compleja en sus funcionamientos, incomprensible, ilógica, puede volverse tan poderosa que permitiéndole volar solamente uno terminaría arrastrándose por el mundo, sintiéndose ahogado, agobiado, necesitando respiración sin que la marea nos permita salir adelante, sin que haya forma de librarse de morir con tanta crueldad.

Había una pregunta clara que hacerse. ¿Deseaba hacerlo? ¿Deseaba morir de esa forma sintiéndome ahogada sin permitirme ser yo misma o quería luchar para dejar que Kyra escapase finalmente igual que lo hace la verdadera esencia de todo el mundo. Había sido suficiente el tiempo vivido entre las sombras, escondiendo mis deseos, obligándome a no ser cariñosa, a no abrazar si quería hacerlo pensando plenamente en que no se vería nada bien de puertas para fuera que alguien estuviese deseando mostrar el verdadero cariño que tenía en su interior.

Tenía que trazar un plan que realizar lo más arduamente posible como liberación personal.

Objetivo: Conocer realmente quién es la Kyra que escondo entre tantas barreras por ser quien “se debe ser” o quien mi cabeza cree que “debo ser”. ¿Qué mejor comienzo que descubrir mi verdadera esencia?

Sonreí. Estaba encantada con la idea, con mi nuevo experimento que no era nada más que un búsqueda de mi propio bienestar. Esta vez iba a salir a comerme el mundo y no que el mundo terminase comiéndome a mí.

2018 / Oct / 10

Correr de una lado para otro parecía la rutina diaria de todos aquellos seres en el planeta Tierra que deseaban tener una vida “normal”. Tras el estudio de cada uno de los prototipos de personas que había en el mundo, había llegado a la conclusión que quería crear mi propio tipo, único y personal. Quería ser una persona que aunque igualmente se terminase angustiando por las cuestiones del tiempo, tuviese la máxima libertad posible para disfrutar aquello que hacía. La vida era lo suficientemente complicada como para añadirle un extra de dificultad.

Hacía tiempo que había dejado de escribir, observando la ventana de mi habitación. Volvía a estar en casa de mis padres y el ático favorecía en lo posible esa abstracción personal que solamente suele suceder cuando una persona está más interesada en el estudio de las nubes en busca de que algún ser divino entregue esas ideas que habían desaparecido de la cabeza como por arte de magia.

Habían pasado numerosos acontecimientos desde la última vez que me había puesto delante de toda mi familia para aceptar en voz alta mi forma de ser, esa “tara” social que no debía ser jamás denominada así y permitiendo que una parte de mi alma se liberase porque, aunque había tenido siempre la posibilidad de contárselo a cuanto ser pasase por delante, comúnmente había sido en una búsqueda por el rechazo social y no por la aceptación.

Una persona que ha abrazado el rechazo de forma sistemática posee una forma incomprensible de funcionar salvo para aquellos que intentan descubrir todos los factores que le llevaron a esa lógica manifiesta y cuando todo se transforma en el funcionamiento habitual, la conducta se vuelve más difícilmente manejable si uno no es consciente de que uno mismo tiene en sus manos la posibilidad de cambiarlo todo.

Mi hermana había vuelto también a casa. Por razones desconocidas no quería hablar con nadie, absolutamente con nadie exceptuando a mi madre y por mucho que desease que me permitiese ayudarla en lo que sabía o en lo que creía que podía echarle una mano, no estaba en mi filosofía obligar a nadie a contarme lo que no deseaba contarme, no al menos desde que había tenido que infringir todas las leyes de mi propia moralidad debido a Douglas. En realidad, no me había obligado a nada propiamente dicho, pero había sabido usar todas las artes que había tenido en su poder para hacerme picar.

Lo último que había sabido era que mi prima estaba embarazada, por segunda vez, algo que había llenado a la familia de alegría. Había querido ofrecerme como parte de ese intento desesperado por estar rodeada de bebés y comérmelos a besos, pero no había servido absolutamente de nada, había hecho el ridículo más desastroso delante de mi familia y de la familia de su marido y obviamente, por mucho que me hubiese dicho a mí misma que no dejaría que los errores del pasado siguiesen persiguiéndome como si fuese el diablo mismo acechando por las esquinas, mi cabeza seguía teniendo esa forma tan inusualmente agradable de recordármelo en cada momento para poner una nueva gota ácida a cada segundo que pasaba con un ligero buen sabor de boca.

Tenía poco tiempo para terminar aquello que estaba escribiendo. Me había decidido a presentarme a todo aquello que me permitiese mi imaginación. Intentaba mantener una rutina de lectura, escritura y estudio, pero me había dado cuenta que las rutinas se me hacían sumamente complicadas si no era con algo que me gustase y eso aún volvía más difícil que me pudiese mantener leyendo tan solo las horas que había dicho que iba a leer. La obsesión y la dosificación parecían otras de mis tareas pendientes, pero no tenía tiempo de seguir pensando en algo así cuando el final de mi novela estaba justo delante de mí sin una frase última que pudiese darle ese punto y final, que no fuese categórico, que estaba buscando.

Apoyé mi mentón en mi rodilla y me abracé la pierna que tenía estratégicamente doblada para permitirme inclinarme sobre ella de manera que pudiese reposar mi cabeza para mirar de forma intensa la pantalla casi esperando que las letras se escribiesen solas. El que dijese que escribir el final de algo era sencillo, no tenía ni pajolera idea de escribir, de buscar que todo quedase cuadrado y bien cuadrado, sin cabos sueltos, que no hubiese fallos y la perfección era uno de los problemas que acrecentaba y mucho, mi velocidad a la hora de escribir cualquier cosa que intentase salir de mi cabeza para formar parte de un objeto tan material como un libro.

Cuando tuviese que enfrentarme a los editores también sufriría un shock, lo sabía, pero quien no da pequeños pasos antes no puede dar el salto final aunque se encontrase que no había nada más que una dolorosa caída a un foso sin agua que permitiese que el dolor fuese menos intenso, o incluso, uno de esos maravillosos planchazos que dejan la tripa completamente roja.

Miré el calendario. 1 de octubre. Quedaba poco tiempo para un nuevo cumpleaños, para una nueva vida y la agonía de ese curso escolar que había empezado y que yo no tenía absolutamente nada que hacer en él, me había perseguido hasta hacía un par de días cuando se me habían ocurrido cientos de ideas que habían llenado mi agenda de miles de cosas que estaba convencida que terminaría dejando de hacer antes de dos días. Como había dicho, las rutinas no eran lo mío por mucho que hiciese por obligarme a seguirlas. La rebeldía estaba innata en mí.

El día siguiente debía volver al centro donde se comenzaría a realizar los preparativos para el día de la Salud Mental. Me había comprometido para ser una de las ponentes, también para ayudar a organizar y todo eso que había apretujado en mi horario de cuarenta horas diarias, tendría que comprimirlo mucho más para poder realizar el resto de las labores en las que había levantado la mano por el placer de hacer cosas, como si no tuviese bastante con mi cabeza moviendo sus engranajes a cada rato, dispuesta a regalarme más y más ideas sin tiempo alguno de reflexión para ver si me repetía como el ajo.

Debía reconocerlo en voz alta: una parte de mí sentía una envidia inmensa porque estaba compuesta, sin novio, sin hijo, sin trabajo, sin vida… y el mundo seguía girando a mi alrededor cuando el mío parecía haberse vuelto a estancar. No obstante, tenía clara una cosa, solamente yo podía cambiar todo eso.  

Sonó la alarma de mi teléfono indicándome que debía cambiar de actividad. Tenía que hacer una lectura que esperaba lograse cambiar un poco mi humor de perros, mi ansiedad por no haber logrado poner ese punto y final, y precisamente los clásicos de la literatura acompañados de mis demonios internos comparativos no me harían demasiado bien, pero sarna con gusto no pica, o eso dicen.

2018 / Sep / 23

El silencio no era algo fácil con mucha gente. No era algo fácil ni tan siquiera uno mismo en completa soledad. Siempre había algo que sonaba, uno realizaba demasiado ruido o simplemente se estaba tan nervioso que los latidos del corazón eran lo suficientemente altos para levantar dolor de cabeza.

— Salud mental, problema mental… ¿quién al oír esas palabras no se acuerda del típico asesino en serie con una camisa de fuerza dentro de una sala acolchada de manicomio? Seré sincera al deciros que fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando me hablaron de la posibilidad de ir a un psicólogo pues todos sabemos que uno de sus motes en la sociedad es el de “loquero”.  

Seré franca. Desde que tengo memoria o, al menos, los escasos recuerdos que tengo no ayudaban en demasía a que tuviese una relación estrecha con la familia y mucho menos los propios problemas que iba experimentando dentro del espacio social destinado por mi edad. Os ahorraré detalles sobre mis años acompañada de las mismas personas que conseguían que cada mañana y a pesar de lo que adoraba ir a clase, empezase a detestar hacerlo. Igualmente os ruego que no penséis en lo peor. No sufrí palizas físicas. Pero el bullying o acoso escolar, en fin, tiene muchas facetas y cada una de ellas deja marcas más fuertes en el corazón y el alma que los moratones que dejan los golpes. No es la piel morada la que debe preocupar cuando se golpea a alguien o los huesos rotos, debe preocupar algo mucho más allá, la forma en que obligamos a moldearse a una persona por los temores que nosotros mismos le provocamos.  

Adelantaré que hablo en plural porque somos parte de la sociedad, no porque os considere a ninguno de vosotros un abusón ni nada por el estilo.  

Como todos sabéis cambié, radicalmente. Ya no era la niña que llevaba siempre una sonrisa, me volví sombría, me volví distinta hasta el punto que las películas de terror eran… ¿un bálsamo para mis heridas? Me obligué a ser dura, a no tener miedo… Y no, no fue la adolescencia quien me dijo que había que cambiar de esa forma. Fueron todas las experiencias previas que fueron formando a una Lucía que había aprendido más a base de palos que con las muestras de cariño. ¿El motivo? No soy consciente de ello. Puede que alguna conexión en mi cerebro aceptase que lo malo debía ser más importante que lo bueno. Supongo también que ese tipo de habilidades se adquiere con la madurez y yo, encerrada en mi cascarón, sin haber podido profundizar en nada de ningún ámbito salvo en mi obsesión con los estudios, estaba tan verde como lo estaría un bebé recién sacado del vientre materno.  

Sabedores de eso podréis entender ahora que lo más sencillo que podía hacer era replegarme como una cría frente a un depredador ante el mundo. El problema estaba en que ya no era una cría, estaba volviéndome adulta y todo lo que durante tantos años había tragado se hizo tan difícil de seguir en el interior que tuve que expulsarlo de la peor forma posible. Es decir, ¿quién sabe pedir ayuda con temas que son tan íntimos? Si la única solución es “el loquero”, ¿quién podría aceptar que no importa ir a un psicólogo porque es lo que necesitas? Entono el mea culpa aceptando mi singularidad. Pero no me cargaré en la espalda cosas que yo no escogí, al igual que no podemos sentirnos culpables por haber nacido con los ojos oscuros, el cabello liso o rizado, o una nariz más grande o más pequeña. ¿Serviría de algo? No. Pero al igual que el físico, la forma de ser de uno también puede ser pulida y es algo que va cambiando con el paso del tiempo, a medida que uno tiene más conocimiento de uno mismo y del mundo.  

El camino fue difícil. Lo sigue siendo. Imaginaros estar años poniendo en viva voz vuestras más duras miserias. Teniendo que aceptar que sois así, que no es el mundo quien está en vuestra contra sino que la cara que muestras al mundo es la que provoca recibir algunos de esos golpes. No, con esto no estoy justificando el acoso, en absoluto. Ese completamente injustificado, por la pura maldad de otros que aceptaron y aún aceptan, buscar su paño de lágrimas o saco de boxeo en personas ajenas porque es más sencillo gritar y señalar los defectos ajenos o maltratar por envidias, que ver la propia mierda que uno lleva dentro y que huele tanto que terminará saludando cuando menos lo esperemos. 

Estos problemas suelen conllevar una ira desmedida que se traduce en un odio por todo y todos cuando dejas escapar una pequeña parte. Es más que evidente que yo no fui la excepción y reconozco que aún sigo saltando como escopeta de feria, de una forma demasiado exagerada en ciertas situaciones, no obstante, mi intención con esto no es daros una guía de cómo tratar a Kyra volumen uno. No, lo que quiero es normalizar una situación que os describiré tal y como yo la he percibido.  

Permitidme que me conceda la licencia de poneros un pequeño cartel. Un cartel donde os coloco vuestra posición en todo mi tratamiento desde mi subjetividad, por supuesto y basándome en los datos que sabía en aquel entonces.  

No había llamadas. No había intención alguna de acercarse. No había conversaciones distendidas ni intentos de… hacerme liberar una gran carga que pesaba sobre mis hombros. En vuestra etiqueta colocaré tan solo la palabra “pasivo”, algo que viví como el pleno abandono de todo el mundo frente a mí, como si sobrase, como si no importase, como si estuviese mejor lejos de todos.  

Ahora abriré una pequeña comparación que a mí me hizo mucho daño y no con esto quiero decir que las condiciones sean las mismas, pero quizá así podáis o intentéis entender cómo vi todo desde mi prisma.  

En el instante que se supo el diagnóstico de mi primo todo el mundo de la familia se volcó, os vestisteis de azul en los días nacionales del autismo. Y no, no lo toméis a mal, no digo que eso sea malo, al contrario, la normalización del problema consigue que las causas estresantes de éste disminuyan, pero no pude evitar preguntarme ¿por qué el autismo sí y lo que yo tenía no? ¿Por su edad comparada con la mía? ¿Porque en teoría el sufría más que yo? ¿Había algún motivo?  

Desconozco si sufre en facetas que ni yo misma pueda imaginar dado que uno de sus problemas es la verbalización, el poder decir qué siente y qué no. Y creedme si os digo que si por mí fuera me cambiaría por él, porque él tampoco tiene culpa alguna de cómo es, y así hay que quererlo dado que ¿no nos da momentos maravillosos? Es por eso mismo, que yo no entendía aquel rechazo a hablar sobre mi día a día en el hospital de día o mis avances. Mis hermanos sí eran preguntados por sus estudios, mis primos por sus trabajos y vidas amorosas, mis tías por lo respectivo y sus hijos. ¿Por qué mi vida, por ser “anormal” era tabú? Sí, sé que no es agradable hablar de síntomas, ni tampoco ponernos con tecnicismos psicológicos, pero no pedía eso, pedía un interés, simple, en saber qué tal iba evolucionando, qué hacía en los sitios nuevos a los que iba y si fuese necesario responder las dudas puesto que no seríais los primeros que no supiesen qué es el centro al que iba, algo que ni tan siquiera yo misma sabía. 

Creo que llegados a este punto es conveniente que os haga una nueva aclaración. No será en términos psiquiátricos clínicos, pero sí lo explicaré de la forma que yo lo entendí. Yo no tengo una enfermedad mental. Al menos, no está catalogada como tal. Mis problemas y dificultades radican en el trastorno de personalidad. No os asustéis. En palabras sencillas dichas por mi psiquiatra todos tenemos un trastorno de personalidad, ¿por qué? Porque la personalidad es la forma de ser de cada uno y nadie, absolutamente nadie, encaja en el canon preestablecido de una persona completamente equilibrada. Es un canon inaccesible para la mayoría, por eso dentro de los trastornos de personalidad uno debe aprender a perfilar qué cosas sí y qué cosas no quiere cambiar de uno mismo.  

A todo esto, hay que añadirle una autoestima tan baja como el sótano menos veinte debido a las experiencias de mi vida y mi propia autoexigencia.  

Quiero comentaros que mis habilidades sociales existen. Mi práctica con ellas es algo más cuestionable y por eso, en muchas ocasiones, no sé cómo comportarme, hablar o intentar estar con los demás.  

Mi malhumor es un tema a parte. Dado que tengo mucha ira acumulada aún estallo, como dije antes, con excesiva violencia. Y os aclararé para evitar algún tipo de mal mayor, algo que espero que no suceda, lo mejor es dejarme que me vaya a donde haya ido a aislarme y en un rato, yo misma seré quien acuda a los juegos o quien intente conversar con alguien. Estrategia básica para tratarme. Sí, lo sé, he dicho que no daría un manual de cómo hacerlo, y no pido que tengáis medidas diferentes conmigo a la hora de intentar mantener una conversación, pero en este caso creo que sí que es claro mencionar estas pequeñas guías.  

Si en algún momento la cosa llega hasta el punto de que decido salir a dar una vuelta, creedme ahora. Me cuesta salir de casa e ir sola a algún lugar. Seamos lógicos. Es más que evidente que no me voy a ir de la ciudad y mucho menos saltar de un puente, no va con mi filosofía de vida. Además, os recordaré que, aunque no lo parezca, en momentos en los que me voy encendiendo yo sola conmigo misma, soy capaz de razonar los pros y los contras de algunas situaciones e irme de un sitio sin tan siquiera llevar el móvil o decirle algo a alguien, no va conmigo. Si veis que salgo de repente, mantened la calma, serán un par de vueltas a la manzana, aire fresco, llorar si lo necesito y después, regresaré con las energías renovadas, pero no me iré lejos ni tardaré demasiado en volver.  

Me gustaría también dar algún consejo para aquellos futuros padres o los que tienen hijos lo suficientemente jóvenes como para no ser considerados adultos. Observad. No es necesario espiar al hijo, pero sí observar. Más aún cuando la adolescencia esté a la vuelta de la esquina porque todo lo que durante la infancia se traga, salpica como un aspersor en la adolescencia y normalmente son los padres los que se llevan los golpes más desproporcionados.  

Si vuestro hijo o hija necesita ir al psicólogo o incluso, tomar medicación, de poco servirá si os ponéis una losa más pesada de la que es preciso sobre los hombros.  

Intentad hacer todo lo posible para evitar que vuestros hijos terminen hospitalizados en el área de psiquiatría de cualquier hospital. Por experiencia propia os digo que esos ingresos son unas de las experiencias que será más difícil borrar de mi memoria o que deje de doler. Y también entended que no, no es vuestra culpa si vuestros esfuerzos terminaron ocasionando de igual forma que vuestro hijo o hija termine con un problema psicológico. Es importante no hacer un mundo de ello, porque, a diferencia de algunos razonamientos, no son los padres los únicos culpables de nuestro futuro. Ellos nos dicen las cosas y no siempre está el problema en cómo se dicen sino en cómo y quién lo recibe —respiré profundamente después de aquella parrafada y con una pequeña sonrisa me terminé sentando, porque sí, no había dicho quizá algo demasiado explicativo, no les daba datos técnicos que, en realidad, no necesitaban. Solamente, les hacía partícipes de mi dolor en algunas ocasiones, el porqué y… por muy mal que sonase, yo me encontraba bien por lo que, esa era yo. Decía las cosas claras y a quien no le gustase podía besarme el culo, básicamente.

2018 / Sep / 23

Tres bizcochos hechos. Café. Té. Leche. Azúcar. Azúcar moreno. Había repasado todo lo que necesitaba una y otra vez. Sobre la mesa del salón, la cual había agrandado lo máximo que permitían sus trozos de madera extra y la había puesto igual que en algunas celebraciones de Navidad que habíamos tenido en ese hogar, había colocado tazas para cada uno, vasos para quien no tuviese taza, un folio y un bolígrafo sobre la mesa. Me había colocado en la presidencia, aquel que solía ser siempre mi sitio, pero que todo el mundo me quitaba en los cumpleaños por una razón que desconocía y me ponía de muy mala uva. Había dejado allí las tarjetas con mi discurso y después me había metido a duchar.

Hacía exactamente dos días que me había teñido el pelo y aquello seguía escupiendo color de una forma sorprendente. Lo que más me preocupaba era, precisamente, que eso provocase que terminase tiñendo todo de ese negro que ahora acompañaba mi corte de pelo. La hidratación dejaba mucho que desear, estaba el pobre completamente tiritón, pero sabía que poco a poco se iría arreglando.

Me maquillé, me vestí, me senté y justo cuando creía que me habían dejado plantada, fueron llegando uno a uno. Les dediqué una pequeña sonrisa y tuve que contener mis nervios puesto que las piernas me estaban tiritando. Iban vestidos de forma más o menos mona. Todos se habían vestido dentro de sus posibilidades para parecer algo más resultones y me obligué a mí misma a no pensar que era la que estaba más fea de todos ellos allí.

Algunos se sorprendieron con mi corte de pelo, otros intentaron regalarme la mayor de sus sonrisas a pesar de que esa estúpida vocecita no dejaba de recordarme que era mentira, que eran falsos, que huyese de allí, que gritase auxilio para que algún superhéroe cercano pudiese salvarme de lo que sería mi completo final. Estaba en el borde de un acantilado, con mi madre mirándome desde lejos casi como si me estuviese preguntando si estaba lista para todo esto, para lo que significaba. No podía decir que no. No podía aceptar de nuevo un paso atrás. Me había planteado este día como el primer día de una nueva etapa y así sería. Acabaría finalmente con algo que me había molestado durante mucho tiempo.

No había iniciado conversación alguna, no podía hablar prácticamente y sabía que estaba perdiendo color. Todo el mundo estaba preguntando a mis padres sobre aquella extraña invitación y lo único que respondían es que había sido cosa mía. Había logrado ser en una fecha en que todo el mundo estaba allí, mis tíos y tías, primos… todos habían ido para no hacer el feo o quizá por el delicioso placer de comer algo a costa de otros. Sea como fuere estaban allí y eso era lo importante.

 

Durante lo que me pareció una eternidad no dejaron de hablar. No hicieron nada más que ponerse al día los unos con los otros y resoplé sin saber cómo sería capaz de romper esa dinámica de cháchara sin imponerme igual que lo tenían que hacer las profesoras en las clases. Tenía también la posibilidad de ir hasta el interruptor y encender y apagar la luz, algo que se hacía con los niños aún más pequeños.

Mi madre salió en mi ayuda mandando callar a todo el mundo. Fue ese el momento que aproveché para coger las cartulinas y dedicarle una pequeña sonrisa de agradecimiento.

— Buenas a todos. Primero y principal quería agradeceros por haber venido a tomar café y un trozo de bizcocho que no se servirán hasta que no termine de hablar. Sé que es algo… inusual y que generalmente nuestros estómagos están más pendientes de lo que pueden comer que de otra cosa, pero os pediría encarecidamente que, por el momento, centreis toda vuestra atención en aquello que tengo que comunicaros. Sé que no será sencillo mantener durante mucho tiempo el silencio, y una de las aclaraciones que deseo haceros es que esto no es ninguna clase, ni mucho menos, pero creo que todo podrá comprenderse mejor si en lugar de ser interrumpida constantemente puedo terminar de contar lo que me he preparado —les miré esperando con una pequeña sonrisa que aquello que había dicho no pareciese demasiado intenso, autoritario, solamente buscaba silencio hasta que terminase mi argumentación.

Nadie pareció molestarse por este hecho, lo aceptaron de buen grado y respiré tranquila porque al menos, empezar, había empezado.

— Antes de entrar en el desarrollo, me gustaría comentaros unas pequeñas reglas y recomendaciones. La primera de ella es que delante de vosotros tenéis un bolígrafo y un folio cada uno para que apuntéis lo que creáis que debáis apuntaros como preguntas que se os ocurran para evitar cualquier tipo de olvidos. La segunda, es que deseo que tengáis la mente lo más abierta posible: no pongáis segundas intenciones a mis palabras, lo que quiera decir, lo diré, sin paños calientes y sin faltar respeto alguno. Os explicaré mi experiencia en primera persona de mi situación de lo vivido básicamente por el suceso que aconteció aquel fatídico primero de año. Para los que no sepáis lo que sucedió, tuve una bronca inmensa que espero, en lo posible, que no vuelva a suceder; pero todo ello me ha llevado a reflexionar sobre mi situación familiar, vuestro conocimiento sobre mí, mis gustos, vuestra forma de acercaros o no, la mía también y, aunque muchos no lo creáis, para mí siempre ha habido un muro desde que tengo uso de razón. Algo que me alejaba de todo y todos, algo que años después supe que era mi propia enfermedad mental. También, quiero adelantaros que en ningún momento, mi intención es buscar vuestra incomodidad, como tampoco la mía y creedme que algunos detalles me los reservaré para mí misma por vuestro bien y el mío propio. Aún así, creo que es hora de levantar el tabú que existe con todo aquello que conlleva una enfermedad mental, en busca siempre de vuestra información y de la facilitación de un acercamiento entre nosotros —cogí el vaso de agua que tenía delante y le di un gran trago sabiendo que ahora era de cabeza a la piscina hubiese agua como si no.

2018 / Sep / 23

Recordaba todas mis discusiones. Una a una, de manera ponzoñosa, se habían clavado en mi mente, en mi pecho y habían dejado esas heridas imposibles de sanar. Si era sincera conmigo misma, todo aquello tenía más allá que ver solamente con las palabras dichas por Derek, por mi interpretación de las mismas y por todos los recuerdos en bucle de todos aquellos momentos en los que una chispa de rabia se había avivado en mi interior teniéndome que tragar lo que realmente hubiese querido hacer y decir a todos aquellos que habían usado mi sufrimiento como disfrute personal.

Si hubiese sido más infantil aún de lo que ya lo era, debería haber culpado a Heinrich de toda aquella situación y haber vuelto a los brazos de Derek esperando un bálsamo para ese dolor incesante que se había instaurado en mi pecho como recordatorio de lo que había sucedido.

Ni tan siquiera había tenido fuerzas para ir a otro lugar que no fuese la casa de mis padres, a llorar en mi habitación y después a centrarme en un mundo alejado de todo mal, un mundo donde nada me hiciese recordar mis continuos fracasos amorosos. No había tenido que ir a por mis cosas, Derek se había encargado de guardarlas todas en cajas y dejárselas a mis padres pidiéndoles que no me dijesen que estaba allí. No sabía si había entendido claramente lo que había dicho o que lo había aceptado con gran facilidad, pero igualmente para mí fue uno de los peores insultos que pude haber recibido. Era él quien terminaba de dar la última patada a mi recuerdo para que dejase de ocupar espacio en su casa.

Pocos días después supe que se había ido. Ni tan siquiera me importó, me pareció bien. Si se iba, si desaparecía como el resto de personas que me habían hecho daño, quizá ese dolor que cada segundo se volvía más insoportable podría empezar a desaparecer, podía empezar a sanar poco a poco, podría volver a reconstruirme desde los cimientos. Ya había perdido la cuenta del número de veces que había tenido que hacerlo durante toda mi vida y siempre encontraban la manera de destrozar cada milímetro de mi ser, como si con cada derribo usase materiales más baratos en lugar de mayor calidad.

Me había quedado sola. Completamente sola. Pero intentaba que aquello no me acarrease ningún problema aunque puede que lo único que estuviese haciendo en realidad fuese esconder el verdadero dolor. Si lloraba, ellos ganaban. Y la rabia aún no se había extinguido lo suficiente como para que pudiese dejar que todo lo que tenía que llorar aflorase de verdad.

Heinrich se había vuelto a marchar, había venido a mi vida a arruirnarla, para después irse como si tal con la promesa de regresar cuando tuviese algo de tiempo libre. Me pareció bien, y en el fondo, una parte de mí, esperaba que no regresase porque no sabía en qué circunstancias estaría cuando lo hiciese.

Sabía que si hubiese vuelto a ver la cara de Derek, que se él me hubiese dicho algo más, habría vuelto, pero si algo tenía razón es que dejaba que todo el mundo regresase a mi vida para usarme de la forma que les fuese más satisfactoria con una salvedad, generalmente yo volvía a buscarles porque creía que la miseria era lo único que podía recibir. Que no había felicidad para mí en ninguna parte del planeta y hasta que no cambiase eso, hasta que no dejase de correr a aquello que me hacía daño por esa necesidad de sentir dolor de la índole que fuese, no iba a poder seguir pasos hacia delante.

Me merecía intentar cambiar todo eso. Merecía que luchase por una vez sin tener un plan B donde supiese cómo escapar sin ser vista, cómo seguir huyendo. Por eso, esa misma tarde, buscando en las cosas que Derek había dejado en cajas, vi el trozo de papel con la invitación que había creado para mi familia. Detrás estaban garabateadas unas cuantas palabras del puño y letra de Derek.

Nunca dejarás de sorprenderme con todos tus talentos“.

Y ahí sí. Ahí lloré de verdad. Ahí me permití sentir todo el dolor de una forma mucho más exponencialmente dolorosa y fui consciente de la forma en que mi pecho se abría en canal, de como le echaba de menos, aún más si era posible de lo que le había necesitado a mi lado.

Sin embargo, el orgullo ganó la batalla. Habíamos roto, o por lo menos, yo lo había hecho con él, así que no había nada más que poder decir sobre eso. Si él se había marchado es que también había creído que aquello era para siempre, que no había modo de arreglarlo y hasta que no fuese capaz de renunciar a mi orgullo no lo haría.

Me pasé el resto de la semana viviendo con las mismas ganas de vivir que una ameba. Mis padres no me preguntaban más porque se habían cansado de escuchar monosílabos o simples gruñidos. Comía, escribía y buscaba las fuerzas suficientes para enfrentarme al primer paso de la siguiente etapa de mi vida.

La invitación fue finalmente mandada. Escogieron ese fin de semana. Me esmeré en tener todo listo para entonces y cuando creía que estaba todo mínimamente resuelto para el día D, dejé que todo el sueño me gobernase porque después de una semana en la que mis días se habían vuelto en mis noches y viceversa, creía que tenía un mínimo derecho para cuidarme, para descansar, para liberar tensiones aunque fuese entre pesadillas dado que lo más importante estaba a punto de suceder.

2018 / Sep / 23

Los hombros de Derek y su mandíbula estaban tensos. Había dejado el tenedor en la comida y parecía estar debatiéndose si responder o no a lo que había preguntado. Llevó la servilleta a sus labios y se los limpió antes de levantarse de la mesa dándose la vuelta para regresar al estudio.

— ¿Es así cómo va a funcionar esto? Te enfadarás, no me hablarás y tendré que soportar tus desplantes… —yo misma también dejé el tenedor en mi plato.

Se paró en seco en su avance y finalmente se giró mirándome con una sonrisa burlona en los labios.

— ¿Es así cómo va a funcionar esto? ¿Vas a seguir invitando a mi casa a tus estúpidos amiguitos? ¿Quién será el próximo, Kyra? ¿Damian? ¿Verdoux?

— Pero… ¿qué estás diciendo?

— ¿Qué es lo próximo que harás? ¿Dejarás que sigan haciéndote daño por placer sistemáticamente? ¿Aceptarás que pueden usarte para lo que les dé la gana?

Me levanté porque no me gustaba sentirme en situación de inferioridad. De hecho, se había despertado en mi interior una ira que tan solo había aparecido con toda su fuerza delante de mis padres. Esa ira que no había podido controlar en determinadas ocasiones y que me había llevado a los peores lugares posibles.

— Primero, pensaba que era NUESTRA casa, lamento haber cometido ese fallo y no haberte pedido permiso hasta para respirar. Segundo, yo no he invitado a nadie. Heinrich ha venido porque le ha dado la puñetera gana. Y tercero, ¿qué quieres decir con eso de quién será el próximo? —mi ceño se frunció antes de apretar entre mis dedos el respaldo de la silla en la que antes había estado sentada.

— Claro que es nuestra casa, pero…

— ¿Es tan solo nuestra casa porque queda bonito, pero a la hora de la verdad tengo que contarte quién o quién no va a venir porque no tengo libertad de invitar a nadie o porque no puedo hacer un puñetero cambio en toda la decoración?

Todo mi cuerpo se había crispado. Derek se estaba poniendo demasiado rojo intentando contener lo que fuese que se estaba callando. A diferencia de que él creyese que podía estar protegiéndome de alguna forma, que no dijese palabra alguna tan solo daba alas a mi mente para pensar en las peores cosas que pudiese estar pensando.

El silencio cayó denso sobre nosotros. Ambos nos mirábamos como si fuésemos a sacarnos los ojos en cuanto saltásemos sobre el otro como un par de animales aceptando que el otro tenía un serio problema por haberse metido con nosotros. Allí el respeto y el control estaban cruzando una cuerda floja sobre un desfiladero y si tropezaban no había forma de evitar el golpe fuerte.

Derek se dio media vuelta para regresar a su estudio y cerré los ojos al ver su espalda intentando de esa manera controlar lo que parecía ya completamente inevitable. Él mismo había empujado a mi autocontrol por el desfiladero.

— ¡No te vayas!

El grito escapó del interior de mi garganta como lo hubiese hecho un rugido. Mi mirada había vuelto a fijarse en su espalda y todo mi ser se había colocado en posición de ataque, no había defensa posible. Aquello era golpear o morir, no había nada más.

Se giró despacio y regresó hasta la silla donde antes se había sentado casi posicionándose en la misma forma que yo. Sus dedos parecían garras aferrándose a la madera de la silla. Su cuerpo pedía a gritos una liberación que no sabía si su mente estaba dispuesta a concederle.

— No me grites.

— No me des la espalda, entonces.

— No invites a gilipollas a mi casa, entonces.

— Teóricamente es MI casa también, ¿no?

— No cuando se trata de tener que soportar a gilipollas abrazando a MI novia.

Eran celos. Vale, todo eran celos, así que tenía que intentar bajar la intensidad, pero por mucho que pudiese aceptar que fuese celoso, no podía permitir que me tratase de esa forma hasta que se le pasase el enfado.

— Te dije que yo no le había invitado —musité intentando hablar aquello más tranquilamente, pero haciendo un esfuerzo la mar de titánico.

— ¡Claro, Kyra, claro! Por eso vino aquí, por obra y gracia de alguna deidad para verte la cara, ¿no?

Apreté mi mandíbula intentando contener mis ganas de soltarle una fresca antes de mirarle con cara de pocos amigos.

— ¿Para qué demonios te mentiría?

— ¿Porque lo haces con prácticamente todo?

Parpadeé incrédula. ¿Con todo? ¿Cómo que le miento en todo? ¿Me estaba tomando el condenado pelo? Y lo poco que había logrado retener a la bestia sin cabeza que bramaba rabiosa en el interior de mi pecho ya no servía para nada. Había vuelto a la acción.

— ¿Eso piensas? ¿Crees que te miento en todo? ¿Qué querías decir con lo del “próximo”?

Sus ojos se desviaron de mí y un súbito pensamiento cruzó mi cabeza. Me acerqué a él como lo haría un animal salvaje a otro, dispuesta a ganar la pelea, a sacarle lo que había dentro de su mente.

— ¿Qué es lo que piensas, Derek? ¿Piensas que voy detrás de ellos?

— Lo haces.

— ¿Y qué es lo que crees? ¿Crees que les llamo cuando no estás y me los follo aquí mismo? ¿¡Es eso lo que crees!? ¡Contesta!

— Yo…

Suficiente. Eso era suficiente. Cerré mis ojos con fuerza conteniendo las ganas de llorar antes ser yo ahora quien desviase la mirada. La densidad del silencio que acompañó a sus últimas palabras fue completamente devastador. Podía sentir cómo poco a poco iba ahogándome, asfixiándome en el lugar que había creído que podía ser mi punto de referencia y salvación. ¿Cómo era posible que todo se hubiese torcido tanto? ¿Cómo habíamos pasado de la felicidad a…. a eso?

— No soy un buen hombre para ti. No deberías estar conmigo —alzó su mano hacia mi mejilla, pero antes de que la tocase agarré su muñeca entre mis dedos mirándole con las lágrimas que había querido esconder en el interior de mi ser para no resultar vulnerable.

— ¿Sabes qué? Que por una vez estamos los dos de acuerdo en algo.

Solté su mano de mala manera y me fui de allí sin importarme que el resto de mis cosas estuviesen allí. Volvería cuando él no estuviese para llevarme absolutamente todo.

2018 / Sep / 23

La hora de comer se acercaba y ya le había interrumpido suficientes veces, así que aproveché mi momento de relax para hacer yo la comida por mucho que fuese él quien cocinase mejor de los dos. Pensé en qué podía hacer y sonreí al recordar una receta que mi madre preparaba de arroz tres delicias que le había dado una de sus tías. Seguramente no tenía nada que ver con el original y maravilloso de la gastronomía china, pero siempre me había puesto las botas comiendo ese plato, me dejaba llenísima.

Guisantes, jamón de york, zanahoria, arroz… había más ingredientes, no demasiados, pero el secreto debía guardarlo esperando que mi novio no me copiase la receta porque seguro que le salía mil veces mejor. Comencé a cocinar. La zanahoria tenía que ser cortada y hacerse a sus tiempos, los guisantes también y si no recordaba mal era de lo primero que hacía mi madre generalmente.

Siempre se suelen menospreciar las actividades de otra índole cuando uno no se dedica a ellas, pero cuando tenía que hacer platos más elaborados o que llevaban más tiempo y no solamente tener que estar mirándolo de vez en cuando para darle vueltas, comprendía que todo aquellas técnicas una tras otra y en un tiempo récord podían ser prácticamente mortales para una completa novata como yo.

Me dolían los gemelos, sentía ligeros tirones que me recordaban la carrera que habíamos hecho. Sabía lo que iban a significar al día siguiente, estaría todo el tiempo andando con dificultades por ser una completa dejada con mi cuerpo. Tenía que aprender que si mantenía una rutina constante los dolores físicos serían menos, pero muchas veces costaba muchísimo meter algo en la cabeza y otras, era tan sencillo como un parpadeo. Los misterios de la mente que siempre me sorprenderían.

Intenté en lo posible concentrarme en la comida, pero resultaba un poco complicado. Mi cabeza parecía estar todo el tiempo intentando encontrar alguna forma de regresar al tema que más me interesaba. Ya estaba realizando el discurso despacio en mi cabeza y los nervios empezaban a aflorar como si no me hubiese enfrentado jamás a tener que hablar delante de mi familia. No obstante, quizá estuviese esperando demasiado de ese momento que no tenía porqué ser demasiado importante.

Apoyé mis manos sobre la encimera esperando que se enfriase la tortilla para de esa manera poder cortarla porque sino me dejaría los dedos intentándolo. Miré esa tortilla francesa que aún repiqueteaba ligeramente por estar recién sacada de la sartén y me aseguré que no hubiese nada más que hacer antes de estar mínimamente ociosa.

La reproducción de la lista musical hacía tiempo que había cambiado. Estaba una banda sonora diferente que me hacía más sencillo perderme en mis propios pensamientos como si no existiese otra cosa. Tenía la sensación de que no había nada en ese mundo que pudiese alejarme de los pensamientos más turbadores, por mucho que yo lo desease dado que parecía actuar por voluntad propia, aunque para ser exactos yo misma la incentivaba. Era una de esas tantas formas que tenía de seguir torturándome poco a poco ya que la tranquilidad parecía tenerla sobrevalorada.

En ese momento sonó la puerta de la casa. Dejé todo en el fuego esperando no tardar demasiado para que no se me quemase y cuando la abrí me quedé completamente a cuadros. Los ojos de Heinrich, de ese dulce tono azul se fijaron en los míos. Alcé mis cejas sin comprender absolutamente nada y mucho menos cómo había logrado encontrarme. Después, recordé que él tenía amigos en todas partes, en esos lugares donde la mayoría de las personas no desean tener ningún tipo de amistades porque saben de sobra que terminarán en algún momento dando con los huesos en la cárcel.

— Por fin te encuentro —soltó un profundo suspiro seguido de una sonrisa de alivio y me dio un gran abrazo espachurrándome contra su pecho.

— Heinrich, pero…

— ¿Quién es, Kyra?

Derek asomó la cabeza desde el interior del estudio y al ver que alguien me estaba abrazando solamente escuché que daba un gran golpe cerrando la puerta de su maravilloso mundo. Ya podía Heinrich estar allí por algo en condiciones porque su visita me costaría una buena pelea de celos, lo estaba viendo.

— ¿Es Derek? ¿Tu nuevo novio?

La expresión de Heinrich se volvió bastante menos amable. Rodé los ojos dado que no entendía porqué después del tiempo transcurrido no iba a haber hecho lo que me hubiese dado la gana con quien me hubiese dado la gana. En realidad, lo que no entendía es porqué le importaba porque: uno, él no había sido invitado por mí y dos, no habíamos mantenido el contacto.

— ¿Puedes decirme qué es lo que quieres?

Observó mi expresión que indicaba claramente que un enfado se estaba sorteando y él tenía todas las papeletas de llevarse el más que conocido rapapolvo con todo lo que eso iba acompañado: gritos, insultos…

— Por raro que te parezca no es nada malo. Solamente te extrañaba y quería saber cómo estabas, nada más —negó antes de desviar su mirada hasta mi cabello—. No te queda nada mal, lo reconozco.

Intenté relajarme. Heinrich me había ayudado, después de todo. Además, no conocía a Derek que yo supiese y podría ser algo bueno que tuviesen una mínima relación de amistad, ¿no? No obstante, ese portazo de antes no auguraba nada bueno en ese supuesto. Fijé mi mirada en la expresión de Heinrich que me dedicaba una sonrisa de esas que podrían cortarle la respiración a cualquiera de las personas que tuviese trabajando con él.

— ¿Te apetece comer con nosotros? —pregunté esperando ver cuál sería su respuesta.

— No creo que por el momento sea muy bien recibido, pero me encantaría poder quedar contigo algún día para hablar sobre lo que ha ocurrido este tiempo.

Asentí y cuando me permití darme cuenta que le importaba, que estaba allí porque disfrutaba de mi compañía, porque me había extrañado y me había buscado  hasta debajo de las piedras, una sensación placentera y cálida se instauró en mi pecho. Me acerqué a él y le abracé de nuevo agradeciéndole en silencio que me hubiese estado buscando y que me demostrase que le importaba mínimamente.

— Eh… ¿estás bien?

— Sí, es solo que no esperaba volver a verte y mucho menos que me buscases —susurré contra su pecho.

Acarició mi cabello suavemente y me quedé ahí unos segundos por el placer de poder estar entre los brazos de alguien conocido un poco de tiempo más.

— ¿Algo se está quemando?

Salí corriendo hacia la cocina al recordar que lo había dejado todo en el fuego. Moví lo necesario y quité todo esperando que no fuese el arroz lo que se me hubiese quemado. Esperaba que terminase sabiendo bien aquel plato. No quería liarla más, aunque en realidad, no había hecho nada malo. Si Derek se había enfadado porque alguien me estaba abrazando, en fin, evidentemente no sería el único que pudiese abrazarme el resto de mi vida. Sabía que probablemente yo también me hubiese puesto celosa de ser al revés, pero desde luego lo que no valdría de nada es que aceptase sin más que cualquiera de los dos pudiese destruir lo que teníamos de esa manera.

— ¿No te quedas a comer entonces? —volví a preguntar mirando al abogado que observaba la casa casi con curiosidad.

— La verdad es que no creo que lo haga. Puede que termines dándome comida envenenada.

Le miré sobre mi hombro con expresión de pocos amigos mientras él soltaba una pequeña carcajada. Estaba contento, sin duda y eso me alegraba. Que estuviese bien era igual que quitarle un peso a mi conciencia. Por alguna extraña razón aunque creía firmemente que no le importaba a nadie, me sentía un poco culpable por dejarles atrás, sin decir nada, siendo una completa desagradecida.

— Iré a comer algo, porque eso huele que alimenta. ¿Nos vemos luego?

Asentí antes de que me diese un beso en la frente y se fuese. Cuando la puerta se hubo cerrado me centré tan solo en la comida. Derek no hizo acto de presencia hasta que la comida estuvo preparada fui yo a golpear con los nudillos en la puerta del estudio. Un seco “vale” era lo único que había recibido como respuesta al avisarle de la comida.

Serví dos platos y esperé a que saliese. Lo hizo, sin mirarme, sin pronunciar palabra alguna, solamente se sentó delante de mí y se puso a comer. Por alguna razón, no solo estaba provocando que me sintiese mal, sino un enfado considerable y aquella no sería un buena señal para que tuviésemos una comida tranquila. A veces, en esos momentos, el silencio es el mejor compañero que puede tener uno.

Cogí el tenedor y comí tranquilamente a pesar de que en mi interior estaba hecha un manojo de nervios. Le miraba de vez en cuando, pero él ni tan siquiera levantaba los ojos del plato medio segundo para que existiese la posibilidad de que nuestras miradas se cruzasen.

— ¿Puedo saber qué he hecho tan grave? —pregunté y por la mirada que me dirigió supe que había destapado la caja de Pandora.