2018 / Sep / 06

Me negué a volver a usar esos aparatos. No me daban el placer que yo buscaba. No era un sometimiento por mí mismo, era lo inofensiva que la dejaban las cuerdas, las mordazas. ¿Qué había de atractivo en eso? Quería que aunque pudiese irse estuviese tan paralizada por el miedo que no lo hiciese en realidad. El único problema que encontraba a todo eso era la simpleza de arañarme, quedándose con parte de mi ADN y haciéndole a la policía más sencillo averiguar quién era, aunque el nombre que ellos tenían con mis datos pertenecía completamente a mi pasado. El hombre que estaba en ese momento en la Tierra no había tenido infancia, ni padres, nadie que le hubiese podido destrozar la existencia, mi pasado sí, quien fui sí y por eso había muerto, le había enterrado en el momento que me libré de mis progenitores gracias a los azares del destino. 

Me gustaba ver el mundo desde esa nueva perspectiva. Esperaba que nadie pudiese atar cabos descubriendo la primera muerte de la que fui testigo, de mí mismo. Ahora era yo quien tenía el control de todo lo que me rodeaba y me daba mucha seguridad. Yo escogía quién se acercaba a mí y quién no, quién tenía futuro y quién no. Podía jugar a ser Dios si quisiese y nadie me lo podía negar. El subidón fue tal que estuve un tiempo sin buscar calmar mi sed de venganza frente a todas las mujeres. Las dejé ser, respirar, sentir, acostarse con quien quisiesen, pero como imaginarás, la vida no es maravillosa y los instintos primarios suelen venir con más fuerza aún. 

No veía necesidad, era cierto, pero me había labrado otro objetivo. Mis deseos no eran fáciles de conceder y menos cuando en mi mente podía ver una y otra vez el momento en que había logrado tener lo más parecido a un éxtasis de aquellos en los que se pierde la cabeza por completo. ¿Has tenido sueños eróticos, Kyra? Pues esto era algo similar. Para mis deseos se iban incrementando exponencialmente con el pasar de los días y negarse el placer no está en la naturaleza humana. 

Salí en busca de una mujer que satisficiese mis deseos más oscuros. No quería regresar a un sitio como ese hotel, deseaba tan solo que una mujer se rindiese a mí por mis artes de seducción. Sería algo más complicado, llevaría más tiempo, puede incluso que una relación si es que podía llamársele relación, pero sabía que la recompensa sería mucho más intensa para mí. 

¿Es así como se liga normalmente? ¿Es lo que hace un hombre para encontrar a la mujer de su vida? De ser así, de ser tan sencillo, créeme que debes tener cuidado porque cualquiera puede ser tan peligroso y desear tu muerte, como yo. 

Entré en el bar. Era un lugar con clase, debía reconocerlo. La cantidad de perfumes caros mezclándose en el aire era insana, pero si hubiese llevado todo el mundo la misma esencia el colocón hubiese sido mayúsculo. Unos olores contrarrestaban a otros y por supuesto, estaba el olor del tabaco, porque cuando se tiene dinero se hace la vista gorda en demasiadas situaciones, Kyra. El dinero da mucho poder. 

Saqué un cigarrillo, me senté en una mesa que estaba libre sin que me colocasen allí. ¿Quién podía sacarme de un lugar si podía comprarlo chasqueando los dedos? Tras encender el cigarro miré a mi alrededor, observé a cada mujer, cada curva, cada escote, cada arruga, cada mechón que se hubiese escapado del recogido o que me pudiese indicar que no sería el primer encuentro intenso que tendría aquella noche. No… no me interesaban esas mujeres. Ya sabía lo que era domar a alguien que conocía la materia más oscura, quería… quería algo distinto, alguien un poco más pura para corromperla hasta el final, una mujer capaz de acceder al deseo y abierta de mente.

En ese momento vi unos ojos marrones pendientes de su copa. Parecía triste, aislada. Tenía la marca del anillo en su dedo anular, así que comprometida o casada había terminado con su pareja y estaría buscando al hombre de su vida, ese príncipe azul que pudiese darle el mundo, bajarle la luna y ofrecérsela si era necesario. Aunque sus ojos pedían algo tan romántico, los míos habían encontrado lo que necesitaba. Una prueba más. Debía enamorarla, o atraerla lo suficiente como para que se dejase arrastrar, seducir. 

Levanté mi brazo y llamé al camarero para que se acercase a mí. Aspiré el humo del cigarrillo y después lo solté suavemente entre mis labios dejándole esperar. Había tardado más de dos segundos, algo inaceptable para mí, así que era evidente que me recrearía en mis peticiones, deseando que no se adelantase nadie a socorrer a esa mujer. No era precisamente guapa, no debía mentir, pero necesitaba practicar con la segunda categoría para entrar a la élite. 

— Llévele una copa, un Amaretto-Cranberry Kiss de mi parte. No tarde demasiado. 

El hombre se fue para pedirle al barman el combinado. Después, lo llevó a la mujer que sorprendida me buscó con la mirada después de que el camarero le indicase quién era. La mujer estaba sorprendida, casi pude ver el sonrojo en sus mejillas y deseé creer que no estaba acostumbrada a nada de aquello pues lo hacía más interesante. ¿Qué mujer dudaría de un hombre amable, bien vestido, atractivo que se fijase en ella después de un fracaso amoroso? La fragilidad es una de las mejores virtudes de las mujeres que no pueden, que no saben estar solas si no es en busca del amor todo el tiempo. 

Su sonrisa fue coqueta después de la sorpresa inicial. Había picado el anzuelo con una facilidad sorprendente. Quise reír, pero solamente le permití a mi interior jactarse con esa pequeña victoria pues aún quedaba muchísimo camino hasta alcanzar mi objetivo final. Debía ser inteligente, mucho más que ella, que no se oliese en ningún momento hacia donde iba guiándola. 

Me levanté de mi asiento, caminé hasta ella con mi copa en la mano y me presenté, debía hacerlo con un nombre diferente, no podía seguir usando el mío del mundo de los negocios, tenía que terminar de transformarlo en un juego, así que me presenté por primera vez con el nombre que me conoces, Kyra. 

— Puedes llamarme Douglas —dije a la joven que fascinada, me regaló una de las sonrisas más seductoras de su repertorio. 

2018 / Sep / 06

Regresé a la cabaña para cenar algo. Abrí el frigorífico y saqué un par de piezas de fruta porque aunque sabía que tenía que comer algo más contundente, esperaba que si seguía aquella noche con mi lectura, la fruta hiciese el favor de mantenerse en mi estómago y no revolverlo demasiado.

Antes de cerrar el frigorífico vi que William había dejado una raja de sandía cortada, cubierta por un plástico transparente permitiéndome verla con facilidad. Sonreí un poco y saqué el plato donde estaba, lo puse en la encimera y cerré la puerta del electrodoméstico cuando me hube servido un buen vaso de agua. Sabía que por mucho jugo que tuviesen siempre me daban una sed horrorosa igual que el helado.

Comí tranquilamente la fruta. Hacía lo posible por retrasar el momento en que tuviese que enfrentarme a la dolorosa verdad, a la tortura insana.

Justo en ese momento, sonó un teléfono, sin embargo, no era el tono que tenía ni para los mensajes ni para las llamadas. Creí que lo había imaginado, por lo que continué comiendo, pero en esa ocasión, no escuché ningún ruido sino que vi una luz parpadeante. Me levanté para ir en su dirección, encontrándome un teléfono móvil desconocido sobre la mesita del salón. Ni tan siquiera me había percatado en él aunque había estado allí todo el tiempo. Cogí el teléfono y pensé que podía ser el de Verdoux, que se lo había dejado allí, pero no era así porque al encender la pantalla pude ver que había un mensaje de Verdoux que había llegado a ese aparato. Fruncí mi ceño confusa y di en la notificación que me llevó hasta la mensajería instantánea.

No sabe lo mucho que la extraño en estos momentos, señorita Mijáilova. Estoy convencido que haría esta cena mucho más agradable con sus comentarios mordaces. 

Entrecerré mis ojos sin comprender porqué me mandaba un mensaje a un teléfono que no era el mío aunque, siendo justos, no sabía cuál era mi nuevo número de teléfono. Por lo que parecía ahora tenía tres, el anterior, el que me había comprado yo y éste. Agradecía sus intenciones, pero también me podía haber dicho lo mismo en persona o invitarme a esa estúpida cena.

Probablemente, debajo de la mesa suelen ocurrir las situaciones más interesantes. 

En ese momento me llegó otra notificación. Pude leer a la perfección el nombre de Damian sumado a otros cuantos recuerdos que parecían llegar rápidamente. Gustav, Derek, Gerault… ¿cómo podían tener todas esas personas mi número sí…? Resoplé. Había cogido mi antigua SIM y la había metido en ese teléfono. Lo único que había hecho había sido medio configurarme el móvil.

Empecé a enfadarme, mucho. No veía justo que tocase donde no tenía que tocar ni le habían dado permiso para ello. Si me había deshecho de mi anterior tarjeta durante un tiempo había tenido mis propios motivos, ¿qué le daba derecho a deshacer mis planes sin consultarme?

Tenía varias opciones: uno, podía gritar a Verdoux hasta quedarme sin voz, que se lo merecía; dos, podía apagar el teléfono y no volver a encenderlo nunca; tres, podía olisquear en las conversaciones para ver qué me habían dicho todos ellos y cuatro; podía meterme en la lectura de nuevo después de haber escondido el aparato para no ver su lucecita parpadeante.

Dejé el teléfono sobre la encimera y me obligué a cenar al menos. La condenada luz parecía llamarme cada vez que se encendía y solamente dejarme en paz cuando se apagaba previo a volver a llamarme la atención como si me estuviesen susurrando o incluso, gritando, mi nombre en el oído. ¿Por qué habían hecho las nuevas tecnologías tan adictivas? Todo eran estímulos y siempre terminaba de la misma manera deseando matar al aparato que había almacenado esos mensajes.

Le doy toda la razón. ¿Cree que podría escabullirme y traerla sin que se den cuenta? 

Deseé dejarle con las ganas, pero era lo primero mínimamente bueno que me pasaba desde nuestra noche de pasión acalorada. Me apetecía jugar a mandarnos mensajes que seguramente no diríamos jamás.

No creo que tuviese tanta suerte. No obstante, puedo esperar a que regrese. 

Su respuesta no se hizo demasiado esperar. No sabía si podía mantener una cara de póker delante de quien estuviese.

¿Cómo exactamente?

De rodillas, desnuda salvo por esas medias que tanto le gustan y preparada para una noche intensa.

Ya estoy deseando llegar…

No recibí más mensajes suyos así que le dejé que se concentrase en su cena mientras intentaba bajar el sonrojo intenso que se había situado en mis mejillas. Me terminé la cena y miré el ordenador de reojo, casi con miedo por lo que pudiese leer, por lo que creí que no sería nada malo si miraba las conversaciones esperando volver a tener fuerzas.

Todas las conversaciones eran iguales. La pregunta: ¿dónde estás? estaba antes o después. Estaban preocupados, deseosos por saber qué era lo que me ocurría, si me había muerto, si me había tragado la Tierra o si por el contrario estaba tan débil anímicamente que no podía ni tan siquiera levantar el teléfono para decirles que seguía viva al menos.

Había reproches, enfados, insultos y disculpas por esos insultos, desesperación, angustia, temor, súplicas para que diese señales de vida. Casi todos los estados del mundo en esos mensajes que me habían saturado completamente. Debía responderlos, pero si lo hacía sabía que no lograría terminar jamás la lectura de las cartas de Douglas por lo que debería dejarlo para más adelante.

Respiré tan profundo como me permitieron los pulmones y tras recoger el plato, volví al ordenador, lo encendí de nuevo dado que había terminado posicionándose en stand by y esperé a colocar mi contraseña en la casilla correspondiente para ello. Había señalado la carta por la que iba antes de irme. Me quedaban muchísimos meses aún. Tendría que seguir por varios días, pero esperaba que la lectura fuese esclarecerme todos mis temores, dudas y me diese las respuestas que necesitaba, aunque quizá el objetivo de Douglas fuese la búsqueda de mi empatía, un intento de Harley Quinn enamorándose del Joker. Esperaba que algo así no ocurriese pues sabía que la única que perdería con algo así, sería yo.

2018 / Sep / 06

Cuando quise darme cuenta la noche había caído. Había pasado horas sin prácticamente comer, intentando meterme en la mente de un hombre que estaba desequilibrado, por completo. Había leído cómo había sometido a una mujer y cómo había limpiado cada milímetro de aquel cuarto antes de desaparecer dejando a la muerta sin un solo rastro biológico posible, incluso había pasado por la piel de ella la lejía que había encontrado sin importarle si dejaba marcas en su cadáver, total, ya estaba muerta.

Necesitaba desconectar o esa noche soñaría con todo aquello. Ni tan siquiera había sido consciente de cómo mi cuerpo se había ido tensando por momentos y la manera en la que me dolía cada milímetro de mi anatomía sin ser por la postura que no había cambiado durante todo ese tiempo. Me sentía igual que un muñeca que, después de años oxidada, la usaban por primera vez. Casi podía escuchar las bisagras de mi cuerpo rechinando. ¿Cómo despertar un cuerpo que se había llevado uno de los golpes más grandes de su existencia en cuanto a anímicamente se trataba?

Salí de la cabaña. Dejé que la brisa despertase cada poro de mi piel, que le ayudase a salir de esa pesadilla. Hay situaciones en las que uno no sabe distinguir la realidad de la ficción, pero en esta ocasión el problema era otro, bastante más grave, no había ficción en nada de lo que había leído.

El mundo subestima el poder de la escritura. A menudo, dejamos pasar textos porque creemos que una imagen nos ayudará a comprender lo mismo sin necesidad de pasarnos horas con la cara metida entre los libros. Era un gran error. La lectura tenía algo, una magia especial. Si se sabía dirigir, si te atrapaba y puntualizaba cada una de las situaciones, de los sentimientos y de los diálogos fuesen más o menos reproducidos con exactitud, era una de las formas más rápidas de meterse en una mente ajena. ¿Podrías comprenderla? A menudo, la comprensión carecía de importancia en esa situación. No siempre necesitabas que el mundo entendiese o hubiese hecho lo mismo que tú en tu lugar. Solamente importaba la intensidad de las emociones vividas y cómo, si sabías manejar bien el idioma, lograbas que el otro terminase sintiendo cada una de ellas en su propia piel.

Además, no solamente se podía palpar lo que el otro había pasado en el propio cuerpo, sino que despertaba emociones, de la clase que fuesen, las avivaba con cada palabra y la lectura resultaba más intensa que cualquier película por muy bien que estuviese llevada a la pantalla.

Me senté en la arena observando el horizonte. El mar estaba en calma. Jugaba de vez en cuando intentando atraparme, pero me había puesto lo suficientemente lejos como para que solamente las grandes olas que llegasen con la suficiente fuerza a morir en la arena, pudiesen llegar a mojar alguna parte de mi anatomía. Había algunos metros entre la arena cálida que tenía bajo mi trasero y la mojada que se distinguía a la perfección y que borraba a cada ola los recuerdos que se hubiesen podido tener reflejados en su húmeda existencia.

El agua en movimiento siempre solía calmarme. El murmullo del oleaje parecía intentar paliar las emociones que aún estaban a flor de piel. Mi mente suplicaba ayuda al mar en calma, que le diese parte de su bienestar, al menos, de aquel visible con una simple mirada y él respondía jocoso que yo misma podía hacer como él: mandar a mis olas embravecidas hacia la playa de forma que en el proceso disminuyesen su intensidad.

Miré toda la playa a oscuras. Comprendí la belleza extraña que tenía. El mundo era muy diferente de día y su completa antítesis de noche, pero la belleza no la perdía a pesar de mudar su rostro, de ser dos paisajes diferentes. Siempre había preferido la noche por mucho miedo que me hubiese dado. Había una belleza secreta en el silencio de muchos corazones soñando a la vez mientras yo permanecía alerta, escuchando ruidos que ocurrían durante el día, las quejas de los muebles por el paso del tiempo, pero que en mitad de la noche se volvían gritos, explosiones, casi como sumergirse en el interior de los altavoces de un concierto de rock en el momento más enérgico de una canción. La noche traía paz, pero también tormenta. La mente parecía cobrar fuerza, volverse independiente, dejar de someterse ante la razón y permitirse reproducir sus lemas negativistas sin nadie que pudiese pararla.

La brisa volvió a sacarme de mis pensamientos recordándome el frescor que podía hacer en mitad del verano, ese contraste delicioso de temperaturas que no era nada más que el alivio de la bajada gradual del calor en un ambiente que mínimo había estado a los treinta grados.

Llegó a mi mente, de nuevo, el momento que había leído. Douglas estaba en busca de poder experimentar situaciones en las que sacar su rabia y someter a la mujer. Era el principio, solamente el principio de todo lo que vendría después. Su ira, sus deseos y el placer por ver la carne maltratada en el cuerpo femenino podían llegar a ser palpables si se explicaban de la forma en que él lo hacía. También, esa insatisfacción porque nada era suficiente, no se rompía como un objeto de cristal, al contrario, disfrutaba del dolor que le infligía provocando mayor ira aún en Douglas pues no entendía que la mujer gozase el dolor. Analizado era simple. ¿Quién en su sano juicio no se enfadaba aún más cuando intentaba ganar una discusión y la otra persona tenía una sonrisa en la cara como si le estuvieses regalando los oídos con halagos en lugar de insultos? Lo inevitable era que escapase el monstruo que poco a poco se iba alimentando gracias al fuego de nuestra rabia que íbamos dejando que se avivase igual que echarle petróleo encima. Se despertaban nuestros instintos primarios, había veces que podíamos desear cruzar la cara al otro de un sonoro manotazo o, esperar que con él pudiésemos arrancarle la cabeza o esa sonrisa de idiota. Lo suyo no era muy diferente. No conseguía su objetivo hasta que no la llevaba a la muerte, al dolor que ella no podía disfrutar abriéndole las puertas del miedo.

Pensé en esa mujer, en cómo quiso gritar, en la manera en que intentó evitar su propio final aunque a duras penas si pudiese moverse y en la muerte más horrible padecida con la promesa de una noche inolvidable. Hice una mueca y me abracé las piernas esperando que el día de mi cumpleaños no hubiese preparado alguna especie de ritual para obligarme a aceptar la muerte como única esperanza de salvación.

2018 / Sep / 05

No sabía lo fácil que llegaba a ser encandilar a una mujer hasta que lo intenté. Una sonrisa brillante, un aspecto cuidado… sois bastante más simples de lo que aparentáis. Solamente hay que aprenderse las palabras adecuadas, dichas en los momentos precisos y caéis ante nosotros besando el suelo que pisamos cuando creéis que es al revés. 

Dos años después de la muerte de Grace y con mi imperio aumentando poco a poco, decidí darme un respiro de tantos negocios, de ver a hombres día sí y día también ataviados con trajes que eran sus mujeres quienes los escogían por la mañana, pero sus amantes dispuestas a llevarse un pellizco de su fortuna las que se deshacían de ellos cada noche. 

Escuchaba día sí y día también cómo se jactaban de la vida de dandis que llevaban siendo unos cerdos sin corazón, sin sentimiento alguno. Estaban casados, pero su verdadero amor era su propio ego y el dinero. No les importaba el dolor de sus relaciones dado que para ellos todo eran negocios. Lo pintaban tan bien que no pude resistirme a intentarlo.

Una amante solía ser encandilada con lo deslumbrante que era el dinero. Yo no quería a una mujer enamorada del fajo de billetes que tenía en el bolsillo, deseaba que me necesitase a mí, de una forma malsana, oscura, prohibida… Por suerte para mí el físico ayudaba en ese cometido. De barrigas llenas de pelos, pasarían al cuerpo cincelado de un hombre que gastaba toda su ira en el gimnasio. 

Hacía tiempo que las prostitutas no me satisfacían. El sexo no era para mí placentero por alguna razón. Nunca lo había sido en realidad. Lo convencional no tenía ningún tipo de morbo, de incentivo a mis ojos. A duras penas si podía masturbarme viendo el cuerpo de una mujer ofreciéndose y llevando además el control. Por eso, acepté ir a un club que me recomendaron con una discreta tarjeta negra y sus letras en dorado. Era como un hotel de lujo. En su interior, las más macabras situaciones se llevaban a cabo, sin juzgar, sin sentimientos, solamente por puro placer. Quizá fuese por eso mismo por lo que cayó rendida a mis pies mi primera presa. Quiero pensar que la clave estaba en el pack y no solamente en el lugar. 

Largas piernas, seductora sonrisa y un lunar justo encima del labio superior de manera tan provocativa como ese lunar que tanto había encandilado a generaciones de esa actriz Marilyn Monroe. No sé si el de la señorita Monroe era real o pintado, el de esta mujer sí era real, créeme que me cercioré de eso. 

Tenía entre los dedos un Cosmopolitan. Miraba a todo el mundo como si fuese muy superior. Se sentía sexy sin importarle si lo era y, siendo objetivo, había mujeres mucho más atractivas en el lugar; pero ella tenía algo especial, una especie de dominio sobre todo lo que había a su alrededor que llamaba a intentar ser uno quien la tuviese a ella a los pies. Sin embargo, era de ese tipo de féminas que tienen el control por el mango y no lo dejarían ceder fácilmente. Denominémoslo un reto personal. ¿Qué podía haber más excitante que una mujer fuerte cediendo ante un ser superior a ella? 

La conversación no era interesante. Ella no quería a alguien que la domase y me lo dejó claro con una sola mirada. Ambos habíamos empezado a jugar la misma carta, ver quién era más fuerte que el otro, quién cedía el último. No obstante, ella era mujer, ardiente y por ello, era mucho más sencillo que cayese antes que alguien frío como un témpano de hielo. Los negocios, mi propia oscuridad y mi secreto me daban ventaja sobre ella quien si estaba allí no era para nada diferente a un buen polvo un tanto… particular. 

No recuerdo su aroma. No sé cuántas copas nos tomamos, pero sí el instante preciso en que sus ojos me dijeron que no podían soportar más. 

Fuimos hasta una de las habitaciones especializadas para aquellos clientes que buscaban las emociones fuertes. Ella aceptó a regañadientes el papel de sumisa y no se leyeron ningún tipo de normas. Mis ojos observaban aquellos artefactos y pregunté el dolor que estaba dispuesta a soportar. Ella se rió asegurando que había recibido los peores castigos, por lo que lo toleraba bastante bien, así que tenía vía libre hasta que usase una de las palabras de seguridad, con las que se suponía que tenía que parar. Le pregunté si podía usar mordazas. Ella no se negó y admitimos que con la mordaza sería muy difícil escuchar la palabra correspondiente, así que pensé en un nuevo método. Ella tendría que tirar dos veces de una tira. Había tanto peligro de que no lo viese que si se percató mínimamente la callé con un beso de esos que dejan sin aliento a la pareja. Podías imaginarte lo que pasó después… 

¿Qué tenían todos estos hombres con esa manera de entregarse? ¿Era una parafilia en sí mismo? ¿Les daba un morbo incomprensible tan solo a personas que lo comprendían o todos estábamos cortados por el mismo patrón? No podía ser así, dado que la pedofilia también estaba incluida dentro de ese marco de excitaciones sexuales y yo jamás me había sentido atraída de esa forma por bebés o niños pequeños, de solo pensarlo volvía a subirse la bilis a mi garganta. No entendía qué, en todo eso, podía resultar atractivo, como tampoco comprendía los otros tipos de excitaciones prohibidas. Puede que la dominación tuviese su sentido si se hacía con la persona indicada y se trataba tan solo de un juego, ¿no? ¿Sería ese el magnetismo que escondía ese mundo?

Pensé en las palabras que me había dicho Verdoux acerca de cuando desease discutir. No había cumplido esa regla. No me había puesto de rodillas con esas medias que tanto le gustaban. No había entendido porqué tenía que rebajarme a eso para satisfacernos teóricamente a ambos. ¿Por qué tenía que caer de rodillas a sus pies? No era nada más que la superioridad del hombre sobre la mujer, del sumiso que se rebelaba para después aceptar recibir su castigo y, por muy bueno que hubiese parecido al principio, aquello había carecido de atractivo alguno.

2018 / Sep / 05

Recuerdo a la perfección cada una de las veces, Kyra. Cada momento en que tuve que pagar de la peor forma posible por las pillerías de mi madre para sacarnos de allí. Empecé a creer que no había amor en ella, que no le importaba mi dolor, porque aunque llorase viendo lo que ocurría se terminaba yendo con mi padre sin decirle nada. Podía ver en ella un poco de bienestar por no ser quien tuviese que sufrir los castigos infligidos por mi progenitor y ahí tenía que quedarme yo, cubierto de esa asquerosidad, de los escupitajos y el sudor por estar casi a punto de ahogarme por su rudeza, por su incomprensión con que aquello estaba mal, increíblemente mal. 

Me negué a creer en la bondad de nadie. ¿Quién podía aceptarlo si sus propios padres eran así? Mi padre disfrutaba con mi dolor, a pesar del asco que le provocase hasta a sí mismo. Pero se había endurecido de tal forma que ni tan siquiera me llamaba por mi nombre. No me miraba nunca. ¿Podía sentirse asqueado de sí mismo por lo que estaba haciendo? ¿Entonces porqué no lo dejaba? ¿Por qué no me permitía olvidar o incluso, me pedía perdón por atreverse a robarme la existencia cada vez que mi madre le quitaba dinero? 

Aún puedo oler a la perfección su aroma a rancio, el alcohol, el sudor y la maldad se mezclaban en el ambiente siempre que aparecía. Yo me había negado a salir de mi habitación. Había intentado de todas las formas existentes rehusarme a satisfacer aquellos instintos grotescos, pero no tenía alternativa. Era un niño. 

¿Comprendes mi sentimiento de liberación cuando mis padres murieron? Ambos entre sufrimiento, en un dolor que les había hecho gritar aunque una no tuviese fuerzas y el otro se estuviese ahogando con su propia sangre. Era libre, a pesar de no serlo en realidad. Me creía minúsculo frente al mundo. ¿Cómo sale uno de esa situación? 

Nunca encontré a nadie que sufriese mínimamente lo que yo padecía. Tampoco era capaz de expresárselo a nadie. ¿A quién le importaba lo que un adolescente escuálido pasaba? Absolutamente a nadie. Siempre he estado solo. ¿Dónde estabas tú? Podrías haberme ayudado. ¡Te odio por no haberme ayudado! ¿Por qué llegaste cuando no había más solución en mí? ¿Por qué apareciste con tu halo sobre la cabeza cuando ya había abrazado esta vida y no cuando estaba perdido? Eres tan malvada como todos los demás, te hiciste esperar. 

Las cartas eran desgarradoras. Cada una de ellas iba oscilando todo el tiempo entre la autocompasión y la ira más absoluta. Estaba furioso conmigo porque no había podido salvarle de algo que jamás hubiese podido detener, menos con las circunstancias que yo tenía en esos instantes. Si su adolescencia había ocurrido al mismo tiempo que la mía, yo misma estaba sumida en un pozo de desesperación y si nos hubiésemos conocido, dudo mucho que le hubiese hecho algún bien.

Algunas cartas tenían los relatos más asquerosos que había tenido que leer. Narraba una a una las vejaciones a las que le había sometido su padre, en otras aquellas a las que le había sometido Grace cuando había encontrado fuerzas para contarle su traumatizada infancia. Todo mi cuerpo había sentido esa extraña sensación en la que parecía enfermarme por momentos con cada palabra que leía y mi mente, de manera automática, intentaba reproducir como si se dejase llevar por algún tipo de morbo extraño.

Tuve que dejar la lectura un número incontable de veces para buscar fuerzas para no chillar por la injusticia de todo lo que había tenido que padecer. Nada de eso justificaba el monstruo en que se había terminado convirtiendo, pero ¿qué hubiese sido de mí si no hubiese tenido el apoyo de mi familia? ¿Podía haber terminado igual? ¿Podía haber sido una máquina de venganza buscada incluso en personas que no me habían hecho daño alguno en la vida?

Él devolvía la ira que había sentido en sus carnes, que había acumulado durante años regalando sufrimiento a otros seres humanos, sin pararse a pensar en que hubiesen pasado por una situación similar o no, sin permitirles defenderse o encontrar su propia redención. Egoístamente asimilaba que estaba dando al mundo lo que el mundo le había quitado, reduciendo todo una constante minúscula y simple: ojo por ojo.

A medida que no contestaba sus cartas, su odio se iba incrementando. Quería jugar y no tenía forma de hacerlo si no tenía un compañero de juego, si yo no le respondía las misivas. Entonces, buscó otra forma de llamar mi atención. Me narró otros episodios de su vida, después de Grace, después de la muerte que le había dado a la mujer que se había cruzado en su vida de manera equivocada tratándole y transformándole en lo que ahora era.

Supe la facilidad con la que se hizo rico. Tan tonto que creían que era y de qué forma más hábil había jugado sus cartas en aquella partida de la vida. También me contaba sus avances como en la cárcel, sus intentos de salir y cómo se los rechazaban; sus sueños, sus anhelos… pero seguía sin responderle provocando aún más su ira, su odio, su locura. Cartas más tarde se disculpaba por las palabras usadas y poco tiempo después volvía a jurarme que acabaría con mi felicidad antes que con mi vida.

Hice una nueva pausa, un intento por calmar mi mente y darle un descanso a mi cuerpo completamente tenso por la situación. Busqué algo de beber. Quise calmar la sed de mi garganta y un vaso de agua tras otro se fue deslizando por mi garganta como si hubiese hecho tanto ejercicio como en la carrera más larga de mi vida. Me senté en el sofá y pensé si había alguna posibilidad de evitarme tener que leer el resto de frases de aquellas notas, algunas de ellas con hasta diez páginas de improperios, unos ni tan siquiera los había escuchado nunca y mucho menos, los había visto escritos. Era igual que leer el libro más denso de la historia de la humanidad que se centraba en el lado más negativo existente dentro de ésta y describiéndolo en los más mínimos detalles. Aún así, sabía de sobra que no tenía otra posibilidad. Debía aceptar cuanto antes que si terminaba pronto la lectura, me sería más sencillo comprenderle o, al menos, intentar salvar al resto de los miembros de mi vida, porque había una fecha fijada y él haría su golpe maestro.

2018 / Sep / 05

Queridísima Kyra. 

Has aprendido finalmente a jugar. Has logrado que no me diese cuenta de lo que tenías planeado. Por suerte, para mí, no te has ido de rositas ni mucho menos. ¿Cómo se llamaba? ¿Rochester? ¿Roger? ¿Rocastor? Como fuese. Aún recuerdo la primera vez que le vi, os vi y como supe que terminaría matándole. Era demasiado protector contigo y antes o después saltaría sobre mí para evitar que yo te matase. Pensé que lo haría aquel día en tu cocina, pero ese chucho me defraudó. Te hice un favor quitándote a un animal que no podía protegerte de nada, no al menos como yo pensaba que lo haría. 

Sé que estás bien. He visto que vuelves a sonreír, que sigues retozando en los brazos de ese Verdoux. ¿Por qué, Kyra? ¿Te gusta hacerme enloquecer? No puedes estar cerca de él, lo sabes, claro que lo sabes, pero sigues jugando conmigo deseando que me entere de todos tus pecaminosos movimientos. Y yo que te creía pura… 

Aún recuerdo a la perfección el olor de tu pelo. Lo sedoso que era. Ese contraste deliciosamente sorprendente que hace con tu piel pálida, con esos ojos claros que desarmarían a cualquiera y como colofón está tu boca… Tan solo la he rozado una vez y no he podido evitar soñar con ella a todas horas. ¿Qué de cosas sabes hacer con ella? Estoy convencido que deslizaría de maravilla entorno a mí. Que… 

Tuve que dejar la lectura. Aquello me estaba poniendo las tripas verdes. Douglas había sabido de mí desde el momento uno en que había entrado en la cárcel. También había tenido claro que debía matar a Rochester, asi que no había ninguna duda que había sido él y por otro lado, había reconocido que quería matarme antes de esa obsesión enfermiza que había logrado despertar en él sin pretenderlo, ni mucho menos.

Miré todos los documentos. La lectura sería pesada. Había tantos como días habíamos pasado separados hasta el día que suponía, me había mandado el pen drive. No sabía si tendría estómago para leer tantas cartas en las que sería convenientemente explícito en sus deseos para buscar mi propia incomodidad y desazón.

Sin embargo, ¿realmente habría allí algún tipo de respuesta a lo que sucedería el día de mi cumpleaños? ¿Me podría intentar adelantar a él si leía todas esas cartas que estaba convencida que me harían vomitar o sería una tortura más que me obligaría a padecer cuando la solución la tenía delante de mis narices?

A menudo, uno cree estar preparado para todo tipo de situaciones en la vida y, en realidad, no es consciente la oscuridad que se puede esconder tan cerca sin poder verla porque ni tan siquiera su portador sabe aquello que oculta.

William apareció en ese mismo momento vestido casi para matar a cualquier mujer. ¿Por qué me parecía atractivo? Tenía que verle feo, como un monstruo que domina los infiernos, pero a menudo, eso podía atraerme.

Llevaba un jersey fino, oscuro, que contrastaba con su tono de piel blanquecino. Me preguntaba porqué llevaba algo de manga larga con la temperatura tan veraniega que aún hacía allí. También me cuestioné a mí misma dónde estaría la civilización porque no estábamos en una isla desierta a la que nadie pudiese llegar, no era lo que yo había imaginado. Estaríamos en una playa privada, alejada de todos, pero demasiado cerca como para poder ir de fiesta a alguna parte.

Miré la hora en mi ordenador y fruncí mi ceño. ¿No iba ni a comer conmigo? Bienvenido el William de mis pesadillas, aquel al que le importaba menos que un chicle que pisase y se quedase en la suela de su zapato carísimo.

Me quedé mirándole hasta que sus ojos se posaron en mí. Me mantuve serena, en lo posible. Él no pensaba darme explicación alguna, seguro, y yo no iba a pedírsela. Para orgullosa ya estaba yo. No iba a consentir que me pisotease como si fuese tonta, aunque en realidad lo estaba haciendo ya. Le estaba permitiendo que volviese a jugar conmigo aunque, ¿y si eso era una relación normal? ¿Y si no se le tenía porqué decir al otro dónde iba si el otro no preguntaba? Froté mis sienes confusa empezando a dudar hasta de mi propia existencia.

— Tengo que irme —comentó y antes de eso se acercó a mí cuasi dubitativo antes de depositar un beso en mi cabeza.

Le dejé hacer, quise creer que era un pequeño paso para evitarnos sufrimiento, que había abierto la puerta a una posible reconciliación. ¿Cómo un gesto tan simple podía servir para algo tan importante? Aún así, sabía que él seguía herido porque pensaba de él lo peor por lo que no me dio oportunidad alguna para negarle esos pensamientos que yo misma había obligado a que terminasen saliendo disparados de su boca un rato atrás.

— Pasa buena noche… —musité.

Soltó un suspiro y se fue dejándome con las ganas de salir corriendo detrás para darle un apasionado beso en los labios y suplicar su perdón. Era demasiado orgullosa para ello, me sentiría hipócrita si lo hiciese dado que estaría pensando lo mismo aunque él llegase a perdonarme. Por eso, me quedé ahí, mirando la puerta cerrada y maldiciendo aquella cabeza mía que no me traía más que problemas.

El día se iba a volver demasiado largo sin él. Incluso, en los incómodos silencios, viene bien tener a alguien al lado pues sabes que se podrá romper con una caricia o con ser quien rompa el hielo, quien termine con la tensión. En cambio, la soledad no daba esas alternativas, ni mucho menos. Se volvía una apretada manta congelada que iba estrujando hasta que el dolor llegaba a los mismos huesos. Pude sentir ese frío deslizándose por mi piel hasta que froté mis brazos obligándome a recordar que estábamos en pleno verano, aún.

Siempre había pensado en leer alguna historia de miedo. Tenía ante mí la posibilidad de hacerlo, con el consiguiente añadido de saber que de ficción no tenía ni los nombres. Quise tomármelo con resignación, pero para entender la mente de un asesino o de cualquiera, tienes que sumergirte en sus escritos, sueños, recuerdos y ensoñaciones. Debía encontrar la lógica dentro del caos.

2018 / Sep / 05

En todos los expedientes estaba seleccionada la mentira, exactamente el momento en que él había colocado el gazapo. Decidí abrir el expediente de Gustav comprobando que su historia tenía las mentiras de forma clara. Él me había confesado lo ocurrido con su anterior pareja y allí estaba relatado de otro modo en que Gustav terminaba siendo prácticamente un asesino. ¿Si no lo hubiese señalado con el número de mil demonios me lo hubiese terminado creyendo? Lo dudaba. Mi recuerdo de Gustav era demasiado dulce, un abrazo en el que realmente había podido sentirme segura a pesar de que él se hubiese ido desvaneciendo nuestras posibilidades de ser felices juntos.

De todos modos, tenía que recordar qué era lo que tenía que hacer cuando descubriese los datos falsos. Aquella información era muy larga y la contraseña dudaba que lo fuese tanto, básicamente porque de ser así habría muchas más posibilidades de que me equivocase.

Pensar no parecía ser mi fuerte en esos momentos, en absoluto. Estaba completamente colapsada y le pedía a mi cerebro un esfuerzo hercúleo cuando él ya estaba jugando a varias bandas: una, intentar comprender todo lo que tenía delante; dos, recordarme a cada rato que era la culpable de todos los fracasos de mi vida; y tres, la manera incomprensible en que mi cabeza me regalaba algo parecido a una banda sonora mientras hacía todo lo que se suponía que tenía que ser lo único en lo que pensasen. ¿Mindfullness? ¡Já! Cuando fuese capaz de controlar mi cabeza de todo lo que procesaba en medio segundo me reiría de todos esos superpoderosos que leen la mente. Mantener sometida a mi mente sí que era un verdadero desafío.

Intenté razonar. Los textos bíblicos que podía terminar escribiendo con respecto a las mentiras redactadas por Douglas, debían tener una forma de sintetizarse. ¿Y si… ? ¿Podían ser sintetizadas en una única palabra, delito, emoción o simplemente un sustantivo? Analicé el texto escrito por Douglas en el expediente de Gustav. ¿Debía centrarme en la mentira o en el sustituto descubierto por mí? Mordí mi labio inferior y pensé en una forma de definir las dos. El pasado real me llevaba a pensar en la palabra: abandono; en cambio, el pasado ficticio me daba como respuesta: asesino. Escribí ambas palabras en el dorso de una hoja ya impresa. ¿Tenían algo en común esas dos palabras o tenía que elegir entre una de ellas?

Quizá lo viese más claro si me centraba en otro expediente, en buscar la palabra que definiese ambas, al menos aquellas que supiese cuál era la verdadera situación dentro de esa fábula de mentiras inventadas por una mente que disfrutaba jugando con la mía propia.

Escogí el expediente de Verdoux. Observé el lugar donde estaba marcada la mentira y volví a buscar una palabra que definiese cada una de las situaciones. Puede que mis propios sentimientos entrasen en juego, pero en la realidad tan solo pensaba en la palabra egoísmo, mientras que en lo detallado el incesto era más que evidente.

Aquellas palabras, teóricamente, no tenían nada que ver la una con la otra. Miré la escasa lista creyendo que tenía aún mucho trabajo por delante, pero se me ocurrió una idea. ¿Y si eran calificativos de la propia vida de Douglas? Las cuatro palabras que había conseguido sacar lo eran. Abandono, asesino, egoísmo, incesto… todas parecían calificativos de su propia vida, como si buscase en los demás partes de sí mismo. ¿Sería ese su objetivo?

Volví a perderme entre los expedientes buscando soluciones. Llamé a Chloe y le leí la parte donde estaba el gazapo. En otros expedientes me limité tan solo a describir la situación expuesta, por mucho que supiese que era falsa y no tenía la forma de conocer cuál era la realidad. Fuera como fuese terminé con un gran listado de palabras. No podía evitar ver más y más claro que todos esos términos eran una descripción silenciosa de él mismo.

¿Podría ser su verdadero nombre la clave o aquel con el que yo le conocía? Tenía más de una posibilidad, seguro, el único problema es que no recordaba cuál era el nombre real de ese sujeto maquiavélico. Resoplé porque volvía a estar en un callejón sin salida del que tendría que buscarme la manera de escapar.

Nunca me había creído lo suficientemente inteligente como para resolver los mayores misterios de la historia. De hecho, dudaba si era mínimamente lista como para saber realizar muchos ejercicios que había terminado descubriendo que tan siquiera sin pensar había logrado resolver con un parpadeo y sin tener la consciencia completamente alerta. Por ese motivo había pensado que todo era mucho más sencillo de lo que planeaban hacernos creer. No creía que eso fuese ser inteligente, no a mis ojos, mientras que el mundo me devolvía lo contrario provocándome una gran confusión.

No perdía nada por provocar que Douglas fuese la palabra correcta en la contraseña para abrir la segunda carpeta. El único problema es que no sabía dónde había un ordenador dado que dudaba si había visto el mío en mi maleta.

Me levanté, me percaté que Verdoux no estaba, por lo que seguramente se estaba arreglando para su patética cita y abrí la maleta buscando mi verdadero amigo en todas las circunstancias, mi portátil. Tras lograr encontrarlo y el pen drive con él, caminé hacia el lugar que estaba lleno de mis garabatos y miles de papeles sobre vidas ajenas, desconocidas para la mayoría de aquellos que leyesen sus letras.

Encendí el ordenador, puse el usb en su puerto, en el más rápido. Esperé unos segundos y finalmente acepté que el riesgo podría servir para algo. Tecleé Douglas teniendo todo el cuidado del mundo para no duplicar letra alguna y no confundirme. Di finalmente en la validación y rápidamente ocurrió lo inesperado. ¡Se abrió! ¡Me permitió entrar!

¡Será cabrón! Fue lo primero que pasó por mi cabeza porque había logrado desconcertarme cuando todo era mucho más sencillo de lo que había planeado. Si hubiese puesto su estúpido nombre tiempo atrás me hubiese librado de grandes quebraderos de cabeza y de meterme en la intimidad de personas importantes para mí. ¿Y si lo que quería es que yo me volviese un ser parecido a él? ¿Y si quería que rompiese todas las barreras de mi propia ética y moral?

Me centré en la pantalla viendo toda la cantidad de textos en archivos Word y pdf que había en esa carpeta. La segunda fase del juego acababa de comenzar.

2018 / Sep / 04

La cabaña se había quedado vacía. Pensé en miles de posibilidades y solamente se me ocurría una: William me había dejado tirada igual que si fuese una colilla. ¿Por qué no lo haría esta vez cuando lo había hecho tantas otras veces? No tenía más posibilidades que resignarme, levantarme de donde estaba e ir a ducharme. Al menos, aunque sola, tenía un lugar en el mundo donde nadie sabía que estaba. Quizá, si me mantenía así durante… ¿el resto de mi vida?, no volviesen a encontrarme. Debía mantener un perfil bajo o intentar responder las preguntas misteriosas, las claves de las que parecía haberme olvidado por mi propia seguridad, por mi egoísmo puro y duro.

Me metí en la ducha, me vestí y regresé para desayunar sin la mínima esperanza de que el profesor regresase a la cabaña en algún momento. Me levanté en mitad del desayuno y regresé hasta la habitación. Abrí el falso fondo de mi maleta y saqué todas las carpetas endemoniadas con apuntes, con intentos de comprensión de situaciones que yo no había vivido.

Entre ellas estaba la de Verdoux. Abrí su expediente y comprobé que el número estaba nada más y nada menos que tras la marcha de él de Londres. ¿Podía significar aquello que él sabía que en realidad…? Osea, ¿podía ser posible? Si la respuesta a todo eso había sido el engaño donde ponía que él había seguido viviendo felizmente con su hermana entonces, había dos cosas a tener en cuenta: una, todo parecía esconder verdades mucho más dolorosas que las allí escritas por la mente perturbada de Douglas y dos, William no me había engañado y efectivamente no había estado jamás con su hermana, bueno, al menos mientras estuvimos juntos de alguna forma; pero ¿por qué torturarme así?

La mente, ese magnífico desconocido que se volvía nuestro peor enemigo por nuestra tendencia malsana y masoquista de aceptar siempre el lado malo de todas las situaciones sin tan siquiera cuestionárnoslo mientras que el bueno, las posibilidades en las que se podía luchar contra la felicidad, terminaban siendo desechadas y catalogadas de imposibles aunque fuesen mucho más probables que la historia negativa que nos hubiésemos contado a nosotros mismos para darle lógica a esa salida tremendista y decepcionante.

Mordí mi labio inferior antes de dejar el trozo de galleta que no me entraba en el estómago sobre el platito. Me había comido la ración que él había preparado para los dos, yo sola. La fruta, las galletas, la leche… todo menos ese té que se había quedado intacto hasta que se había enfriado tanto como la temperatura de la cabaña lo permitía. El calor asfixiante no era mi preocupación más alarmante dado que había aire acondicionado incorporado en alguna parte de la construcción de ese hogar. Con dinero podían hacerse todo tipo de virguerías mientras que el resto de los mortales a duras penas podíamos permitirnos una sola casa con los metros cuadrados necesarios para no irte golpeando con las paredes mientras vas caminando a las habitaciones o a la única habitación. La vida de los ricos con respecto al dinero era una gozada, por lo demás no parecía ser mucho mejor que las del resto. Los mismos problemas, pero rodeado de lujos innecesarios que se compraban para intentar paliar el malestar y el vacío interior. No se vivía mejor por tener un fajo de billetes en el bolsillo. Se vivía más cómodamente, sí, pero la mente no entendía de dinero.

La puerta se abrió y Verdoux apareció llevando en sus brazos unas bolsas con comida para ambos. Me quedé mirándole sorprendida. Generalmente entre nosotros habían existido solamente dos posibilidades: huir sin decir adiós o decir adiós dando un portazo al otro en la cara. Lo conocido como “relación adulta” no había sido algo que hubiese podido mantener en ningún momento. En todas las posibilidades interpersonales que existían en las relaciones con los demás, yo era igual que un niño: si me haces algo malo, te dejo de “juntar”. Después, me arrepentía todo el tiempo por haberme alejado de esas personas o haberlas alejado de mí para buscar de forma dolorosa su perdón terminando por aceptar tan solo los golpes más duros como lo único que merecía, lo único a lo que debía regresar y aquellos que me permitían un retorno menos doloroso volvían a sufrir esos momentos de rechazo o les hacía rechazarme una vez más.

Me miró casi con la misma sorpresa. Ninguno estábamos acostumbrados a eso aunque en realidad era yo quien había impuesto algunas de esas situaciones que nos habían alejado hasta volvernos dos extraños que se conocían a la perfección, casi soñando cada noche con el otro.

Las miradas de ambos parecían gritar con alegría: ¡estás aquí! Pero ninguno realizaba ese grito que hubiese logrado rebajar la tensión entre besos y risas. El orgullo nos ataba, amordazaba y escupía llegando a dejar nuestra estupidez como carta de presentación antes de la poca o mucha inteligencia que tuviésemos.

Mis labios se entreabrieron, pero Verdoux fue hasta la cocina para llenar el frigorífico y la despensa con la comida que había comprado. Ni tan siquiera había preguntado dónde estábamos y si se hubiese ido para no regresar quizá no hubiese tenido manera de hacerme con víveres nuevos para seguir bajo ese techo con ese plan estúpidamente infalible de huir el resto de mis días.

— Esta noche salgo. No podré estar para cenar.

Su tono frío y distante provocó en mí un gesto tan simple como apretar los labios sabiendo que no iba a decirle ningún lo siento como antes había deseado. Si quería salir, que saliese. No iba a ir detrás de él. Estaba cansada que llevase los enfados más allá. Puede que yo hiciese también lo mismo, puede que no tuviese otra forma de expresarme que el rechazo tras el rechazo, la altanería, la búsqueda de que se me besasen los pies.

Fuese como fuese, ni tan siquiera respondí. Acepté que tenía otros planes y luego, me volví a sumergir entre todos los papeles que tenía delante de mí. La puerta que creí abierta se había cerrado y entre nosotros el fantasma del orgullo había vuelto a gobernar.

2018 / Sep / 04

Durante muchos años me había preguntado la cantidad de veces en que algo apreciado por mis sentidos era igual o una lectura menos realista del momento debido a esa manera de ver el mundo como un enemigo de todo lo que significase mi existencia.

Tomé entre mis dedos una galleta y me sentí desnuda por primera vez desde horas atrás. Antes no me había importado permanecer de esa forma frente a él, sin embargo, en ese momento la vergüenza había actuado en mí como un bofetón que me había regresado a la posición en la que siempre debía estar: tímida, alejada, inaccesible. Puede que no fuese él quien hubiese diseñado un muro entre nosotros, podía haberla creado yo sola en un parpadeo por muchos secretos que él hubiese escondido durante todo el tiempo.

Mordí la galleta intentando taparme lo máximo posible con mi cuerpo, pero ahora entendía porqué en fotos, series y películas tenían unas posturas tan incómodas dado que no estábamos hechos para envolvernos a nosotros mismos igual que si fuésemos mantas.

— Gracias por el desayuno —musité antes de comprobar que una de las tazas tenía leche con cacao dándole un tinte algo más parduzco al líquido blanquecino.

Él negó y se sentó frente a mí. Sus ojos estaban puestos en mis facciones y tenían una expresión difícil de leer para mí. Parecían querer algo y a pesar de haber visto ese anhelo antes, me costaba reconocerlo, seguramente por lo difícil que me resultaba creerme de alguna forma que un hombre pudiese sentir algo, lo que fuese, por mí.

— ¿Por qué… por qué siento que cuando estoy lo suficientemente cerca hago algo, lo que sea y nos distanciamos igual que si estuviésemos en los dos puntos opuestos del planeta?

Me observó unos segundos más antes de acercarse a mí y obligarme a dejar la galleta unos segundos para responderme.

— Para mí siempre estamos pegados al otro, piel con piel, nada nos separa. Si cierro los ojos puedo oler su perfume a vainilla, pero no su colonia, no, sino su verdadera esencia, esa que emana desde los lugares más íntimos de su ser.

Mis mejillas se tornaron del rojo más intenso. ¿Por qué le seguía dejando jugar conmigo como si no doliese, como si no fuese igual que alfileres clavándose en mi alma, alfileres ardiendo y envenenados que iban arrancándome la vida con cada nueva respiración de mis pulmones? Mi mente se negaba a creer que algo hubiese cambiado. Ahora sí, estaba conmigo, en esa cabaña, pero ¿cuánto tardaríamos en regresar a la vida que nos mantenía separados cuando estuviese “segura”?

Sus labios atraparon los míos en un beso dulce y terminé apretándome contra su cuerpo como instinto. Esta era la última oportunidad, no habría más, no volveríamos a empezar, no volveríamos a regresar a este momento, a este lugar. Continué ese beso como pura necesidad por sentirme mejor, por alargar nuestra estancia en el pequeño mundo creado en mitad del paraíso para nosotros solos.

Tomé su rostro entre mis manos y suspiré profundamente antes de separarme de sus labios. Después, observé sus ojos temerosa de pronunciar la pregunta que estaba ahogándome.

— ¿Por qué? ¿Por qué tuviste que engañarme?

Su pulgar atrapó una lágrima que ni tan siquiera sabía que había dejado escapar.

— Kyra…

Apoyó su mano en mi mejilla para que mis lágrimas empapasen también su palma si seguían cayendo, su boca volvió a tomar la mía y negué rechazando sus labios porque quería escuchar la verdad de una vez.

— ¿Por qué?

Volvió a intentar besarme, pero me rehusé de nuevo haciéndole saber que si deseaba darme su silencio tendría que ser mirándome a los ojos, observando mi propio sufrimiento, ese que parecía querer tapar dándome un beso y negando su existencia de todas las formas posibles.

— ¿Por qué? —insistí.

Él terminó suspirando profundamente como si no fuese capaz de decir las palabras, como si algo fuese a provocar alguna circunstancia que rompiese lo que escasamente habíamos construído si es que habíamos llegado a construir algo en este periodo tan pequeño de tiempo.

— Porque debía alejarse de mí —confesó al fin.

Fruncí mi ceño sin comprender absolutamente. Resoplé mirándole porque estaba harta de misterios estúpidos por todas partes.

— ¿Esa es su razón? ¿Por eso se acostó con su hermana? ¿Por eso…?

— Por eso le mentí diciéndole que le había engañado con mi hermana —finalizó el intento de regañina dramática que estaba comenzado.

Me quedé callada, completamente callada. ¿Estaba riéndose a mi costa otra vez? ¿Estaba volviendo a jugar conmigo? ¿No le importaba que aquello me hiciese tanto daño como para llorar? ¿Por qué era tan enfermizamente retorcido? ¿Y me lo preguntaba de verdad? Si se acostaba con su hermana, claro que era enfermizamente retorcido y asqueroso.

— ¿Soy un puñetero juego? —golpeé suavemente sus hombros aunque en realidad hice más daño del que pretendía y me levanté de su regazo—. ¿Que me mintió entonces? Explíqueme un condenado motivo plausible para engañarme de esa manera o estar haciéndolo ahora.

— ¿Ahora?

— Por supuesto. Es evidente que, o mintió entonces o lo está haciendo ahora mismo —elevé el tono algo más de lo pretendido.

Se quedó mirándome demasiado tiempo algo que calificó mi cabeza como una apuesta segura para encontrar cuál era la respuesta que podía ser bastante más beneficiosa para él.

— ¿Sigue pensando que voy con la polla en la mano, señorita Mijáilova? ¿Cree aún que me voy follando a todo lo que se mueve? ¡Puede que deba hacerlo entonces! —su grito provocó que me estremeciese de pies a cabeza. ¿Por qué se había alterado tanto? ¿Había herido su orgullo o le había sacado tanto de sus planes que ni él mismo se había dado cuenta que tenían fisuras?

No supe qué responder. ¿Realmente pensaba que iba con la polla en la mano, tal y como él había dicho, y que se acostaba con todo bicho viviente? Para qué negarlo. Sí, claro que lo pensaba. Me dolía admitirlo, pero lo pensaba. Creía que me engañaba con cada mujer con la que se cruzase, que jamás me había sido fiel, que no era nada más que una muñeca inflable con la que se satisfacía porque no era lo suficientemente buena como para ser una pareja digna de él.

Vi su impaciencia acrecentarse con el paso de los segundos y terminó desapareciendo en el interior del hogar, escuché la rápida ducha, los bruscos movimientos vistiéndose y por último, la puerta trasera de la cabaña cerrándose de golpe como el final de aquella discusión, un desenlace de una de nuestras historias más cortas.

2018 / Sep / 04

Aquel día terminó con ambos acurrucados sobre la alfombra, desnudos, sin nada entre nosotros, sin temores, sin miedos, solamente piel con piel, deseo incontrolable y besos mientras manteníamos conversaciones sobre todo tipo de cosas. Mi mente buscaba temas de conversación mientras él escuchaba cada pequeño fragmento de mi mente atormentada que soltaba a borbotones toda la información que había procesado y tenía almacenada a presión en algún lugar queriendo salir como en aquella ocasión.

Después de horas hablando sin parar salvo cuando nos dejábamos llevar por los besos, sentía una paz sorprendente en todo mi ser. Respiraba sin que me pesase el pecho, pensaba sin necesidad de ver los fantasmas en todas partes. Me sentía liberada aunque en realidad solo era el desahogo propio después de haber almacenado tanto durante demasiado tiempo para mí sola. ¿Quién podía soportar toda la tensión de Douglas para una misma?

No había podido explicar nada sobre Gerault y Tatiana salvo que ella había aparecido en mi vida y todo lo que eso había provocado en mi ser. Ella era un verdadero monstruo de mi pasado, me dolía pensar en todo lo que había tenido que soportar durante los años de colegio e instituto. Le había contado mi padecimiento y con el paso del tiempo me resultaba hasta insultante con respecto a mí misma que no pudiese hacer otra cosa salvo tragar y volver algo tan simple la constante de sufrimiento en mi vida.

No había recibido ninguna palabra de aliento, solamente un oído que me escuchaba y unas manos que no se cansaban de acariciarme. Respiré profundamente su aroma para luego dejar un beso en su mandíbula con dulzura.

— Su vida es… sorprendente, desde luego.

— ¿Sorprendente? Sí… supongo que se podría calificar como sorprendente —musité encogiéndome de hombros antes de apoyar mi cabeza en su pecho.

Terminé bostezando y me coloqué en la posición más cómoda que encontré para de esa manera poder descansar mejor. Todo el cansancio psicológico estaba haciéndome mella para que no pasase tantas horas despierta como antes. Tenía que recuperar las horas de sueño perdidas, o al menos, eso era lo que suponía. Ni tan siquiera me dio tiempo para despedirme, tuve que haber dicho algo, pero lo único que me permitió mi cuerpo fue dormir, dormir y dormir durante horas sobre su pecho, envuelta entre sus brazos y escuchando un ruido constante, imposible de comprender, pero que terminó cesando.

Dormir en sus brazos casi parecía una constante en todo lo que suponía ser mínimamente feliz. No obstante, aquello no era la felicidad, ni mucho menos, sino mi estado de paz. Ese mínimo e injustificado estado en el que terminaba dejándome llevar por mi propio bienestar.

Al despertar tenía mucho mejor humor que de costumbre. Su cuerpo estaba aún apretando al mío contra él. Su respiración era calma, lo suficiente como para entender que seguía durmiendo. Pensé qué había en él como para terminar cayendo en el mismo ir y venir constante de emociones sin sentido. Suponía que todo se basaba en aquellos pensamientos previos. Había amado a ese hombre y volvemos a lo malo conocido sin dejarnos descubrir lo bueno por conocer.

Él me daba migajas que yo aceptaba gustosa, pero que no lograrían saciar el hambre de romanticismo que tenía mi ser. Toda mi alma gritaba por un caballero andante y hacía demasiado tiempo que la armadura de Verdoux se había oxidado junto a su montera.

Deslicé mis dedos por entre medias de sus pectorales sintiendo el ligero vello que crecía en él. Pensé en mi propio canalillo, aquel que siempre había traumatizado por tener pelo como el de los hombres y que tenía que quitarme con cera caliente que me provocaba alguna que otra quemazón antes del consabido tirón que me hacía apretar la mandíbula para no soltar un improperio de los míos.

Sentirse un hombre no había sido uno de los problemas que había padecido, pero sí sentirme un simio lleno de pelo. Sabía que lo había heredado de la familia de mi padre, pero detestaba haber sido la única que lo hubiese hecho, al menos, del sexo femenino. Podía estar hasta bien visto que los hombres tuviesen unos pelos kilométricos en las piernas y en todo el cuerpo porque “eran hombres” mientras que las mujeres teníamos que ir íntegramente depiladas. Agradecía que todo estuviese cambiando de unos años a esta parte: el hombre también sufría a base de tirones para quitarse los antiestéticos pelos corporales.

Contuve mis deseos de tirar de aquellos vellos para provocarle dolor o algún tipo de malestar de la índole que fuese. No obstante, sus ojos se abrieron, por lo que no había logrado ser todo lo silenciosa que hubiese deseado. Mordisqueé mi labio inferior igual que si hubiese sido cazada haciendo algo indebido y estuviese pensando en qué podía hacer para remediar la travesura realizada.

— Buenos días —musitó con la voz aún más ronca de lo habitual.

Apoyé mi cabeza en su hombro restregándome ligeramente contra su piel como un gatito antes de besar su cuello con dulzura.

— Buenos días.

Mi contestación no fue más que una respuesta automática dado que una parte de mí no entendía el motivo por el que debía mostrarle una efusividad distinta estando tan cansada como él parecía estar. Sus dedos se deslizaron por los mechones de mi cabello y fui consciente del hambre que iba creciendo a cada minuto que pasaba. Me dolía el estómago y tenía ganas de comer todo lo que se me pusiese por delante.

Me negué a moverme, al menos, durante otro rato, pero su cuerpo tenía otras intenciones. Me terminó dejando allí, sola, tumbada encima de la alfombra. Caminó desnudo hasta alguna parte de la casa y pensé que ya se había acabado ese supuesto momento perfecto, que todo volvía a ser como antes porque ya había logrado saciar su cuerpo del mío, el verdadero motivo por el que había llegado hasta mí.

Cerré mis ojos y me puse en posición fetal mientras mi mente se encargaba de recordarme lo estúpida que era y sería siempre.

— ¿Tiene sueño aún? —preguntó su voz.

Había vuelto, desnudo como se había ido y había dejado una bandeja con el desayuno frente a mi rostro. Ahora intentaba comprender, ¿eran siempre equivocaciones mías? ¿Había estado viviendo las cosas de modo diferente? ¿Era tan atento como yo siempre había querido o algo le llevaba a tratarme así?

Entonces, por primera vez en mucho tiempo, volví a dudar de mi capacidad real para ver el mundo como fielmente era.