2018 / Nov / 13

La entrevista de trabajo no había empezado de la forma más cómoda para mí y dudaba que fuese a mejorar en poco tiempo. Los momentos tensos no eran mi especialidad a pesar de haber pasado por muchos de ellos a lo largo de mi vida.

— Me gustaría aclararle que primero se comenzaría con un programa de prácticas y que continuando con éste mismo, se vería si es acta o no para el puesto.

La manera en la que hablaba me hacía sentir igual que si fuese completamente idiota. No obstante, había que tener algo en cuenta. A mí nadie me había dicho que iba a entrar en un plan de prácticas, pensaba, en todo caso, que entraría directamente al trabajo. No tenía problemas con las prácticas ni los procesos de selección, pero ponerme nerviosa iba de la mano, aunque ¿cuándo no sentía que iba a terminar volviéndome un flan por la ansiedad? Eso de los ejercicios de respiración para calmarse en estos momentos, era malísima llevándolo a la práctica y tal y como había aprendido a lo largo de mi vida, la mayoría éramos bastante dejados en ese aspecto. Buscábamos, generalmente, un sustituto que nos relajase y que fuese más momentáneo aunque terminase dándonos menos beneficios que estos ejercicios. A mí, por lo pronto, siempre me ponía nerviosa eso de tener que contraer los músculos y todas esas cosas. Me sentía estúpida, aunque bien visto, casi siempre me había sentido de esa forma hiciese lo que hiciese.

Intenté controlar el taconeo de mis pies. Ambos querían empezar a bailar igual que si estuviese en un tablao flamenco y en la soledad de esa habitación sería completamente imposible negar que si ese ruido no lo hacía él era yo quien lo estaba haciendo.

— ¿Ha comprendido este punto? —preguntó volviendo a elevar sus ojos hacia los míos haciendo que me estremeciese ligeramente y no precisamente por las buenas vibraciones.

— Sin ningún tipo de problema, señor. Habrá una selección y quien sea la más apta será quien se quede el puesto. Es comprensible si la exigencia en todos y cada uno de sus trabajadores es tanta como la que parece tener usted mismo en su propio trabajo —justo en el momento que me di cuenta de lo que había dicho, me mordí la lengua por instinto, pero todo ya había salido demasiado rápido así que tenía dos maniobras: intentar distraerle con otro tema, o bien aguantar el chaparrón.

— ¿Me considera exigente, señorita Mijáilova?

No había escapatoria. Había que aguantar el chaparrón.

Su espalda se apoyó en el respaldo de su butaca mientras me observaba sin casi parpadear. Ese tipo de miradas resultaban sumamente inquietantes. Hay una especie de pensamiento automático con el que uno se pone alerta pensando que nadie me mire así puede estar planeando nada bueno, o también podía ser por ese miedo que tenía a toda persona que fuese capaz de hacerme sentir ridícula, inferior y todo ese tipo de pensamientos que permanecían constantemente en mi cabeza y que solo necesitaban que les abriese mínimamente la puerta para que escapasen todos en tropel sin demasiadas facilidades para frenar semejante hilo de pensamientos incansables que se retroalimentaban los unos a los otros.

— Creo que el éxito puede ir acompañado de la suerte, sí, pero en raras ocasiones eso puede mantenerse durante demasiado tiempo, es decir, cuando uno tiene suerte puede terminar siendo solamente estrella de un día y que después no se sepa gran cosa sobre él o ella. Mientras, que si uno sigue trabajando puede llegar a conseguir grandes cosas y mantenerse en la cresta de la ola con más o menos variaciones; eso sí, ambas deben ir acompañadas. Hay personas que trabajan sin descanso, pero que no tienen esa suerte o esas características precisas o que no es ni el momento ni el lugar para que el trabajo de esa persona sea valorado —mordisqueé mi labio inferior percatándome que me estaba yendo por las ramas como a menudo me ocurría cuando estaba nerviosa—. Y remitiéndome a su pregunta, es evidente que no escoge a cualquier trabajador. Busca en sus asalariados el mismo espíritu trabajador que usted. De ser preciso poner la empresa antes de cualquier otra cosa que pudiera surgir. No es de extrañar que pueda ser uno de esos hombres que estén más casados con el trabajo que pudiendo permitirse tener alguna clase de relaciones estables. Aunque, me resultaría raro, puede que esté equivocada y sea de ese escaso porcentaje de personas con éxito que tienen más vida fuera del trabajo que dentro —comenté antes de llenar mis pulmones esperando que en cualquier momento me soltase alguna fresca por mi impertinencia al haber hablado como me había dado la gana, básicamente. De todos modos, creía que no había sido irrespetuosa en ningún momento.

— Pensaba que no era alguien que fuese tan fácil de leer. Dígame, ¿no le supongo un enigma? ¿Soy un libro abierto para cualquiera? —casi parecía preocupado por lo que aquello pudiese significar para él, aunque suponía que en el mundo de los negocios tener cara de póquer debía ser casi un requisito mínimo.

— No creo que sea un libro abierto. Solamente usando la lógica uno podría llegar a esa conclusión. Por no hablar del deseo de pulcritud y de impecabilidad que desea mostrar con… bueno, la simple estancia en la que está. No hay nada que no esté perfectamente alineado, tampoco un gramo de polvo salvo el que se va acumulando con el paso de las horas y con la presencia en la sala de las personas que irremediablemente dejamos caer células muertas, cabellos, etc —entrecerré mis ojos antes de mirar la mesa sobre la que tenía un montón de papeles—. Y casi no hay una sola huella de sus dedos en la mesa. ¿Cree que algo así podría conservarlo una persona que no disfrutase con el orden y la exigencia en la perfección? Alguien bastante más desastroso no estaría pendiente de tener alineados todos los bolígrafos o lapiceros de la forma precisa o no hubiese dado esa orden a ninguno de sus subordinados —me encogí ligeramente de hombros esperando que aquello no fuese tan invasivo como a mí me estaba resultado a pesar de no poder contener mi lengua.

— Veo que tiene mucho que decir sobre mí —sus ojos se oscurecieron volviendo a provocar en mi cuerpo esa reacción de “peligro” con todas sus letras.

— Tiendo a hablar de más si estoy nerviosa. El silencio me incomoda —fruncí mi ceño sin comprender porqué le había dado ese dato.

— Creo que por el momento es suficiente, señorita Mijáilova. Será avisada si es escogida —asintió antes de levantarse para darme la mano y en el momento que su mano envolvió la mía sentí que no volvería a pisar ese edificio en toda mi vida. Había sido un completo fracaso.


Leave a comment