2018 / Nov / 13

Hay situaciones que ocurren tan solo durante un mísero segundo y que cambian para siempre el camino de nuestras vidas. En momentos, nos preguntamos si podríamos haber hecho algo para evitar llegar allí, pero yo tengo la teoría de que si algo tiene que suceder, pasará, por mucho que intentemos que no ocurra. Desde hace mucho tiempo creo que si no estás en un lugar, en un determinado momento, es porque no tiene que ser así. Si estás, es porque debe cambiarte, de alguna manera radical, para siempre.

El avión había aterrizado horas atrás. Me había puesto la ropa con la que consideraba que estaba más elegante, pero sin tener que estar vestida como si fuese de boda. Mis tacones realizaban un pequeño ritmo contra el suelo pulido de ese edificio carísimo. Me sentía bastante entusiasmada, desde luego, sobre todo estaba nerviosa pudiendo sentir cómo mi estómago se quejaba de una de las mejores maneras que había aprendido, dándome un fuego interno, ácido, que llegaba hasta mi garganta y que era molesto hasta decir basta. No importaba el agua que ingiriese, no lograría paliarlo ni apagarlo mínimamente. Aquello había que contrarrestarlo con algo salado o con una fruta. Estaba convencida de lo que más efecto haría sería uno de esos maravillosos yogures con bífidus que me ayudaban a ir al baño, y que parecían casi un antiácido.

Observé como una cabeza se movía en mi dirección. La secretaria que estaba intentando concentrarse en su trabajo me miraba con cara de pocos amigos. Si ella no había tenía tantos nervios como para no poder controlar algún tipo de tic, entonces es que no era humana, pero a pesar de todo, intenté mantener las piernas sin aquel movimiento continuo que tanto molestaba a muchas personas.

Por todas partes podía ver a muchas señoritas impecablemente vestidas, a hombres observándolas de arriba abajo, pero vestidos de traje y con sus dedos con la marca de anillos que habían estado ahí hasta hacía muy poco, o ni cortos ni perezosos mantenerlos en sus dedos como si no fuese un obstáculo. No me gustaba ese tipo de situaciones, me hacían sentir sucia y eso que yo tan solo era una espectadora.

— ¿Señorita Mijáilova? —preguntó la mujer que antes me había estado mirando de mala manera—. Ya puede entrar.

Me levanté respirando profundamente antes cuadrar mis hombros y tras morder mi labio inferior reseco, caminé hacia el despacho del hombre que me había hecho llamar. Debía haberle pedido a Derek que viniese conmigo, pero no quería parecer que necesitaba que me llevasen de la mano aunque lo hubiese agradecido mucho.

Llamé a la puerta de una madera robusta y llamé tan flojo que temí que nadie al otro lado me escuchase. No obstante, una potente voz grave me indicó que pasase.

Abrí la puerta y tras ingresar al inmenso despacho casi me dio un patatús. Todo minimalista y ostentoso, pero era tan similar al despacho que había visto tiempo atrás de Gerault que por poco salí de aquella habitación tan rápido como me permitiesen mis tacones.

Enfrente de mí, sentado al otro lado de un escritorio de cristal, unos ojos penetrantes me observaban como si jamás hubiesen sabido qué era sonreír o tener una expresión amable en sus facciones. Entrecerré los míos como acto reflejo, él también lo hizo. Me observó más detalladamente y en medio segundo, su mandíbula se tensó de tal forma que casi temí que fuese a lanzarme a los perros al estilo de los millonarios excéntricos.

— Señorita Mijáilova…— su tono aunque duro, casi parecía familiar, como si mi nombre no se le hiciese desconocido o como si hubiese caído repentinamente en algo.

No quise preguntar si nos conocíamos porque a mí aquel hombre no me sonaba de nada, de hecho, ni tan siquiera recordaba en esos momentos el apellido por el que tenía que llamarle, así que mientras mis ojos buscaban algún tipo de referencias para dirigirme a él, preferí quedarme con “señor” tan solo.
Me dirigí hasta la mesa de escritorio para estrecharle la mano mientras una sonrisa se deslizaba por mis labios en busca de destensarme a mí misma, aunque sabía que la solución iba a ser estresante sin posibilidad de cambio.

— Buenas, señor.

— Buenos días —comentó envolviendo mi mano con la suya grande, cálida y firme. Un seco movimiento de manos, sin ser demasiado fuerte y el saludo ya estaba hecho—. Me alegra comprobar que ha accedido finalmente a acudir a esta cita. Por su correo, mi secretaria me había comentado que no parecía estar nada seguro o, por lo menos, que no daba una gran convicción de querer conseguir este puesto. ¿Estoy en lo cierto?

La primera en la frente. Aquel hombre serio, con ojos azules intensos, con el pelo mejor peinado que había visto en mi vida por el que dudaba que se le moviese un solo cabello, me observaba como el depredador observar a su presa. Estaba seguramente acostumbrado a mandar a casa a tantas personas como buenamente deseaba y me preguntaba si por esta entrevista no sería alguien más despedido.

— En realidad no es cierto. Solamente no tenía la convicción de conseguirlo porque, al fin y al cabo, es usted quien decide quién y quién no trabaja en su empresa. No quería creer que estaría trabajando aquí solamente por mi cara bonita o por las referencias ignorando que esta entrevista es casi tan importante como el currículum —contesté en busca de la tranquilidad en mi tono de voz con la que hacía lo posible para trabajar con mis pacientes o los que había tenido tiempo atrás.

Me mantuvo la mirada unos instantes, algo parecía brillar en sus ojos antes de asentir y desviar la mirada de la mía dándome un gran respiro por la intensidad casi analítica que tenía. Casi parecía que me estuviese concediendo la posibilidad de seguir con vida o de morir en la peor de las torturas con el movimiento de uno de sus dedos igual que el César en la antigua Roma.

— Buena respuesta, señorita Mijáilova. Es bueno saber quién toma las decisiones en esta empresa.

Y aunque su contestación y aclaración era comprensible, no pude evitar que una parte de mí pensase: ¡Creído! A grito pelado.


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