2018 / Nov / 13

El sonido de la lluvia golpeando la ventana me traía el recuerdo de todos aquellos días en los que había creído que tenía una mínima suerte, que tenía al cielo de mi lado, que estaba a pesar de todo de mi parte, recordándole al mundo que yo estaba llorando por el sufrimiento que se arremolinaba en mi mente con la misma dureza que un huracán terminando por desquebrajar mi pecho con su fuerza inusitada.

Hay momentos en los que uno parece que disfruta aún más de esa forma de sentirse en la que no hay nadie capaz de consolarle, tan solo las canciones de desamor o las más tristes, dispuestas una tras otra en lista de espera para reproducirse logrando que todo nuestro se estremezca y se revuelque con gusto en los dolores más intensos de nuestra alma.

A pesar de no tener demasiado motivos para ello, era casi un alimento para esa parte de mí misma que durante tantos años había vivido sumergida entre las sombras de su propia oscuridad. Es como si la soledad y las sombras tuviesen algo, lo que fuese, que provocaba una cierta adicción. Podía sentir cómo crecía y me envolvía para lanzarme a esos lugares tan conocidos para mí donde solamente existía el dolor.

Intenté centrarme en las opciones que se me presentaban para el futuro y no en esa desolación desorbitante que me había empezado a arrastrar hacia un agujero negro que me succionaría y no me dejaría escapar en ningún momento de su morada.

Tomar decisiones nunca había sido mi fuerte, bien porque creía que no lo hacía bien, como casi todo lo demás, o porque solamente recordaba los momentos en que mis decisiones me habían llevado a situaciones demasiado extremas como para que supiese manejarlas con las tablas que debería tener una persona de mi edad. A pesar de que ese tipo de reflexiones externas y de la sociedad lograban hacerme reír a carcajada limpia en muchas ocasiones, también era cierto que provocaban esa misma desazón como una presión añadida.

No obstante, la vida estaba llena de esos momentos. Situaciones en las que podía ser un nuevo comienzo o la primera derrota en una batalla que pasaría muchos años despierta, amenazante y poderosa hasta que en el algún momento, demasiado lejano para poder saberlo, alguien blandiese la bandera blanca permitiéndose a sí mismo negarse tener más momentos de bajas y desesperación, al menos, por esa guerra interminable.

Tenía que centrarme en la parte positiva también. A menudo, mis análisis estaban rodeados de esa parte oscura y peligrosa. De mis miedos, de mis inseguridades, de mi negatividad en la que me sumergía más fácilmente que en las aguas cálidas de la esperanza. Como parte positiva, tenía la posibilidad de demostrarme a mí misma que valía para el trabajo, intentar empezar de cero en situaciones nuevas, un nuevo reto que me daba tantas posibilidades de éxito como cualquier otro que me propusiese. A pesar, de que para mi mente la balanza estuviese clarísimamente decantada por el porcentaje de fallos, la realidad era distinta, había un cincuenta por ciento para cada una y si me paraba a pensar, a respirar y a sentir, lo más probable es que descubriese que por mucho miedo que tuviese, estaba deseosa de sumergirme en una nueva aventura.

¿Estaba tomada la decisión? Seguramente. No sabía qué terminaría significando en mi vida, pero había querido intentarlo, así que, antes de contestar afirmativamente lo hablaría con Derek quien aún debía estar durmiendo pues la noche a duras penas si rayaba el alba.

En situaciones como esa me preguntaba cuántos amaneceres viviría a lo largo de mi vida. Había vivido muchos sin verlos realmente, o durmiendo, o perdida en mis propias emociones que me habían cegado, olvidándome que la vida continuaba aunque para mí pareciese haberse parado.

Disfruté por un instante del silencio y regresé al ordenador para escribir parte de la historia que aún tenía entre manos. Desnudarse por completo en un libro no era algo sencillo, aceptar en las páginas algunas situaciones que ni tan siquiera había sido capaz de admitir en voz alta, resultaban muy dolorosas. Pero, quería hacer algo diferente con eso. Quería que ese sacrificio mío, que esa forma de desnudarme ante todo aquel que leyese la obra pudiese hacerle sentir menos perdido de lo que yo me había sentido nunca.

Sonreí antes de ponerme a redactar uno de los momentos más trágicos de mi vida, sabiendo que necesitaría a Derek en ese momento, pero que no podía depender tanto de él. Ahora, lo importante no era sentirme bien escribiendo, aunque disfrutar del proceso debía ser clave, sino poder rememorar lo máximo posible todas esas situaciones en las que la congoja había sido mayor que cualquier emoción cuando se abrazaba con la tristeza crónica que se deslizaba por mis días como si no existiese más estado anímico que aquel para mí.

Después de derramar las primeras lágrimas, las siguientes vinieron sin que se lo hubiese permitido, pero realizando más llevadera aquella situación. Y cuando, hube terminado el capítulo, sequé mis lágrimas sintiendo una sonrisa de satisfacción solamente porque había logrado hacerlo, lo había conseguido y eso era más que suficiente para mí.

Me percaté de la hora que era. Me había sumergido tanto en la escritura que me había olvidado del tiempo que había pasado ejercitando los dedos sobre el teclado. Era una hora más que razonable para llamar a Derek y contarle mi plan. Al menos, podíamos tomarlo como unas pequeñas vacaciones. ¿Por qué no irnos con todos los gastos pagados?

Su voz ronca me recordó que había estado durmiendo hasta hacía tan solo un par de minutos o que le había despertado. Sin embargo, tenía la maravillosa cualidad de hacerme creer que mi llamada era una de las mejores formas de despertar y tomar energías para el día que empezaba. Me sonrojé sin poder evitarlo, los halagos, recibirlos, no eran precisamente mi fuerte.

Cuando colgué tenía clarísima la situación. ¡Nos íbamos de vacaciones! ¡Bienvenida a tu nueva aventura, Kyra!


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