2018 / Nov / 13

Me desperté entre sábanas sudorosas. Derek no estaba allí. Mi piel estaba fría por las temperaturas que a pesar de tener ventanas no lograban terminar de aislar del todo aquella casa que un día se nos terminaría cayendo a pedazos encima. Ni siquiera todas las denuncias habían logrado que uno de los ojitos derechos del gobierno terminase aceptando que había estado haciendo una patata pura y dura. Habíamos logrado tan solo un cambio en toda la casa, pero el resto era de una calidad que dejaba muchísimo que desear.

Me puse ropa de estar en casa incluyendo una sudadera. Bajé las escaleras descalza y entré en la cocina para coger un vaso de agua antes de pensar en todo lo que me había hecho despertarme. Situaciones de estrés que para cualquier otra persona podían soportar una tontería y para mí eran iguales que pesadillas: exámenes, perder un libro prestado que hubiese terminado extraviado… ¿cómo situaciones tan mínimas eran tan poderosas como para transformarse en pesadillas que me quitasen el sueño?

Podía leer en todas y cada una de las señales cómo mis emociones eran un manejo incontrolable y que me provocaban una vergüenza del tamaño de un desnudo en mitad de la calle o de un estadio lleno de gente y con tantas cámaras que el mundo en su totalidad se enteraría de la cantidad de lunares que tenía por toda mi anatomía.

Sabía que el teléfono de Derek estaría encendido y que contestaría mi llamada de necesitarlo, pero me negaba a que cualquier mínima crisis fuese tan solo paliada por otra persona, no porque me sintiese más que nadie, sino porque si dependía absolutamente en todo de él, lo más probable es que la relación fuese de mal en peor con el paso del tiempo. Así que debía gestionarme yo sola mis angustias como lo había hecho durante gran parte de mi vida. Bien, es cierto, que no había sido mi fuerte, pero nunca es tarde para empezar.

Teóricamente yo tenía conocimientos para ser capaz de manejar todas estas cosas, pero estaba más que segura que por mucha teoría que supiese todo el mundo, si las emociones se disparaban, terminaban dejándose llevar aunque no debieran. No debía reprocharme eso. Estaba cansada de recordarme que me sabía la teoría, pero que no la llevaba a la práctica y ese tipo de pensamientos lo único que proporcionaban en mí era una angustia superlativa, nada más que eso. ¿Por qué? Porque no estaba haciendo lo que debía. Eso era para darme de aplausos si me sumergía en esa espiral y sabía cómo terminaría todo: la ansiedad estaría tan disparada que lo único que la paliaría sería una pastilla para lograr que no me subiese por las paredes como la niña del exorcista.

La noche me recibía como siempre. No había abrazo cariñoso, era fría, distante y dolorosa. Parecía reprocharme en secreto que había dejado de acompañarla durante muchas de ellas solamente para vivir en el día. Pensamientos como aquellos me hacían hasta gracia. Imaginar que la luna o la noche hubiesen querido tenerme a su lado, era igual que creer que las estatuas hablaban o sentían.

Con el vaso de agua entre mis dedos, decidí subir de nuevo a mi habitación. Mis padres estaban dormidos aún aunque sabía que mi madre no tardaría demasiado en despertarse. Durante muchos años había cogido por costumbre, para ayudar a que mi hermano fuese a la universidad, a levantarse a horas intempestivas. Me sorprendía que aún se hubiese quedado con la hora, sin embargo, mi abuela también decía lo mismo. Siempre se había levantado muy temprano en todos sus trabajos y, al final, había cogido la hora y no podía estar más tiempo en la cama durmiendo. Y no eran dos personas que necesariamente se acostasen antes de la cena, pero sabían llevar ese ritmo de sueño cuando el mío era tan inconstante que creía que algún día me metería en la cama y no me despertaría en días, pero en cuanto despertase no volvería a dormir tampoco durante esa misma cantidad de días.

Encendí mi ordenador por pura costumbre. Me senté en la silla y comencé a trastear entre las carpetas hasta que finalmente encontré mi escrito, la obra que había conseguido terminar, más o menos. No estaba satisfecha, nunca lo estaba en nada de lo que hacía, pero me había propuesto en esta ocasión llegar hasta el final.

Aún faltaban unas horas para que despuntase el alba. No tenía muchas ganas de leer, por lo que me dispuse a continuar plasmando mis sueños, mis vivencias, mis historias aunque fuesen repetidas, en aquel diario de sueños, ese diario donde intentaba pensar con mayor claridad al ver escritos todos mis miedos, mis fobias, mis pesadillas o mis anhelos en sueños inconclusos en los que, a menudo, me había sentido tan mal que me había despertado por ello.

Justo en ese momento recibí una notificación. Tenía un correo nuevo. Me estiré ligeramente en la silla y me metí dentro de la bandeja de entrada del correo porque a duras penas si era capaz de concentrarme en lo que estaba escribiendo. Cliqué, abrí y observé la letra impersonal del ordenador, un Times New Roman que lo único que dedicaba era gran profesionalidad.

“Estimada, señora Mijáilova.

Le informo de una petición especial por parte del presidente de la multinacional Mootex. Le gustaría concederle una cita laboral el viernes a las 12:30 de la mañana.

Tras haber escuchado a hablar de usted a múltiples socios está deseando ofrecerle una propuesta de trabajo en la empresa, en su sede central.

Por favor, le rogamos que nos informe si acepta esta petición, de ser así, la empresa se encargaría del pago de todos los costes de su estancia, viaje y, si todo sale bien, traslado.

Un saludo,

Amelia Fox.
Secretaria general de Mootex S.A.”

Entrecerré mis ojos al leer ese correo. Llevaba mucho tiempo sin trabajar y sabía que no era la persona más indicada, pero también es cierto que decidirlo sin tan siquiera haberlo meditado mínimamente era algo absurdo y, un viaje con todos los gastos pagados, no me vendría mal. Sabía que lo más probable es que no me escogiesen, pero si había escuchado hablar de mí podía ser que ya estuviese interesado. Fuera como fuese la curiosidad estaba volviendo a ganar de nuevo, aunque me negaba a tomar una decisión tan pronto, aún había tiempo para responder, al menos, dentro de un par de horas no sería demasiado tarde.


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