2018 / Nov / 13

Tras salir del edificio resoplé molesta conmigo misma por haber podido perder la oportunidad de un gran trabajo, pero si era realista, sabía que hubiese estado bastante más tiempo en tensión que de otra forma, así que no sabía si debía agradecer a mi lengua incontrolable por semejante labor o a mi inusual poco manejo de cualquier tipo de emoción.

Moví mi cuello de un lado al otro, hice posturas que seguramente me vendrían mucho peor para aliviar el dolor y la tensión, pero en la busca desesperada de algún sonido que cambiase mi malestar por una negación completa de dolor, me abstraje lo suficiente para luego abrir mis ojos encontrándome con un vaso de mi refresco favorito delante. Parpadeé en varias ocasiones hasta que dejé de enfocar lo que tenía en primera línea, viendo que era Derek quien tenía en su mano ese refresco además de una inmensa sonrisa por volver a verme. ¿Cómo alguien podía llegar a hacerme sentir tan especial?

— Por tu cara tiene pinta que no te ha ido demasiado bien, así que, por si las moscas he traído el kit de celebración o de consolación, como quieras verlo, refresco, un bollo calentito y entradas para ver ese musical que tanto querías ver sobre Michael Jackson. Bueno, espero que sea ese musical o sino su primo hermano más económico. No quedaban muchas entradas en ninguno —murmuró haciendo una mueca antes de provocar que yo misma mordiese mi labio inferior buscando esconder una sonrisa imposible de tapar.

— Sabes siempre qué hacer para levantarme el ánimo —musité con una sonrisa y me olvidé rápidamente de la nefasta entrevista antes de besar sus labios aplastando mi cuerpo contra el contrario a pesar de que él tuvo que ser mucho más rápido o hubiésemos terminado empapados de refresco de naranja.

Sus labios y los míos casaban a la perfección, aunque no sabía si de esa forma que él hubiese denominado perfecta, poco tiempo antes me había asegurado que en la mayor parte de las películas, series y fotografías, la mayoría de los besos son un verdadero desastre y, ese recuerdo, casi consigue que me carcajee contra su boca pensando que podría ser yo misma quien fuese la que le estuviese “comiendo” o “masticando” en esa ocasión.

Derek terminó poniendo su frente contra la mía separándose de mi boca tan solo para permitirnos respirar a ambos. Él tenía mucha más capacidad pulmonar que yo, más resistencia por el ejercicio que realizaba todos los días, pero en cuanto aumentábamos mínimamente la pasión del beso ambos perdíamos el control transformando nuestras respiraciones en algo bastante más caótico de lo esperado.

— Creo que deberíamos ir yendo hasta el teatro si queremos ver ese espectáculo —susurró contra mis labios y le robé un pequeño besito que ocasionó su sonrisa.

Me separé de él para comenzar a caminar dándole un gran trago a ese delicioso refresco que siempre me terminaba dejando acidez en el estómago por su dulzura, pero a veces uno soporta esos pequeños males por puro placer culpable.

— ¿Quieres hablar de la entrevista? — preguntó antes de envolver mi cintura con su brazo acercándome a su cuerpo.

— No hay mucho que decir. Tengo que aprender cuándo debo callarme, eso es todo. Pero tampoco creo que fuese a ser el trabajo de mi vida, así que no es una gran pérdida, al fin y al cabo —me encogí de hombros volviendo a beber ese refresco dado que no podía evitar sentir que la garganta me suplicaba por algún líquido.

— En realidad, creo que son ellos quienes se lo pierden si no quieren tener tu espontaneidad entre sus filas. No creo que sea tanto un fracaso tuyo, sino algo que ellos deberían hacerse mirar porque no existe mejor candidata que tú —contestó con seguridad y no pude evitar soltar un profundo suspiro. Él era la manera perfecta de contrarrestar todo lo que mi cabeza estuviese pensando, aunque, esta segunda, tuviese mucha más fuerza; quizá solamente por el hecho de estar en primera plana y tener controlados los caminos que había que seguir para lograr una bajada de ánimo intensa.

Hay en ocasiones que me preguntaba hasta qué punto me conocía de forma inconsciente mientras que de manera consciente era en ocasiones un completo misterio para mí misma. Suspiré pesadamente sintiéndome algo más baja de ánimo que antes, pero agradeciendo, de alguna manera, que él estuviese a mi lado casi cuidándome como si fuese un bebé en ocasiones.

— Sinceramente no sé cómo me soportas en ocasiones o cómo tienes la paciencia de tratar conmigo —comenté encogiéndome de hombros y terminando por llevarme un trozo del bollo que me había llevado a la boca cansada de intentar aguantar la ansiedad que me producía el aluvión de pensamientos que campaban a sus anchas por mi mente.

La calle estaba repleta de personas, pero era igual que si estuviésemos tan solo Derek y yo. Jamás había sentido esa claridad de pertenencia a un lugar o que no estoy siendo rechazada de ninguna de las formas en las que a mi mente se le podía ocurrir que lo fuese. Estaba allí, frente a un hombre que a pesar de todos mis temores, adoraba cada milímetro de mi ser y por mucho que una parte de mi cabeza, la que siempre terminaba ganando en todas las peleas, no se lo creyese.

— Lo dices igual que si fuese un trabajo extra. “Soportarte” no es el término más apropiado. Cuando estoy contigo no tengo la sensación de estar haciendo un esfuerzo, al contrario, disfruto cada segundo, cada sonrisa que consigo sacarte, cada mirada con ese brillo o, incluso, esas ideas que no dejan de fluir una detrás de otra aunque tema que termines con tanta ansiedad que salgas disparada hacia el espacio. No hay una sola cosa que no me guste de ti o que me haga temer algún segundo a tu lado, al contrario, si temo, temo segundos solo, lejos de la chispa y de la luz que impartes a mi vida —susurró contra mi oído provocando que cada palabra tuviese un efecto aún mayor en mi interior.

Mi corazón palpitaba dolorosamente y mi cuerpo tan solo quería estar entre sus brazos, pero la vergüenza y la poca facilidad que tenía para no sentirme vulnerable o incómoda ante palabras así, propició mi silencio y un sonrojo que Derek terminó acariciando con la punta de su nariz.

2018 / Nov / 13

La entrevista de trabajo no había empezado de la forma más cómoda para mí y dudaba que fuese a mejorar en poco tiempo. Los momentos tensos no eran mi especialidad a pesar de haber pasado por muchos de ellos a lo largo de mi vida.

— Me gustaría aclararle que primero se comenzaría con un programa de prácticas y que continuando con éste mismo, se vería si es acta o no para el puesto.

La manera en la que hablaba me hacía sentir igual que si fuese completamente idiota. No obstante, había que tener algo en cuenta. A mí nadie me había dicho que iba a entrar en un plan de prácticas, pensaba, en todo caso, que entraría directamente al trabajo. No tenía problemas con las prácticas ni los procesos de selección, pero ponerme nerviosa iba de la mano, aunque ¿cuándo no sentía que iba a terminar volviéndome un flan por la ansiedad? Eso de los ejercicios de respiración para calmarse en estos momentos, era malísima llevándolo a la práctica y tal y como había aprendido a lo largo de mi vida, la mayoría éramos bastante dejados en ese aspecto. Buscábamos, generalmente, un sustituto que nos relajase y que fuese más momentáneo aunque terminase dándonos menos beneficios que estos ejercicios. A mí, por lo pronto, siempre me ponía nerviosa eso de tener que contraer los músculos y todas esas cosas. Me sentía estúpida, aunque bien visto, casi siempre me había sentido de esa forma hiciese lo que hiciese.

Intenté controlar el taconeo de mis pies. Ambos querían empezar a bailar igual que si estuviese en un tablao flamenco y en la soledad de esa habitación sería completamente imposible negar que si ese ruido no lo hacía él era yo quien lo estaba haciendo.

— ¿Ha comprendido este punto? —preguntó volviendo a elevar sus ojos hacia los míos haciendo que me estremeciese ligeramente y no precisamente por las buenas vibraciones.

— Sin ningún tipo de problema, señor. Habrá una selección y quien sea la más apta será quien se quede el puesto. Es comprensible si la exigencia en todos y cada uno de sus trabajadores es tanta como la que parece tener usted mismo en su propio trabajo —justo en el momento que me di cuenta de lo que había dicho, me mordí la lengua por instinto, pero todo ya había salido demasiado rápido así que tenía dos maniobras: intentar distraerle con otro tema, o bien aguantar el chaparrón.

— ¿Me considera exigente, señorita Mijáilova?

No había escapatoria. Había que aguantar el chaparrón.

Su espalda se apoyó en el respaldo de su butaca mientras me observaba sin casi parpadear. Ese tipo de miradas resultaban sumamente inquietantes. Hay una especie de pensamiento automático con el que uno se pone alerta pensando que nadie me mire así puede estar planeando nada bueno, o también podía ser por ese miedo que tenía a toda persona que fuese capaz de hacerme sentir ridícula, inferior y todo ese tipo de pensamientos que permanecían constantemente en mi cabeza y que solo necesitaban que les abriese mínimamente la puerta para que escapasen todos en tropel sin demasiadas facilidades para frenar semejante hilo de pensamientos incansables que se retroalimentaban los unos a los otros.

— Creo que el éxito puede ir acompañado de la suerte, sí, pero en raras ocasiones eso puede mantenerse durante demasiado tiempo, es decir, cuando uno tiene suerte puede terminar siendo solamente estrella de un día y que después no se sepa gran cosa sobre él o ella. Mientras, que si uno sigue trabajando puede llegar a conseguir grandes cosas y mantenerse en la cresta de la ola con más o menos variaciones; eso sí, ambas deben ir acompañadas. Hay personas que trabajan sin descanso, pero que no tienen esa suerte o esas características precisas o que no es ni el momento ni el lugar para que el trabajo de esa persona sea valorado —mordisqueé mi labio inferior percatándome que me estaba yendo por las ramas como a menudo me ocurría cuando estaba nerviosa—. Y remitiéndome a su pregunta, es evidente que no escoge a cualquier trabajador. Busca en sus asalariados el mismo espíritu trabajador que usted. De ser preciso poner la empresa antes de cualquier otra cosa que pudiera surgir. No es de extrañar que pueda ser uno de esos hombres que estén más casados con el trabajo que pudiendo permitirse tener alguna clase de relaciones estables. Aunque, me resultaría raro, puede que esté equivocada y sea de ese escaso porcentaje de personas con éxito que tienen más vida fuera del trabajo que dentro —comenté antes de llenar mis pulmones esperando que en cualquier momento me soltase alguna fresca por mi impertinencia al haber hablado como me había dado la gana, básicamente. De todos modos, creía que no había sido irrespetuosa en ningún momento.

— Pensaba que no era alguien que fuese tan fácil de leer. Dígame, ¿no le supongo un enigma? ¿Soy un libro abierto para cualquiera? —casi parecía preocupado por lo que aquello pudiese significar para él, aunque suponía que en el mundo de los negocios tener cara de póquer debía ser casi un requisito mínimo.

— No creo que sea un libro abierto. Solamente usando la lógica uno podría llegar a esa conclusión. Por no hablar del deseo de pulcritud y de impecabilidad que desea mostrar con… bueno, la simple estancia en la que está. No hay nada que no esté perfectamente alineado, tampoco un gramo de polvo salvo el que se va acumulando con el paso de las horas y con la presencia en la sala de las personas que irremediablemente dejamos caer células muertas, cabellos, etc —entrecerré mis ojos antes de mirar la mesa sobre la que tenía un montón de papeles—. Y casi no hay una sola huella de sus dedos en la mesa. ¿Cree que algo así podría conservarlo una persona que no disfrutase con el orden y la exigencia en la perfección? Alguien bastante más desastroso no estaría pendiente de tener alineados todos los bolígrafos o lapiceros de la forma precisa o no hubiese dado esa orden a ninguno de sus subordinados —me encogí ligeramente de hombros esperando que aquello no fuese tan invasivo como a mí me estaba resultado a pesar de no poder contener mi lengua.

— Veo que tiene mucho que decir sobre mí —sus ojos se oscurecieron volviendo a provocar en mi cuerpo esa reacción de “peligro” con todas sus letras.

— Tiendo a hablar de más si estoy nerviosa. El silencio me incomoda —fruncí mi ceño sin comprender porqué le había dado ese dato.

— Creo que por el momento es suficiente, señorita Mijáilova. Será avisada si es escogida —asintió antes de levantarse para darme la mano y en el momento que su mano envolvió la mía sentí que no volvería a pisar ese edificio en toda mi vida. Había sido un completo fracaso.

2018 / Nov / 13

Hay situaciones que ocurren tan solo durante un mísero segundo y que cambian para siempre el camino de nuestras vidas. En momentos, nos preguntamos si podríamos haber hecho algo para evitar llegar allí, pero yo tengo la teoría de que si algo tiene que suceder, pasará, por mucho que intentemos que no ocurra. Desde hace mucho tiempo creo que si no estás en un lugar, en un determinado momento, es porque no tiene que ser así. Si estás, es porque debe cambiarte, de alguna manera radical, para siempre.

El avión había aterrizado horas atrás. Me había puesto la ropa con la que consideraba que estaba más elegante, pero sin tener que estar vestida como si fuese de boda. Mis tacones realizaban un pequeño ritmo contra el suelo pulido de ese edificio carísimo. Me sentía bastante entusiasmada, desde luego, sobre todo estaba nerviosa pudiendo sentir cómo mi estómago se quejaba de una de las mejores maneras que había aprendido, dándome un fuego interno, ácido, que llegaba hasta mi garganta y que era molesto hasta decir basta. No importaba el agua que ingiriese, no lograría paliarlo ni apagarlo mínimamente. Aquello había que contrarrestarlo con algo salado o con una fruta. Estaba convencida de lo que más efecto haría sería uno de esos maravillosos yogures con bífidus que me ayudaban a ir al baño, y que parecían casi un antiácido.

Observé como una cabeza se movía en mi dirección. La secretaria que estaba intentando concentrarse en su trabajo me miraba con cara de pocos amigos. Si ella no había tenía tantos nervios como para no poder controlar algún tipo de tic, entonces es que no era humana, pero a pesar de todo, intenté mantener las piernas sin aquel movimiento continuo que tanto molestaba a muchas personas.

Por todas partes podía ver a muchas señoritas impecablemente vestidas, a hombres observándolas de arriba abajo, pero vestidos de traje y con sus dedos con la marca de anillos que habían estado ahí hasta hacía muy poco, o ni cortos ni perezosos mantenerlos en sus dedos como si no fuese un obstáculo. No me gustaba ese tipo de situaciones, me hacían sentir sucia y eso que yo tan solo era una espectadora.

— ¿Señorita Mijáilova? —preguntó la mujer que antes me había estado mirando de mala manera—. Ya puede entrar.

Me levanté respirando profundamente antes cuadrar mis hombros y tras morder mi labio inferior reseco, caminé hacia el despacho del hombre que me había hecho llamar. Debía haberle pedido a Derek que viniese conmigo, pero no quería parecer que necesitaba que me llevasen de la mano aunque lo hubiese agradecido mucho.

Llamé a la puerta de una madera robusta y llamé tan flojo que temí que nadie al otro lado me escuchase. No obstante, una potente voz grave me indicó que pasase.

Abrí la puerta y tras ingresar al inmenso despacho casi me dio un patatús. Todo minimalista y ostentoso, pero era tan similar al despacho que había visto tiempo atrás de Gerault que por poco salí de aquella habitación tan rápido como me permitiesen mis tacones.

Enfrente de mí, sentado al otro lado de un escritorio de cristal, unos ojos penetrantes me observaban como si jamás hubiesen sabido qué era sonreír o tener una expresión amable en sus facciones. Entrecerré los míos como acto reflejo, él también lo hizo. Me observó más detalladamente y en medio segundo, su mandíbula se tensó de tal forma que casi temí que fuese a lanzarme a los perros al estilo de los millonarios excéntricos.

— Señorita Mijáilova…— su tono aunque duro, casi parecía familiar, como si mi nombre no se le hiciese desconocido o como si hubiese caído repentinamente en algo.

No quise preguntar si nos conocíamos porque a mí aquel hombre no me sonaba de nada, de hecho, ni tan siquiera recordaba en esos momentos el apellido por el que tenía que llamarle, así que mientras mis ojos buscaban algún tipo de referencias para dirigirme a él, preferí quedarme con “señor” tan solo.
Me dirigí hasta la mesa de escritorio para estrecharle la mano mientras una sonrisa se deslizaba por mis labios en busca de destensarme a mí misma, aunque sabía que la solución iba a ser estresante sin posibilidad de cambio.

— Buenas, señor.

— Buenos días —comentó envolviendo mi mano con la suya grande, cálida y firme. Un seco movimiento de manos, sin ser demasiado fuerte y el saludo ya estaba hecho—. Me alegra comprobar que ha accedido finalmente a acudir a esta cita. Por su correo, mi secretaria me había comentado que no parecía estar nada seguro o, por lo menos, que no daba una gran convicción de querer conseguir este puesto. ¿Estoy en lo cierto?

La primera en la frente. Aquel hombre serio, con ojos azules intensos, con el pelo mejor peinado que había visto en mi vida por el que dudaba que se le moviese un solo cabello, me observaba como el depredador observar a su presa. Estaba seguramente acostumbrado a mandar a casa a tantas personas como buenamente deseaba y me preguntaba si por esta entrevista no sería alguien más despedido.

— En realidad no es cierto. Solamente no tenía la convicción de conseguirlo porque, al fin y al cabo, es usted quien decide quién y quién no trabaja en su empresa. No quería creer que estaría trabajando aquí solamente por mi cara bonita o por las referencias ignorando que esta entrevista es casi tan importante como el currículum —contesté en busca de la tranquilidad en mi tono de voz con la que hacía lo posible para trabajar con mis pacientes o los que había tenido tiempo atrás.

Me mantuvo la mirada unos instantes, algo parecía brillar en sus ojos antes de asentir y desviar la mirada de la mía dándome un gran respiro por la intensidad casi analítica que tenía. Casi parecía que me estuviese concediendo la posibilidad de seguir con vida o de morir en la peor de las torturas con el movimiento de uno de sus dedos igual que el César en la antigua Roma.

— Buena respuesta, señorita Mijáilova. Es bueno saber quién toma las decisiones en esta empresa.

Y aunque su contestación y aclaración era comprensible, no pude evitar que una parte de mí pensase: ¡Creído! A grito pelado.

2018 / Nov / 13

El sonido de la lluvia golpeando la ventana me traía el recuerdo de todos aquellos días en los que había creído que tenía una mínima suerte, que tenía al cielo de mi lado, que estaba a pesar de todo de mi parte, recordándole al mundo que yo estaba llorando por el sufrimiento que se arremolinaba en mi mente con la misma dureza que un huracán terminando por desquebrajar mi pecho con su fuerza inusitada.

Hay momentos en los que uno parece que disfruta aún más de esa forma de sentirse en la que no hay nadie capaz de consolarle, tan solo las canciones de desamor o las más tristes, dispuestas una tras otra en lista de espera para reproducirse logrando que todo nuestro se estremezca y se revuelque con gusto en los dolores más intensos de nuestra alma.

A pesar de no tener demasiado motivos para ello, era casi un alimento para esa parte de mí misma que durante tantos años había vivido sumergida entre las sombras de su propia oscuridad. Es como si la soledad y las sombras tuviesen algo, lo que fuese, que provocaba una cierta adicción. Podía sentir cómo crecía y me envolvía para lanzarme a esos lugares tan conocidos para mí donde solamente existía el dolor.

Intenté centrarme en las opciones que se me presentaban para el futuro y no en esa desolación desorbitante que me había empezado a arrastrar hacia un agujero negro que me succionaría y no me dejaría escapar en ningún momento de su morada.

Tomar decisiones nunca había sido mi fuerte, bien porque creía que no lo hacía bien, como casi todo lo demás, o porque solamente recordaba los momentos en que mis decisiones me habían llevado a situaciones demasiado extremas como para que supiese manejarlas con las tablas que debería tener una persona de mi edad. A pesar de que ese tipo de reflexiones externas y de la sociedad lograban hacerme reír a carcajada limpia en muchas ocasiones, también era cierto que provocaban esa misma desazón como una presión añadida.

No obstante, la vida estaba llena de esos momentos. Situaciones en las que podía ser un nuevo comienzo o la primera derrota en una batalla que pasaría muchos años despierta, amenazante y poderosa hasta que en el algún momento, demasiado lejano para poder saberlo, alguien blandiese la bandera blanca permitiéndose a sí mismo negarse tener más momentos de bajas y desesperación, al menos, por esa guerra interminable.

Tenía que centrarme en la parte positiva también. A menudo, mis análisis estaban rodeados de esa parte oscura y peligrosa. De mis miedos, de mis inseguridades, de mi negatividad en la que me sumergía más fácilmente que en las aguas cálidas de la esperanza. Como parte positiva, tenía la posibilidad de demostrarme a mí misma que valía para el trabajo, intentar empezar de cero en situaciones nuevas, un nuevo reto que me daba tantas posibilidades de éxito como cualquier otro que me propusiese. A pesar, de que para mi mente la balanza estuviese clarísimamente decantada por el porcentaje de fallos, la realidad era distinta, había un cincuenta por ciento para cada una y si me paraba a pensar, a respirar y a sentir, lo más probable es que descubriese que por mucho miedo que tuviese, estaba deseosa de sumergirme en una nueva aventura.

¿Estaba tomada la decisión? Seguramente. No sabía qué terminaría significando en mi vida, pero había querido intentarlo, así que, antes de contestar afirmativamente lo hablaría con Derek quien aún debía estar durmiendo pues la noche a duras penas si rayaba el alba.

En situaciones como esa me preguntaba cuántos amaneceres viviría a lo largo de mi vida. Había vivido muchos sin verlos realmente, o durmiendo, o perdida en mis propias emociones que me habían cegado, olvidándome que la vida continuaba aunque para mí pareciese haberse parado.

Disfruté por un instante del silencio y regresé al ordenador para escribir parte de la historia que aún tenía entre manos. Desnudarse por completo en un libro no era algo sencillo, aceptar en las páginas algunas situaciones que ni tan siquiera había sido capaz de admitir en voz alta, resultaban muy dolorosas. Pero, quería hacer algo diferente con eso. Quería que ese sacrificio mío, que esa forma de desnudarme ante todo aquel que leyese la obra pudiese hacerle sentir menos perdido de lo que yo me había sentido nunca.

Sonreí antes de ponerme a redactar uno de los momentos más trágicos de mi vida, sabiendo que necesitaría a Derek en ese momento, pero que no podía depender tanto de él. Ahora, lo importante no era sentirme bien escribiendo, aunque disfrutar del proceso debía ser clave, sino poder rememorar lo máximo posible todas esas situaciones en las que la congoja había sido mayor que cualquier emoción cuando se abrazaba con la tristeza crónica que se deslizaba por mis días como si no existiese más estado anímico que aquel para mí.

Después de derramar las primeras lágrimas, las siguientes vinieron sin que se lo hubiese permitido, pero realizando más llevadera aquella situación. Y cuando, hube terminado el capítulo, sequé mis lágrimas sintiendo una sonrisa de satisfacción solamente porque había logrado hacerlo, lo había conseguido y eso era más que suficiente para mí.

Me percaté de la hora que era. Me había sumergido tanto en la escritura que me había olvidado del tiempo que había pasado ejercitando los dedos sobre el teclado. Era una hora más que razonable para llamar a Derek y contarle mi plan. Al menos, podíamos tomarlo como unas pequeñas vacaciones. ¿Por qué no irnos con todos los gastos pagados?

Su voz ronca me recordó que había estado durmiendo hasta hacía tan solo un par de minutos o que le había despertado. Sin embargo, tenía la maravillosa cualidad de hacerme creer que mi llamada era una de las mejores formas de despertar y tomar energías para el día que empezaba. Me sonrojé sin poder evitarlo, los halagos, recibirlos, no eran precisamente mi fuerte.

Cuando colgué tenía clarísima la situación. ¡Nos íbamos de vacaciones! ¡Bienvenida a tu nueva aventura, Kyra!

2018 / Nov / 13

Me desperté entre sábanas sudorosas. Derek no estaba allí. Mi piel estaba fría por las temperaturas que a pesar de tener ventanas no lograban terminar de aislar del todo aquella casa que un día se nos terminaría cayendo a pedazos encima. Ni siquiera todas las denuncias habían logrado que uno de los ojitos derechos del gobierno terminase aceptando que había estado haciendo una patata pura y dura. Habíamos logrado tan solo un cambio en toda la casa, pero el resto era de una calidad que dejaba muchísimo que desear.

Me puse ropa de estar en casa incluyendo una sudadera. Bajé las escaleras descalza y entré en la cocina para coger un vaso de agua antes de pensar en todo lo que me había hecho despertarme. Situaciones de estrés que para cualquier otra persona podían soportar una tontería y para mí eran iguales que pesadillas: exámenes, perder un libro prestado que hubiese terminado extraviado… ¿cómo situaciones tan mínimas eran tan poderosas como para transformarse en pesadillas que me quitasen el sueño?

Podía leer en todas y cada una de las señales cómo mis emociones eran un manejo incontrolable y que me provocaban una vergüenza del tamaño de un desnudo en mitad de la calle o de un estadio lleno de gente y con tantas cámaras que el mundo en su totalidad se enteraría de la cantidad de lunares que tenía por toda mi anatomía.

Sabía que el teléfono de Derek estaría encendido y que contestaría mi llamada de necesitarlo, pero me negaba a que cualquier mínima crisis fuese tan solo paliada por otra persona, no porque me sintiese más que nadie, sino porque si dependía absolutamente en todo de él, lo más probable es que la relación fuese de mal en peor con el paso del tiempo. Así que debía gestionarme yo sola mis angustias como lo había hecho durante gran parte de mi vida. Bien, es cierto, que no había sido mi fuerte, pero nunca es tarde para empezar.

Teóricamente yo tenía conocimientos para ser capaz de manejar todas estas cosas, pero estaba más que segura que por mucha teoría que supiese todo el mundo, si las emociones se disparaban, terminaban dejándose llevar aunque no debieran. No debía reprocharme eso. Estaba cansada de recordarme que me sabía la teoría, pero que no la llevaba a la práctica y ese tipo de pensamientos lo único que proporcionaban en mí era una angustia superlativa, nada más que eso. ¿Por qué? Porque no estaba haciendo lo que debía. Eso era para darme de aplausos si me sumergía en esa espiral y sabía cómo terminaría todo: la ansiedad estaría tan disparada que lo único que la paliaría sería una pastilla para lograr que no me subiese por las paredes como la niña del exorcista.

La noche me recibía como siempre. No había abrazo cariñoso, era fría, distante y dolorosa. Parecía reprocharme en secreto que había dejado de acompañarla durante muchas de ellas solamente para vivir en el día. Pensamientos como aquellos me hacían hasta gracia. Imaginar que la luna o la noche hubiesen querido tenerme a su lado, era igual que creer que las estatuas hablaban o sentían.

Con el vaso de agua entre mis dedos, decidí subir de nuevo a mi habitación. Mis padres estaban dormidos aún aunque sabía que mi madre no tardaría demasiado en despertarse. Durante muchos años había cogido por costumbre, para ayudar a que mi hermano fuese a la universidad, a levantarse a horas intempestivas. Me sorprendía que aún se hubiese quedado con la hora, sin embargo, mi abuela también decía lo mismo. Siempre se había levantado muy temprano en todos sus trabajos y, al final, había cogido la hora y no podía estar más tiempo en la cama durmiendo. Y no eran dos personas que necesariamente se acostasen antes de la cena, pero sabían llevar ese ritmo de sueño cuando el mío era tan inconstante que creía que algún día me metería en la cama y no me despertaría en días, pero en cuanto despertase no volvería a dormir tampoco durante esa misma cantidad de días.

Encendí mi ordenador por pura costumbre. Me senté en la silla y comencé a trastear entre las carpetas hasta que finalmente encontré mi escrito, la obra que había conseguido terminar, más o menos. No estaba satisfecha, nunca lo estaba en nada de lo que hacía, pero me había propuesto en esta ocasión llegar hasta el final.

Aún faltaban unas horas para que despuntase el alba. No tenía muchas ganas de leer, por lo que me dispuse a continuar plasmando mis sueños, mis vivencias, mis historias aunque fuesen repetidas, en aquel diario de sueños, ese diario donde intentaba pensar con mayor claridad al ver escritos todos mis miedos, mis fobias, mis pesadillas o mis anhelos en sueños inconclusos en los que, a menudo, me había sentido tan mal que me había despertado por ello.

Justo en ese momento recibí una notificación. Tenía un correo nuevo. Me estiré ligeramente en la silla y me metí dentro de la bandeja de entrada del correo porque a duras penas si era capaz de concentrarme en lo que estaba escribiendo. Cliqué, abrí y observé la letra impersonal del ordenador, un Times New Roman que lo único que dedicaba era gran profesionalidad.

“Estimada, señora Mijáilova.

Le informo de una petición especial por parte del presidente de la multinacional Mootex. Le gustaría concederle una cita laboral el viernes a las 12:30 de la mañana.

Tras haber escuchado a hablar de usted a múltiples socios está deseando ofrecerle una propuesta de trabajo en la empresa, en su sede central.

Por favor, le rogamos que nos informe si acepta esta petición, de ser así, la empresa se encargaría del pago de todos los costes de su estancia, viaje y, si todo sale bien, traslado.

Un saludo,

Amelia Fox.
Secretaria general de Mootex S.A.”

Entrecerré mis ojos al leer ese correo. Llevaba mucho tiempo sin trabajar y sabía que no era la persona más indicada, pero también es cierto que decidirlo sin tan siquiera haberlo meditado mínimamente era algo absurdo y, un viaje con todos los gastos pagados, no me vendría mal. Sabía que lo más probable es que no me escogiesen, pero si había escuchado hablar de mí podía ser que ya estuviese interesado. Fuera como fuese la curiosidad estaba volviendo a ganar de nuevo, aunque me negaba a tomar una decisión tan pronto, aún había tiempo para responder, al menos, dentro de un par de horas no sería demasiado tarde.