2018 / Oct / 29

La comida que había pedido estaba deliciosa. Hamburguesas, patatas fritas… No me gustaban demasiadas cosas sanas, debía admitirlo, y aunque intentaba que el resto del tiempo pudiese comer sano, a veces necesitaba llenar mi estómago de grasa y de aditivos como si fuese un regalo por haberse portado mínimamente bien o no sé.

Lo que más me gustaba de toda la situación no era solamente la comida, sino que Derek comía mucho más que yo y aunque me hacía querer ganarle a inflarnos entre ambos a miles de calorías, buscaba en lo posible no entrar en competición, un reto sumamente complicado para mí. La vida era exactamente igual que un montón de concursos donde por mucho que lo intentase siempre terminaba la última para el placer torturador de mi mente enemiga.

— ¿Qué has estado haciendo? —pregunté de repente tras llevarme una patata a la boca masticándola con tranquilidad.

— He estado intentando seguir adelante, Kyra. Pero era completamente imposible. No salía de mi hogar, me pasaba horas y horas metido en un estudio en el que te veía por todas partes aunque hubiese escondido todos tus cuadros. Además, por si fuera poco, bueno, te volví a pintar —suspiró antes de mirarme con una pequeña sonrisa en los labios—. Fueron los únicos momentos de verdadera paz que he tenido durante este tiempo.

Mis ojos se encontraron con los suyos en una súplica silenciosa, esperando que no me estuviese diciendo mentira alguna, que fuese sincero. De ser así, el romanticismo también convivía en un hombre que sabía dominarme en la cama, aunque me dejaba volar sin problemas en mi vida diaria. Puede que sus celos pudiesen con él, pero estaba convencida que esos celos escondían algo más, algo que yo no sabía ver, algo que jamás había sabido ver. Algo que podían llegar a esconder los míos propios.

Llevó una de sus manos a mi cabello y cogió uno de los mechones de pelo que seguía manteniendo corto, pero de un color completamente diferente, aunque era el color de pelo con el que me había conocido.

— Finalmente te cambiaste el color de pelo, otra vez —dijo con una pequeña sonrisa.

— Oh, sí. Tenía el pelo completamente frito. Yo no sé cómo pueden tantas ponerse rubias con todo lo que tiene que sufrir el pelo. Solamente es medio plausible si tienes el pelo aún más corto que yo. Además, estaba acostumbrada a tener el pelo suave incluso dejándomelo secar al aire libre y ahora no tengo más que paja en lugar de pelo. Ojalá pueda poco a poco ir recuperando mi pelo y decir adiós a toda esa parte maltratada.

— Me pregunto cómo puedes estar aún más hermosa con cada estilo que pruebas…

Sus palabras provocaron un rubor tan intenso que parecía darme igual que tan solo media hora antes habíamos estado desnudos y gimiendo envueltos en los sentimientos más apasionados que habíamos encontrado en nuestro repertorio tras aquel primer beso, tras aquel suave roce inocente a primeras de la rosa sobre mi piel.

— Y cuando creo que no puedes estarlo más, te superas. Sonrojada, vergonzosa, adorable…

— ¡Basta! —reí tapando mi rostro con mis manos sintiendo como me ardía absolutamente toda la cara por su culpa.

Él comenzó a reírse y se acercó hasta mí para sentarme en su regazo y darme besos por toda la piel que alcanzaba intentando encontrar huecos entre mis manos para besar parte de mi rostro. Después me quitó las manos de encima de mis facciones y me miró embobada mientras yo temía tener fiebre de todo lo que me ardía la cara.

— No te escondas.

— Pues no me digas esas cosas —musité intentando poner la expresión de una niña enfurruñada.

Me observó de esa manera en la que me había mirado casi desde el primer día y luego arrugué mi nariz antes de coger mi comida intentando, en lo posible, centrarme en ese acto, en comer solamente. Él hizo lo mismo, se concentró en su comida aunque su mano libre no descuidaba mi espalda ni un solo segundo, la recorría en un suave ir y venir, sin segundas intenciones, queriendo únicamente demostrarme que estaba ahí o relajarme o puede que por la necesidad de sentir el tacto y el calor de mi cuerpo en alguna zona del suyo.

Apoyé mi cabeza en su hombro masticando tranquilamente antes de que se pasase por mi cabeza una pregunta, una cuestión inmensamente necesaria para mí por alguna razón desconocida. En realidad, no era tan desconocida. Ansiaba una prueba de que no volvería a sufrir o de que confiaba en mí o… un nuevo chute de moral a mi autoestima a la que poco a poco estaba enseñando a alimentarse sola, pero que aún seguía necesitando de la aprobación ajena.

— ¿Te hago feliz?

Mi pregunta salió como un susurro, casi temeroso. Él centró toda su atención en mí antes de dejar la comida, limpiarse la mano con la servilleta y ponerla en mi rostro envolviendo mi mejilla con toda su longitud.

— Tú me has enseñado qué es la felicidad, Kyra —sus palabras provocaron que mi corazón se acelerase hasta alcanzar el ritmo de un colibrí y que además, las mejillas me volviesen a arder por la vergüenza. ¿Era yo capaz de algo así?

Ese era uno de los principales problemas. A pesar de tener su respuesta, sincera, en la que debía confiar sin ningún pero, siempre escapaba como resorte la pregunta automática en mi mente que me obligaba a cuestionar absolutamente todo lo que podía hacerme sentir bien, superior o, ser algo más que alguien. Kyra no podía ganar ningún concurso, Kyra no valía para darle felicidad a nadie, Kyra era el aperitivo para encontrar después el plato fuerte y, fuese quien fuese el que me había logrado hacer creer eso, debía felicitarle por un trabajo impecablemente macabro. No necesitaba a nadie que me infravalorase, ya lo hacía yo sola, esa parte de mí oscura, peligrosa y letal que había aprendido a asesinar lentamente a la mujer que era en realidad.

— Y tú a mí —respondí antes de que mis pensamientos oscuros volviesen a ganar la batalla de nuevo.


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