2018 / Oct / 29

Mordí mis labios sintiendo aún el sabor de su boca en la mía. Ese sabor que estaba mezclado con el de mis propios fluidos y que siendo sincera siempre me había parecido algo tan asqueroso que jamás creí que pudiese llegar a ser tan sumamente excitante que un hombre, con el sabor de mi placer, me lo entregase con la mezcla de su propia pasión en un beso apasionado.

Aún era incapaz de comprender cómo había pasado en tan poco tiempo de tener una cita, un intento por reconquistarme, a tener a ese mismo hombre sobre mí, realizando todo lo que desease a mi cuerpo buscando únicamente mi propio placer y olvidándose del suyo. Era igual que una petición, un “perdóname” o una ofrenda de paz por todo lo que me había hecho pasar. En realidad, nos había hecho pasar. Dudaba que él lo hubiese pasado mínimamente bien salvo que fuese el mejor actor de la historia.

Mi cuerpo estaba sudoroso, tan solo por la manera en la que él me había hecho alcanzar la gloria. No me había movido y era sorprendente que sin hacer ejercicio alguno y sin tener fiebre hubiese llegado a tal grado de descontrol de mis propias glándulas sudorÍparas, aunque, bien pensado, ¿cuándo había tenido un mínimo control sobre ellas?

Un nuevo movimiento me hizo estremecer de pies a cabeza. Sus dedos recorrieron la cara interna de mis muslos. Sabía que no estaba sedosa, sabía que esa parte de mi ser estaba llena de estrías que le daban un aspecto rugoso además de esos molestos granitos que siempre salían por el roce de muslo con muslo o por el escaso refrigerio que puede llegar a tener esa zona al usar vaqueros y pantalones que diesen calor para soportar aquellas bajas temperaturas y más aún las de invierno. Podría haberle pedido que parase, pero por alguna extraña razón no me importaba que descubriese aquella zona una y otra vez. Era igual que si aceptase en secreto que él adorase cada milímetro de mi cuerpo y lo necesitaba. Necesitaba a alguien que no viese en mí defectos porque de esos yo ya tenía una larga lista llena.

Volvió a jugar con mi clítoris, pero esta vez lo hizo con sus dedos y después, una vez que volví a subirme en la montaña rusa del placer, pude sentir cómo poco a poco iba adentrándose en mi interior. Su dureza invadía cada milímetro del interior de mi anatomía y sabía que aquello sería tan placentero como en otras ocasiones, o puede que aún más por la urgencia de creer que jamás tendríamos al otro.

Derek se deslizó lentamente al principio, dejándose disfrutar de la tortura, pero también de la magnífica sensación. Después, poco a poco aumentó la velocidad hasta el punto en que ambos empezamos a perder por completo el control de todas nuestras emociones. Cada roce era exactamente igual que un chute de adrenalina, de pasión, de esa droga enfermiza a la que cada ser viviente está completamente enganchado, el placer.

Pude sentir como con cada segundo mis músculos se iban tensando, mi cuerpo pedía más pues quería relajarse por completo tras alcanzar la gloria y cuando eso sucedió, cuando las embestidas fueron tan fuertes y profundas como necesitaba, grité su nombre en la cúspide de mi orgasmo.

Ambos terminamos acurrucados en mi cama. No teníamos demasiadas ganas de movernos ni ir a ningún lugar, por lo que en cuanto tuviésemos hambre él pediría algo de comida para ambos. Me había desatado y ahora se dedicaba a acariciar suavemente cada pequeña muesca que hubiesen dejado las ataduras en mis muñecas. No me dolían, pero era inevitable que se hubiesen quedado un poco rojas.

— No sabía que te iba eso de atar… —bromeé antes de morder mi labio inferior conteniendo la risa pues buscaba mirarle casi como enfadada, algo que era imposible en ese momento.

— Yo tampoco sabía que a usted, señorita, le encantaba ser dominada —rozó la forma de mi mandíbula y después puso uno de sus dedos bajo mi mentón alzándome el rostro—. Aunque por su temperamento yo diría que es algo que tan solo pasa en la cama. ¿O me equivoco?

Arrugué mi nariz antes de responder. Recordaba que en mi familia siempre me habían dicho que tenía un carácter de mil demonios y ¿para qué negarlo si era cierto? A veces había llegado a perder tanto el control que me había vuelto igual que un animal, no pensaba, solamente hería para no ser herida aunque las heridas en el otro provocasen una herida más profunda en mi interior: la culpabilidad.

— Tengo muy mal humor, lo sé —hice una mueca finalmente sintiéndome mal por ello, como si fuese un gran defecto, algo por lo que nadie podría llegar a fijarse en mí porque no tenía sentido que lo hiciesen, como si solamente aquel que no quisiese una amenaza fuese a darse cuenta que yo no era la indicada y que no lo sería nunca. Igual que si nadie desease un reto por muy complicado que fuese.

— Y aunque parezca que no, eso también me encanta de ti —murmuró logrando un intenso sonrojo en mis mejillas que creí que jamás se borraría de ellas—. De hecho, creo que lo único que no me gusta es no saber qué está pasando por tu cabeza, nada más, o no entender los porqués de algunas de tus reacciones.

Eso podía entenderlo. Yo misma me solía desconcertar cuando intentaba ser lógica, cuando buscaba salirme de ese cuadro, de ese momento, de la racionalidad de mi propia mente para buscarle sentido a las interpretaciones que hacía de algunos gestos, de algunos momentos, de hechos concretos que para otros no tenían ni la más mínima importancia. Sin embargo, ese trabajo me costaba muchísimo esfuerzo, intentar ser otra persona para buscarle algún sentido a la lógica de todos los pensamientos que hacía prácticamente al instante mi cabeza.

— Aunque no lo creas, a veces yo tampoco entiendo mis reacciones —musité antes de recibir un beso en la frente.

— Pues descubrámoslas juntos —me sonrió cogiendo después el móvil para hacer el pedido.


Leave a comment