2018 / Oct / 29

1988, septiembre.

Las risas de los niños deberían ser la invitación para que otros también se riesen. Sin embargo, lo único que yo podía hacer era buscar a mi hermano, alguien que llevaba un año en aquel lugar al que yo siempre había querido ir desde que sabía su existencia, pero que ahora, por lo que fuese, no parecía tan atractivo y maravilloso a mis ojos.

Había demasiados niños por todas partes. Lo único que tenía era el sándwich que me había hecho mi madre para aquel día y al que me aferraba con la absurda idea de que si estaba ahí conmigo teóricamente no estaba sola. Di un nuevo mordisco al sándwich creyendo que ese hambre que tenía era común, que le pasaba a todos los niños igual, pero no veía a todos con uno en la mano, había algunos con zumos, otros simplemente corriendo de un lado al otro y gritando entre risas mientras se enfadaban porque les habían quitado las muñecas o porque se habían tirado algo de arena al pelo.

Lo único que yo sabía es que conocía a mi hermano allí, pero aunque me había acercado a él, había vuelto a salir corriendo. Yo odiaba correr. Así que le dejé jugando a lo que fuese que estuviese jugando con sus amigos, porque a diferencia de mí, él tenía amigos. Suponía que estando un año allí había tenido tiempo para eso y para más.

En mi interior estaba creciendo un sentimiento doloroso y las ganas de llorar se agolpaban en mis ojos. Esa había sido una cualidad que siempre había tenido. Llorar para mí era tan fácil como chasquear los dedos, algo que a mi hermano no le salía y yo era incapaz de silbar por mucho que me enseñasen, eso sí, sabía soplar aire de una manera infinitamente prometedora, en alguna ocasión si lo hacía mínimamente bien, lograba que escapase del interior de mi boca un pequeño silbido que después me cansaba rápidamente de intentar reproducir de nuevo.

Había un niño en mi clase de color más oscuro que no sabía hablar una sola palabra de nuestro idioma, hablaba algo muy raro, pero mis ojos le encontraron rápidamente entre los niños acompañado de otros y aunque no fuese nada más que eso, la compañía, ya tenía mucho más que yo. De hecho, mi corazón al pensarlo se oprimía con la fuerza de una odiosa tormenta. Aquella parecía mi tortura personal.

Recordé la película a la que me había llevado hacia poco tiempo mi madre al cine. Allí, con una sonrisa vi cómo quería ser de mayor, el pelo que deseaba tener y lo fuerte que deseaba ser. Sin embargo, ni mi voz era igual, ni mucho menos lo sería estando rodeada de tanta gente que me ignoraba directamente, o me dirigían una mirada de “lejos extraña” que llegaba a asustarme.

Me fui hasta una de las esquinas del pequeño patio de tierra y me senté en el suelo a pesar de que odiaba que la arena se metiese dentro de mi ropa. El babi ayudaba a que mi pantalón no estuviese en contacto con el suelo lleno de piedrecitas. Teníamos alrededor de ese patio que parecía enorme una verja alta que nos impedía salir de allí. Solamente se podía por una puerta que las profesoras mantenían vigiladas.

Miré mi sándwich y después volví a darle un mordisco. No quedaba demasiado de él. Tenía entre mis dedos el papel con el que mi madre me lo había envuelto y sabía que tenía que tirarlo a alguna de las papeleras que había en la extensión de aquella tierra habitada por niños.

Cuando me terminé el bocadillo, lo único que pude hacer fue mirar al suelo y comenzar a jugar con la arena que no me decía que no aunque los ojos de todos aquellos niños si lo hubiesen hecho. Además, no volvería a preguntarle a varios grupos de niñas que me dejasen entrar en su grupo puesto que por tener el pelo corto no me lo permitían.

Centré toda mi imaginación en aquella arena. De pronto dejó de serlo. Se transformó en filetes empanados, también en pequeños montículos que eran castillos dentro de un mundo desproporcionado, pero perfecto a mis ojos. Es como si mi cabeza pudiese decirse a sí misma que no pasaba nada por estar sola, que estaba jugando con la arena y que no sería la primera vez que jugaría sola porque también lo había hecho en casa.

Pero una parte de mí ya estaba preguntándose cuánto quedaba para que mamá viniese a recogernos. No quería seguir allí. Aunque me divirtiese haciendo fichas en clase, el recreo se estaba convirtiendo mi parte menos favorita de lo que significaba estar en el colegio.

Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta que cayó en la arena y pude ver cómo se teñía de un color más oscuro. La textura mojada era agradable y me recordaba a la de la arena que habíamos mojado cuando era pequeña para lograr hacer un inmenso castillo mi padre y yo, aunque no recordaba cómo había terminado en realidad.

Eso me sorprendió, era algo diferente. ¿Cómo con una lágrima se podía conseguir algo diferente en la arena? Me quedé observando ese poquito de tierra mojada más parduzco y lo cogí entre mis dedos poniéndolo en la palma de mi mano. Parecía tan grande y tan raro frente al resto de arena que escurría sin problema entre mis dedos siendo mucho más… delgada y áspera. Sin embargo, por mucho que las juntase no lograba que la una cambiase a la otra, sino que simplemente se fundiesen en un montoncito con las dos tonalidades en él.

No obstante, no tardó demasiado tiempo en volverse del mismo color y toda la curiosidad, ese motivo que había tenido para dejar llorar había desaparecido por completo mientras la imagen de mi madre volvía a mi mente. Me levanté y me puse de puntillas para agarrarme a la parte baja de la verja y apoyando mi cabeza entre dos barrotes sin poder pasarla entre ellos esperé que ella terminase apareciendo para llevarme a casa. Pero no lo hizo, nunca lo hizo, no hasta la hora en la que acababa el colegio.


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