2018 / Oct / 23

Solamente era capaz de recordar besos. Su comentario había llevado a mi autocontrol al traste. Su cuerpo se había apretado al mío y ambos habíamos terminado comiéndonos a besos a pesar de estar en la casa de mis padres. ¡A la mierda! ¿Reconquistarme? ¿En serio? Lo único que había tenido que hacer era aparecer para que en ese mismo instante estuviese en mi cama, con las manos atadas al cabecero con un pañuelo, que era exactamente igual al que me quitaba la visión. El resto de mi cuerpo estaba completamente a su merced salvo por mi ropa interior.

Pude sentir su aliento sobre mi pubis antes de aspirar allí la fragancia que provocaba mi excitación. ¿De qué diablos iba todo esto? ¿Desde cuando aceptaba que me atasen o someterme ante un hombre? Pero Derek no era cualquier hombre, no, Derek era diferente. En sus brazos podía sentirme a salvo, completamente.

Lamentablemente en el juego del amor, uno no puede evitar sufrir, de ninguna manera, pero sí puede escoger quién le hace sufrir y quién no. Y aunque el dolor era inevitable, sabía que Derek intentaría paliarlo, intentaría evitarlo, porque el mismo dolor que yo sintiese sería proporcional al suyo.

Pude sentir nuevamente los pétalos de la rosa por mi cuello, su suavidad y ahora eran envolventes y la manera en que él la iba dirigiendo por todo mi pecho, deslizándola por el valle de mis senos y dejándola recrearse en cada curva que estaba más que segura que él hubiese deseado probar con sus labios, rozar con sus dedos, pero quería hacerme perder el sentido con la suavidad de una rosa y la tortura de tener tan cerca su piel y no sentirla sobre la mía. Había algo, un placer masoquista en ese acto al que podría llegar a acostumbrarme.

Su aliento rozaba también mi piel. No la tocaban sus labios y sentir la manera en la que se aceleraba a medida que la flor iba descubriendo partes de mi cuerpo, me hacía subirme a un altar donde no había nada mejor que esa diosa en que me había convertido para él en aquella cama que jamás había tenido pecado alguno sobre ella.

La rosa desapareció durante unos segundos antes de que mi sujetador desapareciese de encima de mis senos. Casi pude escuchar cómo contenía el aliento y aunque lo deseaba, sabía que aún no me daría su boca. Para no suplicar por ella, me mordí el labio inferior y dejé que fuese él quien aún tuviese el control de la situación. Indefensa de esa manera, por raro que pareciese, me sentía increíblemente poderosa.

Fue la flor la que acarició mis senos a su merced. Se deslizó en una espiral por ellos hasta que terminó sobre mis pezones que a esas alturas ya estaban erectos suplicando a sus labios por la atención que no habían tenido durante demasiado tiempo.

No hubo más contacto de la flor por el momento, en su lugar, su boca calmó mis súplicas acariciando mi piel por el momento antes de atrapar uno de mis pezones en su boca succionándolo suavemente. Había algo mágico en ese gesto porque el calor de su boca parecía penetrar en mi piel para navegar por mis venas situándose en los lugares más erógenos de mi anatomía además de despertar cada molécula de mi cuerpo.

Arqueé mi espalda y él correspondió el gemido que escapó de mis labios con una pequeña mordida en aquel pezón que siempre creí inservible durante toda mi existencia antes de saber lo que un experto en la materia podía llegar a hacer.

Prestó el mismo servicio a mi otro pecho que había esperado impaciente ser el centro del placer durante un tiempo, el mismo o algo más que había notado el otro seno para no sentirse demasiado celoso de su compañero, como si estuviesen decidiendo cual de ellos era el favorito de Derek, si el derecho o el izquierdo. Mi cabeza sin embargo, estaba en otro planeta completamente diferente, ese planeta al que solo se puede acudir cuando el nirvana parece algo probable y no un cuento chino.

Las manos de Derek no se quedaron quietas, en su lugar subieron por mis piernas hasta atrapar mi última prenda y con dedos hábiles írmela quitando de una forma en la que jamás creí que resultase erótico el quitar la ropa. No necesitaba verlo para sentirlo y menos para saber que entre mis piernas se había despertado un hambre voraz del hombre que me estaba descubriendo igual que si nunca me hubiese tenido.

La rosa bajó nuevamente por mi vientre y después se deslizó entre mis labios vaginales acariciando aquel lugar que suspiraba con cada mínimo roce. Él sabía sin ningún problema cómo debía tratar aquella zona, cómo provocarme emociones que creí imposibles y más cuando la rosa desapareció de la ecuación y fueron sus labios quienes dieron un beso inmenso a mis labios inferiores. Tiré de las ataduras y solté un gemido que no me importó que escuchasen ninguno de mis vecinos por mucho que las paredes fuesen tan finas como folios.

Su lengua jugó en las zonas más íntimas de mi ser, provocó mi excitación aún mayor antes de empezar a centrarse más a menudo en mi clítoris que se retorcía de placer como yo misma con cada movimiento, con cada roce aunque fuese tan solo su aliento. Sus labios lo atraparon y dio un suave mordisco de esa forma haciéndome estallar en uno de los orgasmos más fáciles de toda mi vida. Jamás me había planteado que algo así pudiese darse, que con solo caricias y toques fuese posibles alcanzar la gloria.

Derek siguió entre mis piernas, bebiendo de mi orgasmo como si fuese lo más delicioso del mundo, consiguiendo que mis mejillas se tornasen del más oscuro carmesí antes de su boca ascendiese y me robase un beso a esos labios entreabiertos, resecos, que habían estado jadeando por su culpa.

— Eres deliciosa —susurró contra mi boca y volvió a besarme haciéndome perder el sentido por completo de todo lo que podía estar ocurriendo en el mundo.


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