2018 / Oct / 22

Una cita. No recordaba si había llegado a tener citas con Derek nunca. De hecho creía que toda nuestra relación había sido básicamente natural, sin preámbulos, sino que de buenas a primeras nos habíamos encontrado a ambos enamorados, besándonos y viviendo en el mismo piso en Moscú. Había tenido mis primeras citas, pero siendo sincera, dudaba que hubiese disfrutado ninguna de todas ellas por los nervios que tenía. Lo peor que podían decirme a mí es que una salida con alguien significaba una cita. ¿Por qué? Quizá por esa tontería que un “control” o “unos ejercicios” eran menos que un examen, aunque la nota nos la fuesen a poner igual. Eran pequeños fantasmas en el vocabulario que usábamos todos los días que nos llevaban a esas emociones intensas que casi parecían una prueba de vida o muerte.

Me incliné hacia el espejo para mirar mi maquillaje. Desde luego el pulso no era lo mío, pero al menos no estaban demasiado dispares las líneas del eyeliner. Era todo un lujo que no podía evitar recordarme. No siempre llegaba con un maquillaje convincente y por suerte uno de mis ojos estaba medio tapado por el flequillo que había conservado del pixie que me había hecho meses atrás.

Estaba completa y absolutamente nerviosa. Pasé el brillo de labios por mis labios y tuve que realizar varios retoques porque me temblaba demasiado el pulso. ¿Estaría aún a tiempo de fingir algún tipo de catarro o una diarrea para no tener que ir a la cita? Si lo hacía sabía que más tarde me iba a encontrar peor, que tan solo sería el alivio momentáneo de no tener que enfrentarse en ese instante a la incómoda situación, pero me martirizaría más que provocarme placer alguno.

Apoyé mis manos sobre el lavabo mirando mi reflejo imperfecto en aquel espejo que me odiaba tanto como yo a él. Los defectos eran realmente fáciles de observar cuando uno se quedaba demasiado tiempo delante de alguno de esos. Todo tenía una mejora posible, todo podía ser infinitamente más hermoso, más grueso o menos, más refinado, menos tosco, fuese lo que fuese me sentía al borde del llanto siempre que mi cabeza empezaba a gritarme aquellos pensamientos que tenía sobre mí misma.

Lo único que me quedaba por ponerme eran los zapatos, así que salí del baño en el momento exacto en que sonó el timbre de la puerta de mi casa. Mis padres se habían ido a ver a una de mis tías, así que estaba completamente sola en casa.

Fui hasta la puerta y la abrí comprobando que al otro lado un Derek tan apuesto como era sin necesidad de esforzarse, me miraba de aquella manera en la que mis mejillas se sonrojaban porque sabía lo que pensaba. Era yo, a sus ojos, la mujer más hermosa de la Tierra aunque a los míos fuese la más fea del universo. Temía que él viese todos esos defectos en algún momento, pero había algo en esa pequeña sonrisa que mostraba sus hoyuelos recordándome que los veía y que para él no eran defectos, ni mucho menos.

— Wow… Kyra, estás hermosa —musitó mientras se acercaba lentamente a mí para rozar con dulzura mi mejilla con sus dedos sin querer estropear el maquillaje.

— Gracias, pero… bueno, ambos sabemos lo que yo creo sobre eso —reí un poco terminando por negar ligeramente antes de dejarle pasar.

Derek tardó unos segundos en darse cuenta que me había movido para permitirle pasar porque estaba observándome de esa manera en que lo había hecho desde el primer día, desde ese momento en que nuestras vidas se cruzaron en el bar donde se había puesto a cantar una de las melodías más bonitas que había escuchado en mi vida.

— Lo olvidaba. Esto es para ti —me entregó un ramo de rosas rojas que parecían tan frescas como cuando se observaban con el rocío de la mañana. Tomé el ramo y acaricié suavemente los pétalos de una. Recordé sin poder evitarlo las veces en las que había visto a mi padre llegar con un ramo de rosas que había cortado, sin deber, en uno de los rosales cercanos que había a su lugar de trabajo.
— ¿Sabes que mi padre le traía rosas a mi madre de forma esporádica? —le miré a los ojos sonriendo ligeramente.

— Tu padre era todo un ejemplo a seguir para conquistar a una mujer, ¿no? —rió antes de que terminase uniéndome a sus risas y asintiendo—. Ahora entiendo porqué lo han tenido tan difícil todos los hombres para llegar a conquistarte.

Entrecerré mis ojos mirándole y negué llevando el ramo de rosas a la cocina para ponerlas cuanto antes en un jarrón y que me durasen lo máximo posible.

— La verdad es que él ha puesto el listón muy alto, es cierto, pero tampoco he tenido a tantos hombres intentando conquistarme y si lo han intentado se han echado más rápido para atrás de lo que yo les hubiese podido decir que se fuesen al infierno en alguno de mis maravillosos ataques de ira ilógica y aplastante —bromeé aunque no era del todo mentira lo que estaba diciendo.

Pude sentir el aliento de Derek en mi nuca mientras ponía las rosas en el jarrón. Su mano se alargó pasando por encima de mi hombro hasta que atrapó una de las flores. La sacó cuidadosamente del interior del jarrón y después la acercó hacia sí antes de que los pétalos rozasen tímidamente la piel de mi cuello. Me estremecí de pies a cabeza sin entender qué podía provocarme tanto de él que fuese tan diferente a lo de otros. Eran amores, sí, pero amores distintos. A él le amaba de una manera que ni tan siquiera había sido jamás ni lo más mínimamente pensado. Se había deslizado bajo mi piel, se había mezclado con mi ADN y me había hecho suya, en todas las definiciones posibles que podía tener esa palabra sin entrar en la dominación.

— No existirá flor en este mundo que supere tu propio aroma.

Noté su nariz rozando ahora mi cuello y supe que estaba completamente perdida.


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