2018 / Oct / 19

La cafetería estaba abarrotada. El aroma del café y el dulzor de la bollería que solía acompañarlos invadía mis fosas nasales permitiéndome desconectarme mínimamente del embrujo que parecía tener Derek en mí. Era igual que sentir que salía de un sueño del que no quería despertarme en realidad. Hubiese sido mucho mejor para mí no dejarme llevar por las emociones que provocaba, pero era prácticamente imposible. No era un ordenador al que se le pudiese decir cuándo parar, cuando dejar de mostrar emociones porque no eran emociones vacías, siempre conllevaban mucho más de lo expresado.

Derek puso su mano en mi espalda y me guió hasta una de las dos mesas que estaban vacías. Íbamos en silencio y siendo sincera no tenía ni idea de qué decir o qué no. Una parte de mí aún quería salir corriendo, desaparecer, desintegrarme o volverme polvo para escaparme de un momento tan incómodo como aquel, porque ¿qué se le decía a un ex? Cuando vi a Nikolai tiempo atrás no había sido nada fácil, pero menos ahora que era Derek porque él era muy distinto, demasiado distinto. Mis sentimientos seguían estando ahí y no los del rencor.

Una vez tuve la taza de chocolate delante, al menos tenía algo que hacer, aunque no fuese nada más que mirarlo. Jugué con la cuchara y con el interior. El líquido espeso soltaba ese humo que hacía entrar en calor solamente con estar lo suficientemente cerca. Y aunque lo intentaba podía sentir su mirada puesta sobre mí. Nuestros ojos se encontraban de vez en cuando y sin decir palabra alguna nuestras respiraciones se aceleraban, el sonrojo se deslizaba por mis mejillas y mi corazón palpitaba igual que si se tratase de un colibrí.

Me sentía vulnerable, como si me hubiese desnudado delante de él y todos los demás nos estuviesen mirando para ver quién ganaba aquella competición de orgullo pues nuestros cuerpos y nuestros corazones pedían algo muy diferente a esa frialdad que nos hacía tener nuestra cabeza.

Me puso el día sobre su trabajo. Me contó qué tal había estado ese tiempo que habíamos permanecido separados y asentí de vez en cuando haciéndole saber que le estaba escuchando cuando en realidad deseaba oír solamente una cosa: “vuelve a mí”.

Siempre hay una cierta esperanza porque la vida sin nosotros sea miserable aunque sea algo realmente complicado. El ser humano sigue adelante, pocos se paran y casi ninguno suele terminar la vida en el instante que alguien se ha marchado de su lado. ¿Orgullo? ¿Necesidad de sentirnos valorados? ¿Otra prueba más a la persona que tenemos delante? Quizá, pero seguramente su propio ser le impediría confesarlo si había sido así, si cada segundo alejado de mí había sido igual que sentir cómo poco a poco le iban arrancando la piel a tiras, no lo iba a soltar. ¿Por qué? Por el mismo motivo por el que yo tampoco lo hacía, ¿y si no le había pasado lo mismo a la otra persona? ¿Y si perdía mi propio lugar de dominio? No podía arriesgarme a eso.

Llevé la taza a mis labios para dar un sorbo al líquido marrón cuando escuché aquello que pensaba que no iba a tener oportunidad de volver a oír.

Perdóname. Fui un idiota. Cada maldito día sin ti ha sido la tortura más grande que podía haber sentido. Aún no sé ni cómo he dejado que te separes mínimamente de mí porque mi corazón se desgarra. Nunca había sufrido un dolor como éste y te pido, por favor, que hagas que pare —suplicó alargando una mano hacia la mía que aún estaba sobre la mesa.

Mis ojos observaron los ajenos y después fruncí mi ceño. ¿Por qué era tan vulnerable a él? ¿Por qué el amor nos hacía tan idiotas? O en realidad no era el amor, sino el orgullo lo que nos hacía perder miles de oportunidades. ¿Quién podía pensar con claridad cuando los sentimientos estaban a flor de piel porque ese manejo de emociones se me había escapado por completo de todo mi aprendizaje en el pasado.

Dejé la taza sobre la mesa y suspiré antes de permitirle envolver una de mis manos con las suyas antes de responderle.

¿Y cómo podría parar ese dolor? Ni tan siquiera sé cómo parar el mío propio —murmuré mientras sus dedos se encargaban de ir encajando poco a poco con los míos igual que si nuestras manos estuviesen hechas para estar así, para vivir así siempre, para encajar.

La idea de un dolor en mi pecho provocó una mueca en su rostro y se acercó mi mano hasta tener sus labios contra el dorso de ella dejando un suave beso, disfrutando de la textura de mi piel y consiguiendo que cada milímetro de mi anatomía se revolucionase por completo.

Queda conmigo. Dame una oportunidad más. Una cita, solo una cita. Después serás tú quién decida si hay posibilidades y de qué tipo para cualquier relación incluyendo la amistad únicamente —decir esa palabra “amistad” crispó su gesto. Era igual que si la repeliese, que le provocase más dolor que placer imaginarnos como amigos.

Bajé mi mirada a nuestras manos y pude comprobar cómo mis propios dedos se movían en busca de tener algo de contacto con su piel, como si tuviesen vida propia. ¿Por qué me perdía el romanticismo? ¿Por qué el hielo que había construido a mi alrededor se derretía con tanta facilidad en su presencia, en su calor y por la temperatura de su aliento?

Está bien. Quedaremos una vez. Solamente una cita —terminé accediendo y mordí mi labio inferior antes de que una sonrisa escapase de mis labios—. Así que ya puede currárselo mucho, señor Vance, si quiere volver a conquistarme —bromeé intentando hacerme la dura, a pesar de que ambos sabíamos que un roce, una mirada, una palabra, estando algo más cerca permitiría que ambos terminásemos mezclando nuestra fragancia por toda la habitación y envueltos de las sábanas que ya no acariciaban sin su presencia.

Una sonrisa apareció en sus labios, de esas genuinas, adorables y deslumbrantes. Parecía haberle echado el salvavidas justo antes de que se hundiese en el mar y ahora la felicidad brillaba en esos hermosos ojos que me miraban como si no existiese nadie más en todo ese planeta.


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