2018 / Oct / 17

Y allí estaba él. No era un sueño que me hubiese jugado una mala pasada. Seguía despierta, observándole, sintiéndole, viendo en sus ojos que si había fronteras entre nosotros él parecía estar dispuesto a romperlas. No importaba cómo, no importaba cuándo, no importaba el tiempo que tardase, había vuelto a mí para dejarme sentir todo lo que antes no me había permitido. No obstante, no todo es lo que nuestros ojos dicen, sino los actos que terminábamos llevando a cabo. Ese conocimiento era el que me mantenía temerosa, creyendo que en cualquier momento la burbuja que parecía haber crecido a nuestro alrededor de manera espontánea terminase rompiéndose en mil pedazos por una palabra que no debió decirse en ningún momento.

Su mano envolvió mi mejilla y cerré mis ojos dejándome volar por una vez después de todo ese tiempo. Sus dedos eran tan suaves y cuidadosos como cuando uno toca lo más frágil que se le ocurra, temeroso de que se rompa o se desgaste con el paso del tiempo, a veces con deseos de que no se convierta en polvo o humo entre nuestras manos pues aunque hubiésemos podido tocar la maravillosa forma que nos tenía embelesados sabríamos que no sería posible volver a hacerlo porque había dejado de existir.

Abrí mis ojos fijando mi mirada en la ajena. Mi respiración era irregular. El latido de mi corazón parecía una sirena que creía que todo el mundo podía estar escuchando sin ningún tipo de problema. Mi pecho dolía y quería un beso suyo tanto como deseaba rechazarlo. ¿Podía permitirme seguir hundiendo mi cara en el fango? Había tomado una determinación tiempo atrás y no era algo que aceptase de buen grado. Sabía que el amor tenía sus consecuencias, pero también era orgullosa y había un mínimo de barreras que no podía permitirle a nadie pasar, entre ellas: jamás aceptaría que se me tratase de infiel cuando no lo era y había sufrido en mis carnes qué era estar en el otro lado, ser la persona que sufría la infidelidad y no quien la realizaba.

Aún permanecíamos en medio de la calle y las personas que pasaban a nuestro alrededor nos miraban como si estuviésemos dando el peor de los espectáculos, aunque también mi propia apreciación podía jugar en mi contra. Rara vez había salido a la calle sin creer que todo el mundo me miraba en busca de una crítica que les hiciese superiores a mí, de ahí que terminase tan pequeñita como una presa fácil en mitad de un mundo lleno de hienas.

— ¿Cómo has estado? —preguntó sin dejar de mirarme con aquella forma tan extraña que tenía completamente reservada para mí. Esa forma que con el tiempo había descubierto que se trataba del amor.

— He seguido adelante… Creo que eso es suficiente.

— Supongo que sí —había cierta tristeza en su mirada tras mi respuesta. Podía ver un atisbo de culpabilidad aunque no le echaba solamente la culpa a él de lo sucedido. Yo misma, por muy herida que hubiese estado con sus palabras o intenciones podía haber intentado resolverlo mínimamente, pero pensar que el tiempo curaría solo esa herida era una falacia. Cuando una herida se cierra de mala manera, no cicatriza bien y siempre termina dando problemas.

— ¿Qué haces de nuevo aquí?

— He venido por ti.

Su contestación tajante casi me provocó un infarto. Ese momento en que me sentía al borde de realizar la locura más grande de mi vida y olvidar todo sellando su regreso a mi vida con un beso que nos dejase a ambos sin aliento. No obstante, no era así, nunca sería así. Me había negado a mí misma esa posibilidad desde el momento en que las cajas habían aparecido en la casa de mis padres, sin embargo, ceder era tan tentador. ¿Quién no deseaba el amor o la que creía que sería la cura de todos sus males? Parecía que siempre buscábamos algo, esa panacea que nos hiciese cambiar por completo, que nos llevase a un mundo sin sufrimientos como aquel que nos había sido vendido en el jardín del Edén y que por la naturaleza del hombre habíamos terminado corrompiendo y destruyendo poco a poco aquello que nos hubiese permitido una vida teóricamente feliz. Sin embargo, el ser humano es curioso y destructivo y no podía evitar la maldad y el sufrimiento que nos harían valorar esos instantes de felicidad absoluta.

— ¿Quieres tomar un café?

Dado que no había contestado a su propia respuesta terminé asintiendo en silencio a esa pregunta. ¿Cómo podía creerme que él había venido por mí por muy endemoniadamente romántico que resultase? Siempre me había considerado insuficiente, insatisfactoria para todo aquel que quisiese mantener una relación conmigo, así que simplemente deseché la idea porque no entraba dentro de ninguna lógica posible según las reglas de mi mente.

— Pero…

— Lo sé, tú no tomas café. Te pediremos un chocolate caliente, porque estás completamente congelada. Tienes hasta la nariz tan roja como Rudolph —me dedicó una sonrisa, esas sonrisas que derriten porque sabes que eso que está viendo le resulta sumamente adorable. Me sonrojé exactamente por lo mismo y mientras nos dirigíamos a por ese chocolate caliente decidí permitirme soñar, por unos instantes, que algo de todo lo que había ocurrido en mi vida tenía solución, que no siempre los finales son tajantes y no habrá una segunda parte.

Su aroma me envolvió mientras sus brazos también lo hacían apretándome a su cuerpo como si supiese que esa necesidad malsana por sentirme protegida no había desaparecido jamás de mí. Sus labios dieron un beso a mi sien y poco a poco el resto de los transeúntes de la ciudad iban desvaneciéndose, porque volvía a estar en sus brazos, volvía a sentir esa sensación reconfortante en mi pecho y volvía a creer que no siempre tenía que volar sola, que simplemente, debía saber elegir bien quiénes eran aquellas personas a las que quería entregarles parte de mi mundo, ese mundo que comenzaba a parecerme más interesante, con más brillo y con muchos menos fantasmas dispuestos a asustarme.


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