2018 / Oct / 10

Conocerse a uno mismo. Algo tan sencillo a simple vista, pero tan complicado en realidad. ¿Quién se paraba a pensar quién era realmente? Puede doler percatarse de que no somos quien realmente mostramos, que aunque odiemos la falsedad, la hipocresía, seamos los primeros que la estemos usando.

La forma de ser es un complejo un tanto extraño de miles de situaciones posibles. Tendemos a mimetizarnos con el entorno, a intentar ser aceptados de alguna forma, pero ¿somos solamente eso? ¿Somos cada una de nuestras partes o un conjunto lleno de miles de cosas?

Estudiar Psicología no termina quitándote las preguntas trascendentales de la vida. El comienzo de casi todas las ciencias radicaba en la Filosofía y qué era la Filosofía sino una búsqueda constante de respuestas a preguntas que otros hombres antes habían dictaminado su propia contestación. La Psicología con tantas posibles vertientes, con tantos problemas distintos a la hora de aplicarse o simplemente por el hecho de no ser partidario de determinados métodos. El hombre ha considerado que todo tipo de ciencias deben tener unos propósitos y la Psicología como tal… es difícil de calificar.

Desde hacía muchos años había aprendido a cuestionar todo, a buscar más de una solución o alternativa. A fin de cuentas, la introspección había sido uno de los factores principales en mi lucha diaria. Había leído en múltiples ocasiones que no se consideraba un hecho científicamente probable u objetivo dado que la propia percepción de uno podría llegar a distorsionar el significado u objeto real de las circunstancias producidas. Evidentemente para alguien con tendencias paranoides, esas paranoias producidas por su percepción eran reales, lo cual no significaba que fuesen objetivamente así. La situación cambia dependiendo del cristal con que se mire.

Había decidido salir a caminar. No era algo que hiciese muy a menudo, pero el Pokémon Go estaba empezando a ayudarme en todas esas cosas. Tenía una excusa para no ir acompañada, aunque el mismo teléfono me daba esa misma excusa para no hablar absolutamente con nadie, permanecer el tiempo mirando la pantalla del aparato para ver dónde aparecían los bichitos inventados que no tenía aún registrados.

El frescor también ayudaba a enfriar emociones y a pensar poco a poco con algo más de claridad. Debía plantearme preguntas que siempre había considerado respondidas. ¿Realmente era una persona a la que no le gustaban los colores vivos? Lo dudaba mucho. Mi color favorito era el amarillo y siempre me habían gustado muchos vestidos distintos y la moda estridente iba conmigo, pero quizá por el qué dirán o quizá por mi propio complejo personal, me había sumido en el negro como único recurso.

Si en algo tan simple había podido estar escondiendo mis verdaderos gustos, ¿por qué no lo haría en otras cuestiones bastante más importantes? ¿Era una persona tímida o era alguien que se contenía porque no quería meter la pata? ¿Quería destacar en realidad o solamente ser una sombra de la que nadie tuviese constancia?

Debía ser sincera conmigo misma y dentro de esa sinceridad admitiría la vergüenza que significaba reconocerme que no quería ser alguien más, que deseaba dejar una huella, la que fuese, en todo este mundo. En realidad, la que fuese no. Siempre había deseado ser una grande de literatura, de la pintura, alguien en quien otras generaciones se fijasen por sus obras, por algún tipo de bien que hubiese hecho a la humanidad o ser reconocida por algo bueno, de la índole que fuese.

Mis ojos en ese momento se centraron en las luces de un paso de cebra. Debía cruzar e intentar no acabar con mi vida en el proceso aunque parecía algo recurrente en mi vida. Los coches me daban un pánico paralizante por lo que necesitaba verles bien parados antes de poder cruzar.

Me estremecí de pies a cabeza de repente, por alguna razón que mi cerebro no fue capaz de analizar hasta que pasaron otro par de segundos. Allí, al otro lado de la calle pude ver unos ojos que había estado extrañando durante todo ese tiempo. Mi corazón latió con la fuerza con la que hacía meses que no lo hacía y sentí que el aire se me quedaba atascado en los pulmones.

Sus ojos estaban fijos en los míos. Derek estaba al otro lado de la carretera sin moverse. No podíamos por el momento y aseguré que no había nada más doloroso que tener lo que deseabas justo delante y no poder tocarlo.

Respiré tan profundo como fui capaz, pero me quedé estática. No crucé la calle. Él tampoco y el pánico me pudo así que me di la vuelta intentando escaparme de allí, regresar a mi casa cuanto antes.

De todas las formas en las que había pensado reaccionar aquella no había pasado jamás por mi cabeza. Huir era mi acto reflejo y Derek lo sabía. Por ese motivo, cuando menos lo esperé, sus brazos me abrazaron por detrás. No necesitaba girarme para saberlo. Su olor, su respiración jadeante, su cuerpo envolviéndome igual que lo había hecho durante tanto tiempo.

Kyra…

No dije nada. Solamente apoyé mi mano sobre las suyas en mi vientre y contuve las ganas de gritarle, de hacerle daño como él me lo había hecho con aquella última afirmación. Casi podía sentir en mi propia piel su misma necesidad. ¿Podía seguir amándome como siempre había dicho que había hecho?

Cerré mis ojos antes de negarme a aceptar su abrazo, pero él me apretó más fuerte por lo que me dejé disfrutar de esa extraña sensación de paz.

¿Podemos hablar? —comentó tras un rato en silencio.

Claro… —mi respuesta fue con un hilo de voz antes de separarme poco a poco de él, no sin esfuerzo.

Negué antes de suspirar un poco. No podía permitirme caer, no de nuevo, pero sabía que una parte de mí ya había caído con ese abrazo y que puede que lo único que hiciese fuese aceptar esa amistad que jamás había querido perder como otras antes que la suya. La soledad no era mi fuerte.


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