2018 / Oct / 10

A veces la persona a la que nadie imagina capaz de nada, es capaz de hacer cosas que nadie imagina”.

Si nos paramos a pensar en el tiempo, ese tiempo aburrido, imposible de llenar, se torna aburrido e insoportable. Hay muchas formas de llenar el silencio. Una de ellas es la vacía compañía de la televisión, otra cuantas formas existentes de estar activo se encuentren, pero rara vez uno se atreve a enfrentarse a la plena soledad, a ese silencio maravillosamente intenso que hay en mitad de la noche.

Esta noche, después de tanto tiempo deseándolo, había podido ver la película en la que Benedict Cumberbatch volvió a hacerme adorarle, envidiarle y amarle igual que cuando interpretó al maravilloso Sherlock Holmes. Fue en esa misma película donde escuché esa frase repetida un número contable de veces. Tres. Y no necesitaba nada más que tres para que ese pequeño detalle se quedase completamente grabado en mi mente.

Debía aplicármela a mí. No, no debía, quería aplicármela. ¿Por qué yo no podía ser de ese tipo de personas que sin aparentes posibilidades de victoria, de avance, terminase haciendo cosas que nadie podría imaginar? En realidad, la ecuación era mucho más sencilla que eso. Quien me conocía, quien sabía cómo era, siempre terminaba asombrándose de todas mis facetas intelectuales a las que yo no les daba ningún tipo de aprecio. No solo eso. Valoraban todo lo que para mí debía ser así.

En ocasiones, algunas personas se habían sorprendido por la facilidad con la que había descubierto determinadas soluciones simplemente usando mi propia lógica. Explicando esos procesos o cómo yo había encontrado la relación lógica e irrefutable entre problema y solución, se habían quedado sorprendidos sin entender cómo podía llegar a esas conclusiones y además hacerlo parecer tan sencillo en la explicación igual que si uno estuviese viendo en el papel escrita la sencilla operación de uno más uno.

No sabía si era más inteligente, menos, si mi mente funcionaba de otra forma, pero sí era cierto que todo eso lo había considerado durante toda mi vida como un retraso puro y duro, como si fuese una cualidad más destinada a ser un lastre que permitirme ser englobada en la normalidad del mundo entero.

El concepto de normalidad. Algo completamente sobrevalorado. Si nada se hubiese salido de las normas establecidas en cada momento de la historia jamás hubiese habido avances de ninguna clase y, sí, quizá yo no estuviese destinada a modificar el mundo, a cambiar una creencia igual que lo habían hecho filósofos, psicólogos, científicos, matemáticos… con el paso de los siglos; pero, a veces, no es necesario irse tan lejos. Puede que la primera revolución que tengamos que comenzar sea en nuestro propio mundo, ese mundo de sota, caballo y rey; con sus reglas establecidas por lo que parece algún ente olvidándonos de que hemos sido nosotros mismos quienes las hemos terminado dictando y firmando.

Estaba preparada para mi propia revolución dentro de mi propio mundo. Había alzado la bandera en la conquista de uno de los terrenos y ahora quedaba la ardua batalla para lograr hacer entender a todos mis pensamientos la posibilidad de que su forma categórica de expresarse tenía taras, fallos, hechos contrastables que indicaban lo contrario, que me negaban esa realidad paralela en la que nunca, nadie, había aceptado mis capacidades o las había visto, nadie me había querido ni me había cuidado. Todo habían sido falacias, todo había sido inventado por ellos… Olvidándome de la propia percepción de mi mente, de mí misma. El ser humano es sugestionable. Yo, soy sugestionable. Yo veo todo a través de un filtro especial que he ido construyendo con el paso de los años y ahora, que era consciente de ese filtro. ¿Por qué no me plantaba de pie para obligar a mi cabezonería nata a escuchar todos y cada uno de los hechos que negaban esos pensamientos destructivos?

La tarea era complicada, pero me gustaba enfrentarme a retos. Otro de esos retos había sido la aceptación de mi uso demasiado intenso del lenguaje. Los verbos de obligación e imposición a menudo gobernaban mi lenguaje provocando en mi cabeza la sensación de un deber, algo que tenía que realizar imperativamente, sí o sí, no había otra alternativa posible.

Eso generaba mi ansiedad, mi malestar, esa creencia de tener miles de obligaciones, miles de recados que tenían un plazo límite, que había que hacerlos en el momento porque si no se hacían debían quedarse sin realizar porque no había más plazo. Correr siempre a contrarreloj, contra una hora y fecha de entrega impuestas por uno mismo quizá por el simple y puro placer de generarse más ansiedad, igual que si no tuviese suficiente.

¿Encontraba algún extraño placer en eso? ¿Había un deseo masoquista en mi interior que me obligaba a dejarme ahogar en obligaciones autoimpuestas?

La mente, compleja en sus funcionamientos, incomprensible, ilógica, puede volverse tan poderosa que permitiéndole volar solamente uno terminaría arrastrándose por el mundo, sintiéndose ahogado, agobiado, necesitando respiración sin que la marea nos permita salir adelante, sin que haya forma de librarse de morir con tanta crueldad.

Había una pregunta clara que hacerse. ¿Deseaba hacerlo? ¿Deseaba morir de esa forma sintiéndome ahogada sin permitirme ser yo misma o quería luchar para dejar que Kyra escapase finalmente igual que lo hace la verdadera esencia de todo el mundo. Había sido suficiente el tiempo vivido entre las sombras, escondiendo mis deseos, obligándome a no ser cariñosa, a no abrazar si quería hacerlo pensando plenamente en que no se vería nada bien de puertas para fuera que alguien estuviese deseando mostrar el verdadero cariño que tenía en su interior.

Tenía que trazar un plan que realizar lo más arduamente posible como liberación personal.

Objetivo: Conocer realmente quién es la Kyra que escondo entre tantas barreras por ser quien “se debe ser” o quien mi cabeza cree que “debo ser”. ¿Qué mejor comienzo que descubrir mi verdadera esencia?

Sonreí. Estaba encantada con la idea, con mi nuevo experimento que no era nada más que un búsqueda de mi propio bienestar. Esta vez iba a salir a comerme el mundo y no que el mundo terminase comiéndome a mí.


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