2018 / Oct / 10

Correr de una lado para otro parecía la rutina diaria de todos aquellos seres en el planeta Tierra que deseaban tener una vida “normal”. Tras el estudio de cada uno de los prototipos de personas que había en el mundo, había llegado a la conclusión que quería crear mi propio tipo, único y personal. Quería ser una persona que aunque igualmente se terminase angustiando por las cuestiones del tiempo, tuviese la máxima libertad posible para disfrutar aquello que hacía. La vida era lo suficientemente complicada como para añadirle un extra de dificultad.

Hacía tiempo que había dejado de escribir, observando la ventana de mi habitación. Volvía a estar en casa de mis padres y el ático favorecía en lo posible esa abstracción personal que solamente suele suceder cuando una persona está más interesada en el estudio de las nubes en busca de que algún ser divino entregue esas ideas que habían desaparecido de la cabeza como por arte de magia.

Habían pasado numerosos acontecimientos desde la última vez que me había puesto delante de toda mi familia para aceptar en voz alta mi forma de ser, esa “tara” social que no debía ser jamás denominada así y permitiendo que una parte de mi alma se liberase porque, aunque había tenido siempre la posibilidad de contárselo a cuanto ser pasase por delante, comúnmente había sido en una búsqueda por el rechazo social y no por la aceptación.

Una persona que ha abrazado el rechazo de forma sistemática posee una forma incomprensible de funcionar salvo para aquellos que intentan descubrir todos los factores que le llevaron a esa lógica manifiesta y cuando todo se transforma en el funcionamiento habitual, la conducta se vuelve más difícilmente manejable si uno no es consciente de que uno mismo tiene en sus manos la posibilidad de cambiarlo todo.

Mi hermana había vuelto también a casa. Por razones desconocidas no quería hablar con nadie, absolutamente con nadie exceptuando a mi madre y por mucho que desease que me permitiese ayudarla en lo que sabía o en lo que creía que podía echarle una mano, no estaba en mi filosofía obligar a nadie a contarme lo que no deseaba contarme, no al menos desde que había tenido que infringir todas las leyes de mi propia moralidad debido a Douglas. En realidad, no me había obligado a nada propiamente dicho, pero había sabido usar todas las artes que había tenido en su poder para hacerme picar.

Lo último que había sabido era que mi prima estaba embarazada, por segunda vez, algo que había llenado a la familia de alegría. Había querido ofrecerme como parte de ese intento desesperado por estar rodeada de bebés y comérmelos a besos, pero no había servido absolutamente de nada, había hecho el ridículo más desastroso delante de mi familia y de la familia de su marido y obviamente, por mucho que me hubiese dicho a mí misma que no dejaría que los errores del pasado siguiesen persiguiéndome como si fuese el diablo mismo acechando por las esquinas, mi cabeza seguía teniendo esa forma tan inusualmente agradable de recordármelo en cada momento para poner una nueva gota ácida a cada segundo que pasaba con un ligero buen sabor de boca.

Tenía poco tiempo para terminar aquello que estaba escribiendo. Me había decidido a presentarme a todo aquello que me permitiese mi imaginación. Intentaba mantener una rutina de lectura, escritura y estudio, pero me había dado cuenta que las rutinas se me hacían sumamente complicadas si no era con algo que me gustase y eso aún volvía más difícil que me pudiese mantener leyendo tan solo las horas que había dicho que iba a leer. La obsesión y la dosificación parecían otras de mis tareas pendientes, pero no tenía tiempo de seguir pensando en algo así cuando el final de mi novela estaba justo delante de mí sin una frase última que pudiese darle ese punto y final, que no fuese categórico, que estaba buscando.

Apoyé mi mentón en mi rodilla y me abracé la pierna que tenía estratégicamente doblada para permitirme inclinarme sobre ella de manera que pudiese reposar mi cabeza para mirar de forma intensa la pantalla casi esperando que las letras se escribiesen solas. El que dijese que escribir el final de algo era sencillo, no tenía ni pajolera idea de escribir, de buscar que todo quedase cuadrado y bien cuadrado, sin cabos sueltos, que no hubiese fallos y la perfección era uno de los problemas que acrecentaba y mucho, mi velocidad a la hora de escribir cualquier cosa que intentase salir de mi cabeza para formar parte de un objeto tan material como un libro.

Cuando tuviese que enfrentarme a los editores también sufriría un shock, lo sabía, pero quien no da pequeños pasos antes no puede dar el salto final aunque se encontrase que no había nada más que una dolorosa caída a un foso sin agua que permitiese que el dolor fuese menos intenso, o incluso, uno de esos maravillosos planchazos que dejan la tripa completamente roja.

Miré el calendario. 1 de octubre. Quedaba poco tiempo para un nuevo cumpleaños, para una nueva vida y la agonía de ese curso escolar que había empezado y que yo no tenía absolutamente nada que hacer en él, me había perseguido hasta hacía un par de días cuando se me habían ocurrido cientos de ideas que habían llenado mi agenda de miles de cosas que estaba convencida que terminaría dejando de hacer antes de dos días. Como había dicho, las rutinas no eran lo mío por mucho que hiciese por obligarme a seguirlas. La rebeldía estaba innata en mí.

El día siguiente debía volver al centro donde se comenzaría a realizar los preparativos para el día de la Salud Mental. Me había comprometido para ser una de las ponentes, también para ayudar a organizar y todo eso que había apretujado en mi horario de cuarenta horas diarias, tendría que comprimirlo mucho más para poder realizar el resto de las labores en las que había levantado la mano por el placer de hacer cosas, como si no tuviese bastante con mi cabeza moviendo sus engranajes a cada rato, dispuesta a regalarme más y más ideas sin tiempo alguno de reflexión para ver si me repetía como el ajo.

Debía reconocerlo en voz alta: una parte de mí sentía una envidia inmensa porque estaba compuesta, sin novio, sin hijo, sin trabajo, sin vida… y el mundo seguía girando a mi alrededor cuando el mío parecía haberse vuelto a estancar. No obstante, tenía clara una cosa, solamente yo podía cambiar todo eso.  

Sonó la alarma de mi teléfono indicándome que debía cambiar de actividad. Tenía que hacer una lectura que esperaba lograse cambiar un poco mi humor de perros, mi ansiedad por no haber logrado poner ese punto y final, y precisamente los clásicos de la literatura acompañados de mis demonios internos comparativos no me harían demasiado bien, pero sarna con gusto no pica, o eso dicen.


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