2018 / Oct / 29

1988, septiembre.

Las risas de los niños deberían ser la invitación para que otros también se riesen. Sin embargo, lo único que yo podía hacer era buscar a mi hermano, alguien que llevaba un año en aquel lugar al que yo siempre había querido ir desde que sabía su existencia, pero que ahora, por lo que fuese, no parecía tan atractivo y maravilloso a mis ojos.

Había demasiados niños por todas partes. Lo único que tenía era el sándwich que me había hecho mi madre para aquel día y al que me aferraba con la absurda idea de que si estaba ahí conmigo teóricamente no estaba sola. Di un nuevo mordisco al sándwich creyendo que ese hambre que tenía era común, que le pasaba a todos los niños igual, pero no veía a todos con uno en la mano, había algunos con zumos, otros simplemente corriendo de un lado al otro y gritando entre risas mientras se enfadaban porque les habían quitado las muñecas o porque se habían tirado algo de arena al pelo.

Lo único que yo sabía es que conocía a mi hermano allí, pero aunque me había acercado a él, había vuelto a salir corriendo. Yo odiaba correr. Así que le dejé jugando a lo que fuese que estuviese jugando con sus amigos, porque a diferencia de mí, él tenía amigos. Suponía que estando un año allí había tenido tiempo para eso y para más.

En mi interior estaba creciendo un sentimiento doloroso y las ganas de llorar se agolpaban en mis ojos. Esa había sido una cualidad que siempre había tenido. Llorar para mí era tan fácil como chasquear los dedos, algo que a mi hermano no le salía y yo era incapaz de silbar por mucho que me enseñasen, eso sí, sabía soplar aire de una manera infinitamente prometedora, en alguna ocasión si lo hacía mínimamente bien, lograba que escapase del interior de mi boca un pequeño silbido que después me cansaba rápidamente de intentar reproducir de nuevo.

Había un niño en mi clase de color más oscuro que no sabía hablar una sola palabra de nuestro idioma, hablaba algo muy raro, pero mis ojos le encontraron rápidamente entre los niños acompañado de otros y aunque no fuese nada más que eso, la compañía, ya tenía mucho más que yo. De hecho, mi corazón al pensarlo se oprimía con la fuerza de una odiosa tormenta. Aquella parecía mi tortura personal.

Recordé la película a la que me había llevado hacia poco tiempo mi madre al cine. Allí, con una sonrisa vi cómo quería ser de mayor, el pelo que deseaba tener y lo fuerte que deseaba ser. Sin embargo, ni mi voz era igual, ni mucho menos lo sería estando rodeada de tanta gente que me ignoraba directamente, o me dirigían una mirada de “lejos extraña” que llegaba a asustarme.

Me fui hasta una de las esquinas del pequeño patio de tierra y me senté en el suelo a pesar de que odiaba que la arena se metiese dentro de mi ropa. El babi ayudaba a que mi pantalón no estuviese en contacto con el suelo lleno de piedrecitas. Teníamos alrededor de ese patio que parecía enorme una verja alta que nos impedía salir de allí. Solamente se podía por una puerta que las profesoras mantenían vigiladas.

Miré mi sándwich y después volví a darle un mordisco. No quedaba demasiado de él. Tenía entre mis dedos el papel con el que mi madre me lo había envuelto y sabía que tenía que tirarlo a alguna de las papeleras que había en la extensión de aquella tierra habitada por niños.

Cuando me terminé el bocadillo, lo único que pude hacer fue mirar al suelo y comenzar a jugar con la arena que no me decía que no aunque los ojos de todos aquellos niños si lo hubiesen hecho. Además, no volvería a preguntarle a varios grupos de niñas que me dejasen entrar en su grupo puesto que por tener el pelo corto no me lo permitían.

Centré toda mi imaginación en aquella arena. De pronto dejó de serlo. Se transformó en filetes empanados, también en pequeños montículos que eran castillos dentro de un mundo desproporcionado, pero perfecto a mis ojos. Es como si mi cabeza pudiese decirse a sí misma que no pasaba nada por estar sola, que estaba jugando con la arena y que no sería la primera vez que jugaría sola porque también lo había hecho en casa.

Pero una parte de mí ya estaba preguntándose cuánto quedaba para que mamá viniese a recogernos. No quería seguir allí. Aunque me divirtiese haciendo fichas en clase, el recreo se estaba convirtiendo mi parte menos favorita de lo que significaba estar en el colegio.

Una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta que cayó en la arena y pude ver cómo se teñía de un color más oscuro. La textura mojada era agradable y me recordaba a la de la arena que habíamos mojado cuando era pequeña para lograr hacer un inmenso castillo mi padre y yo, aunque no recordaba cómo había terminado en realidad.

Eso me sorprendió, era algo diferente. ¿Cómo con una lágrima se podía conseguir algo diferente en la arena? Me quedé observando ese poquito de tierra mojada más parduzco y lo cogí entre mis dedos poniéndolo en la palma de mi mano. Parecía tan grande y tan raro frente al resto de arena que escurría sin problema entre mis dedos siendo mucho más… delgada y áspera. Sin embargo, por mucho que las juntase no lograba que la una cambiase a la otra, sino que simplemente se fundiesen en un montoncito con las dos tonalidades en él.

No obstante, no tardó demasiado tiempo en volverse del mismo color y toda la curiosidad, ese motivo que había tenido para dejar llorar había desaparecido por completo mientras la imagen de mi madre volvía a mi mente. Me levanté y me puse de puntillas para agarrarme a la parte baja de la verja y apoyando mi cabeza entre dos barrotes sin poder pasarla entre ellos esperé que ella terminase apareciendo para llevarme a casa. Pero no lo hizo, nunca lo hizo, no hasta la hora en la que acababa el colegio.

2018 / Oct / 29

La comida que había pedido estaba deliciosa. Hamburguesas, patatas fritas… No me gustaban demasiadas cosas sanas, debía admitirlo, y aunque intentaba que el resto del tiempo pudiese comer sano, a veces necesitaba llenar mi estómago de grasa y de aditivos como si fuese un regalo por haberse portado mínimamente bien o no sé.

Lo que más me gustaba de toda la situación no era solamente la comida, sino que Derek comía mucho más que yo y aunque me hacía querer ganarle a inflarnos entre ambos a miles de calorías, buscaba en lo posible no entrar en competición, un reto sumamente complicado para mí. La vida era exactamente igual que un montón de concursos donde por mucho que lo intentase siempre terminaba la última para el placer torturador de mi mente enemiga.

— ¿Qué has estado haciendo? —pregunté de repente tras llevarme una patata a la boca masticándola con tranquilidad.

— He estado intentando seguir adelante, Kyra. Pero era completamente imposible. No salía de mi hogar, me pasaba horas y horas metido en un estudio en el que te veía por todas partes aunque hubiese escondido todos tus cuadros. Además, por si fuera poco, bueno, te volví a pintar —suspiró antes de mirarme con una pequeña sonrisa en los labios—. Fueron los únicos momentos de verdadera paz que he tenido durante este tiempo.

Mis ojos se encontraron con los suyos en una súplica silenciosa, esperando que no me estuviese diciendo mentira alguna, que fuese sincero. De ser así, el romanticismo también convivía en un hombre que sabía dominarme en la cama, aunque me dejaba volar sin problemas en mi vida diaria. Puede que sus celos pudiesen con él, pero estaba convencida que esos celos escondían algo más, algo que yo no sabía ver, algo que jamás había sabido ver. Algo que podían llegar a esconder los míos propios.

Llevó una de sus manos a mi cabello y cogió uno de los mechones de pelo que seguía manteniendo corto, pero de un color completamente diferente, aunque era el color de pelo con el que me había conocido.

— Finalmente te cambiaste el color de pelo, otra vez —dijo con una pequeña sonrisa.

— Oh, sí. Tenía el pelo completamente frito. Yo no sé cómo pueden tantas ponerse rubias con todo lo que tiene que sufrir el pelo. Solamente es medio plausible si tienes el pelo aún más corto que yo. Además, estaba acostumbrada a tener el pelo suave incluso dejándomelo secar al aire libre y ahora no tengo más que paja en lugar de pelo. Ojalá pueda poco a poco ir recuperando mi pelo y decir adiós a toda esa parte maltratada.

— Me pregunto cómo puedes estar aún más hermosa con cada estilo que pruebas…

Sus palabras provocaron un rubor tan intenso que parecía darme igual que tan solo media hora antes habíamos estado desnudos y gimiendo envueltos en los sentimientos más apasionados que habíamos encontrado en nuestro repertorio tras aquel primer beso, tras aquel suave roce inocente a primeras de la rosa sobre mi piel.

— Y cuando creo que no puedes estarlo más, te superas. Sonrojada, vergonzosa, adorable…

— ¡Basta! —reí tapando mi rostro con mis manos sintiendo como me ardía absolutamente toda la cara por su culpa.

Él comenzó a reírse y se acercó hasta mí para sentarme en su regazo y darme besos por toda la piel que alcanzaba intentando encontrar huecos entre mis manos para besar parte de mi rostro. Después me quitó las manos de encima de mis facciones y me miró embobada mientras yo temía tener fiebre de todo lo que me ardía la cara.

— No te escondas.

— Pues no me digas esas cosas —musité intentando poner la expresión de una niña enfurruñada.

Me observó de esa manera en la que me había mirado casi desde el primer día y luego arrugué mi nariz antes de coger mi comida intentando, en lo posible, centrarme en ese acto, en comer solamente. Él hizo lo mismo, se concentró en su comida aunque su mano libre no descuidaba mi espalda ni un solo segundo, la recorría en un suave ir y venir, sin segundas intenciones, queriendo únicamente demostrarme que estaba ahí o relajarme o puede que por la necesidad de sentir el tacto y el calor de mi cuerpo en alguna zona del suyo.

Apoyé mi cabeza en su hombro masticando tranquilamente antes de que se pasase por mi cabeza una pregunta, una cuestión inmensamente necesaria para mí por alguna razón desconocida. En realidad, no era tan desconocida. Ansiaba una prueba de que no volvería a sufrir o de que confiaba en mí o… un nuevo chute de moral a mi autoestima a la que poco a poco estaba enseñando a alimentarse sola, pero que aún seguía necesitando de la aprobación ajena.

— ¿Te hago feliz?

Mi pregunta salió como un susurro, casi temeroso. Él centró toda su atención en mí antes de dejar la comida, limpiarse la mano con la servilleta y ponerla en mi rostro envolviendo mi mejilla con toda su longitud.

— Tú me has enseñado qué es la felicidad, Kyra —sus palabras provocaron que mi corazón se acelerase hasta alcanzar el ritmo de un colibrí y que además, las mejillas me volviesen a arder por la vergüenza. ¿Era yo capaz de algo así?

Ese era uno de los principales problemas. A pesar de tener su respuesta, sincera, en la que debía confiar sin ningún pero, siempre escapaba como resorte la pregunta automática en mi mente que me obligaba a cuestionar absolutamente todo lo que podía hacerme sentir bien, superior o, ser algo más que alguien. Kyra no podía ganar ningún concurso, Kyra no valía para darle felicidad a nadie, Kyra era el aperitivo para encontrar después el plato fuerte y, fuese quien fuese el que me había logrado hacer creer eso, debía felicitarle por un trabajo impecablemente macabro. No necesitaba a nadie que me infravalorase, ya lo hacía yo sola, esa parte de mí oscura, peligrosa y letal que había aprendido a asesinar lentamente a la mujer que era en realidad.

— Y tú a mí —respondí antes de que mis pensamientos oscuros volviesen a ganar la batalla de nuevo.

2018 / Oct / 29

Mordí mis labios sintiendo aún el sabor de su boca en la mía. Ese sabor que estaba mezclado con el de mis propios fluidos y que siendo sincera siempre me había parecido algo tan asqueroso que jamás creí que pudiese llegar a ser tan sumamente excitante que un hombre, con el sabor de mi placer, me lo entregase con la mezcla de su propia pasión en un beso apasionado.

Aún era incapaz de comprender cómo había pasado en tan poco tiempo de tener una cita, un intento por reconquistarme, a tener a ese mismo hombre sobre mí, realizando todo lo que desease a mi cuerpo buscando únicamente mi propio placer y olvidándose del suyo. Era igual que una petición, un “perdóname” o una ofrenda de paz por todo lo que me había hecho pasar. En realidad, nos había hecho pasar. Dudaba que él lo hubiese pasado mínimamente bien salvo que fuese el mejor actor de la historia.

Mi cuerpo estaba sudoroso, tan solo por la manera en la que él me había hecho alcanzar la gloria. No me había movido y era sorprendente que sin hacer ejercicio alguno y sin tener fiebre hubiese llegado a tal grado de descontrol de mis propias glándulas sudorÍparas, aunque, bien pensado, ¿cuándo había tenido un mínimo control sobre ellas?

Un nuevo movimiento me hizo estremecer de pies a cabeza. Sus dedos recorrieron la cara interna de mis muslos. Sabía que no estaba sedosa, sabía que esa parte de mi ser estaba llena de estrías que le daban un aspecto rugoso además de esos molestos granitos que siempre salían por el roce de muslo con muslo o por el escaso refrigerio que puede llegar a tener esa zona al usar vaqueros y pantalones que diesen calor para soportar aquellas bajas temperaturas y más aún las de invierno. Podría haberle pedido que parase, pero por alguna extraña razón no me importaba que descubriese aquella zona una y otra vez. Era igual que si aceptase en secreto que él adorase cada milímetro de mi cuerpo y lo necesitaba. Necesitaba a alguien que no viese en mí defectos porque de esos yo ya tenía una larga lista llena.

Volvió a jugar con mi clítoris, pero esta vez lo hizo con sus dedos y después, una vez que volví a subirme en la montaña rusa del placer, pude sentir cómo poco a poco iba adentrándose en mi interior. Su dureza invadía cada milímetro del interior de mi anatomía y sabía que aquello sería tan placentero como en otras ocasiones, o puede que aún más por la urgencia de creer que jamás tendríamos al otro.

Derek se deslizó lentamente al principio, dejándose disfrutar de la tortura, pero también de la magnífica sensación. Después, poco a poco aumentó la velocidad hasta el punto en que ambos empezamos a perder por completo el control de todas nuestras emociones. Cada roce era exactamente igual que un chute de adrenalina, de pasión, de esa droga enfermiza a la que cada ser viviente está completamente enganchado, el placer.

Pude sentir como con cada segundo mis músculos se iban tensando, mi cuerpo pedía más pues quería relajarse por completo tras alcanzar la gloria y cuando eso sucedió, cuando las embestidas fueron tan fuertes y profundas como necesitaba, grité su nombre en la cúspide de mi orgasmo.

Ambos terminamos acurrucados en mi cama. No teníamos demasiadas ganas de movernos ni ir a ningún lugar, por lo que en cuanto tuviésemos hambre él pediría algo de comida para ambos. Me había desatado y ahora se dedicaba a acariciar suavemente cada pequeña muesca que hubiesen dejado las ataduras en mis muñecas. No me dolían, pero era inevitable que se hubiesen quedado un poco rojas.

— No sabía que te iba eso de atar… —bromeé antes de morder mi labio inferior conteniendo la risa pues buscaba mirarle casi como enfadada, algo que era imposible en ese momento.

— Yo tampoco sabía que a usted, señorita, le encantaba ser dominada —rozó la forma de mi mandíbula y después puso uno de sus dedos bajo mi mentón alzándome el rostro—. Aunque por su temperamento yo diría que es algo que tan solo pasa en la cama. ¿O me equivoco?

Arrugué mi nariz antes de responder. Recordaba que en mi familia siempre me habían dicho que tenía un carácter de mil demonios y ¿para qué negarlo si era cierto? A veces había llegado a perder tanto el control que me había vuelto igual que un animal, no pensaba, solamente hería para no ser herida aunque las heridas en el otro provocasen una herida más profunda en mi interior: la culpabilidad.

— Tengo muy mal humor, lo sé —hice una mueca finalmente sintiéndome mal por ello, como si fuese un gran defecto, algo por lo que nadie podría llegar a fijarse en mí porque no tenía sentido que lo hiciesen, como si solamente aquel que no quisiese una amenaza fuese a darse cuenta que yo no era la indicada y que no lo sería nunca. Igual que si nadie desease un reto por muy complicado que fuese.

— Y aunque parezca que no, eso también me encanta de ti —murmuró logrando un intenso sonrojo en mis mejillas que creí que jamás se borraría de ellas—. De hecho, creo que lo único que no me gusta es no saber qué está pasando por tu cabeza, nada más, o no entender los porqués de algunas de tus reacciones.

Eso podía entenderlo. Yo misma me solía desconcertar cuando intentaba ser lógica, cuando buscaba salirme de ese cuadro, de ese momento, de la racionalidad de mi propia mente para buscarle sentido a las interpretaciones que hacía de algunos gestos, de algunos momentos, de hechos concretos que para otros no tenían ni la más mínima importancia. Sin embargo, ese trabajo me costaba muchísimo esfuerzo, intentar ser otra persona para buscarle algún sentido a la lógica de todos los pensamientos que hacía prácticamente al instante mi cabeza.

— Aunque no lo creas, a veces yo tampoco entiendo mis reacciones —musité antes de recibir un beso en la frente.

— Pues descubrámoslas juntos —me sonrió cogiendo después el móvil para hacer el pedido.

2018 / Oct / 23

Solamente era capaz de recordar besos. Su comentario había llevado a mi autocontrol al traste. Su cuerpo se había apretado al mío y ambos habíamos terminado comiéndonos a besos a pesar de estar en la casa de mis padres. ¡A la mierda! ¿Reconquistarme? ¿En serio? Lo único que había tenido que hacer era aparecer para que en ese mismo instante estuviese en mi cama, con las manos atadas al cabecero con un pañuelo, que era exactamente igual al que me quitaba la visión. El resto de mi cuerpo estaba completamente a su merced salvo por mi ropa interior.

Pude sentir su aliento sobre mi pubis antes de aspirar allí la fragancia que provocaba mi excitación. ¿De qué diablos iba todo esto? ¿Desde cuando aceptaba que me atasen o someterme ante un hombre? Pero Derek no era cualquier hombre, no, Derek era diferente. En sus brazos podía sentirme a salvo, completamente.

Lamentablemente en el juego del amor, uno no puede evitar sufrir, de ninguna manera, pero sí puede escoger quién le hace sufrir y quién no. Y aunque el dolor era inevitable, sabía que Derek intentaría paliarlo, intentaría evitarlo, porque el mismo dolor que yo sintiese sería proporcional al suyo.

Pude sentir nuevamente los pétalos de la rosa por mi cuello, su suavidad y ahora eran envolventes y la manera en que él la iba dirigiendo por todo mi pecho, deslizándola por el valle de mis senos y dejándola recrearse en cada curva que estaba más que segura que él hubiese deseado probar con sus labios, rozar con sus dedos, pero quería hacerme perder el sentido con la suavidad de una rosa y la tortura de tener tan cerca su piel y no sentirla sobre la mía. Había algo, un placer masoquista en ese acto al que podría llegar a acostumbrarme.

Su aliento rozaba también mi piel. No la tocaban sus labios y sentir la manera en la que se aceleraba a medida que la flor iba descubriendo partes de mi cuerpo, me hacía subirme a un altar donde no había nada mejor que esa diosa en que me había convertido para él en aquella cama que jamás había tenido pecado alguno sobre ella.

La rosa desapareció durante unos segundos antes de que mi sujetador desapareciese de encima de mis senos. Casi pude escuchar cómo contenía el aliento y aunque lo deseaba, sabía que aún no me daría su boca. Para no suplicar por ella, me mordí el labio inferior y dejé que fuese él quien aún tuviese el control de la situación. Indefensa de esa manera, por raro que pareciese, me sentía increíblemente poderosa.

Fue la flor la que acarició mis senos a su merced. Se deslizó en una espiral por ellos hasta que terminó sobre mis pezones que a esas alturas ya estaban erectos suplicando a sus labios por la atención que no habían tenido durante demasiado tiempo.

No hubo más contacto de la flor por el momento, en su lugar, su boca calmó mis súplicas acariciando mi piel por el momento antes de atrapar uno de mis pezones en su boca succionándolo suavemente. Había algo mágico en ese gesto porque el calor de su boca parecía penetrar en mi piel para navegar por mis venas situándose en los lugares más erógenos de mi anatomía además de despertar cada molécula de mi cuerpo.

Arqueé mi espalda y él correspondió el gemido que escapó de mis labios con una pequeña mordida en aquel pezón que siempre creí inservible durante toda mi existencia antes de saber lo que un experto en la materia podía llegar a hacer.

Prestó el mismo servicio a mi otro pecho que había esperado impaciente ser el centro del placer durante un tiempo, el mismo o algo más que había notado el otro seno para no sentirse demasiado celoso de su compañero, como si estuviesen decidiendo cual de ellos era el favorito de Derek, si el derecho o el izquierdo. Mi cabeza sin embargo, estaba en otro planeta completamente diferente, ese planeta al que solo se puede acudir cuando el nirvana parece algo probable y no un cuento chino.

Las manos de Derek no se quedaron quietas, en su lugar subieron por mis piernas hasta atrapar mi última prenda y con dedos hábiles írmela quitando de una forma en la que jamás creí que resultase erótico el quitar la ropa. No necesitaba verlo para sentirlo y menos para saber que entre mis piernas se había despertado un hambre voraz del hombre que me estaba descubriendo igual que si nunca me hubiese tenido.

La rosa bajó nuevamente por mi vientre y después se deslizó entre mis labios vaginales acariciando aquel lugar que suspiraba con cada mínimo roce. Él sabía sin ningún problema cómo debía tratar aquella zona, cómo provocarme emociones que creí imposibles y más cuando la rosa desapareció de la ecuación y fueron sus labios quienes dieron un beso inmenso a mis labios inferiores. Tiré de las ataduras y solté un gemido que no me importó que escuchasen ninguno de mis vecinos por mucho que las paredes fuesen tan finas como folios.

Su lengua jugó en las zonas más íntimas de mi ser, provocó mi excitación aún mayor antes de empezar a centrarse más a menudo en mi clítoris que se retorcía de placer como yo misma con cada movimiento, con cada roce aunque fuese tan solo su aliento. Sus labios lo atraparon y dio un suave mordisco de esa forma haciéndome estallar en uno de los orgasmos más fáciles de toda mi vida. Jamás me había planteado que algo así pudiese darse, que con solo caricias y toques fuese posibles alcanzar la gloria.

Derek siguió entre mis piernas, bebiendo de mi orgasmo como si fuese lo más delicioso del mundo, consiguiendo que mis mejillas se tornasen del más oscuro carmesí antes de su boca ascendiese y me robase un beso a esos labios entreabiertos, resecos, que habían estado jadeando por su culpa.

— Eres deliciosa —susurró contra mi boca y volvió a besarme haciéndome perder el sentido por completo de todo lo que podía estar ocurriendo en el mundo.

2018 / Oct / 22

Una cita. No recordaba si había llegado a tener citas con Derek nunca. De hecho creía que toda nuestra relación había sido básicamente natural, sin preámbulos, sino que de buenas a primeras nos habíamos encontrado a ambos enamorados, besándonos y viviendo en el mismo piso en Moscú. Había tenido mis primeras citas, pero siendo sincera, dudaba que hubiese disfrutado ninguna de todas ellas por los nervios que tenía. Lo peor que podían decirme a mí es que una salida con alguien significaba una cita. ¿Por qué? Quizá por esa tontería que un “control” o “unos ejercicios” eran menos que un examen, aunque la nota nos la fuesen a poner igual. Eran pequeños fantasmas en el vocabulario que usábamos todos los días que nos llevaban a esas emociones intensas que casi parecían una prueba de vida o muerte.

Me incliné hacia el espejo para mirar mi maquillaje. Desde luego el pulso no era lo mío, pero al menos no estaban demasiado dispares las líneas del eyeliner. Era todo un lujo que no podía evitar recordarme. No siempre llegaba con un maquillaje convincente y por suerte uno de mis ojos estaba medio tapado por el flequillo que había conservado del pixie que me había hecho meses atrás.

Estaba completa y absolutamente nerviosa. Pasé el brillo de labios por mis labios y tuve que realizar varios retoques porque me temblaba demasiado el pulso. ¿Estaría aún a tiempo de fingir algún tipo de catarro o una diarrea para no tener que ir a la cita? Si lo hacía sabía que más tarde me iba a encontrar peor, que tan solo sería el alivio momentáneo de no tener que enfrentarse en ese instante a la incómoda situación, pero me martirizaría más que provocarme placer alguno.

Apoyé mis manos sobre el lavabo mirando mi reflejo imperfecto en aquel espejo que me odiaba tanto como yo a él. Los defectos eran realmente fáciles de observar cuando uno se quedaba demasiado tiempo delante de alguno de esos. Todo tenía una mejora posible, todo podía ser infinitamente más hermoso, más grueso o menos, más refinado, menos tosco, fuese lo que fuese me sentía al borde del llanto siempre que mi cabeza empezaba a gritarme aquellos pensamientos que tenía sobre mí misma.

Lo único que me quedaba por ponerme eran los zapatos, así que salí del baño en el momento exacto en que sonó el timbre de la puerta de mi casa. Mis padres se habían ido a ver a una de mis tías, así que estaba completamente sola en casa.

Fui hasta la puerta y la abrí comprobando que al otro lado un Derek tan apuesto como era sin necesidad de esforzarse, me miraba de aquella manera en la que mis mejillas se sonrojaban porque sabía lo que pensaba. Era yo, a sus ojos, la mujer más hermosa de la Tierra aunque a los míos fuese la más fea del universo. Temía que él viese todos esos defectos en algún momento, pero había algo en esa pequeña sonrisa que mostraba sus hoyuelos recordándome que los veía y que para él no eran defectos, ni mucho menos.

— Wow… Kyra, estás hermosa —musitó mientras se acercaba lentamente a mí para rozar con dulzura mi mejilla con sus dedos sin querer estropear el maquillaje.

— Gracias, pero… bueno, ambos sabemos lo que yo creo sobre eso —reí un poco terminando por negar ligeramente antes de dejarle pasar.

Derek tardó unos segundos en darse cuenta que me había movido para permitirle pasar porque estaba observándome de esa manera en que lo había hecho desde el primer día, desde ese momento en que nuestras vidas se cruzaron en el bar donde se había puesto a cantar una de las melodías más bonitas que había escuchado en mi vida.

— Lo olvidaba. Esto es para ti —me entregó un ramo de rosas rojas que parecían tan frescas como cuando se observaban con el rocío de la mañana. Tomé el ramo y acaricié suavemente los pétalos de una. Recordé sin poder evitarlo las veces en las que había visto a mi padre llegar con un ramo de rosas que había cortado, sin deber, en uno de los rosales cercanos que había a su lugar de trabajo.
— ¿Sabes que mi padre le traía rosas a mi madre de forma esporádica? —le miré a los ojos sonriendo ligeramente.

— Tu padre era todo un ejemplo a seguir para conquistar a una mujer, ¿no? —rió antes de que terminase uniéndome a sus risas y asintiendo—. Ahora entiendo porqué lo han tenido tan difícil todos los hombres para llegar a conquistarte.

Entrecerré mis ojos mirándole y negué llevando el ramo de rosas a la cocina para ponerlas cuanto antes en un jarrón y que me durasen lo máximo posible.

— La verdad es que él ha puesto el listón muy alto, es cierto, pero tampoco he tenido a tantos hombres intentando conquistarme y si lo han intentado se han echado más rápido para atrás de lo que yo les hubiese podido decir que se fuesen al infierno en alguno de mis maravillosos ataques de ira ilógica y aplastante —bromeé aunque no era del todo mentira lo que estaba diciendo.

Pude sentir el aliento de Derek en mi nuca mientras ponía las rosas en el jarrón. Su mano se alargó pasando por encima de mi hombro hasta que atrapó una de las flores. La sacó cuidadosamente del interior del jarrón y después la acercó hacia sí antes de que los pétalos rozasen tímidamente la piel de mi cuello. Me estremecí de pies a cabeza sin entender qué podía provocarme tanto de él que fuese tan diferente a lo de otros. Eran amores, sí, pero amores distintos. A él le amaba de una manera que ni tan siquiera había sido jamás ni lo más mínimamente pensado. Se había deslizado bajo mi piel, se había mezclado con mi ADN y me había hecho suya, en todas las definiciones posibles que podía tener esa palabra sin entrar en la dominación.

— No existirá flor en este mundo que supere tu propio aroma.

Noté su nariz rozando ahora mi cuello y supe que estaba completamente perdida.

2018 / Oct / 19

La cafetería estaba abarrotada. El aroma del café y el dulzor de la bollería que solía acompañarlos invadía mis fosas nasales permitiéndome desconectarme mínimamente del embrujo que parecía tener Derek en mí. Era igual que sentir que salía de un sueño del que no quería despertarme en realidad. Hubiese sido mucho mejor para mí no dejarme llevar por las emociones que provocaba, pero era prácticamente imposible. No era un ordenador al que se le pudiese decir cuándo parar, cuando dejar de mostrar emociones porque no eran emociones vacías, siempre conllevaban mucho más de lo expresado.

Derek puso su mano en mi espalda y me guió hasta una de las dos mesas que estaban vacías. Íbamos en silencio y siendo sincera no tenía ni idea de qué decir o qué no. Una parte de mí aún quería salir corriendo, desaparecer, desintegrarme o volverme polvo para escaparme de un momento tan incómodo como aquel, porque ¿qué se le decía a un ex? Cuando vi a Nikolai tiempo atrás no había sido nada fácil, pero menos ahora que era Derek porque él era muy distinto, demasiado distinto. Mis sentimientos seguían estando ahí y no los del rencor.

Una vez tuve la taza de chocolate delante, al menos tenía algo que hacer, aunque no fuese nada más que mirarlo. Jugué con la cuchara y con el interior. El líquido espeso soltaba ese humo que hacía entrar en calor solamente con estar lo suficientemente cerca. Y aunque lo intentaba podía sentir su mirada puesta sobre mí. Nuestros ojos se encontraban de vez en cuando y sin decir palabra alguna nuestras respiraciones se aceleraban, el sonrojo se deslizaba por mis mejillas y mi corazón palpitaba igual que si se tratase de un colibrí.

Me sentía vulnerable, como si me hubiese desnudado delante de él y todos los demás nos estuviesen mirando para ver quién ganaba aquella competición de orgullo pues nuestros cuerpos y nuestros corazones pedían algo muy diferente a esa frialdad que nos hacía tener nuestra cabeza.

Me puso el día sobre su trabajo. Me contó qué tal había estado ese tiempo que habíamos permanecido separados y asentí de vez en cuando haciéndole saber que le estaba escuchando cuando en realidad deseaba oír solamente una cosa: “vuelve a mí”.

Siempre hay una cierta esperanza porque la vida sin nosotros sea miserable aunque sea algo realmente complicado. El ser humano sigue adelante, pocos se paran y casi ninguno suele terminar la vida en el instante que alguien se ha marchado de su lado. ¿Orgullo? ¿Necesidad de sentirnos valorados? ¿Otra prueba más a la persona que tenemos delante? Quizá, pero seguramente su propio ser le impediría confesarlo si había sido así, si cada segundo alejado de mí había sido igual que sentir cómo poco a poco le iban arrancando la piel a tiras, no lo iba a soltar. ¿Por qué? Por el mismo motivo por el que yo tampoco lo hacía, ¿y si no le había pasado lo mismo a la otra persona? ¿Y si perdía mi propio lugar de dominio? No podía arriesgarme a eso.

Llevé la taza a mis labios para dar un sorbo al líquido marrón cuando escuché aquello que pensaba que no iba a tener oportunidad de volver a oír.

Perdóname. Fui un idiota. Cada maldito día sin ti ha sido la tortura más grande que podía haber sentido. Aún no sé ni cómo he dejado que te separes mínimamente de mí porque mi corazón se desgarra. Nunca había sufrido un dolor como éste y te pido, por favor, que hagas que pare —suplicó alargando una mano hacia la mía que aún estaba sobre la mesa.

Mis ojos observaron los ajenos y después fruncí mi ceño. ¿Por qué era tan vulnerable a él? ¿Por qué el amor nos hacía tan idiotas? O en realidad no era el amor, sino el orgullo lo que nos hacía perder miles de oportunidades. ¿Quién podía pensar con claridad cuando los sentimientos estaban a flor de piel porque ese manejo de emociones se me había escapado por completo de todo mi aprendizaje en el pasado.

Dejé la taza sobre la mesa y suspiré antes de permitirle envolver una de mis manos con las suyas antes de responderle.

¿Y cómo podría parar ese dolor? Ni tan siquiera sé cómo parar el mío propio —murmuré mientras sus dedos se encargaban de ir encajando poco a poco con los míos igual que si nuestras manos estuviesen hechas para estar así, para vivir así siempre, para encajar.

La idea de un dolor en mi pecho provocó una mueca en su rostro y se acercó mi mano hasta tener sus labios contra el dorso de ella dejando un suave beso, disfrutando de la textura de mi piel y consiguiendo que cada milímetro de mi anatomía se revolucionase por completo.

Queda conmigo. Dame una oportunidad más. Una cita, solo una cita. Después serás tú quién decida si hay posibilidades y de qué tipo para cualquier relación incluyendo la amistad únicamente —decir esa palabra “amistad” crispó su gesto. Era igual que si la repeliese, que le provocase más dolor que placer imaginarnos como amigos.

Bajé mi mirada a nuestras manos y pude comprobar cómo mis propios dedos se movían en busca de tener algo de contacto con su piel, como si tuviesen vida propia. ¿Por qué me perdía el romanticismo? ¿Por qué el hielo que había construido a mi alrededor se derretía con tanta facilidad en su presencia, en su calor y por la temperatura de su aliento?

Está bien. Quedaremos una vez. Solamente una cita —terminé accediendo y mordí mi labio inferior antes de que una sonrisa escapase de mis labios—. Así que ya puede currárselo mucho, señor Vance, si quiere volver a conquistarme —bromeé intentando hacerme la dura, a pesar de que ambos sabíamos que un roce, una mirada, una palabra, estando algo más cerca permitiría que ambos terminásemos mezclando nuestra fragancia por toda la habitación y envueltos de las sábanas que ya no acariciaban sin su presencia.

Una sonrisa apareció en sus labios, de esas genuinas, adorables y deslumbrantes. Parecía haberle echado el salvavidas justo antes de que se hundiese en el mar y ahora la felicidad brillaba en esos hermosos ojos que me miraban como si no existiese nadie más en todo ese planeta.

2018 / Oct / 17

Y allí estaba él. No era un sueño que me hubiese jugado una mala pasada. Seguía despierta, observándole, sintiéndole, viendo en sus ojos que si había fronteras entre nosotros él parecía estar dispuesto a romperlas. No importaba cómo, no importaba cuándo, no importaba el tiempo que tardase, había vuelto a mí para dejarme sentir todo lo que antes no me había permitido. No obstante, no todo es lo que nuestros ojos dicen, sino los actos que terminábamos llevando a cabo. Ese conocimiento era el que me mantenía temerosa, creyendo que en cualquier momento la burbuja que parecía haber crecido a nuestro alrededor de manera espontánea terminase rompiéndose en mil pedazos por una palabra que no debió decirse en ningún momento.

Su mano envolvió mi mejilla y cerré mis ojos dejándome volar por una vez después de todo ese tiempo. Sus dedos eran tan suaves y cuidadosos como cuando uno toca lo más frágil que se le ocurra, temeroso de que se rompa o se desgaste con el paso del tiempo, a veces con deseos de que no se convierta en polvo o humo entre nuestras manos pues aunque hubiésemos podido tocar la maravillosa forma que nos tenía embelesados sabríamos que no sería posible volver a hacerlo porque había dejado de existir.

Abrí mis ojos fijando mi mirada en la ajena. Mi respiración era irregular. El latido de mi corazón parecía una sirena que creía que todo el mundo podía estar escuchando sin ningún tipo de problema. Mi pecho dolía y quería un beso suyo tanto como deseaba rechazarlo. ¿Podía permitirme seguir hundiendo mi cara en el fango? Había tomado una determinación tiempo atrás y no era algo que aceptase de buen grado. Sabía que el amor tenía sus consecuencias, pero también era orgullosa y había un mínimo de barreras que no podía permitirle a nadie pasar, entre ellas: jamás aceptaría que se me tratase de infiel cuando no lo era y había sufrido en mis carnes qué era estar en el otro lado, ser la persona que sufría la infidelidad y no quien la realizaba.

Aún permanecíamos en medio de la calle y las personas que pasaban a nuestro alrededor nos miraban como si estuviésemos dando el peor de los espectáculos, aunque también mi propia apreciación podía jugar en mi contra. Rara vez había salido a la calle sin creer que todo el mundo me miraba en busca de una crítica que les hiciese superiores a mí, de ahí que terminase tan pequeñita como una presa fácil en mitad de un mundo lleno de hienas.

— ¿Cómo has estado? —preguntó sin dejar de mirarme con aquella forma tan extraña que tenía completamente reservada para mí. Esa forma que con el tiempo había descubierto que se trataba del amor.

— He seguido adelante… Creo que eso es suficiente.

— Supongo que sí —había cierta tristeza en su mirada tras mi respuesta. Podía ver un atisbo de culpabilidad aunque no le echaba solamente la culpa a él de lo sucedido. Yo misma, por muy herida que hubiese estado con sus palabras o intenciones podía haber intentado resolverlo mínimamente, pero pensar que el tiempo curaría solo esa herida era una falacia. Cuando una herida se cierra de mala manera, no cicatriza bien y siempre termina dando problemas.

— ¿Qué haces de nuevo aquí?

— He venido por ti.

Su contestación tajante casi me provocó un infarto. Ese momento en que me sentía al borde de realizar la locura más grande de mi vida y olvidar todo sellando su regreso a mi vida con un beso que nos dejase a ambos sin aliento. No obstante, no era así, nunca sería así. Me había negado a mí misma esa posibilidad desde el momento en que las cajas habían aparecido en la casa de mis padres, sin embargo, ceder era tan tentador. ¿Quién no deseaba el amor o la que creía que sería la cura de todos sus males? Parecía que siempre buscábamos algo, esa panacea que nos hiciese cambiar por completo, que nos llevase a un mundo sin sufrimientos como aquel que nos había sido vendido en el jardín del Edén y que por la naturaleza del hombre habíamos terminado corrompiendo y destruyendo poco a poco aquello que nos hubiese permitido una vida teóricamente feliz. Sin embargo, el ser humano es curioso y destructivo y no podía evitar la maldad y el sufrimiento que nos harían valorar esos instantes de felicidad absoluta.

— ¿Quieres tomar un café?

Dado que no había contestado a su propia respuesta terminé asintiendo en silencio a esa pregunta. ¿Cómo podía creerme que él había venido por mí por muy endemoniadamente romántico que resultase? Siempre me había considerado insuficiente, insatisfactoria para todo aquel que quisiese mantener una relación conmigo, así que simplemente deseché la idea porque no entraba dentro de ninguna lógica posible según las reglas de mi mente.

— Pero…

— Lo sé, tú no tomas café. Te pediremos un chocolate caliente, porque estás completamente congelada. Tienes hasta la nariz tan roja como Rudolph —me dedicó una sonrisa, esas sonrisas que derriten porque sabes que eso que está viendo le resulta sumamente adorable. Me sonrojé exactamente por lo mismo y mientras nos dirigíamos a por ese chocolate caliente decidí permitirme soñar, por unos instantes, que algo de todo lo que había ocurrido en mi vida tenía solución, que no siempre los finales son tajantes y no habrá una segunda parte.

Su aroma me envolvió mientras sus brazos también lo hacían apretándome a su cuerpo como si supiese que esa necesidad malsana por sentirme protegida no había desaparecido jamás de mí. Sus labios dieron un beso a mi sien y poco a poco el resto de los transeúntes de la ciudad iban desvaneciéndose, porque volvía a estar en sus brazos, volvía a sentir esa sensación reconfortante en mi pecho y volvía a creer que no siempre tenía que volar sola, que simplemente, debía saber elegir bien quiénes eran aquellas personas a las que quería entregarles parte de mi mundo, ese mundo que comenzaba a parecerme más interesante, con más brillo y con muchos menos fantasmas dispuestos a asustarme.

2018 / Oct / 10

Conocerse a uno mismo. Algo tan sencillo a simple vista, pero tan complicado en realidad. ¿Quién se paraba a pensar quién era realmente? Puede doler percatarse de que no somos quien realmente mostramos, que aunque odiemos la falsedad, la hipocresía, seamos los primeros que la estemos usando.

La forma de ser es un complejo un tanto extraño de miles de situaciones posibles. Tendemos a mimetizarnos con el entorno, a intentar ser aceptados de alguna forma, pero ¿somos solamente eso? ¿Somos cada una de nuestras partes o un conjunto lleno de miles de cosas?

Estudiar Psicología no termina quitándote las preguntas trascendentales de la vida. El comienzo de casi todas las ciencias radicaba en la Filosofía y qué era la Filosofía sino una búsqueda constante de respuestas a preguntas que otros hombres antes habían dictaminado su propia contestación. La Psicología con tantas posibles vertientes, con tantos problemas distintos a la hora de aplicarse o simplemente por el hecho de no ser partidario de determinados métodos. El hombre ha considerado que todo tipo de ciencias deben tener unos propósitos y la Psicología como tal… es difícil de calificar.

Desde hacía muchos años había aprendido a cuestionar todo, a buscar más de una solución o alternativa. A fin de cuentas, la introspección había sido uno de los factores principales en mi lucha diaria. Había leído en múltiples ocasiones que no se consideraba un hecho científicamente probable u objetivo dado que la propia percepción de uno podría llegar a distorsionar el significado u objeto real de las circunstancias producidas. Evidentemente para alguien con tendencias paranoides, esas paranoias producidas por su percepción eran reales, lo cual no significaba que fuesen objetivamente así. La situación cambia dependiendo del cristal con que se mire.

Había decidido salir a caminar. No era algo que hiciese muy a menudo, pero el Pokémon Go estaba empezando a ayudarme en todas esas cosas. Tenía una excusa para no ir acompañada, aunque el mismo teléfono me daba esa misma excusa para no hablar absolutamente con nadie, permanecer el tiempo mirando la pantalla del aparato para ver dónde aparecían los bichitos inventados que no tenía aún registrados.

El frescor también ayudaba a enfriar emociones y a pensar poco a poco con algo más de claridad. Debía plantearme preguntas que siempre había considerado respondidas. ¿Realmente era una persona a la que no le gustaban los colores vivos? Lo dudaba mucho. Mi color favorito era el amarillo y siempre me habían gustado muchos vestidos distintos y la moda estridente iba conmigo, pero quizá por el qué dirán o quizá por mi propio complejo personal, me había sumido en el negro como único recurso.

Si en algo tan simple había podido estar escondiendo mis verdaderos gustos, ¿por qué no lo haría en otras cuestiones bastante más importantes? ¿Era una persona tímida o era alguien que se contenía porque no quería meter la pata? ¿Quería destacar en realidad o solamente ser una sombra de la que nadie tuviese constancia?

Debía ser sincera conmigo misma y dentro de esa sinceridad admitiría la vergüenza que significaba reconocerme que no quería ser alguien más, que deseaba dejar una huella, la que fuese, en todo este mundo. En realidad, la que fuese no. Siempre había deseado ser una grande de literatura, de la pintura, alguien en quien otras generaciones se fijasen por sus obras, por algún tipo de bien que hubiese hecho a la humanidad o ser reconocida por algo bueno, de la índole que fuese.

Mis ojos en ese momento se centraron en las luces de un paso de cebra. Debía cruzar e intentar no acabar con mi vida en el proceso aunque parecía algo recurrente en mi vida. Los coches me daban un pánico paralizante por lo que necesitaba verles bien parados antes de poder cruzar.

Me estremecí de pies a cabeza de repente, por alguna razón que mi cerebro no fue capaz de analizar hasta que pasaron otro par de segundos. Allí, al otro lado de la calle pude ver unos ojos que había estado extrañando durante todo ese tiempo. Mi corazón latió con la fuerza con la que hacía meses que no lo hacía y sentí que el aire se me quedaba atascado en los pulmones.

Sus ojos estaban fijos en los míos. Derek estaba al otro lado de la carretera sin moverse. No podíamos por el momento y aseguré que no había nada más doloroso que tener lo que deseabas justo delante y no poder tocarlo.

Respiré tan profundo como fui capaz, pero me quedé estática. No crucé la calle. Él tampoco y el pánico me pudo así que me di la vuelta intentando escaparme de allí, regresar a mi casa cuanto antes.

De todas las formas en las que había pensado reaccionar aquella no había pasado jamás por mi cabeza. Huir era mi acto reflejo y Derek lo sabía. Por ese motivo, cuando menos lo esperé, sus brazos me abrazaron por detrás. No necesitaba girarme para saberlo. Su olor, su respiración jadeante, su cuerpo envolviéndome igual que lo había hecho durante tanto tiempo.

Kyra…

No dije nada. Solamente apoyé mi mano sobre las suyas en mi vientre y contuve las ganas de gritarle, de hacerle daño como él me lo había hecho con aquella última afirmación. Casi podía sentir en mi propia piel su misma necesidad. ¿Podía seguir amándome como siempre había dicho que había hecho?

Cerré mis ojos antes de negarme a aceptar su abrazo, pero él me apretó más fuerte por lo que me dejé disfrutar de esa extraña sensación de paz.

¿Podemos hablar? —comentó tras un rato en silencio.

Claro… —mi respuesta fue con un hilo de voz antes de separarme poco a poco de él, no sin esfuerzo.

Negué antes de suspirar un poco. No podía permitirme caer, no de nuevo, pero sabía que una parte de mí ya había caído con ese abrazo y que puede que lo único que hiciese fuese aceptar esa amistad que jamás había querido perder como otras antes que la suya. La soledad no era mi fuerte.

2018 / Oct / 10

A veces la persona a la que nadie imagina capaz de nada, es capaz de hacer cosas que nadie imagina”.

Si nos paramos a pensar en el tiempo, ese tiempo aburrido, imposible de llenar, se torna aburrido e insoportable. Hay muchas formas de llenar el silencio. Una de ellas es la vacía compañía de la televisión, otra cuantas formas existentes de estar activo se encuentren, pero rara vez uno se atreve a enfrentarse a la plena soledad, a ese silencio maravillosamente intenso que hay en mitad de la noche.

Esta noche, después de tanto tiempo deseándolo, había podido ver la película en la que Benedict Cumberbatch volvió a hacerme adorarle, envidiarle y amarle igual que cuando interpretó al maravilloso Sherlock Holmes. Fue en esa misma película donde escuché esa frase repetida un número contable de veces. Tres. Y no necesitaba nada más que tres para que ese pequeño detalle se quedase completamente grabado en mi mente.

Debía aplicármela a mí. No, no debía, quería aplicármela. ¿Por qué yo no podía ser de ese tipo de personas que sin aparentes posibilidades de victoria, de avance, terminase haciendo cosas que nadie podría imaginar? En realidad, la ecuación era mucho más sencilla que eso. Quien me conocía, quien sabía cómo era, siempre terminaba asombrándose de todas mis facetas intelectuales a las que yo no les daba ningún tipo de aprecio. No solo eso. Valoraban todo lo que para mí debía ser así.

En ocasiones, algunas personas se habían sorprendido por la facilidad con la que había descubierto determinadas soluciones simplemente usando mi propia lógica. Explicando esos procesos o cómo yo había encontrado la relación lógica e irrefutable entre problema y solución, se habían quedado sorprendidos sin entender cómo podía llegar a esas conclusiones y además hacerlo parecer tan sencillo en la explicación igual que si uno estuviese viendo en el papel escrita la sencilla operación de uno más uno.

No sabía si era más inteligente, menos, si mi mente funcionaba de otra forma, pero sí era cierto que todo eso lo había considerado durante toda mi vida como un retraso puro y duro, como si fuese una cualidad más destinada a ser un lastre que permitirme ser englobada en la normalidad del mundo entero.

El concepto de normalidad. Algo completamente sobrevalorado. Si nada se hubiese salido de las normas establecidas en cada momento de la historia jamás hubiese habido avances de ninguna clase y, sí, quizá yo no estuviese destinada a modificar el mundo, a cambiar una creencia igual que lo habían hecho filósofos, psicólogos, científicos, matemáticos… con el paso de los siglos; pero, a veces, no es necesario irse tan lejos. Puede que la primera revolución que tengamos que comenzar sea en nuestro propio mundo, ese mundo de sota, caballo y rey; con sus reglas establecidas por lo que parece algún ente olvidándonos de que hemos sido nosotros mismos quienes las hemos terminado dictando y firmando.

Estaba preparada para mi propia revolución dentro de mi propio mundo. Había alzado la bandera en la conquista de uno de los terrenos y ahora quedaba la ardua batalla para lograr hacer entender a todos mis pensamientos la posibilidad de que su forma categórica de expresarse tenía taras, fallos, hechos contrastables que indicaban lo contrario, que me negaban esa realidad paralela en la que nunca, nadie, había aceptado mis capacidades o las había visto, nadie me había querido ni me había cuidado. Todo habían sido falacias, todo había sido inventado por ellos… Olvidándome de la propia percepción de mi mente, de mí misma. El ser humano es sugestionable. Yo, soy sugestionable. Yo veo todo a través de un filtro especial que he ido construyendo con el paso de los años y ahora, que era consciente de ese filtro. ¿Por qué no me plantaba de pie para obligar a mi cabezonería nata a escuchar todos y cada uno de los hechos que negaban esos pensamientos destructivos?

La tarea era complicada, pero me gustaba enfrentarme a retos. Otro de esos retos había sido la aceptación de mi uso demasiado intenso del lenguaje. Los verbos de obligación e imposición a menudo gobernaban mi lenguaje provocando en mi cabeza la sensación de un deber, algo que tenía que realizar imperativamente, sí o sí, no había otra alternativa posible.

Eso generaba mi ansiedad, mi malestar, esa creencia de tener miles de obligaciones, miles de recados que tenían un plazo límite, que había que hacerlos en el momento porque si no se hacían debían quedarse sin realizar porque no había más plazo. Correr siempre a contrarreloj, contra una hora y fecha de entrega impuestas por uno mismo quizá por el simple y puro placer de generarse más ansiedad, igual que si no tuviese suficiente.

¿Encontraba algún extraño placer en eso? ¿Había un deseo masoquista en mi interior que me obligaba a dejarme ahogar en obligaciones autoimpuestas?

La mente, compleja en sus funcionamientos, incomprensible, ilógica, puede volverse tan poderosa que permitiéndole volar solamente uno terminaría arrastrándose por el mundo, sintiéndose ahogado, agobiado, necesitando respiración sin que la marea nos permita salir adelante, sin que haya forma de librarse de morir con tanta crueldad.

Había una pregunta clara que hacerse. ¿Deseaba hacerlo? ¿Deseaba morir de esa forma sintiéndome ahogada sin permitirme ser yo misma o quería luchar para dejar que Kyra escapase finalmente igual que lo hace la verdadera esencia de todo el mundo. Había sido suficiente el tiempo vivido entre las sombras, escondiendo mis deseos, obligándome a no ser cariñosa, a no abrazar si quería hacerlo pensando plenamente en que no se vería nada bien de puertas para fuera que alguien estuviese deseando mostrar el verdadero cariño que tenía en su interior.

Tenía que trazar un plan que realizar lo más arduamente posible como liberación personal.

Objetivo: Conocer realmente quién es la Kyra que escondo entre tantas barreras por ser quien “se debe ser” o quien mi cabeza cree que “debo ser”. ¿Qué mejor comienzo que descubrir mi verdadera esencia?

Sonreí. Estaba encantada con la idea, con mi nuevo experimento que no era nada más que un búsqueda de mi propio bienestar. Esta vez iba a salir a comerme el mundo y no que el mundo terminase comiéndome a mí.

2018 / Oct / 10

Correr de una lado para otro parecía la rutina diaria de todos aquellos seres en el planeta Tierra que deseaban tener una vida “normal”. Tras el estudio de cada uno de los prototipos de personas que había en el mundo, había llegado a la conclusión que quería crear mi propio tipo, único y personal. Quería ser una persona que aunque igualmente se terminase angustiando por las cuestiones del tiempo, tuviese la máxima libertad posible para disfrutar aquello que hacía. La vida era lo suficientemente complicada como para añadirle un extra de dificultad.

Hacía tiempo que había dejado de escribir, observando la ventana de mi habitación. Volvía a estar en casa de mis padres y el ático favorecía en lo posible esa abstracción personal que solamente suele suceder cuando una persona está más interesada en el estudio de las nubes en busca de que algún ser divino entregue esas ideas que habían desaparecido de la cabeza como por arte de magia.

Habían pasado numerosos acontecimientos desde la última vez que me había puesto delante de toda mi familia para aceptar en voz alta mi forma de ser, esa “tara” social que no debía ser jamás denominada así y permitiendo que una parte de mi alma se liberase porque, aunque había tenido siempre la posibilidad de contárselo a cuanto ser pasase por delante, comúnmente había sido en una búsqueda por el rechazo social y no por la aceptación.

Una persona que ha abrazado el rechazo de forma sistemática posee una forma incomprensible de funcionar salvo para aquellos que intentan descubrir todos los factores que le llevaron a esa lógica manifiesta y cuando todo se transforma en el funcionamiento habitual, la conducta se vuelve más difícilmente manejable si uno no es consciente de que uno mismo tiene en sus manos la posibilidad de cambiarlo todo.

Mi hermana había vuelto también a casa. Por razones desconocidas no quería hablar con nadie, absolutamente con nadie exceptuando a mi madre y por mucho que desease que me permitiese ayudarla en lo que sabía o en lo que creía que podía echarle una mano, no estaba en mi filosofía obligar a nadie a contarme lo que no deseaba contarme, no al menos desde que había tenido que infringir todas las leyes de mi propia moralidad debido a Douglas. En realidad, no me había obligado a nada propiamente dicho, pero había sabido usar todas las artes que había tenido en su poder para hacerme picar.

Lo último que había sabido era que mi prima estaba embarazada, por segunda vez, algo que había llenado a la familia de alegría. Había querido ofrecerme como parte de ese intento desesperado por estar rodeada de bebés y comérmelos a besos, pero no había servido absolutamente de nada, había hecho el ridículo más desastroso delante de mi familia y de la familia de su marido y obviamente, por mucho que me hubiese dicho a mí misma que no dejaría que los errores del pasado siguiesen persiguiéndome como si fuese el diablo mismo acechando por las esquinas, mi cabeza seguía teniendo esa forma tan inusualmente agradable de recordármelo en cada momento para poner una nueva gota ácida a cada segundo que pasaba con un ligero buen sabor de boca.

Tenía poco tiempo para terminar aquello que estaba escribiendo. Me había decidido a presentarme a todo aquello que me permitiese mi imaginación. Intentaba mantener una rutina de lectura, escritura y estudio, pero me había dado cuenta que las rutinas se me hacían sumamente complicadas si no era con algo que me gustase y eso aún volvía más difícil que me pudiese mantener leyendo tan solo las horas que había dicho que iba a leer. La obsesión y la dosificación parecían otras de mis tareas pendientes, pero no tenía tiempo de seguir pensando en algo así cuando el final de mi novela estaba justo delante de mí sin una frase última que pudiese darle ese punto y final, que no fuese categórico, que estaba buscando.

Apoyé mi mentón en mi rodilla y me abracé la pierna que tenía estratégicamente doblada para permitirme inclinarme sobre ella de manera que pudiese reposar mi cabeza para mirar de forma intensa la pantalla casi esperando que las letras se escribiesen solas. El que dijese que escribir el final de algo era sencillo, no tenía ni pajolera idea de escribir, de buscar que todo quedase cuadrado y bien cuadrado, sin cabos sueltos, que no hubiese fallos y la perfección era uno de los problemas que acrecentaba y mucho, mi velocidad a la hora de escribir cualquier cosa que intentase salir de mi cabeza para formar parte de un objeto tan material como un libro.

Cuando tuviese que enfrentarme a los editores también sufriría un shock, lo sabía, pero quien no da pequeños pasos antes no puede dar el salto final aunque se encontrase que no había nada más que una dolorosa caída a un foso sin agua que permitiese que el dolor fuese menos intenso, o incluso, uno de esos maravillosos planchazos que dejan la tripa completamente roja.

Miré el calendario. 1 de octubre. Quedaba poco tiempo para un nuevo cumpleaños, para una nueva vida y la agonía de ese curso escolar que había empezado y que yo no tenía absolutamente nada que hacer en él, me había perseguido hasta hacía un par de días cuando se me habían ocurrido cientos de ideas que habían llenado mi agenda de miles de cosas que estaba convencida que terminaría dejando de hacer antes de dos días. Como había dicho, las rutinas no eran lo mío por mucho que hiciese por obligarme a seguirlas. La rebeldía estaba innata en mí.

El día siguiente debía volver al centro donde se comenzaría a realizar los preparativos para el día de la Salud Mental. Me había comprometido para ser una de las ponentes, también para ayudar a organizar y todo eso que había apretujado en mi horario de cuarenta horas diarias, tendría que comprimirlo mucho más para poder realizar el resto de las labores en las que había levantado la mano por el placer de hacer cosas, como si no tuviese bastante con mi cabeza moviendo sus engranajes a cada rato, dispuesta a regalarme más y más ideas sin tiempo alguno de reflexión para ver si me repetía como el ajo.

Debía reconocerlo en voz alta: una parte de mí sentía una envidia inmensa porque estaba compuesta, sin novio, sin hijo, sin trabajo, sin vida… y el mundo seguía girando a mi alrededor cuando el mío parecía haberse vuelto a estancar. No obstante, tenía clara una cosa, solamente yo podía cambiar todo eso.  

Sonó la alarma de mi teléfono indicándome que debía cambiar de actividad. Tenía que hacer una lectura que esperaba lograse cambiar un poco mi humor de perros, mi ansiedad por no haber logrado poner ese punto y final, y precisamente los clásicos de la literatura acompañados de mis demonios internos comparativos no me harían demasiado bien, pero sarna con gusto no pica, o eso dicen.