2018 / Sep / 05

Queridísima Kyra. 

Has aprendido finalmente a jugar. Has logrado que no me diese cuenta de lo que tenías planeado. Por suerte, para mí, no te has ido de rositas ni mucho menos. ¿Cómo se llamaba? ¿Rochester? ¿Roger? ¿Rocastor? Como fuese. Aún recuerdo la primera vez que le vi, os vi y como supe que terminaría matándole. Era demasiado protector contigo y antes o después saltaría sobre mí para evitar que yo te matase. Pensé que lo haría aquel día en tu cocina, pero ese chucho me defraudó. Te hice un favor quitándote a un animal que no podía protegerte de nada, no al menos como yo pensaba que lo haría. 

Sé que estás bien. He visto que vuelves a sonreír, que sigues retozando en los brazos de ese Verdoux. ¿Por qué, Kyra? ¿Te gusta hacerme enloquecer? No puedes estar cerca de él, lo sabes, claro que lo sabes, pero sigues jugando conmigo deseando que me entere de todos tus pecaminosos movimientos. Y yo que te creía pura… 

Aún recuerdo a la perfección el olor de tu pelo. Lo sedoso que era. Ese contraste deliciosamente sorprendente que hace con tu piel pálida, con esos ojos claros que desarmarían a cualquiera y como colofón está tu boca… Tan solo la he rozado una vez y no he podido evitar soñar con ella a todas horas. ¿Qué de cosas sabes hacer con ella? Estoy convencido que deslizaría de maravilla entorno a mí. Que… 

Tuve que dejar la lectura. Aquello me estaba poniendo las tripas verdes. Douglas había sabido de mí desde el momento uno en que había entrado en la cárcel. También había tenido claro que debía matar a Rochester, asi que no había ninguna duda que había sido él y por otro lado, había reconocido que quería matarme antes de esa obsesión enfermiza que había logrado despertar en él sin pretenderlo, ni mucho menos.

Miré todos los documentos. La lectura sería pesada. Había tantos como días habíamos pasado separados hasta el día que suponía, me había mandado el pen drive. No sabía si tendría estómago para leer tantas cartas en las que sería convenientemente explícito en sus deseos para buscar mi propia incomodidad y desazón.

Sin embargo, ¿realmente habría allí algún tipo de respuesta a lo que sucedería el día de mi cumpleaños? ¿Me podría intentar adelantar a él si leía todas esas cartas que estaba convencida que me harían vomitar o sería una tortura más que me obligaría a padecer cuando la solución la tenía delante de mis narices?

A menudo, uno cree estar preparado para todo tipo de situaciones en la vida y, en realidad, no es consciente la oscuridad que se puede esconder tan cerca sin poder verla porque ni tan siquiera su portador sabe aquello que oculta.

William apareció en ese mismo momento vestido casi para matar a cualquier mujer. ¿Por qué me parecía atractivo? Tenía que verle feo, como un monstruo que domina los infiernos, pero a menudo, eso podía atraerme.

Llevaba un jersey fino, oscuro, que contrastaba con su tono de piel blanquecino. Me preguntaba porqué llevaba algo de manga larga con la temperatura tan veraniega que aún hacía allí. También me cuestioné a mí misma dónde estaría la civilización porque no estábamos en una isla desierta a la que nadie pudiese llegar, no era lo que yo había imaginado. Estaríamos en una playa privada, alejada de todos, pero demasiado cerca como para poder ir de fiesta a alguna parte.

Miré la hora en mi ordenador y fruncí mi ceño. ¿No iba ni a comer conmigo? Bienvenido el William de mis pesadillas, aquel al que le importaba menos que un chicle que pisase y se quedase en la suela de su zapato carísimo.

Me quedé mirándole hasta que sus ojos se posaron en mí. Me mantuve serena, en lo posible. Él no pensaba darme explicación alguna, seguro, y yo no iba a pedírsela. Para orgullosa ya estaba yo. No iba a consentir que me pisotease como si fuese tonta, aunque en realidad lo estaba haciendo ya. Le estaba permitiendo que volviese a jugar conmigo aunque, ¿y si eso era una relación normal? ¿Y si no se le tenía porqué decir al otro dónde iba si el otro no preguntaba? Froté mis sienes confusa empezando a dudar hasta de mi propia existencia.

— Tengo que irme —comentó y antes de eso se acercó a mí cuasi dubitativo antes de depositar un beso en mi cabeza.

Le dejé hacer, quise creer que era un pequeño paso para evitarnos sufrimiento, que había abierto la puerta a una posible reconciliación. ¿Cómo un gesto tan simple podía servir para algo tan importante? Aún así, sabía que él seguía herido porque pensaba de él lo peor por lo que no me dio oportunidad alguna para negarle esos pensamientos que yo misma había obligado a que terminasen saliendo disparados de su boca un rato atrás.

— Pasa buena noche… —musité.

Soltó un suspiro y se fue dejándome con las ganas de salir corriendo detrás para darle un apasionado beso en los labios y suplicar su perdón. Era demasiado orgullosa para ello, me sentiría hipócrita si lo hiciese dado que estaría pensando lo mismo aunque él llegase a perdonarme. Por eso, me quedé ahí, mirando la puerta cerrada y maldiciendo aquella cabeza mía que no me traía más que problemas.

El día se iba a volver demasiado largo sin él. Incluso, en los incómodos silencios, viene bien tener a alguien al lado pues sabes que se podrá romper con una caricia o con ser quien rompa el hielo, quien termine con la tensión. En cambio, la soledad no daba esas alternativas, ni mucho menos. Se volvía una apretada manta congelada que iba estrujando hasta que el dolor llegaba a los mismos huesos. Pude sentir ese frío deslizándose por mi piel hasta que froté mis brazos obligándome a recordar que estábamos en pleno verano, aún.

Siempre había pensado en leer alguna historia de miedo. Tenía ante mí la posibilidad de hacerlo, con el consiguiente añadido de saber que de ficción no tenía ni los nombres. Quise tomármelo con resignación, pero para entender la mente de un asesino o de cualquiera, tienes que sumergirte en sus escritos, sueños, recuerdos y ensoñaciones. Debía encontrar la lógica dentro del caos.

2018 / Sep / 05

En todos los expedientes estaba seleccionada la mentira, exactamente el momento en que él había colocado el gazapo. Decidí abrir el expediente de Gustav comprobando que su historia tenía las mentiras de forma clara. Él me había confesado lo ocurrido con su anterior pareja y allí estaba relatado de otro modo en que Gustav terminaba siendo prácticamente un asesino. ¿Si no lo hubiese señalado con el número de mil demonios me lo hubiese terminado creyendo? Lo dudaba. Mi recuerdo de Gustav era demasiado dulce, un abrazo en el que realmente había podido sentirme segura a pesar de que él se hubiese ido desvaneciendo nuestras posibilidades de ser felices juntos.

De todos modos, tenía que recordar qué era lo que tenía que hacer cuando descubriese los datos falsos. Aquella información era muy larga y la contraseña dudaba que lo fuese tanto, básicamente porque de ser así habría muchas más posibilidades de que me equivocase.

Pensar no parecía ser mi fuerte en esos momentos, en absoluto. Estaba completamente colapsada y le pedía a mi cerebro un esfuerzo hercúleo cuando él ya estaba jugando a varias bandas: una, intentar comprender todo lo que tenía delante; dos, recordarme a cada rato que era la culpable de todos los fracasos de mi vida; y tres, la manera incomprensible en que mi cabeza me regalaba algo parecido a una banda sonora mientras hacía todo lo que se suponía que tenía que ser lo único en lo que pensasen. ¿Mindfullness? ¡Já! Cuando fuese capaz de controlar mi cabeza de todo lo que procesaba en medio segundo me reiría de todos esos superpoderosos que leen la mente. Mantener sometida a mi mente sí que era un verdadero desafío.

Intenté razonar. Los textos bíblicos que podía terminar escribiendo con respecto a las mentiras redactadas por Douglas, debían tener una forma de sintetizarse. ¿Y si… ? ¿Podían ser sintetizadas en una única palabra, delito, emoción o simplemente un sustantivo? Analicé el texto escrito por Douglas en el expediente de Gustav. ¿Debía centrarme en la mentira o en el sustituto descubierto por mí? Mordí mi labio inferior y pensé en una forma de definir las dos. El pasado real me llevaba a pensar en la palabra: abandono; en cambio, el pasado ficticio me daba como respuesta: asesino. Escribí ambas palabras en el dorso de una hoja ya impresa. ¿Tenían algo en común esas dos palabras o tenía que elegir entre una de ellas?

Quizá lo viese más claro si me centraba en otro expediente, en buscar la palabra que definiese ambas, al menos aquellas que supiese cuál era la verdadera situación dentro de esa fábula de mentiras inventadas por una mente que disfrutaba jugando con la mía propia.

Escogí el expediente de Verdoux. Observé el lugar donde estaba marcada la mentira y volví a buscar una palabra que definiese cada una de las situaciones. Puede que mis propios sentimientos entrasen en juego, pero en la realidad tan solo pensaba en la palabra egoísmo, mientras que en lo detallado el incesto era más que evidente.

Aquellas palabras, teóricamente, no tenían nada que ver la una con la otra. Miré la escasa lista creyendo que tenía aún mucho trabajo por delante, pero se me ocurrió una idea. ¿Y si eran calificativos de la propia vida de Douglas? Las cuatro palabras que había conseguido sacar lo eran. Abandono, asesino, egoísmo, incesto… todas parecían calificativos de su propia vida, como si buscase en los demás partes de sí mismo. ¿Sería ese su objetivo?

Volví a perderme entre los expedientes buscando soluciones. Llamé a Chloe y le leí la parte donde estaba el gazapo. En otros expedientes me limité tan solo a describir la situación expuesta, por mucho que supiese que era falsa y no tenía la forma de conocer cuál era la realidad. Fuera como fuese terminé con un gran listado de palabras. No podía evitar ver más y más claro que todos esos términos eran una descripción silenciosa de él mismo.

¿Podría ser su verdadero nombre la clave o aquel con el que yo le conocía? Tenía más de una posibilidad, seguro, el único problema es que no recordaba cuál era el nombre real de ese sujeto maquiavélico. Resoplé porque volvía a estar en un callejón sin salida del que tendría que buscarme la manera de escapar.

Nunca me había creído lo suficientemente inteligente como para resolver los mayores misterios de la historia. De hecho, dudaba si era mínimamente lista como para saber realizar muchos ejercicios que había terminado descubriendo que tan siquiera sin pensar había logrado resolver con un parpadeo y sin tener la consciencia completamente alerta. Por ese motivo había pensado que todo era mucho más sencillo de lo que planeaban hacernos creer. No creía que eso fuese ser inteligente, no a mis ojos, mientras que el mundo me devolvía lo contrario provocándome una gran confusión.

No perdía nada por provocar que Douglas fuese la palabra correcta en la contraseña para abrir la segunda carpeta. El único problema es que no sabía dónde había un ordenador dado que dudaba si había visto el mío en mi maleta.

Me levanté, me percaté que Verdoux no estaba, por lo que seguramente se estaba arreglando para su patética cita y abrí la maleta buscando mi verdadero amigo en todas las circunstancias, mi portátil. Tras lograr encontrarlo y el pen drive con él, caminé hacia el lugar que estaba lleno de mis garabatos y miles de papeles sobre vidas ajenas, desconocidas para la mayoría de aquellos que leyesen sus letras.

Encendí el ordenador, puse el usb en su puerto, en el más rápido. Esperé unos segundos y finalmente acepté que el riesgo podría servir para algo. Tecleé Douglas teniendo todo el cuidado del mundo para no duplicar letra alguna y no confundirme. Di finalmente en la validación y rápidamente ocurrió lo inesperado. ¡Se abrió! ¡Me permitió entrar!

¡Será cabrón! Fue lo primero que pasó por mi cabeza porque había logrado desconcertarme cuando todo era mucho más sencillo de lo que había planeado. Si hubiese puesto su estúpido nombre tiempo atrás me hubiese librado de grandes quebraderos de cabeza y de meterme en la intimidad de personas importantes para mí. ¿Y si lo que quería es que yo me volviese un ser parecido a él? ¿Y si quería que rompiese todas las barreras de mi propia ética y moral?

Me centré en la pantalla viendo toda la cantidad de textos en archivos Word y pdf que había en esa carpeta. La segunda fase del juego acababa de comenzar.

2018 / Sep / 04

La cabaña se había quedado vacía. Pensé en miles de posibilidades y solamente se me ocurría una: William me había dejado tirada igual que si fuese una colilla. ¿Por qué no lo haría esta vez cuando lo había hecho tantas otras veces? No tenía más posibilidades que resignarme, levantarme de donde estaba e ir a ducharme. Al menos, aunque sola, tenía un lugar en el mundo donde nadie sabía que estaba. Quizá, si me mantenía así durante… ¿el resto de mi vida?, no volviesen a encontrarme. Debía mantener un perfil bajo o intentar responder las preguntas misteriosas, las claves de las que parecía haberme olvidado por mi propia seguridad, por mi egoísmo puro y duro.

Me metí en la ducha, me vestí y regresé para desayunar sin la mínima esperanza de que el profesor regresase a la cabaña en algún momento. Me levanté en mitad del desayuno y regresé hasta la habitación. Abrí el falso fondo de mi maleta y saqué todas las carpetas endemoniadas con apuntes, con intentos de comprensión de situaciones que yo no había vivido.

Entre ellas estaba la de Verdoux. Abrí su expediente y comprobé que el número estaba nada más y nada menos que tras la marcha de él de Londres. ¿Podía significar aquello que él sabía que en realidad…? Osea, ¿podía ser posible? Si la respuesta a todo eso había sido el engaño donde ponía que él había seguido viviendo felizmente con su hermana entonces, había dos cosas a tener en cuenta: una, todo parecía esconder verdades mucho más dolorosas que las allí escritas por la mente perturbada de Douglas y dos, William no me había engañado y efectivamente no había estado jamás con su hermana, bueno, al menos mientras estuvimos juntos de alguna forma; pero ¿por qué torturarme así?

La mente, ese magnífico desconocido que se volvía nuestro peor enemigo por nuestra tendencia malsana y masoquista de aceptar siempre el lado malo de todas las situaciones sin tan siquiera cuestionárnoslo mientras que el bueno, las posibilidades en las que se podía luchar contra la felicidad, terminaban siendo desechadas y catalogadas de imposibles aunque fuesen mucho más probables que la historia negativa que nos hubiésemos contado a nosotros mismos para darle lógica a esa salida tremendista y decepcionante.

Mordí mi labio inferior antes de dejar el trozo de galleta que no me entraba en el estómago sobre el platito. Me había comido la ración que él había preparado para los dos, yo sola. La fruta, las galletas, la leche… todo menos ese té que se había quedado intacto hasta que se había enfriado tanto como la temperatura de la cabaña lo permitía. El calor asfixiante no era mi preocupación más alarmante dado que había aire acondicionado incorporado en alguna parte de la construcción de ese hogar. Con dinero podían hacerse todo tipo de virguerías mientras que el resto de los mortales a duras penas podíamos permitirnos una sola casa con los metros cuadrados necesarios para no irte golpeando con las paredes mientras vas caminando a las habitaciones o a la única habitación. La vida de los ricos con respecto al dinero era una gozada, por lo demás no parecía ser mucho mejor que las del resto. Los mismos problemas, pero rodeado de lujos innecesarios que se compraban para intentar paliar el malestar y el vacío interior. No se vivía mejor por tener un fajo de billetes en el bolsillo. Se vivía más cómodamente, sí, pero la mente no entendía de dinero.

La puerta se abrió y Verdoux apareció llevando en sus brazos unas bolsas con comida para ambos. Me quedé mirándole sorprendida. Generalmente entre nosotros habían existido solamente dos posibilidades: huir sin decir adiós o decir adiós dando un portazo al otro en la cara. Lo conocido como “relación adulta” no había sido algo que hubiese podido mantener en ningún momento. En todas las posibilidades interpersonales que existían en las relaciones con los demás, yo era igual que un niño: si me haces algo malo, te dejo de “juntar”. Después, me arrepentía todo el tiempo por haberme alejado de esas personas o haberlas alejado de mí para buscar de forma dolorosa su perdón terminando por aceptar tan solo los golpes más duros como lo único que merecía, lo único a lo que debía regresar y aquellos que me permitían un retorno menos doloroso volvían a sufrir esos momentos de rechazo o les hacía rechazarme una vez más.

Me miró casi con la misma sorpresa. Ninguno estábamos acostumbrados a eso aunque en realidad era yo quien había impuesto algunas de esas situaciones que nos habían alejado hasta volvernos dos extraños que se conocían a la perfección, casi soñando cada noche con el otro.

Las miradas de ambos parecían gritar con alegría: ¡estás aquí! Pero ninguno realizaba ese grito que hubiese logrado rebajar la tensión entre besos y risas. El orgullo nos ataba, amordazaba y escupía llegando a dejar nuestra estupidez como carta de presentación antes de la poca o mucha inteligencia que tuviésemos.

Mis labios se entreabrieron, pero Verdoux fue hasta la cocina para llenar el frigorífico y la despensa con la comida que había comprado. Ni tan siquiera había preguntado dónde estábamos y si se hubiese ido para no regresar quizá no hubiese tenido manera de hacerme con víveres nuevos para seguir bajo ese techo con ese plan estúpidamente infalible de huir el resto de mis días.

— Esta noche salgo. No podré estar para cenar.

Su tono frío y distante provocó en mí un gesto tan simple como apretar los labios sabiendo que no iba a decirle ningún lo siento como antes había deseado. Si quería salir, que saliese. No iba a ir detrás de él. Estaba cansada que llevase los enfados más allá. Puede que yo hiciese también lo mismo, puede que no tuviese otra forma de expresarme que el rechazo tras el rechazo, la altanería, la búsqueda de que se me besasen los pies.

Fuese como fuese, ni tan siquiera respondí. Acepté que tenía otros planes y luego, me volví a sumergir entre todos los papeles que tenía delante de mí. La puerta que creí abierta se había cerrado y entre nosotros el fantasma del orgullo había vuelto a gobernar.

2018 / Sep / 04

Durante muchos años me había preguntado la cantidad de veces en que algo apreciado por mis sentidos era igual o una lectura menos realista del momento debido a esa manera de ver el mundo como un enemigo de todo lo que significase mi existencia.

Tomé entre mis dedos una galleta y me sentí desnuda por primera vez desde horas atrás. Antes no me había importado permanecer de esa forma frente a él, sin embargo, en ese momento la vergüenza había actuado en mí como un bofetón que me había regresado a la posición en la que siempre debía estar: tímida, alejada, inaccesible. Puede que no fuese él quien hubiese diseñado un muro entre nosotros, podía haberla creado yo sola en un parpadeo por muchos secretos que él hubiese escondido durante todo el tiempo.

Mordí la galleta intentando taparme lo máximo posible con mi cuerpo, pero ahora entendía porqué en fotos, series y películas tenían unas posturas tan incómodas dado que no estábamos hechos para envolvernos a nosotros mismos igual que si fuésemos mantas.

— Gracias por el desayuno —musité antes de comprobar que una de las tazas tenía leche con cacao dándole un tinte algo más parduzco al líquido blanquecino.

Él negó y se sentó frente a mí. Sus ojos estaban puestos en mis facciones y tenían una expresión difícil de leer para mí. Parecían querer algo y a pesar de haber visto ese anhelo antes, me costaba reconocerlo, seguramente por lo difícil que me resultaba creerme de alguna forma que un hombre pudiese sentir algo, lo que fuese, por mí.

— ¿Por qué… por qué siento que cuando estoy lo suficientemente cerca hago algo, lo que sea y nos distanciamos igual que si estuviésemos en los dos puntos opuestos del planeta?

Me observó unos segundos más antes de acercarse a mí y obligarme a dejar la galleta unos segundos para responderme.

— Para mí siempre estamos pegados al otro, piel con piel, nada nos separa. Si cierro los ojos puedo oler su perfume a vainilla, pero no su colonia, no, sino su verdadera esencia, esa que emana desde los lugares más íntimos de su ser.

Mis mejillas se tornaron del rojo más intenso. ¿Por qué le seguía dejando jugar conmigo como si no doliese, como si no fuese igual que alfileres clavándose en mi alma, alfileres ardiendo y envenenados que iban arrancándome la vida con cada nueva respiración de mis pulmones? Mi mente se negaba a creer que algo hubiese cambiado. Ahora sí, estaba conmigo, en esa cabaña, pero ¿cuánto tardaríamos en regresar a la vida que nos mantenía separados cuando estuviese “segura”?

Sus labios atraparon los míos en un beso dulce y terminé apretándome contra su cuerpo como instinto. Esta era la última oportunidad, no habría más, no volveríamos a empezar, no volveríamos a regresar a este momento, a este lugar. Continué ese beso como pura necesidad por sentirme mejor, por alargar nuestra estancia en el pequeño mundo creado en mitad del paraíso para nosotros solos.

Tomé su rostro entre mis manos y suspiré profundamente antes de separarme de sus labios. Después, observé sus ojos temerosa de pronunciar la pregunta que estaba ahogándome.

— ¿Por qué? ¿Por qué tuviste que engañarme?

Su pulgar atrapó una lágrima que ni tan siquiera sabía que había dejado escapar.

— Kyra…

Apoyó su mano en mi mejilla para que mis lágrimas empapasen también su palma si seguían cayendo, su boca volvió a tomar la mía y negué rechazando sus labios porque quería escuchar la verdad de una vez.

— ¿Por qué?

Volvió a intentar besarme, pero me rehusé de nuevo haciéndole saber que si deseaba darme su silencio tendría que ser mirándome a los ojos, observando mi propio sufrimiento, ese que parecía querer tapar dándome un beso y negando su existencia de todas las formas posibles.

— ¿Por qué? —insistí.

Él terminó suspirando profundamente como si no fuese capaz de decir las palabras, como si algo fuese a provocar alguna circunstancia que rompiese lo que escasamente habíamos construído si es que habíamos llegado a construir algo en este periodo tan pequeño de tiempo.

— Porque debía alejarse de mí —confesó al fin.

Fruncí mi ceño sin comprender absolutamente. Resoplé mirándole porque estaba harta de misterios estúpidos por todas partes.

— ¿Esa es su razón? ¿Por eso se acostó con su hermana? ¿Por eso…?

— Por eso le mentí diciéndole que le había engañado con mi hermana —finalizó el intento de regañina dramática que estaba comenzado.

Me quedé callada, completamente callada. ¿Estaba riéndose a mi costa otra vez? ¿Estaba volviendo a jugar conmigo? ¿No le importaba que aquello me hiciese tanto daño como para llorar? ¿Por qué era tan enfermizamente retorcido? ¿Y me lo preguntaba de verdad? Si se acostaba con su hermana, claro que era enfermizamente retorcido y asqueroso.

— ¿Soy un puñetero juego? —golpeé suavemente sus hombros aunque en realidad hice más daño del que pretendía y me levanté de su regazo—. ¿Que me mintió entonces? Explíqueme un condenado motivo plausible para engañarme de esa manera o estar haciéndolo ahora.

— ¿Ahora?

— Por supuesto. Es evidente que, o mintió entonces o lo está haciendo ahora mismo —elevé el tono algo más de lo pretendido.

Se quedó mirándome demasiado tiempo algo que calificó mi cabeza como una apuesta segura para encontrar cuál era la respuesta que podía ser bastante más beneficiosa para él.

— ¿Sigue pensando que voy con la polla en la mano, señorita Mijáilova? ¿Cree aún que me voy follando a todo lo que se mueve? ¡Puede que deba hacerlo entonces! —su grito provocó que me estremeciese de pies a cabeza. ¿Por qué se había alterado tanto? ¿Había herido su orgullo o le había sacado tanto de sus planes que ni él mismo se había dado cuenta que tenían fisuras?

No supe qué responder. ¿Realmente pensaba que iba con la polla en la mano, tal y como él había dicho, y que se acostaba con todo bicho viviente? Para qué negarlo. Sí, claro que lo pensaba. Me dolía admitirlo, pero lo pensaba. Creía que me engañaba con cada mujer con la que se cruzase, que jamás me había sido fiel, que no era nada más que una muñeca inflable con la que se satisfacía porque no era lo suficientemente buena como para ser una pareja digna de él.

Vi su impaciencia acrecentarse con el paso de los segundos y terminó desapareciendo en el interior del hogar, escuché la rápida ducha, los bruscos movimientos vistiéndose y por último, la puerta trasera de la cabaña cerrándose de golpe como el final de aquella discusión, un desenlace de una de nuestras historias más cortas.

2018 / Sep / 04

Aquel día terminó con ambos acurrucados sobre la alfombra, desnudos, sin nada entre nosotros, sin temores, sin miedos, solamente piel con piel, deseo incontrolable y besos mientras manteníamos conversaciones sobre todo tipo de cosas. Mi mente buscaba temas de conversación mientras él escuchaba cada pequeño fragmento de mi mente atormentada que soltaba a borbotones toda la información que había procesado y tenía almacenada a presión en algún lugar queriendo salir como en aquella ocasión.

Después de horas hablando sin parar salvo cuando nos dejábamos llevar por los besos, sentía una paz sorprendente en todo mi ser. Respiraba sin que me pesase el pecho, pensaba sin necesidad de ver los fantasmas en todas partes. Me sentía liberada aunque en realidad solo era el desahogo propio después de haber almacenado tanto durante demasiado tiempo para mí sola. ¿Quién podía soportar toda la tensión de Douglas para una misma?

No había podido explicar nada sobre Gerault y Tatiana salvo que ella había aparecido en mi vida y todo lo que eso había provocado en mi ser. Ella era un verdadero monstruo de mi pasado, me dolía pensar en todo lo que había tenido que soportar durante los años de colegio e instituto. Le había contado mi padecimiento y con el paso del tiempo me resultaba hasta insultante con respecto a mí misma que no pudiese hacer otra cosa salvo tragar y volver algo tan simple la constante de sufrimiento en mi vida.

No había recibido ninguna palabra de aliento, solamente un oído que me escuchaba y unas manos que no se cansaban de acariciarme. Respiré profundamente su aroma para luego dejar un beso en su mandíbula con dulzura.

— Su vida es… sorprendente, desde luego.

— ¿Sorprendente? Sí… supongo que se podría calificar como sorprendente —musité encogiéndome de hombros antes de apoyar mi cabeza en su pecho.

Terminé bostezando y me coloqué en la posición más cómoda que encontré para de esa manera poder descansar mejor. Todo el cansancio psicológico estaba haciéndome mella para que no pasase tantas horas despierta como antes. Tenía que recuperar las horas de sueño perdidas, o al menos, eso era lo que suponía. Ni tan siquiera me dio tiempo para despedirme, tuve que haber dicho algo, pero lo único que me permitió mi cuerpo fue dormir, dormir y dormir durante horas sobre su pecho, envuelta entre sus brazos y escuchando un ruido constante, imposible de comprender, pero que terminó cesando.

Dormir en sus brazos casi parecía una constante en todo lo que suponía ser mínimamente feliz. No obstante, aquello no era la felicidad, ni mucho menos, sino mi estado de paz. Ese mínimo e injustificado estado en el que terminaba dejándome llevar por mi propio bienestar.

Al despertar tenía mucho mejor humor que de costumbre. Su cuerpo estaba aún apretando al mío contra él. Su respiración era calma, lo suficiente como para entender que seguía durmiendo. Pensé qué había en él como para terminar cayendo en el mismo ir y venir constante de emociones sin sentido. Suponía que todo se basaba en aquellos pensamientos previos. Había amado a ese hombre y volvemos a lo malo conocido sin dejarnos descubrir lo bueno por conocer.

Él me daba migajas que yo aceptaba gustosa, pero que no lograrían saciar el hambre de romanticismo que tenía mi ser. Toda mi alma gritaba por un caballero andante y hacía demasiado tiempo que la armadura de Verdoux se había oxidado junto a su montera.

Deslicé mis dedos por entre medias de sus pectorales sintiendo el ligero vello que crecía en él. Pensé en mi propio canalillo, aquel que siempre había traumatizado por tener pelo como el de los hombres y que tenía que quitarme con cera caliente que me provocaba alguna que otra quemazón antes del consabido tirón que me hacía apretar la mandíbula para no soltar un improperio de los míos.

Sentirse un hombre no había sido uno de los problemas que había padecido, pero sí sentirme un simio lleno de pelo. Sabía que lo había heredado de la familia de mi padre, pero detestaba haber sido la única que lo hubiese hecho, al menos, del sexo femenino. Podía estar hasta bien visto que los hombres tuviesen unos pelos kilométricos en las piernas y en todo el cuerpo porque “eran hombres” mientras que las mujeres teníamos que ir íntegramente depiladas. Agradecía que todo estuviese cambiando de unos años a esta parte: el hombre también sufría a base de tirones para quitarse los antiestéticos pelos corporales.

Contuve mis deseos de tirar de aquellos vellos para provocarle dolor o algún tipo de malestar de la índole que fuese. No obstante, sus ojos se abrieron, por lo que no había logrado ser todo lo silenciosa que hubiese deseado. Mordisqueé mi labio inferior igual que si hubiese sido cazada haciendo algo indebido y estuviese pensando en qué podía hacer para remediar la travesura realizada.

— Buenos días —musitó con la voz aún más ronca de lo habitual.

Apoyé mi cabeza en su hombro restregándome ligeramente contra su piel como un gatito antes de besar su cuello con dulzura.

— Buenos días.

Mi contestación no fue más que una respuesta automática dado que una parte de mí no entendía el motivo por el que debía mostrarle una efusividad distinta estando tan cansada como él parecía estar. Sus dedos se deslizaron por los mechones de mi cabello y fui consciente del hambre que iba creciendo a cada minuto que pasaba. Me dolía el estómago y tenía ganas de comer todo lo que se me pusiese por delante.

Me negué a moverme, al menos, durante otro rato, pero su cuerpo tenía otras intenciones. Me terminó dejando allí, sola, tumbada encima de la alfombra. Caminó desnudo hasta alguna parte de la casa y pensé que ya se había acabado ese supuesto momento perfecto, que todo volvía a ser como antes porque ya había logrado saciar su cuerpo del mío, el verdadero motivo por el que había llegado hasta mí.

Cerré mis ojos y me puse en posición fetal mientras mi mente se encargaba de recordarme lo estúpida que era y sería siempre.

— ¿Tiene sueño aún? —preguntó su voz.

Había vuelto, desnudo como se había ido y había dejado una bandeja con el desayuno frente a mi rostro. Ahora intentaba comprender, ¿eran siempre equivocaciones mías? ¿Había estado viviendo las cosas de modo diferente? ¿Era tan atento como yo siempre había querido o algo le llevaba a tratarme así?

Entonces, por primera vez en mucho tiempo, volví a dudar de mi capacidad real para ver el mundo como fielmente era.

2018 / Sep / 02

Sucumbir a William era tan sencillo como respirar. No necesitaba nada más que dejarle ser, tomar el control, iniciar las situaciones. Su deseo era tan intenso como dolorosas sus partidas y una parte de mí ya sabía que volvería a sufrir en algún momento porque o él o yo terminaríamos huyendo del otro igual que dos fuerzas naturales que se necesitan cada cierto tiempo, pero no pueden estar demasiado juntas por el bien del universo.

Su respiración jadeante golpeaba contra mis labios entremezclándose con la mía propia. La forma en que me mantenía pegada a él, sin un solo centímetro que nos separase y la pasión que había demostrado entregarme siendo él mismo quien había llegado al orgasmo tan solo por mi propia excitación, me resultaba incomprensible. ¿Por qué si todo me indicaba que me necesitaba tanto como yo cuando le había amado, él era quien jamás soportaba pronunciar una sola palabra de amor?

Me preguntaba si algún día aprendería a aceptar las distintas formas de amor en los demás, dado que si me obcecaba en mi deseo romántico imposible del amor jamás podría ser feliz a su lado.

Cerré mis ojos y le permití estar entre sus brazos todo lo que desease. Él me había dado algo de calma aunque tenía la sensación que me hubiese ocurrido lo mismo estando yo sola en aquella habitación de hotel si la necesidad de no sentirme aislada no hubiese podido conmigo.

Apoyé mi cabeza en su hombro con sus brazos envolviéndome. La música de The Weeknd había cambiado en varias canciones, pero había seguido sonando durante esa entrega que podría tener significados diferentes para cada uno de nosotros.

— Qué músicas más raras os gustan.

Alcé una de mis cejas por la incomprensión y volví a abrir los ojos para fijar mi mirada en los azules ojos de mi propia tortura personal a la que acudía como una sumisa bien mandada.

— ¿No conoces The Weeknd?

— No estoy muy puesto en la música, aunque parece que tengo una experta entre mis brazos.

— No soy una experta ni mucho menos, pero… ¿qué clase de música escuchas tú?

— No suelo perder el tiempo con la música. La única que llega a mis oídos de necesitar inspiración es la música clásica: Chopin, Vivaldi, Mozart, Beethoven… los grandes genios de la cultura clásica.

Entrecerré mis ojos sorprendida y solté una pequeña risa por la broma que iba a hacer.

— ¿No conoces a Michael Jackson por ejemplo?

Él se quedó pensativo observando mi reacción, para después negar lento varias veces. La risa que escapó de mi garganta fue absoluta porque pensaba que me estaba tomando el pelo.

— Seguro que no has escuchado nunca Billie Jean, Thriller…

Su ceño se frunció aún más y soltó un suspiro profundo porque tenía la expresión de que todo eso le estaba sonando completamente a chino.

— ¿En serio? Madre mía… eres la primera persona que no sabe quién es. Bueno, al menos de las personas que yo conozco.

— Su mundo es bastante reducido, señorita Mijáilova, así que no diría yo que fuese algo tan extraño.

— ¡¿Qué no?! William, hasta en pueblecitos de África tienen discos de Michael Jackson y ellos tienen bastante menos posibilidades económicas que tú —di suavemente a su nariz—. Pero si quieres puedo darte unos cursos gratuitos sobre mis conocimientos en la cultura musical. No son muchos, desde luego, pero por lo menos tengo más que tú.

Sus manos se abrieron por mi espalda que poco a poco iba dejando de emanar tanto calor y sonrió ligeramente.

— Está bien. Me gustaría verla de profesora.

Por alguna razón aquel comentario me pareció más picante de lo que debiera. Negué ligeramente antes de apoyarme contra su pecho.

— Veamos. No sé demasiado de la transición de la música clásica que escuchas hasta la música actual, pero te comentaré las figuras más importantes del movimiento que, al menos, yo conozco. Seguramente habrá muchísimas más. Por ejemplo, está Frank Sinatra, conocido como “la voz”. También varios cantantes salidos de la Motown, pero no tengo demasiado conocimiento… —al ver su expresión solté una pequeña risa—. La Motown era, porque no sé si sigue existiendo, la discográfica más importante en cuanto a música negra se refería. De allí salieron Las Supremes de donde destacó Diana Ross, Stevie Wonder, Aretha Franklin antes que ellos, creo… —mordisqueé mi labio inferior intentando recordar—. También los Jackson five, el grupo del que se terminaría separando Michael Jackson, el vocalista principal. Pero, toda su historia podría llevarme siglos contártela, así que vayamos a otros nombres reseñables, desde luego. ¡Oh! —bajé mi mirada a sus ojos y besé sus labios por instinto—, Elvis Presley, el rey del rock. Fue un verdadero fenómeno de masas mundial cuando no salió jamás de Estados Unidos. Se vendían sus discos casi como el chocolate ahora. Los Beatles también fueron uno de los mayores fenómenos de fans. Ellos eran ingleses. Se separaron hace mucho tiempo. Si recuerdo bien los componentes eran: Paul McCartney, George Harrison, Ringo Starr y John Lennon. Siempre se dijo que se separaron por Yoko Ono, la mujer de Lennon, pero no sé, yo no me lo termino de creer porque ha habido peleas de egos en muchos grupos a lo largo de la historia, así que… bueno, a saber, solamente lo saben ellos. John Lennon y George Harrison están muertos. A Lennon le mató un fan obsesionado o algo así. Él compuso Imagine, aunque no creo que te suene de nada. A ver… después de eso aparecieron otras figuras importantes, pero sobre todo en el pop quienes fueron conocidos como rey y reina que fueron Michael Jackson y Madonna. Bueno, Madonna sigue viva —entrecerré mis ojos y volví a fijar mi mirada a él antes de reír ligeramente por su expresión—. ¿Qué?

— Demasiada información, profesora.

— Perdón —me sonrojé ligeramente antes de recibir un beso de sus labios como si pretendiese calmar mi malestar. ¿Por qué no podía haber sido así de adorable siempre?

— Creo que necesitaré ejemplos para poder saber más o menos quién es quién —susurró.

Pensé en la posibilidad de mostrarle alguna de ellas en el móvil. Me intenté separar un poco, pero él no me lo permitió. Besé sus labios con dulzura hasta que terminé suspirando profundamente.

— No canto como ellos…

— No me importa —negó y esperó a que me arrancase a cantar, lo cual provocaría que me sonrojase hasta las orejas.

2018 / Sep / 02

El amor era una ciencia inexacta. A diferencia de la regla común que solían tener las ciencias: la exactitud. Si por mí fuese comprendería en muchos aspectos la dificultad de la comprensión de un sentimiento podía mover el mundo, pero parecía que con el amor todos nos volvíamos demasiado egoístas, demasiado inseguros y temerosos, o quizá, era yo la única que actuaba de esa forma mientras el resto se volvían ciegos, sordos y mudos ante algo que nos podía derrumbar.

Generalmente, el mundo pensaba en el amor romántico cuando había muchos tipos de amores. ¿Qué era el amor en realidad? Era una fuerza que podía con el mundo, pero para la mayoría de las personas resultaba peor que un dolor de muelas.

Tras mi paseo, entré en la cabaña. No parecía haber dejado demasiados desperfectos fuera por la tormenta que había habido hacía tan solo unas horas. En el interior de la cabaña tan solo había silencio. Me gustaba la idea de poder estar tranquila, pero había algo que también me hacía sentir indefensa, muy indefensa. Me dolía estar sola, en medio de ninguna parte. Puede que no supiese lo que realmente quería. ¿Se podía desear tranquilidad estando en compañía?

Escuché el ruido de algo que indicaba que no estaba sola, que Verdoux no se había ido dejándome aislada del mundo en la parte de la Tierra a la que hubiese decidido llevarme mientras dormía como un lirón.

Caminé hasta el único aparato de música que había y tras encenderlo, la música de The Weeknd salió envolviéndome los sentidos e incitándome a vivir de miles de forma distintas, prohibidas y apasionadas que no había experimentado antes de dejarme empezar a tener vida. Mi cabeza podía imaginar los dedos de William recorriendo mi columna. Cerré mis ojos pensando en todo lo que había vivido sumergida en la pasión con un hombre que me había deseado tanto como para hacerme suya tantas veces que dolía saber que no había sido el único cuerpo que había poseído durante tanto tiempo.

Tarde fui consciente de la presencia del profesor detrás de mí. No había escapatoria. Su aliento acariciaba la curva de mi cuello y todo mi cuerpo notaba el eco igual que si hubiese golpeado la superficie de un lago en calma. No tuvo que decir nada, alcé mis brazos y le dejé quitarme el vestido veraniego. En el proceso sus dedos rozaron mi piel y su simple presencia tan cerca de mí había despertado a esa amante insaciable.

Sus labios acariciaron mi oreja derecha y solté un jadeo antes de notar sus manos desprenderme de la única protección que tenía en ese instante: mis bragas. No pronunciaba palabra, pero podía sentir la pesadez de su respiración que se iba volviendo más rápida por la excitación. El olor a tabaco no estaba entre nosotros, lo cual lo haría mucho más agradable. Solamente estaba ante mí esa esencia gloriosamente excitante.

Dejé que él recorriese mi cuerpo con sus manos antes de besar mi hombro arañándome ligeramente con su barba la piel. Había extrañado esa sensación, debía reconocerlo. La había extrañado mucho. Era igual que sucumbir al deseo más profundo del corazón, pero temía que la sensación de vacío siguiese presente al final.

Me giró quedando frente a él. Sus ojos me observaban y después amagó besarme, pero se quedó solamente a unos milímetros. Temí que fuese a dejarme allí, que no tocase nada más, que no besase nada más, que no dijese nada más. Sin embargo, sus labios se entreabrieron para susurrarme unas palabras.

— Póntelas…

Al principio no supe a qué se refería por lo que le miré algo confusa. Me costó poco comprender que se trataba de las medias con las que tenía aquel extraño fetiche. Pero, antes de irme a por ellas, intenté besarle, algo que él me negó.

Suspiré suavemente y fui hasta la habitación completamente desnuda. Me puse unas medias con puntilla negra en la parte alta de la pernera y regresé. Él estaba completamente desnudo. Se sentó en una silla y me atrajo a él antes de rozar mi espalda con las yemas de sus dedos.

— Cada vez que tenga ganas de pelear, la quiero así, desnuda, con sus medias y le haré recordar lo que siente por mí antes de que quiera marcharse.

Me sonrojé por completo sentada a horcajadas en su regazo y por fin, sus labios me besaron de aquella forma lenta en que encendía cada rincón de mi ser. Mis dedos se aferraron a su cabello para que no me dejase pensar y me hiciese sentir que todo eso estaba bien. Si iba a morir el día de mi cumpleaños o mi vida no volvería a ser la misma ¿por qué no concederme a mí misma todos los pecados que pudiese antes de quemarme en el infierno?

Sus grandes manos se deslizaban muy suavemente por mi cuerpo y subían la temperatura de todo mi ser. El beso era cada segundo más intenso sin dejar de ser agobiantemente lento. Nuestras lenguas se entrecruzaban y parecían suplicar más de la otra, como si jamás fuese suficiente. Entre nuestros cuerpos su dureza iba creciendo y rozando mis labios vaginales completamente expuestos por la postura. Me pregunté si al hacerlo así no íbamos a terminar rompiendo la silla, pero le dejaría todo a él dado que había querido tomar el control de la situación.

Sus palmas envolvieron la parte trasera de mis muslos y me guió hasta situarme en su erección metiéndola poco a poco dentro de mí. Mis paredes vaginales le recibieron con un apretón a cada centímetro y eché mi cabeza hacia atrás soltando un gemido grave demostrándole que el hambre de mi cuerpo se estaba saciando con la manera en que tomaba el control de mi ser. Ahora éramos dos cuerpos que se habían conocido tiempo atrás y que parecían gozar en ese momento de algo tan simple como reencontrarse.

Una vez estuvo completamente dentro de mí sus labios se acercaron a mi oído y con la voz más grave aún que su propio tono susurró muy bajo.

— No se mueva…

¿Cómo que no me moviese? ¿No se suponía que era parte de la relación sexual el continuo choque entre los cuerpos? Pero acepté con la mirada y volví a besar sus labios antes de volverme a sentir una pequeña muñeca entre los brazos del maestro de aquellas situaciones.

Sus manos se agarraron a mis senos para comenzar a estimularlos. Jugaba de formas que jamás creí que pudiesen provocar una sensación tan placentera. Mis paredes vaginales vibraban ligeramente ante cada nueva estimulación. Sació mi boca de sus besos hasta que no pude hacer otra cosa que gemir por lo que bajó sus atenciones vocales hasta mis senos que ya habían sido provocados. Atrapó uno de mis pezones con su boca y casi creí que deseaba tragárselos. Mientras tanto su mano derecha se coló entre nuestros cuerpos y empezó masturbarme el clítoris. Estaba en la gloria más absoluta. Sus juegos eran un quiero y no puedo de manual. Estaba tan pronto al orgasmo como a no tenerlo. Era exasperante y delicioso.

Chillé suplicante, pero no me concedió movimiento alguno que no hiciese con su lengua en mis senos y sus dedos en mi clítoris sensible que me hacía estremecer con cada roce. Pellizcó suavemente este último y grité terminando por correrme. Pocos segundos después, de alguna forma desconocida para mí dado que todo el placer lo había recibido yo, William se vació en mi interior gruñendo, como si hubiese tenido el mejor sexo de su vida.

Le miré confusa, pero pronto esa mirada acabó siendo un beso apasionado, necesitado y de entrega pura.

2018 / Sep / 01

Como si no hubiese llovido, el sol trajo consigo una mañana tranquila y apacible. Mi corazón parecía también más calmado y me había atrevido a salir de la cabaña para pasear por la arena que no quemaba demasiado, lo que suponía que debía haber sido por lo sucedido horas antes. La arena estaba mojada, no se había secado rápidamente lo cual agradecía porque una de las mejores sensaciones que había para mí era el frescor en los pies sin necesidad de estar mojándolos todo el tiempo.

Verdoux estaba solo en la cabaña, o eso creía puesto que llevaba horas sin verle. Se había ido poco tiempo después de mi escasa reacción por su noticia con respecto a Eliza. No estaba herida, ya no, pero sí estaba confusa con respecto a sus sentimientos. ¿Qué era lo que podía sentir por mí aquel hombre de escasas palabras?

Justo en ese momento en que mi cuerpo parecía haber encontrado las ganas de seguir hacia delante, mi mirada descubrió la salida del agua del profesor. Me quedé estática. ¿Cómo podía ser tan… atractivo el condenado? Mordí mi labio inferior observando su cabello empapado, hacia atrás. Las gotas caían por su piel ligeramente enrojecida en algunas zonas y blanquecina en la mayor parte de su anatomía. En sus caderas a duras penas si era tapado el vello púbico, con un pequeño tirón se podría observar aquella parte de su ser que tanto placer me había dado al entregarme entre sus brazos.

Verdoux caminaba por el agua intentando salir. Respiré profundamente intentando recordarme que no podía dejar de llenar mis pulmones de oxígeno porque terminaría desmayándome allí. Mordisqueé mi labio inferior por instinto antes de poder reaccionar de otra manera. Sus ojos se posaron en mí y me regaló una pequeña sonrisa, seguramente tendría mejor aspecto que el día anterior.

— Buenos días, Annette.

Tuve que parpadear un par de veces antes de percatarme que me había quedado sin habla. Desvié mi mirada de su torso musculoso hasta su rostro.

— Buenos días, William.

Terminó saliendo del agua, por completo y se quitó todas las gotas que tenía en el rostro pasándose una mano por él. Tenía algo que a saber qué era, pero me atraía como un maldito embrujo.

— ¿Qué tal está?

— Algo mejor hoy, gracias por preguntar. ¿Y usted? —intenté desviar la mirada para de esa forma no perder el control de ninguno de mis sentidos. Odiaba esos instintos estúpidamente primarios que se habían despertado en mí con la única necesidad de saciar el hambre dormida durante tantos años.

— Bien. La mañana ha sido muy productiva.

Sus palabras siempre eran escasas. Nunca explicaba más de lo necesario, pero casi podía observar en sus gestos algo de reproche. ¿Qué se suponía que me reprochaba? Había accedido a sus labios cuanto más vulnerable me había sentido, pero ahora que había visto todo con más claridad no podía volver a consumirme en algo que tanto daño me había hecho, o al menos, es lo que intentaba decirle a mi cabeza para que se convenciese de no caer, de mantener la distancia, algo de fortaleza en mi interior para negarme a las tentaciones que me pusiese la vida por delante en forma de Verdoux.

— ¿Sigue escribiendo?

Asintió como respuesta antes de inclinarse para coger la toalla y pasarla por su cuerpo secando las escasas gotas del mar que seguían allí. ¿Lo estaba haciendo a propósito? Era una lástima que se hubiese quitado el exceso de agua de su cuerpo, por raro que pareciese le quedaba bien. Además, tenía la sensación de que una parte de mi anatomía envidiaba muchísimo a esas gotas que se iban deslizando poco a poco por su cuerpo hasta cubrir toda la piel que le permitiese la gravedad.

— ¿De qué va su nueva historia?

Frunció ligeramente el ceño con un deje divertido en su expresión.

— Aún no lo sé con exactitud. Hay veces que tan solo me viene un fragmento, un instante que quiero plasmar. Después, puede convertirse en una obra con el pasado y el futuro de ese momento o no tiene porqué. Tengo muchos fragmentos cortos guardados con los que espero inspirarme algún día.

— A mí también me gusta escribir. Siempre ha sido una de mis pasiones aunque si le soy sincera, no puedo ni compararme con usted.

— ¿Compararse conmigo? Un escritor no tiene que compararse con nadie, tiene que encontrar su propia voz.

Miré hacia el horizonte mientras buscaba evitar el tema sobre esa historia que había leído, esa novela en la que me había visto tan claramente reflejada.

— ¿Por qué? —murmuré al fin pues mi curiosidad era mayor que mi sensatez.

— ¿Por qué qué? —la confusión era evidente en sus facciones, seguro, pero en su tono de voz a duras penas si se notaba alguna variación en su monocorde forma de expresarse.

— ¿Por qué era uno de los personajes de su novela? ¿Porque era la campesina de la historia de amor con el rey?

Me giré poco a poco para poder observar su rostro deseando poder descubrir si me mentía o no lo hacía, si seguía engañándome como cada momento que habíamos compartido juntos.

— Uso mis experiencias para mis personajes buscando que sean lo más realistas posibles. La psicología de una persona es difícil comprenderla a la perfección y el personaje basado en usted era tan incomprensible como usted misma. Huir de lo que fuese parecía su única meta en la vida.

¿Era así como me veía? ¿Era la impresión que dejaba? ¿Era yo quien huía y no se enfrentaba a nada? No podía negarme mis tendencias huidizas, aquellas en las que buscaba una salvación, un bienestar alejada de todo lo que me hacía daño cuando esa misma huída me provocaba una ansiedad y un dolor semejantes. Aún así, eso no justificaba que los demás abandonasen la partida, que se alejasen porque yo había dado el primer paso en alejarme o porque no se habían dado cuenta que me habían abierto la puerta para huir.

Volví a mirar el horizonte y negué suavemente antes de musitar una verdad encerrada en mi interior.

— En realidad, su meta en la vida es que la amen como ella quiere que la amen y… no ve el amor que le procesan cuando no es el que ella esperaba, lo que ella quería, lo que se imaginaba que pasaría saliéndose de sus esquemas —tras decir aquellas últimas palabras continué mi paseo dejando que la brisa del mar calmase el dolor que mi confesión había causado en mi alma.