2018 / Sep / 09

Douglas me tapó la boca y tiró de mí hasta alejarme lo posible de todos. Había un pequeño problema en su estúpido y patético plan. ¡Estábamos en una azotea! Así que por mucho que quisiese no podíamos alejarnos del resto de las personas de la fiesta. Que hubiese invitado a menos gente.

Apretó mi cuerpo contra la pared que cubría el pasillo y el lugar donde estaba el ascensor. Me miró a través de los huecos de la capucha. El disfraz estaba increíblemente logrado, sus ojos grises me perforaban igual que si quisiesen arrebatarme el alma. Me sentía temerosa como en ese momento en que me retuvo contra la pared en Londres. Si hubiese podido, si fuese alguien diferente… Entonces me fijé que mi traje no dejaba de ser una imitación casi perfecta y aproveché las garras para intentar arañar su cara, pero tan solo me llevé la tela. Era aún peor ver su rostro descompuesto por la ira, sintiéndose ganador. ¿Qué pasaba por su cabeza?

— No sabes el tiempo que llevo esperando este momento…

Fallos electrónicos comenzaron a provocar los gritos de todos los presentes. La gente se estaba asustando por lo que pudiese pasar y yo misma estaba en mi propio infierno. Casi me pareció escuchar mi propio nombre entre los gritos. ¿Alguien me estaba buscando? ¿Quién?

Se quitó los guantes con aquellas agujas para inyectar la toxina del miedo y me miró completamente ido. Douglas tenía un objetivo y se acercaba tanto que lo único que podía oler era a él, por todas partes.

— Sé mía…

— Ni muerta —fui capaz de pronunciar con mis ojos llenos de lágrimas porque no sabía cómo quitarme a ese hombre encima. De hecho, ni tan siquiera me parecía posible que estuviese manteniendo el control en mi vejiga.

— Eso tiene solución…

Sus manos se deslizaron alrededor de mi cuello y empezó a apretar con fuerza, con muchísima fuerza. Ya estaba, había dicho las palabras exactas, había pronunciado todo lo que él quería, le había dado alas para que me matase. Derek y yo nos habíamos confundido. Heinrich tenía razón. Douglas tenía el objetivo claro de matarme.

Fui consciente de todos los pequeños pasos que se daban en segundos. Todos los cambios por los que pasaba la forma de pensar de alguien al borde de la muerte, pero sobre todo cómo el miedo hacía su principal avance, se volvía parte fundamental y la única súplica: “no quiero morir, no quiero morir” igual que un mantra.

— Suéltala —una voz sonó con fuerza detrás de una máscara.

V de Vendetta estaba allí, apuntando a la sien de Douglas con un arma que seguramente sería falso, pero que esperaba pudiese engañar al asesino que tenía justo delante de mí, estrangulándome, quitándome el aire de los pulmones casi igual que si me lo estuviese absorbiendo, chupando mi fuerza vital.

— ¡Te he dicho que la sueltes! —el grito fue más potente que antes, pero Douglas no cesó en su intento de llevarse mi vida por delante.

Entonces, cuando creí que iba a terminar muriendo bajo la fuerza de las manos de Douglas, un disparo hizo volar la tapa de sus sesos. Pude ver a la perfección la sangre saliendo por un lado de su cabeza. Algunas gotas pringaron mi rostro mientras la expresión del rostro poseedor de esos ojos grises se quedaba estática, con una forma rara. Sus manos dejaron de apretar mi cuello y tomé sus muñecas para apartarlas en el instante que su cuerpo caía sin vida al suelo dándose un intenso golpe.

Sonaba todo completamente embotado. Me sentía mal, muy mal. No tenía casi aire en los pulmones y respiraba con dificultad. Me dolía la garganta mientras había un montón de gritos porque se habían dado cuenta de lo que estaba pasando, de la realidad. Un disparo, sangre, gritos, un muerto… Parecía igual que sacado de una película de terror. No tardé tampoco mucho en volver a caer yo misma al suelo mientras algunos de los miembros de la fiesta se habían terminado girando para observar toda la situación en un corrillo insoportable. No entendía el morbo de la situación. Yo a duras penas si podía dirigirle la mirada aún habiendo visto el momento de su muerte.

Lo que pasó después fue demasiado rápido. Todos se fueron, la policía llegó, ambulancias también. Terminé en el hospital y debido a una crisis nerviosa que me había dado en la ambulancia, me sedaron hasta que quedé completamente dormida. Ni sé las horas que pasaron, pero en mi memoria tenía la imagen fija de Douglas muriendo. Estaba sumergida en un bucle. Se repetía una y otra vez. Ese rostro, esa sensación de angustia, ese dolor intenso…

Me desperté adolorida. Era de día, o al menos, eso creía dado que entraba aún el sol por la ventana. Llevé mi mano a mi rostro dándome cuenta que no tenía maquillaje alguno ni tampoco la máscara. Me habrían quitado todo porque no era forma de que estuviese en un hospital.

La habitación estaba vacía hasta que la puerta se abrió. Derek entró con un café en su mano y al verme despierta se acercó tan rápidamente como pudo depositando un beso en mi frente.

— Hola… ¿qué tal estás, Kyra?

Intenté hablar, pero no pude porque no me respondieron las cuerdas vocales.

— No, no hables… han dicho que es normal que tengas la garganta inflamada y que te cueste volver a hablar.

Asentí ligeramente para hacerle entender que lo había comprendido antes de sentir un beso en mi sien que me había dado Derek, el único que había estado allí, nadie más se había quedado. Quise preguntar, pero no lo hice. Me dolía que mi propia familia no estuviese allí y comencé a llorar de nuevo, alterándome cada vez más, sin poder controlar el grado de ansiedad que iba subiendo en mi interior. Me sentía que no valía nada para nadie, por eso no estaban allí.

Derek llamó a la enfermera y me pusieron otro calmante que volvió a sedarme hasta que me perdí en un nuevo sueño, uno, en el que por suerte, Douglas no estaba acechándome.

2018 / Sep / 09

Heinrich apoyó sus dedos en la peluca y después le miré soltando una pequeña risa. Sabía que pensaba que me lo había cortado, pero era una peluca de pelo natural que me había venido con el disfraz. No obstante, ese corte me gustaba, puede que en algún momento de mi vida tuviese la fortaleza para usar la tijera y quitarme los kilos de pelo que siempre habían venido conmigo salvo en los instantes en los que había intentado algún cambio radical.

— Te queda bien el disfraz —comentó antes de dejar un beso en mi sien.

Observé cómo Batman me dirigía una mirada desde donde estaba y negué ligeramente. ¿Debía intentar acercarme para ver qué quería decirme en realidad? Puede que él solamente quisiese ayudarme, algo que me sorprendería muchísimo, aunque ¿quién decía que una parte de él no podía ser diferente? Parecía arrepentido de verdad, pero también me había creído su actuación en los momentos de horror en los que decía estar sufriendo el acoso de Tatiana cuando en realidad eran amigos o, al menos, compinches de Douglas para ir a por mí. Tenían el mismo objetivo, desestabilizarme.

— ¿Crees que debería intentar hablar con Gerault? Antes me agarró para decirme que…

— Creo que sería mejor que no lo hiciese —me giré poco a poco al escuchar la voz de Verdoux que no sabía de qué iba vestido—. No puede fiarse de nadie, lo sabe. Ni tan siquiera sé qué hace aquí pegada a él…

Hubiese actuado con alegría en otro momento, pero en ese mismo instante fue la rabia la que tomó el control.

— ¿Qué sabrá usted a quién puedo o no puedo acercarme? Quizá, las alimañas se conocen entre ellas con solo mirarse —musité con la mandíbula apretada antes de alejarme de allí, perdiéndome entre la gente.

Increíblemente enfadada conmigo misma porque mi corazón había dado un vuelco al escuchar su voz, al sentir su aroma golpeando mis fosas nasales, pero no pensaba tolerar ni una sola vez más sus malos tratos, sus cambios de humor o los míos cuando estaba en su presencia.

Un trueno sonó rompiendo la calma en mitad de la fiesta. Di un respingo mirando hacia el cielo, pero no había ni una sola nube. Otro trueno sonó tan fuerte que casi me provocó un infarto y me apreté contra la figura que tenía al lado, alguien que no sabía quién era.

Debía buscar a mi familia para decirles que se fuesen de allí cuanto antes, pero no lograba encontrarles aunque imaginaba que ninguno se hubiese disfrazado. No les gustaba a ninguno de ellos. Mi madre siempre había sido contraria a que nos disfrazásemos en Carnaval, aunque para ser exactos, no nos lo había prohibido, solamente no lo había fomentado ni nos había llevado a las fiestas de Carnaval dado que si queríamos ir tenía que ser con mi padre. ¿Qué ocurre cuando uno tiene mamitis aguditis? Que deja de ir a la fiesta con papá porque le da miedo no ir a los sitios con su madre.

No me había percatado de la iluminación especial, de la parafernalia para escuchar todo de maravilla ni tampoco me había dado cuenta de la inmensa pantalla plana que había para poner algún vídeo o algo. Tenía el horizonte allí, justo ese trozo que tapaba la pantalla proyectándose como si fuese parte misma de la noche. Era sorprendente lo que se podía hacer con la imagen a esas alturas, parecía realmente tan real como la visión que quitaba el hipo del perfil de la ciudad oscurecido.

Las luces de la fiesta se fueron poco a poco atenuando mientras empezaba una cuenta atrás en la pantalla sin perder ese fondo maravilloso de la ciudad. Ni tan siquiera iban a permitirme aclimatarme a estar rodeada de gente, Douglas no podía esperar más sin salir y sin tener el control de la situación. ¿Por qué? ¿Por qué iba a perder tiempo preguntándome los porqués?

Me abrí paso entre la gente que bailaba o se preguntaba qué podría empezar en ese momento. Tuve que pasar al lado de Hiedra quien se rió en mi cara antes de que frunciese mi ceño dispuesta a volver y darle un puñetazo para que tuviese un cardenal de verdad en esa cara de rata que tan solo le había empeorado con el paso del tiempo. Seguí mi camino porque me parecía bastante más importante avisar a mis familiares, pero gracias al maravilloso miedo que tenía mi madre a las tormentas todos se estaban yendo de ahí poco a poco, eran un pequeño grupo de personas sin traje transitando. Casi podía tocar el brazo de uno de ellos, de quien fuese el último, pero una mano atrapó mi cintura, algo parecido a agujas o cuchillas se deslizaron por mis garganta y no necesité girarme para saber que se trataba de Douglas.

— ¿Me has echado de menos? —su voz sonaba distorsionada igual que la del videojuego del murciélago en que… ¿cómo no? El espantapájaros, la definición del miedo en ese universo, el que controlaba a todo y todos por las drogas, la toxina del miedo más específicamente.

— Veo que tú sí… —su erección era bastante notoria y se apretaba contra mi trasero.

Había pocas cosas más asquerosas en la vida que pudiese hacer un hombre sin planearlo que empalmarse contra el cuerpo de una mujer que no tenía ningún tipo de atracción sexual en él. Me sentía sucia, más aún cuando no podía sentir su respiración por muy deprisa que lo hiciese dado que el saco que llevaba en la cabeza impedía que ese aire rozase mi piel.

— Ni te imaginas cuanto —susurró deslizando su mano despacio bajando por mi cuerpo. Sus dedos habían entrado en el límite, allí donde no podía tocar nadie. Bueno, en realidad, nadie debía tocar lo que yo no quería—. Y sé que tú también a mí…

A pesar del papel que me había dicho que tenía que tener, una mujer fuerte defendiéndose, golpeando, pegando, él había logrado paralizarme por completo. Agarré su mano y le obligué a no seguir bajando por instinto natural hasta que el vídeo comenzó a reproducirse.

— No te pierdas nada de todo esto…

Mi figura apareció en mitad de la pantalla. Era una joven de dieciséis años, con el cabello moreno, acurrucada en alguna parte, algo que parecía una carretera. Lloraba, chillaba y maldecía en ruso, algo que la mayoría de todos los presentes no podrían entender salvo mis familiares. ¿Iban a poner eso? ¿Alguien me había grabado en ese momento de mi vida?

Tapé mi boca con mi mano dispuesta a llorar igual que la imagen de mí misma que estaba viendo, con muchos más kilos, ida, perdida…

Entonces, algo impactó con la pantalla. Algo que la rompió en varios pedazos y terminó perdiendo la imagen que se había dividido en fragmentos.

— ¿Pero qué cojones? —la voz de Douglas me sacó de mi duda. Esto no era lo que tenía que pasar.

2018 / Sep / 09

La azotea de un edificio altísimo. ¿Qué lugar mejor para asegurarse que nadie se escapase? Había entrado dentro del ascensor y ya podía imaginarme a mis hermanos obligándose a no mirar a ninguna parte que les recordase los metros que había entre ellos y el suelo. Yo misma también tendría que obligarme a no pensar en la distancia. En la vida había tenido miedo a las alturas, y por alguna razón, después de la manera en la que mi hermano hablaba sobre ello, había empezado a padecer ese miedo también, una sensación extraña en el estómago, de estar en peligro y la forma en que el esfínter pedía dejar escapar lo que hubiese logrado almacenar durante ese tiempo sin haberse dado cuenta.

Miré el numerito en rojo que indicaba los números a los que iba ascendiendo, hasta que finalmente, se abrieron las puertas. La música llegó a mis oídos y pude ver un pequeño pasillo en cuanto a recorrido, que llevaba hasta una puerta de cristal por la que se podía ver a la perfección a algunas personas disfrazadas bailando al ritmo de la música, con bebidas en la mano y algún tentempié en la otra.

Las puertas se abrieron gracias al sensor que tenían y salí al exterior comprobando que todo el mundo parecía estar pasándoselo bien. Algunos me miraban, podía comprenderlo, pero la mayoría no sabíamos quién era el otro debido a los antifaces por lo que aquello me hacía más difícil no salirme de mi personaje. Mis ojos buscaban en todos algún rango distintivo que indicase quién era cada uno, pero no tenía éxito alguno. Podía estar viendo al mismo Douglas delante de mí que no le reconocería gracias a pelucas y otros enseres que hacía más complicada la deducción.

Un camarero se acercó a mí poniéndome una copa con un líquido naranja delante de mí y antes de que pudiese decir nada para negarme a cogerla, él pronunció las palabras que le tocaban.

— Tómela. Es un refresco especial sin burbujas para usted, Catwoman. Nos han pedido que la atendamos mejor que a cualquiera de los invitados.

El joven no llevaba ningún tipo de antifaz. Parecía nervioso, incluso, así que tras coger aire me recordé que para él era Catwoman aunque no fuese realmente ella.

— Gracias —tomé la copa entre mis dedos que ya había deslizado dentro de los guantes con garras y le dediqué una amplia sonrisa—. Siempre es bueno saber que te aprecian allá donde vas.

— Feliz cumpleaños. Está usted guapísima —me devolvió la sonrisa y regresó allá donde le estuviesen esperando.

Olisqueé la copa esperando descubrir algún olor peculiar, diferente al que solían tener, pero me agradó saber que no era así. Por una vez no iban a drogarme sin mi permiso, o eso esperaba. Di un sorbo al líquido que estaba realmente fresco, perfecto para disfrutarlo. Mis ojos mientras tanto intentaban encontrar a todas las personas que debían estar allí. No sabía sus disfraces. Sabía que algunos específicos habían sido vetados, así que imaginaba que serían Douglas  y su séquito.

Vi a Heinrich a lo lejos. Estaba disfrazado de Steve Trevor. No tenía ningún antifaz por lo que fue mucho más sencillo conocerle. Seguramente lo había hecho por deferencia a mí. No hacía mucho había hablado de lo nerviosa que me ponía la idea de no reconocer a nadie a simple vista. Adoraba a Heinrich por lo que había hecho. ¿Por qué no podían haberse pasado todos el asunto del antifaz por ahí mismo? Sabía que Derek haría lo propio, pero desconocía de qué podía ir. Intenté imaginármele de alguna manera en especial, pero no se me ocurría nada salvo que cambiase radicalmente su forma de vestir y se metiese en un traje y… ¿eso tendría algo de disfraz? En él sí, seguro, quedaría impropio, increíblemente impropio.

— Catwoman… —una voz grave pronunció el nombre de mi personaje y le miré de reojo antes de comprobar que se trataba de Batman. ¡Mierda! Era prácticamente igual que el hombre enmascarado de los cómics. No había barba, si acaso un poco estaba empezando a salir, facciones duras, músculos que no parecían estar llenos de gomaespuma… Tenía dos claras opciones en mi cabeza, o Gerault o Douglas y Gerault estaba bastante más hinchado.

— Vaya… si tengo ante mí al señor Orejitas puntiagudas. ¿Se puede saber qué haces en una fiesta? Que yo sepa, Batman es de todo menos amante de las fiestas —una sonrisa suficiente apareció en mis labios antes de comprobar de qué color tenía los ojos. ¡Mierda! Eran azules como los del cómic lo que podía ser el color real o también unas maravillosas lentillas que se podían permitir cualquiera de los dos.

Los ojos de Batman se deslizaron por toda mi anatomía y su careta de caballero oscuro me hacía bastante más complicado saber de quién se trataba. De hecho, en las películas que había protagonizado Christian Bale, no había sido capaz de verle debajo del disfraz por mucho que lo había intentado. Parecía alguien completamente diferente para mí. Tenía pinta de que si viviese en un cómic yo sería la típica que no se daría cuenta que Superman y Clark Kent son el mismo solamente por unas gafas.

— He venido porque sé que estás en peligro —el distorsionador de voz no me había hecho fácil la tarea, antes. Ahora Matt se había quitado todas las caretas posibles gracias a su frase.

— ¿Y cuándo no es fiesta en la ciudad? —comenté con sorna antes de sentir los dedos de Batman rodear la muñeca que tenía libre.

— Por favor, Ky… Cat. No te alejes de mí. Te lo suplico.

Nuestras miradas se encontraron y casi creí que le importaba mínimamente. Tenía que fingir que no sabía la verdad, que no había visto ese vídeo, que desconocía que cualquiera de todos los que habían entrado estrepitosamente a mi vida en Los Ángeles estaban del lado del psicópata dispuesto a arrancarme las tripas delante de todos.

— No te preocupes por mí. Sé cuidarme sola. Aunque temo que al final de la noche tendrás que ser tú quien intente cazarme —le guiñé un ojo y solté el agarre antes de seguir caminando hasta Heinrich quien me recibió con un abrazo—. Gerault es Batman —susurré bajo de forma que solamente él lo escuchase y me dio un pequeño apretón.

— Tranquila, pequeña. Él es el que menos debe preocuparte.

Entonces un pequeño grito provocó las risas de todos y vi que todos parecían haber accedido a la broma de los cómics de DC. Mera, Aquaman, Black Canary, Green Arrow, una Wonder Woman bastante escuálida, Superman y Flash. Intenté saber quién era quién, pero no fue difícil averiguar que Wonder Woman era Ana. No muy lejos de allí, Hiedra estaba intentando seducir a Batman. Tatiana estaba detectada. Aquaman era Smith con una Mera que parecía embobada, pero demasiado joven y la otra pareja no me sonaba de nada hasta que vi que Black Canary era Eileen. Se había maquillado tan bien que había quedado irreconocible, parecía hasta guapa.

Aún me faltaban varias personas importantes, no sabía si vendrían, y descubrir quién era el endemoniado Douglas en medio de tantos disfraces aunque una parte de mí esperaba ver al Joker.

2018 / Sep / 09

25 de Octubre.

El día había llegado. Me había pasado el tiempo lejos de todo el mundo. Había recibido el traje que efectivamente me habían hecho prácticamente a medida y lo máximo que había hecho había sido contestar los mensajes de Derek quien había tenido sus problemas terminando por romper con Eileen quien no se lo había tomado para nada bien. Ambos habíamos quedado en irnos juntos a vivir como compañeros de piso en cuanto esta locura terminase. Él tenía esa esperanza, yo no. Había estado llorando la mayor parte del tiempo precisamente porque sabía que terminaría muriendo delante de todos los presentes.

Sabía que irían mis padres a quienes les habían mandado billetes para que pudiesen estar en la fiesta sin problema. Mis hermanos, mis tías… Douglas se había gastado una fortuna en eso, pero ¿qué podía esperarse de su colofón final si era parecido al Joker? No había absolutamente nada que le detuviese y debía ser yo la que mantuviese la cabeza fría.

Lo único que estaba en mis planes era ir a la fiesta. Nada más. No quería problemas. Y pese a estar yendo a mi propia muerte, sabía que sin luchar conseguiría muy poco.

Me maquillé y por primera vez me sentí igual que si me hubiesen dado dos puñetazos en los ojos. Había seguido un tutorial y había logrado que la sombra negra que tenía pareciese felina, pero no me había puesto tanto maquillaje en la vida, un ahumado o algo así le llaman. Los labios de un intenso rojo y después el antifaz negro felino y con orejas de gato que venía con el traje. Me embutí también en el traje que usaba Catwoman para la acción y maldije los topolinos que iban a juego. Si lo que quería Douglas es que no pudiese escaparme, había escogido los zapatos adecuados.

Me observé en el espejo una última vez intentando contener las ganas de vomitar. Era otra mujer, desde luego y la peluca de pelo corto ayudaba muchísimo a que no se me reconociese fácilmente. Ni yo misma me reconocía, me veía rara y no de una forma que me agradase, pero suponía que cuando me fuesen a meter en el ataúd me quitarían las veinte mil capas de chapa y pintura que llevaba en la cara.

Cerré mis ojos para coger fuerzas y luego, empecé a llenar el escueto bolso de cóctel con lo único mínimamente necesario. Llevaba el pendrive conmigo, por si las moscas y, por supuesto, mi móvil, el que prácticamente ocupaba toda la extensión del minúsculo bolso. Era preciosos, sí, pero nada prácticos. Estaba lleno de lentejuelas con una forma un tanto… peculiar. De ese tipo de figuras que no puedes distinguir cuando tiene el cerebro embotado por lo que va a pasar.

La noche hacía horas que estaba jugando a aparecer y ya lo había hecho en parte tan solo. Había teñido el cielo de tonos más oscuros, pero el sol se resistía a desaparecer del todo o deseaba seguir jugando conmigo hasta que perdiese la paciencia.

Había unos guantes a juego aún en la caja. Las manos me sudaban tanto que sabía que no podría ponérmelos desde ese mismo momento. Además, si tenía cualquier cosa que hacer lo más fácil es que tuviese que quitármelos y ponérmelos dado que la precisión que yo tenía con guantes era mínima.

A la hora en punto, la hora avisada, llamaron a la puerta. Cogí los guantes de la caja, el bolso, las llaves y contesté. Una voz que reconocí enseguida, me dijo que la limusina me estaba esperando. El mayordomo/chófer de Douglas había venido a por mí. Era gracioso que siguiese trabajando para él, pero la moralidad de las personas en cuanto tenían un buen fajo de billetes delante, dejaba mucho que desear.

Respiré tan profundo como me permitió el disfraz y el escote para que no se saliese ninguno de mis pechos. Salí de mi hogar, cerré la puerta y sentí cómo mis piernas temblaban igual que flanes. Me obligué a mantener la calma. Era el momento ahora de interpretar el mayor papel de mi vida y demostrar que no tenía miedo aunque estuviese aterrorizada.

Apreté mis párpados haciéndome daño al cerrar de esa manera los ojos, y después los abrí en cuanto hube dejado que una parte de mí que siempre había mantenido encerrada tomase todo el control de la situación. La inseguridad había sido mi bandera y ahora, la Kyra que no tenía miedo a nada había cogido el toro por los cuernos y se enfrentaría a lo que fuese con la mayor dignidad que encontrase en su repertorio.

Bajé hasta la puerta del portal donde el chófer me esperaba. Le dediqué una mirada prácticamente inexpresiva y cuando me abrió la puerta no le dije gracias, como si estuviese acostumbrada a esos lujos. No podía dejar que el mundo viese lo impresionada que estaba en realidad al ir en un coche semejante. Ahora era Catwoman, mi versión de Catwoman y estaba en una de sus misiones.

Me crucé de piernas mientras miraba por la ventanilla tintada de la limusina. La ciudad se había transformado en otra completamente distinta. Allí no había ni un mínimo sentimiento de afecto por Kyra, era un monstruo que se había quitado la careta. Me observaba igual que yo lo hacía, con el mismo desprecio, aceptando que sería la última vez que nos veríamos y que ninguna había terminado apreciando lo suficiente a la otra como para que eso fuese a molestarle o hacerle sentir mal. Fue un adiós silencioso en cada uno de los edificios hasta que escuché un teléfono sonando.

— A su derecha, señorita.

El chófer parecía estar pendiente de mí. ¡A buenas horas, Judas! Tomé el móvil engalardonado con gatitos como el de la antiheroína que interpretaba y descolgué para atender la llamada. No sabía qué debía decir y qué no, pero salió algo diferente a cualquier saludo que hubiese usado en mi vida. Maullé al teléfono.

— Vaya, vaya… parece que te has metido bien en el papel —la voz de Douglas me heló la sangre—. Solamente llamaba para asegurarme que no hubieses dado problemas, preciosa. Te estamos esperando —y colgó tan rápido que no me dio tiempo despegar los labios para decir nada.

Miré el teléfono, volví a dejarlo en su sitio y esperé paciente al final del trayecto. La fiesta iba a empezar.

2018 / Sep / 09

El sobre morado tenía una textura agradable al tacto. Era parecido al terciopelo, pero… en papel. ¿Existía algún tipo de sobre que tuviese una textura similar? No lo sabía. Lo único que tenía en la cabeza en ese momento es que quedaba solamente una semana para la fiesta a bombo y platillo. En mis dedos tenía la respuesta exacta del lugar, la hora, pero no la que más me interesaba a mí. ¿Qué ocurriría allí? ¿Qué tenían planeado para marcar ese momento para el resto de mis días?

Abrí el sobre obviando las recomendaciones de Derek que me pedía que no lo hiciese. Dudaba mucho que hubiese llegado allí para ponerme una bomba o envenenarme. No era algo propio de él. Todo era mucho más personal. Tenía un sello con una letra un tanto extraña que había dejado su huella y el sello era como aquellos de la antigüedad: un pegote de cera que sellaba el sobre en cuanto se enfriase, algo que solían hacer con bastante rapidez.

Saqué del interior del sobre un papel exquisito, en blanco que estaba como cosido o grapado… No, cosido. Había podido ver que en parte de ese elegante dibujo estaban las puntadas semicamufladas de un color prácticamente igual que la tinta de debajo. Rocé las puntadas con mis dedos y después decidí finalmente leer lo que había en la invitación.

Sea cordialmente invitada a la fiesta en honor al trigésimo cuarto cumpleaños de Kyra Annette Mijáilova. En esta ocasión tan especial y aprovechando la cercanía con la fiesta de Halloween haremos una fiesta temática de disfraces. Pueden escoger el que más les guste llevar, sin embargo hay algunos disfraces que estarán vetados para todos los participantes salvo para los miembros especiales. Cada uno recibirá el nombre del traje que debe llevar en un pequeño sobre aparte, de no ser usted uno de ellos limítese a evitar los personajes de esta lista… 

[…]

Acuda el veinticinco de octubre a las siete de la tarde a la siguiente dirección. ¡No se olvide de traer un regalo!

En la parte de abajo también estaba esa letra caligráfica extraña. No sabía qué signo podía ser. No se me ocurría ni tan siquiera un idioma que pudiese tener algo así. Sabía que no estaba sacado del ruso, no era cirílico, eran como dos o tres letras caligráficas del alfabeto latino, pero me costaba adivinar cuáles eran.

Heinrich me quitó la tarjeta de las manos y yo miré el interior del sobre descubriendo que había otro sobre más pequeño. En su interior tenía una tarjeta en la que ponía: Catwoman. Mi traje debía ser el de Catwoman y suponía que estaría en algún lugar, lo habría escogido para mí. Él no dejaba absolutamente nada al azar. Se aseguraría de que llevase lo que él creía que tenía que llevar.

Suspiré pesadamente y escuché el mismo suspiro salir del interior del cuerpo de Derek. Estaba a mi lado, había leído lo mismo que yo y también había depositado un pequeño beso en mi mejilla.

— Seguramente tendré otro en mi casa. Por lo menos te escogió tu personaje favorito, ¿no?

— Sí, al menos tuvo esa deferencia. Moriré en sus brazos vestida de Catwoman.

— O quizá no… Los gatos tienen nueve vidas, ¿verdad?

Sus ojos se centraron en los míos, al otro lado de esos cristales que lamentablemente parecían tapar algo, como si estuviesen evitando que todo lo que él podía mostrar el mundo se explayase, llegase a todos. Era igual que tenerlo todo detrás de las gafas, concentrado y que era un escudo, una protección para el mundo de la grandiosidad que se escondía al otro lado.

Heinrich había empezado a hablar por teléfono para asegurarse si habían dejado algún sobre para él en la recepción del hotel. Imaginaba que seguramente tendrían las mismas pintas, así que era algo que no le podría pasar desapercibido a nadie cuando llegase alguien vestido de morado y con una máscara veneciana tan blanca como la cal.

Ni tan siquiera me había fijado en los detalles del traje. Ese hombre llevaba plumas, o me parecían haber visto plumas. Había sido tan rápido que no había podido quedarme con todo el conjunto sino con pequeños detalles y más aún aquellos que me habían llamado la atención frente a todos los demás. ¿Tenía alguna joya encima? ¿Qué había sido eso brillante que había visto? ¿Sus dientes? ¿El reflejo de las letras plateadas en el sobre?

— Así que no ha sido posible, ¿no?

Me giré al escuchar esa nueva voz. ¿No había cerrado la puerta?

— No ha sido posible dejar el trabajo a medias, ¿no?

Allí estaba. ¿Cómo demonios había podido venir? ¿Por qué no desaparecía de una vez y con soplarla se desvanecía? Era insufrible.

— Venía a traerte el sobre que me han dejado para ti en mi casa. Teóricamente debíamos estar juntos, pero como siempre estás con… esa —dijo señalándome con uno de sus dedos y tiró en mi dirección el sobre aunque seguramente deseaba que fuesen cuchillos.

— ¿Tú lo de llamar a la puerta y esas cosas te lo perdiste, Eileen? —rodé los ojos y fui directamente hacia ella—. Me encantaría verte en mi fiesta, vestida de alguien que no tenga ni puñetera idea de quien eres, puede que solamente en ese momento fuese capaz de dirigirme media palabra. Ahora, si no te importa, me apetece que lo que he cenado se quede en mi estómago antes de echar la papilla encima de ti. ¡Buenas noches! —cerré la puerta de golpe, en sus narices y puse mi frente contra la madera. Apoyé mis manos en ella y por un pequeño momento sentí alivio hasta que escuché su voz al otro lado llamándome de todo menos bonita.

Heinrich, que también la había oído, agarró mi brazo antes de que Derek saliese de mi casa para intentar calmar a su novia, de la forma que fuese o terminaría peleándome con ella de la manera que no hacía desde que era una niña. No estaba para nada orgullosa de eso, pero al tener más cuerpo que mi hermano, bueno… no era difícil ganarle. Un buen manotazo en la espalda y los dedos quedaban perfectamente marcados además de tener su quejido como banda sonora y recompensa. Ganar en una batalla de estilo animal daba un subidón, pero también alejaba a todos aquellos que creían que te estabas volviendo loca y visceral.

— ¿Tienes dónde quedarte, Kyra? Está claro que no puedes estar aquí sola hasta entonces.

La voz de Hamann denotaba su preocupación, no obstante, no era necesaria.

— Créeme. Si algo malo fuese a pasarme estoy segura que Douglas se aseguraría de que al menos, estuviese viva hasta el día de su gran fiesta. Ya ha gastado el dinero, ¿no?

Heinrich me miró sorprendido y yo supe que la ironía o la femme fatale que había en mí sería la única que podría sobrevivir a lo que fuese que él estuviese orquestando. Puede Catwoman fuese el personaje que tuviese que interpretar esa noche.

2018 / Sep / 09

Heinrich me dio un tiempo prudencial hasta que viese el video antes de pedirme verlo él. Lo hizo por un mensaje. Había pasado toda una hora completa en silencio, llorando, acurrucada en el pecho de Derek que había colgado a Eileen un número indebido de veces. Sabía que estaría volviéndose loca en su piso, que le estaría buscando hasta debajo de las piedras, pero me importaba una mierda. Era egoísta, lo suficiente para saber que iba a pensar en mí un solo segundo y me iba a quedar en el pecho de alguien que me había ofrecido su consuelo.

Acarició suavemente mi nuca. Después me apretó a su cuerpo y terminé abrazándome a su cintura mientras era Heinrich quien nos miraba de reojo observando la grabación que White Collar nos había conseguido. Se pasó una mano por el rostro antes de poner una segunda y tercera vez el vídeo pidiéndome que le explicase en cada ocasión de qué conocía a cada uno. Me sentía igual que en un interrogatorio, pero sobre todo, me sentía tonta, increíblemente tonta por no haberme dado cuenta de nada cuando todo tenía sentido ahora que sabía que estaban compinchados.

¿Por qué iba a ofrecerme trabajo por mi cara bonita? ¿Por qué iba a pedir específicamente que fuese yo quien le tratase cuando lo único que sabía era lo que había visto? ¿Por qué iban a coincidir los dos teniéndome a mí de psicóloga y con unas versiones tan dispares? ¿Por qué iba una limpiadora de un hotel que estaba acostumbrada a ver clientes a todas horas a invitarme a mí a un café por no haber puesto una reclamación que no tenía sentido poner?

— Kyra…

— Más te vale que no estés también metido tú en todo esto. Seré un mindunguis de cara a todos vosotros, pero no pienso permitir que la vuelvan a tratar como si sintiese ni padeciese. ¡Esta es la última vez que la hacéis llorar, tú o cualquiera! ¿Me has oído?

Heinrich levantó las manos intentando calmar los ánimos de Derek quien estaba cada vez más alterado.

— Con la Vendetta no se consigue nada. ¿Piensas ir de frente a todos esos para vengarte? ¿Y cómo exactamente? ¿Vas a chillarles a todos? Te podrían dar una paliza cualquiera de esos dos que aparecen en el vídeo. ¿Has visto a Gerault? Levanta tanto peso diariamente que podrías servirle como ejercicio del día.

Cerré mis ojos con fuerza y me negué a seguir estando allí. Quería desaparecer. ¿Por qué cada vez que intentaba hacer algo volvía a besar el fango? Estaba triste. Increíblemente triste. Era un nuevo fracaso en mi vida. Estaba llena de fracasos, de problemas, de enemigos. Todo por culpa de Douglas. No debí dejar que Rochester se acercase a él, que le gruñese, tampoco le debí contestar de esa manera, pero ¿cómo iba yo a suponer que algo tan simple podía convertirse en… esto?

— ¿Qué vas a hacer, Kyra?

— ¿Puedo hacer algo que no sea regresar a Rusia o irme a otro lugar donde nadie me conozca?

Sentí el apretón de Derek mientras unos dedos que debían ser los de Heinrich tomaban mi mentón entre ellos. Después, elevó tan solo un poco mi rostro y abrí los ojos aunque no deseaba hacerlo. Quería ser una niña pequeña, menuda, que nadie supiese de su existencia, que nadie quisiese encontrarla, que volviese a estar en los brazos de su madre donde el mundo aún no comenzase con sus planes y sus deseos de acabar con ella por haberse atrevido a nacer.

— Tienes que ser fuerte, Kyra. Sé que tienes personas intentando acabar contigo, pero también tienes personas que te aprecian y te quieren. Dudo que irte sea la solución. Debes quedarte, pelear.

— ¿Pelear contra qué? ¿Contra un maldito asesino psicópata que no sé dónde está y que ha contratado a al menos cuatro personas para que sus planes salgan como deben y tenerme plenamente vigilada? —le miré visiblemente alterada.

Las lágrimas habían vuelto a deslizarse por mi rostro. Temblaba de pies a cabeza. No tenía sentido seguir negando que estaba teniendo un ataque de ansiedad.

— Kyra… si huyes te perseguirá y si sus planes no salen como quiere, si no estás ahí el día de la fiesta ni tan siquiera sé qué podrá tener planeado para ti. Sé que ahora mismo te debes sentir insegura, debes creer que todo lo que hay a tu alrededor es falso y que ninguno nos merecemos ni una mínima parte de la confianza que has depositado en nosotros…

— Lo sé, lo sé, no tengo que enfadarle, pero… ¡estoy harta de bailar al son que él quiere que baile! ¡Estoy harta de tener que aceptar que la gente sea una puta amargada de mierda y que me odien cuando no les he hecho absolutamente nada! —grité justo en el instante que Derek acarició mi espalda intentando acunarme en su pecho igual que esa niña que quería ser.

— Tranquilízate, ¿vale? Vamos a hablar con la policía para solucionar esto lo antes posible, ¿te parece?

— ¿Crees que la policía va a poder hacer algo? No dicen nada. Dicen que yo soy el objetivo y ya, lo máximo que podrían achacarles es que me hayan estado vigilando o acosando, pero no les van a meter en la cárcel porque alguien desconocido les haya grabado diciendo algo que perfectamente puede parecer una escena de una serie de televisión barata.

Me levanté del regazo de Derek mientras Heinrich y él volvían a discutir sin descanso. No quería escuchar más gritos, no quería saber absolutamente nada de nadie. ¿Podía vivir en una dimensión donde fuese la única habitante? Seguramente terminaría echando de menos hasta los malos momentos como este y por muy tremendista que fuese sabía que este tipo de cosas terminaban dando alas a la vida para poder disfrutar mejor de los buenos momentos.

Me tomé una pastilla, el orfidal que tenía pautado para poder tranquilizarme. Me puse la pastilla en la boca y de esa forma se deshacía despacio, muy despacio. Cerré mis ojos para coger aire y cuando empecé a expulsarlo llamaron a la puerta. Caminé con precaución porque no tenía ganas de abrir en realidad además del miedo que tenía a hacerlo. Cuando lo hice, al otro lado estaba un hombre, tenía un antifaz e iba vestido de una forma que me recordaba a los carnavales de Venecia. Sus ojos estaban puestos en mí y me regaló una inmensa sonrisa.

— Señorita Mijáilova, me agrade anunciarle que ha sido invitada a la fiesta de su propio cumpleaños. Reciba esta cordial reverencia y el sobre con la invitación en que le serán resueltas todas las dudas que tenga sobre el evento. Arrivederci! —tras realizar la reverencia y darme un sobre morado se fue por donde había venido, escaleras abajo.

Era cierto. Ya solamente quedaba una condenada semana.

2018 / Sep / 08

El DVD llegó a mis manos un par de días después de ese momento vivido con Heinrich. No habíamos vuelto a hablar demasiado. Él tenía su trabajo y yo tenía el mío además de pasarme la vida con un miedo que debía controlar a que alguien entrase en cualquier momento a mi casa.

Tenía que intentar que la paranoia no terminase ganando la batalla. No podía permitirme algo semejante. Debía centrarme en lo que había pensado, la conclusión que también se le había ocurrido a Derek. Y esperaba no tener que preocuparme de Eileen en una gran temporada a pesar de que Derek se pasaba más tiempo en mi casa que en la suya propia. Habíamos empezado una relación de amigos. Intentábamos consolarnos el uno al otro, nos pasábamos las horas riendo y alguna vez había dormido en la misma cama que yo cuando no había podido soportar quedarme esa noche sola.

En ese momento también estaba allí. Me había abrazado a su brazo después de poner el DVD y terminé dando al play. Necesitaba estar acompañada, saber qué era lo que ambos estaban teniendo entre manos, porqué me habían escogido a mí precisamente para todo esto. Derek tenía una clarísima opinión de ambos. Ninguno tenían salvación de ser por él.

Apoyé mi mentón en su hombro y le miré antes de escuchar como el sonido poco a poco se iba haciendo más claro. Di un besito a su nariz cuando me devolvió la mirada y fijé mi atención en la reproducción.

No conocía esa casa. Seguramente era la casa de referencia, puede incluso que la real de Matt dado que a mí me había llevado a una que había acondicionado específicamente para ese momento. Podía ver al dueño del inmueble quitarse la corbata y beberse de un trago el interior de un vaso. Fuera lo que fuese tenía pinta de ser fuerte dado que cerró sus ojos con fuerza antes de terminar sentándose sin ningún tipo de modales en el primer sofá que encontró.

El sonido de unos tacones se fue acercando antes de escuchar esa horrible risa de bruja que tenía. Hasta su risa y su expresión daban pena. Parecía todo tan teatral que no merecía ni observarlo. Seguramente se habían dado cuenta de la cámara y habían empezado ese teatrillo patético de matrimonio despechado. Aunque, en realidad, les estaba prejuzgando muy rápidamente.

— No puedo creerme que hayas hecho eso —la voz de Gerault sonaba muy grave, estaba furioso. Era de esas situaciones en las que temía que terminase estallando su camisa y matando gente por la velocidad que llevarían los botones.

— Te dije que lo haría. Ese era el trato, ¿no? —comentó con sorna ella mientras se sentaba en el regazo del magnate.

Él no le había dirigido ni una sola mirada, simplemente la dejaba sentarse allí, como si no pudiese impedírselo, como si fuese la dueña de todo su cuerpo o de ese lugar en particular.

— Las cosas cambian, Tatiana. Ninguno de nosotros quería que todo terminase yendo tan lejos. No nos ha hecho nada.

— ¿Que no queríamos que fuese todo tan lejos? ¿Me estás tomando el pelo? Fuimos contratados para eso. Todo lo que tienes se lo debes a él y ella era su objetivo, siempre fue su objetivo.

Una tercera figura apareció en la habitación con otro vaso entre sus dedos. Lo movía delicadamente y me costaba ver las facciones porque aún solamente había dejado ver a la perfección su cogote.

— Todos fuimos contratados para eso, Gerault. Lo sabes.

Me quedé completamente anonadada. No podía ser cierto, era imposible. Me negaba a creer que algo así pudiese suceder. No había solamente una persona detrás de mí, estaban en total cuatro, dispuestas a acabar conmigo. ¿Quién sino iba a ser ella? ¿Quién sino iba a ser él? ¿Estaba alucinando? Podría estarme confundiendo, sacando conclusiones precipitadas de algo que no era ni mucho menos de esa forma.

— Pero… las cosas han cambiado.

— ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Te has enamorado de ella? —preguntó tatiana riéndose a carcajadas todo el tiempo como si fuese imposible que Gerault se enamorase de alguien.

— Efectivamente, Tatiana. Eso es lo que le ha pasado. El hombre de hielo, el quiero y no puedo que creó Douglas hace tantos años se ha enamorado de la patética psicóloga que se cree que durará más de dos años haciendo su trabajo.

— ¡Deja de decir bobadas, Smith! Ella es una doña nadie. ¿Sabes la cantidad de veces que la he visto llorar a lo largo de mi vida? Una mimada, estúpida, sin sentido ni talento. Es la definición de patética. ¿Crees que alguien podría sentir algo por semejante deshecho? —chasqueó la lengua y le pidió el vaso a una cuarta persona que no había dicho palabra.

Una figura menuda apareció entonces en escena. Sus cabellos lacios, su flequillo. Era completamente inconfundible. ¡Ana!

— Yo no creo que sea un deshecho, pero evidentemente Douglas la quiere por algo. Es buena persona, ingenua, pero no creo que se merezca tanto odio por ser todo lo que tú no eres, Tatiana.

La rubia le hizo una peineta antes de beber del vaso que le había pedido a Ana. La castaña se rió por el gesto de la rubia y se encogió de hombros terminando por sentarse en la encimera de la cocina.

— Parece que el gran hombre de hielo se enamoró de una mujer a la que se folló después de haberla drogado. Quizá si no lo hubieses hecho podrías tener algún tipo de posibilidad con ella, pero lo más fácil es que te termine detestando cuando descubra la verdad. No creo que Douglas tenga pensado compartirla —soltó una pequeña risa ahogada como si fuese únicamente dirigida al cuello de su camisa.

Paré la grabación. Miré a Derek y tuve que contener mis ganas de llorar. ¿Todo eso era verdad? ¿Realmente lo había orquestado todo Douglas? ¿Por qué alguien podía ser tan malvado? Porque no era amor lo que sentía por mí, era una obsesión pura y dura, asquerosamente insoportable y ahora no tenía la certeza de que pudiese salir viva de esa fiesta.

Derek imaginando mis propias emociones, me acurrucó en su pecho y se quedó en silencio meditabundo con una expresión que indicaba que tarde o temprano habría venganza.

2018 / Sep / 08

Heinrich parecía conocerse a todo lo bueno y también a todo lo malo de prácticamente el mundo entero. No quiso darme el número porque era uno de sus confidentes, pero él se encargaría de hacerme llegar lo que consiguiese grabar el hombrecillo fuera de la ley. Además, me había asegurado que no era un mal tipo, solamente tenía habilidades que otros no tenían y prefería vivir en el anonimato salvo cuando podía sacar beneficio de todo aquello. ¿Su nombre? Algo así como White Collar, un alias que usaba. Ni tan siquiera Heinrich conocía su verdadero nombre pues sospechaba que se hacía pasar por un hombre de poca monta cuando podía tener el mundo en sus manos si lo desease, aunque si hacía eso seguramente todos los equipos de seguridad de los países del planeta estarían detrás de su trasero.

Era sorprendente que todo el mundo tuviese tan poca imaginación. Sin embargo, si alguien hablaba de White Collar podían irse por la serie más que por el apodo de alguien y se libraría de toda sospecha de primeras, ¿no? Puede que la escasa originalidad tuviese sus motivos. Seguramente yo me pondría un apodo tan obvio que el mundo entero sabría que era yo. De hecho, en mi estancia en el hospital día, debido a que tenían que mantener la privacidad de nuestros datos por ser menores de edad, yo había tenido que escoger un apodo que no me había parecido malo, pero que finalmente me había dado hasta vergüenza: Fanática. ¿A quién coño se le ocurre? Nada más que a mi cabeza que tenía de dedos de frente lo que el resto de mi ser, algo así como… nada.

— ¿Qué tal está tu mujer?

— Bien… de hecho, me ha pedido vernos en algún momento para firmar definitivamente el divorcio.

— ¿En serio? No me lo puedo creer. ¿Por qué?

— Ha encontrado a otro supongo que le hace mucho más feliz. Tampoco es que vaya a amargarme por ello. Todo tiene su ciclo y es mejor no mantenernos juntos cuando ninguno de los dos quiere estar realmente con el otro. Yo creo que si deseo seguir con ella es básicamente por costumbre y porque fue mi primer amor —se encogió de hombros y se quitó la chaqueta del traje antes de dejarla en el respaldo que tenía a su espalda.

Hizo lo mismo con la corbata y después me levanté intentando animarle de alguna forma. Fui a sentarme a su regazo e hice un puchero al ver su adorable expresión. Estaba algo más triste que antes y se le notaba muchísimo. Sus brazos rodearon mi cintura y no pude evitar empezar a dejar pequeños besos por todo su rostro como hacía cuando Gustav me dejaba sentarme en el mismo lugar.

Me apoyé en el pecho de Heinrich cuando hube terminado de dejar besos en su rostro y acaricié su cabello con dulzura.

— Encontrarás a la mujer de tu vida y serás increíblemente afortunado.

Sus manos se abrieron intentando abarcar toda la espalda que pudieron. Mi cintura estaba envuelta en sus brazos, en sus dominios y podía sentir cómo Heinrich estaba necesitado de atenciones, no sabía si sería bueno que yo estuviese así con él, que se pudiese pensar lo que no era, pero quería tanto cuidarle en sus horas bajas a pesar de las mías propias.

Di un beso en su frente y puse después la mía sobre la suya observándole con cierta curiosidad a esos ojos que tenían un tinte azul claro muy especial. Rocé la forma de su rostro, dibujé sus facciones maravillada por la hermosura que podía llegar a tener la tristeza. Heinrich respiró de manera pausada, me dejó acariciar y tocar todo lo que mis dedos necesitaban recorrer y finalmente, me empecé a sonrojar dándome cuenta del momento tan íntimo que se estaba viviendo entre ambos, sobre todo en el instante que tragó saliva de forma audible, con los labios entreabiertos, algo resecos y temeroso de pronunciar palabra alguna. Si no era así, daba esa sensación.

Intenté levantarme de sus piernas, pero negó. No me dejó. Aspiró mi aroma y dado que no intentaba hacer nada más, que no se propasaba de ninguna manera, me quedé en la misma posición. Era todo un caballero a pesar de todo, sintiese o no sintiese deseo, debía ser yo la primera en dar un paso y lo hubiese hecho, de buena gana, si las circunstancias en mi vida hubiesen sido diferentes o no hubiese conocido a nadie antes que a él.

Terminé acurrucándome en su pecho como lo haría su hija seguramente y él me acogió besando mi frente antes de regalarme ese pequeño lugar al que podía ir cuando quisiese buscando paz, seguridad, confianza, pese a que no las tenía todas conmigo debido a todo lo que había tenido que investigar y cómo no había podido saber qué era lo que Heinrich escondía.

— ¿Qué es lo que hay detrás de ti? —pregunté con temor por lo que pudiese encontrarme.

Sus ojos se cerraron antes de apretar mi cuerpo contra el suyo como si creyese que si lo sabía iba a desaparecer.

— Tengo gustos sexuales un tanto… peculiares.

Fruncí mi ceño casi por instinto. Si me decía que le gustaba lo mismo que a Gerault no tendría duda de que se estaba convirtiendo en una pandemia o algo parecido.

— ¿Cuáles?

Me explicó poco a poco, explícitamente, la forma en la que le gustaba ofrecer a las mujeres, el disfrute con otros, con morbo, perversión voyeur e hice lo posible por no poner una mueca de asco, porque evidentemente los gustos de cada uno no los escogía, pero ¿en serio? ¿No había alguien que tuviese una sexualidad normalita? ¿Dónde habían quedado las posturas del misionero y poco más? Seguramente había terminado evolucionando todo ese concepto, quizá tanta información que llegaba a todas partes había aumentado la imaginación, pero eso estaba a años luz de lo que pudiera interesarme a mí a pesar de haber accedido a llevar un tipo de media fetiche o también, la manera en la que había terminado accediendo a ponerme de rodillas delante de un hombre que se enfadaba y me mandaba al diablo cuando no hacía lo que quería o cuando volvía a salir volando a pesar de saber él de sobra que lo terminaría haciendo.

Le miré y casi pude sentir una ligera excitación por el lenguaje empleado, pero los términos, imaginarme siendo poseída por más de uno, siendo ofrecida por la persona que debería amar y amarme no me resultaba nada romántico. Para mí el amor debía ser pleno sin necesitar a otros en ninguna otra faceta más, pero el mundo parecía pensar muy diferente.

2018 / Sep / 08

El café humeante estaba frente a él. Lo habríamos pedido al servicio de habitaciones, pero no había un solo lugar en su habitación en que me pudiese sentar a pesar de lo inmensa que era la suite. Él no era de los hombres que iban a minúsculas habitaciones de hotel y yo, tampoco era de las mujeres que me tomaba café, algo que parecía estarse aprendiendo todo el mundo, pues una leche caliente con cacao habían aparecido delante de mí antes de que pudiese decir “esta boca es mía”.

— Me alegra que me llamases para hablar. Necesitaba salir de ese lugar para hablar de otra cosa que no fuese trabajo, trabajo y trabajo —rió antes de llevarse la taza a los labios para dar un sorbo al líquido que tenía pinta de estar hirviendo.

Su expresión cuando dejó la taza fue muy graciosa y no pude evitar soltar una carcajada por mucho que intentase detenerla.

— No me digas que te has quemado la lengua…

— Está bien, no te lo diré —comentó antes de levantar el brazo riendo para pedir una botella de agua bien fría.

— Según tengo entendido también ayuda el azúcar. Ponte un poco sobre la lengua, apriétalo contra el paladar y espera un ratito para ver si sientes alivio.

— ¿No será como echarle sal a una herida? —preguntó escéptico mientras iba poniendo un poco del azúcar en su cucharilla.

— Siempre puedes probar el maravilloso contraste entre temperaturas. De lava ardiente a frío siberiano —moví mis cejas con diversión y esperé un poco a beber la leche. La mía no tenía pinta de estar tan caliente, pero como seguramente me terminaría sentando mal porque no había podido pedirla sin lactosa, no veía la hora de rechazar ese infierno de pesadez y malestar.

Comenzamos a hablar de varias cosas. Dejé que se explayase, que se desahogase en lo posible para sentirse lo más cómodo que le permitiese la situación. Yo misma le conté cosas que no tenían nada que ver, al menos, no del todo, con lo que tenía entre manos. Le expliqué mi situación con respecto a Verdoux, mi manera de fracasar con los hombres y de adorar la literatura romántica aunque había leído de muchos tipos en realidad a lo largo de mi vida.

— Creo que ya puedes decirlo, Kyra.

Su comentario me sorprendió, muchísimo. ¿Tanto se me veía en la cara que había pedido verle por una razón específica? No quería quedar como una aprovechada ni mucho menos, pero él podría ayudarme.

— Lo que sea que te tenga que contar es mejor que lo haga arriba y no aquí.

Asintió antes de mirar su taza de café vacía.

— Pero, para compensarte, prometo quedarme contigo ayudándote en el caso toda la noche, así puedo decirte lo que se me haya olvidado en la llamada telefónica.

Ambos sabíamos que no me había olvidado de casi nada, no al menos de lo que supiese en ese momento, y por eso su sonrisa se ensanchó. Él parecía estar encantado de pasar tiempo conmigo y quise evitar recordarme a mí misma que él me había confesado sentimientos que no nos iban a ayudar demasiado durante este tiempo juntos. Era mejor dejarlo todo a un lado.

 

— ¿Y bien?

Tras pagar la cuenta del bar habíamos regresado a su habitación. Él me había cogido de la mano en algunas situaciones y decidí tomarlo solamente como un intento porque no me perdiese dado que por raro que pareciese aquel hotel estaba llenísimo. Poco tiempo después del primer mogollón, Heinrich me había explicado que aquel día había una conferencia o algo parecido a donde irían cientos de odontólogos cualificados. Que me perdonasen todos, pero oír odontólogo, para mí era igual que dentista lo cuál siempre significaba un escalofrío horrible recorriendo mi espalda contracturada. Doble dolor.

— Tengo una problema. ¿Recuerdas Gerault?

— ¿Qué te ha hecho ese cabrón? No me gustan ni él ni tu novio.

Reí un poco porque no pegaba para nada en él que soltase semejante insulto.

— Tranquilo. No me han hecho nada, salvo… bueno, lo que te dije que aún está en duda. No se me ocurre ninguna forma de saber si fui drogada o algo por el estilo, aunque, si te soy sincera, casi que prefiero hacer como que no pasó, que fue lo que era para mí, un sueño, al menos hasta que pueda confirmarlo de alguna forma —me senté en una butaca después de haber quitado un montón de papeles de encima que Heinrich se apresuró a quitarme de las manos—. El problema está en que tiene una fijación con quien sea yo quien le grabe con Tatiana, algo que le he dicho que no haré, pero si quiero descubrir cuál es la verdadera cara de cualquiera de los dos tengo que intentar pillarles infraganti y para eso nadie debe saber que yo estoy allí.

— ¿Y cómo lo harás? —preguntó frunciendo el ceño antes de sentarte en la única silla que estaba libre entre tanto papel donde seguramente pasaba las horas muertas leyendo.

— Como soy increíblemente torpe, pensé en si infringiría demasiadas leyes pidiendo a alguien que fuese quien les investigase. Uno bueno, lo suficiente como para que no sepan que está ahí —hice una mueca para luego volver a fijar mis ojos en los suyos—, pero también lo bastante temerario como para que no le importe ni un comino tener que saltarse normas como esa de la propiedad privada y todo eso…

— ¿Me estás preguntando si es ilegal como para tener consecuencias o si conozco a alguien que tenga menos moralidad aún de lo que quieres hacer?

La sonrisa de sus labios denotaba que estaba divirtiéndose de verdad. No sabía si era porque esa parte mía le resultaba tan impropia como a mí que de su boca saliesen palabras o porque era un soplo de aire fresco para él. Fuese como fuese, la sonrisa le quedaba de maravilla y esperaba, en lo posible, que no la perdiese nunca.

— Más bien… las dos cosas.

— Kyra Mijáilova… ¿qué voy a hacer contigo?

2018 / Sep / 08

Que hubiese dicho que no, no significaba específicamente que me fuese a quedar con los brazos cruzados. Me preguntaba si alguna posibilidad de conseguir esa información sin necesidad de ser yo quien estuviese sujetando la cámara y viendo lo que ocurría. No obstante, tenía que saber a qué consecuencias legales me iba a enfrentar si descubrían esa grabación en mi poder. No dejaba de ser grabar a alguien en su casa, en propiedad privada, donde uno tiene muchos derechos y le ampara la ley en múltiples aspectos.

Heinrich era el único que me podía sacar de ese desconocimiento y como no deseaba que quedase ningún tipo de constancia de ninguna clase, decidí ir a verle. Seguramente sería bastante más asequible si iba en plan amiga y no como posible cliente. No quería quitarle más tiempo de trabajo y, por lo que tenía entendido, Heinrich seguía aquí, no se había ido del país a otro caso importante al que le hubiese llamado su bufete.

— Hamann —su voz sonaba familiar y agradable por muy seria que fuese.

— Heinrich, soy yo…

— ¿Kyra?

— Sí. He pensado en que debería salir a tomar un café contigo por todo lo que me has ayudado. ¿Tienes algún hueco libre?

No sabía si se lo iba a creer o por el contrario, pensaría que me iba a aprovechar nuevamente de él, pero al menos por teléfono no dio ningún tipo de señal que indicase que sospechaba de mis intenciones. Me dijo la hora que tenía libre y también lo mucho que lamentaba que hubiese vuelto a aparecer, que pudiesen encontrarme cuando podía haber estado lejos durante mucho tiempo. Le dije que lo mejor que podía hacer era contestarle a eso en persona, no quería hablar de nada más por teléfono.

El resto del día fue bastante simple. No tuve que hacer nada más que papeleo y lo agradecí. Mi cabeza tenía que centrarse en cosas mecánicas, olvidarse de pensar salvo en las soluciones o qué escribir en esos papeles, puede que también en la lectura, pero lo que menos debía hacer era pensar en todo lo que había tenido que apartar de mi mente, lo que estaba obligada a dejar a un lado para seguir, para continuar, para no estancarme pensando miles de respuestas a miles de preguntas aunque la única que realmente quería comprender era “¿por qué a mí?”.

Siempre que me habían hablado sobre mis vivencias en el colegio y en el instituto habían terminado zanjando el caso de una forma muy práctica: nada de lo que te pasó en ese momento podrá volver a pasarte, porque no eres la misma, no eres esa niña asustada que no puede decir nada, que no sabe defenderse. La ironía estaba clara. Efectivamente no iba a pasar lo mismo, pero el adulto sabe formas más crueles de destrozar a otro adulto dado que técnicamente son igual de “maduros”. El tipo de venganzas que planificábamos siendo adultos, no tenía nada que ver con las niñerías, aunque crueles, que se hacían en la infancia. No obstante, ambas, sin que lo supiésemos, estaban planteadas para destruirnos el poco o mucho autoestima que hubiésemos logrado almacenar y fomentar durante años.

Recordaba en muchas ocasiones lo que me había dicho una enfermera acerca del estrés y las emociones fuertes y cómo se podía contrarrestar con la respiración. El cuerpo era algo similar a una cuenta corriente, ahí donde iban todos tus ahorros. Si te pasabas la vida sin respirar bien, de manera adecuada para ganar todas esas sustancias beneficiosas que nos daba el organismo con esa respiración, no ahorrábamos nada y siempre que venía el “arrechucho” o, mejor dicho, el momento de crisis existencial, no teníamos nada con lo que hacerlo frente porque estábamos en números rojos, mientras que si dedicábamos un tiempo todos los días a la respiración abdominal, lograríamos que esos momentos fuesen más llevaderos dado que tendríamos ahorros en nuestra cuenta corriente, un pequeño colchón para todos los males que podíamos llegar a pasar. No era milagroso, era cierto, pero si la hubiese hecho caso seguramente no sentiría que cualquier pequeña cosa podía conmigo, aunque, bien visto, no pensaba que las vivencias que estaba teniendo en esos momentos fuesen algo común en la vida de todos.

Me fui a mi piso en cuanto me dio la hora. Me di una ducha focalizándome sobre todo en el cuello donde un dolor estaba volviéndose insoportable. Después, me vestí lo más mona que pude sin sentirme violenta y acudí al hotel donde estaba trabajando. Según me había dicho entre unas cosas y otras se pasaba allí la mayor parte del tiempo y cuando me abrió la puerta de su habitación pude comprobarlo por mí misma dado que todo estaba lleno de un montón de papeles, carpetas, fotografías que seguramente yo no debería mirar, por lo que no les presté demasiada atención para evitar que tuviese que decirme algo evidente.

— Veo que el caso te tiene completamente absorto.

— En realidad… los casos.

Alcé mis cejas sorprendida porque estuviese de lleno metida en más de uno lo que significaba que para desconectar del primero, iba al segundo y así sucesivamente. Tampoco hacía nada que no se hiciese en otra profesión dado que siempre nos pedían estar a ochocientas cosas a la vez, nunca centrábamos todas nuestras energías en un único proyecto. En diversificar estaba la clave, pero no sabía yo si tenía todas conmigo en ese aspecto. Estaba bien desconectar, cambiar de tarea, pero centrar las energías en varias situaciones distintas podía provocar diversos problemas a la hora de tener que cambiar el chip, recordar… No obstante, vivíamos en un mundo en que había que pedir lo máximo posible a nuestro cerebro y si no rendíamos un doscientos por ciento mínimo, éramos inservibles.

Justo en ese instante observé algunos de esos papeles leyendo un nombre de pasada. Fijé un poco más de tiempo mi mirada en ese folio y alcé mis ojos para encontrarme con los de Heinrich. El azul de su mirada no estaba sorprendido, parecía pedirme perdón, aunque ya me había dicho para qué los quería.

— ¿Estás con el caso Douglas?

— Hay mucho que intentar resolver en él, Kyra. Muchísimo y el principal objetivo es evitar que algo peor suceda.

Sabía lo que significaba ese peor: mi muerte, la que había sido capaz de descartar gracias a lo que había pensado con la ayuda de Derek, pero que ahora, macabra y oscura había vuelto a ser una de las cartas sobre la mesa.