2018 / Sep / 12

Había llegado un e-mail nuevo a mi correo. Era de Cecille. En su interior podía ver un anuncio sobre una jornada que habría para intentar unificar los intereses de los distintos barrios de Moscú. Miré todas las actividades y una de ellas se llamaba “versos inclusivos”. Debía reconocer algo, la poesía me tocaba las narices a dos manos generalmente, parecía que era la única forma de expresarse artísticamente, me daba a entender que la manera en la que yo escribía no valía para nada y siendo realista debía aceptar que yo misma había adorado la poesía, me gustaba su musicalidad, su belleza y su forma de llegar a entretejer ideas de modo que si no tenías la mente abierta podías llegar a no entender absolutamente nada.

El estudio de la literatura en cuanto a la poesía se trataba siempre iba de la mano de romperse la cabeza hasta poder entender dónde estaban todas y cada una de las figuras retóricas o literarias. Quien no reconociese que al principio todo le parecían metáforas tenía un cerebro privilegiado para las letras. Porque había en ocasiones que se veían metáforas donde no eran metáforas e, incluso, donde no había absolutamente ninguna otra figura. El cuidado de la métrica, la belleza del vocabulario, la rima… siempre me había resultado complicado, básicamente porque había que tener muchas más normas en la cabeza que las ya establecidas por el idioma y aceptar, además, que no te chirriasen las licencias poéticas que podías tomarte para las rimas, que cuadre la métrica, número de sílabas, etc. No obstante, y por mucho que lo apreciaba y me asombraba la valentía de muchos poetas o aprendices de poetas contemporáneos, los saltos a la ligera de normas, la aceptación sin precedentes de un verso libre para justificar todas las teóricamente incorrecciones, lograba ponerme los pelos de punta. Yo, no podía hacer eso. De hecho, dudaba que en algún momento de mi vida aceptase mis errores garrafales y lo presentase a algún lugar donde pudiese verlo todo el mundo. La angustia ni tan siquiera me permitiría respirar.

Admiraba la poesía, desde luego, pero no me atrevía a intentarla desde que hube dejado los estudios del instituto. Podía ser, seguramente, porque en mi cabeza estaba el grandísimo Bécquer susurrándome la belleza de sus rimas que con tanta devoción había leído y me había aprendido. Algunas más largas, desde luego, pero otras con tan solo dos estrofas que conmovían el corazón y hacían pensar sobre los momentos previos a ese instante descrito y el futuro que esperaría a los personajes presentados en un simple él y ella.

Aún me sabía de memoria la rima que tanto me había cautivado el alma una vez que supe su significado gracias a las enseñanzas de mi abuela materna.

Asomaba a sus ojos una lágrima 
y a mi labio una frase de perdón; 
habló el orgullo y se enjugó su llanto, 
y la frase en mis labios expiró. 

Yo voy por un camino; ella, por otro; 
pero, al pensar en nuestro mutuo amor, 
yo digo aún: ¿Por qué callé aquel día? 
Y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?

La inspiración aparecía sola leyendo obras como esa. El único problema era que la mayoría de las concentraciones que me encontraba en mi reducido espacio era únicamente para poemas. Versos inclusivos, concursos poéticos… sí, admiraba su belleza y musicalidad, las experiencias emocionales que hacían sentir, pero… ¿estaba completamente ajena a poder enfrentarme al mundo de las letras porque no era la poesía mi elección? ¿Por qué siempre escogía aquello que no parecía ser tan apreciado por mi alrededor?

La escritura debía ser una afición y buscarme un trabajo de verdad.

La poesía parecía ser lo único mínimamente romántico, aceptable, bello…

¿Por qué? ¿Por qué debía ser así? ¿Por qué siempre había tenido que escuchar ese tipo de expresiones que habían menguado gravemente mis deseos por dedicarme a algo de manera mínima? ¿Por qué era más valioso otro trabajo que la escritura? ¿Por qué el alma de un escritor debía estar consagrada a vivir amontonado bajo papeles administrativos si no era su trabajo ideal? Sí, bien era cierto que era difícil poder dedicarse a ello exclusivamente, pero desde luego, si no se tenía ni la más escasa ilusión o la apagaban con facilidad, una persona insegura como yo terminaría abandonando sus pasiones que retomaría en secreto y sin tener el valor suficiente para mostrárselas a nadie.

No acusaba específicamente a mis padres, dado que no podía exigirles que no quisiesen lo mejor para mí y evidentemente, lo mejor para mí debía ser un trabajo estable con su oposición aprobada, su sueldo fijo y, preferiblemente, que éste fuese una buena cantidad que no me tuviese haciendo más cuentas que un contable para llegar a final de mes. Podía comprender eso, no obstante, la ilusión había ido muriendo poco a poco en mí y haciéndome creer que no era nada más que un alma extraña, de un universo diferente, que había aparecido en el lugar menos indicado para expresar sus necesidad y emociones.

Sin embargo, ¿para qué mentir? Una parte de mí, esa irracional, infantil y cabezona, seguía con el brazo extendido señalando a mis padres como los únicos culpables de mis fracasos, de la índole que fuesen, dado que era más sencillo acusar a otro que aceptar los errores propios. Por mucho que mis padres quisiesen que estudiase esto o lo otro, finalmente la decisión recaía en mí. Debía ser yo quien luchase por sus deseos y las luchas no habían sido lo mío cuando me creía en soledad, debatiéndome contra el mundo entero y sin tener el beneplácito de mis padres o de cualquier persona olvidándome por completo que era mi vida, mis valores, mis deseos, mis errores, mis problemas y mi porvenir aquel que estaba dejando que fuese decidido por los demás para recibir esa aprobación que primero tenía que salir de mi propio interior.

Decidida a intentar hacer algo, escribí un correo a Cecille para preguntarle si existía la más mínima posibilidad de leer algo de mi propia cosecha que no estuviese escrito en verso, sino en prosa. Cecille me animó a hacerlo y sí, tenía una fecha límite para escribir un pequeño texto y atreverme a hacer una exposición oral delante de personas que no me conocían y no tenían porqué ser benevolentes conmigo. Nuevamente me enfrentaba a ese mundo doloroso en que podrían juzgarme cientos de ojos sin pensar en cómo aquello podía sentarme aunque ahí entrábamos en otro problema diferente, un problema distinto que formaba parte de mi caótica formación de carácter previa.

2018 / Sep / 11

Paró lo suficiente para que mi interior se acostumbrase a su invasión. Mis manos se aferraron a sus hombros y mientras me miraba a los ojos empezó a embestir con rapidez. Una y otra vez entrando en mi interior con la potencia de unas caderas necesitadas de liberación. Mis uñas se clavaron en sus hombros y grité cerrando mis ojos, pero en cuanto los cerré paró.

— No dejes de mirarme… —ordenó sin volver a moverse hasta que hube abierto los ojos.

En esta ocasión el movimiento fue algo más duro que antes, pero menos rápido. Seco, intenso, como si me estuviese castigando por haber cerrado los ojos y a duras penas si podía mantenerlos abiertos, se me cerraban solos por la intensidad del golpe de sus caderas más su reacción en mi interior.

Intentaba dominarme, pero de una forma infinitamente placentera por lo que me dejé hacer. No obstante, mis ojos me traicionaron y volvieron a cerrarse provocando que nuevamente parase su vaivén. Me estaba volviendo loca.

— Intenta que no se te cierren los ojos…

Asentí intentando aguantarlo, pero finalmente ambos lo dimos por imposible debido a la dureza y la necesidad de llegar al orgasmo de una vez. Arañé su espalda, arqueé mi espalda y grité su nombre sin importarme quién pudiese oírnos.

Derek no tardó demasiado en correrse también. Pude sentir cómo bañaba mi interior con la muestra de su placer y nos quedamos así, él acurrucado en mi pecho, sobre mí y yo abrazándole de manera posesiva como si el mundo fuese a arrebatármelo en cualquier momento. Sus dedos acariciaban mis costados y mi interior pedía a gritos que no se moviese, que se quedase así, en mi interior.

Tardó un tiempo en volver a levantarse saliendo de mi interior. Se había pasado todos esos minutos dejando muchos besos por todo mi rostro, igual que si me estuviese dando las gracias por lo que acababa de ocurrir o porque definitivamente estaba tan loco por mí como decía que lo estaba.

— Debo irme a trabajar… cierta señorita ha interrumpido mi concentración, aunque creo que ahora tengo mucho más claro qué es lo que quiero plasmar en el lienzo.

— Dos no hacen cosas si uno no quiere… —le miré con una amplia sonrisa en mis labios y él se rió antes de darme un cachete en el trasero cuando me giré para volver a acurrucarme en la cama—. Me dejarás rojo el trasero de tanto pegarle —volví a bromear dado que él le daba cachetes, sí, pero muy de vez en cuando.

Derek se inclinó sobre mí y apoyó su boca contra mi oreja provocando mis cosquillas.

— Señorita Mijáilova, créame cuando le digo que si en algún momento desease dejar ese trasero rojo, lo haría y sería para su disfrute.

Reí un poco y él se levantó para irse justo en el momento que recordé las veces en que me habían dicho algo con ese lenguaje tan encendido. Gerault, Douglas, William… todos aparecieron en mi mente provocándome un gran escalofrío. Me preguntaba qué había sido de las vidas de los que estaban vivos, pero quizá hubiese sido mejor no saberlo. Ellos debían continuarlas y yo también.

La mayoría de las personas que formaban parte de mi pasado habían desaparecido prácticamente de mi existencia. No había llamadas, no había mensajes… seguramente porque le había pedido a Derek que los bloquease a todos, pero en su lugar, me había escondido el teléfono donde tenía sus contactos y me había dejado aquel que había comprado donde no tenía más números que aquellos de las personas importantes. Solamente me había permitido rescatar un número de teléfono, el de Bruce.

Me quedé un rato más en la cama hasta que terminé aburriéndome de mirar las musarañas. Sin tan siquiera vestirme, cogí un cuaderno y empecé a escribir ideas, pensamientos, razonamientos, intuiciones, descubrimientos o redescubrimientos de algo que ya sabía. Valoré emociones, intenté releer momentos, rememorarlos de la forma correcta y descubrir que en muchas ocasiones no había visto las señales o no había sabido verlas.

Me vino Damian a la cabeza. Principalmente él. Analicé las veces que había huido y había deseado que él fuese detrás, pero sin la seguridad de que una persona terminase regresando a sus brazos, terminase aceptando antes o después que no debía irse de su lado, cualquiera acabaría cansado de ir detrás, de correr, de huir, de luchar por algo que la otra parte parecía no querer.

Me sentía mal, infinitamente mal y aunque le había contado la historia a Derek, él no podía verlo nada más que de la perspectiva que lo había visto yo durante todo ese tiempo. ¿Y si Damian me amó de verdad? ¿Y si destrocé sus sentimientos únicamente porque no supe entender lo que me estaba diciendo sino que leí lo que más dañino me pareció? No podía darles toda la culpa ni a él ni a todas las personas que habían estado en mi vida y habían tenido que ver cómo luchaba por huir o cómo les obligaba a marcharse.

Tenía miedo de hacer lo mismo con Derek, de obligarle a salir corriendo, de sucumbir a la tentación malsana de seguir provocándome dolor, como una droga, siendo consciente de que no era lo que necesitaba, pero buscándolo como si mi vida dependiese de ello.

El bolígrafo corría rápidamente dejando su tinta sobre el papel del cuaderno. Quizá la felicidad me permitiese ver otras perspectivas que antes no había podido analizar, o puede que fuese ese paso, esa ruptura con la Kyra huidiza, temerosa, culpable, la Kyra niña que no sabía cómo hacerse oír en ninguna parte. La verdad era simple. El cerebro humano funciona con lo que le alimentes y durante demasiado tiempo le había estado dando tan solo negatividad, dolor y se había hecho su comida fundamental, la demanda que siempre me hacía, la súplica por regresar a los estados que conocía como mi zona de confort; pero ahora, había empezado a descubrir que no dependía de los demás, de la fuerza que me diesen, que tan solo dependía de mí misma para seguir, para avanzar, para trepar, para saltar, para alcanzar las metas que me pusiese. Y si lograba compensar el deseo negativo, con aquella nueva forma de alimentar a mi propio cerebro, quizá éste aprendiese a ver que el mundo no era su enemigo.

2018 / Sep / 11

El chocolate era líquido, pero estaba fresco, no caliente. Mi piel lo recibía con gusto disfrutando también del intenso sabor de la fresa que había empapado mis labios y dejado que una gota de su jugo quedase bailando en el límite entre ambos mientras masticaba. Derek no había perdido detalle de mis labios y atrapó esa gota antes de que se perdiese en el interior de mi boca. Su lengua barrió cada milímetro de mis labios terminando por separarse para quitarse la ropa.

— Creo que tenías razón y necesitaba recordarlo…

Solté una pequeña risa y bajó hasta mis caderas para deshacerse de la última prenda de ropa. Observé mis senos llenos de chocolate y cómo éste seguía escurriendo por mi cuerpo para terminar, seguro, manchando las sábanas; sin embargo, algo me decía que eso era lo que menos le importaba a Derek en ese momento.

Abrió mis piernas y se situó entre ellas antes de comenzar a recoger con su lengua cada minúscula porción de chocolate en mis senos, rozando mis muslos con sus manos en el proceso para obligarse a no tocar, a hacerlo exclusivamente con la boca y sentí que me perdía en la misma gloria. Mis manos se agarraron a las sábanas y me arqueé sin importarme cómo terminase de manchado todo aquello.

Terminó de limpiar uno de mis senos y atrapó mi pezón chupando con fuerza antes de dejarle para atender a mi otro seno. El proceso fue parecido e igual de placentero antes de sentir que el chocolate volvía a recorrer mi cuerpo bajando por mi vientre hasta donde quiso y mis piernas también recibieron un pequeño baño dejando varios caminos de chocolate que recorrer.

Derek se dio a la tarea con avidez, pero endemoniadamente lento y concienzudo para no dejar ni una minúscula gota sin lamer. Iba ascendiendo desde mi rodilla por la cara interna de mis muslos y llegó a mi ingle terminando por acariciar mis labios vaginales con los suyos propios antes de volver a ascender a mi vientre y bajar muy despacio hasta dejarme completamente limpia del chocolate, pero pegajosa.

Pensé que había terminado y atacó mi sexo aún más hambriento que con el chocolate logrando que cerrase mis ojos con tanta fuerza deseando que aquello no parase jamás. Su lengua me recorría con la rapidez de una gacela, pero era cuidadoso en las partes donde debía serlo y torturaba aquellas que querían más atención, incluyendo la penetración.

Mis manos dejaron las sábanas y se agarraron a sus cabellos mientras me perdía en el nirvana. Aquella era la verdadera sensación de la delicia, cuando un hombre no poseía solamente tu cuerpo, sino que dominaba tu alma arrancándote la dulzura e inocencia para regalarte el manto de la unión sagrada.

Grité al techo y tiré de sus cabellos antes de correrme contra sus labios que atraparon mi orgasmo sin desperdiciar absolutamente ni un solo fluido. Estuvo un rato más entre mis piernas mientras yo recuperaba el aliento con el labio inferior mordido. Le quité de entre mis piernas con la mayor suavidad que pude y besé su boca hasta que nuestros besos se volvieron inconexos.

Nos giré y me senté sobre su abdomen dejándole a él contra la cama. Le quité las gafas que para ese momento estaban pringadas y completamente empañadas. Dejé que sus manos se aferrasen a mis nalgas y les diesen un apretón antes de que me inclinase hacia delante para atrapar una fresa y mojarla en chocolate muy despacio, sin importarme que el chocolate fuese cayendo en su pecho elevándome lo suficiente para que siguiese recorriendo sus abdominales bajo mi cuerpo.

Rió y le di la fresa que acogió entre sus labios masticándola despacio, dejándome que le diese toda la fruta antes de dar una pequeña mordida a uno de mis dedos.

— ¡Oye! —reí con diversión inclinándome sobre él sin poder evitar que mis pechos se volviesen a manchar de chocolate.

Atrapé su boca en un apasionado beso y descendí con mis labios dejando pequeños besos hasta que el chocolate empezó a hacer su acto de aparición. Lamí muy lentamente para torturarle lo mismo que él me había torturado a mí. Sus ojos estaban fijos en mis movimientos y el sonrojo era inevitable a esas alturas.

Pude sentir bajo mi lengua la manera en que su piel respondía, o bien por la temperatura del chocolate, o bien por el contraste con mi boca. Poco a poco se iba volviendo de gallina, sacando esos pequeños bultitos y como su escaso vello corporal se ponía de punta.

A medida que descendía la pesadez de su respiración era más pesada, sus ojos se cerraban en ocasiones sin permitirme ver cómo se iba tiñendo su iris de un tono más oscuro y de su boca empezaban a escapar jadeos que dieron paso a gruñidos en cuanto mis senos hicieron su primer contacto con su pene.

Bien. Había leído esto. En una ocasión, mientras me dedicaba a escribir, había pensado cómo una mujer podía satisfacer oralmente a un hombre sin que él llevase el control y dejándolas casi como muñecas inflables o un agujero al que follar más. Aseguraban que el sexo oral ejercido por la mujer también podía ser placentero para ellas y no solamente para los hombres. El quiz de la cuestión estaba en tener el control. Todo se trataba del control.

Rememoré lo mejor que pude y empecé a realizar las primeras acciones. Pasé mi lengua desde la base del miembro hasta el glande, pero no lo toqué en ningún momento. Repartí besos por la longitud de su erección antes de terminar realizando lo mismo que antes en un costado del tronco de su miembro. Repetí el proceso hasta pasar mi lengua por el otro lado de su miembro concentrándome en los ruidos que le hacía producir.

Finalmente, no demoré más su placer sabiendo que el glande era la zona más sensible y deslicé mi lengua desde la base una vez más hasta que mis labios envolvieron la cabeza chupando ligeramente como si fuese un chupa-chups.

Derek se arqueó de gusto y suspiró mi nombre. Sonreí sintiéndome poderosa, teniendo domado a semejante hombre tan solo por lo que hacía en su virilidad. Saqué su pene de mi boca y chupé nuevamente el tronco, lamiéndolo casi todo para ayudarme con la mano porque dudaba que fuese capaz de tener ese trozo de carne hasta mi garganta.

Le masturbé despacio, muy lentamente, arriba y abajo, viendo como su glande se perdía bajo la piel y volvía a escapar liberándose y dejándome regalarle algún que otro juego con mi lengua, intentando emular lo que él hacía en mi clítoris, recorriéndolo por completo y dando pequeños golpecitos con la punta. A ratos, jugaba con el agujero por donde escaparía el esperma y Derek perdía por completo el control agarrando mi cabello, pero sin obligarme a trabajar su erección entera.

— Basta… Kyra, por favor, para o me correré.

Le saqué de mi boca mirándole sin comprender y me tumbó en la cama antes de perderse en mi interior penetrándome con fuerza provocando un chillido que escapase de mi garganta. Aquello… aquello sería salvaje.

 

2018 / Sep / 11

La cursilería parecía el plato que comíamos Derek y yo. Cada uno intentaba, después de relaciones tormentosas, hacer lo posible por aceptar que el otro le ama, que realmente era así.

Aquel fin de semana no quería salir. Me había quedado acurrucada bajo las sábanas y él se había ido a su estudio. Nos pasábamos hablando gran parte del tiempo que compartíamos juntos, pero ambos teníamos que decidir qué ser, juntos y separados. No podíamos necesitarnos al otro como respirar, aunque se hacía bastante complicado que no fuese así.

Me levanté de la cama con el pelo hecho un cuadro. Me miré en el espejo maldiciendo el momento en que me lo había teñido, pero me hacía gracia que siempre que se revolvía parecía Goku de super-saiyan. Bola de dragón había sido la serie de televisión que más habíamos visto de pequeños, en parte porque era lo único que ponían más o menos decente y en parte, porque mi hermano estaba enganchadísimo a la trama.

Me peiné con facilidad y fui despacio hasta el estudio donde estaba Derek trabajando. Tenía una nueva obra en ese momento sobre el caballete. Me acerqué de puntillas en un intento por observarla aunque sabía que él no me lo impediría salvo que creyese que era una calamidad, bueno, algo que le pasaba bastante a menudo.

La música ambientaba el momento. Siempre trabajaba acompañado de ella y le entendía, a mí también me ayudaba a concentrarme y gracias a los acordes más graves no se escuchó el crujir de la madera bajo mi peso. Miré sobre su hombro y observé la obra que tenía en ese momento a medio hacer. Dos amantes, semidesnudos, luchando contra las ropas y besándose como si no hubiese un mañana. Era increíble el movimiento que se intuía, la pasión, la necesidad del otro y solamente cuando vi un pequeño detalle supe que se trataba de ambos.

— Tiene pinta de ser realmente delicioso… —susurré en su oído.

Se estremeció de pies a cabeza y sonrió ampliamente antes de atrapar mis manos que habían ido a viajar a su pecho. Las tomó entre las suyas dejando un beso en cada una.

— Según recuerdo… lo es.

Si echaba la vista atrás, era cierto. Parecía que nuestros deseos instintivos se habían ido frenando con el paso del tiempo. Puede incluso que la vergüenza o el amor nos hiciesen actuar de otra forma, pero en realidad, mi verdadero temor era diferente. ¿Sería demasiado casquivana para él? Sabía que me habían drogado y que habían abusado de mí en un momento de debilidad, que había yacido con su peor enemigo y que no era una experta en ningún tipo de arte de esas características. Nunca había querido preguntarle porqué era ahora tan permisivo conmigo. Seguramente porque me aterraba la idea de volverme a sentir rechazada de alguna forma y aunque nuestros labios se habían vuelto a unir, yacer era algo muy diferente.

— Quizá debas practicarlo para recordarlo mejor —di un sonoro beso a su mejilla y me separé de él antes de empezar a canturrear y a bailar al ritmo de la música intentando levantar esa moral que siempre era arrastrada al fango por mi poderosa enemiga.

Di vueltas alrededor de mí misma mientras soltaba algunas de las frases que pronunciaban en español, algo que provocó la risa de Derek y eso propició que me acercase con cara de pocos amigos hasta darle un mordisco en la mejilla muy suave, antes de salir corriendo por el piso. ¡Ahora sí que extrañaba el piso que él tenía en Los Ángeles! Allí había mucho lugar donde correr.

Ni tan siquiera sé cómo lo hizo porque pocos segundos de escuchar la butaca caer al suelo sus brazos estaban rodeando mi cintura y levantándome del suelo.

— ¡Derek, no!

Sin embargo, las risas eran inevitables entre ambos. Sus dientes atraparon el lóbulo de mi oreja y comenzó a mordisquear mi cuello de una forma que causaba de todo menos dolor. Ese intenso hormigueo que nacía en mi cuello se deslizaba por toda mi anatomía hasta situarse justo entre mis piernas y no sabía cómo se podían conseguir esas emociones sin buscarlas en realidad.

Reí por las cosquillas que me hacía su ligera barba, pero entre risas se me terminó escapando un gemido que provocó que me sonrojase hasta las orejas. Derek solamente paró dos segundos, lo suficiente como para dejarme en el suelo y después regresó a la carga, no obstante, sus manos ahora empezaron a tomar también partido. Podía sentirle recorriendo mis curvas sobre la tela del camisón y cómo todo mi ser se iba volviendo gelatina entre sus brazos. Eché mi cabeza hacia atrás y agarré su cabello sin girarme antes de sentir que sus manos agarraban el escote de mi camisón. El rasgar de la tela podía ser erótico, ahora lo descubría. No había sentido vergüenza, solamente deseaba perder la tela que tenía mi cuerpo encima y deshacerme de la suya propia.

Sus manos atraparon mis senos y cerré mis ojos soltando un gemido hacia el cielo. Él apretó su erección contra mis nalgas aún cubiertas por la tela que había quedado como una sudadera abierta gracias a los minúsculos tirantes. ¿Qué tenía Derek de diferente? Tantas cosas… Sobre todo aquella pasión. Arrancarme la ropa hubiese sido impensable y para él era necesario, como si leyese mi propia mente suplicándole que lo hiciese aunque supiese que estaba mal, o que me costaría encontrar algún otro camisón que me gustase.

Christina Aguilera había empezado a cantar en español El beso del final y aquello solamente incendiaba más la temperatura. Sus dedos tiraron suavemente de mis pezones y terminaron dejándolos descansar de su tacto, suplicando estos últimos por más, para deshacerse de la molesta tela rasgada.

Me dio la vuelta y besó mis labios con el deseo de un animal hambriento por su presa y desde luego que lo estaba, como yo de él. Nuestras lenguas se encontraron antes de que me cogiese por los muslos llevándome hasta la cama poco antes había abandonado.

— No te muevas… —susurró sobre mis labios y salió lo suficiente para llegar con chocolate fundido y fresas. ¿Desde cuando tenía eso preparado?

— ¿Esperabas este momento?

— Ni te imaginas cuánto… —y me entregó una fresa bañada en chocolate que mordí mientras el chocolate empezó a bañar mis pechos haciéndome jadear. Esto prometía.

2018 / Sep / 10

Todos los escritos que tenía, todo lo que había creado o inventado durante el paso del tiempo había permanecido escondido dentro de documentos que había mantenido alejados de mi día a día en ese blog y también en un pendrive donde estaban guardados en carpetas. Durante demasiado tiempo a lo largo de mi vida había escrito, me había permitido soñar, pero nadie, absolutamente nadie, había leído las historias que yo había guardado con tanto ahínco. Habían de todo tipo: medievales, asesinatos, relatos cortos, intentos de poemas, romance, vampiros… todo lo que se le había ocurrido a mi cabeza a lo largo de los años.

Derek acarició mi cabello corto con suavidad y apoyó su mentón en mi hombro dado que estaba sentado detrás de mí. Le había mostrado uno de mis secretos. Él parecía maravillado y lo único que hacía era preguntar de vez en cuando de qué iba cada historia. Mis ideas parecían fascinarle y dejaba algún que otro beso en mi mejilla.

— ¿Por qué no lo intentas?

— ¿A qué te refieres?

— Intenta ser escritora si siempre ha sido tu deseo. Puedes ayudar igual y regresar a tu profesión cuando vuelvas a tener fuerzas, cuando puedas seguir adelante si es que también es tu deseo. Una cosa no es incompatible con la otra.

Recordé en ese momento las palabras de Cecille. Ella me había dicho exactamente lo mismo. Había intentado fomentar mi vena artística, había buscado maneras de que sacase partido a todo ese potencial. Sin embargo, me había costado llevar situaciones propias, dar el paso que siempre había querido dar.

— ¿Puedo confesarte algo?

— Claro —susurró dejando un beso en mi hombro.

Esos besos que de vez en cuando me regalaban, él no tenía ni la menor sospecha del bien que me hacían. Era exactamente igual que recibir un nuevo chute de energía mientras calmaba la súplica constante de mi ser por cariño, atenciones y cuidados.

— Siempre he querido escribir mi historia. Todo lo que he pasado durante mi adolescencia, la forma en la que me he sentido todo el tiempo, los avances, el descubrimiento de no ser tan anormal como pensaba que era, la manera en la que poco a poco he ido aprendiendo sobre la psicología, sobre mi propia forma de sentir, de ser, de ver el mundo y ampliando mis horizontes —mordí mi labio inferior casi esperando que en cualquier momento soltase una sonora carcajada que me dejase con aún más baja autoestima. Estaba acostumbrada a que mis ideas no recibiesen ni un mínimo de emoción.

— ¡Eso es fantástico!

Su entusiasmo resultaba casi contagioso. Miré sus ojos sorprendida por la manera en la que lo había dicho. ¿Cómo era posible que alguien se alegrase por una idea mía de esa forma? ¿Tenían sentido entonces mis propios pensamientos? Estaba claro que no todas las personas respondían a todo de la misma forma que en mi familia, donde las emociones cada uno se las guardaba o las tenía exclusivamente para lo que le interesaba a sí mismos y no a los demás.

Notaba una sensación extraña, diferente. Solamente Cecille y más tarde mi psicóloga en el centro habían escuchado mis ideas. De hecho, durante la mayor parte de mi vida las había tenido y no habían sido nada más que un peso para mí, dado que cuando se las había contado a mi madre o a mi padre, todo se había quedado en nada; salvo si se trataba de lo estudios algo que entusiasmaba a mi padre. Parecía que la única opción en esta vida era ir a la universidad, estudiar, estudiar, estudiar y finalmente trabajar. Siempre me había preguntado dónde entraban los trabajos más artísticos y sí, efectivamente, ellos tenían su propia carrera de especialización en diferentes cosas, pero… ¿y la escritura? Lo único que se me ocurría eran las filologías, literatura, estudiar filosofía quizá en algunos aspectos podría ayudar, pero no había nada específico para encender la imaginación de los escritores nóveles que soñaban con plasmar sus ideas. Solía ir después de haber estudiado una carrera entera, un máster, ese tipo de cosas.

Ahora no quería tener que estudiar. Adoraba aprender, pero no quería solamente leer, quería expresar, lo que no había podido hacer, encontrar mi voz dentro de un mundo con tantas voces diferentes y no dejar de lado la posibilidad de lograr mi objetivo: liberarme. La escritura era la forma de plasmar todos esos pensamientos que no se podían decir a viva voz, de vivir historias, de hacer que quien las fuese a leer vibrase con uno mismo. Yo misma, como lectora, había amado y odiado personajes, había suplicado por finales justos y había sido recompensada en algunas ocasiones y en otras, mi propia imaginación me había regalado lo que hubiese deseado leer.

— ¿Estás hablando en serio? ¿No estás bromeando?

Derek me miró fijamente y acarició mi mejilla de esa forma única, tan especial que solamente él tenía. Provocó una pequeña sonrisa queriendo escapar de mi interior y cuando volví a observar su mirada algo en mí se liberó por completo, igual que en esa charla en la universidad. Me miraban con asombro, admiración y entusiasmo. Siempre había deseado recibir la misma emoción que yo tenía bullendo en mi interior.

Puse mi frente contra la suya y escuché cómo él decía miles de veces que no estaba bromeando mientras las lágrimas se deslizaban por mis mejillas.

— Perdóname… estoy algo sensible supongo —comenté antes de que él pudiese preguntarme qué era lo que me pasaba o porqué lloraba.

— ¿Existe algún motivo? —su tono era adorable. Demostraba lo mucho que se preocupaba por mí y ¿qué podía hacer salvo apretarme a él mientras mi corazón se derretía?

— Tú, Derek. Tú eres el motivo por el que estoy así.

— ¿Yo? —su expresión cambió a la preocupación y el temor por hacerme algo malo sin pretenderlo.

— Sí, tú. Por amarme de esta forma que no creí que podría despertar en nadie. Por emocionarte con lo que me apasiona y por siempre intentar impulsarme para seguir adelante durante todo este tiempo —di un suave y fugaz beso a sus labios antes de sentir como sus labios se curvaban en una sonrisa contra los míos.

— Te equivocas. Eres tú la única responsable de todo eso…

2018 / Sep / 10

Creo que existe un momento en la vida que todos en que nos preguntamos: ¿quién soy? Siempre había intentado responder esa pregunta con lo que sabía sobre mí misma. La innumerable lista de atributos negativos llegaba hasta Lima. No había ninguno positivo. También pensaba en: ¿quién quiero ser? La lista de atributos era casi tan larga como la anterior, todos ellos incluían una perfección a un nivel obsesivo, pero jamás me había parado en qué significaría para mí ser esa mujer tan obsesivamente perfecta. Nunca había valorado lo que podía provocar en mí y en mi felicidad. ¿Lograría ser esa perfecta insuperable en algún momento de mi vida? Lo dudaba. Jamás habría suficiente. Al fin y al cabo, mi sentimiento de perfeccionismo era parecido al de Derek: nada parecía ser adecuado, correcto, llegar al nivel, incluso cuando habíamos sobrepasado nuestras propias expectativas iniciales. Yo misma había sido inmensamente feliz en una sola ocasión, cuando en vez de sacar un diez saqué un trece con setenta y cinco debido a que lo había hecho todo perfecto. Sí, pero solo hasta el instante que una compañera dijo que había sacado un catorce porque no le habían rebajado esas veinticinco centésimas por un pequeño fallo, como a mí. Mi gozo en un pozo. Lo único que fui capaz de ver desde entonces fueron esas veinticinco centésimas menos.

No me gustaba ser esa Kyra. No disfrutaba siendo una mujer que se pasaba la vida queriendo ser perfecta en tantos sentidos que se amargaba antes de tiempo. Quería… descubrir cosas nuevas. Nunca había probado colores estridentes en la ropa, jamás me había atrevido a hacerme un cambio radical de pelo estando en un momento álgido de mi vida y no buscando alguna razón para sentirme mejor. Quería una nueva imagen de mí, distinta, pero porque me sentía distinta, me sentía bien, me sentía a gusto conmigo misma. ¡Eso era lo que quería reflejar!

La Kyra que me devolvía la mirada en el espejo de la peluquería no se parecía en nada a la apocada que había perdido la capacidad del habla. El cabello rubio, el corte pixie… era una gran locura y aunque me resultase al principio artificial, sabía que me terminaría acostumbrando a ello.

Mi peluquero desde que era niña había logrado entrar en mi vida como algo más que un peluquero de confianza. Era un amigo. Un verdadero amigo. Cuando hablaba con él me daba cuenta que quizá mi problema no era que fuese diferente, sino que no había sabido relacionarme con las personas correctas.

Era una friki de manual y ¡adoraba serlo! Es más, no lo veía como algo malo. Podíamos hablar durante horas de eventos en las películas, los videojuegos… llegaron a destriparme Black Panther, aunque no me importó demasiado dado que Marvel no era a lo que estaba acostumbrada.

Salí de la peluquería con una sonrisa, dispuesta a comerme el mundo y a reírme un poco del rubio pollo que me había quedado en la cabeza. Pronto lograría tener el color que tanto deseaba. Siempre había soluciones y Derek me veía guapa hasta con el pelo de ese color al que yo había calificado como “mi propio amanecer”.

— ¿Qué has pensado hacer finalmente? ¿Regresarás al trabajo? —preguntó esa misma tarde mientras volvía a trastear en internet para encontrar una serie nueva. Estaba tan absorta en los títulos que había tenido que repetirme la pregunta un par de veces.

—La verdad es que no. No creo que sea mi vocación.

— Por mucho que adore valorar lo inteligente que eres y lo mucho que me gusta escuchar sus teorías sobre la psicología y el hombre, creo que tienes toda la razón, no es tu vocación.

Me incorporé antes de mirarle con el ceño ligeramente fruncido. ¿Él había podido darse cuenta de otra cosa?

— ¿Y cuál crees tú que es mi vocación? —pregunté con una pequeña risa queriendo escapar de mis labios imaginándome que me diría cualquier cosa, alguna broma.

— Clarísimamente es lo que mejor se te da y más escondes. Sé que te gusta ayudar a los demás, pero de esa forma también puedes hacerlo —se levantó de donde estaba caminando hacia su estudio del que sacó un cuaderno forrado en negro que reconocí enseguida—. No me regañes porque no es tu diario ni nada parecido. Es tu historia. He leído cada palabra de tu libro y ¿siendo sincero? ¡No he podido parar! Deberías intentarlo, Kyra. Tienes… un talento diferente.

— No valgo para ser escritora y sí, me parece muy mal que me hayas cogido el cuaderno —le arrebaté el susodicho y le golpeé la cabeza con él antes de escuchar su risa.

— ¿Que no vales para ser escritora? Kyra he leído a los mejores, a todos los grandes de la literatura de distintos tipos y vertientes y tú… tienes algo especial.

Me sentó en su regazo antes de que arquease una de mis cejas negando varias veces.

— El amor te ciega, Derek. No sirvo para eso.

— ¿Nunca has querido escribir?

— Como terapia…

— Kyra…

— Vale, está bien. Ya sabes que te conté que cuando era pequeña hice una obra de teatro de Alicia en el país de las maravillas, que la llevé a la clase y que no recuerdo nada más. Seguramente es mejor así, que no lo recuerde porque tendría un final desastroso, estoy convencida —me encogí de hombros y sus brazos rodearon mi cintura apretando mi cuerpo más al suyo—. ¿De verdad te ha gustado?

— Me ha fascinado. No sé cómo puedes tener tanta imaginación…

— He escrito más cosas.

— Lo sé. Te veo trabajar durante muchas horas en eso y terminas tirándolo o dejándolo por ahí perdido. ¿Sabes lo mucho que me haces sentir con cada palabra? No puedes ni imaginártelo. Tus propias vivencias, los momentos pasados, el dolor que aún sigue en tu pecho… es tan palpable e intenso. Son historias tan auténticas, mi amor —le miré a los ojos e hice un pequeño puchero sin estar demasiado convencida de lo que decía.

Bajé mi mirada al cuaderno, rocé la goma con la que se aseguraba su cerrado y tiré un poco de ella antes de escuchar el sonido característico de ésta misma golpeando contra el cuaderno.

— Entonces, déjame que te enseñe algo.

2018 / Sep / 10

Esa noche no regresé a mi casa. Esa noche dormí en el piso de Derek. Su cama era confortable, pero no hicimos nada. Solamente dormimos como ya lo habíamos hecho en otras ocasiones cuando vivía en Los Ángeles. Era mi amigo, él estaba enamorado, yo tenía demasiado que asimilar, pero no solamente por su noticia, sino por lo que había ocurrido en aquella charla en la universidad.

Durante demasiado tiempo me había anulado yo sola a mí misma, aunque el mundo también hubiese hecho para ayudarme en ese proceso, pero les había dado el consentimiento. Ahora, por alguna razón que no comprendía, quizá porque se había despertado una parte de mí, volvía a sentir interés en aprender, en saber, en conocer, en sentir… ¿Podría ser que todo lo que antes había tenido que hacer obligada después de la depresión, ahora empezase a tener sentido para mí? Quería ampliar mis horizontes. Quería aceptar que si era una persona intelectual no tenía porqué esconderme. Dudaba que fuese la única persona con esos gustos en el mundo y con hambre de respuestas.

Recordaba en una ocasión en que me habían pedido que enumerase todo lo que me gustaba, todo lo que podía tener un mínimo interés en mí. El espacio se me había quedado pequeño y pocos años ese deseo de conocimiento había desaparecido. Ni tan siquiera deseaba sumergirme en mi propia mente. Sólo quería encontrar una salvación. Las letras habían sido parte de ella. Había aprendido a expresar mis emociones, había ido adquiriendo nociones con la práctica continuada y realizando escritos cada vez más complejos. No obstante, por mucho que escribiese en blog o en algunos otros lugares, mis novelas o ideas no llegaban jamás a ninguna parte.

Tan solo me había atrevido una sola vez a mostrar lo que había escrito a Cecille y había sido un verdadero desastre. Para ella, seguramente no, para mí… no tenía ningún tipo de ritmo, la historia era insulsa. Era básicamente un diario personal, nada más que eso, narrado como una novela, pero sin ningún tipo de emoción. Aquella vida que había llevado tiempo atrás, aquella vida que realmente quería mostrar. Ahora tenía otra idea en mente. Ahora quería ser diferente. Ahora deseaba desnudarme en cuerpo y alma, y que me juzgase quien tuviese que hacerlo, afrontar las críticas y, como siempre, salir adelante.

Había dormido con la camisa que Derek me había dejado suya. Hacía algo de fresco en Rusia siempre. Sin embargo, era gracioso comprobar como hiciese el frío que hiciese yo siempre iba descalza por todas partes, salvo a la calle. Me había pasado tantos años viviendo exclusivamente en mi casa que los zapatos me habían parecido innecesarios. Cinco años en los que había salido en contadas ocasiones incluyendo en ellas las visitas a los psicólogos y psiquiatras. Si era realista, si pensaba con claridad, de todos los días que tiene un año, aquellos en los que habría pisado cualquier suelo que no perteneciese a mi hogar había sido cómo mucho, la cantidad de días que llenarían dos meses. Eso sí, no había que perder de vista que esos días que había salido habían sido como mucho durante una hora, las otras veintitrés había sido mi casa la única que me había visto.

Paseé por su piso. No era tan impresionante como el de Los Ángeles básicamente porque la mayor parte de sus pinturas las había vendido ya, siempre como reproducciones y jamás como el original, y el resto los había dejado en un almacén. Aquel había sido el piso que había encontrado más cerca de mí y gracias a su proximidad había logrado que fuese casi todos los días aunque hubiese tenido que ir él a llevarme de la mano. Había tenido muchísima paciencia. Me había consolado después de todas las pesadillas en las que Douglas volvía a intentar asfixiarme o regresaba de la muerte para cobrarse venganza.

Me fui hasta su taller. Allí le podía ver la mayor parte del tiempo en que intentaba concentrarse. Era excesivamente perfeccionista. Repetía y repetía una y otra vez los bocetos hasta que tenían su beneplácito y después le ocurría lo mismo con el color, con la técnica adecuada, con los materiales precisos. Donde él solamente veía fallos, yo veía maravillas.

Entré en esa sala y observé aquel cuadro que se había traído de Los Ángeles, el único que se había negado a vender. Mis ojos parecían tener vida propia y aun así él siempre me había asegurado que no lograba jamás reproducir a la perfección ese no sé qué que yo le hacía sentir cuando le miraba. Había una luz, una chispa, un brillo o una tonalidad, algo que no había averiguado aún para que consiguiesen ser mis ojos, un fiel retrato de mi mirada.

Pensé en el momento en que Derek tuvo que escoger entre Eileen y yo. Por primera vez, me admití a mí misma que me dolió que no me hubiese escogido a mí. De hecho, la razón por la que había estado tan rara en los brazos de Verdoux en la isla y todo lo demás había sido porque él había estado en mi mente a todas horas. Le había comparado con aquella noche de pasión vivida con el hombre que ahora dormía plácidamente y me había engañado jurándome que era el escritor y su bipolaridad de emociones. Yo misma había reconocido que había sido mi primer amor, sí, pero no el amor de mi vida.

De pequeña siempre había tenido muy claro qué era lo que quería en un hombre. Quería a alguien que me mirase igual que mi padre miraba a mi madre. Para él no había mujer más hermosa en el mundo. Podría serlo más o menos objetivamente hablando, pero a los ojos de mi padre no existía mujer más perfecta que ella por muchos problemas que tuviesen juntos. Quería a alguien que me tratase como Derek lo hacía y que diese la vida si era preciso por mí, porque adoraba cada imperfección y me veía perfectamente imperfecta.

— Estás aquí… —comentó aliviado.

Me giré para verle. Tenía el pelo revuelto, estaba sin gafas, me miraba con un ojo entrecerrado y restregándose el otro.

— Perdona, sé que no te gusta que venga a tu estudio.

— No me gusta que la gente venga a mi estudio. Tú no eres “gente”. Tú, eres tú.

Hasta medio dormido tenía la palabra perfecta para el momento en que estábamos. Sonreí mordiendo ligeramente mi labio inferior y me acerqué a él antes de tomar su rostro entre mis manos. Besé sus labios con suavidad y él me correspondió despacio, muy lento, como si creyese que era un sueño.

— No dejes que despierte —suplicó entre besos provocando una risa por mi parte.

— No te dejaré hacerlo —negué antes de rodear su cuello con mis brazos y seguir besándole despacio, disfrutando de sus labios, hasta el amanecer.

2018 / Sep / 09

Estaba emocionada, pletórica. Sentía que había hecho algo importante, que había dado un paso de gigante. Pensé en si tendría sentido esos deseos que había tenido siempre sobre escribir mi historia, intentar comprender porqué quería escribirla en realidad y ya no era para buscar compasión, era para dar respuestas, para dar esperanzas, ayuda y aliento, porque yo misma me había sentido perdida, había creído que no valía nada de todo lo que había vivido, que era la culpable de lo que me había pasado. ¡Me había avergonzado de mis propias dificultades! Había aceptado un contrato que me habían puesto delante, lo había firmado y no había preguntado porqué, qué sentido tenía que fuese yo la única que no saliese de sus dificultades. Tenía la sensación de que había roto ese contrato sin darme cuenta, solamente aceptando mi pasado y dejando de estar avergonzada por sucesos de mi vida que había manejado como había podido.

Por eso, cuando llegué a Moscú y vi a Derek esperándome, me abracé a él con todas mis ganas empezando a hablar atropelladamente de todo lo que para mí significaba aquello. Estaba tan emocionada que ni tan siquiera podía entenderme, me cogió el rostro entre las manos riendo y besó la punta de mi nariz.

— Te invito a una cena y hablamos tranquilamente, ¿vale?

— Está bien —reí sonrojándome ligeramente porque no había nadie que me siguiese el ritmo cuando estaba tan acelerada.

Derek condujo hasta su casa. Había pedido la comida que queríamos mientras volvía a intentar contarle todo lo que había pasado ese día. Él escuchaba tranquilo, con una sonrisa en los labios y recordándome de vez en cuando que tenía que comer. Estaba famélica, pero no porque me sintiese vacía como antes, no, sino porque había gastado muchas energías con todos los nervios y pensamientos que había tenido a la vez.

— Es… impresionante —dejó escapar Derek casi como un susurro.

— ¿Verdad que sí? Es una experiencia emocionante…

— No. No es eso, Kyra. Me refería a que tú eres impresionante.

Desvié mi mirada hasta sus ojos y me sonrojé hasta las orejas sin entender que dijese un piropo semejante de alguien como yo.

— No fui la única que habló en la charla…

— No lo digo solamente por la charla. Mírate. La forma en que hablas de tu propia experiencia, la sonrisa que no desaparece de tus labios, haberte comido la vergüenza, los nervios, la ansiedad y haber terminado hablando delante de un montón de gente cuando no planeabas hacerlo. Ser el azote de aquellos que tienen la teoría, pero no la práctica, que no saben cómo llegamos a sentirnos. Eres la voz que creías no tener. Eres inteligente, creativa, resolutiva y analizas todo lo que te pasa o ha pasado. Te levantas aunque piensas que tienes que enfrentarte a tus fantasmas y las jaurías de demonios que ves. Luchas, luchas y luchas y vuelves a seguir para adelante por mucho tiempo que necesites para retomar el ánimo, para aceptar que no has hecho nada malo. Es sorprendente que siempre vayas más allá. Coges fuerzas para saltar más y más alto, nunca tienes que empezar desde el primer escalón de nuevo. Eso es lo impresionante —su mano envolvió mi mejilla mientras el sonrojo seguía patente en mi rostro. Su pulgar acarició mi piel encendida y suspiró como en aquel día en el piso de Los Ángeles.

Dejé que sus dedos me diesen algo de ese cariño que creía no volvería a recibir o al menos, sentir que me merecía. Siendo justa, Derek me había tratado demasiado bien, pero creía que no debía tratarme de esa forma, o no lo había apreciado lo suficiente. No comprendía qué podía haber visto como para haber dejado todo y venir a Rusia conmigo. Había decidido empezar de cero aquí, cuando podía haberlo hecho en cualquier parte del mundo.

— Tengo algo que confesarte, Kyra.

Le miré sin entender. ¿Qué podía confesarme que le hubiese obligado a cambiar poco a poco la expresión hasta sentir plena angustia? Entrecerré mis ojos y me acerqué a él para depositar un beso en su nariz buscando darle algo de fuerzas.

— ¿Qué es? —pregunté casi con temor.

Bajó su mirada y tomó una de mis manos entrelazando nuestros dedos mientras se debatía internamente. ¿Qué era lo que estaba pasando?

— Yo… yo era V —susurró bajo antes de cerrar los ojos con dolor.

V. ¿Se refería a V de Vendetta? ¿Era él? ¿Él había sido quien había disparado a Douglas antes de que acabase con mi vida? ¿Él me había salvado de la muerte?

Se levantó y se frotó el rostro con las manos después de quitarse las gafas. Se apretó el puente de la nariz y desvió la mirada. Observó todo y a  todas partes menos a mí. Pero yo no sabía qué responder a eso. Ni tan siquiera me había permitido saber cuándo o cómo habían resultado las investigaciones, juicios o lo que hubiese habido. Y ahora, él me decía que había sido V, el hombre que había asesinado al hombre que estaba completamente obsesionado conmigo y que me hubiese quitado la vida de no haber sido por él.

— ¿Por qué…? —fue lo primero que salió de mis labios.

— ¿Por qué qué?

— ¿Por… por qué me lo cuentas? ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué a pesar de todo te has venido aquí?

— ¿En serio? ¡Porque iba a matarte! No hubiese podido permitir que te hiciesen algo así. Sí, lo sé, soy un monstruo por haberle quitado la vida a alguien, pero si tú desaparecías, ¿qué sentido iba a tener mi vida entonces?

— ¿Tu vida? ¿Cómo va a depender tu vida de mi existencia?

Me miró como si realmente no entendiese que no supiese sumar dos más dos. Era sencillo, muy sencillo. También había llegado a esa posibilidad, pero no era capaz de creérmela. ¿Cómo podría? ¿Cómo debía? No… si empezaba con esa racha de nuevo me volvería loca. Sabía que él me había dibujado en un primer momento, pero ¿de verdad? ¿No había sido solamente el polvo a la musa y ya está?

— Llevo enamorado de ti desde ese primer día en que te vi, en el bar, siendo la única que me aplaudió cuando toqué aquella melodía…

Mi corazón latió tan deprisa que dolía mientras yo misma me decía que la persona que estaba enamorada de mí había sido la misma que había asesinado a mi acosador y que había matado a una parte de mí allí, en esa fiesta, con los treinta y cuatro años cumplidos.

— Yo…

— Solamente no me alejes de ti.

Negué y me senté en su regazo escondiéndome en su cuello antes de llorar por el cúmulo de emociones, pero sobre todo por el agradecimiento por haber sido él quién había logrado que siguiese viva.

2018 / Sep / 09

Habíamos hablado con un hombre, pero demasiado deprisa como para que pudiese ser capaz de procesar lo que estábamos diciendo. La gente empezaba a entrar y yo tenía dos posibilidades, subirme a las mesas preparadas con micrófono incluido o quedarme abajo, en primera plana, entre la gente, permitiéndome simplemente evadirme o aprender parte de lo que la terapia ocupacional significaba.

En un instante Cecille empezó con su presentación poniendo el vídeo, presentándonos cada uno y quise que me tragara la Tierra. No estaba nerviosa, pero esperaba aplausos y no el silencio que había escuchado o el hecho de que nadie me hubiese dirigido la mirada con una sonrisa.

Mi mirada estaba perdida en un punto fijo. No miraba a nadie en concreto, a veces, prefería que mi compañero fuese el ordenador de la universidad que tenía al lado, pero no podía trastear, porque todo se vería en la pantalla así que estaba en las mismas. Podía leer y escuchar lo que Cecille estaba narrando y contando de su propia experiencia como profesional incluyendo parte de teoría sobre su manera de actuar, el primer trato con el paciente, etc.

Justo en ese momento, Cecille se sentó entre Gavrilovich y yo. Me dio el micrófono para que respondiese a la pregunta que habíamos estado intentando responder en el vídeo que había sonado fatal y me había hecho querer vomitar. Los problemas del sistema de sonido de aquel sitio casi provocaron mis lágrimas, pero Cecille me aseguró que el vídeo se escuchaba de maravilla y que había sido un problema de allí.

— ¿Qué es la Terapia Ocupacional? —desvié mi mirada hacia el público, más de cincuenta ojos mirándome, o por lo menos escuchándome de fondo para ver qué respondía. Creía que en cualquier instante uno de ellos se levantaría para partirse de risa, sobre todo aquel profesional que estaba sentado en primera fila tomando sus propios apuntes sobre la conferencia y que había pedido a Cecille que hablase allí, pero yo era una invitada no deseada, alguien a quien nadie le había pedido opinión e iba a decirla igualmente—. Mi primer contacto con la Terapia Ocupacional fue en el hospital del día al que acudí. No recuerdo haber tenido ninguno antes, y de tenerlo jamás me dijeron lo que era. La Terapia Ocupacional que hacíamos allí constaba en manualidades. De hecho, creo que no la tomé nunca en serio. ¿De qué servía decorar una caja de madera? ¿Qué podía analizar de todo eso con respecto a mi propia evolución en otras áreas del mismo hospital? Más tarde comprendí que dice mucho de uno escoger el azul o el rojo dependiendo del estado de ánimo que tenga, que dice mucho más de lo que pensaba cómo hacía o dejaba de hacer las cosas, lo que reflexionaba y lo que no sobre esa misma caja. Pero, en ese momento, solamente veía que tenía una caja de madera que tenía que pintar sin entender porqué debía hacerlo —tragué algo de saliva buscando poder retomar mis ideas—. Después, cuando entré al centro de rehabilitación, empecé a ver un poco más claras las áreas, o al menos, la teoría de qué debía ser una Terapia Ocupacional. Hablamos de la imagen personal, hablamos de las exploraciones… hasta que Cecille dio un cambio a nuestra forma de trabajar. Ella decidió que nos enfocásemos en mis puntos fuertes. ¡Bastante había hablado, trabajo y machacado los débiles, todo lo que hacía mal! Aprendí a identificar lo que se me daba bien aunque no fuese excelente, puso un poco de luz en medio de un mar lleno de dificultades para ayudarme a ver que no todo era un “no puedo o no sé” que había muchas cosas que no les daba valía y que la tenían. Kyra no era solamente la chica que tenía dificultades. Kyra también era todas esas virtudes y aptitudes que consideraba tan simples como respirar.

Entregué el micro a Cecille quien empezó a hacer unos pequeños comentarios sobre mi propia situación personal. No demasiados, pero me pidió permiso para contar lo que ella quería y creía que debía matizar de lo que había dicho. Se lo concedí. No me lo tomé como si fuese una profesora que viniese a corregir los errores, sino que tenía que explicar algo que a mí se me podía haber pasado o ayudarme a dejarlo más claro.

Bien. Lo había hecho. Había hablado delante de un montón de gente sobre mi vida, sobre mi visión, sobre mi propio opinión y no me había puesto a llorar como siempre me ocurría cuando hablaba en público. ¿Y para qué negar que eso provocó un subidón de adrenalina en mí? Quería más y sobre todo cuando había recibido el asentimiento de ese erudito de la primera fila. ¡A la mierda la vergüenza! ¿Por qué tenía que callarme mis propias opiniones si podían ser igual de válidas que las de cualquiera?

El resto de la charla estuve escuchando, pero ese malestar había desaparecido. Me sentí viva, sentí que yo también tenía voz, que no tenía porqué estar escondida en la última fila, que no tenía que seguir pensando que todas las miradas y toda la gente que se levantaba era por mi culpa, había otros escuchándome, siguiendo lo que estábamos diciendo y para qué negar que tener a Gavrilovich y a Cecille allí ayudaba muchísimo.

— Kyra y Gavrilovich están aquí para darnos su testimonio sobre los tratos a pacientes.

Tuve el micro nuevamente en mis manos y me atreví a confesar en voz alta algunos de mis problemas, alguna de las experiencias que seguían aguijoneando mi pecho una y otra vez.

— A mí me han ingresado un total de tres veces. En todas terminé en la unidad de adolescentes, pero en dos ocasiones tuve que pasar un fin de semana en la zona psiquiátrica de adultos porque no tenían camas y debían pedir el ingreso en el otro lado. Estaba feliz porque tenía a mis padres las veinticuatro horas, pero… el trato vejatorio, la falta de intimidad, era asombrosa —mordí mi labio inferior antes de inclinarme hacia delante—. Tenía dieciséis años y tuve que desnudarme delante de un montón de mujeres que también tenían que estar desnudas para recibir su ducha. Había dos bañeras en medio de ese baño y recibíamos el mismo trato todas, sin privilegios. Nos daban dos manguerazos, una esponja con jabón incorporado y tenías que ducharte delante de otras veinte mujeres mínimo. Tenía dieciséis años. Jamás había decidido por mí misma desnudarme delante de alguien y tuve que hacerlo en un hospital psiquiátrico, sin derecho a mi propia intimidad siendo menor de edad. Y no era algo exclusivo de la zona psiquiátrica de adultos. En el área adolescente teníamos unas duchas para cada uno, pero las habitaciones eran compartidas y las auxiliares o enfermeras entraban si consideraban que estabas tardando demasiado para meterte prisa —cerré mis ojos reviviendo el momento en que manos enguantadas se deslizaron por mi cuerpo estando medio drogada—. Además, ¿no tenía derecho a la intimidad una chica, mi compañera de habitación, a la que habían atado? ¿Por qué yo tenía que verla así? ¿Por qué cualquiera tenía que verla de esa forma si es que era necesario?

Cecille y Gavrilovich hablaron también de otras situaciones que él había vivido en sus ingresos en el área psiquiátrica de adultos, para después continuar con la parte teórica que debía seguir comentando.

 

— ¿Queréis decir algo más?

La charla se estaba acabando y no pude contener algo que tenía muchas ganas de decir desde hacía muchísimo tiempo. Puede que no fuese la más indicada para dar consejos, pero sentía que eso debía cambiar porque a mí me había marcado.

— Ser cercanos. Que no os impida nada ir al otro lado de la mesa cuando alguien esté delante de vosotros llorando para aunque sea cogerle la mano y que no sienta que están solos. No dejamos de ser personas, no dejamos de ser humanos. No perdáis esa perspectiva.

Finalmente, el aplauso llegó para todos, los comentarios sobre nosotros e incluso, aprendieron sobre nuestras experiencias, sobre el ejemplo que podíamos dar cada uno de nosotros. Y, por primera vez en mucho tiempo sentí que quizá no había perdido el tiempo durante mi vida y que puede que mi lugar en el mundo no estuviese demasiado alejada de las masas.

2018 / Sep / 09

Ni tan siquiera sé cómo me habían convencido para ello. Cecille siempre tenía esa facilidad para lograr que saliese de casa, que aceptase nuevos retos y puede que eso fuese lo que necesitase, puede que si me tomaban de la mano fuese más sencillo que superase barreras. En esta ocasión estaba yendo en coche por San Petersburgo. Habíamos viajado allí y habíamos alquilado un coche que conducía Cecille rumbo al campus de la universidad. No íbamos solas, estábamos acompañados de Gavrilovich, un compañero del centro al que iba que solía ir a recoger a mi padre para salir a andar cuando yo no podía ir a llevarle y Evgenia, su pareja.

Cecille tenía que dar la charla sobre su propia profesión y agarrada al cigarrillo mientras callejeaba nos iba narrando lo extremadamente nerviosa que estaba.

— No sé ni tan siquiera cómo empezar. De hecho, bueno, creo que tengo un truco, que no es propiamente un truco como tal, pero que a mí me sirve. Siempre digo lo primero que estoy acojonada para romper el hielo. En realidad, no uso esas palabras, ya sabéis, hay que mantener un protocolo, pero sí, les aviso que estoy tan nerviosa que será probable que meta la pata —soltó una risa que siempre parecía acompañarla. Su forma de decir las cosas parecía graciosa hasta en los momentos en que peor estaba.

En realidad, no. La había visto muy despistada en sus momentos más duros, no obstante, ella intenta reírse de sí misma para poder sobrellevar los momentos de inseguridades, de nerviosismos y dando tantas caladas como le fuera posible a su cigarro, buscando controlar la ansiedad de la situación.

— ¿Cómo tenéis pensado presentaros?

Gavrilovich dijo una presentación de esas que siempre me recordaban a las del principio de los cursos: Yo soy tal, tengo tal, vivo en tal… Parecíamos robot diciendo siempre la misma cantinela. Por mi parte, ni tan siquiera sabía cómo presentarme. Había desechado por completo la idea de mantener la que se suponía que era mi profesión. Había querido ayudar al mundo, pero había aprendido a que ni tan siquiera había terminado de construir los cimientos como para tener una vida que me satisficiese, sentirme lo suficientemente bien como para no ir arrastrando el dolor intenso que se deslizaba en mi interior en ocasiones y mucho menos esa sensación de vacío descontrolado que quería hacerme gritar.

Tenía treinta y cuatro años, había visto a la muerte a los ojos y nunca podría volver a ser la niña que siempre me recordaba mi madre que era. Me habían matado por dentro, regresando a ese momento de introspección, de hermetismo emocional, de sin sentido. Tanto como para ahora sentir unos nervios que únicamente se debían al vídeo que había hecho. No me permitía pensar tan siquiera en decir ni media palabra. ¿Cómo iba a hacerlo? Mi palabra no tenía valor. ¿Cómo podía dar consejos a futuras generaciones o intentar que el mundo cambiase si ni yo misma acepta mis propios cambios, mi propia forma de ser?

Apoyé le cabeza en el respaldo. Sentí el dolor atenazando poco a poco mi estómago, así que me centré en la música que había de fondo. Michael Jackson calmaba a las fieras, esa fiera que volvía a querer domar mis resistencias, saltarse la seguridad de mi autocontrol y le debía a Cecille no hacer un numerito. Me concentré en cantar para mí las canciones que me sabía de la radio que tenía puesta y nada más. A ratos intentaba hablar, buscaba ser una más en el pequeño grupo formado aunque no tuviese muchas ganas de estar allí. Aceptaba hablar, cuando no pensaba decir palabra alguna.

San Petersburgo nos había regalado un día más o menos apacible a pesar de hacer algo de frío. Las conversaciones podían ser más animadas de no tratarse de mí y de mi insípida forma de volver insostenibles todos los momentos. No debí aceptar ir y aún así, había aceptado que Cecille me llamase deprisa y corriendo cinco minutos antes de salir y me dijese que tenía que bajarme a la calle para irme con ella en ese tiempo exactamente. Había aceptado la orden sin pensarla cuando ya había creído que no tendría que enfrentarme a ninguna conferencia.

Pronto encontramos aparcamiento. Salimos del vehículo y nos hicimos una foto a pesar del horror que suponía para mí salir en una fotografía. Un selfie condenado, una moda que iba provocando que siguiese siendo de la escasa minoría que no le gustaba hacerse fotos y menos aún vanagloriarse buscando los likes en instagram. Caso error, porque yo también era una pequeña esclava de la tecnología. Yo también quería ser popular, yo también quería ser reconocida, yo… era una envidiosa en potencia.

Recibí un mensaje de mi padre pidiendo que les llamase y lo hice para indicarles que ya estaba allí. Estos últimos seis meses les había tenido muy preocupados dado que había vuelto a mi rutina previa. No salir de casa, comer hasta reventar y… tantas cosas más que parecían todos los pecados capitales prácticamente, sobre todo la pereza. El problema era lo apática que estaba.

Derek había tenido que ir a arreglar unos asuntos a Los Ángeles, pero me había asegurado que cuando regresase de la charla en la universidad, estaría ahí para escucharme. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de nadie, de esas personas que habían asegurado ser parte de mi vida y quería que siguiese siendo así, al menos, por el momento. No podía soportar los siguientes pasos que darían nuestras relaciones: volvería arrastrándome para recibir patadas y golpes porque creía que eso era lo único que merecía y, por otro lado, tenía a Derek quien me trataba igual que si fuese a romperme, quien me comprendía alentaba y escuchaba, quien a pesar de mi carácter de mil demonios y del suyo propio, seguía al pie del cañón.

Recordaba cómo en una ocasión habíamos discutido tan fuerte que le había echado de la casa a pesar de la lluvia. Él se había quedado en la calle, empapándose, hasta que cinco minutos después le había llamado pidiéndole perdón y había vuelto a mí en un abrir y cerrar de ojos. Tenía miedo por estar tratándole tan mal como me habían tratado a mí, pero no sabía llevar una relación de amistad ni de ninguna clase.

— Deberíamos entrar ya…

Regresé de mi ensimismamiento y entré en el edificio que sí, olía a universidad y traía un gran pesar a mi pecho.