2018 / Sep / 16

El viaje al apartamento fue pesado y difícil de completar. Tenía que aceptar que mis comparativas con otras personas tenían que cesar. No podía estar viviendo siempre en un mundo en que me sentía poco más que una piedra en el zapato.

Saqué las llaves y abrí la puerta antes de coger profundamente aire. Entré en el apartamento y no podía creerme lo que estaba viendo. Había trozos de cuadros por todas partes, se escuchaba un fuerte sonido de algo que teóricamente debía ser música. Sin embargo, a mí me parecía puro ruido, nada más que ruido.

Estaba preocupada porque no sabía lo que estaba pasando. Un nuevo golpe provocó que diese un pequeño salto y cerré la puerta detrás de mí. Caminé entre los trozos de lienzo, intentando no pisar ninguno sin entender en realidad porqué la casa estaba así.

Fui hasta el taller de Derek donde me encontré a una versión de Derek que golpeaba la pared de forma dolorosa, temblando y llorando de una rabia que no comprendía. ¿Qué estaba pasando?

— ¿Derek?

Con el sonido de mi voz paró. Se giró muy despacio. Pude ver cómo la pared había terminado llena de sangre por sus heridas recientes y cómo su expresión era de completa incredulidad. Le miré tan sorprendida y temerosa por verle tan violento que creí que una parte de mí habría despertado a ese ser sin control que podía haber estado dormido durante mucho tiempo.

Dejé caer el bolso al suelo. Caminé hasta él cuando vi que parecía estar al menos lo suficientemente sosegado como para no dirigirme a mí uno de esos puñetazos. No creí que él fuese capaz de pegarme, pero en momentos en los que se pierde por completo el sentido, ¿podría uno mantener el autocontrol para no cambiar la pared por una persona?

Acaricié sus mejillas muy despacio intentando descifrar en su mirada qué le había hecho reaccionar de esa manera. Sus labios parecían sellados, sus ojos estaban ligeramente idos y las heridas de sus dedos me preocupaban más que cualquier otra cosa salvo su bienestar psicológico.

Cuando reaccionó sus brazos me apretaron con fuerza contra su pecho y escondió su rostro en mi cuello aspirando mi aroma como si hubiesen pasado siglos sin que nos hubiésemos visto. Acaricié su cabello entre mis dedos sabiendo que eso le relajaba muchísimo y sus rizos suaves se volvieron una terapia para mí misma. Jugar entre los dedos con algo suave siempre había logrado calmarme de alguna forma. En general, tener algo entre los dedos. Recordaba cómo en muchas ocasiones mi madre me decía que de pequeña le daba pellizcos con los dedos de los pies y de las manos porque lo suave que era, lo fresquita que estaba, esa sensación placentera en mi interior era adictiva.

Ni tan siquiera conté el tiempo que pasamos así. Solamente supe que me dolían las piernas cuando su respiración pareció calmarse hasta el punto de ser un ritmo constante y normal. Sus dedos, a pesar de estar adoloridos, acariciaban la parte baja de mi espalda.

— ¿Vamos a curarte esas manos? —pregunté suavemente en su oído dando pequeños besos a su piel, su cabello y el hombro que tenía más cercano a mis labios.

Asintió después de unos segundos de duda y con cuidado agarré sus muñecas para ir hasta el baño donde tenía el botiquín. Saqué gasas y betadine esperando que no se hubiese roto ninguno de sus dedos. Solamente se le ocurría a él golpear la pared sin nada que pudiese evitar una ruptura segura. Si se libraba de ella es que tenía una flor en el culo, como decían peculiarmente en mi familia.

Le senté en la taza, sobre la tapa y él me hizo sentarme en su regazo. Observé sus manos y distinguí que no parecía haber nada mínimamente morado, todo estaba enrojecido. Besé sonoramente su mejilla aunque iba a regañarle de lo lindo más tarde. Mojé la gasa con agua oxigenada y fui limpiando las heridas poco a poco intentando quitar toda la sangre posible. Después al ver que ya no sabía más, puse algo de betadine en la otra gasa y le di suavemente a sus nudillos intentando desinfectarlas. Por último, le obligué a llevar, al menos durante un rato, una gasa que protegiese sus dedos por si volvían a sangrar. Si no lo hacía, se la quitaría.

— ¿Dónde estabas? —su voz sonó lastimera.

— En el centro que te comenté. Fui a espacio literario.

Enarcó sus cejas y después bajó la mirada a sus manos antes de apretarme contra su pecho. ¿Todo eso había sido porque no sabía dónde estaba? ¿Y el señor móvil para qué lo teníamos? Mordí mi labio inferior esperando que no me hubiese llamado mil veces y que estuviese tan sorda que no hubiese escuchado ninguna por lo que todo esto podía ser culpa mía aunque… no era la primera vez que pasaba algo así, osea, que yo estuviese tan sorda que no oía el móvil.

— Creí que te habías ido…

La angustia se apoderó de mi pecho antes de acariciar su cabello entre mis dedos una vez más.

— ¿Por lo de ayer? —pregunté a pesar de saber la respuesta.

Asintió sin mirarme. Vivía presa del miedo a que le abandonase, a que me fuese, a que nada de esto, nada de lo que tuviésemos pudiese durar con el tiempo. Era una situación agónica que seguramente estaba alimentando sin darme cuenta y no podía permitirme seguir haciéndole tanto daño.

— No voy a irme… —musité aún a sabiendas de que mi promesa fuese a caer en saco roto.

La desconfianza había aparecido entre nosotros, o quizá, más que desconfianza ese conocimiento del otro, esa sensación de inseguridad que reflejaba en los demás, que provocaba en quien estaba a mi lado. Podía haber sido yo la culpable de todas las idas y venidas de mis relaciones y nunca haberlo visto con claridad salvo cuando me echaba la culpa sistemáticamente.

Apreté ligeramente su cuerpo al mío y agarré sus cabellos entre mis dedos antes de contener el llanto agónico que quería escapar de mi interior. ¿Podía ser tan venenosa como para provocar tantísimo dolor sin verlo siquiera?

2018 / Sep / 15

«Después de algún tiempo aprenderás la diferencia entre dar la mano y socorrer un alma, y aprenderás que amar no significa apoyarse, y que compañía no siempre significa seguridad. 

Comenzarás a aprender que los besos no son contratos, ni regalos, promesas, comenzarás a aceptar tus derrotas con la cabeza erguida y la mirada al frente, con la gracia de un niño y no con la tristeza de un adulto y aprenderás a construir hoy todos tus caminos, porque el terreno de mañana es incierto para los proyectos y el futuro tiene la costumbre de caer en el vacío. 

Después de un tiempo aprenderás que el sol quema si te expones demasiado. Aceptarás incluso que las personas buenas podrían herirte alguna vez y necesitarás perdonarlas… Aprenderás que hablar puede aliviar los dolores del alma… Descubrirás que lleva años construir confianza y apenas unos segundos destruirla y que tú también podrás hacer cosas de las que te arrepentirás el resto de tu vida. 

Aprenderás que las nuevas amistades continúan creciendo a pesar de la distancia, y que no importa que es lo que tienes, sino a quién tienes en la vida, y que los buenos amigos son la familia que nos permitimos elegir. 

Aprenderás que no tenemos que cambiar de amigos, si estamos dispuestos a aceptar que los amigos cambian. Te darás cuenta que puedes pasar buenos momentos con tu mejor amigo haciendo cualquier cosa o simplemente nada, solo por el placer de disfrutar de su compañía. 

Descubrirás que muchas veces tomas a la ligera a las personas que más te importan y por eso siempre debemos decir a esas personas que las amamos, porque nunca estaremos seguros de cuándo será la última vez que las veamos. 

Aprenderás que las circunstancias y el ambiente que nos rodea tiene la influencia sobre nosotros, pero nosotros somos los únicos responsables de lo que hacemos. 

Comenzarás a aprender que no nos debemos comparar con los demás, salvo cuando queremos imitarlos para mejorar. 

Descubrirás que lleva mucho tiempo llegar a ser la persona que quieres ser, y que el tiempo es corto. Aprenderás que no importa a donde llegaste, sino a donde te diriges y si no lo sabes cualquier lugar sirve… 

Aprenderás que si no controlas tus actos ellos te controlarán y que ser flexible no significa ser débil o no tener personalidad, porque no importa cuán delicada y frágil sea una situación: siempre existen dos lados. 

Aprenderás que héroes son las personas que hicieron lo que era necesario, enfrentando las consecuencias. 

Aprenderás que la paciencia requiere mucha práctica. Descubrirás que algunas veces, la persona que esperas que te patee cuando te caes, tal vez sea una de las pocas que te ayuden a levantarte. 

Madurar tiene más que ver con lo que has aprendido de las experiencias, que con los años vividos. 

Aprenderás que hay mucho más de tus padres en ti de lo que supones. 

Aprenderás que nunca se debe decir a un niño que sus sueños son tonterías, porque pocas cosas son tan humillantes y sería una tragedia si lo creyese porque estarás quitándole la esperanza. 

Aprenderás que cuando sientes rabia, tienes derecho a tenerla, pero eso no te da derecho a ser cruel. Descubrirás que solo porque alguien no te ama de la forma que quieres, no significa que no te ame con todo lo que puede, porque hay personas que nos aman, pero que no saben cómo demostrarlo. 

No siempre es suficiente ser perdonado por alguien, algunas veces tendrás que aprender a perdonarte a ti mismo. 

Aprenderás que con la misma severidad con la que juzgas, también serás juzgado y en algún momento, condenado. Aprenderás que no importa en cuantos pedazos tu corazón se partió, el mundo no se detiene para que lo arregles. 

Aprenderás que el tiempo no es algo que pueda volver hacia atrás, por lo tanto, debes cultivar tu propio jardín y decorar tu alma, en vez de esperar que alguien te traiga flores. 

Entonces y solo entonces sabrás realmente lo que puedes soportar; que eres fuerte y que podrás ir mucho más lejos de lo que pensabas cuando creías que no se podía más. 

¡Es que realmente la vida vale cuando tienes el valor de enfrentarla!». 

Aquella carta de William Shakespeare jamás había llegado a mis oídos. La verdad en sus palabras helaba la sangre. La forma en la que su texto servía para tantas personas era asombroso a pesar de las generaciones que había entre ambos.  

Me sentí inferior a pesar de decir él mismo que solamente había que compararse con otros para mejorar y su enseñanza se escapaba de todo lo que yo pudiese hacer. No obstante, podía ser una manera perfecta de afrontar las verdades de la vida.  

Unos la tachaban de pesimista. A mis ojos no era pesimismo lo que él expresaba, sino que una completa y absoluta lección de vida. Uno tenía tan solo dos opciones en la vida: podía quedarse agazapado en el suelo dejando que todo el mundo le pisotease por placer y por maldad pura; o levantarse, por mucho que doliesen las heridas y seguir adelante demostrando que nadie es más que uno ni uno más que nadie.  

Aquellas frases dieron muchas vueltas en mi mente. Tanta verdad en un solo mensaje. Una de las cosas que pasaron por mi cabeza fue intentar tenerlas en alguna parte para recordarlas, para tenerlas siempre en mente. El problema, es que no sabía en qué parte de la casa podría llegar a colgarlas. Además, había sobre todo otra idea en mi interior. No tenía que esconder lo que estaba escribiendo, debía dejar a Derek leerlo que me comprendiese que viese hasta qué punto estaba dispuesta a realizar algo para dar ese paso hacia delante que no me dejase volver a dar pasos atrás. Quería hacer y no simplemente montar castillos en el aire.  

Miré mi carpeta, aquella en la que había ya un montón de folios escritos de los que tan solo me había permitido leer dos. No podía rendirme de nuevo, no por mucho que me costase.

2018 / Sep / 15

Las conductas evasivas eran parte de un aprendizaje. Si el cerebro terminaba aceptando, a menudo de manera equivocada, que la evitación era la salvación para no sentir más dolor en ningún momento, no se podía negar que sería el método utilizada para los momentos de estrés o no tener que enfrentarse a esas situaciones incómodas que uno terminaba orquestando en su cabeza cuando podrían ser completamente diferentes a la realidad que se diese.

El miedo podía ser tal que terminase paralizando la evolución de una persona porque fuese incapaz de echarse a volar. No había razón para creer que los miedos no podían superarse, pero había que ser plenamente consciente de ellos, del paso que se daba, de la decisión que se tomaba y porqué se hacía. Por eso me había quedado allí. Por eso había ido corriendo a los brazos de Derek. Por eso, aquel miedo, aquel pánico a que no me amase de verdad, por mucho que hubiese penetrado en mi mente había decidido dejarlo a un lado para hablar de lo que ocurría en algún momento.

Si era sincera conmigo misma jamás había hecho eso en mis relaciones. Siempre había construido un muro o había obviado las preguntas que querían salir. Durante las discusiones había sido hiriente, tiránica y letal; pero todo el daño que hacía me lo infringía también a mí misma. Las puñaladas sentimentales que había asestado, habían terminado en mi mismo cuerpo sin que el cuchillo cambiase las manos que lo empuñaban.

En muchas situaciones aún debía madurar. Era como un niño pequeño que empezaba a crecer, que empezaba a caminar, a aprender y por eso, en muchas situaciones, para mí era o blanco o negro, no veía otras posibilidades y era ahora cuando estaba comenzando a descubrir que para mí también había una amplia escala de grises en mitad del abanico.

— ¿Qué ocurre? —mi pregunta había salido con un hilo de voz, tímida, temerosa de que pudiese provocar algo peor.

— No quiero hablar de eso —musitó Derek antes de sentarse en el sofá mirando su obra con desgana, como si no quisiese ponerse a pintar aunque los plazos no le daban mucho tiempo para descansar.

— Pero, ¿ocurre algo? —pregunté esperando que eso, por lo menos, no me lo negase.

— No, no ocurre absolutamente nada, Kyra. Solo… quiero tranquilidad. Eso es todo.

Había visto antes esa negativa a hablar. No quería regresar a lo mismo y generalmente siempre había reaccionado pataleando, gritando y lanzando cuchillos envenenados para empeorar aún más la situación.

Intenté pensar en lo que él podría estar pensando, intentando adivinar qué podía haber cruzado su mente. Me quité los zapatos y los tiré dentro de la habitación antes de caminar poco a poco hacia él. Deseaba que se quedase en el sofá, que no se moviese, que no pusiese barreras y si las había puesto que me dejase romperlas para mejorar aquella horrible situación. Quizá otros sí estuviesen de acuerdo en dejar crecer algo así, pero yo no… no tenía intención de aceptar el principio del final.

Me senté en sus piernas y a pesar de que sus pulmones dejaron escapar violentamente todo el aire que tenían por su boca, sus brazos me rodearon provocando una ligera sonrisa en mí. Era una de las primeras veces en mi vida que daba un primer paso, pero jamás había sido tan directo para una reconciliación o una búsqueda de tranquilidad en el otro logrando la mía propia. No saber lo que pensaba la gente que me importaba me causaba mucha ansiedad.

— No he hablado con él, se presentó de repente y entró porque pensé que eras tú. Nada más.

Sus ojos miraron hacia otro lado, no querían observarme como siempre lo hacían y tomé su rostro obligándole a mirarme al menos un segundo.

— Derek, por favor… ¿realmente crees que podría querer tener a ese ser en mi vida de nuevo?

— Pero estaba aquí…

— ¡Y te mostré el mensaje! —cerré mis ojos y apoyé mi frente contra la suya intentando no alterarme demasiado—. No sé si ese mensaje era suyo o no, sea como fuere ha sido él quien me ha encontrado y yo no me he puesto en contacto con él. Ni me interesa hacerlo.

Apretó sus párpados y supliqué internamente porque pudiese ver la verdad en mis palabras. ¿Para qué iba a mentirle en esto? Gerault había llegado para trastocar esa mínima felicidad y seguramente, ese ser le habría dicho otras cosas a Derek que parecían costarle menos creer que aquello que yo le estaba diciendo.

Los segundos fueron eternos hasta que sus ojos volvieron a abrirse para mirar fijamente los míos.

— Creía que a mis espaldas habías estado hablando con ese idiota, como si le necesitases de nuevo en tu vida. Y…

— … no te sentiste suficiente…

Entonces lo comprendí. Él también tenía las mismas sensaciones que yo misma. Cada vez que creía hacer algo mal, que sentía que fallaba al mundo, consideraba que no era suficiente, que todo el mundo necesitaba a más que a mí. Ninguno de los dos comprendía que podíamos necesitar más cosas que al otro sin que eso significase que no amábamos lo suficiente al otro, que no dábamos bastante, que éramos un segundo plato.

Cuando a uno le pisotean la autoestima, cuando le denigran y pisotean esa era una de las temidas consecuencias. Sentirse un ser inferior, un ser de una categoría distinta, menos valiosa, como si el mundo entero fuese diamante y tan solo uno mismo una circonita barata que podría cualquiera distinguir con una sola mirada.

Asintió por lo que había dicho y besé sus labios suavemente buscando calmar ese dolor que yo misma padecía.

— Para mí eres más que suficiente, Derek. Eres todo lo que quería en mi vida. Todo lo que dejé de buscar porque no existía, o eso creía.

Quizá en algo tuviese razón el profesor: las almas dañadas, oscuras, se atraen las unas a las otras. Pero hay dos posibles propósitos, la búsqueda de la unión de ambas en una relación tormentosa o la búsqueda de la cura para las heridas del otro. Hasta el momento había buscado la segunda alternativa, pero había funcionado en pos de la primera. ¿Podría invertir mi forma de ser y lograr mi verdadero propósito con Derek?

2018 / Sep / 15

Huir formaba parte de mi manera de funcionar. Ese comportamiento tan automático que buscaba, en lo posible, evitarme dolor de alguna forma. Sin embargo, la huida, en ocasiones, solía significar mucho más que una evitación de dolor o ansiedad. Podía ser bastante más, mucho más. Cuando dejaba a un lado actividades que me atraían siempre sufría de alguna forma por no poder realizarlas, por abandonar todo lo que en algún momento pudo gustarme porque huir parecía la única opción viable.

Quería volver a escapar, pero ¿podría alejarme de todo lo ocurrido? Lo dudaba considerablemente. ¿Quién de todas esas personas que decían quererme podrían dejarme marchar aunque fuese lo que más necesitaba en el mundo? Gerault me había perseguido hasta allí, Derek se había venido conmigo por una necesidad que había nacido en su interior y si la única razón existente para que se marchase de mi lado significaba asegurarle que no le necesitaba y no volvería a necesitarle nunca más, no sabía si podría hacerlo. Mi familia… mi familia tampoco me dejaría marchar. Mis padres seguían siendo mis padres ocurriese lo que ocurriese, les gustase o no y, además, yo misma no podía permitirme perder a los demás por mucho que una parte de mí lo desease para pisar mi cabeza contra el fango y ahogarme en la desesperación.

Me estiré ligeramente en la búsqueda de encontrar algo de placer en desentumecer mis extremidades y mis articulaciones. El dolor solía ir por dentro como un pequeño veneno que se acumulaba despacio, gota a gota, hasta que terminaba turbando la escasa paz que se consiguiese. Por ese motivo los sucesos de la noche pasada llegaron a mi mente como un golpe en la parte más sensible de mi anatomía. Me sentía desdichada y triste mientras la única esperanza que crecía en mi interior no era otra que la huida sin dejar nota a nadie, sin explicar nada a nadie, buscando una libertad que como bien hubiese dicho Verdoux, encontraba tan solo cortándome las alas aunque me atase a lo que más deseaba quedarme.

Me negué a mí misma la posibilidad de admitir el dolor con simpleza, pero tampoco podía hacerle eso a Derek. Romper la relación era una cosa, desaparecer como si jamás hubiese existido era otra diferente, muy diferente.

Me trajeron el desayuno antes de darme el alta. Habían llamado a mi psiquiatra, aquella que me había llevado durante años en mi tratamiento y me hizo unas preguntas, sin embargo, me negué a la posibilidad de tomarme más medicación y ella sonrió al ver que tenía ganas de seguir adelante sin tantas muletas que me habían permitido ponerme de pie todo el proceso.

Cuando salí del hospital, pude ver a Derek fuera, esperándome y a Gerault a unos metros de él. Mis ojos se posaron en cada uno y en el instante que Gerault hizo un ademán por acercarse a mí negué varias veces.

— Por favor… déjame tranquila.

Los brazos de Derek me rodearon a pesar de que su mirada había cambiado, no sabía en qué, pero era diferente. Algo había nacido en él, algo diferente a lo que había conocido siempre. Nunca me había ocultado nada, tampoco me había devuelto nada a parte de ese destello de enamorado, pero éste, parecía haberse apagado por completo. Mi pecho sintió una opresión, esa que me hubiese evitado si hubiese huido y tomé el rostro de Derek entre mis manos temerosa de haber hecho algo que le hubiese arrebatado todo el amor que me tenía de golpe.

Sus manos envolvieron mis muñecas con suavidad mostrándome sus nudillos aún rojos con costras pues le habían sangrado al golpear aquel pedazo de hormigón que parecía Gerault. Acaricié suavemente sus mejillas con mis pulgares y las apartó muy delicadamente de su rostro. Les dio un beso a cada una intento que fuese menos doloroso ese movimiento y nos fuimos en el taxi que había estado esperando mi salida.

El viaje al apartamento fue horriblemente angustioso. Todo fue silencio. No había nada más. Nuestras manos no se tocaban y me sentía igual que con Verdoux, temerosa de hacer algo que no fuese bien recibido por él. ¿Por qué todo tenía que cambiar tan deprisa? ¿Qué había hecho para provocar su desprecio de esa forma?

Mordí mi labio inferior mirando por la ventanilla y quise ser cualquiera de las personas que veía en ese momento en la calle. Deseé tener amistades a quien contarle lo que estaba ocurriéndome. Solamente, no sentirme sola. ¿Por qué era tan importante para mí tener a alguien si jamás lo había tenido? Quizá por eso. Quizá porque había saboreado durante muchísimo tiempo la soledad más absoluta en la que todo sentimiento tenía que ser escondido bajo la almohada.

Me bajé del taxi y me quedé sintiendo el viento que empezaba a ser fresco arañando mi piel igual que si se tratase de cuchillas. Derek había seguido hacia delante, hacia la puerta para abrirla, pero yo tan solo le observé. Nada más que le observé. Algo se había vuelto oscuro entre nosotros y mi instinto me gritaba que saliese corriendo ahora que no me veía mientras las lágrimas se deslizasen por mis mejillas por permitirme perder de nuevo algo más, algo diferente.

Justo en el momento que mi pie izquierdo se deslizó unos centímetros hacia atrás, Derek se dio la vuelta. Me contempló de esa forma en la que podía leer su propio dolor. Mi corazón palpitaba dolorosamente y mis labios se entreabrieron para pronunciar una sola palabra, pero se atascó en mi garganta cuando de su boca escapó una pregunta llena de resentimiento.

— ¿Te vas a ir? ¿Volverás a irte?

Casi podía ver las lágrimas desde la distancia. Sorbió su nariz antes de secarse las lágrimas con rabia por estar llorando, porque yo lo estuviese viendo, o por la situación, por ese momento.

— ¿Te volverás a ir, Kyra? —volvió a preguntar sin tan siquiera mirarme a la cara.

En ese momento sentí una gran opresión en mi pecho, demasiado intensa como para ser controlada, demasiado dolorosa como para ser obviada. Negué varias veces y en lugar de escapar corriendo, corrí hacia él que me recibió en sus brazos apretándome contra él temeroso de que cambiase de idea en cualquier momento.

— Quiero quedarme contigo… —suspiré contra su cuello logrando tan solo como respuesta otro apretón y solamente hasta que ambos creímos que habíamos pasado el suficiente frío, nos metimos dentro de su apartamento.

2018 / Sep / 14

— Kyra… ¿por qué? ¿Por qué eres así? ¿Por qué juegas de esta manera?

Le miré sin comprender nada y con deseos de gritarle en la cara que se marchase de mi hogar, aunque lo que más temía era que apareciese Derek allí porque sabía que no se lo pensaría ni dos veces antes de darle un puñetazo.

— Vete de aquí… —susurré.

— No voy a irme. Te vas, desapareces y piensas que voy a quedarme cruzado de brazos sin buscarte…

— ¿Por qué deberías hacerlo? No soy nada tuyo. Y ahora, vete de mi casa.

Gerault se pasó una mano por el rostro respirando algo agitado, como si tuviese cierta incomprensión, como si no entendiese porqué no celebraba que me hubiese encontrado. Jamás había pedido algo semejante, no quería volver a verle, no quería saber qué era lo que había hecho durante este tiempo, tenía que irse. Simplemente irse.

Se quitó la gabardina y observó el piso sin hacerme caso, igual que si no estuviese y él pudiese curiosear lo que desease.

— ¿Por qué lo elegiste a él? —preguntó de repente antes de girarse hacia mí.

Me estremecí de pies a cabeza porque había visto esa expresión antes. Podía leer el dolor, un dolor intenso en su rostro, pero que no llegaba a entender, que no resultaba lógico y temía que la pesadilla volviese a empezar aunque Douglas hubiese muerto.

— ¿No habéis tenido suficiente Tatiana, Smith, Ana y tú jugando conmigo igual que una muñeca? ¿No habéis hecho bastante daño ya? Dejadme en paz, casaros, tener hijos, montad una orgía o lo que os dé la gana, pero ¡dejadme vivir de una maldita vez! —grité con todas mis fuerzas terminando por desgarrarme la garganta.

Aquel grito había salido del interior de mi alma, una súplica porque se olvidasen de mí, para poder seguir adelante lejos, a miles de kilómetros los unos de los otros. Sin embargo, lo que no esperaba es que ese grito llegase a los oídos de Derek quien había corrido escaleras arriba y al llegar su primera mirada había sido para mí.

— ¿Estás bien…? —jadeaba aunque sabía de sobra que no era por la subida, sino por el temor que se habría deslizado por sus venas por mi propio bienestar.

Sus ojos entonces se encontraron con esa enorme masa que era Gerault. Apretó la mandíbula. No fue el único. Casi podía escuchar la manera en la que los huesos de ambos se quejaban cuando transformaban sus manos en puños.

— Vete ahora mismo de mi casa, cabronazo —la voz de Derek sonó increíblemente amenazante.

Gerault soltó una carcajada, mirándole casi igual que si fuese un niño intentando enfrentarse contra un gigante. Entonces, pasó lo inevitable. Derek estampó su puño en el rostro de Gerault quien profirió un improperio. Respondió el golpe, pero Derek paró su brazo antes de que impactase contra su cara. Sonrió ligeramente y volvió a golpear ahora en el estómago de aquella masa incontrolable de músculos.

Temía que Gerault le pegase dado que el tamaño de sus músculos era considerable. Lo que no entendía, en ningún momento, era la razón por la que había que llegar a las manos. Mi mente pareció reaccionar viendo cada golpe, escuchando el sonido de la anatomía de uno chocando contra la del otro buscando hacerse el mayor daño posible y cogí el móvil para llamar a la policía. Gracias al cielo habían puesto las llamadas de emergencias ni necesidad de tener que desbloquear el teléfono y tan torpemente como fui capaz expliqué lo que estaba sucediendo. Estaba alterada, muchísimo y me recordó al momento en que yo misma había tenido que llamar a emergencias cuando mi abuela había dejado de respirar.

Las lágrimas empezaron a brotar sin que pudiese o quisiese detenerlas. En aquel entonces suplicaba a mi abuela que se quedase conmigo, que no muriese y ahora, ahora tenía a dos hombres que podrían matarse a golpes. Mi móvil cayó de mi mano y fui hasta ellos igual que si Wonder Woman me hubiese insuflado sus poderes y me creyese capaz de poder detener a dos hombres que habían perdido por completo el control de su ser.

— ¡Basta! —grité intentando separarles, pero recibí un golpe que me tiró al suelo.

— ¡Vete o te harás daño! —me dijeron ambos casi a la vez.

Sentí algo tibio descendiendo hasta mi boca. El golpe me había impactado en toda la nariz, pero sabía que se terminaría cortando la hemorragia dado que era de sangrado fácil por la nariz gracias a las vegetaciones que había tenido desde pequeña y que me habían hecho hurgarme con intención de respirar mejor, sí había tenido esa feísima costumbre.

La pelea entre ellos era brutal. No importaba que sus nudillos se tornasen rojos por los golpes o que empezasen a despellejarse. No importaba que uno embistiese como un toro al otro llevándole hasta la pared para ocasionarle dolor en la espalda. Daba igual si se partía una ceja o si sonaba algo parecido a un esguince o una luxación. Lo que realmente tenía relevancia era demostrar quién era el macho alfa, quién podía acercarse a la chica.

La policía no tardó demasiado en llegar. Necesitaron varios agentes para separarlos a ambos. A mí me empezaron a curar los sanitarios, pero les aseguré que estaba bien. Ellos, en cambio, seguramente tendrían algo roto, lo que fuese. Observé a ambos, sus rostros crispados por la ira y la manera en la que casi no podían ver bien, uno por un ojo morado que empezaba a hincharse y el otro porque la ceja cortada emanaba tanta sangre que no le permitía ver.

Se los llevaron a ambos. Me quisieron llevar a mí también con ellos y accedí. No quería quedarme sola después de esa noche y como parecía estar en shock o a punto de un ataque de ansiedad, decidieron darme una pastilla y mantenerme en observación además de asegurarse que no tenía la nariz rota.

Esa noche la pasé en el hospital. No dejaron a ninguno de los dos que me viese. Pedí explícitamente eso. No sabía si podría vivir con violencia en mi vida, o puede que no quisiese analizar lo que había pasado por el momento. Me obligué a mantener la mente en blanco, completamente en blanco hasta que el calmante hizo su efecto y caí en un sueño profundo.

2018 / Sep / 14

El recuerdo completamente involuntario de Douglas provocó que se me revolviese el estómago con una rapidez inusitada. Me negué a mí misma esa posibilidad dado que había muerto hacía tiempo. Yo misma había visto cómo había caído delante de mí y había escuchado a la perfección cuando me habían asegurado que estaba muerto, que no había posibilidad de que reviviese salvo que fuese un ejemplo clarísimo de la resurrección y estarían tan ocupados estudiándole que sería imposible que se acercase a mí mínimamente.

Respiré aliviada cuando me obligué a recordar todo esto. Evidentemente debía ser otra persona, por lo que debía relajar mi ritmo cardíaco que había empezado a volverse absolutamente loco. Cerré mis ojos para ello y terminé negándome a responder más. Bloqueé ese teléfono dado que no sabía quien era y finalmente, me volví a sentar en la mesa con Derek mirándome fijamente.

— Has pedido por completo el color del rostro. ¿Qué es lo que está pasando, Kyra?

No vi porqué escondérselo así que me levanté y me senté en sus piernas para darle el teléfono. Miró atentamente la pantalla mientras su ceño se fruncía por instinto natural. Di un pequeño beso a su mejilla y como acto reflejo me apretó contra su cuerpo.

— ¿Estás segura de que no sabes quién es?

Negué inmediatamente antes de apoyar mi cabeza en su hombro aspirando su aroma. Tomé su mano y jugueteé con sus dedos mientras me encogía de hombros un poco.

— No tengo ni la más mínima idea. No sé quién se supone que es esa persona. Pero el único que se puso en contacto conmigo así fue… Ya lo sabes —musité soltando un profundo suspiro.

— Por suerte sabemos que no puede ser él, pero… ¿quién?

— ¿Alguna persona que me odie o alguien que me tenga aprecio? Sea lo que sea me da bastante miedo ir.

— ¡No debes hacerlo! ¡Para nada! —al ver lo que se había alterado, Derek soltó un suspiro y besó mi frente—. Por favor, no vayas… No quiero que tengas que volver a pasar por algo semejante.

— No te preocupes, no tenía planeado ir a meterme en la boca del lobo. Por mucho que el hombre sea el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, no quiero meterme en más líos…

Esa noche no dormiría. Lo sabía. Mi mente ya había entrado en modo detective intentando descubrir sin nadie que me lo pudiese confirmar, quién se suponía que era esa persona. A menudo, comparaba esa parte de mi vida, ese intento por responder preguntas de las que me era imposible tener una respuesta clara pues no dependían de mí, con las grandes preguntas que parecían atormentar a los filósofos. No sabía si había tanto quebradero de cabeza en sus mentes en un intento por responderlas, pero sabía que era un completo sin vivir.

No podía evitar sentirme igual que en un examen, un concurso o algo parecido y si me confundía todo el mundo se reiría, me señalarían y volvería a ser el hazmerreír de todo el mundo. Por lo tanto, ¿quién estaba detrás de mí ahora?

Ni tan siquiera recordaba cuándo había conseguido quedarme dormida. Derek me había dejado una nota sobre la mesilla en la que podía leer sin problemas que había tenido que salir para cerrar un nuevo trato en el que le pedirían algunos otros cuadros o incluso alguna escultura, no solía animarse demasiado a ellas, pero a mí me encantaba verle con el ceño fruncido intentando crear algo novedoso, diferente, sin perder su propio estilo personal. 

Me estiré en la cama, cogí mi teléfono móvil y borré esa condenada conversación que no había borrado todavía. Era un día nuevo. Debía olvidarme por completo de ese anónimo que había intentado contactar conmigo. Ya era demasiado tarde para todas las personas de mi pasado. Demasiado tarde.

Tendría un día tranquilo. Imaginaba que intentaría pasar el tiempo, en lo posible, escribiendo o, al menos, mejorando lo que yo llamaba escritura. Un patetismo nivel extremo que no podría llegar a compararse nunca con los verdaderos genios de las letras. ¿Por qué iba yo a compararme conmigo misma para comprobar mi evolución y progreso si podía tener como espejo a los grandes para sentirme tan inferior como un bebé observando sus padres, tan altos, tan inalcanzables?

Mi ordenador se había vuelto esa herramienta indispensable que usaba absolutamente para todo. ¿Cómo negarme a ello cuando conseguía deslumbrarme con su luz y sus colorines? Un mundo lleno de estímulos mientras que el papel en blanco encima de la mesa podía volverse bastante más complicado de rellenar. Fuera como fuere el peligro del ordenador también estaba en esos excesivos estímulos. El silencio se hacía demasiado pesado y tenía que ponerme música de fondo para intentar que mis ideas no me llevasen por otros derroteros.

Behind the mask de Michael Jackson se había convertido en una pequeña obsesión en ese momento para mí. Era de las pocas canciones que lograban inspirarme, aunque no podían evitar que mi mente no se fuese por ahí, que perdiese la escasa concentración que era capaz de conseguir. Sabía que era como todo, uno debía entrenar esa parte de su ser. La concentración raramente venía por ciencia infusa sobretodo cuando tenía tantos pensamientos distintos en la cabeza y parecía el mundo moverse demasiado deprisa a mi alrededor.

El aporreo de la puerta llegó a mis oídos justo en el momento que la canción terminó. Pensé que sería Derek. Se habría olvidado la llave y había tenido que hacer más ruido debido a que no le había escuchado, seguro, debía ser eso. Sin embargo, esa parte de mí que me decía que no tenía que fiarme ni de mi sombra sopló en mi oreja clavándose en mi interior igual que un aguijón de una avispa que daña por puro placer y maldad.

Mi mano temblorosa cogió el pomo de la puerta. La abrí y un vivo retrato de mi pasado terminó golpeándome en la cara. Unas manos fuertes me agarraron los brazos antes de que pudiese intentar cerrar la puerta y sus ojos intensos, sorprendidos y rabiosos volvieron a posarse en mí. Allí estaba, Gerault dispuesto a matar la poca paz que había conseguido.

2018 / Sep / 13

Dejé que Derek se fuese a seguir trabajando porque tenía que entregar aquel cuadro para la semana siguiente y desde luego, no podía entregárselo a nadie con la pintura completamente fresca. Desde mi posición podía verle de maravilla concentrado en el retrato de una mujer, con el cabello largo, moreno, pero no era yo. Además, no era precisamente un retrato, era como si esa joven quisiese esconderse detrás de su pelo, como si tuviese miedo a quien la estaba dibujando, mirando o simplemente a quien pasaba por allí. Aún no estaban todos los detalles y las emociones podían sentirse. ¿Quién era esa joven escondiéndose detrás de sus cabellos? ¿Salía de su imaginación o la pintaba con alguna foto que le inspirase?

Llevaba una camiseta gris, la que a menudo usaba para el trabajo y que tenía algunas manchas que era prácticamente imposibles quitarlas ya, pero no le importaba, era vieja y lo prefería. Entre sus dedos estaba el pincel con el que parecía acariciar el cuadro en ocasiones. El olor a pintura era fuerte y desde luego, no me ayudaban demasiado aquellos pantalones de chándal con la cinturilla justo en las caderas, de talle bajo, permitiéndome disfrutar de la manera en que quedaban agarradas a esa parte de su anatomía solamente por la goma.

Me levanté para abrir la ventana o terminaríamos ambos con una fuerte intoxicación por la pintura. Fui abriendo algunas de las ventanas de la casa de manera estratégica para que el aire viciado y con olor a pintura desapareciese poco a poco. No obstante, Derek a duras penas si se daba cuenta ya que estaba en ese estado de trance que yo había bautizado como: “la visión de los defectos inexistentes”. Yo también la tenía, aunque para mí eran más que visibles mientras que para Derek eran completamente invisibles pues no cambiaba ni una coma de lo que hubiese podido escribir. Ambos teníamos un gran problema de perfeccionitis aguda.

Mi móvil sonó. Cogí el teléfono esperando que fuese mi madre quien estuviese en pantalla llamándome o algo así. En su lugar, el sonido fue corto, un mensaje. Al leer la notificación ni tan siquiera supe de quién era el número, sin embargo, el prefijo era ruso. Fuese quien fuese tenía un teléfono nacional.

Puse la condenadamente larga contraseña y di a la notificación para entrar en WhatsApp rápidamente, al menos, lo rápido que me permitía el teléfono que estaba comenzando a tener algún que otro problema por eso de las caídas tontas o los leñazos que le había metido sin querer.

Reúnete conmigo. Mañana. A las siete. Un coche irá a por ti. 

Enarqué una de mis cejas al leer el mensaje imaginando que se habrían confundido. Tan solo me había pasado algo parecido una vez y había sido con Douglas quien tenía un serio problema, sin embargo, no había entrado en la vida de nadie desde hacía tiempo que pudiese tener mi número, básicamente.

Número equivocado. Lo siento. 

Mi costumbre por intentar ayudar a las personas me perdía a menudo. Se me abrió la boca por el sueño que tenía mientras volvía a sentarme en el sofá. Había sido un día con miles de emociones, intensas y lo que menos quería era quedarme dormida viendo como Derek daba los últimos retoques a su cuadro. El calor que parecía desprender el sofá era casi adictivo y la somnolencia me estaba ganando la partida.

Me incorporé con toda la fuerza de voluntad que conseguí encontrar para preparar algo rápido para la cena. Bastante estaba trabajando Derek como para tenerle también haciendo las labores del hogar y aunque era su piso, prácticamente me pasaba todo el tiempo allí. No habíamos dicho nada de vivir juntos, pero tenía ropa allí, dormía en su cama con él y me había dado una llave para que entrase cuando quisiese. Al principio había sido como amigos, para que él pudiese estar pendiente de mí dado que me había visto dar un bajón considerable; después… en realidad no sabía si tenía que darle la llave o qué puesto que ahora había cambiado todo, ahora éramos pareja, al menos, teóricamente. Ninguno de los dos había hecho la pregunta y después de lo vivido con Verdoux, sinceramente, necesitaba la confirmación, saber qué éramos y qué no.

Una ensalada de arroz y unos buenos trozos de merluza. El olor de la comida llamó la atención de Derek que pareció salir de su trance para regalarme una gran sonrisa cuando salió del estudio. Era una máquina de comer. No sabía cómo podía mantenerse sin coger kilos en un parpadeo. Envidiaba ese metabolismo tan acelerado y su pasión por el deporte. Prácticamente desde que había empezado a vivir con él cuando se instaló en Moscú, había intentado levantarme a horas intempestivas de la mañana, cuando aún no habían puesto ni las calles, para ir a correr o hacer ejercicio dentro de casa. Me había negado en rotundo. Necesitaba mis trece horitas de sueño diarias. No eran prácticamente nada…

— No tenías que haberte ocupado, ya sabes que soy yo quien se encarga de cocinar —sonrió de esa forma traviesa mientras apretaba mi cuerpo contra el suyo.

— Tampoco es que haya hecho un plato de una estrella michelin y no es justo que siempre estés tú cocinando con todas las cosas que tienes que hacer siempre. Anda… déjame que haga algo por ti, ¿si? Llevas cuidándome mucho tiempo y he trabajado lo mismo que un bebé, nada… —hice una mueca sintiéndome infinitamente culpable por las actividades tan escasas que había hecho desde mi llegada a Moscú.

Frunció su ceño dispuesto a contradecirme y le di un pequeño beso antes de servir la comida. No le gustaba quedarse con algo en el tintero y sabía que lo terminaría diciendo cuando su estómago no rugiese tanto ni tampoco tuviese tanto trabajo.

La cena estaba deliciosa y recordé que tenía que decirle a mi madre que estaba bien, que no me había pasado nada aunque no era técnicamente la realidad. Sabía que ella lo intuiría, en ese tipo de cosas sí que estaba bastante versada y parecía tener como un superpoder.

Me levanté de la mesa dispuesta a coger el teléfono y sin ninguna protesta de Derek porque ya sabía cómo podían llegar a ser de angustiosos mis padres si no les contestaba o si no les mandaba el mensaje a la hora y esas cosas.

Escribí el mensaje a mi madre y después me di cuenta de que tenía una notificación. Di en ella para que me saliese la pantalla con aquel número extraño que creía que se había confundido.

Buen truco, Kyra. Claro que nos conocemos. 

Y por un instante, se me paró el corazón.

2018 / Sep / 13

Dicen que conocerse a uno mismo es la clave para ser más dichoso. Una burda mentira. Solamente es el primer paso para un durísimo camino de aceptación. Eso sí, en el fondo, teóricamente, uno consigue apreciar los momentos clave, aquellos momentos felices, mínimos que existen en la vida. Durante toda nuestra existencia nos han vendido la utopía de la felicidad, algo que definitivamente no existe. Pero, lo que sí son reales, son esos pequeños momentos que te merecen la pena vivir, continuar adelante para sentir otro parecido, diferente, pero único.

Aquel no era ese momento que hubiese deseado experimentar. Estaba dolida conmigo misma. Me había puesto a llorar delante de un montón de gente desconocida y cada vez que leía lo que había escrito me parecía más y más horrible. ¿Qué diantres me estaba pasando? Me había dicho que se había acabado todo eso, que la tortura era parte del pasado, pero mi mente viajaba por libre y aunque intentase estar más segura de mí misma necesitaba salir de allí cuanto antes.

La alegría fue mínima. La vergüenza extrema y el enfado inmenso por lo que había tenido que escuchar. Los escritores que podían vivir de eso se permitían decir que ellos era su trabajo y ya está. ¿En serio? ¿Por qué se dedicaban a ello si no había pasión? En cambio, para mi la escritura era diferente, era una manera de volar a otros mundos, de salir de la rutina de mi alma, de vivir aventuras y crearlas para otros. El amante de la escritura también debe ser lector y empezaba a creer que había personas que el arte, fuese de la índole que fuese, lo convertían en su profesión por tener talento, pero no por pasión. Era una lástima que personas que realmente amaban esas facetas no tuviesen el suficiente talento o la valentía para luchar por su sueño. Me consideraba una de esas personas. Alguien sin talento, un quiero y no puedo entre las letras.

Me quedé sentada, escuchando. Me levanté cuando se fue mi grupo hablando de vez en cuando y terminando por expresar mi horror cuando había terminado llorando delante de todos. Cecille y Pavka también lo habían hecho recordándome que no había sido la única, pero sus lágrimas no habían sido vistas delante de todos.

Cuando llegué a mi hogar después de una tarde intensa, tiré el bolso a cualquier parte. El sonido atrajo a Derek quien sacó su cabeza de su estudio buscando ver qué ocurría, ese instinto natural humano que tenemos todos.

— ¿Qué te pasa? —dejó rápidamente todo lo que tenía en las manos para ir hasta mí.

Sus brazos me envolvieron mientras el llanto impedía que pudiese pronunciar palabra alguna. Era el ser más patético del planeta llorando delante de todos como cuando tenía seis años. Me sentía inferior, minúsculo, débil e increíblemente ingenua por creer que podía dedicarme a algo en lo que el resto del mundo me superaba. Apoyé mi cabeza en su hombro solamente para intentar que controlase el impulso que tenía de devolverle todo ese dolor al mundo. Todo lo que me había hecho sufrir, todo lo que había logrado volverme loca.

Para mí, el rechazo, los fracasos eran tan vividos como si todos juntos se agolpasen en mi mente recordándome la horrible sensación de imperfección y mediocridad consiguiendo ahogarme, despacio, muy despacio para hacerlo más doloroso y angustioso.

— ¿Te han abucheado? —preguntó acariciando mi cabello con sus dedos.

Negué intentando calmarme, pero sabía que volvería a ponerme a llorar explicándole la situación, así que… ¿por qué no hacerlo de una buena vez?

— No, no es eso —caminé hasta el sofá alejándome de él y me dejé caer sobre esos cojines tan nuevos y confortables que invitaban a pasar el tiempo a dormirse—. Es… Verás, me han aplaudido, ¿vale? Pero sé que me han aplaudido. Uno, porque soy idiota y he llorado dando pena. Dos, por puro respeto. Nada de lo que digo, de lo que escribo, de lo que hago… ¡Dios! Soy una mediocridad. ¡Me fue por completo del tema en cuestión! Barajé posibilidades de amores que no redacté porque me centré en el amor que siento por ti —bufé mientras abría mi minúsculo bolso y le tiraba el papel doblado en su dirección—. ¿Cómo crees que algo así puede ganar o puede hacer sentir algo a alguien? Si Cecille y Pavka lloraban no era nada más que porque yo había empezado a llorar y les daba una pena inmensa. Ya sabes, tanto el llanto como la risa se contagian.

Apoyé mi cabeza en el respaldo del sofá mientras veía cómo él desdoblaba el papel con una ceja arqueada sin haber pronunciado aún palabra alguna. Sus ojos leyeron con rapidez. Era un devorador de libros en potencia y un escrito de tan pocas palabras no supondría para él ningún tipo de problema, estaba segura.

— ¿Esto es eso que has leído que dices que no puede llegar a nadie?

— Así es. Sé que es patético, así que no te preocupes, puedes decirlo con toda la libertad del mundo.

Derek caminó hacia mí y se sentó a mi lado en el sofá antes de tomarme en brazos y ponerme sobre sus piernas. Por alguna razón especial parecía encantarle que me sentase allí y para qué negar que yo misma lo adoraba.

— Quizá no sea lo más perfecto del mundo según tu cabeza, Kyra, pero es arte. Es simplemente hermoso. Haces sentir miles de cosas colocándote a ti misma como diana de todos esos sentimientos, de ese dolor, de esa sensación inequívoca de un corazón expandiéndose, explicando ese batiburrillo de emociones que solemos tener todos y… se siente tan real —suspiró antes de hacer que pusiese mi frente contra la suya regalándome una de esas sonrisas tan deslumbrantes.

Me sonrojé antes de encogerme de hombros casi disculpándome. Después desvié mi mirada de sus ojos para fijarme en una mancha de sus gafas. Una mancha de pintura.

— Tienes las gafas sucias…

— No me cambies de tema —rió intentando evitar que le quitase las gafas.

Peleamos un rato, de esas peleas en las que nadie sale herido porque lo único que deseábamos era un objeto para arrebatárnoslo; pero todo terminó con un beso que me hizo olvidarme mínimamente de la situación sin tener que contestar su comentario sobre mi escrito.

2018 / Sep / 12

Acudir a un concurso o una puesta en escena de la índole que fuese jamás había sido mi fuerte. Me había obligado a estar segura de lo que recitaba, pero había escritos que eran demasiado intensos. Yo podía mantener la frialdad e incluso, había aprendido a llevar con una gracia diferente la exposición de trabajos. Me presentaba como alguien teniendo que leer, explicar y que entendiesen algo que yo sabía y los demás no. No obstante, el asunto iba mucho más allá. Ahora sería una parte de mí la que antepondría entre el mundo y yo aceptando que el juicio podía ser más duro.

¿En qué parte de toda mi vida había aceptado que la vergüenza y el temor eran las claves primordiales para lograr el éxito? Ni tan siquiera sabía bien todo lo que había pasado antes de llegar allí. Me sentía expuesta de tantas formas que casi era igual que estar desnuda en mitad de la sala. Aún no me había levantado, pero podía notar la forma en que el miedo me soplaba la nuca provocando que cientos de estremecimientos recorriesen mi columna vertebral y lo que era peor, ni tan siquiera la presencia de las personas que había conocido en el centro incluyendo las parejas de algunos de ellos podían aliviarme. Cecille estaba allí, entre lecturas de otros compañeros y grabaciones del momento como una fan de esas que desean dejar el recuerdo de aquello que parecía tan sencillo, pero que era tan complicado para cualquiera de nosotros.

Entre ese hueco en mitad de la sala, de pie, con un micrófono en mano, al lado de la adorable mujer pelirroja que habían puesto de intérprete de signos para uno de los presentes que carecía del sentido del oído, y yo había un abismo que empezaba a dudar que fuese fácilmente salvable. Casi podía escuchar las risas cuando ni tan siquiera había logrado levantarme del asiento. Debía contener los esfínteres o terminaría realizando el ridículo más absoluto y por último, debía encontrar el valor suficiente que tan solo llegó a mí después de haber leído prácticamente todo el mundo en aquella sala, incluidos algunos poetas que se dedicaban precisamente a eso, a escribir sus poemas para vivir, por puro trabajo.

Bajé mi mirada a mis manos principalmente a aquel trozo de papel doblado que podría darme la posibilidad de que mi paso hacia delante, que mi enfrentamiento con el mundo, que mi intención por pronunciar en alto que ahí estaba yo, no quedase solamente en un intento, sino que me ayudase a coger fuerzas.

Me incorporé, me puse en mi lugar. La explicación fue escueta. El sentimiento angustioso de estar siendo evaluada provocó que no tuviese deseo alguno de ser agradable, simpática o romper el hielo como había pensado, solamente me obcequé en mi lectura, aquella que creía tan insípida e insustancial ahora mismo después de lo que había escuchado de boca de otros autores que merecían mucho más la pena.

Ni tan siquiera sé cómo encontré la voz, pero empecé a leer:

¿Qué es el amor?

Hace poco, sobre mis manos, tuve un ejemplar de las preguntas fundamentales dentro de la Filosofía. Podría escribir el resumen o leer aquello que su autor compartía con el lector poniendo de manifiesta distintas historias tanto literarias como mitos dentro de la propia Filosofía. Sin embargo, y presa al terror de no saber qué traer aquí, decidí hacer algo diferente. ¿Por que no intentaba explicarme a mí misma una de esas preguntas fundamentales? ¿Por qué no intentaba poner palabras al significado que, para mí, tenía un sentimiento?

Escogí el amor. Algo tan fácil y a la vez tan complicado de definir. Pues si soy sincera, en muchos momentos de mi vida tan solo he sido capaz de mirar al amor como la idea utópica de encontrar a esa persona perfecta en todos los sentidos y destinada a mí.

A lo largo de mi vida no he sido capaz de ver los distintos tipos de amor de los que he estado rodeada. No lo he analizado, comprendido y por supuesto, disfrutado. ¿Por qué no me permití sonreír porque una familia que pese a todo me quería? Quizá algunos me digan que es tan sencillo como respirar aceptar el amor que tienen tus semejantes, pero ¿realmente lo es? ¿Es tan fácil verlo?

A mi mente solamente llegaba todo aquello que se me decía de forma negativa. Eso se grababa a fuego. Pensaba que eran enemigos dispuestos a señalar todo el tiempo mis fallos, y los momentos de sonrisas, de alegrías, aquellos en los que mis padres se desvelaban si había estado con fiebre siendo pequeña los obviaba como si fuese algo “normal”, lo que hay que hacer o lo que están obligados a hacer.

¿Somos capaces de distinguir otros tipos de amor? ¿Por qué no aceptamos que algunos cariños son porque realmente la otra persona está preocupada por nosotros y les importamos?

No sé vosotros, pero yo, a pesar de estar rodeada de amor por todas partes, no veo el que me dedican a mí, a duras penas si soy capaz de comprenderlo que no sea dentro de esa utópica relación que nos creamos de pequeños como si fuese un cuento de hadas, como si fuésemos una de esas princesas Disney a la que le espera un príncipe millonario que nos resuelva la vida en todos los aspectos.

Pero, ¿podemos tener nuestro cuento de hadas sin necesidad de buscarnos a un príncipe encantador moderno a lo Christian Grey y todo ese género que ahora se desliza por las mentes de tantas y tantas adolescentes alimentando esos amores eternos, extraños que pueden provocar más dolor que felicidad en realidad?

Ayer fui consciente de algo. Sin saberlo, yo misma estaba viviendo mi propia historia utópica, romántica, incontrolablemente hermosa. Tengo a mi lado a quien, con palabras textuales, le gustan mis locas y espontáneas ideas, mi humor, mis bobos chistes, mi risa estridente, mi miopía, mis labios gruesos incluyendo ese labio superior que se esconde cuando sonrío mostrando una sonrisa que siempre me ha parecido horrorosa; mis meteduras de pata y esa belleza sus ojos ven y para mí son defectos.

Sin buscarlo encontré ese amor utópico que realmente logra sacarme sonrisas. Parándome a pensar tan solo es cuando he podido disfrutarlo dejando que su romanticismo salga a flote.

¿Quién no disfruta de palabras bonitas? ¿Por qué disfrutarlas tan solo de la persona idónea?

Por eso, desde este instante, he decidido mirar todo ese amor que antes parecía tapado por una cortina de resentimiento. Porque sin amor, ¿habríamos subsistido alguno? Porque sin amor, ¿qué importa tener dinero, salud, belleza canónica si jamás podremos compartir nada nuestro con nadie o nadie nos verá más allá que como un ser humano, un transeúnte más compañero de la vida?

¿Qué es el amor?

Respuesta breve: El complemento que, sin saberlo, necesitamos para sonreír todos los días y conseguir salvar otras vidas.

El aplauso fue esperado, por educación, pero las caras largas, haber llorado, la incomodidad del momento había provocado que la soga se pusiese alrededor de mi cuello. Porque sí, había leído algo que me había parecido horrible. Porque sí, había aceptado que solamente lo hacían por respeto y por educación. Porque no había podido evitar fijarme en los ojos analíticos, en las personas que dejaban de atender, en el incómodo sonido de mi voz cuando volvía a quedarse sin fuerza en la lucha contra el llanto y porque sí, porque yo era así, porque no sabía disfrutar realmente y ahí estaba la prueba de ello.

 

2018 / Sep / 12

Analizarse a sí mismo solía ser sinónimo de encontrar errores, taras, defectos en ese comportamiento que ególatramente consideramos perfecto y sin fisura alguna por obra y gracia de la naturaleza humana. El ego no es una parte mala, desde luego que no, si se sabe utilizar bien. Uno necesita del ego. Es necesario alimentarlo como mantenerlo dominado. Saber dónde y cuándo usarlo sin excederse, puesto que sin darnos nosotros mismos una palmada en nuestro hombro alguna vez, el camino podría volverse muy cuesta arriba.

El principalmente problema de ese análisis para mi, es que me había llevado a descubrir funcionamientos automáticos de mi cerebro que no llegaba a comprender del todo y que, para mí, no tenían ni la más mínima lógica, pero era el método de trabajo de mi mente, sus procesamientos. Cuando se trataba de mostrar uno de mis escritos o cualquier cosa que hubiese hecho así fuese un trabajo, un exámen, una tarjeta de felicitación para el día del padre o lo que fuese, cualquier comentario sobre mi obra lo tomaba a título personal como si estuviese siendo yo misma quien estaba siendo evaluada y no algo que hubiese hecho. Por consiguiente, mi mente no podía aceptar que la persona que realizase esa crítica negativa (que no tenía porqué ser siempre destructiva) me apreciase a mí como individuo. Era lo que hacía y las notas numéricas que lo acompañaban nos calificaban en conjunto a mí como ser y a mis trabajos.

¿Cómo explicar algo tan… extraño? La respuesta era bastante simple si me ponía a analizar mi propia infancia donde el contacto social había quedado completamente en segundo plano o, incluso, anulado mientras que las únicas satisfacciones que recibía iban acompañadas de estudio, trabajo… reduciendo a Kyra a esa máquina que si se confundía de la forma que fuese no podía recibir la aprobación de nadie y aceptando, como consecuencia que la personalidad de Kyra quedaba reducida a un papel, a una parte de mi ser sin ningún tipo de importancia que no debía ir madurando con el paso del tiempo pues se había negado a practicar esa parte de sí misma.

No es ningún misterio que todas las facetas de la vida tienen que ser entrenadas para saber cómo enfrentarse a las situaciones. Igual que para un examen uno se aprendía una cantidad insana de fórmulas y debía entender cómo y dónde utilizarlas porque de esa forma podría sacar la solución de los problemas presentados en esa hoja de papel que podía provocar más infartos que cualquier otra mala noticia; también teníamos que practicar las relaciones sociales, entrenar la mente, trabajar nuestro propia autoestima, cuidar nuestro cuerpo e intentar conocernos mínimamente para saber qué pasos debíamos seguir en la vida. No obstante, si alguien decidía anular todas esas partes de sí mismo por haber sido machadas u obligadas a ser olvidadas para evitar sufrimientos, se quedaban en los mismos niveles de la infancia o peores mientras se obsesionaba con la única fuente de respuestas positivas construyendo todas esas facetas de su vida alrededor de ese tronco que se consideraba maduro, fuerte y recio, aunque mirado de cerca tuviese tantas fisuras que cualquiera tendría miedo de tocarlo.

La aceptación de esta forma de procesamiento no hacía más sencillo la separación dado que la parte automática de uno mismo casi parecía grabada en piedra o, incluso más, forjada en el Monte del destino al igual que el anillo único de Sauron para que tan solo el propio fuego de ese mismo monte pudiese destruirlo. Nuestra tarea se volvía tan árdua como el camino recorrido por los hobbits sin dejar que el poder del anillo fuese más fuerte que nosotros mismos para lograr seguir estando allí.

Miré a Derek que descansaba tranquilamente en la cama dado la vuelta hacia el lado contrario para que la luz del ordenador no le molestase en su intento por quedarse dormido. Me hacía gracia que era igual que si muriese, prácticamente no había forma de despertarle si no era él quien lo hacía por algún poder divino que le obligaba a despertarse. Tenía horarios tan difíciles de compaginar como los míos propios. Tenía esos momentos en los que cambiaba mis horas de sueño porque mi mente se negaba a aceptar que descansase. Ella solía tener todo el control en mi cuerpo quien se terminaba quejando y con razón, de no ser cuidado como debiese. De hecho, podían pasar semanas o incluso meses hasta que volviese a sentirme perfectamente en cuanto a ánimo, fuerzas y energía en general.

Cerré el ordenador y comencé a pensar en ese evento importante para mí. Suponía más cosas de las que creía en mí, por lo que los nervios y el comecome ya había empezado con tan solo la idea de haber aceptado estar allí delante de vete a saber cuántos narrando lo que yo misma había escrito.

Me tumbé en la cama aceptando en poco tiempo que sería imposible que durmiese aquella noche porque mi cabeza ya estaba pensando una y otra vez en el ridículo que haría siempre previo a qué podía escribir. Respiré profundamente justo en el momento que Derek se giró para rodearme con uno de sus brazos dejando un beso en mi hombro acercándome todo lo posible a él.

La sensación de no estar sola a pesar de ser la única de los dos despierta resultaba agradable. Le tenía junto a mí. No tenía nada más que pensar.

Estiré mi brazo hacia la mesilla encontrándome con un libro. Seguramente sería de Derek. Lo tomé en mis manos y observé que era de filosofía, una de las asignaturas más temidas. Me encantaba saber que la inteligencia de él iba más allá del arte, que también tenía hambre por descubrir horizontes nuevos y por eso, en busca de intentar comprenderle un poco mejor y dado que no tenía ni pizca de sueño comencé a leer aquel libro sobre las preguntas desconcertantes de la vida, aquellas que los filósofos intentaban dar respuesta o les habían atormentado durante muchos años.

Las reflexiones eran interesantes y más aún el descubrimiento de ser yo misma un poco filósofa solamente comparándome con ellos en esas preguntas, en esa necesidad de respuestas y en la forma que mi mente intentaba encontrar una solución a todo incluso cuando esa “solución” era ambigua o conseguía llevar a callejones sin salida. Y, sin pretenderlo, había fraguado una idea en mi propia mente.