2018 / Sep / 20

La pregunta seguía rondando por mi cabeza. ¿Qué necesitaba para ser aceptada? ¿Qué debía hacer, decir, pensar…? ¿Debía ser aceptada por los demás o debía empezar aceptándome a mí misma? Ya lo hacía, ¿no? No, no lo hacía, dudaba que lo hubiese hecho en algún momento de mi vida y sí, tenía razón cualquiera que dijese que la clave para ser aceptado por el mundo era aceptarse a uno mismo, pero lo que yo buscaba era algo más de tranquilidad, no sentir que debía esconderme como si hasta la peste tuviese más derecho a transitar por el mundo que yo misma.

Primer paso a tener en cuenta, ¿realmente sabía mis puntos fuertes y mis defectos? Puede que si tuviese que hacer en ese momento una lista dejaría la columna de las virtudes completamente en blanco mientras que llenaría la de defectos usando la imaginación o la sobregeneralización porque debía ser completamente imposible que alguien tuviese tantos defectos sin absolutamente nada que lo contrarrestase de alguna forma. Solíamos ser un equilibrio entre nuestros puntos fuertes y aquellos más débiles o donde flaqueábamos un poco. No obstante, ¿reconocíamos bien qué era un punto débil? Yo misma dudaba de eso. ¿Era imparcial conmigo misma en ese aspecto o cualquier cosa que fuese mínimamente negativa terminaría en aquella odiosa lista que comenzaría después de cenar?

— Esa mente pensante qué estará tramando…

La sonrisa de Derek fue prácticamente arrebatadora mientras intentaba masticar aquella enorme hoja de lechuga que me había metido en la boca.

— Conquistar el mundo, ya lo sabes —bromeé encogiéndome de hombros y provocando sus propias risas.

Dejé el tenedor apoyado en el canto del plato y entrecerré mis ojos mirándole fijamente mientras me debatía si aquello que iba a decirle debía hacerlo o no, pero siempre había encontrado un extraño placer en contarle todo lo que pasaba por mi cabeza siempre que creyese que no iba a hacerle daño alguno. Su comprensión o su respuesta sobre ellas resultaba igual que un bálsamo para paliar el dolor que me había hecho yo sola abriendo una herida más en todo mi pecho maltrecho y lleno de cicatrices mal curadas.

— Pensaba en la necesidad de aceptación, del ser humano en general, pero también la mía en particular. Intentaba dilucidar si se trata realmente de algo externo o más de algo interno. Es decir, ¿yo misma me acepto como soy? He llegado a la conclusión de que no y, el principal motivo para centrarse en algo así no es si intentar que los demás adoren cada parte de tu ser, no, al contrario, eres tú quien debes apreciarte. Si viene acompañado del exterior, perfecto, que no… en fin, no se necesitaría ¿no? Porque uno estaría plenamente satisfecho de sí mismo —me encogí de hombros antes de volver a coger el tenedor entre mis dedos para pinchar algo más de aquella deliciosa cena—. Por eso mismo me estaba planteando un experimento que realizar conmigo misma.

Llevé un poco de calamar a mi boca masticándolo tranquilamente antes de apoyar mi espalda de nuevo en el respaldo de la silla.

— ¿Qué experimento?

Cuando mis ojos se encontraron con los ajenos de nuevo descubrí ese placer súbito al ver que le interesaba lo que le estaba contando, me escuchaba igual que se atiende en la clase que resulta más fascinante. Mordí mi labio inferior intentando esconder mi sonrisa y después tragué lo que aún tenía en la boca.

— Había pensado intentar descubrir cuál es realmente mi grado de aceptación. Poner en una lista mis virtudes y mis defectos de la forma más objetiva posible, lo que imaginarás que no es sencillo, ni mucho menos. Es más fácil ver solamente cosas negativas, incluso, exagerar la cantidad de estas mismas. Tiene que haber un ligero equilibrio en ellas y tengo la grandísima sensación de que la columna de defectos estará plagada mientras que me costará horrores decir cosas de mi misma positivas, pero también habrá algunas negativas que aún me avergüencen… Es un primer paso en el experimento. Después tendría otras fases, evidentemente —removí el contenido del plato con el tenedor esperando que no escapase una risa de su garganta porque mi seguridad sobre mis propios propósitos e ideas solía ser tan frágil que parecía estar andando sobre una cuerda con un precipicio de fondo y cualquier pequeña respuesta que mi mente terminase procesando como negativa se transformaría en un viento huracanado que me haría perder el equilibrio y caer sin ningún tipo de red que fuese capaz de evitar la caída mortal.

Con todo el miedo que se agolpaba en la boca de mi estómago causando un intenso sentimiento de hambre por la ansiedad, encontré su mirada aún pendiente de mis facciones. No habían pasado nada más que un par de segundos desde que había terminado mi pequeño monólogo y podía ver que lo estaba procesando casi como si fuese la teoría de la relatividad o algo parecido.

— Suena interesante. ¿Podría intentarlo contigo? —preguntó serio, sin nada que me indicase que podía estar bromeando lo cuál me resultó aún más asombroso si era posible.

— Claro, pero ¿no te parece ninguna tontería? —fruncí mi ceño llevándome otra pinchada de comida a los labios.

— Para nada. Considero que todas las teorías tienen su base y tú estás intentando averiguar de alguna forma hasta qué punto aceptas tanto tu parte buena como la mala y además, de paso, descubrirás el nivel de tu autoestima, que no hay que estudiar Psicología para darse cuenta que lo tienes en los tobillos —sonrió ligeramente y se levantó de la mesa limpiándose los labios con la servilleta.

Me dio un beso en el pelo y buscó dos hojas junto a dos bolígrafos. Me dejó uno de cada a un lado del plato y él puso el otro folio en el lugar que mejor le servía para escribir sin problemas.

— Una tabla, ¿no? —preguntó mientras realizaba las líneas precisas en su hoja.

— Sí… Pero no tenemos porqué hacerlo ahora.

— ¿Por qué no? Se te veía ansiosa por comenzar.

— No sé si ansiosa sea la palabra que yo hubiese empleado —reí un poco antes de coger el bolígrafo cambiándolo por el tenedor y ponerme a realizar la tabla que a medida que iba cobrando forma estaba dándome más y más miedo.

Después de unos minutos escribiendo ambos en silencio, miré ese folio. Los adjetivos que había colocado en la columna de defectos necesitaban más espacio que el propio largo del folio, mientras que en las virtudes escasamente había escrito dos.

Dejé el bolígrafo sobre la mesa esperando que esa parte negativa de mi cabeza que me recordaba aquella interminable retahíla de adjetivos sobre mí misma estuviese satisfecha porque había intentado, en lo posible, escribirla en su totalidad.

Observé a Derek que había dejado el bolígrafo también. Una mueca apareció en sus facciones y luego resopló casi dándose por vencido.

— No soy capaz de escribir ni una sola virtud, te lo prometo —casi se lo tomó a risa, pero en realidad podía ver que le había afectado mucho más de lo que decía.

Me levanté de la mesa, olvidándome por completo de aquella lista y me senté a horcajadas sobre él dando la espalda a todo lo demás salvo a su rostro.

— No tengo ni que mirar la tabla para saber que todo lo que has puesto en defectos para mí son virtudes, estoy convencida —besé suavemente sus labios intentando animarle.

Correspondió el beso sin dejar de mirarme con curiosidad, acariciando mis costados casi temeroso de que me rompiese, de que emplease demasiada fuerza o algo parecido y me resquebrajase entre sus dedos transformándome en partículas minúsculas que jamás podrían volver a unirse.

— Lo que no sé es cómo te has podido fijar en alguien como yo…

Hice un puchero y le robé otro beso sabiendo que ese experimento había sido de todo menos algo positivo para los dos. Seguramente, cuando estuviese sola delante de esa hoja podría analizarla de otra manera, podría ver qué fallaba en mi cabeza o cuál había sido el «riguroso procedimiento» que había usado para escribir toda esa lista de puntos débiles, de defectos, de manchas de alguna forma que me hacían pertenecer a un grupo de leprosos que prácticamente parecía haber inventado yo sola y en el cartel de nuestro cuartel general estaba puesto algo parecido a: «No se admite ABSOLUTAMENTE a nadie más».

— ¿Crees que has sido completamente objetivo?

Él asintió lo cuál hacia mucho más doloroso todo aquello para él. Yo misma tendría que devanarme los sesos buscando los hechos palpables, lógicos, reales que diesen razón o se la quitasen a todos esos adjetivos además de trabajar en aquella escueta enumeración de virtudes de mi persona.

— ¿Te digo yo qué pondría principalmente en tu columna de virtudes?

Sus cejas se arquearon y asintió antes de volver a bajar la mirada casi como si estuviese avergonzado. Fruncí mi ceño y me acerqué a una de sus orejas para susurrarlo igual que si fuese un secreto, el secreto de la vida eterna o algo parecido que debiese permanecer entre ambos.

— Que eres tú. Esa es tu principal virtud.

Su abrazo llegó automáticamente y dejé besos en su cuello con intención de calmarle. Quizá había muchas de estas teorías mías o cómo desease llamarlas que tenían que quedarse solamente en mi cabeza, nada más que para evitar su propio dolor.

2018 / Sep / 20

¿Cuál es la clave para conseguir la aceptación? Todo el mundo soñamos con ser aceptados de una forma u otra. La apreciación de alguien, el amor, tener un grupo de amigos cuanto más grande mejor o más pequeño, según nuestras preferencias a la hora de tener relaciones con los demás si más superficiales o mucho más profundas e intensas. Siempre me he preguntado de dónde salía esa necesidad mía por la aceptación incondicional de todas las personas del ancho mundo. Nunca me había parado a pensar en teorías filosóficas, de hecho, había aceptado que era rara porque tan solo mi madre no tenía esas necesidades. ¿Con quién había podido hablar hasta ese momento que no fuese con ella? Sí, mis psicólogos y psiquiatras que me habían devuelto que el principal factor no era el beneplácito de los demás, sino mi propia aceptación.

Pero, ¿entonces no era normal tener esa necesidad por encajar en un lugar? Con el paso del tiempo y sobre todo con mi insano deseo de conocer todo lo posible del mundo entero, había descubierto la posibilidad de que fuese un punto débil de todo ser humano teniéndolo en mayor o menor medida en la composición de la forma de ser de cada uno. Por mi propio aislamiento se había podido hacer mucho más poderoso ese deseo pues había concentrado todos los deseos de experiencias sociales de mi vida, en una aceptación plena que no había recibido hasta ese momento.

Recordaba cómo soñaba hasta despierta en ser cantante, actriz o escritora y cómo sobre todo el hombre de mis sueños, ese actor que me gustaba en ese momento básicamente, quedaba prendado de mí porque era un ser tan sobrenaturalmente hermoso que estaba hecha únicamente para que él me apreciase.

Aún podía vislumbrar lo que hubiese adorado ver de pequeña, ver de verdad y de no tan pequeña también. Una extensa alfombra roja. Llevaba un vestido de esos de Dior, Valentino o Versace que dejaba boquiabierto a todo el mundo porque me quedaba como un guante. En realidad, alrededor de mi cintura había puesto el edredón para que me diese ese aspecto de maravillosa falda de princesa. No importaba que tuviese unos pelos de loca que no los querría ver nadie, no, en esas fotografías incansables sobre mi persona mi maquillaje era perfecto, mi recogido igual y mi sonrisa blanca y deslumbrante. Todos se sabían mi nombre, habían ido ahí para recibir mi autógrafo más allá que el de cualquiera de todas las celebrities que iba poco a poco colocando mi mente alrededor de esa alfombra roja.

Era la escritora de una de las novelas superventas que había revolucionado el mundo entero y dentro de los participantes en la película que intentaba ganar más adeptos a esa historia estaba aquel hombre que hubiese suplicado conocerme antes, en otro momento mientras que yo, parecía no darme cuenta de su necesidad por una mirada, una sonrisa, una caricia…

Me sonrojé rememorando aquello. Mis sentimientos eran tan narcisistas en esas ensoñaciones. No obstante, siempre hacía lo posible por firmar a todo el mundo, por atender a todas las fotos aunque odiase las fotografías y tuve que contener una pequeña risa porque dudaba que si algo así se hiciese realidad, yo pudiese reaccionar como tanto me hubiese gustado en todos aquellos mundos paralelos que inventaba para contrarrestar el horror de mi día a día.

¿Alguien más había pasado por algo así? ¿Era la única que aún pasada la mayoría de edad se había creado universos paralelos que le ayudasen a sobrevivir a esa vida vacía, desprovista de emociones positivas que me había obligado a tener?

Aquellos pensamientos habían provocado ese sentimiento perfecto, la pregunta indiscriminada en la que no encontraba ningún tipo posible de respuesta. ¿Y si más personas tenían esa pregunta y podía ayudarles a sentir que no estaban solos o que no eran tan raros? Esa era una de las partes que más había echado de menos en los distintos tipos de terapias que había tenido a lo largo de mi vida. Había hecho lo posible para que mis pacientes encontrasen ese lado de recepción positiva de emociones que consideraban extrañas. Estar perdido y sentirse un ser fuera de este mundo, como una especie a parte era devastador para cualquiera. Todos necesitábamos un mínimo de comprensión.

Mis dedos teclearon con rapidez obligándome a no pensar demasiado en lo que iba a sentir si realmente algo así caía en las manos de otra persona y descubría que eran mis verdaderos sentimientos. La escritura no era sencilla si permitía que mis miedos aflorasen. Me había obligado a no tener tabúes, a escribir todo sin filtros, como si fuese un diario que no fuese a tener más lectora que yo. No había porqué arrepentirse de nada de lo que sentía, de mis emociones, de mis pensamientos, porque generalmente la que solía salir perjudicada en ellos no era nada más que yo. No importaba cómo, siempre terminaba con la culpa a mis espaldas en una mochila que se iba haciendo demasiado pesada con el paso del tiempo.

Lady Gaga y su Just Dance me acompañaban. No pegaba esa canción ni con cola con lo que estaba intentando explicar, pero por alguna razón desconocida me daba fuerza, un aliento de una amiga o de la voluntad que parecía perdiendo cada vez que una duda aparecía en mi mente deslizándose cual serpiente y envenenando todo a su paso.

En ese instante me sentía como en los dibujos animados cuando se tiene un demonio en un hombro y un ángel en otro. El demonio con mi rostro, evidentemente, susurrándome todos mis temores paralizantes mientras que la canción parecía estar haciendo el efecto contrario. Sí, no decía específicamente eso, pero mi cerebro parecía procesarlo como un «a por ello, Kyra» y para qué negar que lo necesitaba contrarrestando de esa forma a esa parte diabólica de mi ser que quería seguir teniéndome encerrada en esa odiosa cárcel donde a duras penas si podía llegar a respirar sin sentir alguna de sus dagas clavarse en mis pulmones para arrebatarme las fuerzas que consiguiese reunir para vencerla.

La lucha era continua y terminaba desfallecida. Siempre parecía ganar, siempre me encerraba en esa cárcel que debía abrir a golpe limpio o con el ingenio suficiente para vencerla, llevarme a mi terreno la victoria como si fuese algo sencillo. Ella sabía lo que pensaba, ella sabía qué iba a hacer después y contrarrestaba todo con la rapidez que tan solo el cerebro humano puede tener cuando se trata de pensar cosas automáticas analizándolas con una velocidad arrolladora para darte cuenta, cómo no, que el problema de la humanidad eras tú y que si te apurabas hasta las guerras habían ocurrido a lo largo de toda la historia de la humanidad solamente porque sabían que llegarías al mundo y eso era un fallo garrafal.

Cuando el bucle de emociones era tan grande llegaba a creerme el anticristo, como si todo ese sufrimiento fuese para llevarme por ese camino del mal que parecía tan deliciosamente satisfactorio. Evidentemente, no lo era. Mi razón conseguía gobernar recordándome que eso era imposible, que no era nada más que mi cabeza actuando para devolverme la tristeza crónica que me había recetado para el resto de mis días y sobre todo, ante cualquier otra cosa, debía recordarme que había intentado el camino del mal, claro que lo había hecho. Había actuado como un ser sin corazón y aún me perseguía la vergüenza y la desgracia. Si hubiese nacido para el mal hubiese deseado volver a hacerlo, pero en su lugar, la bilis se acumulaba hasta subir por mi esófago recordándome que no era malvada por naturaleza. Nunca podría serlo si ayudar a los demás me salía de lo más profundo de mi ser sin pensar tan siquiera.

¿Extraña, verdad? La forma en la que la mente era capaz de tergiversar todo sepultando una virtud o un valor propio para transformar a alguien en todo lo contrario.

Derek dejó un beso en mi cabeza antes de irse hacia la cocina. La luz del día nos había vuelto a abandonar. La noche, oscura y misteriosa, volvía a cernirse sobre la ciudad buscando entregar la liberación a muchas personas que necesitaban de esas horas llenas de alcohol o en las que podían quiénes eran en realidad tirando sus caretas de gente respetada a la basura hasta que volviesen a necesitarlas al día siguiente.

Pensé en Gerault, también en Douglas, en Damian… en todos cuantos había conocido que habían necesitado mi ayuda, que la habían pedido o me habían contratado para ello y, a diferencia de lo que cualquiera pudiese creer, sentía cierto pesar en mi pecho por no haber podido ser ese hombro donde llorasen, descargasen su alma y viesen la luz, viesen una posibilidad para escapar de esas sombras que parecían consumirles.

¿Por qué habría vuelto Gerault a buscarme? ¿Por qué aseguraba que todo era un juego por mi parte? ¿A qué creía que estaba jugando? ¿Necesitaría ayuda de verdad? ¿Y Tatiana? ¿Qué habría pasado con ese monstruo de la naturaleza?

Miré mi móvil y tuve ese intenso deseo por regresar a las personas del pasado para lograr sacarlas de su pozo, entenderlas, cuidarlas y protegerlas, pero ¿era ese mi deber?

— La cena ya está lista.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por Derek quien había llegado hasta mí para abrazarme por los hombros leyendo las frases que le permitía la pantalla.

— Vamos a cenar, cotilla —besé su mejilla y me levanté de la silla para ver qué había de cena.

2018 / Sep / 19

Amar es un sentimiento difícil de explicar. ¿Eres amado? ¿Es amar lo que llena el alma sin ningún tipo de respuesta? Tenía gracia comprobar cómo ideas que se consideraban tan claras iban cambiando su enfoque con el paso del tiempo llegando incluso a plantearlas desde el punto de vista del escéptico, del creyente, del puritano, del soñador, buscando respuestas en otras personas a cuestiones que estabas convencido que solamente tú poseías la solución que iba a terminar satisfaciendo todos los deseos. De todos modos había algo masoquista en esa búsqueda de respuestas que parecían imposibles de ser finalmente encontradas sin que terminase uno volviendo a plantearse la posibilidad de que esa respuesta no fuese lo suficientemente satisfactoria, era la búsqueda eterna, una entrega a la aceptación de que nada era inamovible ni podía volver a verse de ninguna otra manera.

No sabía si el resto de las personas llegaban a tener estos intensos debates que tenía conmigo misma sobre diferentes cuestiones fácilmente respondibles de forma automática, pero sin una real contestación tan simple cuando se pensaba en ellos con profundidad. De hecho, muchas veces había creído que era extraña por plantearme cuestiones que en ocasiones se escapaban de mi propio conocimiento básico sobre muchos temas. Aun así sentirme rara, creer que era diferente al resto de la población tampoco era algo tan dispar en mí. Siempre me había considerado una especie a parte.

Acabábamos de hacer el amor y ya volvía a estar otra vez en las nubes. ¿Qué poderes extraños tenía Derek? Después de la pasión no había rechazo, ni dolor, ni temor, ni nada por el estilo, solamente había una puerta abierta, en par en par, para ser esa Kyra cariñosa que era de pequeña, para permitirme sentir por completo. Estaba feliz, siempre lo estaba cuando él me estrechaba entre sus brazos, casi un estado perpetuo que no sabía valorar en realidad y que echaría de menos cuando no existiese, cuando se hubiese disipado, se hubiese vencido…

Había como un contrato silencioso entre mi forma de comportarme y lo que creía merecer. Siempre recurriendo a lo peor, a lo más doloroso para mantenerme en esa existencia miserable. No obstante, Derek se alejaba de todo eso y no me perdonaría si lo terminaba corrompiendo.

Me giré observando sus ojos que me miraban como siempre lo hacían, con esa mezcla de veneración, de amor y locura propia de él, solamente de él. ¿Quién en su sano juicio podría terminar sucumbiendo a una mujer con tantos problemas como yo?

— ¿Qué piensas? Cuando se te frunce el ceño es que hay algo que no anda del todo bien —murmuró antes de inclinarse hacia mí para robarme un pequeño beso.

Negué creyendo que lo mejor que podía hacer era mantenerle lejos de todos esos pensamientos completamente suicidas, aquellos que terminarían rompiendo la estructura de todo lo que habíamos logrado edificar igual que las termitas acababan debilitando la estructura de madera haciendo que pareciese estar bien, íntegra, pero que si la tocabas, si tenía más peso que el de la propia gravedad actuando sobre sí misma, se volvería polvo.

Suspiré profundamente antes de darle un beso en los labios.

— Pensaba en cómo podría continuar ese libro…

— ¿Yo estaré en él?

La pregunta hizo que soltase una pequeña carcajada, pero jamás había pensado plantearlo con ese esquema, siempre habría creído que lo mejor era centrarme en ese pasado para luego dejar al personaje evolucionar. No obstante, podía tener más sentido incluir todo, absolutamente todo, sin restricciones de ninguna clase.

— Si es un libro sobre mi vida… tendrías que estar entre sus páginas.

— Me odiará todo el que lo lea —contestó tan rápidamente que parecía tenerlo tan claro como el agua.

— Uno, presupones que alguien lo leerá y dos, ¿quién podría llegar a odiarte, Derek? —volví a negar antes de besar sus labios y levantarme del suelo de su estudio.

Él se quedó mirándome, observando cada pequeño gesto, cada movimiento de mi cuerpo y no pude evitar sonrojarme por instinto.

— Me miras como si fuese deseable…

— Es que ERES deseable, señorita Mijáilova. No necesitas intentar seducir, lo haces solamente con respirar —tiró ligeramente de mi falda para quitármela de entre los dedos.

Reí por ese juego y cuando me incliné un poco más para de esa forma mantenerla en mi poder, sus brazos cambiaron de estrategia y me atraparon por la cintura sentándome en sus piernas en un movimiento rápido, veloz, casi de un cazador que me dio un pequeño susto y provocó mis risas. Me sentó en su regazo y me apretó contra su cuerpo con lo que parecía no tener intención alguna de dejarme escapar.

— Eres un bobo —susurré y le di una pequeña mordida a su mejilla sin hacerle ningún tipo de daño.

— Y tú una diosa… —me volvió a tumbar en el suelo y se puso sobre mí parando mis risas a besos que poco a poco me daban esa razón que necesitaba para seguir adelante, para seguir caminando, luchando, existiendo, viviendo. A veces, en la vida, cuando uno no tiene fuerzas solamente necesita que alguien les entregue un poco de su amor, de su tiempo, de su energía y se vuelve a vislumbrar esa luz que creíamos que no se volvería a ver.

— Tienes que trabajar… —musité jadeante entre besos costándome una fuerza tremenda dejar de besarle esos segundos.

— Con mucho gusto…

La picardía se veía por todo su rostro y reí mientras bajaba dando besos por mi cuerpo por encima de la ropa. Era completamente incorregible y no quería que parase ni que cambiase, pero no podíamos vivir solamente de estar entre los brazos del otro, teníamos ambos que trabajar, yo si quería ser algo finalmente en la vida y él continuando con esa muestra de arte único y especial que solamente él podía entregarle al mundo.

— ¡Derek, con el cuadro no conmigo! —volví a reír intentando evitar que siguiese bajando por mi cuerpo con aquella boca pecaminosa.

Resopló y volvió a elevar su mirada hasta mis ojos, situándose a mi altura. Me robó un beso y suspiró como si le costase la vida decir aquellas palabras:

— Entonces salga de aquí, señorita Mijáilova o me temo que volveremos a terminar entre gemidos.

Sonrojada y conteniendo la risa tonta que me había entrado por una razón desconocida, me levanté del suelo aprovechando que me dejaba escapar antes de observar cómo intentaba relajarse pues había vuelto a desearme con demasiada ferviente necesidad.

2018 / Sep / 19

Tenía el tiempo completamente tasado. Tenía un plazo máximo. Después de un día en concreto ya no iban a aceptar más correos electrónicos y a cada segundo que pasaba me costaba más y más enviar ese e-mail. Hacía más de dos semanas que lo tenía preparado, listo para poder darle al botón de forma que llegase a la bandeja de entrada de los organizadores pudiendo, de esa forma, aspirar a, al menos, ser leída. Lo más probable es que no recibiese ningún tipo de notificación. No me dirían si era bueno o malo, lo cuál identificaría mi mente claramente con la segunda opción. Si no era el mejor, no valía para nada. Ese tipo de razonamiento tremendista que solía llevarme a los momentos más angustiosos.

Había intentado enviarlo en tantas ocasiones que mi navegador se sabía sin ningún problema la dirección exacta. Durante horas permanecía abierta la pestaña, pero finalmente no lo mandaba, hasta que había terminado por obligarme a hacerlo. No había excusas. Tenía todas las fotos hechas, declaraciones firmadas y tras redactar un escueto texto, terminé por enviarlo maldiciéndome en el mismo momento en que ese e-mail ya no estuvo en mi poder. Ya podían juzgarme, ya podían reírse de mí… Incluso, una parte de mi cabeza se había creído la posibilidad de que terminase recibiendo una respuesta que fuese únicamente hiriente y descorazonadora en la que me pidiesen que no volviese a escribir nada más en toda mi vida. Con cosas como esa sabía que tenía que ponerle un considerable freno a mi mente.

Derek permanecía en su estudio. Intentaba disimular que me estaba mirando para ver mi reacción y desde el momento en que prácticamente me había golpeado contra el teclado de mi portátil, tenía una sonrisa diferente en el rostro. Sabía que eso significaba que había mandado ese escrito que tanto le había gustado en su momento. Mi respuesta, tremendamente infantil, fue sacarle la lengua lo que provocó una carcajada en el pintor que había vuelto a dejarse llevar por sus obras sin romper ninguna. Tenía igualmente sus momentos de bajón, se abrazaba a mí como lo haría un niño pequeño y poco a poco, aunque me costaba, lograba que me fuese contando esos pensamientos que le nublaban la mente, que le hacían venirse abajo.

Se había convertido en un enigma que quería resolver, sí, pero al que parecía que jamás llegaba, que no podía entender todo aquello que él siempre catalogaba como «tan complicado» provocando en mi interior un gran desasosiego por no ser capaz de dos cosas o hacerle ver la realidad o, por el contrario, no comprender qué era lo que quería decirme. Me resultaba frustrantemente doloroso porque necesitaba ayudarle, necesitaba entregarle esa estabilidad que él sabía regalarme cuando no estaba bien y veía que era incapaz de consolar su alma por mucho que él me negase esos hechos cuando se lo ponía de manifiesto en voz alta por pura necesidad de mi propia conciencia.

Me dispuse a intentar escribir un par de páginas al menos del libro que tenía entre manos, aquel que siempre había querido escribir, en el que me desnudase en cuerpo y alma. Poco tiempo después me sonó el teléfono móvil. Vi el mensaje que me acababa de mandar Derek y reí un poco puesto que no comprendía porqué me mandaba un WhatsApp si estábamos a unos pasos el uno del otro.

Eres fuerte, valiente, sin importar que el mundo se caiga a tu alrededor tú seguirás de pie. Sé que cumplirás cada uno de tus sueños, ignorando todo aquello que alguna vez te lo impidió o no confió en ti. Yo siempre lo haré, siempre confiaré en ti, mi amor. Es porque te amo, te amo con deseo, con pasión, con locura… eres el amor de mi vida. Jamás me cansaré de dar gracias cada día por encontrarte, por poder amarte, por todo. Aunque no lo creas curas mis heridas, cada vez que vuelven a abrirse tú las sanas de inmediato y el dolor se va como si jamás hubiese existido. Eres mi ángel y siempre, sin importar a dónde vaya o cuán lejos esté, siempre te mantengo conmigo.

Mordí mi labio inferior antes de dejar el móvil a un lado. ¿Cómo se suponía que se respondía algo así? Siempre me había considerado una persona romántica, pero en realidad era bastante poco detallista y él… él se desvivía en cada momento.

Me levanté de la silla dispuesta a ir hasta su estudio. Le observé con atención y sonreí ligeramente antes de ver que sus gafas estaban prácticamente en la punta de su nariz mientras realizaba algo que a mí me parecía complicadísimo. ¿Cómo de semejante técnica podía quedar una perfección de cuadro como ese? Apoyé mi costado en el cerco de la puerta y después esperé a que él me mirase.

— ¿Qué ocurre?

Negué ligeramente con una sonrisa en mis labios antes de caminar hacia él. Le quité el pincel de los dedos, también la paleta y por último las gafas. Doblé las bisagras de las patillas con cuidado y las dejé allí donde no corriesen peligro.

— ¿Qué haces? —rió entre divertido y confundido.

Mi respuesta fue simple. Le besé apretando mi cuerpo contra el suyo mientras mis brazos rodeaban su cuello de forma que cada milímetro de mi anatomía entrase en contacto con la suya. Él no tardó en responderme aquel beso, despacio, muy lento. Al que poco a poco le terminó ganando el deseo que nos teníamos cada uno. La intensidad se volvió adictiva, hambrienta y necesitada. Nuestras lenguas se recorrieron en un juego único que parecían haber inventado ellas solas.

Ambos terminamos jadeando, mirándonos a los ojos con la pasión encendida. Sus manos bajaron hasta mis muslos elevándome en el aire y provocando que mis piernas terminasen a la altura de sus caderas. Era la prueba inequívoca de que nos volvíamos a necesitar de aquel modo físico tan diferente y por eso, nuestras bocas volvieron a encontrarse en un beso lujurioso que prometía un sin fin de emociones físicas en todos los aspectos posibles.

2018 / Sep / 18

Derek se levantó de la silla delante del ordenador y se acercó a mí antes de abrazarme por la cintura. Dejé el vaso a un lado, me permití disfrutar de sus atenciones y luego, deslicé suavemente mis dedos por su espalda. No había querido preguntar nada por puro temor a lo que pudiese responderme.

— Es puro arte…

Me sonrojé pensando que se refería a alguna parte de mi cuerpo, no obstante, negué a sabiendas de que eso era imposible aunque no para los ojos de un enamorado y Derek lo estaba, demasiado, hasta tal punto que me hacía temer que no me merecía nada de todo lo que él me daba sin reservas.

— Cada palabra, cada emoción… No sé cómo consigues hacerme sentir tantas cosas simplemente leyendo tus escritos —susurró antes de depositar un beso en mi sien.

¿Arte? ¿En serio? ¿Cómo podía decir algo así? El arte a mis ojos no se comparaba para nada con lo que yo era capaz de hacer. Mi forma de compararme siempre para dejarme a la altura de un niño de dos años que solamente es capaz de hacer rayas frente a alguno de los grandes ya estaba jugando otra de sus maravillosas pasadas a mi mente. La forma casi dolorosa en que esa comparativa caía en mi mente era del poder de una bomba de destrucción masiva en cualquier ciudad abarrotada de gente, a duras penas si sobrevivía algún alma.

Elevé mi mirada buscando la mentira en los orbes ajenos. Necesitaba poder decirle que estaba siendo un embustero, pero creía firmemente en lo que decía o, al menos, así me parecía. De ser buen mentiroso debía serlo de primera porque aún no había podido cazarle en ningún deje o coletilla que le delatase cuando lo hacía. No obstante, otra parte de mí se negaba a creer que alguien pudiese mantener una mentira durante tanto tiempo. De ser así le habría pillado en algún renuncio después de tantas horas compartidas.

Sus dedos jugaron lentamente con mis cabellos parecía adorar tenerlos entre sus dedos aunque sabía que normalmente hacía ese gesto porque a él le resultaba relajante cuando eran mis dedos los que se deslizaban a través de sus mechones.

— Un día te va a crecer tanto la nariz por mentiroso… —mis labios se curvaron en una sonrisa, pero me costaba tantísimo no negar en voz alta aquello que mi mente no podía procesar como verdadero, que no había podido contener esa afirmación que buscaba pelea aunque de forma que la sonrisa pudiese paliar mínimamente los efectos.

— No lo creo. No me gustan las mentiras y menos aquellas que tienen que ver contigo —murmuró muy cerca de mis labios antes de robarme un beso.

— He pensado mandarlo al concurso que Cecille me indicó en un correo —hice una pequeña mueca intentando cambiar de tema porque sabía que no era mínimamente bueno y que quizá, de esa forma, él aceptaría la realidad, la diría en voz alta.

Sorprendido fui viendo casi a cámara lenta cómo su sonrisa se fue ampliando poco a poco. Sus labios se curvaron enseñando esos hoyuelos que podrían volver loco a medio mundo. Tuve que contener mis ganas de besar cada uno de ellos pues su entusiasmo ante esa idea no era lo que yo había esperado.

— ¡Hazlo! Estoy convencido que vas a ganar. No me importa quién se presente, vas a ganar. Es… sencillamente espectacular.

Reí negando con diversión y me acurruqué en su pecho sabiendo que aquel hombre tenía un grave problema de ceguera y no solamente de aquella que podía medio corregirse con las gafas, esa miopía con cristales de culo de vaso, no, su ceguera era aún peor. Sus ojos estaban completamente vendados y creía que todo lo que yo hacía o decía era perfecto, único e incomparable. Quería obligarle a decir la verdad aunque doliese, aunque me destrozase por dentro, pero ¿qué pasaba si me aterraba aun más que esa fuese realmente la verdad de lo que él veía? ¿Y si había más personas que podían ver lo mismo? ¿Y si tenía talento de alguna forma? No podría regresar a mi zona de confort, no podría volver a encerrarme en mi cuarto porque tendría una vida que vivir, miles de ideas que llevar a cabo, ser quien siempre había querido ser y no me había dejado. Tenía un pánico asfixiante a terminar creciendo, a poder ser «alguien» aún cuando siempre había querido serlo.

Aceptar que el fracaso era parte de la vida jamás había estado entre mis planes, menos aún si eso significaba que lograría los éxitos que deseaba. Siendo así jamás podría bajarme de la cresta de una ola que siempre tendía que ir en aumento, jamás podría descender mínimamente.

La ansiedad estaba gobernando gran parte de mi pensamiento inconexo que daba saltos de un lado al otro intentando resolver las incógnitas que no dependían de mí en todos los avances que quisiese hacer. Solamente teniendo una bola de cristal fidedigna, de esas que no se equivocasen ni en un millón de años tomase la decisión que tomase para que me indicase mi verdadero futuro. Así, puede que así, sí fuese capaz de aceptar lo que me esperaba porque no tendría forma de evitarlo y estaba convencida que haría todo lo posible para que no lograse el éxito, que mi nombre no fuese conocido en realidad.

Volvía a ese planteamiento que últimamente aparecía en mi cabeza a menudo. Podía seguir como estaba, sin avanzar, sin intentar nada nuevo o lanzarme a la piscina hubiese o no hubiese agua.

— Lo enviaré… aunque dudo que vaya a ganar, pero para mí será un salto muy importante solamente ese envío —susurré después de todos esos pensamientos que se habían revuelto en mi mente, que habían despertado fobias y deseos, la continua batalla entre mi verdadero ser y las murallas que había construido tiempo atrás para mantener a todo ese torrente de creatividad controlado.

El mundo era un lugar enorme donde se podía ser solamente una sombra gris pasando de un lado al otro teniendo una vida estándar o ser un color intenso, con luz propia que dejase una estela a su paso y la decisión mi corazón ya la había tomado.

2018 / Sep / 18

Recordaba la última reunión familiar, con la familia de mi madre, a la que había ido. Habían pasado unos cuarenta kilos, tres o cuatro cortes de pelo distintos y una carrera después. Me había sentido tan incómoda desde el primer momento que consideraba que la metáfora perfecta habían sido mis zapatos, aquellos que tanto había adorado, pero me habían destrozado los pies de una manera clarísima.

Había tenido que ponerme lo que mi madre había querido que me pusiese, por supuesto. No había terminado yendo como yo deseaba. No obstante, tampoco es que tuviese mis expectativas excesivamente altas. Fuera como fuese, tampoco me lo había imaginado tan mal como había sido en realidad.

Mis emociones habían ido de mal en peor. Lo único que había salvado algo mi día había sido la comida. Abundante, suculenta y debía agradecer a los tíos de mi madre porque no hubiesen tenido problema alguno en comerse aquello que a mi hermano y a mí no nos gustaba.

Para empezar, mi tía Marinoshka había pedido a mi hermana que le guardase un sitio a su lado. Al otro lado tenía a mi madre, mi madre, por supuesto, tenía a su otro lado a mi padre lo que me dejaba a mí aislada en la punta, con mi hermano a mi lado y una preciosa silla vacía que había terminado por seguir estando vacía porque para qué sentarse a mi lado cuando se podía dejar al menos un hueco de distancia. Primera puñalada.

Después, cualquier intentando por sacarle a mi hermano algún tema de conversación terminaba con su afable negativa, en muchos aspectos, salvo cuando se trataba de un juego. Quizá la explicación más exacta que podía haber en todo mi repertorio personal sobre mis sentimientos de soledad, incomprensión y súplica de ser mínimamente hablada socialmente era igual que volver a clase. Allí volvía a estar sola, indefensa frente al mundo aunque estuviese rodeada de un montón de gente y sintiéndome cada vez más tonta, igual que si mis comentarios no tuviesen relevancia, si fuesen insustanciales, estúpidos o propios de alguien que no tiene un mínimo de estudios, de sapiencias ni nada por el estilo. Sentirse inferior era algo a lo que me había acostumbrado tanto, que durante el momento lograba mantener el tipo obligándome a centrarme en comer, en realizar cualquier tipo de actividad, en buscar temas de conversación y luego, la caída en gordo llegaba cuando me quitaba la ropa, cuando analizaba lo que había ocurrido en realidad ese día y observaba que no había nada mínimamente salvable.

Había un gran añadido. El descubrimiento de que la persona de mi familia más afín a mí era una niña de siete años que vivía a muchos kilómetros de distancia y con la que no podía entenderme del todo bien. Era doloroso saber que a pesar de mi edad, aquello podía significar que no había madurado absolutamente nada, o por el contrario, que ser técnicamente adulto era un muermo total.

Hoy se cumplían años de esa comida, seguramente. Dudaba poder olvidarlo. Era raro que esas fechas que habían supuesto momentos increíblemente dolorosos en mi vida no permaneciesen como uno de tantos días oscuros que tenía mi calendario.

No obstante, desde ese día y por mucho que necesitase relacionarme, me había negado en redondo a ir a cualquiera de esas comidas organizadas para «pasarlo bien». Prefería mil veces buscarme otros ambientes en los que, al menos, estuviese prevenida de que iba a sentirme completamente sola porque era así, estaba literalmente rodeada de desconocidos, pero no porque aquellas personas que «debían quererme» preferían hablar con cualquiera a cruzar media palabra conmigo. Morder, aún no mordía; pero iba a faltar poco para que le diese algún bocado a alguien si la situación continuaba así.

Seguramente la situación no había sido así, no obstante, mi cerebro la procesaba así, la sentía así y contra eso no sabía si sería capaz de luchar tantos años después. Es como si ya hubiese criado hijos ese sentimiento negativo, y tuviese toda una familia con tataranietos para tomar el control de la situación si empezaba a ser mínimamente positiva.

Fue eso lo que me dio una idea. Una gran idea que me hizo levantarme en mitad de la noche a pesar de lo agotada que estaba. Mi cabeza necesitaba sacar esos sentimientos de alguna manera y puede que no le gustase a nadie. Puede que no tuviese sentido para otros o que fuese solamente yo la que tenía esas emociones, pero era en primera persona por lo que valía. Además, en esos momentos negativos del día jamás vería con una lógica lo suficientemente aplastante para callar a todas mis inseguridades el porqué no era la única que podía llegar a experimentar esas emociones.

El ordenador tardó poco en encenderse. Abrí un documento nuevo en word y dejé que mis dedos descargasen todas las emociones concentradas en mi pecho causándome agobio e intentando hacer comprender a aquel que lo fuese a leer qué era lo que me ocurría cada día con tantos símiles como fuese capaz de encontrar justos para que calzasen sin problema en cada línea, en cada idea que poco a poco iba encadenándose en mi mente con la siguiente.

Terminé el escrito. Acepté que no era de mis mejores trabajos antes, incluso, de corregir las faltas. No quería ni podía volver a leerlo y aun así estaba haciendo ese esfuerzo para mí titánico porque sabía lo que significaría para mí ver un solo fallo: papelera de reciclaje como destino último del trayecto.

Me levanté para ir hacia la cocina. Necesitaba beber un vaso de agua para de esa manera no tomar la decisión precipitadamente de quitar ese escrito sin posibilidad de salvación. Escuché unos ruidos que provenían de la habitación y vi a Derek restregándose uno de los ojos caminando hacia mí.

— ¿No puedes dormir?

Negué mirándole y nos dimos un suave beso.

— He aprovechado para escribir algo…

Fue decir esas palabras y sus ojos se abrieron como platos yendo rápidamente hacia el ordenador como si se tratase del mejor libro o escrito de la historia. Reí por su reacción y esperé su respuesta ante ese bodrio que había salido de mi cabeza.

El amanecer había empezado a colorear el cielo y supe que había vuelto a pasar una noche más escribiendo bajo el amparo de la soledad.

2018 / Sep / 18

Rodearse de las personas adecuadas en la vida es una parte primordial. Tener a alguien al lado que se dedica a cortarte las alas, a no permitirte volar ni tan siquiera por diversión, es un lastre para todo aquel que por mucho que lo intente, por mucho que busque seguir ascendiendo el constante sonido de ese discurso recordándote lo malo y no dándote apoyo nunca podía volverse tan dañino como una caída en picado desde tres mil metros de altura. Sabes que cuando llegases al suelo quedarías igual que una papilla, que sería difícil recomponerse, pero lo harías, casi como si el cuerpo estuviese hecho de flubber. Tardarías más o menos, pero alejándote de la fuente contaminante, de aquel que tan solo se dedica a criticar, el ascenso sigue costando, muchísimo, nada es gratis; pero, al menos, no subías solo.

Descubrir cómo se sentía uno cuando cualquier idea, cualquier plan siempre parecía grandioso animándole a conseguirlo era algo que nunca había creído que podría llegara experimentar.

Después de estar mucho rato en la bañera hasta el punto que el agua se quedó prácticamente congelada, salimos para comer algo y ver esa película mientras tanto. No quisimos comer demasiado lejos el uno del otro, era igual que necesitarse para respirar, pero me sentía mínimamente sabiendo que había un lugar al que realmente podía acudir siempre, un sitio en el que sí era importante, sí era tratada como la reina de ese pequeño mundo y aunque no creía merecerlo era un cambio de clima deliciosamente beneficioso para todas aquellas heridas que aún sangraban sin cura posible.

Me apreté contra su cuerpo en un intento por quitarme de encima cualquier mínimo recuerdo doloroso y me concentré en el argumento de la película. Una asombrosa Kate Winslet hacía el papel protagonista. Costurera de profesión y con un pasado tormentoso a sus espaldas, había regresado al pueblo para lograr su objetivo, descubrir la verdad sobre el cargo del que todos la acusaban y, además, cuidar de su madre aunque más parecía que era ella quien necesitaba los cuidados de su progenitora aunque, ¿quién no?

Tomé una de las manos de Derek antes de alzar mi mirada descubriendo que se había quedado dormido. Contuve una pequeña carcajada y le dejé descansar. Había tenido muchas emociones fuertes y aquello siempre suponía un desgaste psicológico y físico. No era tan extraño. Yo misma podía terminar tan agotada con un día que para muchos era común además de socialmente activo que me pasaba muchas más horas de las que debía intentando recuperar el ritmo perdido de energía. Tanto estímulo, tantas posibilidades de atormentarme lentamente, provocaban un exceso de trabajo que se traducía en un agotamiento puro y duro. Aquel que tendría tras un día entero dedicado a ejercitarme físicamente a un nivel de profesional.

Di un pequeño beso a la palma de su mano y después, me levanté del sofá cuando terminó la película. Apagué la televisión, me senté frente al ordenador y busqué en mi correo si me había llegado algún e-mail de alguien. Un correo de Cecille apareció en la bandeja de entrada y cuando vi que se trataba de un concurso casi perdí la respiración. ¿Estaba preparada para intentar dar un paso como ese? Dudaba que realmente fuese así, aunque también podía angustiarme la posibilidad de que aquello pudiese gustarle a alguien además de la clarísima posibilidad de recibir críticas malas, siempre malas, porque ¿para qué iba a pensar en positivo?

Las bases eran simples. Un trabajo en primera persona. Un escrito corto sobre mi experiencia dentro de la salud mental. El único problema que había con todo eso era simple, ¿me atrevería a escribir algo? ¿Tendría alguna idea y después la mandaría cuando estuviese plenamente satisfecha?

Debía ser realista, nunca estaba plenamente satisfecha con nada de lo que yo hacía. La verdad es que no iba a conseguir nada. No ganaría el premio, no le gustaría a nadie, y seguramente tendría que terminar ayudando a otros para que se presentasen al concurso. ¿Aceptaría perder? ¿Podría mi autoestima superar algo que evidentemente iba a terminar calificando como un rechazo más y un nuevo refuerzo para esa odiosa parte de mí que me recordaba una y otra vez que no valía ni para hacer la O con un canuto?

Miré hacia Derek. Verle dormir tan plácidamente casi me enfureció. Le necesitaba ahora. Quería hablar sobre el continuo come-come que tenía mi cabeza cuando se trataba de cualquier cosa. Me sentí mal por enfadarme. ¿Por qué todo tenía que ser en el instante? ¿Por qué no podía aguantar yo misma toda mi sarta de emociones durante unos instantes? Suponía que la liberación y la necesidad de no vivir con filtro me habían alegrado demasiado la vida. No era justo que Derek sufriese por eso. No le debía mi mal humor porque no era su obligación escucharme a todas horas. Bastante lo había hecho ya.

Apagué el ordenador quedándome pensativa, intentando ser yo quien decidiese y dilucidase qué iba a hacer exactamente con ese concurso. Lo más sano para mí de primeras me parecía una retirada a tiempo, pero estaba cansada de seguir escondiéndome detrás de las faldas de mamá. Tenía que aprender a seguir adelante. Por ese mismo motivo me presentaría, me daría de tiempo hasta unos diez días antes de la fecha final para que se me ocurriese alguna historia, la que fuese, real, por supuesto. No podía inventarme nada, tenía que ser un relato corto de mi vivencia con la enfermedad mental.

Volví a sentarme al lado de Derek, me acurruqué en su pecho y empecé a buscar algo que ver en la televisión. De no ser así, de no encontrar nada, siempre me podía poner a leer en cualquier momento. Los libros siempre eran un recurso maravilloso con el que aprendía sin darme cuenta. Además de la lectura tenía la propia escritura de mi libro en suspense, dispuesta a terminarlo en poco tiempo, algún día, sin volver a bajarme del tren antes de que pudiese descarrilar. Si tenía que tener un accidente, darme un golpe de gracia buscando mi sueño, era ahora el momento adecuado de hacerlo.

2018 / Sep / 17

Dejó un beso en mi yugular antes de que estirase mi cuello hacia atrás buscando en lo posible quitarle tensión a la zona, pero tenía pinta de que aquello tan solo iba a empeorarlo.

— En serio…

— ¿Qué quieres saber? Te contestaré todo lo que me preguntes.

Solía ser bastante mala describiéndome, al menos, si tenía que hacerlo desde un punto de vista objetivo que no era capaz de tener conmigo misma por mucho que lo entrenase. Mi cabeza era dura y terca hasta ese aspecto. Además, siempre había creído que tenía mayor facilidad para expresarme escribiendo en un papel sin que tuviese que ver la expresión de nadie cuando le contase todo lo que pasaba por mi cabeza.

Recapitulé pensando en todo lo que Derek ya sabía de mí. En realidad, le había contado la versión corta de la «trágica historia de mi vida» y mi desastre de vida amorosa. Ni tan siquiera sabía porqué me había sincerado hasta ese punto con él cuando no le conocía prácticamente, pero era agradable creer que podías confiar en alguien, que una persona ajena a tu propio subconsciente no iba a defraudarte, no iba a mentirte ni engañarte. ¿Por qué después de todas las veces que había tropezado con la misma piedra seguía creyendo que había alguien digno de fiar en todo el planeta? Básicamente porque mi alma lo necesitaba de forma desesperada.

— ¿Cuál es tu color favorito?

— ¿Prometes no reírte ni decir lo raro que es?

Soltó una pequeña risa.

— Por supuesto. Lo prometo.

— Mmmm, te pasaré que ya te hayas reído. Es el amarillo.

Sus labios dieron un beso a mi sien y temí escuchar las risas en cualquier momento, sin embargo, sus dedos se dedicaron a acariciar mis costados con deliberada lentitud. Me giré en sus brazos y me senté a horcajadas sobre él abrazándole por el cuello.

— Nunca te he visto llevar nada amarillo…

Me quedé pensativa intentando recordar los atuendos de ropa que tenía. La verdad es que el amarillo siempre había sido el color que más me había gustado, pero rara vez lo había llevado. De hecho, ahora empezaba a vestir con los colores más vivos después de años teniendo que llevar tan solo ropa de los colores más oscuros porque, al menos lo que yo podía permitirme, no tenía muchos más colores que pudiese llevar una talla grande. También podía ser por esa tontería de que el negro estiliza. Una cosa es que estilizase y otra cosa es que hubiese podido obrar el milagro de hacerme creer que tenía una talla XS cuando la mía sobrepasaba la XL. Mi relación con mi cuerpo siempre había sido tortuosamente horrorosa y ¿Derek comprendería algo así? Así que me arriesgué a explicárselo.

— Creo que me hubiese enamorado igualmente de ti con esos kilos de más.

Rodé los ojos sin poder creerme lo que estaba diciendo. Teóricamente parte de la magia de la atracción estaba en el físico, ¿no? ¿Por qué le iba a atraer el cuerpo que tenía antes o, incluso, el que tenía ahora mismo completamente lleno de marcas de las subidas y bajadas de peso?

— No digas bobadas. Te hubieses fijado en mí tan solo para desviar la vista lo suficientemente rápido para que no creyese que te gustaba —suspiré mientras sus manos iba subiendo lentamente por mi espalda abriendo sus dedos como si no los tuviese maltratados.

— Kyra Annette Mijáilova, mírame ahora mismo.

Respiré profundamente al escuchar mi nombre completo y fijé mis ojos en los ajenos el tiempo que me permitió la vergüenza. Además, estaba visiblemente enfadado, pero intenté ablandarle haciendo un puchero que pareció surtir efecto.

— ¿Crees que soy tan superficial? ¿Crees que el físico es lo único que me tiene loco por ti?

Fruncí mi ceño pensando en las posibilidades. Si le decía la verdad, lo que mi cabeza gritaba, seguramente iba a tener problemas. Sin embargo, si le decía lo que quería creer, en realidad le estaría mintiendo porque no aceptaba de forma consciente que tuviese absolutamente nada que pudiese atraer a nadie y el resurgir de mi nefasta vida amorosa seguramente se había debido a todos los kilos que había perdido, a ser teóricamente «sexy» o el concepto que me habían inculcado de sensualidad hasta el tuétano.

A diferencia de lo que la gente creía, no era tan dura con el resto de la población. No me dolían los ojos por ver a personas con kilos de más luciendo sus curvas, al contrario. Para mí eran un verdadero ejemplo de autoestima alta. ¡Ole sus narices porque les importe una mierda lo que piense el mundo y por quererse sean como sean! Tampoco era de las que evitaba tener amistades con sobrepeso. En realidad, evitaba casi todo tipo de contacto social, no tenía que ver con eso. No obstante, cuando el tema se trataba de mí era muchísimo más dura. El peso había sido la cruz que había tenido que llevar toda mi vida desde pequeña por los genes familiares, porque siempre me había gustado mucho comer, por la cantidad insana de pastillas que me había tenido que tomar y por esa maravillosa vida sedentaria que había tenido durante demasiado tiempo.

— No creo que seas superficial —es cierto, en eso no mentía—, pero sí creo que mi físico no podía haberte atraído ni lo más mínimo.

Enarcó una ceja. Casi podía verle pelear consigo mismo para no levantarse de la bañera y montar un espectáculo parecido al de antes, pero la sinceridad era mejor que otra cosa. ¿De qué me serviría decirle que sí podía ver plausible esa posibilidad si en realidad no era de esa forma?

Empujó mi espalda hacia él de forma que nuestros labios casi quedaron a la misma altura, mis senos se apretaron contra su cuerpo y su nariz comenzó a jugar con la punta de la mía en lentas caricias que intentaban calmar la desazón que parecía leer en mi rostro. En ese aspecto era exactamente igual que un libro abierto. Fuese el sentimiento que fuese parecía escribirse con letras de neón en mi frente y en un idioma universal que podía entender todo el planeta.

— Eres mucho más que un cuerpo bonito, Kyra. Eres inteligente, divertida, cariñosa, amable, atenta, tienes la mente abierta y no juzgas, te das en cuerpo y alma a una causa que consideres justa… Y has sufrido tanto. Todo tu conjunto, absolutamente todo es lo que me tiene completamente loco por ti. ¿Lo entiendes?

Le miré haciendo un puchero y terminamos en una batalla por ver quién hacía el puchero más lastimero hasta que tras robarle un beso terminé asintiendo una sola vez, porque lo entendía, no porque compartiese que yo fuese todas esas cosas.

2018 / Sep / 16

El agua estaba tibia. Prefería el agua con una temperatura más alta pero no deseaba tampoco que le quemase en las heridas recientes. No recordaba la última vez que me había dado un baño, generalmente habían sido duchas, por eso de la concienciación con el medio ambiente aunque dudaba que sirviese de mucho si las duchas eran de una duración mínima de media hora. No obstante, desde que era pequeña los baños no habían formado parte de mi día a día.

Derek se había metido antes que yo. Aún me daba vergüenza mostrar todas mis imperfecciones físicas delante de él por mucho que hubiese recorrido cada centímetro con sus labios. El solo recuerdo provocaba que me sonrojase hasta las orejas. Así que me metí en la bañera sin mirarle, al otro lado, a la altura de sus pies.

Entrecerró sus ojos mirándome y levantó un dedo para indicarme que me acercase. Reí negando y finalmente, al ver que si no lo hacía él terminaría llevándome hasta allí, me di la vuelta y apoyé mi espalda en su pecho permitiendo que nuestros cuerpos se encontrasen de aquella forma tan diferente. El agua daba una nueva sensación al toque de nuestras pieles.

— ¿Sueles reaccionar así a menudo por la frustración, Derek? —pregunté cuando ya no pude contener más esa curiosidad que me llevaba siempre por mal camino.

Pude sentir cómo sus músculos se tensaban, pero finalmente soltó todo el aire acumulado en los pulmones.

— No sé controlarla si es a lo que te refieres. La ira, la frustración… generalmente soy bastante… gruñón.

Mi expresión cambió completamente. Tenía una completa cara de tener que resolver el teorema matemático más difícil de la historia. ¿Cómo era posible? Salvo por la pelea con Gerault y por lo que había sucedido hoy, no le había visto jamás dejarse llevar por la rabia, por la locura ni nada de eso. Siempre era precavido, no pronunciaba palabrotas salvo que yo misma las hubiese pronunciado antes para definir a alguien. Conmigo era extremadamente diferente a la definición que yo tenía de «gruñón» en mi diccionario particular.

— Conmigo no eres gruñón.

— No, pero seguramente te habrás dado cuenta que lo soy además de amargado y un cabezón de categoría superior —sus dedos se movieron dentro del agua hasta que encontraron los míos y con cuidado, le dejé jugar con ellos. No quería que se lastimase más.

— Vale, vale, vale… ¿qué Derek ves tú? Porque no es para nada lo que yo veo en ti.

— Contigo no me sale ser… así. Contigo tan solo me sale cuidarte, protegerte, consentirte… No soy igual con el resto del mundo. Nadie me importa. Sí, sufro porque hay injusticias en el mundo, algo de corazón tengo; pero, cuando se trata de pensar en el aquí, en el ahora, en la gente que conozco, el planeta me importa una mierda, lo único que quiero ver siempre es tu sonrisa —musitó contra mi oreja dejando después un beso en el hombro que tenía a su alcance.

¿Algo así podía ser real? ¿Ese Derek existía realmente? Ese hombre tan diferente frente a todos menos frente a mí. Dulce, amable, tierno, atento… ¿podía cambiar tanto cuando se enfrentaba al resto de la humanidad? No tenía nada más que recordar cómo le había cambiado la cara al percatarse de la presencia de Gerault. A mí me miraba de una forma, a él, en cambio, parecía querer asesinarle sin tener que cruzar palabra alguna.

Pude que todos estuviésemos cubiertos de caretas, que le mostrásemos a cada uno la que nos apetecía mostrar. Yo estaba cansada de vivir tras caretas. Quería poder ser yo sin tener que pensar absolutamente en todo, porque mientras mantuviese el respeto por los demás, ¿por qué no podía vestir como me diese la gana o llamar la atención de alguna forma si eso era lo que quería? Otra pregunta más importante se cruzó por mi mente. ¿Cuál era el verdadero Derek entonces? ¿Un día se quitaría la careta y recibiría los golpes que en esta ocasión había recibido la pared o por el contrario era ese Derek atento sacado de un cuento de hadas?

No, no negaré que la perfección exista. Al contrario. Después de todo este tiempo había llegado a la conclusión simple de que sí, la perfección existía, claro; pero lo que para unos era perfecto, para otros no. La perfección podía medirse en algunas variables objetivamente, sí; sin embargo, esa perfección de la que hablábamos asíduamente y con tanta ligereza era de cada uno de nosotros. La subjetividad al colocar ese atributo a una persona no era nada más y nada menos que un cumplimiento de todos los cánones que a nuestros ojos le daban esa categoría. Y Derek entraba en todas las clasificaciones en la primera posición a pesar de ese descontrol. Quería pensar por eso que el verdadero Derek era el que yo conocía mientras que por su pasado se ponía una careta para que el mundo dejase de hacerle daño.

Apoyé mi cabeza en su hombro y alcé mi mirada para encontrarme con sus ojos que volvían a contemplarme de esa forma en la que me podía sentir como la mujer más hermosa del planeta.

— Tú eres el verdadero Derek. Éste que veo aquí. El que escapa del escondite cuando siente que no será juzgado o que desea ser así de amado como sabe que se merece —sonreí suavemente y di un beso a sus labios—. Gracias por permitirme ser la única que te conoce realmente.

Rió antes de negar con suavidad y dio un beso a la punta de mi nariz mientras mantenía el silencio.

— Quiero conocerte, Kyra…

Entrecerré mis ojos dado que le había contado muchísimas cosas de mi vida.

— ¿Qué quieres saber?

Sus dedos dejaron a los míos, se apoyaron en mi bajo vientre y me apretaron contra él antes de susurrar de una forma que podía significar miles de cosas:

— Absolutamente todo.

Un estremecimiento recorrió mi columna vertebral despertando cada célula de mi anatomía.

— Tienes toda la vida para conocerme.

2018 / Sep / 16

Todos éramos seres humanos que descargábamos nuestra rabia de una u otra forma. Más de lo que me hubiese gustado admitir la frustración terminaba marcando muebles, paredes o ventanas de los distintos hogares. No obstante, mi forma de soltar dolor, furia o rabia no era mucho mejor. Yo era de ese tipo de personas que necesitaba llevarse a los demás por delante. En esos momentos era como el jinete sin cabeza que recorría las calles marcando a todos los existentes y arrebatandoles la vida. Mis armas de destrucción masiva, en busca de hacer más daño, era el insulto.

Todas y cada una de las veces que había respondido mal a mi familia, que había insultado o había actuado de una forma que buscaba calmar la calamidad de mi interior destruyendo todo a su paso, me perseguía clavándose en mi conciencia provocando que sintiese rechazo frente a esa Kyra que había actuado de esa forma venenosa. No podía mirarla cuando echaba la vista atrás. Era igual que si repudiase todo lo que había hecho esa chica y que seguía haciendo sin mantener jamás el control.

Me preguntaba si estaba utilizando a Derek, si en realidad, la estabilidad que él me mostraba no era nada más que el principio de mi huida y él la veía tan claramente como empezaba a dilucidarla yo, pero ¿por qué lo haría? ¿Por qué huiría de todo lo que me hacía bien? Porque ahí estaba ese estúpido pensamiento que me recordaba que yo no me merecía nada bueno, absolutamente nada. Ese mandato me taladraba hasta la médula y desplegaba su equipo de combate hasta que destruía cada mínimo atisbo de felicidad en mi interior.

Apoyé mis labios sobre la cabeza de Derek a pesar de que ya estaba mucho más tranquilo. Quería, en lo posible, hacer algo para lograr su bienestar. Ni tan siquiera se me ocurría cómo podía asegurarle sin que su miedo se incrementase o terminando por destruirlo, que no iba a desaparecer. ¿Quién decía que no lo haría? ¿Quién decía que en cuanto me creyese segura mi instinto patéticamente ridículo de supervivencia ante un dolor inminente provocase mi huida sin mirar atrás?

Había intentado por internet sentir ese amor, esperar no huir y todas y cada una de las veces había cedido a mi incontrolable deseo de discutir, de romper toda atadura para seguir reconociendo a ese pensamiento grabado en lo más profundo de mi ser, que efectivamente, lo único que se podía hacer conmigo era dejarme pasar para poder tener una vida más o menos productiva.

El número de personas a las que había hecho daño seguramente era bastante más grande que mis propios años y puede que el dolor que había reflejado fuese aún mayor precisamente como una lección para entender en propia carne qué les había hecho sentir a los demás. Sin embargo, por mucho perdón que pudiese pedir, no se le podía pedir a un alma atormentada, maltratada por ella como por su entorno y llena de ira, que aceptase sin reservas dar amor a todo el que pasase, porque no lo comprendería.

Allí estaba yo, viviendo junto a otro ser lleno de heridas abiertas que intentaba cicatrizarlas conmigo a su lado. No tenía más remedio que madurar por una condenada vez en mi existencia y darme cuenta que él, igual que yo, buscábamos lo mismo y ya no valía un «no te ajunto» como en el parvulario.

Una cosa era saberse la teoría. Otra aprenderlo y llevarlo a la práctica. Por alguna razón, en un momento de nuestra existencia, después de veinte mil veces intentando lo mismo, parece que tu mente lo entiende, comprende que no solamente existe huir, que hay que ir más allá. Durante mucho tiempo había obligado a mi mente a esconder sus pensamientos, sus ideas sin sentido, su curiosidad y su locura; pero… ¿y si era hora de aceptarme sin reservas? Dudaba que tuviese la capacidad de hacerlo, ni tan siquiera mínimamente, no obstante, de poco servía que dijese una cosa y no practicase con el ejemplo.

Mi evolución llevaría tiempo, lo sabía, al fin y al cabo, somos seres de costumbres y durante mucho tiempo había conseguido hacer enmiendas a las leyes menores que regían mi cabeza, pero nunca me había enfrentado contra una reforma de esa constitución.

— ¿Sabes qué? —pregunté acariciando la nuca de Derek con las yemas de mis dedos.

— ¿Qué? —su voz sonaba amortiguada, pero no parecía haber dolor, no ahora.

— Que vamos a tomarnos un día entero de relax. Necesitas despejar tu cabeza, yo también la mía y ninguno de los dos podríamos trabajar así con tantas emociones a flor de piel así que te propongo algo: baño relajante juntos, película y por supuesto, una comida de esas que nos dejen completa y absolutamente llenos. Ya habrá tiempo de bajar las calorías —reí intentando animarle buscando su rostro.

Sus ojos volvieron a iluminarse de esa forma especial. Su sonrisa apareció mínimamente, pero no le permitieron expandirse por su rostro para derretirme ante esos hoyuelos que tenía. No obstante, tenía una expresión casi desvalida, tímida, inocente, necesitada de amor, como un niño pequeño cuando te muestra ese intento de puchero. No podía negarme a intentar hacer lo que necesitaba así que empecé a darle besitos por todo su rostro con mucha suavidad, igual que haría con un bebé y esa sonrisa hermosa suya apareció por instinto antes de soltar una carcajada.

— Vas a comerme, Kyra…

— Quizá más tarde —le guiñé un ojo riendo y besó mis labios con esa desesperación propia de quien creía haber perdido a su amor.

Me separé tan solo cuando mis pulmones necesitaron aliento y con mis ojos cerrados, una sonrisa tras apoyar mi frente contra la suya susurré bajo al ritmo que me permitía la escasez de mi aliento.

— Estoy aquí. Tranquilo, estoy aquí…

Respiró aliviado y cuando volvió a serenarse ambos abrimos los ojos regalándonos una pequeña sonrisa.

— ¿Baño?

Asintió y me apretó contra él robándome otro beso.

— Baño. Juntos. Nada de escaquearse —mordió ligeramente mi labio inferior haciéndome reír aunque en realidad tenía un efecto muy distinto en mí que hiciese eso.

— Nada de escaquearse. Prometido.