2018 / Sep / 23

El silencio no era algo fácil con mucha gente. No era algo fácil ni tan siquiera uno mismo en completa soledad. Siempre había algo que sonaba, uno realizaba demasiado ruido o simplemente se estaba tan nervioso que los latidos del corazón eran lo suficientemente altos para levantar dolor de cabeza.

— Salud mental, problema mental… ¿quién al oír esas palabras no se acuerda del típico asesino en serie con una camisa de fuerza dentro de una sala acolchada de manicomio? Seré sincera al deciros que fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando me hablaron de la posibilidad de ir a un psicólogo pues todos sabemos que uno de sus motes en la sociedad es el de “loquero”.  

Seré franca. Desde que tengo memoria o, al menos, los escasos recuerdos que tengo no ayudaban en demasía a que tuviese una relación estrecha con la familia y mucho menos los propios problemas que iba experimentando dentro del espacio social destinado por mi edad. Os ahorraré detalles sobre mis años acompañada de las mismas personas que conseguían que cada mañana y a pesar de lo que adoraba ir a clase, empezase a detestar hacerlo. Igualmente os ruego que no penséis en lo peor. No sufrí palizas físicas. Pero el bullying o acoso escolar, en fin, tiene muchas facetas y cada una de ellas deja marcas más fuertes en el corazón y el alma que los moratones que dejan los golpes. No es la piel morada la que debe preocupar cuando se golpea a alguien o los huesos rotos, debe preocupar algo mucho más allá, la forma en que obligamos a moldearse a una persona por los temores que nosotros mismos le provocamos.  

Adelantaré que hablo en plural porque somos parte de la sociedad, no porque os considere a ninguno de vosotros un abusón ni nada por el estilo.  

Como todos sabéis cambié, radicalmente. Ya no era la niña que llevaba siempre una sonrisa, me volví sombría, me volví distinta hasta el punto que las películas de terror eran… ¿un bálsamo para mis heridas? Me obligué a ser dura, a no tener miedo… Y no, no fue la adolescencia quien me dijo que había que cambiar de esa forma. Fueron todas las experiencias previas que fueron formando a una Lucía que había aprendido más a base de palos que con las muestras de cariño. ¿El motivo? No soy consciente de ello. Puede que alguna conexión en mi cerebro aceptase que lo malo debía ser más importante que lo bueno. Supongo también que ese tipo de habilidades se adquiere con la madurez y yo, encerrada en mi cascarón, sin haber podido profundizar en nada de ningún ámbito salvo en mi obsesión con los estudios, estaba tan verde como lo estaría un bebé recién sacado del vientre materno.  

Sabedores de eso podréis entender ahora que lo más sencillo que podía hacer era replegarme como una cría frente a un depredador ante el mundo. El problema estaba en que ya no era una cría, estaba volviéndome adulta y todo lo que durante tantos años había tragado se hizo tan difícil de seguir en el interior que tuve que expulsarlo de la peor forma posible. Es decir, ¿quién sabe pedir ayuda con temas que son tan íntimos? Si la única solución es “el loquero”, ¿quién podría aceptar que no importa ir a un psicólogo porque es lo que necesitas? Entono el mea culpa aceptando mi singularidad. Pero no me cargaré en la espalda cosas que yo no escogí, al igual que no podemos sentirnos culpables por haber nacido con los ojos oscuros, el cabello liso o rizado, o una nariz más grande o más pequeña. ¿Serviría de algo? No. Pero al igual que el físico, la forma de ser de uno también puede ser pulida y es algo que va cambiando con el paso del tiempo, a medida que uno tiene más conocimiento de uno mismo y del mundo.  

El camino fue difícil. Lo sigue siendo. Imaginaros estar años poniendo en viva voz vuestras más duras miserias. Teniendo que aceptar que sois así, que no es el mundo quien está en vuestra contra sino que la cara que muestras al mundo es la que provoca recibir algunos de esos golpes. No, con esto no estoy justificando el acoso, en absoluto. Ese completamente injustificado, por la pura maldad de otros que aceptaron y aún aceptan, buscar su paño de lágrimas o saco de boxeo en personas ajenas porque es más sencillo gritar y señalar los defectos ajenos o maltratar por envidias, que ver la propia mierda que uno lleva dentro y que huele tanto que terminará saludando cuando menos lo esperemos. 

Estos problemas suelen conllevar una ira desmedida que se traduce en un odio por todo y todos cuando dejas escapar una pequeña parte. Es más que evidente que yo no fui la excepción y reconozco que aún sigo saltando como escopeta de feria, de una forma demasiado exagerada en ciertas situaciones, no obstante, mi intención con esto no es daros una guía de cómo tratar a Kyra volumen uno. No, lo que quiero es normalizar una situación que os describiré tal y como yo la he percibido.  

Permitidme que me conceda la licencia de poneros un pequeño cartel. Un cartel donde os coloco vuestra posición en todo mi tratamiento desde mi subjetividad, por supuesto y basándome en los datos que sabía en aquel entonces.  

No había llamadas. No había intención alguna de acercarse. No había conversaciones distendidas ni intentos de… hacerme liberar una gran carga que pesaba sobre mis hombros. En vuestra etiqueta colocaré tan solo la palabra “pasivo”, algo que viví como el pleno abandono de todo el mundo frente a mí, como si sobrase, como si no importase, como si estuviese mejor lejos de todos.  

Ahora abriré una pequeña comparación que a mí me hizo mucho daño y no con esto quiero decir que las condiciones sean las mismas, pero quizá así podáis o intentéis entender cómo vi todo desde mi prisma.  

En el instante que se supo el diagnóstico de mi primo todo el mundo de la familia se volcó, os vestisteis de azul en los días nacionales del autismo. Y no, no lo toméis a mal, no digo que eso sea malo, al contrario, la normalización del problema consigue que las causas estresantes de éste disminuyan, pero no pude evitar preguntarme ¿por qué el autismo sí y lo que yo tenía no? ¿Por su edad comparada con la mía? ¿Porque en teoría el sufría más que yo? ¿Había algún motivo?  

Desconozco si sufre en facetas que ni yo misma pueda imaginar dado que uno de sus problemas es la verbalización, el poder decir qué siente y qué no. Y creedme si os digo que si por mí fuera me cambiaría por él, porque él tampoco tiene culpa alguna de cómo es, y así hay que quererlo dado que ¿no nos da momentos maravillosos? Es por eso mismo, que yo no entendía aquel rechazo a hablar sobre mi día a día en el hospital de día o mis avances. Mis hermanos sí eran preguntados por sus estudios, mis primos por sus trabajos y vidas amorosas, mis tías por lo respectivo y sus hijos. ¿Por qué mi vida, por ser “anormal” era tabú? Sí, sé que no es agradable hablar de síntomas, ni tampoco ponernos con tecnicismos psicológicos, pero no pedía eso, pedía un interés, simple, en saber qué tal iba evolucionando, qué hacía en los sitios nuevos a los que iba y si fuese necesario responder las dudas puesto que no seríais los primeros que no supiesen qué es el centro al que iba, algo que ni tan siquiera yo misma sabía. 

Creo que llegados a este punto es conveniente que os haga una nueva aclaración. No será en términos psiquiátricos clínicos, pero sí lo explicaré de la forma que yo lo entendí. Yo no tengo una enfermedad mental. Al menos, no está catalogada como tal. Mis problemas y dificultades radican en el trastorno de personalidad. No os asustéis. En palabras sencillas dichas por mi psiquiatra todos tenemos un trastorno de personalidad, ¿por qué? Porque la personalidad es la forma de ser de cada uno y nadie, absolutamente nadie, encaja en el canon preestablecido de una persona completamente equilibrada. Es un canon inaccesible para la mayoría, por eso dentro de los trastornos de personalidad uno debe aprender a perfilar qué cosas sí y qué cosas no quiere cambiar de uno mismo.  

A todo esto, hay que añadirle una autoestima tan baja como el sótano menos veinte debido a las experiencias de mi vida y mi propia autoexigencia.  

Quiero comentaros que mis habilidades sociales existen. Mi práctica con ellas es algo más cuestionable y por eso, en muchas ocasiones, no sé cómo comportarme, hablar o intentar estar con los demás.  

Mi malhumor es un tema a parte. Dado que tengo mucha ira acumulada aún estallo, como dije antes, con excesiva violencia. Y os aclararé para evitar algún tipo de mal mayor, algo que espero que no suceda, lo mejor es dejarme que me vaya a donde haya ido a aislarme y en un rato, yo misma seré quien acuda a los juegos o quien intente conversar con alguien. Estrategia básica para tratarme. Sí, lo sé, he dicho que no daría un manual de cómo hacerlo, y no pido que tengáis medidas diferentes conmigo a la hora de intentar mantener una conversación, pero en este caso creo que sí que es claro mencionar estas pequeñas guías.  

Si en algún momento la cosa llega hasta el punto de que decido salir a dar una vuelta, creedme ahora. Me cuesta salir de casa e ir sola a algún lugar. Seamos lógicos. Es más que evidente que no me voy a ir de la ciudad y mucho menos saltar de un puente, no va con mi filosofía de vida. Además, os recordaré que, aunque no lo parezca, en momentos en los que me voy encendiendo yo sola conmigo misma, soy capaz de razonar los pros y los contras de algunas situaciones e irme de un sitio sin tan siquiera llevar el móvil o decirle algo a alguien, no va conmigo. Si veis que salgo de repente, mantened la calma, serán un par de vueltas a la manzana, aire fresco, llorar si lo necesito y después, regresaré con las energías renovadas, pero no me iré lejos ni tardaré demasiado en volver.  

Me gustaría también dar algún consejo para aquellos futuros padres o los que tienen hijos lo suficientemente jóvenes como para no ser considerados adultos. Observad. No es necesario espiar al hijo, pero sí observar. Más aún cuando la adolescencia esté a la vuelta de la esquina porque todo lo que durante la infancia se traga, salpica como un aspersor en la adolescencia y normalmente son los padres los que se llevan los golpes más desproporcionados.  

Si vuestro hijo o hija necesita ir al psicólogo o incluso, tomar medicación, de poco servirá si os ponéis una losa más pesada de la que es preciso sobre los hombros.  

Intentad hacer todo lo posible para evitar que vuestros hijos terminen hospitalizados en el área de psiquiatría de cualquier hospital. Por experiencia propia os digo que esos ingresos son unas de las experiencias que será más difícil borrar de mi memoria o que deje de doler. Y también entended que no, no es vuestra culpa si vuestros esfuerzos terminaron ocasionando de igual forma que vuestro hijo o hija termine con un problema psicológico. Es importante no hacer un mundo de ello, porque, a diferencia de algunos razonamientos, no son los padres los únicos culpables de nuestro futuro. Ellos nos dicen las cosas y no siempre está el problema en cómo se dicen sino en cómo y quién lo recibe —respiré profundamente después de aquella parrafada y con una pequeña sonrisa me terminé sentando, porque sí, no había dicho quizá algo demasiado explicativo, no les daba datos técnicos que, en realidad, no necesitaban. Solamente, les hacía partícipes de mi dolor en algunas ocasiones, el porqué y… por muy mal que sonase, yo me encontraba bien por lo que, esa era yo. Decía las cosas claras y a quien no le gustase podía besarme el culo, básicamente.


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