2018 / Sep / 23

Tres bizcochos hechos. Café. Té. Leche. Azúcar. Azúcar moreno. Había repasado todo lo que necesitaba una y otra vez. Sobre la mesa del salón, la cual había agrandado lo máximo que permitían sus trozos de madera extra y la había puesto igual que en algunas celebraciones de Navidad que habíamos tenido en ese hogar, había colocado tazas para cada uno, vasos para quien no tuviese taza, un folio y un bolígrafo sobre la mesa. Me había colocado en la presidencia, aquel que solía ser siempre mi sitio, pero que todo el mundo me quitaba en los cumpleaños por una razón que desconocía y me ponía de muy mala uva. Había dejado allí las tarjetas con mi discurso y después me había metido a duchar.

Hacía exactamente dos días que me había teñido el pelo y aquello seguía escupiendo color de una forma sorprendente. Lo que más me preocupaba era, precisamente, que eso provocase que terminase tiñendo todo de ese negro que ahora acompañaba mi corte de pelo. La hidratación dejaba mucho que desear, estaba el pobre completamente tiritón, pero sabía que poco a poco se iría arreglando.

Me maquillé, me vestí, me senté y justo cuando creía que me habían dejado plantada, fueron llegando uno a uno. Les dediqué una pequeña sonrisa y tuve que contener mis nervios puesto que las piernas me estaban tiritando. Iban vestidos de forma más o menos mona. Todos se habían vestido dentro de sus posibilidades para parecer algo más resultones y me obligué a mí misma a no pensar que era la que estaba más fea de todos ellos allí.

Algunos se sorprendieron con mi corte de pelo, otros intentaron regalarme la mayor de sus sonrisas a pesar de que esa estúpida vocecita no dejaba de recordarme que era mentira, que eran falsos, que huyese de allí, que gritase auxilio para que algún superhéroe cercano pudiese salvarme de lo que sería mi completo final. Estaba en el borde de un acantilado, con mi madre mirándome desde lejos casi como si me estuviese preguntando si estaba lista para todo esto, para lo que significaba. No podía decir que no. No podía aceptar de nuevo un paso atrás. Me había planteado este día como el primer día de una nueva etapa y así sería. Acabaría finalmente con algo que me había molestado durante mucho tiempo.

No había iniciado conversación alguna, no podía hablar prácticamente y sabía que estaba perdiendo color. Todo el mundo estaba preguntando a mis padres sobre aquella extraña invitación y lo único que respondían es que había sido cosa mía. Había logrado ser en una fecha en que todo el mundo estaba allí, mis tíos y tías, primos… todos habían ido para no hacer el feo o quizá por el delicioso placer de comer algo a costa de otros. Sea como fuere estaban allí y eso era lo importante.

 

Durante lo que me pareció una eternidad no dejaron de hablar. No hicieron nada más que ponerse al día los unos con los otros y resoplé sin saber cómo sería capaz de romper esa dinámica de cháchara sin imponerme igual que lo tenían que hacer las profesoras en las clases. Tenía también la posibilidad de ir hasta el interruptor y encender y apagar la luz, algo que se hacía con los niños aún más pequeños.

Mi madre salió en mi ayuda mandando callar a todo el mundo. Fue ese el momento que aproveché para coger las cartulinas y dedicarle una pequeña sonrisa de agradecimiento.

— Buenas a todos. Primero y principal quería agradeceros por haber venido a tomar café y un trozo de bizcocho que no se servirán hasta que no termine de hablar. Sé que es algo… inusual y que generalmente nuestros estómagos están más pendientes de lo que pueden comer que de otra cosa, pero os pediría encarecidamente que, por el momento, centreis toda vuestra atención en aquello que tengo que comunicaros. Sé que no será sencillo mantener durante mucho tiempo el silencio, y una de las aclaraciones que deseo haceros es que esto no es ninguna clase, ni mucho menos, pero creo que todo podrá comprenderse mejor si en lugar de ser interrumpida constantemente puedo terminar de contar lo que me he preparado —les miré esperando con una pequeña sonrisa que aquello que había dicho no pareciese demasiado intenso, autoritario, solamente buscaba silencio hasta que terminase mi argumentación.

Nadie pareció molestarse por este hecho, lo aceptaron de buen grado y respiré tranquila porque al menos, empezar, había empezado.

— Antes de entrar en el desarrollo, me gustaría comentaros unas pequeñas reglas y recomendaciones. La primera de ella es que delante de vosotros tenéis un bolígrafo y un folio cada uno para que apuntéis lo que creáis que debáis apuntaros como preguntas que se os ocurran para evitar cualquier tipo de olvidos. La segunda, es que deseo que tengáis la mente lo más abierta posible: no pongáis segundas intenciones a mis palabras, lo que quiera decir, lo diré, sin paños calientes y sin faltar respeto alguno. Os explicaré mi experiencia en primera persona de mi situación de lo vivido básicamente por el suceso que aconteció aquel fatídico primero de año. Para los que no sepáis lo que sucedió, tuve una bronca inmensa que espero, en lo posible, que no vuelva a suceder; pero todo ello me ha llevado a reflexionar sobre mi situación familiar, vuestro conocimiento sobre mí, mis gustos, vuestra forma de acercaros o no, la mía también y, aunque muchos no lo creáis, para mí siempre ha habido un muro desde que tengo uso de razón. Algo que me alejaba de todo y todos, algo que años después supe que era mi propia enfermedad mental. También, quiero adelantaros que en ningún momento, mi intención es buscar vuestra incomodidad, como tampoco la mía y creedme que algunos detalles me los reservaré para mí misma por vuestro bien y el mío propio. Aún así, creo que es hora de levantar el tabú que existe con todo aquello que conlleva una enfermedad mental, en busca siempre de vuestra información y de la facilitación de un acercamiento entre nosotros —cogí el vaso de agua que tenía delante y le di un gran trago sabiendo que ahora era de cabeza a la piscina hubiese agua como si no.


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